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13

No intercambiaron una sola palabra en todo el viaje. Julia tenía la nariz pegada a la ventanilla.

Cada vez que viajaba en avión, buscaba tu rostro entre las nubes, me imaginaba tus rasgos en esas formas que se estiraban en el cielo. Te había escrito cien cartas y recibido cien tuyas, dos por cada semana que pasaba. Nos habíamos jurado reencontrarnos en cuanto me fuera posible. Cuando no estudiaba, trabajaba para ganar lo necesario para volver algún día contigo. Hice de camarera en restaurantes, de acomodadora de cine, o simplemente de repartidora de propaganda; y cada gesto que realizaba, lo hacía pensando en la mañana en que por fin llegaría a Berlín, a ese aeropuerto en el que estarías esperándome.

¿Cuántas noches me dormí en tu mirada, en el recuerdo de la risa que nos entraba de repente por las calles de la ciudad gris? A veces tu abuela me decía, cuando me dejabas sola con ella, que no creía en nuestro amor. Que no duraría. Había demasiadas diferencias entre nosotros: yo, la chica del Oeste, y tú, el chico del Este. Pero cada vez que volvías y me abrazabas, la miraba por encima de tu hombro y le sonreía, segura de que no tenía razón. Cuando mi padre me hizo subir a la fuerza a ese coche que esperaba debajo de tus ventanas, grité tu nombre, hubiera querido que lo oyeras. La noche en que las noticias informaron del «incidente» de Kabul que se había cobrado la vida de cuatro periodistas, entre ellos uno alemán, supe en ese mismo instante que estaban hablando de ti. Se me heló la sangre. Y en ese restaurante en el que secaba vasos detrás de una vieja barra de madera, me desmayé. El presentador decía que vuestro vehículo había saltado por los aires al pisar una mina olvidada por las tropas soviéticas. Como si el destino hubiera querido alcanzarte, no dejarte jamás ir al encuentro de tu libertad. Los periódicos no precisaban nada más, cuatro víctimas, al mundo le basta con esa información; qué importa la identidad de los que mueren, qué importan sus vidas, los nombres de aquellos a los que dejan en la ausencia. Pero yo sabía que eras tú el alemán del que hablaban. Tardé dos días en conseguir dar con Knapp; dos días en los que no pude tragar bocado.

Y por fin me devolvió la llamada; por el timbre de su voz, comprendí al instante que había perdido a un amigo, y yo al hombre al que amaba. Su mejor amigo, decía sin cesar. Se sentía culpable de haberte ayudado a hacerte periodista; y yo, con el alma hecha pedazos, lo consolaba. Te había ayudado a ser quien querías ser. Le decía cuánto te reprochabas a ti mismo no haber sabido jamás encontrar las palabras para darle las gracias. Entonces Knapp y yo hablamos de ti, para que no nos abandonaras del todo. Fue él quien me dijo que nunca identificarían vuestros cuerpos. Un testigo contó que cuando la mina explotó, vuestro camión saltó por los aires. Trozos de chapa cubrían la calzada a decenas de metros a la redonda, y allí donde habíais muerto sólo quedaba un cráter abierto y una carcasa destrozada, testigos del absurdo de los hombres y de su crueldad. Knapp no se perdonaba haberte enviado allí, a Afganistán. Una sustitución de última hora, decía llorando. Ojalá no hubieras estado junto a él cuando buscaba a alguien para partir inmediatamente. Pero yo era consciente de que te había ofrecido el regalo más hermoso que podías esperar. Lo siento, lo siento, repetía Knapp entre hipidos, y yo, desesperada, era incapaz de derramar una sola lágrima, llorar me habría quitado un poco más de ti. No fui capaz de colgar, Tomas, dejé el auricular sobre la barra, me quité el delantal y salí a la calle. Eché a andar sin saber hacia adonde iba. A mi alrededor, la ciudad vivía como si nada hubiera pasado.

¿Quién podía saber allí que, esa misma mañana, en las afueras de Kabul, un hombre de treinta años que se llamaba Tomas había muerto al pisar una mina? ¿A quién le habría importado? ¿Quién podía comprender que ya no volvería a verte, que mi mundo ya nunca sería el mismo?

¿Te he dicho que llevaba dos días sin comer? Poco importa. Lo habría dicho todo dos veces con tal de hablarte de mí, de oírte hablarme de ti. Al doblar una esquina, me desplomé.

