38769.fb2 La Venganza - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 15

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XIII

– Estos manteles son de mi abuela, de cuando se casó -dijo Marga-. Y serán míos cuando me case yo.

Se dio la vuelta para mirarme y apoyó un codo sobre la mesa. Era la primera vez que la veía con el pelo recogido. Se había hecho un moño muy tirante, tanto que le achinaba los ojos.

– No te está bien el moño, ¿sabes?

Me salió la crítica con sabor a despropósito, pero fue sin intención verdadera de censurar.

Marga rió sin que le importara gran cosa.

– Pues desházmelo. Me lo pongo así para que se me note que soy una mujer seria y comprometida.

– Mentira. Llevas moño para que se te note que eres arquitecto y se sepa que eres una ejecutiva que va al despacho con traje-pantalón.

– Machista… Eres un machista. ¿Y sabes qué?

– Qué.

– Que no me importa. No, es más: que me gusta.

Estábamos en el comedor de la vieja casa de sus padres en Selva, ¿cuántos años hace de esto? ¿Ocho? Sí, ocho; no, siete, porque estábamos al principio del verano y era la misma noche del día en que se habían casado en Deià Sonia y Juan.

Los dos solos en el casón de la placa Maior hacíamos planes. Los novios eternos hacían planes. Habíamos pasado toda aquella tarde en la boda de mi hermana contestando preguntas sobre ellos. «¿Qué, y vosotros cuándo?» «Bueno, ¡quién iba a decir que Sonia se casaría antes con Juan que Borja con Marga!» «Ahora sí que ya no tenéis excusa, ¿eh?»

¿Cómo era posible que hubiera pasado el tiempo sin que llegáramos a casarnos? Sí, bueno, yo había tenido las milicias y luego había pasado veranos en Londres para aprender inglés y luego había sido preciso empezar a ganarme la vida de forma independiente. Excusas. Excusas.

Pero ¿y ella? A veces me preguntaba si la personalidad de Marga era tan fuerte que en realidad prefería tenerme a distancia para no aburrirse conmigo en el trato diario de un matrimonio. Pero no, no era eso. Creo que Marga esperaba a que yo diera el paso, o puede que estuviera tan segura que, teniéndome, quería ver cómo me comprometía. No sé. Habían pasado diez o doce años desde nuestro principio, cinco o seis en realidad desde que nuestra relación fuera reconocida con mayor o menor oficialidad por nuestros padres y bendecida por don Pedro. ¿Cómo se me había volado este tiempo rutinario?

Así había pasado, en un suspiro, y yo sin enterarme. Y durante todo este tiempo había ido observando a Marga.

La había visto crecer, esponjarse su belleza, la había visto un poco más gorda y mucho más delgada, siempre con sus increíbles pechos atenazándome. Un día se había cortado el pelo («si no fuera por las tetas, ¿a que me tomarías por un chico?») y después lo había dejado crecer mucho más que nunca. La había escudriñado desnuda y vestida de ciudad, calzada con unos zapatos de tacones inverosímiles que la hacían más alta que yo. La había sentido acida y crítica hacia mis cosas, comprensiva con mis dudas, intolerante con mis cobardías que ella siempre adivinaba pese a la perfección de mi arte en el disimulo, tierna con mis enfermedades, risueña con nuestras risas, dolorida con las injusticias, apasionada con su carrera. Me había entretenido y aburrido. Tal abanico de sentimientos, tal acumulación de rasgos de carácter, me tenía anonadado. Me parecía un espectáculo excesivo para un hombre que sólo deseaba mesura y paz en su vida íntima para, pensaba yo, poder dar alas a la desmesura y a las exigencias de una vida pública que pretendía fulgurante. Porque Marga me habría de tener en continuo sobresalto. No sería yo capaz de aguantar tal maratón de sensaciones. Había sufrido demasiado con la ponzoña de los sentimientos y de los sentidos y, casi en el umbral de los treinta años, añoraba ya una vida ordenada y pacífica, no la que me ofrecía aquella mujer de proporciones bíblicas. Vaya pedantería.

Pero Marga me comprendía bien. Sabía de estos sarampiones, claro que sí, y simplemente esperaba a que yo madurara. Sabía que, de haberme casado antes, ella me habría devorado en un segundo, me habría destruido. Marga no quería los trozos rotos; quería el rompecabezas entero, sin darse cuenta de que la imagen completa era mucho menos hermosa y sólida de lo que ella intuía.

¡Ah, pero yo aquella noche ya había dejado de querer! Creo que hacía años que no quería casarme ya con Marga, que me asustaban las décadas venideras de vida en común. Se me hacía insoportable considerar lo que la rutina acabaría haciendo con tanta pasión como la que Marga inyectaría en nuestro matrimonio. Me parece que lo que yo deseaba era arrancar ya con rutina, no ser asaltado por ella de forma inesperada. Hacía tiempo que en el fondo último de mi último recoveco había decidido que el compromiso sería excesivo, que no me apetecía tal intensidad en mi vida íntima diaria. No lo sabía de cierto pero quería huir.

Iba a huir.

Suspiré. t

Marga sacudió la cabeza.

– Eres un picha fría -dijo.

Oh, sí que me conocía bien. Ah, Marga, Marga.

– ¿Qué?

– Ya me has oído.

– ¿Por qué dices eso?

Pero no contestó. Se limitó a mirarme.

– ¿Quieres más champaña? -pregunté.

Asintió.

– Está bueno este champaña -dije-. Bueno, está buena toda la cena. Qué bárbara, Marga, he comido como un rey.

