38797.fb2
En todo el viaje desde Berlín hasta Nueva York, Julia y su padre no intercambiaron una sola palabra; salvo una frase que Anthony pronunció varias veces: «Me parece que he vuelto a fastidiarla», y cuyo sentido su hija no entendió del todo. Cuando llegaron, en mitad de la tarde, llovía en Manhattan.
– ¡Bueno, Julia, vas a decir algo al final, ¿sí o no?! -protestó Anthony, entrando en el apartamento de Horatio Street. -¡No! -contestó ella, dejando su maleta en el suelo. -¿Viste anoche a Tomas? -¡No!
– Dime lo que pasó, a lo mejor puedo aconsejarte.
– ¿Tú? Vaya, eso sí que sería el mundo al revés.
– No seas cabezota, ya no tienes cinco años, y a mí me quedan menos de veinticuatro horas.
– No he vuelto a ver a Tomas y me voy a dar una ducha. ¡Punto final!
Anthony se interpuso en su camino, bloqueándole el paso.
– ¿Y luego, piensas quedarte en ese cuarto de baño durante los próximos veinte años?
– ¡Quítate de en medio!
– No mientras no me contestes.
– ¿Quieres saber lo que voy a hacer ahora? Voy a intentar recoger los pedazos de mi vida que tú has desperdigado a conciencia durante una semana. Probablemente no tenga el gusto de volver a pegarlos todos puesto que siempre faltará alguno, y no pongas esa cara como si no entendieras lo que te estoy diciendo, no has dejado de reprochártelo durante todo el vuelo.
– No me refería a nuestro viaje…
– Entonces ¿a qué?
Anthony no contestó.
– ¡Lo que yo decía! -le espetó Julia-. Mientras tanto, me voy a poner un liguero, un sujetador wonderbra, el más sexy que tengo, llamaré a Tomas e iré a que me dé un buen revolcón. Y si consigo mentirle una vez más como tan bien he aprendido a hacerlo desde que estoy contigo, quizá acepte que volvamos a hablar de matrimonio.
– ¡Has dicho Tomas!
– ¿Qué?
– Es con Adam con quien debías casarte, has vuelto a tener un lapsus.
– ¡Apártate de esa puerta o te mato!
– Perderías el tiempo, ya estoy muerto. ¡Y si crees que vas a conseguir escandalizarme hablándome de tu vida sexual, lo llevas claro, querida!
– En cuanto llegue a casa de Adam -prosiguió Julia mirando a su padre, como retándolo-, lo placo contra la pared, le quito la ropa…
– ¡Ya basta! -gritó Anthony-. Tampoco necesito saber todos los detalles -añadió, recuperando la calma.
– ¿Y ahora me dejas que me duche?
Anthony hizo un gesto de exasperación y se apartó. Pegó el oído a la puerta y oyó a Julia llamar por teléfono.
No, en absoluto quería importunar a Adam si estaba en una reunión, sólo avisarle de que acababa de regresar a Nueva York. Si esa noche estaba libre, podía pasar a buscarla a las ocho, ella lo esperaría en la puerta de su casa. Si surgía algún imprevisto, podía localizarla por teléfono.
Anthony volvió al salón de puntillas y se acomodó en el sofá. Cogió el mando para encender el televisor pero se paró en seco, pues no era el adecuado. Observó el famoso mando blanco y sonrió, dejándolo justo a su lado sobre el sofá.
Un cuarto de hora después, volvió a aparecer Julia, con un impermeable sobre los hombros.
– ¿Vas a algún sitio?
– A trabajar.
– ¿Un sábado? ¿Y con la que está cayendo? -Siempre hay gente en la oficina los fines de semana, y tengo correo atrasado.
Ya se disponía a salir cuando Anthony la retuvo. -¿Julia?
– ¿Y ahora qué pasa?
– Antes de que hagas una tontería muy gorda, quiero que sepas que Tomas todavía te quiere. -¿Y eso tú cómo lo sabes?
– Nos hemos cruzado esta mañana, ¡de hecho me ha saludado muy amable al salir del hotel! Imagino que me había visto en la calle desde la ventana de tu habitación.
Julia fustigó a su padre con la mirada.
– ¡Vete, cuando vuelva quiero que te hayas ido de aquí!
