38772.fb2 La verdadera historia de Mathilde K - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

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Mira cómo sufrimos

A finales de septiembre de aquel año, el zar y su séquito viajaron como de costumbre desde Polonia, donde estaban cazando, a sus propiedades en Skernevetski, Bielovezh y Spala, y mi hermano, Iósif, ahora presidente de los Norteños, una sociedad de cazadores -que por medio de mi influencia, como recordarán, había sido colocado a cargo de los pabellones de caza del zar después de ser despedido del ballet-, viajó con él. No pasó mucho tiempo hasta que empezaron a llegar a Peter rumores sobre los asuntos en Polonia. La gente decía que el zarevich se había puesto enfermo de tifus o de cólera. El London Times escribió que el heredero había resultado herido por una bomba terrorista. Sergio no sabía cuál era la verdad. Si los rumores eran ciertos, Niki no hablaba todavía de ellos. Y entonces, el 9 de octubre, Iósif me envió un lacónico telegrama dándome instrucciones de que acudiera a Spala de inmediato a petición del zar, y que llevase a Vova conmigo. Yo llevé el telegrama tanto tiempo en la mano que por la tarde el papel se había empezado a desintegrar. ¿Qué querría el zar de mí y de mi hijo, después de tanto tiempo? ¿Qué quiso en 1904? Pero cuando respondí al mensaje de mi hermano, Iósif no me dio más explicación que: «No uses el vagón de ferrocarril de Sergio». Tenía que llamarle a él al pabellón cuando llegase a la estación de Varsovia. Iósif, el revolucionario, ¿se había convertido ahora en criado del zar? Hay que ver cómo pueden cambiar a un hombre la pobreza y la necesidad.

Solo le dije a Vova que íbamos a Polonia a visitar a mi hermano, que servía al zar en su pabellón de caza. Sin embargo, en la estación de ferrocarril vi la gazeta con el comunicado bordeado de negro que anunciaba que el zarevich estaba gravemente enfermo, y pensé que aquel comunicado no especificaba cuál era la enfermedad, y supe que la familia no habría permitido que se anunciase a menos que el zarevich estuviese muy próximo a la muerte. De camino hacia el sur y al oeste de Petersburgo, Vova parloteaba, preguntaba si podría él ir de caza, y si cazaría un reno y un ciervo, y si allí habría también bisontes europeos. ¿Tendría su propia escopeta, o Iósif le dejaría la suya? ¿Se podría llevar las cornamentas a casa y colocarlas en la pared de su dormitorio, o mejor aún, encima de la chimenea de mi Salón Blanco, para que nuestros invitados pudiesen verlos y le pidiesen que relatase su historia? Quería practicar conmigo las pocas palabras en polaco que le había enseñado, pero yo estaba alterada y no paraba de sacar los telegramas de Iósif para leerlos y releerlos por si aparecía alguna nueva información en ellos que pudiese disipar mis temores. Al final, enfadado conmigo, Vova se fue a pasear por el pasillo del compartimento. En cada estación me pedía que le comprase kvass al perfume de fresa, o té, o nueces tostadas. Mantuvo a los vendedores muy ocupados a lo largo de toda la ruta. En la estación de Varsovia, mientras esperábamos el coche que Iósif enviaba a buscarme, yo me afanaba con Vova, alisándole el pelo, estirando su chaqueta y abrochándola bien, atrayéndolo hacia mí en un momento dado, pero él era ya lo bastante mayor para que aquello le avergonzase, de modo que se retorció para librarse de mí y empezó a dar patadas a las hojas que volaban por la estación. Yo me subí el cuello de chinchilla del abrigo.

Spala, que en tiempos fue sede de la caza de los reyes polacos, ahora era la sede de la caza del zar de Rusia, que entretenía a los que quedaban de la subyugada nobleza polaca mientras duraban sus visitas otoñales. Ya estaba oscuro cuando el coche nos llevó a las puertas de la propiedad. Allí, en el campo densamente arbolado, estábamos acompañados por un silencio enorme. Un carruaje nos llevó por una carretera arenosa a través de los abetos y pinos hasta el pabellón. Iósif, con una antorcha en la mano, nos recibió a Vova y a mí junto al camino circular que se encontraba ante el pabellón, pero mi hermano no me miró a la cara; solo después de que el carruaje se fuera y nos dejara allí, el propio Niki apareció entre las sombras, sujetando también una antorcha como si fuese un arma. El aliento que emitía en la fría oscuridad se mezcló con el mío, y su envejecido rostro se enfrentó al mío. El nacimiento de su pelo había retrocedido mucho, y por debajo de sus hermosos ojos se había añadido otro color, un azul violáceo. La piel de su rostro era de la textura del papel que hubiese sido doblado una y otra vez, en todos los ángulos posibles, y luego alisado de nuevo. Su bigote parecía sobresalir enhiesto de su grave boca, o quizá fuese la luz o la mueca que tenía en el rostro, que hacía que el bigote se erizase de esa forma, y sus ojos brillaban de un modo excesivo. Detrás de él, en la hierba, se alineaban un montón de ciervos muertos en dos filas, de costado, con las patas delanteras y traseras ligadas, y con ramas gruesas con hojas otoñales apretadas contra el vientre como un adorno para esconder el lugar donde habían sido desventrados, y sus bonitas astas levantadas hacia el cielo. A la vista de todos aquellos animales Vova gritó, encantado: – ¡Mira, tío Iouzia!

