38796.fb2 Las cinco personas que encontrar?s en el cielo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 8

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La segunda persona que Eddie encuentra en el cielo

Eddie notaba que sus pies tocaban el suelo. El cielo volvía a cambiar, de azul cobalto a gris carbón vegetal, y Eddie ahora estaba rodeado de árboles caídos y escombros ennegrecidos. Se agarró los brazos, hombros, muslos y pantorrillas. Se notaba más fuerte que antes, pero cuando trató de tocarse los dedos de los pies, ya no pudo hacerlo. La flexibilidad había desaparecido. Ya no existía la sensación infantil de ser de goma. Cada músculo que tenía estaba tan tenso como una cuerda de piano.

Paseó la vista por el terreno sin vida que le rodeaba. En una colina cercana había una carreta destrozada y los huesos podridos de un animal. Eddie notó un viento ardiente que le azotaba la cara. El cielo explotó en llamaradas amarillas.

Y una vez más, Eddie corrió.

Ahora corría de modo diferente, con los pesados pasos bien medidos de un soldado. Oyó un trueno -o algo parecido a un trueno, explosiones o estallidos de bombas- y se tiró instintivamente al suelo. Cayó sobre el estómago y se arrastró apoyándose en los antebrazos. El cielo se abrió violentamente y soltó borbotones de lluvia; un chaparrón espeso y pardusco. Eddie agachó la cabeza y reptó por el barro, escupiendo el agua sucia que le llegaba a los labios.

Finalmente notó que la cabeza le chocaba contra algo sólido. Alzó la vista y vio un fusil clavado en el suelo, con un casco puesto encima y unas cuantas chapas de identificación colgando del portafusil. Parpadeando en medio de la lluvia, pasó los dedos por las chapas de identificación, luego gateó enloquecido hacia atrás metiéndose en la porosa pared de enredaderas fibrosas que colgaban de un enorme ficus. Se hundió en su espesura. Se sentó encogido sobre sí mismo. Trató de contener la respiración. El miedo se había apoderado de él, incluso en el cielo.

El nombre de una de las placas de identificación era el suyo.

Los jóvenes van a la guerra. Unas veces porque tienen que ir, otras veces porque quieren. Siempre creen que todos esperan que vayan. Eso tiene su origen en las tristes, en las complicadas historias de la vida, que durante los siglos han considerado que el valor está asociado con coger las armas, y la cobardía con dejarlas a un lado.

Cuando este país participó en la guerra, Eddie despertó temprano una mañana lluviosa, se afeitó, se peinó el pelo hacia atrás y fue a alistarse. Otros estaban combatiendo. Él haría lo mismo.

Su madre no quería que fuera. Su padre, cuando le comunicó la noticia, encendió un pitillo y soltó el humo lentamente.

– ¿Cuándo? -fue lo único que preguntó.

Como nunca había disparado con un fusil de verdad, Eddie empezó a practicar en el tiro al blanco del Ruby Pier. Pagabas cinco centavos y el aparato empezaba a zumbar, apretabas el gatillo y disparabas contra siluetas metálicas con dibujos de animales de la selva, como un león o una jirafa. Eddie iba todas las tardes, después de ocuparse de la palanca del freno del Mini-trén Infantil. El Ruby Pier había añadido unas cuantas atracciones nuevas y más pequeñas, porque las montañas rusas, después de la Depresión, se habían vuelto demasiado caras. El Minitrén era una de esas atracciones nuevas; sus vagones no eran más altos que el muslo de un hombre adulto.

Eddie, antes de alistarse, había estado trabajando para ahorrar dinero con el que estudiar ingeniería. Aquél era su objetivo; quería construir cosas, aunque su hermano Joe no dejaba de decir:

– Venga, Eddie, tú no eres lo bastante listo para eso.

Pero una vez que empezó la guerra, el parque de atracciones iba mal. Ahora la mayoría de los clientes de Eddie eran mujeres solas con niños cuyos padres estaban combatiendo. A veces los niños le pedían que los levantara hasta su cabeza, y cuando Eddie accedía, veía las tristes sonrisas de las madres: suponía que les gustaba que levantaran a sus hijos, pero creía que habrían preferido que fueran otros los brazos que lo hicieran. Él, pensaba Eddie, pronto se uniría a aquellos hombres lejanos, y su vida de engrasador de raíles y controlador de palancas de freno terminaría. La guerra era su llamada a la edad adulta. Y a lo mejor, hasta alguien le echaba en falta.

Una de aquellas últimas tardes, Eddie estaba apoyado en el pequeño puesto de tiro al blanco disparando profundamente concentrado. ¡Pum! ¡Pum! Intentaba imaginar que disparaba a un enemigo de verdad. ¡Pum! ¿Harían ruido cuando los alcanzase -¡pum!- o simplemente caerían, como los leones y las jirafas?

¡Pum! ¡Pum!

– Practicando para matar, ¿eh, chaval?

Mickey Shea se había detenido detrás de él. Tenía el pelo del color de helado de vainilla, húmedo de sudor, y la cara se le había puesto roja debido a lo que hubiera estado bebiendo. Eddie se encogió de hombros y volvió a disparar. ¡Pum! Otro blanco. ¡Pum! Otro.

– Oye -protestó Mickey.

A Eddie le apetecía que Mickey se largara y le dejase mejorar su puntería. Notaba al viejo borracho a su espalda. Oía su trabajosa respiración, los siseos del aire que le entraban y salían por la nariz, como una bicicleta a la que hinchaban con una bomba.

Eddie siguió disparando. De pronto, notó que le agarraban el hombro con fuerza.

– Escucha, chaval. -La voz de Mickey era un gruñido grave.- La guerra no es un juego. Si es preciso disparar, se dispara, ¿entiendes? No te sientes culpable. No hay que dudar. Uno dispara y dispara, y no piensa ni contra quién, ni si lo mata, ni por qué, ¿entendido? Si quieres volver a casa, limítate a disparar, no pienses.

Apretó con más fuerza.

– Lo que mata es el pensar.

Eddie se dio la vuelta y miró fijamente a Mickey. Éste le dio una bofetada fuerte en la mejilla y Eddie, instintivamente, alzó el puño para responder. Pero Mickey eructó y dio un tumbo tambaleante hacia atrás. Luego miró a Eddie como si estuviera a punto de echarse a llorar. El fusil del tiro al blanco dejó de zumbar. Los cinco centavos de Eddie se habían terminado.

Los jóvenes van a la guerra, unas veces porque tienen que ir, otras veces porque quieren. Unos días después, Eddie metió sus cosas en una bolsa de lona y dejó atrás el parque de atracciones.

