38805.fb2 Las Mujeres De Adriano - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 5

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»Quien hubiera diseñado aquel sustituto de la confesión católica sabía bien lo que hacía. Las cosas debían contarse empezando por sus detalles más penosos. La narración circunstanciada de los hechos llevaba al horror de sí mismo pero también a la humildad ante el tamaño de las propias debilidades. Cecilia tardó una semana en vaciarse completamente frente a mí y yo en quedar vacío frente a ella. No me evitó los detalles, porque el método lo exigía. Los detalles estuvieron a punto de volverme loco. Cecilia había bajado varias veces a un infierno de abuso sexual, drogas, servidumbres, perversiones, miseria humana. Había incurrido en todas las cosas que odiaba. Había usado su cuerpo como un terreno baldío, su cabeza como una señal de tiro al blanco. Se había restregado en todos los cuerpos, se había hecho eco de todas las ideas erróneas sobre la libertad y el valor, mezcladas en su viaje con la temeridad estúpida y con el simple masoquismo. No me evitó los detalles, pero yo los evitaré. Cuando terminó de hablar la quería menos, la compadecía menos, la respetaba menos. Como si me hubiera engañado más que nunca diciéndome hasta la ignominia la verdad. Del fondo del desprecio vino, sin embargo, poco a poco, la comprensión. Me hería saberme uno más en la hilera de cuerpos frígidos con los que Cecilia había ido chocando en la vida, demasiado encerrada en su propio estruendo para poder escuchar el sonido de los otros. Al final me hería reconocer que en distintos momentos no había estado tan lejos de la hilera de predadores que habían usado su cuerpo como el espacio sin respeto que ella quería, como el terreno baldío de una expiación absurda. Me vine a casa y escribí su historia respetando el método de la terapia, es decir, empezando por los detalles de su relato que me habían resultado menos tolerables. Todos afectaban mi vanidad más que mi conciencia, ponían el acento en mi rabia más que en el sufrimiento de Cecilia. Rompí el relato, le escribí una confesión de amor herido que se volvió al paso de la pluma una confesión de pena por no haberla querido más, protegido más, comprendido más. Las emociones son en general bastante rusas, quiero decir, como en Dostoievski: lloran de felicidad, perdonan de rabia, se humillan por vanidad. Así yo con Cecilia Miramón: me conmoví de orgullo herido, volví a quererla de puro despecho.

»Estuvo un año sobria, y floreció. Un día me dijo: "Tengo la tentación de meterme sana en tu cama.” “¿Ya estás sana?", pregunté yo. "Supongo que este impulso es un mal síntoma", dijo Cecilia. "Pero quisiera meterme en tu cama sobria, siquiera una vez." "Tendré que estar borracho", dije yo. "Si estás borracho no podré besarte. No puedo besar a nadie que haya tomado más de una cerveza." "Ni borracho ni sobrio", dije yo. "Ya veremos", dijo Cecilia. Recaímos poco después, pero recaímos en otra parte, en algo parecido a la camaradería, más que al amor. En el año segundo de su sobriedad, Cecilia me anunció su noviazgo con un compañero de museografías; luego, poco después, su matrimonio. "Es el segundo hombre que quiero sobria en la vida. Al primero lo querré siempre, y eres tú." (Durante esos años Cecilia habló de su vida "sobria" y de su vida anterior, como si sólo fuera cierta o seria la vida sobria.) Quería tener hijos, me dijo. Quería ver ginecólogos, cambiar pañales, absorberse en sus hijos, en su casa, ver engordar y aburrir a su marido: ser feliz. Eso hizo. Tuvo tres hijos en escalera y no supo sino de pañales y lactancias. Luego, el huracán la levantó de nuevo porque el huracán era parte de su vida -o de su muerte, como se prefiera.

«Vivimos en paz entonces, sin frecuentarnos físicamente pero en una sintonía especial de intimidad y confianza, no como la que puede haber entre un padre sustituto y su hija simbólica, sino como la que hay entre dos cómplices que se han puesto en un lugar aparte que ninguna competencia amorosa puede alcanzar. Fantaseo quizá, pero no puedo poner en otro sitio el hecho de que Cecilia me llamara por la noche, ya que su marido dormía, para contarme su jornada y decirme al final: "Voy a soñar contigo." Soñaba o no, pero era como sugerir que estaba pegada a mí en otra parte, una parte más seria que mi cama o la suya, tan real como sus hijos o mis libros, un sitio aparte. Cuando nació su tercer niño, todos hombres, todos locos cuando crecieron, lo mismo que su madre, Cecilia se ligó las trompas y empezó a construir una deliciosa fantasía. Me dijo: "Cuando todo esto se haya cumplido, yo haya crecido a mis hijos y me haya separado de mi marido, me voy a dedicar a cuidarte y a quererte." Según ella se desprendería de sus hijos cuando cumplieran veintiún años. Entonces se dedicaría a mí. Tendríamos un casa señorial, yo sería un maravilloso anciano de ochenta, ella una mujer independiente de sesenta y nos moriríamos juntos cuando tocara. Me gustaba aquella fantasía porque era una declaración de amor para todas las estaciones. Eso era, sin proponérmelo, lo que había empezado a buscar yo de mis mujeres: una especie de compañía profunda, de vínculo indisoluble, cuya expresión mayor eran los planes ilusorios de envejecer juntos, serena, gloriosamente, como no envejece nadie.»

Nos citamos para el día siguiente en el restaurante y sus maderas. Luego de un preámbulo nostálgico, siguió Adriano:

– El día que cumplí cincuenta y cinco años recibí por el correo el libro de Ana Segovia sobre la genealogía de la efigie guadalupana. Lo había terminado al fin, casi veinticinco años después de haberlo iniciado. Empecé a hojearlo y me fui deteniendo hasta hurgarlo del todo. Era una hermosa edición del más completo estudio que se hubiera hecho sobre la imaginería religiosa. Durante años había hablado con Ana de ese libro, me había resignado a su constante inconstancia, a su entrar y salir de la investigación, y había contraído la idea de que nunca iba a ponerle fin a aquel estudio. Verlo terminado sobre mi escritorio, tenerlo en mis manos, fue como una aparición laica: la propia virgen guadalupana había hecho el milagro de este libro. Mientras lo hojeaba volví al día de mi primer encuentro con Ana frente al mostrador del Archivo. Olí su perfume, recordé sus formas, pensé que el ayer era una capa delgada, que después de cierta edad la memoria, no el deseo, es la fuente verdadera de la vida. El libro de Ana venía acompañado de la invitación a un coctel vespertino donde sería presentado, entre otros, por el administrador de la Basílica, un clérigo bien vivido, historiador de altos registros, que sostenía en oscuros escritos la imposibilidad de probar históricamente las apariciones de la virgen. Era el autor de una sugerencia sacrílega, muy atractiva para agnósticos como yo, según la cual el verdadero milagro de la Virgen de Guadalupe no eran sus apariciones sino la propagación arrolladora de su culto en el corazón del pueblo.

