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a Alberto E. Díaz
Da espacio a tu deseo.
LA CELESTINA, Acto VI
Está viéndose ya en la esquina, bajo el sol, cerca del puesto del vendedor de helados protegido por el toldo a rayas rojas y blancas, anchas. De antemano ha sentido, al cruzar la calle desde la vereda de sombra a la del sol, el asfalto, blando a causa del calor, bajo la suela de sus mocasines marrones. Y ahora, sobre la vereda gris que arde y reverbera en la siesta de verano, su sombra se proyecta a sus pies, encogida a causa de la posición del sol que no hace mucho ha empezado a bajar, lento, desde el cenit.
El cucurucho doble de crema y chocolate que se apresta a tomar será su único almuerzo, y si ha esperado hasta tan tarde -son casi las dos y media- para salir de su oficina a comprarlo, es porque ha decidido que el helado debe servirle para tirar sin comer hasta la hora de la cena. El calor es sin duda la causa principal de su frugalidad, pero una especie de estoicismo que podría considerarse como deportivo, producto no de una regla que aplica a su vida entera, sino del capricho del día, le da a esa estrategia física una vaga coloración moral. De modo que se siente bien durante unos segundos, contento, leve, sano y, a pesar de no andar lejos ya de los cincuenta, cree poseer un porvenir -inmediato y lejano- claro, recto y vivaz, igual que una alfombra roja extendida desde la punta de sus pies hacia el infinito. Casi de inmediato, el rigor del verano, el tumulto de la calle, los gases negruzcos que despiden los coches y que envenenan el aire lo retrotraen a un poco más de realidad, a ese término medio del ánimo que equidista de la angustia y de la euforia y que los que creen conocerlo más o menos bien, y él mismo aun cuando por distracción se deja convencer por ellos, llaman con certidumbre injustificada su temperamento.
La ola de calor cocina a la ciudad desde hace por lo menos una semana. Del cielo azul, sin una sola nube, el sol manda una luz omnipresente y ardua, que achicharra los árboles, enturbia la percepción y embrutece el pensamiento. Únicamente de noche el calor afloja un poco, pero con la hora de verano, una decisión administrativa que, como le gusta ironizar, hasta las gallinas reprueban, a esta altura del año no termina nunca de anochecer, y un poco después de las tres de la mañana, cuando a causa del calor uno todavía no ha logrado dormirse, el alba rompe, lívida, por el este, y el sol intolerable reaparece. En las orillas del río la gente se tuesta esperando la noche, la lluvia, las vacaciones, alguna brisa improbable, pero los que trabajan, cuando los observan, sudorosos, desde los muelles, desde algún puente, desde el colectivo, desde el metro aéreo que atraviesa el Sena, los consideran más con escepticismo que con envidia.
Es el seis de julio. El año pasado, después de veinte de ausencia, con el pretexto de liquidar los últimos bienes familiares, Pichón ha visitado por algunas semanas su ciudad natal, de mediados de febrero a principios de abril A pesar de los años, de las decepciones y de la extrañeza, se ha traído, de vuelta a París, algunos buenos recuerdos, y la promesa de Tomatis de venir a visitarlo, pero pasó un año entero sin que Tomatis se decidiese a viajar. De tanto en tanto, los domingos, se llamaban por teléfono, aunque nunca tenían nada preciso que decirse, y como viven en hemisferios diferentes, de tal modo que cuando uno está en pleno verano el otro ve golpear los puñados de lluvia helada contra la ventana, y como a causa de la diferencia horaria cuando en la ciudad es de mañana en París es de tarde, y cuando en la ciudad es de tarde en París es ya de noche, el tiempo ocupaba una buena parte de sus conversaciones. Hasta que, menos de dos meses atrás, un domingo de mayo en que hablaron un poco más que de costumbre del tiempo porque, a pesar de la diferencia de estación, de país, de continente y de hemisferio, las condiciones climáticas eran idénticas (un día frío y lluvioso), Tomatis le anunció por fin la buena noticia de que a principios de julio pasaría unos días por París.
Pero eso no fue todo: Tomatis le adelantó también que Marcelo Soldi, ese muchacho de barba en la lancha de cuyo padre habían ido un día con los chicos a visitar a la hija de Washington, ¿se acordaba?, tenia la intención de escribirle para mandarle algo que estaba preparando desde hacía algunos meses, y, tal vez con el fin de avivar su interés, Tomatis dejó caer sin darle mayores explicaciones una frase enigmática: "Salió a buscar Troya y casi se topa con el Hades". Pero por cierto que no bromeaba porque, cosa de un mes más tarde, el envío llegó: era un sobre de tamaño mediano, protegido por un forro interior de burbujas de plástico, autoadhesivo, pero al que, por precaución, Soldi había sellado con cinta adhesiva transparente, y que contenía una carta bastante larga y una disquette de la computadora. Soldi masculinizaba la palabra y le ponía un acento grave, lo que por escrito daba como resultado "el disket". En un pasaje de la carta decía: "Aparte de las conversaciones con Tomatis, que a veces pueden exigir cierta dosis de paciencia, me distraen también los paseos en auto, al azar, por el campo, y hurgar viejos papeles que conservan, milagrosamente la mayor parte del tiempo, la memoria de este lugar, o de cualquier otro, si viviese en cualquier otro. Lo que es válido para un lugar es válido para el espacio entero, y ya sabemos que sí el todo contiene a la parte, la parte a su vez contiene al todo. No lo hago con veleidades de historiador porque no tengo ninguna fe en la historia. No creo ni que pueda servir de modelo para el presente, ni que podamos recuperar de ella otra cosa que unos pocos vestigios materiales, lápidas, imágenes, objetos y papeles en los que, lo reconozco, lo que aparece escrito puede ser un poco más que materia. Lo que percibimos como verdadero del pasado no es la historia, sino nuestro propio presente que se proyecta a sí mismo y se contempla en lo exterior".
Y en otra parte de la carta: "Tengo cierta ventaja sobre otros aficionados a los archivos: le caigo bien a las viejas. El texto que te mando en el dísket me lo confió una señora nonagenaria que, me parece, nunca lo leyó. Por suerte para ella, la pobre murió mientras yo lo estaba descifrando y pasando en limpio con total fidelidad, de modo que ya no estaré obligado a contarle vaguedades o a mentirle sobre el contenido de esos papeles, que, en razón de que su propietaria no tenía herederos, deposité en el Archivo Provincial, donde pueden ser consultados, apenas terminé de copiarlos. Nos interesa mucho tu opinión porque, contrariamente a lo que yo considero, Tomatis afirma que no se trata de un documento auténtico sino de un texto de ficción. Pero yo digo, pensándolo bien, ¿qué otra cosa son los Anales, la Memoria sobre el calor de Lavoisier, el Código Napoleón, las muchedumbres, las ciudades, los soles, el universo?". Y por último: "El manuscrito que me dio la anciana no tiene titulo, pero si entendí bien ciertos pasajes, creo que a su autor no le parecería inadecuado que le pusiéramos las nubes".
El sobre llegó en el mes de junio, el veintiuno pura ser exactos, en la puerta del verano. Desde entonces, como estaba terminando el ano universitario, entre las reuniones, los exámenes y los coloquios, a Pichón le ha faltado tiempo para enterarse del contenido del misterioso "dísket" que se ha estado cubriendo de polvo, abandonado entre libros, cuadernos y papeles sobre su escritorio. El dos de julio, su mujer y los chicos se fueron al mar y él se quedó en París a causa de un par de reuniones que lo demoraron y porque Tomatis le había anunciado su llegada desde Madrid para el siete a la noche. Decidieron de común acuerdo pasar dos o tres días solos en París para charlar a sus anchas, y viajar después a reunirse con Babette y los chicos en Bretaña.
Esta mañana, a eso de las nueve y media, ha asistido a una reunión en la facultad, y después se ha quedado trabajando hasta las dos y media en su oficina, ha bajado a tomar un helado, y se ha vuelto a su casa a dormir la siesta. Como muchos habitantes de la ciudad ya se han ido y los turistas por alguna razón todavía no han llegado -tal vez a causa del calor excesivo han preferido el mar o la montaña- la ciudad está vacía y como a causa del viaje de su familia también lo está su departamento, por momentos se establece entre el departamento y la ciudad una curiosa analogía, y como las ventanas están siempre abiertas para aprovechar las corrientes de aire, existe entre la ciudad y la casa una especie de continuidad; por momentos, no se sabe bien cuál de las dos contiene a la otra. Hay un silencio mayor que el de costumbre, y que crece todavía más cuando llega la noche ardiente y pegajosa después del día interminable. En short, con todas las luces apagadas, Pichón suele acodarse en la ventana del segundo piso que da a la calle callada y vacía, y mientras fuma cigarrillo tras cigarrillo, va auscultando, más que los detalles exteriores de la noche, las sensaciones que esos detalles despiertan en él, y que lo retrotraen al pasado, a su infancia sobre todo, por momentos de un modo tan intenso y claro que el tiempo parece abolido, a punto de inducirlo a pensar que muchas sensaciones que él ha creído siempre propias de un lugar, eran en realidad propias del verano.