Dejó de llover. Eddie, temblando y mojado debajo del ficus, soltó una larga y profunda exhalación. Apartó las lianas y vio el casco y el fusil todavía clavado en el suelo. Recordó por qué hacían eso los soldados: era para señalar las tumbas de sus muertos.

Salió avanzando a cuatro patas. A lo lejos, bajo unas pequeñas ondulaciones, estaban los restos de una aldea, bombardeada y quemada, reducida a poco más que escombros. Durante un momento, Eddie miró fijamente, con la boca algo abierta, enfocando mejor la escena con los ojos. Entonces el pecho se le encogió igual que el de un hombre que acabara de recibir malas noticias. Aquel sitio. Lo conocía. Se le había aparecido en sueños.

– Viruela -dijo de pronto una voz.

Eddie se dio la vuelta.

– Viruela. Tifus. Tétanos. Fiebre amarilla.

Venía de arriba, de algún punto del árbol.

– Nunca he sabido lo que era la fiebre amarilla. Demonios. Nunca he conocido a nadie que la tuviera.

La voz era potente, con un leve acento sureño y un tanto ronca, como la de un hombre que llevara horas gritando.

– Me pusieron inyecciones para todas esas enfermedades y de todos modos he muerto aquí, y estaba tan sano.

El árbol se agitó. Un fruto pequeño cayó delante de Eddie.

– ¿Te gustan las manzanas? -dijo la voz.

Eddie se levantó y se aclaró la voz.

– Sal de ahí -dijo.

– Sube tú -dijo la voz.

Y Eddie estaba en el árbol, cerca de la copa, que era tan alta como un edificio de oficinas. Las piernas le colgaban de la rama donde estaba sentado y la tierra de debajo parecía una gota muy lejana. Entre las ramas más pequeñas y las delgadas hojas, Eddie distinguía la forma en sombra de un hombre en traje de faena, apoyado en el tronco del árbol. Tenía la cara cubierta con una sustancia negra como el carbón. Los ojos le brillaban como pequeñas bombillas.

Eddie tragó con dificultad.

– ¿Mi capitán? -susurró-. ¿Es usted?

Habían servido juntos en el ejército. El capitán era el oficial al mando de Eddie. Combatieron en Filipinas y se separaron en Filipinas, y nunca se habían vuelto a ver. Eddie había oído que murió en combate.

Apareció una espiral de humo de cigarrillo.

– ¿Te han enseñado las ordenanzas, soldado?

Eddie bajó la vista. Vio la tierra muy abajo, aunque se daba cuenta de que no se podía caer.

– Estoy muerto -dijo.

– Tienes derecho a eso.

– Y usted está muerto.

– También tengo ese derecho.

– Y usted es… ¿mi segunda persona?

El capitán sostenía su cigarrillo en la mano. Sonrió como queriendo decir: «¿Te puedes creer que esté fumando aquí arriba?», luego dio una larga calada y soltó una nubecilla de humo blanco.

– No me esperabas, ¿verdad que no?

Eddie aprendió muchas cosas durante la guerra. Aprendió a ir subido encima de un carro de combate. Aprendió a afeitarse con agua fría que ponía en su casco. Aprendió a tener cuidado cuando disparaba desde un pozo de tirador, no fuera que alcanzara un árbol y se hiriera a sí mismo con un proyectil desviado.

Aprendió a fumar. Aprendió a desfilar. Aprendió a cruzar un puente colgante de cuerdas mientras cargaba -todo a la vez- con un impermeable, una radio, una carabina, una máscara de gas, un trípode de ametralladora, una mochila y varias cananas colgadas del hombro. Aprendió a tomar el peor café que había probado nunca.

Aprendió unas cuantas palabras de otros idiomas. Aprendió a escupir muy lejos. Aprendió a escuchar la charla nerviosa de un soldado que ha sobrevivido a su primer combate, cuando los hombres se dan palmaditas en la espalda unos a otros y sonríen como si todo hubiera terminado -«¡Ahora podemos volver a casa!»-, y aprendió a soportar la depresión de un soldado después de su segundo combate, cuando se da cuenta de que la guerra no se termina con una batalla, que habrá más y más después de aquélla.

Aprendió a silbar entre los dientes y a dormir en suelo pedregoso. Aprendió que la sarna son unos ácaros que pican mucho y se te entierran en la piel, especialmente si llevas la misma ropa sucia durante una semana. Aprendió que los huesos de un hombre son blancos cuando asoman por entre la piel.

Aprendió a rezar a toda velocidad y en qué bolsillo guardar las cartas para su familia y para Marguerite, por si acaso sus compañeros lo encontraban muerto. Aprendió que a veces estás sentado junto a un amigo en una trinchera, hablando en voz baja del hambre que tienes, y al instante siguiente hay un pequeño gusss y el amigo se desploma y el hambre que tienes deja de importar.

Aprendió, mientras un año se convertía en dos y dos se convertían casi en tres, que incluso los hombres fuertes y musculosos se vomitan las botas cuando el avión de transporte los va a descargar, y que hasta los oficiales hablan en sueños la noche antes del combate.

Aprendió a hacer prisioneros, aunque nunca aprendió a ser uno. Luego, una noche, en una isla de Filipinas, su grupo quedó atrapado bajo un intenso fuego, y se dispersaron buscando abrigo y el cielo estaba encendido y Eddie oyó a uno de sus compañeros, metido en una zanja, que sollozaba como un niño, y él le gritó: «¡Cállate de una vez!», y se dio cuenta de que el hombre sollozaba porque había un soldado enemigo de pie delante de él apuntándole con un rifle a la cabeza, y Eddie notó algo frío en la nuca porque también había otro enemigo detrás de él.

El capitán apagó su pitillo. Era mayor que los hombres del grupo de Eddie, un militar de carrera de andar desgarbado y mandíbula prominente que le hacían parecerse a un actor de cine del momento. A la mayoría de los soldados les gustaba bastante, aunque tenía poco aguante y la costumbre de gritarte a unos centímetros de la cara, de modo que le veías los dientes, ya amarillentos por el tabaco. Con todo, el capitán siempre prometía que él nunca «abandonaría a nadie», pasara lo que pasara, y a los hombres eso les daba seguridad.

– Mi capitán… -volvió a decir Eddie, todavía asombrado.

– Afirmativo.

– Señor.

– Eso no es necesario. Pero muy agradecido.

– Ha sido… Usted parece…

– ¿Igual que la última vez que me viste? -Sonrió, luego escupió por encima de la rama del árbol. Vio la confundida expresión de Eddie.- Tienes razón. Aquí no hay motivo para escupir. Uno tampoco se pone malo. El aliento de uno siempre es el mismo. Y el rancho es increíble.

