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Cuando se llevaron las bandejas de la cena, la azafata disminuyó la intensidad de las luces, sumiendo el habitáculo en la penumbra. Desde el principio del viaje, Julia nunca había visto a su padre probar bocado ni dormir, ni siquiera descansar. Probablemente fuera normal para una máquina, pero se le hacía muy raro aceptar esa idea. Sobre todo porque eran los únicos detalles que le recordaban que ese viaje juntos los dos sólo ofrecía unos pocos días que le robaban al tiempo. La mayor parte de los pasajeros dormía, algunos veían una película en unas pequeñas pantallas; en la última fila de asientos, un hombre revisaba unos papeles a la luz de una lamparita de lectura. Anthony hojeaba un periódico, y Julia miraba por la ventanilla los reflejos plateados de la luna sobre el ala del avión y la superficie agitada del océano en la noche azul.
En primavera decidí dejar la carrera de Bellas Artes y no regresar a París. Tú hiciste todo lo posible por disuadirme, pero yo había tomado una decisión: como tú, sería periodista y, como tú, salía todas las mañanas en busca de un empleo, aunque como americana no tuviera ninguna esperanza de encontrarlo. Hacía pocos días que las líneas de tranvía volvían a unir ambos lados de la ciudad. A nuestro alrededor, reinaba una agitación constante; la gente hablaba de reunificar tu país para que volviera a formar uno solo, como antes, cuando las cosas de la vida no eran las de la guerra fría. Los que habían servido en las filas de la policía secreta parecían haberse evaporado, llevándose consigo sus archivos. Unos meses antes, habían emprendido ya la tarea de suprimir todos los documentos comprometedores, todos los expedientes que habían constituido sobre millones de tus conciudadanos, y tú habías sido de los primeros en manifestarse para impedírselo.
¿Tenías, tú también, un número en un expediente? ¿Duerme todavía en algún archivo secreto, junto con alguna fotografía tuya robada en la calle, en tu lugar de trabajo, la lista de las personas a las que frecuentabas, los nombres de tus amigos y el de tu abuela? ¿Era sospechosa tu juventud a ojos de las autoridades de entonces? ¿Cómo pudimos permitir que ocurriera todo aquello, después de lo que habíamos aprendido tras años de guerra? ¿Era acaso la única manera que encontró nuestro mundo de tomarse la revancha? Tú y yo habíamos nacido demasiado tarde para odiarnos, teníamos tantas cosas que inventar. Por las noches, cuando paseábamos por tu barrio, a menudo notaba que seguías teniendo miedo. El temor se apoderaba de ti con sólo ver un uniforme o un vehículo que, según tú, circulaba demasiado despacio. «Ven, no nos quedemos aquí», decías entonces; y me arrastrabas al amparo de la primera callejuela, de la primera escalera que nos permitía escapar, despistar a un enemigo invisible. Y cuando me burlaba de ti, te enfadabas, me decías que no entendía nada, que no sabía nada de lo que habían sido capaces. ¿Cuántas veces no habré sorprendido tu mirada recorrer la sala de un pequeño restaurante al que te llevaba a veces a cenar? Cuántas veces no me habrás dicho «salgamos de aquí», al ver el rostro sombrío de un cliente que te recordaba un pasado inquietante. Perdóname, Tomas, tenías razón, yo no sabía lo que era tener miedo. Perdóname por haberme reído cuando nos obligabas a escondernos bajo los pilares de un puente porque un convoy militar cruzaba el río. No sabía, no podía comprender, nadie de mi gente podía hacerlo.
Cuando señalabas a alguien con el dedo en un tranvía, comprendía por tu mirada que habías reconocido a alguno de los que habían trabajado en la policía secreta.
Despojados de sus uniformes, de su autoridad y de su arrogancia, los antiguos miembros de la Sta si se disimulaban en tu ciudad, se adaptaban a la banalidad de la vida de aquellos a los que, tan sólo ayer, aún perseguían, espiaban, juzgaban y a veces torturaban, y ello durante años y años. Desde la caída del Muro, la mayoría se había inventado un pasado para que no los identificaran, otros proseguían tranquilamente su carrera, y, para muchos, los remordimientos se disipaban con el paso de los meses, y, con ellos, el recuerdo de sus crímenes.
