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Elisa tiene la piel morena de su padre y los gestos de su madre, que han vuelto a comparecer en el mundo cuando ella ya no está. Al nacer, tenía los párpados casi sin abrir, convertidos en dos rayas delgadas en un fondo de carne azul por el sufrimiento del parto. La frente abollada de las primeras horas daba a pensar que aquella criatura no había sido muy favorecida por la naturaleza. Como si los malos hados le pasaran cuentas de la muerte de Sofía, bellísima en el ataúd, en el que, por arte de magia, se borró de su rostro el rictus del padecimiento y fue sustituido por una serenidad de rasgos delicados, armoniosos. El marido no se alejaba de su lado, conmocionado en exceso para poder dedicar cualquier atención a la niña que acababa de nacer. Las mujeres compadecían su juventud y su gracia perdidas para siempre. Se pararon los relojes y se cerraron las cortinas, para que la luz del sol no pudiese disimular la tristeza. Empezaron los rezos, las plegarias por aquella alma que abandonaba el mundo. Todo se concentró en el sentimiento de pérdida, y nadie dedicó mucho tiempo al bebé.
Cuando Elisa abrió definitivamente los ojos, días después de su nacimiento, exploró su alrededor con una mirada tranquila, exenta de cualquier sensación de culpa, que recorría los objetos y la gente sin detenerse en ningún lugar. En aquellos momentos, unas pestañas largas, oscuras, sombreaban los ojos de una tonalidad acuosa, indefinida, que el tiempo habría de matizar. Poco a poco, el tono azul de la frente fue desapareciendo, hasta que la piel se volvió rosada. Entonces su padre aún no se había recuperado lo bastante para ocuparse de ella, pero las mujeres del servicio hacían turnos y la paseaban por el jardín. El jardín era una explosión de colores durante el día. De noche, se convertía en otro mundo. Se perdían todos los colores y sólo quedaba el resplandor de las flores blancas y de las hojas plateadas que se transformaban en puntos de luz.
Pasaron los días de su infancia. Transcurrieron poco a poco, porque los primeros años de cualquier vida son siempre lentos. Se construyen a base de hechos repetidos, de descubrimientos pequeños o inmensos que dejan una marca que no se borra. En su caso, no hubo grandes acontecimientos que trastornasen aquella primera mirada tranquila. La humedad de las pupilas, la tonalidad del agua que no permite percibir tonos exactos, fue desapareciendo. Ocupó su lugar un fondo oscuro de noche sin luna. Nadie sabía de dónde había heredado esos ojos de mora. Su color no tenía nada que ver con aquella melaza de abeja zumbona que fueron los ojos de su madre. La mirada creció en osadía, a medida que ella crecía en edad. No tenía la dulzura de Sofía, aquel ensimismamiento de mujer que no se atreve a explicarse. Era, al contrario, una fuente de vida que iluminaba las paredes de la casa. Estaba, multiplicado hasta el infinito, el punto de atrevimiento que se adivinaba en Sofía. La hija no había perpetuado, sin embargo, los recelos ni los miedos. Se adivinaba en ella cierta inconsciencia que llegó a preocupar seriamente a su padre. El médico de Andratx estaba acostumbrado a los silencios de su mujer y no a las palabras de su hija.
A Elisa le gusta conversar. Es una mujer que ha aprendido a escuchar, pero también quiere que la escuchen. Habla con suavidad y, a la vez, con contundencia. No tiene miedo de entretenerse en explicar cómo entiende las cosas, de qué forma se aproxima a la existencia para intentar comprenderla. Pregunta mucho, lo que suele incomodar a los que la rodean. Es un poco áspera, cuando alguien la contradice, pero sabe ser suave si le conviene. Le cuesta encontrar palabras que sirvan para designar con delicadeza todo lo que la rodea, ya que prefiere la dureza que, demasiadas veces, se corresponde mejor con la realidad. Aunque a menudo utiliza frases y expresiones muy directas, prefiere las conversaciones en las que la gente se entretiene en describir las minucias, los detalles insignificantes. Le gusta recrearse en las descripciones de un objeto, de un lugar, de un instante. Lo hace sobre todo en las conversaciones con su padre, que la escucha boquiabierto, sorprendido del papel que ha llegado a adquirir en su nueva vida.
Le gustan también las plantas acuáticas. Ama los nenúfares blancos que florecen en el fango de los estanques. Le gusta reencontrarlos todos los años, como si se cumpliese un ritual. Cuando los mira, siempre piensa en la madre que no ha conocido. Es una curiosa asociación de pensamientos que la tranquiliza. Le gusta sentarse a contemplar los nenúfares y permitir que su imaginación emprenda el vuelo. Los nenúfares se siembran en cubetas de plástico que contienen dos montículos de tierra y llevan perforaciones a los lados, para que las raíces puedan sentir el contacto con el agua. En las acumulaciones naturales de barro y hojas muertas es donde estas plantas enraizan. Son muy prolíficas y ocupan una zona enorme del estanque. De vez en cuando, ella misma se detiene a arrancar las hojas amarillas, para que no enturbien el agua al pudrirse.
A los pocos meses de morir Sofía, las tres tías de Llubí aparecieron en La Casa de Albarca. Llegaron una tras otra, porque no querían ser un estorbo. Se habían organizado para hacer compañía al viudo y ayudar a criar a la niña, no fuera el caso que la hija de su sobrina empezase la vida en brazos extraños. Pero ellas mismas no resistieron la separación y los turnos iniciales se convirtieron en una suma de visitas que pronto las reunió de nuevo bajo el mismo techo. Primero fue tía Magdalena. Durante todo el trayecto lloriqueó recordando a Sofía. Llevaba una cazuela enorme con leche del pueblo para criar a aquella niña que no tenía madre. No podía hacerse a la idea. ¿Qué había sido de Sofía, muerta en plena juventud? Estaba convencida de que fue un error casarse tan lejos del pueblo y abandonarlo. En aquellas tierras, tan cercanas a Palma, sólo podían correr aires malsanos. Se casó enamorada, la pobrecita, y nadie había querido desbaratarle su ilusión. ¿Su ilusión? ¿Y qué importa derrumbar una ilusión si es a cambio de la vida? Aunque sea una vida como la suya, siempre encerrada en el pueblo, contemplando tras las persianas cómo transcurría la existencia de los demás, mientras el propio mundo iba desapareciendo. No deberíamos haber permitido que se casase -repetía-. Deberíamos haberla convencido para que escogiese un buen muchacho del pueblo, que sin duda los había. ¿No le había pasado de largo el tren por tres veces a ella misma? Tres novios había tenido, y los tres se fundieron en el aire como si fueran una espiral de humo.
Tía Magdalena llegó a las cuatro de la tarde, y Mateo salió a recibirla al jardín. Se abrazaron sin mucha efusión. Hubo una cordialidad discreta por parte de él, que intentó evitar cualquier posibilidad de conversación con la excusa de que habría pasado mucho calor durante el viaje, que seguro que quería reposar, que en seguida la acompañarían a la habitación, que bien venida, tía, que sí, que no hemos reaccionado aún del todo, que el disgusto nos priva incluso de las palabras. Hubo una distancia fría por parte de ella, que habría querido romperle la crisma con la sombrilla que llevaba, pero que se limitó a decir que ay, Señor, qué disgusto, que no lo superaré, este dolor tan intenso, que no lo puedo creer, sí, Mateo, me retiraré a la habitación, gracias, ya hablaremos más tarde, me gustaría visitar su tumba, hijita mía de mi corazón.
Una semana más tarde, muerta de añoranza, la tía Magdalena mandó llamar a tía Antonia, que hizo todo el trayecto con el pensamiento confuso. No podía dejar de pensar en la magnitud de su desgracia, la suya, sí, porque los demás no podían comprender aquel dolor ni medir su alcance. ¿Qué había hecho para que el buen Jesús la castigase de aquella forma? ¿En qué he sido indigna de Vos, Señor, que así me pagáis mi devoción, la vida enclaustrada que he llevado en el pueblo? Ya no soy una niña, lo sé, ¿pero cuántos padecimientos me reserváis aún? Las dos personas que más amé en el mundo, ambas muertas en plena juventud. La muerte de Sofía me vuelve al dolor de la muerte de aquel prometido que tenía el bigote rubio y que era un pedazo de pan, de tan bueno, un hombre de bien, muerto en la guerra defendiendo el honor. ¿Y qué iba a hacer ella del honor salvado? A la puñeta el honor, y todos los que le decían que había de consolarse porque había muerto defendiendo su deber. A hacer puñetas el deber también. A hacer puñetas todo el mundo. Y Mateo, el primero, que era un don nadie. ¿No era él el que había estudiado medicina? ¿No era él, el médico de renombre? Entonces, ¿por qué no supo atender a su mujer, que iba de parto? ¡Cómo consintió que se muriera aquella muchacha de su corazón, que sólo tenía veinte años y toda la vida por delante! Pensarlo la dejaba desvanecida y con el aliento quebrado.
Antonia fue recibida por Magdalena, que la abrazó como si fuese un barco que halla un puerto seguro, y por Mateo, que volvió a esforzarse para que nadie advirtiera su desconcierto. Las dos hermanas se besaron con el mismo afecto que si llevaran medio año sin verse. Hubo expresiones tiernas, alguna lágrima mal disimulada, y una clara complicidad entre ambas, circunstancia que hizo suspirar al médico de Andratx, que se encomendó a los santos del cielo mientras le daba su bienvenida. En seguida se retiraron al cuarto, donde esperaban tener más intimidad para las confidencias, tiempo para llorar a su sobrina, y ocasión para comentar las anécdotas del pueblo la una y de la recién nacida la otra. Estaban ansiosas, tristes. Tenían ganas de distraer las horas con palabras y mutua compañía. Magdalena se apresuró a decir que en aquella casa no había orden ni concierto: las criadas, con el señor dedicado tantas horas a la consulta médica, campaban a su aire. Así, los muebles tenían un dedo de polvo, nadie ventilaba las salas, ni se ocupaba de la despensa. ¿Cómo iba a criarse la hija de Sofía con aquel desorden? A buen seguro, sería una niña enfermiza. Tía Antonia se apresuró en responder, casi pisando con sus palabras las de su hermana, que ya lo había imaginado, que la situación era calcada a como la suponía, que menuda desgracia, Dios mío, que Sofía había sido como una hija, y que la criatura era sangre de su sangre, que no podían más que cuidar de ella.
No hubo pasado una semana entera cuando tía Ricarda inició el trayecto hacia la casa, reclamada por sus hermanas. Le fue difícil dejar la sombra amable de la iglesia, los sermones del cura, las penitencias que cumplía cada vez con mayor devoción. Durante el viaje, que se le antojó muy largo e incómodo, pasó por estadios bien diferentes. Su estado anímico fue oscilando de la rabia a la tristeza con una facilidad que le resultó del todo sorprendente. Ella misma se extrañaba, porque era de un natural sereno, que rehusaba las emociones exageradas, que guardaba las energías para dosificarlas cuando era necesario, y no se alteraba en exceso por nada. A medida que el carruaje avanzaba por una ruta polvorienta, los pensamientos de Ricarda se perdían en una nube de confusión.
Es evidente que aquellas dos hermanas mías no saben hacer nada solas -iba diciéndose-. Mira que llamarme. Ésta no es forma de organizarse. ¿Qué vamos a hacer las tres en aquella casa? Ser un estorbo. Vamos a molestar a Mateo que, al fin y al cabo, es el padre de la niña, y vamos a acabar con su paciencia. Los hombres son todos iguales: malos de conformar. Él no nos tiene aprecio. ¿Cómo nos va a apreciar, si nos ha visto media docena de veces mal contadas en su vida? Nos acoge porque es educado, pero no le hace ninguna gracia. Habría sido mucho más hábil ir de una en una. Deberíamos saber que es más provechoso para la cría una presencia continuada que estas invasiones. Al fin y al cabo, tres tías… son muchas tías. Ay, Sofía, hija mía, no sabes el sacrificio que he tenido que hacer para irme del pueblo. Tener que dejar de ver a aquel hombre de Dios que es mi vida. No sé cómo se arreglará, en la iglesia, sin mí. ¿Quién le pondrá flores frescas en la capilla de los Dolores? ¿Quién colocará las sillas y quién le planchará la casulla? Aunque, en el fondo, quizá convenga que no me vea durante una temporadita. A ver si así me valora un poco más, que me he pasado los años haciéndole de criada. No hay derecho. La verdad es que lo hacía por él, no quiero mentir, pero Dios también podría estar contento por ello. Me he pasado muchos días en la iglesia: ¿cuántos rezos, cuántos oficios? ¿Y a cambio, qué? Me quita a la sobrina. ¡Ay, Dios mío, cómo me cuesta entenderos! Me sabe mal ver que somos tan poca cosa, que nadie me tiene en cuenta para nada. Fíjate las de casa del médico Munar, por ejemplo, siempre sanas y contentas, que parecen puercos, de tan gordas. Tienen unas hijas como soles, y yo nunca he tenido una hija, y mi pequeña, la única que he conocido, muerta y enterrada. Es que me vienen ganas de no volver a poner un pie en la iglesia. Si no fuese por él… está claro que no me verían el pelo. Pero ¿y él, qué? Como los demás. Ni una palabra de consuelo, ni un apretón de manos para acompañarme en la tristeza. Sólo supo decirme que tenía que aceptar los designios de Dios. ¿Qué designios? Dios mío, perdonadme, pero a veces pienso que habéis perdido el juicio o que os falta un tornillo.
Llegó a La Casa de Albarca mareada de tanto darle vueltas a la cabeza. Cuando bajó del carruaje, encontró a Mateo, que dibujaba una media sonrisa, al darle la bienvenida. Justo detrás de él estaban las hermanas, que daban saltitos de alegría para celebrar el encuentro. Antes de permitir cualquier comentario, les preguntó:
– ¿Dónde está la niña?
– Ahora duerme -respondió Mateo.
– Pero podemos ir un segundo -añadió Magdalena-. Si no hacemos ruido, no se despertará. Tiene el sueño profundo.
Se dirigieron a la habitación donde Elisa estaba. Era una hermosa niña que dormía plácidamente. Una luz amarilla, matizada por las cortinas, favorecía el reposo. Dormía de lado y sólo pudieron verle el perfil: una nariz bien formada, las pestañas largas, los labios regordetes. Hubo un silencio contenido. Por un lado, no querían despertarla. Por otro, resultaba inevitable pensar en Sofía. Tía Antonia suspiró, tía Magdalena movió la cabeza con cierta consternación, a tía Ricarda, que llegaba tras un largo monólogo en solitario, se le cayó una lágrima.
– Se parece a su madre -era más una pregunta que una afirmación de tía Ricarda.
– Es idéntica a ella -exclamó tía Magdalena.
– Como dos gotas de agua -añadió tía Antonia.
– Sí -concluyó Mateo, menos contundente-, tiene un aire a Sofía. Aunque ya se sabe, los crios cambian mucho.
– Bueno -musitó Ricarda con satisfacción-. Al menos no lo hemos perdido todo.
Vestidas de negro y con la expresión triste, las tres tías parecían figuras sacadas de un retablo. Cuando se desplazaban a la vez, sin embargo, tenían un movimiento de abeja que resultaba ensordecedor. Pocos días después de la llegada de la última, las otras dos parecían levantar cabeza. Renovadas las energías y con ganas de actuar, se decidieron a intervenir en el buen funcionamiento de la casa. Por eso empezaron a perseguir a las criadas, a hurgar en la despensa, a mirar cada mueble buscando una mota de polvo. Eran activas, trabajadoras e insistentes. Formulaban mil preguntas cuando les parecía que una cuestión no quedaba lo bastante clara. No cesaban de expresar comentarios ni de manifestar opiniones, convencidas de que su presencia era imprescindible. A Mateo, a veces, le parecían las hadas de un cuento. Entonces las observaba con ternura. Era cuando le recordaban a su mujer muerta, cuando le contaban anécdotas de la infancia y le desvelaban algún aspecto nuevo de su personalidad. Entonces se sentía bien, arropado por la retahila de palabras que pronunciaban. Era como si trenzasen un círculo que lo protegía y le permitía recordarla en paz. En otras ocasiones, le resultaba evidente que se transformaban en brujas malvadas. La metamorfosis no era gradual, sino que se producía de repente. Podía suceder en una comida, cuando estaban sentados al fresco, o durante aquellas veladas interminables en el comedor. Observaba sus facciones desencajadas, el brillo de las pupilas, la gesticulación de las manos. Cuando las miraba, le costaba reconocer en sus rasgos a las parientas de Sofía.
A Mateo, todo se le volvía pesado. Le resultaba dura la soledad en aquella habitación que sólo él ocupaba. Había noches en que se despertaba con la sensación de percibir el aliento de su mujer. Le parecía que la oía respirar de una manera pausada, mientras él dormía intranquilo. Durante un instante, pensaba que Sofía había regresado de algún viaje remoto, que la podía rozar con su mano. Al darse cuenta de que la percepción era errónea, fruto del deseo, experimentaba siempre la misma decepción profunda. Luego ya no podía volver a conciliar el sueño. Se había acostumbrado a ver nacer el día, desde la cama. Estaba habituado a la gradación de tonos que anuncian el alba.
También le resultaba difícil concentrarse en su trabajo, cuando su pensamiento volaba hacia lugares desconocidos. Pensaba en su mujer y se preguntaba por qué habían tenido tan poco tiempo. Se culpaba de las horas que había dedicado a su profesión, lejos de ella, y pensaba que debería haber vivido más a su lado. La había amado sin altibajos ni dudas. La echaba de menos del mismo modo.
Cuando llegaban los primeros nenúfares, Elisa se ponía contenta. Era una alegría que le brillaba en los ojos y que se le escapaba por los labios. Una satisfacción constituida por manifestaciones sencillas, casi sin importancia, que alejaban la niebla. A su lado no existían los días grises. Tenía una gran capacidad para transmitir sus propios entusiasmos, una tozudez profunda, un carácter tenaz. Su padre se preguntaba de dónde había surgido aquella fuerza. A él, no se le parecía mucho. No había heredado sus dudas que a menudo motivaban que no se acabara de decidir a emprender un camino. Tampoco perpetuaba la discreción y la mesura de su madre. Aquellos rasgos que en sus progenitores sólo estaban insinuados se dibujaban en su propio carácter. El trazo se volvía firme, de una contundencia que sorprendía a los que vivían cerca de ella. A medida que crecía, se acentuaba una forma de ser independiente, un punto altiva. No significaba que mirase a los otros con aires de superioridad, sino que se había construido un mundo propio en el que no dejaba entrar a cualquiera. Era un ser solitario y voraz. Sentía voracidad por las cosas que iba descubriendo, que le salían al encuentro.
Creció con la sombra de la madre en el pensamiento. Aquella madre a la que sólo conoció en un retrato. Cuando era pequeña, cogía una silla y se sentaba delante del cuadro. Luego intentaba quedarse inmóvil durante un rato muy largo. En la quietud, repetía la postura de la figura pintada: la forma de colocar las manos, la inclinación del cuello y la barbilla. Insistió para que la modista del pueblo le cosiese un vestido idéntico al que llevaba su madre. Al principio, su padre se negó a ello, desconcertado. Cuando lo convenció, jugaba a vestirse con la ropa del retrato mientras imitaba sus gestos. Al hombre llegó a producirle cierta gracia la situación. Muchas tardes se entretenía espiando los juegos de su hija, mientras comprobaba la exactitud con la que había aprendido a imitar la elegancia del cuadro.
Las tres tías coincidían en reconocer que era una niña extraña. Ninguna habría admitido que, en el fondo, veían en ella a una Sofía más enérgica, más capaz de salirse con la suya. Tía Magdalena afirmaba que tenía la misma cara de la sobrina muerta. Adivinaba sus facciones, cosa que, afirmaba, le servía de consuelo. Tía Antonia, con su carácter más realista, siempre matizaba que no eran exactamente los mismos rasgos. Se daba un cambio que resultaba de la suma de proporciones diversas. La mayor diferencia se encontraba en la boca. Los labios gruesos de Elisa no se correspondían con la boca suavemente dibujada de Sofía. Concluyó que no había un parecido real, si uno se detenía en analizar las diferentes partes de los dos rostros. El conjunto, en cambio, misterios de la naturaleza, los dotaba de un aire similar. Tía Ricarda decía que era una cuestión de gestos. ¿Cómo podía haber aprendido a hacer aquel movimiento con la mano? ¿De qué manera era capaz de reproducir el mismo rictus de los labios, la inclinación de los hombros, o el movimiento de una ceja? No lo sabía, pero el calco resultaba exacto. Decidió que los gestos también se heredan, así como se reproduce el color de los ojos o la forma de la nariz.
Aparecen los nenúfares en el estanque y Elisa estrena su sonrisa. Es una sonrisa que recuerda al aire limpio de las mañanas, aquel que entra por la ventana y limpia el ambiente de olores rancios. Todo el mundo en la casa respira mejor, con el sentimiento de que vuelven los buenos tiempos. Le gusta sentarse y contemplarlos. Se pasa mucho rato sentada en el jardín. Son días plácidos, cuando aún no ha descubierto el amor.
Ramón volvió a casa. Todavía no sabía si la podía considerar su casa, aquella finca rodeada de unos jardines que no lo reconocerían. No recordarían sus manos inquietas hurgando entre las hierbas y los pedruscos, limpiando senderos, vertiendo el frescor del agua que mana muy clara. Había pasado demasiado tiempo y las flores son efímeras. En la India había conocido a mucha gente. En aquel país de contrastes, fue un nómada que huye y que busca. También él había sido un hombre lleno de contradicciones. Por una parte, su voluntad de escapar de unos recuerdos que aún le dolían, de la imagen de una ventana persiguiéndolo. Un rostro, un cuerpo. Por otra, la curiosidad que se despierta y nos empuja a recorrer caminos, a perdernos en un pueblo o en una ciudad. Estaba presente la avidez del viajero recién descubierta por un joven que nació en una pequeña isla, que nunca imaginó que el mundo pudiera ser tan grande.
Descubría que el mundo es ancho como los pensamientos, y que como ellos vuela. Nunca se habría imaginado un mundo volador. Un espacio siempre cambiante, en donde la vida se sucedía sin pausas y sin prisa. Era curiosa la mezcla de velocidad y de calma que le salía al encuentro. Tenía la urgencia de sobrevivir, la agilidad con que se mueven los días y la gente. A la vez, el tiempo se adormecía. Las persoñas vivían la vida lenta de los que no sienten la impaciencia, hecha de inquietudes. Aprendió a esperar. Seguía una ruta itinerante en solitario. Si daba con una aldea acogedora, se quedaba ahí unos meses. Cuando llegaba la época de las lluvias, buscaba un refugio. Lo mejor era caminar. Le gustaba la sensación de tener muchas rutas abiertas por delante. En alguna ocasión, encontraba un compañero de viaje. Personas que le hablaban de la necesidad de recorrer la tierra. Cada uno le contaba una obsesión distinta que lo acercaba a la diversidad del mundo.
Había prostitutas en el camino, cerca de Agrá. Las cabanas estaban abiertas, con lechos a la vista de los que pasaban. Por el recorrido que va a Agrá desde la ciudad abandonada se veían bestias de feria en el arcén. Eran animales cazados en la selva. Retenidos para invitar a los turistas a fotografiarse junto a ellos. Llevaban cien años ahí, presos de una feria imaginaria. Ramón se acostumbró a ir de un lugar a otro sin normas. Lo guiaban el calor, la lluvia o el hambre. Agrá era una muestra de aquella India de contrastes que aprendió a reconocer. La mierda en la calle. Las cloacas desbordándose entre las piedras, las aguas fecales en la superficie, los perros sarnosos y los niños desnudos son los protagonistas de un paisaje dantesco. Todo era caos y suciedad. Hombres sin dientes, que perdían el último aliento en un cigarrillo pedido a los clientes, conducían las bicicletas que llevaban a los turistas. En casetas que parecen guaridas de bestias, dormían los obreros que habían venido de lejos a trabajar. Tras ellos, las prostitutas de pies ínfimos. Nubes de polvo en la piel de Ramón, en el pelo, en el alma. Los olores insoportables mezclándose con sonrisas que equivalían a espíritus resignados.
También en Agrá, el Taj-Majal. La belleza más sublime, junto a las boñigas y la basura. La armonía de la piedra, el equilibrio entre el mármol y el aire en que se sostiene, junto a la carne desnuda, llena de heridas purulentas. Durante muchos días no pudo alejarse de él. Era incapaz de abandonar aquel edificio que representaba todo lo que había salido a buscar: la serenidad en el aire. Iba a primera hora de la mañana, cuando empezaba la tarde, y a la hora en que la luz comienza a morir. La piedra cambiaba de tono según la luz solar. El contacto la transformaba. Era como si el blanco pudiese teñirse en un instante de tonalidades distintas. La luz rosada le daba rastros de crepúsculo. La intensidad del mediodía lo llenaba de amarillos. El atardecer esparcía violetas y morados, azul oscuro.
Se paseaba con los pies desnudos, en contacto con la piedra. Entonces sentía que volvía a recobrar la paz. Las inquietudes se adormecían junto al mármol. Se preguntaba cuántas historias habían transcurrido en aquel lugar, cuántas personas habrían ido buscando el olvido y la memoria. Buscar el olvido significaba borrar la huella de las vidas pasadas. Al menos, limpiar el pensamiento. Querer recuperar la memoria significaba abrazarse sin dolor a lo que se vivió, intentar recobrarlo por senderos tranquilos.
