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Lo último que le llegaba, como todas aquellas nuevas, ya era viejo de meses y lo dejaba en el suspenso de ignorar lo que podía haber pasado desde que la noticia se produjo. «Fue hace ya dos meses, ¿quién sabe lo que habrá ocurrido desde entonces?«Era también la ocasión de perderse en suposiciones ingratas.

Juan de Soto escribía poco, siempre en el tono neutro y cauteloso del que no estaba seguro de las manos a las que podía ir a parar la carta. Más decían los mensajeros que podían traer confidencias. La imagen era siempre la de aquella dualidad entre lo que decía el rey, lo que decía Antonio Pérez, lo que decía Antonio Pérez que había dicho el rey, el rumor borroso de alguna confidencia inverificable. Pérez se mostraba amigo y veía con agrado el proyecto de Inglaterra. No había negativa abierta del rey pero si consideraciones de cautela y prudencia. Había que esperar, había que ver, no había que precipitarse.

Fue entonces cuando llegó la noticia de la muerte de Carlos IX de Francia. El rey de un reino dividido en el que las agazapadas facciones iban de nuevo a levantar cabeza.

Hugonotes, católicos, partidarios de los Guisa. Podía darse la ocasión de obrar con audacia y lograr el trono para un español. Juan de Francia. Todo era posible y todo era imposible. Entre las tardes de fiebre y los días de intriga le llegó la retardada nueva de que el otro hijo de Catalina de Médicis, Enrique de Anjou, que había sido elegido poco antes rey de Polonia, había sido llamado a ocupar el trono francés.

Como en un juego de escamoteo surgía entonces la posibilidad del trono polaco.

Algunos veían mejores posibilidades allí si el rey de España ponía todo su peso en los electores polacos, Juan de Polonia. García de Toledo le escribió en tono paternal para decirle las mejores posibilidades que había en un trono electivo. No se tropezaba con el insalvable inconveniente de la legitimidad. Era mero asunto de fuerza política.

En la hora de la fiebre se veía en un oscuro salón en un raro juego de sillas musicales. Eran tres, cuatro, cinco personas, que giraban en danza alrededor de cuatro o cinco sillas. Cuatro o cinco tronos. El de Túnez, el de Francia, el de Inglaterra, el de Escocia, el de Polonia. También estaba el de España. Había mujeres y hombres en la ronda.

Y hasta un niño en el Alcázar de Madrid. Al interrumpirse la música todos se precipitaban a ocupar las sillas. Se lanzaba a la silla más próxima pero la encontraba ocupada.

Había que esperar que comenzara la nueva ronda.

Por debajo de la intriga de Génova le comenzaron a llegar noticias malas de Túnez.

Era mayo y los trabajos de la nueva fortaleza no avanzaban de acuerdo con lo proyectado. Se confirmaban informes de que El Uchali, con una flota grande, navegaba hacia Occidente. De La Goleta llegaban voces de angustia. Pedían, como siempre, refuerzos y dinero. Envió un escuadrón de galeras con hombres y materiales. Nunca era suficiente. «Si llega el Turco ahora…», repetían las misivas Se sintió lejano e impotente para dar auxilios suficientes. Con desespero envió cartas para Madrid, para los virreyes de Italia, para Palermo. Estaba en peligro de perderse todo y había que actuar con toda prisa. No bastaban las cartas. Despachó a Juan de Soto de nuevo a Madrid a forzar la rápida decisión de la ayuda.

Era como gritar en la soledad. Los hombres de La Goleta debían pensar que los había abandonado.

Las tardías respuestas que le llegaban no eran alentadoras. Algunos pensaban que se exageraba el peligro, que La Goleta podría resistir muy bien como en el pasado.

En Madrid se hablaba casi burlonamente del «embarazo de África». Según hacía saber Soto, más parecían preocuparse de las aspiraciones al trono de Inglaterra.

