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Ashdowne seguía agitado cuando llegó a Camden Place después de acompañar a Georgiana a la residencia de sus padres. Se sentía acalorado y estremecido, como alguien que hubiera sobrevivido a un rayo… o un hombre desgarrado entre el sentido común e ideas salvajes.
– Necesito una copa -le dijo a Finn mientras se dirigía al estudio. Se dejó caer en uno de los duros sillones y por una vez no notó la incomodidad de los muebles.
– Bien, milord -el irlandés fue detrás de él. Cerró la puerta y se acercó al aparador, mirando a Ashdowne por encima del hombro-. ¿Qué me dice de la señorita? ¿La ha abandonado a sus propios recursos?
Ashdowne frunció el ceño. Se había sentido tan consumido por sus propios pensamientos que había olvidado el molesto hábito de Georgiana de meterse en problemas en su ausencia.
– Al menos de momento se ha quedado sin sospechosos -musitó, más para tranquilizarse a sí mismo.
Finn no dijo nada al atravesar el estudio y entregarle una copa finamente tallada. Ashdowne le dio las gracias y contempló las profundidades del oporto como si en ellas buscara una respuesta. Al no aparecer ninguna, narró los acontecimientos de la tarde para gran diversión del irlandés.
Al estudiar a su jefe se puso serio.
– Tendría que haber dejado que el vicario se llevara la culpa.
– ¿Qué? ¿El robo? -meneó la cabeza-. El vicario no es más culpable que de cierta polémica impopular. Y tiene razón en que la mayor parte de la nobleza es hipócrita -clavó la vista en Finn-. ¿Sabes que sugirió que el collar de lady Culpepper no fue robado, sino desmontado para cobrar el dinero del seguro?
– ¿En serio? -los dos intercambiaron una mirada significativa-. Pero, ¿qué pasa con la señorita, milord? ¿Qué hará ella ahora? En poco tiempo se pondrá a buscar a otro sospechoso.
– Quizá su interés en el caso al fin termine por disiparse -comentó Ashdowne con esperanza.
– No lo sé, milord -Finn se rascó la barbilla-. Parece bastante decidida en todo este asunto.
– Sí, lo sé -reconoció. ¡Si tan solo sintiera esa pasión por él y no por un maldito misterio! Su disgusto se convirtió en horror al darse cuenta de que sentía celos de un caso. ¿Cuán bajo empezaba a hundirse?
– A menos que pueda distraerla -sugirió Finn.
– Sí, pero… -alzó la cabeza cuando el irlandés le palmeó la espalda.
– Ahí tiene su respuesta, milord -aseveró con entusiasmo-. Y no dudo de su capacidad al respecto.
Ashdowne esbozó una débil sonrisa. Le alegraba que Finn tuviera tanta fe en él, pero la verdad era que no estaba seguro de que alguien pudiera mantener distraído a Georgiana tanto tiempo.
– ¿La vigilo hasta que nos cercioremos de que se halla ocupada en otras cuestiones? -inquirió Finn.
– Sí, gracias -aceptó, tratando de no prestar atención a sus latidos acelerados. Se consideraba un hombre cosmopolita, entonces, ¿por qué le excitaba tanto la idea de distraer a Georgiana?
Concentrado en los pensamientos que lo hostigaban, vagamente notó la marcha de Finn, pero ni la conversación ni el oporto habían despejado el torbellino salvaje que asolaba su cabeza. La indecisión lo frustraba sobremanera, pues por lo general era un pensador meticuloso. En el pasado, su propia vida había dependido de una planificación y previsión cuidadosas, pero en ese momento sentía que la pequeña rubia había desordenado por completo su existencia con un simple movimiento de sus bucles.
Y a pesar del clamor de su buen sentido, sabía que su vida ya no volvería a ser la misma.
Una noche de seria contemplación le había devuelto a Ashdowne el equilibrio, si no la razón. Sabía lo que quería, pero todo su cuerpo se rebelaba contra ello. Bueno, realmente no todo, pero si lo suficiente como para hacerlo titubear. Había una parte de él que aún no se hallaba preparada, sin importar cuál fuera la provocación.
No se le escapaba la ironía de la situación, y supo que debía dejar que la situación siguiera su curso. Aunque en contra de su naturaleza calculadora, eso le impulsó a ir a la residencia de Georgiana, donde convenció a la desanimada investigadora para ir a dar un paseo en coche mientras esquivaba las invitaciones de sus hermanas para que las llevara también.
El padre de ella, ya fuera por falta de sentido común o por una visión optimista al pensar que su hija podría conseguir un título, fue lo bastante tonto como para confiársela a solas. A pesar de que encajaba a la perfección con sus planes, eso lo irritó un poco. Se juró que cuando él tuviera una hija, cuidaría mucho mejor de ella.
