38807.fb2
Me llamo Carlota y vivo en una casa grande, con ventanas y balcones. De mi padre apenas sé nada. Tan sólo que tenía el pelo rojizo y que apareció brevemente en la vida de mi madre. De ella sí tengo un retrato. Un cuadro que me acompaña en noches insomnes y que me recuerda que nos parecemos. Soy heredera de sus ojos y de sus labios. Ahora puedo decir, cuando han pasado años desde su muerte, que fue una mujer extrañamente bella. Poseía una rara belleza, lejos de los estereotipos que establecen los cánones. Me gusta mirar el rostro del lienzo, observarla en silencio, sin que nadie interfiera. Ya he dicho antes que mi abuela también era una mujer atractiva, de rasgos poco mesurados. Ambas recuerdan el esbozo de un pintor que hubiese querido pintar a una dama. Son pruebas un punto exageradas, intentos de recrearse en unos ojos, en los pómulos marcadamente altos, en el perfil que es una mezcla de características judías y rasgos árabes. Tiempo atrás, llegué a la conclusión de que soy una suma de ellas. Saberlo me inquieta y me agrada. Es el afán por saber si el destino me reservará también una suerte trágica. Es la satisfacción de cerrar un triángulo. ¿Hemos sido mujeres tristes? No lo diría. Un final duro no significa necesariamente una vida difícil. La mía fue plácida hasta hace unos meses. La de ellas puedo intuir que osciló entre una aparente calma y épocas de emociones secretas. No tengo pruebas de ello, pero me resulta suficiente espiar sus ojos en los retratos. Tendremos más cosas en común, más allá de los retratos. Me gustaría adivinar cuáles son. He aprendido a observar a la gente. Cuando voy por la calle o cuando estoy en los pasillos de la facultad, me concentro en los rostros de los que pasan. Cada uno lleva escrita su propia historia, grabada la vida en la frente y en los ojos. Muchas veces, me he entretenido en imaginar vidas. A partir de un fragmento de conversación, que me llega con el aire, de la mesa de al lado en una cafetería, o del banco que estájunto al mío en el jardín adonde voy a repasar los apuntes, o desde la sombra de los árboles en una plaza cualquiera, puedo crear relatos. Me invento las causas de los pasos apresurados de una mujer que vuela en vez de andar. Me imagino las razones que dejan un rastro de tristeza en los ojos de un adolescente. Me invento por qué sonríe el hombre que fuma un cigarrillo y no habla con nadie. Es sencillo cerrar los ojos, en los que queda impresa una imagen recién retenida, mientras dejamos volar el pensamiento. Entonces construyo un mundo de palabras y de gestos. Resulta un ejercicio magnífico buscar razones que nos expliquen un rictus nervioso en el rostro de otra persona. Atreverse a buscar motivos que justifiquen una actitud determinada o unas palabras que se escapan en un suspiro.
Los que me conocen dicen que soy una mujer distraída. No estoy muy de acuerdo. Lo justifican aludiendo al aire de ausencia que me caracteriza, a este aspecto de no estar nunca del todo ahí. Mi mirada pasa de largo por aquello que no me resulta ni sugestivo ni curioso. Pero no debemos confundir la distracción con una mente ocupada. Yo la tengo siempre, sobre todo, desde que era una niña que descubría los rincones de la casa donde vivo. Me he tenido que acostumbrar a las sonrisas cómplices de la gente, cuando se dan cuenta de que no estoy siguiendo el hilo de una conversación. Sucede que probablemente me he quedado concentrada en un punto de la historia, donde las palabras han conseguido conmoverme. Prisionera como un pájaro en la red, no consigo escaparme. Tengo que darle vueltas y más vueltas, hasta que puedo comprender el sentido de las palabras que me han emocionado. No es fácil provocar la emoción. Cuando se despierta, vale la pena recrearse.
No discutiré con nadie sobre el grado de atención de que soy capaz. Tampoco creo que haya mucha gente que conozca los rincones de mi alma, aquella parte que me gusta ocultar a ciertas miradas. Es extraño: me interesan los demás, pero no me gusta ser el centro de su interés. Sólo hay tres personas a las que haya permitido escrutarme a fondo. El abuelo Mateo, que me esperaba siempre sentado en un banco del jardín de la casa, bajo el almez; la abuela Margarita, que se ha vuelto una estratega de las complicidades; y él, el hombre que conocí y de quien hablaré más adelante. Los tres han mirado mi alma desde perspectivas muy diferentes. El abuelo, con la mirada borrosa por las telarañas del pasado; la abuela Margarita, llena de paciencia; él, sin prejuicios.
Cuando el abuelo enfermó era invierno. Caía la lluvia un día tras otro, soplaban vientos del norte y los malos aires se filtraban por los resquicios de la casa. Si una ventana cerraba mal, aprovechaban el punto en el que la madera no ajustaba y se adentraban por ahí. El resultado eran corrientes de aire que nos hacían andar medio encogidos. El único refugio era la chimenea de la sala principal, donde todos buscábamos resguardo. La enfermedad no se presentó de repente, sino que fue un largo proceso. Una mañana, al despertarse, tosía un poco. Pensó que tenía la garganta irritada y no le dio más importancia. La tos se volvió persistente y apareció de nuevo al día siguiente. Llegó a formar parte de su existencia. Nos acostumbramos a oír aquella tos quebrada que le anunciaba, antes de que llegara. Por la noche, aumentaba de intensidad. Desde mi habitación podía oír su eco que se esparcía por toda la casa. Más adelante, no puedo calcular con precisión el tiempo que pasó, empezó a tener unas décimas de fiebre. Tenía el aspecto de un hombre cansado, con ojeras oscuras dibujándole la cuenca de los ojos. Adelgazó. Él, que tenía los hombros anchos y el cuerpo que me recordaba a los troncos de los árboles, se convirtió en la sombra de lo que había sido. Claro que la abuela Margarita y yo nos preocupamos. Le insistíamos para que nos permitiera avisar a un médico, mientras nos contestaba con expresión tensa que, en casa, ya había un médico, que era él.
El día en que no se pudo levantar de la cama, vencido por una subida de fiebre, tuvo que claudicar. Un colega suyo, conocido de toda la vida, vino a visitarle. Me dijo que habíamos dejado pasar demasiado tiempo, que lo que debió de ser un simple resfriado había derivado en una neumonía, que era una situación delicada, que debíamos prepararnos para lo peor. La verdad es que no llegué a creer lo que me decía. No me podía imaginar la vida sin el abuelo. Ni tampoco aquella casa en la que vivíamos los tres. La primera reacción fue pensar que el médico había exagerado. Me decía que probablemente había querido asustarnos, para que no fuéramos tan inconscientes a la hora de pedir ayuda médica. Habíamos tardado demasiado en recurrir a sus servicios. Yo misma sabía que el abuelo padecía del corazón desde hacía años. Un corazón débil no podía ayudarlo mucho a salir del estado en el que se hallaba. Parecía que tenía todos los elementos en su contra, pero yo continuaba convencida de que no nos podía dejar. ¿Cómo podía abandonar a la abuela Margarita, que le amaba en silencio? ¿Cómo podía dejarme a mí, cuando aún teníamos tantas conversaciones pendientes?
Hay un momento en la vida en el que te dicen que alguien a quien amas se va a marchar. Te lo comunican cuando aún ves su rostro lleno de vida, cuando puedes tomar su mano y sentir que el otro se da cuenta de tu contacto. Son hechos que se producen en momentos inesperados, justo antes de que podamos empezar a imaginárnoslos. Nuestra capacidad para imaginar situaciones, en estos casos, siempre va unos pasos atrás de la realidad. La realidad impone sus normas; el pensamiento debe adaptarse a ellas. Pasaron las horas. Después de comprobar cuál era la reacción del médico, y de observar que el abuelo parecía una vela que se va apagando, abandoné mi actitud incrédula. La sustituí por una sensación de perplejidad, que me aproximaba a los abismos. El ánimo perplejo oscila entre la sorpresa y la duda. Esto es lo que me sucedía. Mientras tanto, la abuela Margarita, sentada a mi lado, hacía pasar entre los dedos de su mano las cuentas de un rosario. No hablábamos mucho, pero su compañía me resultaba grata. En aquellas horas críticas, cuando le velábamos esperando una leve mejoría, la sentí muy próxima.
Observaba, durante horas, su rostro dormido. Tenía los ojos cerrados, las mejillas enjutas, los labios delgados, transformados en dos líneas finas que no hacían ningún gesto. Aquel perfil se alejaba poco a poco de lo que había sido y adoptaba una apariencia nueva, irreconocible. Yo me esforzaba por rescatar sus rasgos conocidos. No quería permitir que se le fuera afilando la nariz, que tomara la forma de la muerte. Le miraba fijamente y le decía, sin palabras, que tenía que volver a ser mi abuelo. La sensación de recorrer aquel proceso que avanzaba hacia la muerte era extraña. Por una parte, me incitaba a concentrarme en el deseo. Retornaba a las creencias infantiles: si deseaba intensamente una cosa, por fuerza iba a cumplirse. Yo no quería que muriese. No lo quería. La solución, pues, era repetirlo mil veces, hasta que los labios me dolieran de tanto murmurar lo mismo. Por otra parte, me parecía que yo tenía que poder hacer algo. No era capaz de resignarme a la inmovilidad. No me refiero a la quietud física, aquel sentarme en una silla, junto a la cabecera de la cama, sino a la actitud de espera. Me negaba a esperar la muerte. Habría hecho cualquier cosa por conjurarla. Me habría sometido a las ceremonias más absurdas: todo antes de esperarla pasivamente. De vez en cuando, me acercaba al abuelo y le murmuraba palabras de consuelo. Le apretaba el hombro con una mano, mientras le suplicaba que fuese valiente, que superase aquel mal trago.
A veces, retornaba de la ausencia, del sueño, y hablaba. Eran palabras ininteligibles, que sólo comprendíamos de vez en cuando. Teníamos que concentrarnos en los sonidos que emitía. Eran frases entrecortadas, balbuceantes, que pronunciaba inquieto. Con el cuerpo empapado de sudor, el movimiento tembloroso bajo las sábanas, repetía una letanía de palabras. Me impacienté:
– ¿Qué dice? -se me ocurrió preguntarle a la abuela Margarita.
– No dice nada en concreto. Sólo repite algunos nombres de mujer. ¿No lo oyes?
– Me cuesta comprenderlo. Pero me gustaría saber qué dice.
– Sofía, Elisa, Carlota.
– Nuestros nombres.
– Sí, vuestros nombres.
– ¿Y no dice…? -callé, sin saber cómo debía formular la pregunta, pero ella se me adelantó.
– No, no dice el mío -hablaba tranquila, sin rastros de tristeza.
– No me parece justo. ¿Por qué?
– No es una cuestión de justicia, hija, sino de seguridades. A ellas, las perdió. Tú eres su gran incógnita. Yo soy la seguridad. No necesita preocuparse por mí.
Recordé las semanas anteriores a la enfermedad del abuelo. Habíamos tenido un otoño plácido, de hojas que caen y mañanas suaves. Ellos dos habían escogido las horas luminosas para salir al jardín. Aprovechaban las temperaturas benignas para sentarse bajo el almez. Después de desayunar, se instalaban en un mismo banco, justo a la sombra de las ramas. El abuelo leía el periódico, la abuela Margarita bordaba: unos manteles que yo le había pedido y que ella elaboraba con paciencia. Se pasaban un par de horas, tranquilos, sin apenas decirse nada. Nunca me extrañó, porque también conocía aquellos silencios junto a ella. Silencios en calma, llenos de la confianza de saberse acompañado. De vez en cuando, él expresaba algún comentario sobre una noticia que acababa de leer. No levantaba los ojos del papel escrito, como si no fuese necesario. Se limitaba a decir un par de frases, a esperar la respuesta de su mujer, siempre breve, y a seguir la lectura. En alguna ocasión, sin embargo, los sorprendí mirándose. Es curioso, porque no se miraban a la vez, como suelen hacer los que se aman. Ahora el uno, después el otro, no podían evitar espiarse mutuamente sus gestos. Había ternura en el abuelo, cuando la contemplaba de reojo con una sonrisa leve en los labios. Ella no se daba cuenta, absorta en el trabajo, de la mirada protectora. Había confianza, en los ojos de ella, cuando se detenía en su rostro. Se miraban como si quisieran comprobar que el otro estaba ahí. Sentían la necesidad de verse.
