38779.fb2 La visita en el tiempo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 15

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Con Antonio Pérez y los jóvenes más pródigos y atrevidos de la nobleza pasaba aquellos días de espera y ocio. Iba a las reuniones que organizaba Antonio en La Casilía. Damas jóvenes, actrices, música, vino, comedias y pasos, adivinanzas y burlas y, sobre todo, el juego. «El diablo Zabulón, el que trajo al mundo el juego, hizo esta casa», decía jocosamente el dueño dispendioso. Las reuniones duraban días y noches enteras. En las partidas de juego experimentaba aquella vertiginosa sensación del oscuro destino abierto ante si. Atreverse, arriesgarse, dominar a los otros, correrlos y vencerlos, sentir la presencia del peligro o tratar de reponerse de la derrota. «A mala suerte, envidar fuerte.«La voltereta apagada de los dados sobre el tapiz era la imagen misma de la variable fortuna. El juego de la vida, que en lo ordinario tomaba tiempo para resolverse, allí se decidía en momentos. Las caras largas y las alegres cambiaban de dueño sin cambiar de posición. «Tomo, envido, doy.» En Granada había tenido ante él aquellas mujeres renegridas y torvas que extendían las cartas sobre una mesa para decir la fortuna. Los reyes, los caballos, las sotas, los ases y los números, al volcarse, enviaban un mensaje de fatalidad. Oros, copas, bastos y espadas. «Ésta dice que vas a ser afortunado en el amor; pero ésta dice que te acecha un enemigo poderoso.» No era así que hablaban en las mesas de La Casilla, pero el resultado era el mismo.

En el tenso voltear de las cartas cambiaban los rostros, se crispaban las manos, sonaban los escudos de oro y los doblones «Os pagaré mañana», «dadme el desquite». Pasaba de sitio en sitio el contento y el poder. Cada puñado de oro eran caballos enjaezados, criados, casas que se perdían o ganaban. Don Juan jugaba con alegre jactancia. «Esta también la voy a ganar.» Volcaban las sotas, los sietes, los ases torpemente pintados sobre la cartulina; el rey con su manto y su corona dorada era el poder, el caballero era el combate, el oro la riqueza, la espada la muerte. Todo estaba allí, más visible y claro que en la vida ordinaria.

A veces parecía distraerse del lance y del envite. «Mirad, señor, que es vuestro turno.» Imaginaba que era el rey quien le servia la carta y le marcaba el destino. No era distinto en la realidad del mundo. Así barajaba el Papa los nombres de los posibles comandantes de la Liga. Él estaba entre ellos, caballero o rey. ¿Qué iba a aparecer en la mano huesuda y transparente de aquel anciano a quien la Éboli llamaba «monje hirsuto»?

También el rey barajaba y servia a los que estaban en torno de aquella inmensa mesa de ambiciones y súplicas. Alba pedía carta desde Flandes; era siempre lo mismo: tropas y dinero. Las últimas remesas habían caído en manos de los ingleses. Había quienes se acercaban desde la sombra y lo que surgía era la espada de la muerte, como Egmont y los rebeldes de Flandes. Había el duque Carlos que había venido a la mano del rey a proponerle la nueva reina, en lo que había ganado, y a traerle una misiva del Emperador en la que le aconsejaba contemporizar con Guillermo de Orange y los protestantes. Había perdido la postura.

También asomaban a la mesa la reina de Inglaterra y el rey Carlos de Francia. De ninguno de los dos quería fiarse: la una era abiertamente hereje y estaba en manos de herejes para arrebatarle la baza de Flandes; y el otro era blando y complaciente con los herejes. Ahora aquella Margarita, hermana de Isabel, que le habían ofrecido como esposa, iba a ser entregada a Enrique de Navarra, que era un hereje manifiesto.

Con el Papa mismo no era fácil el juego. Astutamente buscaba sus cartas de triunfo para quitarle al rey toda injerencia en las investiduras eclesiásticas. Rezongaba ante la Inquisición, negaba auxilios de cruzada y llegaba a querer prohibir las corridas de toros. Había lanzado inesperadamente sobre la mesa aquella carta, aquella bula de excomunión y condena para la reina de Inglaterra, sin habérselo consultado, para embrollar más el juego que el rey venia haciendo.

