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Knapp los estaba esperando en recepción. Tomas lo había llamado al salir del aeropuerto para avisarle de su llegada. Después de saludar a Marina y abrazar a su amigo, los llevó a los dos a su despacho.
– Qué bien que estés aquí -le dijo a Marina-, me vienes de perlas para resolverme un problema. Vuestro primer ministro está de visita en Berlín esta noche, y la periodista que debía cubrir el acontecimiento y la fiesta de gala ofrecida en su honor se ha puesto enferma. Tenemos tres columnas reservadas en la edición de mañana, así que tienes que cambiarte de ropa y marcharte ahora mismo. Necesitaré tu artículo antes de las dos de la madrugada, para que pueda enviarlo al corrector. Tiene que estar en las rotativas antes de las tres. Siento mucho interferir en vuestros planes si es que teníais alguno para esta noche, ¡pero es urgente, y el periódico es lo más importante!
Marina se levantó, se despidió de Knapp, besó a Tomas en la frente y le murmuró al oído «Arrivederci, tontorrón», antes de marcharse.
Tomas pidió disculpas a Knapp y corrió a alcanzarla en el pasillo.
– ¿No irás a obedecerlo sin rechistar? ¿Y qué hay de nuestra cena íntima?
– ¿Y tú, acaso no lo obedeces tú sin rechistar? ¿Recuérdame a qué hora salía tu avión para Mogadiscio? Tomas, me lo has dicho mil veces, la carrera es lo primero, ¿no? Mañana ya no estarás aquí, y Dios sabe durante cuánto tiempo. Cuídate. Si los vientos nos son propicios, nuestras vidas terminarán por volver a cruzarse en una ciudad o en otra.
– Coge al menos las llaves de mi apartamento, ven a escribir tu artículo en casa.
– Estaré mejor en el hotel. Difícilmente creo que pueda concentrarme, la tentación de visitar tu palacio sería irresistible.
– Sólo hay una habitación, ¿sabes?, se ve todo en un momento.
– Desde luego eres mi tontorrón preferido, estaba hablando de darte un revolcón, idiota. Habrá que dejarlo para otra vez, Tomas, y si cambio de opinión, me encantará despertarte llamando a tu puerta. ¡Hasta pronto!
Marina le dirigió un ciao con la mano y se alejó.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Knapp a Tomas cuando éste volvió al despacho y cerró con un sonoro portazo.
– ¡Eres un asqueroso! Vengo una noche a Berlín con Marina, la última antes de marcharme, y te las apañas para quitármela. ¿Quieres hacerme creer que no tenías a nadie más a quien recurrir? ¿Qué pasa, maldita sea? ¿Te gusta, y estás celoso? ¿Te has vuelto tan ambicioso que ya sólo cuenta tu periódico? ¿Querías que pasáramos la velada juntos?
– ¿Has terminado? -preguntó Knapp volviendo a sentarse a su mesa de trabajo.
– ¡Reconoce lo cabrón que eres! -prosiguió Tomas, furioso.
– Dudo mucho de que compartamos esta velada. Siéntate en esa butaca, tengo que hablarte y, visto lo que tengo que decirte, prefiero que estés sentado.
El parque Tiergarten estaba sumido en la luz del anochecer. Unas viejas farolas difundían su halo amarillento por todo el camino de adoquines. Julia avanzó hasta el canal. En el lago, los barqueros amarraban sus embarcaciones unas a otras. Julia continuó su camino hasta el lindero del zoo. Algo más lejos, un puente se levantaba sobre el río. Atajó por el bosque, sin miedo a perderse, como si cada sendero, cada árbol que cruzaba, le fueran familiares. Ante sí se erguía la columna de la Vic toria. Dejó atrás la rotonda, sus pasos la guiaban hacia la Pu erta de Brandemburgo. De pronto reconoció el lugar en el que se encontraba y se detuvo. Hacía casi veinte años, al cabo de esa avenida se levantaba un trozo de Muro. Era allí donde, por primera vez, había visto a Tomas. Hoy, un banco bajo un tilo recibía a los visitantes.
