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Treinta y cinco minutos, eso se tardaba en llegar al aeropuerto. Al subirse al taxi, Julia le dijo al conductor que le pagaría el doble si llegaban a tiempo. En el segundo cruce, abrió bruscamente la puerta trasera para sentarse a su lado justo antes de que el semáforo se pusiera en verde.
– Los pasajeros tienen que ir sentados detrás -exclamó el taxista.
– Puede ser, pero el espejito está delante -dijo ella bajando la visera-. ¡Vamos, schnell, schnell!.
Lo que veía no le gustaba nada. Tenía los párpados hinchados, y los ojos y la punta de la nariz seguían colorados. Veinte años de espera para caer en los brazos de un conejo albino, para eso más valía dar media vuelta. Una curva vertiginosa le hizo fallar su primer intento de aplicarse el maquillaje. Julia se quejó, y el conductor le dijo que tenía que elegir: ¡o llegaban en quince minutos, o se paraba en la cuneta para que terminara de pintarrajearse la cara!
– ¡Siga conduciendo, y de prisa! -gritó Julia volviendo a armarse con el tubito de rímel.
Había muchos coches en la carretera. Le suplicó a su piloto que adelantara pese a la línea continua. Se arriesgaba a perder su licencia por una infracción así, pero Julia prometió que si les paraba la policía fingiría que estaba a punto de dar a luz. El conductor le hizo observar que no tenía las proporciones requeridas para que tamaña mentira resultara mínimamente creíble. Julia hinchó la tripa y se puso a gemir, con las manos detrás de la espalda. «Vale, vale», dijo el taxista, pisando el acelerador.
– Un poco más gorda sí que estoy, ¿no? -se preocupó Julia, mirándose la cintura.
Las seis y veintidós minutos, saltó fuera del coche antes de que éste se hubiera parado del todo. La terminal se extendía ante sí.
Julia preguntó dónde estaban las llegadas internacionales. El ayudante de vuelo que pasaba por ahí le indicó el extremo oeste. Tras una loca carrera, sin aliento, Julia levantó los ojos hacia la pantalla. No había ningún vuelo en proveniencia de Roma. Se quitó los zapatos y echó a correr a toda velocidad en dirección opuesta. Allí una multitud aguardaba la salida de los pasajeros. Julia se abrió paso a codazos por un lado, hasta la barandilla. Surgió una primera oleada, las puertas correderas se abrían y se cerraban conforme los viajeros iban abandonando la zona de recogida de equipaje. Turistas, gente que iba de vacaciones, comerciantes, hombres y mujeres de negocios, cada uno iba vestido según su circunstancia. Las manos se alzaban, se agitaban en el aire, algunos viajeros se besaban, se abrazaban, otros se contentaban con saludarse a distancia; allí hablaban francés, allá español, un poco más lejos, inglés, por fin, en la cuarta oleada, Julia oyó hablar italiano. Dos estudiantes, con la espalda encorvada, avanzaban cogidos del brazo, parecían dos tortugas; un cura aferrado a su breviario tenía todo el aspecto de una urraca; un copiloto y una azafata se intercambiaban las direcciones, ésos habían sido jirafas en una vida anterior; un hombre, con pinta de buho, que acudía a Berlín para asistir a un congreso, buscaba a su grupo estirando el cuello; una niña cigala corría hacia los brazos de su madre; un marido oso se reencontraba con su mujer y, de pronto, entre un centenar de rostros, apareció la mirada de Tomas, idéntica a como era hacía veinte años.
Unas arruguitas alrededor de los párpados, el hoyuelo de la barbilla un poco menos pronunciado, una barba ligera, pero esos ojos, dulces como una caricia, esa mirada que la había hecho volar sobre los tejados de Berlín, emocionarse bajo la luna llena del parque Tiergarten, no habían cambiado. Conteniendo el aliento, Julia se puso de puntillas, se arrimó cuanto pudo a la barandilla y levantó el brazo. Tomas volvió la cabeza para hablar con la joven que lo cogía por la cintura; pasaron justo por delante de Julia, cuyos talones acababan de retomar tierra. La pareja salió de la terminal y desapareció.
