38805.fb2 Las Mujeres De Adriano - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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Callaron de nuevo, dejando que las palabras hicieran todo el camino en sus cabezas.

– Cenamos juntos la noche anterior -dijo Regina Grediaga, al cabo de otro intervalo-. Estaba contento con su nuevo libro. Fumó un puro para celebrarlo.

– Estaba contento -repitió Cecilia-. Yo lo vi al mediodía. Lo dejé trabajando en sus cosas como un niño.

– Igual se murió solo -dijo Ana Segovia-. Creo que a todas nos hubiera gustado estar ahí.

Le temblaron los labios cuando dijo eso. Los ojos de Regina Grediaga acabaron de humedecerse. María Angélica cruzó los brazos, bajó la cabeza. Cecilia miró al frente y dejó correr dos hilos de llanto sobre sus mejillas hinchadas, sin que hubiera otra seña de dolor en su rostro.

Recordé que en una de nuestras últimas conversaciones, respecto de la soledad doméstica de su vida, Adriano me había dicho: "He vivido con la libertad de un rey. Moriré en la soledad de un mendigo." No repetí eso, sino aquello otro que le había oído decir varias veces, después de la muerte de Carlota: "Hay que pedir a los dioses una vida corta o larga, pero una muerte súbita."

– Odiaba la idea de una enfermedad larga -les dije-. Creo que le hubiera gustado su muerte.

Los restos de Adriano fueron incinerados al otro día. Siguiendo sus instrucciones, la urna fue enterrada ("sembrada" dijo el orador) en el jardín de la escuela de historia donde Adriano enseñó medio siglo. En algún momento de la ceremonia vi a sus mujeres conversar bajo la sombra de un liquidámbar. Exhaustas, enlutadas, oían una historia gesticulante de Ana Segovia y añadían comentarios vivaces. Recordé al verlas juntas las palabras que el mismo Adriano me había dicho: Quién pudiera tomarlas desde la primera vez, tenerlas la segunda y la tercera, en todas sus edades, ser el dueño de todas sus estaciones, de todas sus vueltas, sus cambios de piel, sus renacimientos milagrosos.

Pensé que a su manera él había podido hacerlo con ellas, y ellas con él.

Semanas después, recibí un citatorio para acudir a la lectura del testamento de Adriano. Adriano aseguró hasta el fin de sus días a Gildardo y Águeda chica. El resto de su fortuna lo heredó en partes iguales a las señoras invisibles de su vida: Regina Grediaga Ana Segovia, María Angélica Navarro y Cecilia Miramón. Su única propiedad inmueble era la casa. Águeda chica podría vivir en ella sin restricción alguna. Cuando muriera, la casa debía venderse, lo mismo que sus cuadros y antigüedades, y el monto repartirse en las proporciones previstas para todo lo demás.

Cecilia Miramón recibió en custodia la biblioteca de Adriano para finiquitar su envío a la universidad que la había comprado por consejo de María Angélica Navarro. Yo recibí el encargo de ordenar su archivo para los mismos efectos. Parte del archivo lo marcó Adriano mismo como reservado para abrirse treinta años después de su muerte. Incluía sus cartas personales, entre ellas las de sus mujeres.

También un diario -veintidós cuadernos de pasta dura con sus notas- y el manuscrito de su libro sobre Carlos García Vigil, junto con los papeles del propio Vigil, materia prima del libro.

Respeté su mandato de que nadie viera los materiales reservados: fui el primero en no consultarlos. Tomé ventaja, en cambio, del resto del archivo, como su primer usuario, para un posible libro sobre Adriano y su obra. Antes de enviar los archivos a sus custodios, añadí a los materiales reservados las notas que había tomado en mis comidas con Adriano sobre la extravagante historia de sus mujeres. Releyendo esas notas pensé algo más: quise dejar mi propio testimonio, una huella corsaria en la vida de Adriano. Escribí el presente relato y lo incluí, junto con las notas respectivas, en los documentos reservados. Pienso que no debo usar esos materiales para mi libro, pero tampoco dejar que se pierdan en un tiempo sin registros. Son las historias de Adriano que todos querremos conocer un día, el rastro de su populosa soledad, lo que él llamaba su vida agitada y fiel, carne gemela de sus libros, memoria inesperada de su porvenir. Termino estas líneas efímeras con la vanidosa certidumbre de haber tocado las puertas de una vida que ha de ser más larga y más digna de ser contada que la mía.