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Desde la frontera alemana, Anthony y Julia no habían intercambiado una sola palabra. De vez en cuando, Julia subía el volumen de la radio, y Anthony lo bajaba al instante. Un bosque de pinos se erguía en el paisaje. En el lindero de la pineda, una hilera de bloques de hormigón cerraba un desvío que ya no se utilizaba. Julia reconoció a lo lejos las formas siniestras de los antiguos edificios de la zona fronteriza de Marienborn, hoy en día convertidos en memorial.
– ¿Cómo os las apañasteis para pasar la frontera? -preguntó Anthony, mirando desfilar tras el cristal los miradores decrépitos.
– ¡Le echamos cara! Uno de los amigos con los que viajaba era hijo de diplomático, así que dijimos que íbamos a visitar a nuestros padres, que estaban destinados en Berlín Occidental.
Anthony se echó a reír.
– En lo que a ti respecta, la excusa no estaba exenta de ironía.
Apoyó las manos sobre las rodillas. -Siento mucho que no se me ocurriera entregarte esa carta antes -añadió.
– ¿Lo dices de verdad?
– No lo sé, en cualquier caso, me siento más ligero ahora que te lo he dicho. ¿Te importa parar cuando puedas? -¿Por qué?
– No sería ninguna tontería que tú descansaras un poco, y además a mí me gustaría estirar las piernas.
Un cartel anunciaba una área de servicio a diez kilómetros de allí. Julia prometió detenerse en ella.
– ¿Por qué os fuisteis mamá y tú a Montreal?
– No teníamos mucho dinero, bueno, sobre todo yo, tu madre tenía unos ahorros que no tardamos en gastar. La vida en Nueva York se hacía cada vez más difícil. Fuimos felices allí, ¿sabes? Creo incluso que fueron nuestros mejores años.
– Eso te enorgullece, ¿verdad? -preguntó Julia con voz agridulce.
– ¿El qué?
– Haberte marchado sin blanca y haber triunfado.
– ¿A ti no? ¿A ti no te enorgullece tu audacia? ¿No te sientes satisfecha cuando ves a un niño jugar con un peluche que es el fruto de tu imaginación? Cuando te paseas por un centro comercial y descubres en un cine el cartel de una película cuya historia has creado tú, ¿no te sientes orgullosa?
– Me contento con alegrarme, que no es poco.
El coche tomó la salida del área de servicio. Julia aparcó junto a una acera que delimitaba una gran extensión de césped. Anthony abrió la puerta y miró fijamente a su hija justo antes de salir.
– ¡Bueno, vaaale…! -dijo, y se alejó.
Ella apagó el motor y apoyó la cabeza sobre el volante.
– Pero ¿qué estoy haciendo aquí?
Anthony atravesó una zona de juegos reservada a los niños y entró en la gasolinera. Unos momentos después, regresó cargado con una bolsa de provisiones, abrió la puerta y dejó sus compras sobre el asiento.
– Ve a refrescarte un poco, he comprado lo necesario para que recuperes fuerzas. Mientras tanto yo vigilaré el coche.
Julia obedeció. Rodeó los columpios, evitó la zona de arena y entró ella también en la gasolinera. Cuando salió, encontró a Anthony tumbado a los pies de un tobogán, con los ojos fijos en el cielo.
– ¿Estás bien? -preguntó, inquieta.
– ¿Crees que estoy ahí arriba?
Desconcertada por la pregunta, Julia se sentó en la hierba, justo a su lado. A su vez, levantó la cabeza.
– No tengo ni idea. Durante mucho tiempo, busqué a Tomas entre las nubes. Estaba segura de haberlo reconocido varias veces y, sin embargo, está vivo.
– Tu madre no creía en Dios, yo sí. Entonces, ¿qué crees tú, que estoy en el Cielo sí o no?
– Perdóname si no puedo contestar a tu pregunta, no lo consigo.
– ¿No consigues creer en Dios?