Y tiró de la mano de mi hermano, pero Iósif le hizo callar y Vova se quedó quieto. El enorme abrigo de piel de cordero de Niki cayó plegado sobre la hierba, y su alto y negro pahkahi formó una corona negra por encima de él. Parecía el rey del averno con su traje de gala entre toda su carnicería. Niki levantó la mano libre y le hizo un gesto a Vova de que se acercase, y junto a mí, con su pequeño abrigo, Vova se echó a temblar. Era menudo para los diez años que tenía, con un rostro delicado, y la gente, cuando le veía en la calle, a menudo le decía: «Mira qué niño más guapo». Echándome una mirada a mí, mi hijo empezó a dar unos pasitos hacia Niki sobre la hierba tiesa y fría.

– ¿Sabes quién soy yo? -pregunto Niki. Iósif respondió por Vova: -Es el zar.

Y Vova asintió y dijo: -Es un honor, majestad.

Al oír esto, Niki puso su mano en el hombro de Vova y le miró detenidamente el rostro. ¿Él mismo? No, veía más bien al hermano de mi hijo.

– Se parece mucho a Alexéi -me dijo Niki, y luego levantó su mano para coger la mía-. Perdóname, Mala. Has hecho un viaje muy largo.

Su palma era cálida y rugosa, y había pasado muchísimo tiempo desde que sentí su piel contra la mía. «Ven», dijo. Echó a andar, no a mi lado, sino ligeramente por delante, y fuimos hacia el pabellón, dirigiéndome como se dirige a un caballo, y Vova era el perro, trotando detrás, y mi hermano, a quien yo ya había olvidado, detrás de nosotros, a la discreta distancia de un criado.

El pabellón de Spala no parecía un palacio en absoluto, ya que era largo, viejo y feo; el piso inferior estaba marcado por arbustos de hoja perenne podados en forma de pirámide y el superior por unas altas ventanas, unas junto a las otras, en sucesión. El bosque se mantenía separado del edificio mediante un seto ondulado de arbustos bien podados. A medida que nos acercábamos, Niki, haciendo señas con la mano, indicó a Vova que se fuera con Iósif. Cuando se hubieron alejado y no podían oírnos, Niki señaló hacia delante, a un balcón con sus cortinas que se encontraba en un extremo del pabellón, por encima de una veranda.

– Alexéi se está muriendo, allá arriba.

Creo que empecé a morderme las uñas mientras él seguía, con los ojos muy brillantes y aquella cara como una red de finas arrugas. Era la segunda semana de sufrimiento de Alexéi, me dijo. La sangre había empezado a llenar la cavidad entre la ingle y la pierna izquierda, hasta el punto de que el pobre niño no tenía otra opción que mantener la rodilla pegada al pecho, pero aun así, la hemorragia no cesaba. Los médicos levantaban y bajaban alternativamente su lecho con muelles para ayudarle a sentarse o a permanecer echado, pero en ninguna postura, decía Niki, podía encontrar alivio el zarevich, y la sangre empezaba a presionar los nervios, causando a Alexéi espasmos de dolor tan intensos que había empezado, entre chillidos, a pedir que le dejaran morir, gritando: «¡Enterradme en los bosques y hacedme un túmulo de piedras!». Pero lo peor era la hemorragia estomacal, que los médicos tampoco podían detener, y de la cual pronto moriría. Tenía fiebre y delirios, su corazón era débil, y tenía la cara tan blanca que parecía que no circulaba sangre alguna por el resto de su cuerpo, pero como era un niño y no querían darle morfina, su único alivio era desmayarse. Todo aquello era el resultado de un desgraciado golpe con un escálamo cuando Alexéi subió a un bote en Bielovezh, que le causó una pequeña hinchazón que pensaron que se había curado hasta que se subió a un carruaje y lo llevaron allí, a Spala, por una de las carreteras arenosas y llenas de baches como la que acabábamos de recorrer juntos.