Era difícil aquel monje. Ya se había atrevido a dar largas y buscar pretextos para impedirle la boda con Ana de Austria. Encontraba motivos en la consanguinidad próxima, era su sobrina. Acaso no venían casándose en la familia primos entre si, tíos y sobrinas, sin que ningún Papa hubiera hecho tanto aspaviento. Esa baza se la había ganado, como le iba a ganar ahora la del generalísimo de la flota cristiana.

¿Qué iba a hacer con los venecianos? Corrieron rumores de que a última hora Venecia buscaba entenderse con el Turco a cambio de que cesara la presión sobre Chipre.

Eran tramposos y marrulleros, fulleros de mal envite que escondían cartas en la manga.

Y estaba también aquel gordo, flojo y pálido, con un inmenso turbante que le agobiaba la cabeza: Selim el borracho. Extendiendo las manos sobre el tapiz del mar, con la izquierda sobre África, la derecha sobre Europa, hasta el Danubio mismo, poniendo galeras y galeras para ir sobre Chipre y sobre España. Había que enfrentar la baza.

«Cien galeras y cien galeras más y cien galeras más.» El mar se iba a llenar de mástiles y proas con el estandarte de la Media Luna.

«Es su turno, señor.» Era el risueño contendor, aquel joven duque o marqués, que jugaba con el tintineo de las piezas de oro y que lo hacía volver de pronto a la hora y lugar precisos. Se sacudía como si despertara, sacaba sin vacilación una carta y la lanzaba desafiante sobre el tapiz. Había ganado y era buen augurio.

El embeleso del juego y los lances amorosos de los días de la Corte estaban entrecortados por aquella otra cosa que estaba ocurriendo en otras partes, en otras horas, casi fuera de su vida, y que le llegaba en súbitas rachas de desazón. En la mesa de juego, en las horas de sigilo y temor de las visitas a las cámaras nocturnas, sentía la inminencia de lo que iba a venir.

Se negociaba en Roma la reconstitución de la Liga Santa. El Papa, España y Venecia, habían decidido reunir sus fuerzas para darle al Turco la derrota definitiva. Faltaba el generalísimo. ¿Quién iba a recibir aquel terrible encargo? Se iba cerrando el juego en torno de él. No podría el rey designar a otra persona. Lo deseaba y lo temía. No habría escape, ni alternativa. Seria él, sólo él.

«No hay otro. Seréis vos.» Se lo decían con halago los cortesanos, las mujeres transeúntes de la cita y también los hombres de poder: Antonio Pérez. «Seréis vos; no me lo ha dicho el rey, pero lo sé.» Ruy Gómez le hablaba más seriamente. «La Liga está hecha y la única jefatura posible es la vuestra.» La Éboli, cada vez más metida en el juego de la política, parecía divertirse con su perplejidad. «Estuvo muy bien lo de Granada, pero la gran ocasión viene ahora. Si triunfas del Turco no habrá nadie que pueda estar sobre ti; si fracasas…» Lo decía con mimo y cierta ferocidad sumergida. De dura y lejana, sin transición, cambiaba el tono y la actitud y se hacia cálida y casi tierna. Le tomaba la mano, se la llevaba al pecho, sentía la agitación que la movía, callaba y se le quedaba mirando en una proximidad sin escape. El ojo visible se hacia dulce y adormecido. Pero pronto se recuperaba. «No me atrevo a deseártelo.

Es mucho lo que tendrías que arriesgar.» Lo que venia en las noticias incompletas era la visión de los preparativos para la campaña. Se concentraban galeras en Venecia. El dogo y los senadores reunían todas sus fuerzas, era aquella fina cara demacrada y serena, con su birrete encarnado y su túnica de oro, que había visto en pinturas. Las galeras pontificias se concentraban en Génova. Gian Andrea Doria, astuto, altivo y codicioso, ordenaba la expedición. En Barcelona se iba a reunir el grueso de las naves españolas. Por todo el mar se deslizaban las manadas de galeras en busca de sus lugares de reunión. En una gran ceremonia el Papa iba a proclamar en San Pedro la nueva cruzada.

