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Bagdad

8

Caminé hasta el cruce de caminos que se hallaba a unos diez kilómetros del pueblo. De cuando en cuando me daba la vuelta con la esperanza de que apareciera un vehículo; no se veía una sola nube de polvo en la pista. Me encontraba solo, infinitesimal en medio del desierto. El sol se remangaba. El día iba a ser canicular.

Había una marquesina improvisada en el cruce. Antes, el autocar que comunicaba Kafr Karam se detenía allí. Ahora, del lugar parecían haber desertado tanto hombres como animales. La techumbre de chapa ondulada se había roto y de ella colgaban unas placas de metal, por encima de la banqueta. Me senté a la sombra y esperé dos horas sin que un solo movimiento alterara la línea del horizonte.

Proseguí mi camino hasta una carretera de enlace que solían tomar los camiones frigoríficos que abastecían de fruta y legumbres las localidades de la región. Desde el embargo, se desplazaban mucho menos, pero de vez en cuando algún comerciante ambulante pasaba por allí. Suponía una tremenda caminata, y el calor cada vez más intenso me tenía aplastado.

Vi dos manchas negras sobre un montículo que dominaba la carretera de enlace. Se trataba de dos chicos de unos veinte años. Permanecían en cuclillas bajo el sol, inmóviles e impenetrables. El más joven me miró con intensidad; el otro trazaba círculos en el polvo con una ramita. Llevaban los mismos pantalones de chándal, de un color blanco sospechoso, y camisas arrugadas y mugrientas. A sus pies yacía una bolsa, como una presa derribada.

Me senté sobre un montículo de arena y fingí manosear los cordones de mis zapatos. Me invadía una extraña sensación cada vez que alzaba los ojos sobre ambos extraños. El más joven tenía una manera desagradable de inclinarse hacia su compañero para susurrarle cosas al oído. Éste asentía con la cabeza sin dejar de menear su ramita. Sólo una vez me echó una ojeada que me hizo desconfiar. Al cabo de unos veinte minutos, el más joven se levantó con brusquedad y se dirigió hacia mí. Sus ojos inyectados en sangre me rozaron y su aliento ardiente me azotó la cara. Pasó delante de mí y fue a orinar contra un matorral reseco.

Fingí consultar mi reloj y regresé a la pista apresurando el paso. Me atenazaban unas ganas locas de darme la vuelta; aguanté. Tras haberme alejado suficientemente, comprobé que no me estaban siguiendo. Seguían en su montículo, acuclillados sobre su bolsa como dos rapaces vigilando una carroña.

Unos kilómetros más allá, una camioneta me alcanzó. Me eché a un lado de la pista y agité el brazo. La camioneta estuvo a punto de arrollarme y siguió adelante en medio de un estruendo de chatarra y de válvulas recalentadas. En la cabina, reconocí a los dos individuos de antes. Miraban hacia adelante.

Hacia mediodía me sentía agotado. El sudor ahumaba mi ropa. Me dirigí hacia un árbol -el único a leguas a la redonda- que se erguía sobre un montículo. Sus ramas espinosas y peladas rayaban el suelo con su esquelética sombra. Me lancé hacia ella como un camello hacia una charca de agua.

El hambre y la sed acentuaron mi cansancio. Me quité los zapatos y me tumbé bajo el árbol sin dejar de mirar hacia la pista. Tuve que esperar horas antes de vislumbrar, muy lejos, un vehículo. Sólo era un punto grisáceo que se escurría entre las reverberaciones, pero lo reconocí por los centelleos que producía intermitentemente. Me volví a poner los zapatos y corrí hacia la pista. Pero, para mi decepción, el punto cambió de dirección y se difuminó en la lejanía.

Mi reloj marcaba las cuatro. El pueblo más cercano se encontraba a unos cuarenta kilómetros hacia el sur. Para llegar hasta él debía salirme de la pista tran sitable, y no quería demorarme por la zona. Regresé al árbol y esperé.

El sol se estaba poniendo cuando un nuevo punto vivaracho apareció en el horizonte. Estimé prudente, antes de dejar mi refugio, asegurarme de que venía efectivamente en mi dirección. Era un camión sin aletas que acudía hacia mí bamboleándose. Me apresuré a interceptarlo, rezando a mis santos patronos para que no me dejaran en la estacada. El camión redujo su velocidad. Oí las plaquetas de sus frenos chirriar hasta desencajarse.

El conductor era un hombrecillo deshidratado, con cara de cartón piedra y brazos flacos como varillas. Transportaba cajas vacías y colchones viejos.

– Voy a Bagdad -le dije subiendo al estribo.

– No está aquí al lado, chaval -me dijo tras mirarme detenidamente-. ¿De dónde sales tú?

– De Kafr Karam.

– ¡Ah! El culo del mundo… Yo voy hasta Basil. No es exactamente el mismo camino, pero por allí transitan taxis.

– Me viene bien.

El conductor me miró con desconfianza.

– ¿Puedo echar una mirada a lo que llevas en tu petate?

Se lo tendí por la ventanilla. Lo vació sobre su cuadro de mandos y verificó minuciosamente su contenido.

– Bueno, pasa por el otro lado.

Le di las gracias y lo rodeé por delante. Se inclinó para abrirme la portezuela, que se había quedado sin tirador exterior. Me instalé en el «asiento del muerto», o más precisamente en lo que quedaba de él.

El conductor arrancó con un traqueteo metálico.

– ¿No tienes un poco de agua?

– Justo detrás de ti hay un odre. Si tienes hambre, queda un resto de mi tentempié en la guantera.

Me dejó beber y comer en paz. Un velo de pena oscurecía su rostro demacrado.

– No me tengas en cuenta que haya registrado tus cosas. No quiero tener follones. Hay tanta gente armada que vaga suelta por los caminos…

No dije nada.

Recorrimos muchos kilómetros en silencio.