Desde Roma Zúñiga pensaba que no había motivo para tanta alarma. Granvela, en Nápoles, daba largas y hacía poco. Terranova, en Palermo, no pasaba más allá de un retrasado auxilio de dinero y barcos La desesperación en Vegoven crecía. «Lo que está en vísperas de perderse no es La Goleta, es Lepanto. Nada va a quedar de todo lo que pudo haberse ganado allí.» En junio las nuevas fueron más precisas y graves. El Uchali avanzaba con una flota de 300 galeras. Cervellón decía que los jefes turcos de Trípoli, Argel y Bona marchaban por tierra hacia Túnez. Día tras día se iba formando y cerrando aquel anillo de hierro y fuego sobre el Golfo de Túnez. Era la hora en la que centenares de galeras cristianas deberían estar allí listas para repeler el ataque y darle al Sultán la confirmación de una derrota definitiva.

No pudo esperar más. En un arranque de desespero embarcó en La Spezia con los barcos y los hombres que pudo reunir.

Nunca le pareció la navegación más lenta, ni los días más largos. Todas las velas desplegadas, los remos a todo empuje, los gritos y los látigos de los cómitres parecían lograr poco. «Cada día que pasa es ayuda para el Turco.» Ofrecía premios y halagos a los bogas.

La llegada a Nápoles aumentó su angustia. Lo que había en hombres y barcos era poco. El Cardenal Granvela usaba un tono complaciente y paternal. No era eso lo que necesitaba. Soldados, dinero, barcos. Pero no para dentro de una semana o dos, sino ya, de inmediato. «Esta es la hora en que yo debería estar entrando en La Goleta.» Las cartas de Soto desde Madrid no eran más alentadoras. No sólo no había prisa sino que tampoco había gran preocupación. Otras cosas ocupaban el interés del rey.

Antonio Pérez apuntaba al error de no haber obedecido la orden de demoler las fortificaciones. Tal vez, le daba horror pensarlo, habría quien viera aquello como una buena lección para el atolondrado. «Es así como me miran.» Los días de Nápoles terminaron. Las noticias que recibió en Messina confirmaron sus temores. Túnez estaba cercado por tierra y por mar. Era la última noticia, no de hoy ni de ayer, sino de hacía ocho o doce días, la que trajo una embarcación mercante, un pescador o un fugitivo. Lo que podría estar pasando hoy no lo sabia ni podía saberlo. DOCE Había que imaginarlo con horror o con esperanza. La fortaleza había resistido, habían logrado rechazar el ataque y esperaban solamente la llegada de las fuerzas auxiliares.

O no habría podido resistir. Lo que tenía que pasar ya estaba pasando o ya había pasado, y era tarde irremediablemente. «Vuestra Alteza ha hecho todo lo que se puede. Confiemos ahora en el Señor.» Hubo que retardar la salida. Tenaces tempestades de días enteros retenían las galeras en el puerto. «Es locura, señor, salir con este tiempo», decían los viejos marinos. Caía en súbitos abatimientos. «Todo está contra mí.» Salieron hacia Trapani. No pasaban de un centenar de galeras. Qué posibilidades podía tener aquella modesta fuerza frente a todo el poderío y la astucia marina de El Uchali y las fuerzas de tierra enemigas. La tempestad volvió más recia y por interminables días no se pudo salir.

Hasta que apareció aquella nave francesa, maltrecha, fugitiva, con cincuenta soldados de la guarnición de La Goleta a bordo.

Hacía días, el 23 de agosto, había sido tomada la fortaleza. Muchos jefes pasados a cuchillo. Cervellón y otros tomados como esclavos. La ciudad estaba en poder de Sinan, el jefe turco.

Juan Zanguero, el capitán de los soldados fugitivos, contaba espantosos detalles de la lucha. El exterminio, la matanza, el saqueo.

Don Juan oía en ahogado silencio, los puños y los dientes apretados. «Cuenta más horrores, Zanguero, más horrores, todos los que sepas.» Luego añadió unas palabras que nadie se atrevió a oír: «El rey estará contento».

Su situación había cambiado. Era lo que sentía en la forma en que lo trataban los grandes funcionarios y en los decidores silencios que se hacían ante él. «Fue una lástima. Vuestra Alteza hizo todo lo que se podía. Desgraciadamente…» Desgraciadamente, lo sabia, había fracasado. Las culpas recaían sobre él. Había desobedecido al rey al no desmantelar la fortaleza de La Goleta. Había salido tarde y mal y no había podido llegar a tiempo.

