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Había pasado un cuarto de hora, volvía a reinar el silencio en el apartamento de Julia. Se oyó un tenue chasquido seguido de un crujido, y la puerta de la caja se abrió. Anthony salió, se sacudió el polvo de los hombros y avanzó hasta el espejo para ajustarse el nudo de la corbata. Devolvió a su sitio en la estantería el marco con su foto y paseó la mirada por la habitación.
Salió del apartamento y bajó a la calle. Aparcado ante el edificio lo esperaba un coche.
– Buenos días, Wallace -dijo acomodándose en el asiento trasero.
– Es un placer volver a verlo, señor -contestó su secretario personal.
– ¿Están avisados los transportistas? -El camión está justo detrás de nosotros. -Perfecto -contestó Anthony. -¿Lo llevo al hospital, señor?
– No, ya he perdido bastante tiempo. Vamos al aeropuerto, pasando primero por mi casa, tengo que cambiar de maleta. Prepare también su propio equipaje, pues me acompañará: ya no me gusta viajar solo.
– ¿Puedo preguntarle adonde vamos, señor? -Se lo explicaré por el camino. No se olvide de coger su pasaporte.
El coche giró por Greenwich Street. Al siguiente cruce, se abrió la ventanilla y un mando a distancia blanco fue a parar a la alcantarilla.