No he olvidado aquella noche en que fuimos a visitar a Knapp. Caminábamos los tres por un parque. Knapp no dejaba de hacerte preguntas sobre tu vida, sin saber lo doloroso que era para ti contestarlas. Pretendía que el Muro de Berlín había extendido su sombra hasta el Oeste, donde él vivía, cuando tú le gritabas que era el Este, donde habías vivido tú, lo que habían encerrado en hormigón. ¿Cómo podíais acostumbraros a esa existencia?, insistía Knapp. Y tú sonreías, preguntándole si de verdad lo había olvidado todo. Knapp volvía a la carga, y entonces tú capitulabas y respondías a sus preguntas. Y, con paciencia, le hablabas de una vida en la que todo estaba organizado, en la que todo era seguro, no había ninguna responsabilidad que asumir, una vida en la que el riesgo de hacer las cosas mal era muy pequeño. «Conocíamos el pleno empleo, el Estado era omnipresente», decías, encogiéndote de hombros. «Así funcionan las dictaduras», concluía Knapp. Ello convenía a mucha gente, la libertad es un reto enorme, la mayoría de los hombres aspira a ella, pero no sabe cómo emplearla. Y todavía resuena en mis oídos tu voz mientras nos decías en ese café de Berlín Occidental que, en el Este, cada uno a su manera reinventaba su vida en cálidos apartamentos. Vuestra conversación se envenenó cuando tu amigo quiso saber cuántas personas, según tú, habían colaborado con las autoridades durante esos años oscuros; nunca os pusisteis de acuerdo sobre la cifra. Knapp hablaba de un treinta por ciento de la población como máximo. Tú justificabas tu ignorancia, ¿cómo podrías haberlo sabido?, nunca habías trabajado para la Sta si.
Perdóname, Tomas, tenías razón, habré tenido que esperar a emprender el camino hacia ti para saber lo que es tener miedo.
– ¿Por qué no me invitaste a tu boda? -preguntó Anthony dejando el periódico sobre su regazo. Julia se sobresaltó.
– Perdona, no quería asustarte. ¿Estabas pensando en otra cosa?
– No, miraba por la ventanilla, nada más.
– No se ve más que la noche -replicó Anthony asomándose a mirar.
– Sí, pero hay luna llena.
– Un poco alto para saltar al agua, ¿verdad?
– Te mandé una invitación.
– Como a otras doscientas personas. Eso no es lo que yo llamo invitar a un padre. Se suponía que yo te llevaría hasta el altar, ello quizá merecía que habláramos del tema en persona.
– ¿De qué hemos hablado tú y yo en los últimos veinte años? Esperaba una llamada tuya, esperaba que me pidieras que te presentara a mi futuro marido.
– Creo recordar que ya lo conocía.
– Te lo encontraste de pura casualidad, en una escalera mecánica de Bloomingdale's, yo a eso no lo llamaría conocer a alguien. No se puede concluir con ello que te interesaras por él o por mi vida.
– Fuimos los tres juntos a tomar el té, si mal no recuerdo.
– Porque te lo había propuesto él, porque resulta que él sí quería conocerte. Veinte minutos durante los cuales monopolizaste la conversación.
– No era muy hablador, tu futuro marido; más bien casi autista, llegué a creer que era mudo.
– ¿Acaso le hiciste una sola pregunta siquiera?
– ¿Y tú, Julia, me has hecho alguna vez preguntas, me has pedido el más mínimo consejo?
– ¿De qué habría servido? ¿Para que me dijeras lo que tú hacías a mi edad o para que me dijeras lo que se suponía que tenía que hacer yo? Podría haberme callado para siempre para que comprendieras, por fin, que nunca he querido parecerme a ti.
– Quizá deberías dormir un poco -dijo Anthony Walsh-, mañana será un día muy largo. Nada más aterrizar en París, tenemos que coger otro avión antes de llegar al final de nuestro viaje.
