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El manubrio queda en la rotonda del Juzgado, apoyado sobre el pedestal de la estatua ecuestre del General Franco, con las ruedas quebradas y rozando los podados cipreses del jardincillo que rodea el monumento, y allí continuará un día y otro, al relente y al sol, al haberse convenido que, por ser de alquiler y haber sufrido desperfectos en el accidente, se oficiará por el Juzgado de Paz a la casa arrendadora para su recogida, tras haber sido ya anotado el número de su matrícula y el nombre de la casa que lo construyera, tomado nota de la placa de metal – Luis Casal, Sucesor de Ponbía y Cía., Barcelona -y advirtiendo asimismo que los daños ocasionados serán abonados por la parte culpable resultante en el procedimiento recién incoado, etcétera.
La pareja de la Guardia Civil, con los fusiles colgados del hombro, atraviesan la plaza y saludan con la mano a Pilete, sentado sobre el bordillo del acerado, que ni siquiera los ve tomar la línea de la calle camino de su acuartelamiento. El automóvil de turismo también se ha puesto en marcha con un guardia urbano subido sobre uno de los estribos que guiará al procesado y a su familia hasta la fonda.
La plaza ha quedado desierta y sólo un par de chicos juegan cerca del manubrio sin atreverse a tocarlo enviando a Pilete y a uno de los urbanos que ha quedado en la puerta del Juzgado de Paz, fumando, expulsando lentamente bocanadas de humo en mitad del rectángulo de luz de la ventana tras la cual el Juez y el secretario discuten ya de sus cosas: de los precios que han tomado las borregas y el ganado vacuno en toda la zona del Aljarafe, y del peso que ganarán las aceitunas de verdeo si, como al parecer, durante todo el verano se mantiene la blandura nocturna y alivia el resquemor de las terroneras polvorientas algún que otro chubasco aislado.
Pilete queda todavía un rato sentado sobre el bordillo con las manos hundidas en la cara. Luego, se levanta, camina hasta el manubrio y acaricia suavemente la empuñadura de la vara y la correa de cuero reseco que ayuda al tiro, y pasa un dedo por la brecha abierta sobre la tela y sobre las tachuelas doradas que adornan los costados formando arabescos de florecillas y de estrellas. Más tarde echa a andar despacio, poniendo mucha saliva al papel de fumar cuando lía el pitillo de tabaco de Garabito – que es lo único que el Juez ha autorizado se le entregue, junto con el mechero de yesca -. Sus cabellos, despeinados, se iluminan con la llamarada roja del chispero al encender el cigarro que se abre como una flor y llena de puntos azules de candela la pechera de su blusa mugrienta.
Dejandose llevar por donde las piernas le quieran llevar, como un animal herido, sube la leve cuesta de la rotonda para tomar la costanilla. Todavía mira un par de veces hacia atrás para dejar los ojos fijos en el manubrio, al que ya los niños se han atrevido a acercarse sin que el guardia urbano se tome el trabajo de llamarles la atención. Luego continúa andando con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, despacio, con los ojos entornados, sin pensar siquiera cuál será él camino que tomará, sin meditar en el sitio donde pasará la noche y si le ofrecerán siquiera un pedazo de pan para matar el gusanillo que ya empieza a cosquillearle el estómago.
Y así continúa andando, abstraído, ausente, como si no hubiera pasado nada, como si el día hubiera transcurrido sin novedad. Y a medida que avanza calle arriba, cada vez más a prisa, le parece oír la voz de Garabito, jerárquica y marchosa: "Jala, chaval, que nos coge el torete, que dentro de media hora no hay Dios que dé un paso cuesta arriba".
Ni siquiera advierte que al desembocar en la calle Real, donde a la puerta del casino fuman y charlan los socios, al lado casi de donde trabajan los hombres en las regolas de sol a sol, tiene los ojos llenos de lágrimas.
– Antes del alba pienso estar en la puerta de la taberna – dice Pedro el de Nieve -. El que me quiera seguir que me siga. No es que vaya a tirar por aquí ni por allá, es que voy. Sabéis que siempre que he dicho blanco ha sido blanco.
La mujer de Pedro ha sacado a la puerta de la casa tres banquetas de madera. Los recién llegados están sentados frente a Pedro y guardan silencio mientras Pedro habla, y cuando Pedro les pregunta su opinión, los hombres continúan callados.
