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Estaba subiendo la cuesta de Cuacos a Yuste, en la misma luz inmóvil de aquel día, pero no seguía más adelante. No era hora de buscar consejo, sino de encontrar en si mismo. ¿Era él o no era él?
Se multiplicaron las misas, confesiones e indulgencias plenarias. Con la reliquia de una astilla del leño de la Santa Cruz para Don Juan, el Legado Papal había traído una promesa de vida eterna para cada hombre que cayera.
En la mañana comenzaron a salir de la rada las embarcaciones en el orden establecido. En un saliente de la muralla estaba el Nuncio Odescalchi con sus acólitos, de gran capa pluvial y alta mitra, impartiendo bendiciones. Al paso de cada galera los hombres caían de rodillas mientras los remeros levantaban los remos como en una súplica.
Con frecuencia el cielo se ponía negro. restallaban rayos en el horizonte y lentos y hondos truenos retumbaban. Se buscaba refugio en la costa. Había podido contra los otros argumentos, pero aquel constantemente repetido del mal tiempo volvía con insistencia fatídica. "Tiempo de perros.'~" Retumban los trastos del diablo en el Infierno."
La travesía hacia la costa griega se retrasó. Había quienes querían ir primero a recoger barcos y gente en puertos del Adriático y había quienes, como Veniero. insistían en dirigirse sin más retardo a Corfú. Lo que encontraron al acercarse fueron huellas de depredaciones recientes. Habían asaltado puertos, saqueado iglesias y tomado prisioneros para sus galeras. "Ya los tenemos cerca." Allí se sumó más de la situación de la flota enemiga. Se estaban concentrando a la entrada del Golfo de Corinto, en la estrecha bahía de Lepanto. Debían ser más de 200 galeras. "No van a dar batalla.
Lo que han venido a buscar es un refugio seguro para el invierno." "No será fácil obligarlos a salir." "Saldrán, tendrán que salir." "No es eso lo que me preocupa", decía Don Juan. Lo que le preocupaba era el desorden y la indisciplina de la flota. En las naves de Veniero los españoles y los venecianos promovían continuos pleitos entre si.
"Tienen que entender que ahora todos somos uno. La gente de Cristo contra el infiel y más nada." Pero no era eso lo que ocurría. Había desánimo, malas voluntades, celos, desacomodos, rencillas. Alguna exclamación en dialecto veneciano podía ser tomada como un insulto. "¿Qué se ha atrevido a decirme este perro?"
Cuatro días después llegaron a la isla de Goníenitsa. Más tarde, el 30 de octubre, día de marejada y tiempo grueso. se oyeron disparos en una galera veneciana. De borda en borda fue cundiendo la noticia. Soldados españoles y venecianos se habían trabado en lucha abierta. Don Juan subió a lo más alto de la popa de la Real para tratar de ver. Cuando las noticias le llegaron no tuvo casi tiempo de oírlas y dar las órdenes necesarias. Como títeres yertos se veían colgar de una entena del barco veneciano los cuerpos de tres soldados.
"¿Quién se ha atrevido a ordenar esto? ¿Quién es el jefe aquí?", vociferaba Don Juan. "Soy yo y sólo yo quien puede hacer justicia." Se inició un movimiento de agrupación de galeras españolas frente a las venecianas. Habían subido a la Real algunos jefes españoles e italianos. Requesens trataba de calmar a Don Juan. "Seria una monstruosidad imperdonable que todo este esfuerzo viniera a terminar aquí en un combate entre las mismas galeras de la Liga.~ "Voy a colgar a ese viejo insolente que se ha atrevido a desconocer mi autoridad."
Los arrastrados resentimientos y fricciones cobraron nueva fuerza. Se dijeron horrores de Veniero, de su soberbia, de sus argucias de abogado, de su desprecio por los españoles. Juan de Soto le dijo algo que lo puso a meditar y cambió el tono: "No se puede permitir que Veniero llegue a acabar con esta gran empresa de Dios". Barbarigo vino a dar explicaciones y afirmó que cualquiera que fuera la falta de Veniero los soldados de la Serenísima obedecerían hasta el fin a Don Juan.
Tardó en volver en si. "Esta ha sido una falta muy grave a mi autoridad, que sólo puedo dejar sin el castigo merecido por todo lo que está en juego en esta hora. Barbango asume desde ahora la jefatura de las fuerzas de Venecia y su representación en el Consejo. Veniero cesa en el mando y le prohíbo presentarse ante mí. No se hable más de esto."