«María Angélica atendía en Texas una reunión de bibliotecarias. Yo había terminado un prólogo inusitadamente árido, hijo de un encierro de seis días. Mi ánimo estuvo abierto para escuchar el llamado de Ana. Me presenté en el coctel tarde, calculando que la presentación hubiera empezado. El local estaba lleno, me escurrí a la parte del fondo para observar a mis anchas el acontecimiento, protegido por una columna. Pensaba ver, oír y retirarme cuando acabara. Pero Ana venía tarde y el acto no había empezado cuando llegué, lo cual no tiene importancia salvo porque la vi entrar, caminando a paso raudo por el pasillo rumbo a las primeras filas donde la esperaban. Venía en unos tacones altos, su figura sobresalía entre los asistentes sentados con una elegancia rara, como de barco deslizándose por un canal hacia el mar abierto. La miré dispuesto a no hacerle concesiones, lo cual quería decir, probablemente, que ya se las había hecho. Cuando llegó a donde estaba el abate de la basílica se puso de puntas para alcanzar su mejilla con un beso; agradecí lo mucho que quedaba de su espalda, su talle, sus piernas fuertes y largas. Se había vuelto una matrona suculenta.

Conservaba la prestancia del baile, los músculos duros, el andar ligero. Los años habían añadido carnes bien surtidas a sus formas esbeltas y un aire de sabiduría perversa a sus siempre hermosas facciones. Acepté que ninguna de mis mujeres me había gustado tanto como Ana, ninguna competía con ella en la naturalidad de su belleza. Me hirvió la sangre de verla, debo confesar, como les hierve sólo a los adolescentes, aunque lo único adolescente que quedaba en mí era el paso frenético con que me enfilaba a los sesenta. Cambié mis planes. Me quedé al coctel que siguió a la presentación del libro. En un momento de la lectura del abate, Ana me descubrió entre el auditorio. La vi ponerse roja, sonreír, lamerse los labios con aquel tic suyo que servía por igual sus momentos de rabia y de turbación. Pero no había rabia en sus ojos ni en su gesto. Había un apuro gozoso, como de quien recibe en bata la visita de amigos imprevistos. No hice sino mirarla y turbarla, especialmente cuando empezó a hablar. Los nervios la pusieron elocuente, más descreída que nunca. Leí en sus andanadas jacobinas una complicidad con nuestro pasado, con el momento en que nos conocimos, con nuestros años de burlones desencuentros en la materia. Repitió un viejo chiste común, supe que lo dijo para mí: "Como ustedes saben", sonrió, "no creo en la iglesia católica. Creo en el pueblo que cree en esa iglesia. Pero no acepto que crea en ninguna otra. Si es inevitable que el pueblo tenga una religión, por lo menos que sea la verdadera." Al terminar la entretuvieron algunos lectores que pedían autógrafos. Me acerqué al coctel, donde me alcanzó el abate. "Hacen una extraña pareja usted y Ana", le dije. "En el fondo ella cree más de lo que dice y usted cree menos de lo que acepta." Alzó una copa de vino me dijo, sonriendo con levedad angélica: "Usted, como historiador, sabe que hay algo profundamente verdadero en todo esto. Yo, como creyente, sé que hay algo profundamente incierto que sólo puede creer la fe" Pensé, comparativamente, que seguía habiendo entre Ana y yo algo fresco que no habían matado los años, también algo viejo, que no podría remozar ninguna frescura. Era el turno de la novedad, sin embargo, la hora de mi reencuentro con Ana Segovia. Así fue. Vino a mí entre los invitados al coctel, las mejillas encendidas, los ojos húmedos. Me abrió los brazos, tomándome por debajo del saco. Sentí su cuerpo lleno y su voz en mi oído: "¿Te gusté? Dime que te gusté"."Como una virgen", dije. "Eso es lo que ando, virgen" me dijo. "¿Puedes cenar después de esto?"

»Cenamos con el abate de la basílica, que se retiró a buenas horas, no sin darle término a un buen vino rojo. Antes de marcharse, preguntó: "¿Ustedes se casaron alguna vez por el rito de la Santa Madre Iglesia?" "Sólo por el rito de la carne", dijo Ana. "Es un hecho de la historia que los ritos de la Santa Ma dre Iglesia duran más que los de la carne", consagró el abate. "También son más aburridos", dijo Ana. "Mucho más", dijo el abate. "Mucho más." Cuando se hubo marchado, Ana me dijo: "El abate es mi cómplice. Quiere que me case de nuevo. Según sus registros, por primera vez. Es su manera de coquetearme." "Creo que estoy atrasado de noticias respecto de tus matrimonios", le dije. "Me divorcié hace seis meses, luego de tres separaciones", me informó Ana. "Pero como estaba casada sólo por lo civil, para el abate ese matrimonio no cuenta. Está empeñado en que me case por primera vez. Si no vistiera yo los hábitos que visto, dice, impediría que se prolongara esta situación irregular. Es un viejo coqueto, como todos los curas libertinos." "Nunca pensé que me provocarías con un cura libertino pasado de años", dije, haciéndome cargo de su estrategia. "Me gustan los hombres mayores", dijo Ana. "Tienen un no sé qué de historiadores arrepentidos." "Si empezamos a hablar de la edad terminaremos hablando de doctores", le dije. "Cuéntame de tus hijos." Eran adolescentes, uno rubio como el padre, el otro moreno como Ana, uno obsesivo como el padre, el otro fantasioso como Ana. Uno se había ido a vivir con el padre, el otro se había quedado con Ana. "Nada tan difícil como vivir con un hombre aburrido", dijo Ana. "El tedio es una epidemia que lo va invadiendo todo, objetos y personas. Hasta las alegrías se vuelven rutinarias, los colores pierden el brillo, la vajilla nueva parece vieja, nadie se ríe con los programas cómicos de la televisión. Llegué a ser auténticamente la loca de la casa porque tomaba clases de baile y cantaba en la regadera. Mi marido, mi segundo marido, es decir mi segundo exmarido, es el mejor hombre del mundo, pero es el rey del tedio. Lo único que le enciende de la sangre son los negocios. Hubiera querido ser su negocio en vez de su esposa. Pero no quiero hablar de eso. Mejor háblame de ti. ¿En qué andas? ¿Sigues con tu novia de la infancia?" "Se fue del país", dije. "No sé nada de ella." "Menos mal", dijo Ana. "Me pudre su competencia desleal. Me cae bien ella, pero me pudre pensar que es tu amor imposible. No se puede competir con un amor imposible. Me pudren los amores imposibles." "Prefiero los posibles", dije. "Mientes, como todos", dijo Ana. "A los hombres les encantan los amores imposibles: su mamá, su prima mayor, su novia de adolescencia. Son los reyes de los amores imposibles y nosotras, las mujeres de carne y hueso que sí pueden tener, somos las peor es nada, sustituías imperfectas del amor imposible. ¡Qué mal me caen!"

