38779.fb2 La visita en el tiempo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 14

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Ya no dependía de nadie sino del rey y el rey estaba lejos, entregado a su boda.

Le quedaba la sombra de Yuste. La casa entre los árboles, la estancia oscura, la voz temblorosa. Era sólo a aquel a quien debía rendir cuentas.

Las tropas avanzaban por las Alpujarras. Los acompañaban el duque de Sesa, la Favara y Requesens.

Fueron las tropas convergiendo hasta que, a comienzos de enero, tenían cercada a Galera. La alta población estaba sobre un largo arrecife rocoso, encallada como un barco. La rodeaban murallas y barrancos.

Organizó trincheras, colocaron los cañones, a ratos trabajaba de sus manos junto a los soldados. Comenzó el ataque con un cañoneo constante contra la muralla hasta que se abrió una brecha. Por ella se precipitaron los asaltantes. La resistencia de los moriscos fue más de lo esperada. Combatían hombres y mujeres entre el polvo y la humareda del boquete. Vio comenzar el repliegue y trató de contenerlo. No fue posible.

Con paciencia se puso a los preparativos de un segundo asalto. Reforzaron el fuego de artillería y cavaron una profunda mina bajo la muralla. Aquel segundo intento fue desastroso. Por el hueco abierto se precipitaron capitanes y soldados, pero adentro los moriscos combatían con furia. Espada en mano, contra los consejos de Quijada, él mismo se metió entre sus hombres. Sintió aquella embriaguez exaltante, entre los gritos, el alboroto confuso, las piedras, los disparos, no veía sino aquella cambiante cercanía móvil de rostros y manos que lo asediaban y sobre la que lanzaba sus tajos.

Por un momento perdió la noción de su propio ser, borrado en aquel loco impulso de acometividad ciega. Avanzar, golpear con una furia incontenible. Una bala de arcabuz golpeó su armadura y lo hizo caer. Quijada surgió a su lado para recogerlo. «No es éste el lugar de un jefe.» Tocaban retirada las cornetas. Entre el desorden de los que pugnaban por salir, regresó a su comando.

Dentro y fuera habían quedado centenares de muertos y heridos. Formas torcidas, apayasadas, risibles, de los cuerpos muertos sobre el suelo quebrado de la colina, clamor de los heridos y aquel olor acre de pólvora, de tierra, de excremento. Se extendía el terrible desorden del repliegue. «La guerra huele a mierda», lo había pensado ya ante el primer hedor que le llegó de los galeotes en la galera capitana. Lo confirmaba ahora en aquella cuesta de muertos y quejumbres de heridos. A su lado estaba Don Luis. sufrido, calmo, dando disposiciones. «Son más duros de lo que creíamos.» «Yo sólo sé que me la van a pagar», rugía Don Juan. «No voy a dejar piedra sobre piedra, pasaré a cuchillo toda esa gente y sembraré de sal la tierra para que nunca más pueda asentarse aquí nadie.» Hubo que abrir grandes fosas para arrojar dentro los muertos. A los capitanes se les hizo tumba aparte, con una tosca cruz de madera y un nombre sobre una tabla.

Recuas de acémilas salieron para Huéscar llevando los heridos.

La tercera tentativa se preparó con fría determinación. Todo lo vigilaba él para estar seguro de que nada iba a fallar. Con Quijada a su lado dispuso la artillería, los grupos de asalto, hizo abrir una profunda mina en la que puso una enorme carga de pólvora. El día del asalto todos en fila aguardaron tensos la explosión. Estremeció el espacio de cerro en cerro, de oquedad en oquedad. Volaban las piedras de la muralla y en una avalancha de tierra caían los muros de la fortaleza abriendo una ancha brecha por la que, a pie, a caballo, con arcabuces, con lanzas, con espadas, irrumpieron los cristianos. Como a contra corriente subió la ola humana por las calles empinadas. El incendio se extendía de casa en casa. Con el atardecer, montones de muertos, recuas de mujeres y niños, llenaban el espacio. Todo era saqueo y degollina. Soldados cargados de botín salían pesadamente como grandes escarabajos.

«Ya es tiempo de parar esto.» «¿Quién lo va a parar?» «Que salven las mujeres y los niños», ordenó al fin Don Juan. De las ruinas humosas, en las últimas luces de la tarde, entre filas de soldados, salía la manada de los vencidos. Casi no quedaban hombres.

Por la noche, en el campamento, Don Juan preguntaba y oía. Era como otra batalla diferente la que surgía de las palabras. Lo que él había visto y lo que no había visto.

