38805.fb2 Las Mujeres De Adriano - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

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– ¿Ha leído usted el informe completo? -me

preguntó Adriano.

– Sí.

– ¿Le parece verosímil?

– No.

– La verdad tiende a ser inverosímil o insoportable -dijo Adriano.

En la siguiente comida, volvió a su relato:

– Una estadística vulgar de los salones de clase es la de la alumna enamorada del maestro o el maestro abusando de su prestigio con la alumna. Es una estadística universal, con lo que quiero decir: inevitable. Había visto brillar esa fatalidad en los ojos de mis alumnas muchas veces, lo mismo en las regulares de mis cursos que en las mujeres un tanto ociosas, pero de cabeza abierta, que organizaban seminarios privados para entretener sus días. Había rehusado siempre la pesca en aquellos lagos cautivos. No sé si queda claro por mi relato, que pone juntas a mis mujeres y parece multiplicarlas, pero mi disposición amorosa es más bien exigua. Me han gustado largamente las mujeres, de toda clase y condición, pero no he tenido ante ellas el impulso del predador ni la promiscuidad del mujeriego. He sido un exclusivista, un reservado, en cierto modo un abstinente y, aunque parezca extraño, un monógamo, propicio a la rutina y a la repetición más que a la novedad y a la aventura. En los tiempos de mi concentración exclusiva en María Angélica, la vida se movió de pronto como un huracán y me puso frente a otra cosa. De la mujer que voy a contarle, me avergüenza decir que era mi alumna, pero lo era, aunque de una condición extraña. Pertenecía a la misma generación del más insólito de mis alumnos, el mejor y el peor de todos ellos, a quien usted conocerá de sobra, aunque sólo sea de oídas. Me refiero a Carlos García Vigil, cofundador del diario donde usted trabaja, precursor de usted y de tantos talentos académicos como el suyo en eso de ir a buscar el vellocino de oro a las redacciones de los periódicos.

– No el vellocino de oro -precisé-. Sólo un poco de aire fresco y vida pública. Pero usted tiene razón: yo llegué al diario siguiendo el camino de Vigil, que para nosotros fue legendario.

– Las muertes prematuras facilitan la fabricación de leyendas -dijo Adriano con súbita amargura-. Pero no son sino eso: muertes prematuras, desperdicios de la suerte. Llevo años pensándolo y todavía no entiendo qué buscan ustedes en los periódicos. Qué buscaba Vigil, qué busca usted. Ya conoce mi obsesión, la hemos hablado muchas veces. Vigil habría sido un historiador sin igual, un escritor extraordinario. Fue sólo un periodista malogrado. No estoy haciendo alusiones personales -sonrió-. Se lo digo abiertamente: cuide que no le suceda lo mismo. En todo caso, lo cierto es que Vigil ejerció una poderosa atracción sobre mí desde el primer momento, una atracción irritante, polémica, entrometida. En el fondo, supongo, una atracción paternal. Todavía hoy me descubro discutiendo con él, tratando de corregirle la vida, como si aún viviera, como si pudiéramos corregir lo incorregible. El caso es que Vigil ejerció parte de su poder de atracción acercándome a sus compañeros de clase. Por razones pedagógicas, en materia de trato con mis alumnos he guardado siempre una distancia magisterial, hasta pedante. Como a usted le consta, nuestros encuentros eran siempre en el salón de clase y sólo ocasionalmente en mi casa, para desahogar cuestiones académicas. He procedido así con todos mis alumnos, salvo con Vigil y su generación, y ahora con usted. Vigil me invitaba a sus círculos de discusiones, y luego a sus fiestas. Ya sabe usted, esas fiestas juveniles de malos alcoholes y exageraciones de la edad que terminan con frecuencia en puñetazos. Acudí primero a una reunión del círculo, luego a una fiesta, luego a otra, al final a varias. De pronto, cierta noche, en las postrimerías de una de aquellas fiestas, me vi lleno de alcohol, tirado en un diván con una joven alumna besándome con urgencia adolescente. Algo adolescente, en efecto, despertó en mí, un flujo de vida desafiante, nueva. Pasada cierta edad, decía el poeta Jaime Sabines, la juventud y el amor sólo pueden adquirirse por contagio. Digamos que esa noche padecí un agudo contagio de ambas cosas. Volví a casa al amanecer igual que un lobo joven después de la caza, sin sueño ni fatiga.