Pocos días antes de que llegara el invierno, con el viento y la lluvia, con el frío húmedo y la enfermedad del abuelo, los sorprendí una vez más, bajo el almez. Me voy a acordar siempre. Hay imágenes que se graban en el pensamiento y quedan retenidas. Son como fotografías que no existen, pero que guardamos en el álbum de la memoria. Estaban sentados el uno junto al otro. Él llevaba un jersey de cuadros; ella, una chaqueta de punto. Ambos tenían los cabellos grises: gris ceniza, el abuelo; gris plata, la abuela. Las manos rugosas. A la abuela Margarita le había caído una hoja de almez en el pelo. Sería una de las últimas, porque las ramas ya estaban casi desnudas. Era color ocre y se perdió entre sus cabellos grises. El abuelo intentaba quitársela. Con la cabeza inclinada y una sonrisa juguetona en los labios, ella esperaba, paciente. El abuelo tenía los movimientos torpes de quien padece artrosis. Le costó coger aquella hoja entre los dedos. Parecía una mariposa amarilla. Por fin, se la mostró en la palma de la mano con una sonrisa de triunfo. La abuela sopló y la hoja se fue volando. Rieron y me recordaron a dos niños contentos. Desde lejos, les envidié aquella alegría feliz, un punto inocente, que los devolvía a los mejores tiempos de su vida. No les dije nada, porque no les habría gustado saber que había sido testigo de la escena, pero pensé que eran afortunados. Yo también era dichosa por tenerlos. Habría querido explicárselo, pero llegué tarde.
El abuelo se murió de noche. Fue una muerte que se parecía al sueño. La abuela Margarita y yo le velábamos. Sentadas junto a la cama, contemplamos su partida. Se nos iba y no podíamos hacer nada. Respiraba con dificultad. Conté los últimos latidos de aquella existencia que se iba, los últimos suspiros. No lloré. No es que me resignara a verlo morir, la pena quedó dentro de mí. La llevaba conmigo y me oprimía el cuerpo y el pensamiento, pero ningún signo la exteriorizaba. Me sentía rígida, incapaz de moverme de la silla. En la mente, perduraba la imagen de la metamorfosis. Había visto cómo su rostro pasaba de la vida a la muerte. La expresión se convirtió en un rictus, su piel cambió de color, se endurecieron sus facciones. Aquella máscara había sido mi abuelo. No lo podía creer. La abuela Margarita no perdió la serenidad, se levantó para acercase a él. Puso una mano en los ojos que nos habían contemplado tantas veces, y los cerró. Después, se inclinó y le besó la frente. Temblaba, cuando se volvió hacia mí. Me hizo un gesto, para que me acercase. No era un movimiento imperioso, ni urgente. No me pedía nada. Tan sólo me invitaba a ocupar mi sitio a su lado. La miré con gratitud, pero fui incapaz de moverme.
Unas semanas atrás, habían caído las últimas hojas del almez. Poblaron el suelo de una lluvia ocre y tiñeron el jardín. Una se había perdido entre los cabellos de la abuela. Encontró refugio. Los dedos del abuelo buscaron la hoja. Ambos se reían y era como un juego. Los vi relajados, felices. Me comunicaron una sensación de paz. Al poco tiempo, él estaba muerto. Se había marchado con nuestros nombres en sus labios. Los de Sofía, Elisa, y el mío. Los había ido repitiendo una y otra vez, mezclados con palabras inconexas de significados oscuros. No las supimos entender. Cuando pronunciaba los nombres, parecía querer comerlos.
Los días siguientes transcurrieron con lentitud. Tuvieron lugar las ceremonias de despedida, celebradas en el cementerio y en la iglesia del pueblo, donde mucha gente quiso decir adiós a un hombre bueno. Puedo recordar los rostros que desfilaron ante nosotras, las palabras que siempre se dicen, cuando se quiere acompañar a los vivos que han perdido a alguien, la sensación de fatiga, las ganas de recluirnos en casa. Queríamos refugiarnos en la tranquilidad del recuerdo, lo que quedaba de su presencia. Me dediqué a buscar su rastro. Me encerraba en su despacho y lo hallaba en los libros de medicina, alineados en las estanterías, en la pluma con la que escribía, en los papeles donde hacía anotaciones. Me gustaba fijarme en su letra. Era una letra pulcra que se inclinaba un poco en el papel. Sentada en la silla que él ocupaba, y que con los años se fue amoldando a su cuerpo, me sentía muy cerca de él. Entonces me dedicaba a abrir cajones, a revisar carpetas, a repasar la vieja correspondencia. No pretendía escudriñar su pasado, que adivinaba claro como un cielo sin niebla. Sabía que había sido un hombre de vida metódica. Una persona amiga de hacer favores, generosa con los demás. Los disgustos que tuvo no fueron causados por él, sino por las mujeres que amó. Pasó por el mundo sin dejar una sombra de sufrimiento. Sólo nos había dado momentos buenos. Cuando lo pensaba, me temblaba el corazón y me preguntaba si había sido feliz.
Mientras mi mirada recorría los papeles, los libros, las carpetas, tenía una impresión difícil de explicar. Mi abuelo se había ido y nos quedaban sus cosas. Eran objetos que sólo tenían valor porque habían formado parte de su vida. Su reloj servía para recordarme aquel brazo que ya no volvería a posarse en mis hombros, protector. Su cartera de piel me llevaba a pensar en la sonrisa que me ofrecía, cuando yo era una adolescente y le pedía dinero para salir de fiesta. Con un gesto pausado, se sacaba la cartera del bolsillo, la abría, y buscaba algún billete. Era una escena que se había repetido muchas veces. El escritorio me recordaba su figura inclinada, que se concentraba en la lectura. Veía la curva que dibujaban sus hombros, el gesto de concentración. El banco del almez me hacía pensar que me esperaba.
Pocas semanas más tarde, la abuela Margarita llamó a los pintores. Les ordenó que pintaran toda la casa de blanco, que le devolvieran el aire limpio. Durante días, la casa olió a pintura. Era un olor intenso que alejaba los malos pensamientos. Hizo limpiar los muebles, encerar las puertas, sacar brillo a la plata. Parecía que lo preparaba todo para una gran fiesta. Se lo dije y su respuesta fue contundente:
– Lo hago por él.
– ¿Qué quieres decir, abuela? No te entiendo.
– Quiero que la casa que ama esté a punto para recibirlo, si desea volver.
– ¿Volver? ¿Has perdido el juicio?
– No sé por qué te extrañan tanto mis palabras, Carlota. Precisamente tú deberías saberlo.
– ¿Qué debo saber?
– Hemos vivido siempre rodeados de fantasmas. Tú misma lo reconocías.
– Los fantasmas de mis madres. Claro.
– Él también estará siempre presente en esta casa. A mí, si debo ser sincera, me costó acostumbrarme a la presencia de dos desconocidas.
– Retiramos los retratos por ti.
– ¿Qué importa? Ellas estaban en su corazón. Lo que significa que la casa estaba llena de ellas. Ahora va a ocurrir lo mismo: él está en nuestro corazón. Por lo tanto, quiero la casa lista para recibirlo.
Le sonreí. Me inspiraba una ternura profunda verla ir de aquí para allá, ocupándose de cada detalle. Ponía flores frescas sobre las cómodas, quitaba las colchas de ganchillo y cubría las camas con colgaduras, limpiaba las piezas de cobre. La miré, menuda, casi transparente. Su actividad me devolvía poco a poco a la vida. Ella parecía cansada. Había sumado las noches de vela al enfermo a aquel movimiento constante, que la entretenía mañana y noche.
Recuerdo especialmente aquella noche. Pensaré siempre en lo que sucedió con una mezcla de sorpresa y gratitud por su generosidad. Aunque no me extrañó -hacía tiempo que conocía su gran corazón-, no me habría pasado por la cabeza que pensara en ello. Yo volvía de la facultad y estaba cansada. Era una tarde de invierno, cuando los días son tan cortos. No había conseguido liberarme del sentimiento de pérdida. Pensaba a menudo en mi abuelo y no conseguía concentrarme en el ritmo de las clases. La tristeza no era una buena compañía. Cuando llegué, estaban las luces encendidas. Desde fuera, las ventanas parecían luciérnagas. Estaba la puerta principal abierta de par en par. Me gustaba aquella sensación de refugio, de volver a casa. La abuela Margarita me esperaba en la entrada. Llevaba un vestido color gris perla que hacía juego con su pelo. Se había peinado con cuidado y tenía el aire irreal de los personajes de los cuentos. Menuda y nerviosa, parecía impaciente por verme. Le dije que no estaba de muy buen humor, que las clases habían sido largas, que no tenía ganas de cenar. Me interrumpió con un gesto y me cogió de la mano. Noté la calidez de su palma. Me llevó a la sala y no supe qué debía decirle. Había perdido las palabras. Los cuadros volvían a estar en su sitio. Después de tantos años, ocupaban la pared principal. La sonrisa de mis madres me acogía de nuevo desde la pieza más importante de la casa. Pensé en el abuelo. Me dije que le habría gustado verlo. La abuela Margarita sonreía a mi lado. Parecía un pájaro.
Desde que descubrí aquella carta en el desván, mi vida cambió. Hay transformaciones que tardan en manifestarse. Al principio son casi imperceptibles: mutaciones minúsculas de algo que no sabríamos explicar. Lentamente vamos tomando conciencia de ellas. En mi caso el primer síntoma fue la curiosidad. Los papeles que hablaban de tierras lejanas me despertaban las ganas de saber. Debo reconocer que soy de naturaleza viajera. Lo sé, aunque no haya tenido la oportunidad de moverme mucho por el mundo. No he perdido la esperanza y creo que, algún día, haré un largo viaje. Tengo el espíritu inquieto y el deseo de perderme por calles y plazas. A pesar de que me siento muy vinculada a la casa en la que siempre he vivido, quiero salir a recorrer mundo para regresar después, con la mirada abierta a nuevos parajes.
La carta me llenó de curiosidad. La releí muchas veces y habría formulado muchas preguntas al hombre que la había escrito. Le habría pedido que me contara historias sobre la India, que me hablase de la gente que había conocido, del olor de la tierra y del aire. Cuando yo la encontré, habían pasado muchos años desde que fue enviada a Mallorca. El papel estaba amarillento y había polvo entre las hojas. En alguna hoja, el tiempo y la humedad causaron estragos. Aparecían círculos oscuros que dificultaban su lectura. El papel se rompía por los bordes, lo que aumentaba la impresión de fragilicad. Hacía muchos años que el jardinero había retornado de su viaje y vivía en una casa de piedra en el fondo del jardín. No le veía mucho. Estaba demasiado concentrada en los amigos, las clases, mi mundo. Además, era un hombre solitario. No se relacionaba con la gente. Hacía su trabajo con una pulcritud y una dedicación absolutas, ofreciendo lo mejor que poseía, la sabiduría y la experiencia de los años, pero no tenía un carácter abierto.
No fue sólo la carta También él empezó a inspirarme curiosidad. Sin darme cuenta, le convertí en el centro de mi atención. Primero le observé durante mucho tiempo. Esto sucedió cuando el abuelo aún vivía y podía hacerle preguntas. Me decía que trabajaba en la casa desde que era un adolescente y que, a pesar de la proximidad que dan los años, apenas le conocía. Lo definía como un hombre correcto y respetuoso, eficiente en el trabajo, que dedicaba muchas horas a la lectura y que había ido reuniendo una buena biblioteca. Lo sabía porque era la única cosa que explicaba con orgullo. Incluso un día había tenido el gesto, impensable en otras circunstancias, de mostrarle su tesoro de libros. El abuelo me contó que, a pesar de su carácter arisco, siempre le había parecido de una peculiar sensibilidad. Nunca había tenida problemas con las personas que le rodeaban. Sabía rehurlos con suficiente habilidad para no ofender a nadie. Si le pedían un favor, respondía de una manera afable. Si podía resolver un problema, lo hacía generosamente. Desde la distancia que él mismo imponía, la gente le respetaba.
Le observé. Había activado la capacidad de imaginar vidas, de recomponer historias. Durante años había dispuesto de un material de primera mano al que apenas dediqué atención. No lo podía dejar pasar de largo. Ramón se acercaría a los sesenta. Era alto y tenía el cuerpo musculoso de los que han realizado un trabajo físico. El pelo le blanqueaba y se le marcaban las facciones. En las manos llevaba dibujado el jardín. Eran las manos rudas de quien había vivido en contacto con la tierra, trabajando las semillas y haciéndolas crecer. A la vez, tenía los dedos delgados y largos, acostumbrados a volver las páginas de un libro. Llevaba ropa amplia, camisas de cuadros pequeños, pantalones de pana, zapatos de suela gruesa. No andaba muy de prisa. Me imaginé que aquella lentitud la había aprendido de sus años en la India. Cuando hablaba con alguien, movía las manos. Los gestos mesurados acompañaban la oscilación de las palabras. Me di cuenta de ello, mientras le observaba de lejos. A veces, sus manos dibujaban pequeños gestos. Era como si quisieran explicar la pequenez del mundo. En otras ocasiones, trazaban movimientos amplios. Entonces yo pensaba que intentaban medir la inmensidad. Me acostumbré a seguir sus pasos, sin que él se diera cuenta. No quería interponerme en su vida, sólo contemplarla desde fuera.