La guerra era como una gran borrachera. Nadie sabía lo que había hecho. De lo que cada quien creía haber visto se pasaba a lo que nadie recordaba. Hasta que cayó pesadamente en el camastro sin tiempo para desvestirse.

Desde el día siguiente tomó las disposiciones para seguir a Serón, una aldea cercana, donde esperaba poca resistencia. «Al paso que van las cosas, esta guerra está terminada.» Dos columnas atacaron el pueblo. Una comandada por Quijada y la otra por el Comendador Requesens. Había nieve en las rutas y el aire frío mordía las carnes. No se esperaba mucha resistencia, pero para su sorpresa hallaron que la plaza había sido reforzada la noche anterior. «Hernanado El Habaqui, teniente de Aben Aboo, los ha reforzado.» Quijada, a la cabeza de su gente, fue el primero en llegar. Todo parecía fácil. Los pocos soldados moros se replegaban y las tropas cristianas iniciaron el saqueo y el desorden. De pronto surgieron tropas musulmanas ocultas en las casas. Cundió el pánico. Los soldados huían cargando con su botín. Don Juan, con un grupo de capitanes, se lanzó a poner orden y restablecer el combate. Quijada cayó al suelo y sangraba copiosamente de una herida de bala en el hombro.

Lo hizo recoger y llevarlo al campamento. Mientras los médicos le curaban la herida pudo darse cuenta de que estaba en peligro de la vida. «No es nada. Pronto estaréis bien», le dijo al viejo soldado. Hernando El Habaqui había sido derrotado finalmente.

«Esto cierra la campaña, al reyezuelo no le queda más que buscar alguna forma de rendirse.» Acompañó el herido a Caniles. Cada día empeoraba. La herida ancha se había puesto negra y tumefacta. Sudaba copiosamente y la fiebre no lo dejaba. Hablaba con dificultad y se perdía en borrosos delirios. A veces musitaba frases disparatadas y le cambiaba el nombre. «Sabes, Jeromín, son valientes esos moriscos.» Los médicos discutían entre sí en sus latines enrevesados. Aconsejaban sangrías y purgas. Doña Magdalena llegó cargada de reliquias. A ratos junto al lecho del enfermo quedaban los dos solos. «Madre», le dijo, «ahora os voy a necesitar más». No la había llamado así desde niño. Ella lo advirtió y le tomó la mano para besársela. «Él ha sido…«, se interrumpió en la frase, «ha sido como mi padre». La mujer sintió la pausa y la vacilación en la frase.

Tenía hinchados y deformes la cara y el cuello. Hablaba con mucha dificultad. A veces parecía que quería decir algo y no podía. A veces la mano hirviente guardaba la suya largo rato. Constantemente venían sacerdotes y monjas y se decía misa en la antecámara. Don Juan se arrodilló junto a Doña Magdalena ante el lecho del moribundo para presenciar la extremaunción. Le pusieron el crucifijo en las manos y a poco dejó de oírse el estertor. «El muy excelente caballero Don Luis de Quijada ha muerto.

su alma esté en la gloria del Señor.» Salió de la habitación, se secó las lágrimas con el dorso de la mano, miró a lo lejos hacia los montes y la sierra. Allí estaba la guerra que ahora era su guerra. «Esta guerra negra.«Se le habían acercado algunos caballeros. «Era un gran soldado.» Cada quién trataba de evocar el tiempo en que conoció a Quijada. «Estuve con él en Alemania.» «Lo vi combatir en la toma de Túnez, junto al Emperador.» «No hubo criado más fiel.» El entierro fue sencillo. Doña Magdalena, con serenidad, se había aislado en sus rezos. Tarde en la noche se tendió a dormir agotado.

Era la alcoba de Villagarcía, la reconocía en la sombra, lo llamaba una voz desde afuera, suave y casi ahogada, una voz que parecía pedir auxilio. ¿De quién era? Era, no podía ser otra, aquella que había oído en Yuste en la visita. Lo llamaba y tenía que ir. Se incorporó del lecho, pero apenas hubo dado unos pasos una silueta oscura, un hombre o un demonio, se abalanzó sobre él y lo atrapó con poderosos brazos. Hizo un inmenso esfuerzo para rechazarlo y cayeron al suelo jadeantes, atrapados en la estrecha lucha. Al fin pudo tomarle el cuello con las manos y comenzó a apretar con toda su fuerza, sentía el ronquido del ahogo y las sacudidas de muerte del contrincante.