– ¿Quieres que pasemos primero por mi casa? -preguntó Tomas, cerrando la puerta del taxi.
– No me voy a morir porque tardemos un par de horas más en descubrir la madriguera en la que vives. Antes deberíamos ir al periódico. Ya es tarde, Knapp podría marcharse, y era importante para mi carrera que me viera, al menos ése es el pretexto que hemos puesto para que te acompañe a Berlín, ¿no?
– Potsdamerstrasse -indicó Tomas al taxista. Diez coches por detrás de ellos, una mujer se subía a otro taxi, en dirección a su hotel.
El recepcionista informó a Julia de que su padre la estaba esperando en el bar. Lo encontró sentado a una mesa junto a la ventana.
– No parece que las cosas hayan ido muy bien -dijo poniéndose en pie para recibirla. Ella se dejó caer en una butaca.
– Digamos que no podrían haber salido peor. Knapp no había mentido del todo. -¿Has visto a Tomas?
– En el aeropuerto, venía de Roma… acompañado por su mujer.
– ¿Habéis hablado? -Él no me ha visto. Anthony llamó al camarero. -¿Quieres tomar algo? -Querría volver a casa. -¿Llevaban alianza?
– Ella iba cogida de su cintura, no iba a pedirles el certificado de matrimonio.
– Me imagino que, hace apenas unos días, alguien te cogía a ti también por la cintura. No estaba ahí para verlo, puesto que se celebraban mis exequias, aunque sí, de alguna manera estaba presente… Lo siento, es que me divierte decir estas cosas.
– Pues, francamente, yo no veo qué tiene de cómico. Debíamos casarnos ese día. Este absurdo viaje termina mañana, y sin duda es mejor así. Knapp tenía razón: ¿qué derecho tengo a reaparecer en la vida de Tomas de repente?
– ¿El derecho a una segunda oportunidad, tal vez?
– ¿Para él, para ti o para mí? Era una acción egoísta y abocada al fracaso.
– ¿Qué piensas hacer ahora?
– La maleta y acostarme.
– Quería decir después de nuestro regreso.
– Hacer balance, tratar de reparar los platos rotos, olvidarlo todo y retomar mi vida, esta vez no tengo otra alternativa.
– Claro que sí, puedes llegar al final de este asunto, tener las cosas claras del todo.
– ¿Eres tú quien va a darme lecciones sobre el amor?
Anthony miró a su hija con atención y acercó su butaca a la suya.
– ¿Recuerdas lo que hacías casi todas las noches cuando eras pequeña, bueno, hasta que te caías de sueño?
– Leía bajo las mantas con una linterna.
– ¿Por qué no encendías la lámpara de tu habitación?
– Para que pensaras que dormía, cuando en realidad leía a escondidas…
– ¿Nunca te preguntaste si tu linterna era mágica?
– No, ¿por qué debería habérmelo preguntado?
– ¿Se apagó una sola vez durante todos esos años?
– No -contestó Julia, confusa.
