38780.fb2 La Zanja - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 20

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– Dejame. No es nada. Estoy bien. Lo que tenga que pasar no va a dejar de pasar porque tenga fiebre ni deje de tenerla.

– De mañana no pasa - dice la madre – que veamos la forma de hacer algo.

– Para no conseguir nada, madre. Para que nos tengan otra vez con la promesa un día y otro, para que te hagan ir una y mil veces para acabar diciendo que no.

– Más que me cuesta a mi separarme… y, sin embargo, no hay otra solución. Tarde o temprano tendrá que llegar el día en que ellos accedan y entres en el sanatorio.

– No vamos a separarnos. No voy a ir a ningún sitio. Cuando no sea para mascar tierra no voy a ir a ningún sitio. Entérate de una vez que no tengo pagadas cuotas suficientes. Si pido la baja será peor. Es necesario esperar que terminen las obras. Con las cuotas que pago ahora, al menos durante el invierno no me faltarán medicinas.

Hablan los dos de pie, en mitad de la corraleda. La ropa puesta a secar sobre los cordeles está ya arrugada de tanto sol.

– Podía haberla quitado antes de irme -dice la madre tocándola -. Tendré que rociarla antes de plancharla -camina de un lado a otro quitando los alfileres de madera y descolgando las sábanas del tendedero -. Otra cosa más. Otro nuevo trabajo.

– Puedo ayudarte.

– Siéntate. No estés ahí de pie como un tonto. Ya me valgo bien sola. Voy a ponerte enseguida el agua para el café. Lo que podías hacer es ir y decirle al contratista que no puedes trabajar hoy. Alguien te puede sustituir por un día. Tu primo mismo te puede sustituir. Es lo mejor. Voy y se lo digo.

– No quiero que vayas a hablar con nadie.

La madre entra en la casa con el bulto de ropa seca y la coloca sobre una silla. Luego saca una esportilla de carbón vegetal y mete algunos trozos bajo el hornillo.

– Enseguida va a estar el agua caliente – dice.

El hijo no contesta. Sentado sobre una silla baja hace papilla unos pétalos rojos de geranios que al entrar ha cortado del arriate. Luego, con los ojos fijos en la tira de papel impregnada de aceite que la madre ha colocado bajo el hornillo después de prenderle fuego, pasa los dedos manchados de rojo por el antebrazo.

Las llamas suben rojas lamiendo la tira de papel que desprende un tufo acre y van prendiendo lentamente la carboncilla. La madre aventa la hornilla con un soplillo de esparto y la habitación, sin chimenea, se llena de un humo blanquecino que le hace de nuevo toser.

– Sal al corral. Ya te sacaré el café en cuanto esté hecho -dice la madre-. No es bueno que respires esto.

Continúa inmóvil, con las manos y los brazos manchados con la pulpa roja de la flor hasta que la tos se le encabrita en la garganta y tiene que salir al corral, pálido, con el pañuelo en la boca, perdida la mirada, vidriosos los ojos, con la respiración jadeante y con el regusto dulce y acaramelado de la sangre en los labios, para sentarse convulso sobre el poyo de cemento.

Unas nubes torpes, cansinas, lentas, grises y violetas, avanzan por el cielo, y los últimos guiños de sol arrancan reflejos nacarados a los azulejos de la espadaña de la iglesia y a las torres gemelas del molino aceitero.

La punzada que ahora le inmoviliza es, más que de dolor, de leve cosquilla, y su misma tos, más que tos es como el susurro nervioso que los niños de pecho emiten cuando por primera vez el médico les coloca la cucharilla de plata bajo la campanilla, sujetándole la lengua para contemplar las amígdalas inflamadas.

De dentro de la casa llega la voz de la madre diciendo al hijo que no se impaciente, que ya el agua está hirviendo, que no tardará sino unos instantes en servirle una buena taza de café caliente.

Antes de echar a andar pone derecha la costura de las medias y corre un punto más en la hebilla de su cinturón que sujeta la amplia falda plisada. Sus tacones tirotean el pavimento, fijas las pupilas en los extremos de la toca blanca que la precede en el interminable pasillo de mármol blanco.

En el techo, a todo lo largo del corredor, los ventiladores giran a un ritmo cansino. A intervalos, la cañada acre del ácido ascórbico, del formol, el espeso y picante sublimado de los yodos, y, sobre las paredes, la estrecha pincelada verde de una cenefa sobre el zócalo de azulejos higiénicos (que armoniza en idéntica tonalidad con el verde hoja seca de su blusa de seda y con los marcos con ramilletes de flores exóticas sobre los testeros encalados).