A eso de las siete, un poco atontado por el calor y por la siesta demasiado larga, sale a hacer algunas compras por el barrio, pero después de pasar un rato en una vinería eligiendo algunas botellas de vino blanco para los días venideros, descansado, limpio y bastante feliz, atravesando el aire azul del anochecer, por las calles calientes, silenciosas y vacías, vuelve a la casa vacía. Apenas entra en ella se vuelve a duchar, se seca con suavidad, aplicando la toalla contra su piel y apretando un poco, casi sin frotar, como se aplica un secante sobre unos renglones de tinta fresca, y se pone, por toda vestimenta, un short limpio. Cena liviano -una tajada de jamón, unos tomates, un poco de queso, agua mineral-, pero cuando se sienta frente a la computadora, la pone en funcionamiento e introduce "el dísket" para leer su contenido en la pantalla, lo piensa mejor y se dirige a la heladera. Vuelve con una gran taza de loza blanca llena de cerezas que deposita en el escritorio, al alcance de su mano izquierda, entre biromes, lápices, encendedores, un par de paquetes de cigarrillos, y un pesado cenicero de vidrio verde oscuro, grueso. Cuando empieza a leer el texto haciéndolo desfilar en la pantalla de la computadora, y aunque va llevándose a la boca, una a una, sin mirarlas, las cerezas, el gusto, dulce y ácido a la vez, lo hace representarse las esferitas de un rojo vivo igual que si las sensaciones táctiles y gustativas que se van produciendo en el interior de la boca, diesen un rodeo por los ojos, o por la memoria, antes de llegar al cerebro. Grandes, carnosas, frías, gloriosamente firmes y rojas, que, una vez obtenida, y aunque tantos pretendan lo contrario, por casualidad la primera, la materia se puso porque sí a multiplicar, son sin embargo, porque corre el mes de julio, las últimas del verano. Y nada asegura que, con la misma liviandad caprichosa con que salieron de la nada a la luz del día, después del invierno interminable y negro, volverán a aparecer.
Ríos por demás crecidos, un verano inesperado, y esa carga tan singular: así podrían resumirse, con la perspectiva del tiempo y de la distancia, para explicar la dificultad paradójica de avanzar en lo llano, nuestras cien leguas de vicisitudes.
Ese viaje demasiado largo y dificultoso tuvo lugar -cómo podría olvidarlo- en agosto de mil ochocientos cuatro. El primero de ese mes salimos hacia Buenos Aires bajo una terrible helada, y los cascos de los caballos quebraban las láminas, de un rosa azulado, de la escarcha en el amanecer, pero a los pocos días ya estábamos enredados en un verano pegajoso y truculento. Yo había hecho el trayecto inverso de Buenos Aires a la ciudad, y aunque éramos apenas cuatro jinetes, y por lo tanto progresábamos, a pesar de los obstáculos innumerables, diez veces más rápido que a la vuelta, aún a la hora en que el sol estaba más alto, el frío nos atormentaba. Así que ese calor desmedido nos confundía doblemente, primero por su rigor, que era grande, y también por su aparición a destiempo, en contradicción con las leyes naturales y el advenir natural de las estaciones. Lo poco en cuenta que la naturaleza tiene nuestros planes y hasta las leyes que le atribuimos parecía demostrarlo con insolencia ese calor inusual en medio de uno de los inviernos más crudos que la región, según numerosos testimonios, había padecido. El verano intempestivo, que en la misma semana hizo florecer y aniquiló un simulacro de primavera, desencadenó en menos de un mes una sucesión anómala de estaciones que desfilaban precipitadas y en desorden. Pero Osuna, el baqueano que nos había guiado hasta la ciudad y nos llevaba, en convoy numeroso esta vez, de vuelta a Buenos Aires, decía que, de tanto en tanto, en pleno agosto llegaba un verano así que iba preparando, para el día treinta, la tormenta de Santa Rosa. Demás está decir que, como siempre, Osuna tenía razón, y que el treinta justo, unos días antes de llegar a destino, la tormenta prevista, si bien contribuyó a sacarnos de una situación más que delicada, coronó el desfile de adversidades.
Pero me adelanto a los hechos y tal vez, por consideración hacia el posible lector en cuyas manos caiga algún día, en las décadas venideras, esta memoria, será mejor que me presente: soy el doctor Real, especialista de las enfermedades que desquician no el cuerpo sino el alma. Oriundo de la Bajada Grande del Paraná, nací y crecí en las colinas delicadas que ven llegar, desde el norte, la corriente incesante y rojiza del gran río. Con los franciscanos aprendí las primeras letras, pero cuando llegó la edad de profundizar mis estudios, Madrid les pareció a mis padres más aceptable que cualquier otro lugar como capital del saber, lo que puede explicarse por el hecho de que ellos mismos eran castellanos, y porque esperaban que hasta Alcalá de Henares no llegaría el tumulto que, partiendo de Francia, desde hacía seis o siete años sacudía a Europa. A diferencia de mis padres, a mí era ese tumulto lo que me atraía, y como ya había empezado a interesarme por las enfermedades del alma, cuando llegó a mis oídos que habían liberado de sus cadenas a los locos en el hospital de la Salpetrière, supe que era en el fervor de París y no en los claustros soñolientos de Alcalá donde proseguiría mis estudios. Como todas las otras y en cualquier período de la historia, la última década del siglo pasado fue tumultuosa; como todos los padres, los míos trataron de educarme al margen del tumulto; y, como todos los jóvenes, era justamente en el tumulto donde a mí me parecía que empezaba la verdadera vida.
No me equivocaba. En los hospitales de París descubrí una ciencia nueva, y entre sus principales representantes, al doctor Weiss. Un puñado de médicos que eran a la vez pensadores afirmaban que, de ciertas enfermedades del alma, como algunos filósofos de la antigüedad lo habían entrevisto, y aun cuando factores corporales podían ser a veces determinantes, había que buscar la causa no en el cuerpo sino en el alma misma. El doctor Weiss había ido de Amsterdam a París con el fin de confirmar esa observación; yo, mucho más joven, a enterarme de que tanto el sabio holandés como esa observación existían, y hasta podría decirse que formaban una entidad. Al tiempo de llegar, la idea se volvió una evidencia apasionada, y el doctor Weiss mi amigo, mi maestro y mi mentor. De manera que cuando decidió instalarse en Buenos Aires para ejercer según sus principios la nueva disciplina, me convertí con toda naturalidad en su ayudante. Demás está decir que antes de tomar su decisión definitiva me interrogó a fondo sobre la región y sus habitantes, pero como mi intención en esta memoria es respetar la verdad en forma escrupulosa, debo reconocer que instalarse en América había sido su proyecto desde mucho antes de conocerme, y que su interés por mi insignificante persona se acrecentó cuando supo por terceros que yo era originario del Río de la Plata. Ya en aquel entonces, las colonias españolas de América atraían a científicos, comerciantes y aventureros; la empalizada con que la Metrópoli pretendía aislarlas estaba agujereada por todos lados, de modo que era de lo más fácil colarse por los huecos, y hasta los que habían sido nombrados por Madrid para impedirlo se beneficiaban con la situación. Pero el doctor Weiss no era hombre de actuar de contrabando. Antes de cruzar el océano y, debo decirlo, con más facilidad de lo que me costó unos años más tarde atravesar un mar de tierra firme, pasamos por la Corte y unos meses después ya habíamos obtenido la autorización necesaria. Así que en abril de mil ochocientos dos, la Casa de Salud del doctor Weiss se inauguró a dos o tres leguas al norte de Buenos Aires, en un lugar llamado Las tres acacias, no lejos del río, pero en terreno alto para prevenir las inundaciones, con el triple beneplácito, que no duró mucho, de los notables locales, de las autoridades del Río de la Plata y de la Corona. Los propósitos del doctor no eran filantrópicos, pero enriquecerse era para él más bien un medio, que le permitiría proseguir sus investigaciones y, de ser posible, recuperar una parte de su inversión inicial, que le insumió la totalidad de la herencia familiar, en libros, viajes, influencias para obtener las autorizaciones necesarias, y sobre todo, en la construcción y puesta en funcionamiento de la Casa de Salud propiamente dicha, un vasto edificio de varias alas, de espesas paredes blancas y techo de tejas, en las barrancas que dominan el río. La Casa se conformaba a un modelo que existía ya en Europa, y sobre todo en París, donde varias instituciones de ese tipo habían sido fundadas en los últimos años, pero la arquitectura se inspiraba en el convento, en el beguinage, en el retiro filosófico, con vagas reminiscencias de la Academia y del Jardín de Epicuro, rechazando las cadenas, la cárcel, las mazmorras; un hospital ideal para dar reposo y cuidado que, por sus características, no podrían por desgracia aprovechar más que los enfermos ricos. Pero la intención del doctor Weiss era la de ocuparse también, por otros medios y en algún otro lugar, de los pobres, que aun cuando le hubiesen resultado indiferentes, lo que por cierto no era el caso, sus intereses científicos se lo exigían, puesto que para él las enfermedades del alma, si la mayor parte tenía sus causas en el alma misma, podían deberse en algunos casos a causas concomitantes que provenían de diferentes partes del cuerpo, junto con otros motivos exteriores, originarios del mundo circundante, clima, familia, condición, raza, vicisitudes. Que únicamente los ricos pudiesen pagarse el tratamiento da una idea de su complejidad minuciosa: cada enfermo era considerado como un caso único, con pertinencia y dulzura, en una cura de larga duración que exigía, además de tiempo, espacio, ciencia y trabajo. La Casa de Salud sustituía el hogar que los enfermos habían perdido y, consciente de que las familias ricas no sabían qué hacer con sus locos, y que, por proteger su propia reputación, no se resignaban a dejarlos errar por las calles como hacen los pobres con los suyos, hubiesen deseado encontrar un lugar que pudiese acogerlos, el doctor tuvo la idea de abrir su Casa: fue tal vez la primera de ese género en todo el territorio americano,
Desde antes de su inauguración el número de familias postulantes fue asombrosamente elevado, y si bien todas eran de Buenos Aires, a los pocos meses de empezar a funcionar, comenzaron a llegar pedidos de las provincias, del Paraguay, del Perú y del Brasil, lo cual mostró la gran necesidad que existía en América de un lugar donde se trataran, con los últimos adelantos de la ciencia, la frenitis, la manía, la melancolía y otras dolencias del alma más o menos conocidas. A decir verdad, hasta que llegamos el doctor Weiss y yo a tratar de curarlas, esas enfermedades no parecían existir entre las clases superiores de América, que es lo que corresponde inferir del silencio que imperaba en todo el continente sobre el tema, a menos que, no existiendo la ciencia capaz de identificarlas, esas enfermedades hayan sido tomadas como rasgos normales del temperamento, lo que podría explicar quizás muchos hechos incomprensibles de nuestra historia. Lo cierto es que la Casa estuvo casi llena al poco tiempo de abrir y que al año siguiente nomás el doctor empezó a evocar la construcción de un ala suplementaria.
