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De modo que el sueño no me trajo consuelo alguno, pero el teatro sí. A la noche siguiente fui al Alexándrovski, a ver a mi antiguo amigo el actor Yuri Yúriev, en su actuación del vigésimoquinto aniversario del Masquerade, de Lérmontov. Ah, cómo nos aferrábamos a nuestros antiguos rituales ante el mismísimo rostro de su disolución, los tributos de aniversario con los regalos correspondientes del zar y la corte. En el interior del teatro, un edificio color amarillo mostaza, los aristócratas llenaban la platea de bote en bote, pues venían a honrar a un artista imperial, a aplaudir una obra realizada durante el reinado de Nicolás I, el Zar de Hierro, un zar al que Niki emulaba ahora con su conducta decidida. ¿Acaso no había limpiado la capital de descontentos? ¿No estaba a punto de despejar ese corral que era la Duma? ¿No reinarían los Románov otros cien años más? En escena, los enormes espejos y las puertas doradas sugerían el gran salón de baile de un enorme palacio. Era el escenario más elaborado que jamás se montó en los teatros del zar, y sin embargo, fue ensamblado mientras los escenarios reales del mundo real eran desmantelados para siempre en las calles, allá fuera.
Al día siguiente los periódicos traían la noticia de que el pan se iba a racionar a partir del 1 de marzo, levantando así muchas protestas y pánico. Doscientas mil personas bajaron corriendo por el Neva, sobre el hielo, cuando la policía levantó los puentes para bloquear su camino hacia la isla del Almirantazgo y la plaza de Palacio, donde era tradicional que se celebrasen las manifestaciones para ocupar las calles y atraer la atención de las autoridades imperiales. De noche, las calles todavía no eran completamente seguras. Muchos restaurantes permanecían a oscuras, las vías permanecían vacías de tranvías, las calles de coches, las farolas no estaban encendidas y el faro del almirantazgo hendía la ciudad como una espada blanca. Al día siguiente, cuando la temperatura, que hasta entonces había sido fría como en Laponia, de repente subió a 5 grados centígrados, pareció que todo el populacho surgía de sus oscuros escondites y aparecía al sol para vocear su desgracia, y por la tarde, la multitud que había estado gritando: «¡Pan, pan!», empezó a gritar: «¡Abajo el zar!». Cada día de aquella semana la policía y las brigadas de cosacos (unos cosacos de reserva nuevos en Peter, no los cosacos de Niki), con los caballos asustadizos y las manos sin los látigos con los que solía ir equipado el regimiento, intentaron controlar a la multitud a regañadientes. Y luego Niki, desde la lejana Stavka, ordenó que los regimientos Pavlovsky, Volinsky y Semenovsky, que habían aplastado los levantamientos de 1905, salieran a la calle, y en la plaza Znamenskaya dispararon y mataron a cincuenta personas, y al parecer, después, el remordimiento de los regimientos produjo un motín. Esos oficiales novatos de origen humilde, a diferencia de los oficiales aristócratas de mayor graduación que habían muerto en el frente, se unían a las multitudes que llegaban al Arsenal, la fortaleza de Pedro y Pablo, la central de teléfonos y las estaciones de ferrocarril, y junto con la multitud y los cosacos, los amotinados luchaban contra la policía del zar.
A mediodía, la multitud retrocedió hacia la isla y se abrió camino a través del puente de Troitski, y el jefe del Distrito Policial 4. ° de Petrogrado me telefoneó para decirme que una enorme multitud estaba dirigiéndose por el Bolshói Dvorianskaia hacia mí. Mientras hablaba con él vi un camión lleno de soldados eufóricos, ondeando banderas rojas, que cruzaban la Perspectiva Kronversky. Cuando colgué el teléfono, otro camión. Parecía que todos los soldados de la ciudad, los ciento setenta mil soldados de infantería campesina acuartelados en la guarnición de Petersburgo para entrenarse antes de ser enviados al frente, se habían fugado con sus cañones y sus camiones. Pero no estaban en el frente, sino aquí, y sus enemigos no eran los alemanes, sino sus propios oficiales, junto con los regimientos, la policía y los cosacos que permanecían leales al zar, la corte y los borzhuis.
¿Y la familia imperial? ¿Estarían a salvo en Tsarskoye Seló? Cuando llamé a mi hermano (que estaba de vuelta en Petersburgo, tras haber sido reincorporado al Ballet Imperial al pedirlo yo) me contó lo que había oído todo el día de los isvotchiki, los taxistas que iban conduciendo a un lado y otro por las calles de la ciudad, llenas de alboroto. Todo el día, había oído decir, soldados borrachos saquearon las tiendas de Pavlosk para coger vino, pan y botas, y una multitud se encaminó hacia Tsarskoye Seló. Allí asaltaron unos grandes almacenes, en la errónea creencia de que era el palacio, unos campesinos tan ignorantes que no eran capaces de distinguir un edificio de otro. Había soldados en el patio del palacio Alexánder, regimientos leales al zar de la Garde Equipage, que se usaban para proteger a la familia en el mar y en sus yates, todos en formación de combate. De modo que los rumores de la multitud, si no la multitud misma, habían llegado a palacio.
El sonido de una muchedumbre es el sonido de una energía salvaje e impredecible, y en el teatro, ese sonido proveniente del público es de adulación y éxtasis, una ola que se alza hasta el escenario y parece alzar a los bailarines y levantarlos del suelo, mientras se va elevando. El sonido que oí desde la calle no era un sonido que te elevase precisamente. Aunque la multitud no sabía que mi casa era la casa de la Kschessinska, las águilas de dos cabezas brillaban en mi verja, y solo aquellas águilas ya podían desencadenar el ataque. ¿Qué vana ilusión me impulsó a poner allí esas águilas imperiales? Recuerdo que me senté. Recuerdo que pensé que no podía llamar absolutamente a nadie en la ciudad. Sergio y Niki estaban en Stavka. Hasta el deshonrado Andrés se encontraba, más por accidente que por designio, a salvo en Kislovodsk… De hecho, las facciones más poderosas de la familia Románov, debido a las órdenes de Niki, ni siquiera estaban en la ciudad. El gran duque Vladímir y Stolypin estaban muertos. ¿Y mi familia? Mi hermana vivía en el otro extremo de Petersburgo, en la Perspectiva Inglesa, mi hermano en Spasskaya Ulitsa, también al otro lado del puente. Al menos mi hijo estaba a salvo. Nadie estaría más protegido que él. Pero yo no podía quedarme allí. Sin embargo, mi coche, mi Rolls-Royce, era demasiado conocido, porque en cuestión de coches, igual que en todo lo demás, yo copiaba a los Románov, y había oído decir a mi hermano que el Rolls del gran duque Gabriel Konstantínovich había sido requisado por la turba. Para salir de allí yo necesitaría un coche distinto. Pero cuando llamé al Nuevo palacio Mijáilovich para pedir uno, mientras la multitud y las tropas iban creando desorden de camino por Bolshói Dvorianskaia hacia mi casa, descubrí que el hermano de Sergio, Nicolás, les había dicho a los criados que rechazaran todas mis llamadas y detuvieran toda comunicación «con la casa del lado de Petrogrado de la ciudad». El gran historiador quería que saliera corriendo por las calles con un abrigo y un pañuelo en la cabeza, cargada con un bolso lleno de joyas, ¡por las calles!, donde cualquiera que llevase un sombrero moderno era asesinado por ser un borzhui. Y eso no era lo único que ocurría en las calles, pero el resto se lo contaré más tarde. La familia de Sergio siempre se había referido a él como «mi perrito faldero», y pensaban que yo me aprovechaba de él despiadadamente, me culpaban de su actual deshonra y su virtual exilio en Stavka, y ahora, incluso en ausencia del gran duque Nicolás, que había sido enviado a Grushevka, se seguían sus órdenes y la familia se estaba tomando su venganza. Me quedé sentada, perpleja, con el teléfono en la mano. Y entonces me acordé de Yúriev. La fiesta posterior a su tributo se había celebrado en su apartamento de la Perspectiva Kamennostrovsky a solo unas manzanas de distancia. Quizá los Románov no pudieran ayudarme en aquellos momentos, pero seguramente mis compañeros artistas de teatro me darían refugio, y desde la distancia donde estaba sí que podría escapar a pie.
Y como la única cosa segura que se podía ser en aquellos tiempos era trabajador, eso fue lo que hice. Me disfracé de trabajadora, corté con unas tijeras el cuello de armiño de un abrigo que por lo demás era bastante sencillo, y me puse el pañuelo de mi doncella a la cabeza, como si fuera una campesina. Me llevé las joyas que no estaban almacenadas en Fabergé, las cartas de Niki, la fotografía que me dedicó hacía muchos años, el icono de mi padre y el anillo del conde Krassinski, una foto de Vova a los cinco años… un alijo un poco extraño, ya lo sé, pero cuando uno huye de una casa en llamas solo se lleva los artículos más valiosos, y se aprende rápidamente qué es lo que más se valora. Creyendo que mis sirvientes estarían a salvo, me fui sola. Pero a la mañana siguiente, cuando mi ama de llaves abrió la puerta a la multitud y los llamó: «Venid, venid, que el pájaro ha volado» -no sé si les he contado que en Peter me habían descrito como el pájaro enjoyado-, la turba entró aullando mi nombre: «¡Kschessinska! ¿Dónde está la Kschessinska?», y al no encontrarme, se llevaron a mi portero y lo apoyaron contra un muro del patio como si fueran a ejecutarle, a resultas de lo cual su mujer murió de un ataque antes de que la multitud viese la Cruz de San Jorge que mi portero se había ganado por su valor en la guerra y lo liberasen. A lo largo de las semanas siguientes los muebles desaparecieron de mi casa, igual que la plata, el cristal, los objets Fabergé, mi ropa, mis pieles, incluso mi coche, el coche que tanto miedo me daba conducir. Mi casa se convirtió en un mercado libre: todos los artículos eran gratuitos. Ninguna otra casa de la ciudad fue tan saqueada como la mansión de la concubina zarista Kschessinska, excepto la mansión del ministro de la corte, el barón Fredeericks, que dispensaba los castigos y los favores del zar. Sí, el ministro y la fulana eran famosos en Peter, y soy consciente de que se me sigue conociendo sobre todo por mi escandalosa vida privada. Justo este mismo año, 1971, cuando Kennet MacMillan creó el ballet Anastasia para el London's Royal Ballet, yo aparecí en él como personaje, en el segundo acto, actuando en un baile del Palacio de Invierno que se dio en honor a la hija del zar, Anastasia, con un traje que hacía honor a mi reputación, el cuello cargado de diamantes, el escote de mi tutú negro abierto prácticamente hasta la cintura. En fin, qué le vamos a hacer.
¡Si se me hubiese ocurrido hacer lo que hizo la condesa Kleinmichel para salvar su mansión en la calle Sergievskaya, colocar un cartel en el patio con esta mentira: «Esta propiedad ya ha sido requisada por los ciudadanos»! Al cabo de unas semanas, la división bolchevique de los socialdemócratas tomó mi casa y la profanó colgando una bandera roja de mi tejado, y pronto se convirtió en el cuartel general del Comité Central Bolchevique. Aquella noche, sin embargo, yo cerré mi casa con llave, con la ilusión de que era lo único necesario para mantenerla a salvo, corrí las pocas manzanas que había hasta la Perspectiva Kamennostrovsky, y aporreé la puerta del gran actor Yúriev.
Me quedé con él tres días, escondiéndome con su familia en los pasillos de su apartamento de las balas perdidas que rebotaban por las calles y a veces entraban por la ventana. Fuera, la multitud de trabajadores, campesinos, criminales salidos de la prisión y soldados que se habían amotinado luchaban contra la policía del zar, que había montado ametralladoras en los tejados de muchos de los edificios de pisos del distrito. Como el apartamento de Yúriev estaba en el piso superior de su edificio, soldados desesperados, con los abrigos desabrochados y las gorras vueltas hacia atrás como señal de su lealtad a la Revolución, irrumpían periódicamente en su apartamento para subir al tejado y registrarlo. Yúriev era un hombre corpulento, de nariz grande y mejillas gruesas, y los soldados no se metían con él, y como no tenían ni idea de quién era yo, una mujer menuda de mediana edad con un abrigo roto, no me preguntaban nada. Y el teléfono (montado en la pared y operado por una manivela) sonaba y sonaba mientras la gente escondida en sus apartamentos se llamaban unos a otros solo para oír una voz normal, para contar lo que estaba pasando en tal o cual calle en particular. Después de que el tercer grupo de soldados irrumpiera en la casa, Yúriev apartó sus sillas de las ventanas, y también sus jarrones y estatuillas, no fuera que la multitud histérica de abajo confundiese alguna de aquellas cosas con un arma, y a nosotros por tiradores de la policía, y nos acabaran disparando. Y cuando fui a ayudar a Yúriev y a su mujer a trasladar aquellas cosas, vimos un grupo de soldados que habían llegado al tejado del edificio que estaba enfrente del nuestro tirar a alguien desde allí (un policía), y vimos el ala de su sobretodo extendida como las alas de un pájaro enorme cuyo vuelo fuese muy corto. Cuando cayó al pavimento, una multitud se reunió a su alrededor para golpearle con palos.
– Mala -me dijo Yúriev-, esto es una locura. ¿Dónde está el zar? Lo único que quieren es pan. No hay líderes revolucionarios aquí.
¡Y era verdad! Todos ellos volverían a la capital más tarde, y aprenderíamos sus nombres mucho más tarde aún: Lenin y Martov desde Zúrich; Trostki de Nueva York; Chernov desde París; Tseretel, Dan, Gots y Stalin desde Siberia. Stalin no era nadie entonces, un ladrón de bancos para la Revolución con la cara picada de viruelas que idolatraba a Lenin y le enviaba sus rublos robados escondidos en botellas vacías de vino de Georgia, ¡todos enviados a Europa! Sí, aquellos hombres todavía estaban sentados en sus butacas y sus cafés en los lugares de su exilio desde 1906, y aprenderíamos sus nombres mucho más tarde; los líderes de aquellas multitudes por tanto eran improvisados (estudiantes, trabajadores y oficiales de bajo rango que en tiempos habían tenido simpatías revolucionarias y ahora encontraban que se reavivaban esas simpatías). Sus fotografías aparecieron en los escaparates a lo largo de las semanas siguientes con la frase «Héroes de la revolución». Los nombres de esos hombres (Linde, Kirpichnikov) pronto quedarían olvidados, pero eran los que andaban por las calles, organizando a la multitud muy ocupada requisando coches y camiones. Uno de esos camiones aceleró mientras mirábamos, con una pancarta colgada: PRIMER BATALLÓN REVOLUCIONARIO VOLANTE. Yúriev dijo:
– ¿Qué significa eso?
No había una verdadera revolución allí, por el momento, sino solo lo que Gorki describiría más tarde como un tumulto campesino.
– ¿Por qué el zar no trae tropas del frente para restaurar el orden? -preguntó Yúriev, y yo averigüé más tarde, por Sergio, que el general Alexéiev, que servía como jefe del Estado Mayor de Niki, temía que si enviaba a sus tropas lo único que pasaría es que perderían la disciplina y se unirían al motín, y entonces todo estaría perdido.
Por rodas las calles andaban hombres con espadas, bayonetas, cuchillos de carnicero, revólveres, palos… y nosotros, cinco pisos por encima de la masa de gente, oíamos el eco de los gritos, disparos, cristales rotos. El jefe del Distrito Militar de Petrogrado había intentado enviar un regimiento leal al régimen al Palacio de Invierno, pero allí, después de abrirse camino por las calles, encontraron que no los dejaban pasar los sirvientes con librea por orden del hermano de Niki, Miguel, a quien preocupaba que los hombres ensuciaran con sus botas el suelo del palacio y rompieran la porcelana, de modo que las tropas, desmoralizadas, se limitaron a unirse a la multitud. Fue una comedia de los errores, como un ballet mal ensayado, en el cual los bailarines, no acostumbrados a verse unos a otros con sus nuevos trajes y sin seguridad alguna en sus pasos, iban tropezando y dándose empujones unos a otros y acababan cayendo.
Los tres días que me escondí en casa de Yúriev no me quité la ropa, conservé puesta la que llevaba el día que hui, que rápidamente se manchó de sudor, polvo de los suelos en los que me agachaba y trocitos de comida, porque comíamos sentados en el suelo, inclinados sobre los platos, como animales. Todos íbamos con abrigo, con la espalda apoyada en la pared de los pasillos interiores de sus grandes habitaciones, y esperábamos la noticia de que el zar había vuelto a la capital, que se había restaurado el orden, y por la noche dormíamos en colchones que echábamos en el suelo. La mujer de Yúriev me dijo una noche:
– Qué suerte tienes de que tu hijo esté en Stavka con el gran duque Sergio.
Y yo le contesté: -Sí, qué suerte.
