38769.fb2 La Venganza - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

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XV

Hay un olivo al pie de mi casa en Lluc Alcari que en la luz del atardecer se asemeja a un atleta lanzado hacia adelante y por siempre inmóvil. Corre para llevar la llama olímpica al estadio y una de sus ramas, desnuda y fuerte, estirada al frente, con los siglos se ha convertido en un brazo cuyo extremo sostiene una antorcha de hojas y aceitunas. La enciende el sol cuando está punto de hundirse en el mar. Los dos troncos que lo sujetan al suelo son piernas poderosas, doblada una, recta la otra, con las raíces casi al aire para prestarle la levedad del viento.

Lo contemplo durante horas desde la terraza.

Se dice que Gustavo Doré estuvo aquí el siglo pasado buscando inspiración para sus grabados sobre el «Infierno» del Dante. No es descabellado pensarlo porque el olivar de Ca'n Simó ha crecido de tantas maneras que en las noches de luna llena se diría que lo pueblan mil fantasmagorías. Sin embargo, lejos de resultar siniestra, su hojarasca ondula suavemente en la noche y se superpone a las olas del mar en vivos juegos de plata. Como gran símbolo de paz, se mece con la fuerza de la tierra que le da vida. Éste es un refugio para druidas que se movieran silenciosamente por entre las encinas en busca de plantas mágicas, es un jardín de enamorados, a veces un terrible campo de batalla de los vientos, a veces un huerto para banquetes de bodas campestres en los que la novia, vestida de tul, se pasea girando como una peonza con el pelo sembrado de margaritas y amapolas, a veces paseo para uso de melancólicos, poetas y pintores…

También paso muchas horas leyendo en esta terraza, sentado en esta butaca de mimbre frente al mar.

Aprovechando el torreón medio derruido de nuestros juegos y amores, hice construir sobre él la pared maestra que sostiene la casa. Digo a los visitantes que la casa se remonta a tres o cuatro siglos de antigüedad porque las escasas piedras que le dieron origen tienen, en el mejor de los supuestos, unos cien años. Son viejas viejas y sirven de alimento para cualquier fantasía. Lo digo en tono de broma pero los visitantes forasteros siempre me creen. Y cuando las piedras se hayan dorado dentro de cuatro o cinco años nada permitirá distinguirlas de las de un viejo caserón. Las esconderán de la vista, además, las adelfas y jazmines y buganvillas que en ese tiempo habrán crecido.

Hubo que levantar un gran muro de piedra para situar sobre él la terraza que, casi terminada la construcción, decidí añadir, un rectángulo de tierra en el que colocar una palmera, un porche que protegiera de los rigores del sol de mediodía y media tarde y un pasillo ancho de yerba y plantas. También quería yo ponerle un ciprés y allí se plantó. Hoy empieza a crecer, pero no estoy seguro de que sea un acierto: estorba la vista y, si se ensancha más, lo mandaré cortar. La palmera estuvo cerrada durante un año para que se asentara y sólo en abril pasado le soltamos las cuerdas vegetales que la ataban; la limpió el jardinero y le cortó las palmas secas. Ahora, las palmas más altas y jóvenes se mecen jugosamente en la brisa.

A la izquierda de la terraza, mirando directamente hacia el oeste se divisa mi panorama preferido. En primer término, a unos ciento cincuenta o doscientos metros, el promontorio sobre el que se yergue la vieja casa del obispo, proyección del pueblo de Lluc Alcari que le está a la espalda. Cuando el sol se ha puesto en el mar y sólo queda alguna nube rosa en el horizonte, sobre el resplandor amarillento y violeta del cielo destaca la vieja casa como una sombra chinesca recortada en papel negro: brotan en ese paisaje de cartulina las siluetas de los edificios y las logias y las palmeras. Encima, muy arriba, luce solitaria y brillante Venus, la primera en aparecer.

Un poco más allá, detrás de Lluc Alcari, pero levemente más a la derecha para quien la mira desde mi terraza, punta Deià se cierra sobre la cala, dando nacimiento a toda la bahía que está delante. Entre mi terraza y el mar sólo hay bancales de olivar y, más abajo, el bosquecillo de grandes pinos que esconde la orilla y sus diminutas calas de las miradas indiscretas. ¡Cuántas veces, en los años de mi extrema juventud, los enormes árboles y el encinar que les está debajo, junto con lo escarpado de los bancales que se van desmochando hacia el mar, nos protegieron a Marga y a mí de ser descubiertos cuando nos amábamos al sol!