Subió la manta de Julia hasta taparle los hombros y volvió a enfrascarse en la lectura de su periódico.
El avión acababa de aterrizar en la pista del aeropuerto Charles de Gaulle. Anthony puso en hora su reloj de acuerdo con el huso horario de París.
– Nos quedan dos horas antes de que salga nuestro avión para Berlín, no deberíamos tener ningún problema.
En ese momento, Anthony ignoraba que el aparato que se suponía debía llegar a la terminal E sería redirigido a una puerta de la terminal F; que la puerta en cuestión estaba equipada con una pasarela incompatible con su avión, lo que explicó la azafata para justificar la llegada de un autobús que los conduciría hasta la terminal B.
Anthony levantó el dedo e indicó al sobrecargo que se acercara.
– ¡A la terminal E! -le dijo.
– ¿Perdón? -contestó éste.
– Por megafonía han dicho la terminal B, y creo que debíamos llegar a la E.
– Es posible, nosotros mismos nos hacemos un poco de lío.
– Despéjeme una duda, ¿estamos en el aeropuerto Charles de Gaulle?
– Tres puertas diferentes, nada de pasarela, y los autobuses aún no han llegado: ¡no cabe duda de que estamos en el aeropuerto Charles de Gaulle, sí!
Cuarenta y cinco minutos después de aterrizar bajaron por fin del avión. Quedaba aún pasar el control de pasaportes y encontrar la terminal desde la que salía el vuelo a Berlín.
Había dos agentes de policía encargados de controlar los centenares de pasaportes de los pasajeros que acababan de desembarcar de tres vuelos distintos. Anthony comprobó la hora en una pantalla.
– Tenemos doscientas personas por delante en la cola, me temo que no nos va a dar tiempo.
– ¡Pues cogeremos el vuelo siguiente! -contestó Julia.
Una vez pasado el control, recorrieron una interminable serie de pasillos y cintas transportadoras.
– Para eso podríamos haber venido a pie desde Nueva York -se quejó Anthony.
Y, nada más terminar la frase, se desplomó.
Julia trató de retenerlo, pero la caída fue tan repentina que no pudo hacer nada por evitarla. La cinta transportadora seguía avanzando, arrastrando consigo a Anthony, tumbado cuan largo era en el suelo.
– ¡Papá, papá, despierta! -gritó Julia, sacudiéndolo muy asustada.
Se oía el ruidito metálico de la cinta. Un viajero se precipitó para ayudar a Julia. Levantaron a Anthony del suelo y lo instalaron un poco más lejos. El hombre se quitó la chaqueta y la puso debajo de la cabeza de Anthony, que seguía inerte. Se ofreció a llamar a una ambulancia.
– ¡No, no, no lo haga! -insistió Julia-. No es nada, un simple desmayo, estoy acostumbrada.
– ¿Está usted segura? Su marido no parece estar nada bien.
– ¡Es mi padre! Es que es diabético -mintió Julia-. Papá, despierta -dijo, sacudiéndolo otra vez. -Deje que le tome el pulso. -¡No lo toque! -gritó Julia, presa del pánico. Anthony abrió un ojo.
– ¿Dónde estamos? -preguntó, tratando de incorporarse.
El hombre que había sido tan atento con él lo ayudó a levantarse. Anthony se apoyó en la pared, mientras recuperaba del todo el equilibrio.
– ¿Qué hora es?
– ¿Está segura de que no es más que un simple desmayo? No parece que le funcione muy bien la cabeza…
– ¡Oiga, un respeto! -replicó Anthony, repuesto del todo.
El hombre recuperó su chaqueta y se alejó.
– Al menos podrías haberle dado las gracias -le reprochó Julia.
– ¿Por qué, porque trataba patéticamente de ligar contigo fingiendo socorrerme? ¡Vamos, hombre, hasta ahí podíamos llegar!
– ¡Eres de lo que no hay, vaya susto me has dado!
– No es para tanto, ¿qué quieres que me ocurra? ¡Ya estoy muerto! -concluyó Anthony.
