38797.fb2 Las cosas que no nos dijimos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 12

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11

El restaurante estaba casi lleno. Un camarero muy atento les ofreció una copa de champán. Anthony no tocó la suya, pero Julia se la bebió de un trago antes de hacer lo mismo con la de su padre y, con una seña, le indicó al camarero que volviera a llenárselas. Antes de que les llevaran las cartas ya estaba algo achispada.

– Deberías parar de beber -le aconsejó Anthony cuando ya estaba pidiendo una cuarta copa de champán.

– ¿Por qué? ¡Está lleno de burbujas y sabe bien!

– Estás borracha.

– Todavía no -replicó ella riendo.

– Podrías intentar no exagerar. ¿Quieres estropear nuestra primera cena? No hace falta que te pongas mala, basta que me digas que prefieres volver al hotel.

– ¡De eso nada! ¡Tengo hambre!

– Puedes cenar en tu habitación, si quieres.

– Mira, me parece que ya no tengo edad para escuchar ese tipo de frases.

– De niña te comportabas exactamente igual que ahora cuando intentabas provocarme. Y tienes razón, Julia, ni tú ni yo tenemos ya edad para esta clase de cosas.

– De hecho, ¡era lo único que no habías elegido tú por mí!

– ¿El qué?

– ¡Tomas!

– No, era el primero, después de él hiciste muchas otras elecciones por tu cuenta, si recuerdas bien.

– Siempre has querido controlar mi vida.

– Ésa es una enfermedad que afecta a muchos padres, y, a la vez, es un reproche bastante contradictorio para alguien a quien acusas de haber estado tan ausente.

– Habría preferido que fueras un padre ausente, ¡te contentaste con no estar ahí!

– Estás borracha, Julia, hablas alto, y resulta molesto.

– ¿Molesto? ¿Acaso crees que no fue molesto cuando apareciste de improviso en ese apartamento de Berlín; cuando gritaste hasta aterrorizar a la abuela del hombre al que amaba para que te dijera dónde estábamos; cuando echaste abajo la puerta de la habitación mientras dormíamos y le hiciste pedazos la mandíbula a Tomas unos minutos más tarde? ¿Te parece que eso no fue molesto?

– Digamos que fue algo excesivo, te lo concedo.

– ¿Me lo concedes? ¿Fue molesto cuando me arrastraste de los pelos hasta el coche que esperaba en la calle? ¿Fue molesto cuando me hiciste cruzar el vestíbulo del aeropuerto sacudiéndome tan fuerte del brazo que parecía una muñeca desarticulada? ¿Y cuando me abrochaste el cinturón por miedo a que me bajara del avión en pleno vuelo, no fue molesto eso? ¿Y no fue molesto cuando, al llegar a Nueva York, me arrojaste dentro de mi habitación, como una delincuente, antes de cerrar la puerta con llave?

– ¡Hay momentos en que me pregunto si, a fin de cuentas, no hice bien en morir la semana pasada!

– ¡Por favor, no empieces otra vez con tus palabras grandilocuentes!

– No, si esto no tiene nada que ver con tu deliciosa conversación, estaba pensando en otra cosa. -¿En qué, a ver?

– En tu comportamiento desde que has visto ese dibujo que se parecía a Tomas.

Julia abrió unos ojos como platos.

– ¿Qué tiene eso que ver con tu muerte?

– Tiene gracia esa frase, ¿no te parece? Digamos que, sin haberlo hecho a propósito, ¡te impedí casarte el sábado! -concluyó Anthony Walsh con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Y tanto te alegra eso?

– ¿Que se haya aplazado tu boda? Hasta hace muy poco, lo sentía sinceramente, ahora la cosa ha cambiado. Incómodo por esos dos clientes que hablaban demasiado alto, el camarero intervino y propuso tomar nota de lo que querían cenar. Julia eligió un plato de carne.

– ¿Cómo le gusta la carne? -quiso saber el camarero. -¡Seguro que medio cruda! -contestó Anthony Walsh. -¿Y para el señor? -¿Tiene pilas? -preguntó Julia.

Y como el camarero parecía haberse quedado mudo de repente, Anthony Walsh le precisó que no pensaba cenar nada.

– Casarse es una cosa -le dijo a su hija-, pero permíteme que te diga que compartir tu vida entera con alguien es otra muy distinta. Hace falta mucho amor, mucho espacio. Un territorio que ambas personas inventan juntas, y donde ninguna debe sentir que le falta el aire para respirar.

– Pero ¿quién eres tú para juzgar mis sentimientos por Adam? No sabes nada de él.