Cerré el libro que tenía entre las manos (recuerdo bien que estaba releyendo Cien años de soledad: en los momentos de tensión es como un bálsamo que me relaja y me llena de ensoñaciones) porque me resultaba cada vez más difícil distinguir los renglones en la oscuridad creciente. Sólo entonces levanté la vista buscando a mis viejas amigas: Júpiter aparecería pronto debajo de Venus, a la derecha resplandecería en seguida la estrella Polar y, muy debajo de ella, la Osa Mayor. Y después, a la izquierda, Arturo y Spica.

Mañana es la boda de Javier, pensé, por no pensar mañana es la boda de Marga. ¿Ha valido la pena desperdiciar tantas ocasiones, saber una y otra vez que era mía y no hacerla mía? Me encogí silenciosamente de hombros: en realidad ha sido mía durante los últimos veinte años, sólo que nunca he alargado la mano. O a partir de ahora estaré solo. O Daniel, que ahora duerme en su pequeña cama allá arriba, será mi única compañía profunda.

De pronto, alocadamente, me puse a buscar en el cielo del crepúsculo a quienes serían mis compañeros a partir de ahora. ¿Quedaría alguno? Mañana moriría para siempre nuestra pandilla. Habríamos crecido por fin hasta la madurez, todos juntos como un grupo de tiernos actores de teatro, tapándonos nuestros miedos, ayudándonos a escondernos nuestros defectos, y mañana volaríamos. ¿Quiénes serían los amigos míos después?

Mañana, pensé, tendremos que mirarnos y aceptar la soledad. Es ahora cuando toca pagar por nuestra adolescencia compartida con otros adolescentes. Y el precio será alto porque salimos desvalidos de esta etapa de treinta y cinco años que ahora concluye. No estamos preparados. ¡Ah, los grupos de la adolescencia! Todos juntos, unos muletas de otros hasta más allá de lo razonable, en realidad deberíamos habernos disuelto con los primeros calores. La prolongación de la adolescencia es malsana. La superación colectiva y solidaria de los males del crecimiento es imposible, entre otras cosas porque prolonga la adolescencia hasta la edad madura. ¡Oh no!, pensé: la juventud es una enfermedad que debe superarse a solas; y no es posible discurrir por la vida con el mismo lenguaje y los mismos interlocutores que en la infancia. ¿Qué es esto de progresar colectivamente? La vida es la vida, no una sociedad anónima.

Bah. Marga se casaba mañana. La fiesta sería grande y, al concluir, yo volvería aquí a seguir intentando descifrar a Daniel y a esperar.

– Qué silencioso está esto, ¿verdad? -dijo desde detrás de mí Marga en un susurro. Me sobresalté y después me quedé quieto, completamente paralizado de terror y de sorpresa.

– Te has pegado un susto de muerte -dijo Marga con malicia.

Tragué saliva.

– Bah. -Carraspeé.

– Qué silencio, ¿eh? -repitió.

Cerré los ojos.

– Sí, mucho.

– Era lo que tú querías, ¿verdad?

– Sí, era lo que quería. Para eso he vuelto. -Debí haber añadido «para eso he vuelto al mismo patio de siempre, el de las risas, los lloros y las derrotas que me angustia», pero no lo hice.

Me di la vuelta para mirarla. Traía puesta una camisola de algodón y unos viejos pantalones vaqueros. Se hubiera dicho que tenía dieciséis años y las mismas piernas largas largas de un potro recién parido.

Con lentitud subió sus manos hacia la nuca y se fue deshaciendo el moño, y toda la tirantez de sus facciones y de sus ojos se relajó de golpe y se le dulcificó la mirada.

– ¿Sólo por eso? Creí que habías venido para meditar antes de que te llame Adolfo Suárez porque te va a hacer ministro de Justicia. -Lo dijo con levedad, para reírse suavemente de mí.

– Sí, creo que me hace ministro de Justicia.

– ¿Seguro? -Sonrió.

