38798.fb2 Las Golondrinas De Kabul - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 15

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14

Pasan los días, como paquidermos indolentes. Atiq fluctúa entre la incompletud y la eternidad. Las horas se desvanecen más deprisa que las pavesas; las noches se revelan tan infinitas como los suplicios. En el aire, entre esos dos compases, sólo aspira a descoyuntarse, tan desdichado que piensa que va a volverse loco. En ningún sitio halla cabida. Se lo ve vagar por las calles, con los ojos desencajados y en la frente los hondos surcos de implacables roderas. En la cárcel, como ya no se atreve a aventurarse por el pasillo, se encierra en su garita y se atrinchera tras el Corán. Al cabo de unos cuantos capítulos, asfixiándose y molido, sale al aire libre para cruzar entre el gentío como un espectro entre las tinieblas. Musarat no sabe qué hacer para ayudarlo. En cuanto vuelve a casa, se retira al dormitorio, en donde, sentado ante un atril pequeño, masculla azoras monótonamente y sin parar. Cuando Musarat va a ver qué hace, se lo encuentra sumido en su tormento, con las manos en los oídos y la voz temblona, al borde del desmayo. Se sienta enfrente de él y, con la fatiha vuelta hacia arriba, reza. En cuanto Atiq se da cuenta de su presencia, cierra desabridamente el Libro Santo y se va otra vez a la calle. Y vuelve algo más tarde, con el rostro amoratado y el resuello a punto de naufragar. Ya casi no come, no pega ojo en toda la noche, dividido entre la cárcel, en la que permanece poco rato, y su cuarto, del que deserta antes siquiera de entrar en él. A Musarat le tiene tan consternada el estado de su marido que se olvida de la enfermedad que la corroe. Cuando Atiq se retrasa, la asaltan espantosas ideas. Algo le dice que el carcelero no está muy bien de la cabeza y que las desgracias ocurren cuando menos se espera.

Una noche, entra en la habitación, le arrebata casi el atril, para que nada se interponga entre ellos, y, con firmeza, lo coge por las muñecas y lo zarandea.

– Atiq, reacciona.

Y Atiq, atontado, dice:

– Le abrí la puerta de par en par y le dije que se fuera. Y se negó a salir de la celda.

– Porque ella sabe lo que no sabes tú: que es imposible escapar al propio destino. Ha aceptado su suerte y se conforma con ella. Eres tú quien se niega a mirar las cosas cara a cara.

– No ha matado a nadie, Musarat. No quiero que pague por una falta que no ha cometido.

– Antes que a ella, ya has visto morir a otras.

– Ésa es la prueba de que no puede uno acostumbrarse a todo. Estoy enojado conmigo y enojado con el universo. ¿Cómo puede aceptarse la muerte de alguien sólo porque lo hayan decidido unos qazi muy expeditivos? Es absurdo. Ella no tendrá ya fuerzas para luchar, pero yo no estoy dispuesto a quedarme de brazos caídos. Es tan joven y tan hermosa… tan radiante de vida. ¿Por qué no se fue cuando le abrí la puerta de par en par?

Musarat le alza la barbilla con ternura y deja que su mano hurgue en la barba despeinada.

– Y tú, honradamente -mírame, por favor, y contesta-, con el corazón en la mano, ¿habrías dejado que se fuera?

Atiq se estremece. Le chisporrotea en los ojos un sufrimiento insoportable.

– ¿No te estoy diciendo que le abrí la puerta de par en par?

– Ya te he oído. Pero, ¿tú la habrías dejado marcharse?

– Pues claro…

– ¿Habrías mirado cómo se alejaba en la oscuridad sin salir corriendo detrás de ella? ¿Habrías aceptado que desapareciese para siempre y no volver a verla nunca más?

Atiq cede: su mujer siente en la insegura palma de la mano la densa pesadez de su barba y sigue acariciándole la mejilla.

– Yo creo que no -le dice.

– Pues explícamelo entonces -se lamenta él-. Por el amor del profeta, dime qué me pasa.