Me habría gustado que me contase la historia de la casa. Él tenía que conocerla muy bien, después de haber vivido en ella tantos años. Habría conocido a mi abuela y a mi madre. Quizá no tuvo mucha relación con ellas, teniendo en cuenta que era un hombre poco comunicativo. Tal vez aún se acordaba, y me podría hablar de ellas. Me conformaba con bien poco. Me bastaban los recuerdos que los demás quisieran compartir conmigo. Como no las había conocido, descubrir un matiz nuevo me parecía un gran hallazgo. No me atreví a pedirle que hablase de ellas. Durante meses no tuvimos conversación alguna. Él iba a su aire; yo le observaba de lejos. Era una relación extraña, porque sólo existía en mí, pero no me molestaba que fuese así. Me acostumbré a parcelar mi vida: tenía mi mundo fuera de la casa, los compañeros de clase, las horas en la biblioteca o en un bar, las amigas de siempre. Tenía también aquella existencia recluida en una casa y un jardín, con aquel hombre que actuaba como si yo no estuviese. Cada una de las dos partes en las que se dividía mi existencia era atractiva. Poco a poco, sin embargo, la segunda fue ganando terreno a la primera. No lo podía evitar, ya que no se trataba de una cuestión de voluntad. La curiosidad iba creciendo, a medida que pasaban las semanas. No tenía nada que ver con el cotilleo, ni había sombra de mala fe, sino muchas ganas de conocerle. La carta había constituido un revulsivo que él mismo hizo crecer, sin darse cuenta.
Me fijé en que, cuando andaba, inclinaba un poco los hombros. Agachaba mucho la cabeza, pero con el gesto de mirar al suelo. No era una actitud de modestia ni de falsa humildad. Lo interpreté como un cierto desinterés por las cosas que sucedían a su alrededor. Iba a su aire, concentrado en lo que tenía que hacer, alejado del mundo. Su actitud ausente me fascinaba. No veía en ello simplemente el reflejo de un carácter distraído, sino una historia que se escondía detrás. La gente a la que había conocido no se abstraía del exterior de una forma tan absoluta. Era necesario el contacto con la realidad, la percepción de lo que sucedía cerca. Él prescindía del entorno con una aparente indiferencia. No había grietas en su coraza. Estaba forjada de una sola pieza, sin puntos débiles por donde aproximarse. Un día hablé de ello con la abuela Margarita. Pensé que tenía que medir bien mis palabras, para que no se sorprendiese si me refería a él. Pero aquella mujer no se sorprendía de nada. Le dije:
– ¿Qué te parece nuestro jardinero? Es un personaje muy curioso.
– Tiene toda mi confianza y ya tenía la de tu abuelo. Es un hombre como Dios manda.
– Apenas sabemos algo de él. A veces, me da un poco de miedo su aspecto.
– ¿Su aspecto? No sé por qué.
– No es, que digamos, un jardinero convencional…
– Eso no -se rió-. Si vieras la biblioteca que ha ido reuniendo con los años, te quedarías boquiabierta. Me lo contó tu abuelo, que la conocía. Sé que vivió algunos años en la India y que después decidió volver.
– Pues no sabes mucho. El abuelo ya me lo contó. ¿Sabes si conoció a mi madre?
– Naturalmente. Es lo suficiente mayor para haberla conocido. Creo que eran amigos. Además, también debió de conocer a tu abuela. Él sería un jovencito, cuando ella vino a vivir a esta casa.
– ¿Amigo de mi madre? ¿A qué te refieres?
– A nada en concreto. No sé los detalles, ya que tu abuelo nunca quiso hablar de ello. Creo que se conocían. En todo caso, debían de tener una buena relación.
– ¿Cómo puedes estar tan segura?
– Él estaba a su lado, cuando murió.
– ¿En el faro de Formentor?
– Sí.
Me quedé muda. Aquella conversación sólo sirvió para avivar mi curiosidad. Había oído hablar de la muerte de mi madre. Era un relato duro y terrible, que me había llegado en versiones diferentes, según el narrador que lo contara. Sabía que había ido a Formentor con un grupo de amigos. Me dijeron que había una gran tormenta y que se la llevó el viento. Cayó por los acantilados. Ignoraba que Ramón estuviera allí. Nunca conseguí saber sus identidades. Tampoco me había interesado en exceso. Consideraba que era un detalle anecdótico. Ahora ya no me lo parecía. Cuando conseguí rehacerme de la sorpresa, insistí:
– ¿Cómo podía estar presente Ramón?, no lo entiendo.
– Han pasado muchos años, hija. Seguro que él debía de ser otro hombre. Un hombre que formaba parte de la casa, un hombre de confianza de la familia. Los años lo han vuelto arisco y lejano. Entonces todo sería diferente. Además, tu madre era una muchacha encantadora. Tenía un carácter abierto y decidido. Muy parecido al tuyo, por cierto.
– No le veo ningún sentido. ¿Irse de excursión con el jardinero de la casa? Sinceramente, no lo comprendo.
– Ni falta que hace. Ya te he dicho que iban un grupo de gente. Ahora no me acuerdo del nombre de los demás. De todas formas, hay cosas que es mejor no obsesionarse en descifrar. El tiempo o la vida misma se encargan de ello. Lo aprendí hace mucho.
– Creo que, a veces, debemos poner algo de nuestra parte. Tenemos que ayudar al tiempo y a la vida. No nos podemos quedar quietos y esperando.
– Tienes la impaciencia de la juventud. Es inevitable. Todos hemos tenido esta curiosidad que no nos deja seguir el curso natural de lo que sucede.
– No es simple curiosidad. Te recuerdo que estamos hablando de la muerte de mi madre. Me gustaría saber los detalles. Nunca conseguí que el abuelo me los contara.
– Es natural. Para él fue muy doloroso. Ya había perdido a tu abuela en plena juventud. A la misma edad, muere su hija. Se le cayó el mundo encima.
– Sí, vivía con añoranza.
– Tuve que acostumbrarme. En el fondo, no me resultaba nada difícil entenderle. Sólo tenía que imaginarme lo que habría supuesto para mí perderlo a él. Antes sólo lo imaginaba. Ahora ya lo sé.
– Yo no tuve la oportunidad de añorar a mi madre. Al menos, a una madre real. Tenía que inventarla.
– Fue difícil para los dos: para él y para ti.
– No podía entender que nunca me hablase de ella. Como si fuese su secreto. Siempre me he hecho preguntas.
A partir de aquella conversación mi grado de curiosidad aumentó. El interés se había convertido en una quimera obsesiva, enfermiza, que no me abandonaba. Es difícil explicar cómo te sientes cuando un único pensamiento se fija en tu cerebro. Tienes la sensación de que lo ocupa por entero y que no queda espacio para otras ideas. Todo lo que antes me llenaba de curiosidad o de preocupación fue perdiendo importancia. Me costaba seguir el hilo de las clases de la facultad. En un instante, mi cabeza volaba y perdía el ritmo de la lección. Había enormes espacios en blanco en mi cuaderno de apuntes. Tampoco obtenía mejores resultados en las conversaciones con mis amigos. Pronto se dieron cuenta de que, a pesar de que me esforzaba en aparentar que escuchaba, estaba muy lejos de lo que me contaban. No había ningún interés por mi parte. Constantemente pensaba en Ramón. No sólo me preocupaba el pasado, cuestiones como qué papel había tenido en la vida de mi madre, sino el presente. A media mañana, me preguntaba qué estaría haciendo. Miraba a través de la ventana, en el aula, mientras me imaginaba el jardín. Entonces habría querido saber si se había percatado de mi existencia. Intuía que la respuesta sería negativa. Él vivía a su aire, sin preocuparse mucho de lo que sucedía a su alrededor.
En aquella época nos comunicaron que la tía del pueblo estaba enferma. Tía Ricarda llevaba tiempo delicada de salud. Era muy mayor y ya no nos visitaba. Vivía retirada del mundo, con sus manías, como un pajarillo que no se atreve a abandonar su nido. No había superado todavía la muerte de tía Antonia, acaecida inesperadamente el último invierno. Ni aun la de tía Magdalena, que se fue después de una larga enfermedad que duró dos primaveras. De pequeña, había tenido mucha relación con ellas. Mecieron mis juegos infantiles, acompañaron mis primeros años de vida, cuando la ausencia de mi madre era un vacío demasiado grande. La mala salud y los avatares de la existencia fueron espaciando sus visitas, hasta que no pudieron volver. Sufrían un cúmulo de enfermedades. Se repartían, según el humor y la temporada, los ataques de migraña y de reuma, las taquicardias y las cataratas. Cuando era una adolescente, me gustaba ir al pueblo a visitarlas. Aunque casi no pudieran moverse, se alegraban mucho cuando me veían llegar. Cada una me había contado los sufrimientos de su vida como si fueran un secreto inconfesado. Con el rostro colorado -parecían jovencitas confesando males de amor-, me hablaban del novio muerto en la guerra, de los tres pretendientes que desaparecieron por arte de magia, del cura del pueblo, que vivía retirado en la aldea donde nació. Narraron para mí las historias que habían llegado a emocionarlas, que les llenaron las horas, que les regalaron ratos felices.
Las tías también me hablaron de Sofía y de Elisa. Lo hacían a menudo y, aunque me gustaba escucharlas, intuía que sus relatos mezclaban la realidad con la ficción. A veces, era como si aún estuvieran vivas. Se referían a ellas en un tono de proximidad cotidiana, que me desconcertaba. Me preguntaban, por ejemplo, si a Sofía, la confitura le había salido buena. Se interesaban por el menú que había programado para las fiestas de Navidad. Querían saber detalles sobre el vestido que llevaba Elisa en determinada celebración. Se extrañaban de que yo llegara sola y me preguntaban si mis madres tenían problemas de salud. Nunca intenté contradecirlas. ¿De qué habría servido que me hubiera esforzado en que recordaran las muertes de ambas? ¿Qué sentido tenía devolverlas a una realidad que ellas mismas habían aprendido a negar? Curiosamente, no me costó acostumbrarme. Hallaba un placer cada vez mayor, cuando mantenía la ficción. Representaban mi paréntesis de mentira grata y consoladora. Se referían a situaciones que eran falsas, pero que me confortaban. Yo también habría querido eludir la evidencia, pero no me era posible. A su lado, jugaba a convertir el deseo en realidad. Con una sonrisa en los labios, les seguía la conversación. Me inventaba detalles sobre comidas que no habían existido, confituras espléndidas, músicas de piano y vestidos nuevos. Durante un rato, me imaginaba en la piel de Sofía o de Elisa. Ellas estaban contentas y yo también.
Cuando nos avisaron de que tía Ricarda estaba muy grave, yo llevaba tiempo sin haberla visitado. Los años me habían alejado de aquel paraíso infantil. De vez en cuando, las llamaba. Durante los últimos años, sus voces me llegaban debilitadas a través del hilo telefónico. Aun así, podía distinguirlas sin dificultad. Siempre me decían lo mismo. Me preguntaban cuándo iría al pueblo, cómo estaban mis madres, si me había comprometido. Les respondía con evasivas y ni se daban cuenta. El tiempo prácticamente había anulado su capacidad de discernimiento. Aquel día, la abuela Margarita esperaba que volviese de clase para darme la noticia. Reaccioné con sorpresa:
– ¿Muy enferma?
– Sí, parece que es grave.
– Pero aún no se ha muerto.
– Tendríamos que ir.
– Cuéntame qué le ocurre.
– Ya sabes que apenas sale de casa. Tiene dificultades para andar, pero se empeñó en ir hasta la ermita del pueblo.
– ¿A la ermita? Llevaría años sin ir.
– Le invadió la añoranza de repente. No hablaba de otra cosa.
– ¿Quién la acompañó?
– Una vecina que la conoce de toda la vida. Debió de insistir tanto que la mujer quiso cumplir su deseo. Cuenta que fue un calvario bajarla del coche. Cuando consiguió sentarla en un banco, cerca de la iglesia, empezó a llover.
– ¿A llover?
– Nada, cuatro gotas. Una llovizna que la asustó de veras.
– La lluvia la puso enferma.
– El médico ha diagnosticado pulmonía. Dice que no vivirá mucho.
– Lo siento mucho, de verdad. Últimamente se sentiría abandonada. No la he llamado apenas.