Fue sólo entonces cuando el rey lo llamó y le habló sin emoción. «Debéis ser vos.» Eran las mismas palabras que había venido oyendo de tantos labios, pero sin calor.

«No hay empresa más grande que la de acabar con el infiel para que no se atreva más nunca a levantar cabeza y a amenazarnos.» Mientras oía al rey, evocaba la figura del Emperador. Don Carlos hubiera ido a comandar en persona. Como se va a las cruzadas. Aquel hombre sigiloso que le hablaba era otra cosa. No se movería de aquella cámara, ni de aquel sillón en tijereta. En una hora como aquélla el poder hubiera podido estar representado de otra manera. «Yo soy el que va a tener que llenar el lugar vacío.» Estaba tomada la decisión y ahora lo que sentía era la angustia de la hora inevitable.

Venían correos de los puertos con las noticias de las galeras llegadas, de los hombres reunidos, de las vituallas almacenadas. Barriles de vino y de pólvora, quintales de bizcocho seco, carne salada, costales de habas y garbanzos, pelotas de hierro y piedra para los cañones, compañías de arcabuceros y reatas de galeotes. En Venecia, en Génova, en Barcelona, en Cartagena, en las Baleares. El mapa se había puesto en movimiento.

Con los caballeros que iban a formar su séquito se ponía a buscar sobre la carta de marear las ensenadas, las islas, los estrechos por donde habría de pasar, donde ahora mismo estaban pasando las galeras armadas con sus estandartes desplegados y sus fanales encendidos en el atardecer.

El seno del Tirreno, la larga y arrugada bota italiana, el triángulo de Sicilia, el angosto espacio del Adriático y las costas dentadas y zigzagueantes de Grecia, Corfú, el Peloponeso, Corinto, Creta, Chipre y Malta metidas en las aguas del Turco. También estaba la costa turca de los Dardanelos y el cuerno de Constantinopla entre las orillas de los continentes. Allí estaba Selim en el serrallo, con sus quinientas mujeres, sus eunucos, sus batallones de jenízaros, disponiendo la salida de enjambre tras enjambre de galeras. Era hasta allí que había que llegar a tiempo. El verano se iba acortando día a día. Ya se había ido mayo y todavía estaba en Madrid. Comenzó a correr junio como los granos de un reloj de arena.

Al fin saldría el 6. Al amanecer no estaba en su casa, donde se habían congregado sus caballeros y servidores. Ya entrada la mañana apareció al galope de un caballo.

Se supo, por los que aparecieron con él, que lo habían aguardado largas horas de la noche frente a un balcón. Una silueta de mujer apareció en la sombra. Pasaron las horas, pasó alguna ronda con sus hachones. Al primer albor lo vieron descolgarse del balcón y saltar sobre el caballo.

Iban a Barcelona. No como la vez anterior, fugitivo y escondido, sino en un desfile triunfal de villas y castillos que lo aguardaban en fiesta. Ya no era el aventurero de la loca aventura de Malta, sino el Generalísimo, el supremo comandante de las fuerzas navales cristianas. «Todo ahora depende de mi», le dijo a Soto, «y es lo que más me preocupa. Es como si yo sólo fuera a combatir en un duelo con el Sultán».

Llegado a Barcelona se dio cuenta de que faltaba mucho para poder salir. Sólo una parte de las galeras estaba en el puerto. Las demás debían llegar en una semana, en veinte días. Las informaciones lo alcanzaban con exasperante retardo.

