38808.fb2 Las nubes - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 2

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Los enfermos que debimos trasladar desde esa ciudad, situada frente al lugar de mi nacimiento, pero en la orilla opuesta del gran río, a unas cien leguas más o menos al norte de Las tres acacias, esas personas perturbadas en la intimidad de su ser por los estragos de la demencia, requerían un cuidado especial porque el viaje a través de la llanura desierta suponía para ellas una circunstancia agravante de su estado, pero a la vez, su alienación era en sí misma perturbadora, y con su presencia singular contribuía a romper el equilibrio de las antiguas leyes no escritas del desierto. Enfermos, indios, mujeres de mala vida, gauchos, soldados y hasta animales domésticos y de los otros, debimos convivir durante muchos días en el desierto que, si ya por definición es hostil, vio su hostilidad acrecentada por una acumulación imprevista de calamidades.

Pero es mejor que empiece por el principio. Por lo común, cuando alguna de las familias del por aquel entonces Virreynato deseaba colocar en la Casa de Salud a alguno de sus miembros, el traslado del enfermo corría por su cuenta, y los acuerdos necesarios se llevaban a cabo a través de mensajeros: en un par de meses, todos los detalles quedaban arreglados, y el paciente nos era entregado en, por decirlo así, la puerta de nuestro establecimiento, que una vez franqueada por él lo ponía en nuestras manos y bajo nuestra entera responsabilidad. Tal era la norma invariable que regía su hospitalización. A principios de mil ochocientos cuatro sin embargo, cuatro pedidos simultáneos de internación nos llegaron de regiones diferentes, y después de negociaciones laboriosas, menos de orden financiero que práctico, aceptamos la concentración de los enfermos en esa ciudad a la que yo, habiéndolo decidido así el doctor Weiss, iría a buscarlos, por hallarse dicha ciudad más o menos a mitad de camino entre los lugares de donde provenían esos enfermos y Las tres acacias. Nada parece demasiado caro y ningún esfuerzo excesivo cuando se trata de desembarazarse de un loco, ya que es difícil encontrar algo en este mundo que genere más incomodidad, de manera que con los esfuerzos reunidos de las cuatro familias, una de las cuales era para ser más precisos una comunidad religiosa, pudo organizarse un hospital ambulante del que yo sería una especie de director por lo que durase la travesía del desierto. (Desierto relativo por otra parte, ya que, instaladas a cada diez o quince leguas más o menos, una serie de postas, aunque miserables en su mayoría, aliviaban un poco el trayecto. Por desgracia, las circunstancias nos privaron de ellas.)

Ese convoy singular que constituíamos, y los episodios que se fueron produciendo a lo largo de nuestra ruta, merecen a mi juicio un relato detallado, y si me abstengo por ahora de publicarla, esta memoria presentará, espero, para algún lector futuro, no únicamente un atractivo pintoresco, sino también un genuino interés científico. Es este último aspecto por otra parte el que me impide la publicación inmediata de estas páginas, ya que mi descripción del comportamiento de los alienados y de otros miembros de la caravana, y la transcripción de su lenguaje exento de vana retórica, obedece a una preocupación escrupulosa de exactitud, lo cual podría chocar a ciertas almas sensibles, pero no así al espíritu científico familiarizado con la realidad de la demencia, con los verdaderos motivos de los actos humanos y animales, y con la falsedad más que relativa de ciertas nociones que se pretenden racionales, y que sólo imperan en los salones mundanos. Esas descripciones fieles, cuya ausencia me sería reprochada en un tratado científico, pueden parecer ofensivas en una memoria en la que intervienen también experiencias personales, pero en esta fidelidad a lo verdadero, indiferente a los prejuicios y a la reprobación de la mayoría, no hago más que seguir el ejemplo del doctor Weiss, que hizo en todo momento de esa fidelidad un principio de ciencia y de vida.

Salimos entonces una madrugada de junio: Osuna, que era nuestro guía, dos soldados que nos escoltaban, y yo que, todavía enredado en el sueño de la noche impaciente que acababa de transcurrir, castañeteando los dientes a causa del frío, como en ciertas madrugadas de mi infancia, no lograba afirmar el galope de mi caballo para ponerme a la par de mil compañeros de viaje. Siempre adelantándosenos un poco, envuelto en su poncho a rayas verdes y coloradas Osuna, rígido sobre su silla, mantenía el galope regular de su caballo sin que ninguna actitud visible desde el exterior denotara su dominio sobre el animal. De las vicisitudes variadísimas que constituyeron nuestro viaje, esa imagen sin contenido particular, neutra por decirlo así, treinta años más tarde, es la que con más frecuencia, nítida, me visita: Osuna galopando paralelo al sol naciente que, al subir desde el lado del río, nimbaba de rojo el costado derecho del jinete y del caballo mientras el perfil izquierdo permanecía todavía borroneado en la sombra. Esa imagen es más y menos que un recuerdo ya que, independiente de mi voluntad, vuelve con su nitidez primera en las situaciones más diferentes y en los momentos más inesperados del día, y si algunas noches, cuando yazgo en la oscuridad con la cabeza apoyada en la almohada, la cortina negra del sueño, antes de cerrarse del todo, es lo último que deja entrever, ciertas mañanas, cuando después de tanto tiempo de haber desertado de mí ya la tenía casi olvidada, es lo primero que aparece, con tanta fuerza renovada que podría decirse que es ella la que arrastra consigo al universo entero, haciéndolo bailotear, por lo que dure el día, en el teatro de la vigilia. (La constancia de esa imagen primordial -lo primero que vi en la luz del día al comienzo de mi viaje- se explica por el estado de exaltación en que me encontraba, causado por la confianza que el doctor Weiss había depositado en mí al poner en mis manos la suerte de esos enfermos. Más tarde me enteraría de que el doctor obró en ese sentido con sabia deliberación. Las tribulaciones del viaje no desmintieron la exaltación de la partida, pero al regreso, en no pocas oportunidades, mi entusiasmo fue mitigado por la circunspección.)

A veces, desviándonos un poco hacia el este, nos acercábamos al río, y a veces era el río el que se acercaba a nosotros. La crecida de invierno era visible en la anchura inusitada del lecho y en la corriente que bajaba hacia el sur, arrastrando islas de camalotes, troncos, ramas, animales ahogados. De tanto en tanto alguna embarcación avanzaba a duras penas río arriba, y alguna balsa cargada de mercaderías, alejándose de la orilla donde había sido amarrada para pasar la noche, era dirigida por sus tripulantes hacia el centro del río para dejarla arrastrar por la corriente. Aún con el sol alto, el frío no disminuía, y hasta media mañana podíamos sentir los cascos de los caballos quebrar la escarcha y las briznas de pasto grisáceo vitrificadas por el frío. Hacia el oeste, cada mañana, incluso cuando ya habíamos llegado, al cabo de varios días, cerca de nuestro destino cien leguas al norte, casi hasta mediodía los campos vacíos seguían espolvoreados de una capa blanca de helada. Dos veces dormimos a la intemperie o, mejor dicho, intentamos dormir; apretujados alrededor de un fuego insignificante que el sereno helado daba la impresión de asfixiar, al cabo de algunas horas, cuando nos parecía que los caballos habían descansado lo suficiente, ateridos y soñolientos, nos pusimos en marcha otra vez. En la oscuridad de la noche, el firmamento gélido en el que las estrellas coaguladas por el frío ni siquiera titilaban, nos envolvía por todos lados, tan inmediato y aplastante, que una noche tuve la impresión inequívoca de que estábamos en uno de sus rincones más remotos, insignificantes y efímeros. Apenas despuntaba el alba, el aire de un rosa azulado parecía inmovilizarnos en el interior de una semipenumbra glacial, sensación que contribuía a acrecentar la monotonía adormecedora del paisaje, pero el sol ya alto lo volvía cristalino, y todo era preciso, brillante y un poco irreal hasta el horizonte que, por mucho que galopáramos, parecía siempre el mismo, fijo en el mismo lugar, ese horizonte que tantos consideran como el paradigma de lo exterior, y no es más que una ilusión cambiante de nuestros sentidos.

Una sola perspectiva me martirizaba aunque, desde luego, traté por todos los medios, para no perder autoridad, de que no transparentara hacia el exterior: que alguno de los balseros, que en los pequeños ríos que afluyen desde el oeste al Paraná transportan a los viajeros de orilla a orilla, estuviese ausente, porque en ese caso me vería obligado a cruzar a nado o en una de esas inmanejables pelotas de cuero que se dan vuelta al menor movimiento. Pero si no había balseros en todos los ríos, las balsas estaban en su lugar, y de las postas en las que pernoctamos, dos no estaban lejos del agua. De esas postas, una sola era un verdadero albergue, poco confortable por cierto, pero por lo menos instalado en un rancho limpio, grande y sólido, porque los otros eran no más estables que una ruina y sin duda más sucios y destartalados. En uno de ellos el puestero estaba enfermo de borracho y tuvimos que sacudirlo varias veces para que se enterara de nuestra presencia, que al parecer lo estimuló un poco y le dio suficiente energía como para ponerse de pie. El alcohol, que ya lo había quemado por dentro, estaba también carcomiéndolo por fuera, de modo que pensé que vivía en un estado de terror corriente en esa clase de borrachos, porque se pasaba todo el tiempo mirando hacia la puerta y cualquier ruido lo hacía sobresaltar, e incluso tres o cuatro veces en menos de una hora salió del rancho y se puso a escrutar el horizonte, pero después, con los primeros tragos de aguardiente que volvían al parco Osuna conversador y a veces hasta charlatán, el guía me explicó que el puestero, que estaba totalmente solo en medio del campo, tenía miedo de que los indios lo atacaran.

Al día siguiente en la posta grande, comiendo un buen asado que el puestero preparó en el patio, además del frío y de la crecida de invierno, que ya estaba amenazando todas las postas instaladas a lo largo del río, la conversación versó en especial sobre el cacique Josesito, un indio mocobí que se había alzado tiempo atrás con un grupo de guerreros y andaba atacando los puestos, las poblaciones y las caravanas. La gente de la posta y los viajeros que pernoctaban en ella conocían muchas historias del cacique, de las que era difícil saber si habían ocurrido de verdad o eran meras leyendas que se le atribuían. Después de oír varias anécdotas, uno de los soldados que nos escoltaban declaró, con una especie de orgullo estimulado por el aguardiente, que él había conocido a Josesito en las Barrancas, cuando el cacique era todavía manso, y que tres años antes, cuando una compañía de soldados había escoltado a unos frailes y a varias familias hasta Córdoba, Josesito, que por aquel tiempo era un cristiano ferviente, y vivía en una reducción al sur de San Javier, formaba parte de la escolta. Según el soldado, cuyo lenguaje áspero y un poco confuso traduzco a un idioma más claro y coherente, era a causa de una especie de querella religiosa que Josesito había desertado de la civilización declarándole la guerra a los cristianos. Osuna, que cuando había tomado y se ponía a hablar y a contar historias no veía con buenos ojos que alguien lo interrumpiera y, sobre todo, que se convirtiera a sus expensas en el centro de la reunión, se empecinó en contradecirlo, negando con la cabeza mientras el otro hablaba, y cuando por fin recuperó la palabra, afirmó que Josesito, con el que se había cruzado varias veces, tenía la costumbre de aliarse por interés y después disputarse por las mismas razones con los cristianos, y que él, Osuna, aparte de los caballos, de las mujeres blancas y del aguardiente no le conocía otra religión. Terciando mientras hacía pasar con los dientes de una comisura de los labios a la otra el cigarro que emergía de una barba blanca y bien recortada, bastante limpia si se tienen en cuenta los hábitos de la región, el puestero dijo que el cacique era valiente y, por lo que creí entender de lo que contaba, muy desconfiado y susceptible, que desde criatura había sido muy sensible a la arrogancia de los cristianos, de los que el más mínimo gesto o palabra que él consideraba fuera de lugar lo ofendía. Según se desprendía de las palabras del puestero, el hecho mismo de que esos cristianos existiesen ya le parecía humillante al cacique: con su mero existir, los blancos instalaban, para todos los que no fuesen ellos, a estar con Josesito, el desprecio. El, el puestero, lo conocía casi desde que había nacido, porque el padre, el cacique Cristóbal, que sí era manso y quería que a Josesito lo educaran los curas, solía venir seguido al puesto de compras y lo traía con él. Pero desde chico nomás Josesito no quería saber nada con los blancos. Ya a los trece o catorce años, si cuando venía al negocio algún blanco hacía alguna alusión a su persona o lo abordaba de un modo que a él le parecía incorrecto, le dirigía una mirada asesina. No toleraba ninguna familiaridad y, desde luego, no le tenía miedo a nadie ni a nada. Ya de grande -el puestero hacía como treinta años que lo conocía-, se había vuelto irritable, hosco y, cuando, según las propias palabras del puestero, se le iba la mano con el aguardiente, brutal y pendenciero. Pero era inteligente y, con la gente que apreciaba, pacífico. Como se había puesto de un modo voluntario al margen de la sociedad, y como su mal carácter era legendario, la gente le atribuía todas las crueldades que cometían los indios alzados, los desertores y los matreros. Con los curas había aprendido a tocar el violín, y a pesar de que a los quince o dieciséis años, a la muerte de su padre, desapareció de la reducción y se volvió al desierto por primera vez para vivir a la usanza india, aunque después volvió con los blancos y se volvió a ir, y así varias veces, nunca se separaba de su instrumento, para el que había hecho una agarradera de cuero a un costado de la silla, y cuando montaba en pelo lo llevaba terciado en la espalda. Después del asado, el porrón de aguardiente pasaba de mano en mano mientras conversábamos, sentados en el rancho alrededor de un enorme brasero, tapados con dos o tres ponchos de entre cuyos pliegues de tanto en tanto salían pares de manos rugosas de callos y sabañones y se estiraban con las palmas hacia abajo por encima de las brasas. Cuando el puestero dejó de hablar, durante unos segundos nadie, ni siquiera Osuna, lo siguió en el uso de la palabra, y ese silencio prolongado y un poco molesto parecía tener una explicación que se me escapaba, pero cuando por fin alguien lo rompió, comprendí que, salvo yo, todos los que acababan de oírlo consideraban que el puestero había hecho de Josesito, quien sabe por qué razón, una pintura demasiado favorable. Cuando se lo comenté al día siguiente, apenas nos pusimos en camino, Osuna, que se había vuelto otra vez lacónico gracias a tres o cuatro horas de sueño que le habían hecho pasar el efecto del aguardiente, sugirió en forma de lo más elíptica y sibilina que el puestero debía comerciar con el cacique y que por eso lo defendía. La noche antes, cuando el puestero había hecho silencio, y nos quedamos todos un poco cohibidos en la luz insuficiente y triste de los faroles, el desacuerdo de la asistencia con lo que acabábamos de escuchar se puso de manifiesto cuando tomó la palabra uno de los presentes, un viajero arropado en su poncho gris y cuyos ojos llameaban, tal vez por el reflejo de las brasas, bajo el ala del sombrero negro encajado hasta la mitad de la frente. Instalado inmóvil junto al fuego, como si su cuerpo excesivamente abultado por las prendas superpuestas que lo cubrían para protegerlo del frío fuese una porción más densa de la penumbra que los faroles no lograban disipar, únicamente la boca y el espeso bigote negro que le cubría el labio superior flanqueando curvo las comisuras se estremecían mientras sin contradecir de un modo explícito al puestero, quizás por cortesía ya que después de todo, y aunque a cambio de dinero, el puestero le estaba dando hospitalidad, o por pura timidez quizás, como si estuviese refiriéndose a otra persona y no al mismo indio que el puestero acababa de evocar, empezó a contar sucesos relativos al cacique Josesito que, si bien confirmaban de un modo general lo que el puestero había dicho de su temperamento, echaban por tierra en cambio su pretendido comportamiento pacífico. Es verdad que existían ciertas estancias, ciertas caravanas y ciertos puestos que las bandas del cacique no atacaban, dijo el hombre, pero no había que ver en eso ninguna prueba de buena voluntad o de compasión, sino un cálculo puramente táctico que estaba en relación con sus movimientos de ataque y de retirada, con sus planes de ilusión destinados a engañar a las autoridades, y con sus necesidades de abastecimiento. Si no incendiaba ciertas estancias y ciertos puestos era porque le servían para abastecerse en pequeña escala en sus correrías, y al mismo tiempo podía utilizarlos para mostrarse en ellos y dar de ese modo una imagen pacífica de su persona. Pero los tres o cuatro afortunados que habían escapado por milagro y que eran los únicos sobrevivientes de sus masacres, incontables y particularmente odiosas, lo habían visto dirigir los ataques, reconociéndolo justamente por el estuche de violín terciado en la espalda. Uno de los sobrevivientes, que era músico, circunstancia que le salvó la vida pero que le valió un cautiverio de ocho meses, del que se libró por pura casualidad, contó a las autoridades que después de alguna matanza Josesito acostumbraba pasearse entre las ruinas humeantes y los cadáveres mutilados y todavía calientes, tocando el violín. Según el músico, dijo el hombre, Josesito tocaba muy bien y tenía un repertorio de lo más variado, que había aprendido con los curas de la reducción, y junto con el violín conservaba con mucho cuidado una buena cantidad de partituras. Según el hombre, el relato del músico confirmaba lo que había dicho el puestero, a saber que era un indio hosco, susceptible, atormentado. Rara vez se lo oía reír, y aun con sus guerreros, que sin embargo lo idolatraban y se encaminaban sin vacilar a la muerte por él, era receloso y distante. Según el hombre el cacique era por demás extraño, y el músico había contado que una noche, borracho, Josesito había empezado a amenazarlo y a referirse con desprecio a la música de los cristianos, simulando que iba a tirar las partituras al fuego y que iba a hacer pedazos el violín. El hombre dijo que según el músico, al indio parecía ponerlo furioso no que la música de los cristianos fuera tan mala como él pretendía, y que gozara de una reputación inmerecida, sino más bien que fuese buena y que a él, Josesito, le gustara tanto, poniéndolo en una situación humillante, como un vicio o una debilidad.