¿Sabes que gracias a ti conocí a Stanley, el que se convirtió en mi mejor amigo, en el momento preciso en que nos vimos por primera vez? Salía de una habitación junto a la mía. Caminaba, con aire perdido, en ese largo pasillo de hospital; mi puerta estaba entreabierta, se detuvo, me miró, tumbada en la cama, y me sonrió. Ningún payaso del mundo podría haber lucido en su rostro una sonrisa más triste. Le temblaban los labios. De pronto, murmuró las dos palabras que yo me prohibía; pero a él quizá pudiera confesárselo, puesto que no lo conocía. Abrirle tu corazón a un desconocido no es como abrírselo a alguien cercano, no hace que la verdad sea irreversible, no es más que un abandono que se puede borrar con la goma de la ignorancia. «Ha muerto», dijo Stanley, y yo le contesté: «Sí, ha muerto.» Él hablaba de su novio, y yo le hablaba de ti. Así es como nos conocimos Stanley y yo, el día en que ambos perdimos al hombre al que amábamos. Edward había sucumbido al sida, y tú, a otra pandemia que sigue haciendo estragos entre los hombres. Se sentó al pie de mi cama, me preguntó si había podido llorar, le dije la verdad, y me confesó que él tampoco. Me tendió la mano, yo la cogí entre las mías, y entonces derramamos nuestras primeras lágrimas, las que te arrastraban lejos de mí, y a Edward lejos de él.

Anthony Walsh rechazó la bebida que le ofrecía la azafata. Echó un vistazo a la parte de atrás del avión. La cabina estaba casi vacía, pero Julia había preferido sentarse diez filas detrás, al lado de la ventanilla, y seguía teniendo la mirada perdida hacia el cielo.

Al salir del hospital, me fui de casa y até tus cien cartas con un lazo rojo. Las guardé en un cajón del escritorio de mi habitación. Ya no necesitaba releerlas para recordar. Llené una maleta y me marché sin despedirme de mi padre, incapaz de perdonarle el habernos separado. El dinero que había ahorrado para volver a verte algún día lo empleé en vivir lejos de él. Unos meses después, empecé mi carrera de dibujante y el principio de mi vida sin ti.

Stanley y yo pasábamos el tiempo juntos. Así nació nuestra amistad. Por aquel entonces él trabajaba en un mercadillo en Brooklyn. Cogimos la costumbre de quedar por las noches en medio del puente. A veces permanecíamos allí durante horas, acodados a la barandilla, mirando pasar los barcos que subían o bajaban el río; otras veces paseábamos por las orillas. Él me hablaba de Edward, y yo le hablaba de ti, y cuando cada uno volvía a su casa traía un poco de ambos en su equipaje nocturno.

Busqué la sombra de tu cuerpo en las que proyectaban los árboles sobre las aceras por las mañanas, los rasgos de tu rostro en los reflejos del Hudson; busqué tus palabras en vano en todos los vientos que recorrían la ciudad. Durante dos años reviví así cada uno de nuestros momentos en Berlín, a veces me reía de nosotros, pero sin dejar jamás de pensar en ti.

Nunca recibí tu carta, Tomas, la que me habría hecho saber que estabas vivo. Ignoro lo que me escribías en ella. Fue hace casi veinte años, y tengo la extraña sensación de que me la mandaste ayer. Quizá, tras tantos meses sin noticias tuyas, me anunciabas tu decisión de no esperarme nunca más en un aeropuerto. Que el tiempo transcurrido desde mi marcha se te había hecho demasiado largo. Que quizá hubiéramos alcanzado ese tiempo en que los sentimientos se marchitan; el amor también tiene su otoño para quien ha olvidado el sabor del otro. Quizá hubieras dejado de creer en nosotros, quizá te hubiera perdido de otra manera. Veinte años o casi para llegar a su destino es mucho tiempo para una carta.

Ya no somos los mismos. ¿Emprendería yo de nuevo el camino de París a Berlín? ¿Qué ocurriría si nuestras miradas volvieran a cruzarse, tú a un lado del Muro y yo al otro? ¿Me abrirías los brazos, como hiciste una noche de noviembre de 1989 con Knapp? ¿Acaso iríamos a recorrer las calles de una ciudad que ha rejuvenecido, cuando nosotros, en cambio, hemos envejecido? ¿Serían hoy tus labios tan suaves como entonces? Quizá esa carta debió quedarse en el cajón de ese escritorio, quizá fue mejor así.

La azafata le dio unos golpecitos en el hombro. Había llegado el momento de abrocharse el cinturón, el avión se estaba aproximando a Nueva York.

Adam tenía que resignarse a pasar parte del día en Montreal. La empleada de Air Canadá había hecho todo lo posible por ser agradable, pero, desgraciadamente, la única plaza disponible para volver a Nueva York estaba en un vuelo que despegaba a las cuatro de la tarde. Una y otra vez había tratado de hablar con Julia, pero siempre contestaba su buzón de voz.

Otra autopista, por la ventanilla esta vez se veían los rascacielos de Manhattan. La Lin coln se adentró por el túnel del mismo nombre.

– Me da la extraña sensación de que ya no soy bienvenido en casa de mi hija. Entre tu desván asqueroso y mis apartamentos, mejor estoy en mi casa. Regresaré el sábado para volver a meterme en mi caja antes de que acudan para llevársela. Sería mejor que llamaras a Wallace, para asegurarnos de que no esté en casa -dijo Anthony, tendiéndole a Julia un trozo de papel con un número de teléfono.

– ¿Tu mayordomo sigue viviendo en tu casa?

