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– La enfermedad es una forma del desamor -dijo Adriano-. Sólo la salud puede amar, sólo ella quiere fundirse y gastar sus energías en el otro. Es el combustible de Eros. La enfermedad concentra al enfermo en su propio dolor, lo separa del mundo y de los otros, lo recluye en el infierno de sí mismo. La enfermedad apartaría de mí a Carlota; la salud, en cambio, se llevó a Cecilia Miramón. Empezaré por esta última. Al doblar sus treinta años, Cecilia tuvo la primera de sus grandes crisis alcohólicas. Como le he dicho, tomaba mucho y se jactaba de ello como un rasgo de su libertad. En realidad la tenía tomada el alcohol, era su prisionera. Al principio bebía con aires dionisiacos de fiesta, como una celebración de las potencias de la vida, como un desafío vital de sus límites. Después, como un hábito que por lo general se desbocaba y se iba más allá de lo previsto. En aquella segunda fase la recogí dos veces de la estación de policía, ebria y con delitos que pagar encima. En cualquier otro país habría pasado un tiempo en la cárcel. En el nuestro, salió libre a las veinticuatro horas con algún dinero y dos telefonazos. La primera de esa veces había subido su automóvil a las jardineras de una famosa glorieta de la ciudad, en cuyo centro había una gran fuente desde donde disparaba flechas imaginarias una hermosa Diana cazadora. Cecilia había entrado a la fuente, había subido a la estatua con el gato hidráulico del auto en la mano para destruir el arco y el perfil en bronce de la diosa. Abolló ambas cosas. La cosa no habría llegado a más si el patrullero que subió a bajarla de la fuente, después de la batalla con la diosa, hubiera procedido con menos confianza. Se acercó a Cecilia como a una borracha exhausta, porque la vio sentada en el agua de la fuente, a los pies de la estatua, efectivamente vacía por el esfuerzo, y quiso arrestarla tomándola del brazo. La furia macedónica volvió entonces al brazo de Cecilia, que asestó un tremendo mandoble lateral sobre el casco del policía, reventándole el oído. La recogí en la delegación esa noche con huellas de golpes por el arresto, el labio inferior roto, un pómulo macerado. Seguía riendo todavía bajo los efectos del alcohol cuando llegamos a la casa. Nada quiso sino más alcohol, antes de rendirse a la fatiga del día. Llevaba tomando y girando por la ciudad desde el almuerzo que habíamos tenido dos días atrás, donde bebió suficiente para dormir sin pensar hasta el día siguiente. La había dejado de hecho en su casa, en su cama, con un último gin en la mano. Se levantó poco después a perseguir la noche en compañía que no quise averiguar. Apenas recordaba lo que había hecho las últimas veinticuatro horas, los lugares donde había estado, su ataque general sobre la diosa de la fuente y sobre el policía. Cecilia bebía con encono, su despegue alcohólico era contagioso, tenía el sonido de la risa, el sabor fresco de la juventud. La zona sombría de su fiesta llegaba poco a poco bajo la forma del exceso. De pronto, a medio restaurante, estaba gritando a los cuatro vientos lo feliz que era o zapateando en la mesa unas peteneras de su invención. Su fase de decir sin tapujos lo que pensaba podía alcanzar dimensiones homéricas. Al salir de un cóctel cuya única animación eran los despropósitos de la propia Cecilia, respondió a las miradas femeninas que atestiguaban nuestro paso con un dicterio memorable: "A mí lo borracha se me quita mañana, pero a ustedes lo frígidas, nunca." La segunda vez que tuve que rescatarla fue de una redada que me avergüenza recordar. La levantaron junto con un ramillete de mujeres por ejercer la prostitución callejera. En medio de su borrachera le dio por saber en carne propia lo que era venderse y despreciar al comprador. "No hay nada tan repugnante como un hombre que compra a una mujer", me dijo al salir de la comisaría, escupiendo a los lados en señal de su desprecio por el recinto. Vivía aquello como parte de su libertad, no como el principio de su esclavitud frente al alcohol. "Tengo tantas ganas de vivir que a veces quiero morirme", gritó una vez, desnuda, desde el balcón de mi casa. Estuvo a punto de caer al jardín, en uno de los brincos de su euforia. Poco después de mi pérdida de María Angélica acudí en rescate de Cecilia por tercera vez. Me llamó una amiga suya. La encontré en su departamento, inconsciente, bajo los efectos de lo que supuse una congestión alcohólica. La lavaron y la revivieron en el hospital. El médico me dijo que presentaba un cuadro de intoxicación múltiple no sólo alcohol, también cocaína, barbitúricos, somníferos, excitantes, antidepresivos. Tardó cuarenta horas en recobrar la conciencia. Tenía una cruda como un continente. Aun en esas condiciones su juventud resplandecía con cierta dignidad estoica, ennoblecida por el dolor. "No me quiero morir", dijo cuando me senté a su lado en la cama del hospital. Me preguntó si podía pagarle un tratamiento de desintoxicación. Se internó cinco semanas. Salió rubicunda, despintada y nueva. Le hice una comida de recepción aquí en la casa, sin un rastro de alcohol en la mesa. Ella fue por una botella de vino y la escanció para mí. No tomó una gota. "Voy a ser buena niña y a vivir mi vida buena", me dijo. Pregunté si la vida buena me incluía. "Más que a ninguno de los otros", me dijo. "Pero no en la misma forma que hasta ahora." "¿Es decir?", pregunté. "Todas mis relaciones amorosas han sido parte de mi enfermedad", dijo Cecilia, repitiendo la lección aprendida en la cura. "Unas deben terminar, otras deben encontrar su nuevo lugar en mi vida. Tengo que pensar todo de nuevo. Mejor dicho, tengo que sentirlo, en particular lo nuestro. No me has llevado al campo de batalla, más bien soy yo quien te llevó, pero has sido parte de la guerra y necesito apartarme de todo eso, al menos por un tiempo." Más contundente que sus palabras era su presencia. Había perdido las maneras húmedas y cachondas, asociadas en ella al alcohol y sus efectos. Junto con el alcohol, le habían secado la sensualidad. Donde hubo una mujer precoz había ahora una joven apagada, su espíritu estaba en paz pero su cuerpo había perdido el fuego de la fiesta. Me dijo al irse que me llamaría más que antes, porque necesitaba de mi memoria para reconstruir sus heridas de guerra. Entendí que me había devuelto al lugar de donde acaso no debió moverme, el lugar de su maestro protector, la encarnación venerable más que la tentación erótica de su lesión paterna. Así perdí entonces a Cecilia Miramón. Me asomé a verla marcharse desde el balcón. Al verla caminar de espaldas sobre la calle empedrada tuve resignación adulta de su cuerpo joven, limpio de sus demonios y de mí.
