38772.fb2
Si los Románov habían sido capaces de matar a Rasputín, era posible que, animados, intentaran llevar a cabo el resto de sus planes. Y entonces fue cuando recibí la orden de Niki de acudir a Stavka con Vova.
El nombre de la ciudad provinciana de Maguilov procede del nombre ruso que significa tumba, ¿saben?, y el paisaje que veíamos desde el vagón del tren, todo el camino desde Minsk, parecía de mal agüero. Hacía tanto frío que cuando me bajé, en una parada, al cabo de unos segundos ni siquiera podía mover los dedos. Vova estaba de muy buen humor al pensar en ver de nuevo a Sergio, y había insistido en llevar un regalo para él, un cachorrito, en el gran bolsillo de su abrigo. Estaba tan ocupado con el animalito, buscando nombres para él y preguntándome que pensaba de cada uno de ellos (Nika, «nacido en domingo»; Gasha, «bueno», Kiska, «puro») que ni siquiera miraba por la ventanilla del compartimento, como solía hacer normalmente. Yo me alegré de que fuera así, porque no habría visto otra cosa que árboles oscuros erguidos ante el cielo, con sus ramas rotas o a veces agujereadas por fuego de artillería. Pasamos junto a trincheras abandonadas, los muros de barro fortificados con tablas de madera y con alambre de espinos colgando en rollos y ondulaciones por la superficie. Las carreteras estaban húmedas y fangosas, y mostraban las profundas huellas de ruedas de tanques y camiones, el agua se encharcaba y se congelaba en todos los huecos del suelo, y en los campos, cruces blancas sobresalían de las tumbas que marcaban.
Una valla rústica de madera rodeaba la casa del gobernador, y por encima de la puerta, en un arco de madera corlado con la forma de una cúpula jónica, se encontraba grabada la palabra stavka. Sergio nos recibió allí. Había engordado y se había quedado casi completamente calvo, y como si quisiera compensarlo, se había dejado crecer una barba mucho más larga y salvaje de la que llevaba normalmente. Y a pesar del peso que había ganado y de la barba más espesa, había en él algo de desinflado… la vergüenza, por muy injusta que fuese, y su dimisión le habían dejado inseguro. Yo lo notaba incluso en la forma que tenía de moverse, como si fuera a dar un paso en falso o perder el equilibrio. Me había defendido contra todas las críticas, incluyendo las de su propia familia, y escribió a su hermano Nicolás: «Juro sobre el icono que ella no ha cometido crimen alguno. Si la acusan de soborno, son todo mentiras. Yo trataba con ella todos sus negocios, y puedo enseñar a quien quiera detalles concretos de todo el dinero que tiene y de dónde viene». Aceptó el castigo por mí, y a causa de ello, llevaba una casaca marrón corriente… porque habiéndose visto obligado a dejar el ejército, ya no podía llevar su uniforme.
Vova echó a correr ante mí para saludarle, sin darse cuenta de los grandes cambios sufridos por Sergio; le tendía el cachorrillo alegremente con las dos manos. La cinta que Vova le había puesto al animal alrededor del cuello, en el principio de nuestro viaje, se había desatado y perdido hacía mucho.
– Es para ti. ¡Para que te haga compañía! Lo puedes llamar Kiska.
Vova sonreía, ofreciéndole su hallazgo más reciente. Sergio le abrazó y luego examinó el animalito de pelo negro, un spaniel, igual que el de Alexéi. Cuando llegué hasta él, Sergio me besó y yo me sentí absurdamente consolada por su peso, por su aroma familiar a tabaco, naranjas y whisky, y me cogí a su brazo, mientras Vova se llevaba a Kiska a correr como loco en torno al patio helado y fangoso, que tenía en el centro una fuente redonda. Los caños de la fuente eran los ojos abiertos de unas marsopas, y en verano, aquellos caños debían de proyectar chorros de agua, pero ahora Vova cogió un palo para meterlo en los vacíos agujeros de los ojos.
Desde el otro lado de la valla de madera lo llamaron unos cuantos chicos, muchachos campesinos que venían andando desde el río. Vova pasó a través de una zona rota e inclinada de la valla para unirse a ellos, y el cachorrillo ladró histéricamente, siguiendo el palo de Vova. Sergio y yo miramos a través de las tablas astilladas mientras los cuatro arrojaban el palito de Vova como un bastón para que el cachorro lo recogiera, pero Kiska todavía no había aprendido a devolverlo, de modo que inevitablemente los chicos tenían que ir a por él, riendo mientras el perrito los evitaba con rápidos zigzags a través del campo.
– Le he echado de menos -decía Sergio. Los bigotes bajo la nariz de Sergio parecían helados-. Les he dicho a mis hermanos que todo lo que tengo debe ir a Vova cuando yo muera.
Y yo dije:
– ¿Por qué hablas de muerte? No vas a morir.
Pero Sergio no me contestó y llamó a Vova:
– Hace demasiado frío, vamos adentro. -Y a mí sola me dijo-: Niki quiere verte antes de la cena.