Y secretamente me consolaba con la fantasía de mi hijo en Tsarskoye Seló, que ya estaría incorporado, de eso estaba segura, comiendo de una bandeja de plata que le habrían llevado a la cama, caminando lentamente con camisón y zapatillas por la sala de juegos verde, quizá bañándose en la gran bañera del zar y hablando con el papagayo, Pópov, que el zar había heredado de su padre y que mantenía en el baño, y el palacio y el parque estarían custodiados por leales cosacos y soldados de élite del Grand Equipage. Corrían rumores de que la mitad del regimiento de Pavlovtsy en Petersburgo se había amotinado, seguido por algunos de los Litovskii y los Preobrazhensky (¡los Preobrazhensky!, el regimiento más prestigioso del zar), y que en el hotel Astoria, los soldados rasos habían perseguido a sus oficiales de mayor rango con rifles y bayonetas hasta que el suelo del vestíbulo se convirtió en una chatarrería de espejos rotos y cuentas de cristal, y sus puertas giratorias iban dando vueltas entre la sangre. Si yo hubiera sabido que Kyril Vladimírovich tuvo el descaro de volver a Peter desde el Ártico y convocar a los hombres que mandaba de la Garde Equipage para que salieran del palacio Alexánder, sujetarse una escarapela roja en el uniforme, izar la bandera roja en su tejado y marchar hacia la Duma para dar su apoyo a la Revolución, y ofrecer sus servicios como zar, me habría vuelto loca. Pero no lo sabía. Y así, al menos, conservé la cordura.
Después de tres días en casa de Yúriev, las calles se calmaron lo suficiente para que mi hermano Iósif viniera a rescatarme. Como yo le había salvado una vez, él me salvaba ahora a mí. Supongo que en aquel momento era bueno tener algún Kschessinski a cada lado de la Revolución. Le regalé a Yúriev un par de gemelos Fabergé de Sergio, nos besamos en las mejillas. Iósif y yo tuvimos que ir a pie desde la isla de Petersburgo, atravesando el puente Troitski, hasta su apartamento en Spasskaya Ulitsa. El viento soplaba desde el norte por el gran Neva y nos empujaba al cruzar el puente. El abrigo que yo había cogido a toda prisa tres días antes, cuando el tiempo se había dulcificado brevemente, era demasiado ligero para el frío que reinaba de nuevo, y el viento amenazaba con tirarnos contra las triples farolas que salpicaban el puente o enviarnos volando por encima de las balaustradas. Contra aquel viento yo me apretaba la tela del abrigo y me bajaba más el pañuelo sobre la frente. En Siberia, pensaba, no podría hacer más frío que allí. Cuando llegamos al muelle del palacio, levanté la cabeza. Por eso decía Iósif que teníamos que ir andando. Cientos de coches accidentados embotellaban las calles, robados por jovencitas que no sabían conducir y que sin embargo, inspiradas por la fiebre revolucionaria, se habían metido detrás del volante y habían apretado el acelerador. Los coches salían disparados y acababan chocando unos con otros y con los taxis cuyos conductores se negaban a mantenerse a la izquierda, ahora que «somos libres», y desde allí a las farolas, muros y escaparates de las tiendas, hasta que las chicas abandonaban los vehículos. Algunos habían quedado del revés, como congeladas esculturas de metal, arrugados, destripados, inútiles, y entre ellos, como si no existiesen, deambulaba la multitud. Pequeños grupos de personas permanecían en círculo en torno a improvisadas hogueras, y cuando nos acercamos, vimos que estaban quemando los emblemas de madera que habían arrancado de las tiendas que estaban a nuestro alrededor, y que antes se usaban para anunciar su patrocinio imperial, y en la Perspectiva Nevsky, una gran multitud estaba muy atareado haciendo lo mismo. El humo gris subía como una nube de una pipa de agua gigante, y alcanzaba dos pisos por encima de una multitud vestida con pañuelos de cabeza, gorros de piel y, lo peor de todo, gorras con la insignia del Ejército. La montaña de basura quemada parecía un animal, y la gente posaba para una cámara que sujetaba un camarada para registrar su gran hazaña. Los soldados llevaban las guerreras desabrochadas y las gorras echadas hacia atrás, deliberadamente en contra de las regulaciones de una ciudad donde un año antes un soldado podía recibir una reprimenda por realizar incorrectamente un saludo a su superior. ¡Si hasta se podía dar lugar a un duelo si un oficial inferior no caminaba por el lado izquierdo de la calle! Dos mujeres vestidas con ropa de hombre pasaban junto a nosotros. Supongo que ellas también eran «libres»… Iban las dos con el brazo pasado por la cintura de la otra, mientras otras mujeres caminaban por ahí sin sombrero, con el pelo desgreñado y suelto. Por todas partes ibas pisando cristales rotos, y yo puse la mano en la espalda de mi hermano y me apoyé en él mientras le seguía por las calles. A nuestra derecha, un grupo de niños pequeños arrojaba proyectiles sueltos al fuego y salían corriendo ante las intermitentes explosiones. En la ventana de un café habían puesto un rótulo: ¡COMPAÑEROS CIUDADANOS! EN HONOR A LOS GRANDES DÍAS DE LIBERTAD, OS DOY LA BIENVENIDA A TODOS. VENID Y COMED Y BEBED HASTA HARTAROS. A tres pasos de aquel café, contra la pared lateral de un edificio, una mujer permanecía de pie con la falda levantada mientras un hombre, con los dedos sucios agarrados a los ladrillos que quedaban por encima, se tomaba su placer, respirando con gruñidos breves y entrecortados. «No mires», me dijo mi hermano, pero ¿cómo no iba a mirar? Nunca me había sentido tan contenta de que Vova no estuviese conmigo. Pasó rozándome un hombre que iba vestido con ropa de mujer, con una falda colgando bajo el abrigo, las grandes botas atronando a su paso.
– Es un policía -dijo mi hermano-, intentando disfrazarse.
Iba de camino hacia la estación de Finlandia, sin duda para huir de un destino semejante al de aquel que cayó por delante de la ventana del apartamento de Yúriev. «Fariseos -gritaba la multitud a los policías-. Cerdos.» Pisé unas gafas y empecé a ver los restos de aquel levantamiento por todas partes: una cadena de reloj, un trocito de seda estampada, un zapato de mujer con el tacón arrancado, insignias de metal, un tenedor, letreros diversos que decían PROVEEDORES DE SU MAJESTAD EL ZAR NICOLÁS, todos con las águilas de dos cabezas, esperando a ser quemados a continuación, y en una alcantarilla un vestido de encaje colocado tan primorosamente como si estuviera encima de la cama de una mujer. Pero cuando volvimos la esquina, miré hacia arriba y vi lo que nunca olvidaré: la cabeza de piedra de Alejandro II sujeta en alto, como la cabeza cercenada de Medusa, por un campesino de labios y nariz anchos, de alguna provincia oriental. Iósif dijo:
– Deberías ver lo que han grabado en el pedestal de la estatua de Alejandro II en la plaza Znamenskaya: «Hipopótamo». Y al oír esto yo me eché a reír como una loca. Un hombre vomitaba en la alcantarilla con la gorra en la mano y el líquido le salpicaba las botas. Por todas partes olía a fuego, y cuando las cenizas volaron hacia nosotros, mi hermano dijo:
– Es el Palacio de Justicia, que ha ardido hasta los cimientos.
Iósif vivía en el número 18, en un apartamento de doce habitaciones. Los bolcheviques se acordaban de él y de su actividad revolucionaria en 1905, y cuando hicieron que todos los «antiguos» compartieran sus casas y apartamentos, cuando los criados se apoderaron de las habitaciones de sus amos o robaron sus muebles y todo lo que se pudieron llevar, mi hermano Iósif pudo quedarse sus doce habitaciones para él solo. Las disfrutaría hasta que llegase Stalin al poder, después de lo cual solo se le permitió usar dos. Ni siquiera entonces Iósif quiso abandonar Rusia. En 1924, después de la muerte de Lenin, le procuré unos visados para París y billetes para él y su familia, para que Iósif pudiera venir a bailar una vez más para Diághilev. Pero me escribió. «Nosotros, los artistas, aquí tenemos una posición privilegiada. No puedo abandonar un país al que me siento ligado por tantos recuerdos». Pero nosotros no éramos los únicos que teníamos recuerdos. Cuando Stalin inició el Gran Terror, en los años treinta, Iósif fue despedido de su plaza de profesor de la Antigua Escuela Imperial de Ballet sencillamente por escribirme.
Murió de hambre en 1942, durante el sitio de Leningrado, en la guerra que hubo después y fue enterrado en una fosa común en el cementerio Memorial Piskarevskoe.
Al segundo día en el apartamento de mi hermano, cuando estábamos bebiendo unas tazas de té en su comedor, algunas endulzadas con azúcar, otras con mermelada, oímos el sonido de cánticos en la calle de abajo. Iósif se puso de pie y abrió una ventana y yo me acerqué a su lado. La multitud cantaba su versión de la Marsellesa, que los trabajadores se habían apropiado de los revolucionarios franceses entonces, pronunciándola «Marsiliuza», y le habían puesto su propia letra:
Renunciamos al viejo, viejo mundo.
Nos sacudimos el polvo de los pies.
No necesitamos un ídolo dorado
y despreciamos al diablo zarista.
– Ha ocurrido algo -dijo mi hermano, y se puso el abrigo para bajar a la calle. Yo iba andando de un lado a otro, mirando por la ventana a cada momento, y me parecía que cada vez que miraba hacia lucra aparecía una bandera roja más en un tejado y se desenrollaba otro estandarte desde la ventana de un edificio más, y luego las campanas de la iglesia empezaron a tañer, y no solo de una iglesia, al parecer, sino de todas partes, de todas las iglesias. ¿Habría acabado la guerra? Entonces Niki podría traer de nuevo a todas sus tropas, igual que había hecho en 1905, y estos animales acabarían metidos en jaulas o en el patíbulo. Al final oí las pisadas de mi hermano en la escalera y él entró a toda prisa con un puñado de folletos en la mano. En la parte delantera llevaban impresos unos símbolos que pronto veríamos por todas partes: una cadena rota en dos trozos, un sol que emergía de las nubes, con sus rayos extendidos entre la niebla, un trono y una corona a los lados. Los emblemas de la Revolución, aunque entonces yo no lo sabía.
– ¿Qué es esto? -le dije a Iósif-. ¿Qué significa?
– Significa -dijo- que el zar ha sido derrocado.
Yo le agarré la manga.
– ¿Cómo? ¿Cómo?
Nos sentamos a la mesa del comedor de mi hermano, leyendo las noticias impresas, incapaces de hablar, con las yemas de los dedos ennegrecidas por la tinta mientras volvíamos las páginas. El zar había abdicado el 2 de marzo en el tren que se encontraba en los raíles en Pskov, donde se había visto obligado a detenerse de camino hacia Peter después de dirigirse al este dando un rodeo para dejar la ruta directa a las tropas que se movían a lo largo de esa línea. Una vez en Pskov, a mitad de camino entre Stavka y Tsarskoye, no pudo moverse más, ya que las vías ante el tren habían sido tomadas por los revolucionarios. Los esfuerzos de Niki por detener la Revolución estaban tan atascados como su tren. El general Ivánov, a quien Niki había encargado que llevase las tropas a la capital y estableciese una dictadura, había llegado demasiado tarde con sus hombres. El general Jabálov, que ya estaba allí en la capital, era demasiado idiota para pensar en llevar a sus tropas lealistas, y por el contrario, se escondió en el Almirantazgo a beber coñac. Y el general Alexéiev, un idiota mayor aún, pensaba que los liberales de la Duma tranquilizarían a la ciudad por medios políticos y mantendrían intacta la monarquía, y por tanto, contuvo a sus tropas, y cuando vio que el tumulto de la capital no se calmaba, Alexéiev reunió a todos los generales importantes de Niki para pedirles la abdicación del zar, por el bien del país, la guerra y la dinastía. Y así, mal aconsejado, Niki le entregó el trono a su hermano, Miguel (¡Miguel nada menos, a quien Niki solo le había permitido volver a Rusia en 1914, al empezar la guerra!). Y yo pensé: «¿Por qué? ¿Por qué has hecho eso? ¿Qué te dijeron en ese tren?». Entonces no sabía nada de todo esto. Ah, si Niki hubiese vuelto a casa, a Tsarskoye. Alix jamás le habría permitido abdicar siguiendo el consejo de sus amados generales (él siempre había estado demasiado obsesionado con los militares) y ella, ciertamente, no le habría dejado arrebatarle el trono a su hijo ni al mío. ¿Qué había ocurrido con la gloriosa y gran Rusia que Niki me había prometido para mi hijo? ¿Estaba tan cansado que se había dejado convencer? Recordé el aspecto que tenía en la cena de Maguilov, fumando entre plato y plato, con los ojos sin centrar en ninguna parte, mientras sus oficiales conversaban a su alrededor. Sergio me dijo aquella noche que los médicos del zar habían empezado a prescribirle cocaína a Niki para combatir su cansancio, y que les preocupaba que le sobreviniera una crisis nerviosa. Quizá fuese un alivio entregar Rusia a ese idiota de hermano suyo que ni siquiera tenía el valor suficiente para apoderarse de la corona, sino que le obligaba a abdicar a él. Cuando la multitud aulló al oír la noticia de que había un nuevo zar, Miguel se escondió en la mansión de la princesa Putiatina y dejó que el primer ministro de la Duma, el príncipe Lvov, y uno de los ministros republicanos, Alexánder Kérenski, le persuadiese de rechazar la corona, diciéndole que no podía garantizar su seguridad. Espantado, Miguel rápidamente garabateó su declaración de abdicación en un cuaderno escolar, en el estudio de la hija de la princesa, agachado en un pupitre infantil. Otro de los muchos documentos escolares de la Revolución. Sí, Miguel rompió la corona en pedacitos y distribuyó los fragmentos entre los incompetentes ministros y los hombres de mala reputación de la Duma que Niki no había tenido tiempo todavía de arreglar. El país, decía el folleto, sería gobernado ahora por un gobierno provisional. Yo me sentí como uno de esos campesinos de provincias, los antiguos mujiks, que cuando oyeron las noticias exclamaron: «Nos han quitado a nuestro zar. ¿Qué será ahora de nosotros?». Miré al rostro de mi hermano para ver si era feliz, porque ¿no era esto acaso lo que habían querido él y sus camaradas todos aquellos años, y lo que deseaban todavía? Pero no parecía feliz. Quizá todo aquello era más de lo que deseaba, quizá fuese demasiado radical incluso para él…
– ¿Qué está haciendo el zar? -dijo mi hermano, meneando la cabeza-. ¡No es legal que le entregue la corona a su hermano!
No, Iósif tenía razón. No era legal. El trono debía pasar al heredero, que era Alexéi. Niki lo sabía perfectamente. Yo me chupaba un mechón de cabello. Quizás aquel acto de abdicación fuese una simple táctica de dilación. Niki sabía que su hermano no tendría carácter para sucederle, y firmando un manifiesto ilegal, estaba preservando el trono para sus hijos. Era una trampa, una evasiva para ganar tiempo. Mientras mis pensamientos se atropellaban dentro de mi cerebro, Iósif me leía aquel documento, que informaba de que el coronel Nikolái Románov, como se conocería a partir de entonces al zar, había vuelto por tren desde Stavka a Tsarskoye Seló, donde él, su familia y algunas personas de su séquito eran ahora prisioneros del gobierno provisional. Le hice repetir aquella última parte.
– ¿Está prisionero en el palacio Alexánder?
Mi hermano asintió.
– Junto con su corte.
Al oír aquello, cogí aquel panfleto de manos de mi hermano para leerlo yo misma. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo podía ser? ¿El zar bajo arresto?
¿Cuánto tardaría la familia imperial en estar a merced de los soldados revolucionarios que los custodiaban, los hermanos de aquellos hombres que saqueaban y vomitaban en las calles de abajo, mientras el gobierno provisional luchaba, desesperado por la tarea, y luego finalmente le devolvía el país a Niki? ¿Semanas? ¿Meses? Porque yo estaba segura de que ocurriría eso. Los soldados insolentes que ahora hacían guardia en el parque serían colgados, junto con todas las tropas amotinadas. No veía el momento de que ocurriese todo aquello. Desde luego, no podían tener a Niki prisionero todo aquel tiempo en Tsarskoye.
¿Podría haber previsto Niki todo aquello allí en las vías, sin ver a la turba que destruía su ciudad, cuando escribió: «Como no deseamos separarnos de nuestro querido hijo, le tendemos nuestra herencia a nuestro hermano, el gran duque Miguel Alexándrovich, y le damos nuestra bendición para que ascienda al trono del Estado ruso». Y luego recordé el aspecto que tenía en Maguilov durante la cena, fumando entre plato y plato, con los ojos vueltos hacia el interior, fatigado y tenso, disimulando educadamente la muy escasa atención que le suscitaba la conversación de los hombres que tenía a su alrededor… ¿prefiguraba aquel estado de ánimo suyo ese acto que yo no podía concebir? ¿Estaría debatiéndose y pensando: «Debería luchar por actuar o permanecer inerte»? Había vuelto a Peter para realizar lo primero, y luego a mitad de camino, se había dado por vencido y optado por lo último. Dejé el papel y di unos golpecitos en la mesa para llamar la atención de Iósif, y él se volvió desde la ventana.
– ¿Qué pasa?