– Para ir ¿adonde? ¿Arriba, a ese desván horroroso?
– ¡No, a tu casa! -contestó ella, cerrando con un sonoro portazo.
Anthony cogió el paraguas colgado del perchero junto a la entrada y salió al balcón que se erguía sobre la calle. Asomado a la barandilla, miró a Julia alejarse hacia el cruce. En cuanto hubo desaparecido, fue a la habitación de su hija. El teléfono estaba sobre la mesilla de noche. Descolgó el auricular y pulsó la tecla de rellamada automática.
Se presentó a su interlocutora como el asistente personal de la señorita Julia Walsh. Por supuesto que sabía que ésta acababa de llamar y que Adam no estaba disponible; era, sin embargo, extremadamente importante que le dijera que Julia lo esperaría antes de lo convenido, a las seis de la tarde en su casa, y no en la calle, puesto que estaba lloviendo. En efecto, era dentro de cuarenta y cinco minutos, por lo que sería mejor interrumpirlo en su reunión, después de todo. Era inútil que Adam la llamara, su móvil se había quedado sin batería y ella había salido a hacer un recado. Anthony le hizo prometer dos veces que entregaría el mensaje a su destinatario y colgó sonriendo, con un aire particularmente satisfecho.
Entonces salió de la habitación, se instaló cómodamente en un sillón y ya no apartó la mirada del mando que descansaba a su lado en el sofá.
Julia hizo girar su sillón y encendió el ordenador. Una lista interminable de correos electrónicos desfiló en la pantalla; echó una rápida ojeada a su mesa de trabajo: la bandeja del correo desbordaba de sobres, y el piloto del contestador automático parpadeaba frenéticamente en la carcasa del teléfono.
Cogió su móvil del bolsillo de su impermeable y llamó a su mejor amigo para pedirle auxilio.
– ¿Tienes gente en la tienda? -le preguntó.
– Con el tiempo que hace, ni una rana, la tarde está perdida.
– Y que lo digas, yo estoy empapada. -¡Entonces ya has vuelto! -exclamó Stanley. -Hace apenas una hora. -¡Podrías haberme llamado antes!
– ¿Cerrarías la tienda para reencontrarte con una vieja amiga en Pastis?
– Pídeme un té, no, mejor un capuchino, bueno, lo que te apetezca; llego en seguida.
Y, diez minutos más tarde, Stanley se reunió con Julia, que lo esperaba sentada a una mesa al fondo de la antigua cervecería.
– Pareces un perro de aguas que se hubiera caído a un lago -le dijo dándole un beso.
– Y tú, un cocker que lo hubiera seguido. ¿Qué has pedido? -preguntó Stanley sentándose.
– ¡Unos huesos para roer!
– Tengo un par de cotilleos jugosos sobre quién se ha acostado con quién esta semana, pero cuenta tú primero; quiero saberlo todo. Deja que adivine, has encontrado a Tomas, puesto que no he sabido nada de ti estos dos últimos días, y a juzgar por tu cara, las cosas no salieron como imaginabas.
– No imaginaba nada…
– ¡Mentirosa!
– i Si querías pasar un rato en compañía de una verdadera idiota, aprovecha, es tu momento!
Julia le contó casi todo de su viaje: su visita al sindicato de los periodistas, la primera mentira de Knapp, las razones de la doble identidad de Tomas, la inauguración de la exposición, la carroza que, en el último momento, el recepcionista del hotel había mandado llamar para conducirla hasta allí; cuando le habló del calzado que había llevado con el vestido de noche, Stanley, escandalizado, apartó su taza de té para pedir un vino blanco seco. Fuera seguía lloviendo, con más fuerza aún. Julia le relató su visita al antiguo Berlín Este, una calle en la que las casas habían desaparecido, el aspecto decadente de un bar que había sobrevivido, su conversación con el mejor amigo de Tomas, su loca carrera hacia el aeropuerto, Marina y, por fin, antes de que Stanley desfalleciera, su reencuentro con Tomas en el parque Tiergarten. Julia prosiguió, describiendo esta vez la terraza de un restaurante en el que se servía el mejor pescado del mundo, aunque apenas lo hubiera probado, un paseo nocturno alrededor de un lago, una habitación de hotel en la que habían hecho el amor la noche anterior y, por último, la historia de un desayuno que nunca había tenido lugar. Cuando el camarero volvió por tercera vez para preguntarles si todo iba bien, Stanley lo amenazó con el tenedor si se atrevía a molestarlos de nuevo.