«Me refugié en Carlota y en la visita semanal de Regina, pero la falta de las otras le daba a las que quedaban un aire de escasez y a mi búsqueda de sus amores un tono de angustia que no ayuda a la fiesta amorosa. El amor es un asunto optimista, le gusta reír, cree en la abundancia de la vida. Su pérdida es todo lo contrario. Yo había tenido tres pérdidas distintas que, como la santísima trinidad, se condensaban en una sola calamidad del ánimo. Era como si me hubieran succionado la esperanza, como si me hubieran devuelto al lugar de la soledad elegida que al final de cuentas, salvo por esas mujeres, había sido mi vida. Quise bien a las que quedaron, las quise con gratitud, me ocupé de sus cosas con una aplicación supersticiosa, como sugiriendo a los hados que tomaran nota de mis afanes y tuvieran por mí la piedad que despiertan quienes cuidan su huerto. Pero los hados carecen de emociones; abundan en esa impasibilidad que se parece a la saña. En lugar de consuelo, enviaron dos fulminaciones. La primera sobre Carlota. Había acudido a la consulta sobre la segunda reconstrucción estética de sus pechos. Tenía de la primera unos pechos pequeños y morenos, de pezones erguidos, intocados por la maternidad y la lactancia. Con los años, en un cuerpo esbelto, de músculos firmes, sintió colgarse aquellas joyas: perdieron su contorno de manzana. Carlota quiso reconstruirlas y aun aumentarlas para ganar sobre las obras reductoras del tiempo no sólo juventud sino volumen. El médico encontró al palparla unas fibras enigmáticas que se resolvieron pronto en la evidencia de un cáncer de mama. Los médicos sugirieron la urgente extirpación del seno con la secuela radiológica del caso. La noche del día en que recibió ese diagnóstico, Carlota y yo cenamos en su casa sus guisos sibaritas. Tuvimos después nuestros amores. Con ninguna de mis mujeres, he de decirlo, la cama fue una fiesta tan fiesta como con Carlota. Al terminar trajo champaña y me contó su ida al consultorio como si hablara de otra gente. "Tengo que operarme", dijo. "Pero no me operaré. Prefiero morir ahora completa que vivir mutilada hasta los cien años. ¿Qué opinas?" "Te prefiero mutilada pero viva a los cien años", le dije. "Prefieres eso porque te acobarda la idea de la muerte", dijo. "A mí no. A mí me horroriza la idea de una vida inútil, mutilada." Le repetí la sentencia célebre de aquel escritor norteamericano: "Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor." "Nada es preferible al dolor", dijo Carlota. "No voy a operarme. Nadie me va a cortar los senos, aunque me infeste de cáncer. Cuando empiece el dolor de verdad, escogeré la nada, como dice tu escritor. Quiero saber si me ayudarás en ese momento." "Te ayudaré en lo que quieras", dije, y no volvimos a hablar del tema. A la siguiente semana me anunció un viaje largo. Había ocho lugares del mundo que siempre había querido conocer. Quería conocerlos ya, uno tras otro, ahora que las nociones de "mañana" y "después" se le habían reducido. Me pidió que fuera con ella. Pequé entonces de la única cosa, la única, de la que me arrepiento en mi vida: me negué a acompañarla. Tenía conferencias acordadas, algún prólogo que entregar, alguna ceremonia académica. Tenía sobre todo, pienso ahora, miedo de Carlota enferma, de la muerte que iba ya caminando en ella. Miedo de ese pensamiento obsesivo, miedo de saberla indefensa, mortal. El hecho es que se fue de viaje. Fue como si la perdiera para siempre.