«Pasamos dos días juntos, sin separarnos más que para ir al baño. Era todo lo contrario de su marido: ocurrente, despierta, deliciosa en la mesa y en la cama, como dicen que deben ser las mujeres deliciosas. Sin embargo me había hartado de ella alguna vez, de sus arrestos sanguíneos, del ritmo imantado de sus días, de su conversación vivaz, de sus amores encendidos. Me había hartado alguna vez de todo eso tanto como ella se había hartado del bajo perfil temperamental de su marido. Recordé todo aquello, pero aun así le propuse a Ana que tratáramos de nuevo, que quizá el abate tenía razón, que debíamos corregir la irregularidad de su celibato. "El mío puede corregirse, aunque sea temporalmente", me dijo. "Pero el tuyo no tiene redención, ni bajo el rito católico. Nada me haría más feliz que vivir contigo, pero nada me haría más infeliz en poco tiempo. Porque tú en el fondo eres una cabra loca que no quiere corral. Eres neurótico desde chiquito. Imagínate ahora de grande. Sobre todo, yo creo que tienes dañada la parte del cerebro que dice compañía. Yo quiero ser tu novia, tu concubina o tu amasia, como dice el código civil, pero tu esposa otra vez, ni para heredarte. Además, estaría vendiéndote una mercancía dañada y yo abomino a los mercaderes tramposos, es decir, a todos los mercaderes. Por lo pronto, hazme el resumen de estos días: ¿te di gato por liebre?" "Sólo liebre", dije. "¿De manera que quieres volverme a ver?", preguntó. "Quiero", dije. "Pues como decía mi marido: ponle fecha." "Ponla tú", le dije. "Yo sólo puedo el lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes, el sábado o el domingo de la próxima semana", dijo Ana. "El lunes", dije yo. "Eso es mañana. Demasiado cerca", dijo Ana. "Te invito a comer a mi casa pasado mañana. ¿Quieres conocer mi casa? Mis hijos no están." "Quiero", dije yo. "¿Quieres conocer a mis hijos?", preguntó Ana. "También", dije yo. "Me gusta eso, pero no podrás conocerlos pasado mañana. Pasado mañana nos pondremos de acuerdo. Iremos en todo esto día por día. Ojalá dure más que todos nuestros días." Así fijó Ana Segovia las reglas del más duradero y libre de nuestros acuerdos.

»Volví a mi encierro durante algunas semanas. Ana me llamaba por teléfono para contarme de las locuras que iba colectando la difusión de su libro. Una monja había quemado la obra en un convento. Un creyente lo había dejado como exvoto en el altar de la virgen con su huella digital impresa al pie de la portada. Los defensores de la aparición habían hecho su tirada habitual contra los libros que recordaban la anacronía de los documentos que la probaban. No había faltado quien le dijera que era parte de la conspiración masónica y atea. Estaba encantada. Antes de que regresara María Angélica, me convenció de que nos viéramos. "No pretendo tus amores, nada más tu compañía", me dijo. "Los amores que nos quedan son sólo compañía", le dije. "Algo de agua puede sacarse todavía de la vieja noria", dijo. Algo salió, desde luego, pero mientras Ana dormía sobre mi pecho insomne, pensé que prefería ese reposo gregario a la guerra santa de su cuerpo despierto; quería más su conversación que sus gemidos, más su fraternidad que su deseo. No era una preferencia muy galante, pero era la más amorosa de que era capaz. Hubiera querido decirle: "No quiero tu amor, ni la exclusividad que eso implica. Quiero la maravilla de tus nalgas, pero te quiero sobre todo a ti, tranquila, risueña, envejeciendo conmigo, dejando que el tiempo nos lime y nos mate juntos, sin ninguna otra exigencia.

»No sé bien lo que quería decir, pero eso quería decir. Había tenido celos en mi vida pero no verdadero espíritu de posesión. La vida abierta del amor me había agudizado siempre el impulso misántropo del encierro, me había rendido a las sensualidades sin comparación de mis mujeres como el monje que acepta sus debilidades o como el adicto que acepta su dependencia. Había sido feliz hasta el punto del hedonismo, pero no había arriado nunca las banderas defensivas del ermitaño. Conforme dejé la abogacía y entré en la edad adulta, aparte de los brazos de aquellas mujeres, sólo me sentía bien alejado de ellas, entre libros abstrusos y papeles viejos. Pero el contacto con aquella dicha me había abierto una ventana y no sabía dejar de mirar por ella. Era una ventana, lo entendí poco a poco, donde no había una ni dos de mis mujeres llamándome, sino todas ellas, cada una a su manera, cada una de forma distinta, aunque en mí fuera volviéndose cada vez más importantes la compañía que los cuerpos, la felicidad que el placer, y la felicidad de ellas antes que la mía. María Angélica, que fue en un sentido la más inteligente de todas, percibió antes que nadie ese cambio, la forma en que se iban imponiendo las cursilerías de la comunión sobre las infanterías del deseo.

»"Supe que volviste a ver a Ana", me dijo una noche. "¿Cuándo lo supiste?", dije. "Al volver de mi viaje. ¿Te interesa saber cómo lo supe". "No", le dije. "Lo supe por la misma Ana", me dijo María Angélica. "¿Qué supiste?", pregunté. "Todo. Quería que lo supieras". Cortó el hilo y me dijo: "Hay un programa de compra y catalogación de archivos privados en la biblioteca de la Universidad de Texas. Creo que debieras ofrecerles el tuyo. Es probable que yo reciba una oferta de trabajo en esa biblioteca. Si es así, me gustaría ser la curadora de tu archivo." "¿Qué debe incluir mi archivo?", pregunté. "Todos tus papeles personales, en especial cartas, manuscritos. Los borradores y notas de tus libros. Tu hemerografía completa. Los diarios, las agendas, todo." "Hay cosas que no quiero que nadie vea", dije. "Las destruyes si quieres", dijo María Angélica. "Aunque una decisión más profesional es que reservas su consulta para dentro de diez, veinte o treinta años." "Suena cursi", le dije. "Son reglas universales a las que se acogen todos, los vanidosos y los tímidos. Traje el folleto con las reglas y la descripción del fondo. Todo está previsto ahí, si te interesa." "Me interesa", dije. "A mí también", dijo María Angélica. "Tengo una gran cantidad de papeles tuyos, y no sé qué hacer con ellos. Quedarían bien en tus archivos, junto con todo lo demás." "¿Pondrías el tríptico en esos papeles?", pregunté. El tríptico llamábamos a un escrito en sátira que le envié a María Angélica cuando la presencia de Regina disparó en Ana y en ella nuestra ruptura. "Incluso eso", dijo María Angélica, saltándose mi provocación. "Veo que han vuelto a ser amigas", comenté. "Si tú puedes andar con Ana y conmigo", dijo María Angélica, encendiéndose un poco, "yo puedo vivir con Ana y contigo. Y Ana conmigo. Y con la otra también." "¿La otra?", pregunté, abusando de la posición. "La que nos puso locas a Ana y a mí", dijo María Angélica. "Esa con la que no se puede competir, según Ana, porque ocupa el lugar primigenio." "Estás muy enojada para estar tan tranquila", dije. "Entre más lo pienso, más enojada", dijo María Angélica. "Aprovecha esta calma, dicho sea en medio de la calma: si a esta edad en que los amores escasean, el precio de tu amor es aguantar a la loca, estoy dispuesta a pagar el precio." "¿Quién es la loca aquí?", pregunté. "Yo, desde luego", dijo María Angélica. "Pero me estaba refiriendo a la otra, a la niña. Es decir, a tu niña, o sea, a la anciana que nos hizo enojar a Ana y a mí." "Lleva dos años fuera del país", dije, tontamente. "¿Quién está hablando de lugares y países, Adriano?", saltó María Angélica. "Pareces menor de edad."