– No te hablo de Adam, sino de ti, de ese espacio que podrás otorgarle; y si vuestro horizonte ya lo oculta el recuerdo de otro, estáis muy lejos de ganar la apuesta de una vida en común.

– Y tú sabes mucho de eso, ¿verdad?

– Tu madre murió, Julia, yo no tuve la culpa, aunque tú sigas pensando que sí.

– Tomas también murió, y aunque tampoco de su muerte tuviste la culpa, siempre te guardaré rencor. Así que, ya ves, en cuestión de espacio, Adam y yo tenemos todo el universo libre.

Anthony Walsh carraspeó, y unas gotas de sudor se formaron en su frente.

– ¿Sudas? -preguntó Julia, sorprendida.

– Es una ligera disfunción tecnológica que no me habría importado poder ahorrarme -dijo enjugándose delicadamente la cara con su servilleta-. ¡Tenías dieciocho años, Julia, y querías compartir tu vida con un comunista al que conocías desde hacía unas semanas!

– ¡Cuatro meses!

– ¡Dieciséis semanas, entonces!

– Y era alemán oriental, no comunista.

– ¡Mejor me lo pones!

– ¡Si hay algo que no olvidaré jamás es por qué te odiaba tanto!

– Habíamos quedado en que no hablaríamos en pasado, ¿recuerdas? No temas hablar conmigo en presente; aunque esté muerto, sigo siendo tu padre, o lo que queda de él…

El camarero le llevó su plato a Julia. Ella le pidió que volviera a servirle más champán. Anthony Walsh tapó la copa con la mano.

– Creo que todavía tenemos cosas que decirnos.

El camarero se alejó sin decir una palabra.

– Vivías en Berlín Oriental, hacía meses que no tenía noticias tuyas. ¿Cuál habría sido tu etapa siguiente? ¿Moscú?

– ¿Cómo diste conmigo?

– Por ese artículo que publicaste en un periódico de Alemania Occidental. Alguien tuvo la delicadeza de hacerme llegar una copia.

– ¿Quién?

– Wallace. Quizá fuera su manera de hacerse perdonar el haberte ayudado a salir de Estados Unidos a mis espaldas. -¿Te enteraste?

– O si no, quizá él también se preocupara por ti y juzgara que ya iba siendo hora de poner fin a esas peripecias antes de que de verdad estuvieras en peligro.

– Nunca estuve en peligro, quería a Tomas.

– Hasta cierta edad, uno se lía la manta a la cabeza por amor a otra persona, ¡pero a menudo es por amor a uno mismo! Estabas destinada a estudiar Derecho en Nueva York, lo dejaste todo para cursar estudios de dibujo en la Aca demia de Bellas Artes de París; una vez allí, al cabo de no sé cuánto tiempo, te marchaste a Berlín; te enamoriscaste del primero que se te cruzó y, como por arte de magia, adiós a las Bellas Artes, quisiste ser periodista, y si mal no recuerdo, qué coincidencia, él también quería ser periodista, qué extraño…

– ¿Y eso a ti qué más te daba?

– Fui yo quien le dijo a Wallace que te devolviera tu pasaporte el día que se lo pidieras, Julia, y estaba en la habitación de al lado cuando fuiste al cajón de mi despacho a recuperarlo.

– ¿Por qué tanto intermediario?, ¿por qué no dármelo tú mismo?

– Porque por aquel entonces no nos llevábamos precisamente bien, si recuerdas. Y, también, digamos que si lo hubiera hecho, eso le habría quitado cierto gusto a tu aventura. Al dejarte marchar en plena rebelión contra mí, tu viaje era aún más atractivo, ¿no crees?

– ¿De verdad pensaste en todo eso?

– Le indiqué a Wallace dónde estaban tus documentos, y yo de verdad estaba en el salón mientras tanto; por lo demás, quizá por mi parte hubiera también algo de amor propio herido.

– ¿Tú, herido?

– ¿Y Adam? -replicó Anthony Walsh.

– Adam no tiene nada que ver en todo esto.

– Te recuerdo, por extraño que me resulte decírtelo, que de no haberme muerto hoy serías su esposa. De modo que voy a tratar de volver a plantear mi pregunta de otra manera, pero, antes, ¿te importaría cerrar los ojos?

Al no comprender adonde quería llegar su padre, Julia dudó, pero, ante su insistencia, obedeció.

– Ciérralos más. Me gustaría que te sumergieras en la más completa oscuridad.

– ¿A qué jugamos?

– Por una vez, haz lo que te pido, sólo nos llevará un momento.