»Para ese momento estaba asustado con mis pérdidas, muerto de miedo, temblando en el rincón. Me preguntaba lo que se preguntan todos los que pierden algo: ¿por qué yo? ¿Quién me acosa? Tardé años en darme la respuesta correcta: nadie te acosa sino tus errores pasados, te toca a ti porque les toca a todos; nadie está a salvo de la adversidad y todos somos víctimas de nosotros mismos, aunque no sea sino por el hecho de envejecer, que nos hace vulnerables y acerca paso a paso el momento de la debilidad final, la debilidad hacia la cual conspira cada minuto de nuestra vida, cada uno de nuestros actos. La juventud es igual al tamaño de la negación de la propia muerte. La vejez es igual al reconocimiento de su cercanía. Refrendé entonces mi viejo alivio no sólo de asumirme mortal sino de poder decidir el momento de mi muerte. Cada noche, en medio de mis pérdidas, me echaba en la cama a preguntarme: ¿puedes soportar este dolor o es la hora de ponerle término? Curiosamente, la certeza de que podía terminarlo todo en cualquier momento ampliaba mi capacidad de resistencia al dolor y a la pérdida, ponía las cosas más allá, me volvía en cierto sentido invulnerable. Saber que podía quitarme la vida me permitió seguir viviendo. Bajo beneficio de inventario, por decirlo así. Tenía nostalgias invencibles de María Angélica Navarro y de Ana Segovia. Cecilia me visitaba en sueños, ebria, disponible como antes, y la tenía como antes, sin los remordimientos de despertar todavía pegado a su cuerpo, diciéndome: "No te importa ella, te importas tú. Quisieras tenerla aun al precio de su vida." En los límites de aquellas pérdidas, en medio de los lamentos melancólicos por ellas, fue creciendo poco a poco, como una hierba entre las piedras, la idea, tan contraria a mi temperamento -estoico diría yo, otros dirían cobarde- de que podía hacer algo para recobrarlas. Podía no sólo penar la pérdida de mis mujeres, aceptar las decisiones adversas del destino, pagar mis errores. Podía también ganarlas de nuevo, imponer mis deseos, cobrarles algo de lo mucho que las había querido. En esas andaba, sacando fuerzas de flaqueza, rebotando luego de tocar fondo, cuando el fondo acabó de abrirse bajo mis pies. Y ese bajar al fondo fue que el marido de Regina, hasta entonces próspero, quebró de pronto, como un palo seco. Los acreedores se le vinieron encima, tuvo que dejar el país mientras su fortuna era confiscada, su casa embargada, sus cuentas bancarias congeladas. Durante un tiempo no pudo siquiera pagar los gastos de su familia. Regina era una mujer fantasiosa, irresistible en un sentido, pero económicamente inútil. Desconocía el trabajo y la autonomía, no sabía sino del reino de sus afectos y sus debilidades, a las que se entregaba con pasión de niña consentida, en busca de su propia dicha tiránica, impermeable a los mandatos de la realidad. Un viejo conocido mío del mundo abogadil fue el ejecutor del juicio contra el marido de Regina. Me acerqué a negociar con él para que dejara libre al menos una rendija de liquidez. Accedió a regañadientes y Regina pudo obtener de su marido lo necesario para no ahogarse del todo en la quiebra. Suficiente también para que su marido pudiera sacar a la familia del país y reunirse con ella fuera. "Yo no me voy", dijo Regina en un alarde. "Me ha engañado toda la vida. Me ha hecho vivir en un castillo de oropel como si fuera de oro." Mandó a sus hijos solos y, con el pretexto de seguir de cerca los azares legales del litigio, se quedó conmigo, sola en su domicilio, pero conmigo, que hice las veces de consejero legal. La situación práctica de soltería le alegró el ánimo. Era una muñeca sujeta al trato de otros que salía por un momento de su casa y jugaba a ser independiente. Jugamos aquel juego juntos hasta que la realidad nos alcanzó bajo la forma de una llamada perentoria del marido, exigiéndole que acudiera a cumplir con sus responsabilidades. "Me voy por mis hijos, no por él", dijo Regina para que me quedara claro que esta vez era a mí a quien amaba, no al otro. Igual, por tercera vez en nuestra vida, me dijo adiós con las cartas abiertas: entre los otros y yo, prefería nuevamente al otro, rechazarme era una manera de quererme, de decirme la verdad precisamente porque me quería y era impensable entre nosotros una mentira.
»E1 hecho es que Regina se fue del país, con ella salió de mi vida la última de mis mujeres. Su cosecha y su dispersión fueron como una metáfora agrícola. Un año las tuve juntas, el año siguiente las perdí. Entonces vino la soledad. Con ella vinieron también los años prolíficos, los muchos libros, hijos del vacío vital, de la cabeza sin ilusiones buscando en qué ocuparse, como el arte barroco, para no mirar de frente su vacío. El placer fue en aquellos años el refugio de los libros, un placer seco, ascético, el placer del artesano que pule obsesivamente una superficie porque hacerlo lo aísla del mundo y lo olvida de sí. En medio de aquella soledad, como en medio de mis pérdidas, siguió creciendo sin embargo la mata de la recuperación, la voluntad del regreso. Carlota fue el primer síntoma de que aquella mata, nacida como un oasis en medio del desierto, podía florecer. Volvió de su viaje bronceada y ardiente, con una mirada febril y una figura liviana, que cabía en sus tallas de los treinta años, treinta años atrás. Al final de una noche en que le confié mis pérdidas, me dijo: "Lo mío va viento en popa. Los médicos me dan un año de vida." Puse la cabeza entre sus senos y le pedí: "No te dejes morir." Dijo: "Me estoy dejando vivir lo que me toca. No quiero una vida a medias." "Te quiero viva, aunque sea a medias", le dije. "A medias me tienes ya", me dijo. "Y todo ha de completarse pronto." El fin de aquel año de las pérdidas, luego del año de la dicha mayor, empezó con la agonía de Carlota. No tuvo otros síntomas externos que una pérdida paulatina de peso. Luego vinieron los primeros dolores, no en el pecho, sino en la columna, a donde el mal se había extendido. Se rehusó a internarse. Yo traje un médico militar que dispuso lo necesario en materia de analgésicos mayores, asumió frente a Carlota que, cuando ella dijera, la ayudaría a transitar con una sobredosis como hacia el sueño de una borrachera. Contratamos enfermeras para que la atendieran noche y día. Les ordenó quitarse el uniforme y utilizar sus vestidos, de modo que parecieran sus damas de compañía, no las centinelas de su enfermedad. Yo iba a verla todas las noches y le leía hasta que conciliaba el sueño. Había tenido siempre la manía de peinarme las