«Hasta entonces, mi fusión con María Angélica había llenado por igual mis deseos y mis pensamientos. Había potenciado mis certidumbres en torno a la superioridad del pensar sobre al hacer, las ventajas del claustro sobre la intemperie, del día sobre la noche, de la armonía sobre el exceso, de la rutina plácida del amor sobre el rapto de la aventura. Las caricias inesperadas de mi alumna barrieron todo eso como quien limpia de una brazada los papeles viejos de un escritorio. Se llamaba Cecilia Miramón. Era hija de un padre mayor y tenía debilidad por sus mayores. La tuvo por mí, suponiéndome un sustituto de sus fantasías infantiles. Las fantasías infantiles están llenas de duendes y hadas, pero están cruzadas también por la perversidad de las pasiones, como si la edad adulta acechara al niño desde muy temprano. La niña quiere entrar inocentemente a la recámara de sus padres para ver lo que sospechan sus glándulas dormidas. Así empieza su historia de adulta precoz y niña eterna. Acaba metida con un hombre mayor dueño de todos los arreos que delatan a la figura buscada del padre, la alcoba prohibida, los oscuros celos infantiles. Todo eso está muy visto y dicho. Lo que no siempre se dice es el enorme placer que esos desplazamientos pueden darle con el tiempo a la niña transgresora y, sobre todo, el placer sin fronteras que puede darle un amor joven por el padre a un adulto joven capaz de suplirlo en las fantasías de su hija. Cecilia era hija, como yo, de un padre talentoso, escritor de altos registros perdido sin embargo, como tantos, en la noria de la falta de estímulos de la vida intelectual mexicana: más alcohol que lectores, más servidumbres burocráticas que oportunidades literarias, vocaciones sin eco en la gran muralla de un país bárbaro y provinciano. En fin, una vieja historia que sólo el tiempo ha empezado a curar, como todo en la historia. Fui beneficiario de ella en el cuerpo joven y fresco de Cecilia Miramón, quien acudió a mí como a todas sus cosas, con una energía sin límite que escondía cierta necesidad de aturdimiento, la urgencia de perderse en el ritmo huracanado de sus propias acciones. "Me emborrachas", decía Cecilia en nuestras sobremesa, que discurrían, es cierto, por los rieles del vino abundante y los siempre penúltimos brindis. En realidad se emborrachaba ella, al principio con gracia, se llenaban de humedad sus labios y de lujuria sus ojos; después, a mitad de la tarde o de la noche, era como una doncella envilecida, un animal en celo, hipnótico y belicoso que había que domar para amar. Yo no había estado con una mujer de la edad de Cecilia Miramón desde que tuve a medias a Regina, antes de su boda. Eran increíbles para mí la dureza de sus carnes, la rapidez de sus glándulas, la flexibilidad de su cuerpo. Volvía con renovado fuego sobre mí haciéndome sentir que era yo quien la incendiaba y no sus años. Acaso envejecer no sea sino una forma de hacerse lento, de perder velocidad y prisa, lo mismo que ilusión y deseo. Las fáciles humedades de Cecilia Miramón denunciaban las lentitudes de María Angélica. Cecilia podía irrumpir en mi cubículo de la Universidad una mañana para obligarme, con prisa envanecedora, a tenerla ahí mismo, sentado en mi sillón profesoral con ella encima, urgida, amorosa, adolescente como el primer día. Me reía de mi mismo después, recordándolo con risa de hombre libre, zafado de sus convenciones (la corbata, el peinado, los sombreros, los miedos). La novedad de Cecilia y el surtidor veloz de sus pasiones no trajeron, como podía esperarse, un desencanto de mis amores viejos, en particular de mi amor por María Angélica, única con quien competían en ese tiempo. Por el contrario, el pacto con Cecilia y sus desvaríos abrió una ventana de nueva lujuria con María Angélica. Antes de darme cuenta iba de un lecho a otro con entusiasmo de principiante, retomando en uno lo que acababa de dejar en el otro, del mismo modo que empezaba un libro apenas ponía los ojos en las líneas finales del anterior, como el goloso en el siguiente plato o el místico en la siguiente epifanía. María Angélica y Cecilia eran mis epifanías alternas. Durante casi un año la única tentación de mi vida, el único afán, fue tenerlas, ir de una a otra sin saciarme de ninguna. Pagaron aquella afición mis libros y mis clases, que abandoné sin reconocerlo; gozaron mis glándulas, y también mi cabeza, dichosa de aquel abandono. Fui feliz y ellas, creo, también lo fueron, María Angélica sin saber de Cecilia y sin otra aventura, creo, que mi compañía; Cecilia sabiendo de María Angélica y gozando doblemente por la ignorancia de la otra. Había entrado por fin en la alcoba prohibida, ejercía su dominio sobre la posesión de la mujer mayor que sus años odiaban y su cuerpo traicionaba con alegría.

»La trasgresión de Cecilia se prolongaba hacia mí, desde luego, como si yo fuera la puerta de entrada al casino, la primera mesa entre muchas donde apostar su necesidad de vértigo. Era generosa con su cuerpo y universal en sus deseos, con pasión que me recordaba a Carlota. Suscitaba en mí los celos que sólo había suscitado la misma Carlota, pero Carlota porque me había hecho sentir un muchacho tonto, Cecilia porque me ponía en la situación de ser un adulto imbécil. Me echaba en brazos de Cecilia loco de celos, ansioso de vida, dispuesto a algunas bajezas para conservarla, como darle trabajo que no podía hacer para hacerlo con ella, para mantenerla cautiva al menos por esos momentos. Toleré que me presentara a su novio formal para compartir conmigo el placer malsano de engañarlo juntos, al tiempo que yo aceptaba, con celos incontrolables, su recíproca traición. Con ninguna de mis mujeres toqué como con Cecilia los límites de la abyección y la perversidad que acompañan sin embargo, tan frecuentemente, la pasión amorosa, el extraño placer de dañar y ser dañado, gemelo del impulso de proteger y cuidar, las ganas de reñir junto a las de comulgar, de engañar y ser fiel, de herir y de idolatrar: los extraños límites de la pareja, tan misteriosa como ingenua, tan oscura como transparente. Fue natural, pienso ahora, que aquella vecindad espiritual convocara la física. Una mañana, sorpresivamente, levanté el auricular del teléfono en mi estudio y ahí estaba la voz ronca, siempre insinuante, de Carlota. "Regresé", dijo, "Más vieja, pero siempre dispuesta para ti." "Y yo para ti", contesté, sin pensar. Nos vimos esa misma tarde, por primera vez en cinco años. El paso del tiempo estaba en su rostro; también, sobre todo, en mi mirada. A sus cincuenta y seis años, Carlota seguía joven de peso, de atuendo, de gesto y de actitud. Había incurrido en su segunda o tercera cirugía, no recuerdo. Le habían endurecido los pechos, estirado el vientre y suavizado las facciones. Mantenía la cintura esbelta, los brazos y las piernas delgados, parejo el color de nuez obtenido del sol y el aire libre. No tuve trabajo alguno para entrar de nuevo en la zona eléctrica de nuestro trato, la zona de siempre a pesar de los años. Supongo que incurrí en caricias prestadas de Cecilia, porque al final de nuestro encuentro, Carlota dijo: "Acusas todos los síntomas de tener novia joven." No hice comentarios pero entendí que el suyo probaba de algún modo la continuidad de nuestra pertenencia. Acepté la dicha de tenerla de nuevo junto con la certidumbre de que, a partir de aquella tarde, no repartiría mi tiempo entre dos sino entre tres mujeres, perspectiva extenuante que llenó de omnipotencias juveniles mis huesos renovados. Dejé de ir al instituto el horario completo para pasar más tiempo con Cecilia y Carlota, cuya frecuentación reducía el dedicado a María Angélica y a mis tareas académicas. María Angélica dijo algo sobre mis ausencias intelectuales, como si reprochara las físicas, pero las físicas, lejos de disminuir, habían aumentado y había poco piso convencional a su sospecha de mi infidelidad, la cual me hacía desearla más que nunca, aunque pasara menos tiempo con ella.