– Debería haberte acompañado -dijo Stanley-. De haberme imaginado que sería tal aventura, nunca te habría dejado marcharte sola.
Julia removía sin tregua su té. Stanley la miró atentamente, y ella paró.
– Julia, pero si tú no tomas azúcar con el té… Te sientes un poco perdida, ¿verdad? -El «un poco» sobra.
– En cualquier caso, déjame que te tranquilice, no me pega nada que vuelva con esa Marina, confía en mi experiencia.
– ¿Qué experiencia? -replicó Julia sonriendo-. De todas maneras, a estas horas Tomas está a bordo de un avión, rumbo a Mogadiscio.
– ¡Y nosotros, en Nueva York, bajo la lluvia! -respondió Stanley, mirando el chaparrón que se abatía sobre los cristales.
Unos viandantes se habían refugiado bajo el toldo, en la terraza de la cervecería. Un anciano estrechaba a su mujer contra sí, como si quisiera protegerla mejor.
– Voy a poner en orden el caos que es ahora mi vida, lo mejor que sepa -prosiguió Julia-. Supongo que es lo único que puedo hacer.
– Tenías razón, estoy compartiendo un rato con una verdadera idiota. Tienes la suerte increíble de que, por una vez, tu vida esté patas arriba, ¿y tú quieres ponerla en orden? Eres tonta de remate, querida. Y, te lo ruego, sécate ya esas lágrimas, no necesitamos más agua con la que está cayendo; desde luego no es momento de llorar ahora, todavía tengo muchas preguntas que hacerte.
Julia se pasó el dorso de la mano por los párpados y sonrió de nuevo a su amigo.
– ¿Qué piensas decirle a Adam? -quiso saber Stanley-. Llegué a temer que tuviera que acogerlo en mi casa a pensión completa si no volvías. Me ha invitado mañana a casa de sus padres en el campo. Te lo advierto, no metas la pata: le he puesto la excusa de que tenía gastroenteritis.
– Voy a revelarle la parte de verdad que menos daño le haga.
– Lo que más daño hace en el amor es la cobardía. ¿Quieres darte una segunda oportunidad con él o no?
– A lo mejor es horrible decir esto, pero no me siento con el valor suficiente para estar otra vez sola.
– ¡Pues entonces va a sufrir, ahora no, pero tarde o temprano sufrirá!
– Me las apañaré para protegerlo.
– ¿Puedo preguntarte algo un poco personal?
– Sabes muy bien que nunca te escondo nada…
– ¿Cómo fue esa noche con Tomas?
– Tierna, dulce, mágica, y triste por la mañana.
– Me refiero al sexo, querida.
– Tierno, dulce, mágico…
– ¿Y quieres hacerme creer que estás perdida?
– Estoy en Nueva York, Adam también, y Tomas está ahora muy lejos.
– Lo importante, querida, no es saber en qué ciudad o en qué rincón del mundo está el otro, sino qué lugar ocupa en el amor que a él nos une. Los errores no cuentan, Julia, sólo lo que uno vive.
Adam se apeó de un taxi y se enfrentó al chaparrón. Las alcantarillas rebosaban agua. Saltó a la acera y llamó con insistencia al telefonillo. Anthony Walsh abandonó su butaca.
– ¡Ya va, ya va, un minuto! -gruñó, pulsando el botón que accionaba la apertura de la puerta en la planta baja.
Oyó los pasos en la escalera y recibió a su visitante con una gran sonrisa.
– ¿Señor Walsh? -exclamó éste, asustado, dando un paso atrás.
– Adam, ¿qué lo trae por aquí?
Adam, sin voz, no se movió del rellano.
– ¿Le ha comido la lengua el gato, amigo mío?
– Pero ¿no estaba usted muerto? -balbuceó.
– Vamos, no sea desagradable. Sé que no nos apreciamos mucho, ¡pero vamos, de ahí a mandarme al cementerio…!
– Pero si yo estuve en el cementerio precisamente el día de su entierro -farfulló.