– No consigo aceptar la idea de que estás aquí, a mi lado, que te estoy hablando cuando…
– ¡Cuando estoy muerto! Ya te lo he dicho, aprende a no tener miedo de las palabras. Las palabras adecuadas son importantes. Por ejemplo, si me hubieras dicho antes: «Papá, eres un cerdo y un imbécil que nunca entendió nada de mi vida, un egoísta que quería moldear mi vida a semejanza de la suya propia; un padre como muchos otros, que me hacía daño diciéndome que era por mi bien cuando en realidad era por el suyo», quizá te habría escuchado. Quizá no habríamos perdido todo este tiempo, quizá habríamos sido amigos. Reconoce que habría sido estupendo ser amigos. Julia se quedó callada.
– Mira, por ejemplo, estas palabras son pertinentes: a falta de ser un buen padre, me habría gustado ser tu amigo.
– Deberíamos reemprender camino -dijo Julia con voz temblorosa.
– Esperemos un poco todavía, creo que mis reservas de energía no están a la altura de lo que prometía el folleto; si sigo gastándolas de este modo, temo que nuestro viaje no dure todo lo que teníamos previsto.
– Podemos tomarnos todo el tiempo que necesites. Berlín ya no está tan lejos, y, además, habiendo transcurrido veinte años, poco importa que lleguemos unas horas antes o después.
– Diecisiete años, Julia, no veinte.
– La cosa no cambia mucho.
– ¿Tres años de vida? Sí, sí, es mucho. Créeme, sé de lo que hablo.
Padre e hija permanecieron así tumbados con los brazos cruzados detrás de la cabeza, ella en la hierba, él, a los pies del tobogán, ambos inmóviles, escrutando el cielo.
Había pasado una hora, Julia se había quedado dormida, y Anthony la contemplaba dormir. Su sueño parecía tranquilo. De vez en cuando fruncía el ceño, pues le molestaba el pelo, que el viento empujaba sobre su rostro. Con una mano titubeante, Anthony le apartó un mechón de la cara. Cuando Julia volvió a abrir los ojos, el cielo se teñía ya del color sombrío del atardecer. Anthony ya no estaba a su lado. Oteó el horizonte buscándolo y reconoció su silueta, sentado en el coche. Julia volvió a calzarse los zapatos, que sin embargo no recordaba haberse quitado, y corrió hacia el aparcamiento.
– ¿He dormido mucho rato? -preguntó, arrancando el motor.
– Dos horas, quizá más. No he llevado cuenta del tiempo.
– ¿Y tú, mientras, qué hacías?
– Esperar.
El coche abandonó el área de servicio y volvió a la autopista. Sólo quedaban ochenta kilómetros hasta Potsdam.
– Llegaremos al caer la noche -dijo Julia-. No tengo la menor idea de qué hacer para encontrar a Tomas. Ni siquiera sé si sigue viviendo allí. Después de todo, es verdad, me sacaste de allí de repente, ¿quién nos dice que sigue viviendo en Berlín?
– Sí, en efecto, cabe esa posibilidad, entre el alza de los precios de las casas, su mujer, sus trillizos y su familia política, que se ha ido a vivir con ellos, quizá se hayan instalado en un elegante chalet en el campo.
Julia miró rabiosa a su padre, que, de nuevo, le indicó que se concentrara en la carretera.
– Es fascinante cómo puede el miedo inhibir el espíritu -prosiguió él.
– ¿Qué estás insinuando?
– Nada, una idea como otra cualquiera. A propósito, no querría meterme donde no me llaman, pero ya sería hora de que le dieras noticias tuyas a Adam. Hazlo al menos por mí, ya no soporto a Gloria Gaynor, no ha parado de berrear en tu bolso mientras dormías.
Y Anthony entonó una endiablada parodia del Will Survive. Julia hizo lo posible por no echarse a reír, pero cuanto más fuerte cantaba Anthony, más risa le daba. Cuando se adentraron en la periferia de Berlín ambos reían.
Anthony guió a Julia hasta el hotel Brandenburger Hof.
Nada más llegar los recibió un botones, que saludó al señor Walsh al bajar del coche. «Buenas noches, señor Walsh», dijo a su vez el portero, poniendo en marcha la puerta giratoria. Anthony cruzó el vestíbulo y se dirigió a la recepción, donde el empleado lo saludó por su nombre. Aunque no habían reservado, y en esa época del año el hotel estaba completo, les aseguró que pondrían a su disposición dos habitaciones de la mejor categoría. Lo sentían mucho, pero no podrían estar en el mismo piso. Anthony le dio las gracias, añadiendo que no tenía importancia. Al entregarle las llaves al mozo de las maletas, el recepcionista le preguntó a Anthony si deseaba que les reservara una mesa en el restaurante gastronómico del hotel.