Niki decía que no podía soportar entrar en el dormitorio de su hijo, donde Alix se encontraba sentada en un sillón día y noche, sin llorar. Aunque cada día había caza y cada noche había muchos invitados a la cena, y en un escenario improvisado sus hijas representaban obras para su distracción, detrás de las lonas pintadas de aquel espectáculo se encontraba una escena muy distinta. El día anterior, el conde Freedericks, el ministro de la corte imperial que supervisaba todos los protocolos de la corte y llevaba a cabo las instrucciones de Niki, había persuadido a la familia de que el zarevich estaba tan enfermo que era el momento de emitir un comunicado anunciándolo y así preparar al país para su muerte, y este había aparecido en todos los periódicos aquella mañana. Eso fue lo que yo vi en la gaceta de la estación. Se había preparado otro anunciando su muerte. A medida que Niki iba hablando nos acercábamos a la casa, e hizo una pausa para señalar la tienda de lona verde en el jardín, con la tela desgarrada al viento. Hasta aquel día el tiempo había sido cálido, dijo el zar. Pero ahora, como si se preparase para la muerte del zarevich, la estación había cambiado. Aquella sencilla tienda se había convertido en una capilla, y ahora, con el anuncio oficial de la enfermedad de Alexéi, todas las iglesias y capillas de Rusia celebrarían rezos y servicios dos veces al día. Mientras Iósif conducía a Vova hacia la tienda para ver el altar, Niki me dijo, sencillamente: «Ven conmigo».

Niki me llevó a media versta por el oscuro bosque de árboles altos y delgados, abedules con sus troncos blancos que se iban pelando, tan altos y juntos que uno podía desaparecer entre ellos, y Niki sujetó su antorcha para iluminar el camino. Por todas partes donde pisaba, notaba una raíz o enredadera bajo mis zapatos. Niki seguía avanzando, más y más, y luego acabó ofreciéndome la mano o el codo, y cuando yo estaba a punto de preguntarle si faltaba mucho aún, de repente él se detuvo, contó los pasos y bajó la mirada. Ante nosotros se encontraba una pequeña tumba, recién cavada, y junto a ella un montón de piedras sueltas. Niki se arrodilló, recogió un guijarro del suelo y me lo puso en la mano. La piedra estaba fría y húmeda, y mis dedos se cerraron a su alrededor. El bosque a nuestro alrededor se quedó escuchando y esperando, y yo oí mi propio aliento al exhalarlo, lentamente. Niki no dijo una sola palabra, su antorcha crepitaba y chasqueaba. Nos quedamos allí un minuto, una hora, un año, antes de que yo comprendiera: aquella tumba era para Alexéi, y estaba destinada a desaparecer, a acabar tragada por el bosque. Al final nos alejamos de ella y Niki me condujo de vuelta hacia la tienda verde, donde nos esperaban Vova y Iósif. Yo intenté mirar a Iósif a los ojos. ¿Qué sabía él? Todo, probablemente, y pensó que era una maldición que yo misma me había ganado. Niki nos llevó hasta las blancas puertas encristaladas del refugio, donde el zar y Iósif dejaron caer las antorchas al suelo, a ambos lados. Pasamos por un vestíbulo que olía a humedad y estaba muy mal iluminado. Pasamos por una habitación pequeña con dos sillas con respaldos parecidos a las astas de ciervos gigantes, por un comedor con sillas de cuero que rodeaban una larga mesa, por un oscuro porche cubierto y salpicado de muebles de mimbre. Por todas partes por donde pasábamos, dejábamos un rastro de tierra arenosa. Iósif nos seguía, y Niki, Vova y yo subimos por una estrecha escalera de madera. En la parte superior, Niki me tocó el codo. Recorrimos una sala y cuando pasamos por un pasillo, corrieron hacia nosotros dos niñas pequeñas disfrazadas, una vestida de pirata, la otra con un vestido y un gorro blancos, y se abrió una puerta y entonces lo oímos, un quejido largo, bajo. El zarevich. La puerta se cerró. El rostro de Niki se encogió con mil arrugas, y cuando llegamos a la antepuerta con cortinas de una galería, en uno de los extremos de la larga sala junto a aquella puerta, parecía que tenía mil años de edad.