– ¡Vamos, ya está bien, lo suyo ya raya en la grosería! Bueno, no nos vamos a quedar aquí plantados toda la tarde, entre, está usted muy pálido.
Adam avanzó hacia el salón. Anthony le indicó con un gesto que se quitara la gabardina, empapada de agua.
– Disculpe si insisto -dijo, colgando su impermeable en el perchero-, comprenda mi sorpresa, pero mi boda se anuló por su entierro…
– ¿También sería la boda de mi hija, no?
– No creo yo que se inventara toda esa historia sólo para…
– ¿Para dejarlo a usted? No se dé tanta importancia. En nuestra familia somos muy inventivos, pero no la conoce usted bien si piensa que pueda hacer algo tan descabellado. Tiene que haber otras explicaciones, y, si se callara al menos dos segundos, quizá pudiera proponerle una o dos.
– ¿Dónde está Julia?
– Por desgracia, va a hacer veinte años que mi hija perdió la costumbre de mantenerme informado de sus movimientos. Si he de serle sincero, la creía con usted. Hace ya tres horas por lo menos que llegamos a Nueva York.
– ¿Estaba usted de viaje con ella?
– Claro, ¿no se lo dijo Julia?
– Supongo que habría sido un poco difícil para ella, dado que yo me encontraba al pie del avión que traía de vuelta sus restos mortales desde Europa, y con ella en el coche fúnebre que nos llevó hasta el cementerio.
– ¡Es usted cada vez más encantador! ¿Y qué más se va a inventar? ¿No irá a decirme que pulsó usted mismo el botón de la incineradora?
– ¡No, pero lancé un puñado de tierra sobre su ataúd!
– Gracias por tan atento gesto.
– Me parece que no me encuentro muy bien -reconoció Adam, cuya tez lucía un color verdoso.
– Entonces siéntese, en lugar de quedarse de pie como un pasmarote.
Le indicó el sofá.
– Sí, ahí, ¿todavía es capaz de reconocer un lugar donde dejar caer el trasero, o ha perdido todas las neuronas al verme?
Adam obedeció. Se dejó caer sobre el cojín y, al hacerlo, tuvo la mala suerte de pulsar un botón del mando a distancia.
Anthony calló al instante, se le cerraron los ojos, y se desplomó cuan largo era sobre la alfombra ante la mirada petrificada de Adam.
– Imagino que no me habrás traído una foto suya, ¿verdad? -le preguntó Stanley-. Con lo que me hubiera gustado ver cómo es. No digo más que tonterías, pero no soporto cuando te quedas tan callada.
– ¿Por qué?
– Porque ya no consigo contar todos los pensamientos que pasan por tu cabeza.
Su conversación la interrumpió de pronto Gloria Gaynor, que canturreaba / Will Survive en el bolso de Julia.
Ésta sacó su móvil y le enseñó a Stanley la pantalla, en la que se leía el nombre de Adam. Su amigo se encogió de hombros, y Julia contestó la llamada. Oyó la voz aterrorizada de su prometido.
– Tenemos muchas cosas que contarnos tú y yo, bueno, sobre todo tú, pero eso tendrá que esperar, tu padre acaba de sufrir un desmayo.
– En otras circunstancias, podría haberme hecho gracia, pero ahora encuentro tu broma de mal gusto.
– Estoy en tu apartamento, Julia…
– ¿Qué haces en mi casa, si habíamos quedado dentro de una hora? -le dijo, presa del pánico.
– Tu asistente personal llamó para decirme que querías que nos viéramos antes.
– ¿Mi asistente? ¿Qué asistente?
– ¿Y eso qué importa ahora? Te estoy diciendo que tu padre está tumbado en el suelo, inerte en mitad de tu salón; ¡ven lo antes posible, mientras yo voy llamando a una ambulancia!
Stanley se sobresaltó cuando su amiga gritó:
– ¡Ni se te ocurra hacer eso! ¡Llego en seguida!
– ¿Has perdido el juicio? Julia, por mucho que lo he sacudido, no reacciona; ¡ahora mismo llamo a urgencias!
– He dicho que no llames a nadie, ¿me has oído? Estaré ahí dentro de cinco minutos -contestó Julia poniéndose de pie.
– ¿Dónde estás?