»Veía a Carlota una o dos veces a la semana para comer o cenar en su casa; recibía a María Angélica una o dos noches en la mía, casi siempre los fines de semana en que podía dejar a sus hijos con Matute. Con frecuencia salíamos juntos de la ciudad. Cecilia era imprevisible, pero constante. Me asaltaba en mi casa por las tardes o en mi cubículo por la mañana. Casi siempre quería seguir a comer o ir a un centro nocturno que no debía perderme. Me gustaba Cecilia pero me fastidiaba su entorno, del que se había apartado Vigil, casado prematuramente con una mujer que corrigió sus hábitos sin mejorar su vida. La dejó pronto para salir a la intemperie de la que no regresó. Almorzaba con Cecilia o salíamos de copas por la noche, y yo bebía entonces tanto como ella. Así, normalmente, lo que había empezado en amores por la mañana o en la tarde terminaba en amores por la tarde o la noche. De modo que tenía mujer todos los días; a veces, por fortuna pocas veces, dos veces cada día. No me quedaban bríos para otra cosa que leer novelas, de preferencia intimistas, pero tampoco me importaba. Gozaba aquella vagancia de ánimo laxo atento a la ocasión amorosa con su secuela de pereza y suspensión del mundo, quiero decir: el mundo de la investigación al que me había entregado como quien funda una iglesia de consumo personal. Los credos de aquella iglesia parecían desdibujados, remotos. Mi vida crecía en un lugar contiguo pero infinitamente distinto del que había elegido hasta entonces. Una tarde, en un descanso de aquel remolino, me descubrí hablando por teléfono con Regina Grediaga para invitarla a tomar una copa. La buscaba por primera vez desde nuestra separación, la encontré tan dispuesta como si ella me hubiera buscado. Seguía venturosamente casada, tenía un amante y cinco hijos, el mayor de los cuales había entrado a la Universidad. Se conservaba delgada, lánguida, irresistiblemente hermosa para mí, que amaba en ella menos a una mujer que un arquetipo, el arquetipo de la mujer perdida. Amaba en Regina lo que no pudo ser. Ella, por su parte, había ganado sentido práctico y humor de mujer hecha. Se sometía a sus esclavitudes conyugales sin renunciar a los sueños de su cuerpo ni a los lugares secretos de su independencia. Solíamos vernos al mediodía en un hotel donde almorzábamos juntos. Nos metíamos en la cama hasta caer la noche. "Hechas todas las cuentas", me dijo una vez, "a nadie he querido más tiempo que a ti." "Lo mismo digo", respondí, y los dos decíamos la verdad. Seguimos viéndonos de cuando en cuando, cada tres semanas primero, luego cada quince días, hasta que me encontré preparando en mi agenda nuestro encuentro de cada semana, cuidando que nuestras horas no tuvieran rival en las otras que eran también ya parte obligada de mis días.

»Para completar el torbellino, me faltaba una sorpresa, pero esa se la contaré en nuestra siguiente comida. Me doy cuenta al contarle de que la vida transcurre más despacio que sus cuentos. Narrar, si algo, es quitar el tiempo muerto de la vida. Tome su turno ahora. Cuénteme las cosas de la República.»

No hay en mis cuadernos el registro del tiempo muerto al que aludía Adriano, sólo de su siguiente andanada narrativa. Adivino en mi caligrafía de esa ocasión una vivacidad de más, hija de los coñacs de sobremesa y de la prisa del enigma por encontrar su fin. Según mis transcripciones, limpiadas aquí de otros temas, Adriano siguió su historia con un inesperado circunloquio. Dijo:

– Asunto de historiadores es aburrirse en congresos y simposios oyendo a los colegas repetir los hallazgos de su especialidad. Yo era un adicto a esas convenciones de la repetición, reconocía en ellas algo humilde y profundo sobre la verdad de la historia. A saber, que es imposible descubrirla. Conviene dedicarse a ella como se dedican las hormigas al hormiguero, confiando en que la actividad se explica por sí misma y que todo responde a un designio mayor, cuyo sentido se nos escapa. Acudía a esos simposios con humilde orgullo de artesano, a repetir algunas variantes de mis hallazgos, a oír las reiteraciones de otros sobre los suyos. Siendo todavía muy joven, en mi primer simposio de historiador profesional, oí a una joven doctora de la Universidad de Texas resumir su tesis doctoral sobre la movilización agraria de México en las guerras de independencia. Era mayor que yo quince años. Durante los siguientes treinta, todo lo que supe de ella, simposio tras simposio, fue que se hacía vieja añadiendo información al mismo tema de su tesis doctoral. Murió como la experta mayor en la materia. Sus conclusiones fueron revisadas, en gran medida destruidas, por la investigación sobre el mismo tema de un alumno suyo, su asistente, que dedicó dos décadas a completar y corregir el tema de su maestra inolvidable. Los dos tenían razón o no la tenían en absoluto: sus vidas habían tenido el sentido de alcanzar juntos ese conocimiento y de contradecirse y no alcanzarlo. Al separarme de ella, Ana Segovia empezaba a padecer aquel destino profesional con la ampliación interminable de su primer asunto historiográfico: la historia de la efigie de la Virgen de Guadalupe. Andaba en el tercer reinicio de su investigación sobre el tema, ampliado ahora al arte pictórico religioso de las dos orillas, América y España. Buscaba el origen de la virgen morena mexicana en la técnicas de los pintores anónimos que habían llenado de vírgenes moras la Es paña de la reconquista, en particular algunas capillas extremeñas, tierra de nuestros conquistadores. Luego de evitarla minuciosamente casi cuatro años, injustamente saturado de mi vida con ella, me la topé en uno de aquellos simposios. Nos cruzamos al entrar a la cena del primer día. El azar quiso que esperáramos juntos unos minutos la asignación de nuestros lugares. Ana despedía una exquisita fragancia de limón, usaba unos zapatos altos que arqueaban sus pies y mejoraban sus piernas. Se le habían hecho unas bolsas pequeñas bajo los ojos, su frente parecía más amplia, su boca más grande, sus dientes menos blancos. De pronto, envuelto en la fragancia de limón, volví a verla simplemente como era, como si nada supiera de ella ni la vida hubiera gastado lo nuestro. Al terminar la cena, la busqué en el bar del hotel donde se hospedaba. Me hice el turista casual hasta que di con ella: "Te estaba buscando", le dije. "Tenemos que hablar." "Hablar es mi especialidad", respondió Ana. "Junto con los historiadores maduros y los curas renegados." Nos sentamos en un rincón del bar y hablamos como si no nos conociéramos. Se había casado con un industrial de la cerveza, hijo de un emigrante gallego. Tenía dos hijos y una hostilidad fratricida contra María Angélica, su amiga y sucesora. "No la culpes a ella, cúlpame a mí", le dije. "La culpo a ella porque a ti no puedo odiarte", me dijo. "No sé por qué, pero quedaste a salvo de ese sentimiento." "¿Es decir?", pregunté. "Es decir, que en materia de amores, como tú dices, siempre hay alguien que anda corto y alguien largo", dijo Ana. Añadió: "Te recuerdo que no fui yo quien se fue de nuestra vida juntos. De hecho, no me he ido. Simplemente me casé con otro." Pasamos esa noche en mi cuarto de hotel y lo que faltaba del congreso aturdidos por el reencuentro. Nuestros cuerpos habían aprendido en otros cosas distintas de las que sabían hacer juntos. Había una extraña novedad en la restitución del hábito de querernos. Fue una sorpresa y una revelación. Al separarnos en el aeropuerto, Ana me dijo: "Voy a proceder en esto como si no hubiera sucedido, como si se tratara de un sueño. Si no fue así, desmiénteme con tu siguiente llamada. Si me llamas, yo iré a buscarte para seguir soñando."

