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Al sur de Rusia acudieron en masa con nosotros miembros de los Románov, boyardos, familias de banqueros, magnates del petróleo, artistas de teatro… todo Peter parecía haberse vaciado en Kiev, en Ucrania o en Crimea, o allí, en el Cáucaso. Kislovodsk, o Aguas Amargas, era una ciudad balnearia, uno de los tres centros balnearios famosos, Kislovodsk, Yessentuki y Piatigorsk, colocados a lo largo de los ríos Oljovka y Bersvka, conocidos por sus curativas fuentes minerales y sus modernos baños. Kislovodsk se encontraba en un valle al norte de las grandes montañas del Cáucaso, y Georgia, donde Sergio había vivido de niño, se hallaba en el otro lado de aquellas montañas, al sur, más cerca de Turquía y Persia, en la región asiática de Rusia, y allí fue donde llegué a aspirar el perfume de la niñez de Sergio. Aunque los Mijaílovich quizá no fueran armenios, ni persas, ni chechenos, ni abjazos, y aunque quizá no vistiesen chojas, esos sobretodos largos con falda de los georgianos, con una faja para meter las balas, durante veinte años habían inhalado la fragancia amaderada de aquel lugar, y por tanto no eran petersburgueses del todo, algo que ya habían husmeado los Románov. Mejor para ellos.
Andrés vino a recibirnos cuando nuestro tren llegó a Kislovodsk, vestido con un papakhii, que, cuando se quitó, expuso su cráneo medio calvo; nos besamos en las mejillas. Iba bien afeitado, de modo que cuando retrocedí vi perfectamente la débil barbilla que no había visto desde hacía medio año o más aún. No le había echado de menos ni a él ni la barbilla. Nos llevó a comer a un restaurante al aire libre, y recuerdo que nos sentamos a una mesa bajo una pérgola con un emparrado, y las grandes y planas hojas de la parra formaban una maraña de retazos sobre nosotros, y mientras Andrés hablaba, mi hijo y yo nos quedamos silenciosos. Yo veía que Vova, lentamente, vacilante, desdoblaba su servilleta de lino en el regazo… ¿acaso no recordaba cómo se hacía aquel gesto delicado? Andrés colocó su encendedor enjoyado encima de la mesa y nos pidió unos cuantos platos locales: jachapuri (tortas de queso) y shashlik (kebabs de cordero). Mientras comíamos, Andrés iba fumando entre plato y plato, tocaba una pequeña banda y luego, inesperadamente, un niño unos pocos años menor que Vova se levantó de su mesa y empezó a bailar. Reconocí su baile: la lezginka, una danza caucasiana que mi hermano Iósif me había enseñado años antes para una actuación en Krasnoye Seló. ¿Quién habría pensado que vería un ejemplo de aquel baile allí, realizado en su tierra nativa, por un muchacho que no era ninguno de los bailarines del zar? El chico imitaba a un águila, haciendo movimientos de aleteo con los brazos mientras daba pasitos pequeños, ligeros, como de pájaro, y luego caía de rodillas y se levantaba rápidamente de nuevo, como un ave que emprende el vuelo. Al final de su actuación, todos nosotros y los demás comensales brindamos con él con nuestra vodka y coñac, «a tu salud». Pero yo también brindé por el espíritu de aquel lugar, donde la gente no estaba tan rota como para no poder bailar.
Pasamos aquella primera noche en unas habitaciones que nos había encontrado Andrés, y cuando Vova se hubo ido a dormir, Andrés me buscó la mano. Yo la retiré, y Andrés bajó los ojos. Comprendió. Estoy segura, sin embargo, de que creía que era porque no tenía dinero para mantenernos, ya que dependía por entero de su madre, pero no era por eso. ¿Cuándo no había sido dependiente de su madre? Eso yo podía soportarlo, porque, ¿acaso no dependía yo misma de la fortuna de los Románov? No, quizá lo que pasaba es que la oportunista ya no disfrutaba al ver su propio reflejo. Al día siguiente busqué en la bolsa llena de joyas que me había llevado, entre ellas la diadema con zafiros en cabujón que Andrés había hecho fabricar para mí en Fabergé para el ballet La Nuit egyptienne; el brazalete de esmeraldas y diamantes que el zar me había regalado cuando me cortejaba al principio, en 1891; los diamantes amarillos de varios tamaños de los muchos que Sergio puso en un pequeño joyero para mi vigésimo tributo, en 1911; los diamantes del tamaño de nueces del collar del zar, aquel con el que Nicolás había marcado nuestra consumación en 1892. Usé primero la joya que menos me gustaba, el gran cabujón de zafiro del broche de serpiente que me habían regalado el zar y la emperatriz para mi tributo de décimo aniversario, y con él alquilé la villa Beliaievsky, de dos pisos y medio de altura, blanca, con el tejado de tejas verdes, una propiedad que se encontraba en una colina. No era mi mansión en la Perspectiva Kronoverski, pero tenía un pálido encanto, y allí Vova y yo vivimos juntos, porque Andrés, por supuesto, vivía con su madre, que seguía obstinadamente ajena a los grandes cambios sociales que había traído consigo la Revolución. Yo me movía, como de costumbre, fuera de su vista. Incluso en sus estrechas circunstancias, Miechen seguía teniendo poder. Su hijo Borís y su amigo diplomático británico se habían disfrazado de trabajadores y habían hecho dos viajes a Peter para traer a escondidas las joyas y rublos que ella había escondido en la caja fuerte secreta de su dormitorio, en el palacio Vladímir. Los hombres trajeron aquel tesoro en las botas, y parte de él Miechen, de enorme pecho y robusta, lo custodiaba allí en Kislovodsk. El resto lo envió a una caja de seguridad de un banco británico. Una de las tiaras de Miechen la lleva hoy en día la reina inglesa, Isabel II, ¿saben? La compró barata la consorte de Jorge V, la reina María, en la gran liquidación de joyas Románov en la década de 1920. Pero cuando Sergio le pidió al embajador británico, George Buchanan, que le ayudara a hacer lo mismo con las joyas que yo me había dejado, este se negó de plano. Quizás estuviese entre los diplomáticos que contemplaron con incredulidad los camiones de carbón que descargaron su alijo en mi casa y no en la suya, aquel día tan frío, hacía diez meses, en Peter. ¡Ojalá Sergio no hubiese mencionado mi nombre!