Al rato nos tiramos a dormir lo más cerca posible del brasero, en camas improvisadas en el suelo bien barrido del rancho, contra la tierra que el frío intenso y seco endurecía y, como pude comprobarlo a la mañana, volvía lustrosa y azulada. Antes de acostarme, para desembarazarme de los efectos del aguardiente que, por cortesía, hubiese sido impensable rechazar, salí a refrescarme un poco en el aire de la noche. Había una luna redonda y clara que, blanqueando la llanura, creaba una ilusión perfecta de continuidad entre el cielo y la tierra; la luz abundante y pálida producía una penumbra al mismo tiempo grisácea y brillante y las pocas cosas que, puestas en su lugar por manos humanas -un árbol, un aljibe, los troncos horizontales, irregulares y paralelos del corral-, interferían el espacio vacío parecían cobrar en esa ilusión de continuidad una consistencia diferente de la habitual, igual que si los átomos, que según el ilustre sabio griego y el meticuloso poeta latino, maestros de mi maestro y por lo tanto míos, las componen, hubiesen perdido cohesión, delatando el carácter contingente no únicamente de sus propiedades, sino sobre todo de mis nociones sobre ellas y quizás de todo mi ser. De nítidos que podían presentarse a la luz del día, bien perfilados y constantes en el aire transparente, sus contornos se volvían inestables y porosos, agitados por un hormigueo blancuzco que parecía poner en evidencia la fuerza irresistible que inducía a la materia a dispersarse para irse a mezclar, reducida a su más mínima expresión, con ese flujo impalpable y grisáceo en el que se confundían la tierra y el cielo. Un tumulto me sacó de mi ensueño: en el corral, los caballos se movían, alarmados quizás por mi presencia, pero cuando avancé unos pasos cortando el aire frío en su dirección pude comprobar que mi persona les era indiferente, porque el breve rumor que habían creado unos segundos antes, no sólo no creció, sino que pareció calmarse con mi proximidad. Me quedé un rato inmóvil, cerca de ellos, tratando de no hacer ningún ruido para no alarmarlos, escrutando la penumbra plateada a la que mis ojos se habituaron poco a poco, y pude comprender que lo que de tanto en tanto los hacía removerse, resoplar con levedad y producir un rumor apagado de cascos indecisos, era el intento que hacían de apretujarse un poco más unos contra otros para protegerse mutuamente del frío, formando una masa oscura y anónima de aliento, carne y palpitaciones, no tan distinta al fin de cuentas de la que habíamos formado los jinetes un rato antes alrededor del brasero, solidarios en la misma sinrazón que nos había hecho existir porque sí, frágiles y perecederos, bajo la luna inexplicable y helada.

Al día siguiente al atardecer, llegamos por fin a la ciudad. Ni una nube, en el azul palidísimo del cielo, nos acompañó en nuestro último día de viaje, pero cuando íbamos llegando, hacia el oeste unos celajes finos, inmóviles contra el disco enorme y rojo del sol que se hundía en el horizonte, fueron cambiando de color, amarillos primero, anaranjados, rojos, violetas y azules hasta que, cuando alcanzamos, después de cruzar los dos brazos en que se divide el río Salado cuando va a volcarse en el Paraná, los primeros ranchos miserables de las afueras, el aire estaba negro porque todavía no había subido la luna y en los aleros o en el interior de los ranchos empezaban a brillar los primeros faroles. Después de acompañarme a la casa en la que me alojaría, que encontramos sin dificultad por ser sus propietarios una de las principales familias de la ciudad, Osuna y los soldados se dirigieron al cuartel donde estaba previsto que les darían cama y comida por lo que durase nuestra estadía. La familia Parra me esperaba sin saber el día exacto en que llegaría, y debo reconocer que la acogida que sus miembros me brindaron, aun sabiendo que debería permanecer en su casa varias semanas, fue de lo más agradable, a lo que contribuía quizás el alivio de saber que venía a llevarme al primogénito, caído en estado de estupor desde hacía meses, para internarlo en Las tres acacias. Como llegué cuando ya era de noche, el joven estaba durmiendo, de modo que pospuse el examen para el día siguiente, y después de la cena y de un interrogatorio exhaustivo por parte de los demás miembros de la familia acerca de las novedades eventuales que podía traer de Buenos Aires e incluso de la Corte, me condujeron por fin a una habitación limpia y ordenada donde me habían preparado una cama confortable. Meditando antes de dormirme sobre la hospitalidad casi indiscreta de tan efusiva que me brindaban, y que durante toda mi estadía resultó de lo más agradable, me di cuenta de que el tedio de la vida monótona que llevaban en ese caserío que parecía perdido en el fin del mundo debía ser una de las causas principales.

A la mañana siguiente, me levanté bastante temprano, feliz de saber que ese día no me esperaban horas de cabalgata y, como los dueños de casa al parecer seguían durmiendo, me fui a pasear por la ciudad. Cruzando el gran río en varias horas de navegación, ya la había visitado tres o cuatro veces en compañía de mi padre, diez o quince años antes, viniendo desde la Bajada Grande del Paraná, más allá de la red atormentada de islas y riachos que separan, a algunas leguas de distancia, las dos orillas principales. Como mi lugar natal era un caserío exiguo amontonado en la cima de la barranca que dominaba el río, a cada visita la ciudad me parecía grande, agitada y colorida, y sus habitantes personas distinguidas, bien instaladas en el mundo y entregadas todo el tiempo a ocupaciones importantes, pero ahora que volvía después de tantos años, habiendo hecho un rodeo por Madrid, Londres, París y aun Buenos Aires, mi mirada, ante la que tantas verdaderas ciudades habían desfilado, la reducían a sus justas proporciones; y como suele ocurrir con casi todo, la ciudad de la que me había quedado una imagen invariable en la memoria, había ido achicándose en la realidad, como si las cosas exteriores viviesen a la vez en varias dimensiones diferentes. La ciudad real eran unas cuantas manzanas tendidas alrededor de la plaza, formando calles rectas de arena, la mayoría sin veredas, que corrían paralelas o perpendiculares al río; un par de iglesias, un cabildo, un edificio largo que era a la vez aduana, cárcel, hospital y destacamento de policía, casas de una planta con techo de tejas y ventanas con rejas tan bajas que parecían salir del suelo mismo y también árboles frutales, naranjos, mandarinos y limoneros cargados de frutos, higueras y durazneros pelados por el frío, nísperos, campitos de tunas, acacias enormes, jacarandáes, lapachos, palos borrachos, ceibos, y muchos sauces llorones que delataban la omnipresencia del agua. Huertos y corrales se abrían en los patios traseros. En las afueras, las casas de ladrillo o adobe y tejas eran más escasas, y los ranchos más espaciados, más sucios y más miserables, pero en el centro, en las inmediaciones de la plaza, se abrían varios comercios, y las calles que formaban el perímetro de la plaza estaban empedradas. En la vieja iglesia de San Francisco, que indios convertidos habían contribuido a levantar y a decorar, había un convento, y cinco o seis cuadras atrás del cabildo, una casa que albergaba algunas monjas. De los cinco o seis mil habitantes, muy pocos parecían haber salido de sus casas esa mañana, a causa del frío quizás, pero como sabía que toda la riqueza de que disponía la ciudad, ganado, madera, algodón, tabaco, pieles, provenía del campo, era evidente que a esa hora temprana había poco y nada que hacer en las calles heladas y desiertas. Alrededor de la plaza, todos los comercios estaban todavía cerrados. Fui a pasear por el lado del río, y vi unos hombres que pescaban a caballo, entrando en el agua con una red extendida por dos jinetes que la arrastraban contra el fondo y después, plegándola con un movimiento vigoroso, la tiraban hasta la orilla, donde dejaban caer los pescados que se retorcían en la arena. Uno de los pescados efectuó una contorsión tan violenta y desesperada que, elevándose hasta una altura considerable, cayó otra vez en el agua y no volvió a aparecer, lo que le pareció a los pescadores un hecho de lo más cómico que celebraron con carcajadas interminables y ruidosas.

Mi paseo había sido demasiado matinal, porque cuando volví a casa de los Parra apenas si eran las ocho y media, y la familia recién se estaba levantando. Nos instalamos, el señor Parra y yo, en una habitación grande, contigua a la cocina, que servía sin duda de comedor para los días ordinarios, y una joven negra nos cebaba mate y nos iba trayendo pasteles tibios desde la cocina. La noche anterior habíamos cenado en un comedor un poco más lujoso, que debía servir para las grandes ocasiones, pero en la habitación más modesta en que estábamos desayunando, la proximidad de la cocina hacía que la atmósfera fuese más caldeada y agradable, a causa de los fogones contiguos que en invierno debían estar casi siempre prendidos. Apenas abordamos el tema de su hijo Prudencio, el señor Parra se prestó con franqueza y docilidad a mi interrogatorio.

El joven Prudencio Parra, que acababa de cumplir los veintitrés años, había caído desde hacía algunos meses en un estado de estupor intenso que a decir verdad era el punto culminante de una serie de ataques que con el tiempo fueron volviéndose cada vez más graves. El joven Prudencio había empezado a comportarse de manera singular a partir de la pubertad, pero sólo en los últimos dos o tres años su conducta podía ser considerada como un estado de alienación. Lo que al principio habían sido simplemente rarezas fueron degenerando poco a poco en locura. A los trece o catorce años se encerraba días enteros en su cuarto y llenaba cuadernos y cuadernos de reflexiones morales como él las llamaba, para, unos meses más tarde, hacer con ellos y otros papeles ennegrecidos por su escritura casi ilegible una enorme fogata en el fondo de la casa y declarar que a partir de ese día iba a dedicarse con todo su ser a las obras de beneficencia, pero esas alteraciones de humor no habían inquietado a la familia, que las atribuía a los excesos súbitos pero efímeros de pasión que son propios de la juventud. La propensión a los saltos de humor parecía por otra parte inherente a su temperamento, ya que desde la primera infancia, sus cambios repentinos, que nadie tomaba en serio, habían sido observados no únicamente por la familia, sino también por los criados -que, esclavos o no, estaban prácticamente incorporados a la familia- a tal punto que la inestabilidad del joven había pasado a formar parte de la tradición de anécdotas humorísticas de la casa. Pero a partir de los dieciocho años más o menos, las cosas se habían vuelto más serias, y la gravedad de su estado se hizo evidente. Sus accesos de melancolía fueron volviéndose cada vez más frecuentes y más agudos. Varios médicos, instalados en la ciudad o de paso por la misma, lo habían examinado y puesto en tratamiento, sin obtener ningún resultado visible. El señor Parra era un hombre demasiado sensato como para creer en los rumores de posesión diabólica o de brujería que corrían por la ciudad, y no precisamente entre las capas menos acomodadas de la población, pero fue lo bastante escrupuloso como para no ocultármelos e incluso comunicarme todos sus pormenores, lo que me permitió comprobar una vez más cómo con los esfuerzos de la ciencia por sacar a los hombres del dolor y de la ignorancia, conviven todavía, no únicamente en las regiones apartadas del planeta, sino también hasta en los reinos supuestamente esclarecidos de Europa, la superstición y el oscurantismo que, en el caso del joven Prudencio, como si no bastara con su penosa enfermedad, añadían la difamación y la calumnia. Según el señor Parra un frenesí de estudios filosóficos se apoderó de Prudencio, de modo que se lo pasaba leyendo noche y día, y cuando hubo agotado las bibliotecas locales, que no eran ni muchas ni muy variadas, encargaba libros de Córdoba, de Buenos Aires o de Europa, con tales deseos de recibirlos que cuando estaba esperando algunos iba todos los días al puerto a preguntar en los barcos que llegaban si no estaban sus libros. Pero al cabo de cierto tiempo, una especie de desaliento se apoderó de él, y lo que antes había sido puro entusiasmo, energía y exclamaciones, se transformó en desgano, en abatimiento, en suspiros. Empezó a quejarse de que la naturaleza no le había otorgado las facultades que requiere el estudio de la ciencia y la filosofía, y que únicamente un orgullo insensato y desmedido lo había hecho incurrir en el error de compararse con los grandes genios benefactores de la humanidad como Platón y Aristóteles, Santo Tomás y Voltaire. Según pude deducir del relato del señor Parra, el tema de su ineptitud para el estudio atormentó a Prudencio durante varios meses, y poco a poco atribuyó a esa supuesta ineptitud una serie de faltas irreparables que imaginaba haber cometido, de modo tal que al cabo de un tiempo empezó a sentirse responsable de las desgracias o meros contratiempos que ocurrían en la ciudad, así como también de aquellos de los que se enteraba por las gacetas que llegaban de Buenos Aires o de la Corte. Cuando ese sentido excesivo del deber no lo agobiaba hasta el punto de llevarlo a un estado de postración que duraba semanas enteras, y durante el cual no había forma de sacarlo de su habitación y algunas veces hasta de la cama, le daban verdaderos ataques de febrilidad, en los que por todos los medios le parecía necesario actuar de inmediato para impedir que ciertas catástrofes, sobre las que era imposible obtener de él más explicaciones, se produjeran. Varias veces, según el señor Parra, había buscado prendas harapientas y sucias, de preferencia aquéllas que habían pertenecido a los esclavos pero que se encontraban en tal estado que los esclavos mismos habían dejado de usarlas, y, descalzo y con la cabeza descubierta, se iba por las calles a leer en las esquinas algún escrito supuestamente filosófico que él mismo había redactado en términos incomprensibles; según el señor Parra, la escritura de Prudencio había cambiado por completo y su caligrafía diminuta y aplicada, y aun así ilegible, de la adolescencia, se había transformado en una letra enorme, inconexa, tan suelta, inflada y temblorosa que no más de veinte o treinta palabras entraban en un folio. En general la gente se apiadaba de él y lo traía de vuelta a la casa, pero una vez unos sujetos mal entretenidos que no tenían domicilio fijo y vagabundeaban por las afueras, lo habían llevado con ellos para divertirse a su costa, y lo abandonaron después en medio del campo, donde había errado toda la noche, porque la partida que salió a buscarlo recién logró dar con él al día siguiente. Me dijo el señor Parra que cuando lo encontraron, Prudencio no parecía de ningún modo contrariado por los vejámenes a que lo habían sometido, sino que más bien era la suerte de los vagabundos lo que lo inquietaba e insistía mucho, emocionándose casi hasta las lágrimas, sobre la miseria que los había obligado a ponerse al margen de la sociedad. Cuando una semana más tarde la policía atrapó a dos miembros de la banda que habían vuelto a la ciudad como si nada pero que unos vecinos reconocieron, y que después de recibir unos buenos latigazos fueron estaqueados en un campito de los arrabales, Prudencio fue a visitarlos y a implorar a las autoridades para que los largaran. Con el tiempo, esos accesos fueron pasando, y una tristeza cada vez más honda se apoderó de él. (El señor Parra me precisó que durante ese período su caligrafía volvió a cambiar, empequeñeciéndose otra vez, pero de un modo tan exagerado que se volvió ilegible. Desde ese momento por otra parte dejó de escribir por completo, me informó el señor Parra.)