– Oye, tú, no eres muy parlanchín -dijo el conductor, que quizá deseara un poco de cháchara.

– No.

Se encogió de hombros y me olvidó.

Alcanzamos una carretera asfaltada, nos cruzamos con unos cuantos camiones que iban a toda velocidad en dirección opuesta, con unos pocos taxis Toyota descuajeringados, de color naranja y blanco, repletos de pasajeros. El conductor golpeteaba su volante, pensando en sus cosas. El viento le revolvía sobre la frente su mechón canoso.

En un puesto de control, unos soldados nos obligaron a dejar el asfalto y a tomar una pista recién trazada con bulldozer. El camino estaba lleno de baches, bastante mal acondicionado, a veces con desvíos tan estrechos que no era posible ir a más de diez kilómetros por hora. El camión se tambaleaba en las grietas y estuvo a punto de romper sus amortiguadores. No tardamos en alcanzar a otros coches desviados por el puesto de control. Un furgón jadeaba en el arcén, con el capó abierto; sus pasajeros, mujeres veladas de negro y niños, se habían apeado para ver cómo el conductor se las apañaba con su motor. Nadie se detuvo para echarles una mano.

– ¿Piensas que ha habido follón en la nacional?

– No estaríamos circulando tan tranquilamente -me dijo el conductor-. Primero nos habrían registrado a fondo, luego nos habrían dejado tostarnos al sol y puede que hasta pasar la noche bajo las estrellas. Debe de tratarse de un convoy militar. Para evitar que los coches kamikaze se les echen encima, los militares desvían a todo el mundo por pistas, incluso a las ambulancias.

– ¿Esto va a suponer mucho desvío?

– No tanto. Llegaremos a Basil antes del anochecer…

– Espero encontrar un taxi para Bagdad.

– ¿Un taxi, de noche?… Hay toque de queda, y está en vigor. Cuando el sol se pone, todo Irak debe meterse en su madriguera. ¡Llevarás al menos papeles!

– Sí.

Se pasó el brazo por la boca y me soltó:

– Más te vale.

Desembocamos en una antigua pista, más ancha y nivelada. Los coches se embalaron para recuperar el retraso. Levantaron polvaredas a su paso y se alejaron muy pronto de nosotros.

– Es la compañía a la que yo abastecía antes de productos alimentarios -me dijo el conductor señalándome con la barbilla un acantonamiento militar en lo alto de una colina.

El cuartel estaba abierto por los cuatro costados, con sus murallas derrumbadas; podía verse un barracón cuyas puertas y ventanas habían sido robadas por los saqueadores. El bloque blindado, que debió de albergar la comandancia y la administración de la unidad, parecía haber padecido un seísmo. Las techumbres ya no eran sino un fárrago de vigas ennegrecidas. Las fachadas reventadas mostraban la mordedura de los misiles antiblindaje. Una avalancha de papeles se había volatilizado de los despachos y se retorcía contra las alambradas, detrás de los hangares. Unos vehículos bombardeados exponían sus chasis en el aparcamiento mientras un depósito de agua montado sobre un andamiaje metálico, probablemente segado por un obús en su base, había caído aplastando un mirador carbonizado. En el frontón de lo que fue un cuartel moderno, el retrato de un Sadam Husein mofletudo, con sonrisa de predador, había quedado desconchado por la furia de la metralla.

– Al parecer, los nuestros no dispararon un solo tiro. Se escaquearon como conejos antes de la llegada de las tropas norteamericanas. ¡Una vergüenza!

Contemplé el amasijo de desolación sobre la colina que la arena iba cubriendo solapadamente. Un perro salió de la garita de la entrada principal del cuartel, pardo y famélico, se estiró y desapareció tras un amasijo de escombros, hociqueando el suelo.

Basil era una aldea encajada entre dos enormes rocas pulidas por las tormentas de arena. Estaba acurrucada en el fondo de una hondonada que, durante la canícula, recordaba un hammán. Sus casuchas de adobe se aferraban desesperadamente a las laderas de las colinas, separadas unas de otras por un embrollo de callejuelas retorcidas por las que apenas podía pasar una carreta. Su avenida central, abierta en el cauce de un río seco desde la Edad de Piedra, la cruzaba en un instante. La bandera negra de los tejados indicaba que la comunidad era chií, para desmarcarse de las tretas de los suníes y ubicarse del lado de los turiferarios del nuevo régimen.

Desde que los puestos de control jalonaban la carretera nacional, retrasando la circulación y convirtiendo un simple viaje en una interminable expedición, Basil se había convertido en una etapa de descanso obligatorio para los usuarios de la carretera. Tascas y chiringuitos, anunciados kilómetros atrás en la noche por rosarios de lamparillas, habían surgido como hongos en su periferia. Más abajo, el pueblo permanecía oculto en la oscuridad. Ni una farola para alumbrar las callejuelas.

Unos cincuenta vehículos, en su mayoría cisternas para carburante, se apretujaban en un aparcamiento improvisado a la entrada de la aldea. Una familia acampaba un poco más allá, cerca de su furgón. Unos críos dormían a su antojo, envueltos en sus sábanas. En una zona despejada, unos camioneros habían encendido una hoguera y charlaban en torno a una tetera; sus sombras ondulantes se entrecruzaban en una danza reptilesca.

Mi bienhechor consiguió deslizarse en medio de los coches aparcados de cualquier manera y aparcó su camión cerca de un chiringuito que más bien parecía una guarida de malhechores. Había, en un pequeño patio, mesas y sillas desplegadas y ocupadas por un pelotón de viajeros de rostro macilento. En medio del barullo se oía un radiocasete escupitineando viejas canciones del Nilo.