Sergio me enviaba cartas cada día, aunque llegaban irregularmente, a veces en paquetes de tres en tres, con relatos de sus aventuras en Petersburgo. Había apilado los restos de mis muebles en Meltzer (como si esa tienda fuese una especie de fortaleza inexpugnable). Kérenski había arrestado recientemente a su nuevo comandante en jefe del ejército, el general Kornilov, sospechando que era un contrarrevolucionario. La infantería había empezado a matar a sus oficiales, de los cuales sospechaban lo mismo. Muchos soldados desertaban para ayudar en la cosecha, y con las armas que se habían llevado ahora estaban ayudando a los campesinos no solo a recolectar, sino también a apoderarse de la tierra y matar a los propietarios. Los bolcheviques habían conseguido no se sabe cómo aumentar su cuota de representación en las elecciones de la Duma en la ciudad. El pulcro Trotski había sido liberado de la cárcel. Y debido al continuo caos gubernamental, la broma típica en las calles era: «¿Qué diferencia hay entre la Rusia de hoy y la de final del año pasado?». Y la respuesta era: «Entonces teníamos a Alexandra Feodorovna y ahora tenemos a Alexánder Feodórovich… Kérenski». Ya les he dicho que a los rusos les encantan los juegos de palabras. Sergio no creía que Kérenski pudiese durar mucho más: la gente decía que era judío, o que iba vestido con ropas de mujer, o que era adicto a la morfina y la cocaína. Aunque a nadie le gustaba, nadie estaba preparado tampoco para librarse de él: el sentimiento era que si los bolcheviques se hacían con el poder, pronto arruinarían al país entero, y la gente suplicaría el regreso del zar, o si no, al menos los alemanes quizás invadiesen Peter y trajesen el orden con sus tanques y sus metralletas. Yo pensé: «¿Cuánto tiempo han estado los burzhooi suspirando por esto?» ¡Llevaban esperando que un zepelín hiciese trizas Petersburgo desde aquella canción de 1916!
Después de leer aquellas cartas, quité los diamantes de un broche que me había regalado en 1896 el padre de Sergio y los grandes duques Vladímir, Alexéi y Pablo Alexándrovich, y los usé para pagar las clases de Vova en la escuela local. ¿Acaso existía alguna probabilidad de que volviésemos a Peter al cabo de poco tiempo? Pero Vova no dedicaba grandes esfuerzos al estudio, ya que estaba seguro por todas las fantasías que oía en nuestros tés y reuniones para jugar a las cartas y cenas («¿te acuerdas?», y «¿cuándo volverán a ser las cosas igual que antes?») de que volveríamos a Peter y a sus estudios de verdad con sus antiguos tutores por Pascua, y aunque no lo decía, quizás esperase también volver al seno de la familia imperial. Hablaba de ellos a veces, con añoranza, de cómo, mientras trabajaban en el huerto, se arrojaban alegremente unos a otros terrones de tierra, y Anastasia escribió la palabra «cariño» en su frente con un dedo fangoso, o de las adivinanzas que inventaron una tarde, y las escribieron en tiras de papel y se las pasaron unos a otros para resolverlas. Sí, Vova se saltaba las clases, pasaba las tardes correteando como un salvaje por las calles empinadas con algunos compañeros de estudios tan indisciplinados como él, y cuando finalmente venía a cenar, se negaba a hacer los deberes… aunque ni siquiera había traído a casa los libros. Le molestaba la aparición habitual de Andrés, cada tarde, a la hora de tomar el té; Andrés, a quien su madre daba licencia durante unas horas. «¿Y este quién es? -decía Vova-. No es mi padre», y por tanto no escuchaba sus reprimendas, ni se sentaba con nosotros, sino que se inclinaba sobre su plato para comerse el bizcocho. O peor aún, se llevaba el plato a la cocina, prefiriendo la compañía de mi cocinera, gordita y pelirroja, y se sentaba a la mesa con ella, con las largas piernas metidas debajo, la guerrera rota y el pelo alborotado por sus aventuras por la avenida Vokzálnaia. Por la noche venía a mi habitación a leer las cartas de Sergio y solo entonces me preguntaba por las noticias del zar y de Alexéi que yo había recogido al tomar el té con Andrés, que las había oído de tercera mano por las cartas del zar a sus hermanas o a su madre, que luego se las contaban a los amigos y estos a otros amigos hasta que las noticias llegaban a Miechen. Andrés solo sabía, le dije a Vova, que la familia estaba en Tobolsk, a varios cientos de kilómetros al este de los Urales, que los niños habían construido una montaña de nieve en el jardín, que la familia cortaba leña para hacer ejercicio por el día y por la noche bordaban, o leían en voz alta, o jugaban al pinacle… Todo era igual que había sido en Tsarskoye, aunque mucho más al este. Vova escuchaba todo esto con seriedad y decía:
– Si estuviera allí tendría algo que hacer, aquí no tengo nada.
Y luego se ponía de pie, con su larga silueta como un reproche. Sé que ese día les llega a todas las madres, el día en que su hijo se aparta del círculo de sus brazos, pero el hecho de que lo supiera no hacía menos dolorosas sus acciones. Me consolé con la idea de que cuando volviésemos a Peter o Sergio se reuniera con nosotros aquí, entonces todo sería de verdad igual que «antes». En cada carta a Sergio le rogaba que se uniera a nosotros, pero él parecía decidido a esperar hasta la asamblea del gobierno provisional a finales de octubre, donde se decidiría cómo se gobernaría Rusia y en la cual él y su hermano Nicolás esperaban tener algo que decir.