¿El rancho? Eddie no entendía nada de aquello.

– Mi capitán, mire usted. Hay algún error. Todavía no sé por qué estoy aquí. Fui un don nadie en la vida, ¿sabe? Era un operario de mantenimiento. Viví años y años en el mismo apartamento. Estaba encargado de las atracciones, norias, montañas rusas y estúpidos cohetes tripulados. Nada de lo que estar orgulloso. Sólo era una especie de vagabundo. Lo que yo decía es…

Eddie tragó saliva.

– ¿Qué estoy haciendo aquí?

El capitán le miró con aquellos rojos ojos brillantes y Eddie aguantó las ganas de hacerle la otra pregunta que ahora se hacía después de lo del Hombre Azul: ¿también había matado él al capitán?

– Oye, me he estado preguntando -dijo el capitán pasándose la mano por la barbilla-. Los hombres de nuestra unidad… ¿Habéis seguido en contacto? ¿Willingham? ¿Morton? ¿Smitty? ¿Los has vuelto a ver?

Eddie se acordaba de los nombres. La verdad era que no se habían mantenido en contacto. La guerra podía unir a los hombres como un imán, pero como un imán también los podía separar. Las cosas que vieron, las cosas que hicieron. A veces sólo querían olvidar.

– Para ser sincero, señor, todos perdimos el contacto. -Se encogió de hombros.- Lo siento.

El capitán hizo un gesto de asentimiento como si ya se lo esperara.

– ¿Y tú? ¿Volviste a aquel parque de atracciones donde todos prometimos ir si salíamos vivos? ¿Viajes gratis para todos los soldados? ¿Dos chicas para cada uno en el Túnel del Amor? ¿No es eso lo que dijiste?

Eddie casi sonrió. Eso fue lo que él había dicho. Lo que decían todos. Pero cuando terminó la guerra, no fue nadie.

– Sí, volví -dijo Eddie.

– ¿Y?

– Y… nunca más lo dejé. Lo intenté. Hice planes… Pero esta condenada pierna. No sé. Nada salió bien.

Eddie se encogió de hombros. El capitán le examinó la cara. Los ojos se le empequeñecieron. Bajó el volumen de su voz.

– ¿Todavía haces juegos malabares? -preguntó.

– ¡Andar! ¡Tú andar! ¡Tú andar!

Los soldados enemigos gritaban y les pinchaban con bayonetas. A Eddie, Smitty, Morton, Rabozzo y al capitán los llevaban por una escarpada colina abajo, con las manos en la cabeza. A su alrededor explotaban morterazos. Eddie vio una figura que corría entre los árboles, luego se oyó ruido seco de balas.

Trató de tomar nota mental mientras andaban en la oscuridad -cabañas, caminos, cualquier cosa que pudiera distinguir-, pues sabía que esa información sería preciosa en caso de fuga. Un avión volaba a lo lejos, lo que llenó a Eddie de una súbita y deprimente oleada de desesperación. Es el tormento interior de todo soldado capturado, la corta distancia entre la libertad y el cautiverio. Si pudiera dar un salto y agarrar el ala de aquel avión, se alejaría volando de aquella equivocación.

En lugar de eso, él y los otros estaban atados por las muñecas y los tobillos. Los arrojaron dentro de barracones de bambú que se asentaban sobre pilotes encima del barro del suelo. Permanecieron allí durante días, semanas, meses, obligados a dormir en sacos de arpillera rellenos de paja. Una jarra de barro servía de retrete. De noche, los guardias enemigos se deslizaban debajo del barracón y escuchaban sus conversaciones. Según el tiempo iba pasando, hablaban menos cada vez.

Adelgazaron y se debilitaron. Se les veían las costillas, incluso las de Rabozzo, que era un chico fornido cuando se alistó. Su comida consistía en bolas de arroz rellenas de sal y, una vez al día, una sopa pardusca con grasa flotando. Una noche, Eddie sacó un avispón muerto de su cuenco. Había perdido las alas. Los demás dejaron de comer.

Los que los habían capturado no estaban seguros de qué hacer con ellos. Por la tarde entraban con bayonetas y las movían ante las narices de los norteamericanos, gritando en un idioma extranjero, esperando respuestas. Aquello nunca sirvió de nada.

Sólo eran cuatro, según calculaba Eddie, y el capitán suponía que también ellos se habían separado de una unidad mayor y, como ocurre con frecuencia en la guerra de verdad, se las iban arreglando día a día. Tenían caras demacradas y huesudas, con negros rebujos de pelo. Uno parecía demasiado joven para ser soldado. Otro tenía los dientes más torcidos que Eddie había visto en su vida. El capitán los llamaba Loco Primero, Loco Segundo, Loco Tercero y Loco Cuarto.

– Nosotros no sabemos cómo se llaman -dijo-. Y no queremos que ellos sepan cómo nos llamamos nosotros.

Los hombres se adaptan al cautiverio; unos mejor que otros. Morton, un joven delgado y parlanchín de Chicago, se ponía muy nervioso cada vez que oía ruidos fuera, y se pasaba la mano por la barbilla y murmuraba:

– Maldita sea, maldita sea, maldita sea… -hasta que los demás le decían que se callase.

Smitty, hijo de un bombero de Brooklyn, estaba callado la mayor parte del tiempo, pero a veces parecía que tragaba algo, y la nuez le subía y le bajaba; Eddie se enteró más tarde de que se mordía la lengua. Rabozzo, el chico pelirrojo de Portland (Oregón), tenía cara de póquer durante las horas en que estaba despierto, pero de noche muchas veces se despertaba gritando:

– ¡Yo no! ¡Yo no!

Eddie estaba la mayor parte del tiempo furioso. Apretaba un puño y lo golpeaba contra la otra palma, horas interminables, despellejándose los nudillos, como el jugador de béisbol ansioso que había sido en su juventud. De noche soñaba con que volvía al parque de atracciones y se subía en los caballitos, donde cinco clientes daban vueltas hasta que sonaba la campana. Él daba unas vueltas gratis a sus amigos, o a su hermano, o a Marguerite. Pero luego el sueño cambiaba, y los cuatro Locos estaban en los caballos de al lado, pinchándole, burlándose de él.

Años de espera en el parque -a que se terminara un viaje en el carrusel, a que las olas se retiraran, a que su padre le hablara- habían adiestrado a Eddie en el arte de la paciencia. Pero quería escapar y quería venganza. Apretó las mandíbulas y se golpeó la palma de la mano y pensó en todas las peleas que había tenido en su antiguo barrio, en la vez que había mandado a dos chicos al hospital con la tapa de un cubo de basura. Imaginaba lo que les haría a los que les habían apresado si tuvieran armas.