Fue entonces cuando le dije a Iósif lo que había hecho, que Vova no estaba a salvo en Stavka con Sergio, como le había dicho, sino que lo llevaban junto con la familia imperial a Tsarskoye Seló, y en la cara de mi hermano vi que aquello era terrible para Vova, peor de lo que yo había pensado. Cuando abrí los brazos y los extendí en la mesa, y apoyé la cabeza en el mantel, manchado con gotitas de mermelada, hasta yo misma me sorprendí por la violencia de mi llanto. Mi hermano andaba por la habitación mientras yo lloraba. Mi llanto se hizo tan intenso que finalmente la mujer de Iósif y su hija Celina, de cinco años, agarrando una muñeca con un vestido morado, una niñita que jamás se había visto envuelta en una desventura imperial, sino que estaba refugiada y a salvo en la Escuela del Ballet Imperial (¿cómo llamarían a esa escuela ahora, en este nuevo mundo?) vino a las altas puertas del comedor y nos miró. Al verla, mi hermano se calmó y con esa calma, del brazo, vino la razón. Nadie tocaría al zar en Tsarskoye, dijo Iósif. Estaba más a salvo allí que en la capital, mientras se configuraba aquella nueva Rusia, y lo mismo ocurriría con su familia y con Vova. Si el zar no era reinstaurado, la familia imperial seguramente sería enviada al extranjero para que viviera el resto de sus años en un cómodo exilio. Según el informe, Nicolás esperaba algo así, y comentaba después de firmar su documento de abdicación que pensaba retirarse al campo, añadiendo: «Me gustan las flores». Mentira, de eso estoy segura. Pero eso debía de ser lo que pensaba el poeta Mayakovski cuando escribió en 1920 los manuales de versos con los cuales los soldados campesinos analfabetos el frente sudoeste aprendían a leer.
B – Los bolcheviques cazan a los borzhuis.
Los borzhuis corren una milla.
Z – Las flores huelen bien por la noche.
Al zar Nicolás le gustaban mucho.
– Bueno -dijo Iósif-. Tendremos que esperar a ver. Pero claro, yo no podía esperar. ¿Cuándo he sido capaz de esperar?
Los trenes empezaron a circular de nuevo a finales del mes, por lo que, disfrazada de mi nuevo yo, no de la Magnífica Mathilde, sino de la campesina Mathilde, pude viajar en un compartimento de segunda clase las nueve verstas que había hasta el sudoeste, hasta Tsarskoye Seló. Supe inmediatamente que la familia imperial debía de estar fuera en cuanto salí del pueblo y vi a la gente corriente toda amontonada junto a la verja del parque. Había oído que cuando la familia daba un paseo por el parque del palacio o descansaba en una manta o, más tarde, cuando cambiaba el tiempo y rompía el hielo en los canales o, desesperados por hacer algo, trabajaban en su huertecito, pequeños grupos de curiosos se reunían junto a las verjas de hierro negras para contemplar al antiguo zar y a la antigua zarina en su antiguo parque, ahora prisión. En el pasado, tal acceso habría sido impensable: los centinelas cosacos jamás habrían permitido que nadie se reuniera a mirar, pero los guardias revolucionarios no tenían tales reparos. Dejaban que todos los que lo deseaban acudiesen y mirasen. Aquel día la gente estaba callada, aunque a veces se informaba de que abucheaban al antiguo zar o tiraban el papel marrón grasiento en el cual habían envuelto su almuerzo, hecho una bola, hacia el parque, por entre la verja, como un regalo para el déspota. Cuando yo llegué me quedé un poco aparte de la multitud y vi que Niki era el único visible de la familia, con un soldado con la bayoneta calada en un rifle a unos pasos de distancia, y al verle, noté que mis huesos se deshacían. El zar estaba de pie en el muelle veraniego con una pértiga larga de madera en la mano, golpeando el hielo para romper la superficie helada, de modo que se podía ver el líquido que había por debajo, el color, el movimiento, la variedad, los mismos elementos negados al zar por sus guardias. Cuando no hostigaban a la familia, los guardias mataban ciervos y cisnes en el parque de la propiedad porque se aburrían y porque ya nadie tenía poder para prohibirles hacer aquello, y porque creían que cuando llegase la contrarrevolución del antiguo régimen, ellos mismos acabarían colgados de una horca, y la gente apelotonada ante aquellas verjas abuchearía sus cuerpos colgados, y por tanto, ¿por qué dejar vivir a nadie, ya fuera animal o humano? Oí que el guardia decía:
– ¿Qué harás cuando venga la primavera, Nikolái Románov?
El comentario me irritó, pero Niki lo ignoró. Cuando el guardia se echó a reír de su propia broma, un chico quedó a la vista, un chico demasiado alto para ser Vova y delgado como un junco: Alexéi, recuperado ahora del sarampión pero destrozado por este. De modo que continué esperando, porque si por allí andaba Alexéi, imaginé, también estaría Vova, y por eso me quedé allí de pie, sin moverme, mientras los curiosos iban y venían; al final, como soy menuda y llevaba allí tanto rato sin moverme, me convertí en un imán. Nicolás se vio obligado a fijarse en mí. Miró hacia donde yo estaba sin hacer señal alguna, pero se quedó muy quieto observando durante el tiempo suficiente para atraer la atención del zarevich, que miró hacia el mismo sitio que su padre y luego dijo: «¿Papá?». Oí claramente la incertidumbre y la aprensión en aquella única pregunta, y supe por ella que los guardias debían de aterrorizar e intimidar a unos niños tan acostumbrados al respeto y el servilismo que se les dedicaban normalmente. Y desde luego, como había temido Alexéi, la pétrea postura de Niki atrajo la atención del guardia, que dio un solo paso amenazador, escrutó de forma penetrante a la chusma que estaba junto a la valla y levantó su rifle como advertencia, dirigiéndose a Niki: «¡Coronel Románov!». Niki se volvió con indiferencia, como para demostrar que no miraba nada en particular, pero el guardia, suspicaz, avanzó hacia la multitud, hacia nosotros, para ver quién había atraído la atención del zar, que podía ser un explorador venido para sacar a la familia de su prisión, porque lo único que aterrorizaba a los guardias más que la idea de una contrarrevolución era dejar escapar a sus prisioneros imperiales, una transgresión por la que podían ser fusilados de inmediato por los suyos. Como averigüé más tarde, les preocupaba constantemente que desde el exterior se enviasen mensajes mediante paquetes, encendiendo o apagando luces, mediante la línea telefónica -que los prisioneros podían utilizar solo en presencia de un guardia-, mediante cartas sin sellar enviadas a un lado y otro y leídas por el comandante a su entrada y a su salida. Me acerqué más a los otros y a la verja y bajé los ojos, doblé las rodillas y me encogí bajo mi sombrero. ¡Yo era tan menuda que podía representar incluso a un niño! Y cuando el guardia, que también era casi un niño a su vez, fue caminando a derecha e izquierda, vi que Niki levantaba una mano hacia Alexéi para tranquilizarlo, y luego hacía una seña a alguien que estaba detrás del puente, alguien indistinguible desde los oscuros troncos de los abedules sin hojas. Otro chico apareció poco después, un chico que cogió también a su vez una pértiga de madera y junto con Alexéi y Niki empezó a hurgar en el hielo. Las sombras de los abedules corrían por encima de la blanca nieve, pero Niki, actuando con la disciplina que había practicado durante veintidós años de reinado, no volvió a mirar ni una sola vez en mi dirección. Y de esa forma fue como Niki me hizo ver a mi hijo.
Después, Vova escribió breves cartas semanales a Sergio, en Stavka, probablemente, según me dijo este, para ocultar su asociación conmigo y para evitar que yo volviera a Tsarskoye de nuevo y los pusiera a todos en peligro. Las cartas de Vova siempre decían lo mismo: «Estoy bien. Te beso con cariño. Siempre tuyo, Vladímir», pero Sergio decía que aunque las cartas eran breves, porque después de todo, debían pasar por los censores, estaban escritas por Vova de puño y letra, y él y yo debíamos tranquilizarnos por ese hecho, ya que no teníamos otra forma de hacerlo, pues al menos eso significaba que se le permitía alguna comunicación con el mundo exterior.
A lo largo de los meses siguientes, las calles de la capital se fueron poniendo cada vez más desastradas y sucias: salían malas hierbas de las grietas del pavimento, por leves que fueran, como si la naturaleza hubiese esperado tranquilamente todo aquel tiempo para recuperar las verstas que Pedro el Grande le había arrebatado. La nieve se volvía amarilla y luego negra, y las ventanas de los edificios seguían sin limpiar, como un grafiti de rayas y manchurrones. Las estatuas imperiales y monumentos que la multitud revolucionaria había considerado demasiado grandes para echarlos abajo estaban cubiertos de tela roja, como dardos ensangrentados clavados en la nieve sucia, y a lo largo de las vías de hierro del Palacio de Invierno trozos de tela roja envolvían los emblemas imperiales demasiado difíciles de quitar. Pero, por ahora, aunque ese mundo desbaratado se tambalease, continuaba girando, y lo mismo ocurría con las rutinas del teatro. La Escuela Imperial de Teatro volvió a abrir y las institutrices recuperaron sus cargos una vez más en los parques. La Escuela Imperial de Ballet no tenía agua caliente y las salas de la escuela estaban heladas, pero los soldados ya no disparaban a las ventanas de la calle del Teatro (la pequeña Alexandra Danílova tuvo que agacharse para esquivar una bala cuando miraba por la ventana de su dormitorio) y las clases se podían reanudar ya. No había combustible que quemar, de modo que las institutrices ponían a los niños en dormitorios más pequeños, con las camitas pegadas unas a otras, y así, como los animales en un establo, el calor de sus cuerpos los calentaba, mientras en los lavamanos de los vestuarios flotaban trozos de hielo. El propio teatro Mariinski volvió a abrir el 15 de marzo, y los niños eran conducidos al teatro en largos trineos, porque los coches de la escuela habían sido confiscados durante la Revolución de Febrero. Ahora bailaban ante los soldados rasos, que fumaban cigarrillos y escupían las semillas allí mismo, en la platea, y con las botas aporreaban el suelo al ritmo de la música. Oí decir a Vladimírov que habían quitado el gran retrato al óleo de Nicolás que estaba en la pared del vestíbulo, y también las águilas de dos cabezas y las coronas que ornamentaban los palcos y los umbrales fueron retiradas del yeso y eliminadas. Los acomodadores ya no llevaban sus uniformes con charreteras y el monograma de la corona. El gobierno provisional les entregó nuevas chaquetas grises, y como en esta nueva vida llena de privaciones no había forma de limpiarlas, la tela se puso asquerosa con el uso. Los programas de las veladas ya no iban grabados con el águila de dos cabezas, sino con la lira de Apolo, igual que el alfiler que los niños de la escuela de ballet habían llevado durante un siglo en el cuello de sus uniformes escolares. De modo que la lira de un dios griego seguía siendo aceptable para el nuevo régimen. Pero yo tenía cuarenta y cinco años y era de los antiguos, con un hijo cuyo padre era un Románov, de modo que no era aceptable. No podía aparecer en escena. Ni tampoco quería hacerlo.
En mayo se graduó la última clase del gran Corps des Pages, al que mi hijo tanto quería asistir pero nunca tuvo oportunidad, y la escuela se cerró. No había necesidad de pajes, ahora que ya no existía ninguna corte. Y tampoco había necesidad alguna de los miles de criados que antes asistían a la familia imperial ni tampoco de los gigantescos abisinios que, con sus blancos turbantes y sus zapatos curvados, permanecían en majestuosas parejas junto a las puertas de cualquier habitación donde estuviese el emperador. Todos ellos habían abandonado Tsarskoye Seló junto con los cortesanos que no habían querido quedarse con los Románov bajo arresto domiciliario. Un día, en la Perspectiva Nevsky, me encontré frente a uno de esos africanos de dos metros de alto, ahora vestido con unos pantalones y una casaca, un fantasma de cara negra, una reliquia, sin puerta que abrir para el zar ni puerta que custodiar mientras el zar se ocupaba de algo tras ella. «¿Adónde vas? -hubiese querido preguntarle-. ¿Qué cuentos de la corte rusa te llevarás contigo?» Podría haberle preguntado lo mismo a casi todo el mundo.
Sí, los palacios de Petrogrado no quedaron totalmente vacíos en aquella ocasión. Las calles estaban llenas de soldados de aspecto rudo, sí, porque la Revolución favorecía las chaquetas de cuero negro, las gorras vueltas del revés y la fanfarronería, y los viejos líderes revolucionarios de 1905, Lenin, Trotski, y Chernov, sí, consiguieron volver a Peter y establecer allí su residencia, o instalar sus oficinas en hogares requisados (incluyendo el mío, que tenía vistas al puente de Troitski y el muelle, una vista estratégica para cualquiera que planease un levantamiento), de modo que yo me quedé en casa de mi hermano, en el dormitorio de su hija. Pero la nobleza seguía allí. Era como si toda la aristocracia estuviese bajo arresto domiciliario junto con el zar, esperando a ver cómo el gobierno provisional de la antigua Duma y el nuevo Soviet reinaban sobre aquella Rusia indisciplinada y se enfrentaban a los antiguos. La antigua familia imperial, parece ser, recibía unos appanages reducidos. Los grandes duques, según había oído decir Nicolás, el hermano de Sergio, podían recibir treinta mil de sus acostumbrados doscientos ochenta mil rublos por año. ¿Sería feliz aquel conspirador ahora que el zar había sido depuesto, tal y como él deseaba? Parece ser que quizás uno de los Románov (Nikolasha, Kyril o el hermano de Niki, Miguel) asumiría una posición de figura decorativa como zar, como jefe de la Duma, como presidente, como nada. El destino de Rusia evolucionaba cada día. En la primavera de 1917, algún antiguo oficial zarista todavía servía en la Duma y todavía dirigía el ejército, pero otros, como el antiguo ministro de la Guerra, Sujomlínov, fueron arrestados (o en el caso de este último, rearrestado) y conducidos a la fortaleza de Pedro y Pablo para interrogarles, y otros huyeron al Cáucaso o a Crimea o a Kiev, donde jugaban, bebían champán Abram, comían caviar y esturión, retrasaban el reloj una hora para ponerlo en la hora de Petersburgo y esperaban allí, como nosotros aquí, a ver qué Rusia sería la que predominaría.
Mientras pasaba todo esto, Sergio permanecía en Stavka siguiendo el consejo de su hermano Nicolás, que temía por su seguridad. No había revolucionarios allí, en el cuartel general, entre los generales del antiguo régimen. Cualquier disturbio entre los militares estaba teniendo lugar entre la infantería acuartelada en las ciudades y en los frentes. En las cartas que me enviaba, Sergio me daba noticias de la guerra. En los frentes, los soldados estaban cansados y se negaban a luchar, y aunque el nuevo comandante supremo, Brusílov, hizo una gira animándoles a reagruparse para preparar una nueva ofensiva, se encontró con hombres a quienes no les importaba nada Galitzia ni Francia, y que solo querían volver a casa. Los hombres querían la paz con tanta desesperación que habrían devuelto al zar a su trono si este se la hubiese prometido. En el frente del este, los hombres incluso habían empezado a confraternizar con los alemanes, que atraían a los rusos por encima del Dniéster con vodka y prostitutas. Solo en el sudoeste, lejos de las grandes ciudades, los soldados seguían todavía disciplinados. Pero cuando empezó la ofensiva ordenada por los comandantes en junio, los hombres avanzaron solo tres kilómetros hacia Galitzia para retomar todo el terreno que habían perdido en la Gran Retirada antes de negarse a ir más allá y empezaron a desertar, saqueando y violando a lo largo de todo el camino en Volschinsk, Konivjy y Lvov. Sergio temía que aquellos soldados descontentos y sus iguales finalmente se abrieran camino hasta Peter y se reunieran con los varios miles de tropas acuarteladas en el lado de Víborg de la ciudad, tropas que habían ayudado a hacer la Revolución ya desde un principio y que podían derrocar también al tambaleante gobierno provisional. Los miembros de la Duma estaban enfrentados con los kadets del Partido Democrático Constitucional, los revolucionarios socialistas, los anarquistas y los socialdemócratas, cuyo grupo escindido de bolcheviques había empezado a agitar y armar a los guardias rojos, las brigadas de trabajadores que habían surgido no solo para proteger las fábricas de Víborg que estaban tan cerca de los regimientos de Víborg, sino la Revolución misma contra una imaginaria contrarrevolución. Y mientras el gobierno provisional trabajaba los detalles del Parlamento perfecto que sería elegido en otoño, los bolcheviques empezaron a susurrar por las calles: «El gobierno provisional mismo se ha convertido en una marioneta de los contrarrevolucionarios que planean reinstaurar al zar».