«La noche de mi llegada tenía en el contestador telefónico llamados de María Angélica y Carlota para cenar. Había también un mensaje de Regina, reprochando mi abandono. Pero nadie estaba en mi ánimo salvo Ana Segovia, a la que había expulsado por años, sin razón alguna, como a una enemiga, de mi vida. Me eché en la cama boca arriba a pensar en ella. Pero a la hora de marcar el teléfono no la llamé a ella, sino a Cecilia Miramón, a quién hallé dispuesta a perderse conmigo en una noche de rumba. A la mañana siguiente llamé a Regina, a María Angélica y a Carlota, pero sólo quería oír la voz de Ana. La llamé también. Cuando vino al teléfono me brincó el corazón. Pensé que su marido la habría tenido aquella noche. Tuve la especie de celos que describe Spinoza, el odio por las humedades de otro en la mujer que amamos. Pasé la mañana odiando al marido de Ana, imaginándola desnuda, abierta para él en su lecho utilitario. Después, el mundo se aclaró, la evidencia de mis compromisos se me vino encima. Tenía que ver a María Angélica, dormir con Carlota, citarme con Regina, dejarme atacar por Cecilia y reincidir en Ana. El cielo se había llenado de estrellas y yo no tenía tiempo para mirarlas una por una. Era el mes de febrero, empezaba el año que yo llamo de la dicha mayor. Aquel año, en distintos tiempos, con distintos ritmos, tuve a la vez a todas las mujeres de mi vida. Todas y cada una, las cinco, una tras otra y de regreso. Nunca las quise tanto como cuando las tuve a la vez. Quiero decir: cada vez a cada una.

»Yo tenía entonces cuarenta y seis años, Carlota Besares cincuenta y seis, Regina cuarenta y cuatro, María Angélica treinta y siete, lo mismo que Ana. Cecilia Miramón tenía veintiséis. Por ahí tengo el cuadernillo con mi diario de aquellos meses. Me avergüenza su materia porque no es sino un registro envanecido de mis días fornicarios, una bitácora de presunción adolescente. Debo decir que consignaba aquellos hechos llevado por la sorpresa más que por la vanidad. Tampoco me quedaban energías intelectuales para escribir otra cosa. Había perdido el rumbo del camino al que había dedicado mi vida. Quizás, pienso ahora, lo había encontrado porque el hecho es que, en medio de la culpa constante de no leer, no estudiar, no anotar, no escribir, venía el barco ebrio del placer, el barco de la dicha terrenal, hecha de saciedad y extravío. Fue mi año dionisiaco en el sentido pobre del término. No hubo nada divino en él y nada quedó del ejercicio de sus misterios, salvo la molicie gozosa y el espíritu húmedo, rendido a los mandatos de las vísceras, las maravillosas vísceras que secretan sin pensar, pidiendo siempre más de aquello que las sacia y las lastima.