Entonces, una mañana, gritos y bayonetas brillantes despertaron a los presos y los cuatro Locos les hicieron levantarse, los ataron y los llevaron al pozo de una mina. No había luz. El suelo estaba frío. Había picos, palas y cubos de metal.

– Es una maldita mina de carbón -dijo Morton.

De ese día en adelante, a Eddie y a los demás les obligaban a arrancar carbón de las paredes para contribuir al esfuerzo de guerra del enemigo. Unos paleaban, otros picaban, otros cargaban con trozos de pizarra y hacían triángulos para sujetar el techo. También había otros prisioneros, extranjeros que no sabían inglés y que miraban a Eddie con ojos vacíos. Estaba prohibido hablar. De vez en cuando les daban una taza de agua. Las caras de los prisioneros, al final del día, estaban negras, y los cuellos y hombros les dolían de cargar.

Durante los primeros meses de cautiverio, Eddie se dormía mirando la foto de Marguerite del interior de su casco. Él no era mucho de rezar, pero de todos modos rezaba, inventando las palabras y llevando la cuenta cada noche, diciendo: «Señor, te daré estos seis días si me concedes seis días con ella… Te daré estos nueve días si estoy nueve días con ella… Te daré estos dieciséis días si estoy dieciséis días con ella…».

Luego, durante el cuarto mes, pasó algo. A Rabozzo le brotó un feo sarpullido en la piel y sufrió una grave diarrea. No podía comer nada. De noche, sudaba su ropa sucia hasta que la empapaba. Se lo hacía todo encima. No había ropa limpia para cambiarle, de modo que dormía desnudo sobre la arpillera, y el capitán le colocaba su saco encima como manta.

Al día siguiente, dentro de la mina, Rabozzo apenas se podía mantener en pie. Los cuatro Locos no mostraron piedad. Cuando se retrasaba le pinchaban con palos para que siguiera picando.

– Déjenle en paz -protestó Eddie.

Loco Segundo, el más brutal de sus captores, golpeó a Eddie con la base de la bayoneta. Eddie cayó sintiendo un intenso dolor que se le extendía entre los omóplatos. Rabozzo picó algunos trozos más de carbón y luego se derrumbó. Loco Segundo le ordenó que se levantara.

– ¡Está enfermo! -gritó Eddie mientras hacía esfuerzos para ponerse pie.

Loco Segundo volvió a tirarlo al suelo.

– Cállate, Eddie -susurró Morton-. Por tu propio bien.

Loco Segundo se inclinó sobre Rabozzo. Le levantó los párpados. Rabozzo gimió. Loco Segundo sonrió de modo exagerado e hizo unos ruiditos como si estuviera tratando con un niño pequeño. Soltó un:

– ¡Aah! -y se rió. Se rió mirándoles a todos ellos, sin apartar la vista, asegurándose de que le estaban observando. Entonces sacó su pistola, la apretó contra la oreja de Rabozzo y le pegó un tiro en la cabeza.

Eddie notó que el cuerpo se le partía por la mitad. Veía borroso y el cerebro se le paralizó. El eco del disparo permaneció en el interior de la mina mientras la cara de Rabozzo se iba empapando en un charco de sangre. Morton se llevó las manos a la boca. El capitán bajó la vista. Nadie se movió.

Loco Segundo echó con el pie algo del polvo negro por encima del cuerpo, luego miró desafiante a Eddie y escupió a sus pies. Les gritó algo a Loco Tercero y Loco Cuarto, que parecían tan pasmados como los prisioneros. Durante un momento, Loco Tercero estuvo negando con la cabeza y murmuraba, como si rezase, con los párpados semicerrados y los labios moviéndose furiosamente. Pero Loco Segundo agitó su arma y volvió a gritar, y Loco Tercero y Loco Cuarto levantaron lentamente el cuerpo de Rabozzo, agarrándolo por los pies, y lo arrastraron por el suelo de la mina, dejando un rastro de sangre que, en la oscuridad, parecía aceite derramado. Lo apoyaron contra una pared, al lado de un zapapico.

Después de eso Eddie dejó de rezar. Dejó de contar los días. Él y el capitán sólo hablaban de fugarse antes de que todos se encontraran con el mismo destino. El capitán imaginaba que el esfuerzo de guerra del enemigo era desesperado, y que por eso necesitaban a todos los prisioneros, aunque estuvieran medio muertos, para extraer el carbón. Cada día había menos hombres en la mina. Por la noche, Eddie oía bombardeos; parecía que se iban acercando. Si las cosas iban mal, imaginaba el capitán, sus captores se largarían, lo destruirían todo. Él había visto cavar zanjas detrás de los barracones de los prisioneros y grandes bidones de aceite colocados en la cima de la escarpada colina.

– El aceite es para quemar las pruebas -susurró el capitán-. Están cavando nuestras tumbas.

Tres semanas después, bajo un cielo con luna y bruma, Loco Tercero estaba dentro de los barracones, haciendo guardia. Tenía dos grandes piedras, casi del tamaño de ladrillos, con las que, en su aburrimiento, trataba de hacer juegos malabares. Se le caían, las recogía, las lanzaba hacia arriba y se le volvían a caer. Eddie, cubierto de polvo negro, alzó la mirada, molesto por el ruido sordo. Había intentado dormir. Pero ahora se alzó poco a poco. Se le aclaró la visión. Notaba que sus nervios adquirían vida.

– Mi capitán… -susurró-. ¿Listo para entrar en acción?

El capitán levantó la cabeza.

– ¿En qué estás pensando?

– En esas piedras. -Eddie señaló con la cabeza al que hacía guardia.

– ¿Qué les pasa a las piedras? -dijo el capitán.

– Yo sé hacer juegos malabares -susurró Eddie.

El capitán miró de reojo.

– ¿Y qué?

Pero Eddie ya le estaba gritando al guardia:

– ¡Oye! ¡Tú! ¡Lo estás haciendo mal!

Realizó un movimiento circular con las palmas de las manos.

– ¡Así! ¡Se hace así! ¡Dámelas!

Extendió las manos.

– Yo sé hacer juegos malabares. ¡Dámelas!

Loco Tercero le miró con desconfianza. De todos los guardias, Eddie consideraba que aquél era con el que más oportunidades tenía. Loco Tercero les había dado a escondidas trozos de pan, pasándoselos por el pequeño agujero que hacía de ventana. Eddie volvió a hacer el movimiento circular y sonrió. Loco Tercero se acercó, se detuvo, volvió por su bayoneta y luego se dirigió a Eddie con las dos piedras.