– Estaba seguro de que te encontraría aquí -dijo una voz a su espalda-. Conservas aún los mismos andares.
Con el corazón en un puño, Julia dio un respingo.
– ¿Tomas?
– No sé qué se hace en estas circunstancias, ¿darse la mano, besarse? -dijo con voz vacilante. -Yo tampoco lo sé -dijo ella.
– Cuando Knapp me ha dicho que estabas en Berlín, sin poder precisarme dónde encontrarte, primero he pensado en llamar a todos los albergues juveniles de la ciudad, pero ahora hay demasiados. Así que he pensado que, con un poco de suerte, volverías aquí.
– Tu voz es la misma, un poco más grave -dijo ella con una sonrisa frágil.
Tomas avanzó un paso hacia ella.
– Si lo prefieres, podría trepar a ese árbol y saltar desde esa rama de ahí, es casi la misma altura que la primera vez que me caí encima de ti.
Dio un paso más y la abrazó.
– El tiempo ha pasado de prisa y tan despacio a la vez -dijo abrazándola aún más fuerte.
– ¿Estás llorando? -le preguntó Julia acariciándole la mejilla.
– No, no es más que una mota de polvo que se me ha metido en el ojo, ¿y tú?
– Otra mota igual, su hermana gemela será, qué tontería porque no hay viento.
– Entonces cierra los ojos -le pidió él.
Y, recuperando los gestos del pasado, le rozó los labios con las yemas de los dedos antes de besar cada uno de sus párpados.
– Era la manera más bonita de darme los buenos días. Julia abandonó su rostro contra la nuca de Tomas. -Hueles igual que antes, nunca podría olvidar ese olor. -Ven -dijo-, hace frío, estás temblando. Tomas cogió a Julia de la mano y la llevó hacia la Pu erta de Brandemburgo.
– ¿Has ido antes al aeropuerto? -Sí, ¿cómo lo sabes?
– ¿Por qué no me has hecho un gesto o algo? -Creo que no me apetecía mucho saludar a tu mujer. -Se llama Marina. -Un bonito nombre.
– Es una amiga con la que tengo una relación epistolar. -¿Quieres decir episódica?
– ¡Ah, sí…!, sigo sin hablar perfectamente tu idioma.
– Pues yo diría que te las apañas bastante bien.
Abandonaron el parque y cruzaron la plaza. Tomas la llevó a la terraza de un café. Se instalaron a una mesa y permanecieron largo rato mirándose en silencio, incapaces de encontrar las palabras que decirse.
– Es increíble, no has cambiado nada -dijo entonces él.
– Sí, te aseguro que he cambiado en veinte años. Si me vieras al despertarme por las mañanas, te darías cuenta de que han pasado los años.
– No lo necesito. He contado cada uno de esos años.
El camarero descorchó la botella de vino blanco que Tomas había pedido.
– Tomas, en cuanto a tu carta, tienes que saber…
– Knapp me lo ha contado todo sobre vuestro encuentro. ¡Tu padre, siempre fiel a su proyecto de separarnos!
Alzó su copa y brindó delicadamente. Delante de ellos, una pareja se detuvo en la plaza, maravillada por la belleza de las columnas.
– ¿Eres feliz?
Julia no dijo nada.
– ¿Qué es de tu vida? -quiso saber Tomas. -En este momento de mi vida estoy en Berlín, contigo, tan desamparada como hace veinte años. -¿Por qué este viaje?
– No tenía ninguna dirección a la que contestarte. Tu carta había tardado veinte años en llegarme, ya no confiaba en el correo.
– ¿Estás casada, tienes hijos?
– Todavía no -contestó Julia.
– ¿Todavía no tienes hijos o todavía no estás casada? -Las dos cosas. -¿Y proyectos?
– Antes no tenías esa cicatriz en la barbilla. -Antes sólo había saltado desde lo alto de un muro, aún no había saltado por los aires tras pisar una mina. -Se te ve más robusto ahora -dijo Julia sonriendo. -¡Gracias!