No se lavaba, no se vestía, y a veces ni siquiera salía de la cama, y una especie de indiferencia lo fue ganando; a pesar de sus rarezas, de chico había sido muy afectuoso, no únicamente con los miembros de su familia, sino también con los vecinos, los esclavos y hasta los desconocidos, a tal punto que a veces sus demostraciones resultaban exageradas e incluso molestas para ciertas personas que sólo estaban de paso en la casa, pero esa afectuosidad había ido desapareciendo, como si el mundo real en el que había vivido hasta ese momento hubiese sido sustituido por otro en el que todo le resultaba ajeno y gris. Los problemas, las enfermedades e incluso la muerte de personas que antes le habían sido muy queridas no le producían ningún sentimiento o emoción, y si de tanto en tanto sus suspiros, y a veces sus gemidos delataban en él un sufrimiento inequívoco, era imposible saber lo que lo causaba, aunque se adivinaba que los motivos no estaban en ningún acontecimiento exterior sino más bien en unos pocos pensamientos dolorosos que parecían ser siempre los mismos, y que rumiaba de manera constante. Hubo que empezar a obligarlo a salir de la cama, a vestirse, a comer, a dar algún paseo o por lo menos a salir a la galería o al patio, sobre todo cuando hacía buen tiempo, y si al principio protestaba al final, dócil, se dejaba llevar. Su facundia, que en períodos de febrilidad utilizaba para tratar de convencer a sus semejantes de que una catástrofe confusa pero inminente los amenazaba, empezó a perder fuerza y sus discursos vehementes fueron haciéndose cada vez más deshilvanados y carentes de convicción, y si al principio los acompañaban ademanes y gestos que los subrayaban y, sobre todo, que daban por sobreentendido el secreto que su vehemencia pretendía transmitir a sus semejantes sin revelárselo del todo, poco a poco al desmembramiento de sus peroratas, en las que las exclamaciones habían dado paso a frases incompletas y dubitativas, se sumaba la rigidez de sus expresiones y la inmovilidad blanda de sus miembros. Al final sólo abría la boca para responder, únicamente con monosílabos, alguna pregunta que se le dirigía. Si de tanto en tanto hacía un esfuerzo para dar una respuesta un poco más circunstanciada, formaba dos o tres frases entrecortadas y confusas que profería débilmente como si toda energía lo hubiese abandonado. Y, en los últimos meses, su postración había sido total, pero un detalle curioso había venido a sumarse a su conducta ya por demás extraña: había cerrado la mano izquierda, y desde entonces mantenía el puño fuertemente apretado. Cuando se le preguntaba la razón de su gesto volvía la cabeza y apretaba también los labios para dar a entender que no estaba dispuesto a contestar, y dos o tres veces en que para ver qué pasaba, e incluso en ciertas ocasiones únicamente por bromear, algunos miembros de la familia habían intentado obligarlo a abrir el puño, él se había resistido con tanta desesperación que, compadecidos, sus familiares habían terminado por dejarlo en paz. Un día, alguien advirtió que la mano sangraba, cayendo en la cuenta de que en todo ese tiempo las uñas habían seguido creciendo, clavándose en la carne blanda de la palma, de modo que hubo que obligarlo en serio a abrir el puño para cortarle las uñas y curarle las heridas. Según el señor Parra el joven Prudencio empezó a aullar y a revolcarse en el suelo tratando de impedir que le abrieran el puño, y armando tal escándalo que los vecinos llegaron corriendo, creyendo que en la casa se había cometido algún crimen, y a pesar del estado de debilidad extrema en que a causa de su postración y de su inapetencia el joven Prudencio se encontraba, fue tan grande su resistencia que se necesitaron tres o cuatro hombres vigorosos para inmovilizarlo, abrirle el puño y mantener abierta la mano mientras le cortaban las uñas y le curaban las heridas que ya estaban infectadas. Mientras duró toda esa operación, Prudencio aullaba o gimoteaba con tal expresión de terror que la gente se compadecía de él, pero varios de los presentes observaron que Prudencio miraba con aprensión el techo y las paredes de la habitación como si temiese que se le vinieran encima. Al señor Parra toda la escena le había recordado una vez en que siendo él mismo (el señor Parra) niño, había despertado de una espantosa pesadilla llorando a los gritos, y ante los rostros de sus familiares que se inclinaban solícitos hacia él, y que trataban de calmarlo con palabras, caricias y ademanes incomprensibles e inútiles, él había tenido la sensación de que, a pesar de la contigüidad aparente de los cuerpos, estaban en dos mundos diferentes, ellos en el irreal de las apariencias y él en el bien real que la pesadilla acababa de revelarle. Según el señor Parra, por fin su hijo pareció calmarse un poco y aunque los sollozos se fueron haciendo cada vez más espaciados el gimoteo continuó, entrecortado de vez en cuando por algún suspiro. Echado en la cama, sólidamente aferrado por su padre y dos esclavos, mientras el médico le curaba las heridas, pidió por señas que le liberaran la mano derecha, y cuando obtuvo lo que deseaba la acercó, un poco encogida, a la mano llagada que le estaban curando, de tal manera que cuando estuvo tan cerca que ya casi le impedía al médico trabajar, hizo un gesto sobre la palma herida con la mano sana, como cuando se recoge una mosca al vuelo, y cerró el puño de la mano derecha, lo que pareció calmarlo del todo. Mientras le conservaron las vendas en la mano izquierda, según el señor Parra, Prudencio mantuvo cerrado el puño derecho, pero cuando unos días más tarde se las retiraron, volvió a cambiar de mano. Desde entonces aceptaba abrir el puño cada diez o quince días para dejarse cortar las uñas, pero antes de abrirlo, realizaba la extraña operación de recoger al vuelo con la otra mano algo que al parecer por nada del mundo debía dejarse escapar. El señor Parra me aclaró que esa curiosa manipulación era llevada a cabo por su hijo con seriedad absoluta y extremo cuidado, y todas las veces que él pudo observarla comprobó que era realizada con la exactitud minuciosa de un ritual.

Antes de conducirme a la habitación de su hijo, el señor Parra, contestando a una pregunta mía, me informó acerca de los tratamientos que los sucesivos médicos que lo fueron examinando le prescribieron, sin obtener el menor resultado. Los dos médicos autorizados por el Cabildo a ejercer de modo permanente en la ciudad lo habían tratado de manera regular, pero ya casi no venían a verlo durante sus visitas y afirmaban estar ante un caso incurable. También dos o tres médicos que habían estado de paso en la ciudad fueron consultados, y uno de ellos había recomendado baños en el río Salado, afirmando que por la calidad de sus aguas y sobre todo de su barro eran muy recomendables en el tratamiento de la alienación. El señor Parra me comunicó que aunque a Prudencio lo aterrorizaba la inmersión en el río aceptaba de buena gana ser recubierto enteramente con el barro rojizo de la orilla y dejarse extender al sol para que el barro se resecase sobre su cuerpo, a tal punto que casi siempre había que forcejear un buen rato con él para poder retirar la capa de barro seco que lo cubría. El último verano sin embargo, su estado de estupor había alcanzado tal gravedad que había sido imposible sacarlo de su cuarto para llevarlo hasta la orilla del río.

El señor Parra me condujo a la habitación de su hijo. Un olor a encierro, a sustancias extrañas, mezcladas y maceradas, a abandono, flotaba, a pesar del orden que reinaba en ella, en la pieza amueblada con sobriedad y demasiado caldeada por un brasero, instalado cerca de la ventana, y que debía haber ardido toda la noche. El joven Prudencio se hallaba instalado en la cama, hundido hasta los hombros bajo las frazadas y la cabeza, recubierta por un gorro blanco de dormir, apoyada sobre una pila de almohadas. La cama parecía recién hecha, aunque su ocupante tenía los ojos cerrados, pero el señor Parra me explicó que la inmovilidad total del joven no se modificaba durante el sueño, de modo que la cama daba siempre a la mañana la impresión de estar recién hecha. La cara de Prudencio tenía una palidez amarillenta que resaltaba todavía más bajo la barbita rala que le cubría las mandíbulas y el mentón, y a causa también de la extrema delgadez de sus rasgos. Una especie de hendidura vertical que iba desde el pómulo hasta casi la mandíbula le cortaba en dos la mejilla izquierda, en tanto que la derecha se hundía en un hoyuelo desmesurado que la ocupaba entera, semejante a un territorio derrumbado y chupado hacia el interior de la tierra por alguna catástrofe geológica. A pesar de su juventud, la piel amarillenta estaba ajada como un cuero usado y, pegándose a los pómulos, hacía resaltar sus contornos adquiriendo un brillo cartilaginoso. Pero sobre todo llamaba la atención su frente, atravesada por profundas arrugas horizontales, y el entrecejo, en el que una arruga curva en forma de herradura, como si una pequeña marca se hubiese incrustado en su carne, unía las dos cejas con un surco profundo. Contra la almohada, por debajo del gorro de dormir, salían unos manojos de pelo largo y rígido que acentuaban todavía más la delgadez de su cara. Por alguna razón misteriosa de sus orejas emergían las puntas de dos trapitos blancos metidos en los orificios. A pesar de los ojos cerrados una expresión doliente se mostraba en su cara, a causa de las arrugas profundas desde luego, pero también de la boca entreabierta y de los párpados entornados. Ese dolor insondable y, a decir verdad, un poco teatral, como si sus expresiones lo exageraran para hacerlo más evidente, parecía agregarle a sus recientes veintitrés años décadas de desaliento, de adversidad y de aflicción. A pesar de los párpados entornados, era difícil saber si dormía o si simulaba dormir, pero su inmovilidad era tan grande que no parecía fingida y, sumada a la palidez amarillenta, lo hacía parecerse a un cadáver. Pero cuando me incliné para retirar las frazadas y examinar el resto de su cuerpo, plegó los párpados con lentitud, como quien diría en varias etapas, y, dejando resbalar su mirada sobre mí con indiferencia, la posó en algún punto impreciso del vacío entre la cama y la puerta. Me asombró descubrir que era menos flaco de lo que podía esperarse, a menos que el camisón blanco que le llegaba hasta las rodillas no me indujera a formarme una impresión engañosa, pero su cuerpo parecía más espeso que su cara y sus pantorrillas, que terminaban en unos pies enormes, apoyados apaciblemente uno junto al otro, con los dedos de yemas carnosas muy separados entre sí, no parecían delgadas ni frágiles. El brazo derecho, con la mano abierta, reposaba a lo largo del cuerpo, pero el puño izquierdo, apoyado contra el abdomen, estaba tan fuertemente cerrado que el esfuerzo empalidecía todavía más la piel amarillenta en la protuberancia de los nudillos. Con la blandura general de su cuerpo, los estragos de la cara, el abandono algodonoso de sus miembros, la pasividad de sus grandes pies inertes, la mirada perdida y la expresión doliente, contrastaba la determinación del puño cerrado, en el que parecían concentrarse todas las energías de su persona, de modo que era fácil adivinar, en ese gesto que para muchos no representaba más que una obstinación irrazonable y quimérica, una cuestión de vida o muerte que hubiese sido de mi parte, ahí sí, locura ignorar. Yo sé también que únicamente la locura se atreve a representarse aquellos límites del pensamiento que a menudo la cordura, para seguir justamente siendo cordura, prefiere ignorar, lo que vuelve a los locos distantes, empecinados, irrecuperables. Algo espantosamente grave parecía depender de ese puño, y la determinación dolorosa de su gesto inducía a creer que si por si acaso la concentración disminuía y la tensión aflojaba permitiendo a la mano, blanda otra vez, ir entreabriéndose de a poco, comenzaría a soplar, arrastrando al universo entero a su paso, un viento de apocalipsis. Lo estudié durante unos segundos sin percibir en todo su cuerpo el menor movimiento; una vez replegados, los párpados no volvieron a bajar, demostrando una vez más la observación frecuente de mi maestro, a saber que los alienados son capaces de hacer con su cuerpo cosas que a las personas sanas les están vedadas y, para verificar más a fondo esa máxima, me concentré con el fin de descubrir los signos exteriores de la actividad respiratoria, tales como el murmullo de la expiración y de la inspiración, o la expansión y la contracción del tórax, pero al cabo de varios segundos tuve que admitir que en la habitación reinaba un silencio total y el cuerpo mantenía una perfecta inmovilidad. De un modo paradójico, de esa inmovilidad emanaba, no una sensación de muerte, sino por el contrario una impresión de lucha, de fuerzas antagónicas que estaban en conflicto perpetuo, y que habían elegido el cuerpo y el alma de ese joven como campo de batalla. Los ojos demasiado abiertos y fijos, la inmovilidad total del cuerpo y el puño apretado contra el abdomen daban la impresión de que todo su interés se concentraba en alguna región remota de su interior, donde el combate decisivo tenía lugar, para captar hasta los más mínimos detalles de ese tumulto lejano.

Cuando salimos de la habitación el señor Parra me interrogó con la mirada para conocer mi opinión sobre el estado de su hijo, y con toda sinceridad le respondí que como la experiencia había demostrado que los estados de estupor no se prolongaban demasiado, y que como a primera vista las condiciones físicas del joven Prudencio no parecían demasiado deterioradas, tal vez se podía esperar en los meses venideros alguna mejoría. (A decir verdad, esa mejoría se verificó apenas emprendimos el viaje hacia la Casa de Salud, ya que, casi en el momento mismo en que abandonamos la ciudad, nuestro paciente salió del estado estuporoso. Más adelante consignaré en detalle su extraña evolución.)

El señor Parra me mostró su casa, ya que no había podido hacerlo la noche anterior por la hora tardía de mi llegada y yo, por discreción, me había abstenido de recorrerla esa mañana mientras los dueños dormían. Las clásicas hileras de habitaciones abriéndose sobre galerías que formaban patios cuadrados -en las habitaciones de atrás dormían los esclavos- no me reservaban ninguna sorpresa, pero en los fondos había una quinta bien cuidada aunque asolada por el frío excesivo y un buen plantel de árboles frutales, del que sobresalían mandarinos, naranjos y limoneros cargados de fruta. Conversando, comimos unas mandarinas dulces y heladas al pie del árbol, y cuando volvimos al interior, la sorpresa que no había podido darme la construcción convencional de la casa, la recibí entrando en una de las habitaciones, contigua al comedor, amueblada con bastante gusto y dotada de una abundante biblioteca. Algunos paisajes locales, ejecutados por una mano hábil pero sin genio, adornaban las paredes, y un busto de Voltaire nos observaba desde una repisa. Comprendí de pronto que había tenido la suerte de hospedarme en casa de una familia ilustrada y moderna, situación rarísima en esas provincias apartadas y en aquella época. (La situación no ha mejorado actualmente. Nota de M. Soldi.) La discreción, por no decir la timidez del señor Parra, lo inducía a no mostrarlo demasiado, y acaso también mi reputación en tanto que colaborador del doctor Weiss y mis estudios en Europa, pero durante las semanas en las que las circunstancias me obligaron a parar en su casa, pude descubrir la vivacidad y la sensatez de sus ideas y el clima agradable que reinaba en el seno de su familia, a la que la enfermedad del joven Prudencio había causado una sincera tristeza. Los cuadros de la biblioteca eran de mano del propio señor Parra lo cual, cuando lo supe, me hizo juzgarlos de manera más favorable, y no sé si me parecieron mejores porque habían sido ejecutados por un aficionado que nunca había realizado estudios de pintura, o por la simpatía que me merecían el autor y su familia. Las múltiples actividades comerciales del señor Parra, que le habían permitido adquirir una fortuna considerable, no le impedían cultivarse a sí mismo al mismo tiempo que su huerto y su jardín, y su modestia genuina era injustificada si se tiene en cuenta el acierto de sus opiniones generales, rasgo rarísimo en un hombre de fortuna, ya que me ha sido posible observar más de una vez, por haberlos frecuentado en dos continentes, que los ricos sustentan una alta opinión de sí mismos y que, por una inexplicable transposición, están convencidos de que su habilidad para ganar dinero los autoriza a pontificar tantos temas que desconocen, ya sean artísticos, políticos o filosóficos.

Mientras el señor Parra se iba a cumplir con sus obligaciones, me dirigí al cuartel para averiguar si mis compañeros de viaje estaban bien instalados. Los dos soldados, habituados a la vida militar, ya se habían fundido con el resto de la tropa -nombre quizás demasiado pretencioso para el puñado de hombres mal armados y casi en harapos que la constituían- pero Osuna estaba de mal humor y pretendía no haber dormido en toda la noche, a causa del ruido y del ajetreo constante que reinaban en la cuadra. Lo que llamaban la cuadra era un antiguo edificio de adobe y tejas, en bastante mal estado pero lo suficientemente amplio como para permitir que durante las noches unos cuarenta hombres pudiesen extender sus pertrechos rotosos en el suelo apisonado y echarse a dormir ya que, como lo sabría más tarde, los casos especiales, como los enfermos o los desertores, eran expedidos al hospital o a la cárcel, instalados en un edificio un poco más grande que se encontraba a cien metros del primero. El descontento de Osuna parecía justificado, porque las condiciones de alojamiento eran de lo más precarias pero, por venir frecuentándolo desde tiempo atrás, yo sabía que el carácter un poco especial de nuestro guía podía inducirlo, sin que él mismo se diese cuenta, a exagerar los motivos de sus protestas. Debe quedar claro para mis futuros lectores, si los tengo alguna vez, que esta observación no rebaja en nada las muchas y excelentes cualidades de Osuna, de quien la lealtad, la eficiencia sin par, la inteligencia, el sentido práctico y la abnegación sobresalen entre tantas otras, pero que, no sé si por deformación profesional o por alguna otra cosa, me es imposible no conjeturar sobre los rasgos de carácter que motivan, más allá de las razones verídicas que ellas mismas aducen, las opiniones y los modos de actuar de las personas con las que trato. El innegable saber de Osuna en todo lo relativo a la inmensa llanura, que a los treinta y cinco años más a menos que tenía para esa época ya conocía al detalle hasta en sus rincones más apartados, lo ponía en una situación ventajosa pero incómoda, que el sabio o el artista quizás puedan comprender ya que, semejante a la ciencia del desierto que practicaban Osuna u otros como él, el sabio y el artista deben tratar la mayor parte del tiempo con gente que, si bien saca provecho de su actividad, es incapaz de estimarla en forma correcta. Dejando de lado el hecho de que los otros no se detenían a pensar en los sacrificios que había costado su adquisición, ese saber, que en Osuna constituía una verdadera ciencia de lo invisible, lo ponía a veces en situaciones bastante forzadas, tales como tratar con superiores que, o bien no le acordaban el respeto que merecía y se limitaban a aprovecharse de su saber, o bien por el contrario le tenían una consideración excesiva, dándole un trato especial que lo aislaba entre los soldados y la gente de su medio. A causa de las muchas incomodidades que le acarreaban sus conocimientos, Osuna se había formado un carácter especial, que lo hacía sentirse oscuramente distinto de los demás, induciéndolo a separarse de ellos y a concentrarse, como si fuera un ideal ascético, en los mil detalles de lo exterior. Por haberlo tratado durante años, he podido notar que únicamente en el desierto se encontraba a gusto. Lo que me asombraba de él era ver, cuando hacíamos noche en algún puesto y se dejaba tentar por el aguardiente, cómo la fachada de impasibilidad iba resquebrajándose en su cara oscura y filosa, mientras sus ojitos achinados emitían unos destellos rápidos y cambiantes que delataban las pasiones que durante el día disimulaba tan bien, la vanidad, la arrogancia incluso en lo relativo a su oficio, los celos que le impedían reconocer que algún otro guía de calidad, aparte de él, existiese en la llanura, sus esfuerzos, bastante torpes por otra parte, por ser todo el tiempo el centro de la reunión, los aires de superioridad con que escuchaba y observaba a los otros gauchos, soldados, etcétera, que podían compartir un pedazo de carne asada con los viajeros en las noches vacías de la llanura. Pero mucho más me asombraba, a la mañana siguiente, verlo montar, fresco y bien dispuesto, con decisión su caballo; lacónico, enérgico, sin dejar transparentar en su cara, a diferencia de unas horas antes, ninguna emoción, ningún sentimiento, como no sea la voluntad de retomar el camino, avanzando gracias a los mil mensajes, únicamente legibles para él, que le mandaba a cada paso lo real. Igual que cada vez que se quejaba de algo ante mí, Osuna me respondió que no valía la pena cuando le propuse remediar la situación: al parecer, con que yo escuchara sus quejas le bastaba.