Exhausto y abrumado, el primer ministro de la Duma, el príncipe Lvov, dimitió y fue sustituido por un hombre nuevo, aquel Alexánder Kérenski que había ayudado a asegurar la abdicación del gran duque Miguel. Kérenski había servido en la Duma como ministro de Justicia y ministro de la Guerra y ahora parecía, en un juego de las sillas musicales ministerial que rivalizaba con los nombramientos de Alix, que sería instalado como primer ministro a cargo del país. Los rumores aseguraban que Kérenski se había trasladado al Palacio de Invierno, a la propia suite de Alejandro III, a su mismísima cama, y cuando no podía dormir, iba andando por toda aquella enorme habitación cantando arias de ópera, tan borracho estaba con su nuevo poder. En una ocasión quiso ser actor. Sus discursos eran tan apasionados que a veces se desmayaba después de pronunciarlos, y de niño había firmado notas para sus padres diciendo: «Del futuro artista de los Teatros Imperiales, A. Kérenski». Si sus guardias hubiesen sido menos ignorantes, todo Peter habría sabido ya qué arias cantaba Kérenski, y de qué óperas eran. Ese Kérenski, dijo Sergio, había hablado de trasladar a la familia imperial a Inglaterra o Finlandia para su seguridad, donde vivirían, quizá de forma permanente; si eso ocurría, nosotros también pediríamos permiso a Kérenski para irnos al extranjero. Los Románov en la campiña inglesa, cazando faisanes y bebiendo té en alguna casa dada en usufructo, cuando en tiempos habían gobernado sobre una sexta parte del mundo. En ese caso, Vova ya no sería de ninguna utilidad para ellos, ni yo tampoco. De modo que las cartas de Sergio no eran demasiado consuelo para mí, ni tampoco las de Andrés. El me enviaba cartas al teatro, que mi compañero Vladimírov me traía como si fuera una especie de cartero posrevolucionario. Andrés describía la enorme villa blanca que su madre había alquilado para ellos, custodiados por una docena de cosacos, las cenas, los tés y los juegos de cartas de los que disfrutaban con los Sheremétiev y los Vrontzov, que también habían dejado Peter por el Cáucaso, y cuando yo leía aquellas alegres cartas, pensaba: «¿Qué extraño mundo de espejo ha encontrado esta gente en el mar Negro, donde la Revolución parece no penetrar el azogue de ese plano?».
No había tés ni cenas para mí. Allí donde vivía yo era un estorbo, y para las personas con las que vivía representaba un peligro. Habían hecho una película pornográfica sobre mí que me representaba recibiendo a un gran duque tras otro, o incluso dos a la vez, en la fantasía de algún cineasta revolucionario de lo que era el tocador de una amante: La historia secreta de la bailarina Kschessinska. Me convertí en tema de muchos artículos nuevos, sobre las joyas y la plata robadas de mi casa: «Dieciséis poods de plata del palacio de la Kschessinska»; sobre los sobornos de guerra: «Espionaje y la bailarina»; sobre mi antigua relación con Nicolás: «Secretos de M.F. Kschessinska». Pero lo más espantoso de todo fue la novela, El romance del zarevich, de María Eugeníeva, que contaba que la historia de mi aventura con Nicolás había tenido como resultado el nacimiento de dos hijos, ya mayores, ambos enviados a París después de la Revolución de Febrero. Ojalá fuese verdad. Pero no, mi único hijo no estaba en París, sino que estaba aquí, justo a las afueras de la ciudad, justo bajo sus propias narices, enviando sus cartas a Sergio, un gran duque Románov del antiguo régimen… y por tanto, en peligro. «Estoy bien. Estamos plantando un huerto. Alexéi y yo pasamos películas en su habitación. Te beso las manos. Vladímir.» Mis relaciones con la corte, que en tiempos me convertían en alguien valioso a quien conocer, ahora me convertían en un peligro. En Vladimírov escondí mi bolsito con las joyas en el fondo de una maceta con su planta. La fotografía firmada del zar la había metido entre las páginas de una revista en casa de Yúriev, temiendo decirle a Yúriev lo que había hecho por miedo a comprometerle, y más tarde descubrí que él, sin saberlo, tiró aquella revista. Escondí el paquete de las cartas del zar en casa de otra amiga para salvarlas, pero ella fue arrestada, su hogar registrado una y otra vez hasta que finalmente ella, aterrorizada, quemó todas las cartas y las redujo a cenizas. «Perdóname, divina criatura, por haber alterado tu descanso», junto con todas las otras encantadoras frases que Niki había robado de los clásicos o imaginado para mí con su propia inspiración, todo había desaparecido. Hasta la más humilde de las criadas de las hijas de Niki, Elizaveta Nikoláievna Evesberg, se sintió obligada a quemar las notitas que las chicas habían dejado para ella y que había conservado como recuerdo: «Elizaveta, me puedes coser este botón, gracias, Tatiana», porque era demasiado peligroso haber sido hasta la «sirvienta explotada» del Palacio de Invierno, demasiado peligroso conocer a cualquiera que conociera a algún Románov. Y yo, por supuesto, conocía a muchos de ellos, y había alardeado de esas relaciones.
El señor Fabergé finalmente me pidió que fuera y sacara mis objetos de valor de sus cajas fuertes, ya que con toda aquella agitación no podía garantizar su seguridad.
El edificio Fabergé contaba con unas columnas de granito de un marrón rojizo en la entrada. En una de ellas se había grabado su nombre: la F, la A, la B de Fabergé tan rectas y altas, con los bordes biselados tan precisos que parecían el único fragmento de orden que quedaba ya en la capital. Pero en el interior del edificio todo era caos. Las vitrinas de cristal estaban vacías, y a través de la puerta que daba al interior se veían cajas de embalaje abiertas y hombres inclinados sobre ellas metiendo objetos de valor entre serrín para ser enviados… ¿enviados adónde? El propio Fabergé me condujo a mi cámara acorazada, con los mechones de cabello blanco casi de punta, como si estuviera alarmado, y su barba, cuando se volvió a hablar conmigo, tan blanca y fina como si fuese azúcar hilado. «Mire, mire esto», me dijo con voz cascada, y se detuvo ante un cajón de embalaje a punto de cerrarse, abrió la tapa y sacó de entre las virutas un huevo de piedra de un azul luminoso flotando entre un banco de nubes, el huevo imperial de Pascua que Niki quería regalarle a Alexandra la Pascua siguiente de 1917.
No sé por qué me enseñó aquello, ni tampoco sé qué piedra daba a aquellas nubes su opalescencia lechosa, ni tampoco sé qué gema de un azul brillante era la que formaba el huevo en sí, pero Fabergé me dijo que llevaba un año trabajando en aquel regalo, y que había sido designado para honrar el cumpleaños del zarevich. El rostro de Fabergé se sonrojó, bajó la vista, y mirándome a mí por encima de las delicadas aletas de su nariz y volviendo la vista a los huevos, empezó a ensalzar sus virtudes. Las líneas grabadas en la superficie del azul luminoso, dijo, bosquejaban las líneas de la longitud y latitud de la Tierra, y los diminutos diamantes incrustados a lo largo de esos radios hacían guiños como las constelaciones que resplandecían en el hemisferio norte el día de principios de agosto que nació el zarevich. Ese huevo marcaba la fortuna de su nacimiento, dijo Fabergé, y esas estrellas contaban su destino: gobernar sobre una sexta parte del mundo. Fabergé insinuó con sus dedos el disco de oro que como un anillo de Saturno habría rodeado aquel pequeño planeta, con su fina superficie también cubierta de diamantes incrustados. Habría sido el huevo más magnífico, más conmovedor, más significativo jamás presentado al zar, y los ojos de Fabergé estaban rebosantes de lágrimas porque la Revolución había frustrado la presentación de su obra maestra. Ahora, su huevo sería enterrado en su caja de embalaje rellena de serrín, se cerraría la tapa, la caja se enviaría al olvido, entre el caos de este país dejado de la mano de Dios, y acabaría en un tren requisado en el levantamiento de alguna provincia, en el húmedo sótano de algún edificio municipal requisado, en la rústica choza de algún campesino, donde tendría que esperar a ser redescubierto.
No le dije: «Mi hijo nació en junio. Si el mundo acaba por arreglarse, habrá diseñado las constelaciones erróneas para el zarevich».
En julio, una multitud de cincuenta mil simpatizantes de los bolcheviques (marineros de Kronstadt, trabajadores de Putilov con sus blusas azules de la fábrica y soldados) rodeó el palacio de Táuride, donde se reunía el Soviet, e intentó obligarlo a tomar el poder del débil gobierno provisional, exclamando: «¡Tomad el poder, cabrones! ¡Todo el poder para el Soviet!». Entonces, frustrados al ver que Trotski y Chernov se negaban a hacerlo, diciendo que el tiempo de la Revolución soviética no había llegado todavía, y ciertamente no lo decidirían las bayonetas en la calle, la multitud corrió por toda la ciudad atacando a los burzhoois, causando tales alteraciones que Kérenski temió que la derecha monárquica, indignada ante aquel tumulto y la incapacidad de controlarlo por parte del gobierno provisional, pudiese (raer a los ejércitos del frente, después de todo, y hacer movimientos para reinstaurar al zar y el orden civil de ese régimen. Y por tanto, Kérenski emitió una serie de decretos prohibiendo las reuniones públicas, instaurando la pena de muerte para los desertores e insubordinados en el frente y prohibiendo los comités de soldados. Pero fue el reparto de folletos acusando a los bolcheviques de ser unos traidores, de que su movimiento estaba financiado por dinero alemán, con el objetivo de dar un vuelco a la Revolución y a todas las nuevas libertades y obligar a Rusia a un tratado de paz humillante, lo que volvió a los trabajadores y las tropas contra ellos. Se emitieron órdenes de arresto para los líderes bolcheviques, y aquellos que no huyeron fueron encarcelados en la fortaleza de Pedro y Pablo junto con los oficiales lealistas corruptos del antiguo régimen que ya estaban allí. Esta súbita oleada de sentimiento antibolchevique me favoreció inesperadamente, porque quizá significase que la familia real sería liberada también, y en esa nueva atmósfera, el público empezó a agitarse en contra de los traidores que con sus sucias botas y su saliva manchada de tabaco iban pisoteando la casa de una prima ballerina, aunque esa ballerina fuese precisamente esa mujerzuela imperialista, la Kschessinska. Y por tanto, el gobierno provisional envió ocho carros armados y diversas baterías de artillería por encima de los puentes a mi casa, y echó a los bolcheviques que quedaban.
En esa nueva atmósfera, el hermano de Sergio consideró que era seguro que este volviese a Peter, y él vino de inmediato a verme al apartamento de mi hermano, conduciendo el único coche que el gobierno provisional le había permitido conservar, ¡él, que en tiempos tenía media docena de vehículos de motor! La artritis que a veces le atormentaba ahora había hecho erupción como una estrella pulsátil, abrasando todas sus articulaciones, y por eso entró cojeando en el vestíbulo, donde le detuve para besar su barba, tan agreste como la de un campesino y mezclada con plata igual que el espumillón que cada año colocábamos en los árboles de Navidad. Cuando le besé los dedos, vi que los nudillos estaban tan deformados que su anillo de insignia estaba colocado en un meñique tan retorcido y enrojecido como una gamba hervida. Le quité el sombrero y de repente me encontré en el suelo con él entre las manos, como un plato gigante. Sergio se inclinó torpemente e intentó darme palmaditas en el hombro, pero no lo consiguió. Su mano rozó el aire, mi oreja. Yo le miré: ¿había perdido la vista, igual que todo lo demás? No. Sencillamente, de pronto, a los cuarenta y ocho años, era un anciano. Ya lo sabía: no se me permitiría sentarme en el suelo, llorar por su sombrero como un plato y entregarle mis lágrimas.
Mientras que Sergio se había vuelto a instalar en sus apartamentos del palacio Nuevo Mijáilovich, donde él y su hermano Nicolás cenaban juntos todas las noches, yo todavía no había podido volver a mi casa, que los bolcheviques habían hecho famosa y a la que para siempre se referirían en los libros de historia como el palacio Kschessinska. Pero al fin el gobierno provisional me devolvió las llaves, y con Iósif y Sergio y dos de los dragones leales (porque, como recordarán, no todos los soldados simpatizaban con la Revolución) fuimos a la isla de Petrogrado en el coche de Sergio para evaluar el desastre.
Les voy a contar un poco el desastre, porque lo recuerdo con toda precisión. Mi íntimo saloncito Luis XVI había sido despojado de todos sus muebles de época, y sus paredes forradas de seda ahora eran de un gris apagado, en lugar de amarillo claro, a causa del humo y la suciedad. Al parecer, los bolcheviques no tenían a nadie que les limpiara. Mi piano, inexplicablemente, había acabado empujado por algún loco hasta el invernadero, donde, atrapado entre dos columnas blancas como un oficial entre dos hombres de su infantería, no pudo ir más allá. Mi invernadero mismo se había convertido en un amasijo de plantas muertas, la fuente de mármol del centro en un retrete rodeado de palmeras marrones. Estaba claro que el suelo del comedor había servido como escupidera para las cáscaras de aquellas inevitables pipas de girasol. Las botellas de mi bodega, todas cuidadosamente seleccionadas por Andrés, que era aficionado al vino, para su largo reposo, habían desaparecido todas; seguramente se las bebieron en el momento en que las descubrieron. Pero había algunas provisiones en los armarios de la alacena. Los bolcheviques habían sido expulsados con demasiada rapidez para llevárselo todo, aunque lo habían intentado. Las escaleras que conducían a mi dormitorio estaban cubiertas de libros y folletos que alguien había intentado trasladar antes de que los hombres abandonasen sus esperanzas de llevarse su literatura y decidieran, por el contrario, quemarla. En casi todas las chimeneas y estufas de la casa encontré una enorme pila de cenizas. La tinta manchaba la alfombra de mi dormitorio, y encontré colillas de cigarrillo y escupitajos manchados de tabaco como cucarachas en el fondo de la bañera empotrada que yo, con mis delirios imperiales, había hecho construir para el zar. Los armarios de cedro en los cuales guardaba mis pieles tenían las puertas arrancadas. Ni que decir tiene que dentro no había pieles. Las placas numeradas encima de los cubículos de mi vestidor también habían sido arrancadas. ¿A los bolcheviques no les gustaban los números? Pero sí que les gustaba la ropa que se encontraba debajo de cada número, al parecer, porque no quedaba ni un hilo de ella. Durante las semanas siguientes me pareció ver piezas de mi vestuario en el cuerpo de todas las mujeres jóvenes que pasaban por la calle: mi falda de terciopelo negro la llevaba una, mi abrigo de armiño otra, mi chal de encaje en torno a los hombros de una chica con dientes de conejo. Entonces fui a la habitación de Vova, abrí las puertas de su balcón y me senté en su pupitre, un pupitre de estudiante, pero lo bastante grande para mí, con los cajones todavía llenos de cuadernos y papeles de las lecciones de Vova con sus tutores, un mapa con las ciudades más importantes de Europa marcadas con tinta roja, hasta las odiadas ciudades alemanas, una línea de escritura en la cubierta de su cuaderno de francés: «Je m'appelle Vladimir Sergeivich Kschessinsky, quatorze ans». Toqué el lomo de uno de los cuadernos de Vova y me lo acerqué a la nariz para aspirar el aroma de mi niño. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que él tocó ese cuaderno allí, en aquel pupitre? Medio año. Pero en lugar de aspirar el olor de mi hijo inhalé algo más, un aroma extraño. Dejé el cuaderno en el escritorio y abrí la tapa.
El país está pasando del primer estadio de la Revolución (que, debido a la insuficiente conciencia de clase y organización del proletariado, colocó el poder en manos de la burguesía) al segundo estadio, que debe colocar el poder en manos del proletariado y de la parte más pobre del campesinado…
¿Todo el poder al campesinado más brutal, al equivalente social de las «chicas junto al agua» del teatro? ¿Ellos gobernarían el país? ¿Aquellos trabajadores de tropa que tiraban a un hombre desde un tejado mientras sus hermanos en la calle, abajo, golpeaban su cuerpo con palos?
Las masas han de comprender que los representantes de los Trabajadores de los soviets son la única forma posible de gobierno revolucionario… ningún apoyo para el gobierno provisional.
¿De modo que el gobierno provisional no era lo suficientemente revolucionario para quien escribía aquello?
Abolición de la policía, el ejército y la burocracia… nacionalización de toda la tierra… la unión de todos los bancos del país en un solo banco nacional.
¿Y qué era aquello? ¿Sin policía? ¿Nada de terratenientes? ¿Un solo banco?
Había tachaduras debido a las revisiones del escritor, y también borrones y manchas de tinta cuando hacía pausas para pensar, con la plumilla apoyada en el papel. Pasé la página y vi una lista de nombres que no reconocí y de los que nunca había oído hablar, quizá los nombres de sus propios camaradas, y junto a cada nombre un epíteto: «Cerdo, hijo de puta, puta, cabrón».
Cerré el cuaderno. Ciertamente, era uno de los cuadernos de clase de mi hijo. Abrí de nuevo la tapa. En el interior, el escritor había escrito su nombre, una sola palabra: Lenin. La escritura era grande, graciosa, casi la letra de una mujer anciana inclinada sobre su escribanía, echada en su chaise-longue, pero aquellas palabras, aquellas «tesis», como se titulaba el documento, no habían sido escritas por ningún burgués, sino por un anarquista maníaco que se sentó allí encorvado en el escritorio de mi hijo y redactó aquellas crudas frases. En realidad yo estaba en lo cierto al evaluar los dos aspectos del hombre, aunque entonces no lo sabía. Lenin era Vladímir Ilich Uliánov, noble por herencia, cuyo padre se había ganado lentamente bastante chin como inspector de escuelas para que se dirigieran a él como Su Excelencia, y cuya madre había heredado la propiedad de su padre en Kokushkino, donde Lenin se pavoneaba como cualquier caballero, aspirando la fragancia de sus tilos, fresas, frambuesas y heno, y donde, en 1891, durante la gran hambruna, tuvo la desfachatez de denunciar a un vecino campesino que se moría de hambre por estropear una verja. Ese era uno de los aspectos de Lenin, pero el otro había visto a su hermano mayor, Alexánder, ahorcado por conspirar para matar a Alejandro III. Y cuando más tarde Lenin llegó a estudiar leyes en la Universidad de Kazán, como había hecho su hermano, se unió a los mismos grupos neo-Voluntad del Pueblo que su hermano, y fue expulsado por tomar parte en una manifestación estudiantil… ¡Si le hubieran colgado a él como habían hecho con Alexánder! Pero no, Lenin sobrevivió a una sentencia a prisión, tres años de exilio en Siberia impuestos por el zar y luego un exilio por su cuenta en Europa, antes de que la guerra hiciera a este país lo que no pudieron hacer todos sus tratados. Lenin fue un revolucionario durante veinte años, y un hombre como ese no se rinde solo porque Kérenski haya emitido una orden para su arresto. Entonces yo no lo sabía, pero aquel feo escrito predecía que si dependía de ese tal Lenin, el gobierno provisional no gobernaría con más facilidad que el zar. Y quizás acabase por encontrar el mismo destino.