– Perdía la cabeza. ¿Cómo iba a imaginárselo?
– Sí, claro.
– Tendríamos que ir.
Cuando llegamos al pueblo, ya había muerto. No pude decirle adiós. Tampoco pude decirle que Sofía, mi abuela, le mandaba un tarro de confitura de ciruela que, aquel año, había salido deliciosa. No tuve tiempo de explicarle que Elisa, mi madre, acababa una colcha que se la enviaría para el invierno. Era una colcha de lana con unos dibujos de flores muy pequeñas. Me habría gustado que supiese que le mandaban muchos abrazos, que la añoraban, que me habían asegurado que harían lo posible para visitarla muy pronto.
Había sido mi tiempo de pérdidas. Debe haber un tiempo para encontrar y un tiempo para perder. Lo comprendí con un cierto pesar, mientras pensaba que, con la desaparición del abuelo y de las tías, los nexos con el pasado ya no eran reales. No se podían concretar en unos rostros que estuviesen cerca para recordármelo. Las raíces se convertían en una sensación que no era posible precisar. Un sentimiento que sólo permanecía en mí, que no tenía otros referentes que estas cuatro cosas: una casa y un jardín, la abuela Margarita, los recuerdos. Había acumulado las imágenes que me acompañarían siempre. No sabía si el tiempo se ocuparía de distorsionarlas, si les cambiaría la forma. Lo único importante era que había aprendido a guardarlas como si fuesen un tesoro. Los fantasmas de todos mis muertos tenían espacio suficiente para moverse, un caserón de paredes gruesas y el pensamiento de una mujer que era yo. Me agradaba saberlo. Era grato ser consciente de que las pérdidas eran tan sólo aparentes. Mis madres se alegrarían. No volverían a estar solas entre salas y habitaciones. La presencia del abuelo se volvía a notar en la casa. La podía captar en el aire, notarla en el ambiente. Las tres tías, seguramente más discretas, todavía no habían hecho su aparición. Estaba segura de que también conseguiría dar con ellas. Me saldrían al encuentro desde el desván, encogiendo la nariz porque les molestaba el polvo. Estarían bajo los porches del jardín, sofocadas a causa del calor. Me sonreirían desde la cocina, mientras vigilaban los fogones. Sólo había de tener paciencia y esperarlas. Dejar que el tiempo las devolviera por otros caminos. Entretanto, no se lo contaría a nadie. Guardaría el secreto, porque hay sentimientos que es mejor no compartir. Nos ayudan a vivir, y a los demás, ¿qué les importan nuestras quimeras?
Recorrimos el camino de vuelta en silencio. Yo conducía y era de noche. Los faros del coche iluminaban una distancia corta de carretera. La abuela Margarita, sentada a mi lado, no decía nada. Se limitaba a hacerme aquella compañía callada que tan bien conocía. Habría querido agradecérselo, pero no encontré las palabras. Quizá no eran necesarias. Tenía bastante con la sensación cálida que sentía cuando estaba cerca. Conduje sin prisas, hacia casa. De noche, apenas había tráfico. La circulación era fluida. Cuando entramos en la autopista, me relajé. El pensamiento se perdió y voló muy alto, más allá del cemento y de las nubes. Pensé que no debía perder el tiempo que se había escapado entre las manos de los que amaba, porque aún era mi cómplice. Me sabía joven y me sentía fuerte, pero no sabía hasta cuándo podría durar la vida. Mis madres murieron en plena juventud, cuando nadie lo esperaba. Una persona no puede predecir el espacio de existencia que aún le queda por saborear. Es una cuestión de los hados, que son caprichosos. Nos sorprenden cuando menos lo imaginamos. Nos reservan épocas felices, días de dudas, las angustias y los miedos. Decidí no continuar planteándome preguntas. Tenía que buscar las respuestas a mis inquietudes por otros lugares. No estaban en mí. Ni siquiera en la gente que me rodeaba. Debía buscarlas en una casa de piedra que estaba al fondo del jardín. Tenía un farol en la puerta que se encendía por las noches y formaba un círculo de luz. En ella vivía un jardinero.
Fui a verle aquella misma noche. Cuando llegamos del pueblo, la abuela Margarita parecía cansada. Le dije que fuera a reposar. Tenía el rostro algo trastornado. Era la alteración que sufre la gente mayor cuando se encuentra con la muerte de otros y se huele la suya. Aunque nunca me había hablado de ello, sabía que le impresionaban los entierros y las ceremonias fúnebres: había hecho un esfuerzo acompañándome a Llubí en mi último encuentro con el pasado. Como era la discreción personificada, no me hizo comentario alguno. No me dijo hasta qué punto le había resultado difícil. Yo le agradecía aquella ayuda sin reproches que le caracterizaba. Era una mujer generosa, que me acompañaba en los momentos duros. Ahora, sin embargo, no la necesitaba. Habría sido un obstáculo en el camino, si se hubiese empeñado en seguir a mi lado. No tuve que insistir, ya que tenía un sentido de la discreción que me asombraba. Sería la reina de las intuiciones, porque adivinaba cuándo tenía que retirarse y cuándo era imprescindible su presencia. Creo que nunca he llegado a valorar eso como merece.
Con el rostro pálido por la proximidad de la muerte, se fue a su habitación. Me deseó buenas noches, y no había dudas ni sospechas en la voz que me hablaba. Desprendía el afecto de siempre, una ternura que no resultaba nada incómoda, porque se manifestaba con la dosis exacta de prudencia, y una tranquilidad de espíritu que le envidié. Me habría gustado compartir aquella paz interior, ser partícipe de ella. Llevaba semanas alterada y nerviosa. Concentrado el pensamiento en la figura del jardinero de la casa, llena de preguntas e interrogantes, notaba que se había producido en mí una transformación. La Carlota de antes, que estaba distraída en mil pequeñeces, vivía con una única obsesión.
Sin los cuadros de mis madres en la pared, mi dormitorio parecía más amplio. Ellas habían llenado la habitación. Su presencia ocupaba todo el espacio. Desde que no estaban, tenía momentos de añoranza, momentos en los que miraba la pared vacía y pensaba en ellas. Pero la mayoría de los días me sentía cómoda. Era agradable la sensación de haber recuperado por completo mis propios dominios, lejos de interferencias y de distracciones. Aquella noche abrí las puertas del armario. Tenía que adentrarme en él y explorar sus profundidades. Quería una ropa diferente para mi encuentro con Ramón, para la visita que no seguiría aplazando. La ropa que colgaba no era de una gran diversidad: pantalones vaqueros, camisetas y jerséis, alguna falda larga. Ninguna de aquellas piezas era lo que yo buscaba. Encontré un vestido de color verde que me hizo dudar. Tenía la falda demasiado ancha y el escote pronunciado. Lo descarté. Había otro de una tonalidad violeta, poco favorecedora para mi piel. Lo había llevado en una sola ocasión, para la boda de una amiga, y no me lo volví a poner más. Lo retiré sin dudarlo apenas. Por último, vi aquel vestido negro, de líneas simples, que me marcaba la cintura. El escote dejaba descubierto el cuello y el inicio de los hombros. Era muy sencillo, pero la tela conservaba la suavidad del primer día. Me lo probé. Se adaptó perfectamente a mis movimientos y a mi figura. Me pareció, además, una mezcla de sobriedad y provocación.
Decidida, di dos pasos hacia la puerta. Antes de salir, dudé. ¿Adonde iba? ¿Qué sentido tenía presentarme en casa de un desconocido casi a medianoche? Probablemente pensaría que estaba loca. Una pobre mujer que ha perdido el juicio y aparece para reclamar antiguas historias. Historias que el tiempo ha convertido en nada, en un poco de ceniza. Hice un intento de construir un discurso lógico o, al menos, un inicio de discurso. Pensaba decirle que no pretendía molestarle ni hacer revivir viejos fantasmas. Sólo buscaba que me explicase qué había sucedido. ¿Cómo conoció a mi madre? ¿Por qué extraños caminos le había tocado acompañarla en la hora de la muerte? ¿Por qué en el faro de Formentor? ¿Por qué fueron allí?
Salí al jardín y me pareció que había realizado una proeza. No había nadie, a aquella hora. Cerré despacio la puerta tras de mí. Hacía frío y pensé que tendría que haberme abrigado, pero mi percepción del frío no me parecía real. Mi realidad era la prisa, una inquietud en el estómago, un cierto miedo. Anduve por el sendero que cruza el jardín de un extremo a otro. Los árboles eran sombras gigantescas delante de mí. No había apenas luz que guiase mis pasos. A una distancia cada vez más corta, el farol de la casa de Ramón. Era un círculo de luz que se esparcía por un trozo de jardín. No recuerdo bien cómo llegué. Me dominaba la sensación de vivir una mentira. Nada de aquello podía ser realidad. A la vez, tenía los sentidos a punto, agudizada mi capacidad para percibirlo todo. No me hice más preguntas. Los interrogantes habían quedado en un rincón de mi mente. No dormían, sólo esperaban la ocasión de volver a aparecer. De momento, me dejaban proseguir. No interceptaban el curso de los acontecimientos. Sabía que no debía culpar a las circunstancias. Era una voluntad libre que me empujaba por las sendas de la memoria. Pensé que Elisa, mi madre, quizá también había seguido aquella misma ruta. De una casa a la otra, amparada por la oscuridad. Quién sabía cuándo o cómo. Los muertos no dejan pistas; los vivos debemos buscarlas.
Llamé tres veces. El timbre resonó en el silencio y me recordó al silbido de un tren que llega. Era una incongruencia, porque yo no tenía la sensación de llegar a ninguna parte. Si acaso, mi visita era un punto de partida hacia no sabía dónde. A través de la ventana, vi luz en el interior de la casa. Era una luz débil, que aumentó al llamar yo a la puerta. Después, el eco de unos pasos que se acercaban. Ramón me abrió. En sus ojos no había rastro de sueño. Daba la impresión de que había interrumpido algo, como si le hubieran obligado a retornar de repente. Me lo imaginé leyendo en una butaca, echado, el libro entre las manos, la atención concentrada. Tenía un aire de ausencia que me enterneció, aunque no habría sabido adivinar la causa.
Llevaba una camisa de hilo, deshilachada en las mangas por el uso, unos pantalones anchos. En las manos, el volumen que estaba leyendo. No había sabido dónde dejarlo, quizá demasiado sorprendido por mi presencia a destiempo. Cuando me vio en el dintel, realizó un esfuerzo por situarme en el mapa de los vivos y no lo consiguió. Se quedó quieto, con la mirada fija en mis ojos, sin decir palabra. Lo miré como si recuperase a alguien, después de mucho tiempo. Era la impresión que tenía: aquel hombre y yo teníamos muchas palabras pendientes. La vida no nos había dado ocasión de pronunciarlas, pero yo me había avanzado a la vida misma. A pesar de mi carácter decidido, era la primera vez que me atrevía a dar un paso así. Aun con el nerviosismo, una idea me pasó por la cabeza. Pensé que no podía ser un error. Había dedicado demasiados esfuerzos a ello para que el resultado fuese un desacierto. Estaba delante de mí, con sus piernas y sus brazos largos, los hombros con la inclinación que le conocía, el pelo con canas. Suponía un misterio por descubrir, muchos interrogantes por resolver. No podía reflexionar. Me dejaba llevar por la sensación de tenerlo muy cerca. Permanecimos en silencio un buen rato, uno frente al otro. Era una situación inusual, pero no resultaba incómoda. En ningún momento sentí que mi presencia le estorbase. Se había quedado mudo, de pie ante la puerta. Sabía que yo tenía que decir algo, explicar por qué había ido, pero también callaba. La actitud de Ramón no me invitaba a decir nada. No hizo un solo gesto de interrogación o de sorpresa. Como no era lo que yo había esperado, aquella actitud me dejaba aún más confusa. Sentí que se me nublaba el cerebro y se me anudaba el estómago. Ambas sensaciones me dejaban sin capacidad de reacción. Anulaban mis defensas, mi energía.
Pasó un tiempo que no habría sabido calcular. Había perdido la noción, aunque se me hizo muy largo. Nos iluminaban el farol y la luna. No obstante, éramos dos figuras indecisas frente a la puerta. Dos perfiles desdibujados; también dos voluntades desdibujadas. Casi sin darme cuenta, fueron surgiendo las primeras palabras. En un titubeo vacilante, dije:
– Buenas noches, Ramón.
Me respondió brevemente, pero le oí muy bien. No se trataba de que la imaginación me jugara una mala pasada, sino de la realidad de unas palabras que me impresionaron. Me dijo:
– Buenas noches, Elisa.