»Me había irritado al principio la falta de celos de María Angélica, su levitación, angelical como su nombre, por encima del hecho duro de mi reencuentro. Me maravilló ahora la extensión de su armisticio hasta el posible territorio de Regina. Admiré a las mujeres, entendí que la edad juega a su favor: son más sabias entre más grandes, menos esclavas de las pasiones de su juventud, más capaces de amar lo que les toca, lo que el tiempo les reparte y el azar les deja. "¿Estás segura de todo lo que me has dicho?", pregunté. "No", dijo María Angélica. "Sólo estoy segura de que te lo dije y de que estoy dispuesta a sostenerlo. ¿Me invitas a cenar esta noche a la calle, donde todos nos vean?" "Desde luego", dije. "De pronto tuve urgencia de que nos vean", explicó María Angélica. "Estamos juntos aunque no nos vean", dije yo. "Y aunque no nos veamos." Había un toque demagógico en ese pronunciamiento, pero había un fondo mayor de verdad. Para ese momento de nuestra vida estaba diciéndole a María Angélica lo que con toda precisión empezaba a suceder entre nosotros.

»Bueno, ahora hábleme usted de la Repúbli ca, porque mi pila se agotó. Apenas puedo decir cómo me llamo.»

Volvimos al restaurante una semana después. Luego de hacerme recordar dónde había dejado su relato, Adriano siguió:

– Un momento culminante de aquella reposición del triángulo en que habíamos vivido María Angélica, Ana y yo, fue la salida de mi libro sobre los jesuitas en América, su siembra indeleble del patriotismo criollo. De aquel patriotismo, hijo del resentimiento más que del orgullo, habrían de brotar todas las grandezas y todas las miserias de nuestro sentimiento nacionalista. Entre las grandezas, el amor por la tierra natal. Entre las miserias, la envidia y la xenofobia de los que quieren para sí, por pertenencia geográfica, lo que no obtienen por mérito humano. Fue un libro largo. Cuando lo empecé era un proyecto de cuatro páginas. Al terminarlo tenía setecientas. Lo investigué con mis alumnos durante los tiempos de mi soledad, luego de la desbandada de mi imperio polígamo. María Angélica dejó sentir su presencia, independiente de su orgullo herido, en la fidelidad de algunos de aquellos alumnos que hubiera podido apartar de mí. Durante la hechura de aquel libro, poco después del año de mi dicha mayor, Ana mantuvo su ausencia sin concesiones. Cecilia Miramón estaba encerrada en su sobriedad. La única llama amorosa que alumbró aquel tiempo de estudio fue Regina Grediaga, también ida entonces, prófuga con su marido y sus hijos. Encontró la manera de restablecer su presencia, del modo más extraño. Había tenido siempre hacia mi vida intelectual una indiferencia tan estricta como pueden tenerla ante la textura de los ladrillos las mujeres de los ladrilleros, o ante los misterios de los plásticos las mujeres de los ingenieros químicos. Lo poco o lo mucho que me hubiera querido Regina, había sido estrictamente por mí, sin adherencia externa de oficio o beneficio, por la única flaca rotundidad de mi ser puesto en el mundo. El hecho es que Regina topó con una compilación de prólogos míos a otras obras, el primero de los cuales estaba firmado justamente en los tiempos en que nos reencontramos por primera vez, luego de su primer descalabro matrimonial y la pérdida de Ademar, su hijo pequeño. Regina había leído la fecha de su escritura, la fecha la había derramado sobre su memoria. Me escribió una carta sobre una servilleta de tela, diciéndome algo así como esto: "Me puse a llorar porque vi el año de ese escrito, el año en que yo te busqué porque Ademar había muerto. Me diste refugio y hablamos de todo, pero ni una palabra de este texto que estabas escribiendo. Ahora lo llevo conmigo a todas partes, lo leo y lo releo, aunque no entiendo bien, pero me regresa a aquella época nuestra, y me gusta, y me pongo a llorar." Recuerdo haber pensado entonces: "Si un prólogo abstruso, escrito hace treinta años, puede quedarse vivo todo ese tiempo y tocar esos botones en la memoria de alguien, hay que escribir libros, hay que escribir este libro sobre los jesuitas. Algún día tendrá su propia vida ante la mirada de alguien." Escribí el libro, según le dije ya, como un antídoto para la soledad, interrumpiéndome aquí y allá por alguna conferencia o algún ensayo. Me faltaba un año para terminarlo cuando acudí en busca de María Angélica al congreso donde nos reencontramos. Me disponía a darle los últimos toques cuando fui al reencuentro con Ana, un año después. Lo terminé en los días que María Angélica volvió de su curso en Texas, el día que cumplí cincuenta y nueve años. María Angélica me informó entonces del asunto de los archivos junto con su pacto de tolerancia conmigo, con Ana, con Regina, con ella misma.

«El libro salió publicado en una fecha particularmente propicia. El día de su presentación en la Universidad se anunció que yo había obtenido el premio nacional de historia. Por la noche, María Angélica me exigió una de las cenas que le gustaba tener conmigo, solos y bien vestidos en un lugar elegante, donde todos nos vieran. Fuimos a un restaurante del sur que tenía unos jardines y salones de banquetes. En uno de aquellos jardines María Angélica había organizado una fiesta sorpresa, con amigos, alumnos y autoridades. Ana Segovia estaba en primera fila, radiante, con un rubor infantil en los pómulos. Me besó en una mejilla y a María Angélica en las dos.

»Las mujeres son animales complejos, invencibles; nosotros, los hombres, luego de muchas vueltas, somos sólo sus muñecas. Conforme me acerqué a los sesenta años, aquella ductilidad de las mujeres, su inteligencia superior de propietarias de largo plazo, me fue confortando, lavando mis culpas de mujeriego sui generis, amante de unas cuantas mujeres que habían pasado más tiempo en la cama y la vida de otros, a ninguno de los cuales, sin embargo, habían querido tan reincidentemente como a mí. Yo era su excepción; ellas, juntas, mi fatalidad. El arte de nuestros amores era reincidir, habíamos reincidido la mayor parte de nuestra vidas. Al punto de que era ya una imposibilidad tácita separarnos. Yo de ellas, ellas de mí y de la presencia reincidente de las otras. Ahora, dígame usted, sólo por curiosidad: ¿con cuál de las mujeres que le he referido se hubiera casado usted?»