Uno de los hombres se decide a mover los labios en el momento en que Pedro pregunta ya abiertamente:
– ¿Tú, Romero, y tú, Cantalejos, estaréis conmigo, no?. Y tú también, Matías. Tú sabes también que es la única solución llegar y ponernos en la puerta de los Sindicatos con los brazos cruzados sin decir nada. Veinte, treinta, cuarenta hombres sin decir nada. ¡Bien sabrán ellos por qué estamos allí!.
De dentro de la casa llega el llanto de los niños que no quieren acostarse todavía. Sobre la explanada amarilla del arrabal, las luces de las casas excavadas en la misma tierra proyectan una luz triste de fuego fatuo. Una mujer grita, tres cuevas más arriba. La mujer de Pedro se asoma a la puerta con uno de sus hijos en brazos:
– Es la Amparo – dice -. Ya está otra vez dale que te dale, como si el pobre de Daniel tuviera la culpa de nada. Como si no hubiéramos en el pueblo doscientas mujeres que estamos en el mismo plan. Como si fuera una deshonra ser pobre y cenar pan con aceite y ajo…
Pedro hace un gesto con la mano para que su mujer entre en la casa:
– Entra – dice – y dejate de chismes cuando están hablando los hombres.
– Todos sois iguales – dice la mujer de Pedro al entrar-. No hay ninguno que se salve. Todos estáis cortados por la misma tijera.
Matías rasca el forro de su chaqueta de dril y saca del bolsillo una briznas de tabaco. Cantalejos le ofrece un papel de fumar.
– Es una pila – dice Matías -, pero qué le vamos a hacer. Poco es, pero es del estanco. He prometido no fumar ya más tabaquera. ¡Cochina tabaquera que me va a hacer polvo los pulmones!.
Pedro inicia un tic nervioso con las rodillas:
– Decidme en qué vamos a quedar entonces. Si habéis venido habrá sido por algo… ¿Pensáis ir o no?.
– Pedro – contesta Romero -. Nos conocemos de toda la vida para andarnos con engaños. Aquí estos – señala a los hombres – han venido conmigo esta noche para no hacerte el feo. Yo di palabra que venía y ellos han venido por acompañarme.
– ¿Qué quieres decir?. ¡Qué feo ni qué historias!.
– Lo mismo que tú piensas, Pedro, lo que sabes tan bien como nosotros y no eres capaz de confesarte: que no hay nada que hacer, que nadie, empezando por nosotros, estará al alba en la taberna, que todo eso es un sueño; que delante tuyo todos dicen que si por no llevarte la contraria, pero luego, cuando te vas, toman tus cosas a chacota. Yo te digo que la toman porque es para tomarla, porque tengo más edad que tú y me conozco de memoria la vereda. No es ese el camino y tú lo sabes. Tú sabes que no hay nada que hacer, que incluso lo que lucieron esta mañana el de María la Bujarra y los otros, no sirve para nada. Ganas de sacar las cosas de su sitio y emberrechinar al bicho más emberrechinado todavía que está. El verano es corto y se tira con cualquier cosa. Ninguno de nosotros, además, somos los más indicados para quejarnos, porque tenemos un oficio muy bonito y no va a tardar más de un mes que abran de nuevo la tonelería. Por otro lado, las mujeres, en cuanto comience la exportación, irán a trabajar al almacén. Por todo eso hemos venido éstos y yo, para quitarte la idea de la cabeza.
Pedro escucha en silencio con las manos sobre las mejillas. Se muerde luego los nudillos.
– Qué vida – dice -. Cobardes tú y todos. Tú también, Matías, y tú, Cantalejos. Yo también el primero por fiarme de vosotros. Todos sabéis que tenemos razón y que debiéramos ir, pero no vamos, no, no vamos. Pensáis que estoy loco.
– La vida me ha enseñado a caminar ya más parao- contesta Romero sin inmutarse-. He sufrido más que tú y he luchado más que tú, pero me he cansado, Pedro. Estoy ya cansado de soñar y dejo pasar los días por tal de seguir viviendo, aunque mi vida sea una vida que no merezca ser vivida. Antes de que nos demos cuenta estará encima el verdeo. Para el verdeo las cosas se pondrán mejores, que peores no se ponen ningún año. Se paga entonces lo que se debe. En la tienda nueva y en la de Raimundo están dispuestos a seguir fiándonos. Por otro lado, Alejandro el panadero no nos niega el pan. Sabéis que no nos lo niega.