El Taj-Mahal era una tumba o una prueba de amor. Cuando el quinto emperador musulmán de la dinastía Mogol era un joven arriesgado, que se dejaba vencer por los embates del corazón, conoció a una mujer. Se encontraron en un mercado en donde, como en un juego, las esposas y las hijas de las familias nobles hacían de vendedoras. Jugaban a vender objetos preciosos, dulces y caramelos. Era una mujer casada, pero el marido estaba lejos aquel día. Se acercó y le preguntó el precio de un azúcar de cristal. Era una pieza grande y angulosa, que brillaba como el sol. Le dijo que era un diamante y él la creyó, mientras le preguntaba cuánto pedía por él. Los ojos del emperador se perdían en los ojos de la dama. Intentó pagárselo a precio de piedra preciosa, pero lo detuvieron las risas de ella. Mientras se reía, le cayó el velo y le descubrió el rostro. Entonces se enamoró perdidamente de ella.
A Ramón le gustaba esta historia. Servía para recordarle aquel amor que la muerte le robó. También él había querido a una mujer casada, justo en el momento de verla. No la había encontrado en un mercado, sino en una fiesta de bodas. Era la fiesta más brillante que había visto, cuando era aún un adolescente. Se servían comidas deliciosas, pero no probó ninguna, y eso que llevaba hambre atrasada. Se limitó a contemplarla, silencioso, maravillado de que fuese real. Le habría querido decir que se había producido un milagro, que el mundo era bello porque ella existía, pero no encontraba los gestos ni las palabras. Si hubiera sido capaz de mirarla a la cara, entonces se habría encontrado con la torpeza en cada movimiento de las manos, en la postura del cuerpo, en la inclinación de la cabeza. Si hubiera sabido dirigirse a ella, las palabras se habrían sucedido en una retahila de balbuceos imposibles de descifrar. Por eso había escogido una ventana, el único camino para volverla a ver. Una ventana que se perdía en la memoria por las calles estrechas de Agrá.
El emperador mandó a la guerra al marido de la mujer a la que amaba. Como el rey David, ordenó que luchara en primera línea, para que lo mataran. Deseaba su muerte. Un pájaro negro que se lo llevara para siempre a recorrer cielos llenos de nubes. Quería que fuese para él, que no hubiera estorbos entre sus dos vidas. Ramón había deseado, alguna vez, la muerte de Mateo. Era un deseo que aparecía como un fantasma sin que pudiera ahuyentarlo. Surgía cuando tenía que abandonar la ventana, alejarse de ella para que el marido no los sorprendiese. Le deseaba una muerte dulce, como de azúcar de cristal, que se deshace en la boca y deja un gusto amable. A veces, pensaba que la muerte que había conjurado se equivocó de destino. En definitiva, una broma grotesca. Cuando fue ella quien emprendió el vuelo por espacios nublados, se sintió cerca de Mateo. Era curioso, pero las sensaciones no se miden ni se controlan. Simplemente, surgen en el fondo del corazón o en un punto indefinido que nos cubre de sombras la mirada.
El emperador y ella vivieron juntos dieciocho años. Como era una mujer inteligente y hábil, lo aconsejaba en los asuntos de gobierno. Tuvieron muchos hijos. Al nacer el decimocuarto, la mujer murió. El hombre no lo podía creer. Maldecía el cielo y la tierra. Lloraba lágrimas vivas. Poco antes, le preguntó qué quería. Cuáles eran las pruebas de amor que requería para marcharse convencida de la intensidad de lo que habían vivido. Ella le rogó que construyese un monumento que mostrara su historia a la eternidad. Así, surgió el Taj-Mahal, la tumba que el emperador alzó para la esposa que había amado. Un edificio de mármol blanco, todo esbeltez. Un mármol que era pureza absoluta, pero que adquiría una tonalidad distinta cuando el sol lo iluminaba.
Cuentan que tras la muerte de ella, él enloqueció. Le tocó vivir tiempos difíciles. Los hijos se enfrentaban para conseguir el poder. Uno de ellos le envió la cabeza del que era su predilecto. Entonces fue encarcelado en un palacio. Había soñado construir otro Taj-Mahal, una tumba de mármol negro en donde reposaría cuando se le escapara la vida. Se imaginaba ambos templos unidos por un arco perfecto que sirviera de puente, pero no llegó a tiempo. Murió observando desde la ventana la silueta del Taj-Mahal. Ramón pensaba en la tumba de Sofía. Volaba hacia ella, de noche, mientras contemplaba la de aquella otra mujer. Habría querido ser un pájaro y llegar, las alas tendidas, hasta posarse en la copa de un árbol y convertirse en la sombra que acompañara su reposo.
Ser un viajero significaba descubrir las vueltas del camino. Lo entendió durante aquel tiempo. Fue una sensación curiosa: no había nada definitivo, todo era transitorio. Eran transitorias sus estancias en ciudades en las que abundaban los lagos, los edificios de piedra sin techo, los minaretes. Eran huidizas las horas que dedicaba a caminar de un sitio a otro, a liberar su espíritu, abierto el corazón. Escapaban los espacios que acababa de conocer, aquellos lugares en los que permanecía algunas semanas, antes de seguir la ruta. Huían el aire y las nubes. Pasaban de largo las historias que protagonizaban mujeres y hombres a los que conocía pero dejaba que se marcharan. No era capaz de retener muchos instantes. Acumulaba impresiones, que se desintegraban y se vinculaban, llegando a formar una materia única, ligada al pozo de la memoria. Nada era sobrero ni sucedía en vano. Nada, sin embargo, conseguía retenerlo en ninguna parte.
Habría querido que también los sentimientos fueran transitorios. Poderlos vivir con la certeza de que estaban condenados a morirse, de la misma manera que se mueren los animales y las plantas. Si una persona muere, ¿por qué no ha de tener fecha de caducidad todo lo que experimenta? Se lo preguntaba, mientras observaba las formas de las nubes o el rostro de un hombre descubierto en el borde del camino. Habría deseado que los sentimientos fueran como las hojas que se caen todos los otoños, que se renuevan todas las primaveras. Saberlo lo habría aliviado, le habría hecho la vida más fácil. Pero no lo creía. Era un incrédulo que sentía el peso de la vida vivida. Había sentimientos que se parecían a los árboles que extienden sus raíces por la tierra. Poco a poco, se vuelven gruesas y se multiplican.
Comprendió que la voluntad no ha aprendido la forma de retener la vida. Podemos desear detener un instante, que el tiempo pare su rueda y nos permita saborear lo que huye, pero eso no es posible. Podemos suspirar para que una situación sea breve, para que pase un mal trago de prisa. Aunque nos esforcemos, no lo conseguiremos. Las cosas llevan siempre un ritmo propio. No hay que obsesionarse en acelerarlo o frenarlo. Nos tenemos que adaptar, como si fuésemos un cuerpo que se mueve a merced de las olas. Ser dóciles a los embates del mundo no significa mostrarnos sumisos. Saber doblegarnos, cuando soplan malos vientos, sólo indica la decisión de sobrevivir.
Algunas mañanas se despertaba con el cuerpo entumecido. Había recorrido un largo trayecto o había subido por caminos empinados. Las piedras del desierto se clavan en los pies, aunque lleves zapatos gruesos y tengas el ánimo despierto. Entonces se preguntaba qué dolor era más agudo, si el del cuerpo o el del alma. Nunca lo dudó: el cuerpo está hecho de una materia concreta, que se mide y se palpa, con unos límites establecidos. El alma, en cambio, es territorio desconocido. Lo que desconocemos es la guarida de las penas más hondas. Por eso le gustaba imaginarse que volvía a la isla. Allá, en la casa en donde siempre había vivido, las cosas eran fáciles de controlar. No había distancias que recorrer. Todo era previsible y sencillo. Cada vez que lo pensaba, se entristecía un poco. Había escogido la inmensidad de un lugar en donde cada paso tenía el precio de la sorpresa y del desconcierto. Había dejado atrás una isla minúscula, que a menudo añoraba.
Encontraba hombres capaces de estar muchas horas quietos, observando el agua de un lago o las altiplanicies del terreno. Llevaban todas sus pertenencias encima porque no tenían muchas. Se habían desprendido de los bienes que poseían con el deseo de estar poco ligados a las cosas. Su existencia consistía en seguir el camino. Tan sólo se detenían en los templos en los que la gente se reunía. A Ramón le costaba entender aquella actitud distanciada que hacía que no fuesen de ningún lugar. No comprendía su capacidad para renunciar a todo lo que era material, ya que él guardaba los objetos que lo acompañaban como si fueran tesoros. En la mochila llevaba media vida.
Aquellos hombres tenían la mirada profunda de quienes saben muchas historias que podrían explicar. En cambio, casi no hablaban. Habían convertido el silencio en un aliado cómplice y feliz. Era su mérito: tener el pensamiento lleno de palabras y medir cada vocablo que pronunciaban. No les gustaba el parloteo inútil. Conocedores del poder de las palabras, medían su uso. No querían desperdiciar aquella fuerza que podría haber movido montañas y voluntades. Estaban convencidos de que el silencio permite oír mejor los sonidos del mundo.
Ramón aprendió mucho de ellos. Observándolos, ya que apenas mantuvo conversaciones. Su postura le ayudaba a vivir. Le gustaba, sobre todo, la calma con la que se enfrentaban a las dudas. Dejaban que todo transcurriera con fluidez, sin oponer obstáculos. No se interponían a la vida. Desconocían la impaciencia, el afán, la angustia. Resolvían los interrogantes con la simple observación de los detalles, de los momentos pequeños que lo explican todo. Se reconcilió con el recuerdo de Sofía, aquella parte de la vida que llevaba como un peso en la espalda. Se acostumbró a pensar en la ventana como si fuese un espacio recuperado. Un lugar donde fue feliz, que le había permitido conocer el amor. Intuía que aquel amor lo acompañaría siempre, que nunca olvidaría su rostro. Ahora, que vivía en un contacto absoluto con las cosas, se sorprendía al pensar que nunca la había tocado. Era extraño reconocer que se había sentido muy cerca de una mujer con quien nunca tuvo una relación física real. La había sentido tan próxima que le parecía mentira. A veces, de noche, soñaba con ella. Se le presentaba su cuerpo para que lo pudiera recorrer con sus dedos. El tacto era importante, algo que olvidó durante su relación. Pensaba que era suficiente con mirarla. Todas las miradas puestas en un cuerpo.
En la India aprendió a valorar el sentido del tacto. Los objetos pasaban a formar parte del mundo conocido, desde el momento en que sus manos los tocaban. Una cara era percibida en una caricia. Capturaba la suavidad del cabello, la piel tersa o cansada, los brazos predispuestos. Recorrer el mundo con las puntas de los dedos significaba conocer sus bordes, sus meandros, sus líneas. Había líneas rectas que atravesaban el mundo como una flecha. Otras eran sinuosas y formaban lazos como si fueran a llegar a la cima de una montaña. Las había que se cerraban en un círculo perfecto. Otras tomaban la forma de una nube. Le gustaba la sensación de tocar las piedras, la tierra, la hierba. Permitir que la mano se perdiera por las paredes de una fachada, meterla en el agua, ponerla en contacto con el fango o el polvo. Sentir en el rostro el polvo del camino. Notarlo como una presencia que nos rodea por entero y forma otra piel, abrazada a la nuestra.
En aquellas tierras, Ramón aprendió a observar las cosas de forma tranquila y reposada. Le agradaba saber que la tierra puede ser grande como un pañuelo que se extiende y cubre los vacíos. Antes de volver a la isla visitó un lugar remoto del norte de la India, Khajuraho. Era un lugar de difícil acceso. El avión que recorría la ruta Jaipur-Benarés hacía escala cuando la meteorología se lo permitía. Las tempestades eran frecuentes y los pilotos a menudo tenían que pasar de largo. Después de intentar aterrizar infructuosamente, seguían la ruta hacia Benarés. Estaban el pueblo viejo y el pueblo nuevo, situados a unos cinco kilómetros del aeropuerto. Contando los alrededores, se podían calcular unas nueve mil almas. Le sorprendió el contraste con la pestilencia de Agrá. La vegetación era más generosa, la gente afable, las calles tranquilas. Le parecía que habían reducido el espacio, en un punto en el que los turistas no se quedaban mucho, porque estaban sólo de paso. La gente iba para ver sus templos magníficos, maravillas arquitectónicas profusamente decoradas. Abundaban las figuras humanas y de parejas en posturas eróticas. Le sorprendió ver cómo la sensualidad podía surgir de la piedra y obrar el prodigio: dotarla de vida, de sinuosidad, de movimientos cadenciosos y sugestivos. Le gustó la minuciosidad de los detalles. Ver la espalda que se dobla como un arco, los brazos que se alzan, las manos cuando rasgan la ropa, sólo insinuada, de un sari, las acrobacias, casi funambulescas, de los amantes. Aprendió a detener la mirada en cada gesto que se recortaba en la piedra. Era un placer para sus ojos, poco acostumbrados a reconocer sensualidades detenidas para siempre. Había cinturas insinuando movimientos, pechos erguidos, nalgas rotundas. Se preguntó cómo era posible que, mil años atrás, el sexo fuera ya pura belleza y artificio. Encontró todas las variantes de un juego amoroso intenso. Los templos se alzaban, majestuosos, ofreciendo la diversidad del sexo.
Se adentró aún más por la región, hasta llegar a las cataratas. El agua brotaba pardusca de tierra; la naturaleza era plácida. Cuando caía la lluvia, se embarraban los caminos. Entretanto, pasó por pueblos minúsculos que no aparecían en ningún mapa. Había dos docenas de casas mal contadas, una fuente donde las mujeres, vestidas con colores brillantes, iban a buscar agua, hombres que observaban su paso desde el portal de casa. Le gustaban, sobre todo, los niños. Los niños indios tenían una belleza particular, extraña entre tanta miseria. Los ojos eran pozos hondos, oscuros, capturadores de miradas. Planteaban preguntas, interrogaban, llenos de curiosidad. Las adolescentes lucían sus esbeltos cuerpos, sus cuellos largos, las sonrisas seductoras. Les gustaba perseguir a los pocos viajeros que veían pasar. Sus carreras tenían algo de huida y de búsqueda a la vez. Algunos niños iban descalzos, los pies negros de suciedad. Huían, puede que sin siquiera saberlo, de su realidad empobrecida. Al menos, esto pensaba Ramón al verlos. Eran como bandadas de pájaros persiguiéndolo, voraces. Tenía que pedirles que se fueran, con una sensación que mezclaba el desconcierto y la impotencia.
Una niña de ojos inmensos, con el pelo al viento, el cuerpo delgado y dulce, lo siguió. Corría sola, cuando los demás ya habían abandonado la carrera. Llevaba un pequeño collar de piedras de colores, humildes, sin nada de valor. En su cuello parecían esmeraldas. Llevaba una falda vieja y un corpino verde que le descubría, en un relámpago, trozos de piel morena. Extenuada, con el aliento roto en medio del camino, la perdió de vista. Entonces fue él quien habría querido seguirla. Fijó sus ojos en aquel punto, cada vez más pequeño, que borró la distancia. Cuando se desvaneció, aún perduraba la imagen en su retina. Hizo un esfuerzo por memorizarla.
Durante mucho tiempo, los días transcurrieron sin prisa. Tan sólo contaban sus ganas de continuar la ruta, la pasión por los descubrimientos. Era un hombre joven que recorría el mundo con el ánimo lleno de curiosidad. Habría querido llevarse todo lo que le salía al encuentro, llenar un hatillo como si se tratase de un tesoro. Había salido de un jardín tranquilo para encontrarse con la diversidad y los contrastes. Había abandonado una isla pequeña para perderse en la inmensidad de una tierra que nunca dejaba de sorprenderlo. Aprendió a ser paciente y a estar vivo, a recobrar la alegría y a valorar el silencio. Un día añoró Mallorca. No era una nostalgia punzante, amarga, sino que tenía matices de gozo. Tenía la sensación de que empezaba a recuperar un bien perdido. Aquel tesoro preciado que le arrebató la muerte. Poco a poco, aprendió a reconciliarse con la vida. Entonces quiso volver. Decidió dejar atrás todos los paisajes que aún le poblaban los ojos para regresar al paisaje conocido, que podía medir y sentir próximo. Cogió un papel y escribió una carta al señor de La Casa de Albarca. Le decía que había recorrido un pedazo de mundo, que lo había descubierto ancho y diverso, pero que quería iniciar el camino de vuelta. Esperó la respuesta, ansioso, porque las buenas noticias a veces tardan por los caminos del viento.
Ramón hizo el último tramo del viaje de vuelta en barco. El mar estaba en calma y se pasó toda la noche en cubierta, observando la oscuridad. Había muchos puntos luminosos. Pensó que cada uno era un rostro de los que había conocido lejos de la isla. Una chispa de fuego en el firmamento servía para recordarle a las personas que había encontrado a lo largo del viaje. Las conservaba grabadas en la retina. No pudo evitar preguntarse cuánto tiempo se mantendría la nitidez de las imágenes. Habría querido preservarlas de todas las otras que, forzosamente, se añadirían. La vida era una acumulación de instantáneas que podían mantenerse un momento o que podían durar toda la vida. A medida que transcurría el tiempo, iba sumando retratos. Ahora, los de la India ocupaban un espacio enorme en su cerebro. Casi diluían la existencia vivida antes de irse. Se unían al recuerdo de Sofía. El resto aparecía entre niebla, confuso. Se preguntaba si, en realidad, los recuerdos formaban una rueda que iba girando, siempre al amparo del presente. La intensidad de lo inmediato empequeñecía el pasado, pero no lo borraba. Nada borra aquella parte de la vida que hemos saboreado, pensaba.
Era una noche serena. No había nubes en el cielo ni las olas formaban remolinos de espuma. Lo rodeaba el azul. Era un color tan intenso que invitaba a extraviar la mirada, a recorrer sus tonalidades. Volvía con el ánimo sereno. En su espíritu no había lugar para las inquietudes que lo acompañaron en la partida. Habían pasado los años y todo se había calmado. Del mismo modo que se calma el mar después de una tempestad, así se había ido acallando su dolor. Lo único bueno del dolor era su fecha de caducidad. Más lejana o más cercana, llegaba siempre. En Mallorca le habían dicho a menudo que el tiempo era el mejor remedio. Curaba todas las penas. No lo acababa de creer, ya que en un rincón de su corazón perduraba aquella ausencia. Pero ya no dolía. Era una realidad dulcificada por los días. Habían transcurrido tantos que perdió la cuenta. Más de seis años lejos, recorriendo caminos en silencio.
Había humedad y la sal se le adhería a la piel del rostro y de las manos. No quería buscar refugio en el interior, sino que prefería el aire marino, la sensación de provisionalidad. Vivía un instante efímero: el paréntesis del retorno. Todo lo que dejaba atrás era aún muy real, pero pronto formaría parte del pasado. Lo que iba a venir sólo se perfilaba en su imaginación. Le gustaba aquel sentimiento de hora fugaz. Sabía que, más adelante, al recordarlo, estaría satisfecho de haberlo vivido con fuerza. Tenía la sensación de que concluía una etapa y de que se iniciaba otra que lo llevaría a nuevos horizontes. Volvía distinto y se reconocía en la diferencia. El hombre que escrutaba la noche, de pie, cerca de las olas, no tenía nada que ver con el muchacho que se había marchado. Entonces era casi un adolescente, que no había aprendido mucho. Había amado a una mujer con toda la urgencia del mundo. Fue un amor hecho de miradas, que crecía tras una ventana cerrada. Comprendió que había sido una historia bella e incompleta, como los sueños que se interrumpen si alguien nos despierta. El amor no puede existir sólo a través de los ojos. Tienen que intervenir las manos y el olfato.
Necesitamos tocar al ser querido, olerlo, para que el amor perdure.
Se imaginó un amor sólido como los roquedales agrestes, a pesar de que nunca le había susurrado una palabra. A través de un cristal, las palabras llegan distorsionadas. La distancia las falsea, convirtiéndolas en una caricatura de palabras auténticas. Había imaginado muchas veces que tenían largas conversaciones. El le contaba cómo era cada rincón del jardín; ella sonreía, hacía preguntas, se reía a grandes carcajadas. Un día, perdido en los callejones de una ciudad de la India, se dio cuenta de que nunca había oído reír a Sofía. Desconocía su risa. Esto lo llenó de angustia. Se preguntaba cómo había podido soportar tanta distancia. Vivir ignorando cómo se reía la persona a quien amamos no es sencillo. ¿Cómo sería su risa? ¿Fresca como la menta o dura como un trago de ginebra? ¿Tenía ecos de flauta ágil o adquiría resonancias de pianola? Volvió a envidiar a Mateo, que la habría oído reír muchas veces. Le envidiaba la risa secreta, aquella que se nos escapa sólo después del amor, cuando los ritmos de la fiesta nos dejan el cuerpo vencido.
Era consciente de haber capturado un instante efímero. Aquel viaje en barco era el paréntesis que dividía dos momentos de la vida. En un lado, quedaba el pasado; en el otro, el futuro. El presente era un espacio quieto, de noche calma. Era su perfil de hombre que observa la oscuridad y busca el refugio que permite recordar. Soplaba la brisa del mar. Aunque no era muy intensa, se alzó el cuello de la chaqueta, mientras volvía a la evocación de lo que había dejado atrás. En Bombay, el caos de la calle. En una ciudad de trece millones de habitantes, no es fácil encontrar el silencio. Se acordaba de una lavandería llena de agua y jabón. Había prendas tendidas entre los tejados, rozando el cielo. La ropa tenía rastros de suciedad. Centenares de telas que cuelgan al aire, con su goteo grisáceo. Había abandonado la visión impresionante de la bahía y se trasladó a aquel lugar, que parecía un gran decorado con cortinajes que amenazaban con romperse. La ropa blanca no lo era del todo, sino que perduraban unas franjas oscuras. Los trapos de colores constituían una mezcla de tintes. A una pila enorme iba a parar el agua sobrante después de la limpieza. Era turbia, como si llevase restos de barro. Vio a un hombre que se lavaba el cuerpo. Primero, lo contempló de espalda: por los hombros le resbalaba el agua que iba echándose encima con un cubo pequeño. Las salpicaduras le recorrían el espinazo hasta el inicio de las nalgas, medio cubiertas por unos calzones de hilo. La forma de la cabeza, con el cabello afeitado casi del todo, se dibujaba en forma de curva. Tenía el cuerpo delgado. No le sobraba ni un gramo de carne, en la cintura estrecha y las piernas largas. Aunque se movía con los gestos de la gente de aquella tierra, no tenía el aspecto de ser uno de ellos. Lo miró sorprendido por su actitud ausente, concentrado tan sólo en la repetición de una tarea concreta: echarse agua sobre el cuerpo. Cuando por fin se volvió, comprendió que era un extranjero como él.
Se quedaron mirándose. Entre la multitud ruidosa destacaban sus cuerpos inmóviles. Desde una distancia relativamente breve se observaron. Sin pensarlo mucho, Ramón se aproximó. Tenía curiosidad por aquel personaje que destacaba de repente en un paisaje humano muy poblado. Pronto se dieron cuenta de que hablaban el mismo idioma, y les hizo gracia. Era curioso que, desde cierta distancia, se hubiesen sabido reconocer. Miguel estudiaba sánscrito en la universidad. Vivía en una casita pequeña, con dos estudiantes más, y tenía el espíritu conciliador de los hindúes. Era un hombre no muy alto, con la piel pegada a la carne, las mejillas chupadas, los ojos medio hundidos en sus cuencas. Alguien habría dicho que vivía del aire del cielo. Aunque esto no fuera cierto, sí lo era su pasión por las cosas ligeras como el aire, aquel dejarse llevar por los embates del mundo sin ofrecer resistencia. Le gustaban los misterios que, según él, llenaban la vida. Sentía devoción por el sánscrito porque era todo un misterio que le gustaba descifrar. Decía que nada resulta demasiado pesado, si sabemos aproximarnos sin miedos. Lo importante era llegar al fondo de las cosas, despojarlas de lo que resulta innecesario o sobrero. Así era su vida, libre de lazos materiales. Habría sido capaz de sobrevivir muchos meses alejado de cualquier mínima comodidad. Sólo tomaba lo que le resultaba imprescindible para seguir su camino. En cambio, era un enamorado de las palabras y del silencio.
Para él, las palabras se parecían a la vida. Eran su retrato. También servían para dibujarla con gracia y precisión. Miguel se entusiasmaba por todo lo que tuviese cierto encanto. Le gustaba la forma de una nube o del cuello de una mujer. Se embelesaba en la contemplación de las piedras del camino, de las páginas de un libro, o de la ropa tendida en medio de la calle. A veces, Ramón pensaba que su espíritu sería ligero, ya que nada lo retenía del todo y, sin embargo, sabía encontrar placer en las cosas más pequeñas. Admiraba su carácter y en seguida se hicieron amigos. Le habría gustado parecerse a él, ser capaz de profundizar en la vida sin permitir que la vida le hiciera daño.
Aquel primer día en que se conocieron caminaron juntos hasta la Torre del Silencio, un lugar en donde los hombres entregan los muertos a los cuervos. A Ramón le resultaba difícil de entender. Lo observaron desde cierta distancia, porque no estaba permitido a los extranjeros acercarse. Miguel no decía nada, los ojos bien abiertos, como si quisiera llevarse las imágenes. Habían caminado un buen rato y tenían los pies cansados.