La duración de nuestra estadía en la ciudad dependía de la llegada de dos enfermos, uno que venía de Asunción del Paraguay y el otro de Córdoba, que se sumarían a los dos de la ciudad, el joven Prudencio Parra y una religiosa que, según nos informó por carta la madre superiora, había caído en la demencia después de haber sido violentada por el jardinero del convento. El hombre estaba en la cárcel y la hermana seguía en el convento, pero su estado de agitación constante convenció a las autoridades religiosas locales de que debían recurrir al doctor Weiss para resolver el problema. En los últimos meses, una correspondencia abundante había sido intercambiada entre Las tres acacias y las familias de los cuatro enfermos, para llegar a un acuerdo definitivo sobre las condiciones de traslado, internación, tratamiento, honorarios, etcétera, y esas largas negociaciones habían motivado nuestra venida a la ciudad de donde, una vez reunidos los cuatro pacientes, más la escolta y todo lo necesario para el viaje, partiría la caravana. Al principio se había proyectado realizar el viaje por agua, pero el cargamento especial que debíamos transportar disuadió a los pocos marinos italianos cuyos barcos disponían de algunas comodidades para hacerlo. También nosotros éramos reticentes al traslado de los locos por vía fluvial porque, a menos que los mantuviésemos encerrados todo el tiempo en la bodega, ese río imprevisible podía ser peligroso para los enfermos. Finalmente, con el acuerdo explícito de las familias, y como resultado de negociaciones llevadas personalmente por el doctor Weiss, se adoptó la solución del viaje por tierra, sin dudar ni un instante de que, creciendo durante semanas hora tras hora, el río, cuya compañía habíamos rechazado, saliendo de su lecho, vendría a buscarnos por propia iniciativa para imponernos sus leyes rigurosas.

Para comodidad de los enfermos, habíamos alquilado cinco carretones de ésos que utilizan los viajantes que recorren los espantosos caminos de ese inmenso territorio, para ir a comerciar desde Buenos Aires hasta Chile, del otro lado de la cordillera. Esos carretones, tirados no por un par de bueyes como las carretas de carga sino por caballos, dotados hasta de puerta y ventanas, están arreglados en su interior como pequeños recintos que son a la vez dormitorio y sala de estar, de lo más estrechos y elementales por supuesto, pero con las comodidades necesarias para soportar las travesías sin término del desierto, y sobre todo permitir un descanso más o menos razonable en cada alto del camino. Cuatro de esos carretones estaban destinados a los enfermos y el quinto me correspondía, aunque me hubiese conformado con una tienda de campaña para compartir la suerte de la tropa que nos acompañaría. Esos carretones pertenecían todos al mismo propietario, un hombre de negocios de Buenos Aires que comerciaba con el Tucumán, Córdoba y Mendoza, con varias ciudades chilenas, y con todas las del litoral, donde debía competir con el transporte fluvial, hasta Asunción del Paraguay, de donde su familia era originaria. Las condiciones de alquiler fueron muy favorables, porque uno de los enfermos pertenecía a la familia del propietario. Una parte de la escolta partiría de la ciudad, que se encontraba a mitad de camino entre Asunción y Buenos Aires, y como también el camino de Córdoba pasaba muy cerca, esa ciudad era el punto obligado de reunión. Calculamos que el viaje hasta la Casa de Salud duraría unos quince días, ya que trataríamos de no forzar demasiado la marcha para no fatigar más de lo razonable a nuestros pacientes, pero los distintos obstáculos que se fueron presentando, y las graves vicisitudes que nos desviaron de nuestro camino, que nos inmovilizaron y que hasta nos hicieron retroceder, multiplicaron casi por tres esa duración.

Esa misma tarde mandé un mensaje al convento anunciando mi llegada para el día siguiente. La madre superiora, una cincuentona de expresión severa, me recibió a las once de la mañana en una habitación limpia y helada, y con las primeras frases que intercambiamos comprendí que mi profesión le inspiraba una profunda desconfianza, pero que el caso de sor Teresita, la monja de la que debía ocuparse el doctor Weiss, aparentaba ser más grave de lo previsto, y sin duda les traía no pocos inconvenientes, ya que de otro modo no se hubiesen resignado a recurrir a nosotros. En el transcurso de la conversación sin embargo, creí entender que la orden de contratar los servicios del doctor Weiss había venido desde Buenos Aires. Durante mi entrevista con la madre superiora, no pude abstenerme de sonreír en mi fuero interno, ante esa nueva prueba de que la locura, con su sola presencia, trastoca e incluso desbarata los proyectos, las jerarquías y los principios de la gente llamada cuerda. La madre quería obtener de mi parte una absurda promesa explícita de discreción, y ante su insistencia tan poco pertinente, que involucraba casi una ofensa, debí responderle con frialdad que una promesa explícita en ese caso particular resultaba superflua, ya que la discreción, desde Hipócrates, era el principio mismo de nuestra ciencia. Sin reaccionar ante la firmeza de mi respuesta, pero entornando los párpados para que nuestras miradas no se encontraran mientras durase su relato, la madre superiora me refirió, con muchos sobreentendidos y circunloquios, luchando a duras penas contra un pudor en ella más que comprensible por el carácter penoso de los hechos que me refería, la historia de sor Teresita. Esa monja, que había venido de España al Perú primero, y que por disposición de su orden, las Esclavas del Santísimo Sacramento, había sido transferida a la ciudad, era según la madre superiora una persona bastante ingenua y muy devota, incluso proclive a ciertos excesos místicos que le habían valido algunas amonestaciones y llamadas al orden. De origen humilde, y a pesar de no haber recibido más educación que la indispensable que requería su formación religiosa, tenía una fuerte propensión literaria con la que expresaba, según la madre superiora, su devoción a Cristo y al Santísimo Sacramento. Una de las principales tareas de la orden era ocuparse de las mujeres de mala vida que, por desgracia según la madre superiora y, pensaba yo para mis adentros, para beneplácito de mi maestro, abundaban en América, apostolado al que la hermanita se había dedicado, igual que con todo lo que emprendía, con un ardor excesivo, llegando a frecuentarlas con demasiada asiduidad y familiaridad, lo que dio lugar a ciertos malentendidos. El temperamento vehemente de la hermanita, que se manifestaba siempre de manera demasiado espontánea, había alimentado las comidillas de la ciudad, donde el ocio casi permanente de los habitantes, según la madre superiora, originaba de un modo fatal esa propensión a ocuparse de la vida ajena. Pero todo eso según la madre superiora no era grave en comparación con el verdadero drama que había tenido lugar a fines del año anterior. Un hombre que habían conchabado para ocuparse del jardín, del huerto y del corral, ya que había tantos desocupados en la ciudad según la madre superiora que era más seguro emplearlos en algo porque de otra manera se transformaban en vagabundos y delincuentes, y que venía trabajando para el convento desde hacía varios meses, empezó a abusar en secreto de la hermana, sometiéndola a toda clase de vejámenes bestiales, y amenazándola de muerte si se atrevía a contárselo a alguien. Como es natural, la madre superiora suprimió los detalles demasiado penosos, pero no me costó mucho comprender, por las manchas rojas que se encendieron en sus mejillas, que el recuerdo de esos detalles despertaba en ella una viva emoción. Un día, a la hora de la siesta, ella misma, la madre superiora, los había sorprendido en la capillita, tirados en el suelo al pie del altar, sumando según ella a la satisfacción bestial de los instintos carnales el sacrilegio. El jardinero fue arrestado de inmediato, y seguía todavía en la cárcel, pero en sor Teresita las consecuencias habían sido devastadoras, hasta hacerle perder la razón. La hermanita era frágil por naturaleza, y en los meses previos a lo sucedido, ella, la madre superiora, había podido observar en sor Teresita los signos de una perturbación más fuerte que de costumbre, sin sin embargo llegar a imaginar en ningún momento que esos leves estados de agitación, esa inestabilidad atenuada pero constante, esos pasajes súbitos de la risa a las lágrimas y esa devoción excesiva al Crucificado, exacerbados por el drama sórdido que le tocaría vivir, terminarían precipitándola en la demencia. Si bien en medio de su agitación surgían períodos de calma, y si la mayor parte del tiempo su aspecto exterior no revelaba en nada la presencia de la locura, siguió explicándome la madre superiora, eran tales y tan inesperados sus cambios bruscos de conducta, la alteración en los modales y en el lenguaje, que al principio algunos miembros de la Iglesia habían creído hallarse ante un caso de posesión diabólica, debatiendo la posibilidad de referirla a la Inquisición, pero el cura exorcista de la ciudad, teniendo en cuenta los vejámenes de que la hermanita había sido víctima, consideró que había una causa conocida precisa en su manera de actuar y que las cosas debían ponerse en manos de la justicia y de la medicina. Las autoridades eclesiásticas de Buenos Aires se habían expedido sobre el caso de la misma manera. Entre las personas que la madre superiora citó reconocí dos que, contra la opinión bastante generalizada entre los miembros influyentes del clero, eran favorables a la institución y a los métodos terapéuticos del doctor Weiss. A mi modo de ver, la opción por la interpretación nosológica del caso a expensas de la interpretación demonológica, era menos una prueba de sentido común por parte de las autoridades eclesiásticas, que de una voluntad de discreción, ya que muchas veces habíamos conversado con el doctor Weiss acerca de un hecho innegable, a saber que en Europa, en los últimos dos siglos, muchas mazmorras en los hospitales de alienados habían sido ocupadas con discreción por desdichados que hubiese sido demasiado ruidoso mandar a la hoguera. Pero de ese triste papel de cárcel vergonzante que muchas familias pensaban que era nuestro designio interpretar, nos ponían al abrigo nuestra formación en los hospitales de París, y la reflexión constante que se hacía en la Casa, bajo la dirección esclarecida de mi maestro, sobre la evolución necesaria de nuestra disciplina. Para nosotros, el ejercicio riguroso de la ciencia médica era la única forma posible de caridad.

Al cabo de esa larga conversación, para nada cómoda por otra parte, ya que en su transcurso se hicieron patentes nuestras mutuas reticencias, comprendí que no podría hacerme una idea precisa del estado de sor Teresita mientras no se presentase la ocasión de estimarlo por mí mismo, de modo que expliqué a la madre superiora que mi deber profesional me ordenaba realizar una visita inmediata a la enferma, a lo que terminó por acceder no sin visibles dudas y vacilaciones. La enferma estaba en una habitación del fondo de la casa, encerrada bajo llave. Lo primero que noté de ese cuarto estrecho era que la ventana, protegida por una reja, daba a la galería y al patio, pero no a la calle. Como los postigos estaban entornados, la habitación se encontraba en penumbras en ese momento, y como veníamos encandilados por la luz del mediodía claro de invierno, durante unos segundos no vi gran cosa a no ser una mancha gris que emergió vivaz de un rincón y avanzó hacia nosotros, deteniéndose en medio de la habitación. Yo seguía parpadeando en el umbral, pero la madre superiora entró y, dirigiéndose a la ventana, entreabrió con prudencia los postigos. Un rayo de luz entró a través de la abertura e iluminó a la muchacha con la intensidad de un farol de teatro. Era más bien menuda y tenía el cabello muy corto, y no llevaba los hábitos de la orden sino una especie de camisón gris que la cubría desde el cuello, donde se abotonaba, ciñéndolo, hasta los tobillos. A pesar de que la habitación estaba helada, vi que los pies que se apoyaban en los ladrillos del piso estaban descalzos, pero que el frío no parecía incomodarla. Notando mi mirada de desaprobación, la madre superiora se apresuró a explicarme que la hermana no soportaba los braseros, ya que tenía violentos accesos de calor y afirmaba que el frío no le hacía ningún efecto. Busqué la mirada de sor Teresita para obtener una confirmación de lo que acababa de oír, pero me fue imposible encontrarla, ya que se había inmovilizado con los ojos bajos y una sonrisa tímida en los labios, las manos que emergían de los puños grises del camisón apoyadas blandas una sobre la otra a la altura del vientre. Esa timidez demasiado evidente no me era desconocida: no me fue difícil identificar en ella una actitud de simulación frecuente en ciertos enfermos mentales, que cuando se encuentran por primera vez ante un médico intentan persuadirlo, adoptando una pose teatral, de que sería una pérdida de tiempo injustificada ocuparse de personas tan a simple vista normales como ellos. Había también en esa presentación de su persona tan plácida y recatada, una tentativa de seducción, muy eficaz por otra parte, y al fin de cuentas innecesaria, porque debo confesar que su presencia enérgica y vivida, sin permitirme olvidar las fuertes posibilidades que existían de que se tratase de una enferma, supo captar de inmediato mi simpatía. No demoré en comprender que sor Teresita trataba de establecer conmigo algún vínculo privado, no sólo al margen de la madre superiora sino quizás también del convento e incluso del mundo entero, tal vez con el fin de probarles, y también de probarse a sí misma, que su persona y su manera de actuar podían ser de una vez por todas interpretadas en su justo sentido.

Cuando me acerqué a ella, desplegó los párpados y me miró: tenía unos ojitos grises y redondos, demasiado movedizos entre una frente amplia y convexa y una nariz diminuta, un botoncito esférico, casi sin tabique, y también blanco, única protuberancia carnosa sobresaliendo por encima de los labios finos, todo eso encerrado en una carita blanca y diminuta que dibujaba un círculo desde el nacimiento de los cabellos en lo alto de la frente comba, formando la línea exterior de las mejillas espolvoreadas de rosa y cerrándose en el mentón blando y casi inexistente. Era difícil no quererla de inmediato, con el mismo amor con que se quiere por ejemplo a un conejito, sabiendo que su existencia caliente y nerviosa en cuyos móviles, tan diferentes de los nuestros, los nuestros no cuentan para nada, nos traerá más complicaciones que alegrías apenas lo adoptemos. Me pareció percibir, cuando nuestras miradas se encontraron, unas chispas fugaces de burla en la suya, esa especie de burla tácita que, en presencia de terceros, nos conceden ciertas personas que creen compartir con nosotros un mismo punto de vista sobre las cosas, y que en realidad es una búsqueda, casi siempre sin esperanza, de complicidad. La madre superiora no tardó en advertirlo y, más preocupada por la moralidad que por la salud de su pupila, se acercó a sor Teresita y le rodeó la espalda con un brazo que la manga ancha del hábito negro disimulaba, no dejando exponer a este mundo de pecado y de corrupción más que una mano blanca y un poco ajada que se posó sin violencia pero con decisión sobre el hombro izquierdo. Un detalle que atrajo casi de inmediato mi atención, aunque el comercio frecuente con la locura me había acostumbrado a ese tipo de incongruencias, era el contraste que podía observarse en la monjita, entre los terribles vejámenes que había soportado durante meses, y el buen humor, el aire saludable y la energía decidida que trasuntaba su persona. Cuando empecé a interrogarla del modo más afable posible, comprendí que, adoptando una actitud infantil y modosa, se acurrucaba contra el pecho de la madre superiora, para incitarla a responder en su lugar a mis preguntas, echándome de tanto en tanto unas miradas de reojo, entre provocativas y burlonas. Como las respuestas de la madre superiora no añadían ninguna novedad a lo que ya me había comunicado al recibirme, preferí diferir la entrevista para los días siguientes, dedicándome unos segundos a echar una ojeada por la habitación, para comprobar que un orden meticuloso reinaba en ella: la cama estaba arreglada sin una sola arruga, con una especie de capa negra desplegada con cuidado a los pies, y había también una mesa con un candelabro triple del que ni una sola gota de cera había caído fuera del pedestal, dos libros del mismo tamaño puestos uno encima del otro, un tintero de metal labrado con dos o tres plumas acostadas en la muesca horizontal de la base, un montoncito rectangular de hojas blancas bien alineadas del que ninguna sobresalía, y una silla de madera cruda cuyo asiento de paja estaba metido bajo la mesa. Incluso el almohadón del sillón de mimbre del que se había levantado al vernos entrar no parecía tener ninguna arruga, ningún hueco, como si el cuerpo de la muchachita que unos instantes antes había estado apoyado en él hubiese sido ingrávido y sin materia.