– Enfrente de casa, en Pastis; no tengo más que cruzar la calle y subir; ¡mientras tanto no hagas nada, no toques nada, sobre todo no lo toques a él!
Stanley, que no se estaba enterando de lo que ocurría, le dijo bajito a su amiga que se encargaba él de pagar la cuenta. Cuando Julia ya cruzaba el café corriendo, le gritó que lo llamara en cuanto hubiera apagado el fuego.
Julia subió los escalones de cuatro en cuatro y, nada más entrar en su casa, vio el cuerpo inmóvil de su padre tendido en mitad del salón.
– ¿Dónde está el mando? -dijo entrando en tromba en la habitación.
– ¿Qué? -preguntó Adam, totalmente desconcertado.
– Una caja con botones, bueno, en este caso un solo botón, un mando a distancia, ¿sabes lo que es? -contestó Julia barriendo la habitación con la mirada.
– Tu padre está inerte, ¿y tú quieres ver la televisión? Voy a llamar a urgencias para que envíen dos ambulancias.
– ¿Has tocado algo? ¿Cómo ha pasado? -lo interrogó Julia, abriendo todos los cajones uno detrás de otro.
– No he hecho nada especial, salvo hablar con tu padre, al que enterramos la semana pasada, lo cual, pensándolo bien, en sí ya es bastante especial.
– Después, Adam, después podrás hacerte el gracioso, ahora tenemos una emergencia.
– No era mi intención en absoluto hacerme el gracioso. ¿Piensas explicarme lo que está pasando aquí? O dime al menos que me voy a despertar y a reírme yo solo de la pesadilla que estoy teniendo ahora…
– ¡Al principio yo me dije lo mismo! ¿Dónde narices se habrá metido?
– Pero ¿de qué estás hablando?
– Del mando a distancia de mi padre.
– ¡Ahora ya sí que llamo a una ambulancia! -juró Adam, dirigiéndose al teléfono de la cocina.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, Julia se interpuso en su camino.
– Tú no das un solo paso más y me explicas exactamente qué es lo que ha pasado.
– Ya te lo he dicho -le contestó Adam, furioso-, tu padre me ha abierto la puerta; tendrás que perdonar mi asombro al verlo, me ha hecho entrar prometiéndome que me iba a explicar el motivo de su presencia aquí. Después me ha ordenado que me sentara, y justo cuando me estaba acomodando en el sofá, se ha desplomado en mitad de la frase que estaba diciendo.
– ¡El sofá! Quita de ahí -gritó Julia, empujando a Adam.
Levantó frenéticamente los cojines uno detrás de otro y suspiró de alivio al encontrar por fin el codiciado objeto.
– Lo que yo decía, te has vuelto completamente loca -masculló Adam.
– Por favor, que funcione, por favor -suplicó Julia, cogiendo el mando blanco.
– ¡Julia! -vociferó Adam-. ¡Me vas a explicar de una maldita vez a qué estás jugando!
– Cállate -dijo ella, a punto de echarse a llorar-, nos voy a ahorrar a los dos muchas palabras inútiles, dentro de dos minutos lo comprenderás todo. Espero que lo comprendas, porque sobre todo espero que funcione…
Imploró a los cielos con una mirada por la ventana, cerró los ojos y pulsó el botón del mando blanco.
– Ya lo ve usted mismo, mi querido Adam, las cosas no siempre son como parecen… -dijo Anthony volviendo a abrir los ojos, y se interrumpió al ver a Julia en mitad del salón.
Carraspeó y se puso en pie, mientras Adam se dejaba caer sin fuerzas en la butaca.
– Caramba -prosiguió Anthony-, ¿qué hora es? ¿Las ocho ya? Se me ha pasado el tiempo volando -añadió, sacudiéndose el polvo de las mangas.
Julia le lanzó una mirada incendiaria.
– Creo que será mejor que os deje solos -prosiguió Anthony, muy incómodo-. Seguro que tenéis muchas cosas que contaros. Escuche bien lo que Julia tiene que decirle, mi querido Adam, esté muy atento y no la interrumpa. Al principio le resultará algo difícil de admitir, pero, con un poco de concentración, ya verá como todo se aclara. Así que nada, ya me marcho, en cuanto encuentre mi gabardina me marcho…
Anthony cogió la gabardina de Adam que colgaba del perchero, cruzó la habitación de puntillas para apoderarse del paraguas olvidado junto a la ventana y salió.