– Era un cumplido, te lo prometo, te sienta muy bien.
– Qué mal mientes, pero he envejecido, es indiscutible. ¿Tienes hambre?
– No -contestó Julia bajando los ojos.
– Yo tampoco. ¿Quieres que caminemos un poco?
– Tengo la impresión de que cada palabra que digo es una tontería.
– No, hombre, no, pero aún no me has desvelado nada sobre tu vida -dijo Tomas con aire triste. -He encontrado nuestro bar, ¿sabes? -Pues yo nunca he vuelto allí. -El dueño me reconoció. -¿Ves como no has cambiado?
– Han derruido el viejo edificio en el que vivíamos y han construido uno nuevo en su lugar. De nuestra calle sólo queda el jardincito de enfrente.
– Quizá sea mejor así. No guardaba buenos recuerdos de allí, salvo los pocos meses que pasamos juntos. Ahora vivo en Berlín Oeste. Para muchos, eso ya no significa nada, pero yo, desde las ventanas de mi casa, todavía veo la frontera.
– Knapp me ha hablado de ti -dijo Julia.
– ¿Qué te ha dicho?
– Que tenías un restaurante en Italia y toda una patulea de hijos que te ayudaban a cocinar pizzas -contestó ella.
– Qué idiota… ¿De dónde habrá sacado una tontería así?
– Del recuerdo del daño que te he hecho.
– Supongo que yo también te habré hecho daño a ti, puesto que me creías muerto…
Tomas miró a Julia entornando los párpados.
– Es algo pretencioso lo que acabo de decir, ¿verdad?
– Sí, un poco, pero es cierto.
Tomas tomó la mano de Julia entre las suyas.
– Cada uno siguió su camino, la vida lo decidió así. Tu padre contribuyó mucho a ello, pero parece que el destino no quería reunimos.
– O quería protegernos… Quizá habríamos terminado por no soportarnos; nos habríamos divorciado, tú serías el hombre al que más odiaría en el mundo, y ahora no estaríamos pasando esta velada juntos.
– ¡Sí, para discutir sobre la educación de nuestros hijos! Y hay parejas que se separan y aun así siguen siendo amigos. ¿Hay alguien en tu vida? ¡Si pudieras no escurrir la pregunta esta vez!
– ¡Eludir!
– ¿Qué?
– Querías decir eludir la pregunta, escurrir se aplica más bien a algo que está mojado y quieres quitarle el agua.
– Hablando de agua, me estás dando una idea. ¡Sígueme! En la terraza vecina había un restaurante de marisco.
Tomas corrió a sentarse a una mesa, obviando las miradas furiosas de unos turistas que esperaban su turno.
– ¿Ahora haces cosas así? -preguntó Julia sentándose-. No es muy civilizado. ¡Nos van a echar!
– ¡En mi oficio, hay que tener recursos! Además, el dueño es amigo mío, tenemos que aprovechar.
Éste vino precisamente a saludar a Tomas.
– La próxima vez, intenta ser más discreto, me vas a enemistar con mi clientela -le susurró al oído el dueño del restaurante.
Tomas le presentó a Julia a su amigo.
– ¿Qué recomendarías a dos personas que no tienen nada de hambre? -le preguntó.
– ¡Pues voy a empezar por traeros un cóctel de gambas, porque el comer, como el rascar, todo es empezar!
El dueño desapareció. Antes de entrar en la cocina, se volvió, levantó el pulgar y, con un guiño muy elocuente, le dio a entender a Tomas que encontraba guapísima a Julia.
– Me he convertido en dibujante. -Ya lo sé. Me encanta tu nutria azul… -¿La has visto?
– Te mentiría si te dijera que no me pierdo una sola de tus películas de dibujos animados, pero como en mi profesión todo se sabe, el nombre de su creadora ha llegado hasta mis oídos. Estaba en Madrid, una tarde que tenía un poco de tiempo libre. Me fijé en el cartel y entré en la sala; tengo que confesarte que no entendí todos los diálogos, el español no es mi fuerte, pero creo que capté lo esencial de la historia. ¿Puedo preguntarte una cosa?