– ¿Puedo saber lo que te ha pasado exactamente?
– Un cortocircuito, imagino, o una interferencia cualquiera. Habrá que notificárselo. Si alguien me apaga desconectando su teléfono móvil, la cosa se pone ya más fea.
– Nunca podré contar lo que estoy viviendo ahora -dijo Julia encogiéndose de hombros.
– ¿Lo he soñado, o antes me has llamado papá?
– ¡Lo has soñado! -contestó, arrastrándolo hacia la zona de embarque.
Sólo les quedaba un cuarto de hora para pasar el control de seguridad.
– ¡Vaya, hombre! -dijo Anthony, abriendo su pasaporte. -¿Y ahora qué pasa?
– Mi certificado del marcapasos, que no lo encuentro.
– Lo tendrás en el fondo de algún bolsillo.
– ¡Acabo de comprobar en todos y nada!
Con aire contrariado, miró los arcos que tenía enfrente.
– Si paso por debajo de una de esas cosas, pondré en alerta a todas las fuerzas policiales del aeropuerto.
– ¡Entonces vuelve a buscar en tus bolsillos! -se impacientó Julia.
– No insistas, te digo que lo he perdido, se me habrá caído en el avión cuando le he dado la chaqueta a la azafata para que me la guardara. Lo siento, no encuentro ninguna solución.
– No hemos venido hasta aquí para volver ahora a Nueva York. Y, de todas maneras, ¿cómo nos las apañaríamos para hacerlo?
– Alquilemos un coche y vayamos al centro. De aquí a entonces ya se me ocurrirá algo.
Anthony propuso a su hija que reservaran una habitación de hotel para pasar la noche.
– Dentro de dos horas toda Nueva York estará despierta. No tendrás más que llamar a mi médico, él te mandará por fax un duplicado del certificado.
– ¿Tu médico no sabe que has muerto?
– ¡No, qué tontería, ¿verdad?, pero se me ha olvidado avisarlo!
– ¿Por qué no cogemos un taxi? -preguntó Julia. -¿Un taxi en París? ¡No conoces la ciudad!
– ¡Desde luego, tienes prejuicios sobre todo! -No creo que sea el momento más adecuado para pelearnos; ya veo ahí las oficinas de alquiler de coches. Uno pequeño nos bastará. ¡Mira, no, pensándolo mejor, coge una berlina! Es una cuestión de estatus. -Julia se rindió. Era más de mediodía cuando tomaron por la salida que llevaba a la autopista Al. Anthony se inclinó sobre el parabrisas, observando atentamente los paneles indicadores.
– ¡Gira a la derecha! -ordenó.
– París está a la izquierda, lo pone en letras bien grandes.
– ¡Muchas gracias pero aún sé leer! Haz lo que te digo -se quejó Anthony, obligándola a girar el volante.
– ¡Estás loco! ¿Se puede saber a qué juegas? -gritó Julia mientras el coche daba un peligroso bandazo.
Ya era demasiado tarde para volver a cambiar de carril. Bajo un aluvión de bocinazos, Julia no tuvo más remedio que seguir en dirección al norte.
– Mira lo que has conseguido con tus tonterías, vamos hacia Bruselas, hemos dejado atrás París.
– ¡Ya lo sé! Y si no estás demasiado cansada para conducir de un tirón, seiscientos kilómetros después de Bruselas llegaremos a Berlín, dentro de nueve horas si no me he equivocado en mis cálculos. En el peor de los casos haremos una parada en el camino para que puedas dormir un poco. No hay arcos de seguridad que cruzar en las autopistas, ello resuelve nuestro problema a corto plazo; y no nos queda mucho tiempo. Sólo faltan cuatro días antes de tener que regresar, a no ser que vuelva a averiarme.
– Ya tenías esta idea en la cabeza antes de que alquiláramos el coche, ¿verdad? ¡Por eso preferías una berlina!
– ¿Quieres volver a ver a Tomas, sí o no? Entonces, conduce, no es necesario que te explique el camino, lo recuerdas, ¿no?
Julia encendió la radio del coche, subió el volumen al máximo y aceleró.