Un cierto tono de insoportable conmiseración había en las palabras de los cortesanos. Con Juan de Soto se descargaba. «¿Qué soy ahora? Nadie lo sabe y menos yo mismo. Los virreyes me hacen menos caso que nunca; no tengo ninguna autoridad sobre ellos. La Liga se acabó, la flota está dispersa y sin recursos. He quedado para recuerdos y pequeñeces. Para arreglar los pleitos de los genoveses.» Ya evitaba hablar del posible reino para él. «Me verán como un majadero que no sabe lo que es, ni menos lo que puede. Si me quedo aquí irá cayendo sobre miel olvido y la insignificancia; ahora más que nunca necesito que se me reconozca, que se me dé el rango que me pertenece y que me han negado siempre. Que se me dé una situación de verdadero poder y no este engaño que nunca se resuelve.» Decidió en un ímpetu presentarse en Madrid sin permiso y sin aviso. Era un desafío al rey. Soto trató de aconsejarle paciencia. No quiso oír. «Peor que todo seria continuar en la situación en que me hallo.» Con dos galeras salió para Barcelona. Era otra aventura, distinta y acaso más difícil que las que hasta entonces había corrido.

Desde que desembarcó empezó el juego de las ingratas sorpresas, los disimulos y los nuevos reconocimientos.

«¡Qué maravillosa sorpresa nos da Vuestra Alteza!» Sorpresa era, bastaba ver las expresiones desacomodadas. «Ya era tiempo de que volviera Vuestra Alteza.» Topó con caras nuevas y con viejas caras que tenían otra expresión. Envió adelante a Soto y sin más aguardar siguió a Madrid.

Antonio Pérez salió a recibirlo en las afueras. «Vuestra Alteza me va a honrar alojándose en mi Casilla.» Esplendoroso, sonriente, cubierto de sedas y de joyas, erguido, seguro, parecía otro distinto del que había conocido. Volvió a respirar aquella nube sofocante de perfume que lo rodeaba. «Mucho has cambiado, Antonio.» «También Vuestra Alteza.» ¿En qué sentido lo decía? Esa iba a ser desde entonces la nueva dificultad, conocer los nuevos sentidos que habían adquirido las viejas palabras. Fue frío el saludo de Pérez para Juan de Soto. Junto a Pérez estaba aquel hombre gris y pesado, de ojos duros y palabra sentenciosa y áspera. Era Juan de Escobedo, gente de Ruy Gómez, lo llamaban «el verdinegro».

Oyó a Pérez hablar con condescendiente tono de superioridad de lo que pensaba el rey. «No le ha gustado esta venida sin su permiso, pero ya se le ha pasado, como se le ha pasado el disgusto por lo de La Goleta.» No pudo callar. «Ya sé, toda la culpa es mía, cometí la gran falta de querer pensar con mi cabeza y tomar decisiones ante los propios hechos que estaban ante mis ojos. A propósito, Antonio, no sabes lo que han dicho en Nápoles.» Rió con falsa risa y añadió: «Granvela con la bragueta y Don Juan con la raqueta, perdieron La Goleta». Antonio Pérez se sonrió apenas.

Poco a poco fue dándose cuenta de lo que había cambiado en la Corte y de la nueva actitud para con él. Había un cierto tono de apiadada condescendencia cuando le hablaban de La Goleta. «La guerra es un azar.» El duque de Alba le dijo entre paternal y agresivo: «Habéis aprendido mucho. En la guerra no se deja de aprender nunca.

Sintió las grandes ausencias, los huecos y vacíos en el paisaje humano, la de la princesa Doña Juana, la de la reina Isabel de Valois, tan distinta de aquella alemana hacendosa y triste que era la reina Ana. Había la gran falta de Ruy Gómez. Muchos lo recordaban con nostalgia. Tan distinto de Antonio Pérez. Y había también, muy aparente para todos, la ausencia de la princesa de Éboli. «¿Qué es de mi tuerta?» Con lo que le contaron en sucesivas confidencias pudo reconstruir el cuadro.