Entonces oímos que antes incluso de que el Congreso de los Soviets de Todas las Rusias pudiera reunirse al fin, después de todas sus deliberaciones, para proponer un gobierno en el cual tuvieran representación todos los partidos políticos, los bolcheviques decidieron actuar. Lenin, que se había sentado en el pupitre de mi hijo y a quien Sergio había despreciado con tanta facilidad arrugando un papel, había vuelto a Rusia para escenificar otro golpe de Estado, aunque este muy desorganizado y disperso, cierto, nada como la gran erupción espontánea de julio. Pero no hacía falta. Porque Kérenski, creyendo que el partido bolchevique era tan pequeño que el nombre mismo de este, los Mayoritarios, no era más que una fanfarronada vacía, no se había molestado siquiera en hacer salir de sus escondites o arrestar a los que quedaban de la guerra, sino que planeaba por el contrario sacar por la fuerza a la indisciplinada infantería campesina que los bolcheviques habían radicalizado de sus barracones de Petersburgo y llevarlos hasta el frente norte para que lucharan contra los alemanes. Pero los regimientos se negaron porque los bolcheviques les aseguraron que Kérenski estaba librando de ellos a la capital para poder clausurar la Revolución. Sí, Lenin era muy astuto y Kérenski, sin el ejército, estaba impotente, a pesar de lo absurdo que era aquel golpe de Estado. Los viejos cañones oxidados que los bolcheviques intentaron disparar desde Pedro y Pablo no detonaron, ya que el régimen inepto no los había cuidado bien, y desde el crucero Aurora los proyectiles cayeron muy cerca, hundiéndose ridículamente en el Neva. Fue un levantamiento tan patéticamente pequeño que la representación de Borís Godunov siguió desgranando sus escenas en el Mariinski, y Chaliapin continuó cantando cada compás de sus arias de Don Cario en el Narodny Dom, y el público de ambos teatros permaneció felizmente ignorante de la contrarrevolución; las calles estaban tan tranquilas, hasta en el distrito de Víborg, habitualmente alterado, que solo se arrestó a dos borrachos por allí. Sergio decía que él ni siquiera se enteró de que el gobierno provisional había sido derrocado hasta el día siguiente, cuando lo anunciaron los periódicos, declarando a los bolcheviques «Califas por una hora». Los soldados bolcheviques y los trabajadores armados habían entrado en el Palacio de Invierno por la bodega del ala este y habían ido recorriendo el laberinto de puertas, vestíbulos y corredores del propio palacio. A pesar de los tres mil soldados que Kérenski destinó allí, durmiendo por la noche en colchones en las grandes salas para evitarlo, hicieron salir a los ministros del gobierno provisional hacia la fortaleza de Pedro y Pablo. Kérenski salió corriendo, tal y como yo había previsto; huyó en coche para convocar a sus tropas lealistas en el Frente Norte y no volvió nunca. Acabó, creo, en Finlandia, y desde allí se fue, como otros muchos de nosotros, a París y luego a América. Allí escribió y reescribió su historia. Sus ministros habían sido arrestados tan repentinamente que se quedaron con las plumas todavía calientes descansando en los documentos donde habían apuntado planes y proclamas contra los bolcheviques y la agitación que estaban creando: «El gobierno provisional apela a todas las clases para que apoyen al gobierno provisional». Y los bolcheviques, en un frenesí de actividad, corrieron por ahí llenándose los bolsillos y escondiendo en sus abrigos frascos de tinta, relojes, espadas, colchas con el monograma imperial, estatuillas, cuero cortado de las sillas, incluso jabones, y otros gritaban: «¡No, camaradas, esto es para el pueblo!». Cuando los soldados descubrieron la enorme y oscura bodega del palacio siguió una orgía de bebida de tres semanas, y el vino y el vodka corrieron por las alcantarillas, donde la gente se agachaba a beberlo, y las mujeres llevaban bolsas y cajas para recogerlo y llevárselo a casa, y toda la noche los borrachos cantaban canciones folclóricas rusas, «bajo el pino, bajo el pino verde, me echaré a dormir», y no importaba cuántos guardias enviasen los bolcheviques para evitar que la gente siguiera bebiendo, porque se unían también a la orgía, que no acabó hasta que finalmente se agotaron los suministros y los hombres quedaron inconscientes en las calles, las botellas rotas reluciendo en el pavimento y la nieve blanca teñida de morado. Yo le escribí a Sergio: «Vete, vete de Peter».
Oímos que los bolcheviques abrieron todas las cámaras acorazadas de los bancos y obligaron a punta de pistola a los empleados reacios a entregarles todos los kopeks, los lingotes de plata y las joyas para financiar su nuevo gobierno. De modo que adiós a mis cajas de seguridad llenas de plata en el Banco de Azov y Don, y todos los recibos de esos bienes que me había cosido en el interior de las faldas. El nuevo lema de los bolcheviques era «saquear a los saqueadores», y animaban al pueblo a ir de casa en casa, de almacén en almacén, y coger todo lo que los «parásitos» ricos habían almacenado. Los trabajadores se llevaron alfombras, muebles, porcelana, pinturas, y de las iglesias la plata y el vino, y comités de edificios compuestos por antiguos siervos echaban a los ricos de las habitaciones de sus propias casas y los enviaban a las antiguas habitaciones de sus criados, y yo pensaba: «Con qué rapidez y placer mi antigua ama de llaves me habría echado de mi dormitorio, mi salón y mi gran vestíbulo, relegándome a su estrecha cama junto al vestidor». Más amenazador era lo que oímos decir: se había ordenado a todos los Románov que se registraran con la policía secreta bolchevique, la Checa, una nueva fuerza de seguridad cuyo nombre procedía de Comisión Extraordinaria de Todas las Rusias para Combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje, y esa Checa entonces empezó a perseguir y a encarcelar incluso a sus antiguos camaradas revolucionarios de los otros partidos políticos (los «cerdos» y «putas», supongo, contra los cuales tanto protestaba Lenin en los cuadernos escolares de mi hijo). A los Románov registrados se les prohibía abandonar Petrogrado, cosa que significaba que ahora Sergio estaba atrapado allí, y los palacios vacíos de los Románov habían sido requisados y convertidos en orfanatos, hospitales y escuelas. Mi casa, que ya no era el cuartel general del comité central bolchevique, se convirtió en clínica, y luego en hogar para niños retrasados, y después, en la sede del club de la Sociedad de Antiguos Bolcheviques… si es que vivían hasta entonces.