cejas. Ahora me las peinaba sin cesar con sus manos como si me tallara, mirándome largamente, como si quisiera memorizar lo que veía. Una de esas noches me dijo: "Aparte de la morfina, sólo me alivia del dolor recordarnos. Me toco ahí abajo, te pienso y algo vibra todavía, me consuelo. ¿Sería una perversión pedirte que me toques tú?" Inauguré entonces la hermosa y triste rutina de tocarla antes de leerle. La toqué casi todas las noches, con excitación y nostalgia, hasta el día de su tránsito. Un día llegué y la encontré exhausta, la mirada ardiente, punzante del dolor. "No va más", me dijo. "Esta tarde cité al médico para terminar esto. ¿Tienes algo que alegar?" "Tengo algo que decirte", le dije, y me puse frente a ella a decirle sin ahorrar palabra ni dulzura lo mucho que la había querido, lo mucho que la había llorado, lo mucho que temía como un niño su ausencia. Se lo dije largamente hasta que corrieron por su rostro ostensibles lágrimas de felicidad. "Hay una cosa final que quiero confesarte", me dijo. "La que quieras", contesté. "Siempre estuve celosa de tus otras mujeres. Eres el único hombre, después de aquel primero, del que estuve celosa, celosa como una idiota. ¿Fingí bien que no me importaba?" "Perfectamente", dije. "Me importaba muchísimo. Nada me fastidió tanto la vida como ser mayor que tú, no poderte hacer mi marido, tenerte en casa, darte hijos, ahuyentar a las otras, ser mantenida por ti. Todo eso. Hasta llegar a ser tu viuda y quedarme con tu dinero. No porque fuera dinero, sino porque era tuyo. Bueno, estas son mis últimas palabras para ti: Tú has sido mi gran amante y mi mejor marido", me dijo. "Trata de no ser mi viudo, por favor." "Le prometí que no sería su viudo, pero lo fui un largo rato, lo soy aún. Por momentos, la pérdida de Carlota es tan viva que parece haberse ido ayer.»
Adriano calló. Caí en la cuenta de que había hablado todo ese tiempo sin mirarme, con la mirada fija en la desolación de su propia memoria. Había en sus labios un rictus de pena y en sus ojos un brillo de dolor migráñico.
– Creo que voy a dormirme ahora -dijo-. Ha sido una larga jornada.
Me acerqué a ayudarle pero pudo levantarse solo. Caminó hacia la puerta del estudio como si yo me hubiera ido ya. Antes de salir, se detuvo y me dijo:
– Llámeme la semana siguiente a ver si podemos vernos en otra parte. La verdad, extraño nuestro restaurante suizo.
Nuestro regreso al restaurante del Club Suizo fue un acontecimiento. Celebraron a Adriano como si volviera no de una enfermedad reciente sino de una tumba fresca. La cigarrera lloró al verlo, las meseras lo escoltaron abrazándolo a la mesa, el barman abrió un vino blanco que sólo se escanciaba por botella, para servirle su copa ritual.
– Así debieron festejar a Lázaro cuando volvió de su mortaja -dijo Adriano, sonriendo, cuando nos quedamos solos-. Me percato ahora de que estuve gravísimo. A juzgar por su euforia, toda esta gente no esperaba volverme a ver.
– Leve no estuvo -dije yo. Había perdido peso, el saco le bailaba sobre los hombros lo mismo que el cuello de la camisa bajo el gaznate descarnado. Sus facciones se habían afilado, el pelo, siempre abundante, había perdido lustre y disciplina, parecía a la vez ralo, alborotado y seco. La voz había perdido fuerza también. Adriano tenía una voz gutural, trabajada por infinitos cigarrillos negros; conservaba aquella resonancia de caverna pero había perdido fuelle y se diluía a veces, al final de alguna frase larga, en una penosa falta de aliento. Me interrogó a fondo durante la mitad de la comida sobre el "acontecer nacional", como llamaba la prensa a las noticias políticas locales. Cuando terminé mi resumen, dijo:
– Entiendo que llamen a todo eso "acontecer nacional", no sólo por razones de pomposidad, también por algún dejo de precisión involuntaria. En todo lo que usted me cuenta, las cosas efectivamente "acontecen". No tienen origen, dirección ni sentido alguno. No parecen responder a una voluntad pública que las gobierne. Nuestros políticos son víctimas, más que actores, de su política. No hay que culparlos demasiado. Nosotros mismos somos más víctimas que arquitectos de nuestra propia vida y nuestra propia muerte.
– Salvo Carlota Besares -dije.
– Carlota fue el ser humano más libre que yo haya conocido -dijo Adriano-. Aun así, la enfermedad cayó sobre ella como las catástrofes naturales sobre nuestra indigencia pública. Yo fui la encarnación misma de esa indigencia frente a su muerte. ¿Quiere que hablemos de eso? ¿En eso se quedó nuestro relato?
Asentí.
– Pues indigencia es una buena palabra-dijo Adriano-. Durante mi lamento por la muerte de Carlota, pensé mucho en la privación adicional de no tener a nadie con quien llorarla. Ella no tenía hijos ni familia. Yo no tenía testigos de nuestra extraña vida juntos. Carlota me había conocido siendo casi un niño, me dejaba siendo casi un viejo, envejecido doblemente por su muerte. Pensé que nuestros cuerpos habían sido gemelos, cómplices en todo, empezando con la invariable felicidad de sus encuentros. Habían sido a su manera dos cuerpos felices, estériles para todo lo que no fuera su placer. Me dolió sin embargo nuestra falta de progenie y de testigos. Pensé para consolarme que la esterilidad me había emparentado profundamente con Carlota. Las mujeres que no paren y los varones que no engendran son como anomalías de la naturaleza. Hay algo raro y esencial en nosotros los estériles, una falla que sólo la civilización oculta o disculpa pero que, al final, de algún modo cobra su precio. A mí, por ejemplo, pienso que me trajo desde muy joven las ganas de morir. Supongo que el mensaje de la naturaleza era: ya que no puedes dar vida, vale poco que la tengas. Quiero decir que desde los catorce años he sido un suicida tímido pero persistente, por temporadas agobiante. Casi no recuerdo año en que no me acariciara la idea de quitarme la vida. Acariciara digo, como una promesa más que como una amenaza. Aquella libertad del límite volvió durante mi duelo de Carlota. Había perdido todo lo que me importaba, y a Carlota para siempre. No había nada ante mí salvo la vida seca de los libros, la absoluta falta de otras ilusiones que no fuera poner los ojos sobre aquellos vestigios de mundos pasados, tan fantásticos como los que pudiera inventar la más desbordada imaginación, tangibles sin embargo, audibles en antiguas tipografías, en la silenciosa voz de cientos de autores desaparecidos, sin rostro ni cuerpo, convertidos por el tiempo sólo en una inmensa biblioteca de libros sin lectores, polvo de especialistas.