El olor se hace más violento a medida que avanza trémula tras los pasos sosegados de la Hermana de la Caridad. Le parece no haber salido de la primera adolescencia y caminar, hasta la enfermería del colegio de Concepcionistas Gratuitas, tras la celadora, para curarse la herida que se hiciera en la rodilla mientras jugaba en el jardín una tarde de verano también, sólo unos meses antes de su ingreso en la Academia Mercantil donde taquimecanografiara dos cursos intensivos hasta encontrar el anuncio por palabras de su empleo que no llegó sino al cabo de tres inviernos, echados fuera con el mismo abrigo – quizá verde hoja seca también como su blusa y como la cenefa del corredor-mientras ampliaba sus conocimientos con las clases de corte y confección y alternaba novios universitarios con novios empleados de Banca que no exigían demasiado a cambio de espantarle las tardes de otoño provinciano en la última fila de butaca de los cines de sesión continua o en los merenderos encristalados y cubiertos de madreselva del Parque del General Sanjurjo.

El corredor parece no terminar nunca. Se avergüenza de su taconeo felino tras las pisadas silenciosas de la sor, casi igual que le sucediera nueve años atrás cuando de su rodilla manaba la sangre y sujetaba la sangre con el pañuelo y se contenía para, por vergüenza también, no gritar de dolor por el cristal que se había clavado en la rodilla – un minúsculo trozo de vidrio, como un diamante, escondido en el polvo amarillo del terreno de juego a un metro escaso de la portería de baloncesto -. De tarde en tarde, la cenefa verde hace un quiebro y se convierte en un arabesco que coincide con la conducción eléctrica de los ventiladores colgados del techo de la travesía central del Hospital de Urgencia.

Por fin, la puerta del fondo se abre levemente y unos dedos se aprietan sobre unos labios mal dibujados de carmín. Es como un relámpago la señal imprecisa que se cruza entre la enfermera y la monja. Y otra vez la Hermana ante ella abriendo el camino de regreso hasta el hall de entrada, y de nuevo sus tacones tras las pisadas de la sor repiqueteando sobre las baldosas de mármol. De nuevo el zumbido de los ventiladores y la angustia que se agarra como una sanguijuela bajo la piel suave del cuello y se bifurca en temores bajo las venillas por toda la red sanguínea y martillea el nacimiento de la cabellera blonda, azuleada de reflejos, perfecta de equilibrio en cada onda, en cada remolino, en cada repliegue. La oleada de sangre llega luego, bombeada a doble presión, hasta los extremos de las uñas de los pies.

El paréntesis del corredor, entre lo que ya no puede suceder porque haya sucedido, se cierra de nuevo al llegar a la sala de visita, una vez que terminan las ventanas y los cuadritos de floresta y el verde hoja seca de las cenefas y el vaho tibio y enervante de la farmacopea.

La monja la hace pasar al recibimiento y sentarse frente a ella. La mirada fue punzante desde un principio, desde que al llegar al hospital la recibiera y la hiciera esperar una hora y otra y la acompañara por fin después, silenciosa, por el largo pasillo hasta la puerta del quirófano; pero ahora se agudiza con un rictus enigmático, con la mascarilla que triunfa siempre a pesar de prodigarse, adelgazada en el gesto de los llantos ajenos día a día, de las ajenas tribulaciones turbias, del diario palpitar, de saberse a veces también humana. Le habla en consonancia con la mascarilla y no deja de mirarla mientras lo hace, como queriendo estudiar la reacción que cada una de sus palabras deja en la comisura de los labios, en las pestañas ribeteadas de rimel, en el movimiento de las manos:

– He creído entender – dice – que se trata tan sólo de una empleada del negocio, de su secretaria creo que me dijo. Se impone, pues, la necesidad de avisar a los familiares – la mirada se hace más penetrante todavía y se agudizan los contornos inquisitivos de las cejas – a su mujer, a sus hijos. Podemos hacerlo todo tranquilamente. En estos momentos es cuando es más necesario que nunca tomar todo con calma, cuando las cosas no tienen ya remedio y se ha hecho humanamente todo lo que se podía hacer. Aquí tiene un teléfono – señala la mesita barnizada de blanco -. Si no se encuentra con fuerza para dar personalmente la noticia, puedo darla en su lugar. Estoy habituada.