Esa buena acogida se explica con facilidad: para quien no sabe llevarlos, los locos, si rara vez se muestran peligrosos, son siempre cansadores. Aun cuando pongan buena voluntad y sobre todo mucha paciencia, al cabo de cierto tiempo las familias terminan exhaustas. Tratar de conseguir que un loco se comporte como todo el mundo, es como querer torcer el curso de un río: no digo que sea imposible, pero únicamente un buen ingeniero, sin poseer desde luego ninguna garantía anticipada de que lo logrará, puede intentar que el agua corra en otra dirección. Para el común de la gente, el comportamiento extravagante de los locos es pura y simplemente obstinación, cuando no mendacidad. Impermeables al sentido común y a la razón, los que insisten demasiado en querer redimirlos, terminan ellos mismos viendo sus propios juicios alterados. Hay que tener en cuenta también que cuanto más rígidos son los principios del ambiente en el que viven, más sobresale la rareza de los lunáticos, y más absurdos parecen sus dislates. Entre los pobres, obligados, para sobrevivir, a profesar principios más flexibles, la locura parece más natural, como si contrastara menos con la sinrazón de la miseria. Pero una de las pretensiones mayores de los poderosos, aquella que justamente quiere fundar la legitimidad de su poder, es la de encarnar la razón, de modo que, en su seno, la locura representa un verdadero problema para ellos. Un loco pone en peligro una casa de rango desde el techo hasta los cimientos, y hace perder respetabilidad a sus ocupantes, lo que explica que en general se escondan las enfermedades del alma como si fueran males oprobiosos. También allá debe haber muchas familias que no saben qué hacer con sus locos, me dijo un día en Madrid el doctor Weiss, en la época en que esperábamos las autorizaciones de la Corte para abrir nuestra casa en el Virreynato. Para la ciencia que ha hecho de ellos su objeto, los locos son un enigma, pero para las familias en el seno de las cuales viven, un problema. Es obvio que estas complicaciones surgen cuando los signos exteriores de demencia son demasiado evidentes, porque, en los casos en que pasa desapercibida, que son mucho más frecuentes de lo que se cree, la sinrazón misma puede erigirse en principio y manejar, con la conformidad de casi todos, los hilos del mundo.
Como me doy cuenta de que en muchas de mis palabras trasunta aún hoy la influencia de mi venerado maestro, creo que es conveniente evocarlo en forma más detallada. De su físico, baste decir que delataba a primera vista al hombre de ciencia: alto, un poco grueso, las profundas entradas que dejaba en su frente rojiza un pelo rubio ceniciento, siempre revuelto, revelaban la constante actividad interior de la cabeza, un poco más grande que lo normal y bien asentada entre los hombros vigorosos. Detrás de unos quevedos enmarcados de oro que, cuando no estaban encaramados en su nariz, bailoteaban contra su pecho suspendidos de una cadenita de oro que colgaba alrededor del cuello, brillaban sus ojos de un azul clarísimo, móviles y perspicaces, ligeramente irónicos, y que, en los momentos de gran concentración, desaparecían detrás de los párpados que se entrecerraban delatando la ocupación máxima de la mente. Su cara rubicunda y franca se ensombrecía un poco cuando examinaba a un enfermo, pero a la hora de la cena, después de una jornada de intenso trabajo, el vino y la conversación eran sus placeres principales. A casi diez años de su muerte, no cometo ninguna infidencia escribiendo que su pasión por el sexo femenino, aun a una edad avanzada, era más que ordinaria y que, como ocurre a menudo en los pueblos septentrionales, las razas oscuras merecían su predilección. Los lupanares no lo amedrentaban, más aún, ejercían sobre él una fascinación desmedida, y de las mujeres casadas parecían emanar para su sensualidad incomprensibles atractivos suplementarios. Como yo era su interlocutor principal, su ayudante, su discípulo fiel, y me encontraba tan a menudo a su lado que hubiese podido confundírseme con su sombra, me convertí por razones obvias en su confidente, de modo que considero con toda tranquilidad de conciencia ser la persona que, por lo menos en el último tercio de su vida, mejor lo conoció. Después que la Casa de Salud dejó de existir y que, de regreso a Europa, por causas ajenas a nuestra voluntad, debimos separarnos, y él regresó a Amsterdam mientras que yo entraba como interno en el hospital de Rennes, del que en la actualidad soy subdirector, hasta el día de su muerte seguimos escribiéndonos y mezclando en nuestra correspondencia, con soltura y jovialidad, los tópicos científicos con los personales. Su higiene corporal era meticulosa y, si el tiempo era cálido, le gustaba vestirse impecablemente de blanco, de modo que cuando estaba en Buenos Aires, en las noches de verano, cuando después de 1a cena salía a ejercer su pasatiempo favorito, no era raro que, desde los umbrales oscuros, desde las habitaciones en penumbra, por las ventanas abiertas de par en par buscando crear una imaginaria corriente de aire, al verlo pasar, alguna voz masculina murmurara en la oscuridad, entre socarrona y comprensiva: ái va el doctor rubio a buscar putas. Creo que la mejor manera de describir al doctor Weiss tiene que ver con esa capacidad que poseía de practicar libremente sus vicios a la vista de todos sin perder respetabilidad. Probablemente la razón fuese que nunca mezclaba los placeres con el trabajo y que era hombre de palabra: jamás le oí decir una mentira ni prometer nada que no estuviese dispuesto a cumplir. Su gusto inmoderado y misterioso por las mujeres casadas lo obligaba a veces a no pocos malabarismos morales, y en dos o tres ocasiones, empujado por las circunstancias a una inevitable duplicidad, lo vi renunciar con resignación a goces que ya le estaban asegurados. De sus inclinaciones había hecho un estilo de vida, una disciplina del saber y del vivir, casi una metafísica. En una carta del último período me escribió: El instante, respetado amigo, es muerte, sólo muerte. El sexo, el vino y la filosofía, arrancándonos del instante, nos preservan, provisorios, de la muerte. Si bien no parecía establecer ninguna distinción entre sanos y enfermos, era a los enfermos a quienes trataba con mayor probidad; parecía considerar que les debía más respeto que a los sanos. Y en cierto sentido era exacto: abandonados por sus familias, que rara vez venían a verlos, los locos estaban enteramente en nuestras manos, de modo que para ellos representábamos el último puente con el mundo. Al inaugurar la Casa de Salud, el doctor Weiss nos había advertido, a mí y a los otros miembros del personal, que mentirles a los locos era un acto insensato, y que si lo hacíamos seríamos percibidos por los enfermos igual que las personas sanas perciben a esos locos que hacen todo lo posible por disimular su locura, sin darse cuenta de que son esos esfuerzos los que los traicionan. Según el doctor Weiss el engaño es superfluo porque la locura, por el solo hecho de existir, vuelve a la verdad problemática. Un detalle que me intrigaba cuando lo oía dialogar con los enfermos era que muchas veces, ante las afirmaciones más descabelladas de los locos, en sus ojos azules más que en sus labios, que se apretaban un poco, se encendía fugaz una sonrisa de aprobación.
Las enfermedades, y no únicamente las del alma sino también las del cuerpo, que aunque capaz de tratarlas con igual habilidad se abstenía de hacerlo para no malquistarse con los otros médicos de la ciudad, a los que no quería sacarles la clientela, no eran el único centro de interés de mi maestro: la naturaleza entera en sus más variadas manifestaciones, desde el giro periódico de los astros hasta las florcitas más insignificantes de la llanura, que coleccionaba en un herbario cuidadoso, despertaba en él la misma curiosidad, estimulando sus dones de observación y de razonamiento. Un insecto, la brisa benévola de octubre, el comportamiento de un caballo o las fases de la luna, tenían el mismo valor para él como objetos de reflexión, y más de una vez le oí decir que, a diferencia de lo que habían producido los hombres, no había jerarquías en la naturaleza, y que en cada fenómeno natural estaban implícitas las leyes que rigen al universo entero, de modo que explicando correctamente el salto de una pulga por ejemplo -le gustaba ejemplificar con lo nimio- se entendía el funcionamiento del sistema solar, pero que de todas maneras la interpretación correcta de un hecho natural era imposible, porque a medida que iba aumentando el conocimiento aumentaba también el lado oscuro de las cosas.