«Estaba a medio camino del libro sobre el reino milenario de los franciscanos en el Nuevo Mundo. Empezaba a leer, como el niño que husmea el postre antes de la comida, las primeras crónicas de la aventura jesuita en estas tierras. Se configuraba ante mí algo de lo que sería después la obra sobre las órdenes misioneras en la América hispana, asunto que habría de consolidar mi fama de reaccionario en las izquierdas, tan ciegas al hecho de que, si alguna utopía igualitaria hubo entre nosotros parecida a la que ellas buscan, son las evangelizaciones de los frailes y sus órdenes. Los frailes creían en un Dios imperioso y tenían una fe ciega en la bondad de su causa. Las utopías igualitarias de la izquierda creen en tiranos divinos y tienen una fe de carboneros en su catecismo progresista. Me es cada vez más difícil encontrar una diferencia entre ambas cruzadas, salvo que de los frailes quedaron muchas cosas buenas y de las revoluciones no quedará sino un crespón de luto y un muro de vergüenza. Pero ya estoy haciendo un artículo de periódico. Lo importante aquí es que la frialdad del gabinete me rescató de la desolación, del mismo modo que la certidumbre de que podía quitarme la vida en cualquier momento me dio fuerzas para seguir viviendo. Fue así como otra vez, poco a poco, en medio de aquel oficio sin ventanas, de aquella concentración sin esperanza, algo en mí empezó nuevamente a no querer la soledad, a necesitar la piel del mundo. Tuve en esos días un sueño como un manantial de agua fresca. Me soñé dormido boca arriba, con los labios secos de anciano pegados por su propia resequedad. Había una luz tenue al fondo, en la tranquilidad de un cuarto oscuro. Hubo de pronto una brisa como si alguien hubiera abierto gentilmente una ventana. Luego, con los ojos cerrados, sentí sobre mi rostro los labios de María Angélica, sólo sus labios, sonriendo dulcemente como ante una travesura. Me besó sin dejar de reír. Sus labios estaban húmedos, frescos, con la humedad y el frescor que le urgían a los míos, húmedos con un agua delgada que corría por su lengua como por una canaleta y mojaba mi boca, que se volvía a secar y era mojada nuevamente con la dosis exacta de humedad o rocío, porque había en esa humedad una aspersión de agua del alba. Desperté bañado por una dicha que no recordaba haber tenido, reconciliado conmigo mismo, feliz por tener dentro de mi el recuerdo casi físico de ese sueño. Tuve primero el placer de recordarlo, luego, a fuerza de recordar, tuve urgencia de María Angélica. Decidí buscarla, atraerla de nuevo, convencerla. No fue ella, sin embargo, quien oyó primero mi llamado, el llamado de mi salida al mundo, sino Cecilia Miramón. Cecilia se presentó una noche en la puerta de mi casa y pasó hasta mi recámara sin preguntar. Lo había hecho otras veces, no me sorprendió. Fue como si la genuina necesidad de María Angélica atrajera a otra, como si lo potente fuese el llamado de compañía, no el destinatario. Algo tienen que ver esas convocatorias erráticas con la universalidad del deseo. Vestimos al deseo de nombres propios y lo llamamos amor. Pero el deseo tiene su propia lista de convocados, no repara en los nombres sino en los cuerpos, y cuando es genuino los atrae, los busca, los encuentra, los persuade con la fuerza misma de su impulso. No quiere fundirse con alguien en especial, quiere sólo fundirse. Cecilia oyó la onda larga de mi deseo, sintonizó con ella porque ella misma había empezado a emitir su propia señal, luego de un año y medio de tener la antena apagada.