Yo todavía estaba allí sentada, con el cuaderno, cuando oí que Iósif me llamaba en voz alta, «Mala, Mala», y me asomé a la parte de arriba de las escaleras. Iósif y Sergio estaban abajo, y Iósif dijo, muy tenso:
– Sergio acaba de saberlo de su hermano.
Y yo pensé: «¿Por qué habla él por Sergio?» Cuando miré a Sergio, este dijo:
– Niki y la familia van a ser trasladados hoy a medianoche.
Entonces comprendí. Iósif me estaba preparando para una mala noticia. ¿Cómo que iban a ser trasladados? ¿Trasladados adónde? Mis dedos se cerraron en torno al cuaderno y empecé a bajar las escaleras. ¿Temía Kérenski que los lealistas devolvieran a Nicolás al trono? ¿O le preocupaba que los bolcheviques intentaran llevar a cabo otro golpe de Estado, y que esta vez no se dieran las circunstancias meteorológicas favorables que en julio habían traído las intensas lluvias que provocaron el caos? Aquella vez quizá nada entorpeciera a la multitud que había roto las ventanas y astillado las puertas del palacio de Táuride, y que casi lincha al líder social revolucionario Chernov con su levita negra allí en la misma calle, antes de que interviniera su camarada, el menchevique Trotski, improvisando un discurso ante la multitud desde el capó de un coche. «Orgullo y gloria a la Revolución, habéis venido para declarar vuestra voluntad y mostrar al Soviet que la clase trabajadora ya no quiere ver más a la burguesía en el poder. Pero ¿por qué dañar vuestra propia causa mediante actos de violencia pequeños, contra individuos casuales?» Y habiendo hipnotizado así a la multitud, Trotski anunció: «¡Ciudadano Chernov, eres libre!». ¿Temía Kérenski que aquel mes, o al mes siguiente, en Táuride, o en Tsarskoye, o en el Palacio de Invierno, la multitud arrastrase a la calle al zar, a los ministros del gobierno provisional, posiblemente incluso al propio Kérenski, y los mataran a palos, o los colgaran de los árboles? Miré fijamente a Sergio, intentando adivinar lo que pensaba él de aquellas noticias. Ya sabía lo que pensaba Iósif, lo que siempre había pensado Iósif: cualquier cosa que tuviera que ver con los Románov era mala idea.
– ¿Adónde los llevan? -le pregunté a Sergio.
Meneó la cabeza.
– Solo les han dicho que cojan ropa de abrigo.
¿Ropa de abrigo? La madre de Niki, sus hermanos, primos, todos estaban ahora en el sur, en el Cáucaso y Crimea. Niki no necesitaría ropa abrigada allí.
– Pero si van al sur, al palacio de Livadia -dije.
– Hay demasiados disturbios por ese camino -me explicó Sergio-. La estepa está vacía. Probablemente los lleven al este. -Al ver mi cara, dijo-: Kérenski ha prometido que la familia volverá en otoño, una vez se haya reunido la asamblea constituyente, y Niki será libre de ir adonde quiera.
Miré a Iósif, que negaba con la cabeza, y luego a Sergio. Cogí el cuaderno que llevaba en la mano y se lo entregué.
– Mira, mira esto.
Sergio lo abrió por la página donde decía: «Contemplamos plenamente la guerra civil, la guerra declarada por la clase oprimida contra la clase opresora, esclavos contra propietarios de esclavos, siervos contra terratenientes y trabajadores contra burgueses, como algo legítimo, progresivo y necesario». Sergio leyó aquellas líneas y luego arrancó aquella página del cuaderno, arrugó el papel en la mano y lo tiró al suelo. Yo señalé la bola de papel.
– Quieren una guerra civil.
Él sonrió.
– ¿Y dónde está el que ha escrito esto? Expulsado de tu casa tan deprisa que ni siquiera tuvo tiempo de llevarse con él su gran discurso.
Pero el caso es que había estado en mi casa. En 1905 no había llegado tan lejos. En 1918 podía estar escribiendo en papel oficial, en lugar de escribir en libretas escolares, emitiendo sus propios ucases desde el escritorio del zar en el Palacio de Invierno, donde estaba ahora Kérenski. Pensé: «Los Románov no podéis imaginaros una Rusia sin vosotros». Mientras los Románov que quedaban en Peter soñaban, en Siberia, con los enjambres de mosquitos en verano y el frío tan extremo en invierno que solo las pieles de reno podían ayudar a un hombre a soportarlo, Niki y su familia se encogerían hasta convertirse en unas figuras tan diminutas en el horizonte que finalmente ni siquiera se las podría ver, el «antiguo zar», con sus «antiguos hijos». En el entorno de Siberia sus guardias, borrachos de vodka y lejos de la razón moderadora de Kérenski, podían volverse muy hoscos por el aburrimiento de sus puestos ignominiosos, y nadie de la capital ni de la antigua corte, ningún Vladimírovich, ni Mijaílovich, ni Alexándrovich oiría llorar a la familia real si sufrían. ¿Y cómo oiría yo llorar a mi hijo si se lo llevaban más allá de los Urales, atravesando miles de kilómetros de estepa vacía, a cualquier pequeña ciudad donde Kérenski considerase adecuado esconder a la familia? Ya veía los ríos Tura y Tobol, las incontables verstas, una pradera en esta estación pero una placa de hielo muy pronto. Y por tanto le dije a Sergio:
– Llévame a Tsarskoye. Vova no puede irse con ellos a Siberia.
A mitad de camino de la estación Alexándrovski, junto a Tsarskoye Seló, nuestro tren, que había abandonado la estación Varsovia en Petersburgo a las ocho, con muchísimo tiempo para llegar a Tsarskoye antes de medianoche, inexplicablemente se detuvo en medio de la nada. Todos los trenes a Tsarskoye se habían detenido temporalmente, dijo nuestro conductor. Esperaríamos. Una hora se convirtió en dos, antes de que Sergio y yo nos diésemos cuenta de que nuestro tren estaba retenido a propósito: el secreto de la partida del zar, el gran secreto de Kérenski, ya no era ningún secreto, y los trabajadores de ferrocarril radicalizados a lo largo de la línea de Varsovia, al oír los rumores, suspicaces, debieron de decidir negarse a permitir que llegase cualquier tren a Tsarskoye, sin duda para mantener apartados a todos los amigos de los Románov hasta que partiese el tren elegido para llevarse a la familia. Y al darme cuenta de esto, empecé a tirar de la manga de la guerrera de Sergio.
Bajamos desde la parte trasera del último vagón hasta la gran llanura en la cual se encontraba Petersburgo. Esas verstas entre la capital y Tsarskoye eran una pequeña colección de pueblos y fincas rústicas antes de llegar a Krasnoye Seló y al propio Tsarskoye. Era lo bastante tarde, incluso en el verano ruso, para que estuviese oscuro, y Sergio dirigía la marcha cuando empezamos a caminar hacia el pueblo por el que acabábamos de pasar. Las ropas campesinas que nos había conseguido mi hermano (un abrigo ligero y un pañuelo para mí; un gorro blando, una blusa ancha y unos pantalones sueltos para Sergio) conseguirían, o eso esperaba al menos, que pareciésemos de esas personas que van a pie. Sergio iba cojeando delante de mí; su artritis, que le había hinchado los nudillos, también le había inflamado las articulaciones, de modo que se movía con cuidado, con la espalda encorvada. Al ir siguiendo las vías entre un espeso bosque de abetos, yo iba tropezando. Mi gracia y mi equilibrio no servían para nada en aquel suelo plagado de raíces y agujeros. Al final encontramos una carretera de tierra con hondos surcos, y Sergio dijo que el pueblo estaba allí cerca y que debíamos apresurarnos. Cada pocos minutos yo interpelaba a Sergio para que mirase la hora, y él consultaba su reloj, que llevaba en su bolsa de cuero: las 10.30, las 10.42, las 10.56… Finalmente me dijo: «Mala, no me preguntes más». Eran las 11.04 cuando apareció un campesino que llevaba un caballo y una carreta de madera. Sergio se adelantó cojeando para darle el alto y yo contemplé sus gestos. Los brazos de Sergio se movían; el campesino, sin gorra pero tocado con el típico corte de pelo tipo tazón, meneaba la cabeza, agitando el flequillo y haciendo gestos hacia la parte trasera abierta de su carro. ¿Se ofrecía a llevarnos, acaso? Sergio sacó su bolsa. Había oído que cuando Niki salía a caballo por aquellas carreteras del campo, cada tarde a las dos, se paraba y hablaba con los campesinos que pasaban, y que sabiendo que tenía esa costumbre, los campesinos de ese distrito y de más allá se alineaban a ambos lados de la carretera para suplicar un favor al zar o para entregarle una petición, sabiendo que a Nicolás le gustaba cumplir todas aquellas peticiones. A su padrecito zar le gustaban los suplicantes, le gustaba otorgar favores. Yo me acerqué un poco más. Sergio estaba colocando un montón de rublos en las callosas manos de aquel campesino. El hombre llevaba una blusa y unos pantalones casi idénticos a los que le había dado mi hermano a Sergio, pero estaban demasiado sucios para que los llevase alguien que simplemente interpretaba un papel. Tendríamos que haber pegado a la cara de Sergio una desgreñada barba de crin de caballo del trastero del Mariinski. Hasta el padre Gapón, escondido en Petersburgo después del desastre del Domingo Sangriento, se las ingenió para cortarse el pelo, afeitarse la barba y pintarse la cara con maquillaje teatral para evitar ser descubierto y arrestado. Nosotros no habíamos tenido tiempo de crear la verosimilitud, aunque eso importaría más tarde; por ahora, los rublos de Sergio eran lo bastante reales. El viejo campesino bajó al suelo y Sergio me hizo el gesto de que me acercase. Mientras me ayudaba a subir al pescante del conductor, el carretero permaneció inmóvil, mirando sin ver la pequeña fortuna que tenía entre sus manos. Seguramente el mundo se había vuelto loco, cuando a uno le caían esas enormes sumas de dinero por una carreta medio podrida y un caballo derrengado. ¿Era aquel el nuevo orden de las cosas?
Sergio lanzó un grito y agitó las riendas para que el bamboleante caballo se diera la vuelta, tras alguna vacilación, y salió hacia delante, luchando para poner en movimiento las enormes ruedas de la carreta de madera una vez más. Sergio lanzó una maldición y se inclinó hacia delante y golpeó con fuerza la grupa del caballo. El animal resopló, y su escroto se fue balanceando a cada pesado paso que daba. Por lo torcidas que tenía las patas y lo que sobresalían sus costillas me di cuenta de que avanzaríamos muy lentos todo el camino hasta la estación Alexándrovski. Me volví para preguntarle al campesino si tenía otro caballo más rápido, pero el hombre no estaba, había desaparecido en el bosque que nos rodeaba con su recién conseguida riqueza antes de que cambiásemos de opinión y le registrásemos los bolsillos. Respiré con fuerza. No llegaríamos antes de medianoche. Tendríamos mucha suerte si llegábamos antes de que saliera el sol. Pero Sergio y yo no nos dijimos nada el uno al otro, nada en voz alta. Seguiríamos adelante, porque no había ningún otro sitio adonde ir.
Cuando llegamos a Alexándrovski el cielo había cambiado del color ébano al magenta y luego a ese verde marmóreo que precede al amanecer. La familia había abordado un tren con destino al abismo de Siberia más de cinco horas antes. La caseta de la estación resplandecía en aquella casi luz, el edificio amarillo y blanco como un trozo del pastel amarillo y blanco del palacio Alexánder, ahora vacío. Con las manos, codos y rodillas yo bajé de un salto de la carreta, y Sergio tuvo que esforzarse para seguirme. Yo me dirigí a buen ritmo a las grandes puertas de la estación, dos veces más altas que un hombre, y desde allí a las vías, al otro lado. Detrás de mí, Sergio me gritaba que Vova estaría bien, que él ya se enteraría de adónde habían enviado a la familia, que podríamos traerle de vuelta, pero el terror me había dejado sorda. Andaba por el pequeño andén entre las dos vías para husmear el rastro de mi niño, dispuesta a tumbarme en las vías vacías que le habían apartado de mí. Pero, para mi asombro, el andén estaba repleto de gente.
En las vías esperaba un largo tren gris que ondeaba la bandera japonesa. Pero no era japonés, sino un convoy corriente de pasajeros que llevaba un cartel donde ponía: MISIÓN DE LA CRUZ ROJA, aunque no iba precisamente en misión de caridad. Su disfraz era mucho peor que el nuestro. Apelotonado en el andén se encontraba medio regimiento de soldados rusos con sus guerreras con botones de latón, los rifles colgados del hombro, dando largas caladas a sus cigarrillos. Los uniformes parecían nuevos, como si los hubieran confeccionado para aquella misión en particular. Sergio me puso una mano en el hombro y me hizo retroceder hasta una de las altas ventanas con muchos cristales de la estación; mientras mirábamos desde aquel hueco, un oficial con la frente despejada y bigotito salió del tren y bajó al andén para hablar con los soldados.
– Es el coronel Kobilinski -me dijo Sergio, bajito-. Es un héroe de guerra, destinado a Tsarskoye para vigilar a la familia.
Aunque no alcancé a oír lo que les decía Kobilinski a los hombres, estaba claro por su postura y por las actitudes relajadas de los soldados que la partida del tren no era inminente. De hecho, no había ni el menor asomo de tensión. La familia imperial no debía de encontrarse a bordo. Quizá ni siquiera hubiese abandonado aún el palacio. Me volví a Sergio con aire interrogante, y él me dijo:
– Si Kobilkinsky sigue aquí, es que aún no se han ido.
Por algún maravilloso milagro, la familia debía de estar todavía en Tsarskoye. Luego me enteraría de que no había sido ningún milagro. Los mismos trabajadores del ferrocarril revolucionarios que habían detenido todos los trenes se habían negado a cambiar de vía y acoplar aquel, sospechando que querían sacar subrepticiamente al zar del país, un hecho que estaban decididos a evitar: el zar era prisionero de los revolucionarios, tenía que someterse a juicio, no acabaría pasando la vida en un cómodo exilio. Le había costado a Kérenski hacer muchas llamadas a las estaciones, gritando ante el receptor con su voz retumbante y excitable, hasta convencer n aquellos hombres, que habían adquirido el nuevo hábito de cuestionar toda autoridad y no respetar ninguna.
– Tenemos que irnos -me dijo Sergio, bajito.
Las calles de la ciudad de Tsarskoye estaban tranquilas. En nuestro carro pasamos junto a las vías de ferrocarril, los almacenes y los mataderos, la catedral, la comisaría de policía, la oficina de correos, todos los edificios municipales que hacían que la pequeña ciudad se moviese con tanta eficiencia como cuando el zar todavía era zar. Sergio conocía muy bien aquellas calles: Malaya, Kolpínskaya, Stredníaya, Sadoivaya, Dvortsóvaya… -ya que había viajado por todas ellas en su Rolls-Royce en días más felices, siguiendo al zar con el resto de la corte- y todas por las que íbamos yacían como un delantal bien planchado, con las ataduras limpiamente colocadas frente al enorme complejo de Tsarskoye Seló, el pueblo del zar. Las imponentes mansiones de la antigua corte formaban un silencioso regimiento de honor, formado a nuestro paso. Yo rogué que no nos encontrásemos con la familia y su séquito corriendo como un bólido en dirección contraria a la nuestra con sus coches, hacia la estación de ferrocarril. Antes de que hubiese podido levantar la mano o gritar un nombre ellos se habrían ido, y se llevarían a Vova de mi lado otra vez, como en una broma cruel.
Sergio empezó a tramar en voz alta un plan para rescatar a Vova, coreografiando entradas veloces, fintas, maniobras de flanqueo, pero igual que todos los planes de combate de Rusia, los suyos fiaban más en la fantasía que en la realidad. Sobrestimaban nuestras fuerzas, y subestimaban de una manera fatal las del enemigo. Finalmente le hice callar.
– Somos dos. ¿Te das cuenta de lo que dices?
Sergio empezó a protestar y acabó por quedar silencioso.
Las ruedas de la carreta gemían y sonaban como si se fueran a partir.
– Escúchame -le rogué-, si hubiese cincuenta soldados en la estación, habrá cien más en Tsarskoye que no sienten ningún cariño por los Románov. Si te ven, te reconocerán y creerán que formas parte de una conspiración para salvar al zar. Te podrían arrestar, o incluso dispararte.