El conductor me pidió que lo siguiera hasta el restaurantucho de al lado, agazapado bajo un ensamblaje de toldos y palmas carcomidas. La sala estaba abarrotada de gente hirsuta y polvorienta arremolinada en torno a mesas sin manteles. Algunos estaban sentados en el mismo suelo, demasiado hambrientos para esperar que una silla quedara libre. Toda esa cofradía de náufragos se apiñaba alrededor de sus platos, con los dedos chorreando de salsa y las mandíbulas activadas; campesinos y camioneros reventados por las pistas y los controles que intentaban reponer fuerzas para afrontar los sinsabores del día siguiente. Todos me recordaban a mi padre, pues llevaban en el rostro una marca que no engaña: el sello de los vencidos.

Mi benefactor me dejó en el umbral del establecimiento y pasó por encima de algunos comensales para acercarse al mostrador, donde un hombre grueso con chilaba tomaba las comandas, devolvía el cambio y abroncaba de pasada a sus camareros. Paseé la mirada por la sala con la esperanza de toparme con alguna cara familiar. No reconocí a nadie.

Mi chófer regresó con el semblante descompuesto: -Bueno, ahora debo dejarte. Mi cliente no llegará hasta mañana por la noche. Vas a tener que apañártelas sin mí.

Estaba durmiendo bajo un árbol cuando el zumbido de los motores me despertó. El cielo aún no había clareado y ya los camioneros maniobraban con vigor para salir del aparcamiento. El primer convoy se lanzó cuesta abajo por el abrupto camino para rodear el pueblo. Corrí de un vehículo a otro en busca de un conductor caritativo. Ninguno aceptó cogerme.

Un sentimiento de frustración y de rabia se fue apoderando de mí a medida que el aparcamiento se iba vaciando. Mi desesperación rozó el pánico cuando sólo quedaron tres vehículos detenidos: un furgón familiar cuyo motor se negaba a arrancar y dos cacharros desocupados; sus pasajeros debían de estar desayunando en la tasca. Esperé su regreso con el vientre arrugado.

– ¡Eh! -me lanzó un hombre que se hallaba ante la puerta de un chiringuito-. ¿Qué estás haciendo al lado de mi carro? Lárgate pitando de ahí, o te corto los huevos.

Me hizo una señal con la mano para que me apartara. Me estaba tomando por un ladrón. Me dirigí hacia él con mi petate al hombro. Se llevó los puños a las caderas y me contempló con asco mientras me acercaba.

– ¿Ya no se puede beber un café tranquilamente?

Era un flaco grandullón de tez cobriza. Llevaba un pantalón de tela limpio y una chaqueta de cuadros abierta sobre un jersey verde botella. Un reloj grande engastado en una pulsera dorada le ceñía la muñeca. Con esa mirada despectiva y su cara de bestia, tenía pinta de madero.

– Voy a Bagdad -le dije.

– A mí me la trae floja. No te arrimes a mi carro, ¿vale?

Me dio la espalda y regresó a una mesa cercana a la puerta.

Me dirigí al camino pedregoso que daba la vuelta al pueblo y me senté al pie de un árbol.

Pasó un primer coche, tan atestado que no tuve el valor de seguirlo con los ojos mientras iba dando tumbos en dirección norte.

El furgón cuyo motor rateaba un momento antes casi me rozó al bajar la pista con un chirrido de chapa.

El sol surgió detrás de la colina, pesado y amenazante. Más abajo, hacia el pueblo, la gente iba saliendo de su madriguera.

Un coche enseñó el morro. Me levanté y extendí el brazo con el pulgar en ristre. El coche siguió adelante un centenar de metros; cuando me disponía a sentarme, se detuvo. No comprendí si era por mí o si se trataba de un problema mecánico. El conductor tocó el claxon, luego sacó la mano por la ventanilla y me hizo una señal para que me acercara. Agarré mi bolsa y eché a correr como si fuera tras la oportunidad de mi vida.

Era el hombre del café, el que me había tomado por un ladrón.

– Por cincuenta billetes te llevo a Al Hilah -me propuso a quemarropa.

– De acuerdo -acepté, contento de largarme de Basil.

– ¿Puedo saber lo que llevas en tu petate?

– Sólo ropa, señor -le dije vaciando el contenido del saco sobre el capó.

El hombre me observó, sin deshacer su mueca. Me levanté la camisa para que viera que no ocultaba nada bajo el cinturón. Meneó la cabeza y me dijo con la barbilla que subiera.

– ¿De dónde vienes?

– De Kafr Karam.

– No me suena para nada… Pásame mi paquete de cigarrillos, está en la guantera.

Obedecí.

Encendió su mechero y echó el humo por la nariz. Arrancó tras mirarme con detenimiento.

Al cabo de media hora de camino, durante la cual anduvo perdido en sus pensamientos, volvió a acordarse de mí:

– ¿Por qué no dices nada?

– Es mi manera de ser.

Encendió otro cigarrillo y volvió a la carga:

– En los tiempos que corren, los que menos hablan son los que más hacen… ¿Vas a Bagdad para enrolarte en la resistencia?

– Voy a casa de mi hermana… ¿Por qué dices eso?

Giró el retrovisor hacia mí.

– Mírate ahí dentro, chaval. Pareces una bomba a punto de estallar.

Miré en el retrovisor y sólo vi dos ojos ardientes en un rostro torturado.

– Voy a casa de mi hermana -dije.

Colocó maquinalmente el retrovisor en su sitio y se encogió de hombros:

– A mí me la trae floja.

Y me ignoró.

Tras una hora de polvo y de baches, alcanzamos la nacional. Me sentí aliviado al regresar al asfalto y así sustraerme a las sacudidas que me machacaban las vértebras. Unos autocares y semirremolques se perseguían a toda carrera. Tres coches de la policía se cruzaron con nosotros; sus ocupantes parecían relajados. Cruzamos una aldehuela sobrepoblada con un montón de tenderetes en la acera. Un policía uniformado disciplinaba el barullo, con la gorra echada hacia atrás y la camisa empapada por la espalda y bajo las axilas. En el centro del pueblo, una aglomeración nos frenó; era un zoco ambulante asediado por el gentío. Las amas de casa vestidas de negro libaban de puesto en puesto, con la mano atrevida pero la cesta a menudo vacía. Producían auténtico mareo el olor a verdura podrida junto con el calor tórrido y las nubes de moscas que se abalanzaban sobre los montones de alimentos. En el extremo de la plaza, en una parada de autobuses, asistimos a un gigantesco bullicio en las inmediaciones de un autocar; el controlador no conseguía contener el asalto de los pasajeros a pesar de los correazos que daba a ciegas.