Una mujer se encontraba sentada en una butaca de mimbre en aquella galería, casi en completa oscuridad, entre una nube de rayas: tela rayada en los muros bajos, cortinas rayadas del suelo al techo, cojines rayados en las sillas. Alix. Se levantó. Llevaba un abrigo de marta cibelina para combatir el frío, con sus gruesas mangas como pulseras en sus muñecas. Su pelo, que solo recordaba que era de un rubio rojizo, tenía ahora muchas canas mezcladas con el oro en las sienes, y lo llevaba peinado con raya en medio, rizado y sujeto muy hueco a los lados de la cabeza. Teníamos la misma edad, pero yo era una chica y ella una abuela, una abuela alemana, cuya piel se había aflojado y espesado por las mejillas, cuya nariz había empezado a curvarse y cuyos párpados formaban grandes bolsas. Apreté la piedra que todavía llevaba en la mano. En realidad, Alix parecía más un hombre que una mujer, como les pasa a algunas cuando envejecen. En el teatro, eran hombres siempre los que hacían de vieja, de Baba Yaga o de Carabosse. ¿Y esa era Alix, la princesa de Hesse-Darmstadt? Ni siquiera había conseguido que su angustiado rostro dijese nada más que lo que estaba sintiendo. Miró a mi hijo, ese niñito de grandes ojos que tenía ante mí, con mis brazos cruzados ante su pecho, y le sonrió tristemente.

Y Niki me dijo:

– Mira cómo sufrimos.

Cuando el propio Iósif nos trajo el equipaje recorriendo el pasillo trasero que conducía al dormitorio que se encontraba junto al de Alexéi, donde íbamos a dormir, comprendí que estábamos allí de manera extraoficial.

– ¿Cuándo vamos a cazar? -me preguntó Vova.

Y mi hermano respondió:

– Más tarde. El hijo del zar está muy enfermo.

– ¿Y cuándo se pondrá bueno?

– No lo sé -respondió Iósif, y me miró a mí y meneó la cabeza como diciendo: «Mira adónde nos ha llevado tu idilio». Luego miró a aquella puerta contigua, y comprendí que nuestra inmediata proximidad al zarevich tenía un objetivo, y que en el momento exacto de la muerte de Alexéi se lo llevarían a esa habitación oscura y desde allí al bosque, mientras sacaban a Vova de su cama y lo conducían a la habitación del enfermo, con Niki y Alix a su lado, y lo proclamarían milagrosamente curado. Supuse que Niki creía que podía apropiarse de mi hijo igual que se apropiaba de las mejores pieles, maderas, vodka y caviar, en provecho de la corona. Después de todo, hacía mucho tiempo yo le había ofrecido estúpidamente a mi hijo. Pero mis ambiciones con respecto a Vova siempre me habían incluido a mí, también: mi matrimonio con Niki, mi hijo y yo juntos, conducidos a palacio… Ahora veía que Niki y Alix estaban tan íntimamente unidos por la tragedia de la enfermedad de su hijo que él no enviaría jamás a Alix a un convento ni se divorciaría de ella, no importaba lo que le ocurriese a su hijo. De modo que lo único que quedaba de mi antigua fantasía era aquel cuento a lo Dumas, en el cual se requería a mi hijo que asumiera la identidad de otro.

Y no es que un discreto arreglo como aquel careciese de precedentes. La corte en general sospechaba hacía mucho tiempo que el emperador Alejandro I salió una noche junto a sus centinelas con gorro y abrigo (los centinelas juraban que era él, conocían muy bien su aspecto) y desapareció por las calles de la capital, y poco tiempo después su familia anunció su muerte en el sur, en Taganrog. Él había derrotado a Napoleón, y luego, a pesar del «aire francés de libertad que me había deleitado en mi juventud», siguió oprimiendo a su propio pueblo, defendiendo los principios de la aristocracia, hasta que, exhausto, les dijo a sus hermanos: «Ya no puedo soportar más el peso del gobierno». Su ataúd fue enviado desde Taganrog a San Petersburgo. El féretro, que por costumbre siempre se mantenía abierto durante los funerales de Estado, para el funeral de Alejandro I permaneció cerrado. Uno de los grandes duques comentó que el rostro ennegrecido del cadáver, sus rasgos indiscernibles, podían ser los de cualquiera, como la familia de Alejandro, decidida a procurar una transición tranquila y a asegurarse sus riquezas, sabía muy bien. Y después de que su hermano, Nicolás I, ascendiera al trono, desafiando a los guardias que querían establecer una república, apareció en los páramos de Siberia un hombre santo, un eremita, que decía llamarse Fíodor Kozmich, y que tenía un asombroso parecido con el antiguo emperador. Un emperador vestido de harapos como eremita en Siberia. El hermano del emperador vivo, vestido de armiño y ocupando el Palacio de Invierno, como zar. Pero Nicolás I tenía treinta años cuando llegó al trono, y había sido educado en la corte. Mi hijo solo tenía diez, y lo había criado yo. Sin preparación alguna, lo obligarían a meterse en la cama del zarevich, mientras a mí me conducían a la fuerza a Spala, sola, escoltada hasta la estación por mi hermano, los dos Kschessinski al servicio de la corte. Los tres Kschessinski.