Se siguió hablando. No era posible borrar con una orden todo lo que había aflorado en el grave incidente. No había unidad de mando ni de voluntad entre aquellos hombres reunidos casi por un azar. Las viejas lealtades y los odios heredados reaparecían.
Dos días después, ya en Cefalonia, una embarcación que llegaba de Chipre trajo espantosas noticias que cambiaron el ánimo de todos y particularmente el de los venecianos.
Los turcos habían tomado a Famagusta. El heroico comandante veneciano, Bragadino, había convenido, falto de auxilios, en rendirse al jefe de los turcos. El mismo día en que se hacia la ceremonia de la entrega, el jefe turco, faltando a todo lo convenido, ordenó prender al comandante cristiano y a sus hombres. A los más de ellos los mataron y al anciano Bragadino lo desollaron vivo. Murió mientras los matarifes le acababan de quitar el pellejo. Luego lo rellenaron de paja y lo izaron como un trofeo de triunfo sobre la fortaleza.
La indignación y el deseo de venganza borraron las rencillas y diferencias de los días anteriores. Lo que había ahora era un deseo insaciable de venganza. Se oían frases de amenaza y de impaciencia. "Deben pagar todos este crimen cobarde."
Después de un último consejo de guerra en el que todavía se alzaron algunas objeciones y propuestas de dejar para mejor ocasión la batalla definitiva, con cielo oscuro, viento frío y mucha niebla en la mañana, salió la armada completa hacia la entrada del Golfo de Corinto. Bajaron hasta la boca y luego torcieron hacia el Este.
Hora por hora se prolongaba la larga víspera, los ojos escrutaban el horizonte nebli-, noso. Don Juan había prohibido, bajo pena de muerte, que se hicieran disparos. Parecía una inmensa manada, cada vez más apretada y silenciosa, que avanzaba husmeando la muerte. No se oía sino los sermones de los frailes, las confesiones, los credos ahoga-~ dos. Algún hombre se persignaba y movía los labios en una súplica muda.
Habían tomado la formación de combate. Adelante, la vanguardia llevando las seis grandes galeazas venecianas rebosadas de cañones por toda la borda; en el centro, bajo un vuelo de banderas azules, el cuerpo de batalla con la Real en medio de la fila. A la izquierda los venecianos y a la derecha los pontificios. Detrás las galeras de Bazán.
Estaban muy cerca unas de otras, se podía hablar a gritos de borda a borda. Se habían dado instrucciones severas para no dejar entre las formaciones brecha por donde pudieran penetrar embarcaciones enemigas. «Formamos una cruz sobre el mar", recordó el capellán de la Real.
Se hizo lento el tiempo en el día gris. La forma de una nube, la dirección del viento, el vuelo de una bandada de aves marinas, la frase suelta que dijo un compañero, parecían presagios.
Tenían viento contrario y las velas colgaban de las entenas. Era el atardecer del 6 de octubre, víspera del día de San Marcos. Se acogieron a la costa por la noche.
Don Juan quedó solo en su cámara, ansioso, contraído, dando pasos sin tregua.
Allí lo encontró Juan de Soto. «Es cuestión de horas, señor.» No era un diálogo, sino dos monólogos inconexos. «Cada hora que pasa me parece más larga.» «Nunca ha habido, señor, una ocasión igual. Tal vez en Accio y quizá no. Mañana estaremos derrotados y muertos o habremos acabado con el poderío del Turco." Se interrumpió en su nervioso imaginar. «Libres Chipre, Malta y Creta. Toda la ribera oriental del Egeo.
Libia, Palestina, Jerusalén." «Deliras, amigo», le dijo Don Juan. «No deliro. Destruida la flota turca, todo queda abierto para la Liga Santa y para España. Llegaremos a los Dardanelos y al Cuerno de Oro. A Constantinopla para borrar la afrenta de la conquista otomana. Va a resurgir el Imperio de Oriente.» «¿Cuántos reinos van a renacer de esta victoria? En Atenas, en Grecia, en Tierra Santa. Habrá de nuevo un rey de Jerusalén. Un nuevo Godofredo. Habrá otra vez en Constantinopla, en Santa Sofía, un Basileus, Emperador de Oriente.» «No es hora de soñar, sino de hacer, Juan de Soto.» En el oscuro amanecer del 7, la flota viró frente a las islas Curiolarias, cerca estaba el promontorio que marcaba la entrada del Golfo de Lepanto. Cada embarcación había ocupado su puesto en la formación. Asomó lentamente el sol entre la niebla, una fragata de espionaje avistó galeras turcas. Llegaba la hora.