– No sé exactamente lo que hace mi secretario particular. Desde que fallecí, no he tenido ocasión de preguntarle en qué ocupa su tiempo. Pero si quieres evitarle un ataque al corazón, lo más juicioso sería que no se encontrara en casa cuando regresemos. Y ya que hablas con él, me vendría bien que le dieras una buena razón para irse a la otra punta del mundo hasta que termine la semana.

Por toda respuesta, Julia se contentó con marcar el número de Wallace. Le respondió un mensaje de voz que decía que, debido al fallecimiento de su jefe, estaría de vacaciones durante un mes. Era imposible dejarle un mensaje. En caso de urgencia por algún asunto relacionado con los negocios del señor Walsh, rogaba se pusieran directamente en contacto con su notario.

– ¡Puedes estar tranquilo, hay vía libre! -dijo Julia guardándose el móvil en el bolsillo.

Media hora más tarde, la limusina aparcó junto a la acera, ante el palacete en el que vivía Anthony Walsh. Julia contempló la fachada, y su mirada se dirigió de inmediato hacia una ventana del segundo piso. Allí había visto una tarde, al volver del colegio, a su madre, asomándose peligrosamente al balcón. ¿Qué habría hecho si Julia no hubiera gritado su nombre? Su madre, al verla, la había saludado con la mano, como si ese gesto pudiera borrar todo rastro de lo que se disponía a hacer.

Anthony abrió su maletín y le tendió un manojo de llaves.

– ¿También te han entregado tus llaves?

– Digamos que habíamos previsto la hipótesis de que no me quisieras en tu casa, pero tampoco quisieras apagarme antes de tiempo… ¿Abres? ¡No merece la pena esperar a que algún vecino me reconozca!

– Ah, así que ahora conoces a tus vecinos… ¡Primera noticia!

– ¡Julia!

– Vale, vale -suspiró ella, haciendo girar el picaporte de la pesada puerta de hierro forjado.

La luz entró con ella. Todo estaba intacto, tal y como se conservaba en sus recuerdos más remotos; las baldosas blancas y negras del vestíbulo que formaban un gigantesco damero. A la derecha, el tramo de escaleras de madera oscura que conducía al piso superior y que dibujaba una grácil curva. La barandilla de lupa, cincelada por la herramienta de un ebanista de renombre, que su padre gustaba de citar cuando enseñaba las partes comunes de su vivienda a sus invitados. Al fondo, la puerta que se abría sobre la cocina y el office, ambos más espaciosos que todos los lugares en los que Julia había vivido desde que dejó la casa de su padre. A la izquierda, el despacho en el que Anthony llevaba su propia contabilidad, las escasas noches en que se encontraba en casa. Por todas partes esos signos de riqueza que habían alejado a Anthony Walsh de los tiempos en que servía cafés en un rascacielos de Montreal. En la gran pared, un retrato de Julia cuando era niña. ¿Quedaban hoy en su mirada algunas de esas chispas que un pintor había plasmado cuando tenía cinco años? Julia alzó la cabeza para contemplar el artesonado del techo. Si hubiera habido aquí y allá alguna telaraña colgando de los rincones de los revestimientos de madera, el ambiente habría sido fantasmagórico, pero la casa de Anthony Walsh siempre lucía un impecable mantenimiento.

– ¿Sabes dónde está tu habitación? -le preguntó Anthony entrando en su despacho-. Te dejo ir, estoy seguro de que aún recuerdas el camino. Si tienes hambre, seguramente habrá algo de comer en los armarios de la cocina, pasta o algunas latas de conserva. No hace tanto que he muerto.

Y miró a Julia subir los escalones de dos en dos, deslizando la mano por la barandilla, exactamente como lo hacía cuando era niña; y, al llegar al rellano, también como cuando era niña, se volvió para ver si la seguía alguien.

– ¿Qué pasa? -le preguntó, mirándolo desde lo alto de la escalera.

– Nada -contestó Anthony sonriendo.

Y entró en su despacho.

El pasillo se extendía ante sí. La primera puerta era la de la habitación de su madre. Julia llevó la mano al picaporte, éste bajó despacio y volvió a subir también despacio cuando renunció a entrar. Avanzó hasta el final del pasillo sin dar más rodeos.

Una extraña luz opalina brillaba en la habitación. Los visillos corridos de las ventanas flotaban sobre la alfombra de colores intactos. Avanzó hacia la cama, se sentó en el borde y hundió el rostro en la almohada, respirando a pleno pulmón el aroma de la funda. Vinieron a su mente entonces los recuerdos de aquellas noches en que leía a escondidas bajo las sábanas con una linterna; las noches en que personajes inventados cobraban vida entre las cortinas, cuando la ventana estaba abierta. Sombras cómplices que poblaban sus momentos de insomnio. Estiró las piernas y miró a su alrededor. La lámpara de araña, semejante a un móvil pero demasiado pesada para que sus alas negras revolotearan cuando se subía a una silla y soplaba sobre ella. Junto al armario, el baúl de madera donde amontonaba sus cuadernos, unas fotografías, mapas de países de mágicos nombres, comprados en la papelería o intercambiados por territorios que tenía repetidos; ¿de qué servía ir dos veces al mismo lugar cuando había tanto por descubrir? Su mirada se dirigió hacia el estante en el que estaban alineados sus manuales escolares, bien derechos, sujetos a uno y otro extremo por dos viejos juguetes, un perro rojo y un gato azul que se ignoraban desde siempre. La tapa granate de un libro de historia, olvidado nada más terminar el colegio, la impulsó a acercarse a su mesa de trabajo. Julia abandonó la cama y se dirigió a su escritorio.