Sonrió. Alargué la mano para acariciar el mantel. Era de lino antiguo bordado en un convento de Palma y la tela tenía grandes manojos de mimosas haciéndole aguas. El uso le había dejado una textura tan suave como la seda. Marga se había esforzado en poner la mesa con delicadeza extrema, como para un banquete de bodas.

Con el paso de las horas y las corrientes de aire repentinas, los dos candelabros de plata habían ido dejando un reguero de estalactitas de cera fundida; las velas eran blancas y, en el silencio de la madrugada, sus llamas sólo se mecían cuando hablábamos y les llegaba nuestro hálito.

La vajilla era de Rosenthal, blanca, con suaves flores de color rosa, y los cubiertos, austeros, algo picudos, de plata mate, de un Queen Anne muy puro. Marga había comprado caviar para la ocasión y lo habíamos tomado después de una ensalada mezclada de mil yerbas y aromas. Al final había desaparecido un instante para volver llevando triunfalmente un plato de crepés rellenas de una crema pastelera muy delicada.

Entre nuestros dos platos, sobre el mantel había quedado una gran mancha húmeda allí donde se había derramado una copa de champaña. Al lado de la mancha habían caído unos granos de caviar que Marga acabó aplastando sobre la tela con su dedo índice. Un poco más allá, cuadraditos de huevo duro y de cebolla también caídos sobre el mantel y los platos de postre con restos de crema pastelera haciendo dibujos gelatinosos sobre la porcelana. Un bodegón pintado con mucha exactitud para retratar un rectángulo de vida desordenado.

Olía a cera, a caviar y un poco, muy poco, a vino.

Marga acercó su cara a la mía.

– ¿Sabes lo que te digo? -Hice que no con la cabeza-. Cuando nos casemos, ¿eh?, la noche de bodas la quiero pasar aquí, en esta casa. -Me miró como si esperara una respuesta, pero no dije nada-. Cenaremos como hoy, sobre este mantel. Y luego lo quitaré y lo pondré sobre nuestra cama, y allí encima haremos el amor hasta que no se sepa si eres tú o la crema pastelera. -Rió su risa bronca y excitada-. Y al día siguiente lo volveré a poner en la mesa para cenar, y así no sabrás si el olor es a caviar o a mí. Y comeremos sobre mis manchas de sudor. -No dije nada pero me latía el corazón como una máquina de vapor y todo mi cuerpo se había puesto en tensión-. Y al final, ¿sabes? -me puso las dos manos en el cuello-, al final daré un manotazo y tiraré los candelabros y las copas y los platos al suelo y nos envolveremos en el mantel y te comeré a trocitos. -Se puso de pie sin soltarme el cuello y se acercó a mí hasta apoyar su vientre contra mi frente-. Y me restregaré así, ¿me oyes?, así, contra ti, y te dejaré seco. -Gritó las últimas palabras con pasión incontenida, como el restallido de un látigo.

¡Ah sí que me contagié de su locura! Todo lo olvidé, toda mi frialdad, toda mi pasividad.

Me puse de pie. Y ella seguía con sus manos rodeándome el cuello. Llevé las mías a su nuca y a tientas le busqué las horquillas del pelo y le deshice el moño. Lo deshice con violencia, tirando fuerte, tanto que Marga tuvo que echar la cabeza hacia atrás varias veces cediendo a los tirones. Seguro que estaba haciéndole daño. Pero no le importaba. Reía y reía.

– ¿Ah sí, eh? -grité en voz baja-, ¿ah sí?

De un golpe le arranqué la túnica de seda que llevaba puesta sobre la piel.

Y Marga reía.

– Pues aparta los candelabros -dije-, echa la mano atrás y aparta los candelabros.

– ¡Ah no! -exclamó sin poder contener la carcajada.

Y mientras me quitaba la camisa, repetía «ah no, ah no». Se apartó de mí.

– Ah no, querido mío. Ni hablar. -Y luego con brutalidad perversa-: El polvo sobre el mantel se queda para la noche de bodas, ¿te enteras?, hasta que te pueda morder en el cuello, aquí arriba -me pasó un dedo por debajo de la oreja-, y hacerte sangre, y que nadie pueda preguntarte por esa herida sin conocer la respuesta de antemano. -Se secó las lágrimas de la hilaridad. Y ajó la voz. Y con ronquera violenta añadió-: Ahora me echas el polvo donde quieras, en otro sitio, ¿me oyes?, pero no en el mantel. -Rió de nuevo-. El mantel es mi resto de virginidad.

– ¿Ah sí? ¿Y esto qué es?

– Eso es la caja de los plomos. -Movió los brazos hasta que se sujetó a mi cuello y de un salto me rodeó la cintura con las piernas-. Fúndemelos.

Y entonces me contagié de su risa y fue la noche más alegre, más profunda, más apasionada y más aterradora de mi vida. Cuando terminó no era capaz de reconocerme este enloquecimiento que yo no quería.

Marga estuvo largo rato apoyada sobre un codo mirándome mientras yo aparentaba dormir. Me pasaba un dedo muy ligero por el contorno de una ceja, me ponía una mano en el hombro y luego la deslizaba, apenas la caricia de una pluma, por mi pecho, mi vientre, mi sexo. Sin darse cuenta dejaba que su pelo me rozara el cuello. Se echaba hacia atrás y me volvía a mirar. Y cuando, casi sin sentir, me empezó a llegar el sueño, me cayó una lágrima sobre la mejilla. No recuerdo más.

Sólo que a la mañana siguiente me asusté. De mí, de Marga, de nosotros, de lo que ocurriría.

Y huí.

¿Cómo pude no comprender que una pasión así no se traiciona sin pagar el precio?