En veinte años, el trazado de la autopista había modificado la fisonomía del viaje. Dos horas después de salir del aeropuerto, ya cruzaban Bruselas. Anthony no se mostraba muy hablador. De vez en cuando mascullaba algo mientras contemplaba el paisaje. Julia había aprovechado que estaba distraído para inclinar el retrovisor hacia él, así podía verlo sin que se diera cuenta. Anthony bajó el volumen de la radio.
– ¿Eras feliz en la escuela de Bellas Artes? -le preguntó rompiendo el silencio.
– No me quedé mucho tiempo, pero me encantaba el sitio donde vivía. Desde mi habitación, la vista era increíble. Mi mesa de trabajo daba a los tejados del Observatorio.
– A mí también me encantaba París. Tengo muchos recuerdos allí. Creo incluso que es la ciudad en la que me habría gustado morir.
Julia carraspeó.
– ¿Qué pasa? -quiso saber Anthony-. Vaya cara más rara has puesto de repente. ¿Otra vez he dicho algo que no te ha gustado?
– No, no, de verdad que no.
– Sí, me doy perfecta cuenta de que estás rara.
– Es que… no es fácil decirlo, es tan extraño…
– ¡No te hagas de rogar, anda, y dímelo!
– Moriste en París, papá.
– ¿Ah, sí? -exclamó Anthony, sorprendido-. Anda, no lo sabía.
– ¿No recuerdas nada de tu muerte?
– El programa de transmisión de datos de mi memoria se detiene en mi partida hacia Europa. Después de esa fecha, sólo hay un inmenso agujero negro. Supongo que será mejor así, no debe de ser muy divertido que digamos recordar tu propia muerte. Al final comprendo que el límite de tiempo que se le otorga a esta máquina es un mal necesario. Y no sólo para las familias.
– Comprendo -contestó Julia, incómoda.
– Lo dudo. Créeme, esta situación no es extraña sólo para ti, y cuánto más pasan las horas, más desconcertante se vuelve todo para mí también. ¿A qué día estamos ya?
– A miércoles.
– Tres días, ¿te das cuenta? Si supieras el ruido que hacen las manecillas del reloj del tiempo cuando suenan en tu cabeza… ¿Sabes cómo…?
– Un infarto en un semáforo.
– Menos mal que no estaba en verde, encima me habrían atropellado.
– ¡Estaba en verde! -¡Vaya, hombre!
– No provocó ningún accidente, si eso te consuela.
– Para serte sincero, no me consuela en absoluto. ¿Sufrí?
– No, me aseguraron que la muerte fue instantánea.
– Sí, bueno, eso es lo que dicen siempre a las familias para tranquilizarlas. Oh, ¿y qué más da, después de todo? Pertenece al pasado. ¿Quién recuerda cómo murió la gente? Ya sería bastante si recordáramos cómo vivió.
– ¿Cambiamos de tema? -suplicó Julia.
– Como quieras, pero me parecía bastante divertido poder hablar con alguien de mi propia muerte.
– Ese alguien en cuestión es tu hija, y, francamente, no parecías estar pasándotelo pipa.
– No empieces a tener razón, haz el favor.
Una hora más tarde, el coche entraba en territorio holandés; ya sólo los separaban setenta kilómetros de Alemania.
– Esto es fantástico -prosiguió Anthony-, ya no hay frontera, uno casi podría creerse libre. Si eras feliz en París, ¿por qué te marchaste?
– Me dio la ventolera, en mitad de la noche; pensaba que sólo estaría fuera unos días. Al principio no era más que un viajecito entre amigos.
– ¿Hacía mucho que los conocías?
– Diez minutos.
– ¡Naturalmente! ¿Y a qué se dedicaban en la vida esos amigos tuyos de siempre?
– Eran estudiantes, como yo; bueno, ellos de la Sor bona.
– Ya veo, ¿y por qué Alemania? España o Italia habrían sido viajes más alegres, ¿no?