El aire del mar se volvió intenso. Ramón encogió los hombros y se acurrucó un poco dentro de la chaqueta. Empezó a tener frío, y aquella sensación le resultó grata. Era un frío húmedo, que le iba calando poco a poco en los huesos, bien diferente del clima indio. Reencontrarse con el frío lo hacía sentirse cerca de casa. Volvió a recuperar la conciencia de retorno, de momento único. Le habría gustado prolongarlo. Si hubiese sido capaz, habría detenido los momentos vividos que se iban sucediendo en imágenes prefijadas en el pensamiento. También habría dejado de hacerse preguntas sobre lo que iba a venir. Miguel le habría dicho que no se preocupase, que tenía un libro blanco aún por escribir. El mar era de un azul todavía muy oscuro, pero lo quebraban las olas. Primero, pequeños círculos de espuma; ahora cabras salvajes.
Tenía la sensación de ser otro hombre. Volvía distinto. Los años y la vida vivida lo habían transformado. Venía de momentos de caos y de momentos plácidos. Por eso se sentía afortunado. No se trataba sólo del viaje físico, de la sensación de que recorrer la tierra siempre es una ganancia, sino de la metamorfosis interior. Había aprendido mucho: atravesó caminos, escuchó historias, leyó libros. Desde la distancia, el antiguo mundo adquiría dimensiones nuevas. La añoranza hacia Mallorca se combinaba con la curiosidad que le inspiraba la isla. Se preguntaba si se sabría adaptar, de nuevo. El había escogido el retorno, lo cual le llenaba de una alegría profunda, real. A la vez, existía la posibilidad de no haber acertado en la decisión. Quizá había transcurrido demasiado tiempo. Tal vez los habitantes de la casa estaban ya lejos de su vida. Se fue siendo un adolescente. Volvía un hombre con el pensamiento repleto de imágenes capturadas, de lugares y rostros salvados en la memoria. Había dado muchos pasos y suspiraba por un poco de reposo. Habría querido que fuese sencillo recuperar el rincón que abandonó. Como si volver fuera un juego; como si recobrar los espacios conocidos no constituyese un reto, sino una consecuencia natural después de tanta lejanía.
Una gran ola empujó el barco, y él tuvo que afianzar bien los pies para no caerse. No obstante, no tenía la más mínima intención de abandonar aquel punto de vigilancia. Cerca de donde estaba, un grupo de personas hablaba en voz alta. Las palabras le llegaban sin dificultad, y eso aumentaba su sensación de acogida. Aunque en otras circunstancias habría preferido estar solo, aquella noche era distinta. Las voces lo mecían. Le ofrecían el resguardo de una presencia que acompaña y no estorba. Le recordaban dónde estaba y qué iba a hacer. Metió las manos en el fondo de los bolsillos, para guarecerlas del viento. Lo oía soplar, mientras le recorría el cuerpo una caricia poco tierna. Volvió a pensar en Miguel. Era su mejor amigo, la persona que había contribuido a cambiarlo. Se preguntaba si había sido capaz de agradecerle todo lo que le había dado.
Se habían visto por última vez pocos días atrás. En la casa de Bombay, entre las cuatro paredes desnudas de artificio y de oropeles. Un lugar tranquilo en el que habían compartido muchas conversaciones. Donde siempre había alguna anécdota que contar, un paisaje que describir. En aquella ocasión se encontraron para despedirse. Ramón estaba decidido a partir para Mallorca. Llevaba tiempo hablando de ello, y a Miguel no le extrañó. Le parecía lógica la voluntad de su amigo de reconciliarse con su pasado, el afán por recuperarlo. Él había pensado en posponer indefinidamente su retorno, ya que la vida en la India se le volvía cada vez más grata. Le habría sido difícil renunciar a su peculiar forma de medir el tiempo. Se había adaptado a unos ritmos que aprendió a hacer suyos. Ramón, en cambio, siempre fue un viajero. Tenía claro que estaba de paso, que no se podía establecer porque pertenecía a otro lugar. La aventura de la India tenía un principio y un final que se aproximaba. Estaban en aquella casa gris de cemento, en donde los objetos eran de una austeridad extrema. Dominaba la desnudez de las paredes, los suelos con un leve rastro de suciedad que recordaba todos los pasos dados, las luces débiles. La alfombra, en donde tantas veces habían compartido conversaciones, volvía a ofrecerles cobijo. Tenía un aire gastado, de tela que ha ido perdiendo su color, deshilachada por el uso. Era acogedora y cómoda. Se echaron uno junto al otro, con la amable sensación de dejarse llevar. A través de la única ventana que había en la habitación, abierta a un patio de vecinos, entraba una luz mortecina que les hacía compañía. Ninguno de los dos era muy explícito, a la hora de expresar sus sentimientos. Sentían que la conversación era más fácil cuando hablaban de los demás y de la vida. Mientras se referían a eso, sus miradas descubrían secretos. Ahora tenían muchas palabras pendientes. Ramón no quería marcharse sin haberlas dicho; Miguel las esperaba. Lo escuchó, pues, con atención:
– Creo que voy a un mundo desconocido. No sé si es acertada la decisión de volver a Mallorca.
– Llevas tiempo hablando de ello. Echas en falta la isla y es bueno que vuelvas.
– Cuando se acerca la fecha, crecen las dudas. Era un niño cuando me fui. Un adolescente enamorado de una mujer imposible. Ella está muerta y yo me siento vivo, otra vez.
– Estás vivo y has aprendido mucho.
– Me pregunto si todo lo que he aprendido hará que me sienta lejos de la isla, de la gente que dejé.
– Te acercarás a ellos de una manera diferente. Tendrás la mirada de los que regresan a un lugar después de haber vivido. La vida te va a permitir observar el mundo con los ojos más atentos.
– ¿Crees que nos volveremos a ver? Te echaré mucho de menos. ¿Quién me dirá qué libros debo leer?
– Nos escribiremos. Además, un día u otro, haré un viaje a Mallorca y podremos reencontrarnos.
– ¿Puedo contar con ello?
– Tienes mi palabra.
Le invadió una sensación de placidez. Aquel sentimiento tranquilo que siempre le contagiaba Miguel. Le sorprendía que se hubiese comprometido a visitarlo en Mallorca. Era una noticia inesperada que lo aliviaba de la tristeza de tener que partir. Había una cierta renuncia, en la vuelta. Sacrificaba todo cuanto había llegado a convertirse en parte de lo cotidiano: la visión del paisaje. A cambio, lo esperaban horizontes desconocidos. Las líneas que unen el mar y el cielo a menudo eran de trazado incierto. Se desdibujaban ante la pupila. Perdían color, se diluían. Tenía la sensación de que habían transcurrido muchos, muchos años, desde que abandonó Mallorca.
Pasó un largo rato. En cubierta, notó el frío de la noche, el ruido de las olas, que se alzaban y morían con cierta intermitencia. Le llegaba también el sonido lejano de las conversaciones que otros viajeros tenían no muy lejos. Poco a poco, las palabras fueron perdiendo fuerza. A medida que avanzó la oscuridad, las personas que estaban en cubierta se dispersaron. La mayoría volvía al interior del barco, buscando el resguardo de una temperatura benigna. El frío se volvía intenso, pero él continuó sin moverse. No movía un solo músculo, pendiente de todo lo que lo rodeaba, inmerso en el silencio profundo. Empezó a amanecer lentamente y la claridad aparecía como un milagro. La luz se esparcía por el cielo y las nubes surgían tintadas de azul.
Adivinó el esqueleto de la isla, su forma de criatura estirada. Habría querido que aquella imagen se grabara para siempre en sus ojos, pero no era capaz de ello. Un velo de niebla le nublaba la pupila e impedía que la mirada se detuviera en lo que veía. Se acercaron poco a poco, mientras el espacio adquiría un tono anaranjado. Entre morados y grises, resplandecían colores de mandarina. Le temblaron un poco los labios, pero mantuvo la postura de hombre que no se inmuta por nada. Se había alzado el cuello de la chaqueta, aún tenía las manos hundidas en los bolsillos, cuando el barco atracaba. Los perfiles de las casas, las formas del paisaje, se recortaban sin anuncios. Por un instante, pensó que no podía haber pasado mucho tiempo. Todo era una repetición de lo que recordaba. La sirena del barco avisaba a los pasajeros de que llegaban a la isla. Pronto sería hora de desembarcar. Ramón miraba las rocas y los árboles con el corazón dolorido. Le dolía de pena y de ganas de volver. ¿La pena? No sabía si tenía que atribuirla al desconcierto. Las emociones se mezclan sin orden, cuando es la hora del retorno.
El mundo estaba como lo había dejado. La única diferencia es que lo encontró más oscuro. La oscuridad tiene relación con la exactitud: cuando los sitios y las personas se concretan, adquieren cuerpo y sombra. Las imágenes que el recuerdo diluía y desvirtuaba se volvían a componer ante sus ojos. En la reconstrucción de los diferentes lugares, intervenían la experiencia pasada y los cambios del presente. Los días vividos se acumulaban en el interior de Ramón y formaban una materia curiosa, un bálsamo que se posaba sobre las cosas y modificaba su apariencia. Le sucedió sobre todo con las distancias. Hubo de resituarse en el espacio de la isla, donde todo se le antojaba más pequeño. La propia finca, que antes le parecía campos sin límites, se convertía en un fragmento de tierra perfectamente acotado. Esta percepción lo tranquilizaba, lejos de preocuparle. Mientras recorría el mundo, esperaba que fuese infinito. Ahora, que volvía a estar en casa, lo único importante eran los linderos conocidos. Los terrenos mil veces pisados, el conocimiento de cada rincón. Le ocurrió lo mismo con los ritmos del tiempo. En Mallorca, no reinaba la prisa. Los hechos se sucedían sin agitaciones porque nada se precipitaba. Aun así, no eran los ritmos de la India. No existía un acoplamiento entre los que había aprendido a hacer suyos y estos otros que le volvían a salir al encuentro. Tenía que esforzarse para facilitar la adaptación al cambio. Era una cuestión de pasos, de compases, de cadencias. Le gustaba intentar recuperar los viejos hábitos.
Lo recibieron con una mezcla de alegría y de curiosidad. La mayoría de las personas que vivían en La Casa de Albarca habían traspasado pocas veces sus límites. Para ellos era la medida del mundo. Por lo tanto, no era posible imaginarse qué podía haber al otro lado del mar. A muchos les resultaba del todo indiferente. No les importaba saber lo que existía más allá de los márgenes de una isla que convertían en el centro del universo. Otros miraban a Ramón con una cierta curiosidad. Habrían querido saber cómo era posible sobrevivir lejos de Mallorca. Vivir años enteros sin morirse de añoranza. Algunos lo envidiaban. Eran jóvenes, inquietos, y habrían querido ser lo bastante valientes para partir. Le observaban el rostro, transformado como un trozo de mármol que acaba de ser cincelado por un buen escultor, mientras pensaban que había vuelto hecho un hombre. Recordaban la expresión de antes, aquellos rasgos sólo perfilados en los que cualquier emoción se dibujaba. Lo comparaban con la cara del presente, absorta en cada uno de los descubrimientos. Una cara de difícil lectura, ya que guardaba las emociones como si fuesen tesoros que se negaba a compartir. Compartía, sin embargo, las conversaciones. Les explicaba historias traídas de lejos, que tenían un regusto increíble.
El señor lo recibió con amabilidad. Mantuvo cierta distancia, que consideraba adecuada, entre sus dos mundos, pero le dijo que se alegraba de aquel retorno. Hizo referencia a la carta, mientras le agradecía los comentarios y las descripciones que, según su opinión, eran una prueba de confianza respetuosa. Le dijo que esperaba que se encontrase bien entre los suyos y que, muy pronto, se volviera a incorporar a las tareas de siempre. El jardín -dijo con una sonrisa- quizá aún se acuerda de tus manos. Ramón lo observó en silencio, mientras lo escuchaba. Analizaba los sentimientos que Mateo le despertaba. Comprendió que no quedaban restos de las emociones pasadas. No experimentó ni una pizca de la rivalidad que le inspiró años atrás. Incluso el recuerdo de la antigua sensación, que sabía real, le parecía mentira. Pero tampoco quedaba ni una sombra de aquella complicidad que experimentó hacia él, después de la muerte de Sofía. Todo formaba parte de otra historia. Lo saludó con la cortesía del jardinero que manifiesta al señor que quiere recuperar un puesto de trabajo. Le expresó una amabilidad que no tenía nada que ver ni con la comedia ni con el servilismo. Ramón era sincero: se alegraba de estar en La Casa de Albarca y se lo hacía saber a su señor. El resto era materia muerta. Hablaron un rato, junto a la sombra recuperada del almez. Él no se cansaba de mirar sus hojas, de observar el grueso y el alcance de las ramas, la solidez del tronco. Por un momento, pensó en todos los árboles que había visto. Se acordó de árboles pequeños y de árboles disformes, de ramas perennemente desnudas, de otras que eran jardines en el aire. Los recuerdos eran gratos, pero la presencia del almez se imponía. Pensó que ver todos aquellos árboles le había servido para querer mejor al viejo conocido.
El gran descubrimiento fueron las estaciones. Era magnífico recuperar las primaveras y los otoños. Significaban la oportunidad de reencontrar las lluvias suaves, las capas de hojas que cubren el suelo, los ocres que preceden al invierno. Le encantaba volver, en los meses que lo renuevan todo, a la sensación de que los días se alargan, que se le gana tiempo al sol. Eran percepciones que volvía a sentir, después de muchos días de vivir dividido entre las sequías y las lluvias salvajes. Todas las primaveras, esperaba la brisa de las mañanas. Todos los otoños, se entretenía en medir cómo la luz se hacía un paso más corta. Entretanto, hubo de reconciliarse con el jardín. Durante aquellos años, manos inexpertas lo habían dejado crecer sin control. Aquella libertad de movimientos lo dotaba de un encanto difícil de precisar, pero concordaba poco con la voluntad del señor, decidido a imponer cierto orden. Ramón intentó equilibrar los dos extremos: el aire de libertad que transmitían las plantas que han crecido algo más de la cuenta, la hiedra que ha invadido toda una pared, los pinos, los rosales que necesitaban una poda urgente, las plantas que se habían salido de sus márgenes, los árboles que crecieron sin gracia.
Hubo de pasar un poco de tiempo para que se adaptara al retorno, pero no mucho. Como las semanas transcurrían de prisa, pronto volvió a sentirse cómodo. Sin habérselo propuesto, tenía la confianza de los que trabajaban a su lado. Nadie discutía sus decisiones ni le planteaba dificultades. Tenía una relación cordial con los demás. Reinaba el espíritu tranquilo de las buenas conversaciones, el tiempo para un chiste o una broma, pero perduraba siempre un punto de recelo. No lo había decidido así, pero era una forma de mantener la reserva sobre su propia vida, lo que constituía una necesidad. Podía ser cordial, pero nunca sería del todo transparente ante los ojos de los demás. Había dosis elevadas de reserva y de silencios. Eran los silencios que había aprendido a calcular cuando estaba en la India. Ahora no quería renunciar a ellos. Nadie lo consideró nunca un hombre estirado ni de trato difícil. Respetaban sus rarezas con un gesto que se parecía a una sonrisa.
En Mallorca, el tiempo era cíclico. En la India, lo había sentido lineal. La diferencia se basaba en la forma de vivirlo. Durante su etapa de caminante, recorría la tierra. Avanzaba siempre hacia lugares diferentes, se detenía en un sitio, pasaba por otro, descubría nuevas rutas. Se imaginaba que había trazado una línea que describía curiosos meandros y que él se entretenía en recorrer. Por eso el tiempo adquiría una dimensión distinta. Progresaba con lentitud, mientras las experiencias vividas iban quedando atrás. No era posible recuperarlas, porque siempre había algo nuevo por descubrir. La única opción era seguir adelante, inmerso en el hallazgo siguiente, con el ánimo a punto para dejarse sorprender. En la isla, por el contrario, el tiempo era un ciclo inmenso. Los hechos y las cosas nunca se perdían del todo sino que siempre volvían. Tenían un curso similar al de las estaciones.
Esta idea circular del tiempo favorecía una visión diferente de la vida. Si sabemos que las hojas volverán a llenar las ramas de los árboles, no nos dejamos llevar por la desconfianza al verlas desaparecer. No miramos a aquellas últimas, antes de caer, con la expresión hambrienta de lo que se pierde y se vuelve irrecuperable. Empleamos un punto de esperanza, que se vuelve alegría al constatar la pervivencia de la naturaleza. Van a venir más ramas floridas, en una nueva primavera que ahora sólo podemos intuir, pero que sabemos cierta. Vendrán también otras lluvias tranquilas, que se desharán en gotas humildes por las fachadas. De la misma forma, volverán a dilatarse las tardes y el aire se tornará cálido. Todo renacerá, en un afán de vivir que corresponde a un mundo que siempre vuelve.
Pasaron las estaciones y Ramón se adaptó a sus nuevos menesteres. Vivía en una casa pequeña que había habilitado justo a la entrada de la finca. Una casa con la fachada de piedra, canalones que recogían la lluvia, un pozo y amplias ventanas. Tenía un patio con dos bancos de piedra y una cisterna. Había una sala en donde guardaba las herramientas del jardín, y en donde se sentaba a leer, cuando tenía un rato. Le gustaba vivir solo y su existencia adquirió momentos plácidos. Se levantaba temprano y se iba a dormir tarde, después de haber dedicado un rato a la lectura. Las charlas con la gente de La Casa de Albarca se combinaban con largos silencios. Vivía tranquilo, sin perseguir quimeras ni rarezas, mientras las estaciones volvían al círculo.
Durante aquel tiempo, pocas veces se cruzó con Elisa. Ella, que vivía en la casa grande, a quien se le iba transformando el cuerpo y la mirada, que ya no era la niña que había visto de reojo, al volver, sin dedicarle apenas atención. Había visto a tantos niños, en la India, que aquella dama en miniatura no lo impresionó ni lo enterneció. Le parecían mucho más interesantes el jardín, la gente que lo habitaba, el cielo limpio de nubes. Sabía de su existencia, pero aquella vida concreta, con nombres y apellidos de categoría, a pesar de la pequenez de su persona, lo dejaban indiferente. Ella, amparada por su padre y por sus tías, tampoco se fijó mucho en el jardinero que se incorporaba a su paisaje.
Pasaron los años y la niña creció. Le crecieron las piernas y los brazos. Se alzaba de puntillas para parecer más alta. Echaba los hombros hacia atrás para caminar con gracia. Tenía el rostro de facciones marcadas, los labios inusualmente carnosos. Se movía con una agilidad que sorprendía a su padre, poco dado a las contorsiones del cuerpo, y que dejaba embelesadas a sus tías, cuando los visitaban. Sin pensarlo nadie, ya que estas cosas ni se quieren ni se prevén, había heredado los rasgos de su madre. Al menos, cierto aire de mujer entre bella y ausente. La belleza casera de Sofía, sin embargo, fue sustituida por un punto más elevado de singularidad. Tenía la actitud decidida de quien no acepta ni las órdenes ni los consejos de los demás. Sonreía de soslayo, con la boca cerrada, conocedora de muchos secretos que no quería contar. De vez en cuando, rompía a reír y era como si hubiese masticado menta, porque el aire se llenaba de buen olor.
Las tres tías combinaron las visitas desde el pueblo para acompañarla durante la infancia, la adolescencia, y la juventud. Amaban a aquella criatura, que les permitía ejercer de madres por turnos, y no estaban dispuestas a renunciar al privilegio. Con los años, las relaciones con Mateo llegaron a ser cordiales. En el fondo, el médico agradecía la compañía de aquellas figuras maternales alrededor de su hija. Le gustaba que llegasen en el viejo carruaje, levantando nubes de polvo, mientras Elisa aplaudía bajo el arco de la entrada o les enviaba saludos con un pañuelo al viento. Se podría haber convertido en una criatura insoportable, demasiado protegida por las tres mujeres que tenían todo el tiempo del mundo, y por un padre que disponía de muy poco, pero que se lo dedicaba entero. Sus deseos, cualquier detalle tan sólo expresado, se cumplían con rapidez. Ella probaba las primeras frutas del jardín, se compraba sombreros de seda, mostraba afición por la música.
Todo el mundo decía que era un ángel, pero un ángel demasiado inquieto. Desde niña, no paraba un segundo en el mismo sitio. Le gustaba correr por el patio, encaramarse a los árboles, nadar en la alberca. Nada la amedrentaba ni la asustaba, sino que sentía una curiosidad infinita por las cosas. Tenía que perseguir a cuanto se moviese, aunque fuera la sombra de una sombra. Crecía y era una figurita que se movía por las salas de La Casa de Albarca. Cada vez, los gestos convertidos más en un calco de los de su madre. Los movimientos robados de la otra. La forma del rostro, como una suma de características singulares que daban como resultado aquel curioso parecido. No obstante, era decidida y un punto audaz, rasgos que no había compartido Sofía. Cuando se reía, parecía que iban a juntarse cielo y tierra. Entonces los contagiaba a todos y el aire se llenaba de risas glotonas. Risas que expresaban las ganas de vivir. Se apuntaba primero su padre, con cierta timidez, avergonzado de dar rienda suelta a una alegría que le parecía demasiado pueril. Se sumaban en seguida las tres tías, expulsando cada uno viejos fantasmas que les habían costado más lágrimas que sonrisas. Se abandonaban a ello con una alegría que no se esforzaban en contener, que ella les había transmitido y que se volvía contagiosa. Se reían a placer. Luego se miraban con unos ojos más limpios, liberados de aquellos velos que va depositando la vida que se vive tristemente. Elisa era la causa de su gozo. Primero, la amaron porque era una prolongación de la madre muerta. Después, se convirtió en el centro de atención de sus existencias. Era una muchacha que derrochaba ilusión por la vida.
Siendo una adolescente, descubrió cómo podía salir de casa sin que nadie se diera cuenta. Le gustaba la sensación de libertad que le permitía abrir los portones de atrás y otear afuera. Todas las noches, su padre cerraba con llave la puerta principal. Daba dos vueltas a una llave enorme y los cerrojos crujían. Era una especie de ceremonia que le gustaba ejecutar, cuando la casa se cerraba al mundo. Durante unas horas, nada iba a alterar la calma de las habitaciones en las que la gente reposaba. Nadie debía interrumpir ni el descanso ni el sueño. A primera hora de la mañana, las criadas volverían a abrir de par en par las ventanas. La luz entraría a chorro hasta el último rincón. Hasta entonces, era el tiempo de la calma, de las horas quietas que nos acompañan en la vela o en el sueño. Las horas de los pensamientos adormecidos, aquellos que sólo nos permitimos medio a oscuras, de los deseos que se ocultan, del reposo.
No todo el mundo quería descansar, al anochecer. Las consignas del señor no eran ley para todos los que habitaban bajo aquel techo. Elisa, la niña de sus ojos, no soportaba la sensación de tener que recluirse en la casona. Dormirse significaba caer rendida, después de un día entero de fiestas yjuegos. Nunca le gustó la quietud, aquel dejarse llevar mientras el cansancio se apodera de todos los miembros y los párpados empiezan a cerrarse. Por eso retrasaba el momento de irse a la cama. De pequeña, lo conseguía lloriqueando hasta que la dejaban en paz. De adolescente, descubrió que la portezuela que daba a la parte de atrás tenía una llave que nadie utilizaba. La guardó en un cajón de la cómoda de su habitación, dispuesta a utilizarla en cuanto fuese conveniente.
Al principio, sólo salía de vez en cuando. Daba una vuelta por los rincones mal iluminados del jardín y volvía a casa. Lo importante era la sensación de autonomía, la posibilidad de poder marcharse. Entonces, la propia salida quedaba en un segundo plano, a veces en una simple excusa o en una anécdota. Poco a poco, se fue aficionando a salir. Procuraba no hacer ruido, intentando no interrumpir el sueño de su padre. Las tres tías, que pronto descubrieron aquellas salidas, nunca dijeron nada. No lo mencionaban ni siquiera entre ellas, como si hubiesen establecido un complot protector. Cada una estaba convencida de que era la única que sabía el secreto. Tía Antonia movía un poco la cabeza, en señal de advertencia, cuando se encontraba con su sobrina en los pasillos. Tía Magdalena hacía como si nada, levantaba los ojos y miraba al techo. Tía Ricarda dibujaba una sonrisa cómplice que Elisa comprendía sin palabras. Le gustaba salir a pasearse bajo las estrellas. Si refrescaba, se envolvía con una capa de lana. Si era una noche de verano, cogía la bicicleta, atravesaba las verjas, y recorría los caminos.