Era un hombre ameno y servicial, o tal vez más que ameno y servicial: proclive a la compasión. Ese rasgo de su carácter era mucho más meritorio en él que en ningún otro, si se tiene en cuenta que, en materia religiosa, nunca vi ateo más convencido. En una de sus cartas desde Amsterdam me decía: Como Dios no existe nos toca a nosotros los hombres corregir las imperfecciones del mundo. ¡Cómo me hubiera gustado dejarle la tarea -al fin de cuentas, si existiese, el mal sería su responsabilidad-y poder dedicar todo mi tiempo a la única cosa perfecta que ha sabido crear, el sexo femenino! Su ateísmo me dejaba a veces perplejo: daba la impresión de considerar la inexistencia de Dios como una circunstancia euforizante. Aunque yo compartía sus convicciones, debo confesar que no pocas veces, en la intimidad de mi pensamiento, la situación me parecía más bien desalentadora, menos por la nada infinita que acechaba a mi propio ser, que a causa del despilfarro increíble que suponía la existencia de un universo tan inmenso, variado y colorido, que había irrumpido un buen día porque sí para, en cualquier momento, fletado generosamente como estaba, brusco, derrumbarse y desaparecer. Al doctor Weiss esa eventualidad no lo impresionaba sino que, por el contrario, parecía estimularlo, y creo que si hubiese estado en la boca de un volcán en erupción -aventura que por otra parte creo que vivió en Nápoles unos años antes de conocerme-, en vez de emprender la fuga se hubiese frotado las manos preparándose a estudiar la materia ígnea que estaría a punto de abrasarlo. Para los catorce años que duró nuestra Casa de Salud, ese símil no es inadecuado. Por todas partes lava hirviendo nos amenazaba: indios, bandidos, ingleses, godos, en ese orden creciente de ferocidad, para no hablar de tormentas, inundaciones, sequías, langostas, denuncias, pleitos, guerras y revoluciones. Nuestro hospital-laboratorio, como lo llamaba el doctor, que habíamos concebido blanco y apacible, terminó siendo la ruina miserable que, según me ha informado un amigo, existe todavía hoy día entre la maleza. Al parecer, después de la dispersión trágica de nuestros pupilos -los buscamos sin resultado durante semanas- dos de ellos volvieron al año siguiente y se instalaron en las ruinas, sin que ninguna familia los reclamara. (Hasta su muerte, los indios los veneraban y les traían de comer todos los días. Después se supo que eran unos indios cristianizados de Areco que, en secreto, practicaban una especie de culto hacia los dos locos, a los que trataban bien para que los preservaran de las fuerzas del mal.)
La política y el dinero son sin duda útiles, pero distraen de lo esencial: así es como las guerras sucesivas y la avaricia de ciertas familias, que pagaban los costos del primer año para desembarazarse de sus enfermos, y una vez que los confiaban a la Casa se olvidaban de seguir pagando, terminaron con nuestra empresa. En cuanto a las autoridades, si bien algunas personas esclarecidas nos estimulaban, muchos gobernantes, en general hombres de negocios, leguleyos, hacendados, eclesiásticos y militares, casi todos ellos ávidos, oscurantistas y sin instrucción, nos vigilaban de un modo constante y ponían toda clase de obstáculos a nuestro desenvolvimiento. Únicamente aquéllos que tenían trato directo con el doctor Weiss nos eran incondicionales, por haber percibido a través de ese trato su bondad, su sinceridad y su eficacia. Y tal vez porque dependían de él y más de una vez él había sabido calmar sus sufrimientos, los enfermos lo idolatraban. Pretendiendo que los tenía prisioneros sin ninguna razón y que los torturaba, trato que ni siquiera a los locos furiosos era capaz de darles, aun los enfermos que lo consideraban como su enemigo y que no se abstenían de injuriarlo o de amenazarlo, le tenían a pesar de sí mismos un respeto evidente, del que tal vez ni se daban cuenta, y cuando simulaban estar convencidos de que el doctor era la causa de todos sus males se notaba en sus palabras y en sus actitudes que no creían mucho en lo que afirmaban. Con sus insultos calumniosos, que el doctor soportaba con su sonrisita impasible, llegando a veces a sacudir de un modo afirmativo la cabeza como si los aprobara, parecían querer obligarlo a darles, de un modo u otro, un signo de que estaban equivocados, o tal vez un suplemento de atenciones o un interés exclusivo. También las personas que trabajaban en la Casa, a las que él mismo fue formando, le eran devotas. En su mayor parte se trataba de personas sin mucha instrucción, pero el doctor pensaba que los atributos que requería su trabajo, inteligencia, dulzura, fuerza física y paciencia, no dependían de la instrucción. Algunas damas de la ciudad quisieron colaborar gratuitamente, por beneficencia, con el trabajo de la Casa, pero, con habilidad diplomática, el doctor las convenció de que era un trabajo peligroso, lo cual en algunos casos, rarísimos, podía ser cierto, y cuando logró desembarazarse de ellas, me comentó en forma confidencial, con su habitual sonrisita y el chispeo de sus ojos clarísimos: Gratuitamente, es otro tipo de servicios el que les pediría a las más jóvenes.
El mismo concibió y ejecutó los planos de la Casa. De una sola planta, de forma rectangular, consistía en una serie de galenas que encerraban tres patios. El frente daba hacia el río, como en la patria de Empédodes el templo de la Concordia hacia el mar, ironizaba el doctor. Las paredes de adobe espeso, siempre de un blanco inmaculado; el enrejado bajo de las ventanas imitaban las mansiones coloniales, pero las hileras de cuartos que se abrían hacia los patios cuidados, evocaban el convento, la cofradía, o una rústica Academia. Únicamente en la última galería del último patio las puertas tenían llave. En las otras, incluida la de mi maestro, esa protección era superflua. Vivíamos en comunidad con nuestros locos. En cuanto a las personas que trabajaban en la Casa, sólo se encerraban bajo llave las que lo deseaban, que eran escasísimas. Las habitaciones del fondo estaban destinadas a los enfermos que atravesaban períodos de excitación grave. A la febrilidad constante de ciertos locos los demás terminan por habituarse o resignarse, pero los ataques súbitos de algunos taciturnos suelen ser los más violentos. En esos casos, el encierro se hacía necesario, y los dejábamos a solas hasta que los ganara otra vez la melancolía. En rigor de verdad, con nuestro método, es decir el método del doctor Weiss, rara vez en catorce años tuvimos casos de locos furiosos, que hubiesen puesto en peligro a nuestra comunidad o a alguno de sus miembros. Cuando la violencia los tentaba, era más bien contra sí mismos que la empleaban. A veces, sin razón aparente, alguno, en forma repentina, corría a darse un cabezazo contra la pared, que lo dejaba sangrante y atontado. Otro, sin previo aviso, decidía tajearse el cuerpo entero con un cuchillo. Pero en catorce años, tuvimos que lamentar únicamente tres suicidios. Un muchacho brasileño constante e irresistiblemente atraído por el agua, terminó por tirarse al río; un viejo se colgó de un árbol en el segundo patio, una mañana de invierno, y una mujer se envenenó. (Se había dado a sí misma seis meses para sanar y, como lo explicaba en la carta que dejó, ya había llegado a la Casa con el veneno escondido y la determinación de usarlo si el tratamiento del doctor, que era su última tentativa de curarse, no daba resultado.)
El personal, mezclado con los enfermos, estaba distribuido en los tres grupos de galerías, que formaban en realidad tres cuadrados, con dos lados interiores comunes. Construidos en hilera, y en un solo cuerpo, los tres cuadrados formaban un rectángulo. El cuadrado del medio compartía los lados transversales con el cuadrado inferior de la entrada y el cuadrado del fondo: en materia de arquitectura, el doctor era afecto a la geometría. El primero de esos lados transversales del cuadrado del medio era un largo salón que servía de comedor y en uno de cuyos extremos estaba instalada la cocina. El cocinero era un empleado, pero sus ayudantes y los mozos que servían a la mesa, eran locos. Siguiendo instrucciones del doctor Weiss, si alguno de ellos deseaba cocinar, el cocinero ponía la cocina a su disposición. Al cabo de un tiempo, el cocinero se iba a visitar a su familia por dos o tres días, del otro lado de Buenos Aires, dejando la cocina a cargo de algún enfermo. En las galerías laterales opuestas del cuadrado inferior, inmediatamente después de la entrada, él a la izquierda y yo a la derecha, el doctor Weiss y yo teníamos cada uno nuestra habitación, que era al mismo tiempo nuestro lugar de trabajo.
En nuestra Casa de Salud, había a decir verdad muy pocos remedios. Según el doctor Weiss, de las causas variadas que podían explicar la locura, las que provenían del cuerpo eran las más improbables, y puesto que se trataba de enfermedades del alma, era en el alma donde había que buscar la causa. Pero esa mezcla de sentimientos, pasiones, imaginación y pensamiento, mentira y verdad, bien y mal, amor y odio, crimen y arrepentimiento, deseo y renunciamiento que es el alma, como me decía el doctor en una de las primeras cartas que me mandó desde Amsterdam, no facilita nuestro trabajo. En cierto sentido, el cuerpo es para los hombres una región remota de sí mismos, y si logran hacerlo responsable de todos sus males, adscriben estos últimos al dominio de la naturaleza, que es para ellos sinónimo de fatalidad. En cambio, en lo que llaman el alma, están ellos mismos íntimamente implicados. En la inmensa mayoría de los casos el comercio con los demás no se hace a través del cuerpo, sino del alma. El cuerpo es una tierra incógnita que unos pocos privilegiados pueden pisar o contemplar, mientras que el alma está en comercio constante en la plaza pública, y los que se jactan de conservar un alma virginal y secreta no saben hasta qué punto esa propiedad que ellos creen recóndita y etérea puede llegar a ser manoseada por los otros. Por eso es que casi todo el mundo prefiere encontrar la causa de todos los males en el cuerpo. Demás está decir que el método principal del doctor Weiss consistía en mantener con los enfermos relaciones idénticas a las que mantenía con las personas sanas y que sólo en los casos extremos se intentaba algún tipo de tratamiento, en general temporario, como la prescripción de ciertos medicamentos por ejemplo, el encierro, o los baños fríos o calientes. En muy escasas oportunidades nos vimos obligados a recurrir a la camisa de fuerza. En cuanto a los baños, formaban parte de nuestra rutina, y el lugar en el que los enfermos los tomaban era una construcción aparte, cercana al río, tan blanca y cuidada como el edificio principal. Las enfermedades del cuerpo, las tratábamos según los métodos habituales, y para los casos más o menos graves el doctor no vacilaba en hacer venir a algún colega de Buenos Aires con el fin de proceder a una consulta. Pero debo consignar, si quiero atenerme a la verdad más estricta, que en su inmensa mayoría los numerosos enfermos que estuvieron bajo nuestro cuidado parecían gozar de una salud excepcional desde el punto de vista físico. Instalados en un mundo propio, enteramente creado por su imaginación delirante, y a menudo incomprensible para los demás, parecían al abrigo de las contingencias naturales que deben soportar los que gozan de, como se dice, su entero discernimiento. En ese mundo propio enquistado en el de las apariencias, daban la impresión de echar raíces y sufrían, no la corrupción que espera a toda materia, sino un desecamiento interminable, una calcinación lenta cuyo tiempo de cocción no podría quizás medirse con instrumentos conocidos. Las porciones de sí mismos que se iban desprendiendo, cabellos, dientes, piel, a veces un ojo que parecía volatilizado detrás de un párpado incapaz de abrirse, algunos dedos seccionados en algún accidente, una pierna que se ponía rígida y se negaba a caminar obligándolos a arrastrarla todo el tiempo como a un mueble viejo, parecían las partes de un envoltorio que, a causa de los trajines de un viaje, se desgarran sin que sin embargo el objeto que protegen sufra el menor daño.
