38772.fb2 La verdadera historia de Mathilde K - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 26

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La princesa Romanovski-Krassinski

Una vez hecho público el informe Sokólov, Kyril se declaró emperador en el exilio y alejó por tanto para siempre a la emperatriz viuda y a los Nikoláievich. ¿Qué le importaba a él? Ella estaba en Dinamarca, él en el corazón del París ruso, donde lo que uno valía entre los émigrés seguía midiéndose por el antiguo rango, y donde ser recibido por un gran duque todavía era considerado un triunfo social. En Pascua, Navidad y Año Nuevo, los émigrés se amontonaban en las grandes casas ducales para firmar en los libros de visitas, beber un poquito de vodka, estar en presencia de los hombres que habían gobernado Rusia en tiempos. ¿Y yo? Yo lo hice un poco mejor. Me casé con Andrés en cuanto Miechen quedó encerrada en su cripta, en el mausoleo que se había hecho construir en Contrexville. ¿Les sorprende acaso? Entonces es que no han prestado atención. No tuve que esperar mucho. Ella murió al cabo de seis meses de su llegada a Francia, habiendo decidido ahorrarse la mengua de estatura ofrecida como un pastel rancio a cualquier refugiado. Antes de que Andrés y yo pronunciásemos nuestros votos en la iglesia de St. George, en Cannes, Andrés, siempre obediente, escribió para advertir a la emperatriz viuda de lo que pensaba hacer, y pidió permiso a su hermano Kyril, como cabeza de familia, y esa deferencia con el antiguo protocolo tuvo sus recompensas. La gran duquesa Olga nos envió los mejores deseos de su madre y Kyril emitió un ucase mediante el cual yo, Mathilde-Marie Felíxnova Kschessinska, me convertía en Su Alteza Serenísima la Princesa Romanovski-Krassinski. Mi hijo también adquirió la nobleza después de mi matrimonio, cuando presioné n Andrés para que lo adoptase, y se convirtió en nieto de Miechen, en lugar de hijo suyo, aunque en realidad a ella ya le daba igual. Después de nuestra boda, Andrés me llevó a presentarme formalmente al emperador Kyril y a su esposa, la reina Alejandrina de Dinamarca, a la reina María de Rumania, a la reina Olga de Grecia. Y a su debido tiempo fui recibida por el rey Gustavo V de Suecia, el rey Alejandro de Yugoslavia, el sha de Persia, el viejo rey Fernando de Bulgaria y el nuevo rey Borís, su hijo, y no solo por todos los grandes duques rusos, sino también por la gran duquesa Xenia, el príncipe Demetrio Pávlovich y su hermana la princesa María Pavlovna, por las princesas Radziwell y Golitzin, el príncipe Volkonski, mi antiguo enemigo, como recordarán, como director de los Teatros Imperiales, los duques de Coburgo, Mecklenburg-Schwerin y Leuchtenberg. Sí, toda esa gente nos recibía ahora a mi hijo y a mí. Mi nombre está en todos los árboles genealógicos, ¿saben?, los que trazan las líneas de la realeza europea y rusa. Yo me encuentro en la misma página, bajo la reina Victoria de Inglaterra, el rey Christian IX de Dinamarca y el zar Alejandro II de Rusia, aunque para ser sincera, no estoy situada donde esperaba, al lado de Niki y debajo de Alix de Hesse-Darmstadt, que como primera esposa suya quedaría por encima, o incluso junto a Sergio, a un lado, en la rama de los Mijaílovich de la familia. No, yo soy una Vladimírovich, y quizá, después de todo, aquí es donde pertenezco, a los astutos y los ingeniosos, a los conspiradores, los intrigantes, los maquiavélicos. Pero mi hijo, el príncipe Románov, no está en ningún árbol genealógico, porque la línea que conduce al trono pasa por Kyril, como ven, de modo que todo se traza en relación a Kyril. Verán en el árbol el nombre de «su» hijo Vladímir, y no el mío. No importa.

Vivimos a lo grande en la Riviera durante nueve años con el producto de la venta de los magníficos rubíes que Miechen había legado a Andrés. A su hija le dejó los diamantes, a Borís las esmeraldas, y a Kyril las perlas… Pero el enorme precio que produjeron los rubíes, veinte millones de francos, no es tanto dinero para un Románov, después de todo, y cuando esos francos desaparecieron, me vi obligada a vender una a una mis propias gemas, que no me produjeron la cantidad que habrían debido, ya que por entonces el mercado estaba inundado de joyas imperiales de la empobrecida corte rusa en el exilio. Al fin, en 1929, tuvimos que vender nuestra villa en Cap d'Ail y comprarnos un hogar en París, donde las propiedades inmobiliarias no eran tan caras, una casa modesta con un gran jardín delante, en el 10 de Villa Molitor, en el 16. ° Arrondissemenet, y también un dúplex en la avenida Vion Whitcomb número 6 para que sirviera como escuela de ballet para mí, el Estudio de la Princesa Krassinski, porque una vez más, al parecer, tendría que trabajar para vivir. Andrés se resistía a prestar su nombre a la venta de champán, caviar o cigarros, sintiendo que era algo por debajo de él, y de todos modos tales promociones solo nos conseguían una miseria, de lo contrario yo habría insistido. Sin embargo, puse un cartel y contraté a la mujer de un antiguo general zarista como pianista y empleé al gran duque Vladimírovich para que me llevara la contabilidad y barriese el suelo de mi estudio, cosa que hacía diariamente con sus trajes con chaleco.