«Pasaba los fines de semana con María Angélica en su pequeña finca de campo. Era mi remanso. Los lunes por la noche eran para Carlota con una regularidad que lejos de adocenar hacía único nuestro encuentro. Los horarios de la casa de Regina Grediaga dejaban sólo el mediodía del miércoles para nuestro encuentro. Nos escondíamos del mundo en el penthouse de un hotel de moda al que llegábamos y del que salíamos separados por razonables intervalos de tiempo. La reincidencia con Ana tuvo una especie de avidez adúltera. La veía por las mañanas, a la hora en que hacen el amor las mujeres casadas que atienden su casa, con hijos y marido. Nuestro horario se cruzaba con las irrupciones matutinas de Cecilia Miramón, que me asaltaba en el cubículo, una hora después de mi encuentro con Ana. Trabajaba esos días doble jornada sexual. El exceso era un rejuvenecimiento, henchía mi vanidad, pero me dejaba vacío de todo propósito que no fuese alguna otra forma de rito sensual, como beber o comer, abandonarme a la contemplación de lo inocuo, caminar por el bosque de Tlalpan, escudriñar su flora, alimentar sus ardillas, cuidar mis uñas con una manicurista, elegir minuciosamente la corbata. Me aficioné entonces, como dije, a la lectura de novelas, me volví adicto al cine, a las compras y a las revistas del corazón. Eran todas páginas del libro analfabeto del placer, el libro de la vida gozosa. Me acostaba tarde y me levantaba tarde, asunto por completo ajeno a mis hábitos, y no había en mi cabeza sino el cuerpo de mis mujeres bañado por la memoria de sus detalles, sus posturas, sus gemidos, sus palabras. La memoria incitaba la lujuria, lo mismo que el vino frecuente, la variedad de los cuerpos y la miseria de los sentimientos. Estar con Ana inducía perversamente la búsqueda de María Angélica, a quien Ana odiaba tan intensamente como la odiaba María Angélica y por la misma razón, o sea yo. Según Ana, María Angélica la había traicionado como amiga quedándose conmigo. Según María Angélica, la sombra rencorosa de Ana me impedía establecer con ella el matrimonio normal que deseaba. Aquella repulsión mutua las volvía atractivas alternativamente para mis bajos instintos, tan diferentes de lo que hubiera pensado nunca sobre la complejidad de los sentimientos. La rivalidad de una me echaba en brazos de la otra. Pronto descubrí que era casi siempre después de estar con alguna de ellas cuando sentía necesidad de Regina Grediaga. Regina preguntaba despectivamente por Ana y por María Angélica. Las tres me hacían sentir su celo por las otras, codicia que encendía triangularmente mi deseo por ellas. Ana y Regina sabían de mi relación estable con María Angélica y se las ingeniaban para hacerle sentir su presencia irregular. María Angélica desconocía mi recaída en Ana y mis citas con Regina, pero los recados telefónicos de una y otra dejados en el instituto o en mi casa, terrenos de María Angélica, eran demasiado públicos para ser inocentes.

»Carlota y Cecilia vivían en un mundo aparte. No peleaban entre ellas por mi exclusividad, ni con las otras. Carlota era confidente de mis amores, una liturgia de pleno derecho, anterior a todos ellos. En su cama habíamos hablado de todas las apariciones y las pérdidas, con la única excepción de mi recaída en Ana Segovia, que le ocultaba a Carlota por amor propio, pues le había hablado demasiado mal de Ana. A Cecilia nada había que contarle, porque nada buscaba saber, sólo quería tomar el botín del momento, no ser su propietaria. Sabía de mi relación con María Angélica y daba por descontada la existencia de otros amores, en cuya evolución mostraba un interés secundario, como el médico en los síntomas de una enfermedad trivial. Carlota era mi madre concubina, indulgente hasta la complicidad; Cecilia mi hija transgresora, cómplice hasta la indiferencia. Más allá de la vanidad del narciso mirándose en los ojos de sus mujeres, el paso de un estanque a otro no carecía de rigor pedagógico. Por una parte, íbamos envejeciendo juntos. Las conocí jóvenes y no las dejé de ver muchos años seguidos. No envejecieron para mí con esa inmediatez de lo viejo que tienen las fotos. Usted se va acostumbrando a los cambios del rostro, que son los cambios del tiempo, y sigue viendo en esas facciones apenas cambiadas la misma traza del momento primero, la misma mujer de veinte años tras el rostro de la mujer de cuarenta, del mismo modo que ve en el espejo al mismo joven de dieciocho tras las arrugas del viejo de sesenta. Por otra parte, íbamos envejeciendo diferencialmente. Carlota había sido una fragante mujer de treinta años cuando la conocí y era una alegre cincuentona que se acercaba delgada y sin complejos a los sesenta. Mi novia adolescente, Regina Grediaga, era tan joven o tan vieja como yo mismo, que caminaba al medio siglo. Ana y María Angélica veían enfrente la raya de los cuarenta, amenazante como el cargamento de arrugas que iba echando sobre sus rostros el espejo. Cecilia no era ya la estudiante anárquica que se había echado sobre mí en una fiesta, sino una mujer joven acechada por los primeros fantasmas del alcohol. La diferencia de sus edades era una enseñanza sobre los rigores del tiempo. Veía en Carlota las debilidades del cuerpo que acabarían teniendo las otras. La imprudencia de mis movimientos amorosos la lastimaba a veces donde antes la enloquecía. La rapidez de las glándulas y la dureza de los tejidos de Cecilia desafiaban mi resistencia; sus movimientos exigentes podían a su vez lastimarme en un pronto de amores imperiosos. Cecilia se me colgó un día del cuello y me echó las piernas a la cadera para que la penetrara cargándola. Al terminar, tenía una lesión en la espalda de la que no me he repuesto cabalmente. Un día me dijo: "Te habrás dado cuenta de que de un tiempo a la fecha me haces el amor con los calcetines puestos." "¿De cuánto tiempo a la fecha?", pregunté. "Unos seis meses", me dijo. Sentí ese día que la edad me había alcanzado, mejor dicho, que yo había alcanzado la edad en que todas las cosas empiezan a suceder por primera vez. Esos detalles aparte, como he dicho, aquel año tan ajeno a los hábitos de mi vida califica sin competencia alguna como el de la dicha mayor. Acaso porque era otro el que parecía vivirlo, porque en ese aluvión de las cosas juntas pude dejar de ser yo y fui otro, inesperado, sorprendente, sin misiones excesivas que cumplir ni el desánimo de no haberlas cumplido. No puedo contar aquellos meses sino por las entradas del cuaderno que registra fechas y situaciones. No registra lo esencial porque la felicidad no tiene la buena memoria de la desdicha, es un estado de suspensión que no sabe describirse, no tiene palabras ni historia, sólo suspiros, risas, inocencia, plenitud. Aquel año fue el momento mayor, sin rival, de mi historia. Ahora bien, como muestra la historia, el momento de la mayor altura de las cosas es también el principio del descenso, el punto inicial de la caída. Como en la historia del imperio romano, en mi imperio polígamo la decadencia fue más larga y en algún sentido más grandiosa que su momento estelar.

»Pero se ha hecho tarde. Empezaré a contarle la caída de mi imperio en nuestra siguiente comida. Ahora conviene que yo vuelva a mis libros y usted a su periódico, el cual ojalá se venda poco mañana: será un indicio de que nada grave le ha sucedido a nadie, cosa que no es noticia pero que tampoco está mal, para tratarse de un día cualquiera del siglo XX.»