La ayudó a subir al coche que esperaba, se sentó a su lado y suspiró aliviado por no tener que pasar la mañana en el exterior del apartamento del vicario o siguiéndole los pasos. El placer de tenerla para él solo creó una expectación en su interior, a pesar de todos sus esfuerzos por controlarla.
Sin embargo, no tardó mucho en darse cuenta de que el caso aún se interponía entre ellos, pues Georgiana fue a su lado en amargo silencio, con expresión sombría y los hombros encorvados. No supo si reír o sentirse insultado, pero así era ella.
No obstante, pensó que siempre resultaba interesante, aunque no le agradaba verla tan abatida. Todos lo esfuerzos que realizó para mostrarle los edificios de Bath o entablar conversación sirvieron de poco para animarla, y al final se preguntó si no debería sugerir un nuevo sospechoso. Solo lo absurdo de la idea lo disuadió.
Para su júbilo, Georgiana se animó cuando llegaron a las colinas que circundaban la ciudad, admirando el verdor y los robles. Después de asegurar los caballos, se quitó los guantes y extendió la capa sobre la hierba. La instó a sentarse en ella, pero Georgiana parecía hipnotizada por la vista de la ciudad que se extendía hacia abajo.
– Es hermoso -murmuró Ashdowne, situándose detrás de ella.
– ¡Mira qué bien se ven las casas! -señaló los edificios de piedra. Se adelantó y entrecerró los ojos como si quisiera centrarse en una morada en particular. De pronto se volvió hacia él-. Me pregunto cómo se verían con un catalejo.
Ashdowne la miró unos momentos y luego soltó una carcajada. Era típico de Georgiana prescindir del romanticismo para considerar las aplicaciones prácticas de su visita.
– Debe haber algo en Bath aparte del robo que pueda atraer tu interés -sugirió con ironía.
– Sí, pero aún me perturba el hurto. No dejo de pensar que se me está escapando algo -musitó pensativa.
Aunque Ashdowne sentía que era Aquiles probándose una bota o Sansón pidiéndole a Dalila que le cortara el pelo, la ominosa percepción de que Georgiana podía representar su perdición de algún modo se mezclaba con la descabellada noción de que también podía significar su salvación. Ya no era capaz de juzgar qué era mejor. Experimentaba la necesidad de entregarse por completo a la fuerza que se había apoderado de él para dejar que lo llevara adonde quisiera.
Se acercó más a ella para captar la delicada fragancia de su cabello. Notó que Georgiana se reclinaba en su dirección. Posó las manos en sus hombros y por un instante se apoyó en él, con la cabeza contra su pecho, antes de apartarse con brusquedad, dar media vuelta y mirarlo con ojos acusadores.
– Pensé que habíamos aceptado ceñirnos a… lo que nos ocupaba -musitó con el rostro sonrojado.
– En realidad, yo tenía en mente una relación más permanente -alargó las manos hacia ella.
Sin hacer caso de la importancia de sus palabras, Georgiana retrocedió y alzó una mano como si quisiera contenerlo. Ashdowne sonrió ante la expresión de pánico que exhibía. Jamás una mujer había rechazado sus insinuaciones, y menos aún luchado contra ellas, pero la aparente renuencia de ella solo sirvió para incitar su pasión. Aunque jamás la forzaría a hacer nada, sabía por experiencia que era fácil de persuadir, y pretendía convencerla de que se entregara libremente a sus brazos.
– ¡No! No te acerques más -manifestó como si fuera consciente de sus intenciones-. Se me obnubila la mente cuando estás demasiado cerca -él se quedó quieto, pero alargó los dedos para acariciarle la cara, aunque ella se los apartó-. ¡Y nada de tocar!
– ¿Y si solo te tomo la mano? -se esforzó por poner expresión inocente.
– Bueno, yo… -antes de que pudiera responder, él le asió una de las manos al tiempo que enarcaba una ceja, como si cuestionara su cautela. Pero Georgiana siguió con el ceño fruncido de un modo que le indicaba que lo conocía muy bien-. De acuerdo, pero solo la mano -aceptó a regañadientes.
Ashdowne rió encantado. En el pasado había conseguido que gimiera, suspirara y se aferrara a él, y volvería a repetirlo. Contempló sus ojos aturdidos y supo que ella era consciente del poder que tenía.
Sin embargo, él no tenía intención de precipitar las cosas. Sin querer asustarla, se quedó delante de ella, sosteniéndole la mano en lo que podía considerarse un gesto inofensivo. Luego, muy despacio, comenzó a frotar el dedo pulgar sobre la suavidad del guante, aunque deseó quitárselo y sentir su piel como la noche anterior en los baños.