Al cumplir los doce años, la internaron en un colegio de monjas de Palma. Llevaba una falda de cuadros blancos y verdes, unas medias de lana hasta las rodillas, una blusa blanca, y una chaqueta gris. Nunca le gustó aquella vestimenta. Los fines de semana, cuando volvía a su casa, se vestía con ropas ligeras, que tenían el tacto suave y le recorrían el cuerpo como una caricia. Se las cosían sus tías, siempre dispuestas a complacerla. A veces, se ponía un vestido que fue de su madre: tenía el corpiño estrecho y la falda levantaba el vuelo. Era color berenjena. En aquella época, suspiraba por los días de fiesta. Las semanas en el internado se le volvían lentas y pesadas, muy parecidas a un castigo. En el edificio de al lado, pared con pared con la escuela, había un internado para chicos. En la hora del patio, ellos les lanzaban palomas de papel en las que escribían algunas frases ingenuas. Ellas las capturaban de un salto. Con suerte, encontraban los versos de cualquier poema. Como los escribían de memoria, a menudo eran versos incompletos o rimas cojas. Uno de ellos tenía el pelo color calabaza: anaranjado y dulce. La cara llenísima de pecas. Se enamoró de Elisa y le enviaba muchos rollos de papel convertidos en palomas. Crecieron juntos, cada uno en la parte de la reja que los separaba. De vez en cuando, con suerte, él se encaramaba a la pared y tenían largas charlas. Se reían de todo y de nada, porque eran crios. Aun así, Elisa se moría por volver a casa. Añoraba las cosas que amaba y que conocía. Habría querido llevarse la bicicleta azul, los vestidos de su madre, la yegua del establo, y los árboles.
Cuando Elisa tenía quince años, el chico del pelo calabaza empezó a visitarla. Los fines de semana llegaba a su calle en una moto pequeña que hacía mucho ruido. Se vestía con una chaqueta gruesa para protegerse del frío. A veces, ella lo adivinaba detrás del autobús en el que volvía a casa. El afán la impulsaba a ponerse en pie y a andar hasta la parte posterior del vehículo. Allá, lo miraba a través del cristal. Veía su silueta recortada en la moto y lo saludaba con la mano, para que estuviese contento. No le inspiraba sentimientos muy profundos, pero era el compañero perfecto para iniciar el descubrimiento del mundo. Aquella peculiar manera que tenía Elisa de lanzarse de cabeza a la vida, sin pedir permiso ni consejo. Su padre se preguntaba de dónde salía tanta inquietud, tan poca paciencia, una curiosidad que nunca tenía fin. Las tres tías, al verla, fruncían el ceño, pero nunca le llevaban la contraria. Todas sabían de sus encuentros con el muchacho, tras la calle del estanque, en un solar abandonado donde centelleaba la luz de una farola.
Eran inexpertos y poco hábiles. Se besaban con la furia de los que no saben recrearse en la astucia de un beso. Se mordían los labios y se dejaban moratones en el cuello. Aún no habían aprendido que las señales del amor pueden ocultarse. De momento, se dedicaban a palparse los cuerpos con una sensación de prisa, como si les faltase tiempo, mientras les parecía que nunca tendrían suficiente. Podía ser duro y largo, el beso, perderse entre los dientes, mientras la lengua seguía caminos de saliva. Las manos de su amante primerizo dejaban a Elisa siempre insatisfecha. Despertado el deseo, no sabía saciarlo. No poseía el don del tacto, la capacidad de encontrarle los rincones secretos del cuerpo, allá donde empezaba a despertarse el placer, y que ella tan sólo intuía. Elisa habría querido que tuviera destreza, pedirle que se esforzase un poco más, que encontrara caminos nuevos con ella. Pero el amante era tímido e inseguro. Se imaginaba que sus dedos nada sabios la hacían estremecer, al recorrer su cuerpo. Elisa vibraba, antes de verlo. Sentía un aguijonazo en el vientre, en la entrepierna, en el sexo, pero nada más. Su presencia insegura, su torpeza en cada movimiento, la falta de paciencia apagaban el deseo y le dejaban un resto de decepción.
No se atrevía a hablarle de ello. En cada encuentro, multiplicaba los esfuerzos para que el chico siguiera sus pautas. Era inútil. El joven del pelo color calabaza no era un buen amante. Se echaba sobre Elisa, manoteaba sus pechos, dejaba su vientre dolorido e insatisfecho. Una noche, que no era muy diferente de las otras noches que compartieron, la penetró con urgencia. A ella le dolió, y no disimuló aquel dolor. Notaba los movimientos como latigazos. Se deshizo del abrazo, se bajó la falda, y emprendió el camino hacia su casa. Oía los gritos que la llamaban. No entendería por qué se marchaba. Querría una explicación que la rabia y el desencanto le impedían dar. Sintió el sexo y los muslos llenos de lo que él había derramado. Húmeda, volvió a su habitación. Intuyó la presencia de la tías, que la espiaban. Nunca les diría hasta qué punto era desafortunada. Nueve meses después tuvo una criatura: era hija suya y del chaval del cabello color calabaza. No quiso volver a verlo jamás. Le puso Carlota.
Las tres tías se apoderaron de aquella criatura y se dedicaron a ella en cuerpo y alma. No hubo reproches, porque Elisa era una chica que tenía los ojos profundos y ganas de vivir. Nadie se atrevía a echarle en cara aquel nacimiento. El bebé había sido un error de la naturaleza, una aparente equivocación del destino que en seguida reconvirtieron en un don del cielo. Incluso su padre, que primero pensó en enviarla lejos de casa, se reconcilió pronto con su hija, mientras observaba a su nieta con una mirada feliz. No volvió al colegio, lo que la llenó de satisfacción, y recibió en casa clases de música y dibujo. La nueva situación no la trastornó en exceso. De la criatura, nacida de un momento que no quería volver a recordar, sólo recibía satisfacciones: era una niña regordeta que tenía su misma mirada. Nunca se planteó que pudiera constituir un obstáculo para su futuro. La vida eran las paredes de la casa, el jardín, las charlas bajo los porches y los días que se sucedían sin interrupciones. Le encantaba aquella existencia, anclada en la belleza del espacio y en la perfección de las cosas. Desde las terrazas, se acercaba al cielo. Tenía la sensación de poder tender la mano y capturar recortes de nubes. Se sentía poderosa y feliz. La maternidad, que pasó por su vida como un episodio grato, transformó su cuerpo adolescente. Ganó en firmeza y en rotundidad. Aún tenía la cintura de avispa, pero sus pechos y caderas habían crecido en redondez. La mirada se volvió más segura. Tenía el rostro de una adolescente y el cuerpo de una mujer, que miraba el mundo con la serenidad de los que no han sufrido grandes penas. Vivía tranquila, quizá con un punto de curiosidad por el porvenir. A veces, se preguntaba si el amor eran cuatro revolcones por el suelo. Habría querido imaginarse unas manos que iniciasen un recorrido delicado por su cuerpo. Aquel cuerpo que volvía a sentir la llamada de la vida, pero que se esforzaba por acallarla. Carlota descansaba en sábanas de hilo, mientras ella dormía poco.
Pasaron las estaciones y la vida seguía una música de ritmos cómodos. En la casa, nadie se atrevía a inquietar sus días. No veía a mucha gente, porque no lo necesitaba. Cuando llegaba el calor, sacaba una sombrilla y miraba desde la baranda. Observaba el agua del estanque, los nenúfares, los árboles. Si algún pensamiento desagradable acudía a su mente, lo rechazaba sin esfuerzo. No era difícil alejar lo gris, cuando los colores estallaban a su lado. El verano siempre había sido la época del año que más le gustaba. Se producía una curiosa combinación de sentimientos. Por un lado, la pesadez de las horas, cuando el sol caía en el jardín y tenían que cerrar las persianas para que no invadiese las habitaciones. Entonces todo se volvía aún más lento. Por otro, aquella sensación de fuerza, un vertido de energía en el cuerpo. Si hubiera sido capaz de explicarlo, habría dicho que el verano le daba coraje. Le daba pereza cualquier movimiento, en las horas cálidas que todo lo entorpecen. A la vez, la intensidad de la luz, que desnudaba al mundo sin clemencia, le aumentaba las ganas de vivir.
Sucedió a principios de verano. En el jardín, los grillos formaban una orquestina cuando empezaba a girar la noche. Por las mañanas se despertaba con la luz entrando a chorro por la ventana. No había cortinas que pudieran filtrar tal intensidad. Todo el mundo sudaba. Gotas de sudor caían por la frente de su padre, cuando inclinaba la cabeza para atender a una explicación de un paciente. Una llovizna se instalaba en las sienes de las tías, que nunca se acostumbraban a aquellas temperaturas. Un fina capa de agua le recorría el cuello, por más que se trenzase el pelo. Se preguntaba cómo es posible combinar la lentitud con el afán. Sólo el verano facilita esa unión de contrastes. La quietud y la prisa ocupaban un lugar en el pensamiento, acompañándolo. A veces, habría querido permanecer inmóvil en la cama, quieto el cuerpo por donde el calor abría caminos. En otras ocasiones sentía el deseo de moverse.
El día 15 de agosto, la fiesta de la Virgen, hizo un calor húmedo que se abrazaba a la piel. La casa se despertó con cierta inquietud: había prisas innecesarias por los pasillos, carreras por la escalera de la entrada principal, risas en la cocina. Nadie sabía la causa de aquel desbarajuste. Probablemente ni siquiera se dieron cuenta de que sucediese nada especial. Para todo el mundo era un día como cualquier otro. Incluso Elisa tardó en ponerse en guardia. Aunque notó a las tres tías algo nerviosas: entraban en una habitación y salían de ella media docena de veces, repetían la misma pregunta que acababan de formular, combinaban períodos de una gran locuacidad con ratos de silencio. Aunque Carlota parecía especialmente nerviosa y reclamaba con insistencia sus juguetes, Elisa no descubrió lo que estaba a punto de suceder. Su vida siempre había sido controlada, mesurada. Había una única excepción, aquella noche absurda que le dejó el obsequio de una hija, pero nada más. El resto era tranquilo.
Al mediodía llovió. Fue una lluvia de agosto, que obligó a retirar las sillas de las terrazas. No duró mucho, pero cayó con la intensidad de los pensamientos que se van repitiendo como una obsesión. Formó charcos en el suelo, pequeños círculos de agua verdosa que Carlota descubría. Debería haber servido para limpiar el ambiente, pero sólo fue una fantasía. El aire continuaba pesado. Había algunas nubes en el cielo que no calmaban el calor. La humedad se adhería a los tejidos de la ropa y penetraba en el cuerpo. Parecía que el día iba a hacerse eterno: eternas la horas y eternos los minutos. Nadie tenía la sensación de estar esperando algo. Esperar significa estar atento, vivir alerta. Significa permanecer con la mirada a punto, a la expectativa de lo que va a venir. Elisa nunca había vivido de esta forma. Sin embargo, aquel día se sorprendía a sí misma, demasiado inquieta para poner atención en lo que sucedía a su alrededor. En una increíble combinación de distracción y agudeza, notaba los sentidos despiertos. Captaba los olores que la llovizna había reavivado y que entraban por la ventana. Intuía los sabores de la comida que se estaba cocinando y que esparcía un olor a hierbas aromáticas. Habría querido recorrer su propio cuerpo con la punta de los dedos sólo para capturar sus formas. La excitación del ambiente se había trasladado a las manos de Elisa, a sus ojos, a la mirada que buscaba sitios por donde volar. Fue entonces, al apoyar su cuerpo en la barandilla de la terraza. Con las mangas arremangadas y el cuello abierto, miró al jardín.
Por el sendero, entre dos hileras de eucaliptos, avanzaba alguien. Tenía la actitud distraída de quien no se imagina observado. Era un hombre alto, más bien delgado, que andaba moviendo el cuerpo al ritmo de los pies. Le resultó una figura vagamente familiar y se entretuvo contemplándolo. Había fijado su mirada en él por azar, pero se resistió a retirarla, llena de curiosidad. Él no caminaba muy de prisa, distraído en los árboles que lo rodeaban. Ahora arrancaba una hoja, después recortaba con los dedos unas ramitas secas, luego pasaba la mano por un tronco. Trazaba unrecorrido lento, como si buscara la rugosidad de la madera. Le llamaron la atención sus movimientos: aquella calma de hombre que busca en las profundidades del jardín, que pierde el sentido del tiempo, concentrado en el afán por contemplar las plantas, por calcular su inclinación y empuje. A medida que se acercaba, vio a un hombre fuerte, que tenía las facciones bien dibujadas, el semblante firme. Le gustó la forma en que se movía. Cada movimiento era una mezcla de naturalidad y de determinación. Había gestos improvisados y gestos que parecían fruto de una experiencia de siglos. ¿Quién le ha enseñado a moverse de esta forma?, se preguntó. Destacaba en él una dosis de misterio que le encantaba. Habría querido preguntarle de dónde salía, por qué extraños laberintos había llegado al jardín.
Ramón levantó la cabeza desde lejos y vio a una mujer que escudriñaba desde la terraza. Era Elisa, la hija del señor. Lo adivinó en seguida, aunque llevaban tiempo sin verse. Quizá no era tanto. Tal vez era una cuestión más simple: nunca habían querido favorecer un encuentro. Mientras ella fue una niña, la apartó de su camino, porque le traía pensamientos absurdos. Después, simplemente, se olvidó de ella. De la misma forma que ella se alejó de un hombre que no le resultaba nada interesante, porque tenía una actitud áspera. En aquel momento cambió todo. No fue una transformación lenta, resultado de un encuentro que hace que modifiquemos los criterios iniciales respecto a alguien. Tampoco fue la consecuencia de una conversación que nos desvela aspectos insospechados de otra persona. La situación fue mucho más elemental. Una mujer levanta la mirada y descubre a un hombre que avanza desde lejos hacia donde ella está. El hombre tarda unos minutos en reaccionar. Ella se pregunta quién será. Pasa un rato hasta que lo relaciona con el jardinero de la casa. Le parece un personaje muy atractivo y se pregunta cómo le ha podido pasar por alto durante tanto tiempo. Mira al cielo y busca la lluvia. El aguacero habrá limpiado el aire para que lo pudiera descubrir. Sin abandonar su posición inicial, quieta en el mirador que le ofrece la baranda, no se decide a hacer nada. Continúa observando sus pasos por el jardín, mientras lo espera.
Ramón ha vivido un proceso casi parecido. Al principio, el perfil de la mujer que acaba de descubrir le ha resultado algo familiar. No se trata de una familiaridad que tenga las raíces en un encuentro más o menos frecuente. Haber visto a alguien no es motivo suficiente para que te resulte conocido, próximo. Está trastornado, porque le hace recuperar viejas imágenes. Elisa tiene aires de Sofía. Ya ha pasado tiempo suficiente como para que la historia de su juventud siga guardada en el fondo de un cajón. No lo altera ni recordarla. A pesar de todo, el parecido resulta sorprendente. Este hecho capta su atención y lo impulsa a acercarse con cierta curiosidad. A medida que se le aproxima, los parecidos se diluyen. Se encuentra con una versión de Sofía mejorada por los años: una mujer con el pelo recogido en la nuca lo observa con atención. Tiene unos ojos que le recuerdan a otros ojos. Es joven como la otra, pero se adivina un punto de altivez que le resulta desconocido. Está también la rebeldía. Un gesto de decisión que habla de un carácter fuerte. Los labios son el rasgo que llama más la atención de su rostro. Le recuerdan a las fresas, antes de recogerlas, cuando mezclan su olor con el de la tierra. Lo descubre con sorpresa: no se trata de una mujer muerta que vuelve para reavivar fuegos que se apagaron tiempo atrás. Ya no quedan ni las brasas, de aquellas hogueras. Sólo un recuerdo amable, la pesadumbre por el deseo dulce e intenso que no ha vuelto a experimentar de la misma forma. La mujer hacia la que avanza no admite moldes ni modelos.
Hay situaciones que se nos quedan grabadas para siempre. Momentos de la vida que se nos ofrecen para que tomemos partido. Ambos podrían haber dejado volar el instante, permitir que se escapara por el aire de aquella tarde de agosto. Entonces, todo habría sucedido de una manera distinta. Si no retenemos el presente, huye de prisa. Hay situaciones que podrían habernos pasado de largo, si no nos hubiésemos detenido en ellas. Hubo una coincidencia. Elisa quería detener el encuentro. Ramón pretendía instalarse en él. Pero no sólo era una cuestión de voluntades, estaba también el deseo que se despertaba. Ella había vivido apagándolo, ya que el recuerdo de los abrazos en el callejón le resultaba desagradable. Él lo vivía en momentos concretos de gozo, sin ninguna transcendencia.
No se habrían atrevido a formularlo con palabras. Eran incapaces de decir lo que deseaban, porque quizá ni ellos mismos eran del todo conscientes. Cuando habla el cuerpo, la mente no abandona sus discursos. A veces, los razonamientos apagan la intensidad del deseo, que es una cuestión de sentidos despiertos. Los sentidos en estado de alerta, a punto de cazar cualquier indicio en el otro. Dispuestos a romper los esquemas de la lógica y de la razón, se vuelcan en un punto indeterminado del cuerpo. Desde allá crecen, toman aire y fuerza, hasta que se convierten en los protagonistas de la función.
Ramón se paró bajo la baranda. Tuvo que reprimir el impulso de subir hasta donde se encontraba ella. Se esforzó por mantener una apariencia respetuosa, pero no demasiado distante. Elisa habría saltado aquel obstáculo de piedra que los separaba, pero se contuvo. Sonrieron. Primero, en silencio, ignorantes de los caminos que podían acercarlos. Si escuchaban la voz de la mente, debían esperar, guardar la compostura. Como mucho, un saludo. Si hacían caso a los sentidos, enarbolados por la lluvia, debían abrazarse fuerte, para que no hubiese la más mínima posibilidad de escapar, porque la vida, que había sido generosa, no tuviera el capricho de alejarlos. En cambio, hablaron. Sustituyeron los gestos por las palabras, que son otra manera de sentirse cerca. Aunque sea a ciegas, con la sensación de que nos vamos acercando a alguien a quien desconocemos, asustados, con todas las ganas de descubrir al otro y sus secretos. El tomó la iniciativa desde el camino:
– ¿No te preocupa que vuelva a llover? El cielo está nublado, y la gente ha ido a refugiarse en las casas.
– Me gusta la lluvia, sobre todo en agosto, cuando cae de prisa. Un chaparrón, y el cielo limpio. Y tú, ¿por qué estás en el jardín? ¿No has terminado tu trabajo por hoy?
– Mientras quede luz, hay trabajo. Yo no tengo horarios. Me gusta que los árboles y las plantas me sientan próximo.
– ¿Crees que te pueden notar? No sé si tienes un elevado concepto de tu capacidad o si estás un poco loco.
– Quizá ambas cosas.
– Mi padre dice que eres un buen jardinero. Está convencido de que conoces cada rincón del jardín como si fuera la palma de tu mano. Será verdad, porque no es hombre de halagos fáciles.
– Lo sé. Por eso me gusta saber que tengo su confianza. ¿También tengo la tuya?
– ¿Para qué la quieres? La confianza no se gana en un día. Nace de un camino largo y no muy sencillo. Además, tengo la sensación de que no nos conocemos en absoluto.
– Es cierto.
– Nunca habíamos cruzado más de dos palabras seguidas. Hoy, en cambio, nos hemos encontrado.
– Nos hemos encontrado después de la lluvia, que es un buen momento para encontrarse. ¿No crees?
– Dicen que la lluvia limpia el aire. Será que también deja nuestra mirada limpia.-Yo tengo la sensación de mirar el mundo por primera vez -rió-. Mira, ha sido así de sencillo: abrir los ojos y verte.
– Me has visto desde que era una niña.
– No te veía. Me puedes creer, de verdad: hoy te he contemplado por primera vez.
– No sé si tendría que molestarme lo que dices o si me lo he de tomar como un cumplido -había un punto de coquetería en la voz de Elisa.
– Tendrías que enfadarte mucho -tono serio.
– ¿Por qué? -tono de sorpresa.
– Es imperdonable que haya actuado como un ciego. Soy un hombre que tiene ojos, pero he vivido como si no los tuviera.
– Yo tampoco me había dado cuenta de tu presencia en esta casa. Sabía que estabas, pero no me había percatado. Qué curiosa coincidencia.
– ¿Qué coincidencia?
– Los dos hemos abierto los ojos de repente.
– Quizá no sea una coincidencia absoluta.
– ¿Qué quieres decir?
– Yo he abierto los ojos y he quedado maravillado. Verte me maravilla. Seguro que a ti no te pasa lo mismo.
– No te burles de mí -intentaba bromear con el semblante serio, entre la vergüenza y la risa.
– ¿Por qué no saltas por la baranda?
– ¿Qué dices? Definitivamente eres un loco.
– Salta y yo te recogeré en el aire. No hay mucha distancia. Si lo haces, te mostraré el jardín.
– ¿El jardín? Conozco muy bien este lugar. Podría recorrerlo con los ojos cerrados. No me hacen falta guías.
– Yo te mostraría otro jardín que quizá desconoces. Salta, Elisa.
– Los deseos dichos en voz alta no se suelen cumplir. Se los lleva el viento.
– Hay deseos que tienen tanta fuerza que no hay viento capaz de borrarlos. ¿Lo sabías?
– Siempre he desconfiado de los impulsos repentinos. No son signo de gente prudente ni juiciosa.
– ¿Me hablas de la prudencia y la mesura, hoy, justamente? Habíame de los espíritus osados e inquietos. Habíame de las ganas de vivir. Pero no te equivoques de palabras.
– Las palabras que me gusta oír no son siempre las más convenientes. Ahora, por ejemplo, me gusta escucharte.
Había nubes en el cielo que anunciaban el retorno de la lluvia. Elisa se quedó un momento en silencio. Durante un instante, se pueden pensar muchas cosas. El pensamiento tiene la capacidad de extenderse y de multiplicarse. Abre caminos inesperados que antes eran grutas ignoradas, espacios inciertos. Crece con la habilidad de un pulpo que alarga sus tentáculos en las profundidades marinas. Sus pensamientos volaban hacia el hombre que acababa de descubrir, recorrían su figura y su rostro. Descubría en él una expresión firme que le era desconocida. Los ojos, detenidos en su cuerpo, no la sorprendían ni la incomodaban. Querría haber fijado aquella mirada para siempre. Le gustaba sentirlo, de repente, tan cerca. No se hacía preguntas, porque no eran necesarias. ¿Por qué tenía que pararse a pensar que vivía un hecho inusual? Más adelante (habría tiempo para los interrogantes, para las dudas. En aquel presente ganaba la intensidad del descubrimiento. Era muy joven y no había aprendido a controlar sus emociones. No sabía graduar su fuerza ni tomar distancia, sino que se sumergía de lleno en ellas como el que se adentra en las aguas de un estanque. Con el corazón acelerado y la sonrisa amplia, se dejaba llevar por la alegría. Aquella alegría que aparentemente no respondía a razones, pero que surgía espontánea. Después de la lluvia había encontrado a un hombre en el camino. Debería haberlo descubierto an tes, pero era como si se encontrasen por primera vez. Hubo de esforzarse para no saltar, mientras se mantenía en pie, tenso el cuerpo, callada.
Ramón había perdido la calma. Aquella tranquilidad con la que veía pasar los días, cuando la vida no era nada complicada. Estaban los árboles del jardín, los libros que Miguel le mandaba y que él leía todas las noches, antes de dormirse, los conocidos del pueblo con quienes compartía las tardes de lluvia en el café, los silencios que amaba desde hacía tanto tiempo. Había creído que le bastaba. Una existencia que podría haber parecido monótona, pero que era plena. De golpe, se daba cuenta de que no era suficiente. A pesar de los años, las imágenes de la India no habían perdido nitidez. Conservaban los colores y las formas con una perfección que llegaba a sorprenderlo. Había habido un proceso de superposición de nuevas imágenes, que se mezclaban en un juego que no resultaba nada confuso. La visión de Elisa, sin embargo, lo borró todo en un instante. Se preguntó si había sido la luz del atardecer, que la iluminó para él. Tal vez la luz le jugó una mala pasada. Le permitió observar su silueta rescatada del entorno. No estaba la casa al fondo, ni había una baranda real. Todo se difuminaba para que la mujer adquiriese precisión. Las manos le quemaban. Notaba el cuerpo encendido de deseo. Era una cuestión de impulsos que crecían, que se mezclaban, que lo ganaban por entero. Habría querido continuar la conversación, pero incluso las palabras le fallaban. Se habían encontrado en un jardín. De las miradas que se cruzan, nació una historia llena de fuerza. Aunque en aquel momento lo ignoraban, sus vidas jamás dejarían de ser una sola vida.
Era recorrer poco a poco los contornos de sus labios. Con la punta de la lengua, primero tímida, después incisiva, recorrió aquellos labios que se entreabrían como los pétalos se ofrecen al sol. Eran carnosos, húmedos. Dibujados con unos pinceles que manejarían demiurgos, tenían la ductilidad de la belleza. Se entretenía como si fuera un juego, esforzándose por modular la prisa. Los humedeció con su propia saliva, deseoso de descubrir sus movimientos. Los mordió un poco, el punto justo para que se encendiesen de un rojo que era casi color de sangre. Los labios de Elisa eran el espacio que había buscado siempre, donde quería quedarse. Era curioso que hubiera tenido que ir tan lejos para comprender que su sitio eran unos labios, la comisura que los rompe en un gesto de sorpresa o de gozo, el rictus pequeño que los libera de la quietud.
Había encontrado un refugio donde esconderse del mal tiempo, donde probar el azúcar o el limón. Le habría resultado difícil explicar qué gusto tenían aquellos labios. Aveces, cuando los recorría levemente, casi sin tocarlos, le parecían caramelos de anís. En otras ocasiones, sólo con que identificara el contacto, el sabor se transformaba en menta o en chocolate. Por un momento, notó la sal marina. En un instante, se convirtieron en briznas de hierba que olía a lluvia. ¿Y el tacto? Tampoco era sencillo describir el tacto. Aquella sensación de seda quebradiza, cuando se acercaba lleno de deseo. Aquella que era jugosa, cuando la pulpa temblaba entre sus dientes.