Apretó hasta que lo sintió inerte y flojo. Se puso de pie y se dirigió hacia afuera, hacia donde había oído la voz. Se detuvo, volvió sobre sus pasos, se inclinó sobre el caído y lo que vio en la penumbra era el rostro hinchado y lívido de Luis Quijada. Gritó con horror y despertó. Estaba en su lecho en Huéscar. Estaba solo.

A toda hora sentía la ausencia de Quijada. El hueco de la presencia física que se hacía sentir en las más distintas ocasiones. La voz callada, la sensación de saber que ya no estaba allí, que ya no estaría más nunca. Los otros no iban a reemplazarlo en su intimidad. No tenían con él esa ligazón profunda que lo hacia casi parte de sí mismo.

Ni siquiera Soto, el secretario, que tan cerca de él estaba. Era una parte de su ser que se había callado para siempre. Ahora estaba solo y por su propia cuenta, no estaba acostumbrado a tanta soledad. Tampoco había mucho que decidir. «Los moriscos están derrotados, pero no acaba esta guerra maldita.» En algún lugar de la sierra Aben Aboo mantenía su aparato de comando y de reinado. Se combatía esporádicamente en aldeas y lejanos montes.

Más se hablaba a su alrededor de la boda del rey. Mientras se había combatido en Galera y en Serón y caía Quijada, se formalizaba la boda real en Espira, en la lejana Alemania. Don Juan nunca había visto a Doña Ana, la joven princesa que se iba a casar con Don Felipe. Había conocido a sus hermanos, los archiduques Fernando y Maximiliano, en los días de Don Carlos. Jóvenes, rubios, pálidos, algo ingenuos, acaso un poco tontos.

Desde Granada seguían el viaje de la nueva reina. Pasaría por los Países Bajos.

Campanas, estandartes, desfiles, misas y grandes ceremonias de palacio y de iglesia.

En sus tres matrimonios el rey no había logrado sino un solo sucesor varón, el malogrado Don Carlos. «Será a la cuarta que será la vencida.» En las cartas de los amigos le llegaban los comentarios políticos. Catalina de Médicis había querido que Doña Ana se casara con su hijo Carlos, rey de Francia. También había intrigado para que la menor de sus hijas, Margarita de Valois, sucediera a su hermana, la reina Isabel, en el lecho del rey.

Mientras él y sus hombres luchaban en aquella guerra cruel, se desarrollaba aquella otra lucha de intrigas y manejos en la Corte. «Dicen que es muy bella la princesa Margot, casi tanto como lo fue nuestra reina Doña Isabel.» «Se habla demasiado de ella», decían los más viejos del Consejo. Sus maneras libres, su frecuentación de artistas y poetas, su desenvoltura para hacer y hablar, escandalizaban.

Decía Requesens: «Con algunos matrimonios se ha ganado más que con una batalla». Mientras la nueva reina atravesaba los Países Bajos, el rey vino a Córdoba para asistir a las Cortes que había convocado. Ni llegó a Granada, ni Don Juan fue a verlo.

Hernanado El Habaqui, jefe de las fuerzas de Aben Aboo, había entrado en contacto con un oficial español, antiguo amigo suyo, para hablar de rendición. No era mucho lo que pedía: el perdón de lo pasado, la reincorporación de los moriscos a sus lugares y sus trabajos y un tratamiento honorable para Aben Aboo y para él. Consultado el rey lo aprobó y continuaron las conversaciones.

Con Requesens y con Sesa confirmó Don Juan su decisión. «Estoy dispuesto a ser generoso para poner término a esta horrible destrucción. Proseguir la guerra es insensato y si los musulmanes presentan términos razonables hay que aceptarlos.» Requesens y Hurtado de Mendoza le habían hablado de la disposición del nuevo Papa Pío V de resucitar la Liga Santa contra el Turco, para derrotarlo en una batalla decisiva. «Sería Venecia, el Papa y, sobretodo, España.» «Ese sería el combate decisivo de la Cristiandad con el Islam.» «Vos tenéis que ser el Comandante Supremo de esta cruzada decisiva.» Hurtado de Mendoza ponía reparos. «No va a ser fácil reunir los príncipes para esa acción suprema. Los venecianos nunca han sido de confiar, fácilmente se entienden con el Turco; el Papa no cuenta con muchas galeras, todo el peso caerá sobre España.

Con Francia no hay que contar. Los protestantes verían con buenos ojos una derrota española.» Don Juan sentía aquella ocasión que se acercaba con una mezcla de deseo y temor.