Julia señaló primero la caja en mitad del salón y trató después de explicar lo increíble. A su vez, se dejó caer sobre el sofá mientras Adam recorría nervioso la habitación de un extremo a otro.
– ¿Qué habrías hecho tú en mi lugar?
– No tengo ni idea, ni siquiera sé ya cuál es mi lugar en todo esto. Me has mentido durante una semana entera, y ahora quieres que me crea este cuento chino.
– Adam, si tu padre llamara a la puerta de tu casa al día siguiente de su muerte, si la vida te diera el regalo de pasar unos momentos más con él, seis días para poder deciros todas las cosas nunca confesadas, para revivir todos los secretos de tu infancia, ¿no aprovecharías esa oportunidad, no aceptarías ese viaje aunque fuera absurdo? -Creía que odiabas a tu padre.
– Yo también lo creía y, sin embargo, ya ves, ahora me gustaría disfrutar de unos momentos más con él. No he hecho más que hablarle de mí, cuando hay tantas cosas que me gustaría comprender de él, de su vida. Por primera vez, he podido mirarlo con ojos de adulto, liberada de casi todos mis egoísmos. He admitido que mi padre tenía defectos, yo también los tengo, pero eso no quiere decir que no lo quiera. Al regresar me decía que si podía estar segura de que mis hijos mostraran algún día la misma tolerancia hacia mí, entonces quizá me diera menos miedo ser madre a mi vez, quizá fuera más digna de serlo.
– Eres deliciosamente ingenua. Tu padre ha dirigido tu vida desde el día que naciste; ¿no era eso lo que me decías las raras veces que me hablabas de él? Aun admitiendo que esta historia absurda sea verdad, habrá logrado la increíble hazaña de proseguir su obra incluso después de muerto. ¡No has compartido nada con él, Julia, es una máquina! Todo lo que haya podido decirte estaba grabado previamente. ¿Cómo has podido creerte esta trampa? No era una conversación entre ambos, sino un monólogo. Tú que ideas personajes de ficción, ¿permites que los niños hablen con ellos? Por supuesto que no, simplemente anticipas sus deseos, inventas las frases que los divertirán, que los tranquilizarán. A su manera, tu padre ha empleado la misma estratagema. Te ha manipulado, una vez más. Vuestra semanita los dos juntos no ha sido más que una parodia de reencuentro; su presencia, un espejismo.
Lo que siempre ha sido se ha prolongado unos días más. Y tú, como siempre te ha faltado ese amor que nunca te dio, has caído en la trampa. Hasta permitir que estropeara nuestros planes de boda, y no era la primera vez que intentaba algo así y lo lograba.
– No seas ridículo, Adam, mi padre no decidió morir justo para separarnos.
– ¿Dónde habéis estado los dos esta semana, Julia?
– ¿Y eso qué más da?
– Si no puedes confesármelo, no te preocupes, Stanley lo ha hecho por ti. No se lo reproches, estaba borracho como una cuba; tú misma me dijiste que no resistía la tentación de un buen vino, y escogí uno de los mejores. Lo habría encargado desde Francia con tal de encontrarte, con tal de comprender por qué te alejabas de mí, con tal de saber si tenía que seguir amándote. Habría esperado cien años, Julia, para poder casarme contigo. Hoy ya no siento más que un inmenso vacío.
– Te lo puedo explicar, Adam.
– ¿Ahora sí podrías hacerlo? ¿Y cuando fuiste a mi oficina a anunciarme que te marchabas de viaje, y al día siguiente cuando nos cruzamos en Montreal, y al otro, y todos los demás cuando te llamaba sin que nunca contestaras a mis llamadas ni a mis mensajes? Elegiste ir a Berlín para volver a ver a ese hombre al que no podías olvidar y no me dijiste nada. ¿Qué he sido para ti?, ¿un puente entre dos etapas de tu vida? ¿Alguien tranquilizador al que te aferrabas mientras esperabas algún día el regreso de aquel al que no has dejado nunca de amar?
– No puedes pensar eso -suplicó Julia.
– Y si llamara a tu puerta, en este mismo instante, ¿qué harías?