Habría querido corregirlo. Explicarle que Elisa no lo podía visitar de noche, porque estaba muerta, pero no llegué a tiempo. Noté sus brazos alrededor de mi cintura. Me abrazaba y yo no podía oponerme. Quizá tampoco quería oponerme. Sólo deseaba esconderme en el espacio que me ofrecía aquel cuerpo, buscar refugio en él. Me levantó del suelo y yo era una figura sin voluntad ni fuerzas. Entramos en la casa de piedra. Entonces todo sucedió como en un sueño.
Había una alfombra que cubría el suelo de la sala. Sus colores estaban desteñidos, pero transmitía una sensación de calidez. Nos tumbamos. El uno junto al otro, quietos, permanecimos inmóviles. Poco a poco, Ramón me besó. Tuve la impresión de que sus labios iban a romperse. Temblaban cuando se posaban en los míos. Era un estremecimiento suave, que no duraba mucho. Me fundí en aquel beso. Percibía todo el cuerpo concentrado en mi boca, como si yo no existiese más allá. Mi capacidad de percibir sensaciones se había intensificado en un punto concreto. Notaba el gusto de su boca. Era una mezcla de sabores diferentes que me entretenía en distinguir: sabor a limón y a sal, sabor a olor de hierba. La hierba del jardín, cuando caía la lluvia, se parecería al rastro de saliva que se mezclaba con la mía. Nunca había besado con todo el tacto en los labios. Los besos que no me habían robado el corazón desfilaron en un momento por mi mente. Los había habido insípidos, aburridos, tristes. Sólo había saboreado chispas de deseo, que se diluían al tocar fondo. La lengua de Ramón recorría mis labios y se adentraba en mi boca convirtiéndola en una gruta mágica, donde reposaban los mejores recuerdos.
Le desabroché los botones de la camisa. Él me quitó el vestido, que voló lejos. Fue a parar a la alfombra, como un charco negro. Nos abrazamos y deseé fundirme con él. Era una sensación de urgencia que aceleraba mis movimientos. Había falta de sincronía entre los dos. Ramón se movía con una lentitud que no admitía prisas. Yo no sabía contener mis ganas. Lentamente me adapté a un ritmo que prolongaba el placer. Mi cuerpo lo acogía con sencillez. Tenía la impresión de que lo había esperado desde siempre. Concertados los ritmos, no era difícil acoplar los gestos. Me abrí entera para que entrase dentro de mí. Entonces le retuve en un instante de quietud. Formábamos una materia única, un solo cuerpo. Se esfumaron las prisas y quise detener aquel momento. Tenía que percibirlo con toda su intensidad, para que me acompañara luego.
Me besó el cuello y se perdió por los huesos que marcan el comienzo de los hombros. Tenía la piel de las manos áspera, pero era una dureza grata. Notaba sus aristas en el nacimiento de los pechos, en los pezones, en los muslos. Cuando nos acoplamos, todo mi cuerpo se curvó. Me recordaba al arco de un violín. Me había olvidado de la impaciencia. Yo era de fuego y las llamas esparcían un ardor amigo. Recorrían mi espalda, se instalaban en mi vientre, en mi entrepierna. Los movimientos de Ramón me invitaban a seguirlo por caminos desconocidos. Volvió a murmurar el nombre que no habría querido oír:
– Elisa.
No decía nada más. Tan sólo aquel nombre cual un conjuro. Se le escapaba de los labios poco a poco y me sonaba distinto. Era como si nunca lo hubiese oído pronunciar a nadie, como si yo misma lo descubriera por primera vez. Me desconcertaba y me daba miedo. Era incapaz de reaccionar para corregirlo. En el fondo, qué importaba. Todo lo que me había obsesionado se convertía en los restos de agua que quedan en la ventana, tras la madrugada. El agua que se evapora con el sol, que todo lo calienta. Él era el sol; las inquietudes eran las gotas que desaparecen. Sabía que vivía un paréntesis: un espacio de tiempo en el que las dudas se adormecían. No me pregunté si volverían a abrir los ojos, a perseguirme.
Una ola de calidez y de vértigo me invadió. Sentía el cuerpo despierto, a punto de capturar la explosión de gozo. Me concentré en ello, como me había concentrado antes en los labios. Círculos de aquel pequeño fuego se dibujaban en mi piel. Ramón se movía dentro de mí con la habilidad del buzo que nada en el mar. Eran movimientos rítmicos, acompasados. El placer me invadió de pronto y fue creciendo, hasta que toda yo era placer. Él también vino conmigo: fuimos la espuma y la ola que rompen en el arrecife. Volvió a besarme. Había una ternura extraña, en aquel beso. Yo me sentía como si hubiera tocado el cielo con un dedo; él parecía haber recuperado un paraíso perdido.
A partir de aquella noche, le seguí visitando durante muchas otras noches. No se convirtió en una costumbre, sino en una necesidad. Me urgía recorrer la distancia de jardín que nos separaba. Esperaba con afán que pasasen las horas, que llegara la noche. A la hora de cenar, la abuela Margarita me notaba distraída. Se daba cuenta de que tenía el pensamiento en otra parte. Veía el aire de ausencia que había en mi rostro, cada vez que me hacía una pregunta o un comentario. Me costaba centrarme en lo que decía, escucharla. Advertiría un cambio en mi actitud. Se extrañaba cuando me veía llegar cargada de bolsas, porque había decidido renovar el vestuario. Yo nunca había sido una persona muy preocupada por la ropa. De repente, empecé a comprarme vestidos seductores. Llenaba la habitación de faldas vaporosas, de blusas de tejidos delicados, de zapatos de tacón. En una visita a la peluquería, me ricé el pelo. Lo llevaba recogido bajo la nuca, con unos mechones sueltos, rizos que se escapaban a su aire. Me maquillaba poco, pero me gustaba perfilarme la línea de los ojos, el contorno de los labios. No abandoné los estudios, aunque los llevaba con una desidia que no era propia de mi carácter. A medida que Ramón tomaba protagonismo, todo el resto quedaba reducido a casi nada.
Pasaron las semanas. Eran tiempos de impaciencia. Nohabía espacios para otras historias: sólo aquel hombre abrazándome, al caer la tarde. Los compañeros de la facultad, los amigos de siempre, se convirtieron en presencias diminutas que no me alteraban en absoluto. Era como si no existiesen. Podía pasar muchos días sin apenas hablar con ellos. Fui espaciando, sin darme cuenta, las llamadas, los encuentros. Una enorme pereza me ganaba por entero, cada vez que debía encontrarme con alguien. Me inventaba excusas en el último segundo. Les decía que tenía trabajo, que tenía que hacer un encargo, que me sentía mal. Insistieron en muchas ocasiones, pero yo siempre tenía alguna justificación a punto. Aprendí a modular la voz para hacer más creíbles mis palabras. Dejaron de llamarme. Ya no me invitaban a las juergas que montaban, lo que para mí suponía un descanso. Por fin, no debía continuar inventando mentiras. Podía respirar tranquila, refugiarme en mi casa, y esperar a que oscureciera.
Una noche, mientras cenábamos, la abuela me habló de aquellos cambios:
– Te veo la mirada perdida, Carlota. Tengo la sensación de que estás ausente.
– Mi vida ha cambiado. Será una cuestión de prioridades, pero las cosas que antes me importaban ahora son insignificantes.
– Cuando esto sucede es porque otra cosa ocupa su lugar.
– Será lo que tú dices. -Me costaba dar explicaciones sobre el estado de confusión mental en el que vivía.
– Anoche te vi salir al jardín.
– A veces, no me puedo dormir y salgo a dar una vuelta. El jardín es un buen lugar.
– Ibas vestida de fiesta. Caminabas de prisa, inquieta.
– No lo recuerdo, abuela.
– Me pareció que ibas a una cita.
– ¿A una cita? No seas ridicula. ¿Con quién iba a encontrarme, de noche?
– He pensado en ello. Llevo muchas noches pensando en ello.
– No me alegra estorbarte el sueño con manías extrañas. Ya te he dicho que me gusta dar una vuelta, antes de ir a la cama.
– Vas a ver a Ramón, el jardinero -lo dijo sin alzar mucho la voz, con su misma actitud de siempre.
– ¿Cómo lo sabes?
– Tú me lo has dicho. Es sencillo leer en tus ojos, Carlota.
– Somos amigos. Me invita a tomar café, hablamos de libros y de música. Tú misma me dijiste que era una persona que merecía la pena.
– Te he visto volver de madrugada.
– ¿Me espías?
– No. Ya sé que no tengo ningún derecho. Quizá no debería haberte hablado de ello.
– Seguramente. Me extraña de ti, que eres la discreción personificada.
– Estoy preocupada.
– No hay motivos de preocupación. Tranquilízate.
– Sigues el camino de tu madre. Elisa hacía lo mismo que tú.
– ¿Cómo lo sabes? -salté-. ¿Por qué no me lo quisiste contar?
– No quería crearte preocupaciones inútiles sobre el pasado. Pienso que no vale la pena removerlo. Pero ahora…
– Ahora pretendes avisarme. No hace falta.
No sé si era necesario. La verdad es que aparqué aquella información en un rincón de mi cerebro. Procuraba actuar como si no la tuviese, como si me hubiera olvidado por completo, convencida de que el tiempo la iría pulverizando. Creía que los días la empequeñecerían, hasta que no quedase ni una sombra. Pero no sucedió como lo había previsto: todo se complicó aún más. Sin quererlo, pensaba en ello. Volvía a preguntarme qué relación había tenido mi madre con Ramón. Me asaltaban las dudas antes de verlo y después de estar con él. Los encuentros eran paréntesis que conseguían alejar las incógnitas. Su personalidad adquiría fuerza suficiente para hacer desaparecer cualquier pensamiento. Cuando él estaba, no me importaba nada.
Era un hombre callado, que imponía el silencio como una consigna. A su lado, las palabras sobraban. Cuando se iba, todo volvía a ocupar su sitio. Entonces surgían los interrogantes. Durante semanas, fui incapaz de formularle preguntas relacionadas con el pasado. Él aprendió a llamarme Carlota y me gustaba oír mi nombre en sus labios. Sin embargo, descubrí que procuraba no pronunciarlo. Lo eludía de la misma manera que se evita una realidad molesta. Intuía que habría preferido llamarme Elisa, pero nunca lo acepté. Conscientemente, quería liberarme de una confusión de identidades. Le conté que la noche de nuestro encuentro vivió un espejismo, que debíamos olvidarlo y poner las cosas en su sitio. En otro nivel, que me costaba dominar y admitir, inicié un proceso de aproximación a mi madre. Me sorprendía ante el espejo, insistiendo en acentuar nuestro parecido. Además de peinarme como ella, procuraba vestirme imitando su estilo. Buscaba los colores que ella habría escogido, las telas que le gustaron. Nunca lo habría reconocido, pero vivía dividida entre la realidad y una extraña ficción.
La realidad eran sus brazos, recorriéndome entera. Era el beso que me hacía creer que el mundo gira y da vueltas. Era el movimiento de Ramón al abrirme la puerta de su casa. Su mirada tranquila, su sonrisa, sus pasos, que intuía antes de verlo. Era contar las horas que duraba la ausencia, imaginarlo en el jardín, entre los árboles y las flores. La ficción era el silencio que nos tocaba protagonizar, las suposiciones que se ocultan, las dudas que no se dicen. Era simular que las cosas habían sucedido de otra forma, que nadie se interponía entre nosotros, que los fantasmas dormían. Los fantasmas tienen horas de reposo y horas de vida. Saben invadir los espacios que fueron suyos, los cuerpos que aprendieron a amar, las existencias que vivieron.
Se puede vivir entre el cielo y el infierno. Yo malvivía en una marea de dudas. Fueron tiempos extraños, que recuerdo con el corazón encogido, ya que toda mi vida giraba en torno a una persona. De la concentración en una historia única, pasaba a dudar de todo. De la felicidad que dura un instante, iba a la tristeza. Había descubierto que Ramón me hacía feliz. Momentáneamente feliz. Era feliz cuando tocaba su piel, cuando me abrazaba, cuando escuchaba su voz. Las primeras noches, habría querido imaginar que se puede recortar el tiempo: el tiempo como un rompecabezas enorme que está formado por muchas piezas. Cada una de las piezas encaja con las otras. Se produce una sincronía absoluta. Tenemos que procurar que no se pierda alguna, porque podría desaparecer un trozo de cielo o la forma de las nubes. No existen figuras extrañas, que estorben al conjunto de un paisaje perfecto. Me esforzaba por creerlo, pero sabía que no era cierto. Mi historia estaba incompleta. El pasado de aquella casa tenía demasiadas sombras.