»Apenas la vi supe que sus demonios habían regresado, y yo con ellos. Traía una falda de cuero rojo, con una blusa negra ceñida a su talle robusto, sus pechos grandes, sus brazos redondos. Tenía el pelo esponjado como la copa de una Jacaranda, las mejillas resaltadas con sombras violeta, los labios pintados del rojo de la falda. No hacía falta tenerla cerca para saber que había bebido, pero lo comprobé cuando se acercó a besarme. "Estoy fugada del convento", me dijo. "Y te vine a ver." Tuve el impulso moral de rehusarla, luego la aceptación salvaje de que no quería salvarla de sí misma, sino tenerla al precio que fuera, al precio que tuvieran que pagar su salud o mi conciencia. Casi me mata esos días, de alcohol, desvelo y amores. Habría sido la mejor manera de morir, pienso ahora, infartado entre sus piernas ebrias, en la orilla del escándalo, muerto de adulto en los brazos de una mujer que podría ser tu hija y que fue tu pervertidora. Eso sí es eutanasia. Me perdí en ella tres semanas. Luego, sin decir palabra, Cecilia desapareció. La busqué por todas partes, moribundo de culpa, hasta el punto de contratar una agencia de investigadores privados para que la rastrearan. Un día me llegó una carta suya pidiéndome dinero. Vivía en una comuna en un antiguo real minero convertido ahora en santuario del peyote, cacto ritual de los huicholes. Le mandé dinero con la súplica, inútil, de que volviera. Semanas después llegó una nueva carta, pidiendo más dinero. Dispuse que le situaran en ese pueblo una cantidad fija al mes, para arraigarla al menos y saber dónde estaba. Se fue poco a poco la fatiga de su aparición huracanada, quedó la nostalgia de su cuerpo joven, nuevamente encendido por el alcohol. Conforme su perfume fuerte cedió el paso, el sueño de María Angélica regresó, terso, prometedor, como había sido la primera vez. Me orienté en su búsqueda. María Angélica había dejado el instituto, trabajaba como bibliotecaria en una empresa privada que formó un centro de estudios históricos en torno a una famosa biblioteca comprada como pie de acervo. El affaire con Galio Bermúdez había terminado en el desastre previsto, acaso buscado por ella misma. Cuando María Angélica le abrió la puerta, Galio ocupó el territorio con desparpajo napoleónico, se mudó a casa de ella y estableció ahí su cuartel trabajo. Llenó la casa de libros, botellas, alumnos, amigos, conocidos, reduciendo implacablemente los espacios de María Angélica y sus hijos. No sé cuánto tardó en evaporarse el amor. María Angélica tardó un año en sacar a Galio de sus dominios, luego de que lo había expulsado de sus ilusiones. Fue un desalojo penoso. Supe sus detalles por casualidad justamente en los tiempos en que la buscaba de nuevo. María Angélica confió el asunto al despacho de abogados del que yo me había retirado. El abogado que llevó su pleito contra Galio me puso al tanto. Le habían encargado una misión imposible: debía echar al inquilino sin coacción física o legal, por la vía de la conciliación, ya que María Angélica no quería cargar sobre sus hombros el bochorno de un desalojo judicial. Le sugerí al abogado enviar una carta presentando el caso al secretario de Estado a quien Galio le prestaba entonces servicios de asesoría política, redacción de discursos y libelos anónimos. Galio fue persuadido por el secretario de que se mudara. Al efecto le habilitó un departamento que fue desde entonces su vivienda: cueva y oficina. María Angélica supo de mi intervención, me envió un mensaje de agradecimiento con el abogado. Le envié de regreso un capítulo del libro sobre los franciscanos, pidiéndole su opinión. Me respondió por escrito su opinión con numerosas correcciones bibliográficas y de latines, que nunca han sido mi fuerte. Le envié de regreso el manuscrito completo. Me devolvió un pliego de sugerencias de su puño y letra, un puño suave y una letra fina, como un pañuelo bordado a mano. En un sobre aparte venía una nota preguntando si asistiría al congreso de aquel otoño en la Universidad de Chicago. No me había tomado la molestia de responder la forma de participación en el congreso, ni había pensado ir. Decidí que iría, envié parte del libro como ponencia y respondí afirmativamente a la pregunta de María Angélica. Un mes después coincidí con ella en el lobby del hotel que sería sede del congreso, la noche misma de mi llegada.
»Los congresos, como le consta a usted, han sido mis alcahuetes. Me habían regalado hasta ese momento una de mis tres aventuras sin consecuencias, que he omitido en este relato, y mi reconciliación con Ana. El congreso de Chicago me devolvió la compañía de María Angélica. No la había visto en dos años. Noté que había invertido algo en su atuendo, lo mismo que en sus lentes, cuya estudiada sobriedad no excluía una armazón ligera con terminaciones de ojo de gato. Había unas líneas tenues de pintura en sus ojos, sus pestañas estaban finamente separadas por un rimel discreto. El efecto global mejoraba sus ojos, siempre bellos por inteligentes, aunque siempre ocultos tras unas gafas sin gracia y unos peinados que no despejaban su frente. Ahora se había cortado el pelo para dejarse un casquete de muchacho, lo cual despejaba su rostro, haciéndolo parecer más fresco. Había adelgazado también, aunque después descubrí que sólo usaba ropas que ceñían mejor su cuerpo, pródigo y bello, como me constaba a mí, bajo las ropas monacales, intencionadamente desaliñadas, con que lo había ocultado toda la vida. Me recibió con un beso en la mejilla. Su leve humedad recordó y alborotó mis sueños. Hablamos un rato de mi libro, luego del suyo, mientras tomábamos un martini. En un giro de la charla, María Angélica preguntó:
»"¿Y cómo están tus mujeres?"
«"Perdidas todas", dije. "Incluyéndote a ti."
»"La pareja quiere exclusividad", sonrió María Angélica. Sonreí yo también:
»"Todas ustedes tuvieron más hombres que yo mujeres."
»"Sí", dijo María Angélica. "Pero a través de los años. No todos al mismo tiempo. No ¡cinco al mismo tiempo!, como tú."
»"A1 mismo tiempo, nunca", precisé. "Cada vez con cada una y cada una aparte de la otra."
"¿Propones tu promiscuidad como un ascetismo, la abundancia como una fidelidad?", preguntó María Angélica.
Cometí el error de ponerme serio y le dije algo así como:
»"No te engañé, ni te quise menos por el hecho de amar a las otras."
»"Esta no es la mejor conversación para un reencuentro amoroso", cortó María Angélica.
«"¿Estamos en un reencuentro amoroso?", pregunté yo.
»"La ocasión es propicia", dijo María Angélica. "Luego de ver opciones, puedo decir que no eres el peor acompañante que puede haber en este congreso. Además, mi memoria anda alcahueta en estos días."
»"¿Qué anda haciendo tu memoria?"