Uno de los comandantes nos había cedido aquel alojamiento, un refugio con dos habitaciones, y desde allí, Sergio nos dirigió hasta la casa del gobernador, a las dos habitaciones que Niki había cogido para él. Mientras pasábamos junto al gran comedor vi que la larga mesa ya estaba preparada para la cena, con las patas redondas y talladas sobresaliendo debajo de un mantel blanco corto, el suelo de tablas rústicas y las maderas de listones iluminadas hasta la última astilla por una pared de ventanas en el extremo más alejado de la habitación. Niki nos esperaba en el estudio ante un enorme escritorio de caoba, grabado, tallado y ornamentado hasta el último centímetro. Aquella habitación, después del resplandor del comedor, parecía cegadoramente oscura: las rayas del papel adamascado de las paredes formaban un espejo apagado; una solitaria silla oscura, agazapada como un enano, estaba pegada contra la pared de atrás. Niki se levantó a saludarnos, con la cara al principio de color sepia, pero al acercarse a mí, rosada, como si fuera una fotografía que alguien hubiese coloreado mientras yo la miraba. O quizá fuese yo la pintora, y sentí que yo también adquiría color. Me besó la mano, estrechó la de Vova, ahora casi del mismo tamaño que la suya, y le preguntó por sus estudios. ¿Estaba aprendiendo francés y geografía? ¿Le gustaba? Puso una mano en el hombro de mi chico mientras escuchaba, y de vez en cuando Niki me miraba y sonreía, y yo pensaba, ¿le pareceré tan vieja como él me parece a mí? Porque yo tenía ya cuarenta y cuatro años, la edad en que una mujer está ya dando su largo y reacio adiós a la belleza que ha ostentado por derecho propio desde que tenía dieciséis.
Sergio estaba detrás, en el estudio, cuando Niki nos enseñó la otra habitación de la casa que había tomado para él, como si aquella otra estancia, el dormitorio, fuese demasiado personal, demasiado privada para que entrase Sergio, aunque nosotros sí que podíamos, y cogió el cachorro de Vova. Habían colocado un catre de campaña junto a la ventana, al lado de la propia cama de Niki, y a través de ella, medio abierta, veíamos las ventanas del ayuntamiento de enfrente, y oíamos el ruido de la calle abajo, voces, un coche o carro de vez en cuando. Aquella era una ciudad, después de todo, y no un campo de batalla. El catre estaba bien hecho, con las almohadas ahuecadas en el cabecero, como si esperase un visitante, y encima de aquel catre se encontraba una caja que Vova abrió a instancias de Niki. Dentro de ella, mi hijo encontró algunas canicas de colores y soldados de plomo, juguetes que seguramente debieron de pertenecer a Alexéi y que se había dejado allí. Vova miró al zar y Niki afirmó y dijo que podía jugar con ellos, y Vova me miró, algo incómodo. Ya tenía catorce años, y excepto para colocar soldados en su mapa de batalla, ya no se entretenía con juguetes. Por su gesto, sin embargo, estaba claro que Niki veía en Vova a Alexéi, que tenía doce años, todavía lo bastante niño para que le gustasen los soldaditos de plomo. Mi hijo bajó la vista y luego, con una sonrisita, empezó a alinear los soldados en el alféizar de la ventana. Había comprendido. Si el zar quería que tuviese doce años, pues tendría doce años. Niki sonrió mientras Vova convertía las canicas en balas de cañón para tirar a los soldados. Ah, si nuestros regimientos pudiesen luchar contra los alemanes con tanta facilidad… Habíamos esperado estar en Berlín en la Navidad de 1914. «Todo habrá acabado en Navidad», decía todo el mundo. Pero desde entonces habían pasado dos años.
Niki miraba a Vova pensativo, agitado, con el uniforme arrugado por la parte delantera. Sus botas estaban cubiertas de barro seco. Cada tarde, dijo Niki, iba conduciendo hacia los bosques o caminando por el río Debiéper, a veces solo, a veces con Sergio. Había empezado, mientras estaba solo en Maguilov, a contemplar la ausencia de color de la vida sin Alexéi. Rasputín había prometido que Alexéi superaría su enfermedad a los trece años, pero los médicos con los que había hablado el mes anterior le habían dicho lo contrario, y la enfermedad, ciertamente, no había mostrado señal alguna de desaparecer. Cada mes traía a Alexéi un nuevo dolor a las articulaciones, o un dolor de cabeza nuevo, o una fiebre. Cada movimiento era una posibilidad de otra hemorragia. Y ahora, con la muerte de Rasputín, decía Niki, ¿quién podría evitar que la siguiente hemorragia fuese fatal? Alix había llorado durante días enteros después del asesinato de Rasputín, ahora que la catástrofe era segura para su hijo. Ella había leído las cartas de felicitación y los telegramas de todos sus parientes imperiales, notas confiscadas por la policía secreta, y sabía que ahora estaban solos. Él y Alix habían llegado a aceptar que Alexéi no viviría mucho más, y ciertamente no podría servir como zar. Y, según dijo Niki, no solo era la vida de Alexéi la que estaba en peligro; también lo estaba la de Alix, por distintos motivos. Ella le había escrito: «No dejes que me envíen a un convento. No me separes de mi niño». ¿Había oído yo algún rumor? Asentí. ¿Acaso no sabía él que yo los había oído prácticamente de primera mano en la cama cubierta de marta cibelina, en el palacio de Von Dervis?