Entendió que besarse puede ser una caricia o un combate. Cuando los labios se encuentran con otros labios, se estremecen. Es el temblor del deseo. Nadie habla de ello, como si fuese un secreto. En cambio, hay quien se refiere al temblor del miedo, cuando algo nos llena de espanto. Hay quien habla del temblor de la inseguridad o de las indecisiones. Es como si temblar sólo implicara escalofrío, pero también significa estremecerse. La sensación de que el corazón se vuelve pequeño y de que, a la vez, se aceleran sus latidos. La lengua se enardece en el encuentro con la lengua que desea. De un contacto casi insignificante, pasa a la aproximación plena. Las dos se tocan, mezclan salivas, que son aguamiel, recorren interioridades, rincones profundos. Se pierden, glotonas.
Nunca había besado de aquella forma. El beso había sido un acto reflejo, el preludio de un encuentro íntimo. Ejercía la función de punto inicial, de comienzo del juego, pero tenía una importancia relativa. Ahora, en cambio, se convertía en el centro del mundo. Un mundo en el que sólo existían aquellos labios a los que habría reconocido sin verlos. Tan sólo por el tacto que lo vuelve todo preciso. Pensó que besar a Elisa era como viajar por los caminos de la India. La sensación resultaba similar. La atracción por lo que descubrimos, las ganas de seguir más allá, hasta que se nos quiebre el aliento y se nos quede el alma contenta. Le parecía volver a oír música de cítaras. Veía brazos al aire, surgidos de los pliegues de un sari. Contemplaba callejones estrechos, laberínticos. Se detenía en un lago y, desde un minarete, obtenía una visión plácida del mundo.
Besarla era como mezclar la placidez y el afán. El recorrido tranquilo por la piel de unos labios que se abren y la prisa que nos provoca la aventura de explorarlos. Alas de mariposa, lluvia que queda retenida en las hojas de los árboles, dedos que trazan caminos en el aire. Todo eso junto y mucho más. ¿Cómo se puede explicar lo que nos resulta inexplicable? ¿Dónde están las palabras, que sabía poderosas? ¿Cuál es el adjetivo que sirve para definir con precisión la vida? Siempre había encontrado palabras que le resultaban útiles a la hora de definir sensaciones, estados de ánimo, el placer y el dolor. Las palabras, que aprendió a amar cuando se las oía a las mujeres y a los hombres, se diluían. Transformadas en un pálido reflejo de las emociones, tan sólo lo ayudaban a una aproximación remota. Lo acercaban de lejos al deseo, pero no lo explicaban.
Mientras tanto Elisa tenía miedo. La atemorizaba la posibilidad de que fuese un sueño. Los besos de Ramón no tenían nada que ver con los que recordaba: aquel encuentro de bocas que se buscan entre la torpeza y la precipitación. La saliva llenándole la cara como si fuesen las pisadas de un caracol que se paseaba por su rostro. La lengua inoportuna hurgando entre sus labios. De aquella suma de despropósitos, nació una hija que era un sol. Pensarlo la consolaba. Parecía imposible que dos besos pudieran ser tan diferentes. Por una parte, estaba el rechazo o, si quería ser benévola con el pasado, la indiferencia mezclada con una cierta curiosidad. Por otra, la atracción profunda, poderosa. Un sentimiento que lo borraba todo, haciendo desaparecer cualquier duda.
No recordaba cómo había saltado aquella baranda. Tal vez, él alargó sus brazos y la sostuvo. Quizá se lanzó sola, cautivada por sus ojos. Quién sabe si jamás habían existido la barandilla, ni la terraza, ni la lluvia. Todo excusas perfectas para su encuentro, después de tantos años con el decorado a punto. Lo único cierto eran los brazos de él ciñéndola, su aliento en el pelo, los labios muy cerca.
Al principio, estaba quieta. Era incapaz de hacer un movimiento, porque tenía la voluntad adormecida. El deseo era como una ave que se revuelve en su jaula. Tenía que esforzarse para abrirle las puertas y ventanas e invitarlo a volar. Llevaba demasiado tiempo con el espíritu inmóvil, sin levantar ruido. Lentamente, empezó a recobrar la vida entre sus brazos. Su boca se transformó en una forma dúctil que se movía al compás de otros labios. Pensó que besarse era como recorrer un lugar desconocido. Había dosis de inquietud, ganas de perderse en un giro, una sensación de alegría difícil de explicar, pero que nacía en el fondo del corazón.
Era verdad: con él, el jardín se volvía diferente. Lo observaba desde el refugio de sus brazos y le parecía un espacio desconocido. Veía las ramas de los árboles pobladas de hojas y pájaros, los senderos que serpenteaban, las avenidas de jazmines esparciendo buen olor. Estaban los eucaliptos, los pinos de copa redonda, las hiedras recorriendo fachadas y paredes. Era una explosión de verdes que nunca antes había descubierto. Los rosales formaban una dispersión de pétalos en el suelo. Le habría gustado recogerlos y comérselos uno tras otro. No había nadie excepto ellos dos, guarecidos entre las columnas, abrazados. El mundo se había ido desvaneciendo poco a poco. Perdió sus formas y colores, hasta que sólo quedaron los labios que ansiaban beberse otros labios.
Transcurrió un rato. Ninguno de los dos habría sido capaz de contabilizar los minutos. El tiempo era su cómplice y se escurría entre sus manos, sin darles oportunidad de capturarlo. Cuando el tiempo se para, la vida se detiene. Para ellos la vida era un inicio y un encuentro. No existía la posibilidad de cronometrarla. Quizá les habría gustado saber el momento exacto en el que quedaron presos el uno del otro. La hora en que se miraron y todo se paró. Lo úni co que podían hacer era dejarse llevar por aquella hora mágica, aprovechar el amor que nace, cuando la existencia es una gran hoja en blanco, cuando está todo por escribir. Podían esforzarse en retener la hora del atardecer. Corría un poco de aire entre las columnas de piedra, refrescando el ambiente. Se abrazaban con el ansia de no dejarse escapar. Cuesta dominar los impulsos. No es sencillo que la razón dé la orden de tranquilizarnos. Nos aferramos con la desesperación de quien sabe cómo era antes la vida y no quiere volver a ella. Deberá crecer, lenta, la confianza, para que el empuje inicial se calme. Al principio, no obstante, gana el deseo. El deseo, que es la incertidumbre en el abrazo, nos domina el pensamiento. Nos roba la voluntad.
Elisa quiso hablar. Habría querido empezar una conversación que no terminara hasta al cabo de muchas horas. Tenía la necesidad de convertir en palabras, materia volátil, aquellos sentimientos, que eran materia del corazón. Una conversación que no tuviese un principio y un final, sino que fuese continuación de lo que vivían. Le habría gustado que hablar fuera tan sencillo como abrazarse. En la aproximación de los cuerpos, se producía un encaje perfecto. Los brazos de él le enlazaban la cintura; ella escondía la frente en su pecho. Con ambas manos le acariciaba los hombros. Podían sentir la respiración del otro, la suavidad de la piel, la firmeza de la carne. No había espacio para la sorpresa, aunque el encuentro pudiera resultar extraño. Hacía años que se conocían. Nunca se habían dedicado mucha atención. Era como si siempre hubiesen pasado de largo. Tenían la sensación de empezar a vivir en aquel punto. Respiraban al unísono. Elisa dijo:
– Querría contarte muchas cosas y, sin embargo, no digo nada.
– ¿De qué me quieres hablar?
– No lo sé. De muchas sensaciones. Estar contigo se me hace raro y, a la vez, me parece lo más natural del mundo. No puedo evitar preguntarme qué he hecho hasta hoy, cuando tengo la certeza de haber vivido para esperarte.
– Yo tengo el mismo sentimiento. De todas formas, no es necesario preguntar. En la India aprendí que el silencio es suficiente. Es bueno saber escuchar lo que dicen los silencios.
– ¿Y qué dicen?
– Nuestro silencio habla de plenitud. Yo no era un hombre feliz, hasta que te encontré. Tenía una vida vacía, aunque lo ignorase.
– Tuve una hija. ¿Lo sabes?
– Sí.
– Nació de una noche apresurada y triste. La olvidé hace tiempo.
– No quieras olvidarla, si te dio una hija. Me gustaría explicarte el vacío de todos estos años. Creía que tenía una vida tranquila y que estaba en paz. Ahora entiendo que me faltabas tú.
– Hace mucho que volviste de la India. Habrás conocido a otras mujeres.
– Han sido encuentros sin importancia, que se borraban en seguida de mi mente. No me acuerdo de los rostros ni de sus nombres. Ahora sólo existe tu nombre.
– Mi hija es el resultado de un error. Nunca me habría imaginado que los errores pudiesen dar cosas buenas.
– ¿Por qué no? En la India aprendí que lo bello puede nacer de lo feo, que los sabores más distantes se encuentran en una sola comida, que la riqueza y la pobreza están muy próximas.
– Quiero que me abraces fuerte. Abrázame con tanta intensidad que nadie nos pueda separar, que nada se interponga entre nosotros, que ni las palabras encuentren un resquicio para alejarnos.
– Te abrazaré fuerte, Elisa.
Tía Magdalena caminaba de una forma realmente curiosa. Todos los que la conocían se habían acostumbrado a sus saltos minúsculos. En vez de pasos, daba saltitos: juntaba las piernas y las separaba con rapidez como si quisiera darse impulso en una carrera, después alzaba el cuerpo y avanzaba unos pocos centímetros. Lo hacía desde que era una niña, lo que significaba un entreno perfecto. A su edad, lo había incorporado a su vida con una normalidad absoluta. Sus hermanas no perdían el tiempo en corregirla, porque habría resultado un esfuerzo inútil. Aquel día, tía Magdalena había salido a pasear a Carlota por el jardín. Era la más inquieta de las tías. No le gustaba pasar demasiado rato en un mismo sitio, ya que, decía, se le adormecían los músculos y las ideas. Así pues, preparó el cochecito de la niña, que se acababa de despertar, y colocó en él a la criatura con encajes y almohadas. Paseó por uno de los senderos del jardín. Había nubes en el cielo y tía Antonia intentó convencerla para que no saliese. Le advirtió que, si la sorprendía otro chaparrón, no tendría tiempo de refugiarse antes de mojarse. Tía Ricarda estaba distraída escribiendo una carta al cura del pueblo en la que le consultaba ciertas angustias espirituales y no se dio cuenta de nada.
A tía Magdalena le gustaba recorrer el jardín. Todos los días procuraba pasear un rato. El recorrido le mejoraba la circulación de las piernas y le facilitaba el sueño. Siempre había tenido problemas de insomnio. Se dormía tarde, cuando todo el mundo en la casa había perdido de vista el mundo desde hacía rato. Por eso tenía mucho tiempo para pensar. Estaba convencida de que pensar demasiado era un castigo, una mala cosa que le impedía vivir feliz. Lo decidió una mañana, cuando comprendió que Antonia, su hermana, no pensaba mucho. La mujer vivía contenta, concentrada en las pequeñas tareas de cada día. No se hacía preguntas ni reclamaba grandes cosas a la vida. Ella, en cambio, quería averiguar las razones de una situación. Se empecinaba en saberlo todo, aunque hubiese hechos que nunca respondieran a una explicación lógica. La mayoría de los episodios que protagonizaba no seguían el hilo de la razón, circunstancia que la angustiaba.
Caminaba dando pasitos de pájaro mientras Carlota le ofrecía su sonrisa plácida. El sol no había iniciado el descenso hacia el ocaso, aunque no tenía la fuerza de otros días. Iluminaba el jardín con una luz que no hería los ojos ni deslumhraba, porque las nubes apagaban su intensidad. Por eso resultaba grato el camino. Se acercó al estanque de los nenúfares, donde cada flor le recordaba a una barca pequeña, y siguió adelante. Se entretuvo bajo la sombra de los pinos, observando las mejillas regordetas de la niña. Giró alrededor de las plantas trepadoras que esparcían buen olor e inició el camino hacia el refugio que ofrecían las columnas de las terrazas. Era un lugar que le gustaba porque le hacía pensar en la plaza del pueblo. No sabía por qué motivo se la recordaba. El grosor de las columnas, que habría conseguido abrazar con dificultad, le llevaba a pensar en árboles de piedra.
Llegó con la tranquilidad de los otros días. Convencida de que no encontraría a nadie, iba empujando el coche a la vez que daba saltitos. Desde una cierta distancia, le pareció intuir una sombra. Era el perfil de un cuerpo inmóvil. Pensó que debía volver atrás, pero le ganaba la curiosidad. Espació todavía más sus pasos y se dirigió hacia la sombra poco a poco. ¿Quién se escondía tras las columnas? De pronto, se dio cuenta de que eran dos cuerpos en un abrazo. Una pareja había buscado esconderse en aquel sitio. Sintió ternura por la coincidencia de gustos. Ella también se ocultaba ahí a menudo, aunque fuera en soledad. Adivinó la espalda y los hombros de él; entrevio el vuelo de la falda de ella. No se movían, entretenidos en el beso. Buscó la protección de otra columna, situada a una distancia prudencial, para observarlos. Le habría gustado pasar desapercibida, espiar el abrazo sin interferencias. Dio una ojeada a la criatura que, justo en aquel momento, bendición del cielo, acababa de dormirse. Luego avanzó un par de pasos y se situó en una posición perfecta para mirar. Hacían buena pareja: eran Elisa y el jardinero de la casa. A tía Magdalena se le escapó una sonrisa cómplice. Le habría gustado aplaudirlos. Era un atardecer de verano y se abrazaban. Sintió una envidia sana, feliz.
Entonces tía Magdalena recordó. Su pensamiento se elevó por el cielo. Antes de empezar a volar, planeó entre las columnas. Se entretuvo un instante en perseguir latidos de felicidad robada, hasta que decidió elevarse. Los años son hojas de papel que se escurren entre nuestras manos en cuanto pasamos las páginas vividas. Se detuvo en la época remota de sus amores. Tuvo tres. Ninguno le duró mucho. Hubo un espacio de su vida que vivió con cierta intensidad. Vinieron luego años enteros para recordar el tiempo efímero. Manuel fue el primer pretendiente. Recordaba su juventud y su timidez, que llevaba escritas en los ojos. Ambos eran niños que recorrían los mismos caminos por las calles del pueblo. Se miraban de reojo, siempre desde la distancia. Un día, se dio cuenta de que la seguía. Cuatro pasos tras ella hasta el portal de su casa. Lo descubrió porque la sombra de él cubría la suya. A partir de aquel momento, los pasos se fueron acortando, hasta que se acostumbraron a caminar el uno junto al otro. No hablaban mucho e iban de prisa para que los vecinos no murmuraran. Un atardecer en que el aire tenía sabor a limón, le besó los labios tras una esquina. Aprovechó el nacimiento de la noche. Fue un beso corto, que supo a poco y que le hizo cosquillas. Se cubrió los labios con las dos manos, porque no lo quería dejar escapar, y corrió hacia su casa. Entonces se miró en un espejo, porque le parecía que llevaba el amor escrito en la cara.
Antonio era un adolescente alegre que caminaba con aires de rey. Era hijo de una de las casas más ricas del pueblo. Desde muyjoven tenía la actitud de un gallito que pretende entrar en todas las bregas. Llevaba la raya del pelo trazada casi con compás, reluciente, y unos pantalones recién planchados por la criada de turno. Cuando cruzaba la calle, pensaba que le pertenecía entera. Se conocían de siempre, pero un día decidió que Magdalena iba a ser su chica. Le gustaban sus ojos y su boca. Le robaba besos, cuando podía. Era un ladrón de besos que la pillaba siempre por sorpresa. Los labios de Antonio se posaban en los de Magdalena por un instante, ya que ella huía. Aunque le gustaban aquellos besos de miel, procuraba escapar de ellos. Le habían contado que los hombres se cansan, si la novia consiente demasiado. Ella quería hacerse un poco la estrecha, aunque fuese contra su voluntad. Siempre tenía la impresión de que no los saboreaba lo suficiente, como si los dejara pasar de largo. Luego pensaba en ello, por la noche, pero al día siguiente volvía a actuar de la misma forma. A tía Magdalena, las precauciones no le sirvieron de nada. Lo recordaba con un punto de rabia, pese a los años pasados. Antonio se cansó igualmente de ella y empezó a perseguir a otras chicas. Nunca olvidó aquellos besos tristes, apagados casi antes de nacer.
Con Aurelio fue otra historia. En este caso, el indeciso era él. No se atrevía ni a mirarla. Le daba miedo que la molestasen sus gestos, si eran demasiado atrevidos. Incluso se esforzaba en hablar bajito, para que las palabras no le hiriesen el oído. Empezaron a salir juntos casi por casualidad. Se conocieron en la estación de tren, cuando ella fue a recibir a unas amigas que llegaban de la ciudad. Él bajó del último vagón. Luego pensó que no había sido una casualidad: era un hombre que siempre llegaba tarde. Iniciaron una conversación tímida que les hizo compañía. Le contó que preparaba oposiciones para notario. Vivía encerrado en un gabinete que fue de su padre, en paz descanse, rodeado de libros de leyes. Había suspendido las pruebas hasta seis veces. Esperaba que la séptima fuese la buena, pero lo decía sin convicción, con un punto de derrota anticipada que le sabía mal. Tardó un año y siete meses en decidirse a besarla. Antes sólo le cogía sus manos que siempre llevaba húmedas de sudor y de dudas. La besó bajo un árbol de copa ancha que le recordaba a un campanario. Estaba situado a las afueras del pueblo, en el camino que llevaba a la estación en donde se conocieron. Fue un beso de lluvia tranquila que le llenó la boca de agua. Fue un beso lento, porque Aurelio todo lo hacía sin prisa ni pasión. Mientras él recorría sus labios, Magdalena tuvo la tentación de morderle la piel fría. Se retuvo a tiempo y al día siguiente le dijo que no quería continuar con aquella relación. Lo vio marcharse con los hombros inclinados, la cabeza baja, incapaz de hacerle reproches o de intentarla convencer.
Tras la columna, recordaba sus besos. Besos escasos, precarios. Le habría gustado poder guardar otros recuerdos, pero la vida no se transforma. Las cosas son como sucedieron, aunque el paso de los años pruebe a dulcificarlas. La visión de Elisa y el jardinero le tenía el corazón robado. La cautivaron el entusiasmo y la lejanía. Los intuía lejos del jardín, aislados de lo que los rodeaba. Sonreía. Suspiraba. Mientras tanto, los labios de Ramón recorrían poco a poco el contorno de los labios de Elisa. Eran unos labios que se entreabrían, húmedos y acogedores. Aquél era el espacio en el que había decidido quedarse para siempre: el rincón de mundo donde quería ser feliz.
Subía hasta la redondez de los hombros y ascendía al cuello, en donde podía intuir el latido del corazón, justo debajo de los lóbulos. Se detenía con pasión. Luego, un recorrido descendente en vertical hasta los pechos. Cada pezón, una cereza oscura, erecta. Tenían el color de la sangre fijada en un lienzo blanco. Le gustaba morderlos poco a poco, mientras los dedos de ella se perdían entre sus cabellos. Se enamoró del olor de Elisa. Era un conjunto de aromas que descubría en los rincones de su cuerpo: el aroma del pelo, que parecía la hierba en verano, la fragancia del nacimiento del escote, los efluvios que surgían de las palmas y del sexo. Eran olores distintos que acababan acoplándose a un solo aroma. Lo aspiraba en un trago profundo y se saciaba por entero.
Sus cuerpos entre el desorden de las sábanas, ocultos del mundo, habían convertido la habitación de Ramón en un refugio. Las cortinas medio cerradas descubrían un resquicio fino de luz. Tamizada, difuminaba el contorno de los cuerpos. Había una cama ancha, que los acogía. Ellos se exploraban la piel y se buscaban los labios. El tacto del otro, la dureza de las piernas y del vientre, el contacto pleno. Se abrazaban y las manos iniciaban caminos. Seguían rutas inciertas que recorrían sus brazos, se detenían en el interior del codo, en el punto preciso en que la piel tiem bla si los labios la tocan. Continuaban hacia el principio del vientre y volvían a sentir que la luna ocupaba un lugar en sus sexos. Tenían el sexo de luna, hambrientos y felices.
Entendieron que el placer tiene un punto de dolor. Es una cuestión de intensidades. Depende de encontrar el grado, la justa medida. Cuando supera ciertos límites, cualquier intento de contención es imposible. Se desbordan los sentidos, como salen los ríos de sus cauces, después de una tempestad. Entonces también desaparecían las distancias. No hay ni un milímetro que separe los cuerpos, porque ambas pieles forman otra piel. Un único tacto, un solo aroma, un mismo sabor marino. Los cuerpos tienen sabor a sal, de aquella que queda depositada en las cuencas de la rocas, cerca del mar. Como las manos recogen la sal y la guardan, así la lengua percibe su sabor y lo hace suyo.
Ramón se volvía para apoyar la espalda sobre la almohada. Estiraba los brazos y abría las piernas. Quieto, con un punto de ansiedad, la esperaba. Ella se ponía encima poco a poco. El cabello en desorden se esparcía por los hombros de él, le acariciaba la barbilla. Durante unos minutos se quedaban inmóviles. Lo único que importaba era sentir las formas del cuerpo, la proximidad amiga. Los pechos en el pecho; los vientres uniéndose. Fuera, el día empezaba a adormecerse. La luz se diluía y comenzaba la noche. Percibían el cambio de tonalidades, porque surgían las sombras. Eran sombras amables, que los acunaban. Recortes de una noche que se les volvía cómplice. Lentamente, Elisa se movía. Trazaba líneas y curvas sobre la piel que la esperaba. Era como si escribiese con su propia piel sobre la del otro. Hacía dibujos geométricos, ondulaciones sinuosas, movimientos anchos o pequeños. Ramón se alzaba en un arco para acoplarse a los gestos de su cuerpo. La sincronía era perfecta.
Él estaba dentro; o ella lo tomaba. No importaba. Olas cálidas se esparcían por todas partes, mientras la habitación se teñía del color de los árboles del jardín. Se movían a la vez, en una combinación de prisas y de ganas de hacer que durase el placer. Las sábanas se oscurecían, como oscurecía el aire. Olía a pieles que se encuentran, que se palpan, que se reconocen. El deseo, convertido en criatura volátil, no se saciaba nunca. Se cogían las manos, entrelazados los dedos que apretaban con fuerza. Murmuraban palabras de amor, palabras que se volvían nuevas porque ellos las pronunciaban. De repente, el estallido de los cuerpos.
Se prolongaba el placer. Habrían querido que durase una eternidad, porque la eternidad existe, precisamente, en el abrazo. Volvían a besarse y los labios tenían un punto amargo. Entrelazados los cuerpos, pensaban que no podía ser, que era imposible. Cuesta reconocer la felicidad, cuando nos ofrece su rostro de lleno. En el primer momento, no lo acabamos de creer. Ellos se miraban a los ojos y se preguntaban dónde estaba la poca fe de antes. Se había fundido en el aire. Entre las sábanas húmedas de efluvios, constataban que todo sucedía de una forma muy elemental. El deseo se imponía a los pensamientos, a las palabras, a las normas. No había nada en el mundo que tuviera aquella fuerza.
Aprendieron a dejarse llevar por los sentidos. Cada uno se agudizaba a medida que duraba el amor. El sentido del sabor, por ejemplo, incorporaba nuevas texturas a aquellas que ya les eran familiares. Había una mezcla de sensaciones. Por un lado, reconocían sabores próximos en la piel del otro. Por otro, encontraban sabores nuevos. Los probaban con una curiosidad que iba ligada a la sorpresa. Era sorprendente aquel gusto a miel o a ola. Les inundaban la boca de sensaciones inesperadas. Elisa se deleitaba en aquel hallazgo. Ramón prefería explorar otro sentido, el del tacto. Nunca se cansaba de tocarla. Se entretenía mientras entrelazaba los dedos en sus cabellos. Jugaba a recorrer el perfil de su cuerpo, desde los hombros hasta los pies. Era un tacto cálido, una caricia de las manos abiertas. Entonces las palmas se llenaban de su olor. Cerraba los puños para que no se escapara su rastro.
Descubrieron que amarse era una forma de existir distinta. Ya no tenían un cuerpo que los delimitaba, con el que se reconocían en un espejo, o en las pupilas de la gente, sino que su cuerpo era el de otro. La sensación era extraña. Les sorprendió la rapidez con que se acostumbraron, sobre todo porque venían de un pasado solitario. Ambos habían vivido siempre solos, aunque estuviesen rodeados de gente. Pasar del singular al plural no fue un ejercicio complicado, porque se les fundía en la boca el nosotros. Ramón miraba a Elisa y tenía la sensación de que podía percibir sus humores. Si ella hacía un gesto de placer o un rictus de dolor, él se convertía en su eco. Lo prolongaba. Elisa contemplaba el rostro de Ramón y captaba cualquier pequeña modulación. Si se dibujaba en él un gesto de alegría o estaba preocupado. Si había una sombra de agotamiento en los párpados o aquel punto de entusiasmo que le cambiaba las facciones, sólo con mirarlo.