Cuando expresé el deseo de retirarme, anunciando que vendría unos días más tarde para ultimar los preparativos de la partida, la madre superiora, tal vez aliviada, retiró el brazo de los hombros de sor Teresita y se acercó a mí con la intención de acompañarme hasta la puerta de calle. La monjita no se movió de donde estaba pero, abandonando la actitud vulnerable que había adoptado un momento antes, se irguió de tal modo en el rayo de sol que entraba por la ventana que de pronto pareció más grande y más fuerte. Un ruido que al principio no logré identificar empezó a oírse en la habitación, hasta que me di cuenta de que, apretando los dientes e inflando un poco las mejillas, la monjita estaba acumulando y haciendo chirriar saliva en el interior de la boca, y todavía estaba preguntándome la razón, cuando vi que retorcía de un modo obsceno la lengua, moviéndola en todas direcciones, lamiéndose los labios, entrándola y sacándola rítmica y rígida de la boca, y que había estado juntando saliva a propósito para, al mismo tiempo que efectuaba esos movimientos, hacerla chorrear y chirriar ruidosamente. Una expresión exagerada de éxtasis apareció en su cara, ya que entrecerró otra vez los ojos y, al mismo tiempo que echaba el bajo vientre hacia adelante y hacia atrás, sacudía despacio y con arrobo la cabeza mientras, a los costados del cuerpo, las manos hacían unos extraños movimientos lentos. Toda esa actividad súbita, excepción hecha quizás de los retorcimientos de lengua, me recordaron ciertas danzas colectivas que había visto algunas veces bailar a los esclavos africanos en el puerto de Buenos Aires, y tardé unos segundos en comprender que la sensación de extrañeza que causaban las contorsiones de la monjita, asimilables de algún modo a una danza, provenía de que, aparte del chirrido entrecortado de la saliva, las realizaba en medio del más completo silencio. El rosa de sus mejillas se encendió más todavía y, a causa del esfuerzo que le costaba producir saliva se propagó por toda su cara, pero cuando me volví hacia la madre superiora, que había abandonado todas sus reticencias respecto de mi persona y me miraba con una expresión de impotencia y de súplica, me fue fácil comprobar que el tinte rojizo, de vergüenza y de confusión quizás en el caso suyo, había ganado también su cara. El exabrupto de sor Teresita me fue de todas maneras de gran utilidad, ya que me permitió mostrar ante la madre superiora una gran calma, que no me abstuve de exagerar, para sugerirle lo corriente que parecía, ante los ojos de la ciencia, la conducta de la monjita. Cuando vi que a pesar de su pretendido éxtasis la hermanita de cuando en cuando nos observaba con disimulo para ver el efecto que su manera de comportarse producía en nosotros, me eché a reír, lo que desconcertó a la madre superiora pero no así a la monjita que abandonó su extraña actitud y después de contemplarnos durante unos instantes satisfecha y jovial, avanzó hacia nosotros. Han pasado treinta años desde aquella mañana, pero todavía hoy veo patente en mi recuerdo su manera curiosa de desplazarse, arqueándose de un modo imperceptible, echando el torso hacia adelante y las nalgas ligeramente hacia atrás, los brazos plegados con los codos hacia afuera y las manos que se cruzaban rítmicas a la altura del ombligo, contoneándose un poco, y a pesar de la fragilidad aparente de sus formas, adoptando, a causa de sus movimientos, de su expresión y de su agilidad, el aire viril de un muchachito. Se plantó con desparpajo a un metro de nosotros y, sacudiendo el índice de la mano izquierda encogido hacia adentro para significarme que me acercara, tratando con firmeza afable de convencerme, como cuando se le habla con paciencia a un niño que no parece dispuesto a obedecer, me dijo: Ven que te la chupe. Con una exclamación, entre excedida y horrorizada, y aunque ya debía haber asistido a escenas semejantes muchas veces, la madre superiora se precipitó fuera de la habitación, pero con los locos yo había conocido situaciones mucho peores, y debo confesar que había algo cómico en el contraste entre la crudeza de la monjita y el recato excesivo de la madre superiora, incapacitada para ver las cosas desde un ángulo médico de modo que, sin inmutarme en lo más mínimo, y tratando de no mostrarme para nada escandalizado, encaré a la monjita con mi mejor sonrisa, explicándole que no había venido para eso, sino para ocuparme de ella en tanto que médico, y que como íbamos a vivir juntos de ahora en adelante era mejor que mantuviéramos buenas relaciones. Echándose a reír, sacó otra vez la lengua y, golpeteándosela un poquito con un dedo, me dijo después de hacerla desaparecer en la boca: ¿Así que no…? Le prometí que pasaría a verla esa semana y salí de la habitación. Mientras la madre superiora cerraba con llave, sor Teresita fue a colocarse en la ventana, detrás de la reja y, con tono alegre y juguetón, como si se tratase de un secreto que compartíamos los tres, empezó a decir en voz baja una serie espantosa de obscenidades, describiendo actos voluptuosos que supuestamente la madre superiora y yo nos disponíamos a cometer y de los que, sin haberlo merecido, ella estaba excluida. Cuando llegamos a su habitación, vi que la madre superiora tenía los ojos llenos de lágrimas y, apiadándome de ella, traté de consolarla explicándole que la demencia no debía ser juzgada por la moral ni considerada con nuestras categorías habituales de pensamiento. Al cabo de un momento, la madre superiora pareció sosegarse y al despedirme de ella noté que su actitud hacia mí había cambiado, ya que daba la impresión de haber depuesto su desconfianza. Sin embargo, cuando nos separamos, persistió en mí la sensación desagradable de que la madre superiora no me había dicho toda la verdad acerca de la monjita.

Un testimonio inesperado me lo confirmaría unos días más tarde. Enterado de mi presencia en la ciudad, el doctor López, un médico local amigo de la familia Parra, me invitó a visitarlo, por cortesía por cierto, pero también para debatir conmigo algunos temas importantes para el ejercicio correcto de nuestra profesión, y con el fin de efectuar una consulta sobre un par de casos difíciles que él venía tratando desde tiempo atrás en el hospital. Ese hospital, que había sido de los jesuítas, y que desde su regreso a América, si mis informaciones son exactas, les fue restituido, estaba en aquellos años a cargo de los franciscanos, que lo habían por decir así anexado al convento vecino. Si algo puede dar una idea de la pobreza general que reinaba en esa ciudad, y de la que sólo unas pocas familias estaban al abrigo, es el hecho de que el Cabildo, el hospital y la cárcel funcionaban en el mismo edificio, un largo chorizo, como suele llamar la ironía idiomática local a toda construcción de una planta que, paralela o vertical a la vereda, se prolonga en una interminable fila de habitaciones, o en dos, separadas por un patio y unidas al frente por el cuerpo principal del edificio. En este edificio, en forma entonces de U recta, la fachada, en la que estaban instalados el gobierno, la administración y un pequeño destacamento de policía, ocupaba una cuadra entera sobre la plaza principal, y de las dos alas que se extendían en los fondos hacia el río, una alojaba el hospital y la otra, que era como su reflejo más sombrío del otro lado de patio, la cárcel y la aduana.

Una vez que terminamos de examinar, entre una quincena de enfermos con los cuales no había problemas porque a simple vista se advertía que no habría de todos modos solución, los dos o tres casos espinosos que habían requerido una consulta, mi colega, un hombre ya mayor que me impresionó por su evidente experiencia y por su perspicacia, mirando a su alrededor como si temiese cometer una indiscreción, me dijo que había otro caso que quería someterme, pero que lo examinaríamos en una habitación contigua a la sala común, donde tenía el consultorio. Dicho esto, le hizo una seña a un enfermero de quien caí en la cuenta que, mientras efectuábamos la visita a la sala común, había estado rondándonos con insistencia. El enfermero salió de inmediato del consultorio y, a través de una ventana, lo vi cruzar rápido el patio en dirección a la cárcel. Apenas estuvimos instalados en su consultorio, mi colega me explicó las razones de tanto misterio: como ya todo el inundo sabía que yo había venido a la ciudad a buscar a sor Teresita para internarla en Las tres acacias, el enfermero, que era primo del supuesto violador de la monja, había suplicado al doctor que escuchara la versión, muy diferente de la que habían difundido las autoridades eclesiásticas, que daba de los hechos el jardinero del convento. Únicamente esas versiones contradictorias habían aplazado el fusilamiento del jardinero, pero los que lo defendían no habían logrado alejar de un modo definitivo esa amenaza. El doctor López estaba convencido de que el jardinero decía la verdad, y tenía total confianza en el primo, que era su colaborador principal desde hacía años. Una pequeña fracción del clero, sobre todo entre los franciscanos, lo sostenía, pero la Iglesia se negaba a admitir que la conducta de la monjita, puesto que la hipótesis de una intervención del demonio había sido rechazada, se debiese a causas por decir así naturales aunque inexplicables y prefería, tal vez con el fin de que el pecado de alguien exterior a la Iglesia explicara los hechos, sostener la culpabilidad del jardinero. El médico me dijo que el jardinero reconocía haber tenido relaciones carnales con la monjita, pero negaba del modo más enérgico, por no decir con horror, haberla violentado y, sobre todo, insistía en que, si se había encontrado en circunstancias que podían considerarse sacrílegas, había sido en forma inesperada y contra su voluntad.

A los pocos minutos pude escuchar, con mayores detalles, esa versión de los hechos de la boca misma del jardinero. A pesar de los meses de cárcel que llevaba padeciendo, su aspecto era el de un hombre vigoroso y sus maneras las de un individuo honrado, y debía ser más joven de lo que su aire agobiado por la situación lo hacía aparentar. Su relato me resultó bastante verosímil, sobre todo en su descripción del modo de actuar de la monjita, ya que coincidía mucho con varios casos similares que habíamos tratado con el doctor Weiss, y el jardinero no podía haber inventado por sí mismo ciertos detalles característicos de ese tipo de alienación. En la transcripción que haré de sus palabras me veré en la obligación, como creo haberlo ya advertido más arriba, de emplear algunos términos y giros que pueden sonar demasiado crudos a ciertos oídos que, con no poca indulgencia hacia sí mismos, se consideran respetables, pero es necesario tener en cuenta que, en las enfermedades del alma, el vocabulario y la conducta de los sujetos que las padecen difieren por completo de los de las personas sanas. (El uso del latín, apropiado para un tratado científico, me parece inapto en el caso de esta memoria personal, que se dirige a lectores hipotéticos de los que no puedo prejuzgar si serán o no hombres de ciencia, detalle por otra parte secundario en lo relativo al presente manuscrito. Pero como reflexión más general: ¿cuál puede ser el objeto de poner en latín ciertas partes del cuerpo y ciertos actos que, al margen no sólo del latín sino de todo lenguaje, humanos y animales utilizan y realizan todos los días?)

El jardinero, desde el principio mismo de su relato, dio varias pruebas de sinceridad, al reconocer por ejemplo sus relaciones carnales con sor Teresita y también al referirse siempre a la monja sin la menor animosidad, como si a pesar de todo lo que había pasado y de la delicada situación en la que se encontraba, conservara hacia ella los más vivos sentimientos de simpatía. Para el jardinero, era la madre superiora la que se negaba a ver los hechos de frente, tal como habían ocurrido. Y otro detalle importante que parecía confirmar la sinceridad del jardinero, era la justificación que daba de su conducta: según él, le llevó mucho tiempo darse cuenta de que la monjita actuaba de manera extraña, y que las cosas que decía o que hacía, si él las había atribuido en un principio a una lubricidad exagerada, había en realidad que atribuírselas a la locura. El jardinero afirmaba que, durante todo el tiempo, era él quien se había sentido bajo la influencia de la monjita y que a veces incluso había tenido la sensación de que ella lo sometía a una especie de violencia. Esa incapacidad de reconocer la locura, no es de ningún modo algo poco corriente, y hasta me atrevería a afirmar que constituye más bien la norma, y que no se trata de un fenómeno que concierne a individuos aislados, sino a naciones enteras que, como la historia lo ha mostrado ya repetidas veces, bajo un influjo semejante al que invocaba el jardinero, se dejaron conducir al abismo por la extraña capacidad de persuasión que posee la lógica en apariencia sin defectos del delirio, aunque toda ella sea en sí defección.

El jardinero dijo que llevaba ya unos meses trabajando en el convento sin siquiera haber reparado en la monjita que, excepción hecha de la juventud, no poseía ningún atractivo especial, y que las cosas hubiesen continuado sin duda de esa manera si las miradas insistentes de ella, que se volvían de lo más sugestivas cuando estaban solos, según nos lo dijo el jardinero en un lenguaje un poco más tosco que el que empleo treinta años más tarde para escribirlo, no hubiesen atraído su atención, intrigándolo bastante primero, sin pensar para nada en lo que ocurriría un poco más tarde, pero atrayéndolo después en esa dirección. Cuando le hizo algunas confidencias al primo que trabajaba en el hospital, hecho que el primo, que se hallaba presente, confirmó de inmediato, el primo le dijo lo poco que sabía de sor Teresita, a saber que si las Esclavas del Santísimo Sacramento tenían entre sus principales misiones la de ocuparse de las mujeres de mala vida, algunas personas murmuraban en la ciudad, en la que, como en todas las ciudades chicas si no todo se sabe todo cree saberse, que la hermanita, por una familiaridad excesiva con las mujeres de mala vida, y por ciertas extravagancias en el lenguaje y en el modo de actuar, tenía una tendencia a extralimitarse en el ejercicio de su misión. Pero todo el mundo reconocía en ella una práctica auténtica de la caridad, y era muy popular entre los pobres, sobre todo aquellos que se habían entregado a la mala vida, no únicamente rameras que ejercían su comercio en los ranchos de las afueras o acompañaban a los soldados en sus expediciones, sino también desertores, cuatreros, ladrones, vagabundos, asesinos. Algunos afirmaban haberla visto fumando un cigarro, sentada a la puerta de un rancho, conversando y riendo con dos o tres rameras. Otros decían que no se negaba a tomar una caña si a alguien se le ocurría invitarla, e incluso había dos o tres que pretendían haberla visto una vez, con las mangas del hábito arremangadas, jugando a la taba con algunos gauchos y soldados, en el patio de una pulpería. Pero no eran más que rumores. De todos los que los hacían circular, ni uno solo había que, si lo apuraban, hubiese podido afirmar que había sido testigo de lo que contaba. El jardinero dijo que, al principio, la monjita le era sólo simpática; pero que un día, entrando de improviso en la capilla, la había visto trepada en el altar, pasando la mano por el paño del Cristo crucificado, a la altura de la entrepierna. Al ver la escena, en la penumbra de la capilla, a la que había entrado estando todavía un poco deslumbrado por la claridad exterior, pensó que la monjita había estado limpiando la estatua, pero después vio que irguiéndose en puntas de pie sobre la silla en la que se había encaramado para llegar mejor a la altura que quería alcanzar, la monjita se puso a lamer el paño en el mismo lugar por el que acababa de pasar la mano. Sin querer, el jardinero hizo un ruidito que la incitó a darse vuelta, escrutando un poco la penumbra hasta que lo descubrió en el fondo de la capilla. Dijo el jardinero que él esperaba que la monjita, al verse sorprendida, iba a pasar un mal rato o a enojarse con el intruso que la estaba espiando, pero que, para su sorpresa, le sonrió sin mostrar el menor signo de turbación, y encaramada y todo en la silla como estaba, le hizo señas para que se acercara lo cual, cuando el jardinero me lo contó, me recordó el índice encogido y la sonrisa llena de sobrentendidos con los que, unos días antes, la hermanita me había incitado a dar unos pasos en su dirección.

Con la sinceridad precipitada y llena de detalles probatorios de quien, abogando por sí mismo, juega su última carta, el jardinero nos relató, con el apoyo de repetidos cabeceos de aprobación por parte de su primo y del doctor López, sus relaciones con sor Teresita, que habían comenzado a los cinco minutos del primer encuentro, en el suelo mismo de la capillita, al pie del altar. Según el jardinero, él se había resistido en un primer momento, a causa justamente del lugar en el que se encontraban, pero la monjita lo había convencido diciéndole que en ninguna parte del Evangelio o de las doctrinas de la Iglesia, el acto que iban a realizar y sobre todo el hecho de realizarlo donde se disponían a hacerlo, estaban condenados por algún texto, lo cual podía quizás ser cierto, aunque es necesario agregar que, a causa de su enormidad misma, hasta a los más puntillosos Padres de la Iglesia, a los que pocas circunstancias posibles del pecado se les escapaban, debe haberles parecido superfluo condenarlos de un modo explícito. Más aun: según la monjita, Cristo le había ordenado varias veces consumar la unión carnal con la criatura humana, y la unión divina con el Espíritu Santo, para alcanzar de esa manera la perfecta unión con Dios, ya que después de la resurrección y la subida al reino de los cielos, el principio divino y el elemento humano de Cristo, que se habían reunido en la Reencarnación, estaban de nuevo separados, y mientras que el primero se había instalado a la diestra de Dios, el segundo se hallaba disperso entre los hombres.