Durante unos segundos no contesta. Se deja caer en la butaca de mimbre con arabescos de rejilla del recibimiento, blanca, descolorida, repitanda. Luego, lentamente, mientras se muerde los labios, balbuce nombre, número telefónico, lugar geográfico, mientras su mirada se pierde en la rinconera con Virgen milagrosa y jarroncillo alargado de cristal con rosas de artificio, jacintos de alambre, tela almidonada, pañito de hilo con puntilla y almanaque de taco de librería religiosa.

– Sería, naturalmente, mucho mejor que se tranquilizara y fuera usted misma la que hablara por teléfono. Es muy lógico que le haya afectado tanto. Es hermoso que sintamos afecto hacia los demás. Mucho más si se trata de nuestros propios patrones, con los que trabajamos y que Dios ha puesto en nuestro camino para, por su mediación, ganar el pan nuestro de cada día. Tome el aparato cuando se encuentre serena. Solicite la conferencia y pida luego el importe, por favor. El doctor vendrá de un momento a otro. Mientras tanto rece. Si quiere entrar en la capilla puede hacerlo. Es lo único que queda, tener confianza en la misericordia infinita del Señor. Ahora me va a perdonar, pero es necesario que prosiga mi tarea.

No se siente siquiera capaz de descruzar las piernas y de levantarse cuando la monja empuja la puerta de cristales esmerilados y se pierde despacio en el largo pasillo. Todo le parece ahora llegar de un golpe, como un jarro de agua fría. Lucha con un tropel de imágenes superpuestas que no quieren desaparecer en su retina y a las que cuesta trabajo colocar en un orden cronológico: un día como otro cualquiera el que muere ya, a no ser que por la mañana él, cuando ella entrara en el despacho con un abanico de facturas para la firma, no tuviera un gesto lívido y permaneciera inmóvil, con los ojos hundidos y apagado el brillo de los ojos, y no tuviera apenas fuerzas para hablar y decirle que algo le debía de funcionar mal dentro del pecho – se señalaba el corazón y el vértice del hombro izquierdo y el antebrazo – y que sería necesario aplazar la cita concertada la víspera para almorzar por la tarde juntos como todos los jueves en el restorán refrigerado de siempre, y que sería también necesario llamar a un médico porque parecía que la vida se le escapaba de pronto, pero que todo lo hiciera sin alarma, tranquilamente, sin avisar siquiera a la familia, sin estridencias. – Señaló luego la caja metálica empotrada en la pared y le hizo sacar un sobre blanco lacrado obligándola a meterlo en el bolso, comprendiendo ella el contenido y asintiendo él con la cabeza, no atreviéndose ella a contradecirle y sonriendo él con un rictus de angustia antes de caer en coma sobre el cristal verdoso de la mesa de despacho. Teniendo ella todavía la serenidad de cerrar la caja fuerte antes de salir para poner en conmoción a todo el personal de la oficina.

Fue como el despertar de un largo sueño que duraba ya casi dos años. Nada por legitimar – con excepción del blanco sobre lacrado que todavía no ha abierto -. Todo lo más, tras el balquinazo comercial, quizá unos meses con razón social precedida de Viuda de, y luego otra vez la vida ancha delante, otra espera para acomodarse a jornal laboral sin concesiones, a sueldo, sin pluses sentimentales, y con la máxima exigencia a su capacidad profesional casi olvidada. Y, por quedar, ni el recuerdo. Los que perduran de su mundo, al filo de sus veinticinco años, son trozos desvaídos de la primera adolescencia. De él -del amo- tan sólo el módulo de los días iguales, cojos en la semana inglesa, escapando por las carreteras oscuras de los sábados, con cuenta kilómetro a tope buscando ciudades cercanas, hoteles de primera B, discretas butacas de patio para la segunda sesión de revista, y desnudarse con escalofríos tras los pasteles y el café al salir del teatro, bien excitado él con la carnaza de las vicetiples. En el sobre – cada final de mes – la nómina por la reglamentación. Luego, aparte, los billetes de la plusvalía lúbrica. Lo que ofreció por lo que recibió. Cuando cobraba sólo la nómina de la respetabilidad fue por aquellos primeros días cuando conoció a la mujer y a los hijos – compadeció la suerte de la esposa. Atisbo en el sombreado de sus ojeras hundidas a propósito la película de las noches insomnes de las hembras insatisfechas.