– Mira tú ese ganado -suspiró mi chófer.

No estaba de acuerdo, pero no hice ningún comentario.

Unos cincuenta kilómetros más adelante la carretera se ensanchó. Pasó de dos a tres carriles y aumentó el tráfico. En algunos sitios, avanzábamos con los parachoques pegados por culpa de los puestos de control. Hacia mediodía aún no habíamos recorrido la mitad del camino. De vez en cuando, nos topábamos con la carcasa de un remolque calcinado y echado al arcén para despejar el paso, y unos grandes manchurrones negros nos indicaban dónde habían sido sorprendidos los vehículos por deflagraciones o fuertes tiroteos. A lo largo de la calzada se alineaban cristales rotos, neumáticos reventados y chatarra. Tras una curva nos tropezamos con los restos de un Humvee norteamericano, volcado en una cuneta, probablemente fulminado por un cohete, pues la zona era muy propicia para emboscadas.

El conductor me sugirió que nos detuviéramos para comer algo. Optó por una gasolinera. Tras haber llenado el depósito, me propuso tomar algo fresco en una especie de quiosco convertido en cantina. El camarero nos sirvió dos refrescos aceptablemente fríos y unos pinchitos con mala pinta dentro de dos rebanadas de pan que chorreaban salsa de tomate y que me produjeron arcadas. Quise pagar mi parte, pero el conductor me rechazó con el revés de la mano. Descansamos unos veinte minutos y reemprendimos camino.

El chófer se había puesto las gafas de sol y conducía como si estuviese solo en el mundo. Me acomodé en mi asiento, dejándome mecer por el ronroneo del motor…

Cuando recobré el sentido, los coches habían dejado de avanzar. Reinaba la confusión en una embocadura, bajo un sol de justicia. La gente se había apeado de sus cacharros y exteriorizaba su hartura en la calzada.

– ¿Qué ocurre?

– Ocurre que aquí tenemos para rato.

Un helicóptero nos sobrevoló a ras de tierra antes de virar bruscamente en medio de un estruendo espantoso. Dio unas vueltas por encima de una colina, lejos, y se mantuvo en vuelo estacionario. De repente, liberó un par de cohetes que hendieron el aire con un silbido estridente. Vimos dos gavillas de llamas y de polvo elevarse desde una cresta. De inmediato, un escalofrío recorrió toda la carretera y la gente se apresuró a subir a su coche. Algunos perdieron los nervios y dieron media vuelta, provocando una reacción en cadena que, en menos de diez minutos, redujo la fila de espera a la mitad.

Mi chófer siguió con cara de guasa el pánico que se había apoderado de los viajeros y aprovechó su defección para adelantar unos cuantos cientos de metros.

– No va a ocurrir nada -me tranquilizó-. El helicóptero está ahí para levantar la liebre. En cierto modo, predica la falsedad. Si la cosa fuera en serio, habría al menos dos Cobra para cubrirse mutuamente… He sido «negro de las arenas» durante ocho meses. Conozco bien los trucos de los americanos.

De repente se embaló:

– He sido intérprete de las tropas americanas. «Negro de las arenas» es el mote que nos ponen a los colaboracionistas… De todos modos, ni hablar de dar la vuelta. Al Hilah está a sólo cien kilómetros, y no tengo ganas de pasar otra noche a la intemperie. Si tienes miedo, te bajas.

– No tengo miedo.

La circulación se normalizó una hora después. Cuando llegamos a la altura del puesto de control, comprendimos mejor los motivos de todo aquel follón. Había dos cuerpos tumbados sobre un terraplén, acribillados a balazos; llevaban un pantalón de chándal blanco ensangrentado y una camisa mugrienta. Eran los dos jóvenes que la víspera, cerca de Kafr Karam, estuvieron acechando un vehículo, acuclillados sobre un montículo, con una bolsa grande a sus pies.

– Otra metedura de pata -refunfuñó el chófer-. Los boys disparan primero y comprueban luego. Es uno de los motivos por los que me di de baja.

Tenía los ojos clavados en el retrovisor, incapaz de apartar mi mirada de ambos cadáveres.

– Ocho meses, te digo -prosiguió el chófer-. Ocho meses soportando su arrogancia y sus sarcasmos de tarados. Los boys, pura propaganda hollywoodiense. Un camelo demagógico. Tienen menos escrúpulos que una jauría de hienas sueltas en una majada. Los he visto disparar contra niños y ancianos como si estuvieran entrenando con dianas de cartón…

– He visto eso.

– No lo creo, chico. Si todavía no se te ha ido la olla, es que no has visto gran cosa. A mí se me fundió un plomo. Todas las noches tengo pesadillas. Era intérprete de un batallón del ejército regular. Unos querubines al lado de los marines. O sea, que ya tuve mi dosis. Además, me tomaban el pelo y me trataban como a una mierda. Para ellos, no era sino un traidor a mi patria. Tardé ocho meses en darme cuenta de ello. Una noche, fui a ver al capitán para anunciarle que me iba a casa. Me preguntó si algo iba mal. Le contesté que todo. En realidad, no quería parecerme a esos vaqueros gruñones y cerrados de mollera. Hasta vencido, valgo más que eso.

Policías y soldados nos hacían señales para que espabiláramos. Ocupados como estaban en despejar la carretera, no controlaban a nadie. Mi chófer aceleró.