En los trabajos domésticos, cada uno colaboraba según sus necesidades y según su deseo, y las reparaciones, la pintura, la huerta y la jardinería, así como el mantenimiento del corral, que estaba fuera del edificio, más allá de las tres grandes acacias que dan nombre al lugar, y las tareas de la cocina, que ya he mencionado, se repartían, a medida que la necesidad se iba haciendo evidente, entre los voluntarios que se presentaban, y de los que no estaba excluido ni siquiera el doctor Weiss. Más de una vez lo vi atender a un enfermo mientras iba carpiendo la huerta, o mientras pintaba las paredes de adobe, la preservación de cuya blancura inmaculada, al mismo tiempo que la limpieza meticulosa de las galerías y de las habitaciones, así como el cuidado del corral y de los patios arbolados, ocupaba la mayor parte del trabajo cotidiano. En relación con estas tareas domésticas efectuadas en común, debo decir que no resultaban de la aplicación de una disciplina sino más bien, por parte de los enfermos, del capricho de los voluntarios, y este sistema de trabajo, razonado con cuidado especial por el doctor Weiss, demostró una vez más su proverbial realismo y su infalible perspicacia. Si la locura podría definirse por el delirio mismo que la pone en evidencia, y si el sufrimiento puede estar ausente de los enfermos en muchos casos, es evidente que su otro rasgo constante es la ingobernabilidad: la razón, que es capaz de imponer su disciplina hasta a los rayos que caen del cielo, es sin embargo inadecuada para domesticar el delirio. Cuando se pretende tratar con él, es más prudente apelar a su capricho que a su obediencia, y a menudo nuestros locos seguían no las normas que dicta lo exterior, sino las que les imponía su propio delirio, a veces con la previsible consecuencia de que lo exterior, hasta entonces supuestamente inapelable, terminaba plegándose a ellas. Recuerdo que en mil ochocientos once, un funcionario de la Revolución que tuvo a su cargo una inspección de nuestro establecimiento, y que hubiese podido contarse entre nuestros enemigos, si a los pocos días de su visita un tropezón imprevisto de su caballo no lo hubiese mandado al otro mundo como se dice, comentó al final de su visita, no sin alguna pertinencia, que durante su recorrido por la Casa le había costado todo el tiempo distinguir los locos de los que no lo eran, a lo cual mi venerado maestro respondió, con el chispeo habitual en sus ojos de un azul clarísimo, pero sin obtener del otro ni la más leve sonrisa de connivencia, que cuando él se paseaba por las calles o por los salones de Buenos Aires lo asaltaba con frecuencia la misma perplejidad.
El objeto de esta memoria no es relatar en detalle la vida en la Casa de Salud, sino nuestro viaje de mil ochocientos cuatro, cuyas escasas cien leguas fueron multiplicadas por los obstáculos, previsibles o inesperados, que demoraban nuestro avance, por los fenómenos naturales que desordenaban nuestros planes, y por ciertos episodios poco comunes que nos condujeron más de una vez al borde del desastre. Pero antes de referirlo, quisiera hacer algunas consideraciones sobre las circunstancias que motivaron la desaparición de la Casa.
La facilidad con que obtuvimos en Madrid las autorizaciones necesarias para instalarnos puede explicarse por el hecho de que la Corona consideraba que toda institución nueva que se fundara en las colonias contribuía a consolidar su presencia en ellas, y también por la ignorancia de casi todos los funcionarios de la Corte sobre la disciplina que profesábamos y el modo en que pensábamos ejercerla, aunque el doctor Weiss se haya inspirado en parte del ejemplo de algunos médicos de Valencia, que durante el siglo pasado practicaron un tratamiento más humano de la locura. A esto habría que agregar quizás la circunstancia de que debíamos pagar un impuesto, hecho que, teniendo en cuenta el estado de las finanzas de prácticamente todas las monarquías europeas, acelera siempre todos los trámites. Por otra parte, convencidos de que todo aquello de lo que no se ocupan no existe, los funcionarios pensaban que en América no había locos cuyas familias pudiesen pagar para que alguien se ocupase de ellos, de modo que en su fuero interno no dudaban de que el doctor Weiss y yo éramos dos ingenuos dispuestos a dilapidar su fortuna en una empresa descabellada destinada de antemano al fracaso. Pero cuando el largo rectángulo blanco abrió sus puertas al pie de las tres acacias, y los enfermos comenzaron a afluir, los funcionarios locales empezaron a tomarnos en serio, y cuando nuestros métodos novedosos se difundieron, la opinión pública se dividió en lo relativo a su seriedad, a su eficacia, y aún a su decencia. La Iglesia por ejemplo, que en las colonias se otorga atribuciones que ya no se atrevería a acordarse en la Metrópoli, pretendía opinar sobre el modo en que se debía tratar a los enfermos, lo que exigía del doctor Weiss una paciencia inagotable y una habilidad siempre lista para sortear las dificultades. Durante nuestras deliberaciones privadas, el doctor me decía que por el momento era infructuoso y no exento de peligro un enfrentamiento directo con el clero y que la mejor manera de combatirlo era proseguir sin concesiones nuestro trabajo científico, pero al mismo tiempo, aun cuando debíamos evitar las provocaciones, no estaba dispuesto a renegar de sus ideas. Cuando años más tarde la Revolución llegó, tuvimos la esperanza de que también llegaría para nosotros y que nuestro trabajo sería por fin reconocido, pero muchos de sus partidarios no diferían en casi nada de sus enemigos en cuanto a sus ideas políticas, científicas y religiosas se refiere. Las guerras que siguieron no hicieron más que agravar las cosas: en las guerras de independencia ya estaban en gestación las guerras civiles, y hasta podría decirse que los primeros enfrentamientos en las guerras de independencia fueron una suerte de guerra civil, porque los que se mataban mutuamente eran los mismos que cinco o seis años antes habían combatido juntos contra los ingleses. Durante los años de guerra, aunque a decir verdad la región nunca fue demasiado tranquila, veíamos pasar a menudo, por agua o por tierra, compañías de soldados que a veces se desviaban de su camino para venir a golpear a nuestra puerta, por curiosidad o en visita de reconocimiento, o a veces a pedir un poco de agua y hasta algo de comer. En general, cuando comprobaban que se trataba de un hospital, y sobre todo cuando descubrían la clase de enfermos que tratábamos, se apresuraban a dejarnos tranquilos: ya es sabido que la locura, cuando no hace reír, suele generar la incomodidad y más que nada el espanto.
No todo era incomprensión y amenaza en el mundo que nos rodeaba, y debo reconocer que en los catorce años de existencia de la Casa de Salud del doctor Weiss, un grupo de amigos y de defensores, procedentes de todas las clases sociales y de todos los sectores políticos, incluyendo funcionarios de los gobiernos sucesivos, científicos y hasta miembros del clero, apoyaron por todos los medios nuestra experiencia. Una buena parte de las familias de nuestros locos, aunque más no fuese por no tener que verlos reaparecer un día de vuelta en sus casas si nuestra institución cerraba, pagaba con toda puntualidad, y como todos sin excepción formaban parte de las clases acomodadas que, cualquiera fuese la fracción a la que pertenecían, eran las únicas que se otorgaban el derecho de gobernar, utilizaban por todos los medios su influencia para que no se nos molestara. Pero no pocas veces rencores, rivalidades y conflictos de interés estuvieron a punto de perdernos. Cuando empezaron las guerras de independencia, los revolucionarios nos acusaban de realistas y los realistas de revolucionarios. Como nos habíamos instalado con una autorización de la Corona, los gobernantes criollos nos acusaban de espionaje, y algunos pretendían incluso que únicamente admitiéramos en la Casa a los enfermos provenientes de familias adeptas a la causa de la Revolución. Lo más absurdo de esa situación era que el doctor Weiss y yo habíamos sido desde siempre revolucionarios convencidos -él había estado en las calles de París en el noventa y tres-, pero como estuvimos obligados a disimularlo durante el virreynato para poder sobrevivir, los revolucionarios pretendían que fingíamos defender su causa por oportunismo o, peor todavía, con el fin de ejercer con mayor eficacia nuestro supuesto oficio de espías. Lo que sucedía en realidad era lo que sucede en todas las revoluciones, es decir que entre los dirigentes un pequeño grupo, que termina siempre por perder, se compone de revolucionarios convencidos, mientras que el resto está formado por una parte de hombres influyentes del gobierno anterior que cambian sobre la marcha y por la otra de individuos que no están ni con unos ni con otros y que se limitan a aprovecharse de las circunstancias inesperadas que los han llevado al poder. Aparte de las familias que nos habían confiado a alguno de sus miembros, y de algunos científicos que se interesaban sinceramente por nuestro trabajo, nadie entendía lo que hacíamos, de modo que padecíamos el eterno flagelo que amenaza a los que piensan, o sea soportar el recelo de aquellos para quienes todo lo que ellos no entienden es sospechoso.