Julia se quedó callada.
– Entonces, ¿cómo lo sabría yo, puesto que no lo sabes tú misma?
Adam se dirigió al rellano.
– Dile a tu padre, o a su robot, que le regalo mi gabardina. Adam se fue. Julia contó sus pasos en la escalera y oyó cerrarse tras él la puerta de entrada.
Anthony llamó delicadamente con los nudillos antes de entrar en el salón. Julia estaba apoyada en la ventana, con la mirada perdida hacia la calle.
– ¿Por qué lo has hecho? -murmuró.
– Yo no he hecho nada, ha sido un accidente -respondió Anthony.
– Accidentalmente, Adam llega a mi casa una hora antes; accidentalmente, le abres la puerta; accidentalmente, se sienta sobre el mando a distancia y, accidentalmente también, acabas tendido en el suelo en mitad del salón.
– Reconozco que todo eso es una sucesión de señales bastante consecuente… Quizá ambos deberíamos tratar de comprender su relevancia…
– Deja de mostrarte irónico, no tengo ninguna gana de reír, vuelvo a hacerte la misma pregunta por última vez: ¿por qué lo has hecho?
– Para ayudarte a confesarle la verdad, para que tú te enfrentaras a la tuya. Atrévete a decirme que no te sientes ahora más ligera. Aparentemente, quizá más sola que nunca, pero, al menos, en paz contigo misma.
– No hablo sólo de tu numerito de esta tarde…
Anthony respiró profundamente.
– Su enfermedad hizo que tu madre ya no supiera quién era yo antes de morir, pero estoy seguro de que en el fondo de su corazón no había olvidado cómo nos habíamos amado. Yo no lo olvidaré. No fuimos una pareja perfecta ni tampoco padres modelos, estuvimos muy lejos de serlo, desde luego. Conocimos nuestros momentos de incertidumbre, de discusiones, pero nunca, ¿me oyes?, nunca dudamos de la elección que hicimos de estar juntos, del amor que tenemos por ti. Conquistar a tu madre, amarla, tener una hija suya, habrán sido las elecciones más importantes de mi vida, las más hermosas, aunque haya necesitado muchísimo tiempo para encontrar las palabras adecuadas para decírtelo.
– ¿Y en nombre de ese maravilloso amor has arruinado tantas cosas en mi vida?
– ¿Recuerdas ese famoso trocito de papel del que te hablaba en nuestro viaje? Ya sabes, ese que uno conserva siempre cerca, en la cartera, en el bolsillo, en la cabeza; para mí se trataba de esa nota garabateada que tu madre me había dejado la noche en que no pude pagar la cuenta en una cervecería de los Campos Elíseos (ahora comprenderás mejor por qué mi sueño era terminar mis días en París), pero para ti ¿era ese viejo marco alemán que nunca se movió de tu bolso o las cartas de Tomas que tenías guardadas en tu habitación?
– ¿Las leíste?
– Nunca me habría permitido algo así. Pero las descubrí al ir a guardar su última carta. Cuando recibí tu invitación de boda, subí a tu habitación. En medio de ese universo que me llevaba a ti, a todo lo que no he olvidado ni olvidaré jamás, no dejé de preguntarme qué harías el día en que te enteraras de la existencia de esa carta de Tomas, si debía destruirla o dártela, si entregártela el día de tu boda era lo mejor que se podía hacer. Ya no me quedaba mucho tiempo para decidirlo. Pero ya ves, como tú misma bien dices, cuando se le presta atención, la vida nos ofrece señales asombrosas. En Montreal encontré parte de la respuesta a la pregunta que me hacía, sólo parte; el resto te pertenecía a ti. Podría haberme contentado con mandarte por correo la carta de Tomas, pero habías conseguido tan bien cortar todo lazo entre nosotros hasta que me invitaste a tu boda que ni siquiera tenía tu dirección y, ¿habrías abierto siquiera una carta que te hubiera mandado yo? Además, ¡no sabía que iba a morir!
– Siempre tendrás respuesta para todo, ¿verdad?