Niki me dijo que había decidido volver a Peter a finales de diciembre, para hacerse cargo de los asuntos molestos en la capital, y luego enviar a Alix y a los niños al palacio de Livadia, en Crimea, después de la Navidad rusa, donde podrían quedarse unos cuantos años, hasta que la guerra hubiese terminado convenientemente, hasta que se hubiese vuelto a implantar el orden por parte del Consejo del Estado y de la Duma del Estado, o bien ese cuerpo parlamentario de dos cámaras sería disuelto a perpetuidad. Finalmente, según su plan, Alix volvería a Petersburgo, pero Alexéi, si todavía vivía, se quedaría allí, escondido, igual que su primo inglés Jorge V y su esposa María habían ocultado a su enfermizo hijo Juan, igual que la hermana de Alix, Irene, había ocultado a su hijo hemofílico, Henry. Y allí, igual que John y Henry, acabaría por morir Alexéi.
Oíamos las balas de cañón que explotaban, las canicas que golpeaban unas con otras mientras Vova jugaba, y Niki volvió la cabeza hacia él, aun hablándome todavía a mí. Quería llevarse a Vova a casa con él, a Tsarskoye, para Navidad, solo. Podía ayudar a decorar los árboles en el palacio Alexánder, el del Gran Salón, otro en el corredor para los criados y el último en la sala de juegos, el abeto que ponían allí lleno de adornos de cristal y espumillón, tan alto que casi tocaba el techo, y yo pensé: «¿Acaso el decreto contra los árboles de Navidad no se aplica al soberano, o Niki está recordando la comodidad neblinosa de alguna Navidad pasada?». Porque aunque yo sabía que Niki me contaba todos aquellos detalles para tranquilizarme, el que sonreía al recordarlos era él. Las velas en el árbol de la sala de juegos serían las primeras que se encenderían, dijo, y debajo de él, Vova y los demás niños desenvolverían sus regalos. Después de Año Nuevo, Vova podría viajar con ellos a Crimea, para Pascua. Y así, unas vacaciones conducirían a otras, un mes al siguiente. Vova podría llamarme una vez por semana. Yo podría verle en marzo, antes de que la familia partiese para Crimea. Tendríamos que explicarle a él todo aquello, poco a poco, las peculiaridades de su nacimiento, la función de su nuevo lugar, y finalmente, la asimilación de su nuevo nombre, y esa transferencia debía llevarse a cabo con tan poca prisa y tan cuidadosamente como los petersburgueses cultivaban sus viñas y sus flores en sus invernaderos a lo largo de todo el invierno, obligando a sus bulbos a florecer, a sus viñas a dar fruto, forzando a la naturaleza a hacer lo imposible, a crear el verano en medio del hielo. Y cuando Alix volviese a Peter con las niñas, Vova podría ir con ella. ¿Lo entendía todo yo?
No era ninguna idiota… ¿cómo creía que podía haber memorizado si no todos aquellos divertissements y adagios, un paso que conducía a otros cientos de pasos? Comprendí que, sin una línea de sucesión clara, los diversos hombres Románov de todas las ramas de la familia se pelearían frenéticamente por la corona. Y con toda aquella debilidad y divisiones desde arriba, y la niebla terrible de la guerra a nuestro alrededor, las banderas rojas de la Revolución ondearían otra vez desde los tejados y las ventanas de Peter, y los antiguos revolucionarios volverían sigilosamente a la capital para aprovechar la inestabilidad del antiguo trono de trescientos años. No… no podía haber ruptura en la ruta al trono. Sí, yo lo entendía. El hijo de Niki (uno de ellos) sería zarevich. Ahora estábamos lo bastante callados para notar que Vova también se había quedado en silencio. Niki podía considerarle un niño, pero yo sabía que no era así. Vova había estado escuchando a posta. Si no quería hacerlo, si no quería irse con el zar, yo sabía que me lo diría de inmediato. Estaba sentado en el catre, inmóvil. Por supuesto, quería ir. Era la gran aventura que ansiaba, el camino que lo alejaría de mí finalmente. Y entonces dejó que una canica rodase lentamente a lo largo del alféizar para tirar al último soldado que permanecía en pie, y este cayó con estruendo al suelo.
En aquel preciso momento un soldado de verdad llegó a la puerta del estudio y le dijo a Niki que era la hora de la comida. El rostro de Sergio apareció a continuación en la puerta, y por el gesto que traía, supe que el zar ya había comentado con él sus planes, y que Sergio estaba muy afligido por ellos. Incluso le había apenado oír que Niki me los volvía a contar a mí, aunque él no sabía que nada de todo aquello era una sorpresa para mí, y que yo venía preparándome y temiéndolo desde Spala. Pero comprendí que por eso Sergio me había hablado antes de muerte, de dejarle sus posesiones a Vova: quería reclamar de alguna manera a Vova antes de que Niki lo engullese por completo. Pero ¿qué podía hacer Sergio? Vova no era hijo suyo, por mucho que lo quisiera, si bien Vova no lo sabía. Y mi hijo tampoco me pertenecía plenamente a mí. Este destino, o uno similar, habían correspondido a Vova desde su concepción. Y él no lo sabía tampoco.