Los primeros encuentros fueron una explosión de descubrimientos. Me entregaba a ellos con la sensación de no llegar a tiempo, quizá porque no me podía refugiar plenamente, ya que una parte de mí estaba siempre en alerta. Las sospechas no surgen de repente. No confiamos del todo en alguien y, en un instante, dejamos de tener fe en esa persona. La realidad es muy complicada. Hay quien dice que la confianza se gana o se pierde, como si fuese un juego de dados. Ganarla es un proceso gradual, lento. Perderla puede depender de muy poco. En realidad, nunca había confiado en él. Había existido una curiosidad que me llevó a acercarme al personaje, una fascinación difícil de explicar, que tomó fuerza con la proximidad física. ¿Es posible desear beberse el aliento de alguien y, a la vez, temer sus ojos? Esto es lo que sucedía. Me besaba y yo pensaba que el mundo entero debía ser un jardín. Nos mirábamos y el recuerdo de mi madre aparecía entre los dos.
Elisa, la mujer que me dejó cuando era una cría. La figura del retrato, audaz y sonriente. No había tenido tiempo de amarla. La vida no me dio ocasión. En cambio, la eché mucho de menos. Me lo enseñó el abuelo, me contagió la añoranza. También me contó que hay vidas que duran un instante. Pueden ser breves y contener la intensidad de muchos vientos y muchos mares. Los que las conocieron se sienten afortunados. Agradecen la gracia de haber podido acompañarlas. El espacio de vida que pudieron compartir. El vivió con la certeza de ser capaz de construir su presencia. Cerraba los ojos y tenía un aire ausente, de hombre que se nos escapa. Huía para acercarse. Se zafaba de la realidad -una conversación, alguien más, él mismo- y se escurría para recuperar a las mujeres que había perdido: Sofía y Elisa, dos misterios. Aprendí a compartir su desasosiego. Vivimos juntos la seducción de los retratos, el sentirnos indefensos porque no estaban. Fuimos cómplices de una ausencia que nos dejaba muy solos. Nos hicimos compañía, mientras las recordábamos.
El abuelo se había ido y no le podía contar lo que me sucedía. Tampoco era capaz de hablar de ello con Ramón. ¿Cómo iba a decirle que sabía que estaba junto a Elisa cuando ella murió? ¿Con qué palabras tenía que confesarle que no me fiaba de él, que ignoraba qué papel había tenido en la vida de mi madre? Él no era un hombre nada expresivo. Aquel silencio, que me había parecido seductor, se me antojaba ahora peligroso. ¿Por qué callaba? Habría sido lógico que me contara algo de los años pasados, que hiciera alguna referencia, pero nunca lo hizo. Tuvieron que transcurrir los días, que pueden volverse lentos e inexplicables. Tuvieron que pasar semanas enteras hasta que los hechos se encadenaron para interrumpir el silencio. Mientras tanto, yo vivía dividida en dos mitades que no podían reconciliarse. Por una parte, la atracción que me inspiraba Ramón. Las ganas de fundirme en él y desaparecer de la tierra. Habría prolongado cada abrazo. Me habría instalado en su cuerpo, como quien halla una casa y se recluye en ella, porque adivina que es su mejor refugio. Un refugio con el tejado inclinado que dibujaban los brazos, con la pared firme que era el pecho donde apoyaba mi cabeza, lleno de ventanales por donde entraba la luz del sol. Por otra parte, las dudas. No tardaron mucho, aparecieron para complicarme la existencia. Me asaltaban de noche y hacían volar el sueño. Con los ojos abiertos, inquieta, sentía que surgían los interrogantes.
Un día, oí una conversación desde la azotea. Una criada vieja, que llevaba trabajando en la casa mucho tiempo, hablaba con el hombre que, durante años y años, nos traía la leña. Ambos tendrían, más o menos, la misma edad. Los conocía desde pequeña y sus voces me resultaban familiares. Al principio, no les dediqué mi atención. El murmullo de las palabras no me alteraba. Estaba en la azotea, aprovechando el sol escaso de la mañana. Ausente, no me entretenía en seguir las conversaciones. Me dejaba columpiar por la quietud de aquella hora. Miraba hacia afuera y, a lo lejos, veía a Ramón trabajando en el jardín. El mes de en ro era una buena época para trasplantar árboles. Distinguía su perfil junto al tronco de un granado. Se protegía del vientecillo con una chaqueta ancha de cuello alto. Mi corazón se iba tras sus pasos.
La mujer tendía las sábanas. Este hecho atrajo mi atención. Es curioso, pero no fueron las palabras sino las telas blancas que levantaban el vuelo. El viento les daba formas diversas. Las colocaba una junto a otra, en una simetría que descubría años de práctica en aquella tarea sencilla cuya observación me resultaba placentera. Me habría gustado que mi vida fuese simple: una mano que alisa la arruga de la ropa mojada. No preguntarse por qué, tan sólo dejarse llevar. Aquello debía de ser la placidez. El hombre se había ido encogiendo, a medida que pasaban los años. La vida le robaba centímetros. Sin embargo, le regalaba una inteligencia natural que los años se encargaron de cultivar. Era más listo que el hambre, despierto y conversador. Tenía fama de malpensado y sincero.
No fueron las palabras, sino las sábanas. A veces, los objetos nos arrastran de vuelta al mundo. Nos concentramos en ellos sin quererlo y de pronto llegan las palabras. Los oí. Ella dijo:
– No sé qué vamos a hacer, en esta casa. Siempre había oído que las historias se repiten, pero no lo acababa de creer.
– Claro que se repiten, mujer. ¿No sabes que el mundo es una rueda? Todo vuelve.
– Todo el mundo habla de ello. Dicen que parece el fantasma de su madre que ha tomado forma de mujer, otra vez.
– ¿La has visto alguna noche?
– No. Reconozco que tengo el sueño pesado. Son los años; me dejan abatida al llegar la noche. Me han contado que recorre el jardín como la otra. Sigue el mismo camino, hasta la casa de piedra.
– Lo siento. Menos mal que don Mateo, que en paz descanse, no lo puede ver.
– El señor se volvería a morir del disgusto. Ya tuvo bastante con su hija.
– La verdad es que las dos tienen un aire parecido: el pelo, la boca. Aquel sinvergüenza se habrá zampado el pastel dos veces.
– Calla; te van a oír. Yo no sé qué les da. Antes, aún, que era un hombre joven y bien plantado. Pero los años no pasan en balde para nadie.
– No. Ninguno nos libramos.
– ¿Tú crees que la señorita Carlota lo sabe? ¿Crees que alguien se habrá atrevido a contárselo?
– ¿Contarle el qué?
– Cómo murió su madre. Sabes que él estaba a su lado. Fueron al faro de Formentor. Se dice que…
– Se dice que no fue el viento, que fueron las manos de un hombre. Cayó por el acantilado.
– Nos la trajeron muerta. Parecía de seda. El también.
– Había alguien más con ellos. Se dice que Ramón era un hombre celoso, posesivo.
– Se dicen tantas cosas…
– La señorita Carlota es muy joven. Me recuerda a su madre. No me gustaría que corriese la misma suerte.
– Es cierto: todo se repite.
Al día siguiente encontré la fotografía. Es curioso cómo se encadenan los acontecimientos para impedirnos vivir tranquilos. Aquella noche no acudí a la cita con Ramón. Pasé la noche inquieta. Las palabras que me llegaron a la azotea, hasta la baranda en la que me apoyaba para mirar a lo lejos, no me dejaron conciliar el sueño hasta muy tarde. Entonces aparecieron los viejos fantasmas. Rondaban mi cama y me impedían la calma. Elisa salía a mi encuentro como una sombra. Adquiría una consistencia poco sólida, como si fuese una mentira. Se esforzaba por hablarme. Notaba sus dificultades, los intentos que llevaba a cabo para que entendiese lo que me iba a decir. Las palabras se escapaban cuando aún no había acabado de pronunciarlas. Tomaban la forma de pequeñas espirales de humo, hasta que desaparecían. Yo me volvía agua. Era un río pequeño que se esparcía por las sábanas, que formaba charcos. El humo anunciaba el fuego. ¿Dónde estaba el incendio que tenía que apagar? ¿De dónde provenían las llamas? Estaban en los ojos de Elisa, en las palabras que había oído y que me quemaban por dentro.
Me levanté de madrugada. Empapada de sudor, el pelo en desorden, la mirada triste. Me vestí de prisa, de cualquier manera. Me había levantado rápidamente y no tenía tiempo que perder. A través de la ventana, veía las primeras luces de la mañana. Eran claros que vacilaban, como yo misma. Luces indecisas que me recordaban mis propios temores. Transcurrirían los minutos y el cielo adquiriría una tonalidad uniforme, sin resquicios. Mi vida, en cambio, era confusa. No tenía la nitidez del cielo. Anduve hasta la casa de piedra con pasos ateridos. Nadie estaba despierto, a aquella hora. Incluso los más madrugadores todavía calentaban las sábanas. Los árboles salían a mi encuentro y eran criaturas sólidas, llenas de vida. Yo les pasaba de largo y tenía la sensación de que llevaba la muerte dentro de mí. El farol de la puerta irradiaba una luz que era devorada por el sol. Pensé que así son las cosas: el tiempo nos cambia la perspectiva. El día puede empequeñecer lo que de noche nos parece grande. También podía suceder al revés. Deseaba que hubiera ocurrido lo mismo con la muerte de Elisa. La gente podía repetir versiones falseadas, haberse inventado historias.
Cuando Ramón me abrió la puerta, me tomó entre los brazos sin decir palabra. Le vi la expresión de inquietud. Me había esperado despierto desde la noche anterior, sorprendido de que no fuera, pero no me hizo preguntas. Nos abrazamos en la entrada. Había una urgencia difícil de explicar entre ambos. Una prisa que nos empujaba a buscarnos los cuerpos, que aceleraba los latidos de nuestros corazones, que hacía desaparecer todo lo que nos rodeaba. Era un proceso que tenía lugar sin esfuerzos, de una forma natural. Mi reacción inicial era reprimirlo, pero en seguida me dejaba llevar. Aquella madrugada nos amamos de una forma algo brusca. No con la ternura de antes, sino con un deseo primitivo. El deseo en estado puro, sin disfraces ni artificios. Sólo las ansias del otro, que no se terminan nunca, la voluntad de recorrer los pliegues de su piel, las formas que vuelven a descubrirse. Nos quisimos sin saber que sería la última vez, pero actuamos como si alguien nos lo hubiese dicho. Con la misma desesperación, inmersos en el esfuerzo imposible de parar el tiempo, de retenerlo entre las manos.
Me desperté bien avanzada la mañana. Había perdido la noción de las cosas. Tenía un poco de frío y me abrigué con una manta, antes de mirar a mi alrededor. Ramón dormía. Observé que tenía la cabeza inclinada hacia atrás, los labios entreabiertos. Respiraba confiado, como quien nada tiene que temer. Me levanté con una sensación de incomodidad. Su actitud tranquila tenía poco que ver con el estado de alerta constante en que vivía yo. Miré la sala: había pocos muebles, pero daban una impresión de solidez. No había muchos cajones y pensé que no sería complicado registrar su contenido. La idea se me ocurrió de repente, sin premeditarla, pero me pareció buena. Tenía que encontrar algo que que devolviese la paz. Era un hombre ordenado. Los libros se alineaban en las estanterías, los papeles reposaban en el fondo de los cajones. Eché un vistazo. Eran recibos, listas de material para el jardín, recortes de diarios. Estaba todo clasificado por temas y resultaba sencillo descubrirlos. No había nada que me interesase mucho. Nada delataba secretos ni descubría historias. Pasé un rato, mientras temía que él se despertara. Cuando estaba a punto de dejarlo, convencida de la inutilidad del esfuerzo, encontré aquella fotografía.
En la imagen había tres figuras. Una mujer y dos hombres. Formaban un conjunto alegre, que miraba el objetivo de la cámara con los ojos empequeñecidos por la sonrisa. Ella era Elisa, mi madre. Me sorprendió verla en aquel trozo de papel en blanco y negro. La percibí muy joven y muy vulnerable. La seguridad del retrato que conocía era sustituida por un aire débil, de persona a quien se la puede llevar el viento. ¿Fue en verdad el viento, lo que se la llevó por las rocas? En la fotografía estaba acompañada por dos hombres. A un lado, un Ramón rejuvenecido que la contemplaba con ternura. No pude evitar pensar que nunca le había descubierto aquellos ojos, cuando me miraba. Me dije que quizá era un efecto de la fotografía o de mi imaginación. Al otro lado, un hombre también joven. Estaba delgado y tenía las facciones marcadas en el rostro. La miraba con una intensidad que iba más lejos que el afecto. La vi en medio de ellos dos, perfectamente consciente de la influencia que ejercía sobre ellos. Parecía orgullosa de tener ese poder. Ignoraba los límites de mi intuición, pero me pregunté si acababa de descubrir la causa de su muerte. El amor es difícil de dosificar. Nadie acepta repartirlo.