Cuántas horas había pasado sobre esa tabla de madera arañada con la punta de un compás, cuántas horas pensando en las musarañas, redactando concienzudamente en sus cuadernos la letanía de siempre en cuanto Wallace llamaba a su puerta para vigilar que estaba haciendo los deberes. Páginas enteras con las mismas palabras: «Me aburro, me aburro, me aburro.» El pomo de porcelana del cajón tenía forma de estrella. Bastaba con tirar un poco de él para que se deslizara sin esfuerzo. Julia lo entreabrió. Un rotulador rojo rodó hacia el fondo del cajón. Metió en seguida la mano. La apertura no era muy grande, y el insolente consiguió escapar. Atraída por el juego, Julia siguió explorando el espacio a tientas.

Su pulgar reconocía aquí la escuadra para el dibujo técnico; su meñique, un collar que había ganado en una feria, demasiado feo para llevarlo al cuello; el anular vacilaba aún. ¿Qué era aquello, el sacapuntas en forma de rana o el rollo de celo en forma de tortuga? El dedo corazón rozó una superficie de papel. En la esquina superior derecha, un ínfimo relieve traicionaba el borde dentado de un sello que los años habían despegado ligeramente. En el sobre que acariciaba al amparo de la oscuridad del cajón, siguió las líneas que la tinta de una pluma había trazado. Tratando de no perder el hilo del trazo, como en ese juego en el que hay que adivinar palabras dibujadas con las yemas de los dedos sobre la piel de la persona amada, Julia reconoció la letra de Tomas. Cogió el sobre, lo abrió y sacó una carta.

Septiembre de 1991

Julia:

He sobrevivido a la locura de los hombres. Soy el único superviviente de tan triste aventura. Como te escribía en mi última carta, por fin partimos en busca de Masud. He olvidado en el fragor de la explosión que aún resuena en mí por qué era tan importante para mí reunirme con él. He olvidado el fervor que me animaba para filmar su verdad. No vi más que el odio que rozaba mi cuerpo y el que se llevó por delante a mis compañeros de viaje. Los habitantes de la aldea recogieron mi cuerpo entre los escombros, a veinte metros del lugar donde debería haber muerto. ¿Por qué la onda expansiva se contentó con lanzarme por los aires, cuando despedazó a los demás? Nunca lo sabré. Porque me creían muerto, me dejaron en una carreta. Si un niño no hubiera resistido al deseo de ponerse mi reloj en la muñeca, hasta el punto de vencer el miedo, si mi brazo no se hubiera movido y el niño no hubiera empezado a gritar, probablemente me habrían enterrado. Pero ya te lo he dicho: he sobrevivido a la locura de los hombres. Cuentan que cuando te llega la muerte, vuelves a ver en tu cabeza toda tu vida. Cuando la muerte te atrapa con esa fuerza, no se ve nada de eso. En el delirio que acompañaba mi fiebre, yo sólo veía tu rostro. Habría querido darte celos diciéndote que la enfermera que me atendía era una joven bellísima, pero era un hombre, y su larga barba no era en absoluto seductora. He pasado estos cuatro últimos meses en una cama de hospital en Kabul. Tengo la piel quemada, pero no te escribo para quejarme.

Cinco meses sin mandarte una sola carta es mucho tiempo cuando teníamos la costumbre de escribirnos dos veces por semana. Cinco meses de silencio, casi medio año, es más todavía cuando hace tanto tiempo que no nos hemos visto ni nos hemos tocado. Es durísimo amarse a distancia, por eso te hago ahora esta pregunta que me asalta a diario.

Knapp fue a Kabul en cuanto se enteró de la noticia. Tendrías que haber visto cómo lloraba al entrar en la sala, y yo también un poco, lo reconozco. Menos mal que el herido a mi lado dormía a pierna suelta, de lo contrario, ¿qué habrían pensado de nosotros esos soldados de inquebrantable valor? Si no te llamó nada más marcharse, para decirte que estaba vivo, fue porque le pedí que no lo hiciera. Sé que te había anunciado mi muerte, me tocaba a mí decirte que había sobrevivido. Quizá la verdadera razón sea otra, quizá al escribirte quiera dejarte la libertad de no interrumpir el duelo de nuestra historia, si ya lo has empezado.

Julia, nuestro amor nació de nuestras diferencias, de esa hambre de descubrimientos que sentíamos todas las mañanas, intacta, al despertar. Y ya que te hablo de mañanas, nunca sabrás la cantidad de horas que pasé mirándote dormir, mirándote sonreír. Pues, aunque no lo sepas, sonríes cuando duermes. No contarás jamás cuántas veces te acurrucaste contra mí, diciendo en sueños palabras que yo no comprendía; cien veces, es el número exacto.