Toqué la mano de Sergio al pasar a su lado, y luego Niki hizo un gesto a Vova de que se adelantase con Sergio y el soldado, mientras nosotros nos quedábamos un poco atrás. Niki se volvió hacia mí a la luz débil e invernal de aquel dormitorio.
– Te prometo que le dejaré el mayor imperio que jamás haya poseído Rusia.
El manifiesto navideño de Nicolás II a su ejército hablaría de esa visión, aunque todavía no realizada, de esa Gran Rusia, y la paz que seguiría de ella, envolviendo a todos los pueblos eslavos y resolviendo todos los conflictos que se habían ido cocinando a fuego lento, «una paz tal que las generaciones venideras bendecirán vuestro sagrado recuerdo». ¿Le creí yo acaso? Como sus súbditos más leales, yo todavía confiaba en que él era capaz de cualquier cosa. Entonces él me besó, el triple beso en las mejillas que concede el divino zar a sus súbditos en Pascua, y luego un último beso, el de un hombre a una mujer, con sus labios resecos encima de los míos. Yo abrí la boca para recibir su ruda lengua, que no había probado desde hacía catorce años, y que ahora me permitía saborear. ¿Me habría amado él durante todos aquellos años? Si él… si él me hubiera hecho noble y me hubiese convertido en su esposa en 1894 en lugar de Alix… Nuestro beso fue largo, y aunque el crepúsculo nos envolvía con un manto de piel negra, no éramos totalmente invisibles bajo él. Cuando nos separamos al final, vi que Sergio había salido, con el cachorro tras él, pero mi hijo había vuelto para esperarnos, y ahora estaba de pie en el corredor, con el asombro más absoluto pintado en la cara.
Aquella noche soñé que seguía al zar a través de las puertas del sur de Tsarskoye, esas grandes puertas, con su fachada gótica como el portalón de una iglesia enorme. El zar iba vestido con su grueso capote y su papakhii de piel, y yo solo veía su ancha espalda mientras sus grandes perros, quince perros pastores escoceses, esa gran raza que prefería la reina Victoria, que fue la primera que los crió en Balmoral, venían a meter sus largos morros en los pliegues de su capote, y luego corrían ante él por la hierba, hacia el bosquecillo de abedules y robles, y volvían, entrecruzando sus pasos como lanzaderas en un telar. Su perro favorito, Imán, era el único en palacio, pero Imán había desaparecido, quizá se hubiese clavado un clavo en una pata, o nadado demasiado lejos en uno de los lagos, y ahora Niki no quería apegarse a un solo perro, de modo que disfrutaba de ellos como manada, sin querer a uno en particular más que a otro. Espaciados a diez metros de distancia entre sí, ante la alta verja de hierro, se encontraban de pie los guardias cosacos, y a lo largo del horizonte, uno de ellos cabalgaba en un enorme caballo, bestia y hombre fundidos en una sola fuerza veloz, encaminándose a los barracones de su regimiento, construido al estilo moscovita que tanto le gustaba a Niki, una imitación de pueblo medieval bautizado como Fiodórovski Gorodk. Niki caminaba solo, delante de mí, sin verme, pero yo le seguía mientras iba avanzando por la hierba, por los claros de los árboles, a lo largo de pequeñas masas de agua que se habían vuelto verdes y negras por el reflejo de esos árboles y sus sombras y la hierba, los muros amarillos y las columnas blancas del palacio Alexánder alzándose como un antiguo templo griego en el otro extremo del largo paseo y el amplio césped. Sus hijos corrían por allí, construían torres de nieve y bajaban con sus trineos en invierno, paseaban en canoas por los lagos y nadaban en los canales en verano, servían té en la isla de los Niños, en la casita de juguete, enterraban a sus animales de compañía en el pequeño cementerio que había al otro lado del puente y marcaban sus tumbas con losas de piedra en forma de pirámides en miniatura. Yo le seguí a través del puente hasta la isla de los Niños, donde subió los pocos escalones hasta el porche de la casa de juguete, que se parecía a las casas de juguete construidas para todos los niños privilegiados rusos desde Pedro el Grande, y donde, con su mano enguantada, barrió las hojas de los asientos de las dos sillas de anea; el viento sopló por encima del agua tranquila e hizo traquetear la pequeña canoa en su pequeño muelle de piedra, y las agujas de pino se movieron en los árboles, que eran dos veces más altos que el tejado. Algunas de las agujas, no sujetas a las ramas, cayeron como una lluvia ligera, y él las quitó de la mesa en la cual se encontraba colocada una vajilla de juguete: tetera, tazas y platos, y luego se volvió hacia mí y levantó un brazo con la palma hacia mí, y dijo que él no era Niki, sino Vova, que había crecido y ya era hombre, y me desperté cuando yo corría por la hierba para ir a besarle la mano.
En Petersburgo, conté a todo el mundo que había dejado a mi hijo en Stavka, con Sergio.