– Con cualquiera. Con todas -le dije.

– En cierto modo yo me acabé casando con todas ellas -sonrió Adriano-. Fui como el polígamo Pastor Venegas, pero sin sus agallas. No fundé familia, no incurrí en el tedio conyugal, en las hipocresías de la monogamia, ni en los alardes de la pro-miscuidad. ¿Qué es el amor sino una intermitencia? No es un estado sino unas ganas del otro que vienen y se van, tal como se iban y venían mis mujeres, siempre en el pico de las ganas, a salvo del tedio y de la compañía hueca que es el agua en que nadan las parejas felices.

– ¿Volvió a ver a Regina Grediaga? -pregunté.

– Sí -dijo Adriano-. Por un camino sinuoso. Ese camino empieza el primer día de cursos del año en que cumplí sesenta. Fue un día terrible para mí. En la noche de ese día me enteraron por el teléfono de la muerte de Carlos García Vigil. Supongo que le interesará saber eso. Vigil me había acompañado por la mañana a mi clase inaugural. Solía hacerlo para halagarme; también, supongo, porque le gustaba recordarse en aquel día veinte años atrás. ¿Usted conoció a Vigil en el periódico o en la escuela? -me preguntó.

– En el periódico. Aunque en realidad no lo conocí. Yo entré al diario cuando él salía.

– Fue más hijo mío que ningún otro -dijo Adriano-. Quiero decir: me hubiera gustado que fuera mi hijo. Discutía con él sin parar su abandono de la historia por el periodismo. Al mismo tiempo, envidiaba con una sonrisa oculta su vida loca, llena de conexiones inesperadas. Cuando murió, tuve acceso a sus papeles. Entendí hasta qué punto la suya era una vida loca. Le contaré algún día algo más de todo eso. Lo pertinente para nuestro relato es que Vigil penaba, sobre todas las cosas, la muerte de una mujer. Se reunía con otras por las razones más diversas. Por consuelo, por lujuria, por compasión. Y hasta por autodenigración, porque no descartaba a algunas espeluznantes reinas de la noche que se cruzaban por su camino. Usted me recuerda mucho a Vigil, aunque falta en usted, por fortuna para usted, aquel demonio doble de la insaciabilidad y la culpa, aquellas ganas de estar en el mundo para poseerlo, someterlo, mejorarlo, pero al mismo tiempo no tener los arrestos de mezclarse en sus malas artes y en sus agujeros podridos, sin lo cual es imposible poseer el mundo. Recogí los papeles de Vigil cuando murió, me los trajo una mujer amiga suya, su pareja. Escribí un híbrido tratando de completar la novela que Vigil había empezado a escribir. Por ahí está entre mis papeles, junto con los diarios y los manuscritos de Vigil. Una vida perdida, pensé entonces. Pienso ahora que una vida como pudo ser. No hubo un reino perdido en aquello, hubo un reino dilapidado, como todos los reinos al final. Nadie ha dicho, salvo la Ilus tración, equivocadamente, que la vida humana puede ser perfecta, en vez de ser el desperdicio atrabancado que es. Mientras seguí el rastro de Vigil en sus cuadernos me alarmé de su promiscuidad y de la intensidad de sus pasiones. Al final fui atraído por ellas. Yo me había adscrito, con más vigor en cuanto más pasaban los años, al ideal de la vida perfeccionada por el conocimiento, puesta a salvo de las pasiones por la razón. Spinoza ha señalado con claridad que eso es imposible, que la naturaleza humana no es domeñable y que, como la otra, está hecha de bajas y altas pasiones, igual que hay días de tormenta y días soleados. Le cuento todo esto porque a usted le interesa Vigil, pero también porque entre sus papeles apareció una foto que fue la que me puso en marcha hacia Regina Grediaga. Era la foto de la mujer cuya ausencia Vigil penaba. Se llamaba Mercedes Biedma. Era el amor perdido de Vigil, su amor insomne, la pérdida que lo llevó a todas las otras. Mercedes Biedma apareció primero en una tarjeta de la investigación histórica que hacía Vigil, una especie de oración donde Vigil lamentaba su ausencia. Apareció después en los cuadernos del diario de Vigil, ubicua y obsesivamente; por último, Mercedes Biedma era el centro de la novela que Vigil escribía. De pronto, en un sobre apareció su foto. Fue como un puñetazo para mí. Tenía las mismas facciones lánguidas de Regina Grediaga, la misma frente altiva, los mismos ojos abiertos como una invitación. Regina había vuelto de su exilio unos meses atrás. Yo había tenido el impulso de buscarla, pero me había guardado de hacerlo porque no quería repetir la situación desastrosa de mi imperio polígamo de una década atrás. La frecuentación de Mercedes Biedma en la historia inacabada de Vigil se me impuso al principio como una nostalgia de Regina Grediaga. Se fue volviendo después necesidad de verla, tocar y comprobar su existencia, afirmarla contra el espejo roto de Mercedes Biedma, la mujer perdida de Vigil, tan parecida a la Regina de treinta años, cuyo rostro se había quedado en mi cabeza como el rostro que aparecía siempre que pensaba en ella, ennoblecido por unos aires tenues de muchacha y un anacronismo romántico de cortejo marcial.

«Busqué a Regina movido por Mercedes Biedma. La encontré en un estado maravilloso y lamentable a la vez. Vivía en un penthouse frente al parque, unos metros arriba de las palmeras de tronco delgado que oscilaban en el viento como penachos de cometas infantiles. Supe su domicilio por su hermano, a quien encontré, luego de dos décadas de no verlo, vuelto comandante de una de las zonas militares del golfo. Le anuncié mi visita a Regina con una tarjeta formal y obtuve su aceptación con otra. Me recibió impecablemente vestida y peinada, alta, esbelta como en todos sus días, los hombros sin un asomo de rendición o fatiga, los largos dedos y los grandes ojos sugiriendo caricias inalcanzables como siempre, en medio de un lujoso departamento de dos pisos, con escaleras que subían haciendo una curva de cisne y un candil pendiente del techo artesonado. La sala era enorme, el comedor también, tras unas puertas de madera labrada. Más enormes aun porque estaban prácticamente vacías de muebles, como si Regina acabara de mudarse o fuera la vendedora que espera al cliente para mostrarle el piso en renta. Frente a la chimenea, solitario, había un sofá de tres sitios, una lámpara de flecos y una mesita de cubierta de mármol con un teléfono blanco. "Sólo mi recámara está completa", dijo Regina, con humor resplandeciente. "Todo lo demás se ha ido caminando al empeño. Me siento como una antigua aristócrata quebrada cuyos acreedores se la llevan poco a poco. Cuando la casa de empeño entre a mi recámara, cuando empiece a llevarse mis joyas, venderé el piso y me iré a vivir a un sitio modesto como ha de ser mi vejez." Puso un servicio de té y me explicó. El marido había rehecho su fortuna pero no quería volver a México. Sus cinco hijos, todos varones, se habían marchado de la casa muy jóvenes, adolescentes, a estudiar a otros países. La soledad de Regina cara a cara con su marido acabó de secar la relación hasta hacerla intolerable. Regina padecía la vida en España, y una nostalgia enferma por México, por su casa, por sus padres, aunque su casa hubiera sido vendida y sus padres hubieran muerto años atrás. Decidió regresar al lugar donde había hecho su vida, aunque las razones de su vida estuvieran radicada en otras partes. Es verdad que la capital de México