Toda la noche al otro lado de la puerta que comunicaba nuestra habitación con la de Alexéi oímos las muchas idas y venidas de los doctores Raukhfus, Derevenko, Botkin, Fiodérov y Ostrogorsky (todos ellos enviados desde San Petersburgo) y a través de la puerta oímos sus voces y luego la voz de Niki y la de Alix. Por debajo de la puerta aparecía de vez en cuando la sombra de un zapato, y luego se retiraba. Había luz, y luego hubo sombra. Y, por supuesto, oíamos el sufrimiento del niño y el suave canturreo de su madre intentando calmarle infructuosamente. Aunque le puse el camisón a Vova, yo no me desvestí sino que me quedé sentada en una silla colocada ante su cama, igual que Niki había dicho que Alix se sentaba totalmente vestida junto a su hijo aquella noche y cada noche durante las últimas dos semanas, durmiendo apenas. Vova estaba echado en la cama, con los ojos abiertos. Veíamos claramente desde nuestra ventana la luna y las estrellas, nítidas por la escarcha; la tierra parecía muy grande, y el cielo muy lejano. Yo acariciaba la frente de mi hijo y su sedoso cabello castaño y sus bonitos y esbeltos dedos e intentaba responder sus preguntas.

– ¿Por qué llora ese niño?

– Porque le duele.

– ¿Y cuándo dejará de llorar?

– No lo sé.

Pero con los continuos quejidos y chillidos de la puerta de al lado, las preguntas de Vova acabaron por cesar. Escuchaba, con los ojos muy abiertos, los gritos del niño de la habitación de al lado: «¡Dios mío, ten piedad!» o «¡Mamá, ayúdame!», o, lo peor de todo: «¡Dejadme morir!», y pronto Vova empezó a lloriquear también, contagiado.

– Mamá, ¿se está muriendo ese niño? -me preguntaba. Pero se tapó los oídos con las manos para no oír mi respuesta. Y luego oí los inconfundibles sonidos de una oración, una sola voz, que no conversaba, sino que entonaba: «Mediante su santa unción y su amantísima misericordia, que el Señor te ayude por la gracia del Espíritu Santo», y varias voces que respondían: «Amén». Era la primera parte del rito de la extremaunción, la unción de los enfermos, seguida por la última confesión, y finalmente la administración del viático, la eucaristía, alimento para el último viaje. ¿El viaje adónde? El viaje a los cielos. Alexéi se estaba muriendo, ya mismo, en la habitación de al lado, y en cualquier momento Niki abriría aquella puerta que comunicaba las habitaciones y tomaría posesión de su otro hijo sin decirme nada, sin pedirme nada. Y justo entonces decidí que lo haría. Le diría a Niki que era demasiado tarde y demasiado pronto. Podría tener a Vova más tarde, como hombre, como paje, como oficial de la Guardia, como diplomático o como ministro. Podía hacerle príncipe. Pero no podía llevarse a mi niño entonces, si Dios le arrebataba a Alexéi. Y en el silencio que procedía de la habitación de al lado, acaricié la cabeza de mi hijo dormido y ensayé lo que iba a decirle, Batushka, oye mi plegaria.

Pero Niki no apareció ante nosotros en aquella pequeña habitación hasta la mañana siguiente, y se limitó a decir:

– Alexéi está mejor. Ven a verle.

¿Qué o quién había conseguido aquel repentino milagro? El staretz Rasputín. Alix le había telefoneado por la noche, en algún momento entre mi llegada y la administración de los últimos ritos, y en su dolor y desesperación había pedido su ayuda furiosamente, igual que Niki había buscado la mía. Y al igual que yo había corrido a obedecerle, también hizo lo mismo Rasputín, que estaba lejos, en Pokrovskoe, en Siberia. El no tuvo que viajar, sin embargo: se limitó a rezar, intercedió ante Dios, y luego envió a la zarina un telegrama: «Dios ha visto tus lágrimas y ha oído tus plegarias. No sufras. El Pequeño no morirá».