Es obvio que el jardinero hubiese sido incapaz de expresar lo que antecede en tales términos, de modo que debo aclarar que, para redactar estos detalles, me baso en los escritos de la propia sor Teresita, un rollo de papeles atados con una cinta celeste que la monja le confió en secreto al jardinero cuando estalló el escándalo y que el jardinero, que no sabía leer, le entregó a su primo el enfermero, el cual lo depositó finalmente en el consultorio del doctor López. El manuscrito de la monjita, titulado Manual de amores, consigna con muchos detalles un período de delirio místico, anterior en algunos meses a los episodios que nos narraba el jardinero, y es una mezcla de prosa y poesía en la que sor Teresita describe la pasión mutua que vivieron ella y Jesucristo desde que él se le apareció por primera vez en el Alto Perú. Vale la pena hacer notar que los enfermos mentales, cuando poseen cierta educación, tienen casi siempre la tendencia irresistible a expresarse por escrito, intentando disciplinar sus divagaciones en el molde de un tratado filosófico o de una composición literaria. Sería erróneo tomarlos a la ligera, porque esos escritos pueden ser una fuente inapreciable de datos significativos para el hombre de ciencia, que en la palabra escrita tiene a su disposición, al abrigo de la fugacidad del delirio oral y de las acciones fugitivas, una serie de pensamientos disecados, semejantes a los insectos inmovilizados por un alfiler o a la flora seca de un herbario en los que concentra su atención el naturalista. Nada le pareció más normal a mi colega por lo tanto que confiarme en forma definitiva los escritos de sor Teresita. (La consideración de la mística, aun partiendo de la hipótesis de la inexistencia del objeto que la provoca, justifica de todos modos su estudio, porque si bien el objeto es imaginario, el estado que suscita la creencia en su realidad es indiscutiblemente auténtico. En el miedo a los fantasmas por ejemplo, los fantasmas son desde luego inexistentes, pero el miedo es bien real, y merece un estudio detenido, al igual que los fenómenos ópticos o la posición de los astros.)

Resumida, la doctrina del Manual de amores es una especie de dualismo, que se basa en la separación de lo divino y de lo humano después de la resurrección de Cristo, y en la creencia de que el amor, en la constitución de cuya esencia participan los dos elementos, es la única fuerza capaz de ponerlos en contacto y realizar de nuevo la unidad. Sor Teresita pretendía que su doctrina le había sido revelada por el propio Cristo en el Alto Perú, y como sus tentativas de unión carnal con el Crucificado estaban imposibilitadas por la separación metafísica de los dos mundos, practicando el amor físico con la mayor cantidad posible de seres humanos, y puesto que el amor participa de la doble esencia, se podía realizar la unidad. Cada ser humano que practicaba el amor, espiritual y físico, era durante el acto una reencarnación de Cristo. A decir verdad, toda la primera parte del Manual difiere poco y nada de la mayor parte de los escritos místicos cristianos, e incluso diría que sor Teresita los imita demasiado, lo que explica cierto arcaísmo en su estilo, pero a medida que se avanza en la lectura, se tiene la penosa impresión de que la autora del tratado se detiene demasiado explicando las similitudes del amor espiritual y del amor carnal con el solo fin de regodearse en la descripción del amor físico en todas sus variantes, y hacia el final, en las últimas páginas (el texto está inacabado), las ideas son cada vez más incoherentes, las descripciones más procaces, y las oraciones se transforman en meras listas repetitivas de vocablos obscenos. No son por cierto las especulaciones teológicas de sor Teresita, puesto que la superstición oficial difunde todos los días sofismas mucho más descabellados, las que la pusieron en manos del doctor Weiss, sino el vocabulario rebuscadamente salaz de la última parte, y la frenética traducción en actos de su teología. Unos meses después de haber ingresado en la Casa de Salud, empezó a producirse en sor Teresita una curiosa evolución, que la llevó a tener una conducta en todo opuesta a la que había requerido su internación: su pasión por Cristo se fue transformando poco a poco en un odio desmedido, y no podía ver un crucifijo o una efigie representándolo, sin entrar en un acceso de furor que la inducía a cubrirlos de injurias y a pisotearlos hasta hacerlos pedazos. Al mismo tiempo, su inclinación frenética por la obscenidad, la fornicación, etcétera, se fue transformando en un rechazo violento, y su energía jovial, que tanto me había llamado la atención la primera vez que la vi, se transformó en una especie de pasividad bovina, aumentada por el hecho de que una voracidad enfermiza se apoderó de ella. Al cabo de tres años, la Iglesia, que mandaba regularmente visitantes a la Casa para seguir la evolución de su enfermedad, decidió que estaba curada, y la criatura que retiraron para mandar de vuelta a España era una especie de bola de carne cubierta por el hábito negro, una mujer de edad incierta, silenciosa, que se movía con la lentitud y la torpeza de una vaca, de ojos remotos y apagados, y en la que el único signo exterior de vida eran las mejillas rojas, lisas y brillantes, en un rostro redondo tan inflado que parecía a punto de reventar.

Pero el orden de mi relato se pervierte. El caso del jardinero prueba con claridad un hecho muchas veces observado: nada puede llegar a ser más contagioso que el delirio. Del relato de ese hombre simple, más perplejo que aterrado por la situación en la que se encontraba, podía inferirse sin demasiado esfuerzo que, si se había dejado arrastrar con pasividad incomprensible por esa pendiente de lujuria y sacrilegio, era menos a causa de su temperamento voluptuoso que de su credulidad. Agustín -era el nombre del jardinero-, encandilado por los argumentos teológicos, el entusiasmo místico y, como he podido comprobarlo tantas veces, la simpatía comunicativa de sor Teresita, había creído sinceramente en la necesidad religiosa de sus actos y, durante meses, se había prestado a todos los caprichos voluptuosos de la monjita. Si se tiene en cuenta que el primer acto lo habían realizado al pie del altar, y según el jardinero la hermanita acostumbraba hablar con Cristo por encima de su hombro mientras lo realizaban, es fácil suponer que, a partir de ese primer sacrilegio, lo que vino después no podía ser sino mucho más frenético y descabellado. Por curioso que parezca, todavía en el momento en que Agustín nos detallaba esas increíbles aberraciones que estaban llevándolo ante el pelotón de fusilamiento, daba la impresión de seguir creyendo en el valor religioso de todos sus actos, y no parecía dudar ni de la sinceridad ni de la necesidad que habían llevado a sor Teresita a empujarlo a su realización. También ella parecía conservar, hasta que dejó la Casa de Salud y se fue a España, un afecto particular por el jardinero, y cuando se refería a él lo hacía siempre con deferencia amistosa. Durante el viaje a la Casa de Salud, la hermanita me dijo un día, bajando la voz y adoptando un tono confidencial, que a Agustín lo habían metido preso y lo querían fusilar porque la tenía así de grande, y acompañó su declaración realizando un ademán obsceno, consistente en poner las palmas de las manos a unos treinta centímetros una frente a la otra y a sacudirlas verticalmente y las dos al mismo tiempo de un modo significativo. Era evidente que, después de ese trato íntimo que se prolongó durante meses, cada uno se había convencido de la inocencia del otro, y trataban de convencer de eso a los demás. El jardinero, con su argumentación circunstanciada, abogaba a la vez por su propia persona y por sor Teresita, y si la monja parecía tener una certidumbre inquebrantable en cuanto a la fuente de la que emanaba la legitimidad de su misión, lo cual la eximía de disculparse o al menos explicarse sobre su conducta, haciéndola adoptar una actitud de total indiferencia, más aún de jovial lubricidad ante sus acusadores, en cada uno de sus gestos y palabras mostraba su evidente confianza en Agustín, del que hablaba siempre no como de un amante, sino más bien de un amigo, lo que tal vez exponía todavía más al jardinero a la animosidad de sus acusadores, pero que para cualquier observador imparcial arrojaba una luz nueva sobre sus relaciones. Después de tanto ejercer mi profesión en varios hospitales de Europa, mi contacto con religiosas y otros miembros del clero ha sido más que frecuente, y si he encontrado a menudo entre ellos personas abnegadas, inteligentes, serviciales y de buena fe, debo consignar aquí que si tuviese que encontrar un rasgo común en todas ellas, ese rasgo es la evidente carencia de todo elemento religioso en su manera de pensar y de actuar, lo cual dicho sea de paso facilitó mucho nuestras relaciones. Esas personas compasivas, eficaces y sensatas, gracias a la constitución resistente que les había otorgado la naturaleza, estaban al abrigo de todo lo que los sentimientos y las ideas religiosas tienen de disolvente y de devastador y, en vez de lamentarlo, tendríamos que estar agradecidos de que el temperamento religioso sea un fenómeno rarísimo. Así como el mundo está lleno de buenos y de malos poetas, de pensadores obvios y pertinentes, de científicos inoperantes, de falsos profetas y de pretendidos hombres providenciales, así también ha sabido ser avaro en religiosos auténticos, y debo declarar que, a mi juicio, la única persona verdaderamente religiosa que conocí en mi vida fue sor Teresita, y lo fue sólo durante un tiempo limitado, porque cuando dejó la Casa de Salud, apagada y gordinflona, con el botoncito rojo de la nariz perdido entre los cachetes carmín ya no lo era. El amor que sentía por Cristo era intenso y sincero, y especular sobre si lo manifestaba en forma adecuada es ocioso, porque a mi modo de ver si ese objeto tan alto de adoración existe de verdad, aunque yo pondría más bien al azar en el trono que se le tiene asignado, sería difícil determinar cuál es la correcta entre las tantas formas diferentes de adorarlo que sus fieles han imaginado.

La historia que el jardinero nos contaba en el consultorio del doctor López anunciaba, como desenlace, la catástrofe que no tardó en producirse: un día los sorprendieron en pleno acto de sacrilegio en el suelo de la capillita, frente al altar, de modo que la aventura, cuando el tribunal del Santo Oficio tomó cartas en el asunto, terminó en el mismo lugar en el que había comenzado. Después de muchas deliberaciones y ante la obstinación de sor Teresita en afirmar que todos los actos cometidos le habían sido ordenados por el propio Cristo en el Alto Perú con el fin de restablecer la unidad del amor divino y del amor humano que habían sido separados después de la resurrección, las autoridades religiosas dictaminaron que sor Teresita había perdido la razón como consecuencia de las violaciones y otros vejámenes reiterados a los que la había sometido el jardinero, al que habían metido en la cárcel, donde esperaba desde hacía varios meses el proceso que lo condenaría con toda seguridad a la pena capital. (Un tiempo más tarde, una carta del doctor López me informó que, unos días antes de que el juicio tuviese lugar, el jardinero logró evadirse de la cárcel, y como tantos otros que tenían, debidas o no, cuentas que arreglar con la Justicia, desapareció en la llanura. Recibí la noticia con alivio y me apresuré a transmitírsela a la monjita que, como único comentario, me hundió repetidas veces el índice diminuto de la mano derecha en el estómago, a modo de felicitación o de reconocimiento, como si la evasión de Agustín hubiese sido obra mía, y aprobó con lentas sacudidas de cabeza.)

Un proyecto íntimo durante ese viaje profesional había sido, si mis ocupaciones me lo permitían, cruzar un día a la Bajada Grande para visitar los lugares en que había transcurrido mi infancia. Ningún vínculo afectivo, como no fuesen los recuerdos todavía frescos de mis primeros años, me ligaba a la orilla opuesta, porque, al retirarse mi padre de los negocios, mi familia se había vuelto a España el año anterior a la instalación de Las tres acacias, pero la idea de cruzar el gran río, y divisar desde el agua al ir llegando, como lo había hecho tantas veces con mi padre cuando navegábamos entre las islas, las barrancas que caen a pique en el agua rojiza, templaba por anticipado mi exaltación. Por desgracia, la misma causa que me demoró más de lo debido en la ciudad, dilatando hasta el hartazgo el ocio requerido para realizarla, desbarató mi proyecto de excursión: la habitual crecida de invierno de esos ríos que bajan hacia el sur, en general muy grande, vino ese año insidiosa, bárbara y desmesurada. Insidiosa porque de hora en hora, de minuto en minuto, durante meses, sus aguas iban subiendo de nivel y cubriendo poco a poco, de un modo imperceptible, cada vez más lejos de las orillas habituales, las tierras costeras; bárbara porque, a pesar de su crecimiento subrepticio, alguna subida brusca, desbordando los límites de las tierras anegadas, sumergía de golpe, arrasando todo a su paso, un vasto territorio, y también porque, modificando la vida originaria de las tierras generalmente secas, y desplazando hasta la exageración las orillas, trastocaba las costumbres, el arraigo y el vivir entero de hombres, animales y plantas, arrancándolos con violencia de su lugar habitual y dispersándolos hasta depositarlos, con anacronismo salvaje, en los rincones más inesperados de la región; y desmesurada porque, en razón de ese crecimiento largo y constante, el agua enturbiada por los nuevos suelos que irrigaba a su paso, adquiriendo un color incierto que según los lugares podía ser amarillo sulfuroso, marrón rojizo o negruzco atravesado de filamentos verdosos, fue ganando las tierras en dirección oeste hasta cubrir la llanura, por mucho que un observador se desplazara en ella a pie o a caballo, en todo el horizonte visible.

La inundación retrasaba a los enfermos que esperábamos, provenientes de Córdoba y del Paraguay, y al mismo tiempo nos confinaba en la ciudad. Todo estaba trastocado: los correos, los coches de posta, el transporte de mercaderías. Las horas y los días de partida y de llegada, en general inciertos, se volvieron caprichosos, por no decir extravagantes. Ciertas mercancías que no se producían en las inmediaciones, como el azúcar, la yerba y el vino por ejemplo, empezaron a escasear. Previsor, el señor Parra había acumulado de todo un poco en un cuarto que hacía las veces de depósito y de despensa, y cuya llave estaba en manos de una esclava que tenía a su cargo todo lo relativo a las cuestiones de víveres y de cocina. El señor Parra me explicó que habiendo tantas personas que dependían de él, familiares, empleados y esclavos, era su obligación prever con mucha anticipación hasta los detalles más insignificantes para ir evitando las contrariedades a medida que se presentaban. En aquellos años, el aislamiento de esos poblados, a muchas leguas de distancia unos de otros, dispersos en esos desiertos inacabables y salvajes, obligaba a sus habitantes a estar todo el tiempo alertas para enfrentar los peligros más variados, a los que ese lugar poco civil los exponía a cada momento. (Hoy, según me han informado algunos amigos, las amenazas no vienen del desierto y los terrores no los dispensan los elementos desencadenados, sino el gobierno.)

En ese ocio forzado no me quedaban, fuera de las obligaciones mundanas, de lo más sencillas por otra parte, y de las visitas regulares a mis dos enfermos, otras ocupaciones que la observación, la reflexión y la lectura. Para permitirme ejercer esta última actividad, el señor Parra puso a mi disposición su biblioteca que, como creo haberlo dicho, era de lo más variada y abundante a pesar del aislamiento de la ciudad, y, como si eso no bastase, confirmando la delicadeza de su temperamento, me regaló los seis volúmenes de una traducción francesa de Virgilio, poeta por el que descubrimos nuestra común admiración, de modo que su lectura, mientras mi tiempo me lo permitía, se prolongó hasta que divisamos por fin el edificio chato y blanco de Las tres acacias. Cada una de las vicisitudes de nuestro viaje está relacionada para mí con algún verso de Virgilio, y aún hasta el día de hoy las sensaciones ásperas de la travesía y la música delicada y sabia de los versos se penetran mutuamente en mi memoria y se confunden en un sabor único, que pertenece de un modo exclusivo a mi propio ser, y que desaparecerá del mundo conmigo cuando yo desaparezca. Más de una vez me vi a mí mismo atravesando la llanura como Eneas el mar adverso y desconocido, y una emoción honda me asaltaba al vislumbrar para mí, en medio del desierto, un destino semejante al de Palinuro, el piloto que, dejándose sorprender por el sueño, cae al mar y se pierde para morir abandonado y desnudo en una arena ignorada. Más de una vez vi, con más nitidez que las cosas espesas y compactas que me rodeaban, el montoncito anticipado de mis huesos blancos espejear al sol en algún rincón remoto de la llanura. Pero sigue siendo la cuarta Bucólica la que, entre los poemas breves, tiene todavía hoy mi preferencia: el anuncio de una edad de oro cuando tantas catástrofes desmienten su improbable advenimiento, no depende de la voluntad armada de los héroes, sino de la sonrisa del niño a la madre que lo soportó en sus entrañas durante nueve pesados meses; a ese reconocimiento risueño de la vida, el poeta promete la mesa de Júpiter y la intimidad de la diosa. Y ninguna esperanza irrazonable motiva la visión: la nueva edad de oro no será un premio o una conquista, sino un don injustificado del destino y advendrá, no porque los hombres se la hayan ganado, sino porque las Parcas, un día cualquiera, por puro capricho, dirán que sí.