– Es así -dijo Eddie, y empezó a hacer juegos malabares sin ningún esfuerzo. Había aprendido a los siete años con un italiano que usaba seis platos a la vez. Eddie había pasado interminables horas practicando en la pasarela de madera, con guijarros, pelotas de goma, con todo lo que encontraba. No era demasiado difícil. La mayoría de los niños del parque de atracciones sabían hacerlo.

Pero ahora movía las dos piedras enloquecidamente, haciéndolas moverse cada vez más deprisa, impresionando al guardia. Luego se detuvo, mantuvo las piedras en alto y dijo:

– Consigue una más.

Loco Tercero protestó.

– Tres piedras, ¿ves? -Eddie le mostró tres dedos.-Tres.

Para entonces Morton y Smitty se habían sentado. El capitán se acercó más.

– ¿Adonde nos lleva esto? -murmuró Smitty.

– Si puedo conseguir una piedra más… -murmuró Eddie a su vez.

Loco Tercero abrió la puerta de bambú e hizo lo que Eddie esperaba que haría: llamó a sus compañeros.

Loco Primero apareció con una piedra grande y Loco Segundo le siguió. Loco Tercero le tiró la piedra a Eddie y le gritó algo. Luego se echó hacia atrás, sonrió a los otros y les indicó con un gesto que se sentaran, como diciéndoles: «Vais a ver».

Eddie lanzó las piedras rítmicamente. Cada una de ellas era del tamaño de la palma de su mano. Cantó una cancioncilla de la feria:

– La, la-la-la, laaaaa…

Los guardias se rieron. Eddie se rió. El capitán se rió. Una risa forzada, para ganar tiempo.

– Acérquese más, un poco más -cantó Eddie, como si esas palabras formaran parte de la canción. Morton y Smitty se acercaron también fingiendo interés.

Los guardias se estaban divirtiendo. Su postura era relajada. Eddie trataba de contener la respiración. Sólo un poco más. Lanzó una piedra más arriba, jugueteó con las dos de abajo, luego atrapó la tercera y volvió a repetir el juego.

– Oooh -exclamó Loco Tercero.

– Te gusta, ¿eh? -dijo Eddie. Ahora movía las piedras más deprisa. Seguía lanzando una piedra arriba y vigilando los ojos de sus captores que la seguían por el aire. Cantaba-: La, la-la-la, laaa… -y luego-: Cuando cuente tres… -y luego-: La, la-la-la, laaaa… -y luego-: Mi capitán, para usted el de la izquierdaaaaa…

Loco Segundo frunció el ceño con desconfianza, pero Eddie sonrió como sonreían los que hacían juegos malabares en el Ruby Pier cuando perdían público.

– Mira esto, mira esto, ¡mira esto! -entonó Eddie-. El mayor espectáculo del mundo, amiguito. Eddie lo hizo más rápido y luego contó:

– Uno… dos… -entonces lanzó una piedra mucho más alto que antes. Los Locos la siguieron con la vista.

– ¡Ahora! -gritó Eddie. Sin dejar de mover las piedras, agarró una y, como el buen lanzador de béisbol que había sido siempre, la tiró con fuerza a la cara del Loco Segundo y le rompió la nariz. Eddie agarró la segunda piedra y la lanzó, con la mano izquierda, a la barbilla del Loco Primero, que cayó hacia atrás cuando el capitán daba un salto para apoderarse de su bayoneta. Loco Tercero, paralizado momentáneamente, echó mano a su pistola y disparó enloquecido mientras Morton y Smitty le agarraban por las piernas. La puerta se abrió bruscamente y entró Loco Cuarto. Eddie le tiró la última piedra, que no le alcanzó la cabeza por centímetros, pero cuando se agachó, el capitán le estaba esperando pegado a la pared con la bayoneta, y se la hundió en la caja torácica con tanta fuerza que los dos salieron por la puerta. Eddie, impulsado por su adrenalina, saltó sobre Loco Segundo y le golpeó la cara con más fuerza de la que había golpeado nunca a ninguno de los de la avenida Pitkin. Agarró una piedra y la estrelló contra su cráneo, una y otra vez, hasta que se miró las manos y vio una masa viscosa púrpura, que comprendió que era sangre y piel y carbón, todo mezclado. Entonces oyó un disparo y se llevó las manos a la cabeza, embadurnándose las sienes con aquella masa. Miró hacia arriba y vio a Smitty allí mismo de pie, con la pistola de un enemigo en la mano. El cuerpo de Loco Segundo dejó de ofrecer resistencia. Sangraba por el pecho.

– Por Rabozzo -murmuró Smitty.

A los pocos minutos los cuatro guardias estaban muertos.

Los prisioneros, flacos, descalzos y cubiertos de sangre, corrían ahora ladera abajo por la escarpada colina. Eddie había esperado disparos, más guardias que disparasen, pero no los hubo. Las demás cabañas estaban vacías. En realidad, el campamento entero estaba vacío. Eddie se preguntó cuánto tiempo habrían estado sólo los cuatro Locos y ellos.

– Los demás probablemente se largaron cuando oyeron los bombardeos -susurró el capitán-. Somos el último grupo que queda.

Los barriles de aceite estaban colocados en la primera pendiente de la colina. A menos de cien metros se encontraba la entrada a la mina de carbón. Había una cabaña con suministros cerca y Morton se aseguró de que estaba vacía, luego entró corriendo; salió con un puñado de granadas, fusiles y dos lanzallamas de aspecto primitivo.

– Vamos a pegarle fuego a esto -dijo.

EL CUMPLEAÑOS DE EDDIE ES HOY

En la tarta pone: «¡Buena suerte, soldadito valiente!», y en un lado, debajo del borde de vainilla escarchada, habían añadido las palabras-. «Vuelve pronto, hijo», en letras que más bien eran unos garabatos azules que se leían mal.

La madre de Eddie ya ha lavado y planchado la ropa que él llevará al día siguiente. La cuelga en una percha del tirador del armario de su dormitorio y pone un par de zapatos de vestir debajo.

Eddie está en la cocina, jugando con sus pequeños primos rumanos. Tiene las manos a la espalda mientras ellos tratan de pegarle en el estómago. Uno señala la ventana de la cocina por la que se veía el Carrusel Parisiense, que está encendido para los clientes de última hora.

– ¡Caballitos! -exclama el niño.

La puerta de entrada se abre y Eddie oye una voz que le acelera el corazón, incluso ahora. Se pregunta si se trata de una debilidad que no debería llevar a la guerra.

– Hola, Eddie -dice Marguerite.