Dudaba que el rey quisiera confiarle tan grande responsabilidad. «Os corresponde como Generalísimo del Mar que sois y tendrán que dárosla», le repetía Requesens. Se abismaba en un paisaje de humo y galeras enredadas en combate.

Había puesto a circular un bando de perdón. Se prometía a todos los moriscos que si se rendían y ponían sus personas y armas en manos del rey «se les haría merced de las vidas y mandará oír y hacer justicia a los que después quisieran probar las violencias y opresiones que habrán recibido»; más se les ofrecía a los que, además, hicieran algún servicio particular «como será degollar o traer cautivos turcos o moros berberiscos de los que andan con los rebeldes». A los que trajeran su escopeta o su ballesta, no sólo se les concedería la vida, sino la seguridad de no ser esclavos. Y además «que puedan señalar dos personas para que sean libres, fueran padres o hermanos, mujer o hijos». A los que no quisieran, de catorce años para arriba, «se pasarán por el rigor de la muerte, sin tener de ellos ninguna piedad ni misericordia».

Comenzaron a presentarse moriscos en grupos numerosos a las fuerzas del rey.

Traían como señal una cruz cosida en la manga. Llegaban con su cruz marcada y comenzaba la difícil identificación. Un soldado o un vecino que los había conocido podía dar fe de su sinceridad.

A finales de mayo vino El Habaquí al Fondón de Andaraz para entrar en pláticas en nombre de Aben Aboo. Las propuestas llegaban. Se rendían, entregaban armas y banderas y pedían perdón. Don Juan los recibiría en nombre de Su Majestad, les daría protección para que no fueran molestados y los enviaría con sus familias a vivir fuera de las Alpujarras.

Después de la firma, fue El Habaqui a ver a Don Juan. Llegó con su gente, sobre un caballo negro, frente a la tienda del príncipe. Lo rodeaban sus tenientes. Salió Don Juan a la puerta. Echó pie a tierra y con impresionante dignidad pasó entre la fila de guerreros cristianos hasta llegar ante Don Juan. Sonaban las trompetas y las salvas de arcabuces. Se postró: «Misericordia, señor, y que en nombre de Su Majestad se nos conceda perdón de nuestras culpas». Se despojó del alfanje y lo puso en manos de Don Juan. «Estas armas y bandera rindo a Su Majestad en nombre de Aben Aboo y de todos los aliados cuyos poderes tengo.» Hubo un largo silencio hasta que Don Juan habló: «Levantaos, sois un valiente guerrero». Hizo el gesto de ayudarlo a incorporarse, «y guardad la espada para servir ahora con ella a Su Majestad». Luego lo sentó a su lado. «Llegó por fin la paz tan deseada. Ahora podremos recomenzar una nueva vida.» El moro respondía con frases de vieja cortesía musulmana. «Vamos a vivir en paz y justicia en la tierra que es de todos.» Cuando el diálogo se hizo más suelto no se distinguía su voz ni su acento del de los cristianos.

El Habaquí partió para informar a Aben Aboo y dar cumplimiento definitivo al acuerdo. Empezó en el campamento un tiempo muerto en que más se vivía de las noticias de la Corte que de lo que acaecía en el frente. Era allí donde estaban ocurriendo las cosas importantes. Escribía a Ruy Gómez y a Antonio Pérez. Estaba informado de cómo avanzaban las conversaciones en Madrid y en Roma sobre la nueva Liga Santa.

Pero ahora estaba en Guadix y le escribía a Ruy Gómez para informarle que iba a quedar rico con el botín de guerra; en un cuarto de la Audiencia estaban las arcas llenas de doblones y de objetos de oro, para que le reservara un puesto en la mesa de juego. El rey se preparaba a salir para Segovia a encontrar a la nueva reina. «Y yo aquí esperando una respuesta de un reyezuelo fugitivo, recibiendo rendidos y prisioneros, como carneros.» Pasaba el tiempo y no llegaba la respuesta de El Habaqui. Lo que llegó más tarde fue la noticia de que Aben Aboo lo había hecho matar, había arrojado el cuerpo a un muladar y rechazaba toda rendición posible. Lo que quedaba ahora era exterminar aquellos restos irreductibles. Las tropas se movieron y comenzó la continua toma de pueblos con sus degollados, sus esclavos, sus mujeres violadas y sus niños hambrientos.

Regresó a Granada. Fue una recepción triunfal, atravesó las calles bajo los arcos, ante los balcones con colgaduras, recibiendo una ovación delirante. ¿Cómo lo miraban?