Quizá debería decir aquí unas palabras sobre Rasputín. Había empezado a realizar curaciones para Alexéi, y a causa de este hecho se había vuelto indispensable para Alix, cosa que no habría supuesto ningún problema si Rasputín hubiese sido un hombre discreto, pero, ay, era hombre de teatro del principio al fin, de modo que quizá yo le comprendía mucho mejor que la mayoría. Empecemos por el traje: un desaliñado capote negro, la blusa de campesino y las botas de campesino (todo lo cual Alix sustituyó por camisas de seda con acianos bordados, pantalones de terciopelo y botas tan suaves como la mantequilla, además de un gorro y un abrigo de castor); el largo pelo sin peinar que caía sobre sus hombros como no lo llevaba ningún hombre, ya fuese campesino o príncipe, solo los locos sagrados; la barba larga y descuidada, la barba de todos los Antiguos Creyentes, y luego los ojos, de un azul muy claro, como esa pálida gema que se llama turmalina, tan agudos y penetrantes y tan transparentes a la luz como el cristal. Oí decir que apenas sabía leer un fragmento de las Escrituras, que tenía problemas para recordar cualquiera de sus pasajes, y que escribía garabateando unas enormes letras negras, deformes, de tamaño irregular, sin ortografía, amontonadas unas encima de otras. Pero cuando hablaba era como un conjuro, una retahíla casi incoherente: «El mundo es como el día; mira, ya es casi de noche; ama a las nubes, porque ahí es donde vivimos». Lo más teatral de todo eran sus curaciones, en las cuales tomaba la mano del paciente y luego, con gran poder de concentración, hacía que su rostro perdiese todo el color, y se volviese amarillo. El sudor brotaba de su rostro, y con los ojos cerrados empezaba a temblar… era como si la vida le abandonase y entrase en el cuerpo del enfermo. Sin embargo, un alud de críticas había rodeado siempre a Rasputín, a causa de su conducta fuera del escenario. En la cima de su popularidad, acudían mujeres continuamente a su apartamento de Petersburgo a escuchar sus sermones, darle dinero e incluso ser profanadas por él, después de lo cual, por la noche, él se iba a los baños y tenía tratos con prostitutas, bebía hasta emborracharse en público más incluso que cualquier ruso corriente, y una vez en el restaurante Yar de Moscú, Rasputín, lascivo, se exhibió ante un grupo de mujeres y causó un escándalo que solo terminó cuando se recurrió tan alto en la cadena del mando que alguien, el ayudante del ministro del Interior, se consideró en una posición lo suficientemente alta para dar permiso para el arresto del favorito de palacio. Alix creía que los informes policiales eran falsos, y que los ministros que hablaban en contra de su asociación con él eran enemigos de Rasputín… y de ella. Pero empezaron a circular sus cartas a Rasputín por Petersburgo en 1911, unas cartas escritas con un estilo efusivo, tan ajenas a su conducta pública absolutamente glacial, unas cartas en las que todo el mundo era su «querido», y en las cuales ella deseaba besarlos a todos, copias de las cuales el propio Rasputín hizo circular al principio por la capital y luego en ciudades de toda Rusia para silenciar a sus torturadores. («Solo deseo una cosa, quedarme dormida para siempre sobre tus hombros y entre tus brazos. ¿Dónde estás? ¿Adónde has ido? ¿Estarás de nuevo cerca de mí?») Toda Rusia entonces pareció escandalizarse. ¿Qué hacía la emperatriz en los brazos de un staretz sin lavar?

Las caricaturas que resultaron de esas cartas (caricaturas de Rasputín, Alix y las chicas, que aparecieron en los periódicos y no se pudieron evitar, ahora que las reformas de 1905 habían levantado la censura de la prensa y garantizaban la libertad de expresión) mostraban a las mujeres de la familia imperial retozando desnudas, y a la emperatriz y Rasputín abrazados. En otra, un Rasputín demoníaco, con el pelo negro, de tamaño enorme, sujetaba dos marionetas con cara de idiota en las manos: Niki y Alix, la emperatriz arrodillada ante él, desnuda, con una corona amarilla en su largo pelo castaño, y Niki con el vientre grueso y castrado, sentado en un palanquín, vestido solo con unas botas y un gorro de piel; los tres rodeados por una legión de grandes duques y ministros, todos ellos ahora exiliados o asesinados. Ante esto, la familia, los ministros de Niki, incluso el primer ministro de la Duma, Piotr Stolypin, insistieron en que había que desterrar a Rasputín. Y así, cediendo a la presión, algo que nunca le había gustado hacer, Niki envió a Grigori Rasputín de vuelta a Siberia durante un tiempo, a su pueblo de Pokrovskoe, y por eso en 1912 Alix tuvo que telegrafiarle allí desde Spala.