El que no ha visto como yo en un anochecer lluvioso de invierno una de esas ciudades perdidas de la llanura, cuando las primeras luces vacilantes comienzan a encenderse, y todo lo visible se iguala enterrado bajo la doble capa de la noche y de la intemperie, quizás cree haberla experimentado alguna vez, pero no conoce de verdad la tristeza. Acorralados por la inundación como estábamos, también la prisión del mundo, reforzada por ese cerco de agua, férrea, se duplicaba. De no ser por la simpatía de la familia Parra, por las conversaciones apasionantes con el doctor López, y sobre todo con el señor Parra, aparte de las frases banales y de los saludos banales intercambiados al pasar con la gente de la ciudad que ya se estaba acostumbrando a mis paseos cotidianos, ningún afecto verdadero me ligaba con nadie. Ese sentimiento de soledad se hacía más fuerte todavía cuando en las mañanas claras podía distinguir, más allá de las leguas de islas y agua que me separaban de ellas, las colinas de Entre Ríos, en las que había jugado toda mi infancia. Pero por sobre todo extrañaba la compañía estimulante y vivaz del doctor Weiss, las largas conversaciones de sobremesa atravesadas por los chispazos constantes de su genio y de su ironía; él constituía mi verdadera familia, no porque yo renegase de los de mi sangre, sino porque a través de él descubrí un nuevo parentesco, el que une a todos aquellos que, diferenciados por rasgos propios del nivelamiento sin brillo que imponen a veces los lazos de sangre, buscan al margen de esos lazos nuevas afinidades que comprendan y fecunden esas diferencias. Y puedo decir que las únicas dos amables alegrías personales que experimenté durante mi estadía en la ciudad, fueron las dos largas cartas del doctor que los rodeos laboriosos de un correo más que irregular trajeron hasta mí. En la primera de ellas sobre todo, el doctor me explicaba que el traslado de los enfermos hubiese podido organizarse de otra manera, sin requerir mi participación en el viaje, pero que él prefirió mandarme para alejarme un tiempo de su lado, porque según el doctor yo estaba demasiado acurrucado bajo su sombra, y él deseaba que, llevando a bien la tarea riesgosa y difícil que me encomendaba, yo fuese capaz de volar con mis propias alas. Al leer esas líneas generosas, me llené de orgullo y de alegría, y supe al fin que el verdadero maestro no es el que quiere ser imitado y obedecido, sino aquél que es capaz de encomendar a su discípulo, que la ignoraba hasta ese momento, la tarea justa que el discípulo necesita.

Aparte de esas dos cartas que aún hoy me acompañan, las pocas novedades que lograban penetrar en la ciudad tenían un rasgo común: eran todas malas. El norte y el oeste, por donde debían aparecer por fin, si alguna vez aparecían, mis enfermos, sólo soportaban dos o tres males, la lluvia, el frío y la inundación, pero en el sur, es decir en la dirección que debíamos tomar apenas estuviésemos listos, una calamidad suplementaria se agregaba: el cacique Josesito. Con cada nuevo mensajero, nuevos desmanes de su banda, en los que nunca faltaba el inevitable concierto de violín sobre ruinas humeantes y cadáveres martirizados, nos eran referidos con todos sus insoportables pormenores. Cuando Osuna oía estos relatos, arrugaba la frente y chupaba más hondo y con más frecuencia, mordiéndolo más fuerte que de costumbre, su cigarro. Tardó unos días en explicarme, ante mi insistencia desde luego, el motivo de su inquietud: a causa de la inundación, toda la línea de postas entre el Paraguay y Buenos Aires había desaparecido, y no únicamente el Paraná sino todos sus afluentes venían crecidos, de modo que las tierras estaban inundadas bien adentro hacia el oeste, lo que nos obligaría a hacer un largo rodeo en campo abierto por el noroeste antes de dirigirnos hacia el sur, o sea que deberíamos viajar en pleno desierto donde no había ni postas ni caminos, y donde justamente señoreaban el cacique Josésito y su banda de indios alzados. A Osuna le sobraban ciencia y valor para conducirnos por campo abierto, de manera que no era el miedo lo que le hacía arrugar la frente, sino la preocupación profesional que calculaba de antemano, estimando al mismo tiempo las posibilidades de sortearlos, los obstáculos que el camino nos interpondría y de los cuales el cacique Josesito parecía ser el principal. De modo que una mañana, dos o tres días después de nuestra conversación, me anunció que salía a explorar los alrededores para ver cómo se presentaban las cosas, y desapareció durante una semana. Cuando volvió, las perspectivas no eran por cierto más tranquilizadoras, pero sí más precisas que antes de su partida.

Había galopado primero hacia el norte hasta encontrar los carromatos que bajaban del Paraguay. Venían retrasados pero llegarían, según los cálculos de Osuna, si ningún accidente los demoraba, unos cinco días más tarde. Osuna me entregó una carta en la que un colega de Asunción me informaba de la presencia de un enfermo suplementario en la caravana. El jefe de la misma debía entregarme una suma de dinero que cubría los gastos de internación en la Casa de Salud durante un año. Osuna me informó también acerca de los carromatos destinados a los otros enfermos; los había en número suficiente y todo parecía en orden. También había ido al encuentro de la gente que venía de Córdoba. Avanzaban mucho más rápido porque viajaban a caballo, pero habían salido con demasiado atraso de la ciudad, aunque Osuna ignoraba cuáles eran las razones. En cambio, no parecía haber ningún enfermo entre ellos. Es verdad que los había cruzado rápido, cuando bajaba hacia el sur para saber cosas más precisas sobre Josesito, de modo que no había podido entrar en más detalles con ellos, pero se encontró ante un pequeño grupo de jinetes que galopaban con mucha animación, despreocupación y libertad por el desierto y cuyo jefe, que parecía un hombre rico y autoritario, pero que le había hecho un par de bromas que fueron acogidas con risotadas por los otros jinetes, le había querido dar unas monedas por las molestias que según él suponía el hecho de haber ido a su encuentro, pero él, Osuna, las había rechazado y había seguido galopando hacia el sur. No me costó mucho adivinar que a pesar del aire displicente que adoptaba al contármelo, Osuna se había sentido molesto y hasta un poco humillado por la falta de tacto desconcertante de ese grupo de jinetes. Y por último, internándose en dirección al sur, había hecho algunas indagaciones sobre las correrías del cacique y de su banda, y no sólo había escuchado diversos testimonios, sino que alcanzó a ver incluso los signos de una masacre reciente: un par de carros carbonizados y varias osamentas limpiadas no hacía mucho por tigres, caranchos y hormigas. Tales fueron las novedades que Osuna me trajo de vuelta de sus siete días de cabalgata.

En los casi dos meses de estadía en la ciudad, el frío cejó un poco solamente un par de días para pasar, a través de un corredor tormentoso, de un tiempo glacial y pálido, seco y soleado, a un invierno gris, penetrante y lluvioso. Las cortas horas diurnas transcurrían en una penumbra grisácea, y hasta el horizonte cercano, bajo un cielo oscuro, todas las cosas visibles relumbraban apagadas, saturándose de agua. En las calles cercanas al río era posible pasear bajo la lluvia, porque el agua endurecía el suelo arenoso, pero en la parte de la ciudad opuesta a la costa, hacia el oeste, un barro chirle y re vuelto, pegoteándose a las botas, dificultaba la marcha; y en una calle de las afueras, vi una mañana a un caballo resbalar varias veces seguidas, más peligrosamente cuanto más trataba de afirmarse, hasta dar un panzazo sonoro contra el barro chirle y rojizo, y quedarse sacudiendo sin resultado las patas en el aire y emitiendo unos extraños ruidos de los que no se sabía si venían de la garganta o de la nariz y si eran relinchos o quejidos. De noche, el ruido de la lluvia, goteando espesa y continua, o irregular y entrecortada cuando amainaba un poco, podía oírse no únicamente en el espacio cercano que el oído alcanzaba, sino también en la vasta noche imaginaría, que parecía abarcar el universo entero, tan negra y fría que daba la impresión de provenir, más allá de los sentidos y del pensamiento, de un lugar improbable, exterior al espacio mismo que ocupaba.

Una mañana, dos o tres días después de la vuelta de Osuna, el señor Parra en persona, muy temprano, vino a llamar a mi puerta: un hombre que había llegado de Córdoba la noche anterior quería hablar conmigo de manera urgente. Según el señor Parra, por la forma de vestir parecía una persona importante y -esto lo dijo bajando la voz y un poco amoscado- probablemente acostumbrada a mandar. Por el tono del señor Parra me di cuenta de que el visitante lo había ofendido en algo y me acordé de la historia que me había contado Osuna acerca de las monedas, así que me apresuré a vestirme, porque el señor Parra, que en general era tolerante y afable, parecía haberse impacientado con el visitante y prefería que yo me hiciese cargo de él lo antes posible. Con una mirada de reconocimiento, en la que traté de poner en evidencia cuánto lamentaba los trastornos que le estaba acarreando mi estadía en su casa, lo invité a entrar, y mientras terminaba de vestirme lo interrogué más a fondo sobre el personaje que había venido a sacarme de la cama, sin ningún escrúpulo, a una hora tan temprana en esa mañana helada y lluviosa: el señor Parra, deponiendo su orgullo y superando con estoicismo su malhumor, me contestó que cuando la sirvienta fue a anunciarle la visita, al parecer muy impresionada por el personaje, él se había desplazado para recibirlo personalmente en la puerta de calle. Vestido con una elegancia meticulosa a esa hora tan temprana y por ese tiempo imposible, erguido y corpulento, muy seguro de sí mismo y trayendo un libro en la mano con el dedo índice metido entre las páginas para no perder la que estaba leyendo, había que reconocer, dijo el señor Parra, que producía un efecto inmediato y contundente. Sus modales un poco altaneros, él los atribuyó a la timidez que producen a veces los desconocidos estimulando una soberbia pasajera que expresa menos cierta desconfianza hacia los demás que hacia sí mismo. Como pidió hablar de manera urgente con el doctor Real, ya que tenía que consultarlo sobre un asunto de la máxima importancia, el señor Parra lo hizo pasar en seguida a su estudio y el visitante, dejando de prestarle atención, con una actitud que podía parecer descortés, empezó a examinar la biblioteca, emitiendo de tanto en tanto algunos sonidos de los que era difícil saber si expresaban aprobación o rechazo, y sacudiendo la cabeza, por momentos de modo afirmativo y más tarde negativo o dubitativo. Era con toda seguridad un hombre de ciencia y si su conducta podía parecer un tanto indelicada, no había hasta ese momento ningún reproche preciso para hacerle. Salvo que, cuando el visitante percibió el busto de Voltaire, sacudió la cabeza como podría hacerlo un médico ante un enfermo irrecuperable y, emitiendo una risita sarcástica, dejó escapar en forma involuntaria, pero con un tono de lo más grosero y despectivo, la palabra bribón. Eso había sido demasiado difícil de soportar para el señor Parra que, anunciándole a su visitante que salía a buscarme, había venido a golpear a mi puerta.

Salimos apresurados a la mañana gris y cruzamos el patio frío y lluvioso, yo terminando todavía de vestirme para ir a recibir al que, no me cabía duda, debía de ser el perentorio colega cordobés que en medio de la llanura, a la cabeza de un grupo de jinetes fuertes y demasiado expansivos, había ofendido a Osuna tendiéndole un par de monedas de plata. Yo iba decidido a mantener un diálogo profesional adusto y lacónico con el visitante, para hacerle pagar con un poco de severidad las faltas de delicadeza cometidas hacia dos personas por las cuales sentía mucha estima, así que antes de entrar en la biblioteca adopté en forma deliberada una actitud de la que estaban excluidas toda cortesía y toda familiaridad, pero al verme entrar el visitante desbarató mis propósitos con una acogida demasiado cordial, casi entusiasta. Abalanzándose para recibirme, me estrechó la mano durante un momento sacudiéndola con energía, y después de preguntarme si yo era de verdad el doctor Real, me dijo que desde hacía varios meses, desde que había comenzado la correspondencia con la Casa de Salud a decir verdad, estaba impaciente por conocerme, así como al doctor Weiss, de quien le habían llegado las más estimables referencias. Era un hombre alto y corpulento, y, de no haber sido por un vientre ligeramente prominente, con una verdadera complexión de atleta, pero aun a pesar de su obesidad incipiente, daba una impresión inmediata de fuerza física, sobre todo de una energía vital indefinible, casi excesiva, y como debía andar por los treinta y cinco años más o menos, de no haber sido por algunas canas que blanqueaban un poco en las patillas y detrás de las orejas su revuelta y limpia melena castaño oscuro, hubiese podido constituir la imagen misma de un hombre en plena madurez. Pero había además de exuberancia física, un exceso de volubilidad en su conversación, y a pesar de la elegancia con que llevaba puesta su ropa cara -capa gris perla, chaqueta oscura por la que salían los volados de su camisa en impecables borbotones blancos, pantalones de casimir inglés marrón claro que desaparecían en las cañas altas y lustrosas de las botas de un marrón un poco más oscuro y de innegable procedencia europea, cuyo aspecto no menos inmaculado que el resto me hizo preguntarme, cuando observé el detalle, cómo diablos se las había arreglado para que ni un solo rastro de barro fuese visible en toda la superficie del cuero incluso en la proximidad de las suelas- toda su persona delataba una especie de olvido de sí mismo, como si el momento de vestirse y acicalarse con tanto cuidado antes de salir hubiese transcurrido en un pasado tan lejano y en un mundo tan diferente de ése en el que estábamos en ese momento, que ahora debía yacer ya para siempre oscuro y olvidado, aunque en la realidad común a todos los seres y las cosas, no datara de más de quince o veinte minutos. Nuestro visitante, que parecía sentir por mí una consideración ostentosa, trataba al señor Parra, que apenas si lograba disimular su indignación, con condescendencia deliberada, y dirigiéndose únicamente a mí, no sólo hacía todo lo posible por ignorarlo, sino que incluso parecía calcular adrede cada uno de sus movimientos con el fin de darle siempre la espalda. En lo relativo a su conversación, debo decir que comenzó con una serie de elogios hacia mi persona desproporcionados con el verdadero alcance de mi reputación, que desaparecía, y con justicia, eclipsada por la del doctor Weiss, pero en seguida, y casi sin transición, se transformó en un verdadero interrogatorio profesional e incluso filosófico, con la fastidiosa característica de que las preguntas iban superponiéndose unas a otras sin darme tiempo a suministrar las respuestas, de las que nuestro visitante, que me observaba con insistencia indiscreta, parecía desinteresarse por completo a medida que me interrogaba. Esa situación forzada se prolongó durante unos minutos, y aun cuando no hubiese visto las burbujitas de saliva en la comisura de sus labios y la fijeza que de pronto adquiría su mirada, ya su conversación precipitada que iba pasando de un tema a otro sin demasiada continuidad lógica, y esa sensación de energía entusiasta, tan poco adecuada a las circunstancias, que irradiaba su persona, me hicieron comprender que no me encontraba ante un colega, sino ante el paciente que esperábamos de Córdoba, como su acento lo ponía en evidencia. Por su manera de conducirse, que delataba los síntomas inequívocos de la manía, no podía tratarse más que del señor Troncoso que su familia, una de las más ricas de Córdoba, enviaba para su internación en Las tres acacias. Una conducta habitual en este tipo de enfermos es precisamente ese aire de superioridad que adoptan en presencia de sus médicos, y la táctica de venir a mi encuentro sin darse a conocer de manera explícita para poner a prueba mi perspicacia y aún, si fuese posible, mi total inepcia, un modo bastante corriente de presentarse. En su gesto había también una tentativa, bastante hábil por otra parte, por disimular su locura, como esas personas que han bebido y, para que no se note del exterior, tratan de adoptar las poses que ellos creen más naturales, sin darse cuenta de que son justamente esas tentativas las que delatan la borrachera. El señor Parra, poco habituado a ese tipo de locura, se mostraba cada vez más irritado por lo que el creía un caso extremo de mala educación, de modo que le dirigí una señal de connivencia con la mirada, incitándolo a calmarse y, encarando a nuestro visitante, le pedí en forma autoritaria que se callara y lo invité a sentarse. Aunque obedeció, vi por su estado de excitación que no me resultaría tan fácil calmarlo. (Los raptos de manía se caracterizan por una excitación continua, que va en aumento y que no tolera ninguna interrupción, ni siquiera la del sueño, y uno de los síntomas que aparecen a menudo es justamente el insomnio. En pleno ataque, un enfermo puede pasar varios días sin dormir, sin perder ni fuerza, ni apetito, ni vivacidad. Cuando pasa, el acceso da lugar a largos períodos de melancolía; por el contrario, durante las crisis, el aumento constante de la excitación puede desembocar en un verdadero estado de furor.)