En la semana siguiente a nuestra comida, Adriano tuvo una gripe invernal que se complicó hasta los diapasones de la neumonía. Fue como si al llegar al clímax de su narración llegara también a un clímax de su vida. Recibí una llamada de Gildardo, el chofer, confiándome la situación de su amo -palabra que nada y todo dice de la relación entre ambos-. No tenía a quién más acudir, me dijo, y agregó, misteriosamente:

– La Doñita está de viaje, no hay quien lo atienda.

Decidí que lo internaran en un hospital privado. Llegó inconsciente a la sala de terapia intensiva. Durmió entre tubos y sondas hasta que abrió los ojos fatigados dos días después de farfullar fiebres, apariciones y conjuros. Convaleció una semana en el hospital, sin más visitas que la mía y la custodia fiel de Gildardo. En una de mis visitas pregunté por la misteriosa identidad de La Doñita.

– Es la señora Cecilia, que lo visita cada semana y ordena la biblioteca -respondió Gildardo.

– ¿Cecilia Miramón? -pregunté.

– Desconozco su apellido -dijo Gildardo-. Para nosotros es la señora Cecilia y le nombran en la casa La Doñita.

– ¿Quién la nombra?

– La señora Águeda chica-dijo Gildardo.

– ¿ Y quién es la señora Águeda chica?

– El ama de llaves de don Adriano -explicó Gildardo-. Cuando yo llegué ya estaba. Su madre había estado antes con don Adriano, creo, desde que murió su tía en el año de la canica.

Cuando lo dieron de alta, fui a visitarlo a su casa. Había estado en su biblioteca portentosa un día que nos reunió a sus alumnos para consultar ahí libros que no había en la Universidad. En aquellos lejanos tiempos, su casa era una mansión renovada en sus maderas y su fachada, con un aire patricio puesto juguetonamente al día. Ahora era una mansión vieja de paredes grietosas y maderas estriadas. Había una hilera de macetones con flores secas en el corredor de la entrada. En la biblioteca, ordenada años atrás, había pilas de libros en el suelo, rastro de indolencia más que de bibliomanía. Las rinconeras atestadas de expedientes viejos y el vestigio resinoso de puros fumados concienzudamente, hacían que la casa oliera a descuido, a casino español, a ciudad de principios de siglo.

Adriano estaba sentado en un sillón de su estudio, con un libro sobre las piernas, mirando al jardín de rosales apagados cuyo único lujo era una enorme araucaria por cuyas ramas simétricas trepaba una bugambilia. Tenía la mirada fija, vidriosa, fatigada, con una vejez que no había visto antes en sus ojos.

– Me arrastró pero no me llevó -dijo, con sonrisa forzada-. En todo caso, el asunto es menos grave de lo que me había imaginado.

Debí poner cara de no entender porque Adriano aclaró:

– Me refiero al asunto de morirse. Llevo todos los días de mi convalecencia tratando de recordar algo de los días que estuve inconsciente. No recuerdo nada. No hay una sola huella de angustia o dolor. Podría estar muerto ahora. Habría sido un tránsito limpio, sin un rastro de sufrimiento. Quizá he perdido una oportunidad -sonrió-. No me entienda mal: agradezco enormemente su oportuna decisión de hospitalizarme y todas sus atenciones. Le debo la vida, no estoy listo para irme todavía. Pero he aprendido algo aquí: lo temible no es la muerte, sino la enfermedad. Hay que pedir a los dioses una vida larga o corta pero una muerte súbita.

Dijo eso y tragó un sofoco. Entendí que estaba todavía en una línea frágil, haciendo un esfuerzo desmesurado para atender mi visita. Le dejé los libros que llevaba y me despedí, prometiendo que llamaría. Al pasar por la cocina, rumbo a la calle, vi a la mujer que Gildardo llamaba Águeda chica. Era tan vieja como Adriano. Estaba sentada en una mesa frente a la estufa, con la mirada igual de lejana y vidriosa que el dueño de casa. Era la hija de su nana, bautizada así en memoria de la tía de Adriano. Habían crecido juntos hasta que Águeda chica se fugó con el novio al bordear sus dieciocho años. Regresó mujer madura, sin hijos ni novio ni memoria de lo que había sucedido con los años frescos de su vida. Su madre había muerto en su ausencia. Como si la penara por omisión, Águeda chica se radicó unos años en el servicio de Adriano. Volvió a irse después, al cruzar los treinta años, con una nueva aventura. Regresó con un hijo enfermo de polio que no podía estarse quieto y murió despeñado del techo de la casa de Adriano en la época en que cambiaban la teja del altillo y él quiso subir por la escalera para raspar, cementar y empotrar las tejas como los albañiles que caminaban por las alturas. Águeda chica penó esa nueva muerte y volvió a irse, ya mujer madura, con otro amor sin nombre que se le cruzó en el camino. Volvió sola otra vez, también sin decir palabra, con una cicatriz en el hombro que se pensó siempre herencia de algún pleito con su amor tardío. Sentó sus reales finalmente en el servicio de Adriano, inútil y silenciosa, tal como habían sido según Gildardo sus aventuras y su vida, cosas que, bien pensadas, vienen finalmente a ser lo mismo: las aventuras y la vida.

Las versiones rivales de Gildardo sobre Águeda chica fueron confirmadas por Adriano semanas después, cuando escuché su voz nuevamente fresca por el teléfono. Creí conveniente visitarlo de nuevo. Me invitó a comer en su estudio, más ordenado y luminoso ahora, lo mismo que su atuendo y su mirada. Había envejecido, no sé cómo decirlo, para bien. Ahora era un anciano pleno, sin la gota de juventud rebelde que había hasta entonces en sus setenta y dos años. Parecía un viejo en paz con sus años viejos, más tersas sus canas, más pausada su voz, más irónica y libre del culto de sí mismo su memoria.

– Si no me equivoco -dijo-, tenemos una historia a medio contar.

– Así es -respondí.

– Para estas cosas hacen falta dos -siguió Adriano-. Por mi parte le digo que yo quiero acabar de contar la historia. Le pregunto si usted quiere terminar de oírla.