– Nos toman por retrasados -masculló-. Nosotros, los árabes, los seres más fabulosos de la tierra, que tanto hemos aportado al mundo, al que hemos enseñado a no sonarse los mocos en la mesa, a limpiarse el culo, a cocinar, a calcular, a sanarse… ¿Y con qué se han quedado esos degenerados de la modernidad? ¿Una caravana de dromedarios en lo alto de una duna a la caída del sol? ¿Un enano con traje blanco satinado y kefia despilfarrando sus millones en los casinos de la Costa Azul? Tópicos, caricaturas…

Ofendido por sus propias palabras, encendió un cigarrillo y me ignoró hasta nuestra llegada a Al Hilah. Me llevó directamente a la estación de autobuses, deseoso de desembarazarse de mí, y me tendió la mano:

– Que te vaya bien, chico.

Extraje mi fajo de billetes del bolsillo trasero del pantalón para pagarle.

– ¿Qué haces? -me preguntó.

– Pues, sus cincuenta billetes.

Rechazó mi dinero con el mismo revés de mano que hizo antes en la gasolinera.

– Quédate tu dinero para ti, chico. Y olvida lo que te he dicho. Suelto muchas tonterías desde que se me fundió un plomo. Nunca me has visto, ¿vale?

– Vale.

– Ahora lárgate.

Me ayudó a recuperar mi petate, dio media vuelta allí mismo y salió de la estación sin un gesto de despedida.

9

El autocar renqueaba. Era un viejo vehículo traqueteante y calenturiento que apestaba a gasolina y a caucho quemado; daba la impresión de estar en las últimas. No rodaba, se arrastraba como un animal herido a punto de palmarla. Cada vez que reducía la velocidad, se me encogía el corazón. ¿Nos iba a dejar tirados en el desierto? Dos pinchazos y una avería nos habían retrasado considerablemente, con un sol implacable. Las ruedas de repuesto tenían muy mal aspecto; estaban tan lisas y eran tan poco fiables como las que habían pinchado.

El conductor estaba extenuado, se tambaleaba cuando recogió el gato. No lo perdía de vista. Con una mano vendada por culpa de una rueda recalcitrante, parecía encontrarse francamente mal; temí que se desmoronara sobre el volante. De cuando en cuando se llevaba una botella de agua a la boca y bebía un largo trago sin preocuparse de la carretera; luego volvía a quitarse el sudor con un trapo que tenía colgado del respaldo de su asiento. Debía de tener unos cincuenta años, aunque aparentaba diez más, con sus ojos hundidos en su cráneo ovoide, sus sienes canosas y su calva en la cresta. No paraba de insultar a los malos conductores que se cruzaba.

En el autocar reinaba el silencio. El aire acondicionado no funcionaba, y dentro el calor era mortal. Todas las ventanas estaban abiertas y los pasajeros derrumbados en sus asientos. La mayoría de ellos dormitaba; los demás veían desfilar el paisaje con mirada ausente. Tres filas detrás de mí, un joven de frente arrugada se empeñaba en toquetear su radio de bolsillo, barriendo sin cesar las emisoras con un enervante chisporroteo de fritura. Cuando captaba una canción, se detenía en ella un minuto y luego, nuevamente, seguía rastreando otras emisoras. Su tejemaneje me tenía al borde de un ataque de nervios.

Estaba deseando salir de ese ataúd itinerante.

Llevábamos tres horas de camino, sin escala. Estaba previsto que nos detuviéramos en un figón para comer algo, pero la sustitución de las dos ruedas y el remiendo de los manguitos habían alterado el programa del cobrador.

La víspera, después de que mi bienhechor me dejara en la estación de autobuses de Al Hilah, perdí el autocar por pocos minutos. Tuve que esperar, pues, el siguiente, anunciado para cuatro horas después. Llegó a tiempo, pero sólo llevaba una veintena de pasajeros. El cobrador nos explicó que su autocar no saldría sin al menos cuarenta pasajeros a bordo, pues de lo contrario no cubriría gastos. Esperamos y rezamos para que otros pasajeros se apuntaran. El conductor daba vueltas a su autocar y voceaba: «¡Bagdad! ¡Bagdad!». A veces, se acercaba a la gente cargada de maletas y les preguntaba si iban a Bagdad. Cuando negaban con la cabeza, se volvía hacia otro grupo. Ya bien avanzada la tarde, el conductor nos rogó que bajásemos y recuperásemos nuestras maletas del portaequipajes. Hubo algunas protestas y luego todo el mundo se reunió en la acera mientras el autocar regresaba a su cochera. Los que vivían en la ciudad volvieron a sus casas; los que estaban de paso se concentraron bajo las marquesinas para pasar la noche. ¡Y qué noche! Unos ladrones intentaron robar a uno que dormía. La víctima, armada con un garrote, no dejó que se le acercaran. Los agresores se replegaron una vez para regresar en mayor número, y, como la policía se había esfumado, asistimos a una soberana paliza. Nos mantuvimos al margen, parapetados tras nuestras maletas y bolsas, y ninguno se atrevió a socorrer a la víctima. El pobre diablo se defendió valientemente. Devolvía cada golpe. Al final, los ladrones lo derribaron, se ensañaron con él y, tras haberlo aligerado de todas sus pertenencias, se lo llevaron. Eso fue sobre las tres de la mañana, y, desde entonces, ya nadie volvió a pegar ojo.

Otro puesto de control militar. Una larga fila de vehículos avanzaba lentamente, ciñéndose a la derecha. Había paneles de señalización en medio de la calzada, así como piedras gordas para delimitar ambas vías. Los soldados eran iraquíes. Controlaban a todos los pasajeros, verificaban los maleteros de los coches, los portaequipajes, las bolsas, registraban a fondo a los hombres cuya pinta no les gustaba. Subieron a nuestro autocar, nos pidieron los papeles y compararon algunas caras con las fotos de gente en busca y captura que llevaban consigo.