Vi a Rasputín en San Petersburgo después de aquel otoño, porque tras su gran éxito en Spala se le había permitido volver del exilio a la capital, una tarde después de salir del teatro, mientras iba yo en coche por el puente Troitski. Al principio era solo una silueta, un gabán largo y negro, una capucha, unas manos que gesticulaban, dos animales que se debatían, y luego, cuando nos acercamos más, las linternas exteriores de mi coche incidieron en su rostro. El hombre que había bajo la capucha quedó súbitamente iluminado, como si la figura hubiese aparecido ante las candilejas de un escenario. Se había vuelto hacia el Neva y miraba el agua, quizás agobiado por su propio destino, pero volvió la cabeza hacia mí cuando yo pasaba en mi carruaje perfumado y bien calentito, y vi el rostro de la criatura que los petersburgueses habían empezado a llamar el Sin Nombre o el Inmencionable: una nariz con las aletas muy anchas, como la retorcida raíz de un árbol, una frente abultada como una cornisa por encima de los ojos azules, tan pálidos como el agua electrificada. Supe de inmediato, con toda seguridad, que era él, tanto había circulado su descripción. Cuando sus ojos conectaron momentáneamente con los míos, sentí una conmoción, como si me volvieran del revés y me vaciaran toda la mente. Y luego pasamos y miré hacia atrás para verle, pero él no se volvió a mirarme. Ni siquiera sabía quién era yo, ni sabía que mi hijo podía arrebatarle todo su poder.

¿Dónde estaba? Ah, sí, al momento en el que vimos a Alexéi por primera vez Vova y yo. Aunque fuera la luz del día brillaba con fuerza, la luz eléctrica estaba encendida en aquellas salas estrechas y oscuras. Mientras mi hermano supervisaba la carga de nuestro baúl en el coche, una vez concluido nuestro propósito allí, el zar nos escoltó por el vestíbulo. La puerta que conducía a la habitación de Alexéi estaba abierta de par en par, y de pie junto al lecho, que estaba pegado a una mesa llena de medicinas y toallas, paliativos sin valor alguno, se encontraban las hermanas de Alexéi, las cuatro vestidas como si fueran un pequeño corps de ballet, con blusas de encaje blanco con cuello alto y unas faldas de lino claras, con pliegues. Hasta el cabello lo llevaban recogido con unos peinados similares: la mitad echado hacia atrás y recogido en la coronilla con un lazo, el resto suelto por detrás de las orejas y cayéndoles sobre los hombros. Solo el pelo de la más pequeña, Anastasia, era liso. El de las otras tres caía formando suaves ondas. Estaban besando los dedos de su hermano y contándole el fragmento teatral que habían representado la noche anterior durante la cena para los invitados, miembros del séquito imperial y nobles polacos invitados a acompañarles: dos escenas de Le Bourgeois gentilhomme, que debían de exigir que dos de ellas fuesen la dama y el pirata que yo había visto en el pasillo la noche anterior, y sus risas se detuvieron al vernos en el umbral a Vova y a mí, un niño bajito y una mujer bajita. Ellas eran altas, como cisnes rosados en torno a la silueta pequeña de rostro blanco, que sonrió a Vova desde su cama. Por un momento, en aquella sonrisa se pudo ver al alegre niño que Sergio me había descrito en la cena, que lamía su plato aunque hubiese compañía, no paraba de moverse, bromeaba con sus hermanas, robó la zapatilla de una criada y luego se la devolvió con una fresa metida en la punta, escribía notitas a Niki contándole cómo le había ido el día («Cuando te vea me meteré en tu baño… te beso la mano»). Los niños tenían pocos amigos, ya que Alix seguía apartándolos de lo que consideraba que era la influencia obscena de la corte, que era todo lo que ellos conocían. De modo que las niñas se entretenían juntas, y a Alexéi le permitían que tuviese la compañía del hijo de su tutor, o cuando la familia estaba en Crimea, el hijo de algún campesino o de vez en cuando algún chico del Corps des Pages, un cadete que se portase bien y al que llamaban a palacio cuando estaban en Petersburgo. Y ahora se encontraba con mi hijo, su hermanastro, el último al que habían llamado, de pie en la puerta de su dormitorio.