La lengua de Ramón recorría la zona interior de sus rodillas. Ella tenía las piernas dobladas. Se tensaban en forma de dos arcos, apoyados en la espalda y los pies. El le alzaba una pierna por el tobillo y formaba un camino de agua salada. Lo mismo sucedía con los muslos, que se movían a un ritmo inquieto. Era como si la piel presintiera el beso, instantes antes de que se produjera. Primero venía la intuición del tacto, que la estremecía entera; luego, casi en seguida, la realidad del acto físico, multiplicándole la capacidad de sentir. Las sensaciones surgen de la mente y se esparcen por todos los rincones que la boca explora. Ramón hundía la cabeza entre los muslos de ella. Sus labios buscaban otros labios, que lo esperaban. Elisa alargaba las manos y tomaba las suyas. Había un encuentro de dedos que se entrelazaban.
Amarse era sentir con la propia piel y con la piel del otro. Codiciar los instantes, porque no había tiempo que perder. El tiempo sin abrazos era un paréntesis absurdo, que se perdía en la nada. Las horas que transcurrían entre dos encuentros estaban muertas, minutos que se sucedían casi inmóviles. Por eso debían aprovechar los momentos de amor. No necesitaban esfuerzos de concentración ni afanes. Todo se detenía, cuando se encontraban. Les parecía que el mundo existía sólo para que se amaran. A veces, abrían la ventana de la habitación para que entrara la luz a chorro. Con la única protección de las cortinas, permitían que la vida les saliera al encuentro. Podrían haber alargado una mano y capturado una pizca de luz o detener el instante. No importaba nada más que sus alientos que se confundían.
Todas las tardes, cuando la casa se adormecía, sometida a la servidumbre del calor, ella abandonaba la protección de aquellas paredes y atravesaba el jardín. Lo cruzaba en un vuelo, empujada por todos los vientos. La ilusión por verle vencía la intensidad del sol que le quemaba la nuca. Daba un vistazo a su hija, que dormía vigilada por alguna de las tías, y emprendía la ruta hacia la casita de Ramón. Cruzaba la puerta como si llevara aire en los talones, luego se abrazaban. Sin preámbulos. Las palabras venían después. En un primer momento, la única certeza necesaria eran sus cuerpos. Se besaban poco a poco, reconociéndose con los labios. A ella, a veces, se le escapaba la risa
Ramón tenía la certeza de estrenar el amor. Aquel amor real, hecho de deseo y de verdades, aparecía en su vida por vez primera. Antes ni siquiera habría osado soñarlo. Siempre se había imaginado que la existencia era una fuente continuada de sorpresas pero, desde que volvió de la In dia, satisfacer los deleites del cuerpo se había convertido en un ejercicio ocasional, que le permitía aliviar ciertas necesidades físicas y no pensar más en ellas. No se entretenía mucho, porque no había reclamos que le capturasen la atención. Con Elisa, todo era diferente. Cuando parecía triste, le habría gustado detener el universo. Habría hecho que floreciesen todos los jardines del mundo por una sonrisa de ella. Si la veía contenta, también él se alegraba. Había una superposición de estados de ánimo, una suma de emociones que vivía como un hecho natural. Del mismo modo sucedía cuando la abrazaba, era el protagonista y el receptor, el que ofrecía y el que aceptaba.
Ella llamaba tres veces a la puerta para anunciar su llegada. Ramón abría. Llegaba con el aliento quebrado y un hilo de sudor recorriéndole el escote hasta el inicio del vestido. Aunque se hubiese recogido el cabello para liberarse del calor, siempre quedaba algún mechón suelto que le proyectaba sombras en la cara. Los labios expresaban la impaciencia. Las manos le empezaban a temblar como si fuesen pájaros. Era un estremecimiento sutil que sólo él comprendía. Se abrazaban en la misma entrada, mientras la puerta se cerraba tras sí. Podían rodar por el suelo, incapaces de dar tres pasos, vencidos por la prisa. Podían correr hacia la cama, donde caerían entre las sábanas que siempre guardaban el olor de sus cuerpos. Antes de oír los tres golpes, Ramón los presentía. Se inventaba que ya estaba allí y abría la puerta para comprobarlo. A menudo era una percepción engañosa, pues no había nadie. Volvía a cerrar y se revestía de una calma que era mentira. Entretanto, Elisa esperaba el momento propicio para el encuentro. Tenía que asegurarse de que la casa se quedaba tranquila, que nadie la espiaba a través del jardín. En su ánimo, se mezclaban el deseo de volar y la necesidad de mantener la calma. Cuando encontraba un momento oportuno, se convertía en un lebrel que salta las matas tras la presa.
Abrazados, miraban el techo de la habitación. Era un techo blanco en el que destacaban algunas manchas de humedad. Elisa decía que eran nubes, mientras él sonreía. Le recordaban al cielo del primer día en que se encontraron, en la terraza del jardín. Una tarde, Ramón le hizo una pregunta que desde hacía días le daba vueltas por la cabeza. La pronunció en voz baja, con algo de miedo, mientras la abrazaba:
– Elisa, ¿has pensado en tu padre?
– ¿Si he pensado en él? No te entiendo. Mi padre es un hombre ocupado, tranquilo. No hay muchas cosas suyas que me preocupen.
– ¿No has pensado cómo reaccionaría, si le dijésemos que nos amamos?
– No, no he pensado en ello. No quiero que nada nos estorbe. ¿Por qué debería hacerlo?
– Me siento como un ladrón que abusa de su confianza. Al fin y al cabo, vivo en su casa. Le escribí para pedirle permiso y me permitió volver. Han pasado muchos años. Tú eras aún una niña. Ninguno podíamos imaginar lo que iba a suceder.
– Claro. Nadie puede prever el futuro. Ni él ni nosotros.
– No lo podemos prever, pero ahora quiero imaginarlo. Pienso en ello a menudo.
– ¿Y qué piensas?
– Pienso en un futuro a tu lado. Por eso creo que no debemos continuar engañándolo. Esta situación me incomoda.
– No hables de engaños. Tú y yo nunca hemos engañado a nadie. Simplemente, hacemos lo que nos conviene.
– Elisa, las cosas no son tan sencillas. No creo que nos convenga prolongar una situación así. No me gusta que vivamos escondidos. ¿De qué tenemos que escondernos?
– De cualquier cosa que pueda perjudicar a nuestro amor. Lo único que pretendo es protegerlo. Somos felices. Estamos juntos. ¿Para qué vamos a complicarnos la vida?
– ¡No querrás vivir siempre de esta forma! Una historia clandestina, vivida como si fuese un secreto. Yo no tengo nada que ocultar.
– Te equivocas. De momento, tienes una cosa importante que esconder: nuestra historia. No seas impaciente, Ramón. El tiempo nos traerá una solución.
– No me gustaría que alguien nos descubriese. Imagínate que se lo cuentan a tu padre. Seguro que nos malinterpretaría. Se sentiría traicionado por mí.
– Somos cautos. Tomamos las precauciones adecuadas. El resto sólo consiste en saber esperar.
– No te entiendo. Quisiera saber qué es lo que esperamos.
– La ocasión oportuna. Cuando el tiempo pase, encontraré la forma de contárselo. Me quiere. Soy la niña de sus ojos.
– Por esta razón debes contarle la verdad.
– Es una simple cuestión de estrategia. No quiero ir demasiado de prisa. Creo que debo dar con las palabras y la forma adecuadas.
– Puedo decírselo yo mismo. De hecho, creo que debería dar la cara. No puedo cruzármelo por el jardín y hacer como si nada. Me siento un miserable.
– Eres un exagerado. Esta rigidez de conciencia nos traerá muchos quebraderos de cabeza -se reía ella.
– Te ríes de mí.
– No. Me río de una preocupación que me parece absurda. Querría que tú también te dieses cuenta. Tranquilízate. No debemos permitir que nada enturbie nuestro amor.
Sólo estas cuatro nubes de mentira -señalaba al techo, intentando bromear.
– ¿Qué quieres que haga, entonces?
– Quiero que esperes. Confía en mí y entiéndeme. Necesito manejar los hilos de la situación yo misma. Cuando llegue el momento, todo se volverá sencillo.
– De acuerdo. Aunque no me resulte fácil, haré lo que me dices. Pero no lo alargues demasiado.
– Bésame en los ojos, para que te pueda ver mejor.
– ¿En los ojos?
– Sí. En los ojos, en los labios, en los pechos.
Fuera quedaban las inquietudes y las preocupaciones. Ramón se olvidaba de ello, cuando Elisa le abrazaba. Dejaba atrás aquella situación de bandoleros en la que vivían. Habría preferido que todos supiesen que se amaban. Habría deseado no tener que vivir un amor a oscuras, apagadas las luces de la habitación, si caía la noche.
Tía Antonia hacía una mueca con los labios, cuando no entendía algo. Se le curvaban del lado izquierdo y se le quedaba la boca descoyuntada por un instante. Sus hermanas se habían cansado de decírselo. Como era un rictus que duraba pocos segundos, nunca había tenido la oportunidad de verse en un espejo. Por más que tía Magdalena había probado a perseguirla con un espejito pequeño, buscando la ocasión de ponérselo enfrente al presentarse el gesto inoportuno, nunca lo había conseguido. No tenía suficiente agilidad para cazarle el movimiento. Siempre llegaba unos segundos demasiado tarde. Llegaba cuando los labios habían recuperado su forma natural y se enfadaba. Estaba convencida de que si su hermana hubiese visto su rostro desencajado, se habría encontrado tan fea que se habría curado para siempre. Estaba segura de ello, pero hacía años que lo había dejado por imposible. Tía Ricarda, que pretendía ser una mujer serena y juiciosa, se lo aconsejó, al ver sus intentos frustrados. Se acostumbraron a base de verla. A veces, ni se daban cuenta del gesto. En otras ocasiones, se preguntaban si lo habían imaginado ellas. Mientras tanto, tía Antonia se olvidó del asunto.
Era una mujer calurosa. Le costaba mucho pasar el verano, entre abanicos y pañuelos. Se ponía blusas de seda, que eran ligeras como el aire, mientras esperaba que llegase la noche, sentada en una mecedora. Había días en que las horas se volvían largas y lentas. No acababan de pasar y era como si les hubieran puesto muelas de molino. Le sudaban las manos y no podía entretenerse con los bordados. La lectura le cansaba en seguida y se le acababa pronto la charla. Era una mujercita silenciosa que suspiraba por el otoño. Aquel verano fue muy pesado, sobre todo porque no se atrevía a tomar a Carlota en sus brazos. La habría dejado húmeda de sudor, pobrecita, y debía conformarse mirándola de lejos. Todas las tardes, cuando empezaban a caer las sombras, salía al jardín. Recorría siempre el mismo sendero, hasta los últimos cipreses. Buscaba una pizca de aire que la salvase de tanto calor. Caminaba poco a poco, porque tenía los pies hinchados a causa de la mala circulación. Iba sola, decidida a moverse un rato, después de un día entero de quietud. Cuando andaba, a menudo se perdía en sus pensamientos. La cabeza le daba vueltas, aunque arrastrase las piernas y el cuerpo. Había días en los que oía el canto de los grillos. Otras veces, sus ojos sólo captaban vuelos de moscardones.
Hubo un atardecer diferente de los otros. Luego pensó que estas cosas no se pueden prever. Nos hemos pasado media vida repitiendo movimientos y gestos, acudiendo a los mismos lugares llevados por la inercia, cuando un elemento inesperado lo desbarata todo. No es que fuese una mujer que se sorprendiera fácilmente. Debía ocurrir un hecho significativo para que se le alterase el ánimo. Dejaba que las situaciones transcurrieran sin interferencias, convencida de que la vida es como el agua de un río, que avanza siempre. No podríamos hablar de un espíritu resignado, aunque sus hermanas se lo dijesen alguna vez, sino de una persona que había comprendido que los acontecimientos no se pueden controlar. Estaba convencida de que no se puede transformar el curso de la existencia y no se empeñaba en esfuerzos inútiles. Lo aprendió años atrás, cuando le dijeron que su prometido había muerto en la guerra. En aquel momento se le rompió un trocito de alma y no supo recomponerla jamás. Había continuado viviendo, porque los días pasan aunque no lo acabemos de creer, pero ella se convirtió en una mujer que aceptaba el presente sin preguntas.
La oscuridad avanzaba por el jardín. Había tendidas sábanas de sombra, como si alguien las fuera colgando en unos hilos imaginarios que cruzaban el cielo de extremo a extremo. Le gustaba aquella hora, cuando aún no habían encendido las farolas, mientras el espacio se convertía en un contraste de luz mortecina y oscuridad incipiente. Sin pensarlo en exceso, decidió prolongar la caminata. El culpable fue el calor. Aquel bochorno que la había acompañado durante todo el día. No quería regresar a la casa en donde aún perdurarían los rastros del bochorno del día. Por esta razón alteró la ruta habitual. Giró por el caminillo que recorre los últimos rosales, pasó de largo cerca de los lirios, hasta que llegó a la casa del jardinero, situada en el otro extremo del jardín.
Había una ventana entreabierta. Se adivinaba el perfil de dos siluetas tras la cortina. Probablemente nadie habría sido capaz de reconocer quién era la mujer que abrazaba al jardinero. Ni siquiera ella misma se habría dado cuenta. La visión duró un momento. Fue aquel gesto: una figura femenina que alza los brazos para recogerse el pelo. Lo lleva a cabo con una cierta gracia, los codos apuntando al aire, los dedos enroscando los rizos. Adivinó un movimiento que había visto cientos de veces. Lo sabía de memoria: era Elisa. No dijo nada. Ninguna exclamación escapó de sus labios. Al principio tampoco pensó muchas cosas. Más tarde se dijo que debería haberse sorprendido, aunque nada la sorprendiera. Siguió sus pasos con el mismo ritmo que el hallazgo había interrumpido. Era el ritmo lento de quien se esfuerza en mover un cuerpo poco ágil. Anduvo algunos metros y pensó en aquel hombre al que había amado. No pudo evitarlo. La imagen del enamorado retornó a sus ojos con una nitidez que creía perdida. Había imaginado que los años diluyen los rostros y los cuerpos, que los cubren de una niebla fina. Ahora comprendía que no siempre era verdad. Se imaginó una cama como aquella que acababa de intuir tras las cortinas. Una cama vacía durante años. Por un instante, sintió un poco de lástima por ella misma. Procuró que no durara mucho, ya que no le gustaba sentirse demasiado vulnerable. Antes de cerrar los ojos, retornó a la imagen de los amantes que se abrazan. Cuerpo contra cuerpo. Pensó en Elisa y sonrió en la oscuridad.
Tía Ricarda era una mujer suspicaz. No es que la vida le hubiese dado demasiados motivos para desconfiar de los demás. En realidad, tenía sobradas razones para fiarse de la gente. De las tres hermanas, era la que más se imponía ante cualquiera. Nadie la ganaba en respeto y consideración. Tía Magdalena y tía Antonia acataban su voluntad sin hacerle preguntas. Ambas estaban seguras de que las ganaba enjuicio y en razones. Para tía Ricarda, lo de las razones era un tema muy relativo. Había descubierto que dos puntos de vista contrapuestos se podían argumentar de una manera parecida. Sólo se trataba de emplear las dosis adecuadas de palabras y de poner el énfasis suficiente. Si se lo proponía, era capaz de defender una posición, hoy desde el blanco, la semana que viene desde el negro. En ambas situaciones, conseguía convencer a las hermanas, que eran su auditorio más fiel. Nunca lo consideró un hecho muy meritorio. En primer lugar, era consciente de que la pericia de ellas para contraponer argumentaciones distintas no iba muy lejos. No contaba, pues, con un público excesivamente hábil para la retórica. Por otra parte, creía que su habilidad no era un don de Dios, sino una manifestación de buen aprendizaje. Durante años, un día sí y al otro también, había acudido a los oficios religiosos del cura del pueblo. Sus sermones estaban considerados una prueba de rigor y de artificio. El hombre se los preparaba con auténtica pasión. Ella había descubierto que eran la única cosa de la vida en la que ponía entusiasmo. Todo el resto era una consecuencia de aquellos sermones. Ante la congregación de fieles, que se reunían todos los domingos en la iglesia del pueblo, se transformaba. Crecía un palmo, ganaba en volumen, en expresividad, mientras todo su cuerpo adoptaba una actitud mayestática. La voz era grandilocuente. Entonces les hablaba del bien y del mal.
A base de escuchar los sermones, descubrió las técnicas de la oratoria. Ponía en ello los cinco sentidos, convencida de que no tenía que dejar escapar ni un solo detalle de lo que decía. No sólo le gustaban las palabras, sino que se interesaba por la forma con que sabía combinarlas, por los silencios que intercalaba y que mantenían expectante la atención de la gente, por la modulación de la voz, por el tono rotundo de cada frase. Pensaba que era una forma de demostrarle su amor. Aquel amor prohibido que él no habría aceptado nunca. Si no podía amar su cuerpo, amaba las palabras que pronunciaba. Sería su discípula, hasta que consiguiese dominar el arte del discurso. Con los años, fue perfeccionando aquella habilidad. A pesar de que no tenía muchas oportunidades de practicarla, se aficionó a probarlo poco a poco con sus hermanas. Nunca manifestaban signos de aburrimiento. Creían que Ricarda tenía un don que ellas no poseían, y les gustaba escucharla. Lo hacían con una expresión respetuosa, casi devota, que la llenaba de satisfacción.
Se dio cuenta de que las palabras podían ser un instrumento muy eficaz. Dominarlas no era una simple destreza ingeniosa, sino que otorgaba un poder. La sensación le resultaba grata. Saber convencer a los que la rodeaban, darles razones para que asintiesen a sus argumentos, dejarlos sin respuesta posible, se convirtió en un placer. El único placer que le alegraba la vida. Ante el hombre que había sido su maestro, sin embargo, tenía una reacción curiosa. Una reacción que ella misma no acababa de comprender: todas las habilidades adquiridas se volvían nada. Cuando él la miraba, se quedaba muda. Si le dirigía la palabra, le respondía con una serie de frases entrecortadas, balbuceantes. Si, en alguna rara ocasión, le preguntaba qué pensaba sobre una cuestión mínima, las explicaciones devenían inconexas, sin mucho sentido. ¿Dónde estaba la brillantez de las frases? ¿Dónde se escondía aquella facilidad para confeccionar discursos convincentes? No lo sabía. La persona que le había enseñado a dominar las palabras también se las robaba. Le habría gustado decírselo, pero nunca fue capaz de ello. Había muchas otras cosas que también ignoraba. No sabía, por ejemplo, de dónde había heredado la suspicacia. Sus hermanas eran confiadas, nunca pensaban mal de la gente. Ella, aunque no se lo propusiera, lo cuestionaba todo. Llegó a pensar que era una reacción propiciada por las palabras. Como sabía que hay miles de argumentaciones posibles, no podía fiarse de lo que le decían. Lo ponía en duda. Pensaba en ello una y otra vez, incrédula.
La causa fue aquel carácter. Estaba segura de ello. Aunque podría haber parecido un juego de azar o del destino, fue simplemente una consecuencia de la desconfianza. Estaba orgullosa de ir por la vida con los ojos bien abiertos. Intuía que los rostros de los demás pueden convertirse en máscaras. Son disfraces que esconden cosas. Pueden ser actitudes ante la vida, reacciones propiciadas por un hecho determinado, o secretos no descubiertos. A ella, la entusiasmaba adivinar secretos de los otros. Lo consideraba un ejercicio de inteligencia, una prueba de su viveza natural. El único problema era que, habitualmente, sus hermanas no tenían secretos. Eran criaturas transparentes que reflejaban en el rostro el estado de ánimo que vivían. Si estaban contentas o preocupadas, si habían tenido un disgusto o un momento de alegría, todo lo llevaban escrito en los ojos. Le habría gustado que fuesen menos claras. Habría querido que descifrar lo que vivían fuese complicado.
En aquella ocasión, sus actitudes distraídas la pusieron en estado de alerta. No las descubrió haciendo comentarios alejados de ella, como si conspirasen. Ni tampoco oyó que se les escapara una frase inconveniente. No había una sola pista real que la llevara a intuir secretos, pero los respiraba en el aire ausente de las hermanas. Ambas habían retornado al pasado y añoraban el tiempo en que eran jóvenes. Podía ver cómo evocaban a los enamorados que habían perdido. Pensaban en ellos como si aún fuesen reales, cuando no eran ni sombras, ni polvo, ni recuerdos vivos fuera de sus mentes. Pensó que aquellos ataques de melancolía estarían ocasionados por algún cambio que se había producido a su alrededor. Una alteración que no había sabido percibir, circunstancia que le extrañaba profundamente.
Lo descubrió mirándolas. Después de algunos días de observación silenciosa, comprendió que algo importante había sucedido. Se rehuían entre sí. Pasaban largo rato con la mirada fija en el techo, sonreían sin motivo, se distraían. Se dio cuenta de que miraban a Elisa de reojo, que suspiraban cuando ella entraba en su habitación o salía; que, a veces, estaban a punto de decir algo, pero que se mordían los labios en el último momento. Se decidió a interrogarlas. Era una tarde de aquel verano que fue muy largo. Estaban sentadas bajo los porches, con Carlota cerca de ellas. No hablaban mucho, demasiado ocupadas quejándose por el calor que, según ellas, las dejaba sin palabras ni fuerza. No corría una pizca de aire. El ambiente invitaba a la quietud, a dejarse estar hasta que las horas trajeran el fresco de la noche. Se dirigió a Magdalena: -Es curioso que Elisa salga todos los días con este calor. No sé cómo tiene fuerzas.
Se dio cuenta de que aquel comentario las despertaba de golpe de su estado de letargo. Enrojecieron a la vez y ella pensó que iba por buen camino. Esperó la respuesta como si nada.
– Mujer, ella es joven -murmuró tía Magdalena.
– Es natural que le guste salir. Tiene edad -añadió redundante tía Antonia.
– Me extraña que pase tantas horas fuera de casa. Ya sabéis que, en seguida, la gente habla.
Esta vez fue tía Antonia quien tomó la iniciativa:
– ¿Y qué va a decir la gente? Nosotras nos hemos pasado la vida pendientes de los demás. Ya era hora de que alguien de esta familia fuera a su aire. Me parece muy bien.
– A mí también -corroboró tía Magdalena-. ¿De qué nos ha servido? Ya lo veis: tres viejas que se hacen compañía. Ella es joven y le toca amar.
– ¿Ah, sí? -tía Ricarda improvisó un gesto de sorpresa-. ¿Y sabéis a quién ama?
– Tenemos ojos en la cara, mujer -por primera vez en su vida, Magdalena tenía la oportunidad de manifestar una cierta superioridad ante tía Ricarda y no pudo resistir la tentación.
– Yo también tengo ojos, querida. -Tía Ricarda no estaba dispuesta a dejarse vencer, así que se lanzó a la deriva-: Lo que pasa es que él… No lo sé. No me acaba de gustar.
– Lo suponía. No te gusta porque es el jardinero de la casa. Pues es un hombre muy bien plantado.
Se hizo el silencio. Las tres agacharon la cabeza y se imaginaron los brazos de Ramón. Tía Ricarda comprendió que había descubierto su secreto. Había sido demasiado fácil. Encogió la nariz, porque no le hacía gracia que Elisa se hubiese enamorado del jardinero.
Todas las mañanas, Ramón se levantaba temprano. Aprovechaba el primer claro del día para regar el jardín, antes de que el sol calentase con fuerza y el agua se evaporara al cabo de un instante, bebida por el aire. Se levantaba contento, con el ánimo alegre de los que viven un tiempo feliz. Se daba cuenta de que tenía que aprovecharlo intensamente, porque era la época más grata de su vida. No podía imaginarse un momento mejor. En las sábanas, aún perduraba el rastro de Elisa. Quedaba su olor. Encontraba un cabello rizado que recorría con la punta del dedo, y lo sujetaba en la palma de la mano hasta que de un soplo lo hacía volar. En alguna ocasión, descubría una pieza de ropa que ella se había olvidado. La guardaba como si fuese un tesoro. Cuando se despertaba, no saltaba de la cama en seguida. Le gustaba revolcarse entre las sábanas, abrir los brazos en cruz, abrazándola, aunque no estuviese, imaginar su cuerpo.
Se duchaba y desayunaba con la mirada fija en los cristales de la ventana. En aquellos momentos, el sol aún no quemaba con la intensidad de la mañana. Soplaba una brisa amable que las horas se encargaban de apagar, hasta la vuelta de la noche. A través de los árboles, intentaba verla. Se acercaba a la casa y, desde un trecho, se imaginaba que estaba en las terrazas, o en el patio, o cerca del almez. Tenía la impresión de que la vida había adquirido un significado nuevo, después de encontrarla. La vida, que era una sucesión de hechos idénticos, se transformaba en una sorpresa continua a su lado. Reconocía que le había robado el pensamiento, porque no podía borrarla de la memoria ni un instante. Se había convertido en una obsesión, en una imagen que no se nos escapa. Dejaba que la mañana pasara, entretenido en el trabajo, pero se movía distraído. Se dieron cuenta. No se concentraba ni en lo que hacía ni en lo que decían. Los comentarios de la gente de la finca lo dejaban indiferente. El hombre amable de antes se transformó en un hombre ausente. Acentuó el punto de distancia respecto al mundo que siempre lo había caracterizado y volvió a encerrarse en sí mismo. Sólo abría las puertas de par en par para Elisa. Las de su corazón y las de su casa.