– Teníamos ganas de revolución. Antoine y Mathias habían presentido que caería el Muro. Quizá no con total seguridad, pero allí estaba pasando algo importante, y quisimos ir a ver qué era con nuestros propios ojos.
– ¿En qué me he podido equivocar en tu educación para que tuvieras ganas de revolución? -dijo Anthony golpeándose las rodillas.
– No te guardes rencor, probablemente ése sea tu único logro de verdad.
– ¡Es una manera de ver las cosas! -masculló Anthony y, de nuevo, se volvió hacia la ventanilla.
– ¿Por qué me haces ahora todas estas preguntas?
– Porque tú a mí no me haces ninguna. Me gustaba París porque allí es donde besé a tu madre por primera vez. Y puedo decirte que no fue fácil.
– No sé si quiero conocer todos los detalles.
– Si supieras lo guapa que era… Teníamos veinticinco años.
– ¿Cómo hiciste para ir a París? Pensaba que estabas sin blanca cuando eras joven.
– En 1959 me encontraba haciendo el servicio militar en una base en Europa.
– ¿Dónde?
– ¡En Berlín! ¡Y no guardo muy feliz recuerdo de mi estancia allí!
De nuevo el rostro de Anthony se volvió hacia el paisaje, que desfilaba tras la ventanilla.
– No hace falta que me mires en el reflejo del cristal, ¿sabes?, estoy justo a tu lado -dijo Julia.
– Entonces tú devuelve ese retrovisor a su lugar, ¡así podrás ver los coches que te siguen antes de adelantar al siguiente camión!
– ¿Conociste a mamá allí?
– No, nos conocimos en Francia. Cuando me liberé de mis obligaciones militares, tomé un tren a París. Soñaba con ver la torre Eiffel antes de volver a casa.
– Y te gustó nada más verla.
– No está mal, pero es más pequeña que nuestros rascacielos.
– Me refería a mamá.
– Bailaba en un gran cabaret. Éramos el perfecto cliché del soldado americano que añoraba sus orígenes irlandeses y de la bailarina recién llegada del mismo país.
– ¿Mamá era bailarina?
– ¡Bluebell Girl! Su compañía daba una función excepcional en el Lido, en los Campos Elíseos. Un amigo nos consiguió las entradas. Tu madre era la protagonista de la revista. Si la hubieras visto en escena cuando bailaba claque, puedo asegurarte que no tenía nada que envidiarle a Ginger Rogers.
– ¿Por qué ella nunca comentó nada de todo eso?
– No somos muy locuaces en esta familia, al menos habrás heredado ese rasgo de carácter.
– ¿Cómo la sedujiste?
– Creía que no querías conocer los detalles. Si aminoras un poco la marcha, te lo cuento.
– ¡No conduzco de prisa! -respondió Julia mirando la aguja del velocímetro, que rondaba los 140 kilómetros por hora.
– ¡Según como se mire! Estoy acostumbrado a nuestras autopistas, donde puedes tomarte el tiempo de contemplar el paisaje. Si sigues conduciendo así, necesitarás una llave inglesa para soltar mis dedos del picaporte de la puerta.
Julia levantó el pie del acelerador, y Anthony respiró profundamente.
– Estaba sentado a una mesa muy cerca del escenario. La revista ofreció diez funciones seguidas; no me perdí una sola, incluido el domingo, que había doble función, también por la tarde. Me las apañé, a cambio de una generosa propina a una de las camareras, para que me sentara siempre a la misma mesa.
Julia apagó la radio.
– ¡Por última vez, endereza ese retrovisor y mira la carretera! -ordenó Anthony.
Julia obedeció sin protestar.
– Al sexto día, tu madre terminó por fijarse en mí. Me juró que lo había hecho desde el cuarto, pero yo estoy seguro de que fue en el sexto. El cualquier caso, me di cuenta de que me miraba varias veces durante la función. Y no es por alardear, pero estuvo a punto incluso de perder el paso. A este respecto también me juró que ese incidente no tenía nada que ver con mi presencia. Negarse a reconocerlo era una coquetería por parte de tu madre. Mandé entonces que le entregaran un ramo de flores en su camerino, para que se las encontrara al terminar el espectáculo; todas las noches el mismo ramo de pequeñas rosas inglesas, siempre sin tarjeta de visita. -¿Por qué?