– ¿Quieres que cenemos aquí? -le preguntó Anthony a Julia, volviéndose hacia ella.
– ¿Eres accionista de este hotel? -quiso saber ella.
– En caso contrario -prosiguió Anthony-, conozco un fantástico restaurante asiático a dos minutos de aquí. ¿Te sigue gustando tanto la cocina china?
Y como Julia no contestaba, Anthony rogó al recepcionista que les reservara mesa para dos en la terraza del China Garden.
Tras refrescarse un poco, Julia se reunió con su padre y se marcharon a pie hasta el restaurante. -¿Estás contrariada?
– Es increíble cómo ha cambiado todo -contestó ella.
– ¿Has hablado con Adam?
– Sí, lo he llamado desde mi habitación.
– ¿Y qué ha dicho?
– Que me echaba de menos, que no entendía por qué me había marchado así, ni tras qué corría de esa manera, que había ido a buscarme a Montreal, pero que nos habíamos cruzado; una hora menos y habríamos coincidido.
– ¡Imagínate qué cara habría puesto si nos hubiera encontrado juntos!
– También me ha pedido cuatro veces que le prometiera que estaba sola. -¿Y?
– ¡Le he mentido cuatro veces!
Anthony empujó la puerta del restaurante y le cedió el paso a su hija.
– Si sigues así, vas a terminar por cogerle gusto -rió.
– ¡No sé qué te parece tan gracioso!
– Lo gracioso es que estamos en Berlín en busca de tu primer amor, y tú te sientes culpable por no poder confesarle a tu prometido que estabas en Montreal en compañía de tu padre. Quizá me equivoque, pero lo encuentro bastante cómico, femenino, pero cómico.
Anthony aprovechó la cena para urdir un plan. Nada más levantarse al día siguiente, irían al sindicato de periodistas para comprobar si un tal Tomas Meyer seguía siendo titular de un carnet de prensa. En el camino de regreso al hotel, Julia arrastró a su padre al Tiergarten Park.
– Yo dormí ahí una vez -dijo señalando un gran árbol a lo lejos-. Es increíble, me siento como si hubiera sido ayer.
Anthony miró a su hija con aire malicioso. Se agachó, unió las manos y estiró los brazos.
– ¿Qué haces?
– Una escalera para que trepes, vamos, date prisa, vamos a aprovechar que no hay nadie a la vista.
Julia no se hizo de rogar, tomó apoyo en las manos de su padre y trepó la verja.
– ¿Y tú? -preguntó, pasando al otro lado.
– Pasaré por los torniquetes de entrada -dijo señalando un acceso algo más lejos-. El parque no cierra hasta medianoche, a mi edad será más fácil por ahí.
En cuanto se hubo reunido con Julia, la condujo hacia el césped y se sentó al pie del gran tilo que ella le había señalado.
– Es curioso, yo también me eché alguna que otra siesta bajo este árbol cuando estaba en Alemania. Era mi rincón preferido. Cada vez que tenía permiso, venía a instalarme aquí con un libro y miraba a las chicas que paseaban por el parque. Cuando teníamos la misma edad, estábamos sentados en el mismo lugar, bueno, con varios decenios de intervalo. Con el rascacielos de Montreal, ya tenemos dos lugares donde compartir recuerdos, estoy contento.
– Es aquí donde solíamos venir Tomas y yo -dijo Julia.
– Ese chico empieza a caerme simpático.
A lo lejos se oyó el bramido de un elefante. El zoo de Berlín estaba a unos metros a sus espaldas, en el lindero del parque.
Anthony se puso en pie e instó a su hija a que lo siguiera.
– De niña, odiabas los zoológicos. No te gustaba que los animales estuvieran encerrados en jaulas. Era la época en que de mayor querías ser veterinaria. Supongo que ya no te acordarás, pero cuando cumpliste seis años te regalé un peluche muy grande; era una nutria, si mal no recuerdo. No debí de elegirla muy bien, estaba siempre enferma y te pasabas el rato curándola.