– Bueno, casi seguro. Sabes lo que me apetece. Siempre quise ser político porque siempre estuve convencido de que podía prestarle un servicio al país, ¿no? Me animaste a ello muchas veces.

– Sí, claro. Y como para ser político hay que ser frío como un pez…

– Marga…

– No me hagas caso. -Se metió las manos en la mata de pelo negro y se lo peinó hacia arriba con los dedos, mezclando la parte izquierda de la melena por debajo de la derecha, como en el comienzo de una trenza-. Sólo digo tonterías. Has venido en busca de paz. ¿Sólo por eso?

– Oh sí, Marga. Sólo por eso. Bastantes desastres he provocado en mi vida como para pretender otra cosa.

– Es verdad -dijo asintiendo con la cabeza. Se acercó hasta donde yo estaba y puso una mano en el respaldo del sillón de mimbre. Miró hacia el horizonte-. Es verdad, claro. Los desastres te son achacables porque partían de ti y volvían a ti y nos envolvían a todos. En el fondo, tú has sido el punto de referencia de todos nosotros durante -resopló despacio- ¿veinte años?.

– No, Marga. Fuiste tú. Tú fuiste el punto de referencia…

– Yo fui la más fuerte, Borja… Ay, Borja. Pero tú, tus sueños, tus idas, tus venidas, tus amores y sus consecuencias, tú fuiste el centro alrededor del que girábamos los demás.

– Ah, bah, qué más da -dije con cansancio.

Marga fue a sentarse en el muro que cierra la terraza, justo delante de mí, de espaldas al mar. Movió la cabeza para liberar su pelo y hacer que cayera hasta casi su cintura.

– Te he echado de menos, Borja. -Rió su risa ronca que tanto me angustiaba-. ¿Cuántas veces te he dicho que te he echado de menos en estos años? ¿Mil? Y ahora ya no sirve de nada.

Me miró en silencio y, un momento después, por la mejilla le rodó una lágrima, una sola. No la apartó con rabia como otras veces; la dejó rodar hasta la barbilla y que le asomara como un punto de luz por la mandíbula tan firme, tan limpia, y que acabara cayendo sobre la camisola. Allí quedó un segundo redonda como una perla hasta que se disolvió en el tejido.

– Sí sirve, si quieres, Marga. Aún estamos a tiempo. -Lo dije así, de un golpe, sin respirar-. Yo… -Y me callé, sorprendido.

Marga me miraba sin decir nada, ¿con qué pregunta o con qué furia en los ojos?, no sé… Luego se inclinó hacia adelante y puso una mano en cada reposabrazos de mi sillón de mimbre.

– Aún estamos a tiempo ¿de qué? -susurró-. ¿De qué, Borja? ¿De destruir la vida de tu hermano, de romper nuestras familias en dos? Oh, Borja, Borja. He esperado veinte años a que me dijeras una cosa así y, cuando por fin la dices, nada tiene ya remedio. -Adelantó su cabeza y me miró desde abajo. La melena le colgaba a cada lado de la cara. No había rencor en su mirada ni malevolencia, ni siquiera pasión. Sólo dolor-. ¿Entiendes que ya no hay remedio? Dime, ¿lo entiendes?

La cogí de las manos y, desprendiéndoselas de los reposabrazos, las traje hacia el frente. Sólo tuve que tirar con ligereza hacia mí y Marga entró en mis brazos de un solo movimiento fluido.

Todo lo reconocí al instante: sus labios como una uva sin piel, sus cejas tan crueles y tan suaves, la punta de su nariz resoplándome olores de fresa, sus pechos suaves y fuertes bajo la camisola, su cintura, tan quebradiza y ondulante…

Los siete años transcurridos desde la última vez se derritieron como un pedazo de hielo al sol.

Me puso las manos en los hombros y, apoyándose en ellos, se apartó de mí. También me estaba mirando igual que veinte años atrás, recuperada toda la virginidad, dispuesta a entregarla de nuevo como si nada se interpusiera entre nosotros. Tampoco nada se interponía entre nosotros veinte años atrás. Sólo mis miedos.

– ¿Sabes que sé que esta terraza era para mí?

Asentí sin decir nada.