Asentí, desde luego. Adriano hizo una disquisición sobre los viejos como narradores compulsivos, la verdadera tribu de aquellos a quienes les va la vida en contar porque su vida se reduce poco a poco a ello. Luego de ese circunloquio, reinició su historia.

– Creo haberle dicho que en esto de mis mujeres, como todo en la vida, apenas toqué la cima empezó a caída.

– Eso me dijo, aunque mejor trovado -acepté.

– Mejor trovado, pero lo mismo. El tema es este: si los hilos de algo pueden cruzarse, tarde o temprano habrá un nudo. De los cinco hilos de mis mujeres, dos iban por fuera, sin posibilidad de cruzarse con los otros ni entre sí. Me refiero a los hilos de Carlota y Cecilia Miramón. Pero los otros tres hilos iban compitiendo en el mismo carril. Terminaron enredándose. El pleito por el amor es un pleito por la exclusividad. Es un asunto de juventud posesiva. Mis mujeres y yo estábamos lejos de ser jóvenes, pero el amor rejuvenece y es parte de su juventud enredarse y pelear. El pleito por mi exclusividad fue un asunto de Ana, de Regina y de María Angélica, un pleito nacido, como siempre, más de los impulsos que de los derechos. Salvo María Angélica, que mantenía conmigo una especie de matrimonio con domicilios separados, las otras tenían todas campamento aparte: Ana y Regina tenían marido, hijos y casa; Carlota y Cecilia, tenían libertad sin límites y juegos sin centinela. Irónicamente, como siempre, la cadena de aquella plenitud empezó a romperse por el eslabón que parecía más seguro. Fue la furia de María Angélica la que agrietó la pirámide. Curiosas las reglas de la trasgresión, tan sutiles y tan costosas. No era escandaloso que alguien me viera comiendo con María Angélica en un lugar de moda, era parte de mi rutina. Fue intolerable en cambio que un día me vieran salir del hotel con Regina Grediaga dos amigas comunes de Ana y María Angélica. Fue la única vez que salí junto con Regina del hotel, de su brazo, celebrando supongo la continuidad de nuestros amores. Esa única vez estuvieron sentadas, una en el lobby y otra en el bar, dos amigas de Ana y María Angélica. Eran suficientemente amigas para saber la historia de Regina, la intrusa del pasado, la prueba mayor de mi mal gusto y mi inconfiabilidad. Fueron suficientemente enemigas para, en nombre de la amistad, decirles a sus amigas lo que habían visto. El tóxico actuó de inmediato. "Te vieron con tu novia la vieja", me dijo María Angélica la noche siguiente en que cenamos. María Angélica era más joven que Regina y podía llamarla vieja, pero como yo veía a Regina joven creí que María Angélica hablaba de Carlota. Negué rotundamente el hecho, con certidumbres que en vez de tranquilizarla, la agraviaron. "Te vieron", porfió y yo porfié: "Mientes y te mienten." María Angélica dio paso entonces a la descripción precisa del lugar, la hora, el vestido de Regina, mi propio atuendo. Cuando entendí mi error, estaba sepultado por el alud de sus verdades. Regina había dejado suficientes indicios de nuestra ronda amorosa para que María Angélica la sintiera desde tiempo atrás merodeando su gallinero. Yo había negado aquella ronda tantas veces como sospechas había tenido María Angélica. Mi mentira de ahora probaba las mentiras de antes. De un solo golpe, el rosario de mentiras resultó demasiado grande para pagarlo en una sola exhibición. "No quiero volverte a ver en un buen tiempo", dijo María Angélica. "Y me asumo, desde ahora, desligada de ti." Fue el primer desgajamiento. Me perturbó su partida, fue más amarga aún porque se daba en medio de mi exhibición como un charlatán. No me sentía infiel ni charlatán por el hecho de ocultar a mis mujeres la existencia de las otras. Yo lo justificaba dentro de mí como un acto de cortesía. La moral de la infidelidad es la discreción. Querer a una no me hacía querer menos a la otra y en un sentido no las engañaba dando a otras lo que no podía dar sólo a una. Ninguna, salvo María Angélica, me daba su amor en exclusiva. Yo no lo exigía de ninguna. Nadie tocaba el tema, pero todos sabíamos que en nuestros amores estaban presentes al menos cuatro personas, como quería Freud, pero de un modo literal, cada una de ellas y yo, y sus maridos y sus amantes. Todo esto es confuso, pero era abrumadoramente real; también, a su manera, de una transparencia perfecta. La ruptura de María Angélica rompió la premisa en que estaba fundado todo el silogismo de mi imperio polígamo. Esa premisa era: si nadie se da en exclusiva, nadie ha de reclamar exclusividad. María Angélica partía de otro lado: vivía solamente para mí y me quería sólo para ella, lo cual, tratándose de un historiador que peinaba canas y escribía libros de temas antiguos, no parecía demasiado pedir. El rechazo de María Angélica me quitó la sangre fría, la buena conciencia para lidiar con las exigencias de mi circo. De pronto, tuve miedo de perderlo todo, y empecé a asegurar lo que quedaba sin asegurarme primero de que estuviera inseguro. El pecado de los inteligentes es pasarse de listos. Cuando a la semana siguiente Ana Segovia tronó frente a mí porque su amiga me había visto salir del hotel con Regina, pensé que podría contentarla de mi infidelidad con Regina contándole que eso había provocado ya mi ruptura con María Angélica. Fue un error fatal. Ana odiaba a María Angélica porque la había traicionado como amiga, pero no estaba celosa de ella. La vivía como una resignación de mi edad. Había aceptado su existencia en la categoría de premio de consolación. Ignoraba en cambio mi relación con Regina, que había sido siempre su fantasma, el enigma pendiente, la mujer a la que yo había querido hasta el punto de haberme instalado por años, cuando la perdí, en la vecindad tentadora del suicidio. Sabía de mi relación con María Angélica. Lo de Regina, en cambio, era una novedad para ella. Aceptar la existencia de Regina para anunciarle mi ruptura con María Angélica, lejos de tranquilizarla por la vía de la venganza, la enervó por saberse engañada y oírlo de mis labios. Lo de María Angélica era una afrenta asumida, lo de Regina una infidelidad nueva. Salió de mi casa dando un portazo. No volví a saber de ella hasta que respondió mi enésima llamada telefónica con un énfasis insuperable de mujer airada ante las cámaras de una telenovela. Dijo: "No sé quien es usted, ni sé qué pretende llamándome. Si persiste en su intento, tendré que informarlo a mi marido." Me reí un largo rato con su salida. Me dije luego, con angustia de propietario: "De las cinco que tenía, nada más me quedan tres." Luego, con orgullo de macho herido, parafraseé a aquel general idiota. Me dije: "Volverán". Luego puse en práctica la estrategia sugerida por un escritor mexicano, Jorge Ibargüengoitia, para hacer frente a una situación desesperada: me serví un whisky y esperé un milagro. «No fue un milagro lo que siguió, sino una aberración. Supe en aquellos días, por la vía siempre dura de los hechos, que María Angélica tampoco había honrado sus pretensiones de exclusividad. En el vaivén de sus dudas por los síntomas de mi pluralidad amorosa, llamémosla así ahora que estoy viejo y usted escucha sin inquina, había buscado su compensación en el más duro lugar donde podía hallarla. Me cuesta decir esto y decírselo a usted, aunque todo mundo lo supo en su tiempo. Se acordará usted de mis querellas intelectuales con Galio Bermúdez.»