– Y, sin embargo, nunca le cambiaste las pilas… Julia mía, ¿qué sabes del amor, tú, que sólo has amado siempre a quienes te devolvían una imagen hermosa de ti misma? Mírame a los ojos y habíame de tu boda, de tus proyectos de futuro; júrame que, exceptuando este periplo imprevisto, nada podría haber alterado tu amor por Adam. ¿Y se supone que tú lo sabrías todo de los sentimientos de Tomas, del sentido de la vida, cuando no tienes ni la más mínima idea de qué dirección darle a la tuya, sólo porque una mujer lo cogía por la cintura? Quieres que hablemos a corazón abierto, entonces me gustaría hacerte una pregunta y que me prometas responder con sinceridad. ¿Cuánto tiempo habrá durado tu historia de amor más larga? No te hablo de Tomas, ni de sentimientos soñados, sino de una relación vivida. ¿Dos, tres, cuatro, cinco años tal vez? Qué más da, dicen que el amor dura siete años. Vamos, sé sincera y contéstame. ¿Serías capaz durante siete años de entregarte a alguien sin reservas, de darlo todo, sin límites, sin dudas ni temores, sabiendo que esa persona a la que quieres más que a nada en el mundo olvidará casi todo lo que habréis vivido juntos? ¿Aceptarías que tus atenciones, tus gestos de amor se borraran de su memoria, y que la naturaleza, a la que le horroriza el vacío, llenara un día esa amnesia con reproches y anhelos no cumplidos? Consciente de que todo ello es inevitable, ¿encontrarías pese a todo la fuerza de levantarte en mitad de la noche cuando la persona a la que quieres tiene sed, o simplemente una pesadilla? ¿Tendrías ganas todas las mañanas, de prepararle el desayuno, de velar por distraerla todo el día, divertirla, leerle cuentos cuando se aburra, cantarle canciones, salir porque necesitará que le dé el aire, incluso cuando hace un frío helador? Y, al llegar la noche, ¿ignorarás el cansancio, irás a sentarte al pie de su cama para aplacar sus miedos y hablarle de un porvenir que, irremediablemente, vivirá lejos de ti? Si tu respuesta a cada una de esas preguntas es sí, entonces perdóname por haberte juzgado mal, sabes de verdad lo que es amar. -¿Me estás hablando de mamá?
– No, querida, te estoy hablando de ti. Este amor que acabo de describirte es el de un padre o una madre por sus hijos. Cuántos días y cuántas noches pasados velando por vosotros, al acecho del más mínimo peligro que pudiera amenazaros, mirándoos, ayudándoos a crecer, secando vuestras lágrimas, haciéndoos reír; cuántos parques en invierno y cuántas playas en verano, cuántos kilómetros recorridos, cuántas palabras repetidas, cuánto tiempo dedicado a vosotros. Y, sin embargo, sin embargo…, ¿a qué edad se remontan vuestros primeros recuerdos de infancia?
»¿Te imaginas hasta qué punto hay que amar para aprender a no vivir más que por vosotros, sabiendo que lo olvidaréis todo de vuestros primeros años, que en los años venideros sufriréis por lo que no hayamos hecho bien, que llegará un día, irremediablemente, en que os separaréis de nosotros, orgullosos de vuestra libertad?
»Me reprochas mis ausencias; ¿sabes cómo se sufre el día en que los hijos se van? ¿Te has imaginado siquiera el sabor de esa ruptura? Voy a decirte lo que ocurre, uno está ahí como un idiota en la puerta mirándoos marchar, convenciéndose de que tiene que alegrarse de esa partida necesaria, amar la despreocupación que os empuja y a nosotros nos desposee de nuestra propia carne. Una vez cerrada la puerta, hay que volver a aprenderlo todo; volver a aprender a amueblar las habitaciones vacías, a no acechar ya más el ruido de vuestros pasos, a olvidar esos crujidos tranquilizadores en la escalera cuando volvíais tarde por la noche, y uno se dormía por fin tranquilo, mientras que ahora tiene que tratar de conciliar el sueño, en vano, puesto que ya no volveréis. ¿Ves, Julia mía?, sin embargo, ningún padre ni ninguna madre se vanagloria de ello, en eso consiste amar, y no tenemos elección puesto que os amamos. Siempre me guardarás rencor por haberte separado de Tomas; por última vez te pido perdón por no haberte entregado antes esa carta.
Anthony levantó el brazo y pidió al camarero que les llevara agua. Su frente estaba perlada de sudor, y se sacó un pañuelo del bolsillo para enjugárselo.