Levanté los ojos de la foto, desconcertada. Entonces vi a Ramón. Haría poco que estaba despierto, porque conservaba un aire de ausencia que iba concretándose poco a poco. En aquel proceso de retorno, me miraba. Miraba también el papel que yo tenía en las manos. Intenté que las palabras surgieran sin crispaciones, que las preguntas no fuesen reproches.
– Es mi madre -le dije, con la sensación de contarle una obviedad.
– Sí.
– ¿Y el otro?
– Un amigo que conocí en la India.
– ¿Amabas a mi madre? -tuve que tomar impulso, respirar hondo.
– Mucho.
– ¿Cómo la amabas? -Habría querido preguntarle si la quiso más que a mí o, mejor dicho, si me quiso sólo por ella.
– La amaba de la misma forma que respiro. Era mi única razón para vivir.
– Se murió.
– Sí.
– Por Dios, Ramón, cuéntamelo. No me contestes sólo con monosílabos. Ponte en mi piel. ¿Cómo quieres que viva todo esto? ¿Cómo quieres que lo comprenda, si siempre callas?
– No sé hablar de ello. Durante todos estos años, no se lo he contado a nadie.
– Cuéntamelo a mí. No es necesario que me expliques los detalles. Sé que habíais ido a Formentor.
– Fuimos los tres. Ella se empeñó en ir hasta el faro, a pesar del mal tiempo. Estábamos tensos.
– ¿Habíais discutido?
– No exactamente. Miguel y ella hacía días que se habían hecho buenos amigos. Desde el principio hubo una complicidad que no me gustaba. Tal vez hubo alguna discusión absurda, sin valor.
– ¿Estabas celoso?
– Seguramente. Ahora no tiene ninguna importancia.
– Para mí sí la tiene. Fuisteis juntos al acantilado. ¿Os asomasteis al abismo?
– Ella iba delante. Yo me adelanté casi hasta su lado. Miguel se quedó un poco atrás.
– Se la llevó el viento. Esto es lo que dicen. ¿Tú también lo dices?
– Sí, el viento.
– ¿No podrías haberla salvado?
– No. Quizá sí… No lo sé.
– ¿No lo sabes? Vacilas. ¿No has tenido tiempo suficiente para pensarlo?
– Lo he pensado mil veces. Me lo he preguntado de día y de noche, pero no conozco la respuesta. Sé que todo sucedió de prisa. Yo tendí un brazo hacia ella, pero ya no estaba.
– ¿Para qué tendiste el brazo? ¿Por qué? ¿Querías salvarla o quizá…?
– No lo sé. Ya te he dicho que todo pasó muy rápido. Sólo puedo retener su imagen en el fondo, sobre las rocas. Sé que la amaba y que no quería su muerte. No recuerdo nada más.
Llamaron a la puerta. El sonido del timbre me asustó, porque no lo esperaba. Estaba demasiado desconcertada por las palabras de Ramón. El se puso una camisa y unos pantalones. Fue a abrir. Me pareció que alguien lo reclamaba fuera. Le vi de espaldas, alejándose. Me alivió que se fuese. Me imaginé que también él agradecía la oportunidad de salir de casa. Estaba tensa. Me había confesado que quizá podría haber salvado a mi madre. ¿Cómo podía no estar seguro? ¿Por qué titubeaba al hablar de ello? Me pregunté qué hacía allí, junto a aquel hombre. Una distancia inmensa nos alejaba de repente: eran las dudas, el miedo, la desconfianza. Nunca más podría fiarme de él. Me pregunté cuál era mi papel en aquella historia. Había sido una torpe copia de mi madre. La ocasión de recuperar un bien perdido, que nosotros mismos desperdiciamos. El mismo viento que se la arrebató había querido devolverle a otra mujer. Una mujer joven, llena de interrogantes, que cometió el error de enamorarse. Si no tenemos la cabeza fría, no podemos juzgar un hecho, decía mi abuelo. Yo no había tenido la serenidad suficiente para darme cuenta antes de lo que sucedía. Me dejé llevar por una fascinación extraña, que me resultaba difícil de explicar. Será que las fascinaciones más profundas no se justifican.
Fui a la cocina. Había envuelto todo mi cuerpo con la manta. Había hecho un nudo sobre mi pecho para que me quedaran los brazos libres. En una bandeja, había manzanas rojas de piel gruesa. Eran brillantes, tersas, jugosas. Me senté en una silla de cuerda trenzada y cogí una. No me fue difícil encontrar un cuchillo. No era muy grande, pero tenía la punta afilada. Sin prisa, empecé a pelar la fruta. La piel formaba una espiral que iba cayendo al suelo. Me entretuve en ello porque me gustaba ver surgir la pulpa. Me di cuenta de que me mojaba las manos. La corté a trozos y me los comí. La manzana tenía un olor cálido. Pensé que era mejor el aroma que el sabor. Son cosas que ocurren. El aroma de aquella fruta creaba unas expectativas que después no se cumplían. Tenía un gusto insípido y yo eché de menos mi vida insípida de antes, cuando los buenos olores quedaban para la región de los sueños. A través de la ventana, un pequeño rayo de sol iluminaba el cuchillo que había dejado encima de la mesa. Brillaba como si fuese de plata. Me fijé: era sencillo usarlo y cortaba mucho. Había tenido que ir con cuidado para no herirme, mientras lo usaba. No podía apartar mis ojos de él. Poco a poco, pasé mis dedos por la lámina de acero. La luz de la mañana me iluminaba. Era un objeto bello. Tenía la dignidad de las perfecciones minúsculas. Entonces, pensé que me habría gustado ver a Ramón muerto.
Vinieron días llenos de confusión. Yo no era la mujer joven, que tiene la vida repleta de proyectos que llevar a cabo. Me había convertido en un ser desvalido que miraba al mundo con una sensación de fraude. Tenía la certeza de que me habían cambiado la historia. El pasado, que habría tenido que ser diferente, había sido un relato de pérdidas. Las personas que habían ocupado un lugar importante no estaban. Algunas tomaron la forma de fantasmas que me ayudaban a vivir. Eran mi abuela y mi madre, presentes en aquellos retratos. Habría querido no saber nada más. Vivir ignorante de los hechos que se encadenaron para que Elisa desapareciese en un abismo. A veces, la vida dibuja círculos poco creíbles. Nos cuesta aceptarlos con la mente, pero el corazón nos los dicta. Cada palabra sirve para recordarnos que nada fue como habríamos deseado.
Aquella mañana viví una sensación de incendio. Era casi mediodía, cuando abandoné la casa de piedra. Antes, me vestí con cierta prisa. Tenía ganas de huir de aquellas paredes, de irme afuera. No quería encontrarme con Ramón, cuando decidiese volver. En el suelo, quedaron las pieles de manzana y la manta. En el aire, los restos de los momentos que habíamos querido retener, aunque no supimos. Volví a recorrer el camino hacia casa. A la luz desvergonzada de la mañana, las cosas parecían diferentes. Me encontré con algunas personas que me observaban con expresión de sorpresa. No entendía su perplejidad ni me paré a pensar en ello. Les resultaría extraña mi presencia a aquellas horas. Tal vez la expresión de mi rostro se les hacía difícil de entender. Quizá habían oído historias sobre mí que los llevaban a observarme con atención. No me importaba. Me ganaba la prisa por llegar.
Subí a mi habitación. Delante del armario, dudé. Miraba su interior con sorpresa. Colgaban los vestidos, uno junto al otro. Algunos aún llevaban las etiquetas de la tienda donde los había comprado. Di un vistazo, un rápido recorrido que sólo me sirvió para constatar lo que intuía: eran disfraces. Había comprado aquella ropa para parecerme a Elisa. Quería parecerme a ella para gustar a Ramón. La verdad era así de sencilla, pero me hacía sentir muy poca cosa. ¿Cómo había sido capaz de transformarme de aquella manera? Había perdido el tiempo tras un hombre que también supo disfrazarse. Me escondió una verdad que no era capaz de reconocer. Llené algunas bolsas con la ropa del armario. La doblaba con cuidado y la colocaba en un montón. Me desprendía de ella con una impresión de ligereza, como si me quitase de encima un peso inmenso. Volví a dejar los vestidos de antes. Las piezas que formaban parte de la vida de una Carlota casi olvidada.
Me miré en el espejo. Llevaba el pelo rizado. No era el peinado de siempre, cuando la cabellera me caía en cascada por encima de los hombros. Olas suaves que desaparecían si movía la cabeza. Aquello también formaba parte de la metamorfosis. Lo llevaba recogido atrás, como ella en el cuadro. Se escapaban algunos mechones que significaron su revuelta, pero no la mía. Había vivido una situación extraña: me había adentrado en ella sin quererlo, cuando lo que deseaba era complacer a un hombre. Pasé un cepillo que alisaba los rizos y les devolvía un aspecto similar al que tuvieron. A medida que iba cumpliendo los pasos que me alejaban de la imagen de Elisa y me hacían recobrar la mía, respiraba más tranquila. Me sentía como si aprendiese a recuperarme. Volvía a recobrar el aspecto que me permitía reconocerme delante de un espejo, pero yo ya no era la misma. Había vivido un proceso irreversible que me costaba aceptar. Las dudas aún estaban ahí, aunque las prefería a la certeza que había empezado a intuir.
Pasaron tres días con sus noches. Transcurrieron el uno tras el otro, en una carrera silenciosa. Todo se volvía lento. Cada minuto tenía una forma propia. Me encerré en mi habitación. Era la misma que ocupó Sofía, con la cama de dosel y la cómoda antigua. El armario tenía un espejo. La abuela Margarita no entendía nada de lo que me sucedía. Se sentaba en la cama y me preguntaba si estaba enferma, si estaba triste. Yo no sabía qué debía responderle, ya que todo era cierto y todo era mentira. Era incierto el mundo y eran inciertas sus historias. Al fin, me atreví a preguntarle:
– ¿Te acuerdas de la muerte de mi madre?
– Claro. Entonces yo sólo era una vecina. Apenas conocía a tu abuelo, pero me enteré de la noticia.
– La gente hablaría de ello.
– Sí. Cuando alguien muere muy joven, la gente habla. No se puede evitar.
– ¿Qué decían?
– Déjalo estar, querida; contaban mil historias. Nunca creí ninguna.
– ¿Qué historias? ¿Alguien dijo que no fue un accidente?
– Sí. Hubo quien dijo que murió en circunstancias extrañas.
– ¿Un asesinato?
– No exactamente. La verdad es que me cuesta recordarlo. No pienses en ello. Han pasado tantos años.
– Los años no deberían borrar la memoria.
– A veces los recuerdos son materia inútil. Sólo sirven para hacer daño. ¿Para qué nos vamos a recrear en ellos?
– ¿Los recuerdos, dices? Me gustaría tenerlos. Sólo conozco su rostro en un cuadro. ¿Quién tiene la culpa? ¿Me lo puedes decir?
– No hay culpables. Carlota, descansa. Tienes una vida espléndida por delante. No quieras perder el tiempo en quimeras absurdas.
– Vete, abuela. Tengo sueño.
No era verdad. No dormí en aquellos tres días. Por las noches, miraba a la oscuridad y me quedaba muy quieta. Nada interrumpía el silencio. Ni mi respiración callada, ni las voces de la memoria. Procuraba mantener los ojos bien abiertos, para que los fantasmas no pasaran de largo, si se decidían a visitarme. Estaba dispuesta a hacer muchas preguntas, cuando tuviese la ocasión. Mientras tanto, contaba los segundos y me ponía triste.
El cuarto día, Ramón vino a visitarme. Le vi llegar desde la ventana de mi habitación. Era media mañana y llevaba un rato dedicándome a contemplar el paseo. Tras los cristales cerrados, observaba los árboles. Recibían una luz amarillenta que brillaba en las hojas casi doradas. Me entretenía mirando cómo filtraban la luz. Había ramas muy altas. Algunas llegaban hasta los cristales. Mi imagen debió de recortarse en el marco, porque él alzó la cabeza y se quedó quieto. Desde aquella altura podía distinguir la palidez de sus facciones. Reprimí el gesto que, en un movimiento instintivo, iba a hacer con la mano para saludarle. Preferí esperarle inmóvil, también. Durante unos segundos, me pareció otro hombre. Quizá yo estaba demasiado alterada para captar lo que sucedía, pero tenía una mirada extraña. Era como si no me reconociera. La sensación de incredulidad no le duró demasiado. Movió la cabeza y regresó de algún lugar extraño en el que se había perdido. Mientras me daba cuenta del proceso de transformación que experimentaba su rostro, pensé que realmente le conocía muy poco.