Como él mismo no se había atrevido a verse nunca. «Os ven como un rey», le dijo luego Juan de Soto. «También Aben Aboo se cree rey», contestó secamente. Cuando en la noche de hachones y velas terminaron los saludos, Maria de Mendoza se le acercó ansiosa. «¿Qué tienes, no estás contento?». «No, no lo estoy Maria, no logro estarlo y no se por que.» Escribió al rey, en el tono más sumiso, pidiéndole permiso para volver a la Corte a besar la mano de la reina. Vino al fin la autorización.

No estuvo en Granada para presenciar aquella otra entrada del cadáver de Aben Aboo. Uno de sus hombres, El Xenix, lo había matado después de una disputa sobre la necesidad de rendirse. Lo abrieron en canal como una res, le echaron sal, lo rellenaron de paja, lo fijaron con un palo sobre el lomo de una muía y, seguido de un séquito de bullicio y burla, entró en la ciudad. Rígido jinete tambaleante al paso de la acémila, con una corona de irrisión y los ojos abiertos y turbios.

«Eres otro«, le había dicho la princesa de Éboli desde que lo vio la primera vez a su vuelta a Madrid. «Tienes una fiereza, una codicia, un ímpetu de toro.«Los que no se lo decían se lo manifestaban claramente con la expresión de sus actitudes. Ya no era aquella tenuemente desdeñosa y condescendiente manera de tratarlo. Se habían contado las verdaderas y falsas atrocidades de la campaña. «Al rey le disgustaron algunas noticias«, le había dicho Ruy Gómez. «Aquélla fue una guerra atroz, como todas las guerras, y seguramente más por las condiciones en que se libró. No se sabía quién era el amigo y quién el enemigo. Nos recibían con muestras de sumisión y luego mataban nuestros soldados por la espalda. No se podía estar seguro de nadie. ¿Sabe el rey bien las atrocidades que nos hicieron a los cristianos?«Lo decía con una voz más firme y segura, más inapelable que aquella que antes le había oído. Se daba cuenta de aquella impresión que producía y experimentaba placer en acentuaría. A la menor objeción contestaba sarcástico: «No sé lo que Vuestra Merced hubiera hecho; lo que yo tuve que hacer se sabe«.

Entre las mujeres experimentaba más clara y golosamente esa nueva relación. «Quién te resiste, hombre de Dios?«, le había dicho la Éboli.

La nueva reina le pareció tímida y descolorida. Cuando llegó al besamanos la halló bordando entre sus damas. No era Isabel, la risueña y juguetona; tenía una cierta tiesura alemana. Entre las nuevas damas de la reina había mujeres jóvenes y bellas. Les retenía las manos y las miraba a los ojos hasta hacerlas balbucear. «Bella y más peligrosa que un moro emboscado.«Se acercaba más, hablaba más quedo. Pasaba de una a otra sin cambiar de tono. Con la mano tomada les decía: «Quisiera verte a solas, tengo muchas cosas que decirte«.

El propio Antonio Pérez le había advertido: “Hay que tener cuidado, ésta no es la misma Corte de antes; ahora hay mucha pacateria”.

Mandaba billetes con los pajes, en medio de la conversación soltaba alguna frase intencionada, acentuándola con una mirada golosa. «Otras cosas quiero decir, pero no aquí.«Lo vieron saltar de noche algún balcón, perderse en la sombra por una puerta entreabierta, hablar en voz queda desde el jardín a una dama que asomaba a su balcón nocturno en Aranjuez o en La Granja.

«Creo que nuestro Don Juan exagera«, le había dicho Antonio Pérez a la princesa.

«Estás haciendo el papel del Diablo Predicador«. replicaba la tuerta.

Con Ruy Gómez y Antonio Pérez había hablado repetidas veces sobre la situación del Mediterráneo, la formación de la Liga Santa contra el Turco y la necesidad de designar pronto el generalísimo de la flota. «Los venecianos, cualquiera les cree, quieren que sea el viejo Veniero; en el Vaticano piensan en Colonna o en Doria, pero ninguno de ellos tiene la autoridad y la grandeza necesaria para imponer una autoridad indiscutible. El jefe tiene que ser español y ése no puede ser otro que Don Juan de Austria.«Comenzaba de nuevo una larga espera. «El rey ha presentado firmemente vuestra candidatura al Papa.«Sintió la cosquilla de la angustia. Iba a recaer sobre él la suprema responsabilidad de aquel terrible desafío. No tenía ahora a Quijada para pedirle consejo. «Ni tampoco hace falta», se respondía a si mismo en sus momentos de petulancia.