Peor aún, Rusia no tenía ya ejército, por así decir, que pudiera combatir al del káiser, pues mientras tanto seguía la guerra. Tantos hombres habían desertado y tantos oficiales habían sido asesinados por los suyos que cuando los alemanes avanzaron hacia Petrogrado, rápidamente tomaron una ciudad tras otra con risible facilidad, enviando unas pocas tropas con ametralladoras por tren o automóvil para que eliminaran a nuestros soldados a lo largo del camino. Cuando llegaron a Petrogrado planeaban hacer lo mismo allí. Lenin, lleno de pánico, trasladó la capital a Moscú, y para detener el avance firmó un tratado de paz que entregaba a los alemanes Ucrania, Finlandia, Estonia, Lituania y Polonia… Donde estaban enterrados mis padres, ¡ahora suelo alemán! El príncipe Lvov, el noble que había encabezado el antiguo gobierno provisional, justo después de la Revolución de Febrero, se quedó tan conmocionado cuando oyó la noticia de aquel tratado de Brest-Litovsk que se metió en la cama y amenazó con cortarse la garganta. Leímos que un general se había suicidado de un tiro. Pero el tratado no se respetó, porque Estados Unidos entró en la guerra y, con su ayuda, los aliados derrotaron a Alemania al cabo de seis meses. Nuestros pobres aliados intentaron luchar en un país que ya estaba combatiendo contra sí mismo. La América democrática se sintió muy feliz al ver depuesto a un emperador. No sé si he mencionado ya que me invitaron a bailar en Estados Unidos en 1903 por doscientos mil francos, solo por cinco representaciones en Nueva York, pero que rechacé la oferta, porque ¿quién sabe en América algo de ballet, o de reyes, o emperadores, o zares? Gran Bretaña sí, y por tanto, aunque de mala gana, apoyó al antiguo régimen, temerosa de que la enfermedad de la Revolución fuese contagiosa. Pero este tratado, aunque duró poco, condenó a la familia imperial, porque en cuanto Rusia lo firmó, Lenin volvió su atención aquel verano al problema de qué hacer con todas aquellas docenas de Románov.
Oímos decir que cuatro de ellos (los hermanos de Sergio, los grandes duques Nicolás y Jorge entre ellos) fueron llevados a la prisión de Shpaterraia en Peter, y que el hermano de Niki, Miguel, fue enviado por el contrario mil seiscientos kilómetros al este, a Perm. Entonces Niki y su familia fueron desplazados también al sudoeste, desde el tranquilo Tobolsk a la arenosa ciudad industrial de Ekaterinburgo, junto a los Urales, y allí los metieron en casa de un comerciante llamado Ipátiev, al cual dieron veinticuatro horas para hacer el equipaje y marcharse, tras lo cual su casa fue rebautizada ominosamente como la Casa del Propósito Especial. A la mitad del séquito de Niki, que había podido visitarle diariamente en Tobolsk, lo metieron ahora en la prisión en Ekaterinburgo, y la otra mitad fue expulsado de la ciudad. Supimos por el tutor francés de los niños, Pierre Gilliard, antes de que se fuera, que la familia estaba confinada en dos dormitorios, y que Alexéi había tenido otra hemorragia por bajar con una bandeja de té como si fuera un trineo por unas escaleras, y que habían cambiado a los guardias de Tobolsk y que los nuevos guardias eran hostiles y deliberada y provocativamente crueles, y que ahora la barba de Niki estaba gris, y que la familia estaba completamente sola. Al saber esto yo me desesperaba. Al final llegaron noticias de Sergio. El también se había ido al este, primero a Viatka y luego por encima de las montañas Urales a Ekaterinburgo, cerca de Niki, aunque ninguno de ellos sabía que el otro estaba tan cerca, y entonces Sergio fue enviado un poco más al norte, a Alapaievsk, a unos pocos cientos de millas de Miguel, en Perm. Sergio estaba prisionero en una antigua escuela junto con la hermana de Alix y tres hijos del gran duque Constantino. Y yo pensé: «¿Por qué han concentrado a todos los hombres Románov en los Urales?». Sabía perfectamente la respuesta: la zona era militantemente bolchevique, radicalmente antizarista, los mineros y trabajadores llevaban tanto tiempo esclavizados bajo tierra que habían hecho erupción, como los hornos al rojo vivo. Recibimos una carta de Sergio en la que intentaba tranquilizarme. A él y a otros se les permitía cuidar un huerto y podían hacer ejercicio en la ciudad, él y los príncipes Konstantín estaban enseñando a los niños del colegio a jugar al fútbol, un deporte nuevo en Rusia, y seguramente se lo enseñaría también a Vova cuando volviera a verle. Los días lluviosos, decía, se leían en voz alta unos a otros Guerra y paz.
Yo le escribía cada día, pero aquella primera fue la única carta que recibí de él hasta que, meses más tarde, al fin, en junio, llegó un telegrama deseándole a Vova Pazdravliajv s dnyom rozhdieniya, feliz cumpleaños. Y luego un gran silencio. Yo rumiaba todo aquello encerrada en mi cálido dormitorio, porque la temperatura era mucho más cálida allí que en Peter en julio, y enviaba mis pensamientos a Sergio: «Sal de esa escuela. Súbete a un pupitre, salta por una ventana y vente conmigo». Vova me animaba y me decía:
– Mira, están todos juntos allí.
Pero yo no podía contestarle: «No es nada bueno que estén todos juntos en Siberia». Él quería que yo viajase allí. La mujer de uno de los príncipes había seguido a ese grupo de Románov a Alapaievsk voluntariamente, igual que habían hecho las mujeres y familias de los revolucionarios exiliados a Siberia durante los últimos cien años, pero esta era una Siberia diferente, no la de los zares, relativamente poco vigilada, y al cabo de unos pocos meses ella también fue arrestada y la metieron en una prisión en Perm.