A la muerte de Ruy Gómez, Doña Ana había caído en una inmensa depresión. Se fue de Madrid a sus tierras de Pastrana y decidió profesar como monja en el convento de Carmelitas Descalzas que allí había fundado. Escobedo le explicó un día: «Su vida sin Ruy Gómez no era posible para ella. Estaba hecha a un poder inmenso por medio de aquel hombre. Al través de él mandaba y gobernaba. Eso no lo ha podido soportar».

El drama había terminado en comedia. No quiso someterse a las duras reglas del convento. Peleó con la Superiora, pretendía mantener hábitos de gran dama con servidumbre y visitas. Terminó mal con la propia Madre Teresa de Jesús. El nuncio mismo había dicho: «Es un magnifico espectáculo este combate entre dos féminas exaltadas y autoritarias». Terminó por irse del convento a su palacio de Pastrana para cerrarse de negro en un alarde de viudez. Estaba todavía allí pero era evidente que de un momento a otro se presentaría de nuevo en la corte.

Llegó el día de visitar al rey. Sabia lo que le iba a decir por lo que Pérez le había respondido a sus cuestiones. Se arreglará lo de Italia, se pospondrá lo del reconocimiento de la condición de Infante, no habrá promesa firme en lo de la corona de Inglaterra. Así fue. Pasó por las salas y las antecámaras. Lo saludaron con respeto y alguna curiosidad. Era como si regresara de otro mundo. Lo miraban de una manera distinta, mezcla de envidia y desdén. Algunos le asestaban miradas de cazador. Le hubiera provocado decir en voz alta: «Si, miradme bien, soy Don Juan de Austria, aquel que una vez, hace ya mucho tiempo, derrotó a los turcos, que antes también derrotó a los moriscos en Granada, tal vez ya no recuerdan, pero seguramente recordarán que soy, sobre todo, el atolondrado que perdió a Túnez. Pueden saciarse de yerme». El rey lo recibió sin mostrar sorpresa ni curiosidad. «Me contento de que hayas venido.» Tenía una rara sonrisa borrosa, entre grata y burlona. «Hablemos de Italia.» Olvidado de todo lo demás, le habló con pasión de las dificultades de su acción en los dominios italianos. Granvela y sus marrullerías, Terranova y sus desacatos; los desdenes de Zúñiga en Roma, los interminables meses de esperar una decisión que siempre llegaba tarde. La falta de dinero y vituallas. Los amotinamientos, las contradicciones y aquel pantano de intrigas en que ahora estaba metido entre las facciones de Génova con riesgo de que los franceses se aprovecharan y de que el Papa metiera mano. «Soy todo y no soy nada, señor.» «Eso lo vamos a remediar». Le había indicado su deseo de que la visita a la Corte fuera breve. Le habló resueltamente como si se confesara de lo insostenible que resultaba su posición personal. «Me tratan de Alteza y no soy Alteza. Me dan trato de Infante por ser hijo del padre de Vuestra Majestad, pero no se me ha reconocido en la Corte.» Fue largo y divagante lo que respondió el rey. Palabras de afecto en las que volvía y resonaba el nombre de hermano, la seguridad de que eso vendría pero en su ocasión.

Más vago estuvo el rey en lo referente al trono de Inglaterra. El Nuncio le había hablado, el Papa le había escrito, los católicos ingleses ponían muchas esperanzas en esa posibilidad. No se oponía pero volvía con insistencia sobre las dificultades y la oportunidad. No era el momento todavía, había que estar seguro de que el Turco no se iba a mover de nuevo, de que el rey de Francia no se opusiera y, sobre todo, de que Flandes estuviera pacificado.

Al final, y como si recordara de pronto, le dijo: «También tenía que hablar de algo delicado y poco grato, de la situación de la Madama Bárbara Blomberg en Flandes. Hace algún tiempo el duque de Alba le escribió al secretario Zayas, y otros informes lo confirman. Algo habrá que hacer pronto». Le tendió la carta. La leyó lentamente con horror, sintiendo que la mirada del rey estaba sobre él observando sus reacciones. A ratos parecía no entender. «Aquí pasa un negocio que me tiene en mucho cuidado… El negocio anda ya tan roto y derramado que conviene que con muy gran brevedad 5. M. le ponga remedio…; la madre del señor Don Juan vive con tanta libertad y tan fuera de lo que debe a madre de tal hijo que conviene mucho ponerle remedio, porque el negocio es tan público y con tanta libertad y soltura que… ya no hay mujer honrada que quiera entrar por sus puertas… los más días hay danzas y banquetes.» No se atrevía a levantar la vista. Le dolían las palabras «negocio roto y derramado», «madre de tal hijo». No halló qué decir. Confundido y torpe tendió la carta al rey.