estaba más cerca de los lugares donde estudiaban sus hijos, en universidades de Norteamérica, pero las condiciones económicas de Regina eran fatales aquí. Como una forma de hacerla regresar, su marido le había suspendido el estipendio conyugal y Regina era incapaz de pagar su independencia. Estaba en ese forcejeo. El marido la ahogaba económicamente para recuperarla y ella resistía sin habilidad ninguna para manejar los recursos que le habían quedado en la mano, es decir, el penthouse que estaba a su nombre, los cuadros, los muebles que había ido vendiendo para financiar su resistencia. Tomamos té y hablamos. Por primera vez quiso saber en detalle el tema de alguno de mis libros, el último. Se lo expliqué largamente, pensando mientras lo hacía que el libro esencial de mi relato era el que debía haber escrito. Los autores debiéramos al final de nuestra vida volver sobre los demasiados libros que hemos escrito y hacer versiones cardinales que puedan leerse en una tarde. Trajo una botella de oporto y sirvió dos copas. "Tengo una duda", dijo. "¿Es inmoral que las mujeres de casi sesenta años tengan deseos de muchacha?" "Depende de la frecuencia de los deseos", dije yo. "¿Sería capaz de inspirarte a mis años al menos un pecado venial?", me preguntó Regina. "Los únicos pecados que me has inspirado siempre son mortales", contesté. "¿Te gusto un poco todavía?", dijo. "Como siempre: más que nunca", dije.

»En el amor, todo es más lento con la edad. También, a veces, más intenso. El orgasmo en el joven es un llamado del más acá, una afirmación de la vida. En el viejo el orgasmo es un llamado del más allá, un asomo a la muerte. Redimí todas las boletas de empeño e hice traer todos los muebles al departamento, hasta reponerlo en sus más ínfimos detalles. Puse una renta mensual en manos de Regina. Cuando esa seguridad llegó, tuvo un colapso nervioso del que volvió luego de una cura de sueño. Se había ido pálida y espiritual. La devolvieron sanguínea y glotona, como no la había visto en mi vida. Comía chocolates por primera vez, golosa y torvamente. Se dejó crecer las lonjas sin culpa en un cuerpo que había estado siempre seguro de sus buenas líneas, lo cual hace siempre, durante toda la vida, cierta diferencia con quienes fueron gordos de arranque. Permítame esta digresión banal sobre los cuerpos. Quienes han sido gordos desde que recuerdan están siempre incómodos dentro de sí mismos. Quienes han sido esbeltos están a gusto dentro de sí aun si la vida los embarnece como gordos originales. La única excepción a esta molestia original del cuerpo de los gordos, es el de los gordos con ritmo, los gordos que desde pequeños bailaban bien, recibían en su cuerpo el llamado de la música. Pero esas son excepciones de la grasa, no su norma. Fin de la digresión. Regina engordó y comió esos días como si fuera la flaca sin culpa que siempre fue. Yo fui el goloso compañero de ese modo extraño que ella tuvo de envejecer engordando, luego de haber sido toda su vida una palmera que mecía el viento, como las que había en el parque frente a su penthouse.»

– ¿Qué me está contando usted? -le dije-. ¿Recobró a sus mujeres?

– Recobrar es un verbo exigente. La idea de que eran "mis" mujeres, es más exigente aún.

– ¿De quién sino de usted?

– De ellas mismas -dijo Adriano-. De nadie más. Fueron mujeres de muchos hombres y yo sólo de ellas. No me quejo: una más me hubiera abrumado, me hubiera quitado la unidad de las otras. Quizá pueda intentar una recapitulación en nuestra siguiente cita. Ahora se me ha acabado la pila. Hable usted, cuénteme de esa mujer policía que mató a sus dos amantes por infieles.

En la última comida que dedicó al tema, Adriano hizo algo semejante a la recapitulación prometida.

– Me pregunto lo que pensaría de mi relato cualquier mujer inteligente de estos días -dijo Adriano-. Quizá lo encuentre más cínico o más promiscuo de lo que es en realidad. Quizá lo vea sólo como lo que es en mi memoria, la parábola de una bienaventuranza. Me pregunto cuál sería la opinión de las mujeres que son parte del relato. Les molestarán los detalles, supongo, la aglomeración. Ninguna desconoce el cuadro, pero ninguna lo ha visto de cerca, en todos sus detalles. Se preguntarán: ¿después de todo, éste a quién quiso más? Una pregunta competitiva, típicamente masculina, que nunca falta en las mujeres: "Mi marido habrá sido un mujeriego, pero a nadie quiso como a mí", etcétera. Me pregunto si mis mujeres se llamarán a escándalo, como alguna vez hicieron, por, llamémosla así, la multifuncionalidad amorosa de esta historia. Puestas todas las mujeres juntas en la vida de un solo hombre, la historia amorosa de ese hombre parecerá la de un cínico. Pero puestas por separado las historias de mis mujeres, acaso resulten más plurales que la mía. Las conozco bien, sé que mi historia ha sido menos variopinta que la de ellas, aunque más extravagante. Digamos que he tenido una vida agitada y fiel. Ahora bien, del mismo modo en que el rasgo más acusado de un carácter es invisible para su poseedor, acaso yo haya sido un mujeriego de unas cuantas mujeres, que es como decir un escritor prolífico de sólo cinco libros.

– Depende del tamaño de los libros -dije.

– Depende de los libros, claro. En todo caso, mis mujeres no fueron libros donde sólo yo escribí. Fui, en todo caso, uno de sus múltiples redactores. Fueron y vinieron a mis estantes, y en ese ir y venir, al final se quedaron. Viví con todas ellas a intervalos, sin agobiarnos con las obligaciones de las parejas. Encontramos la manera de acomodarnos a la pluralidad de nuestras vidas. Todas se fueron otra vez, tuvieron otros hombres, los quisieron, los engañaron con otros, entre ellos yo. Pero todas volvieron a mí, y yo a ellas. Las acepté como un destino gozoso, como la prueba de una vida no estéril. Ellas terminaron asumiéndome a mí, supongo, como a un mendigo sentimental (una especialidad femenina: recoger indigentes sentimentales). Yo fui su refugio amoroso contra el fracaso en otros frentes, y una solución económica en momentos difíciles de la adversa fortuna. Puesto todo junto, terminé siendo una parte de sus vidas que no pudieron dejar atrás, suplir ni rechazar. Entre otras cosas porque nada exigía de ellas, salvo esa compañía tolerante, que terminó siendo más profunda que ninguna otra. Envejecí con ellas y ellas conmigo, sin darnos cuenta, al pasar de los días limados de Góngora: Las horas que limando van los días / los días que limando van los meses / los meses que limando van los años. Los años que limando van las vidas, añado yo. Con una vivía un tiempo, otra era mi amante semanal, las otras mis amantes ocasionales. A una la mantenía, a otras la acompañaba en sus cuitas, a todas en sus enfermedades. Las amaba a todas al punto de seguirlas queriendo mientras las veía envejecer, cada vez más viejas en sus cuerpos, pero no en mis recuerdos. Estaban libres del tedio y de la rutina. Y, en ese sentido, libres de mi desamor. Envejecimos juntos en una clandestinidad que fue una condena y una gloria.