La capital que habíamos abandonado, con la salida de Lenin y los restos de la aristocracia, se había convertido en una ciudad fantasma, con hombres y mujeres fantasmas flotando lentamente por las calles desiertas, buscando comida o combustible. Oímos que a los dos mil preciosos caballos de la ciudad ya no los alimentaba nadie y morían, a menudo en las calles, donde los perros se los comían si no iban primero las personas con sus cuchillos. Los árboles desaparecieron. Luego las casas, tres mil casas de madera, tarimas, paneles de las paredes, puertas, marcos de ventanas, cualquier cosa que se pudiese quemar. Oímos que la gente quemaba sus propios muebles, sus libros, y que se iluminaban, ya que solo había luz eléctrica unas pocas horas cada noche, con una botella de grasa con una mecha, cuyo humo apestoso ennegrecía las paredes. Oímos decir que la gente apilaba su basura en las esquinas de las calles, y las ratas corrían por encima. Oímos que los «antiguos» que no habían sido asesinados y que tenían algo lo vendían por las calles o se subían a los trenes para irse al campo, donde cambiaban sus zapatos y ropas por sacos de comida… y aquellos antiguos adquirieron así un nuevo nombre: «los del saco». Y yo pensaba: «¿Por qué no nací en 1772 en lugar de 1872?». Porque entonces podría haber vivido toda mi vida pacíficamente en el Peter de los zares…
Mientras tanto, Miechen esperaba en el Cáucaso y la emperatriz viuda esperaba en Crimea. Las dos mujeres, que en tiempos habían vivido en palacios rivales y habían mantenido cortes rivales, ahora se preparaban para el combate cada una en su esquina del cuadrilátero, con el mar Negro en medio. Porque allí en el sur, en otoño de 1917, más o menos por la época en que yo llegué, estaba cuajando una incipiente resistencia. Dos antiguos comandantes del ejército ruso, los generales Alexéiev y Kornilov, habían establecido sus cuarteles generales en Novocherkassk, justo al norte de donde estábamos nosotros, en el territorio cosaco del Don; solo algunos de ellos eran zaristas lealistas, pero todos odiaban a los bolcheviques. A estos hombres poco a poco se les fueron uniendo hijos de terratenientes y estudiantes que habían sido oficiales de rango inferior en el ejército, y que odiaban ese nuevo régimen y a la gente corriente que les había expropiado sus casas y quemado sus alfombras orientales y los libros encuadernados en piel y las bibliotecas, y que con sus hachas habían reducido a astillas sus sillas y consolas. Esos jóvenes oficiales querían derrotar a los campesinos y enviarlos de vuelta a las chozas a las que pertenecían. Hasta odiaban la visión de las grotescas y bastas caras de los campesinos, su pelo grasiento, cuando se sentaban junto a ellos en el compartimento de cuarta clase en el tren que iba a Novocherkassk. Y siguió más gente del viejo régimen, incluidos los antiguos políticos de la Duma que odiaban a Lenin. Hasta la poeta Tsvetaeva y su marido fueron al sur; él se unió a los Voluntarios, como se llamaba al principio ese nuevo grupo, y ella escribió versos sobre todos ellos, la Guardia Blanca: «Uñas negras / en las costillas del Anticristo». En Novocherkassk, los hombres se ponían sus antiguos uniformes zaristas o ropa formal de día para distinguirse de la chusma revolucionaria, y a medida que ese ejército iba creciendo en tamaño y ambiciones, lo mismo hacían las ambiciones de Miechen y de la emperatriz viuda. Después de que los Voluntarios consiguieran una victoria importante en Rostov, justo al norte de nosotros, Andrés anunció que viajaría a Novocherkassk para unirse a las filas de lo que se había rebautizado, de una forma un tanto grandilocuente, como Ejército Blanco, pero Miechen se lo prohibió… de modo que Andrés cambió sus planes y Vova se rio mucho al oír aquella noticia, diciendo:
– ¡Tu pretendiente es una devushka de cuarenta años, una niña!
Ese Ejército Blanco quizás estuviese formado de voluntarios, pero estos, generales bien enseñados y bien entrenados y Atamánes y oficiales cosacos, no solo ganaron su primera batalla en Rostov, sino otra más en la cercana Ekaterinodar, y luego se unieron a ellos en Siberia en la primavera de 1918 los checos y los aliados. Envalentonados, los Blancos se desplazaron hacia el sur desde el Cáucaso, a Ucrania, donde reclamaron Odesa, Kiev y Orel, y luego iniciaron su marcha más al norte, a Tula, con su gran arsenal, y desde allí no estaba lejos de Moscú, donde los bolcheviques, llenos de pánico, se dispusieron a evacuarlo otra vez, esta hasta su fortaleza en los Urales. Me hubiese gustado ver a Lenin salir corriendo mientras los trabajadores y campesinos rompían sus tarjetas del Partido e intentaban congraciarse rápidamente con los burzhooi de Moscú antes de la inundación de los Blancos. Oímos decir que estos estaban preparando simultáneamente una carga hacia Petrogrado y que habían rodeado Ekaterinburgo, en el este, y después oímos por la radio que la familia imperial había sido rescatada por el Ejército Blanco; le dije a Vova que también salvarían a Sergio. Luego nos llegaron rumores de que el hermano del zar, Miguel, había sido fusilado, y Sergio liberado por cosacos lealistas y transportado a otro lugar, que dos de sus hermanos fueron ejecutados en el patio de la prisión de Shpaterraia, que el zarevich Alexéi había muerto, que la familia imperial había sido masacrada, que el zar se escondía en el Vaticano con el papa, que habían visto al zar en las calles de Londres, con el pelo completamente blanco, que la familia imperial estaba en un barco que recorría sin cesar el mar Blanco, sin tocar nunca la costa…
Si Niki estaba vivo, si Alexéi o incluso el gran duque Miguel estaban vivos, entonces la emperatriz viuda había ganado. Si no era así, entonces sería una victoria para Miechen, porque la corona pasaría a Kyril, si su matrimonio con una divorciada y la tardía conversión de su madre a la ortodoxia no le descalificaban. En esos tiempos tan especiales, quizás una nimiedad como el útero luterano de Miechen no importase ya. Y por tanto, esas dos mujeres testarudas se negaban a abandonar Rusia hasta que se supiera lo que no se sabía. Los hijos e hijas de Minnie y Miechen, sin embargo, ya habían esperado demasiado. La hija de la emperatriz viuda, Olga, viajó por tren, coche y a pie al puerto del mar Negro de Novorossisk. El hermano de Sergio, Sandro, cogió a su hijo mayor y se dirigió a Inglaterra. Borís, como después de todo no iba a ser zar, abandonó Rusia y se fue a París. Kyril se fue de Finlandia al hogar de su esposa en Coburgo, nada menos. Pero Andrés, incapaz de abandonar a su madre, ya fuese por deber o por apego (yo sospechaba más bien que era esto último) se quedó, y yo me quedé también, porque sabía que en Kislovodsk era donde podía encontrarme Sergio.