Y allí la tiene, en el umbral de la cocina, guapísima. Eddie nota aquel cosquilleo tan conocido en el pecho. Ella se quita un poco de agua de lluvia del pelo y sonríe. Tiene una cajita en las manos.

– Te traje una cosa. Por tu cumpleaños y, bueno, como despedida también.

Vuelve a sonreír. Eddie tiene tantas ganas de abrazarla que cree que va a estallar. No le importa lo que haya en la caja. Sólo quiere recordarla ofreciéndosela. Como siempre le pasa cuando está con Marguerite, quiere que el tiempo se congele.

– Es estupenda -dice él.

Ella se ríe.

– Todavía no la has abierto.

– Oye. -Él se acerca más-. ¿Quieres…?

– ¡Eddie! -gritan desde la otra habitación-. ¡Ven a apagar las velas!

– Sí, sí, que tenemos hambre.

– Anda, sal y cállate.

– Bueno, pero luego hablamos.

Hay tarta y cerveza, leche, puros y un brindis por que las cosas le vayan bien a Eddie, y hay un momento en que su madre se pone a llorar y abraza a su otro hijo, Joe, que no ha podido alistarse porque tiene los pies planos.

Aquella tarde, después, Eddie pasea con Marguerite por el parque. Se sabe los nombres de todos los que despachan entradas y comida, y todos le desean suerte. A algunas de las mujeres mayores los ojos se les llenan de lágrimas, y Eddie imagina que tienen hijos que ya se han ido.

Él y Marguerite compran caramelo quemado y garrapiñadas, y toman refrescos. Sacan las almendras de la bolsita blanca y sus dedos se entrecruzan. En el aparato de medir la fuerza, Eddie agarra una mano de escayola y la flecha pasa «Muy flojo» y «Nada de daño» y «Se nota algo», y llega hasta «Fuerte de verdad».

– Eres muy fuerte -dice Marguerite,

– Fuerte de verdad -dice Eddie sacando músculo.

Al terminar la noche están sentados en la pasarela de madera como han visto que se hace en las películas, cogidos de la mano, apoyados en la barandilla. Abajo, en la arena, un viejo trapero ha hecho una pequeña hoguera con palos y tablas rotas y está instalándose a su lado para pasar la noche.

– No tenías que pedirme que te esperara -dice Marguerite de pronto.

Eddie traga saliva.

– ¿No?

Ella niega con la cabeza. Eddie sonríe. No tenía que hacer la pregunta que llevaba toda la noche atascada en su garganta, y siente como si del corazón le acabara de salir despedida una cuerda que se enrosca en los hombros de ella y la acerca a él. En aquel momento la quiere más de lo que había imaginado que se podía querer a alguien.

Una gota de lluvia cae en la frente de Eddie. Luego otra. Alza la vista hacia las nubes.

– Oye, Fuerte de Verdad -dice Marguerite. Sonríe, pero entonces en su cara se ve reflejada su tristeza. Al pestañear caen gotas de agua de sus ojos, pero Eddie no podría decir si es lluvia o son lágrimas.

– Y que no te maten, ¿de acuerdo?-dice.

Un soldado que se encuentra en libertad por lo general está furioso. Los días y noches que ha perdido, los padecimientos y humillaciones que ha sufrido; todo eso exige una fiera venganza, un ajuste de cuentas.

De modo que cuando Morton, con los brazos llenos de armas robadas, les dijo a los otros: «Vamos a pegarle fuego a esto», hubo un acuerdo inmediato, aunque quizá no lógico.

Inflamados por su nueva sensación de control, los hombres se dispersaron con las armas de fuego del enemigo: Smitty hacia la entrada al pozo de la mina, Morton y Eddie hacia los barriles de aceite. El capitán fue en busca de un vehículo de transporte.

– Cinco minutos, ¡y luego aquí de vuelta! -ordenó-. Los bombardeos van a empezar pronto y para entonces tenemos que habernos ido de aquí. ¿Entendido? ¡Cinco minutos!

Que fue todo lo que les llevó destruir lo que había sido su hogar durante cerca de medio año. Smitty tiró las granadas dentro de la mina y se alejó corriendo. Eddie y Morton hicieron rodar dos barriles hasta el interior del complejo de cabañas, los perforaron, luego, uno a uno, encendieron las boquillas de los lanzallamas recién conseguidos y contemplaron cómo ardían las cabañas.

– ¡Que ardan! -gritó Morton.

– ¡Que ardan! -gritó Eddie.

El pozo de la mina explotó desde abajo. Salió humo negro por la entrada. Smitty, hecho su trabajo, corrió hacia el punto de reunión. Morton metió a patadas su barril de aceite en una cabaña y soltó un chorro de llamas.

Eddie miró, hizo un gesto de burla y luego recorrió el sendero hasta la última cabaña. Era más grande, parecía un granero, y levantó su arma. «Esto se acabó -se dijo-. Se acabó.» Todas aquellas semanas y meses en manos de aquellos bastardos, aquellos guardias inhumanos con su horrible dentadura y sus caras huesudas, y los avispones muertos en la sopa. No sabía lo que les pasaría después, pero no podía ser peor de lo que habían soportado.

Eddie apretó el gatillo. Fuuuaaa. El fuego aumentó rápidamente. El bambú estaba seco, y al cabo de un minuto las paredes del granero desaparecían entre llamaradas amarillas y naranjas. A lo lejos, Eddie oyó el ruido de un motor -el capitán, esperaba, había encontrado un vehículo en el que escapar-, y luego, de pronto, desde el cielo, el primer sonido de los bombardeos, el ruido que habían oído todas las noches. Ahora estaba incluso más cerca, y Eddie se dio cuenta de que fuera lo que fuera vería las llamas. Los podrían rescatar. ¡Podría regresar a casa! Se volvió hacia el granero en llamas y…

«¿Qué era aquello?»

Parpadeó.

«¿Qué era aquello?»

Algo había salido disparado por la abertura de la puerta. Eddie trató de distinguirlo. El calor era intenso y se protegió los ojos con la mano libre. No podía estar seguro, pero le parecía que había visto una figura pequeña que corría por dentro del fuego.

– ¡Eh! -gritó Eddie dando un paso hacia delante y bajando el arma-. ¡Eh! -El techo del granero empezó a hundirse y salieron despedidas chispas y llamas. Eddie se echó atrás de un salto. Tenía los ojos húmedos. Puede que fuera una sombra.

– ¡Eddie! ¡Ven ya!

Morton estaba en lo alto del sendero haciendo gestos a Eddie para que fuera. A Eddie le picaban los ojos. Respiraba con dificultad.