– Lo mejor que puede pasarle a alguien.

Atiq alza la cabeza con tanta fuerza que se le estremecen los hombros:

– Pero, ¿qué, con exactitud? Musarat, quiero entenderlo.

Ella le toma el rostro con ambas manos. Lo que lee en sus ojos acaba definitivamente con ella. La recorre de pies a cabeza un escalofrío. Intenta luchar en vano: dos gruesas lágrimas le asoman a los párpados; le ruedan, luego, por la cara y llegan hasta la barbilla sin que le dé tiempo a contenerlas.

– Creo que al fin has encontrado tu camino, Atiq, marido mío. Está amaneciendo dentro de ti. Eso que te pasa te lo envidiarían los reyes y los santos. Tu corazón está renaciendo. No puedo explicártelo. Y, además, más vale así. Esta clase de fenómeno hay que vivirlo sin explicarlo. Porque nada hay que temer de él.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Vuelve a su lado. Antes de abrirle la puerta, ábrele tu corazón y deja que le hable. Y ella lo escuchará. Y te seguirá. Tómala de la mano y marchaos los dos lo más lejos posible sin mirar atrás.

– ¿Y eres tú, Musarat, quien me dice que me vaya?

– Me echaría a tus pies para convencerte. Nadie tiene derecho a malograr lo mejor que puede sucederle a una persona, ni aunque tenga que padecer por ello cuanto le queda de vida. Son instantes tan poco frecuentes que se vuelven sagrados.

– No te abandonaré.

– Estoy segura de ello. Pero no es ésa la cuestión. Esa mujer te necesita. Su vida depende de que lo que tú decidas. Desde que la viste, te resplandecen los ojos. Te ilumina por dentro. Otro que no fueras tú estaría cantando a voz en cuello por los tejados. Y si tú no cantas, Atiq, es porque nadie te ha enseñado a cantar. Eres feliz, pero no lo sabes. Esa dicha tuya te supera y no sabes cómo regocijarte de ella. Te has pasado la vida escuchando a los demás: tus maestros y tus gurúes, tus jefes y tus demonios, que te hablaban de guerra, de hiel, de afrentas. Se te sale todo eso por las orejas y te entran temblores de manos. Y por eso te da ahora miedo escuchar lo que te dice el corazón y aprovechar la suerte, que al fin te sonríe. Bajo otro cielo, tu desamparo enternecería a toda la ciudad. Pero Kabul no entiende gran cosa de esa clase de desamparos. Y si nada le sale bien, ni las alegrías ni las penas, es porque ha renunciado a ello… Atiq, marido mío, hombre mío, ha caído sobre ti una bendición. Escucha tu corazón. Es el único que te habla de ti mismo, el único que posee la verdad verdadera. Su razón es más fuerte que todas las razones del mundo. Fíate de él, deja que guíe tus pasos. Y, sobre todo, no temas. Porque, de entre todos los hombres, esta noche, tú eres el que AMA…

Atiq empieza a temblar.

Musarat vuelve a tomarle la cara entre las manos y le suplica:

– Vuelve con ella. Todavía estás a tiempo. Con un poco de suerte, antes de que amanezca estaréis al otro lado de la montaña.

– Llevo dándole vueltas dos días y dos noches. No estoy seguro de que sea una buena idea. Nos alcanzarán y mandarán que nos lapiden. No tengo derecho a ofrecerle falsas esperanzas. Es tan desdichada y tan frágil. Doy vueltas por las calles, rumiando mi plan de fuga. Pero en cuanto la veo, serena en su rincón, toda mi seguridad se desmorona. Entonces, me voy a seguir deambulando por el barrio, y vuelvo aquí, con mis proyectos pisándome los talones; y cuando recupero las fuerzas, se tambalean mis certidumbres. Estoy totalmente perdido, Musarat, no quiero que me la roben, ¿te das cuenta? Les he dado mis mejores años, mis sueños más insensatos, mi carne y mi mente…

Y, para mayor pasmo de su mujer, Atiq se parapeta tras las rodillas con los hombros estremecidos de sollozos.