El recuerdo le avivó el deseo mientras observaba su diminuta muñeca, hipnotizado por su delicadeza. Se la llevó a los labios y la besó, sonriendo al sentir los labios erráticos. La miró a la cara, ya sonrojada, y la vio envuelta en una fascinación arrobada.
Convencido de tener su atención, apartó el borde del guante con los dientes y tiró; Georgiana abrió mucho los ojos y los labios se le separaron en una respiración entrecortada. Despacio él reveló un centímetro de piel rosada, y luego otro. Se tomó su tiempo, como si le desnudara el cuerpo para su contemplación, y descubrió que el ritual acentuaba su propia excitación tanto como la de Georgiana.
Al hacer a un lado el guante y dejar al aire sus delicados dedos, gimió y pegó la boca al centro de la palma mientras trataba de contener su creciente pasión. El delicado aroma de ella llenó su olfato; en círculos lamió la piel fina del interior de la mano. Con la lengua siguió el contorno de los dedos hasta detenerse en cada yema.
Al final alzó la vista para capturar sus ojos con la mirada y se introdujo un dedo en la boca. Lo succionó y la observó parpadear. Su entrepierna se sacudió en respuesta, pero se obligó a quedarse quieto, y los únicos sonidos que se escucharon en la silenciosa arboleda fueron los de la respiración agitada de ambos. Despacio, con ternura, le mordió la pequeña uña; ella jadeó y se tambaleó.
Ashdowne se adelantó para sostenerla y pegar su espalda a la suavidad de la capa extendida en el suelo. Se sentía embriagado, excitado como nunca, cuando lo único que había hecho era concentrarse en su mano. Con impaciencia, se incorporó encima de ella, ansioso de surcar el resto de su cuerpo.
Sin embargo, algo lo detuvo.
Contempló su rostro hermoso y se quedó quieto. Tenía las mejillas encendidas, los labios separados y la cabeza echada para a tras, de modo que no podía malinterpretar su deseo. Pero los ojos estaban cerrados.
– Georgiana. Mírame -susurró.
Ella levantó los párpados y reveló un vistazo de sus profundidades azules antes de volver a bajarlos. Ashdowne permaneció a unos centímetros de su exuberante forma, con la entrepierna que le palpitaba dolorosamente y todo su cuerpo gritando su deseo de liberación ante el placer que iba a encontrar con ella. Solo tenía que descender un poco y…
No obstante, se apartó a un lado y gimió, tapándose la cara con el brazo. Sería tan fácil tomarla, o incluso satisfacerlos a ambos dejándola aún virgen, aunque se sentía un fraude, como si le hubiera arrebatado la elección que tenía en el asunto. A pesar de lo absurdo que parecía, quería que lo recibiera con los ojos bien abiertos, que le diera la bienvenida, que lo deseara.
Con otro gemido se dio cuenta de que estaba tan loco como ella. Primero había empezado a entenderla, lo cual resultaba bastante alarmante, y en ese momento empezaba a pensar como ella, de un modo tan enrevesado que no tenía sentido para nadie con un poco de sensatez. Soltó una maldición y se levantó para clavar la vista en la ciudad de Bath, sin verla.
– ¿Ashdowne?
Sintió que la mano de ella tiraba de su manga, pero no confiaba en sí mismo para mirarla. ¿Qué observaría en sus ojos? ¿Pasión obnubilada? ¿Rechazo?
– Solo la mano, ¿recuerdas? -repuso con la máxima ligereza que pudo-. Únicamente debía tocarte la mano, nada más -entonces se volvió con expresión en blanco.
– ¿Ashdowne?
Fuera lo que fuera que iba a decirle, se perdió en el viento cuando a sus oídos llegó el sonido de caballos. Ambos miraron hacia el camino, donde un par de caballos negros que tiraban de una especie de carro reconvertido apareció a la vista.
– ¡Ahí estáis!
Ashdowne reconoció los gritos pero no dio crédito a sus oídos. Hacia ellos avanzaban las hermanas de Georgiana en un transporte improvisado conducido por Bertrand,
Dedicó unos momentos a agradecer no encontrarse justo debajo de la falda de su acompañante, inmerso en su magnífico cuerpo. El vehículo se detuvo y las hermanas, que sostenían unos parasoles iguales, los saludaron con sus abanicos y soltaron unas risitas.
– ¡Os buscábamos! -reprendió Araminta, la más estridente-. Por suerte, la señorita Simms dijo que veníais hacia aquí.
– ¡Mamá nos mandó a buscarte! -explicó Eustacia, mirando de reojo a Ashdowne.