– No, si matarnos de hambre no nos van a matar – dice Pedro levantándose -. Matarnos de hambre del todo no nos matan. ¿Quiénes iban a cogerles las aceitunas?. Dime, Matías, y tú, Cantalejos. ¿Quiénes iban a ararles la barbechera del otoño?. Matarnos de hambre del todo no nos matan. Tenemos que seguir viviendo y morir poco a poco. Un año diez y otro quince, y nuestros hijos ocuparán nuestros puestos. Y los hijos de ellos les seguirán fiando a nuestros hijos el pan y el aceite, y nuestros hijos tampoco morirán. Poco a poco, cuando los encuentren desfallecidos, les echarán un buen mendrugo para que tengan fuerza suficiente para cargar con la canga – la voz de Pedro se hace bronca, dura, terrible, una voz antigua que parece salir de la tierra, del principio de los tiempos -. No iréis conmigo, ya sé que no iréis, pero os digo que ése es el único camino. Y yo os juro por mis muertos y por los padres de mis muertos y por los padres de los padres de mis muertos, que ése y no otro es el único camino pan empezar. El único camino.
Los hombres van estrechando uno a uno la mano de Pedro que, con los ojos bajos, no quiere siquiera mirarlos. Los hombres se despiden con el mismo aire triste de un funeral, como si le estuvieran dando la cabezada por la muerte de un hijo. Romero se acerca a Pedro el último y, mientras le estrecha la mano, le aprieta un brazo hasta lastimárselo:
– No me vayas a hacer locuras, Pedrito – le dice -. No me vayas a ir a ningún lado. Son malos los aires que corren. Son malos los vientos, que te lo digo yo que tengo más edad que tú y más experiencia de la vida. Tienes mujer e hijos. Algún día podremos hacer eso, pero no ahora. Nos falta unión y eso es lo primero que tenemos que conseguir. ¿Crees que soy de goma?. Soy hombre de carne y huesos como tú. Más hombre que tú si cabe, porque cuando fue necesario hacer de verdad algo lo hice y tú lo sabes. Ninguno de nosotros es un muñeco, pero tenemos que parecerlo. ¿Comprendes?. Puede que incluso que algunos días lo seamos de verdad a fuerza de disimularlo, no te lo niego; pero matar el gusanillo no han podido. El gusanillo no muere. Se podrá quedar dormido algún tiempo, como los galápagos en las pozas, pero el gusanillo no muere.
Pedro contempla cómo los hombres atraviesan ya la explanada. Luego entra en su casa – en su pobre, mísera y triste casa excavada en la tierra -. Los niños se han quedado dormidos y la mujer empieza a desnudarse. Pedro se echa vestido sobre el jergón. La mujer suspira y Pedro, por un momento, siente el deseo de quitarse la camisa y acercarse a la mujer; pero no se mueve, entorna los ojos y se queda mirando, a través de la puerta abierta, la explanada amarilla.
– Mañana iré – dice muy bajito -. Antes del alba iré. Me pondré con los brazos cruzados en la puerta y creerán que me he vuelto loco, pero iré. Iré. Es necesario que vaya.
Eugenio y Antonio – los felices viajeros de la Francia – le han acompañado hasta el transformador, a mitad de camino entre la Colonia y el cementerio. Tanto remachó el clavo con sus súplicas Antonio que Eugenio terminó por pararse en mitad de la carretera y estrecharle la mano después de ofrecerse a prestarle el dinero del viaje.
Ahora Toto, ya solo, siente ganas de llegar y a la vez de quedar petrificado en mitad de camino por tal de no seguir andando hasta su casa de la viña.
Eugenio y Antonio al norte ya; más lejos de Córdoba donde él estuvo de soldado y hasta más lejos de Madrid, dice Eugenio y será verdad.
Mientras camina y toma la vereda polvorienta que lleva hasta la viña piensa en el largo viaje de sus amigos. Todavía le queda un rato de camino para llegar al sombrajo donde duerme en verano con su padre desde la guerra, desde que recuerda que vive y que le dan miedo los muertos y que siente la calor y el frío. Porque él no irá a ningún lado. No pasará jamás del último olivar, no marchará siquiera donde la Mariquita que el día menos pensado bajará a la ciudad a servir, o a lo que sea, para no volver nunca.