Atiq tiene que prepararse. Mañana, Qasim Abdul Jabar vendrá a buscar a la prisionera para conducirla a ese lugar por el que no se aventuran ni los dioses ni los ángeles. Se cambia de ropa en su cuarto, se enrolla con firmeza el turbante. Los certeros ademanes contrastan con la fijeza de la mirada. En la otra punta de la habitación, Musarat lo observa, con media cara en la penumbra. No dice nada cuando él pasa a su lado, no se mueve cuando lo oye levantar la falleba y salir a la calle.

Hay luna llena. Se ve con claridad y a lo lejos. Racimos de insomnes atiborran los umbrales de los tugurios; su galimatías exacerba el zumbido de la noche. Tras las paredes, llora un niño pequeño: su vocecita se alza despacio hacia el cielo en que millones de estrellas se llaman entre sí.

La prisión está sumida en sus propias obsesiones. Atiq aguza el oído y no percibe sino el crujido de las vigas abrumadas de calor. Enciende el farol; su sombra se proyecta, deforme, en el techo. Se sienta en el catre, de cara al pasillo de la muerte, y se coge la cabeza con ambas manos. Durante una fracción de segundo lo atenaza la necesidad de ir a ver cómo está la detenida; resiste y se queda sentado. Le late el corazón como si se le fuera a romper. El sudor le surca el rostro y le chorrea por la espalda; no se mueve. La voz de Musarat le cruza por el pensamiento: Estás viviendo los únicos momentos que merece la pena vivir… En el amor, hasta las fieras se vuelven divinas… Atiq se ovilla alrededor de su pena, intenta contenerla. Enseguida vuelven a estremecérsele los hombros y un prolongado gemido lo obliga a arrodillarse en el suelo. Se prosterna, con la frente en el polvo, y empieza a recitar cuantas oraciones le pasan por la cabeza.

– Atiq…

Se despierta, con la cara pegada al suelo. Se ha quedado dormido mientras rezaba. A su espalda, se reflejan en la ventana las primeras reverberaciones de la aurora.

Tiene ante sí una mujer con burka.

– ¿Cómo? ¿Ya están aquí las milicianas?

La mujer se alza el capuchón de rejilla.

Es Musarat.

Atiq se incorpora de un brinco y mira alrededor.

– ¿Cómo has entrado?

– Me he encontrado la puerta abierta.

– ¡Dios mío! ¿Dónde tenía yo la cabeza? (Luego, recobrando los sentidos:) ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?

Ella le dice:

– Ha ocurrido un milagro esta noche. Mis plegarias y las tuyas se juntaron y el Señor las escuchó. Creo que tus deseos te serán concedidos.

– ¿De qué milagro hablas?

– He visto cómo te brotaban lágrimas de los ojos. Y pensé: si lo que estoy viendo es cierto, entonces es que nada está del todo perdido. ¿Tú llorando? Ni cuando te saqué la metralla del cuerpo conseguí arrancarte un grito. Durante mucho tiempo he estado hecha a la idea de que se te había fosilizado el corazón, que nada podría ya conseguir que se te estremeciera el alma, o que soñases. Te he ido viendo, día a día, convertirte en la sombra de ti mismo, tan insensible ante tus reveses como una roca ante la erosión que la desmenuza. La guerra es una monstruosidad y sus hijos tienen a quién parecerse. Porque así son las cosas, accedí a compartir la vida con alguien que sólo aspiraba a cortejar a la muerte. Así, por lo menos, tenía motivos para creer que mi fracaso no era cosa mía. Y, luego, esta noche he visto con mis propios ojos cómo ese hombre que ya creía irrecuperable se cogía la cabeza entre las manos y lloraba. Y me he dicho: eso demuestra que aún queda en él un rescoldo de humanidad. He venido a avivarlo hasta que se haga mayor que la luz del día.