– No, Julia, estás sola frente a tus decisiones, y desde mucho antes de lo que piensas. Podías apagarme, ¿recuerdas? Bastaba con que pulsaras un botón. Tenías la libertad de no ir a Berlín. Te dejé sola cuando decidiste ir a esperar a Tomas al aeropuerto; tampoco estaba contigo cuando volviste al lugar de vuestro primer encuentro, y mucho menos cuando lo llevaste al hotel. Julia, uno puede echarle la culpa de todo a su infancia, culpar indefinidamente a sus padres de todos los males que padece, de las pruebas a las que lo somete la vida, de sus debilidades, de sus cobardías, pero a fin de cuentas es responsable de su propia existencia; uno se convierte en quien decide ser. Además, tienes que aprender a relativizar tus dramas, siempre hay una familia peor que la propia.
– ¿Como cuál, por ejemplo?
– ¡Pues por ejemplo como la abuela de Tomas, que lo traicionaba!
– ¿Cómo te has enterado tú de eso?
– Ya te lo he dicho, los padres no viven la vida de sus hijos, pero eso no nos impide preocuparnos y sufrir cada vez que sois desgraciados. A veces ello nos impulsa a actuar, a tratar de iluminaros el camino, quizá sea mejor equivocarse por torpeza, por exceso de amor, que quedarse sin hacer nada.
– Si tu intención era iluminarme el camino, has fracasado, estoy en la más completa oscuridad.
– ¡En la oscuridad, sí, pero ya no estás ciega!
– Era cierto lo que decía Adam, esta semana juntos nunca ha sido un diálogo…
– Sí, quizá tuviera razón, Julia, yo no soy ya del todo tu padre, sólo lo que queda de él. Pero ¿no ha sido capaz esta máquina de encontrar una solución a cada uno de tus problemas? ¿Acaso una sola vez durante estos pocos días no he sido capaz de responder a alguna de tus preguntas? Era sin duda porque te conocía mejor de lo que suponías, y quizá, quizá eso te revele algún día que te quería mucho más de lo que imaginabas. Ahora que lo sabes, me puedo morir de verdad.
Julia miró largo rato a su padre y volvió para sentarse a su lado. Ambos permanecieron un rato largo callados.
– ¿Pensabas de verdad lo que has dicho sobre mí? -le preguntó Anthony.
– ¿A Adam? ¿Qué pasa, que también escuchas detrás de las puertas?
– ¡Al otro lado del techo, para ser exactos! He subido a tu desván; con esta lluvia no pensabas que iba a esperar en la calle, podría haber pillado un cortocircuito -dijo sonriendo.
– ¿Por qué no te he conocido antes? -preguntó Julia.
– Los padres y los hijos tardan a veces años en conocerse.
– Me habría gustado que hubiésemos tenido unos días más.
– Creo que los hemos tenido, cariño.
– ¿Cómo ocurrirá todo mañana?
– No te preocupes, tienes suerte, la muerte de un padre siempre es un mal trago, pero tú al menos ya lo has pasado.
– No hagas bromas, no tengo ganas de reír.
– Mañana será otro día, ya veremos lo que pasa.
Cuando ya la noche avanzaba, la mano de Anthony se deslizó hacia la de Julia y por fin la tomó. Los dedos de ambos se entrelazaron y no se separaron. Y, más tarde, cuando ella se durmió, su cabeza fue a apoyarse sobre el hombro de su padre.
Aún no había amanecido. Anthony Walsh tuvo mucho cuidado de no despertar a su hija al levantarse. La tendió delicadamente sobre el sofá y le echó una manta sobre los hombros. Julia masculló algo mientras dormía y se dio media vuelta.
Tras asegurarse de que seguía profundamente dormida, fue a sentarse a la mesa de la cocina, cogió una hoja de papel, un bolígrafo, y se puso a escribir.
Una vez terminada la carta, la dejó bien visible sobre la mesa. Luego abrió su maleta, sacó un paquetito con otras cien cartas atadas con un lazo rojo y fue a la habitación de su hija. Las guardó, con cuidado de no doblar una esquinita de la fotografía amarillenta de Tomas que las acompañaba, y sonrió al cerrar el cajón de su cómoda.
De vuelta en el salón, avanzó hacia el sofá, cogió el mando a distancia blanco, se lo guardó en el bolsillo superior de la chaqueta y se inclinó sobre Julia para besarla en la frente.
– Duerme, mi vida, te quiero.