– No estarás sugiriendo que si más tarde dibujé una nutria fue gracias a ti…
– ¡Vaya ideas se te ocurren! Como si nuestra infancia pudiera desempeñar algún papel en nuestra vida adulta… Con todo lo que me reprochas, no me faltaba más que eso.
Anthony le confesó que sentía que le fallaban las fuerzas a un ritmo que lo preocupaba. Era hora de regresar, de modo que tomaron un taxi.
De vuelta en el hotel, Anthony se despidió de su hija cuando salió del ascensor y siguió camino hasta el último piso, donde se encontraba su habitación.
Tumbada en la cama, Julia pasó largo rato consultando la agenda de su móvil. Se decidió a volver a llamar a Adam, pero cuando contestó su buzón de voz, colgó para, al instante, marcar el número de Stanley.
– ¿Y bien, has encontrado lo que habías ido a buscar? -le preguntó su amigo.
– Todavía no, acabo de llegar.
– ¿Has ido a pie todo el camino?
– En coche desde París, es una larga historia.
– ¿Me echas un poquito de menos? -quiso saber él.
– ¡No irás a creer que te llamo sólo para darte noticias mías!
Stanley le confió que había pasado por su portal al volver del trabajo; no le pillaba de camino pero, sin darse cuenta, sus pasos lo habían llevado a la esquina de Horatio con Greenwich Street.
– Qué triste se ve el barrio cuando tú no estás.
– Lo dices sólo para agradar.
– Me he cruzado con tu vecino, el de la zapatería.
– ¿Has hablado con el señor Zimoure?
– Con todo el tiempo que llevamos haciéndole maleficios… Estaba en la puerta de su tienda, me ha saludado, y yo le he devuelto el saludo.
– Desde luego, no puedo dejarte solo, en cuanto me alejo unos días, empiezas a juntarte con quien no debes.
– Eres un demonio; al final, tampoco es tan desagradable, el hombre…
– Stanley, ¿no estarás tratando de decirme algo? -Pero ¿en qué estás pensando?
– Te conozco mejor que nadie, cuando conoces a alguien, y de primeras no te cae mal, eso ya de por sí es sospechoso, así que si me dices que el señor Zimoure «no es tan desagradable», ¡ganas me dan de volver mañana mismo!
– Vas a necesitar otro pretexto para volver, querida. Nos hemos saludado, nada más. También Adam ha venido a visitarme.
– ¡Desde luego, ahora sois inseparables!
– Eres tú más bien la que parece querer separarse de él. Y no es culpa mía si vive a dos calles de mi tienda. Por si todavía te interesa, no me ha dado la impresión de que estuviera muy bien. De todas maneras, para que se acerque a visitarme no puede estar muy bien. Te echa de menos, Julia, está preocupado, y creo que tiene motivos para estarlo.
– Stanley, te juro que no es eso, es incluso lo contrario.
– ¡Ah, no, no se te ocurra jurar! ¿Te crees siquiera lo que me acabas de decir?
– ¡Sí! -contestó Julia sin vacilar.
– No sabes lo triste que me pongo cuando eres tan tonta. ¿De verdad sabes dónde te arrastra este misterioso viaje? -No -murmuró Julia.
– Entonces, ¿cómo quieres que lo sepa él? Te dejo, aquí son más de las siete y he de prepararme, esta noche tengo una cena.
– ¿Con quién?
– ¿Y tú con quién has cenado? -Sola.
– Como me horroriza que me mientas, voy a colgar, llámame mañana. Un beso.
Julia no pudo prolongar la conversación, oyó un clic: Stanley ya se había marchado, probablemente hacia su vestidor.
La despertó un timbre. Julia se estiró cuan larga era, descolgó el teléfono y sólo oyó un pitido. Se levantó, cruzó la habitación, se dio cuenta entonces de que estaba desnuda y se puso en seguida un albornoz que la noche anterior había dejado al pie de la cama.
Al otro lado de la puerta esperaba un botones. Cuando Julia le abrió, éste empujó al interior de la habitación un carrito en el que habían servido un desayuno continental y dos huevos pasados por agua.
– Yo no he pedido nada -le dijo al joven, que ya estaba sirviéndolo todo en la mesita baja.