Se había ordenado no disparar para no alertar al enemigo, avanzar compactos y listos para entrar en combate. Se le quitaron las cadenas a los galeotes, se les dieron armas y se les prometió la libertad si luchaban con valor. Colonna aconsejó rebajar los espolones para facilitar el tiro horizontal de los cañones.
A medida que giraban sobre el promontorio se fue descubriendo en el fondo de la ensenada la flota turca. Un inmenso arco de velas infladas por el viento, de orilla a orilla parecía extenderse la blanca fila como la hoja de una guadaña que avanzaba a ras del mar. Debían estar a no más de dos millas de distancia y avanzaban con el viento en aquella inmensa media luna de su formación.
Don Juan salió de la cámara para recorrer la crujía. Todo el espacio estaba cubierto de gente. Se apretujaban los soldados hombro con hombro y se tocaban las armas en el estrecho espacio. En el barco iba y venía la oleada del empuje remero de los galeotes.
Don Juan se iba deteniendo para hablarles. Había llegado la gran hora. Era Dios quien los había traído hasta allí para acabar con los infieles. Era una gran ocasión para todos.
Los que sucumbieran iban a ganar la gloria eterna y los que sobrevivieran recibirían espléndidas recompensas. Hablaban del rico botín que había en las galeras turcas, de las islas y tierras que iban a libertar y de la gratitud del rey y de toda la Cristiandad.
Cuántos hombres no quisieran estar en su lugar para ganar toda gloria en la tierra y en el cielo.
Mandó luego a detener el avance. [.os remeros aguantaron los remos mientras Don Juan, con dos acompañantes, subió a una embarcación ligera para pasar revista a la fila del centro y la derecha de la formación. En la proa, como un arcángel en su altar, levantaba la mano como si bendijera. A veces se detenía, subía a bordo, saludaba a los hombres agolpados para verlo. Todos iguales y distintos, más grandes o más pequeños, más mozos o más viejos, con nombres tan diferentes como sus destinos, españoles, venecianos, pontificios, de todos los confines, gentes de guerra. de aventura y de esperanza de la "Diana", la "Margarita", la «San Pedro". la "Perla", la «Granada», la»Santa Maria». la "Furia", la "Ventura», la»Esperanza» o la»Marquesa«.
Eran como un solo hombre repetido centenares de veces. La misma actitud de asombro, de ímpetu contenido, el arma en la mano, el casco metido hasta los ojos, entrecerrados por el brillo de las picas y las lanzas, apretados sobre las planchas de la arrumbada.
De proa en proa asomaba aquel mismo rostro ansioso que lo devoraba con los ojos y que apenas oía sus palabras. Sólo algunas voces les llegaban reverberando: "Dios", "la Gloria Eterna», «la Santísima Virgen de las Batallas", "dichosos los que estamos aquí", «dichosos los que podrán decir que estuvieron aquí», «Dios lo quiere". "Dios está con nosotros». Eran como un solo hombre innumerable al que se dirigía. Altos, chicos, vociferando en español, en dialecto veneciano o romano, en desgarradas voces alemanas, en inglés o en griego. Allí estaban los Pedros, los Gineses, los Luigi, los Demetrio, Juan, Giovanni, Hans, John, uno solo y todos, cada uno con su propio nombre, su propio miedo, su propia esperanza. Todos lo veían a él, pero tampoco veían al mismo hombre ni con los mismos ojos. El Generalísimo, el príncipe, el hijo del Emperador, el único y propio de cada uno de ellos, el que los había traído hasta allí y los llevaría a la victoria, tan distinto para cada uno. "Yo estoy aquí», era lo que hubiera podido decir cada uno de ellos. Desde los más torpes y simples hasta aquel soldado a quien Don Juan tampoco distinguió. pálido de fiebre, acezante como un galgo fino, ardiente y estremecido que ya sabía que era aquélla "la más alta ocasión que vieron los siglos presentes. ni esperan ver los venideros".