«"Recordándote", dijo María Angélica.
«"Enfermedad de historiadora: recordar", dije yo.
»''Adrianasis recurrentis', definió María Angélica.
»"Suena terrible", admití.
»"Pero se siente bien", dijo María Angélica. "Eso sí te lo puedo asegurar: se siente bien."
«"¿Me estás coqueteando?"
»"¿A qué van las mujeres mayores a un congreso de historia sino a coquetear?"
«"Las mujeres mayores no coquetean", dije.
«"Sólo con hombres mayores", devolvió María Angélica.
«Fue nuestro reencuentro. Nos quedamos en Chicago una semana después del congreso, en una intimidad suficiente para que pudiera contarle mi pérdida de Carlota.
«Quiero seguirle contando, pero estoy exhausto, la pila se descarga fácilmente en estos días. Si le interesa el fin de la historia, le propongo venir a mi casa a tomar café un par de veces, mañana y pasado mañana, por ejemplo. Yo trataré de terminar en esas sesiones. No falta mucho, salvo el paso del tiempo, que no se siente pasar.»
No pude visitarlo al día siguiente, pero al otro sí, y aunque Adriano tenía que dar una clase, pudimos tomar un café demorado. Llegó pronto al tema y se demoró en su memoria:
– Mi encuentro con María Angélica en Chicago estableció las reglas de una relación perfecta para nuestras edades: una amistad trufada de amores más que un amor trufado de amistad. No me mire como si exagerara. La nuestra había sido una vida extravagante pero conyugal en el aspecto básico: la pretensión de exclusividad. Los celos, el pundonor de saberse engañada llevaron a María Angélica a separarse de mí. Me cobró la cuenta echándose en brazos de Galio. Pagó cara su venganza, como suele suceder. Su venganza tuvo al menos el mérito de ser efectiva, porque me pudrió la vida algunos meses, todos los que María Angélica estuvo con Galio, los felices que no me constan y los infelices, que contribuí a terminar. Cuando nos reunimos en Chicago, María Angélica estaba consciente de aquellas deudas y aquellos precios, no quería volver a cobrar ni a pagar nada. Una tarde, luego del brunch, caminando por la costera del gran lago de la ciudad, me tomó del brazo, se apretó a mí y dijo, como quien pregunta la hora:
"¿De dónde sacabas energías para sostener ese circo ambulante: andar con todas, engañar a todas, pasar de una a otra? Dirían los psicoanalistas que tenías suspendido el superego. ¿Cómo podías empacar todo eso dentro de ti?" "No lo sé", respondí solemnemente. "Ni quiero saberlo. Yo con mi vida privada no me meto." Cuando oí su carcajada llana supe que habíamos empezado algo nuevo. "Me encanta eso", dijo. "Yo con mi vida privada no me meto". "No hay que meterse con la vida privada de nadie", dije yo. "Mucho menos con la de uno. Es fuente segura de problemas." "Me encanta", repitió María Angélica. Regresamos de Chicago más marido y mujer que nunca, y más libres de ese yugo que antes de tenerlo. Por primera vez desde que nos conocimos, María Angélica dispuso de mí como de su pareja. Me pedía dinero cuando le hacía falta, emprendía a mis costillas reparaciones de su casa, viajes académicos y vacaciones familiares a las que yo estaba invitado permanentemente. Aceptaba o me negaba sin reproche. Mis negativas no creaban precedente, ni sus invitaciones obligación. Lo mismo sucedía con nuestros amores, la llamaba o me llamaba para ver si podíamos dormir juntos, en su casa o en la mía; salíamos a comer, a cenar o al cine, tres o cuatro veces a la semana. Tenía dos hijos adolescentes de Matute, que se había extraviado en los negocios y en esa especialidad universal del padre ausente. El hijo mayor de María Angélica tenía dieciocho años, la menor había cumplido quince cuando volvimos de Chicago. Me hice cargo de su fiesta en todos los detalles, incluido el de hacer venir a Matute, que trabajaba con una empresa transnacional en Santiago de Chile. Matute valoró la situación y concluyó, para molestia olímpica de María Angélica y alivio absolutorio mío: "Veo a mis hijos en las mejores manos. No podría irme más tranquilo respecto de su futuro." Llevaba cinco años de no ocuparse de ellos, salvo con alguna llamada telefónica y algún regalo navideño que caía en el seno familiar como una extravagancia. María Angélica puso en mis manos la crisis vocacional de su hijo mayor, con quien hablé largamente de todas las cosas menos de la carrera que debía escoger. Al final se hizo matemático y luego pianista, y luego rico porque resultó un genio inversionista en la bolsa, él, a quien su madre quería historiador o filósofo salido de mis manos. Puso también en mis manos las dudas públicas de todo orden que aquejaban a su hija: políticas, históricas, económicas, ecológicas, religiosas, paranormales. "Pregúntenle a Adriano" se volvió una respuesta canónica de María Angélica para sus hijos. Los muchachos me preguntaban al principio espaciadamente, al final como en una consulta obligatoria de todas las cosas. Yo diría que fui un padre ejemplar, salvo porque nunca jugué con ellos. Tampoco los oprimí ni me volví su sombra. Todos sus odios filiales se los quedó Matute, todas sus rebeldías adolescentes las soportó María Angélica, todas sus dudas y sus maduraciones las tuve yo en mis manos; fueron mi mayor pedagogía.