El 1 de enero Niki regresó a la capital y, como me había prometido, empezó a librar la capital de sus enemigos para que la ciudad y el trono fueran seguros para nuestros hijos. El príncipe Dimitri Pavlovich fue exiliado a Persia. El gran duque Nikolasha, que ya estaba en Tiflis, habiendo sido enviado allí tras su destitución como comandante en jefe del ejército para dirigir los regimientos del Cáucaso, recibió la orden de quedarse indefinidamente allí. El príncipe Félix Yusúpov, con su capote gris de soldado y bajo guardia, fue enviado a su propiedad de la provincia de Kurskaya, en la Rusia central. El hermano de Sergio, Nicolás, fue enviado a Grushevka, su propiedad en el campo en Ucrania. A los Vladimírovich se les ordenó salir de Petrogrado, y Miechen, Andrés -que me dedicó un rapidísimo adiós- y finalmente Borís, se fueron al Cáucaso, a Kislovodsk, con la excusa salvadora de que estaban realizando una cura en un balneario, y el palacio Vladímir y la mansión Von Dervis quedaron vacíos de repente. Andrés vino a decirme adiós a la Perspectiva Kronoverski, y yo le bendije con el icono de mi padre de Nuestra Señora de Czestokowa, mientras él se arrodillaba, aunque no se iba a la guerra sino a un lugar que la guerra no había tocado y donde podía estar totalmente seguro; francamente, me alegré de verle partir. Ya no era ninguna diversión para mí, y su traición ponía en peligro a mi hijo… mis ambiciones para mi hijo. Kyril, como comandante de la Marina, recibió la orden de dirigirse a Port Románov, en el Círculo Polar Ártico, muy lejos de la capital, donde quizá, con un poco de suerte, se congelara hasta morir. Después de la guerra, Niki planeaba volver su atención a sus ministros del Consejo de Estado y a los miembros de la cámara inferior de la Duma, para librar ambas de la incompetencia que estaba paralizando el país, pero sentía que reorganizar el Gobierno justo entonces, en medio de una guerra, podía ser desastroso. Primero Rusia debía ganar a Alemania. Y así, con este fin, Niki abruptamente decidió volver durante tres semanas a Stavka, y Alix y sus consejeros no pudieron disuadirle.
Las vacaciones de Navidad y Año Nuevo habían elevado la moral del país, y el tiempo se había encargado del resto, volviéndose tan frío, a quince grados bajo cero, que las calles se habían vaciado de alborotadores. De hecho hacía tanto frío que no se podían enviar suministros ni a la capital ni fuera de ella, porque las tormentas de nieve mantenían los trenes congelados en las vías. Las panaderías se vieron obligadas a dejar de hacer pan porque la harina y el azúcar no se podían transportar desde sus respectivos almacenes y silos, y los ricos pasteles desaparecieron de las tiendas, seguidos por los bizcochos, bollos, tartas y finalmente las humildes hogazas de pan. Las mujeres empezaron a hacer largas colas para obtener lo que hubiese disponible. Había enormes problemas para transportar el carbón, también, y las vallas de madera que quedaban en Peter empezaron a desvanecerse porque la gente las iba arrancando para quemarlas en sus estufas. Pero siguiendo las órdenes del zar, cuatro camiones consiguieron descargar carbón en mi mansión de Petrogrado, y aquella imagen llamó tanto la atención que se congregó una multitud, a pesar de la temperatura, solo para verla. Como he dicho, mi barrio estaba lejos de las fábricas que albergaban a los huelguistas, y mi casa también estaba bastante alejada de los alojamientos donde estos vivían, de modo que aquella multitud pertenecía a la nobleza, pero no por eso era menos hostil. Los hombres golpeaban entre sí las manos enguantadas, con los gorros de piel bien encasquetados, y hacían comentarios. Yo abrí la puerta del balcón de Vova, solo una rendija. Daba a la perspectiva Kronoverski, y oí al embajador francés Maurice Paleologue, un metomentodo que llevaba un diario de acontecimientos extenso pero ridículamente banal (los nombramientos ministeriales del zar estaban consignados junto al abrigo de chinchilla y el vestido de tafetán gris que llevaba la bella esposa reciente del hermano de Niki. Hablaba incluso de sus «soberbias perlas»). Sí, Paleologue declamaba, altisonante: «Parece que "nosotros" no reclamamos la atención de las autoridades imperiales igual que Madame Kschessinska». Ante lo cual yo pensé: «Por supuesto que no, fumisterie. ¡Tú no eres la madre del zarevich!». Pero no dije nada y cerré la puerta, porque sonaba el teléfono, mi llamada semanal de Vova.
Las llamadas siempre empezaban de la misma manera. Un sirviente del palacio anunciaba: «Está usted recibiendo una llamada de los apartamentos imperiales de Su Majestad el zarevich Alexéi Nikoláievich», y luego mi hijo se ponía al teléfono y me contaba lo que había ocurrido durante la semana. Estaba aprendiendo inglés con el tutor de Alexéi, Mister Gibbes. Había bajado en trineo por una enorme colina de hielo y ganado a las chicas, tanto a las Dos Grandes como a las Dos Pequeñas, para cenar habían comido cochinillo con rábano picante, y cuándo podría ir yo a visitarle, ya que el emperador había dicho que sería pronto, y yo accedía y decía que sí, que sería pronto, a principios de marzo. Después de aquellas llamadas, yo me vestía y me iba al teatro.