«No se debe aguardar más, señor.» Salió huidizo de la audiencia y fue a encerrarse solo con su ira y su vergüenza.

Se le hizo permanente aquella sensación de que, aunque nadie le hablaba de ello, todos pensaban al verlo en Bárbara Blomberg, la «Madama» de Amberes. Era una insoportable presencia invisible que lo acompañaba a todas partes. No era la sola. Había también la otra, de la que si le hablaban, la del Emperador. Tampoco le había resultado ~ fácil porque había en ella presente una comparación callada y desventajosa.

En la lisonja más fácil: «Hijo de tal padre», asomaba un término de medida insostenible. Era un parangón inevitable que tendía a rebajarlo y humillarlo. «Preferiría que no me lo dijeran tanto.» Llegaba a sentir que era una especie de negación de su propia persona. «Nunca me ven a mí. Nunca soy yo, sino la otra presencia que se interpone. Es como si me estuvieran negando y poniendo a prueba todo el tiempo.» Se había encontrado con Maria de Mendoza. Le tomó tiempo hacerlo a pesar de los recados insistentes que le hacia llegar ella. La halló más madura, más dulce, más resignada. «No he vuelto a ver a la niña. ¿Qué es de ella?» Él tampoco la había visto desde hacia años. «Tengo buenas noticias. Crece y en su día irá a un convento.» María de Mendoza oyó con calma. «Era su destino.» «¿Crees en el destino, María?» «Tengo que creer. En mi caso, en tu caso, en el de la niña.» Hubo un corto reanimarse de la antigua llama. Sin más palabras se abrazaron, se besaron, se estrujaron con furia y se hundieron en la sorda angustia de la carne.

«Es de noche en España, Antonio.» Redescubría la severidad, la tiesura, la falta de espontaneidad, los colores oscuros, los ojos temerosos, los largos silencios de la corte. «Es otra cosa Italia.» Pérez le había dicho que el rey tenía prisa en que regresara a posesionarse de sus nuevas funciones. «Yo también la tengo.» Era como una doble conversación en la que se sabía lo que se decía y se adivinaba lo que no se decía. Le parecía sospechoso el empeño de Pérez de mostrarse amigo.

Fue así como le oyó decir casi al desgaire: «Es tiempo de reconocerle sus grandes servicios a Juan de Soto». «Me ha servido mucho y muy bien.» «El rey podrá nombrarlo en algo de más importancia, como Proveedor de la Flota, por ejemplo.» «Sería muy bueno, siempre que siga a mi lado.» «Claro que sí, no sería posible de otro modo.» Pero más adelante, después de ponderar los méritos de Soto y la importancia del nuevo cargo, añadió casi incidentalmente: «Habría que encontrar a alguien para que se ocupara de la secretaría». Don Juan reaccionó rápido. «No quiero que Soto abandone mi secretaría. Nadie podrá hacerlo como él.» «No tiene por qué abandonarla, seguirá ocupándose de todas vuestras cosas, pero para el manejo diario hará falta otra persona.» Luego, en forma de confidencia o de propuesta: «Hay uno muy bueno. Vuestra Alteza lo conoce desde la casa de Ruy Gómez. Tiene también toda la confianza del rey». Soltó entonces el nombre de Escobedo.

«Tenía toda la confianza del príncipe y de Doña Ana.» Antonio hizo el largo recuento de sus méritos, era discreto, inteligente, valeroso. «En realidad tendréis dos secretarios, Soto y Escobedo.» Don Juan lo recordaba bien. Desde su aspecto físico, su enfermizo color de aceituna, sus brusquedades y agresivas franquezas. «Nadie como él conoce la Corte.›' Habló varias veces con él a solas. No terminaba de verlo claro. Miraba con demasiada fijeza, aflojaba los más duros calificativos sin pestañear, parecía conocer todo de todos. Pero era astuto. Desde el primer momento supo tratarle del reino prometido y esperado. Parecía estar al tanto de toda la intriga. «Es una gran causa. Puede cambiar la historia. Es lo que más me atrae para servir con Vuestra Alteza.» Se fue al convento de Abrojo antes de partir. Allí encontró a Doña Magdalena.