Aunque permaneció sentado varios minutos, Troncoso no perdió ni su volubilidad ni su buen humor, y si bien no tuvo más alternativa que escucharme, en vez de responder a mis preguntas, que versaban sobre el viaje desde Córdoba, la llegada, la escolta que lo había acompañado, el encuentro con Osuna y otras cosas por el estilo, preguntas que, a diferencia de las suyas, exigían respuestas precisas que no parecía dispuesto a suministrarme, optó por reírse de mí de una manera infantil y, debo confesarlo, como ocurre a menudo con ciertos locos, bastante comunicativa, limitándose a repetir, con aire amable y cómico, las últimas palabras de las frases que yo iba pronunciando, o a proferir, como única respuesta, que aún hasta al señor Parra lo hicieron reír, palabras que no tenían ninguna relación lógica con la última palabra de mi frase, pero que rimaban con ella. Esa conducta, que podría parecer descabellada a quien oiga referirla sin haber tenido nunca la ocasión de observarla en forma directa, se manifestaba con toda calma, y las frases y las rimas eran proferidas con exactitud y calma por Troncoso, de modo que una persona desprevenida que hubiese entrado en ese momento en la biblioteca hubiese podido creer que, bajo la mirada asombrada del señor Parra, Troncoso y yo estábamos entregados a un amable, jocoso y espiritual entretenimiento de salón. Al cabo de un rato Troncoso se paró y, como si ya se hubiese aburrido de ese juego preciso, pero sin perder para nada el aire de estar pasando una mañana de lo más divertida, buscando en la pieza alguna nueva distracción, volvió a reparar en el busto de Voltaire, y dando un par de trancos vigorosos se le plantó a un metro de distancia y comenzó a espetarlo burlón en un francés caprichoso, del que la mayor parte estaba constituido de palabras castellanas pronunciadas como si fueran francesas, y entre las que de tanto en tanto sobresalía algún musié Voltérr que, cada vez que lo profería, lo inducía, por alguna razón misteriosa, a echar atrás la cabeza con un movimiento brusco y una expresión altanera y despectiva, lo que hacía sacudir su melena abundante, limpia y ondulada. Cansado de esa representación que ya estaba durando demasiado, y que hacía oscilar todo el tiempo al señor Parra entre la perplejidad y el enojo, exigí a Troncoso que me llevara ante las personas que lo habían acompañado desde Córdoba, exigencia que simuló no escuchar, pero que le hizo sacudir la cabeza con una risita condescendiente y resignada, y a dirigirse a la puerta de calle. Es obvio que esperaba que lo siguiera, y que actuaba de un modo deliberado, con esa displicencia que adoptan a veces los locos para plegarse a la razón exterior, sin dar del todo el brazo a torcer, simulando que la orden que terminan por obedecer se ha cumplido más por coincidencia que por la actualización voluntaria de un efecto razonable. Presente y vivido más que ningún otro en mis recuerdos treinta años más tarde, Troncoso sigue siendo el ejemplo mismo de autonomía de la locura que, no por ser servidumbre evidente de causas que todavía nos son desconocidas, son menos corrosivas de las certezas bastante injustificadas de la buena salud. Puesto que yo quería ver a su escolta, Troncoso me llevó a la calle, y ahí estaban todos, los siete u ocho jinetes cordobeses, montados en la calle barrosa y apretujados bajo un par de capotes militares extendidos sobre sus cabezas para protegerse de la lluvia. Sus ojos oscuros relumbraban en la penumbra, un poco más densa que el aire gris de la mañana lluviosa, que espesaba alrededor de sus caras la sombra de los capotes. Uno de los hombres tenía la rienda del único caballo sin jinete, un azulejo alto, casi tan vigoroso, enérgico y nervioso, y ni más ni menos misterioso en cuanto a su ser en general y en cuanto a las motivaciones profundas de sus reacciones que el hombre que había venido sobre su lomo desde Córdoba, y se aprestaba ahora, después de haber metido en el bolsillo de la capa gris perla el libro que traía en la mano, sin tomar la menor precaución para no perder la página que había estado marcando con el dedo índice durante todo el tiempo que duró nuestra entrevista, pero tomándolas infinitas para no mancharse de barro las botas demasiado lustradas, a montarlo otra vez. No dejaron de maravillarme la soltura, la habilidad, la gracia incluso con las que ese corpachón, en el que se notaban la obesidad incipiente y las canas que empezaban a blanquear su melena cuidada, sorteaba en puntas de pie para no mancharse las botas, las partes del suelo en las que el barro, menos mezclado con arena, estaba más chirle y pegajoso, y el salto exacto, casi grácil, con el que, después de agarrar las riendas que le extendía uno de los miembros de la escolta y haber puesto el pie derecho en el estribo, tomó apoyo en él y se propulsó limpiamente sobre el lomo del caballo, el cual reconociendo a su jinete al parecer por el peso, el olor, la voz, el estilo o hasta la locura o quién sabe qué otro detalle inconfundible, lo recibió con un par de sacudimientos de cabeza, como si expresara su conformidad, y se inmovilizó de nuevo, preparándose quizás a recibir la orden de salir al galope. De la escolta de Troncoso emanaba una hostilidad evidente hacia mi persona, que sus miembros ni siquiera trataban de disimular, a diferencia del propio Troncoso, que había desplazado esa hostilidad hacia el señor Parra, el cual dicho sea de paso no tenía nada que ver con el asunto, reservándome una consideración exagerada en la que la ironía y el desenfado jocoso lindaban con el desdén. De esos hombres que debían protegerlo de tantos peligros exteriores y sobre todo de aquellos suscitados por su propia conducta, escoltándolo a través del desierto para venir a ponerlo en manos de la ciencia que iba a ocuparse de su salud y trataría de devolverle la razón, Troncoso había hecho una banda de subalternos, casi de esbirros, que tenían más el aspecto de forajidos que de enfermeros, fascinándolos quizás con esa fuerza insólita que irradiaba y de la que eran incapaces de percibir, tal vez porque todavía no se había presentado la oportunidad, ingobernable, la desmesura. Los supuestos prestigios de su persona que los subyugaban, actividad incansable, fuerza física, camaradería dicharachera, arrojo, y sobre todo iniciativa constante para renovar la actividad en mil direcciones diferentes, de las cuales muchas eran contradictorias entre sí y aun excluyentes, adoptadas únicamente por sus cambios bruscos e imprevisibles de humor, y que esos hombres simples consideraban como los rasgos de una originalidad grandiosa y magnética, eran en realidad para la mirada de la medicina, los signos banales, observados en su repetición casi invariable en mil enfermos diferentes, que anticipan el derrumbe.

Se me hizo evidente que debía imponer en forma inmediata mi autoridad al grupo de jinetes cuyos ojos oscuros me escrutaban, indecisos, desde la sombra de los capotes militares que los protegían de la lluvia, de modo que con voz amable pero firme pregunté quién mandaba el grupo, a lo que un hombre, desensillando en silencio y sacándose el sombrero, lo que no descubrió su cabeza envuelta en una especie de pañuelo rojo anudado en la nuca, hizo ademán de entregarme una bolsa de cuero, pero ignorando su gesto le pedí que me siguiera al interior. En una mesa de mimbre que había en la galería, sin invitarlo a sentarse, desplegué el contenido de la bolsa, que consistía en algunas cartas dirigidas a mí y al doctor Weiss, y algunos documentos médicos y financieros. En la carta dirigida a mí se me informaba que el portador de la misma, es decir el hombre del pañuelo colorado, era un servidor de confianza de la familia Troncoso, la cual deseaba que yo le permitiese acompañarnos hasta la Casa de Salud como escolta personal del enfermo. Aunque la idea me parecía excelente (los hechos demostraron más tarde mi error), simulé reflexionar un rato antes de aceptar, e incluso me permití explicarle con gravedad exagerada el estado de salud de su patrón, advirtiéndole que, si quería formar parte de nuestra caravana, debía considerar que se trataba de un hospital ambulante, y no de una compañía de soldados o de reseros, y que en los hospitales en general son los médicos los que mandan. El hombre me escuchaba sin parpadear. Se había afeitado con minucia un rato antes, y tenía la piel oscura propia de los que viven y trabajan a la intemperie. Parecía tironeado entre su fidelidad a Troncoso y el tono convincente que le daba a mi discurso mi autoridad profesional, y si le quedaba alguna duda sobre el estado de salud del hombre que debía proteger, los episodios ulteriores de nuestro viaje terminaron con ella. El hombre era leal y bienintencionado hacia su patrón, pero un poco corto de genio a pesar de su aspecto feroz de filibustero. Se llamaba Rosario Suárez, pero como Troncoso le decía el Ñato, todo el mundo terminó llamándolo por su sobrenombre. A Troncoso le era fiel como un perro, a pesar de que a menudo lo trataba con una indignidad que no venía de su locura, sino de su posición de amo.

Cuatro días más tarde, llegaron los carromatos que venían del Paraguay. Aunque esperada desde hacía semanas, su aparición produjo un gran revuelo en la ciudad. Se les habían sumado algunos comerciantes y hasta un grupo de actores, de modo que durante varios días hubo una especie de feria en las afueras de la ciudad, donde se había instalado la caravana, ya que el barro le impidió llegar hasta el centro. Las familias pudientes se desplazaban a las afueras para ir de compras: dos o tres carros que bajaban de Asunción, y uno hasta de la costa brasileña traían mercancías que, a pesar de su uso corriente, eran rarísimas en las ciudades del virreynato a causa del monopolio de comercio que ejercía Madrid con sus colonias, de manera que en esos años había que recurrir al contrabando si se quería disponer de ellas. Hasta los comerciantes de la ciudad venían de compras para surtir sus propios negocios. Las damas y los caballeros del centro probaban el sabor de los arrabales, acompañados por los esclavos que cargaban los paquetes o sostenían, elevados sobre las cabezas de sus amos para protegerlos de la lluvia, unos amplios paraguas tan negros como las manos que se aferraban con estoicismo al mango curvo para mantenerlos en alto. Los actores trataban de animar el ambiente, pero el tiempo era tan malo que les resultaba imposible actuar al aire libre, de modo que terminaron invitándolos a dar un espectáculo en la Casa de Gobierno, donde interpretaron un sainete deshilvanado y burdo que, por alguna razón misteriosa, provocó el entusiasmo entre los notables de la ciudad y alimentó las conversaciones durante varios días.

Mientras duró ese ajetreo, una de las atracciones principales fue el propio Troncoso, que con su gusto irresistible por la representación encontró en esa feria improvisada el espacio ideal para mostrarse todos los días, elegante y dicharachero, hablando con unos y otros, en forma tan ostentosa que no podía pasar desapercibido. Se había calmado un poco después de nuestro primer encuentro, quizás al comprobar con el paso de los días que yo no tenía la intención de ser ni su enemigo ni su sicario, de modo que, si bien su conducta era bastante llamativa, no parecía alejarse demasiado de lo normal, y la gente lo consideraba como un hombre divertido y un poco extravagante, cuyo fuerte acento denunciaba su procedencia cordobesa. Se sabía que padecía una vaga enfermedad, aunque su intensa actividad debió convencer a más de uno de que se trataba de un rumor sin fundamento. Vivía de manera dispendiosa, lo cual aumentaba como es obvio el número de sus admiradores, en la única fonda de la ciudad. Yo iba a verlo todos los días y discurríamos amablemente rozando apenas, no sin mutua ironía, los bordes de la extravagancia, pero cuando me veía llegar a la feria, donde tenía casi más suceso que los contrabandistas y que los actores, se eclipsaba con mucha discreción, tal vez por temer que haciendo valer mi autoridad médica, lo humillara en público. Por revelar cierta afinidad con lo real esa aprensión me tranquilizaba, aunque no demasiado, porque la experiencia demuestra que casi siempre, debajo de esa mansedumbre engañosa, suele impacientarse el furor.

Esto me lleva a mis dos nuevos enfermos, que habían debido sortear, con la escolta que los acompañaba y los demás integrantes de la caravana, una serie increíble de obstáculos para poder llegar a la ciudad. El enfermo que estaba previsto, y sobre el cual había habido un intercambio de cartas entre Asunción y Las tres acacias, era un hombre de unos treinta años, llamado Juan Verde, pariente del propietario de la compañía de transportes que había alquilado, por un precio muy razonable, los carromatos a las familias de los enfermos. El hombre pasaba todo el tiempo de un silencio dubitativo a una conversación demasiado vehemente y animada, que tenía la extraña particularidad de estar constituida por una sola frase, que repetía todo el tiempo cambiando de entonación y acompañándola con las expresiones faciales y los ademanes más diversos, como si estuviera manteniendo con su interlocutor una verdadera conversación en la que, a medida que van cambiando las frases que se profieren, van cambiando los sentimientos y las pasiones que las motivan. Para ser exactos, habría que decir que lo que Verde decía todo el tiempo no era ni siquiera una frase, ya que no tenía verbo, y consistía en la expresión Mañana, tarde y noche, que dirigía a su interlocutor, y a veces incluso a sí mismo en el curso de la conversación, repitiéndola al infinito y cambiando únicamente la entonación, la cual a cada cambio sugería cosas tan distintas como el saludo, la cortesía, el asombro, la alegría, el enojo, la controversia, la concentración, el interés, etcétera. Esa curiosa manera de conversar, que como es lógico terminaba por exasperar a sus interlocutores, alternaba, como lo he dicho más arriba, con muchas horas diarias de silencio dubitativo. En cuanto al enfermo imprevisto, debo decir que todos los papeles estaban en regla cuando, al llegar a la ciudad, me lo confiaron, y que era el medio hermano de Verde, hijo del mismo padre pero no de la misma madre, y como era mucho menor que su hermano (tendría quince o dieciséis años a lo sumo), todos los miembros de la caravana, para distinguirlo del mayor, y con cierta familiaridad afectuosa, empezaron a llamarlo Verdecito.

Desde la antigüedad se considera que las causas de la locura pueden ser muchas, y que esas causas varían según el tipo de enfermedad de que se trate, de modo que cuando aparecen casos repetidos en una misma familia, no sólo de padres a hijos sino incluso a través de varias generaciones, o como parecía ocurrir con la familia Verde, en una misma generación, la sospecha de que puedan existir factores hereditarios en ciertos casos de demencia parece más que fundada. Sin ser exactamente iguales, los síntomas de los hermanos Verde mostraban muchas similitudes, sobre todo en una especie de perversión del uso de la palabra, que no se manifestaba de manera idéntica, pero que no dejaba de llamar la atención. (El doctor Weiss observó el fenómeno de inmediato, y trató de inventariar los síntomas comunes de los dos hermanos, así como también sus rasgos divergentes, con el fin de establecer para ambos un principio de clasificación. No me detengo demasiado en esos detalles porque, como recordará el lector, el objeto de esta memoria no es entrar en pormenores científicos.)

Verdecito -llamémoslo así- era tal vez el adolescente más bueno del mundo pero, a causa de sus características, al cabo de cierto tiempo su compañía podía volverse exasperante, lo que explica que, a pesar de su docilidad, la familia haya terminado por desembarazarse de él, mandándolo a la Casa de Salud. En la carta que me mandaron de Asunción justificando el envío imprevisto del muchachito, daban como explicación el hecho de que los dos hermanos estaban tan íntimamente unidos por un afecto profundo, que separarlos hubiese sido una crueldad, a la que tal vez ninguno de los dos sobreviviría. Acostumbrado a la retórica a que suelen recurrir las familias para justificar la internación, que puede ser criticada, de alguno de sus miembros arrebatado por la locura, no tardé en darme cuenta de que la verdadera causa de la de Verde y su hermano menor estribaba en ese continuo asedio verbal, oral, bucal o como quiera llamárselo, al que los hermanos sometían a sus interlocutores. El pretexto de una separación cruel a la que ninguno de los dos sobreviviría revelaba su total falta de asidero, cuando podía comprobarse que hasta para el testigo más distraído resultaba evidente que los dos hermanos se ignoraban tratándose, o no tratándose para ser más exactos, uno al otro con la más apática y distante indiferencia. Verdecito, al contrario de lo que ocurría con su hermano mayor, podía mantener una conversación más o menos ordinaria, y su repertorio de frases era bastante variado, aunque sus conceptos y temas resultaban todavía un poco pueriles para la edad que tenía y, como si fuese un poco sordo, lo que no era, ya que reaccionaba de inmediato a otros estímulos distintos de la conversación, manifestaba una tendencia, que podía volverse exasperante, a hacerse repetir varias veces las frases que se le dirigían. Pero lo que dificultaba el intercambio verbal con él era su costumbre de producir continuamente toda clase de ruidos con la boca, gritos, gruñidos, estornudos, hipos, toses, tartamudeos, ventosidades bucales y, en los momentos de gran excitación, imprecaciones dirigidas no se sabía bien a quién, y hasta aullidos y alaridos. Le era imposible pasar frente a un caballo sin relinchar para burlarse de él, o frente a cualquier otro animal sin imitar su grito, lo que hacía con bastante habilidad, y a veces incluso se le daba por reproducir los ruidos que oía a su alrededor, desde el golpe metálico de una cuchara contra un plato de lata hasta el murmullo del agua pasando de un recipiente a otro. De modo que la presencia de Verdecito estaba siempre acompañada de una interminable sucesión de ruidos bucales que entrecortaban sus frases y sobre todo llenaban los silencios entre ellas, y tal vez la explicación más simple de esa tendencia que tenía a hacerse repetir las frases que le dirigían no estribaba en una supuesta sordera, sino en el hecho de que los ruidos constantes que emitía con la boca le tapaban la conversación. Dejando de lado el aspecto exasperante de la cosa, vale la pena señalar que, si bien los dos hermanos eran incapaces de mantener una conversación normal con la gente, en el caso de uno se debía a que emitía una variedad demasiado rica de sonidos y en el del otro una demasiado pobre, sin contar con la paradoja de que era en aquél capaz de proferir una gama de sonidos tan variados en quien la conversación parecía más apática, y en el que repetía al infinito sus pobres cuatro palabras que el diálogo daba la impresión de ser más vehemente. Había algo muy triste en esos dos hermanos separados del mundo por la misma pared infranqueable de la locura; si era hereditaria, su demencia sólo podía provenir de la rama paterna, puesto que dos madres diferentes los habían traído al mundo. Tal vez lo que habían heredado no era la locura, sino una común fragilidad ante la aspereza hiriente de las cosas, o tal vez, diferentes en todo uno del otro, el ir y venir fugitivo de lo contingente, los había hecho atravesar, por una inconcebible coincidencia, el mismo corredor secreto en el que, sin saña pero sin compasión, espera la demencia.