«En los últimos años, todo lo que había existido entre nosotros sucedió de nuevo. María Angélica reincidió en Galio y salió huyendo de él por tercera vez. Se dejó tentar después, visto que nunca viviría conmigo, por la oferta de ser la segunda encargada de la gran biblioteca latinoamericana de la Universi dad de Texas. Detrás de su pasión por los libros, en el orden sereno de las bibliotecas, sospeché la presencia de un hombre. Lo hubo en la figura de un antropólogo más joven que yo, que resultó la antípoda de Galio: tan imposible de aguantar por su índole apacible como Galio lo había sido por su fuego mercurial. Antes, durante y después de aquella nueva elección de pareja, María Angélica vino con frecuencia a arreglar asuntos. Nos veíamos, reincidíamos, me contaba las razones de su viaje. Yo solía descubrir, no sin vanidad, que la mayor parte de sus razones inaplazables para viajar podían resumirse en la razón de vernos.

»Ana Segovia regresó con su marido buscando estabilidad para sus hijos. Admitió su propia pasión por el orden y la certidumbre, ella que había cultivado las anarquías de su temperamento como un asunto de honor. Me dio una explicación trágica de su decisión de volver al matrimonio. Dos años atrás, donando sangre para su padre anciano, la descubrieron portadora del virus de la hepatitis C, recogido años antes en otra transfusión. Salvo algún indicio de fatiga, no había nada en ella que anunciara aquella dolencia asintomática, un mal sin cura que carecía de síntomas, hasta que, una vez desatado, mataba en lapsos breves. "Como te dije, soy una mercancía dañada", recordó Ana. "Y he llegado a la conclusión de que quienes deben hacerse cargo de esas cosas son los maridos, porque los maridos, andando el tiempo, para eso son. La verdadera ayuda que necesito de ti es que no me odies por esto. Y, si es posible, que me sigas queriendo." La seguí queriendo, desde luego. A mi edad, fui su amante adúltero y clandestino, condición que estimuló mi inmodestia tanto como la imaginación de Ana.

»Por lo que hace a Regina Grediaga, vivió bajo mi protección todo el tiempo que su marido quiso someterla por escasez. Agradecieron mi intromisión sus hijos, a quienes conocí en sus visitas. Gocé aquel patronazgo porque me convertía por fin en el amor central de Regina: la pareja sentimental y la solución práctica de su vida. Finalmente, el marido de Regina aceptó la situación, fondeó los gastos de Regina a cambio de que cada año pasaran con sus hijos una vacación de invierno larga y una corta de verano. Regina y yo tuvimos la mejor de nuestras temporadas juntos, la década de nuestros años sesenta. Esos años me hicieron ver cumplidos mis sueños adolescentes con la mujer adulta de mis sueños y convirtieron a Regina en una mujer vanidosa, presumida, aristocrática, que luchaba contra su edad haciendo planes de muchacha.

»E1 itinerario de Cecilia Miramón fue más accidentado. Volvió al alcohol otras dos veces y lo dejó después de sendas crisis. Fui su amante en el alcohol, su enfermero en la sobriedad. Se hizo poco a poco mi compañera estable, la administradora de mi casa, la ordenadora de mi biblioteca, mi secretaria, mi memoria, mi enfermera. Tiene hoy cincuenta y dos años, está a punto de ser abuela, pero para mí es una muchacha, tanto, que he tenido la tentación de escribir, pretensiones literarias aparte, un equivalente moderno de aquella obrita de Balzac, La mujer de treinta años, para mostrar que la mujer de cincuenta es la mejor que puede encontrarse, si se le encuentra a tiempo, en nuestras vidas.

»Para conocer de verdad a una persona hay que comerse con ella un saco de sal, decían en mi pueblo. Yo me comí un saco de sal con cada una de mis mujeres, a lo largo de la vida. Los seres humanos no alcanzamos sino para engancharnos de verdad unas cuantas veces. Nuestro mundo sentimental es restringido, con algunos filamentos múltiples saliendo de cada núcleo, pero con unos cuantos núcleos que ordenan todo lo demás. Entre esos seres nucleares que nos ordenan y nos explican en el orden sentimental, no están siempre los que serían obvios, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos. Suelen ser fuereños: padres, hermanos, hijos sustitutos, parientes que vamos a buscar fuera de casa. Yo encontré en mis mujeres esa tribu sustituta, acabé queriéndolas más que a nadie. Las quise tanto por lo que me daban como por lo que me quitaban. Fueron historias de amor y de guerra, un enganche como el del torero con el toro, para matar o morir. Mejor dicho: para morirse en la suerte. Sabe usted que el gran torero Juan Belmonte pensaba al final de su vida que su derrota como matador invicto, al que nunca cogió un toro, era precisamente no haber cumplido ese destino: ser muerto por un toro. Su victoria sobre los toros lo hacía incompleto, porque nunca lo mató un toro, nunca se cumplió su destino de pareja cabal con el toro. Lo mismo con nuestros amores. No son sólo cantos de alegría, son también un furioso enganche vital, la rabia y la euforia a un tiempo, una pelea de afinidades que ata tanto por el placer como por el sufrimiento que da. Mis padres murieron jóvenes y yo no tuve hijos. No tuve la tentación ni el calor de la familia. Ni la genealogía ni la herencia fueron mis legados. Acaso me hice historiador tratando de fabricarme un pasado. Al final, todo eso me hizo terriblemente libre. He andado por el mundo ligero de equipaje, como quería el poeta, como si nada hubiera heredado y nada tuviera que heredar, como si nada tuviera que conservar ni que perder. Más que una carencia, he encontrado en ese vacío una libertad. Creo haber ejercido esa libertad completa sólo en dos ámbitos, el de los libros que escribí y el de las mujeres que le he contado. Sé que estará tentado de utilizar alguna vez el relato de mis mujeres. No hagamos un episodio de esto. Yo no le he contado las cosas para que las escriba, pero tampoco para mantenerlas en secreto. No me opongo a que utilice todo eso como le convenga, salvo por lo que pudieran pensar los hijos de ellas, que son también los míos por adopción, aunque no todos lo sepan. Le pido, si va a contar esa historia, que cambie los nombres y no la publique hasta que yo me muera. Creo que es una historia digna de ser contada. Créame que fue digna de ser vivida.»