– Claro que lo sabes. Al principio no iba a haber. Los planos, la distribución de los cuartos, las ventanas, las vistas al mar, el hogar donde se hace el fuego… todo eso lo decidí yo para los dos. ¿Te acuerdas? Pero no iba a haber terraza. Sólo los bancales. ¿Eh? Y la has hecho para mí.

Asentí de nuevo.

– Recuerdo que en los planos te hice cambiar la orientación de la casa cuatro grados para que desde el ventanal del salón pudiera divisarse Lluc Alcari en las tardes de invierno. ¿Te acuerdas?

– Tú eras el arquitecto, Marga.

– Ya. Pues a partir de ahora te prohíbo que vivas con nadie en esta casa… «Sa Casa des Vent.» Te hubiera prohibido hasta que le cambiaras el nombre. Pero no lo ibas a hacer, ¿eh? ¿Sabes que si hubieras venido aquí a vivir con la inglesa la habría matado?

Reí silenciosamente.

– Sí que me lo imagino. Habrías venido en una noche de luna llena con un gran cuchillo de cocina y la habrías apuñalado treinta veces, tantas como años tiene… Y luego le habrías arrancado el corazón y te lo habrías comido.

Se le escapó una carcajada confiada.

– Mira, eso no se me había ocurrido, pero le habría dado un buen toque ritual a la ceremonia del rencor, ¿no? Los periódicos habrían dicho después que -su tono de voz se hizo truculento-, tras celebrar una orgía de sangre y vísceras, habíamos bajado al mar a lavarnos con las algas y el barro de la orilla. -Se enderezó de pronto y se quitó la camisola-. ¿Te atreves? ¿A que no te atreves a besarme?

– ¿Que no?

Volvimos a andar cada uno de los pasos nuestros con infinita paciencia, con infinita sensualidad, con violencia a veces y ternura otras. Momentos después, no recuerdo bien cuándo, subimos a mi habitación y allí, en la gran cama con dosel que había mandado hacer para colocarla donde ella quería que fuera colocada, Marga tomó posesión de mí para siempre.

Y así quedamos, exhaustos, yo tendido en la cama y ella tendida cuan larga era sobre mí, respirando con suavidad.

– Me rindo -dije.

– No te dejo. -Hablaba con la cabeza metida en la almohada por encima de mi hombro.

– ¿Por qué?

– Esto no es un principio. -Lo dijo en voz tan baja que me pareció no haberla oído.

– ¿Qué?

– Que esto no es un principio.

– ¿No? ¿Y qué es entonces? -Lo pregunté así, sin sospechar nada.

– Es el final, Borja.

Me dio un vuelco el corazón, pero me pareció no haber comprendido bien, quiero decir que creo que esperé no haber comprendido bien. Quise enderezarme zafándome de su cuerpo, pero al principio no pude.

– Espera, espera. ¿Qué me estás diciendo?

La agarré por debajo de los brazos y la hice rodar hacia un lado. Así quedó, desnuda en el resplandor de la noche, empapada en sudor, con el pelo revuelto y los ojos cerrados.

Sonrió.

– Que esto es el fin, Borja, que se acabó. He esperado tu cuerpo y tu alma durante veinte años y ya no los puedo tener.

– ¡Cómo que no los puedes tener! ¡Los tienes ahora para siempre! ¿De qué estás hablando?

– De que me caso mañana con tu hermano, ¿o es que no te acuerdas? -Ni siquiera había sarcasmo en su voz. Era más bien una sentencia definitiva pronunciada así, sin apelación posible.

– Pero… espera, espera -me senté en la cama-, ¿a qué ha venido entonces todo esto? ¿A qué juegas?

– Baja la voz, que vas a despertar a tu hijo.

Ella también se incorporó en la cama hasta sentarse frente a mí: dos personas que empezaban a matarse y estábamos desnudos, abiertos. Recuerdo que hasta en aquel momento me pareció una obscenidad. Desnudos para que cada piel, habiendo amado, supiera por dónde le llegaba la muerte. Pero resistí la tentación melodramática de taparme con una sábana.

– A qué viene todo esto -dijo, imitándome el tono de voz-. ¿No lo entiendes? Dime, ¿no lo entiendes? Mañana me caso con tu hermano…

– No. No te dejaré… ¿No lo comprendes? Estamos a tiempo, podemos detener esta locura…

Pero Marga negaba repetidamente con la cabeza.