«Cecilia volvió a mí como era inevitable que volviera: en una ambulancia. El coche en que viajaba dio de frente con un autobús de pasajeros en las afueras del pueblo donde se había residenciado para volar de alcohol y alucinógenos. Recogieron del auto destrozado los cadáveres de sus acompañantes y el cuerpo inconsciente de Cecilia, protegida del siniestro por una línea invisible: viajaba en el único lugar del coche que quedó intacto en la colisión. Cecilia tenía mi teléfono reciente en la cartera, como años después habría de tenerlo Vigil, el teléfono cuyo nuevo número yo le había enviado por telégrafo días atrás para asegurarme que podría encontrarme en caso de emergencia, el único teléfono que alguien contestó cuando la emergencia prevista se hizo presente. Lo contesté yo. Supe por una voz anónima que Cecilia estaba bien, es decir viva, la única, en medio de sus acompañantes muertos. Tenía un tobillo roto y una pierna insensible. También cierta dislalia y otros síntomas de retardo cerebral. Las radiografías lugareñas, dijeron los médicos, no mostraban fracturas de cuello o cráneo, pero la dislalia y el retardo estaban ahí. Acaso la sacudida de la masa encefálica podía estar creando problemas, lo cual pedía observación de la paciente en reposo y un examen con aparatos que sólo había en la capital. Envié una ambulancia para traerla. La sedaron para minimizar sus movimientos durante el viaje. Trescientos kilómetros después la recibí en la entrada del hospital de especialidades donde iban a revisarla. "Me tajiste pesa de nuevo", dijo ebria de los antibióticos y la dislalia. Presa estaba y presa la había traído, aunque ella y yo sabíamos muy bien que no por mucho tiempo. Al regresar del hospital pude contarle la situación completa a María Angélica por primera vez. Por primera vez me dijo: "Si te ibas a conseguir una hija, por qué no al menos una hija sana." "Hubiera sido poco serio", jugué, y ella aceptó mi sinrazón con una sonrisa. El examen no mostró lesiones en el cerebro, la dislalia cedió poco a poco, lo mismo que la insensibilidad en la pierna. Cecilia había engordado, su mirada era sombría, con un leve estrabismo, en realidad con un párpado ligeramente caído que daba a uno de sus ojos cierta fijeza inquietante frente a la movilidad del otro. Los días de hospital le devolvieron el color y la calma a sus facciones, que perdieron poco a poco su palidez. Los sedantes la dejaron dormir, su cuerpo recobró poco a poco el ánimo, la tensión, el apetito. Su cabeza volvió también, pero en una cuerda oscura, depresiva, al revés de su cuerpo, que agradecía el trato y parecía cantar. "No me quiero morir", me dijo una mañana. "Pero hago todo lo necesario para morirme. ¿Qué es lo que quiero entonces? ¿Tú me entiendes?" "Entiendo que quieres las dos cosas", respondí: "Quieres morirte y quieres vivir.” “No me quiero morir. No quiero. No me quiero morir." Me gustó siempre la garra de Cecilia Miramón, su capacidad de asomarse a los límites y desafiarlos. Estaba siempre en fuga, huyendo de sí misma; al mismo tiempo era capaz de hacer aquellos altos, suspender la huida y mirarse sin ningún velo, sin la menor autocompasión. "Voy a internarme de nuevo si me ayudas", me dijo. "Voy a secarme otra vez, de una vez por todas."
»Sus padres hicieron por fin acto de presencia. Eran la sombra de la hija, el bastidor contra el que Cecilia había azotado su juventud y prodigado sus excesos, como mostrándoles sus heridas para hacerles pagar con ellas responsabilidades inescrutables. Los conocí al fin de una de las sesiones con familiares que la clínica juzgaba parte esencial de la cura del paciente o, al menos, de su reflexión terapéutica. Cecilia me pidió que acudiera a dos sesiones, que aguantara en ellas lo que tenía que decir de mí. Acudí preparado para lo peor, pero en la cabeza de Cecilia mi culpa era menor que en la mía. Sus sesiones conmigo fueron una larga confesión de sus traiciones, como llamó a sus amores, y sus manipuleos, las mil formas en que según ella había burlado mi buena fe, mi generosidad, mi amor. No sentí sus testimonios infamantes sino amorosos. Apenas pude decirle, ante la presencia de todos, sus padres incluidos, que lo único de ella que me había herido era verla herida. Al salir de la sesión se acercó la madre de Cecilia y me dijo: "Usted es un hombre demasiado mayor para mi hija." "Así es", le dije. "Podría usted recibir una demanda judicial por abuso de menores", dijo el padre de Cecilia, echándome encima un acusado aliento alcohólico. "Cecilia cumplió treinta y un años hace cuatro meses, en julio", le recordé. "Pero usted fue su maestro y su amante mucho antes", me dijo. "Usted abusó de su posición. Tendrá que indemnizar a Cecilia. Recibirá mi demanda." "La recibiré con gusto", le dije. "Como la primera señal de que ustedes han empezado a ocuparse de su hija." El padre de Cecilia empezó a injuriarme en el pasillo, la madre me gritó "rabo verde". Entendí las dificultades con las que Cecilia había tenido que lidiar en la vida.
«Cecilia volvió a internarse para una desintoxicación general. La acompañé en su terapia dentro de la clínica, cuando salió también. Le conseguí un trabajo como escritora de guiones museográficos. Mientras ella no pudo hacerlo, sufragué sus gastos de médicos y medicinas, comida, vivienda, su instalación en un departamento y un guardarropa adecuado a la nueva era. Lo realmente difícil fue lo inesperado. Como parte del método de su terapia, en algún momento ella debía contar toda su historia, sin callarse nada. Debía contársela a alguien que fuera efectivamente un testigo, un espejo de calidad a cuya mirada no pudiera luego sustraerse y cuya comprensión solidaria pudiera ser un principio efectivo para poder perdonarse a sí misma sus errores y perdonar después a los demás, al mundo, sus agravios. Me explicó todo eso el día que me pidió ser su espejo, escuchar lo que iba a decir por primera vez, lo que no se había dicho ni siquiera a ella misma.