Aunque tenía ya cuarenta y cuatro años seguía bailando, si bien no tan a menudo, y recuerdo exactamente cuál fue mi última actuación, aunque, por supuesto, yo no sabía que iba a ser la última. Interpreté un pasaje de Carnaval con Mijaíl Fokine. Pobre Fokine. La guerra le había ligado a los Teatros Imperiales, donde Diághilev no tenía ningún dominio, y por tanto Fokine tuvo que volver a regañadientes y hacerme de partenaire, si quería aparecer en el escenario del Mariinski. Cuando se representó la première de este ballet, en 1910, Nicolás y Alexandra se sentaron ambos en el palco imperial para verlo, pero ahora lo representábamos con fines benéficos para la guerra. Los escenarios de ese ballet estaban montados de tal manera y con tal perspectiva que los bailarines parecíamos seres en miniatura y que el público atisbaba una maqueta de terciopelo para vernos retozar. Normalmente, en esa pequeña sombrerera de la sala de baile, los personajes se deslizaban mágicamente entrando y saliendo entre los pliegues de los telones azules, pero aquella noche, al ser una representación benéfica para una de las obras de caridad de Alix para los soldados heridos, Fokine y yo realizamos solo los duetos y solos del ballet; él con su traje de arlequín y un antifaz, y yo, su enamorada Colombina, con un vestido con muchas capas y volantes y las mangas abullonadas. Bailábamos aquel fragmento de commedia dell'arte con música de Schumann, y con ella ejemplificábamos la estupidez y la ligereza de la forma, la luz que había dentro, en contraste con la guerra que estaba fuera, y el ánimo oscuro y congelado de la gente. Tokine se movía con la llanta y el clarinete, y yo con las cuerdas, y sin embargo, bajo los movimientos alegres, la música dejaba un poso oscuro. Sin saber por qué, yo lloré al final del ballet, cuando Arlequín acaba sus piruetas sentándose de culo repentinamente. El rostro de Fokine, tras su máscara, me miró intrigado. Era más joven que yo y pertenecía a una época distinta. Cuando la guerra acabase él volvería a bailar para Diághilev, en el extranjero. Pero solo había un escenario para mí, un mundo para mí: este. Y todo aquello pasaba justo veinte días antes de la Revolución que lo destruiría.
Durante breve tiempo, sin embargo, pareció que aquel mundo perduraría. El embajador británico, George Buchanan, se fue de vacaciones a Finlandia como de costumbre. La princesa Radziwell celebró una gran soirée en su palacio del canal Fontanka, y sus habitaciones iluminadas se podían ver reflejadas en el agua en todas direcciones. Y Niki, contra el consejo de todos sus ministros, partió en tren hacia Stavka. Aquella noche recibí una llamada imprevista de «los apartamentos imperiales del zarevich Alexéi Nikoláievich». Al teléfono, Vova me dijo que estaba enfermo, que Olga y luego Alexéi habían caído con dolor de cabeza y fiebre alta, que el médico les había diagnosticado sarampión y que incluso había hecho que Vova se metiera en la cama. «Mamá, quiero verte», lloraba Vova con una voz tan infantil como si tuviera cinco años, y cuando colgué el teléfono me lo imaginé ardiendo de fiebre en algún cuartucho, abandonado mientras Alix corría aquí y allá atendiendo a sus propios hijos con el mismo fervor que había mostrado al cuidar a Niki cuando pasó el tifus. Si Niki no se hubiese ido a Stavka tan pronto… Cuando él estaba en Tsarskoye, yo sabía que cuidaría de Vova, pero ¿cómo podía confiar en que Alix le tuviera en cuenta? Así que llené una pequeña maleta y le telegrafié a Sergio en Stavka que pensaba ir en tren a Tsarskoye Seló, a nueve verstas de distancia, para cuidar yo misma a Vova. Cuando Sergio informó a Niki de mis intenciones, este dijo que no, que tenía que confiar en los doctores imperiales y sus cuidados, porque, ¿quién practicaba una medicina mejor que esos hombres? Vova estaba en buenas manos. Pero yo insistí, recordándole a Niki que mi prometida visita había sido pospuesta por su partida a Stavka, y él transigió, mientras mi visita se llevara a cabo de noche y durase pocas horas. Él le diría a Alix que me esperase. Y debía usar la entrada de servicio, ir vestida con discreción, de modo que mi visita no pareciese oficial, y no quedaría anotada por el conserje en el libro de visitas encuadernado en piel, aunque, por supuesto, me estaría observando la policía secreta.
Podía soportar todas aquellas humillaciones por mi hijo. Porque, después de todo, ¿qué era yo, tras haber renunciado a mis derechos como madre, sino una sirvienta del zar?