– ¡Que sí! Ya lo creo que podemos… Mira: lo haré yo. Ahora. Ahora mismo. Me visto y voy a casa de Javier y se lo cuento y le digo…

– ¿Qué le vas a contar, Borja? ¡Si lo sabe todo! ¿O crees que me iba a casar con él siéndole desleal? Sí, no me mires así. Lo sabe todo…

– No. Un momento. Tú y yo, como estamos, ahora… nos vamos… ahora -dije con la respiración entrecortada-. Nos vamos. Dentro de unas horas, a las ocho, sale el ferry a Valencia. Podemos estar en él y luego ya se lo explicaré todo… a Javier… a todos… Pero tú no cometerás el mayor error de tu vida, Marga.

Rió.

– ¿El mayor error de mi vida? El mayor error de mi vida lo cometí enamorándome de ti. -Se puso de rodillas en la cama y alargó un brazo hasta pasarme la mano por detrás del cuello-. Pero no lo voy a cometer más veces, ¿me oyes?, por muy enamorada que esté de ti.

Sonreí. Me temblaba la barbilla.

– ¡Ah! ¡Es eso! Me tienes que castigar y… y -empecé a reírme-, ¡claro!, un castigo por malo y… y… -Le puse la mano en el brazo y tiré de ella. Marga se pegó a mí. Allí estábamos los dos, frente a frente, los cuerpos pegados, con los sudores mezclados, con el olor a sexo bien reciente, y comprendí que había sido una broma de mal gusto, sólo una broma de mal gusto. Le di una palmada en la nalga-. Eres perversa -dije, y ella me empujó hacia atrás y caímos los dos nuevamente sobre la cama.

Dejó que se le escapara una carcajada casi alegre de puro dolor, y cuando se serenó me miró nuevamente a los ojos.

– Javier lo sabe todo. Todo, ¿me oyes? Y no le voy a traicionar ahora por un amor que me traicionó hace ya veinte años. Sientes mis pechos sobre tu cuerpo, ¿eh? ¿Eh? Saboréalos porque es la última vez.

– ¡No! ¿Por qué me haces esto? -Yo mismo notaba cuánta desesperación había en mi voz-. ¿Te vas a ir con Javier queriéndome a mí?

– Ah -dijo Marga-, oíd al traidor de su propio hermano. Escuchad al soberbio.

– Me quieres a mí -dije con firmeza.

– Oh, sí, claro que te quiero a ti. Se me está disolviendo la entraña de pensar en lo que estoy haciendo. Me quiero morir. En realidad -cerró los ojos- me gustaría morirme ahora mismo. Pero… -añadió con tono ligero y haciendo una mueca exagerada con los labios- ya que no me muero, te dejo por tu hermano.

– ¿Por qué? Por Dios, ¿por qué?

– Porque…

– Sí, ya sé, vale, ya sé… te traicioné, vale…

– No, no. Eso, Borja, es por la vida pasada. Irme con tu hermano es por la vida futura… Sí, claro que te quiero a ti. Te lo juré hace muchos años, te juré que te querría siempre. Él lo sabe. Se lo dije. Oh sí. Le dije que nunca más te vería, que nunca más estaría en tus brazos. -Empezó a llorar, sin aspavientos, como si se le hubiera desbordado un río de amargura y no lo pudiera contener-. Y hoy le he traicionado por última vez. Así te veía por última vez, así me quedará para siempre tu sabor en el fondo de la garganta, así cuando te mire los labios se me desmayarán en sueños por encima, así recordaré tus piernas abriéndome las mías y tu cuerpo entero entrándome hasta el alma.

– Pero ¿por qué, Marga? ¿Por qué? -repetí gritando-. ¡Si soy yo! ¡Es a mí al que quieres! ¿Y escoges a Javier?

Hizo un lento movimiento de afirmación con la cabeza.