– Vosotros dos, bajad -ordenó un cabo.

Dos jóvenes se levantaron y, resignados, bajaron del autocar. Un soldado se puso a registrarlos, luego les ordenó que recogieran sus trastos y lo siguieran hasta una tienda de campaña que se encontraba a unos veinte metros en la arena.

– Vale -dijo el cabo al conductor-. Puedes irte.

El autocar rateó. Miramos a los dos pasajeros de pie delante de la tienda de campaña. No parecían preocupados. El cabo los metió a empellones dentro de la tienda y los perdimos de vista.

Por fin empezaron a verse los edificios periféricos de Bagdad, arropados por un velo ocre. La tormenta de arena había pasado por allí y el aire estaba cargado de polvo. Mejor así, pensé. No me apetecía encontrarme con una ciudad desfigurada, sucia y entregada a sus demonios. En otros tiempos me había gustado mucho Bagdad. ¿En otros tiempos? Me daba la impresión de que había sido en una vida anterior. Bagdad era una bonita ciudad, con sus grandes arterias, sus bulevares encopetados de rutilantes escaparates y terrazas soleadas. Para el campesino que era, eran unos auténticos Campos Elíseos tal como me los imaginaba desde mi ratonera de Kafr Karam. Me fascinaban los rótulos de neón, la decoración de las tiendas, y me pasaba buena parte de las noches recorriendo sus avenidas refrescadas por la brisa. Viendo a tanta gente deambular por las calles, y a tantas chicas espléndidas contonearse por las explanadas, tenía la sensación de estar permitiéndome todos los viajes que mi condición me impedía realizar. Estaba tieso, pero tenía ojos para contemplar hasta aturdirme y una nariz para bombear a pecho inflado los olores embriagadores de la ciudad más fabulosa de Oriente Próximo, que el Tigris colmaba con sus favores, acarreando en sus meandros la magia de sus leyendas y la de sus romances. Es cierto que la sombra del rais desvirtuaba sus luces, pero a mí no me alcanzaba. Era un joven estudiante deslumbrado que se atiborraba la cabeza de proyectos miríficos. Hacía mía cada belleza que me sugería Bagdad. ¿Cómo no sucumbir a los encantos de la ciudad de las huríes sin identificarse un tanto con ella? Así y todo, me decía Kadem, había que haberla conocido antes del embargo…

Si bien Bagdad había sobrevivido al embargo de la ONU sólo para mofarse de Occidente y su tráfico de influencias, de ningún modo podría sobrevivir a la afrenta que le infligirían sus propios retoños…

Y yo, por mi parte, había venido hasta aquí para segregar mi hiel. Ignoraba cómo hacerlo, aunque estaba seguro de que iba a propinarle un mal golpe. Así ocurre desde la noche de los tiempos. Los beduinos, por menesterosos que sean, no bromean con el sentido del honor. Las ofensas deben lavarse con sangre, el único detergente autorizado para salvaguardar el amor propio. Yo era el único hijo varón de la familia. Al ser mi padre un inválido, me correspondía a mí la tarea suprema de vengar el ultraje padecido, aunque muriera en el empeño. La dignidad no se negocia. Si uno la llega a perder, no encontrará suficientes lienzos en el mundo para taparse la cara, ni tumba que acoja su carroña sin agrietarse.

Movido por no sé qué maleficio, también yo iba a causar estragos, a mancillar con mis manos los muros que había acariciado, a escupir sobre las cristaleras en las que había mimado mi imagen, a arrojar mi cupo de cadáveres al Tigris sagrado, antropófago a su pesar, antaño ávido de vírgenes sublimes ofrendadas a las divinidades, hoy ahíto de indeseables cuyos putrefactos despojos contaminaban sus aguas virtuosas…

El autocar cruzó el río por un puente. No quería mirar las placetas que adivinaba devastadas ni a la gente que pululaba por las aceras y a la que ya había dejado de apreciar. ¿Cómo podía querer después de lo que había visto en Kafr Karam? ¿Cómo iba a poder apreciar a ilustres desconocidos tras haber sido despojado de mi autoestima? ¿Acaso seguía siendo yo mismo? De ser así, ¿quién era?… No me interesaba saberlo. Eso ya no volvería a tener la menor importancia para mí. Se habían cortado las amarras, algunos tabúes habían caído y un mundo de sortilegios y de anatemas acababa de erigirse entre sus escombros. Lo más aterrador de este asunto era la soltura con que me movía entre un universo y otro sin sentirme extrañado. ¡Resulta tan fácil! Me acosté siendo un chico dócil y afable y me desperté infundido de una ira inextinguible. Llevaba mi odio como una segunda naturaleza; era mi armadura y mi túnica de Nesos, mi zócalo y mi patíbulo; era todo lo que me quedaba en esta vida falaz e injusta, ingrata y cruel.

No había venido aquí en busca de felices recuerdos, sino a proscribirlos para siempre. Entre Bagdad y yo se habían acabado los candorosos melindres. Ya no teníamos nada que decirnos. Nos parecíamos como dos gotas de agua; habíamos perdido nuestra alma y nos disponíamos a segar la de los demás.

El autocar se detuvo a la altura de una especie de corte de los milagros. La plaza estaba invadida por una manada de mocosos harapientos de mirada trapacera y manos largas. Eran niños de la calle, faunescos devoradores de detritus que los orfanatos y los centros de reeducación en quiebra habían soltado por contingentes en las ciudades. Un fenómeno reciente del que ni siquiera tenía sospecha. ¡Apenas empezaron a bajar los primeros pasajeros y ya alguien gritó: «Al ladrón»! Una pandilla de pilluelos se había acercado al portaequipajes y se había servido sobre la marcha. Apenas les dio tiempo a darse cuenta cuando la pandilla ya iba corriendo por el otro lado de la calzada, con el resultado de su latrocinio al hombro.