Y ahora -si se lo hubieran dicho al oído aquellos primeros días cuando escuchó por vez primera la risa fría de él que se enredaba en el bajo vientre y subía húmeda, calculada, hasta el bulto vicioso de los labios, hubiera muerto de asco – dos a llorar la muerte, dos mujeres a notar el vacío y a echar de menos su respiración cortada ya para siempre en la monstruosa caja torácica de sus casi cien kilos, boca arriba sobre la mesa de operaciones desde donde es izado – ella no sabe que es en este mismo instante cuando es izado – hasta la camilla rodante cubierta con una sábana blanca que entra ya en el ascensor y que desciende hasta el sótano.

Casi cien kilos; pero no pesaba cien kilos entonces – ella era sólo una niña que ni siquiera sabía que había muerto su padre sobre un paredón encalado un día de primavera, cuando ondeaban banderas que se llamaban victoriosas – ni sobre el bolsillo interior de su chaqueta había cosida, como ahora, ninguna etiqueta de sastre de lujo. Él se lo contó todo una noche: Le contó la historia completa – naturalmente, amañada – para hacer valer ante ella que todo lo que tenía en la vida se lo debía a su propio esfuerzo. Le contó casi toda la historia desde su casamiento, cuando se embutió en un temo azul cruzado con chaqueta estrecha y pantalones demasiado anchos y se sintió feliz con el cuello de brillo y la corbata listada en verde y rojo. El cabello le caía en caracolitos grasientos sobre el cogote lustrado de brillantina porque aún no se había planchado el pelo ni recortado la patilla hasta la línea, superior de las orejas. Terminada la ceremonia, antes del banquete de boda, se echó a pecho un vaso do aguardiente seco y respiró tranquilo. Luego abrazó a todos los invitados y rompió el tabú de su timidez congénita que tanto le había costado vencer a pesar de todo su desparpajo golfo. Era el primero en tachar las leyes de la herencia – y se sentía feliz y satisfecho por serlo – de flojera de casta en la línea de los varones, y en la de las hembras tres tías solteras comprometidas: una con matador de toros y otra con mozo de espadas y una tercera haciendo la calle-según la estrella de cada cual, como decía su abuela materna -, pero todas ayudando a sacar adelante la familia. A cambio de una semana de amor, la más pequeña de las tres, con la que se llevaba sólo unos años, logró su enchufe en automovilismo cuando fuera movilizado con la "quinta de los llorones"1 el segundo año de la guerra civil.

Quizá por aquello del pelo de caracolito fue por lo que supo engatusarla y llevarla al altar y hacerla su mujer, una vez licenciado, a pesar de que ella había paseado con los oficiales italianos y hasta se decía la encontraron una tarde en la estación, en un departamento de primera, en la vía muerta, con el segundo teniente Vinicio, oficial de aprovisionamiento de los Camisas Negras,

No hubo dote, pero se la entregaron sin querer con largueza con aquel "torito" de cuatro mil kilos cuando todavía pelaba la pava en el zaguán. Y volante de día y volante de noche, y volante sorteando a los de tráfico y a los de Fiscalía, siempre dispuesta la cartera y siempre aliviando ajenas calamidades de aquel año cuarenta. A los dos años regulaba el transporte sólo con mercancías garantizadas a todo riesgo, por quien podía hacerlo.

A los cuatro de casado, cuando se evidenciaba el desembarco angloamericano en Europa, adquirió la casita de la playa. Todo el mundo a la sierra, a huir de la posible Escuadra fantasma que podía de un momento a otro sorprender las costas del Sur. No desembarcaron sino chocolatinas en bolsas de plástico, latas flotantes de nescafé y de cigarrillos, y píldoras para espantar el sueño.

Y él sonreía allí en la playa – como ha sonreído ahora hasta unos minutos antes de su muerte – frente al mar solitario, sentado en la terraza, contemplando la estela luminosa del faro.

Precisaron – ajustaron fechas, una noche con los labios pegados – que también ella estaba aquel primer año en la playa con la colonia escolar, con un gran lazo blanco sobre el pelo, haciendo castillos en la arena, y que quizá jugaba delante de él, delante mismo de la terraza de la casa donde él acariciaba a sus hijos y fumaba vegueros aromáticos y bebía satisfecho sucopa de coñac y movía con la cucharilla de electro plata el café mientras los pescadores sacaban el copo y la playa aparecía tranquila y desierta a pesar de ser julio, con la mandanga caliginosa cayendo tórrida sobre las ciudades del Sur.