El centinela de la puerta posterior oyó mi nombre, o más bien el nombre que le di, el de mi rival Olga Preobrazhénskaya, que surgió espontáneamente de mi boca. Después de todo, ella había sido presentada oficialmente en la corte, un honor inaudito para una bailarina, e incluso había jugado a las cartas y tocado el piano con el zar y Alix en el Palacio de Invierno, hacía mucho tiempo, sin duda como parte del esfuerzo de Alix por demostrar que su antipatía hacia las bailarinas solo me incluía a mí (pero observen que eligió a la bailarina más fea que había en el escenario para recibirla en palacio). Sí, di su nombre en la puerta, que fuera Olga la que entrase por la puerta de servicio, la que le correspondía, y mi conductor me llevó hasta un lado de la columnata, hasta el ala del servicio, donde fui recibida por una doncella con traje negro y una cinta blanca en el pelo. A Alix, había oído decir, le gustaba que en su palacio los criados vistiesen igual que los ingleses con los que había crecido en casa de la abuela, en el castillo de Windsor, pero las chicas rusas se quejaban muchísimo de los corsés, los delantales almidonados y las cofias, de modo que las habían dispensado, una dispensa especial rusa, para llevar solo los vestidos y las cintas. Me llevaron por unas escaleras, ya que el ascensor estaba estropeado, hasta el segundo piso del ala este, lo que Alix llamaba «la sala verde», una amplia sala de juegos en una esquina. La doncella se quedó detrás de la puerta. Supongo que Alix le había dado instrucciones de que no me dejara sola. ¿Qué pensaba que iba a hacer, estrangular a su hijo y colocar una nota con un alfiler en el mío con la palabra «zarevich» escrita?
Mi hijo estaba allí con los otros niños, todos en camitas de campaña, todos dormidos. A lo largo de las dos paredes, grupos de pavos reales se exhibían por un friso pintado ante un fondo verde, y verde también era la alfombra del suelo. La luz de la luna y las estrellas procedente de las siete ventanas de las dos paredes exteriores iluminaba las figuras de los niños, que parecían haber caído, en virtud de algún encantamiento, en posturas de abandono, en el césped de un parque mágico. Y en realidad estaban encantados, según supe después, drogados todos ellos por el doctor imperial, Eugene Botkin, con diversas pociones contra el dolor y para dormir. Entré con mucha cautela en la gran sala. Habían quitado los juguetes de la alfombra, y todos los objetos estaban colocados contra las paredes o amontonados en los grandes sofás y sillas verdes y amarillos: trenes en miniatura, maquetas de ciudades y barcos, grandes muñecas en sus cochecitos, pequeñas figuras mecánicas en fábricas y minas en miniatura, juegos de té, casas de muñecas, muñecas de porcelana con la cara blanca vestidas de encajes, tipis, canoas de madera con remos a juego, cajas abiertas con soldados de plomo, con sus casacas pintadas de verde, azul y rojo, un conjunto llamativo apagado un tanto por la débil luz. El doctor Botkin estaba acabando su última ronda, con las gafas de montura de alambre brillando mientras se desplazaba entre las sombras. Dirigiéndome un gesto salió de allí, y otra criada vestida de negro, pero esta con el delantal blanco y la cofia que tanto gustaban a la «querida Alix», me trajo una silla. Señalé hacia el lugar donde estaba la camita de mi hijo y ella me acompañó allí.
Me senté y examiné el rostro de mi hijo; en su piel todavía no habían surgido los puntitos que trae consigo inevitablemente el sarampión. Le puse la mano en la frente. Su piel estaba caliente, muy caliente, y él estaba tan drogado que no respondió a mi contacto, sino que siguió dormido con ese sueño suyo extraño y profundo. En la hilera de lechos que estaban junto a él yacían los niños imperiales, a quienes solo había visto desde el escenario del Mariinski o el Hermitage. Las chicas se quedarían todas calvas al cabo de unas pocas semanas, cuando empezase a caérseles el pelo por la fiebre, y Alexandra haría que les afeitaran la cabeza, pero por ahora, yacían con el cabello húmedo pegado a sus rostros sonrojados: los anchos pómulos de Olga, la mayor; Tatiana, con su delicada nariz respingona y sus ojos grandes y almendrados, como los de un gato, igual que los de su padre. Y Alexéi, una silueta larga y delgada bajo la manta, su rostro, como el de mi hijo, perdiendo ya la redondez infantil y alargándose en forma de triángulo. En agosto cumpliría los trece años; en junio, mi hijo tendría quince. Niki tenía razón al querer hacer el cambio ahora, antes de que las facciones de los chicos se fueran diferenciando entre sí, a medida que se iban haciendo mayores.
Aquí, ellos y sus vidas eran idénticos. Dormían uno junto al otro en el palacio Alexánder, eran atendidos por el físico imperial y vigilados por los dos dyadi de Alexéi, sus guardaespaldas. Ambos recibían lecciones de los tutores imperiales, inglés de Charles Gibbes, francés de Pierre Gillard, historia de Vladímir Voyékov, siete tutores en total, uno para cada materia. Y Alexéi, al nacer, había sido alistado como miembro de la Guardia Imperial, y convertido en miembro honorífico del 89. ° Regimiento de Infantería de Marina blanco y atamán de todos los cosacos. Sus padrinos eran la emperatriz viuda, el rey Cristian IX de Dinamarca, el rey Eduardo VII de Inglaterra y el káiser Guillermo II. Todos esos honores los asumiría un día mi hijo.