Ese día, con esa frase, Adriano terminó la historia de sus mujeres contada por él mismo, poco después de cumplir setenta y tres años. Para ese momento, el estado de sus cinco mujeres era el siguiente: Carlota Besares había muerto de cáncer diez años antes y venía a visitarlo en sueños, enervando sus deseos. Regina Grediaga tenía setenta y dos años, cinco hijos, siete nietos y un principio de artritis en las manos que combatía tocando desastrosamente el piano. Cenaban juntos una vez por semana, hablaban de la historia militar del país y reincidían ocasionalmente en la búsqueda joven de sus cuerpos viejos. Ana Segovia tenía sesenta y cinco años y un marido con males cardiacos, algo menor que Adriano. El fantasma de una hepatitis C caminaba por su organismo duro de bailarina, sin que nadie pudiera precisar la fecha exacta de su inicio ni el término fatal de su brote. María Angélica Navarro tenía sesenta y cuatro años y era una eminente bibliotecaria en la Universidad de Texas, en Austin. Cecilia Miramón tenía cincuenta y dos años, era la madre de tres hijos y acababa de ser abuela.

Con el mismo rigor con que sostuvo el relato de sus mujeres durante nuestras comidas, Adriano dejó de hablar sobre el tema en nuestros encuentros. Comimos en el club varias veces, lo visité en su casa otras. Había madurado la idea de que lo ayudara a poner en orden su archivo personal. La suya seguía siendo la casa de un hombre soltero, cuyos únicos auxilios domésticos eran Gildardo, el chofer, y su sombra de siempre, Águeda chica, que envejecía a la par que Adriano, sentada como un ídolo en la cocina, vivo vestigio del mundo de la infancia huérfana de Adriano, su tía distante y aquel país de lealtades rurales que se habían llevado el siglo y el progreso. Cecilia Miramón se ocupaba de ordenar su biblioteca según los criterios profesionales definidos por María Angélica. Se ocupaba también de llenar los vacíos domésticos que dejaban la vejez olvidadiza de Águeda chica y la torpeza masculina de Gildardo, el chofer, tampoco un jovencito. Cecilia resolvía ambas cosas con mano enérgica y risueña, que le valió el mote de La Doñita para sugerir la bondad y la dureza de su imperio. María Angélica había convencido a Adriano de vender sus archivos a la biblioteca donde trabajaba. Adriano accedió para inducir el trato de Cecilia y María Angélica en un propósito común. Coincidí con Cecilia algunas tardes en la casa de Adriano, trabajando ella en la biblioteca y yo en los archivos. Me ganó desde el primer día la sensualidad de su sonrisa, una sonrisa que no estaba en su rostro, sino en su cuerpo todo, en la alegría de sus ademanes, en las ojeras libertinas que las esclavitudes del alcohol y la vehemencia habían dejado en sus ojos.

En la misma casa me crucé alguna vez, sin coincidir, con María Angélica y con Ana Segovia, que a veces venían juntas. En el archivo de Adriano había algunas fotos de ellas, ninguna con Adriano, fotos sin mayor gracia que decían poco de sus encantos. Había en cambio una colección impresionante de fotos de Regina que había nacido para ser mejorada por los lentes de las cámaras y la luz de todas las ocasiones. Parecía siempre ligera, radiante, bañada por un aura que sólo podía existir en aquellas fotos y en el horizonte sin límites de la memoria.

Adriano murió días después de cumplir los setenta y seis años. No tuvo dolencias preparatorias. Murió de pronto, sin aviso, la noche de un día en que le hubiera gustado morir. Había entregado por la mañana una mención honorífica durante un examen profesional. Acudió al brindis que su alumno laureado ofreció antes del almuerzo. Almorzó en su casa con Cecilia Miramón, que salía de viaje por la noche. Trabajó toda la tarde revisando las pruebas de su último libro, un alegato sobre los infortunios de la legalidad en la accidentada historia política del país. Fue a cenar con Regina Grediaga en un restaurante de viejo estilo de la ciudad donde lo trataban a cuerpo de rey, lo mismo que en el club donde solíamos tener nuestras comidas. Había hecho un arte de cultivar restaurantes donde lo trataran como dueño y sólo iba a ellos. Me había dicho una vez: "Prepare desde joven un par de lugares donde comer toda su vida, una biblioteca para leer de viejo y un médico que lo ayude a salir de este mundo si su última enfermedad resulta demasiado complicada, demasiado larga, demasiado aburrida o demasiado dolorosa." Después de cenar con Regina llegó a su casa cerca de las doce, terminó de leer las pruebas y se fue a la cama con un ejemplar inglés del tratado de Spinoza, Sobre la mejora del entendimiento humano. Al irlo a despertar por la mañana con la bandeja del desayuno, Águeda chica lo encontró sin vida. Gildardo fue el primero en saber la noticia de labios de Águeda. El primero en saberlo de labios de Gildardo fui yo. María Angélica fue la segunda, pero estaba en Texas y no pudo sino tomar el avión más próximo. Cecilia fue localizada en su hotel de la ciudad donde había viajado y tomó el avión de vuelta. Ni Gildardo ni Águeda tenían los teléfonos de Ana Segovia y Regina Grediaga. Debido a todas estas coincidencias, llegué antes que nadie a casa de Adriano. Me sorprendió la desnudez de su cuarto, al que nunca había entrado. Dormía en un camastro de monje junto a una mesa de noche rústica con una lámpara de metal. Su cuerpo estaba contra la pared, puesto de perfil sobre su brazo. El libro de Spinoza estaba en el suelo, sobre la estera, como si lo hubiera dejado caer. La última cosa que subrayó esa misma noche, antes de dormir para no despertarse más, fueron estas líneas: "algo cuyo descubrimiento y logro me permita gozar de una felicidad continua, interminable y suprema". Eso andaba buscando la noche inesperada de su muerte. Quiero creer que eso tuvo, al menos como propósito, por el hecho de haberlo leído y subrayado el día de su partida.

La prensa empezó a llegar luego de que yo di la noticia de la muerte. Las autoridades se presentaron para orquestar funerales solemnes, de duelo nacional. Ana Segovia llegó antes del enviado del presidente, bañada en llanto, con lentes oscuros. Regina llegó poco más tarde con paso de eminencia secreta, concentrada en la grandeza de su pérdida. Cecilia y María Angélica llegaron por la tarde a la funeraria, poco después de la guardia que hizo el presidente, con las autoridades de la Uni versidad. Hubo deudos toda la noche, hasta la madrugada. De pronto estuvimos sólo las mujeres de Adriano y yo, con Gildardo y Águeda chica. Les conté entonces mi impresión del último amanecer de Adriano.

– Me entristece que haya muerto solo -dijo Ana Segovia.

Hubo un gran silencio, al cabo del cual se oyó la voz de Cecilia:

– Así vivió, así quería morir.

Las otras asintieron discretamente, como reconociendo el hecho. El silencio tomó de nuevo la sala donde estábamos.

– Nadie se muere acompañado -sentenció con suavidad María Angélica-. Todos hemos de morirnos solos.