«Cada día que se pierde es un día ganado por el Turco», le decían los veteranos del mar. «Es ahora el buen tiempo para nosotros; si se va julio y se va agosto y llega septiembre las tormentas barrerán el mar. Si la flota no está reunida en agosto y en marcha para el combate se habrá perdido la oportunidad.» Enviaba correos, pero las respuestas no parecían llegar nunca. Se sentía atenazado e impotente. Pasaba de accesos de furia a horas de abatimiento. «Todo se va a quedar en esperas y tardanzas.» A retardados retazos se iba completando el cuadro. «Han llegado diez galeras.» «Los venecianos están al zarpar para aguardarnos en Messina.» «Si es que llegamos algún día a ella.» Le escribió al rey pidiéndole su ayuda en órdenes y auxilios. No se hacía ilusiones.

De nada valía que el correo reventara caballos. La carta llegaría a Madrid, pasaría por las manos de Ruy Gómez o más probablemente por las de Antonio. Tardaría en entregarla. La entregaría finalmente dentro de un montón de peticiones, denuncias, memoriales y chismes. Quedaría en la mesa del rey días, acaso semanas, hasta que en algún momento perdido se pusiera a leerla y a cavilar y a oír opiniones para, finalmente, poner al margen con su menuda letra alguna vaguedad.

Se vivía en una víspera sin término. «Se hace lo que se puede, todo toma su tiempo, Alteza.» No quería oír eso, estallaba de impaciencia. Cada día que pasaba era un día perdido para la guerra y ganado para el invierno. Había pasado junio, avanzaba julio y todavía no se salía. «Si perdemos otro mes ya no será posible emprender la campaña.» Los trabajos en la atarazana no avanzaban lo suficiente. El ajetreo de los carpinteros y el estruendo del martillear y de las maldiciones llenaba la alta nave del astillero.

Cada día se esperaba un convoy que no llegaba. Había sido menester enviar a algunos comandantes a recoger gente en otros puertos y a cumplir otros servicios inaplazables.

Gil de Andrade salió con sus galeras a Mallorca, Santa Cruz a Cartagena, Sancho de Leiva a Gibraltar. Parecían más los que salían que los que llegaban. Ahora el rey le escribía reclamándole el retardo, como si fuera por su culpa. Ya las galeras de la Santa Sede y de Venecia debían estar llegando a Messina y él estaba en Barcelona, consumiéndose de desesperación, oyendo vagas disculpas, consejos inútiles y asistiendo a ceremonias, misas y reuniones de personajes. Requesens estaba allí, cada hora importante de su destino había estado marcada por aquella presencia. Cuando tomó el primer comando de las galeras en Cartagena estaba allí para decirle todo lo que tenía que hacer, en Granada era la voz que había que oír, ahora reaparecía. «El pecado original de nuestra Corte es el de no hacer nada a tiempo.» Iba a fracasar la gran empresa por esa misma desgana. «Juan», le decía a su secretario Soto, «no me explico que el príncipe de Éboli y Antonio Pérez, tan amigos míos, no puedan hacer mas».

Los venecianos se quejaban del retardo, las galeras del Papa ya estaban listas. De Italia le venía la noticia de que el rey había reiterado nuevamente la prohibición de darle el tratamiento de Alteza. No habría podido escoger mejor momento para estrujarle en el rostro la humillación.

Llegaron las últimas instrucciones. Requesens debía acompañarlo en la Real y aprobar todas las decisiones. Con Quijada había sido distinto. Era como su padre, estaba de por medio su «tía» y su ternura materna, pero aquel hombre seguro, callado y muy posesionado de sí mismo era otra cosa. Le nombraban también el Consejo de Guerra, donde debían tomarse las decisiones importantes. Iban a ser nueve opiniones que acatar. Los cuatro primeros formarían a la vez el Consejo Privado con las manos metidas en todo. Requesens el primero y luego Doria, el genovés mañoso que se sentía como un verdadero príncipe reinante, el marqués de Santa Cruz, que le daba cierta sensación de seguridad en la gran aventura, Juan de Cardona, jefe de las galeras sicilianas y, luego, el conde de Santa Flor, con la infantería italiana, Ascanio de la Corgna, Gabrio Cervellón, con la artillería, Gil Andrade, Juan Vásquez de Coronado.

A última hora habían llegado instrucciones de la Corte para que la flota se dirigiera a Génova y Nápoles antes de llegar a Palermo. «Esto significa perder quince días más."