– Tres minutos y medio, el tiempo ideal para usted, para los huevos pasados por agua, por supuesto, ¿no es así?
– Exactamente -contestó Julia ahuecándose el pelo.
– ¡Eso mismo nos ha precisado el señor Walsh!
– Pero no tengo hambre… -añadió mientras el camarero quitaba con cuidado la parte superior de la cáscara de los huevos.
– El señor Walsh me advirtió de que también diría usted eso. Ah, una última cosa antes de irme: la espera en el vestíbulo del hotel a las ocho, es decir, dentro de treinta y siete minutos -dijo consultando su reloj-. Que pase un buen día, señorita Walsh, hace un tiempo magnífico, eso debería asegurarle una feliz estancia en Berlín.
Y el joven se marchó ante la mirada pasmada de Julia.
Contempló la mesa, el zumo de naranja, los cereales, los panecillos frescos, no faltaba nada. Decidida a hacer caso omiso de ese desayuno, se dirigió al cuarto de baño, dio media vuelta y se sentó en el sofá. Metió un dedo en el huevo, y al final se comió casi todo lo que tenía delante.
Tras una ducha rápida se vistió mientras se secaba el pelo, se calzó saltando a la pata coja y salió de la habitación. ¡Eran las ocho en punto!
Anthony esperaba junto a la recepción.
– ¡Llegas tarde! -le dijo justo cuando salía del ascensor.
– ¿Tres minutos y medio? -contestó ella, mirándolo dubitativa.
– Así es como te gustan los huevos, ¿verdad? No perdamos tiempo, tenemos una reunión dentro de media hora y, con los atascos, llegaremos muy justos.
– ¿Dónde hemos quedado y con quién?
– En la sede del sindicato de prensa alemán. Por algún sitio teníamos que empezar nuestra investigación, ¿no?
Anthony salió por la puerta giratoria y pidió un taxi.
– ¿Cómo lo has hecho? -quiso saber Julia, acomodándose en el interior del Mercedes amarillo.
– He llamado esta mañana a primera hora, ¡mientras tú dormías!
– ¿Hablas alemán?
– Podría decirte que una de las maravillas tecnológicas de las que estoy equipado me permite hablar con soltura quince lenguas; eso quizá te impresionará, o quizá no, pero conténtate con la explicación de que pasé varios años destinado aquí, si no se te ha olvidado ya. De esa estancia he conservado algunos rudimentos de alemán gracias a los cuales puedo hacerme comprender cuando lo necesito. Y tú que querías vivir aquí, ¿practicas un poco la lengua de Goethe? -¡Se me ha olvidado todo lo que sabía!
El taxi recorría veloz la Stülerst rasse, en el cruce siguiente tomó a la izquierda y atravesó el parque. La sombra de un gran tilo se extendía sobre un césped que lucía distintas tonalidades de verde.
El coche bordeaba ahora las orillas transformadas del río Spree. A cada lado, edificios a cual más moderno rivalizaban en transparencia, la arquitectura rompedora característica de Berlín, testigo de que los tiempos habían cambiado. El barrio que ahora descubrían lindaba con la antigua frontera donde antaño se elevaba el siniestro Muro. Pero nada subsistía de esa época. Ante sí, un gigantesco mercado albergaba un centro de conferencias bajo su gran cristalera. Un poco más lejos, un complejo más importante aún se extendía a ambos lados del río, al que se accedía por una pasarela blanca de formas livianas. Empujaron una puerta y siguieron el camino que llevaba a las oficinas del sindicato de prensa. Los recibió un empleado en la planta baja. Con un alemán bastante digno, Anthony explicó que intentaba localizar a un tal Tomas Meyer.
– ¿Con qué intención? -preguntó el empleado sin levantar los ojos de lo que estaba leyendo.
– Debo confiar cierta información al señor Tomas Meyer que sólo él puede recibir -respondió Anthony con amabilidad.
Y como este último comentario pareció por fin atraer la atención de su interlocutor, se apresuró a añadir que le estaría infinitamente agradecido al sindicato si tenía a bien comunicarle una dirección en la que pudiera ponerse en contacto con el señor Meyer. No sus señas personales, por supuesto, sino las del organismo de prensa para el que trabajaba.