Julia, sé que construir juntos es otra aventura. Odié a tu padre, y luego quise comprenderlo. ¿Habría actuado yo igual que él en las mismas circunstancias? Si me hubieras dado una hija, si me hubieras dejado solo con ella, si se hubiera enamorado de un extranjero que vivía en un mundo hecho de nada, o de todo lo que me aterroriza, quizá habría actuado como él. Nunca me ha apetecido contarte todos esos años vividos al otro lado del Muro, no habría querido malgastar un segundo de nuestro tiempo con esos recuerdos del absurdo, merecías algo mejor que tristes relatos sobre lo peor de lo que son capaces los hombres, pero tu padre seguramente conocía todo eso y no era lo que esperaba para ti.

Odié a tu padre por haberte raptado, dejándome ensangrentado en nuestra habitación, incapaz de retenerte. En mi rabia la emprendí a puñetazos con las paredes en las que aún resonaba tu voz, pero quería entender. ¿Cómo decirte que te amaba sin al menos haberlo intentado?

A la fuerza, volviste a tu vida. ¿Te acuerdas?, siempre hablabas de las señales que la vida nos dibuja, pero yo no te creía, mas terminé por persuadirme de tu verdad, aunque esta noche en que te escribo estas líneas, aquí la verdad que impera sea la de lo peor que albergan los hombres.

Te amé tal y como eras, y jamás querría que fueras de otra manera, te amé sin comprenderlo todo de ti, convencido de que el tiempo me daría la manera de hacerlo; quizá en medio de todo ese amor olvidara a veces preguntarte si me amabas hasta el punto de abrazar todo lo que nos separa. Quizá también nunca me dejabas tiempo de hacerte esta pregunta, como tampoco te lo dejabas a ti misma. Pero, a nuestro pesar, ese tiempo ha llegado.

Regreso mañana a Berlín. Echaré esta carta en el primer buzón que vea. Te llegará, como siempre, dentro de unos días; si no me equivoco en mis cálculos, debería ser el 16 o el 17 de septiembre.

Encontrarás en este sobre algo que guardaba en secreto; me habría gustado incluirte una foto mía, pero en estos momentos no tengo muy buen aspecto, y además sería un poco presuntuoso por mi parte. Así que no es más que un billete de avión. Ya ves, ya no necesitarás trabajar largos meses para reunirte conmigo, si aún lo deseas. Yo también había ahorrado para ir a buscarte. Me lo había llevado conmigo a Kabul, tenía pensado mandártelo, pero como podrás ver… aún es válido.

Te esperaré en el aeropuerto de Berlín el último día de cada mes.

Si volvemos a vernos, juraré no separar a la hija que me des del hombre al que ame algún día. Y por muy diferente que sea, comprenderé a aquel que me la robe, comprenderé a mi hija, puesto que habré amado a su madre.

Julia, nunca te guardaré rencor, respetaré tu elección, sea cual sea. Si no vinieras, si tuviera que marcharme solo de ese aeropuerto, el último día del mes, que sepas que lo comprenderé, es para decirte eso por lo que hoy te escribo.

No olvidaré jamás el rostro maravilloso que la vida me regaló una tarde de noviembre, una tarde en que, habiendo recuperado la esperanza, trepé a un muro para caer en tus brazos, yo que venía del Este, y tú, del Oeste.

Eres, y seguirás siendo en mi memoria, lo más hermoso que me ha pasado en la vida. Me doy cuenta ahora de cuánto te amo al escribirte estas palabras.

Hasta pronto, quizá. De todas maneras, estás aquí, siempre estarás aquí. Sé que, en alguna parte, respiras, y eso ya es mucho.

Te amo,

Tomas

Una fundita amarillenta cayó del sobre. Julia la abrió. En letras rojas impresas sobre un billete de avión podía leerse: «Fráulein Julia Walsh, Nueva York – París – Berlín, 29 de septiembre de 1991.» Julia lo devolvió al cajón de su escritorio. Entornó la ventana y fue a tumbarse en la cama. Con el brazo detrás de la cabeza, permaneció así largo rato, mirando sin más las cortinas de su habitación, dos trozos de tela por donde se paseaban viejos compañeros, cómplices recuperados de las soledades de otro tiempo.

A primera hora de la tarde, Julia abandonó su habitación para ir al office. Abrió el armario en el que Wallace guardaba siempre la mermelada. Cogió un paquete de biscotes de la alacena, eligió un tarro de miel y se instaló a la mesa de la cocina. Miró el surco cavado por la cuchara en la masa untuosa. Extraña marca que probablemente habría dejado Anthony Walsh cuando tomó su último desayuno. Lo imaginó, sentado a la mesa en el lugar que ella ocupaba ahora, solo en esa inmensa cocina ante su taza de café, leyendo el periódico. ¿En qué pensaría aquel día? Curioso testimonio del pasado. ¿Por qué ese detalle, aparentemente anodino, le hacía tomar conciencia, quizá por primera vez, de que su padre estaba muerto? Basta a veces algo insignificante, un objeto recuperado, un olor, para que vuelva a nuestra memoria alguien que ya no está. Y, en mitad de ese amplio espacio, por primera vez también, afloró su infancia, pese al infausto recuerdo que de ella guardaba. Oyó un carraspeo en el umbral, levantó la cabeza y vio a Anthony Walsh que le sonreía.