Me han dicho que en la actualidad (1835 más o menos según mis cálculos. Nota de M. Soldi) se degüella fácil por esas tierras; en mi época, era el fusilamiento lo que parecía estar de moda. De ese final luctuoso y, en resumidas cuentas, bastante degradante, nos salvó un aliado imprevisto, el cónsul inglés, el cual pensaba de nosotros -se me perdonará que por hacer más fluido mi relato le atribuya a un diplomático, inglés por añadidura, la facultad de pensar- que éramos un par de charlatanes, aunque en realidad sospechaba, con justa razón por otra parte, que el doctor Weiss y yo, que solíamos cruzarlo a menudo en las reuniones mundanas, nos dábamos algunas panzadas de risa a su costa. Poco tiempo después de haberse instalado de nuevo en Amsterdam, el doctor me escribió: Hénos aquí sanos y salvos otra vez en Europa, y eso gracias a míster Dickson. El pobre, dividido como está entre su odio a España por razones comerciales y su odio a todo lo que es revolucionario por idiosincrasia nacional, se encuentra siempre sirviendo a dos amos a la vez sin tenerle simpatía a ninguno. Y sin embargo, su sentido del honor, sin ningún asidero en la realidad, nos salvó la vida. No creo ofender a nadie explicando, veinte años más tarde, las alusiones que contiene la carta del doctor.
Desde hacía unos meses, en la Casa se encontraba internado un joven chileno enfermo de melancolía, cuyo padre, por haber elegido la causa de España, había sido ejecutado bajo el cargo de alta traición en Valparaíso. Un espía del gobierno informó a un jefe militar de Buenos Aires sobre la presencia del joven chileno en Las tres acacias, y el jefe militar sostenía que el doctor y yo, pretextando su enfermedad, lo manteníamos en la Casa para protegerlo, que en realidad no estaba enfermo sino prófugo, lo cual probaba según ese militar que, como algunos lo sospechaban, éramos espías del rey de España. El joven, presa de la más honda melancolía, estaba enfermo grave y, como es natural, nos negamos a entregárselo. Pero cuando los emisarios del militar se retiraron, el doctor Weiss, con expresión preocupada, me explicó que tanto él como el militar sabían que el joven chileno no era más que un pretexto, y que las verdaderas razones eran las sospechas inconfesables del militar de que su mujer lo engañaba con el doctor: sospecha calumniosa, suspiró el doctor, porque Mercedes y yo ya hace seis meses que hemos dejado de vernos. En cierto sentido, fue la incomprensible inclinación de mi querido maestro por las mujeres casadas lo que estuvo a punto de llevarnos ante el pelotón de fusilamiento.
Dos o tres días más tarde nos arrestaron, amenazando al personal para obligarlo a volverse a sus casas. Dos hombres nobles que, preocupados por los enfermos, volvieron clandestinamente a la Casa, fueron azotados, estaqueados, y enrolados por fuerza en el ejército. Con saña y deliberación el edificio fue saqueado y destrozado mientras que, aterrados, los enfermos se dispersaron. El doctor y yo estuvimos presos en el campamento del jefe militar durante tres semanas hasta que un día, al alba, nos vinieron a buscar, y haciendo bromas y diciendo que nos iban a fusilar, nos llevaron al campo, y después de darnos unos golpes nos montaron semidesnudos en un solo caballo en pelo -yo llevaba las riendas- y nos liberaron.
En Buenos Aires, el doctor fue a pedir cuentas al gobierno por la conducta imperdonable de ese militar, y de esa manera nos enteramos del detalle más horrible de nuestra aventura: a pesar de su enfermedad, el joven chileno había sido arrestado por orden del militar, y fusilado al día siguiente bajo el cargo no menos ignominioso que falso de traición. La pena y la furia nos tironeaban, haciéndonos vacilar entre el agobio y la venganza, pero lo más urgente era salir en busca de los enfermos que la soldadesca había dispersado, de modo que, con el apoyo de nuestros protectores, formamos una partida y salimos a la inmensidad de la llanura para tratar de encontrarlos. El fiel Osuna, para quien los años no parecían pasar, nos guiaba por ese espacio uniforme y, como él, siempre idéntico a sí mismo, en el que él solo era capaz de distinguir los detalles y los matices. Pero durante las semanas en que los buscamos día y noche, ni un solo rastro descubrimos de los enfermos que los militares habían dispersado. Años más tarde, hasta el día de su muerte a decir verdad, el doctor y yo seguíamos especulando en nuestra correspondencia sobre las explicaciones posibles de esa desaparición total y repentina.
Por primera vez pude observar en las facciones del doctor el reflejo de una pasión hasta entonces desconocida en él, el odio, y un sentimiento que me entristecía todavía más: el remordimiento. Durante varios días, deambuló silencioso y sombrío por entre el desorden enconado que la soldadesca había dejado en la Casa, el huerto y los jardines pisoteados, las plantas arrancadas de cuajo, los vidrios rotos, los muebles hechos pedazos, los libros deshojados y chamuscados, los papeles dispersos. Los años más fecundos de nuestra vida acababan de ser destruidos sin razón alguna por la barbarie que, para disimular sus instintos inconfesables, pretendía erigirse en orden y en ley. Debo hacer notar también que de los pensionistas que acogía la Casa blanca del doctor Weiss, a pesar de que hasta sus propias familias los habían repudiado, ninguno hubiese, abandonados por la razón y todo como estaban, cometido esos actos incalificables, lo que podría probar -argumento que le escuché varias veces formular al doctor- que la razón no siempre expresa lo óptimo de la humanidad.
Esa noche dormimos en las ruinas, y al día siguiente nos instalamos en Buenos Aires con lo que logramos salvar del desastre; algunos libros, cinco o seis páginas de un herbario, el busto de Galeno que por milagro quedó intacto. Pero la pesadumbre sin fondo que parecía haberse apoderado del doctor duró poco, porque tres o cuatro días más tarde una determinación nueva, y tan intensa que me inspiraba un poco de pavor, apareció en su cara. Cuando estuvo convencido de que la pondría en práctica, una chispa de satisfacción grave, casi solemne, se instaló en su mirada. Una noche, de vuelta de una fonda, con la locuacidad que le daba el vino, me explicó su plan: retaría a duelo al militar. Esa idea insensata, que equivalía a un proyecto de suicidio, el doctor me la expuso con su claridad lógica acostumbrada, y tan satisfecho de su evidencia racional, que daba la impresión de haber olvidado sus numerosos años de práctica médica, durante los cuales su preocupación principal había sido la de desmantelar, con paciencia y penetración, las falacias alucinatorias de los enfermos de las que ellos, igual que el doctor ahora, eran incapaces de ver por sí mismos la concatenación descabellada. Según el doctor, el militar no dejaría de perseguirnos, lo cual era sin duda exacto, y no teníamos más alternativas que huir o enfrentarlo. Pero era evidente que no podíamos ir a buscarlo a su campamento, en el que la superioridad numérica de sus tropas era un obstáculo insalvable, ni asesinarlo en la vía pública, ni denunciarlo a las autoridades, de las que de todos modos formaba parte y sobre las que tenía una fuerte influencia. Tampoco podíamos tenderle una emboscada (no hago más que enumerar las opciones, a cual más absurda, que iba proponiendo el doctor). Según él, el ofenderlo delante de testigos, obligándolo a batirse a duelo, presentaba dos ventajas fundamentales: primero, el incidente contribuiría a difundir en la población, y quizás en todo el mundo civilizado, el vandalismo del militar, la destrucción de la Casa, el fusilamiento del joven chileno y la dispersión de los enfermos y, segundo, y esto lo expresó con el orgullo un poco pueril de quien acaba de construir un silogismo sin fallas, el duelo era la única opción que autorizaba una esperanza lejana de salir vivos de la aventura. Al mismo tiempo, la provocación haría recaer toda la responsabilidad sobre su persona, poniéndome al abrigo de represalias. (Este desvelo delicado por mi seguridad, era desde luego una confesión tácita del origen galante de todo el conflicto.)
Tan inatacable le pareció al doctor el programa suicida que acababa de exponerme que, frotándose las manos, me dijo con su habitual falta de hipocresía que una vuelta por el lupanar le refrescaría las ideas y me dejó en la calle oscura y fangosa, aterrado por lo que se avecinaba. La huida me parecía, sin ninguna duda posible, la más sensata de las soluciones. Es verdad que el doctor no era de aquéllos que, con el pretexto del estudio, descuidan el mantenimiento del cuerpo, pero ya no era un hombre joven, y además su adversario, en tanto que militar, era un verdadero profesional de la muerte. El desenlace de ese combate desigual era inequívoco. Pero el brillo satisfecho en la mirada del doctor Weiss me privaba de antemano de toda veleidad de disuadirlo.