– Todo lo que quieras.
– ¿No te habrás inspirado en mí por casualidad para crear el personaje del oso?
– Según Stanley, el del erizo se parece más a ti. -¿Quién es Stanley? -Mi mejor amigo.
– ¿Y cómo puede saber que me parezco a un erizo?
– Será porque es muy intuitivo y perspicaz, o porque le hablaba a menudo de ti.
– Vaya, parece que tiene muchas virtudes, ese Stanley. Y ¿qué tipo de amigo es?
– Un amigo viudo con el que he compartido muchos momentos.
– Lo siento por él.
– Me refería a buenos momentos.
– Y yo al hecho de que hubiera perdido a su mujer, ¿hace tiempo que murió? -Su compañero…
– Entonces lo siento aún más por él. -¡Qué tonto eres!
– Ya lo sé, es una tontería, pero me cae más simpático ahora que me dices que amaba a un hombre. ¿Y quién te inspiró el personaje de la comadreja?
– Mi vecino de abajo, que tiene una zapatería. Habíame de cuando fuiste a ver mis dibujos animados, ¿cómo fue esa tarde?
– Triste, cuando terminó la película. -Te he echado de menos, Tomas.
– Yo también a ti, mucho más de lo que puedes imaginar. Pero deberíamos cambiar de tema. En este restaurante no hay polvo al que podamos tachar de nuestras lágrimas.
– ¡Al que podamos culpar! Eso es lo que querías decir.
– Qué más da. Días como los que viví en España he conocido centenares, aquí o en otra parte, y todavía me pasa a veces. ¿Ves?, de verdad tenemos que hablar de otra cosa, de lo contrario me voy a culpar a mí mismo de aburrirte con mi nostalgia.
– ¿Y en Roma?
– Todavía no me has dicho nada de tu vida, Julia. -Veinte años no se cuentan en un momento, ¿sabes? -¿Te espera alguien? -No, esta noche no. -¿Y mañana?
– Sí, tengo a alguien en Nueva York.
– ¿La cosa va en serio?
– Iba a casarme… el sábado pasado.
– ¿Ibas?
– Tuvimos que anular la ceremonia. -¿Por él o por ti? -Mi padre…
– Decididamente, qué manía tiene. ¿También ha hecho añicos la mandíbula de tu futuro marido?
– No, esta vez la cosa es aún más sorprendente. -Lo siento.
– No, no creo que lo sientas, y no puedo guardarte rencor por ello.
– No te creas, me habría encantado que le partiera la cara a tu prometido… Esta vez siento sinceramente lo que acabo de decir.
Julia dejó escapar una risita, otra más, y al final le entró la risa floja.
– ¿Qué tiene de gracioso?
– Deberías haber visto la cara que has puesto -dijo Julia sin parar de reír-, parecías un niño al que acabaran de pillar in fraganti en la despensa con la boca llena de churretes de chocolate. Ahora entiendo mucho mejor por qué me has inspirado todos esos personajes. Nadie más que tú puede hacer esas muecas. ¡Cuánto te he echado de menos!
– Deja de repetir eso, Julia.
– ¿Por qué?
– Porque ibas a casarte el sábado pasado.
El dueño del restaurante llegó hasta su mesa con una gran fuente en los brazos.
– He encontrado lo que os conviene -lanzó muy contento-. Dos lenguados ligeritos, unas verduritas a la brasa para acompañar y una salsa de hierbas frescas, justo lo necesario para abrir el apetito. ¿Os los preparo?
– Discúlpame -le dijo Tomas a su amigo-, no nos vamos a quedar, tráeme la cuenta.
– Pero ¿qué es lo que oigo? No sé lo que habrá pasado entre vosotros desde hace un momento, pero ni hablar de que os marchéis de mi restaurante sin haber probado mi cocina. Así que cabreaos bien, soltaos todo lo que queráis, mientras yo os preparo estas dos maravillas, y me haréis el favor de reconciliaros antes de probar mis pescados, ¡es una orden, Tomas!