Al regreso a la Real pudo ver en toda su extensión la larga fila de proas que avanzaban hacia las naves turcas y el espacio tupido de arboladuras. Era como la confluencia de muchos torrentes humanos, que había llegado allí, a aquel brazo de mar, a confundirse y mezclarse en un mismo momento y en un mismo impulso. Millares y millares de hombres, millares y millares de hilos de vida, habían llegado de cien partes a anudarse allí, precisamente allí, en aquella hora y lugar, para desatarse en el combate, en el riesgo de cada uno, como si entraran a otra vida.
Reanudado el avance, fue viendo más claro el conjunto de la flota enemiga. Iban reconociendo por los informes recibidos los cuerpos que la formaban. En el centro, inconfundiblemente, aparecía la Sultana. la gran nave altanera, henchido el pecho de sus velas, desbordante de formas humanas, arropada de un inmenso estandarte verde que estallaba en lo gris del cielo. Dentro de dos horas, dentro de una hora, estarían a distancia de tiro de cañón. Allí estaba el almirante turco, Ah Bajá. Joven, espléndido en su coraza, bajo su grueso turbante como un hongo monstruoso. Los barcos que formaban el ala derecha eran los de El Uchali, galeras de corsario sucias de mar y rotas de combates, donde el tiñoso renegado debía ir con su ojo sagaz escrutando el frente de las galeras de Doria con las que iba a topar.
En ese momento se aflojaron las velas turcas abandonadas del viento y comenzaron a henchirse las cristianas. Un grito de alegría recorrió la flota. Era presagio de victoria. En la Real se había alzado la señal de combate y se esperaba por momentos el primer disparo de cañón que anunciaría el comienzo. Había silencio en la flota cristiana, mientras del ancho frente de la turca llegaba el sordo y poderoso eco de gritos, tambores y chirimías. La alegría del miedo.
Solemne, lento, sonó el primer disparo desde la capitana turca. Se oyó otro cañonazo y simultáneamente se vio desgajarse y caer al mar uno de los tres fanales de la Sultana. La flota cristiana estalló en un clamor de júbilo.
A medida que se acercaban los frentes, el campo de visión se iba estrechando. De lado y lado, desde cada nave, se iba viendo sólo aquella parte del otro frente que se le acercaba. Don Juan miraba la Sultana avanzar hacia la Real, como si estuvieran solas y se buscaran. Lo mismo ocurría en cada barco. Era una visión de barco a barco, que más tarde sería una de hombre a hombre. Se abarcaba diez galeras enemigas, luego seis, para terminar por no ver sino aquella sola, que avanzaba apuntando su espolón.
Al acercarse la flota turca, las seis galeazas venecianas comenzaron a disparar todos sus cañones desde las bordas como un castillo flotante. Se habían hundido algunas galeras turcas y se abrió un ancho espacio de temor en torno a las galeazas. La Sultana esquivó la que se encontraba más cerca y se colocó en línea hacia la Real. Por toda la aglomeración surgían disparos de cañón y tiros de arcabuz, el humo subía de los incendios que provocaban los dardos encendidos y las velas se erizaban de flechas.
Cada espolón, erguido y cabeceante, buscaba los bajos blandos de la otra galera.
Era como una manada de bestias marinas en celo. Llegaba el momento de toparse galera con galera. El firme espolón buscaba el costado para penetrar la galera enemiga.
El recortado espolón de la Real resbaló sobre el alto flanco y el espolón del barco enemigo, mientras penetraba el espolón de la galera del Bajá, con empuje brutal, en el vientre de la Real. Quedaron trabadas en un solo movimiento, cayeron los garfios de abordaje. Ahora estaban atadas, metida la una en la otra, tocándose con los brazos rotos de los remos. Era más alta la borda de la galera turca. Había que treparía y abordarla. Apretados sobre la arrumbada y el tamborete de proa, sobre la crujía y los corredores, enredados en sus armas, los soldados se lanzaban al abordaje. Con ímpetu saltaron los primeros sobre la Sultana y comenzó el combate cuerpo a cuerpo.
Cada galera buscaba su contraria, la tanteaba con los remos, se enderezaba para acometerla con el espolón hasta penetrarla o ser penetrada para quedar apareadas en aquella lucha que iba cubriendo de entarimados flotantes lo que era mar, hasta que el mar se redujo a pequeños trechos de agua de nave a nave, donde, entre trapos y maderos, se agarraban a los remos rotos los hombres caídos, antes de desaparecer bajo el agua.