Nos quedamos un rato sin hacer nada, observándonos en la distancia. Yo, en una ventana; él, en el jardín. Por un instante, me pregunté si sería capaz de escalar aquella pared. La fachada estaba construida con piedras que sobresalían y formaban una ruta vertical. Se me escapó una sonrisa. No me lo imaginaba haciendo acrobacias para llegar a mi atalaya. Ramón era un hombre de tierra firme, que se sentía seguro si pisaba fuerte. No hice ningún gesto para abrir los cristales ni él me lo pidió. La ventana cerrada era la garantía del silencio. Me ahorraba tener que conversar con él. De alguna manera, me esforzaba en aplazar el momento de un encuentro real. Cara a cara, los dos, con la sensación de que algo tenía que concluir.
Siempre me resultó difícil tomar decisiones. Me refiero a aquel tipo de determinaciones que tienen un carácter más o menos definitivo. Sin darme cuenta, me invento mil excusas para aplazarlas. Alguien lo llamaría cobardía, indecisión, falta de firmeza. No quiero ser tan dura conmigo misma. Hay quien piensa que la vida describe círculos. Por eso nos resulta complicado renunciar a ciertos aspectos que nos han tocado el alma. Otros piensan que la existencia es una línea que avanza, no se sabe bien hacia dónde. Son los que dejan atrás fragmentos de historia vivida. Yo creo que la vida es una espiral: avanza, pero se va y vuelve.
Me vinieron a buscar. Me avisaron de que Ramón había venido, que quería hablar conmigo. Pedí que me esperase en la sala y bajé sin prisa. Sabía que era el último encuentro. No quería pensar en sus ojos, ni en las palabras que debería escuchar, ni en nuestros cuerpos abrazándose. Me dije que las ideas deberían poderse borrar: que un trapo pasase sobre ellas para que desapareciesen. No debería quedar ni la huella, de los recuerdos que duelen. Antes de cruzar la puerta de la habitación, me miré de reojo en el espejo. Finalmente, yo también había adquirido las formas de un fantasma.
Me esperaba en pie, en la sala. Tenía la mirada fija en los retratos. Como lo imaginaba, no me sorprendió. Había sido yo quien había decidido que mis madres presidiesen el encuentro. Podría haber escogido cualquier otro lugar de la casa para recibirlo, pero allí me sentía acompañada por los cuadros. Compartía de lleno los sentimientos de mi abuelo: también se encerraba con ellas cuando tenía que tomar una decisión. Miré por el resquicio de la puerta, un poco entreabierta. Curiosamente, no parecía cohibido. A pesar de su aire descuidado -la camisa medio colgando fuera de los pantalones, la barba de varios días-, encajaba en aquel lugar. Debo confesar que me sorprendió. Esperaba encontrarlo incómodo, impresionado por un espacio que le resultaba nuevo, sin saber dónde ponerse. En cambio, actuaba con una naturalidad que se me antojaba extraña. Su cuerpo ocupaba un lugar en la habitación. La llenaba. Esta circunstancia, que no ocurre con todas las personas, me dejó sin recursos. Había esperado unos signos de debilidad que no se producían, cuando tenía que esforzarme para no demostrar mi propia vulnerabilidad. Pensé que, a pesar de todo, él era el fuerte y me dio rabia. Tosí ligeramente para anunciar mi presencia, incapaz de decir nada. Se volvió de repente hacia mí e hizo un gesto de aproximarse que quedó interrumpido, cuando advirtió mi nerviosismo. Intenté reponerme y le dije:
– Buenos días, Ramón. ¿Qué haces en esta casa?
– Necesitaba verte. Han pasado tres días sin noticias tuyas.
– Tenía que digerir nuestra última conversación. Tengo la sensación de que tú la has olvidado.-Yo no me olvido de nada. Te echo de menos -sonaba sincero, pero hice como si no le hubiese oído.
– ¿Habías visto estos cuadros? -señalé con un gesto los retratos.
– No había tenido ocasión, pero las modelos eran mucho mejores.
– ¿A qué te refieres?
– A que el pintor no supo captar su belleza.
– ¿La de Elisa?
– Ni la de Sofía.
– Claro. También la conociste. ¿Crees que nos parecemos?
– Las tres tenéis un aire. Esto no se puede negar, pero sois bastante diferentes.
– ¿Tú crees? Siempre había pensado que éramos casi calcadas -esta última afirmación se me escapó sin quererlo.
– De ninguna manera.
– ¿Y con cuál te quedarías, Ramón?
– Contigo, Carlota.
– Mentiroso. Eres un mentiroso -repetí un adjetivo que, con sólo pronunciarlo, me hacía sentir mejor-. No puedo creer nada de lo que me cuentas.
– Nunca te he mentido.
– Claro que sí. Mientes a los demás y te mientes a ti mismo. Vete.
– ¿Qué dices? No te entiendo.
– Me entiendes perfectamente. Quiero que abandones este lugar: recoge tus cosas. Ahora mismo. Después, márchate. No quiero verte jamás.
– ¿Sabes qué significa lo que me acabas de decir? Yo formo parte de este lugar. He vivido aquí toda mi vida. Ni siquiera sabría adonde ir.
– Otra mentira. Tú no formas parte de ningún lugar.
Mucho menos de la casa que fue de mi abuelo y que ahora es mía. Es mía y no te quiero aquí.
– ¿Qué voy a hacer sin la casa? ¿Cómo puedo vivir lejos del jardín y lejos de ti?
– No lo sé ni me interesa. Mañana quiero que ya no estés aquí. Tienes que haberte marchado.
Lo decía y no lo acababa de creer. Era una sensación curiosa. Una parte de mí me preguntaba qué estaba haciendo, me lo reprochaba, me acusaba de tirar la vida por la borda. Otra parte silenciaba a aquélla. Me dedicaba a sacar la rabia. Las palabras me servían para concretarla, la volvían real. Tuvieron la culpa las palabras, que me hacían decir cosas que no sentía cuando las pronunciaba. Expresaban un rencor que no era del todo cierto, o que sólo constituía una cara de la realidad. Las palabras surgen tras un proceso: primero tenemos un sentimiento que se traduce en una idea. Luego la idea se convierte en palabras. A veces, no obstante, podía ocurrir a la inversa. Las sensaciones y las ideas forman una materia confusa, que cuesta diferenciar. Abrimos los labios y salen unas palabras sobre las que no nos habíamos parado a pensar. Las palabras toman el protagonismo. Sirven para aclarar nuestra confusión o para hacerla mayor.
No me tembló la voz, mientras le decía que se fuera. Sin embargo, deseaba que todo aquello no fuese cierto. Me lo imaginaba como el resultado de una pesadilla. Ramón estaba delante de mí. Era yo misma quien derruía su mundo: adiviné en él un leve temblor, casi imperceptible, en las manos. Levantaba su frente y me miraba, pero no había un gesto de súplica en sus ojos. Sólo leía en ellos la incredulidad, la derrota. Tuve que contemplar de nuevo el rostro de mis madres y respirar profundamente. Pensaba que ellas tendrían que haberme ayudado a echarlo. Eran mis cómplices y esperaba de ellas una fuerza que no venía de ninguna parte. Seguían en la pared, inmutables, mientras yo apretaba los puños. Estuve a punto de echarme atrás: habría querido gritar que no era cierto, que no me creyese, que lo quería junto a mí para siempre. La voz se me quebró antes de nacer y callé.
Vi cómo salía de la casa. No se volvió para mirarme, aunque yo no me moví del mismo sitio durante un largo rato. Esperaba un signo, cualquier indicio que me permitiera creer que vivía una ficción. Me costaba tener que reconocerme en aquel papel. El jardín estaba espléndido. Todos los rosales floridos. Los de flor blanca que se deshoja con el viento, los que son rojos como la sangre, los que parecen coral marino. Muchos senderos dibujaban un trazado casi geométrico, que rodeaba la fuente. Comprendí que era su espacio, que él era el artífice, que yo lo expulsaba de un universo pequeño que aprendió a crear durante toda la vida. La sensación de dolor era casi física. Se me superponían los pensamientos, porque de repente veía el rostro de Elisa. La imaginaba indefensa, junto a un faro. En pie, el cuerpo de Elisa al viento. Veía una mano que se alargaba y no sabía si era para salvarla o para destruirla. Las imágenes se mezclaban con una cierta confusión. Yo tenía miedo de vivir, si la vida iba a ser tan complicada. ¿Por qué no me habían avisado? ¿Por qué nadie me dijo que las dudas son como gigantes?
Me senté en una mecedora y esperé. No sucedió nada durante mucho tiempo. Los cuadros y yo, en la penumbra de la sala. De repente, pensé que tendría que haber sabido enterrar las viejas historias. El abuelo tenía la culpa de aquella fascinación mía por dos mujeres que ni siquiera conocí. Mientras tanto, permitía que él se fuese. Pero Ramón era la materialización del pasado -me dije-, cuando él estuviese muy lejos, yo sería capaz de vivir el presente. No sabía si era verdad o si era mentira. Iba repitiéndome frases inconexas que nunca significaban lo mismo. Pensé en la bandeja de manzanas en la cocina de la casa de piedra. Yo estaba allí, arropada con una manta. Me comí una de piel muy roja. Cogí el cuchillo con cuidado para no herirme, porque estaba muy afilado. Metí la hoja cuidadosamente hasta el corazón de la fruta, adentro. De pronto, noté una punzada en mi propio corazón, como si se rompiera. Eché de menos a Ramón. Le añoraba y aún no se había ido. ¿Cómo era posible vivir sentimientos anticipados? Me sentía como si estuviese en el cine, la sala oscura, con la pantalla que me ofrecía momentos de las películas que quizá iría a ver al día siguiente, o al otro. Aquellos fragmentos de historias en imágenes me avanzaban las emociones que aún tenían que venir. Ahora me encontraba en una situación idéntica, pero no se trataba de una ficción.
Oscurecía, cuando me decidí a ir. El jardín olía a aromas que se mezclan. Nunca me había dado cuenta de aquella intensidad. Me dolía la cabeza y pensé que era a causa de la suma de perfumes. Volví a recorrer el camino que me llevaba a la casa de Ramón. Desde lo lejos, se adivinaba el trajín. Fuera, temblaba la luz del farol. También se veían los faros de una furgoneta, aparcada en la puerta. Dos hombres la llenaban de libros. Hacían viajes silenciosos desde el interior de la vivienda. En la entrada, en el suelo, había dos maletas de cuero. Se apelotonaba la ropa, camisas, jerséis, pantalones. Le vi de espaldas, sentado en una butaca. Tenía una carpeta en las manos y ordenaba papeles, fotografías. Pensé que tenía que decirle que me abrazase. Si me abrazaba, todo volvería a ser como antes. No me asaltaría el miedo. Se levantó de la butaca y me miró. Entonces, las palabras me volvieron a traicionar:
– ¿Ya te vas? -le pregunté-. No era necesaria tanta prisa.
– Me has dado un plazo. No esperaré a que se termine para marcharme.
– ¿Adonde vas?
– ¿Quieres saberlo? -Se hizo un silencio y dudé.
– No.
– Me lo imaginaba.
No dije nada más. Tampoco Ramón me volvió a hablar. Pasó un rato, hasta que acabó de empaquetar sus pertenencias. Los libros y la ropa, los cuatro papeles. Habría querido decirle que se llevase los muebles, también, que no me dejase el espacio lleno de él cuando ya no estuviese, pero callé. Aún estaba ahí, pero yo ya percibía su ausencia. Podía ver su actitud firme, aunque tuviese los hombros inclinados, la cabeza algo más gacha. Eran los únicos signos visibles de aquella derrota.
Me quedé en pie, junto a la puerta. El se despidió de los hombres que le habían ayudado. Al pasar por mi lado, me dejó algo frío en la palma de mi mano. Fue un gesto rápido, sin palabras. Lo miré y era un objeto de hierro oscuro: las llaves de la casa. Subió a la furgoneta y cerró la puerta. Arrancó el motor. Al principio, fue un ronroneo suave. Luego tomó fuerza. Maniobró la furgoneta hacia la verja de la salida. Supe que, al cabo de un instante, se lo comería la noche. Corrí algunos pasos hacia el vehículo, mientras levantaba un brazo. No sé si aquel brazo quería detenerlo o le decía adiós. Hay manos que se alargan hacia los demás, pero nunca adivinaremos su intención. Me vio por el retrovisor y sacó el brazo izquierdo por la ventanilla, en señal de despedida. En vez del farol de la casa nos iluminó la luna.