El recepcionista le pidió que esperara unos minutos y fue a buscar a su superior.
El subdirector convocó a Anthony y a Julia en su despacho. Acomodado en un sofá, bajo una gran fotografía mural que representaba a su anfitrión sujetando con el brazo tendido un considerable trofeo de pesca, Anthony repitió el mismo rollo palabra por palabra. El hombre calibró a Anthony con una mirada insistente.
– ¿Busca a ese tal Tomas Meyer para confiarle exactamente qué clase de información? -preguntó mesándose el bigote.
– Es precisamente lo que no puedo revelarle, pero tenga por seguro que es primordial para él -prometió Anthony con toda la sinceridad del mundo.
– Ahora mismo no recuerdo artículos importantes publicados por ningún Tomas Meyer -dijo el subdirector, dubitativo.
– Y eso es exactamente lo que podría cambiar si gracias a usted encontráramos la manera de ponernos en contacto con él.
– ¿Y qué tiene que ver la señorita en toda esta historia?
– preguntó el subdirector, volviendo su sillón giratorio hacia la ventana.
Anthony miró a Julia, que no había pronunciado palabra desde que habían llegado.
– Nada en absoluto -contestó-. La señorita Julia es mi asistente personal.
– No estoy autorizado a darle la más mínima información sobre ninguno de nuestros miembros sindicados -concluyó el subdirector poniéndose en pie.
Anthony se levantó a su vez y fue a su encuentro, poniéndole una mano en el hombro.
– Lo que he de revelarle al señor Meyer, y sólo a él -insistió en tono autoritario-, podría cambiar el curso de su vida, para bien, puede estar seguro. No me haga creer que un responsable sindical de su competencia obstaculizaría una mejora espectacular en la carrera de uno de sus miembros. Pues, de ser así, no tendría ninguna dificultad en hacer público un comportamiento como el suyo.
El hombre se frotó el bigote y volvió a sentarse. Tecleó algo en su ordenador y volvió la pantalla hacia Anthony.
– Mire, en nuestras listas no figura ningún Tomas Meyer. Lo siento. Y aunque no tuviera carnet, lo cual es imposible, tampoco aparece en el anuario profesional, puede comprobarlo usted mismo. Y ahora, tengo trabajo, de modo que si sólo ese tal señor Meyer puede recibir sus valiosas confidencias, voy a tener que pedirle que concluyamos aquí esta entrevista.
Anthony se levantó e indicó a Julia con un gesto que lo siguiera. Se mostró muy agradecido con su interlocutor por el tiempo que les había dedicado y abandonó el recinto del sindicato.
– Supongo que tenías tú razón -masculló recorriendo la acera a pie.
– ¿Tu asistente personal? -preguntó Julia frunciendo el ceño.
– ¡Oh, te lo ruego, no pongas esa cara, algo se me tenía que ocurrir!
– ¡Señorita Julia! Lo que me faltaba por oír…
Anthony llamó a un taxi que circulaba por el otro lado de la calzada.
– Tu Tomas quizá haya cambiado de profesión.
– De ninguna manera: ser periodista no era un trabajo para él, sino una vocación. No alcanzo a imaginar que se dedique a otra cosa en la vida.
– ¡Quizá él sí! Recuérdame el nombre de esa calle sórdida en la que vivíais los dos -le pidió a su hija.
– Comeniusplatz, está detrás de la avenida Karl Marx.
– ¡Vaya, vaya!
– ¿Cómo que vaya, vaya?
– Nada, sólo buenos recuerdos, ¿verdad?
Anthony le dio las señas al taxista.
El coche cruzó la ciudad. Esta vez ya no había puestos de control, ni rastro del Muro, nada que recordara dónde terminaba el Oeste y dónde empezaba el Este. Pasaron delante de la torre de la televisión, flecha escultural cuya cúspide y antena se erguían hacia el cielo. Y cuanto más avanzaban, más cambiaba cuanto los rodeaba. Cuando llegaron a su destino, Julia no reconoció nada del barrio en el que había vivido. Ahora era todo tan diferente que su memoria parecía referirse a otra vida.