A lo largo de la línea de batalla se iban apareando las galeras en aquel abrazo de muerte. La navegación había terminado y ahora no quedaba sino la lucha de hombre a hombre, soldados de los tercios, marineros, galeotes armados, capitanes, de galera a galera pasaban y retrocedían, en aquel inmenso tablado roto y oscilante lleno de gritos, estampidos y crepitar de incendios. De galera a galera se peleaban, de galera a galera pasaban los refuerzos de hombres y armas, hasta que la lucha se redujo a doscientos encuentros de barco a barco, como si cada quien estuviera solo en su parte de infierno.
Disparos de cañón y de arcabuces se cruzaban entre las dos galeras, abriendo huecos en la obra muerta y matando remeros y soldados. La humareda hacia borrosa la proximidad. Se estremeció en toda su extensión la Real ante el terrible choque del espolón de la Sultana, saltando maderos y aplastando remeros. «Nos han bujarroneado.» Estaba encima la gran galera turca, echada sobre la Real de todo su peso y altura.
«A ellos.» Trepando desde la proa soldados españoles llegaron a la cubierta de la nave turca. Los unos se empujaban a los otros para llegar arriba. Los que no caían al agua, entraban en la cubierta enemiga en una lucha de hombre a hombre. Los cuerpos muertos y la sangre sobre las tablas estorbaban la lucha. De las galeras cercanas pasó gente a la Real. Formaban un amasijo de galeras trabadas en torno a las dos capitanas.
El conjunto de naves formaba un tablado desigual y roto, de borda a borda y de cubierta a cubierta, por donde se movía, avanzando y retrocediendo, la revuelta masa de los combatientes. Los heridos y los muertos caían entre los pies de los combatientes o rodaban a los retazos de mar entre las palamentas rotas. Ya no era hora de dar órdenes. Don Juan se lanzó desde la carroza de popa con la espada en la mano. Cerrado entre sus hombres, arrastrando y arrastrado, llegó hasta la arrumbada y subió la borda de la Sultana. Los cristianos habían ocupado hasta más allá del palo mayor. Lo que se miraba enfrente era la marejada de los guerreros turcos. Turbantes, escudos, arcos, los largos sables curvos de los jenízaros y aquel griterío en algarabía revuelta. Algunos de sus capitanes lo contuvieron. En lo alto de la popa estaban los jefes turcos. Bajo su gran turbante, vestido de sedas deslumbrantes, estaba Ah Bajá, el almirante. El avance se había detenido. En la línea de lucha se pisaba sobre heridos y muertos. Las tablas estaban resbaladizas de sangre. Los capitanes exhortaban a Don Juan a retirarse ala Real. No quería oír. «Para esto he venido. Para esto estoy aquí.» El avance se había detenido y los cristianos comenzaban a retroceder bajo el creciente número de los turcos. El humo de los incendios impedía distinguir con claridad. Arreciaban los disparos y la lluvia de flechas. De lado y lado los cañones abrían huecos en la madera y en la fila de hombres. Empezaron a saltar soldados turcos sobre la proa de la Real. No quedó nadie sin acudir a la pelea. Los galeotes habían abandonado sus remos inertes Y rotos para atacar al enemigo. Pasaban el trinquete y se acercaban a la mayor, casi Sin poder retroceder contenidos por la masa de hombres que llegaba de refuerzo. Comenzaron de nuevo los cristianos a avanzar, regañaron el trinquete, subieron a la arrumbada, saltaron del tamborete a la cubierta de la turca. Era como una oleada de tormenta que desbordaba sobre las planchas empujando los enemigos hacia atrás. Cada hombre tenía ante sí aquel solo enemigo que lo amenazaba. La visión de Don Juan se concentraba en aquel torrente de hombres que trepaba o retrocedía en la Sultana. Lo demás era el resonar de cañones cercanos o lejanos,»staccato» de fusilería y humo de incendio que venía de los barcos trabados, revueltos, inmóviles, cada uno en cada otro. Era aquella sola su batalla, aquel pasadizo de la crujía, que subía y llegaba a la cubierta de la Sultana.
Nadie sabia de los otros, cada quien en su parte en el vasto y oculto espacio de la pelea. La lucha era la suya sola, allí, y cada hombre tenía que ganarla o perderla.
Un pedazo de combate que era todo el combate para cada capitán y para cada soldado.