Quizás Alexéi pensase que Vova era uno de esos chicos que iban a jugar con él durante su convalecencia, porque levantó la mano y le hizo señas a Vova de que se acercase, diciéndole que no le hiciera reverencias. Cuando Vova se acercó, con un juguete en la mano que había cogido para armarse de valor, Alexéi dijo: «¿Es para mí?» y sin protestar Vova le tendió el elefante de trapo que le había regalado por Navidad para recordar al elefante de verdad que trajo una vez el payaso Dourov a mi casa. El animalito llevaba una silla roja y dorada de trapo y un sombrerito a juego con una campana que sonaba de verdad. Las niñas cayeron sobre él al instante: «¡Oh, qué mono, mira la trompita!», mientras Alix y yo nos mirábamos la una a la otra. Toda la noche, cada una de nosotras había pensado que perdía a su hijo, y aquella mañana compartíamos el mismo alivio. Mi hijo se inclinó sobre la cama y le enseñó al heredero los trucos mediante los cuales se podían mover las patas del elefante, y las cabezas de ambos se tocaron. El pelo de Alexéi era un poco más castaño, pero Niki tenía razón: los dos niños se parecían muchísimo, de una edad similar y con unos rasgos muy similares; me quedé sin aliento al ver lo mucho que se parecían, pero el uno tenía el color de la salud y el otro una piel amarilla, tensa por encima del rostro. Pero Alexéi estaba vivo, no sería enterrado en los fríos bosques, junto al río Pilitsa. Muy pronto, el zarevich pidió a una de sus hermanas (no recuerdo a cuál) que le trajera su caja de soldaditos de plomo para poder jugar a la caza del elefante, y cuando ella reapareció con un baúl de preciosos soldaditos pintados, cada uno moldeado en una postura distinta, Niki fue detrás de ella y se quedó en la puerta mirando cómo los chicos colocaban los soldados uno a uno hasta que llenaron las colinas y los valles de las sábanas de la cama en torno a las piernas de Alexéi: subiendo por una pierna, bajando por la otra. Pasaría un año entero antes de que el zarevich pudiese caminar normalmente o recuperase toda la fuerza en la pierna izquierda, porque la sangre estancada que había llenado sus articulaciones era como un ácido que se comía huesos y cartílagos, y esa deformación había trabado la pierna en una posición torcida. Durante un año llevaría unas férulas de hierro destinadas a ir enderezando de nuevo poco a poco el miembro, y durante ese año sería fotografiado oficialmente solo sentado: en sillas, en trineos o en escalones. Los chicos acercaban sus soldados al elefante y hacían ruidos de disparos, y después de unas cuantas veces, el zar dijo que tendríamos una caza de verdad en otro momento, cuando Alexéi estuviese mejor, y Alix le dijo a Alexéi que le regalase aquellos soldados a Vova, y el zar ayudó a los chicos a recoger todos los hombrecillos y meterlos en la cajita de madera. Mi hermano nos llevó a la estación, con un gorro de piel muy bien encasquetado, la nariz como una montañosa reprimenda, y no hablamos entonces del zarevich ni de nada de lo que habíamos visto. Por el contrario, Iósif divirtió a Vova todo el camino con el número de animales y aves que había cobrado la partida de caza del zar aquel día, y yo me sentí muy agradecida, porque en el largo camino de vuelta en tren Vova dibujó animales y bosques, escopetas, arcos y flechas, y luego hizo listas de imaginarios registros de caza con números cuidadosamente escogidos para los conejos, faisanes, perdices, alces, ciervos y bisontes. Al cabo de unas pocas semanas, cuando Alexéi se encontrase lo bastante bien, también viajaría a Petersburgo, primero en coche, por la carretera arenosa que yo había recorrido a pie aquella noche, una carretera que habían rastrillado y alisado bien los criados, y luego por ferrocarril, en un tren que viajaba a veinticinco kilómetros por hora para evitarle cualquier posible daño. Por entonces, el oscuro bosque y la oscura casa estarían completamente blanqueadas por la nieve, pero eso no importaría, porque Alix había conseguido arrebatar a su hijo del averno. La familia imperial no volvería nunca más a Spala, ni a ninguna de sus propiedades polacas.

Por mi parte, durante años me pregunté qué recordaría mi hijo de aquella noche, de aquella pequeña y sencilla habitación con las paredes pintadas de blanco y un solo cuadro en la pared que representaba a unos hombres de caza, la cama de hierro, la ventana desde la que se podía ver una fría noche en Polonia. Pero nunca se lo pregunté, porque en cuanto aquello acabó, nunca quise volver a hablar de ello. Comprendí entonces por qué Niki se había apartado tan completamente de mí: la enfermedad de su hijo era un tornado que absorbía todo lo que estaba alrededor del muchacho con su vórtice potente y solitario.