Luego, en abril de 1919, ante la preocupación del rey Jorge por la guerra civil que iba en aumento, la emperatriz viuda y el resto de la familia Nikoláievich abandonaron sus platos de jamón en lonchas sonrosadas, la crema espesa y los bollitos calientes con miel y dejaron Crimea en dos buques de guerra británicos, el Marlborough y el Lord Nelson, y entonces Miechen, Andrés, Vova y yo nos quedamos solos en el culo de Rusia, en nuestras dos villas alquiladas, Andrés corriendo arriba y abajo por las calles entre ellas con las noticias. Si un flanco del Ejército Blanco tomaba Petrogrado por el norte y otro empujaba hacia arriba desde el Cáucaso, a través de Ucrania, y un tercer flanco acudía al oeste desde Siberia, decía Andrés, entonces los Rojos quedarían rodeados y serían aplastados, y Peter se volvería a abrir a los Vladimírovich como el huevo de la coronación de Fabergé, y Miechen cogería la diligencia de oro que había en el huevo y pondría a Kyril dentro. Pero eso no ocurriría. Por el contrario, los desertores del Ejército Rojo volvían a sus regimientos cuando los Blancos se desplazaban por el campo, porque los campesinos sospechaban, correctamente, que una victoria de los Blancos significaría la pérdida de todas sus tierras y su devolución a los antiguos propietarios. Y en Tula, Lenin requisó a toda prisa a los trabajadores de las fábricas para cavar trincheras y erigir barricadas y armarse para proteger el arsenal de los Blancos, que querían coger las municiones, armas y cañones y dirigirse con ellos a Moscú. Y cuando Petrogrado se vio amenazado, el Ejército Rojo volvió a crecerse para defenderlo, porque Petrogrado era la sede de su Revolución y un símbolo de ella. Y mientras tanto Miechen iba y venía, echando a sus spaniels y sus bulldogs de su regazo mientras reflexionaba sobre su imperio. Pero ya no había imperio. Los Blancos se vieron al final superados en número y derrotados en los tres campos de batalla, y a finales de 1919, el Ejército Blanco y los cosacos empezaron su larga y fea retirada, huyendo de Moscú a través de toda Ucrania, y luego bajando a los puertos del mar Negro, bebiendo, saqueando y matando por todo el camino a quienquiera que culpaban de la destrucción del imperio, en un frenesí de derrotismo. Y la gente cerraba las tiendas y los cafés y los pacientes se levantaban de los lechos de los hospitales y todos seguían al ejército, sabiendo que cualquiera que hubiese sido simpatizante de los Blancos sería ejecutado por los bolcheviques cuando estos volviesen a recuperar sus ciudades.
Nosotros también tuvimos que huir de Kislovodsk y dirigirnos a Novorossiéssk en enero por tren, con el vagón personal de Miechen enganchado al final, y Andrés viajó con ella mientras Vova y yo nos sentábamos encima de nuestras maletas en un vagón de tercera. Dejé una nota para Sergio en la oficina de correos, comunicándole que nos dirigíamos hacia el puerto del mar Negro. El viaje de casi quinientos kilómetros, a causa de las paradas y retrasos y registros, costó dos arduas semanas, y a cada pequeña parada a lo largo del camino, en ventanillas y puertas aparecían los rostros y manos de la gente, envueltos en trapos y agarrándose a cualquier tubería o barandilla o incluso a los lados de los vagones, aun después de que el tren empezara de nuevo a moverse. Y mi hijo, al ver esto, se apretaba a mi lado, tras haber perdido su hosca bravuconería del año anterior después de las diez primeras verstas. Cuando llegamos finalmente al puerto encontramos a mucha gente que ya se había establecido en los muelles o en el embarcadero o incluso en los almacenes, apretujados entre las grandes grúas y cabrestantes que se inclinaban en ángulos de metal contra el cielo. Antiguos generales zaristas, antiguos condes, antiguos príncipes, antiguos grandes duques, se habían ido desplazando con los cosacos y Blancos que se retiraban hacia aquel puerto, donde ahora se amontonaban en consulados o habitaciones de hotel. En el precario muelle convergían cien mil funcionarios, hombres del ejército, cosacos, ministros del gobierno, miembros de la antigua corte y gente corriente.
Quiso la ironía que la hermana de Niki, Olga, también esperase allí con nosotros a su evacuación en cualquier buque que llegase a aquel puerto tan popular. Pero cuando Andrés la llamó, resultó que ella no tenía más noticias de Niki y Sergio que yo misma.