Me alejé apresuradamente, con mi bolsa fuertemente apretada bajo el brazo.

La clínica Thawba se hallaba a unas manzanas de la estación de autocares. Decidí ir hasta allá a pie, para desentumecerme un poco. Había unos cuantos coches estacionados en un pequeño aparcamiento cuadrado rodeado de palmeras venidas a menos. Los tiempos habían cambiado, y la clínica también; ya no era sino la sombra de sí misma, con sus ventanas desvencijadas y su frontón deslustrado.

Subí por una escalinata en lo alto de la cual un agente de seguridad se limpiaba los dientes con una cerilla.

– Vengo a ver a la doctora Farah -le dije.

– Enséñame tu cita.

– Soy su hermano.

Me pidió que esperara allí mismo y se dirigió a una garita para hablar con el portero. Este me lanzó una mirada de recelo antes de descolgar el teléfono y estuvo un par de minutos en línea. Lo vi menear la cabeza y luego asentir hacia el agente, que regresó para conducirme hasta una sala de espera con los sofás reventados.

Farah tardó unos diez minutos en aparecer, con su bata blanca y su estetoscopio sobre el pecho. Estaba espléndida, bien maquillada aunque con demasiado carmín en los labios. Me acogió sin entusiasmo, como si nos viésemos a diario. Debía de ser por su trabajo, que no le dejaba respiro. Ciertamente, había adelgazado. Sus besos eran furtivos, y su abrazo, poco entusiasta.

– ¿Cuándo has llegado? -me preguntó.

– Ahora mismo.

– Bahia me llamó anteayer para anunciarme tu visita.

– Hemos perdido mucho tiempo en la carretera. Con tantos puestos de control militares y esos desvíos forzosos…

– ¿No podías hacer otra cosa? -me soltó con un deje de reproche.

No caí de inmediato en la cuenta, pero la fijeza de su mirada me ayudó a entenderlo. No era cansancio, no era por su trabajo; mi hermana no estaba encantada de verme.

– ¿Has comido?

– No.

– Tengo tres pacientes que atender. Voy a llevarte a una habitación. Primero tomarás un baño porque hueles mucho, y luego una enfermera te traerá algo de comer. Si tardo, túmbate en la cama y descansa hasta mi regreso…

Recogí mi petate y la seguí por un pasillo hasta el piso de arriba, donde me metió en una habitación amueblada con una cama y una mesilla de noche. Había un pequeño televisor sobre un soporte mural y, tras una cortina de plástico, una ducha.

– El jabón y el champú están en el armario empotrado, así como las toallas. El agua está racionada -me señaló-. No la dejes correr inútilmente.

Consultó su reloj.

– Tengo que darme prisa.

Y se retiró.

Estuve un buen rato mirando fijamente el espacio donde ella se había detenido, preguntándome si no me había equivocado en algo. Sin duda, Farah siempre había sido distante. Era una rebelde y una luchadora, la única chica de Kafr Karam que se había atrevido a infringir las reglas tribales y a hacer exactamente lo que quería hacer. Ciertamente, su audacia y su insolencia habían forjado su temperamento, haciéndola más agresiva y menos conciliadora, pero su acogida me tenía desconcertado. Nuestro último encuentro se remontaba a dos años atrás. Había venido a visitarnos a Kafr Karam, y, aunque se quedó con nosotros menos tiempo del previsto, en ningún momento pareció mirarnos por encima del hombro. Es cierto que no era fácil verla reír, pero de ahí a creerla capaz de acoger a su propio hermano con tanto desapego…

Me quité la ropa, me metí bajo el chorro de la ducha y me enjaboné de pies a cabeza. Al salir del agua tuve la sensación de haber cambiado de piel. Me puse ropa limpia y me tumbé sobre el colchón de espuma cubierto con una lona. Una enfermera me trajo una bandeja con comida. Me lo zampé todo y me quedé frito de inmediato.

Cuando Farah regresó, estaba anocheciendo. Parecía más relajada. Se sentó de lado en el borde de la cama y cruzó sus manos blancas sobre una rodilla.

– Pasé antes, pero como dormías como un tronco no quise despertarte.

– No he pegado ojo en dos días con sus noches.

Se rascó la sien, algo incómoda.

– Has elegido un mal momento para venir. Bagdad es hoy el lugar más peligroso del mundo.

Su mirada, abierta hasta aquel momento, se volvió escurridiza.

– ¿Te molesto? -le pregunté.

Se levantó para encender la luz del techo. Un gesto tonto, pues la sala estaba bien iluminada. De repente, se dio la vuelta y me dijo:

– ¿Qué has venido a buscar a Bagdad?

De nuevo, ese deje de reproche que exacerbó mi susceptibilidad.

Farah y yo nunca habíamos estado muy unidos. Era mucho mayor que yo, y se había ido muy pronto de casa, de modo que nuestra relación no pasó de ser superficial. Incluso cuando estaba en la universidad, sólo nos veíamos muy de cuando en cuando. Ahora que la tenía delante me di cuenta de que para mí sólo era una extraña. Peor aún, comprendí que no la quería.

– En Bagdad no hay más que follones -dijo.

Se pasó la lengua por los labios.

– En la clínica estamos desbordados de trabajo. Todos los días nos invaden con enfermos, con heridos y mutilados. La mitad de mis colegas han abandonado. Como ya ni siquiera cobramos, apenas quedamos unos veinte para intentar paliar la situación.

Se sacó un sobre del bolsillo y me lo tendió.

– ¿Qué es eso?

– Algo de dinero. Búscate un hotel por unos días, mientras encuentro un sitio donde meterte.

No me lo podía creer.

Rechacé el sobre.

– ¿Debo entender que te has quedado sin tu piso?

– Lo sigo teniendo, pero no puedo alojarte.

– ¿Por qué?

– No puedo.