– Te pido perdón -repitió, con el brazo aún en alto-, te pido perdón, te pido perdón, te pido perdón.
– ¿Te encuentras mal? -se preocupó Julia.
– Te pido perdón -repitió Anthony tres veces seguidas.
– ¿Papá?
– Te pido perdón, te pido perdón…
Se levantó, tambaleándose, y volvió a dejarse caer sobre la butaca.
Julia pidió ayuda al camarero, pero Anthony le aseguró con un gesto que no era necesario.
– ¿Dónde estamos? -preguntó, aturdido. -¡En Berlín, en el bar del hotel!
– Pero ¿dónde estamos ahora? ¿Qué día es hoy? ¿Qué estoy haciendo aquí?
– ¡Para! -suplicó Julia, muy asustada-. Estamos a viernes, hemos hecho juntos este viaje. Salimos de Nueva York hace cuatro días para encontrar a Tomas, ¿te acuerdas? Fue por ese dibujo tan tonto que vi en un muelle en Montreal. Tú me lo regalaste, querías venir aquí, dime que lo recuerdas. Estás cansado, nada más, tienes que ahorrar batería; sé que es absurdo, pero me lo explicaste tú. Querías que habláramos de todo, y sólo hemos hablado de mí. Tienes que recuperarte, nos quedan dos días, para nosotros dos solos, para decirnos todas las cosas que nunca nos dijimos. Quiero volver a saber todo lo que he olvidado, volver a oír los cuentos que me contabas. El de ese aviador que se perdió en las orillas de un río de la selva amazónica, cuando su avión, sin carburante, tuvo que aterrizar, y la nutria que lo guió. Recuerdo el color de su pelaje, era azul, de un azul que sólo tú podías describir, como si tus palabras fueran lápices de colores.
Julia tomó a su padre del brazo para acompañarlo hasta su habitación.
– Tienes mala cara, duerme y mañana habrás recuperado las fuerzas.
Anthony no quiso tumbarse en la cama. La butaca junto a la ventana le bastaba.
– ¿Sabes? -dijo sentándose-, tiene gracia, todos encontramos buenas excusas para no permitirnos amar, por miedo a sufrir, por miedo a que un día nos abandonen. Y, sin embargo, cuánto amamos la vida, pese a saber que algún día nos abandonará.
– No digas eso…
– Deja de proyectarte en el futuro, Julia. No hay platos rotos que reparar. Sólo hay cosas que vivir, y nunca ocurre como uno había previsto. Pero lo que puedo decirte es que la vida pasa a una velocidad de vértigo. ¿Qué haces aquí conmigo en esta habitación? Vete, ve a caminar tras los pasos de tus recuerdos. Querías hacer balance, así que vete, vete corriendo. Hace veinte años estabas aquí, ve a recuperar esos años mientras aún estás a tiempo. Tomas está en la misma ciudad que tú esta noche, ¿qué importa que lo veas o no? Respiráis el mismo aire. Sabes que está aquí, más cerca de ti de lo que lo estará nunca. Sal, párate bajo cada ventana iluminada, levanta la cabeza, pregúntate qué sientes cuando creas reconocer su silueta tras una cortina; y si piensas que es él, grita su nombre desde la calle, te oirá, bajará o no, te dirá que te ama o que te largues para siempre, pero al menos sabrás a qué atenerte.
Rogó a Julia que lo dejara solo. Ésta se acercó a él, y Anthony sonrió.
– Siento mucho haberte asustado antes en el bar, no debería haberlo hecho -dijo con un tonillo de falso remordimiento.
– No irás a decirme que has simulado ese malestar…
– ¿Crees que no eché de menos a tu madre cuando empezó a perder la memoria? No eres la única que perdió a quien amaba. Viví cuatro años a su lado sin que ella tuviera la más mínima idea de quién era yo. ¡Y ahora vete, corre, es tu última noche en Berlín!