– Pero, ¿qué estás diciendo?

– Que mi fracaso sí que era cosa mía. Eras desgraciado porque no supe darle un sentido a tu vida. Si tus ojos no conseguían que tus sonrisas fueran sinceras, la culpa la tenía yo. No te di ni hijos ni nada que te consolase de esa ausencia. Cuando me estrechabas, tus brazos buscaban a alguien a quien nunca encontraron. Cuando me mirabas, te asaltaban recuerdos tristes. Yo me daba cuenta perfectamente de que no era sino una sombra que tomaba el lugar de la tuya, y me avergonzaba de ello siempre que te desviabas de mí. No era la mujer que tú habías amado, sino la enfermera que te cuidó y te puso a salvo y con la que te casaste por agradecimiento.

– La enfermedad te ha trastornado, Musarat. Y, ahora, vuelve a casa.

– Intenté ser hermosa y deseable para ti. Sufría por no poder conseguirlo. Soy de carne y de sangre, Atiq; cada uno de tus suspiros me azota de plano. Cuántas veces me he sorprendido aspirando el olor de tu ropa, como una oveja huele el rastro de su cordero, que se ha alejado algo del rebaño y tarda en regresar; cuántas veces he pecado al no reconocer en la suerte la voluntad de Dios. Me preguntaba por qué te había pasado eso a ti, por qué me había pasado a mí, y nunca por qué nos había pasado a nosotros.

– ¿Qué es lo que quieres exactamente?

– Que suceda un milagro. Cuando vi que te brotaban las lágrimas de los ojos, creí ver abrirse el cielo sobre lo más hermoso que pueda haber. Y me dije que la mujer capaz de causar una conmoción así no debe morir. Cuando te fuiste, palpé el sitio en que habías estado, buscando una lágrima olvidada. Quería bañarme en ella. Lavarme de mis aflicciones de este mundo. Fui aún más allá en ese lavatorio, Atiq.

– No te entiendo.

– ¿Por qué intentar entender algo que es, en sí, una perplejidad? Lo que ganan los hombres lo hacen en detrimento de lo que pierden. No hay nada malo en tolerar lo que es imposible impedir; la desgracia y la salvación no dependen de nosotros. Lo que quiero decir es sencillo y doloroso, pero no queda más remedio que admitirlo: ¿qué es la vida y qué es la muerte? Ambas son equivalentes y ambas se anulan entre sí.

Atiq retrocede cuando se le acerca Musarat. Ella intenta tomarle las manos, y él se las pone a la espalda. La luz del alba ilumina el rostro de la mujer. Musarat he recobrado la serenidad; nunca su rostro fue tan hermoso.

– En esta tierra de errores sin arrepentimiento, el indulto o la ejecución no son el desenlace de una deliberación, sino la manifestación de un cambio de humor. Dile que le has hablado de su caso a un mulá influyente. Sin entrar en detalles. No tiene por qué saber qué ha sucedido. Dentro de un rato, cuando vengan a buscarla, enciérrala en tu despacho. Yo me meteré en la celda disimuladamente. Total, una burka en vez de otra. Nadie se va a molestar en comprobar la identidad de la persona que va dentro. Ya verás cómo todo sale bien.

– Estás completamente loca.

– De todas formas, ya estoy condenada. Dentro de unos días, como mucho dentro de unas semanas, el mal que me consume acabará conmigo. No me gustaría que mi agonía se prolongase inútilmente.

Atiq está espantado. Rechaza a su mujer y, alargando ambas manos, le suplica que se quede en donde está.

– Eso que dices no tiene ni pies ni cabeza.

– Sé muy bien que tengo razón. Es el Señor quien me inspira: esa mujer no va a morir. Será todo lo que yo no he podido darte. No puedes darte cuenta de lo feliz que soy esta mañana. Voy a ser más útil muerta que viva. Te lo ruego, no desbarates lo que la suerte está por fin dispuesta a darte. Hazme caso por una vez…