Si ella se retrasaba por alguna razón, Ramón se imaginaba que aquella ausencia era definitiva. Aparecían los fantasmas del miedo a perderla, los temores de no poderla ver ni tocar. Entonces, en un instante, el mundo se convertía en un sitio hostil, un lugar imposible de habitar, donde todo sucedía en su contra. Nunca habría creído que fuese tan difícil controlar las emociones. Mientras se repetía que tenía que calmarse -una musiquilla inútil-, deseaba que el tiempo volara. ¿Por qué eran tan traidores los minutos, eternos cuando ella no llegaba, pero cortos si la tenía cerca? Abría la puerta una y diez veces, porque los sentidos lo engañaban y se la imaginaba incluso cuando estaba ausente. Falseaba su presencia tras el portillo de la entrada, convencido de que ya había llegado. Sólo encontraba el aire y el vacío, cuando se decidía a abrir. Le gustaba imaginarse su risa. Una risa ágil, que tenía sonidos de flauta y olía bien. ¿De qué tonalidad era? Se lo preguntaba, deseoso de capturarla entre sus dedos.
Antes era un hombre tranquilo. No tenía prisa para que sucediesen las cosas, ya que en la India había aprendido que no hay que forzar el tiempo, que todo llega. El tiempo de la vida y de la muerte. El de la calma y el del afán. Le dijeron que había un tiempo para amar y no lo acababa de creer. Él había amado a una mujer que vivía en una ventana. Ésta era la impresión que tenía del amor. Luego vino una época de sequía para el corazón. Sus prioridades no pasaban en absoluto por el amor. Tenía que andar un largo camino, viajar por los rincones del mundo, perderse por lugares que no conocía. Comprendió que la vida se escribe en un paisaje o en un libro. Aún no había aprendido que también se puede escribir en un rostro, en la piel que nos gusta. Lo entendió con Elisa. Entonces ya no hubo posibilidad de volver atrás: nada podría borrar el descubrimiento. Se hizo lector de su cuerpo. Recorría sus líneas con la punta de los dedos, con las palmas abiertas, con los ojos. Iba aprendiéndoselas de memoria. Se acostumbró a esperar tras la puerta. El tiempo jugaba con su espera, pero ella siempre llegaba.
Cruzaba el portal y le miraba. Llevaba el pelo recogido en la nuca, las manos húmedas. Eran los signos del calor y de un cierto nerviosismo que le acompañaban durante el camino. Acababa de salir de casa, de atravesar senderos. Tardó un tiempo en darse cuenta de que tía Magdalena y tía Antonia le facilitaban la huida. Desaparecían en el momento oportuno, alejaban las presencias inconvenientes, distraían a su padre. Sin su ayuda, la habría descubierto mucho antes. Lo comprendió cuando adivinó sonrisas cómplices a su espalda. La certeza de saberlo la hacía vivir más tranquila, pero no podía evitar un punto de inquietud. Caminaba de prisa, casi corría.
Cuando llegaba se reía. Era una forma de celebrar el encuentro y de liberarse de la tensión vivida. Con aquella risa volvía a robarle el corazón. Un día y otro. Se abrazaban y él le desabrochaba los botones de la blusa. Saltaba cada botón como si fuese las cuentas de un collar. Las manos se perdían en el escote, en la fina cintura, se clavaban en las caderas. Rodaban por el suelo, muertos de hambre y de dolor. Era el dolor del deseo insatisfecho que se clava en el estómago. Ella le abría la camisa. Volaba la falda del traje. Las piezas de ropa se mezclaban en el suelo, en una confusión de colores. Ramón tenía la piel muy morena; la de Elisa era más clara. Parecían el sol y la luna al encontrarse, tras buscarse durante días y noches. Respiraban de prisa.
La abrazaba hasta dejarla sin aliento. Entonces la volvía a recorrer entera. Se entretenía en el rincón del vientre, en la curva de la cintura. Iniciaban un movimiento acompasado, de gestos que se acoplan. ¿Quién tomaba al otro? No habrían sabido responder. En un giro del cuerpo, él la cubría. Ella se volvía y le tapaba el pecho. A veces, se miraban cara a cara. Se arrodillaban con los ojos perdidos en otros ojos. Les parecía que no tendrían tiempo suficiente para saborear el amor. Por eso se daban prisa. Creían que tenían que devorar el tiempo que la existencia les concedía. Eran unos ignorantes felices. No sabían que la vida les daría muy poco.
Pasó aquel verano que parecía que nunca terminaría. Casi imperceptiblemente, los días se acortaron. Primero un paso de gallo, que casi no se percibe. Después a pasos agigantados. Se fueron los días cálidos, las tardes de calor pesado, las noches con las ventanas y los balcones abiertos. Como había sido un verano de descubrimientos, las tres tías miraban a Elisa de reojo. Le espiaban la expresión y los gestos. Habrían querido preguntarle cómo estaba, si era feliz, pero no se atrevían. Tía Magdalena y tía Antonia no habrían desvelado el secreto por nada del mundo. Respetaban su silencio y se hacían cómplices, mientras espiaban sus movimientos. Tía Ricarda la censuraba, indignada.
Elisa y Ramón sintieron que se acabara el verano. Era un sentimiento absurdo que no se detenían en comentar. Ocultaba el deseo de que no cambiase nada. Habrían pretendido detener el tiempo, sólo para que todo fuese siempre idéntico. Las transformaciones no les apetecían, ya que ningún nuevo elemento tenía que interferir en el paraíso en el que vivían. Si hubiesen podido detener la luz en medio del cielo, evitar los días breves, se habrían sentido contentos. Se habían encontrado en días calurosos y les habría gustado prolongarlos: borrar de los calendarios otoños e inviernos. A él, le gustaba abrir la puerta y encontrar a Elisa rodeada de luz. Estaba convencido de que la luminosidad del día se sumaba a la felicidad de encontrarse. Ella se había acostumbrado a recorrer un camino que le mostraba el sol cuando iba a su casa.
Los días menguaron. La rueda de las estaciones siguió con su ciclo. Un ciclo que se había entretenido demasiado en el buen tiempo. Fue un verano largo. El otoño invadió los senderos de una coloración nueva. Aparecieron los verdes que se apagan como cerillas, los amarillos que se vuelven ocre, los ocres que tienen reflejos dorados. Empezaron las lluvias. Había goteos de agua recorriendo los canalones de las casas. Dejaban en las fachadas un rastro de humedad, una capa que el sol de la mañana no acababa de secar del todo. Vino el invierno y con él se desnudaron las ramas en el jardín. En seguida oscurecía. Elisa se acostumbró a las sombras. Tenía que recorrerlas para encontrar a Ramón. El paisaje había cambiado: los árboles, las piedras, las plantas, cosas concretas que podía ver y alcanzar, se convirtieron en presencias intuidas. Además, hacía frío. El viento volvía a convertirse en una fuerza que la empujaba. Llegó a acostumbrarse. Se habituó a aquel paréntesis de intemperie, antes de encontrar el mejor refugio del mundo.
Una tarde de invierno, justo después de cruzar el portal de la casa de Ramón, intuyó que sucedía algo. Se conocían lo suficiente para poder leerle la mirada. Le sonrió, como hacía siempre, y él le devolvió la sonrisa. Le dijo:
– Elisa, hay novedades.
– Lo imaginaba. Sólo con mirarte, me ha parecido verte diferente. ¿Qué ocurre?
– No sé si te he hablado demasiado de mi estancia en la India. Tengo la impresión de que no sabes mucho sobre ello.
– Me has explicado pequeñas historias, pero siempre como fragmentos aislados. Quizá más sensaciones que hechos concretos. Esto es muy propio de ti, amor.
– ¿Qué quieres decir?
– Prefieres explicar un olor a entretenerte en cualquier anécdota.
– Tendrás razón. Te he hablado, supongo, de Miguel.
– Sí, claro: tu amigo. No conozco muchos detalles, pero recuerdo que te has referido a él a menudo. Te escribe y te manda libros.
– Sí. No ha perdido la costumbre, a pesar de los años. Es un personaje peculiar. Ya te darás cuenta.
– ¿Me daré cuenta?
– Acabo de recibir carta suya. Llegará dentro de un par de semanas. Quiere pasar una temporada conmigo.
– ¿Una temporada en esta casa? -Elisa no pudo evitar el gesto de disgusto-. ¿Y qué haremos nosotros?
– Exactamente lo mismo que ahora. Es mi amigo, Elisa. Estará encantado de conocerte.
No hicieron más comentarios. A ella no le hizo ninguna gracia la perspectiva de compartir aquel espacio con otro hombre. Tenía un sentimiento de exclusividad que no le gustaba demostrar. Las paredes, el techo, el portal de la entrada, las habitaciones eran suyas. Les pertenecían, porque eran el único refugio de que disponían. En aquel lugar ella se sentía protegida de las interferencias, de los elementos exteriores. ¿Cómo iba a aceptar que un personaje desconocido apareciese de pronto? Aunque fuese la discreción personificada, ocuparía un espacio. Se adivinaría su presencia. Ramón se sentía confuso. Llevaba muchos años sin ver a Miguel. Durante aquel tiempo habían tenido una relación epistolar densa y grata. Había llegado a imaginarse que seguiría siendo así, que no necesitaban verse. Las palabras escritas eran un buen instrumento para comunicarse. Les permitían una distancia y a la vez una proximidad. Podían vaciar su alma y salvarse de la paradoja de sentirse demasiado expuestos uno ante el otro. Cuando leyó la carta que anunciaba su visita, no supo qué pensar. Lamentaba reconocerlo: en aquel momento, cualquier distracción le molestaba. Vivía concentrado en Elisa, y Miguel no tenía un lugar en su vida. Sin decírselo, ambos estaban inquietos. Temían que alguien viniera a interrumpir su amor.
Los años le habían secado la piel, que era sólo una capa que le cubría los huesos. Entre la piel y los huesos, casi nada más. Ni una gota de carne que dulcificase la fisonomía de rictus duros, acentuados por la expresión perpleja con la que observaba la vida. También había oscurecido. Su tonalidad un punto amarillenta se había vuelto más morena, expuesta al sol. La figura, que ya le había parecido delgada cuando se conocieron, ahora tenía algo de estrafalaria, porque se le marcaban las articulaciones como si fuese un esqueleto que ha de romperse. En cambio, conservaba una agilidad sorprendente. Aquel saco de huesos, como lo llamaban los conocidos de Ramón, se movía con la gracia de los pájaros. Se encaramaba a los árboles y a las paredes, saltaba por doquier, era capaz de mantener el equilibrio, cuando se subía a una barandilla o pisaba las tejas de un tejado. Era la misma mirada profunda, insinuante, que recorría los objetos y las personas con una curiosidad aguda.
Miguel llegó, como había dicho en la carta, sin más avisos. Su concepto del tiempo era muy relativo. Si había hablado de un par de semanas, podía tardar un par de meses. Pero no sucedió así. Sólo se retrasó tres días: dieciocho días después de haberse anunciado, se presentó en la casa. Llevaba un hatillo en la espalda, el único signo de que pensara instalarse, y una sonrisa ancha en los labios. Estaba contento de reencontrar a su viejo amigo. Lo manifestaba con una calidez y una naturalidad que sorprendían a Ramón. Era como si no se hubiese producido un paréntesis. Los años transcurridos, desde que se despidieron, habían ido sumando pequeñas transformaciones en sus caracteres. Era la impresión de Ramón, que no encontraba el tono adecuado para el encuentro. Por más que se esforzase, no experimentaba la confianza de antes, aquel relajamiento absoluto del ánimo cuando estaban juntos. Se daba cuenta de que era un encuentro basado en el desequilibrio. El que llegaba estaba receptivo, abierto; el que daba la bienvenida, con la mejor voluntad del mundo, tenía la cabeza en otro lado.
Durante las primeras horas, todo fue confuso. Miguel lo abrazó en el portal de casa, justo al abrirle la puerta. Él se quedó quieto, con un esbozo de sonrisa, sin saber responder a su alegría. No encontraba palabras para decirle adelante, es tu casa, estoy contento de verte. Tuvo que decirlo todo Miguel, que acababa de hacer un trayecto muy largo y estaba cansado. A pesar del agotamiento del viaje, le manifestó la alegría de encontrarlo, le dijo que tenían una conversación pendiente, que le parecía mentira que hubiesen pasado todos aquellos años. Ramón no lo veía imposible. Más bien al contrario: cada detalle servía para recordarle la distancia y la lejanía entre ambos. Habían sido amigos, pero se preguntaba si era justo que un hecho del pasado reclamara de repente un lugar en su vida. Aunque las cartas habían servido para que no perdiesen el contacto, habría asegurado que no fueron un puente lo bastante firme. Lo miraba con atención, y el hombre de pergamino no era la persona que había conocido años atrás.
A la vez, le corroía la mala conciencia. ¿Hasta qué punto era Elisa el obstáculo entre ellos? Estaba seguro de que si hubiese venido antes, cuando esta historia no existía, el recibimiento habría sido otro. Habría reconocido a su compañero, al amigo del alma. Fue él -se repetía en un intento de cambiar de actitud- el hombre que lo acogió en tierra extraña, quien le descubrió mundos que no había imaginado. Conocerlo fue una suerte en su vida, siempre lo había dicho. Volverlo a encontrar debía de ser, a la fuerza, un don de los dioses. Al verlo en la entrada, se mezclaron sentimientos contrapuestos. Sintió la ternura de volverlo a ver, como si recuperase un fragmento de su propia existencia. Percibía una mano amable en el corazón y en la frente. Lo miraba y se sentía tentado de abrazarlo de verdad, de corresponder a su gentileza. Habría querido que su mente le permitiera volver atrás, hasta cuando lo que sentía hacia aquel hombre era profundo, verdadero. También experimentó un rechazo instintivo. Era complicado de explicar y tenía que esforzarse para que Miguel, que tenía la mirada de los sabios, no adivinara lo que sucedía. Habría deseado poder hacer que desapareciese. Así de sencillo. ¿Cómo podía darle a entender que, en aquel momento de su vida, era un estorbo? No habría querido herirlo por nada del mundo, pero era así. Tenía la sensación de que su tiempo era para Elisa. Dormía con el pensamiento puesto en ella, se despertaba y su rostro ocupaba todo el espacio. Su amigo pertenecía a un momento diferente, a unas circunstancias distintas. Lo había conocido cuando él era otro hombre. Valoraba su afecto. Se sabía afortunado porque era el depositario de una amistad generosa, pero renegaba de la circunstancia que había hecho que tuviera lugar este nuevo encuentro.
Miguel movía las manos al hablar. Desde el primer momento reconoció aquellos gestos que explicaban tantas cosas como los ojos o los labios. Se adecuaban a las palabras, mientras marcaban su ritmo. Era una cadencia mesurada, que demostraba que nunca perdía el control de lo que decía. Recordaba que, a su lado, había aprendido la fuerza de la contención, la importancia de moderar los impulsos. No se trataba de un hombre rígido, sino muy sensible. Pero había entendido que hay que controlar la expresión de los sentimientos, para que no se derramen y se pierdan en la arena como las olas del mar. Dosificaba sus manifestaciones, convencido de que ello las hacía más valiosas. Ésta era la causa. En aquel momento, la vida de Ramón era un torrente. No conocía los límites de los gestos ni de las palabras. La actitud del otro le incomodaba.
Se abrazaron en la puerta. El uno, cálido; el otro, tenso. Las tensiones se pueden acumular sin que seamos capaces de evitarlo. Había tantas pequeñas tensiones en el ánimo de Ramón que él mismo tenía dificultades para identificarlas. Era la incredulidad de ver a un amigo a quien no esperaba volver a encontrar; la crispación de no saber estar a la altura de las circunstancias; el nerviosismo de darse cuenta de que estaba dividido entre el blanco y el negro, que habría querido, a la vez, abrazarlo y echarlo. Tenía la inquietud de desear hablarle de Elisa y, por otra parte, no quererlo porque no encontraba las palabras. Se acumulaban el desánimo y la sorpresa, el desconcierto y la satisfacción. Miguel llegaba con la piel ennegrecida por los vientos lejanos. Tenía aquellas manos que continuaban subrayando las palabras, que las llenaban de fuerza. Dibujaba signos en el aire, cuando le contaba que había realizado un largo camino. Ramón pensó que la vida los había alejado. El otro seguía siendo un gran viajero; él vivía en un jardín. Llevaba tiempo habitando el cuerpo de una mujer. Renegaba de las rutas amplias del sol, porque sólo existía el sol de los ojos de Elisa.
Colocó sus cuatro pertenencias en la habitación del fondo del pasillo, donde había una cama de madera, una mesa baja con una silla de cuerda trenzada. Poca cosa más. Cogió con una sonrisa de gratitud las mantas que Ramón le daba y él mismo se preparó un lecho donde poder descansar, cuando llegara la noche. Actuaba con desenvoltura, como si ocupar un lugar en aquella casa fuese un hecho natural. Quizá lo era, aunque Ramón no estuviera de acuerdo. Miguel se movía en los límites que habían establecido en el pasado, sin cuestionarlos. En su refugio de la In dia, había compartido su espacio con el amigo. Había habido un intercambio generoso de las pocas posesiones de las que disponían. Cuando no se tienen muchas propiedades, suele aumentar su valor subjetivo. Habían conocido a los que se abrazaban con furia a la cosas, porque eran la prueba de su paso por la tierra. Los objetos pueden adquirir la función de representarnos. Pueden convertirse en la prueba de que existimos. También habían dado con gente que sabía prescindir de ellos sin dificultad. Personas con una vida lo suficientemente llena para no tener que rellenarla de bultos. Hay existencias que transcurren despojadas de ornamentación, en una desnudez pura. Ellos eran así. Lo fueron durante los años de estancia en la India.
Algo había cambiado. Se trataba de un cambio casi imperceptible, que no resultaba sencillo de explicar. No sabían bien en qué consistía. No era una transformación en el grado de generosidad de cada uno. A pesar de la reticencia inicial, Ramón estaba dispuesto a ofrecerle el techo y las paredes a su amigo. No era tacaño con las cosas, sino con los sentimientos. Le costaba encontrar aquella confianza antigua que los había hecho sentir muy próximos. Habían nacido suspicacias que tenían el origen en un exceso de celos por parte de Ramón. Estaba celoso del tiempo que el otro había venido a ocupar en su vida. Lamentaba tener que dedicarle mucha atención, cuando su pensamiento volaba hacia lugares muy diferentes. Se esforzaba en disimularlo, pero no se salía del todo con la suya. Saltaban chispas por la inquietud que lo acompañaba desde que recibió la carta. Miguel era receptivo. Se daba cuenta de que alguna pieza no llegaba a encajar, pero no quería hablar de ello. Esperaba que los días pusieran las cosas en su sitio. Tras el encuentro inicial, tenían que recuperar espacios en blanco, conversaciones, hábitos perdidos.
Al día siguiente de llegar conoció a Elisa. Como ella estaba decidida a no retrasar el encuentro, se presentó temprano. Había alterado sus costumbres para tener un rato libre. No fue difícil aprovechar la confusión de la casa, que por las mañanas era un movimiento constante de gente que iba y venía, para escaparse. Hacía un frío húmedo que calaba los huesos. El aire era como un estilete que se clavaba en la piel cuando abrían la ventana. Había nubes compactas en el cielo. No eran esponjosas como la niebla, sino que parecían hechas de piedra dura. No dejaban ni un resquicio por donde se pudiera ver el cielo. El azul había sido sustituido por un gris opaco que entristecía los ojos.
Llevaba un vestido color granada oscurecida por el tiempo. Era un granate oscuro, que se volvía casi negro. Llevaba una hilera de botones desde el cuello hasta la cintura. Eran pequeños y costaba abrocharlos. Se cubría con una capa que la protegía del frío. Gruesa, de tejido suave, la envolvía por completo: desde la cabeza a los pies. Entre la tela asomaban unos ojos que miraban llenos de curiosidad. Siguió la ruta que conocía con cierta impaciencia. La situación, por primera vez distinta, la inquietaba un poco. Después de la reacción inicial, aquel rechazo por la presencia de un extraño en la casa del hombre a quien amaba, surgieron los interrogantes. ¿Quién sería aquel que llegaba de tan lejos? Ramón había hablado de él alguna vez, cuando se refería a su estancia en la India. De alguna manera, se había formado una imagen mental. Había ido creando una figura que se perfilaba entre el humo. Quería saber si coincidía con la realidad. Ignoraba si las piezas imaginadas encajaban con las piezas que formaban el individuo exacto. Tenía que construir un rompecabezas. Antes de verlo, ya había imaginado partes. Las palabras de Ramón fueron a menudo bastante explícitas. Otras veces consistían en frases sueltas que quedaban perdidas en el aire como si alguien tuviera que terminarlas. Eran expresiones llenas de puntos suspensivos. Recuerdos que llegaban fragmentados y que él recogía para explicárselos.
El encuentro entre Miguel y Elisa fue diferente del que todos habrían imaginado. Cuando ella entró, Ramón estaba en la sala. Estaba solo, porque su amigo descansaba en la habitación del final del pasillo. Se habían ido a dormir tarde, inmersos en una conversación que los trasladó a los lejanos años de la India compartida. El agotamiento del viaje se unió a las pocas horas de sueño. Aquella mañana descansó en el dormitorio. La impaciencia de Elisa, en cambio, la hizo madrugar. Se levantó cuando el día no era más que una luz recién estrenada. Era el mejor momento para irse con discreción de la casa. Las tías aún no habían aparecido por los pasillos, llenándolos de alboroto. Su padre estaba encerrado en el despacho, concentrado en los primeros pacientes de la jornada. Su hija dormía.
Ramón la recibió con una sonrisa que contenía una pregunta. ¿Cómo había conseguido zafarse a aquellas horas? Le gustaba verla, pero se le hacía extraña la presencia de un tercero bajo el mismo techo. Se abrazaron con el entusiasmo de siempre, tal vez algo reprimido. Cerca de él, su pelo olía a jardín. Tenía la sensación de que lo llevaba con ella. A pesar de la dureza del invierno, que adormecía las plantas y los aromas, sentía que su cuerpo hacía revivir la intensidad de cada olor. Se quitó la capa y la tendió delante de la chimenea, para que el fuego secase la humedad. Se calentó las manos junto a las llamas y preguntó por su amigo. Quería conocer los detalles de la llegada, que le contara qué impresión le había producido. No tuvo tiempo. En aquel momento, Miguel entró en la sala.
Tenía el aspecto de alguien que ha dormido poco. Dos círculos oscuros le rodeaban los ojos, acentuando su cuenca. El cuerpo delgado se intuía en unos pantalones y una camisa de hilo, que le iban anchos. Caminaba despacio, sin manifestar prisa. Tampoco habló en seguida. Ni siquiera hizo un gesto de sorpresa. A pesar del cansancio, parecía relajado. Daba la impresión de haber aprovechado el sueño. No su cuerpo, que manifestaba signos de fatiga, pero sí su mente, que parecía despierta.
Elisa creyó que su rostro estaba hecho de la corteza de los árboles. Había una fuerza en la expresión que contrastaba con la dulzura de los ojos. Lo miró con curiosidad y ella a la vez se sintió observada. No le importó. No resultaba desagradable la expresión de sus ojos. Se dio cuenta de que no la sometía a ningún juicio, de que no había voluntad de escudriñar lo que pensaba. Simplemente era una mirada limpia. Miguel se detuvo en el rostro de ella y recorrió sus facciones: aquellos ojos enormes, la nariz pronunciada, la forma de los labios. Lo hizo con toda la tranquilidad del mundo, sin inmutarse aunque Ramón empezara a mostrar un cierto nerviosismo. No lo molestaba el silencio que se había formado en la sala. No era una situación incómoda. Los gestos precedían a las palabras. Las miradas se habían cruzado, antes de empezar a hablar.
Tras la ventana, el invierno mostraba su rostro. Los árboles ofrecían un panorama de desnudez que se adecuaba a la situación que vivían. No había una sola hoja, verde o dorada. Se las llevaron el otoño y el viento. Por fin, exclamó Elisa:-Tú eres Miguel. Te había imaginado diferente.
– Es difícil imaginar a alguien a quien nunca hemos visto.
– Es verdad. Pero Ramón me había hablado de ti. Dice que eres su mejor amigo.
– A mí también me habló de ti.
– ¿En sus cartas?
– No, en las cartas poco. Se diría que mide las palabras que te dedica sobre un papel. Tendrá miedo de que algún desconocido pueda leerlas y robarte.
– ¿Robarme? ¿A qué te refieres?
– Hay quien cree que se puede tomar el alma de otro, si la describimos en donde no se pueda borrar.
– ¡Qué extrañas creencias! Así pues, ¿cuándo te habló de mí?
– Anoche.
– ¿Y no me describió bien?
– Tengo la impresión de que no. Es como si te viera sin que nunca antes hubiera oído hablar de ti.