«Quien nos va a derrotar es el invierno.«En los últimos días de la espera llegó una carta manuscrita del rey. Juan de Soto se la leyó poniendo en el tono dulzura y suavidad. «No puede ser. Nunca creí que llegaría a ese extremo.» Se movió nerviosamente, estuvo a punto de estallar en llanto. «Cálmese Su Alteza, cálmese.» «No me des más ese nombre, es una irrisión, Juan de Soto.

No soy nadie, para el rey soy menos que nadie. El pobre bastardo que le encomendó su padre y que él tiene que sufrir. He cumplido con éxito todo lo que me ha confiado.

Pero de nada sirve. Cada vez que puede me humilla." Hacía poco le había escrito a Ruy Gómez quejándose del menosprecio que significaba ordenar que se le tratara de Excelencia. Se atrevía a decirle que «así como no lo merezco no sale de 5. M. sino de alguna persona que creerá autoridad suya tener yo poca». «¿Quién puede ser, Juan de Soto?» No le respondió el asustado secretario. «No es Ruy Gómez, de eso estoy seguro. ¿Quién entonces?» «Vamos a hacerle una carta al rey para terminar con todo esto. Tengo que decirle que ya no soporto más tantas humillaciones y maltratos. Que merezco el respeto que todos me dan, menos él.~ Redactar la carta fue un combate.

Soto sugería formas suaves de decir su querella, maneras cortesanas de presentar sus quejas. La frase iracunda se convertía en tímida ironía. Le suplicaba «advertirme de continuo de lo que yo no entendiere… fío tan poco de mi edad, experiencia y opinión».

Declaraba la gran necesidad que tenía del juicio ajeno. Pedía que se le "fuera advirtiendo y reprendiendo lo que se juzgare que dejó de acertar, recordaba la anterior carta de consejos antes de salir para Cartagena. como para señalar la inútil reiteración desconsiderada que ahora le hacia y "que voy viendo siempre como cosa que tanto vale».

"Así es mejor y el efecto es el mismo, aseguraba Soto. Venía ahora lo del tratamiento.

Lo mejor era decirlo con la más sincera llaneza: «Muy grande merced me ha hecho V. M. en mandar a Antonio Pérez se me envíe traslado de lo que se escribe a los Ministros de Italia acerca del tratamiento que se me ha de hacer, y no sólo me será de mucho gusto conformarme con la voluntad de V. M., pero aún holgaría de poder adivinar sus pensamientos en todo lo demás para seguirlos como lo he de hacer». El reclamo iba envuelto en una súplica: «Me fuera de infinito favor y merced que V. M. se sirviera tratar conmigo ahí de su boca lo que en esta parte deseaba, por dos fines, el primero porque no es servicio de V. M. que ninguno de sus Ministros haya de conferir conmigo lo que sea su voluntad, pues ninguno de ellos está tan obligado a procurarla como yo; lo otro, porque hubiera hecho antes de partir de ahí algunas prevenciones encaminadas al mismo fin, que se consiguiera como V. M. lo quiere y con menos rumor y por lo que debo a haberme hecho Dios hermano de V. M., no puedo excusarme de decir ni dejar de sentir haber yo por mi valido tan poco que cuando todos creían merecía con V. M. más y esperaba verlo, veo por su mandato la prueba de lo contrario, igualándome entre muchos…; hago a Dios testigo de la pena que me da esta ocasión por solamente ver la poca satisfacción que de mi se muestra y así son muchas las veces que voy imaginando si seria más a gusto de V. M. que yo buscase otro modo de servirle, pues en el presente creo de mi soy tan desgraciado a conseguir lo que mis deseos en esta parte me obligan y piden.

La mañana de la salida llegó al fin. Gran misa solemne, el virrey y la nobleza, los altos dignatarios de Cataluña, los prelados, las bendiciones, la rada blanca de velas y la muchedumbre de galeras con los remos en alto y las chusmas de pie gritando: «Hu, hu, hu», hasta subir al fin a la Real, mirar desde la alta plataforma de la carroza el gentío que se apretaba dentro de la embarcación, los trescientos galeotes con sus chaquetas rojas, los soldados en los corredores, el capellán lanzando bendiciones, hasta los que llenaban la corulla y el tamborete, con banderas y gallardetes izados y el relincho de las chirimías. Era a él, de pie en la alta cubierta de la popa, a quien aquellos hombres veían.