Ideas tan descabelladas como las suyas empezaron a acosarme. Nada estimula más el desvarío que enfrentar una situación para la que no se estaba preparado; tan inmanejable como para el salvaje el minué, para el avaro el despilfarro, eran para nosotros, hombres de aulas y de bibliotecas, el poder arbitrario y la violencia. Se me ocurrió que podía adelantarme al doctor y provocar yo mismo un duelo con el militar, del que mi juventud me acordaría más posibilidades de salir victorioso, pero si por si acaso hubiese llegado a costarme la vida, hasta el día de hoy estoy seguro de que nadie hubiese podido disuadir a mi maestro de provocar a su vez al causante de todos nuestros problemas, de modo que mi sacrificio no hubiese servido de nada. Convencerlo de huir hubiese supuesto un esfuerzo agotador, pero sobre todo inútil: sólo alguien que como yo conociera la ductilidad elegante de su pensamiento podía ser capaz de distinguir su determinación de la mera testarudez. Una vez que tomaba una decisión era poco probable, por no decir imposible, que algo o alguien pudiese impedirle ponerla en práctica. Avanzando casi a tientas por las calles fangosas de Buenos Aires, muchas soluciones igualmente imposibles y fragmentarias me asaltaban en confusión y parecían eficaces durante algunos segundos hasta que, mostrando su carácter absurdo, con la misma febrilidad con que se habían erigido en el interior de mi cabeza, fugaces, se desmoronaban. Únicamente cuando recuperé la tranquilidad de mi cuarto y, sobre todo, la posición horizontal, y el cansancio del día empezó a disiparse, mis ideas fueron haciéndose más claras, permitiéndome concebir la solución que, no por ser la más novelesca, dejaba de ser la más sensata: ir a hablar con la esposa del militar.
Naturalmente, si lo hacía, no podía dejar traslucir que estaba al tanto de sus relaciones con el doctor, y debía hablar en nombre de la ciencia, de los enfermos martirizados, apelando a su caridad cristiana, etcétera. Por nada del mundo, el doctor Weiss debía enterarse de mi diligencia, porque eso impediría la realización de mi plan. Unos meses más tarde, desde Rennes le escribí a Amsterdarn contándole mi intervención (me faltó coraje para hacerlo durante nuestra travesía del Atlántico) pero, para mi sorpresa, él me respondió que estaba al tanto de todo, que una misiva reciente de Mercedes, llegada a sus manos nada menos que a través de los servicios secretos ingleses, contenía las explicaciones que yo le daba en mi carta, y algunas otras como se verá más adelante.
Después de efectuar las averiguaciones necesarias, le hice llegar a la esposa del militar un mensaje discreto. Durante dos días, como la respuesta se hacía esperar, temí que la soldadesca irrumpiera en nuestra pensión para arrastrarnos ante el pelotón de fusilamiento, pero a la mañana del tercero una sirvienta negra me trajo una invitación para un chocolate en una quinta de las afueras. Un esclavo negro vino a buscarme esa misma tarde a las cinco en punto, para guiarme hasta el lugar de la cita.
En un jardín, los dueños de casa, patriotas intachables como lo descubrí al llegar, me confirmaron lo que ya había adivinado durante los primeros minutos de conversación, a saber que eran parientes de uno de nuestros enfermos, extraviado y, en el minuto mismo en que conversábamos, quizás ya muerto en la llanura. Cuando llegó la esposa del militar, después de las presentaciones se demoraron un poco con nosotros para intercambiar algunas frases de cortesía, pero al cabo de unos minutos se retiraron con mucho tacto. Mientras le exponía la situación, como la señora Mercedes me escuchaba con los párpados entornados, no me abstuve de estudiarla, para comprobar hasta qué punto en su persona estaban reunidos muchos de los atributos femeninos que constituían las preferencias del doctor Weiss: formas generosas, calma y dominio de sí, pelo negro brillante, y sobre todo esa piel oscura y tensa que tantas veces le había hecho perder la cabeza, ese embrujo repetido que, apenas aparecía, con la insoportable y al mismo tiempo deliciosa peculiaridad de pertenecer a algún otro, era para mi maestro fuente de exaltación y al mismo tiempo de peligrosas complicaciones. Una y otra vez esos atributos, reunidos en una forma suave y caliente, por alguna insondable y arcaica afinidad, imantaban su energía y, con la regularidad férrea de las constelaciones, lo hacían girar en espiral hacia su centro. Cuando terminé de referirle los hechos sus párpados se alzaron y sus ojos, enormes y oscuros, se clavaron en los míos, mostrando de un modo tan elocuente los estremecimientos íntimos de una pasión intensa y orgullosa que, no sé si por delicadeza o por prudencia, tuve que desviar la mirada. La señora Mercedes me afirmó con vehemencia que la vida del doctor Weiss era para ella más preciosa que la suya propia, y me dijo que haría lo necesario para protegerla.
Por primera y única vez, en más de tres décadas que duró nuestra amistad, me vi en la triste obligación de mentirle a mi querido maestro, hallándome en la situación deplorable del médico que, para no revelarle la gravedad de su mal, debe ocultarle la verdad a un viejo y querido amigo. Por otro lado, el encuentro con la señora Mercedes, a pesar del aire decidido con que se comprometió a tomar las riendas del asunto, no logró tranquilizarme, ya que no volví a saber más nada de ella. El doctor, esperando la ocasión de ofender en público a nuestro enemigo para obligarlo a batirse a duelo, iba a ejercitar su puntería al campo todas las mañanas, y de tarde tomaba clases de esgrima, para perfeccionar sus dotes, inexistentes por otra parte, en esa actividad. Si la destrucción de la Casa y la dispersión de los enfermos, más la ejecución del joven chileno y nuestra inminente liquidación física en un futuro nada lejano no la hubiesen vuelto tan seria y trágica, hubiese podido reírme de una situación que presentaba más de un aspecto ridículo. Únicamente las horas de estudio lograban calmarnos un poco; encerrados en nuestras respectivas habitaciones, la luz de una vela, acompañándonos a veces con su claridad vacilante hasta el alba, formaba un aura exigua de cosas visibles que, por las horas que duraba nuestra lectura callada, parecía frenar la inmensa penumbra exterior en la que reptaban tantas emociones confusas y tantas amenazas desdichadamente ciertas.
Por fin el desenlace se produjo: nos invitaron a una fiesta a la que asistiría "todo Buenos Aires", es decir los miembros del gobierno revolucionario y otras autoridades, militares, eclesiásticas, etcétera; los ricos que, como dije antes, eran más o menos los mismos que las ya citadas autoridades, y los diplomáticos extranjeros, sobre todo franceses, ingleses y norteamericanos. A causa de las muchas fracciones que luchaban abierta o solapadamente para obtener el poder, también nosotros fuimos invitados a pesar de nuestra reciente desgracia. Algunos miembros del gobierno, comerciantes ricos, y varios intelectuales esclarecidos, estaban de nuestro lado por razones científicas y políticas, e incluso en ciertos casos por razones privadas, porque el doctor había atendido y curado, en la Casa de Salud, años antes, a algunos miembros de sus familias. (Por desgracia, en el momento de la destrucción de la Casa, ninguno de nuestros pensionistas provenía de familias de Buenos Aires; en dos o tres casos solamente, se trataba de parientes lejanos.)
Aun si como creo haberlo dicho el doctor Weiss era por naturaleza cuidadoso en el vestir, ese día sus cuidados se multiplicaron: se estuvo acicalando durante horas, como si se considerara el invitado de honor de esa reunión, o como si estuviese por asistir a su propio casamiento, a su propia apoteosis o incluso, pensaba yo con espanto, a su propio entierro. Durante todo ese tiempo, traté en vano de disuadirlo de ir a la fiesta, hasta que la reprobación bondadosa de sus miradas me indujeron a aceptar en silencio lo que se avecinaba.
Era a decir verdad una gran fiesta. Como hacía mucho calor, la casa estaba abierta de par en par, y había muchas mesas dispersas en el interior y en el jardín, donde habían instalado un gran toldo por si se levantaba tormenta. También en el jardín brillaban algunas luces, pero las habitaciones refulgían a causa de la iluminación excepcional que se derramaba hacia los patios a través de las puertas y de las ventanas abiertas. Una orquesta entonaba, o desentonaba más bien, una danza de moda, y muchas parejas bailaban en grupo sobre el pasto del jardín y en los salones iluminados. Como en Buenos Aires las casas de alto son escasísimas, todo está más o menos a ras del suelo, en el mismo nivel que la inmensa llanura en cuyo borde oriental, a la orilla del río ancho y cimarrón, la ciudad se encuentra agolpada. Entrando en la fiesta, atravesando el patio, tuve la impresión curiosa de que la casa con sus habitantes y sus invitados, más la ciudad en penumbras que la rodeaba, eran como un bocado diminuto entre las mandíbulas de una boca sin fin, el río y la llanura inmensos, húmedos y negros, el firmamento inacabable, un bocado asentado en una cavidad oscura y ávida, listo para ser devorado. Esa idea extraña me distrajo durante unos segundos de la situación crítica en la que nos encontrábamos, pero observando al doctor Weiss me di cuenta de que ninguna consideración, por romántica que fuese, podría desviarlo del objetivo que se había propuesto, y del que resultaba difícil decidir si se trataba de la venganza o del suicidio.