Las historias se complican inevitablemente. Si la vida fuese sencilla como un día claro, todo nos resultaría quizá demasiado fácil. Sería mejor comprender que no existe un hilo dorado que nos indique el camino de retorno a casa, a la vida normal, sin muchas complicaciones, cuando nos atrevemos a andar. Nos resultaría más cómodo. Ramón y Elisa habían vivido una vida sólo para dos, durante meses. Estaban acostumbrados a relacionarse al margen de cualquier interferencia. De repente, Miguel aparecía como un elemento distorsionador. Ramón lo comprendió en seguida, al verlo junto a Elisa. Los tres sonreían, esforzándose en mantener un semblante amable. Procuraban favorecer la serenidad del ambiente, pero se respiraba una cierta tensión. Había demasiados sentimientos que se mezclaban. En primer lugar, los celos de Ramón. Nunca habría pensado que fuese posible, ya que se reconocía como un hombre tranquilo, pero no lo podía evitar: estaba celoso de su amigo. Antes de que se encontrasen, lo único que le preocupaba era tener que compartir su tiempo. No se había planteado nada más. Al observarlos juntos, sin embargo, la situación cambiaba. No le agradaba la facilidad con la que fluía la conversación, las sonrisas, el inicio de una complicidad que adivinaba antes de que realmente existiera. Entonces tenía que hacer un esfuerzo para no pedirle que se alejara. Habría querido borrarlo de sus vidas y volver atrás, a los días en que sólo estaban los dos. A la vez, la rabia se unía al reproche. Se culpaba de tener el espíritu débil y el pensamiento retorcido. Se decía que no tenía motivos, que había creado una fábula absurda que sólo él alimentaba. Los observaba atento; volvía a fijarse en cada detalle: la posición de los cuerpos cuando hablaban, los gestos de uno y otro, la sonrisa cómplice. Estaba dispuesto a captar cualquier indicio extraño, pero no los encontraba. Sólo una evidente simpatía mutua que no se esforzaban en disimular.
Miguel no era un hombre complicado. Llamaba a las cosas por su nombre y desconocía las mentiras, circunstancia que no significaba que fuese transparente. Años atrás, había aprendido la conveniencia del silencio. A menudo valía la pena callar. Las palabras que se han dicho no se pueden borrar. Siempre queda un rastro: puede que en el recuerdo o en el ánimo de la gente. Aunque actuemos como si no hubieran sido pronunciadas, aunque nunca hablemos de ellas, su presencia perdura. Quizá en un rincón del corazón. Estaba seguro de que tenía que ir con cuidado. Su uso se tenía que dosificar, como el de las plantas medicinales del bosque.
Miguel se sentía fascinado por Elisa. Cuando la vio, le pareció que hacía mucho tiempo que se conocían. Le gustaban sus ojos, que le recordaban noches profundas. Se sentía seducido por aquella risa que ella hacía tintinear entre las paredes de la casa y que le robaba el corazón. A pesar de todo, nunca habría hecho nada por manifestarlo. Desde el primer momento, fue consciente de que debía silenciar sus sentimientos. No le resultaba muy difícil, ya que dominaba los mecanismos de la contención. Reprimir un afecto que había nacido al margen de su propia voluntad significaba mesurar los gestos y las miradas. No necesitaba decir que era un amigo fiel a los viejos amigos, porque era cierto. Sabía que nunca se interpondría entre los dos amantes. Era una ave de paso, que detiene un tiempo su vuelo, pero que pronto lo retoma y se aleja hacia otros lugares. Habría querido que Ramón lo comprendiese. Hacerle entender que no tenía que desconfiar de su lealtad, que nunca le defraudaría. Pero no hablaban del tema. Su relación se tornó cada vez más silenciosa. Él guardaba las palabras para Elisa. Cuando los visitaba, le contaba viejas historias. Le contaba relatos de vida y de muerte, lejanas hazañas de pueblos perdidos.
Elisa escuchaba con los ojos bien abiertos y la atención alerta. Le encantaba oírlo. Aquella capacidad para hilvanar historias le hacía volar el pensamiento. Con sus manos entre las manos de Ramón, la cabeza apoyada en su espalda, seguía recorridos magníficos tras la voz de Miguel. Visitaba parajes que nunca había imaginado, regiones que la voz del amigo describía entreteniéndose en cada detalle. Se había dado cuenta de que le había seducido. Aunque no tuviese mucha experiencia con los hombres, no le fue difícil adivinarlo. Al mismo tiempo, sabía que nunca se lo diría. Había un acuerdo entre ambos: no debían hablar de ello y podían seguir contando historias. No debían permitir que ninguna interferencia interrumpiera de repente aquella relación. Elisa amaba sus palabras. Cuando él hilvanaba historias, lo escuchaba con una sonrisa que le transformaba el rostro. No se esforzaba en disimularlo. Para Ramón era el desconcierto. Tenía la sensación de que ella aún lo amaba. A la vez, comprobaba que había incorporado sin problemas un elemento nuevo a su vida. Era Miguel, el amigo de siempre, e intentaba tranquilizarse. Los cuentos se sucedían y parecían las hojas de un árbol que caen lentas, una tras otra, mientras nuestra mirada recorre su vuelo.
Era una mañana fría de invierno. El cielo estaba cubierto por una fina neblina. La humedad atravesaba los abrigos y les calaba los huesos. El aire les endurecía las facciones, dotándolas de una rigidez inusual que las transformaba. Les costaba abrir las manos y mover los dedos, porque tenían las articulaciones heladas. Elisa confiaba en que el sol se decidiese a caldear el día. A primera hora, perduraban todavía los rastros de la helada nocturna. Pronto aparecerían las calmas de enero. Aquella quietud que todo lo serenaba. Quizá deberían haber escogido otra ocasión para el paseo, pero aprovecharon que su padre tenía que estar fuera. No volvería hasta bien avanzada la noche, lo que les daba un margen de movimiento. No necesitaban dar explicaciones a nadie. A lo sumo, Elisa tenía que zafarse de tía Ricarda, que la perseguía recordándole que iba por mal camino. Pero nada más. Podían coger del garaje el seiscientos, que ella conducía, y emprender la ruta de la costa.
Estaban contentos. Salir de casa e iniciar la excursión significaba abrir un paréntesis, alejarse de las cuatro paredes donde tenían lugar sus encuentros y respirar aire puro. Ramón lo necesitaba desde hacía tiempo. Había llegado a recluirse en exceso en sus propios pensamientos, que se convirtieron en una espiral poco agradable. Ensimismado, tenía la impresión de que exageraba lo que estaban viviendo. No le gustaba descubrirse espiando las palabras de los demás, intentando encontrar significados secretos a cada sonrisa, pensativo e inquieto. Se sintió mezquino, sobre todo cuando los ojos de Miguel le recordaban, sin palabras, que no tenía de qué preocuparse. Podía leer en aquellos ojos signos tranquilizadores, pero no hacía mucho caso, porque desconfiaba. Eran unos momentos que habría querido borrar del mapa de las sensaciones, pero que no conseguía superar.
Miguel estaba satisfecho. Sentado en el asiento de atrás, miraba el paisaje que le ofrecía la ventanilla. Veía pasar árboles de tronco grueso, campos, montañas que se recortaban en un fondo azul. Cada imagen era como la secuencia de una película que le ofreciese fragmentos de la isla. Se fijaba en el color de la tierra, en un sitio rojiza, en otro grisácea, más allá, arenosa. Le habría gustado llenarse el puño de cada una de aquellas tonalidades y guardarlas, sin que se mezclasen, en bolsas de cuero. Descubría un espacio pequeño, pero lleno de contrastes. Tuvo la impresión de que, en una distancia corta, se transformaba el entorno. Entre las montañas que hacían de fondo a La Casa de Albarca, hasta el mar abierto, había grandes diferencias. Él, que llegaba de una tierra de extensiones enormes, se sentía sorprendido por la diversidad que había en la isla. Durante los primeros kilómetros se quedó en silencio, concentrado en el descubrimiento. No hacía comentarios, pero estaba contento.
En el interior del vehículo, se vivía un ambiente de satisfacción generalizada. Elisa conducía con destreza, mientras respiraba el aire de la mañana. Aquel olor a tierra la invitaba a vivir a fondo. Habría querido sentirla mucho tiempo, prolongar su percepción. Pensó que había cosas que la hacían feliz. Curiosamente no se trataba de grandes proezas, de hechos inusuales. Era feliz porque tenía a Ramón a su lado, su mano cerca, porque Miguel, que ahora callaba, más tarde contaría una historia, y ella quedaría impregnada de bellas palabras. Era feliz porque su hija, aquella mañana, había corrido hacia sus brazos, cuando ella la llamó. Todavía le parecía sentir el peso de su cuerpo, cuando se refugió en el abrazo. También porque había descubierto que, desde su habitación, si miraba por la ventana, podía ver el humo de la chimenea de Ramón. Era una columna gris, destacándose en el cielo. Era feliz porque el sol avanzaba entre las nubes, porque verían el mar, que siempre se va, pero en seguida vuelve.
Recorrieron el Pía de Mallorca. Pasaron por pueblos casi idénticos, que tenían las persianas cerradas. Había una plaza con una iglesia y un campanario, unos bancos de madera. Había gente paseando por las aceras con actitud tranquila, sin prisa alguna. Los pocos coches que circulaban se adaptaban al ritmo de los peatones. Se paraban un instante en una esquina donde dos mujeres comentaban los precios del mercado. Continuaban la ruta, mientras el mundo adquiría un aspecto sereno. Por cada uno de los lugares que atravesaban se adivinaban latidos de vida. La vida recién estrenada de los niños, aquella otra que nos anuncia que se va a acabar quizá mañana. El sol había conseguido, por fin, imponerse en el cielo. Era un sol enfermizo, que aclaraba el mundo a medias. Quedaba todo bajo una luz matizada que perfilaba los objetos, sin quemarlos por un exceso de intensidad. A veces, el sol hace desaparecer lo que ilumina. Aquella mañana, sin embargo, el camino y las casas tenían el trazo firme. Incluso las personas aparecían dibujadas con rotundidad. Desde el coche, Miguel las observaba sin decir nada.
Se dirigían a Formentor, donde el agua es de un azul intenso y la arena se abre como un gran abanico. La carretera es muy estrecha, con curvas y giros. A aquella hora, no había apenas tráfico. Como mucho, algún camión que hacía sonar su bocina antes de adelantarlos. Lo dejaban pasar, poniéndose a un lado. No existía la urgencia por llegar, sino que disfrutaban el camino. Los acompañaba un silencio que no era nada incómodo, que permitía la calma más absoluta. Los tres compartían la visión del paisaje, el olor de los árboles y de la hierba. Desde lejos, los invadió el olor a pinos. Los ecos del mar les llegaban y abrieron las ventanas, un momento, para escucharlos. Elisa volvió a pensar que era un buen día. Estaba contenta de haber aprovechado la oportunidad para cambiar de escenario. Los otros dos estaban relajados, libres de las tensiones que, a veces, le parecía intuir. En invierno, no hay mucha gente que vaya a Formentor. Aquel sitio tenía un encanto especial. A la belleza del paisaje se añadía la ausencia de personas. Todo el espacio les pertenecía. Ésta era la sensación que les ganaba a medida que se aproximaban. Llegaron al mediodía, cuando el sol repartía una calidez amable entre los roquedales y la arena. Era engañosa, porque cada rincón mantenía una humedad difícil de eliminar, pero les daba la bienvenida.
Mientras conducía, absorta en pensamientos plácidos, Ramón la miraba de reojo. No podía evitar recorrerle el perfil. La miraba sólo por el placer de entretenerse en ella, mientras pensaba que era la mujer más bella del mundo. Aquel día, sobre todo, le parecía espléndida. Sería la luz que le iluminaba el rostro que tantas veces había tenido que ver entre cuatro paredes. Tal vez se trataba de una cuestión distinta. Se percató de que la presencia de Miguel debería haberle incomodado, pero estaba tranquilo. Desde aquella calma recién recobrada, podía percibir mejor las facciones de ella. Estaba relajada y la intuyó contenta. Su silencio no resultaba incómodo. Los comentarios que hacían les recordaban que el mundo era suyo. De los tres.
Era un mundo pequeño y sencillo, hecho de gestos y de palabras. ¿Por qué no iban a compartirlo? Compartir aquellos instantes de serenidad, cuando podían oír el mar y oler la sal.
Le miraba el perfil y habría querido volverse a perder en su boca. Entreabiertos los labios, se mordía el inferior con los dientes. La marca en los labios acentuaba su plenitud. Le recordaron, una vez más, la fruta en el punto exacto de madurez. Cuando nos invita a comérnosla, adquiere una tonalidad rojiza. Algunos mechones se escapaban del pelo que llevaba recogido en la nuca: sólo unos cuantos para recordar que era una mujer rebelde. Si desviaba el ángulo de visión un grado, también podía ver a Miguel en el asiento de atrás. No le molestaba que fuese testigo de la contemplación muda, porque se sentía comprendido. También a él le habría gustado mirarla. Estaba seguro de ello. Actuaban como un triángulo bien avenido. Por un momento, pensó que tenían que hacer una distribución de bienes: él tendría los gestos y los abrazos; Miguel tendría que conformarse con las historias que contaba para Elisa. ¿Tendría que haberse sentido satisfecho? No lo sabía. Por una parte, se sentía molesto por la complicidad de ambos. Le ponía un poco celoso. Habría preferido dominar el arte de contar historias, para que nadie le robara ni una parcela de su atención. Por otra parte, intuía que Miguel no se conformaría con las palabras. Constatarlo alteraba la calma que habían conseguido crear, aquel equilibrio de fuerzas.
La volvió a mirar y le pareció despreocupada, lejos del mundo. Miguel estaba en una actitud que se le hacía difícil interpretar. Él se esforzaba por favorecer la sensación de tranquilidad. Todo está bien, pensó mientras decía:
– Deberíamos ir al faro.
– ¿Hay un faro? -Miguel hizo un gesto de sorpresa grata.
– Sí -intervino Elisa-. Yo también creo que lo deberíamos visitar. Es un lugar mágico. Si nos quedamos ahí un rato, nos podrías contar una de tus historias.
– Claro. -Miguel parecía alegre-. Los cuentos se cuentan mejor en un buen escenario.
– No necesitas escenarios -Ramón no pudo evitar el tono irónico-. Tienes suficiente con un buen público.
– ¿Nosotros somos un buen público para ti? -En la voz de Elisa había un rastro de coquetería.
– Tú eres la mejor espectadora del mundo, querida -había ternura en la voz de Miguel-. Ramón es un hombre distraído. Cuando cuento una historia, puedo advertir que su pensamiento vuela. Huye de la historia. La abandona hacia otros lugares.
– Me interesa más la realidad. Prefiero lo que es cierto a las mentiras. Me cansan tus fábulas.
– ¿Y qué es lo cierto, amigo mío? ¿Dónde están tus verdades y las mías? ¿Crees que tienen que coincidir necesariamente?
– No -le costaba darle la razón-. Pienso que hay certezas y verdades.
– ¿Cómo las diferencias? -Miguel hablaba despacio.
– Elisa es una certeza. Es real, incuestionable. Siempre está presente -la voz de Ramón temblaba de una forma casi imperceptible.
– Gracias, amor -murmuró ella.
– No estoy de acuerdo -Miguel hablaba con seguridad-. Elisa no puede ser tu certeza. Las certezas son rotundas. Ella es una mujer. Las personas son cambiantes, afortunadamente. A lo sumo, podríamos decir que ella es tu certeza.
– ¿Y cuál es tu verdad, Miguel? -había un tono de agresividad contenida en su voz.
– Mi verdad sois vosotros y los cuentos que os narro.
Elisa sonrió, satisfecha por las palabras de Miguel. Se encontraba cómoda y tenía ganas de pasar por alto cualquier síntoma de acritud. Tampoco habría querido propiciar el más mínimo enfrentamiento entre los dos amigos. Aunque era consciente de que, a veces, Miguel habría mandado al otro a hacer puñetas, también sospechaba que los unía un afecto profundo. Esperaba que la intensidad de los vínculos compartidos sirviera para atenuar los malentendidos. Pensó que quizá habría tenido que explicar a Ramón que no debía preocuparse, porque le seguía amando. Lo había considerado innecesario, una obviedad que no necesita explicarse. En el fondo, la situación le hacía cierta gracia. Le servía para constatar que era la fuerte. A Elisa, le enorgullecía saber que ambos dependían de las palabras que ella pronunciaba, que estaban pendientes de sus gestos, que la habrían seguido a pies juntillas. Era una sensación de poder que no había descubierto antes. No pretendía jugar con ello. Al menos no tenía la intención de forzar los límites. Tan sólo habría querido combinar equilibrios de forma acertada. Nada iba a interferir en su relación con Ramón, pero había un espacio para Miguel. Mientras estuviera en Mallorca, podría continuar escuchando aquellas historias que le robaban el corazón. ¿Quién había dicho que las palabras no enamoran?
Llevaba un vestido color cereza. Se marcaba en la cintura y tomaba la forma de las caderas. En el cuello, un pañuelo de seda para protegerse del frío. Sobre los hombros, una gruesa chaqueta. Condujo hasta el faro. Era una ruta de curvas sin fin. La dureza del camino endurecía también la expresión de Ramón. Habría preferido regresar, pero no osaba decirlo. Le parecía que el paisaje era demasiado solitario. Era prudente, quería evitar riesgos. Los árboles formaban un fondo verde que, aquí y allá, se volvía grisáceo. El cielo estaba nublado. Le recordaba a los ojos de Miguel cuando le miraban. Aquella mirada que no tenía nada que ver con la de antes, cuando eran dos jóvenes impacientes por unas calles laberínticas. Dijo:
– No deberíamos entretenernos demasiado. Puede empezar a llover en cualquier momento.
– No lloverá -aseguró, convencida, Elisa-. Como mucho, cuatro gotas. Además, tú y yo estamos acostumbrados a la lluvia -era un intento de complicidad momentánea, mientras le recordaba el día en que se conocieron.
– ¿Pretendes comparar la lluvia de donde venimos con la de estos parajes? Aquí puede ser torrencial. Creo que sería mucho más sensato volver atrás. Miguel ya ve los acantilados, el mar. No hace falta acercarse más.
– Eres demasiado sensato, Ramón. Te convendría un punto de locura de vez en cuando. Si ya estamos aquí, es absurdo no llegar hasta el final. Me gustaría asomarme a los acantilados, acercarme hasta el precipicio. ¿Estás de acuerdo, Miguel?
– No sé qué decirte. Yo no conozco este lugar. Sois vosotros los que tenéis que decidirlo. De todas formas, creo que no debemos exponernos a riesgos inútiles.
Se sintió molesta porque ambos le llevaran la contraria. Uno con determinación, el otro tranquilo pero firme. Sin quererlo, le despertaban el deseo de enfrentarse a ellos. ¿Cómo podían proponerle regresar? No faltaba tanto: un tramo de camino que descendía en espiral. Tenía la sensación de que el paisaje la acompañaba en su trayecto. El mar actuaba con una atracción poderosa. Adivinaba vuelos de gaviotas; el olor a sal. La impaciencia le humedecía las palmas de las manos. Se le soltaron un par de mechones que fueron a caerle en la frente. Los retiró con un gesto nervioso. Empezó a caer una lluvia fina. Las gotas eran casi imperceptibles. Costaba verlas entre las hojas de los árboles. Ramón insistió en ello.
– Ha empezado a llover. Deberías ser lo bastante prudente para dar media vuelta. No se nos ha perdido nada en este sitio -hablaba con dureza.
– Tiene razón -intervino Miguel-. La lluvia puede caer con más fuerza. Vamonos.
– Será muy poco tiempo. ¿No podéis concederme un deseo? Sólo necesito un instante. Quiero ver el acantilado del faro. Nada más.
Callaron los tres. Ella siguió con las manos en el volante, un gesto de determinación en los labios. Sólo se oía el ruido de la lluvia al caer. Las gotas golpeaban los cristales del coche. Entonces Ramón pensó que habría querido estrangularla. ¿Cómo podía ser tan terca? Estaba seguro de que no conseguiría convencerla para volver atrás. Se dio cuenta de que el ambiente en el interior del vehículo se había vuelto tenso. Su rostro estaba rígido como una máscara. Miguel tampoco parecía tranquilo. A pesar de su carácter mesurado, podía leerle cierta inquietud en la opacidad de las pupilas.
Ramón pensó que era una mujer de carácter difícil. Siempre tenía que salirse con la suya en lo que deseaba. Acababa imponiendo su voluntad. Si era posible, con una sonrisa. Si no, con una actitud de súplica. Le dio rabia comprobar que tenía muchos recursos y que los utilizaba según le resultara conveniente. En aquella ocasión, se obsesionaba por un absurdo. Habría sido sencillo hacerles caso. También él notaba la influencia del paisaje. La densidad de aquellos parajes le inquietaba. Le volvían al pensamiento imágenes que creía olvidadas. Pensaba, por ejemplo, en la insistencia con que le había rogado que hablara con su padre. Habría deseado que le permitiera no tener que vivir en secreto. Se lo pidió muchas veces, hasta que optó por no insistir. Lo mismo había sucedido con Miguel. Elisa tenía que saber por fuerza que él sufría, cuando el otro le contaba historias. Sufría por sus ojos inmensos, fijados en el rostro de Miguel. Le dolía cada una de las sonrisas que le dirigía.
Hay situaciones que se producen sin que podamos evitarlas. ¿Quién sabe detener la lluvia? ¿Quién es capaz de convertir los acantilados en un jardín? ¿Quién puede cambiar la determinación de otra persona, cuando es firme como las rocas del mar? En aquellos momentos, Ramón estaba cegado por la ira. Miguel, que lo intuía, permanecía callado. Intentaba pasar desapercibido para no enrarecer aún más el ambiente. Tampoco Elisa parecía contenta. Estaban nerviosos, a punto de saltar por cualquier comentario. Cuando llegaron al faro, Elisa aparcó el coche al borde del camino. No se entretuvo en esperarlos, sino que saltó del vehículo hacia los parajes abiertos.
Ella caminaba delante, a una cierta distancia de los otros. Se diría que corría, temerosa de que intentasen pararla. No podía avanzar con mucha rapidez porque soplaba un fuerte viento. Rachas de viento que golpeaban los árboles y sus cuerpos. Desde donde estaban ellos, podían ver un vestido color cereza que se pegaba a sus piernas, empujado por el aire. Ramón intentó seguirla. No es que tuviese muchas ganas de hacerlo, pero le daba miedo verla correr sola. Miguel se quedó atrás, sacando el abrigo del coche. Actuaba con una lentitud intencionada, deseoso de no interferir en aquel momento de tensión. Si hubiese sido posible, habría querido desaparecer. Le parecía que no había sido buena idea haber subido por aquella carretera estrecha, llena de curvas. Elisa había forzado la situación. Se preguntaba por qué. Quizá sólo había querido imponer una decisión que creía acertada. Tal vez había cierto desafío en su actitud. Quién sabe si era la consecuencia de un simple capricho o el resultado de una voluntad firme. Se preguntó qué connotaciones tenía aquel lugar para ella. Había insistido mucho en ir. Era una paisaje que tenía una fuerza indudable. Atraía como un imán. También por eso le parecía peligroso: el mar abierto hasta el infinito, el abismo. La vida humana parecía perdida entre el paisaje, como si no tuviera valor alguno.
Elisa miró atrás y vio a Ramón a pocos metros de distancia. Vio su rostro crispado. El viento la obligaba a tensar los músculos. Levantó un brazo hacia él, en señal de complicidad, pero no detuvo el paso. Se acercó a las profundidades. Asomó su cuerpo y se dio cuenta de que el mar era inmenso y terrible. Le gustaba aquella sensación. Por un instante, sintió un cierto respeto por aquel lugar imponente. No era exactamente miedo, sino la percepción de la propia pequenez. Estuvo a punto de gritar, para que los otros se diesen prisa en ir. Volvió a dirigir un gesto a Ramón. El parecía avanzar a cámara lenta. Vio cómo le devolvía el gesto, y se tranquilizó. En seguida lo tendría a su lado. Se dio cuenta de que Miguel también caminaba hacia donde ella estaba. Su paso era deliberadamente lento. Quería que se encontraran ellos dos primero, junto a las rocas y el mar.
Cuando Ramón estuvo al lado de Elisa, notó su pelo en el rostro. El viento lo había soltado, y volaba libre. También percibió su olor. Un aroma conocido que llevaba grabado en el cerebro. Ambas cosas le dieron cierta paz. Quería decirle que tenía razón, que era un lugar de una belleza extraordinaria, pero el viento y las olas le impedían hablar. Los elementos enmudecían las palabras. Vio cómo Elisa hacía esfuerzos por hacerse oír, pero las frases le llegaban confusas, incomprensibles. Unas pocas palabras que se perdieron y que nunca más pudo recuperar. Elisa volvió a asomarse al precipicio. En pie, el cuerpo en tensión contra el viento, parecía una criatura débil. Quiso decírselo. El pañuelo se desprendió de su cuello y voló por los acantilados, hasta el mar. Era una visión insignificante que se perdía entre las olas. Ramón le dijo: «Tenemos que marcharnos», pero cada palabra no era más que un sonido minúsculo. En aquel momento, Miguel llegó a su lado. Puso una mano en el hombro de Ramón. Este le miró un segundo. Una ráfaga de viento hizo perder el equilibrio a Elisa. Instintivamente, extendió la mano hacia Ramón, pero él no se dio cuenta. En un segundo: visto y no visto. Se la llevaba el viento. Ramón gritó, y su grito, que parecía el de una gaviota, fue apagado por el aire. Miguel saltó, ágil, e intentó detener el cuerpo. En el impulso, sólo pudo abrazar la nada. Elisa estaba entre los roquedales. Tenía la cabeza abierta. El color de su vestido se confundía con el de la sangre.