El dueño se alejó para servir los dos lenguados sin apartar la mirada de los dos comensales.
– Me parece que no tienes elección, vas a tener que soportarme un poquito más, si no tu amigo se puede enfadar mucho, mucho -dijo Julia.
– Eso me parece a mí también -dijo Tomas esbozando una sonrisa-. Perdóname, Julia, no debería haber…
– Deja de pedir perdón todo el rato, no te pega nada.
Vamos a intentar comer algo, y luego me acompañas a mi hotel, tengo ganas de caminar a tu lado. ¿Eso puedo decirlo?
– Sí -respondió él-. ¿Cómo ha hecho tu padre esta vez para impedir vuestra boda?
– Olvidemos a mi padre, y habíame mejor de ti.
Tomas contó veinte años de su vida, con muchos atajos, y Julia hizo lo mismo. Al final de la cena, el dueño del restaurante les obligó a probar su soufflé de chocolate. Lo había preparado especialmente para ellos. Lo sirvió con dos cucharillas, pero Julia y Tomas utilizaron una sola.
Se marcharon del restaurante y regresaron atravesando el parque. La luna llena iluminaba el cielo nocturno y se reflejaba en el lago, donde se balanceaban unas barcas amarradas a un pontón.
Julia le contó a Tomas una leyenda china. Éste le narró sus viajes pero nunca sus guerras, ella le habló de Nueva York, de su trabajo, a menudo de su mejor amigo, pero nunca de sus proyectos de futuro.
Dejaron atrás el parque y se adentraron en la ciudad. Julia se detuvo al llegar a una plaza.
– ¿Te acuerdas? -dijo.
– Sí, aquí encontré a Knapp en medio de la multitud. ¡Qué noche más increíble! ¿Qué ha sido de tus dos amigos franceses?
– Hace mucho tiempo que no hablamos. Mathias es librero, y Antoine, arquitecto. Uno vive en París, y el otro en Londres, creo.
– ¿Están casados?
y divorciados, al menos ésas son las últimas noticias que tengo de ellos.
– Anda, mira -dijo Tomas señalando las luces apagadas de un bar-, es el bar al que íbamos siempre cuando quedábamos con Knapp.
– ¿Sabes?, al final encontré esa cifra por la que siempre os peleabais.
– ¿Qué cifra?
– La del número de habitantes del Este que habían colaborado con la Sta si como informadores; la descubrí hace dos años, en una biblioteca, un día que leí una revista que publicaba un estudio sobre la caída del Muro.
– Hace dos años ¿te interesaban esas cosas?
– Un dos por ciento nada más, ¿ves?, puedes estar orgulloso de tus conciudadanos.
– Mi abuela formaba parte de ese dos por ciento, Julia, fui a consultar mi expediente en los archivos. Imaginaba que tenía que haber uno sobre mí, por la evasión de Knapp. Mi propia abuela los informaba, leí en ese expediente páginas y páginas tan detalladas sobre mi vida, mis actividades, mis amigos. Vaya una manera de recuperar mis recuerdos de infancia…
– ¡Si supieras lo que he vivido estos últimos días! Quizá lo hiciera para protegerte, para que no te molestara la policía.
– Nunca lo supe.
– ¿Por eso te cambiaste el apellido? -Sí, para romper con mi pasado, empezar una nueva vida.
– ¿Y yo formaba parte de ese pasado que has borrado? -Hemos llegado a tu hotel, Julia.
Ella levantó la cabeza, el rótulo del Brandenburger Hof iluminaba la fachada. Tomas la abrazó y sonrió con tristeza.
– Aquí no hay árboles, ¿cómo se dice uno adiós en estas circunstancias?
– ¿Crees que la cosa habría funcionado entre nosotros? -¿Quién sabe?
– No sé cómo se dice uno adiós, Tomas, ni siquiera si tengo ganas de hacerlo.
– Ha sido bonito volver a verte, un regalo inesperado de la vida -murmuró él.