– ¡Creo que hay alguien ahí dentro! -gritó señalando el granero.

Morton se llevó la mano a la oreja.

– ¿Qué?

– ¡Hay alguien… ahí… dentro!

Morton movió la cabeza. No podía oír. Eddie se dio la vuelta y estuvo casi seguro de que volvía a ver, allí, a cuatro patas dentro del granero en llamas, una figura del tamaño de un niño. Hacía más de dos años que Eddie sólo había visto hombres adultos, y aquella sombra le hizo pensar súbitamente en sus primos del parque de atracciones y en el Minitrén que él controlaba a veces y en las montañas rusas y en los niños de la playa y en Marguerite y su foto, y en todo lo que había mantenido encerrado en su mente durante muchos meses.

– ¡Eh! ¡Sal de ahí! -gritó dejando el lanzallamas y acercándose un poco-. No voy a disp…

Una mano le agarró el hombro y tiró de él hacia atrás. Eddie se volvió con el puño cerrado. Era Morton.

– ¡Eddie! ¡Nos tenemos que ir ya! -gritó.

Eddie negó con la cabeza.

– No, no, espera, espera. Creo que hay alguien en el…

– ¡Ahí no hay nadie! ¡Vamos!

Eddie estaba desesperado. Se volvió otra vez hacia el granero. Morton le agarró de nuevo. Esta vez Eddie se volvió rápidamente y le golpeó en el pecho. Morton cayó de rodillas. A Eddie le latía la cabeza. Tenía la cara retorcida de rabia. Se volvió nuevamente hacia las llamas, con los ojos casi cerrados. «Allí. ¿Era eso? ¿Rodaba por el suelo detrás de una pared? ¿Allí?»

Dio un paso adelante, convencido de que alguien inocente estaba ardiendo delante de sus narices. Entonces el resto del techo se hundió con estruendo, despidiendo chispas como un polvo eléctrico que llovió sobre su cabeza.

En aquel instante, toda la guerra brotó de él como si fuera bilis. Estaba harto de la cautividad y harto de los asesinos, harto de la sangre y la masa pegajosa que se le secaba en las sienes, harto de los bombardeos y los incendios y de la inutilidad de todo aquello. En aquel momento sólo quería salvar algo, un fragmento de Rabozzo, un fragmento de sí mismo, algo, y se aventuró tambaleante dentro de las ruinas en llamas, convencido de que había un alma dentro de cada sombra negra. Los aviones rugían por encima de ellos y los disparos de sus ametralladoras se oían como redobles de tambor.

Eddie se movía como si estuviera en trance. Pasó junto a un charco de aceite en llamas, y la ropa se le incendio por detrás. Una llama amarilla le subió por la pantorrilla y el muslo. Levantó los brazos y gritó:

– ¡Vengo en tu ayuda! ¡Sal de ahí! ¡No quiero disp…!

Un dolor desgarrador atravesó la pierna de Eddie. Soltó una prolongada y sonora maldición y luego cayó al suelo. De la rodilla le salía mucha sangre. Los motores de los aviones rugían. Los cielos estaban encendidos con llamas azuladas.

Quedó allí caído, sangrando y quemándose, con los ojos cerrados ante el intenso calor, y por primera vez en su vida sintió que estaba preparado para morir. Entonces alguien tiró con fuerza de él hacia atrás haciéndole rodar por el suelo para apagar las llamas, y como él estaba demasiado aturdido y débil para resistirse, rodó como un saco de patatas. Pronto estaba dentro de un vehículo con sus compañeros, que le decían: «Resiste, resiste». Le quemaba la espalda y tenía la rodilla entumecida. Se sentía mareado y cansado, muy cansado.

El capitán asentía lentamente con la cabeza mientras recordaba aquellos últimos momentos.

– ¿Recuerdas cómo saliste de allí? -preguntó.

– La verdad es que no -dijo Eddie.

– Tardamos dos días. Unas veces estabas consciente, otras no. Perdiste mucha sangre.

– Pero lo conseguimos -dijo Eddie.

– Claaaro. -El capitán arrastró la palabra y la remató con un suspiro.- Aquella bala te alcanzó de lleno.

En realidad, nunca habían podido extraerle la bala del todo. Había desgarrado varios nervios y tendones, y se había hecho pedazos contra un hueso, al que fracturó verticalmente. Eddie pasó por dos operaciones. Ninguna resolvió el problema. Los médicos dijeron que le quedaría una cojera que probablemente empeoraría con la edad, cuando se deteriorasen los huesos dañados.

– Es todo lo que podemos hacer -le dijeron.

¿Lo era? ¿Quién lo podría decir? Lo único que Eddie sabía era que había despertado en una unidad médica y que su vida ya nunca fue igual. Ya no volvió a correr. Ya no volvió a bailar. Peor aún, por algún motivo, empezó a sentir de modo distinto las cosas. Se metió en sí mismo. Las cosas parecían estúpidas o sin interés. La guerra se había instalado en el interior de Eddie, en su pierna y en su alma. Aprendió muchas cosas siendo soldado. Volvió a casa convertido en un hombre diferente.

– ¿Sabías que yo procedo de tres generaciones de militares? -dijo el capitán.

Eddie se encogió de hombros.

– Pues así es. Ya sabía disparar una pistola a los seis años. Por las mañanas, mi padre pasaba revista a mi cama y me dejaba veinticinco centavos entre las sábanas. En la cena siempre era: «Sí, señor» y «No, señor».

»Antes de alistarme, lo único que hice fue recibir órdenes. Lo siguiente de lo que me di cuenta era de que las estaba dando yo.

»En tiempo de paz la cosa era de un modo. Enderezar a reclutas que se creían listos. Pero luego empezó la guerra y los nuevos acudieron en masa -jóvenes como tú- y todos me saludaban y querían que les dijese qué hacer. Podía ver el miedo en sus ojos. Se comportaban como si supieran algo de la guerra que era secreto. Creían que yo les mantendría con vida. Tú también, ¿verdad?

Eddie tuvo que admitir que sí.

El capitán se echó hacia atrás y se rascó la nuca.

– Yo no podía manteneros con vida, claro. También recibía órdenes. Pero si no conseguía manteneros con vida, pensé que por lo menos podría manteneros unidos. En mitad de una gran guerra, uno busca una idea, por pequeña que sea, en la que creer. Cuando encuentras una, te aferras a ella como un soldado se aferra a un crucifijo cuando está rezando en una trinchera.

»Para mí, esa idea era lo que os decía todos los días. Que no abandonaría a nadie.

Eddie asintió con la cabeza.

– Eso era muy importante -dijo.

El capitán le miró fijamente.