– Me acuerdo -dije.

– Bueno, pues María Angélica no tuvo mejor idea que engañarme con él.

La revelación de Adriano me completó un cuadro de época. Galio Bermúdez y Adriano Alemán se habían pasado décadas peleando aquí y allá, por una cosa y por otra, hasta representar para distintas generaciones dos polos antagónicos de la cultura y la vida pública del país. Galio Bermúdez era un filósofo alcohólico, durante un tiempo asesor del gobierno, cuya inteligencia provocadora solía irritar a Adriano. Frente a algunas reflexiones históricas de Galio esparcidas al pasar en sus colaboraciones con diarios y revistas, Adriano abandonaba su proclamada indiferencia ante el barullo de la prensa, y respondía a los artículos de Galio, que se prodigaba sin recato en el ágora, con elocuencia y brillo comparables sólo a la impopularidad de sus opiniones. Aquella rivalidad había producido una de las grandes polémicas intelectuales del país, con Adriano señalando la herencia monárquica colonial de la vida política mexicana y la urgencia de salir de ella, mientras Galio apuntaba la conveniencia de reconocer y utilizar aquella herencia, ya que era imposible cambiarla, para gobernar el país según sus costumbres autoritarias efectivas. Desde el fondo de sus libros antiguos, Adriano quería la modernidad, el cambio de la historia profunda de México. Desde la piel enervada de sus artículos periodísticos, Galio desnudaba las utopías fantasiosas del cambio mostrando las inercias reales que el país llevaba en la espalda. Desde la historia vieja, Adriano soñaba con el cambio. Desde el presente deforme, Galio invitaba a no tomar atajos y a respetar la tradición. Uno era monje de cubículo, alérgico a la vida pública y sus instrumentos, empezando por la prensa. El otro era un vividor del mundo, harto de la pureza y de las ideas sin riesgo, adicto a la turbia aleación de cada día. Adriano desconfiaba de la luz pública, Galio se desvestía sin rubor alguno frente a sus lectores. Como estudiantes habíamos acudido a aquel duelo de décadas con fascinación y encono, dividiéndonos en bandos según sus argumentos. La revelación de Adriano me completaba el cuadro de esa rivalidad en el ámbito de la vida privada y la volvía, de algún modo, esférica, perfecta.

– Digo engañar -siguió Adriano-, pero engañar es una palabra que describe mal los hechos. Primero, yo había sentido la ronda de Galio sobre María Angélica, igual que ella la de Regina y Ana sobre mí. Siendo estudiante, María Angélica había tenido un affaire con Galio, su maestro, del que había salido huyendo como de un manicomio. La huella había quedado en ella, sin embargo, y Galio se acercaba a tentarla de cuando en cuando, oliendo la posibilidad de reanudar aquella asignatura pendiente. Yo le había hecho a María Angélica por lo menos una escena de celos a propósito de aquellas rondas. Ella había negado la verdad de mis sospechas. Pero yo sabía que María Angélica era la mujer adecuada para despeñarse en Galio. Era un lago tranquilo que pedía a gritos una tormenta. Había tenido un chubasco la primera vez y tuvo el ciclón completo en el año de mi dicha mayor que fue para ella una desdicha. Sus pérdidas por aquella reincidencia con Galio llegaron hasta mi propio patio, la tormenta me barrió también a mí. Empezando porque María Angélica no me ocultó nada. Una vez que rompió nuestra alianza, paseó frente a mí sus amores con Galio como si me arrojara huevos podridos al rostro, haciéndome sentir un astado de gran tarde, digamos, en La Maestranza de Sevilla. Los paseíllos de María Angélica con Galio desbarataron mi moral polígama y facilitaron el derrumbe en los otros frentes. Es verdad como dice que los males no vienen solos, sino en rachas, lo mismo que la melancolía. Así conmigo aquella temporada, distintos hechos adversos se acumularon en el horizonte como autorizados por la depresión de perder a quien juzgaba la más segura de mis mujeres. Ya le conté mi error de aceptar frente a Ana Segovia que Regina era la causa de mi ruptura con María Angélica, y la salida teatral que hizo Ana del elenco de mi dicha. Poco después de eso, las cosas terminaron de descomponerse también con Regina, con Carlota y con Cecilia. Fue un proceso fatal que puedo contarle en detalle siempre que Gildardo nos renueve el café y usted se sirva unos coñacs maduros, hoy que no debe volver al periódico y puede oír sin preocuparse de los hechos urgentes del día.

Le dije a Gildardo que nos renovara el café y Gildardo se lo dijo a Águeda chica. Siguiendo las instrucciones de Adriano, me serví un Armagnac maduro de una botella que había esperado por años en un librero del estudio. Era mi día libre, en efecto, había perdido por enésima vez a la mujer que amaba, no tenía nada que hacer y encontré un consuelo en escuchar las pérdidas de otro.