– Si no me interrumpes, lo entenderás en seguida. Al terminar la última función, fui a esperarla a la puerta por la que salían los artistas. Con una rosa blanca en el ojal.
– ¡No puedo creer que hicieras una cosa así! -exclamó Julia, ahogando una carcajada.
Anthony se volvió hacia la ventanilla y ya no dijo una sola palabra.
– ¿Y qué pasó después? -insistió ella.
– ¡Fin de la historia!
– ¿Cómo que fin de la historia?
– ¡Como te burlas, pues no te sigo contando!
– ¡Pero si no me burlaba en absoluto!
– Entonces, ¿qué era esa risa tan tonta?
– Lo contrario de lo que tú crees, es sólo que no te había imaginado en plan joven romántico hasta la médula.
– ¡Para en la próxima área de servicio, haré el resto del camino andando! -exclamó Anthony cruzándose de brazos con aire malhumorado.
– ¡O me sigues contando o acelero!
– Tu madre estaba acostumbrada a que los admiradores la esperaran al otro lado de ese pasillo. Un guardia de seguridad escoltaba a las bailarinas hasta el autobús que las llevaba al hotel. Yo estaba en medio, me dijo que me apartara, con un tono un poco demasiado autoritario para mi gusto. Así que le enseñé los puños.
Julia estalló en una carcajada incontrolable.
– ¡Muy bien! -declaró Anthony, furioso-. ¿Conque ésas tenemos, eh? Pues no pienso contarte una palabra más.
– Te lo suplico, papá -dijo ella, risueña-. Lo siento, pero es que es irresistible.
Anthony volvió la cabeza y la miró con atención.
– Esta vez no lo he soñado, ¿de verdad me has llamado papá?
– Quizá -dijo Julia secándose las lágrimas de risa-. ¡Sigue contándome!
– Te lo advierto, Julia, si veo aunque no sea más que un amago de sonrisa, ¡se acabó! ¿Estamos?
– Prometido -aseguró ella alzando la mano derecha.
– Tu madre intervino entonces, me alejó de la compañía y le pidió al conductor del autobús que la esperara. Me preguntó qué hacía allí, a diario, sentado a la misma mesa. Creo que en ese momento todavía no se había fijado en la rosa blanca que me adornaba el ojal, de modo que se la di. Estaba tan asombrada al descubrir que yo era quien le mandaba ramos de rosas todas las noches que aproveché para contestar a su pregunta.
– ¿Qué le dijiste?
– Que había ido a pedirle la mano.
Julia se volvió hacia su padre, que le ordenó que se concentrara en la carretera.
– Tu madre se echó a reír, con esa voz tan fuerte que pones tú también cuando te burlas de mí. Cuando comprendió que de verdad estaba esperando una respuesta, le indicó al conductor que se marchara sin ella y me propuso que empezara por invitarla a cenar. Caminamos hasta una cervecería en los Campos Elíseos. Déjame que te diga lo orgulloso que me sentía al bajar a su lado por la avenida más hermosa del mundo. Tendrías que haber visto todas las miradas que se posaban sobre ella. Charlamos durante toda la cena pero al final me sentía fatal y de verdad pensaba que todas mis esperanzas morirían ahí.
– Después de haberle pedido tan rápido que se casara contigo, no sé qué podrías haber hecho que fuera más pasmoso que eso.
– Era una situación incomodísima, no tenía para pagar la cuenta, por mucho que rebuscara en mis bolsillos discretamente, no me quedaba una perra. Mis ahorros de soldado se habían ido en comprar las entradas para sus funciones y en los ramos de rosas.
– ¿Cómo te las apañaste entonces?
– Pedí un enésimo café, la cervecería estaba a punto de cerrar, tu madre se había ausentado para empolvarse la nariz. Llamé al camarero, decidido a confesarle que no tenía con qué pagar la cuenta, dispuesto a suplicarle que no armara un escándalo, a darle mi reloj como prenda y mis documentos de identidad, a prometerle que volvería a pagar en cuanto me fuera posible, como muy tarde al final de la semana. En lugar de la cuenta me tendió una bandejita en la que había una notita de tu madre.