– Eso espero -dijo.

Se buscó en el bolsillo de la camisa, sacó otro pitillo y lo encendió.

– ¿Por qué ha dicho eso? -preguntó Eddie.

El capitán soltó humo y señaló con la punta del cigarrillo hacia la pierna de Eddie.

– Porque yo fui el que te disparó -dijo.

Eddie se miró la pierna, que colgaba de la rama del árbol. De nuevo pudo ver las cicatrices de las operaciones y sentir el mismo dolor. Notó que dentro le fluía algo que no había sentido desde antes de la muerte, que en realidad no había sentido en muchos años: una rabia feroz y un deseo de hacer daño a alguien. Los ojos se le empequeñecieron y miró fijamente al capitán, que le devolvió una mirada inexpresiva, como si supiera lo que estaba pasando. Dejó que el pitillo le cayera de los dedos.

– Adelante -susurró.

Eddie soltó un grito y arremetió contra el capitán. Los dos hombres cayeron de la rama del árbol y se deslizaron entre las tupidas lianas y enredaderas luchando mientras caían.

– ¿Por qué? ¡Bastardo! ¡Bastardo…! ¡Usted no…! ¿Por qué?

Ahora luchaban cuerpo a cuerpo en el barro. Eddie se subió encima del pecho del capitán y le golpeó repetidamente en la cara. El capitán no sangraba. Eddie le agarró por el cuello y le golpeó el cráneo contra el barro. El capitán no pestañeaba. En vez de eso, se movía de un lado a otro a cada puñetazo, dejando que Eddie descargara su rabia. Finalmente, con un brazo, agarró a Eddie y lo apartó.

– Porque -dijo tranquilamente agarrando a Eddie por el codo- te habríamos perdido en aquel incendio. Habrías muerto. Y no era tu hora.

Eddie jadeó con fuerza.

– ¿Mi… hora?

El capitán continuó.

– Estabas obsesionado con entrar allí. Casi dejas fuera de combate a Morton cuando intentó impedírtelo. Nos quedaba un minuto para irnos y, maldita sea, eras demasiado fuerte para luchar contigo cuerpo a cuerpo.

Eddie notó un arranque final de rabia y agarró al capitán por el cuello. Se lo acercó. Vio sus dientes amarillos de tabaco.

– ¡Mi… pierna! -soltó encolerizado-. ¡Mi vida!

– Te disparé a la pierna -dijo el capitán tranquilamente- para salvarte la vida.

Eddie le soltó y cayó exhausto hacia atrás. Le dolían los brazos. La cabeza le daba vueltas. Durante muchos años le había obsesionado aquel momento, aquel error, que cambió toda su vida.

– En aquella cabaña no había nadie. ¿En qué estaba pensando yo? Si no hubiera entrado allí… -Su voz se convirtió en un susurro.- ¿Por qué no morí entonces?

– No se abandona a nadie, ¿recuerdas? -dijo el capitán-. Lo que te pasó a ti… ya lo había visto antes. Un soldado llega a un punto determinado y luego ya no puede seguir. A veces pasa en plena noche. Un hombre sale de su tienda y empieza a andar, descalzo, medio desnudo, como si volviera a casa, como si viviera a la vuelta de la esquina.

»A veces ocurre en pleno combate. El hombre deja caer su arma y se queda con los ojos en blanco. Ha terminado. Ya no puede luchar más. Habitualmente le alcanza un disparo.

»En tu caso, pasó lo mismo, te viniste abajo delante de un incendio un minuto antes de que nos hubiéramos ido de ese sitio. Yo no podía dejar que te quemaras vivo. Imaginé que la pierna se curaría. Te sacamos de allí y los otros te llevaron a la unidad médica.

La respiración de Eddie le sonaba como un martillo dentro del pecho. Tenía la cabeza manchada de barro y hojas. Le llevó un momento hacerse cargo de lo último que había dicho el capitán.

– ¿Los otros? -dijo Eddie-. ¿A qué se refiere con «los otros»?

El capitán se levantó. Se quitó una rama de la pierna.

– ¿Me volviste a ver? -preguntó.

Eddie no lo había vuelto a ver. A él le habían llevado en avión al hospital militar y al final, debido a sus problemas de salud, lo licenciaron y lo devolvieron a Estados Unidos. Se había enterado, meses después, de que el capitán no había salido con vida, pero imaginó que fue en un combate posterior con otra unidad. Al final recibió una carta, con una medalla dentro, pero Eddie la dejó a un lado, sin abrir. Los meses posteriores a la guerra fueron oscuros y duros, y se olvidó de detalles que no tenía interés en recordar. Finalmente, cambió de dirección.

– Ya te lo he dicho antes -dijo el capitán-. ¿Tétanos? ¿Fiebre amarilla? ¿Todas aquellas inyecciones? Sólo una gran pérdida de tiempo.

Asintió con la cabeza mirando a algún lugar por encima del hombro de Eddie. Éste se volvió para mirar.

Lo que vio, de pronto, ya no eran las colinas áridas, sino la noche de su fuga, la luna nebulosa en el cielo, los aviones que llegaban, las cabañas en llamas. El capitán conducía el vehículo con Smitty, Morton y Eddie dentro. Éste iba tumbado en el asiento de atrás, con quemaduras, herido, semiconsciente. Morton le había hecho un torniquete por encima de la rodilla. El bombardeo cada vez se oía más cerca. El cielo negro se encendía cada pocos segundos, como si el sol estuviera parpadeando. El vehículo se desvió cuando llegaron a la cima de una colina y luego se detuvo. Había una puerta, una construcción provisional hecha de madera y alambre, pero como el terreno caía verticalmente a los dos lados, no la podían rodear. El capitán agarró un fusil y se apeó de un salto. Disparó al candado y abrió la puerta de un empujón. Hizo un gesto a Morton de que se pusiera al volante, luego se señaló los ojos, indicando que él inspeccionaría el camino, que zigzagueaba entre espesos árboles. Corrió como pudo con los pies descalzos unos cincuenta metros pasada la curva del camino.

El sendero estaba despejado. Hizo gestos con la mano a sus hombres. Un avión zumbaba por encima y él alzó la vista para ver a qué lado estaba. Fue en aquel momento, mientras miraba al cielo, cuando sonó aquel pequeño chasquido bajo su pie derecho.

La mina terrestre explotó inmediatamente, como una llama que saliera despedida del corazón de la tierra. Mandó al capitán unos seis metros por los aires y lo hizo pedazos. Un trozo en llamas de hueso y cartílago y cientos de pedazos de carne abrasada volaron por encima del barro y aterrizaron en los ficus.