Julia cerró los párpados con fuerza, y la invadió la oscuridad.

– Coge el tenedor y come.

Divertida, se prestó al ejercicio. Su mano tanteó el mantel hasta encontrar el objeto codiciado. Con un gesto torpe, trató entonces de pinchar un trozo de carne en su plato y, sin tener ni idea de lo que se estaba llevando a la boca, entreabrió los labios.

– ¿Difiere el gusto de ese alimento porque no lo veas? -Quizá -contestó sin abrir los ojos. -Ahora, haz algo por mí, y sobre todo mantén los ojos cerrados.

– Te escucho -le dijo con voz queda.

– Vuelve a pensar ahora en un momento de felicidad.

Y Anthony calló, observando el rostro de su hija.

La isla de los museos, recuerdo que paseábamos juntos. Cuando me presentaste a tu abuela, su primera reacción fue preguntarme a qué me dedicaba en la vida. La conversación no era fácil, tú traducías sus palabras en tu inglés tan básico, y yo no hablaba tu lengua. Le expliqué que estudiaba Bellas Artes en París. Ella sonrió y fue a su cómoda a buscar una tarjeta postal con una reproducción de un cuadro de Vladimir Radskin, un pintor ruso que le gustaba mucho. Y luego nos mandó que saliéramos a tomar el aire, que aprovecháramos el día tan bueno que hacía. No le habías contado nada de tu extraordinario viaje, ni una sola palabra sobre la forma en que nos habíamos conocido. Y cuando nos separamos de ella en el umbral de vuestro apartamento, te preguntó si habías vuelto a ver a Knapp. Tú dudaste largo rato, pero la expresión de tu rostro traducía que os habíais vuelto a encontrar. Te sonrió y te dijo que se alegraba por ti.

Nada más salir a la calle, me cogiste de la mano, y cada vez que te preguntaba adonde íbamos tan de prisa, tú contestabas: «Ven, ven.» Cruzamos el puentecito sobre el río Spree.

La isla de los museos, nunca había visto una concentración tal de edificios dedicados al arte. Creía que tu país sólo estaba hecho de grises, y allí todo era en color. Me llevaste ante la puerta del Altes Museum. El edificio era un inmenso cuadrado, pero, cuando entramos, el espacio interior tenía la forma de una rotonda. Nunca había visto una arquitectura como ésa, tan extraña, casi increíble. Me condujiste al centro de esa rotonda y me hiciste dar una vuelta sobre mí misma; luego otra, y otra más, cada vez más rápido, hasta sentir vértigo. Detuviste mi baile loco abrazándome y me dijiste «Mira, esto es el romanticismo alemán, un círculo en medio de un cuadrado», para demostrar que todas las diferencias pueden anularse. Y me llevaste a ver el museo de Pérgamo.

– Bueno, ¿qué? -quiso saber Anthony-. ¿Has rememorado ese momento de felicidad?

– Sí -contestó ella sin abrir los ojos. -¿Ya quién veías en él? Julia abrió los ojos.

– No tienes que decirme la respuesta, Julia, te pertenece. Yo ya no viviré tu vida por ti. -¿Por qué haces esto?

– Porque, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a ver el rostro de tu madre.

– Tomas ha surgido en ese retrato que se parecía a él como un fantasma, una sombra que me decía que me marchara en paz, que podía casarme sin pensar ya más en él, sin nostalgia. Era una señal.

Anthony carraspeó.

– ¡Pero si no era más que un retrato a carboncillo! Si lanzo mi servilleta, que alcance o no a darle al paragüero de la entrada no cambiará nada. Que la última gota de vino caiga o no en la copa de esa mujer que está junto a nosotros no hará que antes de que concluya el año se case con el tontorrón con el que está cenando. No me mires como si fuera un extraterrestre, si ese imbécil no le hablara tan alto a su novia para impresionarla, no habría oído su conversación desde el principio de la cena.

– ¡Dices eso porque nunca has creído en las señales de la vida! ¡Porque siempre necesitas controlarlo todo!