Julia apoyó la cabeza en su hombro.
– Sí, ha sido bonito.
– No has contestado a la única pregunta que me preocupa, ¿eres feliz? -Ya no.
– ¿Y tú, crees que la cosa habría funcionado entre nosotros?
– Probablemente. -Entonces has cambiado. -¿Por qué?
– Porque en el pasado, con tu humor sarcástico, me habrías contestado que habríamos ido directos a un fiasco total, que no habrías soportado que yo envejeciera, que engordara, que siempre estuviera por ahí de viaje…
– Pero desde entonces he aprendido a mentir.
– Ahora por fin vuelves a ser tú, tal y como nunca he dejado de amarte…
– Conozco una manera infalible de saber si habríamos tenido una oportunidad… o no.
– ¿Cuál?
Julia posó sus labios sobre los de Tomas. El beso fue largo, semejante al de dos adolescentes que se aman hasta el punto de olvidarse del resto del mundo. Lo tomó de la mano y lo condujo hacia el vestíbulo del hotel. El recepcionista estaba medio dormido en su silla. Julia guió a Tomas hacia los ascensores. Pulsó el botón, y su beso continuó hasta la sexta planta.
La piel de ambos reunida, como los recuerdos más íntimos, se confundía entre las sábanas. Julia cerró los ojos. La mano que era caricia se deslizaba sobre su vientre, las suyas se aferraban a su nuca. La boca rozaba el hombro, el cuello, la curva de los senos, los labios se paseaban, indóciles; sus dedos agarraron el cabello de Tomas. La lengua bajaba, y el placer subía en oleadas, reminiscencia de voluptuosidades nunca igualadas. Las piernas se entrelazaban, los cuerpos se anudaban el uno al otro, ya nada podía separarlos. Los gestos seguían intactos, a veces algo torpes, pero siempre tiernos.
Los minutos se convirtieron en horas, y la aurora se levantó sobre sus dos cuerpos abandonados que languidecían entre la calidez de las sábanas.
En la lejanía, la campana de una iglesia dio las ocho. Tomas se desperezó y fue hasta la ventana. Julia se sentó en la cama y contempló su silueta teñida de sombra y de luz.
– Qué hermosa eres -dijo Tomas dándose media vuelta.
Julia no contestó.
– ¿Y ahora? -preguntó él con voz dulce. -¡Tengo hambre!
– Tu maleta sobre esa butaca, ¿ya está hecha?
– Regreso… esta mañana -contestó Julia, vacilante.
– He necesitado diez años para olvidarte, creía haberlo logrado; pensaba haber conocido el miedo en los escenarios de la guerra, pero me equivocaba por completo, no era nada comparado con lo que siento a tu lado en esta habitación, ante la idea de perderte de nuevo. -Tomas…
– ¿Qué me vas a decir, Julia, que ha sido un error? Quizá. Cuando Knapp me confesó que estabas en Berlín, imaginaba que el tiempo habría borrado las diferencias que nos separaron, ¡tú, la muchacha del Oeste, yo, el chiquillo del Este! Esperaba que envejecer nos habría dado al menos algo positivo, eso. Pero nuestras vidas siguen siendo muy diferentes, ¿verdad?
– Soy dibujante, tú, reportero, ambos hemos realizado nuestros sueños…
– No los más importantes, al menos yo, no. Todavía no me has dado las razones por las que tu padre ha hecho que cancelarais vuestra boda. ¿Acaso va a aparecer de pronto en esta habitación para volver a dejarme inconsciente?
– Tenía dieciocho años entonces, y no me quedaba otro remedio que seguirlo, ni siquiera era mayor de edad. En cuanto a mi padre, ha muerto. Su entierro tuvo lugar el día en que debía celebrarse mi boda, ahora ya sabes el motivo…
– Lo siento por él, y por ti también si estás triste.
– Sentirlo no sirve de nada, Tomas.
– ¿Por qué has venido a Berlín?