Por todas partes se veían tiendas con ristras de ajos colgadas del toldo delantero, un antiguo amuleto ruso contra las epidemias, y esta en concreto era el tifus, la misma enfermedad que casi mató a Niki tanto tiempo atrás, allá en Crimea. Cuando la farmacia se quedó sin medicamentos, empezó a vender medallas ortodoxas a los más desesperados, normalmente padres con hijos pequeños. El resto llevábamos ajos colgados y conteníamos el aliento cuando los trenes ambulancia traían a los enfermos y muertos a la estación, donde nosotros, por falta de otro sitio adonde ir, seguíamos en nuestros vagones de ferrocarril, en las vías. El inspector general, a instancias de Andrés, me encontró un vagón-salón, con dos camas y un aseo, para que nos estableciéramos en él. A los vivos les preguntaba si tenían noticias de Sergio Mijaílovich. A los muertos no podía preguntarles nada, pero los miraba a la cara para ver si estaba entre ellos. Desde la ventanilla de mi compartimento, cada día, veía los cadáveres de las víctimas del tifus que sacaban de los trenes que llegaban, los echaban sin ceremonia alguna en unos carros y los llevaban hasta el cementerio. Yo los perseguía como un demonio necrófago, tapándome la nariz con el brazo, para echarles una ojeada. Nos atábamos los puños de las mangas bien apretados para evitar que subieran los piojos, nos poníamos un pañuelo delante de la boca y esperábamos a que un barco nos llevase a través del mar Negro. Pero todos los barcos tenían un problema u otro. Uno era demasiado pequeño para coger más pasajeros; otro atravesaba el mar Negro solo hasta Turquía, que los soviéticos ya habían declarado República Soviética del Turquestán y que estaba envuelta en diversos levantamientos tribales. En otro barco los viajeros ya tenían el tifus, y en otro pedían más de lo que podíamos pagar. Estábamos atrapados en el apartadero, que poco a poco, con la lluvia, se convirtió en un cenagal inmenso. Parecía que el viento venía húmedo de hielo y, como la figura pintada en un escenario del Mariinski, se llenaba las mejillas con el aire frío y lo exhalaba a través de las vías, y nosotros teníamos que recurrir a serrar postes de telégrafo para quemarlos como combustible. Cada helada tarde Andrés venía del compartimento de primera clase de su madre a mi diminuto vagón de tercera para tomar el té y algún chocolate caliente de vez en cuando con Vova y conmigo, sentados allí silenciosos, enfurruñados, hasta que, lo juro, parecía adoptar la cara de un mujik haciendo muecas a un burzhooi. Y nosotros parecíamos campesinos, porque por aquel entonces a mí solo me quedaban dos vestidos y a mi hijo un solo traje y un abrigo. Por las mañanas, con una luz lóbrega, yo salía al hielo, haciendo crujir las delgadas láminas que se habían formado sobre el barro con mis tacones, y por los oscuros rincones de la estación salían los perros callejeros que venían a buscar los restos de nuestra cena de la noche anterior. Cómo corrían cuando yo los llamaba, delgaduchos, con las costillas visibles bajo el pelaje, con manchas de sarna cubriéndoles las patas, los lomos e incluso la cara. Sí, nosotros estábamos tan andrajosos como aquellos perros, y yo me compadecía de ellos, ya que no podía permitirme compadecerme de nosotros.
En febrero, a través de antiguos amigos de tiempos mejores en el consulado británico, Miechen encontró plaza para ella y Andrés para salir de aquel tumulto en un lujoso transatlántico italiano, el Semiramisa, con destino a Venecia; Andrés vino chapoteando por el barro hasta mi vagón para decirme que se iban aquella misma noche, que no podía permitir que su madre se fuera sola, pero que ella no había conseguido pasajes para mí ni para Vova. ¿Y qué podía hacer él? Era mentira, claro está, pero estoy segura de que Andrés creía que era verdad. Nos tendió un paquetito pequeño de galletas de la cantina británica y se quedó allí sentado, violento, en el asiento frente al mío con sus muelles, con una pierna cruzada encima de la otra, mostrándonos sus manos vacías. Yo fruncí el ceño. Por supuesto, ella no había querido conseguirnos un pasaje… ¿Qué mejor forma de librar de mí a Andrés que permitir que la pesadilla que era Rusia nos engullese por entero? Vova abrió el envoltorio de papel y se puso a comer sin ofrecer siquiera una galleta a Andrés, y yo no corregí sus modales. Una vez Miechen y Andrés hubiesen dejado el Cáucaso, Vova y yo nos diluiríamos en aquella masa de refugiados, y perderíamos todos nuestros privilegios. No teníamos conexiones en el consulado británico, y ¿quién entre la aristocracia enferma y desesperada recordaba o le importaba que yo en tiempos fui prima ballerina assoluta de los escenarios imperiales? No, mi poder, lo que quedaba de él, se extendía solo a los Románov con los que me había acostado, dos de ellos o bien en prisión o muertos, y el tercero a punto de embarcar y perderse de vista. Y aunque yo fantaseaba con la idea de que Sergio escapase de Alapaievsk, ¿y si nunca llegaba a este muelle, y Vova y yo estábamos todavía allí esperándole cuando llegase la caballería bolchevique por encima de las colinas, rodeara aquella pequeña ciudad y empezara a encarcelar, ejecutar o dejar morir de hambre a cualquier «antiguo» que pudieran recoger con sus gorras rojas? Podían meterme en una jaula, encima de un carro, y llevarme de pueblo en pueblo para que bailase como un mono con una cadena, la antigua bailarina del zar, y a mi hijo se lo llevarían a los bosques y lo fusilarían de inmediato. No, aunque me gustaría decir que esperé fielmente a Sergio hasta una muerte segura, hasta que los bolcheviques a caballo se abriesen paso por aquellas colinas, la verdad es que no lo hice. No, yo era más como los Messieurs Sabin y Grabbe y Leuchtenberg, miembros del séquito imperial de Nicolás II que se escabulleron cuando el tren del zar procedente de Pskov llegó a la estación de Tsarskoye en 1917 después de su abdicación, o más bien como el doctor Ostrogorsky, que, después de años de tratar a los niños imperiales -incluso había recorrido todo el camino hasta Spala para tratar la gran hemorragia del zarevich-, le dijo a la emperatriz que las carreteras a palacio tenían demasiada nieve y barro para viajar, ahora que la familia se encontraba bajo arresto domiciliario. No, yo no podía esperar a Sergio en Novorossiisk. Vova y yo debíamos conseguir pasajes para salir de allí.