– ¿Qué decía?
Anthony abrió su cartera y sacó un trocito de papel amarillento que desdobló antes de leerlo con voz serena.
– «Nunca se me han dado bien las despedidas y estoy segura de que a usted tampoco. Gracias por esta deliciosa velada, las rosas inglesas son mis preferidas. A finales de febrero estaremos en Manchester, y me encantaría volver a verlo en la sala. Si viene, esta vez dejaré que sea usted quien me invite a cenar.» ¿Ves? -concluyó Anthony, enseñándole a Julia el pedacito de papel-, firmó la notita con su nombre de pila.
– ¡Impresionante! -dijo Julia en voz baja-. ¿Y por qué te escribió esa nota?
– Porque tu madre se había percatado de la situación en la que me encontraba.
– ¿Cómo?
– Un tipo que se bebe un café tras otro a las dos de la mañana y al que ya no se le ocurre nada que decir cuando las luces de la cervecería empiezan a apagarse…
– ¿Y fuiste a Manchester?
– Primero trabajé para ganar algo de dinero. Tenía varios empleos a la vez. Por las mañanas, a las cinco, estaba en el mercado de Les Halles descargando mercancía, después, me iba corriendo a un café del barrio donde estaba contratado como camarero. A mediodía, cambiaba el delantal por un atuendo de dependiente en un ultramarinos. Perdí cinco kilos y gané lo suficiente para ir a Inglaterra y comprar una entrada para el teatro donde bailaba tu madre y, sobre todo, para ofrecerle una cena como Dios manda. Logré el sueño imposible de estar sentado en primera fila. En cuanto se levantó el telón, ella me sonrió.
«Después de la función, fuimos juntos a un viejo pub de la ciudad. Yo estaba extenuado. Me avergüenzo al recordarlo, pero me quedé dormido en la sala, y sabía que tu madre se había dado cuenta. Aquella noche casi no hablamos durante la cena. Intercambiamos silencios; y cuando ya le hacía una seña al camarero para que me trajera la cuenta, tu madre me miró fijamente y sólo dijo: «Sí.» Yo la miré a mi vez, intrigado, y ella repitió ese «sí», con una voz tan clara que aún resuena en mis oídos. «Sí, quiero casarme con usted.» Estaba previsto que la revista permaneciera dos meses en cartel en Manchester. Tu madre se despidió de la compañía, y cogimos un barco para volver a Estados Unidos. Nos casamos nada más llegar. Un cura y dos testigos que habíamos encontrado en la sala. Nadie de nuestras respectivas familias se desplazó hasta allí. Mi padre no me perdonó nunca que me casara con una bailarina.
Con sumo cuidado, Anthony guardó en su lugar el papelito amarillento.
– ¡Anda, acabo de encontrar el certificado de mi marcapasos! ¡Mira que soy tonto! En lugar de meterlo en el pasaporte, lo había guardado en la cartera, como un idiota.
Julia asintió con la cabeza, dubitativa.
– ¿Esto de ir a Berlín era la típica idea tuya para proseguir nuestro viaje?
– ¿Tan poco me conoces para que necesites hacerme esa pregunta?
– Y lo del coche alquilado, tu certificado supuestamente perdido, ¿también lo has hecho a propósito para que fuéramos juntos durante todo el trayecto?
– Aunque todo hubiera sido premeditado, tampoco habría sido tan mala idea, ¿no?
Un cartel indicaba que entraban en Alemania. Con una expresión de descontento, Julia devolvió el retrovisor a su sitio.
– ¿Qué pasa, ya no dices nada? -quiso saber Anthony.
– La víspera del día en que apareciste en nuestra habitación para descalabrar a Tomas, habíamos decidido casarnos. Eso no se hace, mi padre no soportaba que yo quisiera casarme con un hombre que no pertenecía a su mundo.
Anthony se volvió hacia la ventanilla.