Bertrand, como de costumbre, guardaba silencio.
Georgiana, que no se parecía en nada a ninguno, los observó y luego miró a Ashdowne como desgarrada, hasta que él asintió en dirección a su familia.
– Es evidente que te necesitan -indicó, notando el nuevo rubor que se extendió por sus mejillas al pronunciar esas palabras. A pesar de su frustración, tuvo que admirar a su madre, quién evidentemente tenía más sensatez que su marido. Era inteligente al no confiarla a su hija, y también lo fue Georgiana al no entregarse.
– Bueno, supongo que he de irme -aceptó, aunque no parecía entusiasmada con la idea de unirse a sus hermanos. Cuando se acercó para despedirse con cariño, Ashdowne contuvo el aliento-. Esperaba que pudiéramos encontrar al señor Jeffries y comprobar si había proyectado alguna luz sobre el caso -confió.
– Reúnete conmigo en el Pump Room después del almuerzo y veremos lo que podemos hacer -al verla asentir, sonrió.-. Intenta no meterte en problemas sin mí -añadió, tocándole la nariz con gesto afectuoso.
Ella volvió a asentir y después de las despedidas los observó desaparecer colina abajo. En el silencio reinante, suspiró y al ir a recoger la capa de la hierba divisó una pieza de piel. La levantó del suelo y la tocó con cariño.
Era el guante de Georgiana. Lo guardó en el bolsillo y subió al coche. Se dijo que se lo devolvería más tarde, aunque sabía que no lo haría. A pesar de que jamás había sido un sentimental, no tenía intención de entregarle el guante. Frunció el ceño, incapaz de tener más que un solo pensamiento.
Estaba perdido.
Cuando al fin le pareció que había comenzado a concentrarse en la correspondencia, Finn llamó a la puerta, aun cuando tenía orden de no molestarlo.
– Será mejor que se trate de una buena excusa -musitó después de indicarle que pasara.
– Una mujer ha venido a verlo, milord -explicó el irlandés con rostro impasible-. La he hecho pasar al salón, a la espera de recibir sus instrucciones.
Ashdowne, que había dedicado mucho tiempo a pensar en Georgiana, no titubeó y se puso en pie. La había advertido de que no fuera a su residencia, pero jamás le hacía caso. Jamás. Se dirigió al salón y se detuvo en el umbral para evitar que se escapara.
– Será mejor que Bertrand te acompañe, o eres mujer muerta -espetó en voz baja.
Sólo después de que las palabras abandonaran su boca vio el desorden que había en la estancia. Cajas y baúles llenaban el suelo; a un lado había una doncella y la mujer que le daba la espalda se mostró boquiabierta al girar en redondo. Para su horror, comprendió de inmediato que no se trataba de Georgiana, sino de alguien más alto, esbelto y con el pelo oscuro.
Contuvo un juramento y reconoció a Anne, la esposa de su hermano muerto. Lo miraba con los ojos castaños muy abiertos, labios temblorosos y dando la impresión de que podía desmayarse. Conociéndola, supo que era una clara posibilidad, que se apresuró en evitar.
– ¡Anne! Te pido disculpas -en cuanto dio un paso, ella retrocedió, como si la asustara. Por desgracia, la esposa de su hermano consideraba que todo el mundo era aterrador, algo de lo que Ashdowne no pudo disuadirla-. ¿Qué haces aquí? -inquirió al comprender la magnitud de que se hubiera atrevido a emprender un viaje sola. Anne nunca había viajado hasta que él, cansado de su continua presencia en la mansión familiar, la había empujado a que fuera a ver a unos parientes a Londres… con resultados desastrosos. Al regresar a casa había jurado que jamás volvería a marcharse. Y allí estaba, ante su puerta, sin habérselo anunciado. Y al parecer lo lamentaba.
– Oh, sabía que no tendría que haber venido -susurró.
Antes de que Ashdowne pudiera obtener una explicación, estalló en lágrimas y huyó a la carrera, dejando a su doncella para que lo mirara enfadada.
Suspiró cuando la mujer fue tras ella. En vez de ponerse al día con la correspondencia, daba la impresión de que tendría que pasar la mañana tranquilizando a su irritante cuñada. Era uno de los deberes más onerosos que tenía como marqués.
– ¿Y bien? -preguntó Finn al aparecer en el umbral.
– Podías habérmelo advertido -se encogió de hombros y miró con dureza al irlandés.
Miró el reloj y fue hacia las escaleras. En poco tiempo debería reunirse con Georgiana en el Pump Room, y sin importar lo que sucediera en la casa, no podía llegar tarde. Aún había muchas cosas que resolver entre ellos, incluida la aciaga investigación del hurto del collar de lady Culpepper.