– Lo sabes muy bien, puesto que Knapp te lo ha explicado todo. Tu carta me llegó anteayer, no he podido venir antes… -Y ya no podías casarte sin estar segura, ¿es eso? -No hace falta que te pongas desagradable. Tomas se sentó al pie de la cama.
– He amaestrado la soledad, hace falta muchísima paciencia. He caminado por ciudades de todo el mundo en busca del aire que respirabas. Dicen que los pensamientos de dos personas que se aman siempre terminan por encontrarse, así que me preguntaba a menudo antes de dormirme por las noches si tú también pensabas en mí cuando yo pensaba en ti; fui a Nueva York, recorrí las calles soñando con verte y temiendo a la vez que ese encuentro se produjera. Cien veces creí reconocerte, y era como si mi corazón dejara de latir cuando la silueta de una mujer me recordaba a ti. Me juré no volver nunca a amar así, es una locura, un abandono de sí mismo imposible. El tiempo ha pasado, también el nuestro, ¿no crees? ¿Te hiciste esa pregunta antes de coger el avión?
– Calla, Tomas, no lo estropees todo. ¿Qué quieres que te diga? Escudriñé el cielo de noche y de día, segura de que me mirabas desde arriba… De modo que no, no me hice esa pregunta antes de coger el avión.
– ¿Qué propones, que quedemos como amigos? ¿Que te llame cuando esté de paso por Nueva York? ¿Iremos a tomar una copa evocando nuestros buenos recuerdos, unidos por la complicidad de lo prohibido? Me enseñarás fotos de tus hijos, que no serán los nuestros. Te diré que se parecen a ti, tratando de no adivinar en sus rasgos los de su padre. Mientras esté en el cuarto de baño, ¿descolgarás el teléfono para llamar a tu futuro marido, y yo dejaré correr el agua para no oírte decirle «Hola, mi amor»? ¿Sabe siquiera que estás en Berlín?
– ¡Calla! -gritó Julia.
– ¿Qué le vas a decir cuando vuelvas? -preguntó Tomas volviendo junto a la ventana. -No lo sé.
– ¿Lo ves?, tenía yo razón, no has cambiado. -Sí, Tomas, claro que he cambiado, pero habría bastado una señal del destino que me llevara hasta aquí para darme cuenta de que mis sentimientos, en cambio, no han cambiado…
Abajo, en la calle, Anthony Walsh caminaba nervioso de un lado a otro consultando su reloj. Ya iban tres veces que levantaba la cabeza hacia la ventana de la habitación de su hija, e incluso desde la sexta planta se podía leer la impaciencia en su rostro.
– Recuérdame una cosa: ¿cuándo dijiste que había muerto tu padre? -preguntó Tomas cerrando el visillo.
– Ya te lo he dicho, lo enterré el sábado pasado.
– Entonces no digas nada más. Tienes razón, no estropeemos el recuerdo de esta noche; no se puede amar a alguien y mentirle, tú no, nosotros no.
– No te miento…
– Coge esa maleta que está sobre la butaca y vuelve a tu casa -murmuró Tomas.
Se puso el pantalón, la camisa y la chaqueta, y no se molestó en atarse los cordones de los zapatos. Se acercó a Julia, le tendió la mano y la atrajo hacia sí para abrazarla.
– Esta noche cojo un avión para Mogadiscio, ya sé que allí pensaré todo el tiempo en ti. No te preocupes, no te arrepientas de nada, he esperado vivir este momento tantas veces que ya no puedo contarlas, y ha sido magnífico, amor mío. Poder llamarte así una vez más, una sola vez nada más, era algo con lo que ya no me atrevía a soñar. Has sido y serás siempre la mujer más hermosa de mi vida, la que me dio mis recuerdos más bellos, y eso ya es mucho. Sólo te pido una cosa: júrame que serás feliz.
Tomas besó a Julia con ternura y se marchó sin mirar atrás.
Al salir del hotel, se acercó a Anthony Walsh, que seguía esperando ante la limusina.
– Su hija ya no debería tardar mucho en bajar -le dijo antes de despedirse.
Se alejó calle arriba.