O, y eso no lo dije, podían lincharle en el acto, rabiosos todavía por la escasez de munición en la guerra en la que habían servido; el linchamiento se había convertido en una práctica demasiado común en Peter. Se habría linchado a diez mil personas solo hasta finales de aquel año. Una multitud capturaba a un ladrón y le cortaban las manos, cogían a un asesino y lo arrojaban al Neva y le disparaban cuando intentaba salir, agarraban a un burzhooi y lo colgaban por los pies de un árbol para torturarlo mejor.
Vi que Sergio miraba fijamente al frente, con la mandíbula tensa.
– Esos hombres no han asistido al ballet en su vida. Para ellos no seré más que una vieja cualquiera. Quizá no se fijen en una vieja.
La verja negra de hierro forjado que rodeaba el Pueblo del Zar se alzó repentinamente ante nosotros, y Sergio paró el carro en la Dvortsovaya, no lejos del inicio de la corta avenida que conducía hacia las puertas del palacio. Oía el rumor de las hojas de los árboles muy por encima de mí, como manos que barajaran cartas, y ese viento también me traía el suave aroma de las lilas plantadas por media docena de emperatrices en el transcurso de dos siglos. La última vez que estuve allí era invierno y los copos de nieve flotaban en espiral como insectos de hielo en torno a las farolas muy altas, a ambos lados de las puertas del palacio. Yo dejé a mi hijo en Tsarskoye en marzo, pero ahora, en agosto, no podía dejarlo de ninguna manera.
Hasta aquel momento mi mente se había representado el peor destino imaginable para Vova una y otra vez, como si fuera un disco de gramófono rayado, pero la aguja se acababa de levantar y la inseguridad llenaba el vacío. Habría guardias en la puerta. ¿Qué podía decirles para convencerlos de que dejasen libre a un miembro del séquito del zar? ¿Y si Niki no tenía intención alguna de dejarle ir? Empezó a formarse en mí una idea, que en sí misma era tan estúpidamente sencilla como complicados eran los planes de batalla de Sergéi: me limitaría a pedir permiso para despedirme de mi hijo. Seguramente le concederían eso a una anciana. Pero a partir de ahí, ¿qué? No importaba. Lo único que tenía que hacer era entrar. El final vendría solo. Yo solo tenía que inventar el principio, y el principio se encontraba delante de mí. Ante el cielo rosado, detrás de los abedules que se alineaban a ambos lados de la carretera, veía la parte superior del palacio amarillo y blanco.
Cuando bajé del carro Sergio me dijo:
– Mala, vot zapomni… (acuérdate).
Y yo asentí. Sí, le llamaría si me enfrentaba a algún peligro.
Fui andando a lo largo de la verja negra, y como dice el refrán ruso, me sentía tan sola como una hoja de hierba en un campo. Dos camiones cargados de soldados pasaron ruidosamente a mi lado y dieron la vuelta, deteniéndose ante las dos puertas cerradas. Sabía que venían a escoltar a la familia hacia el tren, y se me cerró la garganta. El camión era abierto, y en la parte de atrás iban los soldados de la estación. Como estaba muy cerca, vi que los uniformes no les quedaban bien, que los botones del cuello los llevaban desabrochados y las camisas sin meter en la cintura. Algunos de ellos parecían solo unos pocos años mayores que Vova, pero la combinación de sus rifles y su juventud me inquietaba mucho. Los jóvenes tienen poco apego por el pasado, por la historia de sus padres. Las puertas, cada una de ellas adornada con una enorme guirnalda de acero forjado, se abrieron de par en par se adelantó un centinela que saludó a los de los camiones y luego volvió a cerrar las puertas con un chasquido duro e implacable.
Allí los árboles clareaban, y pude ver claramente a través de los barrotes de hierro la avenida que se elevaba ligeramente en su breve recorrido desde la puerta de la verja al patio del palacio. Los camiones llegaron atronando al patio y se detuvieron, y solo veía ya las cabezas de los soldados que rebotaban, sin cuerpo alguno, mientras iban saltando de los camiones al suelo, con los rifles flotando tras ellos. Un terror espantoso me había llevado hasta aquellas puertas, y si la oportunidad se presentaba, yo esperaba que Dios me diera una señal. Pero ¿de parte de quién estaba Dios en aquel momento? No de la de Niki, por lo que parecía. Y yo había pasado muchos años ligando mi destino al suyo.
El viento susurraba en los árboles y aquel sonido llevaba consigo un escalofrío, y yo también lo sentí al ver la masa de figuras oscuras que iban avanzando por el patio. ¿Quiénes serían? ¿Los muertos que huían de un imperio moribundo? Sí. Cuando la masa empezó a bajar por la avenida, hacia las puertas, vi por sus largos abrigos oscuros y sus sombreros que eran los sirvientes de categoría inferior, los que habían llamado poco la atención pero eran necesarios para el funcionamiento correcto del palacio. Los habían despedido. No harían aquel viaje con el zar y su familia, esos kamer-diners o kamer-jungfrei, o komnatnlye devyushki que, después de años de servicio llevando y trayendo bandejas o hirviendo ropa de cama, ahora eran libres de encontrar un glorioso empleo con el nuevo régimen. Sus rostros estaban extrañamente carentes de emoción, sin mostrar alivio ni pena. Para la mayoría de ellos, el palacio era su hogar. Los estaban exiliando, igual que a Niki y a Alix, aunque su viaje no sería tan largo.
Sonó una bocina detrás de mí y me sobresalté. Me volví y vi a un soldado sonriente que hacía girar otro camión en la avenida. Frenó, luego llevó un poco su vehículo hacia delante, inclinándose sobre el claxon y agitando el brazo por fuera de la ventanilla, alternativamente, y gritando para que el grupo de sirvientes se apartara de su camino. Los centinelas se acercaron para ayudarle, despejando el paseo con un empujón por aquí y otro por allá, y entonces vi mi oportunidad. Con una rápida mirada hacia atrás a Sergio, que observaba atentamente junto al carro, seguí al camión a través de las puertas. Y así de fácil me convertí en uno de ellos. Una sirvienta de la corte. ¿No era eso lo que había sido toda mi vida?
Pero yo me movía en el sentido contrario de la multitud, y por tanto fingí que buscaba algo que se me había caído, y mentalmente pensé que era una hebilla de plata. Ante mí veía gran parte del patio, los amplios escalones de piedra gris que conducían al palacio, tres coches que esperaban, largos automóviles de turismo hechos especialmente para el emperador por Delauney-Belleville, un modelo que la firma francesa apodaba «Son Impérial Majesté», y parecía que en esos vehículos el emperador y su familia serían escoltados desde el palacio Alexánder. A mi izquierda brillaban los emblemas dorados en las cornisas del palacio de Catalina, y entre el lugar donde yo estaba y aquel se encontraban las aguas verdes del estanque que durante el día captaba los reflejos del palacio, una media luna pálida y amarilla contra el cielo azul aciano. En el zoo imperial, en tiempos mejores, los animales obsequiados al zar por los embajadores extranjeros, como elefantes de Siam, llamas de Sudamérica y toros tiroleses, masticaban su desayuno a aquellas horas.
Manteniendo la cabeza baja, crucé el camino hasta la sombra de un árbol grueso y solitario, y los ojos del soldado pasaron sin detenerse por encima de mí, una don nadie con pañuelo. Junto al primer camión se encontraba otro, donde ya se apilaban grandes maletas y cajas, y más allá otro, este cargado de alfombras y muebles. Parecía que se iban a llevar hasta la última brizna de aquel palacio. No era simplemente el hecho de enviar a un antiguo zar al exilio: un convoy de camiones daba la vuelta al lateral del palacio. Los soldados se removían y tosían por todas partes, agachados en los escalones de piedra, apoyados en las columnas de palacio, andando por el suelo arenoso, al menos sesenta o setenta hombres con uniformes menos presentables aún que aquellos que había visto antes, uniformes sin insignia alguna del zar, sin condecoraciones, ni cintas, ni medallas. Un gran grupo de soldados sudorosos alzaban docenas de baúles y cajas y las colocaban en la parte de atrás del camión vacío, como si intentaran abrirlas a golpes, mientras un hombre más viejo, que me resultaba familiar (sí, era el conde Beckendorff, miembro del séquito imperial, con sus altas botas pulidas, la barba blanca bien recortada) supervisaba desde la escalinata. Sergio me había dicho que aunque Kérenski mantuvo en secreto ante sus ministros el destino exacto, la fecha de su partida y los miembros del séquito, la antigua corte del zar sabía exactamente quién de su séquito haría aquel viaje al este con el zar. La noticia había viajado discretamente de un príncipe a otro a lo largo de los últimos días: la condesa Hendrikov, el príncipe Dolgoruki y el general Tatishelev irían ahora, la baronesa Buxhoeveden y el conde Beckendorff seguirían más tarde. Tan emocionada estaba yo al ver un rostro familiar que, como una idiota, casi lo llamo en voz alta y corro a su lado para reclamar su ayuda. Pero yo sabía que el conde, como miembro del séquito del zar, era ahora tan prisionero como la familia imperial, y que yo no obtendría ventaja alguna en revelarme ante él. Los soldados metieron la última caja de embalaje en el camión y rodearon al conde, que sacó algo de papel moneda de su bolsillo y se lo tendió. Uno de los soldados lo agarró de la mano del conde y mientras los hombres daban vueltas para repartirse la paga, «tres rublos por cabeza», oí que uno de ellos decía: «por el sudor de tres horas», y comprendí que el conde no supervisaba a los soldados sino que los había sobornado para que siguieran sus órdenes.
El conde se retiró a la sala central, que, afortunadamente para mí, tenía unas puertaventanas que iban del suelo al techo, y pude verle mientras se desplazaba detrás de aquellas ventanas entre diversas figuras, algunas de las cuales empezaron a salir hacia la puerta principal. Eran sirvientes de mayor rango, los que acompañarían a la familia en su huida: los ayudas de cámara, la doncella, los lacayos, los cocineros y los pinches, el sumiller. Tras recibir una orden gritada por un soldado, subieron a la parte trasera de uno de los camiones vacíos, los hombres ayudaron a las mujeres y se sentaron en los bancos de madera.
Entonces se oyó el sonido de unos cascos apagados sobre la hierba, y una figura negra, luego cinco y luego otras cinco cargaron por encima de una elevación pequeña. Los cosacos de Niki llevaban sus monturas hacia el patio desde sus barracones en el Fiódorovski Gorodok. Conté veinticinco cosacos en total. ¿Venían a salvar al zar? Tenían un aspecto temible, con sus bigotes encerados acuchillando sus mejillas, largas casacas rojas adornadas con plata, los altos y negros papaji que daban a los cosacos, ya bastante altos sobre sus caballos, una altura aún mayor. Al cabo de un momento sacarían sus sables curvados -en cada hoja grabado el monograma dorado H II, en cada hoja el águila de doble cabeza- de sus vainas de cuero, y chillando los elevarían por encima de la cabeza para bajarlos sobre la cabeza de aquellos soldados insolentes.
Pero no ocurrió nada de todo aquello. Ni remotamente. Los soldados, en lugar de aprestarse a defenderse de la horda que se acercaba, apenas levantaron la vista. Y los cosacos fueron deteniendo sus caballos hasta dejarlos al paso, con los klychs todavía enfundados, y fueron tomando posiciones a lo largo de la curva del camino. Estaban al servicio de la Duma. Durante trescientos años, los feroces cosacos habían jurado devoción completa al zar, y todos prometieron proteger al zar y su familia «hasta el último minuto de mi vida». Todos los hombres entregaban veinte años de su vida al servicio militar, y no importaba lo asediado, lo desesperado que estuviese un zar: siempre podía contar con sus cosacos. Jinetes expertos, magistrales espadachines, tiradores excepcionales, eran el puño poderoso del emperador. Fueron los enemigos más temibles a los que se enfrentó Napoleón; fueron los hombres que ataron las corbatas de soga de Stolypin en torno al cuello de los revolucionarios y que, junto con el ejército, aplastaron las rebeliones campesinas de 1905. Estos cosacos habían amado a su zar, y el zar había amado a sus cosacos, llevado su casaca, practicado el mandoble por encima de la cabeza, su golpe mortal, el klych. Hasta Alexéi poseía un uniforme de cosaco en miniatura. Pero los cosacos de Niki, que ya no eran suyos, ayudarían a escoltar a su amo hacia el olvido.
Dos Rolls-Royce corrieron junto a la fila de jinetes y reconocí el primero como el del propio zar; mientras pasaba, vi a Kérenski sentado en su interior. Yo conocía su cara, con la bulbosa nariz y el pelo como un matorral, aunque nunca le había visto en persona, solo en las fotos que había repartido por todas partes, como para decirle al pueblo, como habían hecho en tiempos los zares: «Conocedme, queredme». Salió del Rolls (¿el nuevo líder llegaba para dispensar a su predecesor un educado adiós?) y luego salió otro hombre. Le reconocí también: era el hermano del zar, Miguel. El gran duque debía de estar allí para despedirse, y Kérenski actuaría como testigo, a menos que Miguel se fuera con la familia. Pero ¿por qué iba a irse con ellos? Había sido zar solo durante tres días, y Kérenski, según decían, estaba tan encantado con el abortado mandato del gran duque que había llamado «patriota» a Miguel. ¡Qué atrevimiento! Otro hombre los siguió por las escaleras hacia el palacio. Era el oficial de la estación, el coronel Kobilinski.
Miguel entró en el palacio, pero Kobilinski se quedó en los escalones para supervisar a sus soldados, que le miraron pero no se pusieron firmes ni saludaron. Él hizo un gesto adusto. Ocho soldados finalmente se movieron y subieron a los camiones para arrancar los motores. Los cambios de marchas protestaron cuando los conductores empezaron a pelearse con la transmisión, y luego, después de unos cuantos intentos fallidos, se dirigieron hacia las puertas, y los sirvientes se agarraron unos a otros sentados en sus bancos, las cajas traqueteantes. La evacuación había empezado.
Miguel volvió a salir con Kérenski, con la cabeza gacha, la mano encima de los ojos… ¿Qué ocultaba, sus lágrimas? ¿El alivio ante el destino que evitaba para sí, con su acto de «patriotismo», el destino al que se enfrentaba ahora su hermano, el zar? Kobilinski estrechó la mano de Kérenski y la de Miguel, y cerró la portezuela del coche tras ellos; el vehículo describió un lento círculo, encaró la avenida y se fue.
Kobilinski esperó hasta que las puertas se cerraron de nuevo e hizo señas a los soldados de que formasen un cordón en torno a los pocos coches que quedaban. Los soldados, de mala gana, formaron un semicírculo asimétrico en torno al perímetro y dos hileras desiguales desde el último escalón hasta los coches. Varios de los cosacos intercambiaron miradas ante aquella formación tan desaliñada, y yo comprendí que, desaliñada o no, aquella era la guardia de honor por entre la cual debía pasar la familia imperial, y que debía dirigirme al interior el palacio, rápidamente, ya, y solicitar despedirme en privado de Vova antes de que se llenaran aquellos coches. Me alejé del árbol y me dirigí hacia el palacio. Pero había esperado demasiado.
Procedentes del salón circular del palacio Alexánder y bajando las escaleras de piedra aparecieron la hijas de Niki, flanqueadas por el coronel Kobilinski. Las chicas llevaban todas sombreros de paja negra de ala ancha y supuse que pelucas, porque el pelo que les habían afeitado en marzo no les podía haber crecido tanto, y con sus camisas blancas y sus faldas largas de tweed parecían bastante adultas, aunque, claro, debían de serlo ya. La mayor, Olga, tendría ya casi veintidós años, la misma edad que tenía yo cuando Niki dejó mi corazón hecho trizas para casarse con Alix. ¿Era posible que yo hubiese vivido tantos años? Una de las niñas llevaba un perrito faldero, y cuando el animal se soltó de sus brazos y quiso echar a correr, un soldado le dio una patada, el muy mujik, y el perrito volvió a correr hacia ella, ladrando. El coronel Kobilinski miró al soldado ofensor, pero no dijo nada.
El coronel hizo entrar a Olga Nikoláievna en el primer coche abierto, y las otras tres chicas, junto con una mujer que debía de ser la condesa Hendrikov -la única mujer de la corte que iba a hacer el viaje en aquella ocasión-, en el segundo. Entonces llegaron los chicos, los dos, altos y delgados, con sus cuerpos adolescentes, el pelo corto con el mismo estilo poco favorecedor, con un flequillo corto en la frente. Vova. El hombre que los custodiaba desde la casa no parecía ser un soldado revolucionario, sino una especie de ayuda de cámara con traje de marinero, uno de los niñeros, el dyadi Nagorni, o Derevenko, aunque los chicos ya eran demasiado mayores para tener niñeros y más bien necesitaban ordenanzas o ayudas de cámara. Vova estaba muy mayor, muy alto. Los dos habían celebrado su cumpleaños en cautividad. Los quince años de Vova quedaron marcados, según le escribió a Sergio, por un pastel salpicado de pétalos de lila, y los trece de Alexéi por una procesión especial de clérigos de Nuestra Señora de Znamení, que le llevaron un icono sagrado que incluso los soldados revolucionarios se habían sentido impulsados a besar. De modo que había algunos elementos del viejo mundo que todavía respetaban. Vova iba andando muy cerca de Alexéi, probablemente los dos serían ya inseparables, mientras iban desplazándose rápidamente entre las dos filas de soldados que los miraban abiertamente. Si yo me abría paso entre aquellas dos filas podría coger a mi hijo entre mis brazos, pero sabía que nuestro abrazo sería roto con violencia, de modo que me quedé quieta. Ahora no, pero entonces, ¿cuándo?