– ¿Puedo entrar? -dijo sentándose frente a ella.

– ¡Haz como si estuvieras en tu casa!

– Me la mandan de Francia, es de lavanda, ¿te sigue gustando tanto esta miel?

– Como ves, hay cosas que no cambian.

– ¿Qué te decía en esa carta?

– Me parece que no es asunto tuyo.

– ¿Has tomado una decisión?

– ¿De qué estás hablando?

– Lo sabes muy bien. ¿Piensas contestarle?

– Veinte años después es un poco tarde, ¿no te parece?

– ¿Esa pregunta es para mí o para ti?

– Hoy en día seguro que Tomas está casado y tiene hijos. ¿Qué derecho tengo a volver a aparecer en su vida?

– ¿Un niño, una niña, o gemelos tal vez?

– ¿Qué?

– Te pregunto si tus habilidades de vidente te permiten saber también cómo es su familia. Bueno, ¿qué?, ¿niño o niña? -Pero ¿de qué estás hablando?

– Esta mañana lo creías muerto, quizá vayas un poco de prisa con tus conjeturas para decidir lo que ha hecho con su vida.

– ¡Veinte años, maldita sea, no estamos hablando de seis meses!

– ¡Diecisiete! Tiempo de sobra de divorciarse varias veces, a no ser que se haya cambiado de acera, como tu amigo el anticuario. ¿Cómo se llamaba?, ¿Stanley? ¡Sí, eso es, Stanley!

– ¡Y encima tienes la cara de hacer bromas!

– Ah, el humor, qué maravillosa manera de lidiar con la realidad cuando ésta te golpea en plena cara; no sé quién dijo eso, pero qué razón tenía. Vuelvo a hacerte la misma pregunta, ¿has tomado una decisión?

– No hay ninguna decisión que tomar, ya es demasiado tarde. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Deberías alegrarte, ¿no?

– Demasiado tarde es un concepto que sólo se aplica a las cosas que ya son definitivas. Es demasiado tarde para decirle a tu madre todo lo que hubiera querido que supiera antes de dejarme y que tanto me hubiera gustado que me escribiera antes de perder la razón. En lo que a nosotros dos respecta, a ti y a mí, demasiado tarde será el sábado, cuando me apague como un vulgar juguete al que se le han gastado las pilas. Pero si Tomas aún está vivo, entonces siento mucho llevarte la contraria, pero no, no es demasiado tarde. Y si recordaras, aunque sólo fuera un poco, tu reacción cuando viste ese dibujo ayer, lo que nos ha traído aquí hoy, entonces no te protegerías detrás del pretexto de que es demasiado tarde. Búscate otra excusa.

– ¿Qué es lo que quieres exactamente?

– Yo, nada. Tú, en cambio, quizá quieras a tu Tomas, ¿a no ser que…?

– ¿A no ser que qué?

– No, nada, perdóname, hablo y hablo sin parar, pero tienes razón tú.

– Es la primera vez que te oigo decir que tengo razón en algo, me gustaría saber en qué.

– No, déjalo, de verdad, no merece la pena. Es tanto más fácil seguir lamentándose, lloriqueando sobre lo que podría haber sido y no fue. Ya estoy oyendo todo el blablablá típico en estos casos, «el destino lo quiso de otra manera, qué le vamos a hacer», por no hablar de «todo es culpa de mi padre, de verdad me ha arruinado la vida». Después de todo, vivir en un drama es una manera de existir como otra cualquiera.

– ¡Qué susto! Por un momento he pensado que me estabas tomando en serio.

– ¡Dada tu manera de comportarte, el riesgo era ínfimo!

– Pues aunque me muriera de ganas de escribir a Tomas, aunque lograra dar con una dirección a la que enviarle mi carta diecisiete años después, jamás le haría algo así a Adam, sería infame. ¿No te parece que esta semana ya ha tenido su cupo de mentiras?

– ¡Desde luego! -contestó Anthony con un aire de lo más irónico.

– ¿Y ahora qué pasa?

– Tienes razón. Mentir por omisión es mucho mejor, ¡mucho más honrado! Además eso os dará la oportunidad de compartir algo. Adam ya no será la única persona a la que le hayas mentido.

– ¿Se puede saber en quién estás pensando?