– Porque donde tú eres frío, él es cálido; donde tú eres indiferente, él se compromete; donde tú guardas silencio, él balbucea, al menos balbucea; donde tú careces de alma, él carece de miedo a la pasión; donde tú eres como el pedernal -las lágrimas le cayeron con más fuerza; le resbalaban por la cara, pero en seguida se despegaban y me caían sobre el cuello y hasta los hombros-, él es blando; donde tú rechazas la rutina, él la acepta con resignación sabiendo que es inevitable. Y porque si yo quisiera, él se dejaría hundir en el mar conmigo. Tiene todo lo que tú no tienes, Borja, mi amor. Eres tú como me hubiera gustado que fueras y -se le escapó un sollozo desgarrador- sin nada de lo que eres. Es todo un poquito más o un poquito menos que tú… es como un Borja en pequeño y en más humano… Pero sin ser Borja.

La agarré por los hombros y la sacudí dos o tres veces.

– ¡Marga, Marga! Es a mí a quien quieres. Me estás hablando a mí, ¿me reconoces?

– Oh, sí que te reconozco. Tú eres ese al que adoro desde la niñez… Y cuando haga el amor con Javier estaré pensando en ti, mordiéndome la lengua para no gritar «Borja, mi vida», y compararé y me amargaré. -Se incorporó de nuevo y luego giró sobre sí misma y se puso de pie sobre la alfombra, dándome la espalda. Volvió la cabeza-. Pero me amargaré menos de lo que me he amargado desde siempre por tu culpa. Esto serán almendras amargas; aquello fue hiel.

– Pero ¿no dices que siempre me has querido tener y que no has podido? Ahora me tienes…

– Ya, claro, ahora te tengo sólo porque te he amenazado, porque te he arrinconado. Así no te quiero tener… Además, en el fondo de tu corazón sabes que todo esto es una comedia para ti, que en el fondo fondo es un alivio que yo desaparezca de tu vida. -Quise protestar pero levantó una mano y no me dejó-. Calla. No digas nada. Nunca fuiste muy digno, ¿sabes?, nunca jugaste limpio, y ahora estás recolectando lo que sembraste. ¿Me oyes?

Tanto odio me derrotó y me dejó mudo. Y no había oído nada aún.

– Ese hijo tuyo, ¿Daniel? ¿Con qué derecho lo engendraste en una entraña que no era ésta? -Se pegó un golpe en el vientre y sonó como un violento cachete-. Ese hijo era mío, era mío por derecho, ¡lo había estado esperando durante quince años! ¿Tú sabes lo que es esperar año tras año a engendrar un hijo que no te va a nacer porque el amor de tu vida no lo quiere? Fíjate, creo que te habría perdonado incluso si me hubieras hecho un hijo y luego hubieras salido huyendo. Al menos tendría algo tuyo mío para siempre. Ahora nunca tendré un hijo tuyo. -Dijo esto último casi con desvarío, con una rabia tan fuerte que no se la reconocía-. ¿Te das cuenta de a lo que me condenas?

Intenté argüir con sensatez.

– Pero, Marga, todo eso se arregla si nos vamos ahora…

– No te atrevas a perdonarme la vida, pacificarme como si estuviera loca -dijo con violencia-. Y encima vas y le haces un hijo a una furcia inglesa…

– Pero, Marga…

– ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? -Se le escapó una risa estridente de puro amarga-. ¿Y sabes qué? El día que me enteré de que tenías un hijo con la inglesa fui a ver a mi ginecólogo y me ligué las trompas. Ni para ti ni para nadie…

Se sentó en el borde de la cama, agotada, con la cabeza gacha. Después de un momento levantó la cara y se le escapó un largo sollozo, como una rendición del alma.

Yo estaba petrificado.

Finalmente, Marga se inclinó hacia el suelo, recogió la camisola y se la puso. Después cogió los pantalones vaqueros de la silla sobre la que los había lanzado y se los puso estirándoselos muy despacio, alisándose los pliegues de la tela para que se amoldaran mejor a sus piernas. Luego se pasó una mano y otra por las mejillas para secar las lágrimas.

– Te prohíbo que nunca nadie más, nunca ninguna otra mujer ocupe esta cama. ¿Me oyes? Te lo prohíbo.

– Sí.

– ¿Y sabes qué? No me voy a lavar. Mañana me pondré el traje de novia sobre tu sudor… -Apoyó una mano en el quicio de la puerta y, ya sin mirarme, dijo-: Adiós.