Los dos chicos iban seguidos por el médico, Botkin, con su abrigo azul, y un hombre delgado con sombrero y una banda negra a quien reconocí por la divertida descripción de Vova. Aquel tenía que ser el tutor francés de los niños, monsieur Gilliard. A los otros dos hombres los reconocí también: el príncipe Dolgoruki y el general Tatishelev; ambos frecuentaban el ballet. Al oír un repentino grito, todos volvimos la vista hacia el palacio. Un sirviente que quedaba había llamado a otro para que le ayudase a levantar a la emperatriz en su silla de ruedas y sacarla a través de una puertaventana a la terraza.
La silla de ruedas me asombró. ¿Qué había sido de toda aquella energía con la que cuidaba a los niños, solo unos meses antes? Alix ahora parecía drogada, y quizá lo estuviera, por aquellas misericordiosas y tranquilizadoras gotas que el doctor Botkin había introducido en la boca de los niños cuando estaban tan enfermos con sarampión, en febrero. Ella lloraba mientras dos hombres luchaban con la silla, y su cuerpo se balanceaba en una dirección y otra, hasta que uno de ellos levantó a la emperatriz de la silla y la llevó a cuestas, con las largas y amplias mangas de su blusa aleteando, y bajó la rampa inclinada hacia el patio. El otro le siguió, empujando la silla de ruedas de mimbre con movimientos bruscos y dejando que sus ruedas grandes y delgadas traquetearan en las piedras planas y grises. Niki fue el último en salir por aquella puertaventana. Hizo una pausa en la terraza, con el cuerpo algo encorvado, hasta que, realizando un esfuerzo consciente, cuadró los hombros para equilibrar mejor en ellos el peso de su familia en su solitario exilio. Hasta los caballos parecieron quedarse inmóviles mientras Niki examinaba la escena que tenía ante él. Me miró, pero sus ojos no se entretuvieron en mí. Yo era otro súbdito más que había ido a contemplar la partida del zar. Le vi examinar el amanecer sobre el parque que los rusos habían llamado en tiempos Sarskaya Miza, o «granja alta», aquella granja que se había convertido, durante una época, en el paraíso privado del zar. Y ahora le expulsaban al este. Ah, ¿por qué no habría insistido Niki en ir al Palacio Blanco de Livadia, o a la finca de su hermano en Orel, propiedades que quizá se hubiese podido persuadir a Kérenski de que reconsiderase?
Vi a Niki bajar la larga rampa y coger el brazo de Alix en la parte inferior, porque sin la silla, ella se había puesto en pie, vacilante, al parecer temerosa de andar, y juntos siguieron a los chicos en el primer coche. Niki ayudó a cada uno de ellos a subir al vehículo abierto y colocarse en una de las tres filas de asientos de cuero de alto respaldo. El coronel Kobilinski subió a la cabeza del estribo y se volvió hacia los cosacos. A ellos no tuvo que decirles nada. Conocían muy bien su papel; unos pocos guiaron a sus caballos hacia delante y junto al coche del zar, y junto a los otros dos coches como escolta. Y entonces, mientras los soldados se arremolinaban en los camiones que quedaban, en aquel largo convoy, me di cuenta de que me dejarían atrás si no hacía algo. No habría un momento posterior. Un cosaco hizo un gesto con su enorme brazo para que me apartara del camino, me alejara y dejara de mirar con la boca abierta.
– Babushka! - ¡Yo una babushka! Así que era invisible. Llevó a su caballo a mi lado-. Todos se van.
Yo asentí y empecé a recular, luego de lado, intentando mantener los ojos clavados en la familia sentada en el primero de los Son Impérial Majesté, y el cosaco y su caballo negro me seguían, los camiones y los coches iban dando la vuelta al patio, clop, clop, clop, siguiendo su camino por la arena ligera hasta la carretera propiamente dicha, los caballos de los cosacos manteniendo el paso con el lento giro de las ruedas. Yo supuse que cabalgarían junto a ellos todo el camino hasta la estación, la última misión como séquito del zar.
El sol ponía brillo en todas las cosas, el palacio color crema, el cielo color azul, las puertas negras de los automóviles, los ojos color chocolate de los caballos que montaban los cosacos… Las aves del parque habían empezado a anunciar aquel éxodo, que debía haber tenido lugar en la desolación de la noche, pero que estaba sucediendo ahora, gracias a las cortas noches veraniegas rusas, con menos seguridad, a plena vista. Y a la luz de aquel sol yo iba caminando hacia atrás, a una vida que no podía concebir que continuase sin mi hijo. ¿Qué le diría a Sergio cuando llegase al final de la avenida, Sergio, que esperaba que su magnífica Mathilde le devolviese a su hermoso muchacho? ¿Cómo iba a contarle la verdad de mi fracaso? Pero con la columna ya dirigiéndose por la avenida, la verdad era lo único que me quedaba.
Así que me coloqué delante del primer vehículo y el cosaco que estaba junto a él, agitando mis cortos brazos, y empecé a chillar, con mi ruso de entonación vulgar (sí, lo admito, hablo más como una campesina que como una boyar, aun en el francés que he aprendido en el exilio, ese sigue siendo el caso, de modo que quizá mi traje no fuese tanto una imitación como la revelación de mi auténtico ser).
– ¡Alto! ¡Esperad! -Y al verme de aquella manera tan inesperada, el cosaco que iba dirigiendo la marcha detuvo su caballo, y los conductores frenaron sus vehículos y miraron a aquella mujer demente, y a todos ellos les grité-: ¡Quiero a mi niño!
¿Me azotaría con el látigo, como había hecho su camarada a aquel pobre hombre en el puente Troitski en 1905? Como un muñeco de cuerda, hasta casi romperme, empecé a repetir una y otra vez: «Quiero a mi niño, quiero a mi niño», hasta que el cosaco miró hacia atrás, desconcertado, a uno de los camiones que contenía soldados. Desde el interior de la cabina alguien le gritó que quitara a aquella vieja de en medio, y el cosaco espoleó a su caballo hacia delante. Pero como yo me mantenía firme, en lugar de pisotearme sencillamente tiró de las riendas de su caballo. Los oía respirar a los dos, y levanté mis manos hacia él.
Llamó por encima del hombro a Kobilinski, que estaba de pie en el estribo de aquel primer coche, y le dijo: «Quiere a su niño». Los cosacos dejaron que sus caballos patalearan con sus enormes patas y sacudieran sus largas crines impacientes para señalarme que no aguantarían muchas más tonterías como aquellas.
– ¿Por qué este retraso? Quita a esa mujer -exclamó una voz desde el final de la fila. Vi que Niki se inclinaba hacia delante en su asiento, miraba en mi dirección para atisbar mi diminuta silueta, y de repente se enderezaba. Me había reconocido. Pero casi podía asegurar que Vova no, ya que miraba a los soldados que rodeaban el coche. Y entonces Niki abrió la portezuela y salió, y caminó hacia delante, pasando junto a los faros que se habían colocado en la parte delantera del capó, mientras Alix protestaba desde su asiento, y al ver los movimientos del zar, los soldados, con sus botones de latón y sus gorros, empezaron a bajar de los camiones, corriendo alarmados hacia delante con los rifles levantados y las bayonetas fijas. Kobilinksy levantó la mano ante Niki.
– Su hijo habrá salido antes, con los sirvientes de menor categoría.
– Su hijo no es un sirviente inferior -dijo Niki-. Forma parte de mi séquito.
Y señaló a Vova, que estaba en el interior del coche, sentado junto a Alexéi, en el asiento de en medio. Kobilinski parecía perplejo: ¿por qué tenía el zar a un muchacho campesino como miembro de su séquito? ¿Por qué tenía el zarevich al hijo de una campesina como compañero de juegos? Pero no dijo nada, miró a Vova y luego a mí. Niki examinó mi rostro mientras los soldados se congregaban a mi alrededor, y yo pensé: «Niki no me va a entregar a Vova. Todavía piensa, como Sergio, que volverá a Peter en otoño, piensa que estoy actuando de manera precipitada, no comprende que Kérenski, según cambie el viento, pronto correrá a coger un tren él mismo para salvar su propia piel». Pero entonces Niki entró en el coche, cogió la mano de Vova y este saltó al estribo y luego al suelo.
Se quedó de pie muy cerca de Niki, apretado contra él, en una postura de intimidad filial que hizo gritar a los soldados: «Mirad, es el heredero, es una trampa». Su peor pesadilla se hacía realidad: alguien de la familia real estaba a punto de escapar de sus garras. Un regimiento estaba ya apostado en la estación, pero allí quedaban dos, y por tanto había muchos hombres para crear un tumulto, y además Niki sujetaba a Vova contra él, rodeando su hombro con un brazo, y Kobilinski retrocedió en el estribo y exclamó inútilmente a los soldados alterados: «¡Atrás!», pero estos no tenían intención alguna de retroceder, y rodearon los coches diciendo: «¿Quién es este chico?» y «¿Dónde está el heredero?», como si se preguntaran por primera vez por qué en el séquito del zar había dos chicos en lugar de uno. Y yo pensé: «¿Qué juego es este?». Seguramente sabían perfectamente quién era cada uno de ellos. Llevaban meses custodiando a la familia real. Solo más tarde supe que a aquellos hombres los acababan de asignar para que acompañasen a la familia, y ¿de qué podían servir los retratos imperiales o los árboles genealógicos (si aquellos hombres habían puesto jamás los ojos en semejantes cosas) a la hora de esclarecer la desaliñada realidad humana de sus prisioneros?
En Siberia, los guardias tomarían fotografías de la familia y los sirvientes, y le asignarían a cada uno una tarjeta de identidad que, ridículamente, debían enseñar cuando se la pidieran.
Los soldados rodearon el coche y uno de ellos pasó junto al zar y entró en el interior. Ya vi que Vova no tenía ni idea de quién era yo. ¿Por qué había sacado Niki a Vova del coche y sin embargo no lo había enviado conmigo? Quizás estuviera pensando que solo íbamos a despedirnos, y el adiós que había fingido que quería quizá fuese todo lo que me pudiera llevar al final… pero con los soldados rodeándonos ni siquiera tendríamos esa oportunidad. Lanzando unos gritos, uno de los hombres sacó a Alexéi de su asiento en el automóvil negro e hizo que se pusiera de pie junto a Vova, como para inspeccionarlos a ambos, y los hombres empezaron a gritar: «¿Cuál es el heredero? ¿Cuál es Alexéi Nikoláievich?». ¿Cómo asegurar quién era quién? Si Niki estaba decidido a ello, si temía lo que les esperaba en el futuro, podía empujar hacia mí a Alexéi y llevarse con él a Vova a Siberia. Y desde el coche vi que Alix cogía la chaqueta de Vova como para volver a meterlo en el coche con ella, y pensé: «¿Sabe ella también lo que está en juego? ¿O sencillamente no puede dejarlo marchar?». Y desde donde estaban las niñas, en el coche de atrás, llegó un llanto que solo pareció enfurecer más a los soldados, que apuntaron con sus rifles primero a Niki y luego a los chicos, y luego, cuando se acordaron, también a mí. Los soldados que estaban más cerca del coche empezaron a gritar a los chicos: «¿Cómo te llamas?», pero los dos callaban, aterrorizados, y miraban mudos aquellas anchas caras campesinas, y entre tanto, Niki seguía con el brazo en torno a Vova, con los ojos clavados en los chicos para mantenerlos tranquilos. ¿Qué estaría pensando? Y Kobilinksy, desde el estribo, exclamaba: «¡Volved a los camiones!». Los soldados le ignoraron, pero sus palabras tuvieron cierto efecto: llevaban toda la noche en pie y el tren estaba ya preparado en la estación, y en el tren podrían dormir, de modo que se dijeron unos a otros: «Llevemos a los dos con nosotros», e hicieron gestos con los rifles para volver a meter a los chicos en el primer coche. Después de dirigirme una mirada rápida, Niki les hizo una seña. Alexéi volvió a entrar de inmediato, pero cuando Vova metía la cabeza para seguirle, yo grité y di un paso adelante. Mi hijo me miró también, pero el cosaco estaba más cerca, y se inclinó desde su caballo y sacó la mano, enorme como una pared, para detenerme. Pero mi hijo había hecho una pausa y yo aproveché aquel momento para caer de rodillas como una sierva en la carretera, con una petición en la mano. Sí, representé el papel de suplicante, pero realmente, con aquel desafío al claro deseo del zar de quedarse a nuestro hijo, yo fui más bien una revolucionaria, ¿no es verdad? De rodillas, llamé en voz alta a Niki, cuando él se apartaba de mí y se dirigía al coche: «¡Zar-Batushka, recuerda Taras Bulba!», una exclamación tan estrafalaria que todo el grupo se detuvo, los soldados, los cosacos, hasta Kobilinski, subido al coche, y Niki, con una mano en la portezuela abierta del coche. ¿Recordaría Niki la ópera cuyo héroe renuncia a su país por el amor de una joven muchacha polaca? ¿Recordaría cómo había jugado una vez conmigo en una carta, bromeando con la idea de renunciar a la corona por mí? Ahora su corona había desaparecido. Yo solo quería que renunciara a nuestro hijo.
Inesperadamente, Niki se echó a reír. Sí, recordaba Taras Bulba, y se rio. Y cuando se volvió de espaldas a mí, con decisión, todavía sonriendo, fue para coger a Vova por los hombros, de pie como estaba en el estribo del le grana de Su Majestad Imperial, y apartarle del coche. Y entonces, después de estampar tres besos en las mejillas de mi hijo y darle un abrazo, susurró algo a su oído y le empujó en mi dirección, diciendo en voz alta: «Vete». Pero para mi frustración, Vova no corrió hacia mí, sino que se movió vagamente, como un sonámbulo, de modo que empecé a preguntarme si no le habrían drogado también en el dispensario del doctor Botkin, y di unas palmadas para que se apresurara, como si fuese un perro («corre, corre») mientras las niñas, que lloraban con el rostro crispado (¿tanto cariño le habían cogido las niñas a mi hijo en aquel breve tiempo?) empezaban a levantarse de sus asientos, y Niki intentaba que se volvieran a sentar. ¡Yo había alterado todo el convoy entero! Vova miraba a Niki por encima del hombro como si esperara que le llamase otra vez. ¿Qué locura era aquella?
A través de los árboles esbeltos y altos veía la diminuta figura de Sergio, que esperaba sin esperanzas en la carretera. Volví a mirar hacia delante. Vova se había acercado ya al último cosaco, el que tenía un puño enorme, un hombre descomunal con una barba que se extendía por su pecho como un escudo, y cuando estaba ya cerca de mí, los soldados, furiosos al ver que sus compañeros no habían impedido la decisión del zar, se recuperaron y gritaron órdenes por su parte. Los prisioneros no daban órdenes. Nikolái Románov ya no era el zar. El chico se iría con ellos. El cosaco bajó el brazo y cogió a Vova por el cuello mientras iba andando, y vi que los rasgos de Vova se retorcían de dolor; al notar aquello pareció despertarse de golpe. Vio mi figura menuda, mi cabello oscuro bajo la babushka, mis ojos castaños, y cuando le sonreí para animarle, la característica inclinación hacia fuera de mis caninos: la campesina que tenía ante él era su madre, y se quedó con la boca abierta. Pensé que iba a hablar, pero la palabra que pensaba decir se convirtió en un gesto de dolor cuando el cosaco, sujetando aún a Vova, empezó a volver su caballo para conducirle de vuelta. Viendo esto, Niki ladró: «Octahobka!» (alto), con tal autoridad que aquellos hombres, los cosacos todavía sirvientes del zar en cierto modo, los soldados todavía campesinos con cientos de años de subyugación a manos del señor, titubearon. Hasta el caballo del cosaco se detuvo, con un casco en el aire, como esperando cuál era el deseo de su amo.
Y Niki fue recorriendo sin que nadie le detuviera las filas que formaban hasta mi hijo, y los soldados revolucionarios retrocedieron involuntariamente con deferencia, acobardados, con su insolencia evaporada abruptamente, tal y como debía ser en presencia del zar. Aun así, unos pocos le siguieron diciendo inútilmente: «¡Gospodin Polkovnik, señor coronel, coronel Románov!» hasta que Niki se volvió bruscamente y colocó su rostro muy pegado a los de aquellos soldados, solo a un suspiro de distancia, y los hombres, inseguros, perdiendo el aplomo, retrocedieron.
– Yo solo tengo un hijo -dijo Niki, con una voz cortante como una guadaña-. Y sé perfectamente cuál es.
Y con un gesto decidido de la mano, sin apartar los ojos de aquellos hombres, Niki indicó al cosaco que soltase a Vova, cosa que este hizo de inmediato. Mi hijo se alejó rápidamente, frotándose el cuello mientras el cosaco miraba a un lado y otro, del comandante al zar, con la enorme mano abierta como si estuviera sorprendida. El zar en aquel momento podría haber hecho cualquier cosa, podría haber ordenado a los cosacos que cargasen, podría haber ordenado a los cosacos que colgasen a aquellos soldados de los árboles, podía haberles enviado al Palacio de Invierno para que sacaran a rastras a Kérenski y sus ministros de la fortaleza de Pedro y Pablo. Pero no hizo nada de todo aquello, igual que no había hecho nada en el tren, en marzo del año anterior, en Pskov. Quizá tuviese miedo de ponernos en un peligro aún mayor a todos, igual que había temido poner en peligro su país y a sus súbditos.
