38772.fb2 La verdadera historia de Mathilde K - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 27

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El día de la gloria se acerca

Para mi hijo no deseaba tal colofón, como un gallop infernal. No quería que él barriese los suelos de mi estudio, y sin embargo, no hay ocupación adecuada para un príncipe exiliado, ni instituciones de gobierno o militares que llevar. Como los hijos de otros émigrés de su rango, Vova vivía con sus padres y asistía a bodas y funerales reales, apoyaba diversas obras de caridad y esperaba en vano que se restaurase el mundo que había sido educado para dirigir. Anticipando aquello, Kyril estableció su Consejo para la Construcción de la Rusia Imperial; sus consejeros granducales incluían a Borís y Andrés, así como a los dos hermanos supervivientes de Sergio, Sandro y Miguel, y por si piensan que los cinco eran unos soñadores, déjenme que les diga que en 1930, en un bosque a las afueras de París, Kyril pasó revista a dos mil antiguos oficiales de los regimientos de guardias del zar, que le vitorearon al verle como una vez habían vitoreado a Niki: «El día de la gloria se acerca». Mi hijo, junto con el príncipe Demetrio Pavlovich y otros jóvenes frustrados, se alistó en la Unión de la Joven Rusia, organizada por Alexánder Kazem-Bek, sobrino nieto de Tolstói, que abogaba por una Rusia que incluyese tanto las reformas de los bolcheviques como el trono de su zar. Como aquellos antiguos oficiales del bosque de París, ellos también llevaban uniforme (una camisa azul oscuro), tenían un símbolo (la cruz y el orbe) y un lema («¡Zar y soviets!»). Ellos también celebraban sus reuniones y entonaban cantos, los suyos al Ejército Rojo, del cual la mayoría de ellos eran demasiado jóvenes para saber prácticamente nada, y cuando Andrés le reñía, Vova se enfurecía: «¡Ese consejo tuyo está lleno de viejos chochos!». Hasta que se descubrió que Kazem-Bek era un agente soviético, en 1937, Vova no dejó finalmente el movimiento, que se deshizo por sí solo después de la Segunda Guerra Mundial. Con la muerte de Andrés en 1956 y el cierre de mi escuela, tuve que vender esta casa, aunque Vova y yo hemos seguido viviendo en ella como inquilinos. Me temo que los otros Románov se olvidaron de nosotros, y Vova, mi príncipe, tuvo que ponerse a trabajar. Soportó la indignidad de ese hecho como había soportado Niki la indignidad de su encarcelamiento: con humildad y paciencia. Sí, en estos últimos años es cuando he visto a Vova más parecido a su padre, que había nacido en la celebración de Job y que percibía su vida como una serie de luchas y cargas que había que soportar, una de las cuales soy yo ahora para mi hijo. Cada día él entrega vino con su bicicleta motorizada, recibe a mis visitantes, escribe a máquina mi correspondencia, en la cual pide dinero para nosotros. Las sociedades de beneficencia del teatro nos envían algunos francos solo porque estoy viva, porque me entregué a mi arte. Pero piensen lo que piensen de mí, no me compadezcan. He tenido una vida bonita. Fui amada, admirada, agasajada, copiada, escarnecida, atesorada y temida. Esta última fiesta es mi colofón. Me habría ido antes si no fuera por mi hijo, porque sin mí, ¿qué hará Vova? No se ha casado. Se ha dedicado enteramente a mí. Se sienta en una silla a mi lado, ahora, vestido con uno de los trajes con chaleco que dejó Andrés y llevando en el bolsillo la pitillera de oro que Andrés sacó a la mesa durante la cena, hace cincuenta años, cuando al final llegamos vestidos como unos pordioseros a Venecia, para tranquilizar a los camareros y demostrar que podíamos pagar la cuenta. Sí, se sienta ahora solo, a mi lado… y sí, tiene sesenta y nueve años, pero todavía es joven para un Kschessinski, aunque no para un Románov. Quizá le queden treinta años más, ¿qué hará con ellos? La vida debe tener un objetivo. ¡Hay que ver cómo ignoran los émigrés a mi hijo, el hijo del último emperador de todas las Rusias, Nicolás II! El mundo no ha olvidado a Nicolás, no. La última semana, sin ir más lejos, recibí unas entradas para acudir al estreno de la película Nicolás y Alexandra. Sus vidas y sus nombres todavía tienen el poder de excitar la imaginación. Si Vova hubiese perdido su vida con ellos en Ekaterinburgo, el mundo conocería también su nombre, consideraría cuál era su papel en el séquito del zar: ¿pinche de cocina, compañero de juegos de Alexéi, paje del zar? Buscarían sus huesos, los pesarían, examinarían el contenido de sus bolsillos, examinarían los fragmentos que él habría dejado atrás en la Casa del Propósito Especial… y quizás a estas alturas se habría revelado el misterio de su nacimiento, y el mundo sabría el gran lugar que ha ocupado en él.

Pero gracias a mí está vivo en París, y no quemado y reducido a cenizas en un bosque junto a Ekaterinburgo.

¿Comprenden que manteniendo en secreto su identidad le he mantenido vivo a él? Lenin nos temía tanto que asesinó a todos los Románov que pudo coger en sus puños. Stalin persiguió a todo aquel que hubiese entrado en contacto mínimamente con la sombra de los zares, y luego envió a sus agentes al extranjero para que husmearan a los monárquicos entre nosotros. En los años treinta, sus agentes secuestraron a dos agentes del Ejército Blanco incluso en las mismísimas calles de París. Sí, aun estando tan lejos, en París, hacíamos temblar a Stalin… Jrushchov le dijo a Occidente: «My ves pojoronim», os enterraremos. Ja. Murió hace tres meses. Yo le he enterrado a él. Les he sobrevivido a todos, incluso a Kérenski. Tengo cien años, ya no le temo a nada, y les digo a los bolcheviques: «No duraréis cien años, y cuando la Rusia soviética caiga, entonces el pueblo ruso volverá a mirar otra vez hacia su zar, buscando el último eslabón en la línea imperial, y, ¿quién estará más cerca de Nicolás II que su hijo, su único hijo vivo?». El emperador Vladímir. Sí, es hora de decir ahora lo que no pude decir en 1954, cuando escribí mis primeras memorias, llenas de ficción y de mentiras.

Esta vez escribiré para mi hijo y estas serán mis verdaderas memorias. Se las dictaré y él pondrá mis palabras en cada página. Él cree que no tiene nada, pero dentro de un momento abriré los ojos y se lo daré todo. Le contaré una historia. Empezará así: «Yo fui amante de dos grandes duques y concubina del zar. El último zar. Él me llamaba Pequeña K.»