– ¡En ti! Cada noche que te acuestes a su lado y tengas el más mínimo pensamiento por tu amigo del Este, hala, una mentirita que añadir a la lista; un minúsculo instante de anhelo, y hala, otra mentirita más; cada vez que te preguntes si deberías haber regresado a Berlín para arrojar luz sobre tus sentimientos, hala, otra mentirita más, y ya van tres. Espera, déjame calcular, siempre se me han dado bien las matemáticas: pongamos unos tres pensamientos a la semana, dos recuerdos fulgurantes y tres comparaciones entre Tomas y Adam, lo que hace tres más dos más tres, es decir, ocho multiplicado por cincuenta y dos semanas, multiplicadas por treinta años de vida en común, sí, lo sé, estoy siendo optimista, pero bueno… Asciende a un total de doce mil cuatrocientas ochenta mentiras. ¡No está mal para una vida en pareja!

– ¿Estás orgulloso de ti? -preguntó Julia aplaudiendo cínicamente.

– ¿Crees que vivir con alguien sin estar segura de tus sentimientos no es una mentira, una traición? ¿Tienes la más mínima idea de en qué se transforma la vida cuando la otra persona vive a tu lado como si te hubieras convertido en un extraño?

– ¿Acaso tú sí lo sabes?

– Tu madre me llamaba «señor» en los tres últimos años de su vida y, cuando entraba en su habitación, me indicaba dónde estaba el cuarto de baño, pensando que yo era el fontanero. ¿Quieres prestarme tus lápices de colores para que te haga un dibujo?

– ¿Mamá te llamaba de verdad «señor»?

– Los días buenos, sí; los malos llamaba a la policía porque un desconocido había entrado en su casa.

– ¿De verdad te hubiera gustado que te escribiera antes de…?

– No tengas miedo de las palabras exactas. ¿Antes de perder la razón? ¿Antes de volverse loca? La respuesta es sí, pero no estamos aquí para hablar de tu madre.

Anthony miró a su hija largo rato.

– Bueno, ¿qué?, ¿está buena la miel?

– Sí -dijo Julia mordiendo el biscote.

– Un poco más densa que de costumbre, ¿verdad?

– Sí, un poco más dura.

– Las abejas se volvieron perezosas cuando te marchaste de esta casa.

– Es posible -dijo ella sonriendo-. ¿Quieres que hablemos de abejas? -¿Por qué no?

– ¿La echaste mucho de menos? -¡Pues claro, qué pregunta!

– ¿Era mamá la mujer por la que saltaste en el charco de la calle?

Anthony rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta para sacar un sobre. Lo deslizó sobre la mesa hasta Julia. -¿Qué es?

– Dos billetes para Berlín, con escala en París, sigue sin haber vuelo directo. Despegamos a las cinco de la tarde. Puedes marcharte sola, no marcharte, o puedo acompañarte, tú decides; esto también es una novedad, ¿no es cierto?

– ¿Por qué haces esto?

– ¿Qué has hecho con tu trocito de papel?

– ¿Qué papel?

– Esa notita de Tomas que siempre llevabas encima y que aparecía como por arte de magia cuando te vaciabas los bolsillos; ese trocito de hoja arrugada que me acusaba cada vez del daño que te había hecho.

– La perdí.

– ¿Qué había escrito? Oh, déjalo, no me contestes, el amor es terriblemente banal. ¿De verdad que la has perdido? -¡Te lo acabo de decir!

– No te creo, ese tipo de cosas nunca desaparecen del todo. Un buen día vuelven a aparecer, surgen del fondo del corazón. Anda, corre a hacer la maleta.

Anthony se levantó y salió de la cocina. En el umbral de la puerta, se volvió.

– Date prisa; no necesitas pasar por tu casa, si te falta algo ya lo compraremos allí. No nos queda mucho tiempo. Te espero fuera, ya he mandado llamar un coche. Al decirte esto, tengo como una extraña sensación de haber vivido ya este momento, ¿me equivoco?

Y Julia oyó los pasos de su padre resonar en el vestíbulo de la casa.

Se llevó las manos a la cabeza y suspiró. Entre los dedos entreabiertos, miraba el tarro de miel encima de la mesa. Tenía que ir a Berlín, pero no tanto para encontrar a Tomas como para proseguir ese viaje con su padre. Y se juró, con toda la sinceridad del mundo, que no era un pretexto ni una excusa, y que seguramente Adam lo comprendería algún día.

De vuelta en su habitación, adonde fue a recoger su bolso que había dejado al pie de la cama, su mirada se dirigió a la estantería. Un libro de historia de tapas color granate sobresalía de los demás. Vaciló, lo abrió y sacó un sobre azul escondido entre las páginas. Lo guardó en su equipaje, cerró la ventana y salió del dormitorio.

Anthony y Julia llegaron justo antes de que concluyera el embarque. La azafata les entregó sus tarjetas de embarque y les aconsejó que se dieran prisa. Era tan tarde que no podía garantizarles que llegaran a la puerta antes de la última llamada.

– Pues con mi pierna, lo llevamos claro -declaró Anthony, mirando afligido a la empleada.

– ¿Tiene dificultades para desplazarse, señor? -se preocupó la joven.