Siente sed: una sed llegada de pronto que le seca el paladar y que hace se le pegue la lengua al cielo de la boca. Siente también ganas de llorar, pero ninguna lágrima es capaz de salir de sus ojos. Sin embargo, es necesario llorar y lo intenta hasta que por fin las lágrimas afluyen a tropel a fuerza de forzar la imagen de la muerte: de los que agonizan en el hospital, de las madres que han perdido al hijo, de los hijos que al nacer han perdido la madre, de los enfermos que sufren, de los que padecen la larga agonía del dolor. Y el tropel de lágrimas estropea su maquillaje y resbala por sus mejillas y descolora el carmín de sus labios.

El teléfono está allí, sobre la mesa, a menos de dos cuartas de sus dedos, de sus uñas puntiagudas levemente sonrosadas de esmalte; pero no se atreve a tocarlo. Cada vez que intenta descolgar el auricular y solicitar comunicación devuelve las manos al regazo una y otra vez, hasta que inconscientemente toma el bolso de rafia y lo abre y saca un paquete de cigarrillos y prende uno con el encendedor de plata sobredorada – gemelo al que ha quedado con todo el resto de las prendas personales en el bolsillo interior de él -. Da una chupada honda y el humo le entra como un chorro en los pulmones, para expulsarlo luego por la nariz de un golpe, como a él le gustaba que lo expulsara cuando los dos solos se quedaban en la oficina bebiendo sorbos de whisky, esperando la llegada del general de Aviación y de Jesusa, su amiga, que todas las semanas, cada vez que volvía de Tánger, traía a la oficina el rollo de películas pornográficas, que en un principio tanto le repugnaran, pero que al final se convirtieron en un mordiente que -junto con la "coca" – dejaba tensos los músculos y a punto el deseo.

El humo, en volutas azules, sube lento hasta la rinconera y queda enganchado en el arabesco de la marquetería. Una y otra bocanada, y otra más, aprisa, como si se fuera a acabar el mundo y fuera el último cigarrillo que fuera a fumar en la vida.

La sala de visitas ha quedado en penumbra. Por el corredor transcurren pasos, murmullos de ruedas de goma de camillas, breves pisadas. De tarde en tarde, llega también el grito del dolor soterrado, quizá sólo el eco del grito y no el grito mismo. Cuando el fuego mancha ya la rodada de carmín del cigarrillo y la candela está a punto de quemarle los labios, levanta el auricular. Todavía da una última chupada antes de marcar. Aplasta el cigarrillo con la puntera del zapato e introduce el dedo en el disco. Aún faltan unos minutos para que su voz se estrelle en el crepúsculo malva de los Alcores.

Candilazo. Ribazos cárdenos. Ribazos camuflados de manchas pardas y verdosas, militares manchas. Tornasol en las gavias vacías de tierra y de hombres. Candilazos para el poniente quebrado de cristales, de ventanas inauguradas tras la siesta, de persianas subidas a peso de garruchas chirriantes. El sol pierde totalmente el equilibrio y resbala por el muro que apuntala la bóveda en occidente.

Andrés sube lentamente la escalinata de ladrillos camino de su cuarto y rechaza la ayuda de la Mariquita que tras él, con la hamaca y los libros, tararea una melodía italiana mientras contempla las luces recién encendidas del pueblo, luminaria veraniega que le trae el recuerdo de las fiestas que se aproximan a paso de gallo, de los tiovivos del prado comunal, de las voladoras; de los bueyes tocados de espejos, portadores del estandarte oro y violeta de San Miguel y de la bandera azul y blanca de la Furísima; de los cohetes altos sorprendidos de palmeras que se abren sobre la plaza y llegan más alto aún que el campanario de la iglesia; de las carretas de sacos y de cintas; del olor a sudor de la caballada el día de la romería; de los besos a hurtadillas al anochecer en el soto de Torrijos; del baile en las callejas solitarias al compás de la música de los tenderetes; de las funciones del pequeño circo de lona listado de almagra y añil donde un hombre, desnudo medio cuerpo, escupe fuego por la boca y donde los perritos enanos bailan vestidos de muñecas al compás del vals.

De la calle llega el murmullo del juego de los niños – de los otros niños que no visten harapos, sino listadas marsellesas y pantalones vaqueros -. Andrés da un golpe sobre el trasero de la Mariquita cuando ella se adelanta con la hamaca y los libros al llegar al porche:

– ¿En qué piensas?.

– En nada. ¿En qué quieres que piense?. Lo que quiero es que no me gastes bromas de mano.

– Piensas en tu novio.

– No tengo novio.