– Las señales no existen, Julia. He lanzado mil hojas de papel arrugado a la papelera de mi despacho, seguro de que, si encestaba, mi deseo se cumpliría; ¡pero la llamada que esperaba no llegaba nunca! Llegué incluso a decirme que tenía que encestar tres o cuatro veces seguidas para merecer la recompensa; tras dos años de práctica encarnizada, era capaz de encestar un taco de hojas una tras otra en pleno centro de una papelera colocada a diez metros de distancia, y la llamada seguía sin llegar. Una noche, tres clientes importantes me acompañaron a una cena de negocios. Mientras uno de mis socios se esforzaba por enumerarles todos los países en los que teníamos filiales implantadas, yo buscaba aquel en el que debía de estar la mujer a la que esperaba; me imaginaba las calles que recorría al salir de su casa todas las mañanas. Al marcharnos del restaurante, uno de ellos, un chino, y no me preguntes su nombre, por favor, me contó una leyenda preciosa. Según parece, si uno salta en medio de un charco en el que se refleja la luna llena, su espíritu te lleva de inmediato junto a las personas a las que añoras. Tendrías que haber visto la cara que puso mi socio cuando salté con ambos pies en el arroyo. Mi cliente estaba calado hasta los huesos, le chorreaba hasta el sombrero. En lugar de pedirle disculpas, ¡le reproché que su truco no funcionaba! La mujer a la que yo esperaba no había aparecido. Así que no me hables de esas señales estúpidas a las que uno se aferra cuando ha perdido toda razón para creer en Dios.

– ¡Te prohíbo que digas esas cosas! -gritó Julia-. De niña, yo habría saltado en mil charcos, mil arroyos, con tal de que tú volvieras por la noche. Ya es demasiado tarde para contarme esa clase de historias. ¡Hace tiempo que dejé atrás la infancia!

Anthony Walsh miró a su hija con expresión triste. Julia seguía muy enfadada. Apartó su silla, se levantó de la mesa y salió del restaurante.

– Discúlpela -le dijo al camarero dejando unos billetes en la mesa-. ¡Me parece que es su champán, demasiadas burbujas!

Regresaron al hotel. Ninguna palabra vino a romper el silencio nocturno. Atravesaron las callejuelas de la ciudad vieja. Julia no caminaba recto del todo. A veces tropezaba con algún adoquín que sobresalía del suelo. Anthony avanzaba en seguida el brazo para sostenerla, pero ella recuperaba el equilibrio y rechazaba su gesto, sin dejar nunca que la tocara.

– ¡Soy una mujer feliz! -dijo titubeando-. ¡Feliz y del todo realizada! ¡Ejerzo una profesión que me gusta, vivo en un apartamento que me gusta, tengo un amigo muy bueno al que quiero y me voy a casar con un hombre al que amo! ¡Una mujer realizada! -repitió, tropezando con las sílabas.

Se le torció un tobillo, recuperó el equilibrio de milagro y se dejó caer hasta el suelo apoyándose en una farola.

– ¡Mierda! -masculló sentada en la acera.

Hizo caso omiso de la mano que le tendía su padre para ayudarla a levantarse. Éste se arrodilló y se sentó a su lado. La callejuela estaba desierta, y se quedaron los dos ahí sentados, apoyados contra la farola. Pasaron diez minutos, y Anthony Walsh se sacó una bolsita del bolsillo de su gabardina.

– ¿Qué es eso? -quiso saber Julia.

– Caramelos.

Ella se encogió de hombros y miró hacia otro lado.

– Creo que en el fondo de la bolsa hay dos o tres ositos de chocolate… La última vez que supe de ellos estaban jugando con una espiral de regaliz.

Julia seguía sin reaccionar, de modo que Anthony hizo ademán de guardarse las golosinas en el bolsillo, pero ella le arrancó la bolsita de las manos.

– Cuando eras niña, adoptaste un gato vagabundo -dijo él mientras Julia se comía el tercer osito-. Lo querías mucho a él también, hasta que, al cabo de ocho días, se marchó. ¿Quieres que volvamos ya al hotel?

– No -contestó Julia masticando los caramelos.

Una calesa tirada por un caballo alazán pasó por delante de ellos. Anthony saludó al cochero con un gesto.

Llegaron al hotel una hora más tarde. Julia cruzó el vestíbulo y cogió el ascensor de la derecha, mientras su padre subía en el de la izquierda. Se reunieron en el descansillo del último piso, recorrieron uno al lado del otro el pasillo hasta la puerta de la suite nupcial, donde Anthony le cedió el paso a su hija. Ésta se fue directamente a su habitación, y Anthony entró en la suya.

Julia se tiró en seguida sobre la cama y rebuscó en su bolso para sacar su móvil. Consultó la hora en su reloj y llamó a Adam. Le contestó el buzón de voz, esperó hasta el final del mensaje grabado y colgó antes de que sonara el fatídico pitido. Entonces marcó el número de Stanley.

– Veo que todo te va viento en popa.

– Te echo un montón de menos, ¿sabes?