– Entonces, ¿es en este magnífico lugar donde se supone que se desarrollaron los momentos más bellos de tu vida cuando eras joven? -preguntó Anthony en tono sarcástico-. Reconozco que tiene cierto encanto. -¡Ya basta! -gritó ella.
A Anthony le sorprendió el repentino enfado de su hija. -Pero ¿y ahora qué he dicho de malo? -Te lo suplico, cállate.
Los antiguos edificios y las viejas casas que antes ocupaban la calle habían cedido paso a construcciones más recientes. No subsistía ya nada de lo que había poblado los recuerdos de Julia, excepto el parque público.
Avanzó hasta el número 2 de la calle. Antes había allí un edificio frágil y, al otro lado de la puerta verde, una escalera de madera que ascendía hasta la primera planta; Julia ayudaba a la abuela de Tomas a subir los últimos peldaños. Cerró los ojos y recordó. Primero el olor a cera cuando uno se acercaba a la cómoda, los visillos siempre cerrados que filtraban la luz y protegían de las miradas ajenas; el eterno mantel de muletón sobre la mesa, las tres sillas del comedor; un poco más allá, el sofá desgastado, frente al televisor en blanco y negro. La abuela de Tomas no había vuelto a encenderlo desde que se limitaba a difundir las buenas noticias que el gobierno quería dar. Y, detrás, el fino tabique que separaba el salón de su habitación. ¿Cuántas veces no había estado a punto Tomas de ahogar a Julia con la almohada cuando se reía de sus torpes caricias?
– Tenías el cabello más largo -dijo Anthony sacándola de su ensimismamiento.
– ¿Qué? -preguntó ella, volviéndose.
– Cuando tenías dieciocho años, llevabas el cabello más largo.
Anthony recorrió el horizonte con la mirada.
– No queda gran cosa, ¿verdad?
– No queda nada de nada, querrás decir -balbuceó Julia.
– Ven, vamos a sentarnos en ese banco de ahí enfrente, estás muy pálida, tienes que reponerte un poco.
Se instalaron en un rincón del césped, amarillento por el ir y venir de los niños.
Julia estaba callada. Anthony levantó el brazo, como si quisiera rodearle los hombros con él, pero su mano terminó por posarse en el respaldo del banco.
– ¿Sabes?, había otras casas aquí. Las fachadas eran decrépitas, no tenían muy buen aspecto, pero por dentro eran acogedoras, era…
– Mejor en tu recuerdo, sí, así es como suele ser -dijo Anthony con voz tranquilizadora-. La memoria es una artista extraña, redibuja los colores de la vida, borra lo mediocre y sólo conserva los trazos más hermosos, las curvas más conmovedoras.
– Al cabo de la calle, en lugar de esa horrible biblioteca, había un pequeño bar. Nunca había visto nada más cutre; una sala gris, del techo colgaban unos neones, había unas mesas de fórmica, la mayoría cojas, pero si supieras cuánto nos reímos en ese barucho sórdido, si supieras lo felices que fuimos allí. Sólo servían vodka y cerveza de mala calidad. A menudo ayudaba al dueño cuando tenía muchos clientes, me ponía un delantal y hacía de camarera. Mira, era allí -dijo Julia, señalando la biblioteca que había reemplazado al bar.
Anthony carraspeó.
– ¿Estás segura de que no era más bien al otro lado de la calle? Estoy viendo ahora un pequeño bar que recuerda bastante a lo que acabas de describirme.
Julia volvió la cabeza. En la esquina del bulevar y en el lado contrario al que ella le había señalado, parpadeaba un rótulo luminoso sobre la fachada deslucida de un viejo bar.
Julia se levantó, y Anthony la siguió. Subió la calle, aceleró y echó a correr, sintiendo que los últimos metros no terminaban nunca. Jadeante, abrió la puerta del bar y entró.
Habían vuelto a pintar las paredes de la sala, dos lámparas de araña sustituían ahora a los neones, pero las mesas de fórmica eran las mismas y le daban al lugar un estilo retro sumamente atractivo. Detrás del mostrador, que no había cambiado, un hombre de cabello blanco la reconoció.
Un solo cliente ocupaba una silla al fondo del local. Sentado de espaldas, se adivinaba que estaba leyendo el periódico. Conteniendo la respiración, Julia avanzó hacia él.
– ¿Tomas?