¿Acaso no era ese su sud'ba, su destino? ¿Y esta enfermedad suya no sería una advertencia para mí, o una prueba a mi determinación? Me pellizqué los brazos y justo en ese momento de repente se abrió la puerta de la sala de juegos y apareció Alix, un fantasma alto y blanco vestido con la toca y la túnica que llevaba cuando atendía a los heridos de guerra, y se desplazó entre las camas sin mirar hacia mí ni hablarme, ahuecando una almohada con sus propias manos, alisando un mechón de pelo, metiendo bien una sábana, y cuando llegó junto a mi hijo, le puso la mano en la frente como había hecho yo y luego apartó la cubierta y le movió los brazos suavemente hasta que quedaron con las palmas hacia arriba y libres de la ropa de cama, para refrescar un poco su temperatura, y ninguna de estas cosas había pensado yo en hacerlas. Vova se removió. Su mano buscó y cogió la de ella, y consolado, se volvió a dormir. Supe entonces que ella le protegería con tanta ferocidad como había protegido a Alexéi, y sentí que yo me convertía en vapor, en algo inútil e invisible. Alix amaba a mi hijo (¿y quién no?) y él parecía que la amaba a ella también. Y si tenía allí el amor de una madre y un padre, además de todo lo demás, ¿no tenía acaso ya todo lo que se merecía? Yo no hacía ninguna falta allí. Me puse de pie y empecé a dirigirme hacia la puerta cuando una doncella me cogió por la manga. Me volví. Alix me hacía señas.
La seguí titubeante desde la sala de juegos, a lo largo del oscuro pasillo, hasta una escalera de madera que nos condujo, más allá del entresuelo, al primer piso. Ella olía a lavanda, que yo aspiraba cada vez que ponía el pie en el escalón que acababa de dejar atrás. Allí, en el vestíbulo, con sus suelos de mármol, sus paredes cubiertas de tela que desprendía un leve brillo, otro lacayo con polainas blancas esperaba con el manto de marta cibelina de la emperatriz. A través del arco de entrada y la puerta abierta se veía un salón lleno de cajas y embalajes, algunas llenas de serrín y papeles. Las paredes de aquella habitación habían sido despojadas de algunos de sus tesoros, porque alambres y clavos expuestos formaban tacos y lazadas a lo largo del yeso color crema. La corte estaba haciendo las maletas para irse, pensé, alocadamente. ¿Para ir adónde? Pues a Crimea, claro: al palacio de Livadia. Por supuesto. Ese era el plan, Niki me lo había anunciado. Vova había dicho en su llamada anterior que esperaba las vacaciones de Pascua y el desfile del Día de las Flores Blancas, donde las chicas le habían dicho que llevaría un bastón decorado con margaritas blancas y que iría con ellas a las tiendas a pedir donativos para los sanatorios. Livadia estaba a tres mil millas al sur, lejos de la guerra, de los alborotos de la capital y de mí. Comprendí entonces que también aquello formaba parte del plan.
Salimos entonces al patio cubierto de nieve. La única luz procedía del vestíbulo detrás de nosotras y de las altas farolas que había delante: los escalones tenían la nieve apilada a un lado y había nieve también en los puntas y las filigranas ornamentadas de las puertas de hierro forjado y verjas que cerraban el palacio, y mientras caminábamos, la nieve una vez más empezó a caer desde el cielo. Seguí a Alix con su oscuro manto; ella me condujo a través del patio, y yo ya no me sentía los pies, ya fuese por el frío o por el miedo, no lo sé, y el aire susurraba y gemía en torno a mis oídos, lleno de vida con los copos de nieve que entrechocaban. Ella me condujo hasta la puerta de entrada, donde me esperaba mi conductor, y cuando me vio instalada en el coche, se inclinó hacia delante y me susurró unas palabras que tradicionalmente dicen los verdugos a sus víctimas, antes de levantar el hacha:
– ¿Me perdonarás?
Así que era eso. Ella comprendía que me estaba quitando la vida, aunque Niki no lo comprendiera. Y yo dije:
– Sí, te perdono.
Y ella cerró la portezuela de mi coche y se enderezó. Vi su figura de pie en el patio mientras mi coche daba la vuelta por el camino, y su silueta medio blanca, medio negra, una parte marta, otra parte lino: enfermera, emperatriz, madre.
Soñé con mi madre aquella noche por primera vez. Ella murió de un ataque en 1912, después de haber sufrido otro. Tenía ochenta y dos años. Durante algunas semanas, después del primer ataque, quedó confinada en el dormitorio que antes compartió con mi padre, en nuestro antiguo apartamento de la Perspectiva Liteini, y yo la visitaba allí. En mi sueño, encontré la habitación sin cambio alguno: los mismos muebles oscuros, los mismos cuadros al óleo de paisajes polacos en pesados marcos dorados colgados en la pared por largos alambres, el mismo papel pintado con dibujos, las mismas fotografías de todos nosotros, pero mi madre no yacía en la enorme cama. La encontré en el enorme y oscuro salón de baile, donde mi padre daba sus lecciones, con el largo pelo amarillo suelto y los ojos cerrados. Cuando me acerqué, abrió los ojos y me cogió la mano con sus largos dedos.
– Mala -susurró-, me has tenido muy abandonada.