Y así, mientras Andrés se quedaba con mi hijo, comiendo galletas, yo fui trabajosamente por el camino enfangado y helado hasta el maltratado vagón de Miechen, subí los escalones y llamé a la puerta. Un miembro de su personal me hizo entrar su salón, cubierto de colgaduras que parecían un poco estropeadas ya, igual que la alfombra, las paredes forradas de seda y la tapicería de las sillas. Qué difícil era mantener las apariencias incluso para Miechen… difícil para ella; imposible para mí. Pero aun así ella seguía teniendo su corte allí, su samovar de latón humeante en medio de la mugre. Estaba sentada en el sillón más grande de la pequeña habitación, con tres perros en su amplio regazo, vestida con un shuba o abrigo de piel negro y pesado y un largo pañuelo gris enrollado varias veces en torno al cuello. Su rostro era como un champiñón pesado e hinchado, su mandíbula tan basta como la de un hombre, la nariz ancha, y colgando de sus orejas, incongruentes, como para recordar cuál fue su sexo original, llevaba un par de pendientes de perlas. No sonrió para saludarme ni tampoco esperaba que lo hiciera. Odiaba a las mujeres de todos sus hijos, y nosotras lo sabíamos; nos llamaba, según me dijo Andrés, «el harén»: yo, la amante de Borís, Zinaida, incluso la mujer de Kyril, Victoria… todas odaliscas. Miechen parpadeó con aquellos ojos de párpados gruesos, como los de un lagarto. No mostró sorpresa alguna ante mi aparición, aunque era la primera vez que estábamos las dos a solas. Quizá sabía que acudiría, sabía que yo no aceptaría mi omisión del manifiesto del Semiramisa sin luchar… ¿cuándo había permitido yo que me tacharan de una lista? Pero su estoicismo me cogió un poco por sorpresa. Ella no daba la menor señal de compasión ni de lamentar que mi hijo y yo nos quedásemos atrás en aquel país que se desmoronaba, condenados a un destino que parecía más siniestro cada día.
Ella habló primero.
– Tengo poco tiempo para visitas. He de hacer el equipaje.
Si Miechen me hubiese hablado con amabilidad o hubiese expresado el más mínimo remordimiento, quizá yo habría perdido los nervios, pero el diminuto atisbo de sonrisa que usó para puntuar su observación acabó de perfilar mi imaginario guión, de modo que empecé a hablar de mi hijo, mi hijo y su origen incierto, una circunstancia repentinamente feliz.
– Su marido siempre fue un buen amigo para mí -dije, y los labios de ella se apretaron, finos como el papel-. Muy buen amigo.
Yo me acerqué un poco más, aprovechando el pequeño escenario que ofrecía aquel vagón.
– Me visitaba a menudo, como ya sabe. Compartíamos comidas, cenas; desayunos incluso. Intercedió muchas veces en mi favor. Incluso consiguió que actuase en la gala de la coronación, a pesar de las protestas de la propia emperatriz viuda. Pero usted ya sabe todo esto, claro está.
El rostro de ella estaba sonrojado, y yo me desplacé para admirar un retrato del gran duque que se encontraba encima de una consola, con su marco. No había necesidad alguna de apresurarse: que el público contuviese el aliento. Enderecé un poco el retrato y dejé que mis dedos pasearan por el marco un momento antes de volverme. Sí, no creo que los ojos de ella me hubiesen abandonado ni por un solo segundo.
Dije:
– Resulta muy difícil para mí… -Pero no lo era; ahora que había empezado, ya no-. Hubo un verano, un verano muy solitario para mí. Y para Vladímir también.
– Por lo que he oído, pasó usted muchos veranos solitarios -dijo ella. Pero su rostro había enrojecido.
Hice una pausa. Quizá tuviera un ataque, en cuyo caso no tendría necesidad alguna de seguir: la desaparición de ella sería la desaparición de todos mis problemas. Pero aunque esperé un momento, ella, desgraciadamente, seguía erguida, esperando, así que me vi obligada a continuar.
– ¿Nunca se ha preguntado por qué mi hijo se llama Vladímir? -Bajé la voz-. Mi hijo lleva una cruz de piedra verde en torno al cuello, con una cadena de platino. ¿No se ha dado cuenta nunca? Fue el regalo de su marido para mi hijo. Lo llevó cuando lo bautizaron.
– Él hacía muchos regalos.
– ¿No ha visto las fotos de mi hijo cuando era un bebé? Es la viva imagen de Vladímir a la misma edad.
– No las he visto.
– El propio Vladímir comentaba a menudo que él y mi hijo tenían la misma forma de la cabeza.
– Está usted diciendo que mi marido fue el padre de su hijo. Él me lo habría dicho.
– No. -Le dediqué la sonrisa de compasión que ella se había negado a darme a mí-. No lo habría hecho. Éramos discretos. Él la amaba a usted, y sabía que la habría apenado profundamente, como ocurrió con sus anteriores infidelidades. -Le regalé aquello, aunque era a mí a quien me dolía hacerlo. Pero después de todo no se trataba de una competición de egos, no me haría ningún bien aplastarla por completo-. El gran duque era el padre de Vova. No le he contado esto a nadie. Y me habría llevado el secreto a la tumba, por él, si no hubiese surgido esta desafortunada situación. -Cogí aliento. El acto final-. Vladímir no habría querido que su hijo quedase atrás. Su sangre corre por las venas de Vova. ¿Qué le dirá el día que se reúna con él en el cielo? ¿Que sabía lo de su último hijo, y sin embargo lo dejó atrás, deliberadamente?
Fuera se oía en la distancia un coro de borrachos. Lloraba un niño. Aquí, el samovar humeaba, pero a mí no me había ofrecido una taza de té. Miechen echó a los perros que tenía en el regazo e ignorando sus protestas, se encaró conmigo.
– Eres una puta -dijo.
Una puta. Me llamó puta. Pero no mentirosa.
¿Estaba orgullosa yo de mi actuación? Cuando el mundo acaba, el orgullo es lo primero que desaparece.