La modorra borracha, que aún se le espesa bajo los párpados, le da ánimos para caminar más a prisa, buscando tenderse cuanto antes en el sombrajo junto a su padre que, con el chuzo, guarda en duermevela los racimos, los rubios pámpanos.
Al pasar junto al cementerio sabe que le vendrán a los ojos la punta de los cipreses y los nichos blanqueados, y los tejadillos de hojalata y las lápidas del cementerio orladas de Vírgenes dolorosas y las luces de los farolillos de aceite pintados de purpurina.
No le da miedo la muerte bajo tierra, la muerte horizontal, en su sitio, bien cubierta de terrones. Miedo sólo para la muerte suelta, para la muerte al relente, para la muerte dejada de la mano, para la muerte sobre la piedra de la autopsia. Porque para imaginar en la piedra a Garabito no necesita haberle visto. Le basta la loneta que asomaba a la batea de la camioneta de Chico Mingo y la mancha de sombra de cuerpo bajo las visagras del cierre del camión.
Sabe que nunca irá a ningún lado. Sabe que seguirá cada verano la misma senda que ahora atraviesa, con el miedo clavándosele como una aguja en la garganta, mientras su padre siga siendo el guarda de las viñas del alcalde. Sabe que dormirá una noche y otra panza a las estrellas durante el estío, y en el invierno en la casa del pueblo, en su pequeña casa del pueblo, en la cama compartida con los hermanos pequeños, frente a la otra cama en el mismo cuarto donde duermen las hermanas mozas, por lo que muchas noches tiene que cerrar los ojos. Sabe que seguirá con el piochín; porque ellos pueden irse, pero él no se irá nunca a Francia ni a ningún otro sitio. Él continuará, mientras haya trabajo, para echar una mano, siendo una ayuda para los viejos, y, en no habiéndolo como pasa casi siempre, una carga.
Y mientras no se mueran los padres o se case o se "rebuje" o lo que sea; mientras no tenga mujer cada noche, se seguirá dejando caer, cada vez que reúna un puñado de pesetas, por la choza de Rosarito.
Y una semana con otra que le vengan bien las cosas: para el verdeo o la recolección – piensa, siempre le pasa lo mismo y nunca ve cumplidas sus ilusiones -, bajará a la ciudad para meterse por donde él sabe.
Al terminar de andar la senda, se da de cara con el camino estrecho que separa las cepas, y entra en él casi a tientas y lo sigue, y le tiembla el corazón con la querencia de los ojos que enfilan sin querer el tapial del cementerio que es como un cuajaron blanco y lechoso contra el negro que todo lo rodea.
Y sube por la escalerilla del sombrajo y lo primero que hace es empinarse el cántaro de agua fresca porque le arde el estómago, y despertar a su padre, que da una vuelta sobre el heno y sin abrir los ojos vuelve enseguida a quedarse dormido.
Le cuesta trabajo coger el sueño con la querencia del muerto a dos pasos, treinta metros lo más sobre la piedra de la autopsia, bajo el cobertizo.
El recuerdo de la Mariquita acaba tranquilizándolo, y, soñando con ella, piensa cosas que nunca le pasaron, ni nunca le han de pasar, cosas que no tienen ni pies ni cabeza, y es feliz.
La música que brota de los tenderetes enerva las trenzas de las niñas y confunde la puntería de los que – a la salida de la segunda sesión del cinematógrafo - disparan las flechitas de colores sobre las serpentinas sujetas con chinchetas en la barraca con dibujos de Walt Disney.
El frescachón, preludio de la borrasca, le desclava los alfileres de la cabeza. Sus alpargatas no silencian ya los pasos mientras baja lentamente por la calle en pendiente que llega al Prado Comunal.
Es mucho el vozarrón que sube tonante de los altavoces por la pendiente que prologa la sierra.
Arriba la luz roja y abajo la luz verde. Luego en torbellino, cuando sus ojos se cansan de mirar la noria, las dos luces se confunden, se emparejan y describen un aro de fuego que le hiere el fondo de las pupilas.