Sonaron los pitos de los cómitres, se oyeron las voces de mando, se pusieron en posición los remeros y se sintió el empuje con el que comenzaba a avanzar la galera.

Se oía el eco de la saloma que cantaba al ritmo del remar, con una sola voz ronca, acompasada, casi suplicante.

«La de Granada fue la guerra negra; ésta va a ser la guerra de siete colores." Fue la expresión de su deslumbramiento desde que la Galera Real vio desplegarse, como una inmensa concha marina, Génova entre sus colinas.

La numerosa flota llenó la rada. En el desembarcadero estaban los altos funcionarios y las tropas de honor. Terciopelos, capas de colores, flámulas de banderolas de todas las formas y pintas, resonar de trompetas y tambores y la fila severa de los enlutados senadores. Fue largo el besamanos y el desfile hasta llegar al Palacio Doria. El risueño y desdeñoso Gian Andrea le hizo los honores de la casa. Enfiló las inmensas galerías, las titánicas escaleras, los salones llenos de cortinajes y tapices y aquellos cuadros nunca vistos, desbordantes de mujeres desnudas. Nada que recordara el Alcázar de Madrid, con sus tonos sombríos y sus pinturas de religión y martirio. Las estatuas de las Venus se inclinaban hacia él. Los gruesos marcos dorados encerraban en luz tibia las Dianas, las Gracias, las Afroditas de carne tibia y viviente, a veces tendidas sobre lechos de seda, oyendo la música de una viola de amor, con los ojos entreabiertos, los amplios senos al aire y las poderosas caderas y muslos indefensos. Dánae sobre el lecho, abierta y recogida en la espera de la prodigiosa posesión, mientras llueve sobre ella el dorado semen de Júpiter. Las miraba de pleno, de rezago, de paso.

Ya nunca pudo disociar aquellas imágenes de la apariencia de las damas que se le acercaban, mujeres de la nobleza, hijas de senadores, esposas de ricos comerciantes, doncellas de refinada gracia. Estaba adivinando debajo de los brocados, los encajes y las batistas, muslos, senos y caderas de las diosas de los cuadros.

«No me imaginaba que esto era así», le confió a Juan de Soto. Despertaba en él una avidez nueva por la vida, el mando y las mujeres. Las sentía aleladas en su presencia. Indefensas y dispuestas. Los primeros días fueron un torbellino. En mitad de las visitas al palacio se quedaba embelesado ante alguna, le hablaba pocas palabras. Era poco lo que podían hablar entre su castellano duro y resonante y aquella parleria cascabelante de las italianas.

Fue torpe con la primera, pero luego y pronto con las demás pasaba rápido del saludo al retener la mano, al mirar a fondo, al apartarla, al hablar más con las manos, los gestos y la expresión, hasta el paroxismo de la posesión.

Los genoveses no ocultaban su preocupación por aquella concentración de embarcaciones de guerra y de tropas sobre su ciudad. Algunas tuvieron que abstenerse de desembarcar o de entrar en la ciudad.

Resonaba continuamente el patio empedrado del Palacio Doria con los cascos de los caballos de los visitantes. Así llegó Pedro de Aldobrandini, enviado de la princesa Margarita de Parma, con los más afectuosos saludos para su medio hermano. Le ofrecía su casa y sus dominios y le pedía que no dejara de visitarla tan pronto pudiera. Nunca la había encontrado, pero se habían escrito muchas veces. Hija bastarda del Emperador, como él, pero nunca le había pesado la bastardía que tanto parecía pesar sobre él. Duquesa de Toscana y de Parma, Gobernadora de los Paises Bajos, nunca nadie le había disputado ni regateado títulos. Era con ella con quien más hubiera podido abrirse en su constante y callada querella.