– Pues no tenía ni la más remota idea. Bueno, ¿qué tal ese viaje?

– Creo que volveré mañana.

– ¿Ya? ¿Has encontrado lo que buscabas?

– Lo esencial, me parece.

– Adam acaba de salir de mi casa -anunció Stanley con una voz sentenciosa. -¿Ha ido a verte?

– Eso es exactamente lo que acabo de decirte, ¿qué pasa, has bebido? -Un poco. -¿Tan bien estás?

– ¡Que sí! ¿Por qué queréis todos que esté mal? -¡En lo que a mí respecta, hablo por mí nada más! -¿Qué quería?

– Hablar de ti, me imagino, a menos que no esté cambiando de acera; pero en ese caso, pierde el tiempo, no es en absoluto mi tipo.

– ¿Adam ha ido a verte para hablarte de mí?

– No, ha venido para que yo le hablara de ti. Es lo que hace la gente cuando echa de menos a la persona a la que quiere.

Stanley oyó respirar a Julia.

– Está triste, cariño. No tengo especial simpatía por él, nunca te lo he ocultado, pero no me gusta ver a un hombre desgraciado.

– ¿Por qué está triste? -preguntó Julia con una voz sinceramente afligida.

– ¡O te has vuelto tonta de remate, o estás de verdad borracha! Está desesperado porque dos días después de la anulación de su boda, su prometida (Dios, cómo odio cuando te llama así, es tan pasado de moda…) se marcha sin dejarle una dirección y sin explicarle los motivos de su huida. ¿Te parece lo bastante claro, o quieres que te mande por mensajero una caja de aspirinas?

– Para empezar, no me he marchado sin dejarle una dirección, y fui a verlo antes…

– ¿A Vermont? ¿Te has atrevido a decirle que ibas a Vermont? ¿A eso le llamas tú dejar una dirección?

– ¿Es que hay algún problema con Vermont? -preguntó Julia con voz apurada.

– No, bueno, al menos no hasta que yo metiera la pata.

– ¿Qué has hecho? -preguntó Julia, conteniendo la respiración.

– Le he dicho que estabas en Montreal. ¡Cómo querías que me imaginara una estupidez así! La próxima vez que mientas, avísame, te daré alguna lección y, al menos, nos pondremos de acuerdo sobre las versiones.

– ¡Mierda!

– Me has quitado la palabra de la boca…

– ¿Habéis cenado juntos?

– Nada, le he preparado una cosita de nada…

– ¡Stanley!

– ¿Qué pasa? ¡Encima no iba a dejar que se muriera de hambre! No sé lo qué estarás haciendo en Montreal, cariño, ni con quién, y he captado el mensaje de que no es asunto mío, pero, por favor te lo pido, llama a Adam, es lo menos que puedes hacer.

– No es en absoluto lo que piensas, Stanley.

– ¿Y a ti quién te ha dicho que yo pienso algo? Si te tranquiliza, le he asegurado que tu marcha no tenía nada que ver con vosotros dos, que te habías ido tras los pasos de tu padre. ¡Como ves, para mentir hace falta un poco de talento!

– ¡Pero te juro que no mentías!

– He añadido que su muerte te había alterado mucho, y que era importante para vosotros como pareja que pudieras cerrar las puertas de tu pasado que se han quedado abiertas. Nadie necesita corrientes de aire en su vida amorosa, ¿verdad?

De nuevo, Julia se quedó callada.

– ¿Y bien, por dónde andas de tus exploraciones sobre la historia de papá Walsh? -prosiguió Stanley.

– Creo haber ahondado en los motivos que hacen que lo odie.

– ¡Perfecto! ¿Y qué más?

– Y tal vez algo también en los que hacían que lo quisiera. -¿Y quieres regresar mañana? -No sé, supongo que es mejor que vuelva con Adam. -¿Antes de que…?

– Hace un rato he salido a pasear, había una retratista…

Julia le contó a Stanley lo que había descubierto en el viejo puerto de Montreal y, por una vez, su amigo no le dedicó una de sus respuestas cortantes.

– ¿Ves?, ya va siendo hora de que vuelva, ¿verdad? No me sienta bien marcharme de Nueva York. Además, si no vuelvo mañana, ¿quién te traerá suerte?

– ¿Quieres un consejo de verdad? Escribe en una hoja todo lo que se te pase por la cabeza, ¡y haz exactamente lo contrario! Buenas noches, querida.

Stanley había colgado. Julia abandonó la cama para ir al cuarto de baño. No oyó los pasos quedos de su padre, que volvía a su habitación.