– Por desgracia, señorita, a mi edad ¿quién no las tiene? -contestó muy orgulloso, presentándole el certificado que daba fe de que llevaba un marcapasos.

– Espere aquí -dijo ésta descolgando el teléfono.

Unos segundos más tarde, llegó un cochecito eléctrico para llevarlos a la puerta de embarque del vuelo con destino a París. Escoltados por un agente de la compañía, pasar el control de seguridad esta vez fue un juego de niños.

– ¿Vuelves a tener un virus en el sistema? -le preguntó Julia mientras recorrían a toda velocidad los pasillos del aeropuerto.

– Calla, demonios -murmuró Anthony-, ¡nos van a descubrir, no me pasa nada en la pierna!

Y reanudó su conversación con el conductor, como si la vida de éste de verdad lo apasionara. Apenas diez minutos más tarde, Anthony y su hija embarcaron entre los primeros pasajeros.

Mientras que las dos azafatas ayudaban a Anthony Walsh a acomodarse, una colocándole almohadas en la espalda, y la otra ofreciéndole una manta, Julia volvió a la puerta del avión. Informó al sobrecargo de que tenía que hacer una última llamada. Su padre ya había embarcado, volvería dentro de un momento. Deshizo el camino andado en la pasarela y sacó su móvil.

– ¿Y bien, cómo va ese misterioso periplo por Canadá? -dijo Stanley al contestar a la llamada. -Estoy en el aeropuerto. -¿Ya vuelves? -¡No, me marcho!

– ¡Cariño, me parece que me he perdido una etapa!

– He vuelto esta mañana, no me ha dado tiempo de pasar a visitarte, y sin embargo te juro que lo necesitaba.

– ¿Y se puede saber dónde vas esta vez?, ¿a Oklahoma, a Wisconsin tal vez?

– Stanley, si encontraras una carta de Edward, escrita de su puño y letra justo antes del final, ¿la abrirías?

– Ya te lo he dicho, Julia, sus últimas palabras fueron para decirme que me amaba. ¿Qué más querría saber? ¿Otras excusas, otros motivos de arrepentimiento? Esas pocas palabras suyas valían más que todas las cosas que olvidamos decirnos.

– Entonces, ¿volverías a dejar la carta en su lugar?

– Creo que sí, pero nunca he descubierto ninguna nota de Edward en nuestro apartamento. No escribía mucho, ¿sabes?, ni siquiera la lista de la compra; siempre me tocaba a mí ocuparme de esas cosas. No te imaginas lo mucho que me cabreaba eso entonces, y sin embargo, veinte años más tarde, cada vez que voy al mercado, compro su marca de yogures preferida. Es una tontería acordarse de esa clase de cosas tanto tiempo después, ¿verdad?

– Quizá no.

– ¿Has encontrado una carta de Tomas, es eso? Me hablas de Edward cada vez que te acuerdas de Tomas, ¡abre esa carta!…

– ¿Por qué, si tú no lo habrías hecho?

– Tiene narices que, en veinte años de amistad, aún no hayas comprendido que soy todo menos un buen ejemplo. Abre esa carta hoy mismo, léela mañana si lo prefieres, pero sobre todo no la destruyas. Quizá te haya mentido un poco; si Edward me hubiera dejado una carta, la habría leído cien veces, durante horas, para estar seguro de comprender cada una de sus palabras, aunque supiera que él nunca hubiera tardado tanto en escribírmela. Y ahora, ¿puedes decirme adonde te marchas? Me muero de impaciencia de saber el prefijo telefónico al que podré llamarte esta noche.

– Será más bien mañana, y tendrás que marcar el 49.

– ¿Eso es en el extranjero?

– En Alemania, Berlín.

Hubo un momento de silencio. Stanley respiró profundamente antes de reanudar su conversación.

– ¿Has descubierto algo en esa carta que, por lo tanto, ya has abierto?

– ¡Que sigue vivo!

– Evidentemente… -suspiró Stanley-. Y me llamas desde la sala de embarque para preguntarme si haces bien en ir a buscarlo, ¿es eso?

– Te llamo desde la pasarela de embarque…, y creo que ya me has respondido.

– Pues entonces corre, tonta, no pierdas ese avión.

– ¿Stanley?

– ¿Qué pasa ahora?

– ¿Estás enfadado?

– Que no, hombre, es sólo que no soporto saber que estás tan lejos, nada más. ¿Tienes alguna otra pregunta tonta más? -¿Cómo te las apañas…?

– ¿Para contestar a tus preguntas antes siquiera de que me las hagas? Las malas lenguas te dirán que soy más mujer que tú, pero puedes pensar que es porque soy tu mejor amigo. Y ahora, largo, antes de que me dé cuenta de que te voy a echar muchísimo de menos.

– Te llamaré desde allí, te lo prometo.

– ¡Sí, sí, llámame!

La azafata le indicó a Julia que tenía que embarcar inmediatamente, la tripulación ya sólo la esperaba a ella para cerrar la puerta del avión. Y cuando Stanley le preguntó qué debía decirle a Adam si éste lo llamaba, Julia ya había colgado.