Julia fue a su habitación y se tumbó en la cama. Los programas de televisión no tenían ningún interés, las revistas que había en la mesita baja estaban todas en alemán. Se levantó y se decidió por fin a disfrutar de la cálida temperatura nocturna. Para qué quedarse en la habitación, mejor ir a pasear por la ciudad y aprovechar esos últimos momentos en Berlín. Rebuscó en su maleta para encontrar un jersey; en el fondo, su mano rozó el sobre azul que en el pasado había escondido entre las páginas de un libro de historia guardado en la estantería de la habitación de su infancia. Miró la letra manuscrita y se guardó la carta en el bolsillo.
Antes de salir del hotel, volvió al último piso y llamó a la puerta de la suite donde descansaba su padre.
– ¿Has olvidado algo? -preguntó Anthony al abrirle.
Julia no contestó.
– No sé adonde vas, y seguro que es mejor así, pero no te olvides de que mañana a las ocho te estaré esperando en el vestíbulo. He reservado un coche, no podemos perder ese avión, tienes que llevarme de vuelta a Nueva York.
– ¿Crees que algún día se deja de sufrir por amor? -preguntó Julia en el umbral de la puerta.
– ¡Si tienes suerte, nunca!
– Entonces, me toca a mí pedirte perdón; debería haber compartido esto contigo antes. Me pertenecía y quería tenerlo sólo para mí, pero te concierne a ti también.
– ¿De qué se trata?
– De la última carta que me escribió mamá.
Se la tendió a su padre y se marchó.
Anthony contempló a su hija alejarse. Su mirada se posó en el sobre que le había entregado. En seguida reconoció la letra de su mujer, respiró profundamente y, sintiendo un peso en los hombros, fue a sentarse en una butaca para leerla.
Julia:
Entras en esta habitación, tu silueta se recorta en este rayo de luz que inventa la puerta que entornas. Oigo avanzar tus pasos hacia mí. Conozco bien los rasgos de tu rostro, a veces busco tu nombre, conozco tu olor familiar, puesto que me sienta bien. Sólo esa fragancia especial me aleja de esta inquietud que me atenaza desde hace tan largos días. Debes de ser esa muchacha que viene a menudo al caer la tarde, entonces la noche debe de estar cerca puesto que avanzas hasta mi cama. Tus palabras son dulces, más tranquilas que las del hombre del mediodía. A él también lo creo cuando dice que me ama, puesto que parece querer que esté bien. Sus gestos son los que son dulces; a veces se levanta y va hacia la otra luz que domina los árboles al otro lado de la ventana; a veces apoya la cabeza en ella y llora por una pena que yo no entiendo. Me llama por un nombre que tampoco conozco pero que vuelvo a hacer mío cada instante, sólo para complacerlo. Tengo que confesarte que cuando le sonrío al llamarme por ese nombre lo noto como más despreocupado. Entonces le sonrío también para agradecerle el haberme alimentado.
Te has sentado junto a mí, en el borde de la cama. Sigo con la mirada los dedos finos de tu mano, que acarician mi frente. Ya no tengo miedo. No dejas de llamarme, y leo en tus ojos que tú también quieres que te dé un nombre. Pero en tus ojos ya no hay tristeza, por eso me gusta tu visita. Cierro los míos cuando tu muñeca pasa por encima de mi nariz. Tu piel huele a mi infancia, ¿o era la tuya? Eres mi hija, amor mío, ahora lo sé, y durante algunos segundos más todavía. Tantas cosas que decirte y tan poco tiempo. Quisiera que rieras, mi vida, que corras a decirle a tu padre, que va a esconderse a la ventana para llorar, que no llore más, que lo reconozco a veces, dile que sé quién es, dile que recuerdo cómo nos hemos amado puesto que lo amo de nuevo cada vez que viene a verme.
Buenas noches, mi amor, aquí duermo, y espero.
Tu madre