Y por tanto hizo que Vova fuese el único destinatario de sus órdenes, y le dijo: «Vete con tu madre», y entonces Niki volvió con su familia, y el grupo de soldados que estaba tras él se volvió a reunir, se encogieron todos de hombros y agitaron los rifles para que todo el mundo volviera a sus respectivos lugares, pues Niki les había arrebatado temporalmente su preciosa autoridad, una humillación por la cual los soldados más tarde harían pagar a la familia. Vova y yo retrocedimos a trompicones cuando el desfile de caballos y camiones pasó como un ciclón de viento y arena; mientras se alejaba el último coche, vi a Niki mirando al frente fijamente, y a Alix, a su lado, con la cabeza gacha. Pero en el asiento de en medio había un rostro vuelto hacia Vova, la pequeña carita blanca y triste del zarevich Alexéi, que levantaba una mano para decir adiós a su amigo.
En Siberia mataron a todos los que iban con la familia imperial: el doctor Botkin, el ayuda de cámara Trupp, el cocinero Yarítonov, la doncella Demídova.
– No vamos a volver a la estación Alexándrovski -dijo Sergio cuando nos unimos a él, y después de abrazar a Vova y besar sus mejillas nos hizo subir a toda prisa al carro, y el caballo nos condujo a San Peterisburgo, alejándonos de su antiguo propietario, que nunca lo volvería a ver. Al principio Vova se maravillaba de la forma en que el zar había plantado cara a los soldados: «¿Has visto qué cara ha puesto cuando ha mirado a los cosacos?». Luego nos contó que el zar en una ocasión había usado su bastón de paseo para pegar en los tobillos a un soldado que le seguía demasiado de cerca por el parque de palacio y le había pisado sin querer el tacón de la bota. Pero otras veces el zar no hacía nada cuando los soldados se comportaban con insolencia, y señalaba a la emperatriz que no debía hacer nada tampoco; el rostro de Vova se ensombrecía al recordar todo aquello. Con una voz que se alteraba y vacilaba entre los finos agudos de la niñez y el registro más grave del inicio de la virilidad, nos contó que la última noche en Tsarskoye se habían quedado despiertos, sentados encima de las maletas durante horas en el vestíbulo semicircular, y luego subieron a la sala de juegos a echar una cabezada hasta que los guardias los volvieron a llamar diciendo: «Vienen los coches». Luego, cuando al parecer los vagones de ferrocarril todavía no se habían enganchado porque los ferroviarios, furiosos, se habían negado a trabajar para el zar, y los coches tampoco llegaban de todos modos, los niños volvieron de nuevo a la sala verde. Los últimos meses los soldados los habían seguido por todas partes, decía Vova, y escuchaban tras las puertas, se negaban a dejarles hablar otro idioma que no fuese el ruso, que era la única lengua que entendían aquellos soldados iletrados, y eso resultaba muy difícil, ya que la emperatriz siempre hablaba con sus hijas y su marido en inglés. Alexéi les tenía un miedo horrible, decía Vova, ya que una vez le quitaron una pistola de juguete, y algunas tardes iban a la puerta de su habitación solo para mirarle y susurrar cosas de su iconostasio intrincado, con muchos paneles, una extrañeza en la habitación de un niño, que normalmente solo tenía un icono y una solitaria vela.
– ¿Y a ti? -preguntó Sergio-. ¿Te vigilaban a ti aquellos hombres?
No tanto, decía Vova, aunque deseaba que lo hubiesen hecho y hubiesen ignorado al sensible Alexéi. Pero todo el mundo sabía que Vova no era el heredero, sino el pupilo de Sergio Mijaílovich y que mientras el gran duque estaba en Stavka, el zar temporalmente había convertido a Vova en pupilo suyo. Así que esa era la historia que Niki había inventado y explicado a la familia, y yo intercambié una mirada con Sergio. Toda la primavera, decía Vova, cuando estuvieron mejor del sarampión, se divirtieron viendo alguna de las películas que le había regalado a Alexéi la compañía cinematográfica Pathé para Navidad: Atlantis, Double, Fantomas… que los niños ponían en un proyector, en la habitación de Alexéi. Colocaban unas sillas en fila e invitaban a la familia, guiándolos como si fueran acomodadores de teatro a sus asientos y presentando las películas, que Alexéi calificaba como Excelente, Muy Buena o Satisfactoria. O bien jugaban fuera con Vanka, un burrito viejo que en tiempos había actuado en el circo Cinizelli, y que tiraba de un trineo cuando había nieve y masticaba las bolas de goma con las que lo alimentaban, guiñando un ojo de gusto. Las chicas le enseñaron a bordar una hilera de esvásticas, el símbolo de la buena suerte favorito de la emperatriz, en un pañuelo, y en el bordado la mejor era Tatiana.
– Y nos daban lecciones -decía-. El zar nos enseñaba historia y geografía, y nos leía cosas de la guerra en los periódicos, sobre la violencia callejera, sobre Kérenski y el gobierno provisional. Al zar no le gustaba que los soldados que nos custodiaban no se limpiasen las botas.
El zar sabía que toda su familia había abandonado Petrogrado excepto su hermano. Vova le leía las cartas de Sergio antes de meterlas en su maleta, y por la noche Vova las sacaba, leía la parte donde decía: «Tu madre está bien y te manda su amor» y se la metía debajo de la almohada. En Siberia el zar había dicho que cazarían y pescarían, y yo pensé: «En el exilio siberiano del pasado, los zares mandaban a veces, pero en este no», y entonces Vova quiso saber cuándo podría volver a unirse a la familia, porque él y Alexéi habían planeado montar una tienda en su dormitorio y poner una trampa para lobos. De modo que Vova había disfrutado de su cautividad, donde había formado parte de una familia que yo no podía darle, con una madre y un padre, con hermanas y un hermano, y esta había estado unida en todo momento… unida quizás a la fuerza, sí, pero unida.
El sol estaba alto cuando llegamos a la capital, y Vova preguntó por qué no nos íbamos a casa cuando Sergio dio la vuelta al carro en Spasskaya Ulitsa hacia el apartamento de Iósif, nuestro hogar por el momento. Cuando le dije que nuestra casa nos había sido arrebatada y que acababa de recuperarla, pero estaba vacía y sin muebles, Vova no podía entenderlo. Todo lo que yo había sufrido durante aquellos últimos meses era nuevo para él.
– ¿Y nuestra dacha? -me preguntó.
– Los soldados la usan como club, pero nos la devolverán también -le aseguré.
Y Vova dijo:
– ¿Y al zar, le devolverán su casa los soldados también?
Fue Sergio quien contestó:
– Sí, por supuesto. Claro.
– ¿Cuándo? -preguntó Vova-. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que el zar vuelva?
– Unos pocos meses. Cuando las cosas se tranquilicen por aquí.
– Creo que será más tiempo -dijo Vova, después de una pausa-, porque han metido muchas cosas en el equipaje. -Otra pausa-. No voy a volver con ellos, ¿verdad?
Kérenski dijo más tarde que había elegido Tobolsk porque creía que allí el zar estaría a salvo, y sobre todo probablemente porque la elección de Siberia como lugar de exilio satisfaría a los agitadores. ¿Acaso sus camaradas no habían sido enviados allí durante los últimos cien años? Quizás hubiese sido así, pero la Revolución misma todavía no había viajado esas mil quinientas millas hacia el este, hacia la atrasada ciudad de Tobolsk. A la familia imperial la instalaron allí en la antigua residencia del gobernador, una casa sucia, cerrada con tablas, de solo trece habitaciones, que no se podía considerar una mansión. Pintaron y empapelaron las paredes para recibirlos, sacudieron y limpiaron las alfombras, desempolvaron los muebles y los colocaron en las diversas habitaciones, pero aun así, las chicas tenían que compartir una sola habitación para las cuatro, y los lavabos se desbordaban, y pensé en Alix que, por pudor, solía cubrir su inodoro en Tsarskoye con una tela para enmascarar su forma y su función. La gente de la ciudad, tal y como esperaba Kérenski, respetaba al antiguo zar y le enviaron como bienvenida mantequilla, huevos y azúcar, y se llevaban la mano al sombrero con respeto cuando pasaban ante la puerta principal. Y cuando la familia iba caminando desde la mansión a la iglesia, su ruta desde la primera a la última flanqueada por dos filas de guardias revolucionarios, la gente del pueblo se reunía a ver la procesión y caía de rodillas al aparecer el emperador. La estupidez del pueblo por amar a aquel zar ponía furiosos a los guardias, cuyo comandante finalmente decretó que la familia no podía ir andando a la iglesia. Se les diría una misa privada para ellos en la casa.
Aquella noche acosté a mi hijo en la camita de la hija de Iósif, que al ser infantil no bastaba para dar cabida al chico (Celina dormiría con sus padres). Vova entonces me preguntó, finalmente, por el cachorrillo que le había regalado a Sergio en diciembre. Así que su estancia en Tsarskoye Seló no había borrado de su mente por completo nuestra vida juntos… Con cuánta facilidad nos podían haber borrado de su conciencia, deslizándonos entre sus dedos hasta algún oscuro desagüe, con cuánta facilidad podía haber funcionado el plan de Niki.
– El cachorro ya es casi un perro adulto -le dije-, y está en Stavka, es la mascota de allí, según me cuenta Sergio.
Mi hijo sonrió y se cubrió a medias con la manta.
– ¿Cuándo volveremos a casa? -me preguntó. Y yo le contesté:
– Pronto. Sergio está aquí ahora, y lo arreglará todo.
Observé a mi hijo dormido, al que no había visto desde hacía seis meses. La pequeña lamparita rosa de la mesilla de Celina revelaba los pelitos oscuros diseminados en su labio superior y entre sus cejas, que se habían espesado. Tenía la nariz más grande. Llevaba una camiseta fina, sin mangas, que no me resultaba familiar, y en torno al cuello un estrecho cordón de terciopelo; un bultito en el cuello de su camisa ocultaba algo. Saqué el bultito y encontré un relicario casero de papel: una forma ovalada con una fotografía de Rasputín delante y una plegaria escrita a mano detrás. Miré la cara del slaretz Rasputín en la palma de mi mano. Aquella foto había tocado la piel de mi hijo. Los ojos eléctricos, de un gris pálido en la imagen en blanco y negro, me miraban desde el rostro enmarcado por el pelo enmarañado. Di la vuelta al relicario y leí: «Querido mártir, dame la bendición y recuérdanos desde lo alto en tus sagradas preces». Los ejecutores de la familia encontrarían un amuleto como aquel en los cuerpos de cada uno de los niños, cuando los desnudaron en el bosque, a doce millas de Ekaterinburgo, para quemar las ropas y así ocultar su identidad. Comprendí que aquel relicario estaba destinado a proteger a Vova, y que Alix, la discípula más ferviente de Rasputín, probablemente se lo había entregado a él. Eso significaba que temía por Vova, igual que temía por sus propios hijos, y que le amaba igual que los amaba a ellos. ¿Cuándo le colgó aquello al cuello a mi hijo? ¿Cuando estaba enfermo de sarampión? ¿El día que abdicó Niki? ¿O fue la misma noche que Niki volvió a su familia como coronel Románov, cuando una banda de revolucionarios irrumpió en la capillita que Alix había hecho construir en Tsarskoye como tumba de Rasputín, desenterraron el cadáver, lo metieron en una caja de piano y lo llevaron hasta el bosque de Pargolovo, donde empaparon cuerpo y caja con queroseno y le prendieron fuego? Vova me había dicho que aquella noche el viento aullaba y él y Alexéi pensaron que sonaba como la voz de un hombre que gemía, pero hasta el día siguiente no supieron lo que había pasado por su hermana mayor Olga.
No, una foto de Rasputín no bastaba para salvar a los Románov. El humilde nombre de Kschessinski era una protección mucho mejor. Con unas tijeritas de manicura de Sergio corté el cordón que rodeaba el cuello de mi hijo.
Cuando salí al salón donde me esperaba Sergio, le dije:
– Tenemos que abandonar Peter.
Pero hasta principios de septiembre Vova y yo no conseguimos permiso de Kérenski para abandonar la capital, y mientras Sergio acordó que yo fuese a Kislovodsk, a mil seiscientos kilómetros al sur de la capital, donde al menos tendríamos a los Vladimírovich para ayudarnos, ya que él no vendría con nosotros y no pude convencerle de que lo hiciera.
– Algunos adultos tienen que quedarse en la capital -dijo-, mientras los niños intentan gobernar Rusia.
Si la suerte daba un vuelco, tenían que quedar unos pocos Románov para recibirla. Si ocurría tal cosa, Vova y yo podríamos volver. Y si no ocurría, Sergio se uniría a nosotros en el sur y podríamos ir a su propiedad de Crimea o al Cáucaso, en Georgia, a Borjomi.
Dijimos adiós a Sergio el último día de septiembre de 1917 en la estación Nikolaievski, la estación que había recibido su nombre por Nicolás I, el Zar de Hierro, que había creado la policía secreta y gobernado Rusia con puño de hierro durante treinta años. ¿No se habría reído, incrédulo, al vernos huir de una legión de campesinos y obreros? En la estación, los ayudantes estaban junto a las puertas del tren y unos mozos con grandes gorras de piel y botas altas recogían los equipajes, y trabajadores con chaquetas de borreguillo y botas de fieltro se desplazaban junto a las vías, cargando el equipaje o enganchando los vagones. Llovía y estaba oscuro, y Sergio se sentó con nosotros en un sofá en la sala de espera de primera clase, con su grueso capote militar sin charreteras. Supuse que ahora Kérenski estaría usando la sala de espera imperial con su séquito (sala de espera, comedor y dormitorio), donde descansaba o comía o dormía la familia imperial, y donde el emperador Kérenski podría hacer ahora lo mismo. Cuando volvió a Peter de un viaje al frente, oí decir, insistió en que le recibiera en la estación una guardia de honor, como a los zares. Un tren silbó en alguna parte por las vías, y pronto notamos bajo nuestros pies el temblor que significaba que estaba llegando. El jefe de estación permanecía en el andén con unos pocos campesinos con sus gorros picudos y sus largas barbas grasientas. Un chico vendía kvass, una mujer metía un samovar en un vagón. Todo igual que dos o tres años atrás, antes de la guerra, cuando todavía teníamos un zar.
Sonó una campana y Sergio nos escoltó desde la sala de espera y nos ayudó a subir el alto pescante hasta el tren, y luego recorrer el estrecho pasillo hasta nuestro compartimento, donde yo tomé asiento junto a la ventanilla y Vova a mi lado. Sergio fumaba compulsivamente un cigarrillo tras otro, sacando uno de su pitillera antes de haber exhalado del todo el humo del anterior. En el compartimento hacía calor, un calor húmedo, y luego cuando se disipó la bocanada de calor, poco a poco se fue quedando frío hasta que la ráfaga siguiente calentó de nuevo el vagón. Cuando sonó la segunda campana, Sergio tiró su último cigarrillo y se inclinó a besar a Vova, que apretó sus labios contra los de Sergio, y luego Sergio y yo nos besamos en las mejillas. Me avergüenza recordar que yo estaba temblando. Aún teníamos que viajar seis días pasando por Tver, Moscú, Bobriki, construido en el feudo del conde Bobrinsky y pasar por el territorio que Kérenski había considerado demasiado peligroso para que viajase por él el zar -de hecho, nos detendría nada más pasar Moscú una multitud de desertores que declararon que todos éramos «libres», aunque tendríamos que atrincherarnos en nuestro compartimento para protegernos del ejercicio de su libertad-. Luego pasaríamos por Voronezh, Rostov del Don y finalmente, dos mil doscientos kilómetros más tarde, Kislovodsk, al pie de las montañas del Cáucaso.
– Cuando volvamos a vernos, Mala -me dijo Sergio al oído-, nos casaremos.
Y así fue como supe que aquel nuevo mundo, le ocurriera lo que le ocurriese, había cambiado irrevocablemente el antiguo. Seis meses de Revolución me habían concedido lo que mis veinticinco años de discusiones no habían conseguido. Sonó un silbato. Agarré la manga de la chaqueta de lana de Sergio. El tren que estaba en la vía antes que el nuestro empezó a avanzar, sus ruedas y pistones de hierro y engranajes empezaron a girar, y nuestro convoy partiría a continuación. Con la tercera campana, Sergio se fue; una ráfaga de aire frío selló su partida, y entonces Vova señaló con el dedo la figura de Sergio de pie en el andén una vez más para vernos partir. Tenía la cara tan triste que yo pensé para mí que debíamos bajar de aquel tren y esperarle en Petrogrado hasta que el reino fuese restaurado, o hasta que tuviésemos la seguridad de que no quedaba ya nada de los trescientos años de dominio de los Románov sobre las tierras y riquezas de Todas las Rusias. Pero no salimos. Me quedé en mi asiento de muelles, con la mano de mi hijo en mi hombro, mientras él miraba por la ventanilla, a mi lado. Nuestro tren empezó a moverse con muchos golpes y sacudidas y chirridos. Yo me santigüé y luego toqué con los dedos enguantados el cristal para rodear la triste cara de Sergio hasta que se volvió demasiado pequeña para verla, y solo entonces, cuando su rostro se desvaneció de mi alcance, comprendí que le amaba.