Le dio buenas noticias de la niña. Le habló bien de Escobedo, lo hizo sentirse a ratos niño otra vez.

En la efusión del momento le habló de «Madama Bárbara». No se inmutó Doña Magdalena. «No se puede esperar más para hacer lo que es debido. Me sentiría muy contenta de poder ayudar en algo.» Sintió alivio.

A los pocos días partió a embarcarse para Italia. Poco antes Escobedo le trajo una mala noticia. «El marqués de Mondéjar va de virrey de Nápoles.» Otra vez «el cabo de escuadra», dijo recordando los incidentes de la guerra de Granada. «Seguimos y seguiremos con las mismas contradicciones. Se me nombra lugarteniente del rey en toda Italia, con autoridad sobre los virreyes, y al mismo tiempo se me coloca a Mondéjar en Nápoles.» «Es el viejo más vidrioso que he conocido», comentó Escobedo.

«La culpa es mía, Soto, toda mía. Me he dejado engañar como un niño. Todo me lo pintaron de otra manera. Te iban a dar el cargo de Proveedor de la Flota, pero sin dejar mi secretaria. Yo insistí mucho en esto. Escobedo no te iba a reemplazar, sino a trabajar contigo y junto a ti.» Soto se mostraba indignado, quería renunciar y volverse a su casa. «Lo que quieren es alejarme de Vuestra Alteza. Lo deseaban y lo han logrado.» Desde el regreso a Nápoles todo había marchado mal. El virrey, marqués de Mondéjar, lo desacataba abiertamente. «Es peor que Granvela, aquél me detestaba pero éste me desprecia. No lo voy a soportar. Desde Granada lo conozco. Ahora ignora cada vez que puede mi condición de Teniente General del rey.» Habían logrado sacar de su lado a Soto sin que él se diera cuenta. Habían sustituido a Granvela por Mondéjar, con lo que su situación había empeorado. «No fue eso lo que pedí, no fue eso lo que me dijeron. Escribiré al rey y a Antonio Pérez.» A Escobedo, que trataba de hacerle mejorar su actitud con Don Juan, el iracundo marqués le había dicho: «Desengáñese, que si me presentan treinta cédulas del rey y entiendo que no convienen a su servicio, no las obedeceré».

Le escribió al rey: «Que repongan a Juan de Soto como secretario sin perder el cargo de Proveedor de la Armada y que nombren a Juan de Escobedo Veedor General de la misma». No se había dado cuenta en Madrid, pero reconoció que después que Soto se enteró «se agravió», «que esto había sido por desconfianza que de él se tenía, que en lugar de merced fue pagado con afrenta». Pedía que se restituyesen las cosas a la situación anterior y Soto quedara como secretario. Había hablado con Escobedo y se había manifestado conforme. Añadía implorante: «Como supliqué a V. M. que le hiciese merced del oficio del Proveedor, entendiendo que habría de retener el de secretario, me haga ahora la misma merced, no sólo no es incompatible, sino muy conveniente que lo tenga todo uno…, para quitarle la causa que tiene de quejarse ahora de mi… a Juan de Soto no hay manera de satisfacerlo de su agravio».

Escribió también a Antonio Pérez. Todo quedó en el suspenso sin término de los correos, de los quehaceres de la Corte, de la lentitud inagotable de las decisiones.

Sin mostrar disgusto, Escobedo cada día se hacia más servicial y útil. Con frecuencia atravesaba el jardín que daba a la casa del virrey para hablar con el marqués y tenerlo al tanto de las cosas. De regreso reportaba sus ásperas reacciones y la intromisión constante en el gobierno de sus varios hijos. «No es un virrey lo que tenemos, sino cinco.» No había ninguna expedición marítima para la próxima primavera. Naves y tropas estaban dispersas en puertos y plazas. No había sino la rutina de los reclamos, los motines y la falta de recursos. Lo de Génova no terminaba de arreglarse.