Nunca sucede nada importante -el nacimiento, la muerte, la vida de todos los días son incoloros y poco interesantes- pero cuando de verdad sobreviene algo fuera de lo común, parece todavía menos real que una alucinación, y transcurre con la delgadez y la lejanía de un sueño impreciso. Como no vio a nuestro enemigo en el jardín, a pesar de que su vivida mirada celeste escrutaba el rostro de cada uno de los presentes, el doctor se encaminó hacia la casa, con mi inquieta y modesta persona pisándole los talones. El militar no estaba en la antesala, pero cuando traspusimos la puerta del salón principal, lo descubrimos en la parte opuesta a la puerta de entrada, conversando en un grupito del que también formaba parte la señora Mercedes, bajo un gran espejo de marco dorado adosado a la pared. Nos detuvimos tan de golpe que dos o tres invitados que estaban cerca de la puerta nos miraron con curiosidad: los ojos celestes del doctor se clavaron en los del militar que, alertado por un instinto del que los hombres están privados pero que sin duda poseen los animales feroces, cuando entramos en el salón levantó la cabeza y nos reconoció de inmediato. A pesar de lo grave del momento, un detalle me maravilló: a su lado, la señora Mercedes siguió conversando como si tal cosa, sonriendo con volubilidad mundana, sin siquiera levantar la cabeza, aunque hasta el día de hoy estoy convencido de que de todas las personas presentes en la fiesta, ella fue la primera en percibir nuestra presencia. En la cara del militar, la sorpresa dio paso a una especie de alegría salvaje que se deleitaba de antemano por la maldad que, sin haberlo deseado expresamente, le íbamos a dar la oportunidad de cometer. Creo que en un segundo comprendió la situación y que, viéndonos caminar con paso resuelto en su dirección, se preparó para recibirnos como estaba convencido de que lo merecíamos. A medida que avanzábamos hacia él, yo iba adquiriendo la férrea convicción de que en el otro extremo del salón, en el que las parejas que bailaban se hacían a un lado con asombro e inquietud para dejarnos pasar, llegaban a su fin nuestras vidas azarosas cuando, de repente y, lo repito, con la inverosimilitud risible de los sueños, lo inesperado se produjo: Dickson, el cónsul inglés, interceptándonos y obligándonos a detenernos, murmuró que tenía algo importante y urgente que decirnos, de parte de la señora Mercedes, y como el doctor Weiss se negaba a escucharlo, Dickson se aferró a su chaqueta y le dijo en voz baja, pero con vehemencia inusitada, que el mensaje que traía contribuiría a una mejor realización del plan del doctor, y que si intentábamos llevarlo a cabo como estaba previsto estábamos condenados al fracaso porque se nos había tendido una emboscada. Yo sentía correr el sudor por mi cara, por mi cuello y por mi espalda, y viendo las gruesas gotas que brotaban en la frente de Dickson y que corrían por los pliegues de su cara rojiza prematuramente ajada, podía imaginar, comparándolo con la causa de mis propios sudores, cuál era su estado de ánimo en ese momento. Después de vacilar un momento, el doctor aceptó y se dejó llevar por Dickson y por mí al exterior de la casa. Antes de salir eché una mirada fugaz en dirección del militar y vi la decepción pintada en su cara, pero cuando observé con discreción a la señora Mercedes, antes de volver la cabeza, y la vi por última vez en mi vida, pude comprobar que ni un solo instante había interrumpido la conversación sonriente con sus interlocutores que, estoy seguro, no se habían dado cuenta de nada.
Cuando salimos al jardín no soplaba ninguna brisa en la noche bochornosa, pero una sensación de frescura, probablemente imaginaria, me invadió. Dickson nos pidió que lo acompañáramos hacia el puerto, donde el esclavo de la señora Mercedes nos esperaba con un mensaje de su ama. A tientas en la ciudad oscura, entre nubes de mosquitos que zumbaban a nuestro alrededor, hostigándonos, atravesamos las calles desiertas. En una ventana iluminada, detrás de una reja, un hombre, desnudo hasta la cintura, comía un pedazo de sandía en forma de medialuna. Alzando la vista nos reconoció, y, con sorna tranquila y familiar, preguntó: ¿Va de putas, doctor?, ante lo cual, con su venerable bonhomía, mi querido maestro se paró y, echándose a reír, lo que pareció fastidiar a Dickson, le lanzó esta respuesta inolvidable: No necesariamente. El hombre sacudió la cabeza mientras le daba un mordisco a la sandía, como si hubiésemos dejado de interesarle, y cuando reanudamos la marcha, a pesar de lo grave de la situación, la risita ahogada del doctor seguía resonando en la oscuridad, irresistiblemente contagiosa, de modo que cuando llegamos al puerto, nuestras galeras se sacudían contra la claridad ligera de la noche que parecía difundir el gran espacio abierto del río, del que el olor inconfundible, el chapoteo rítmico de la orilla y una real frescura de la atmósfera delataban la proximidad. Dickson, que no había perdido su seriedad a pesar de nuestro buen humor por cierto injustificado, nos ordenó que nos detuviéramos y que hiciésemos silencio, y cuando le obedecimos, empezó a silbar para advertir a alguien de nuestra presencia. De pronto, a unos treinta metros de nosotros, una luz empezó a mandar señales, de manera que nos encaminamos en su dirección. Cuando llegamos, seis o siete hombres comenzaron a discutir susurrando en inglés con Dickson; estábamos todos apretujados alrededor del farol, estudiándonos con desconfianza y curiosidad unos a otros hasta que el cónsul, señalándonos al doctor y a mí, se alejó unos pasos y se borró en la noche. De golpe, la oscuridad total me invadió, pero tardé apenas una fracción de segundo en darme cuenta de que me habían echado un paño en la cabeza -una bolsa quizás- y que entre dos o tres hombres me estaban maniatando. Las protestas ahogadas y los jadeos del doctor me revelaron, en esa oscuridad total en la que estaba sumido, que a él le estaba ocurriendo exactamente lo mismo. Traté de forcejear pero fue inútil. Dos poderosos brazos escoceses -detalle del que me enteré más tarde-, me alzaron en vilo, y fue en ese preciso momento que mis pies dejaron de pisar para siempre, o en todo caso hasta el día de hoy, el suelo de mi patria.
En la carta que me mandó tiempo más tarde desde Amsterdam, el doctor me dio algunas explicaciones suplementarias, puesto que las principales las obtuvimos ya en alta mar, acerca de lo sucedido, aclarándome los motivos exactos de la intervención del cónsul inglés: Por el desenlace de nuestra aventura, puede juzgar, estimado doctor Real, de la discreción y de la sutileza de la señora Mercedes, dos atributos que tenemos que agregar a los encantos innegables que posee y que usted, creo, ha tenido alguna ocasión de admirar de visu. La explicación de la conducta de Dickson, a quien siempre le fuimos tan antipáticos, es la siguiente: tiempo después de nuestra ruptura Mercedes, para intentar, según ella vanamente, olvidarme, empezó a frecuentar, sin pasar a mayores a estar con lo que ella afirma en su carta, al cónsul inglés, que, desde luego, nunca estuvo al tanto de nuestras relaciones. Mercedes convenció a Dickson de que su marido, que se creía engañado, se había equivocado de blanco, y se había vengado en nosotros creyendo que yo era el amante de su mujer. Dickson se vio entonces obligado a intervenir. Así es como nos salvaron la vida el servicio diplomático, los agentes secretos y la marina de guerra de la gran nación insular que posee la hegemonía indiscutida de los mares y que, como otros la peste negra, propaga el libre comercio por donde pasa.
Sofocados por las bolsas con las que nos habían encapuchado y con los brazos inmovilizados contra el cuerpo por las sogas que nos maniataban, fuimos depositados en una embarcación, el ruido periódico de cuyos remos nos acompañó durante unos veinte minutos, y más tarde izados como fardos a la cubierta de un barco, y por fin, habiéndonos retirado las bolsas, pero volviendo a maniatarnos por las muñecas, con los brazos en la espalda, y por los tobillos, tratamiento vejatorio que, reconozco, fue efectuado con firmeza pero sin brutalidad, abandonados en un camarote silencioso y envuelto en la más densa oscuridad. Voces y ruidos lejanos llegaban hasta nosotros, y al fin nos dimos cuenta de que el barco en el que yacíamos secuestrados había levado anclas y navegaba a velocidad regular, hacia un destino que ignorábamos. En las horas que duró nuestro encierro el doctor, que no perdía ni el hábito ni la capacidad de razonar con paciencia metódica, elaboró una serie de hipótesis sobre los hechos extraordinarios que acababan de producirse, de modo que cuando oímos la puerta que se abría y la voz calma de un hombre bien educado empezó a disculparse en inglés por el trato que se habían visto obligados a darnos, el doctor, detalle revelador si se tiene en cuenta que estaba atado de pies y manos y tirado en alguna parte en la oscuridad, le respondió con perfecta tranquilidad en un inglés perfecto que comprendíamos (también perfectamente) lo que había sucedido, y que estábamos agradecidos por la prontitud con que el gobierno inglés había actuado para salvarnos la vida. Cuando las luces se encendieron comprobamos que estábamos en el elegante camarote para huéspedes de una fragata de guerra inglesa cuyo capitán, un escocés tostado y afable, esperó que los dos marineros que lo acompañaban desataran nuestras ligaduras y nos ayudaran a ponernos de pie antes de darnos, jovial, la bienvenida. Un mes más tarde, arruinados y todavía un poco sacudidos más por los acontecimientos de los últimos tiempos que por la inestabilidad gris y rugosa del océano, y sin que el capitán haya podido ganarle al doctor Weiss una sola de las muchas partidas de ajedrez que jugaron durante la travesía, una mañana triste y lluviosa desembarcamos en Liverpool.
Me he extendido refiriendo la creación de la Casa de Salud y, de un modo sumario, he dado cuenta de los métodos de tratamiento del doctor Weiss, de su carácter y de su filosofía, así como del embate de la barbarie que en unas pocas horas dejó en ruinas el trabajo no ya de años, sino de la vida entera de mi maestro. Crear una institución de la nada, sobre todo en tiempos revueltos, fue obra superior, a la cual mí única contribución original fue ese viaje de un mes largo por la llanura, en condiciones demasiado difíciles, y que constituye el tema principal de esta memoria. (En todo caso, ese viaje fue para mí una experiencia única, de la que, como se verá más adelante, también soy deudor al doctor Weiss, y espero que mi lector, disculpando el egoísmo que supone presentarme como protagonista de mi relato, tenga a bien considerar que se trata para mi de la aventura más singular de mi vida.)