– ¿Cómo puede ser? No te entiendo. Entre nosotros, nos las arreglamos para…

– No estoy en Kafr Karam -dijo-. Estoy en Bagdad.

– Soy tu hermano. A un hermano no se le da con la puerta en las narices.

– Lo siento.

La contemplé fijamente. Ella evitaba mirarme. No la reconocía. No se parecía a la imagen que había conservado de ella. Sus rasgos no me decían nada; era otra persona.

– ¿O sea, que te avergüenzas de mí? Has roto con tus orígenes; eres una mujer de ciudad, muy moderna y todo eso, y yo no paso de ser un cateto inoportuno, ¿no es así? La señora es médica. Vive sola en un apartamento encopetado en el que no recibe a sus familiares por temor a convertirse en el hazmerreír de los vecinos de piso…

– No puedo alojarte porque vivo con alguien -me interrumpió con sequedad.

Se me vino encima una avalancha de hielo.

– ¿Que vives con alguien? ¿Cómo puede ser? ¿Te has casado sin que la familia se entere?

– No estoy casada.

Me puse de pie de un brinco.

– ¿Vives con un hombre? ¿Vives en pecado?

Me lanzó una mirada árida.

– ¿Qué es el pecado, hermanito?

– No tienes derecho, es… Está prohibido por, por… Pero bueno, ¿es que te has vuelto loca? Tienes una familia. ¿Has pensado en tu familia? ¿En su honor? ¿En el tuyo? Estás pecando, no puedes vivir así, tú no…

– No vivo en el pecado, vivo mi vida.

– ¿Ya no crees en Dios?

– Creo en lo que hago, y eso me basta.

10

Estuve errando por la ciudad hasta no poder dar un paso más. No quería pensar en nada, ver nada, oír nada. La gente se arremolinaba a mi alrededor; la ignoraba. ¿Cuántas veces un bocinazo me devolvió de un bote a la acera? Por un momento, mi opacidad se despejaba, y luego volvía a sumergirme en ella sin transición. Me sentía a gusto en la oscuridad, a resguardo de mis tormentos, fuera del alcance de las preguntas enojosas, solo con mi ira, que iba encauzándose en mis venas hasta confundirse con las fibras de mi ser. Farah ya era historia pasada. La expulsé de mi mente apenas me despedí de ella. No era más que un súcubo, una puta; no había lugar para ella en mi vida. En la tradición ancestral, cuando un familiar degeneraba, quedaba sistemáticamente excluido de nuestra comunidad. Cuando era una chica la que pecaba, el rechazo era tanto más expeditivo.

La noche me pilló en un banco público de una plaza venida a menos, contigua a un túnel de lavado de coches en cuyas inmediaciones vegetaban unos energúmenos de pésima catadura, desahuciados por ángeles y demonios, encallados allí como ballenas ya indiferentes al vértigo oceánico; un hatajo de pordioseros alcohólicos envueltos en sus trapos, de chavales enganchados al pegamento de zapatero, de mujeres perdidas mendigando al pie de un árbol, con sus niños de pecho sobre las rodillas… Antes, el barrio no era así. No era muy elegante, pero sí tranquilo y limpio, con sus tiendas luminosas y sus paseantes bonachones. Ahora estaba infestado de huérfanos hambrientos, de jóvenes licántropos harapientos y cubiertos de escaras dispuestos a todo tipo de fechorías.

Con el petate pegado al pecho, vigilaba a una pandilla de lobeznos que merodeaba alrededor de mi banco.

– ¿Qué quieres? -pregunté a un mocoso que vino a sentarse a mi lado.

Era un crío de unos diez años, con cortes en el rostro y la nariz moqueante. Tenía el pelo revuelto encima de la frente como un nido de serpientes sobre la cabeza de Medusa. Su mirada era inquietante, y una sonrisa pérfida pendía de la comisura de sus labios. Llevaba una camisa que le llegaba a las pantorrillas, un pantalón rasgado, e iba descalzo, con los dedos de los pies maltrechos y negros de mugre que apestaban a bicho muerto.

– ¿Tengo derecho a descansar, no? -me gritó sosteniéndome la mirada-. Es un banco público, no es de tu propiedad.

De su bolsillo sobresalía el mango de un cuchillo.

A pocos metros, tres pilluelos fingían interesarse por una mata de césped. En realidad, nos observaban con disimulo y esperaban un gesto de su compañero para acercarse.

Me levanté y me alejé. El chaval del banco me soltó una obscenidad y me señaló su bajo vientre. Sus tres acólitos me miraron soltando risotadas. El mayor de ellos apenas alcanzaba los trece años, pero apestaban a muerte a leguas a la redonda.

Apuré el paso.

Unas callejuelas más allá, unas sombras surgieron de la oscuridad y se abalanzaron sobre mí. Pillado por sorpresa, me pegué a una pared. Unas manos agarraron mi bolsa e intentaron arrancármela. Lancé el pie, alcancé una pierna y me replegué hacia una puerta. Los espíritus malignos duplicaron su ferocidad. Sentí cómo cedían las correas de mi bolsa y me puse a repartir golpes a ciegas. Después de una lucha encarnizada, mis asaltantes soltaron su presa y salieron corriendo. Cuando pasaron bajo una farola, reconocí a los cuatro lobeznos de antes.

Me acuclillé en la acera y, con la cabeza entre las manos, respiré a pleno pulmón para recobrar el aliento.

– ¿Qué país es éste? -me oí decir entre jadeos.

Al levantarme, tuve la impresión de que mi bolsa se había aligerado. Efectivamente, tenía un corte que atravesaba todo un lado, y la mitad de mis pertenencias había desaparecido. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón y me sentí aliviado al constatar que mi dinero seguía ahí. Entonces eché a correr hacia el centro de la ciudad, apartándome rápidamente a un lado cada vez que una sombra se cruzaba conmigo.

Cené en un puesto de barbacoa, sentado a una mesa esquinada, lejos de la puerta y de las ventanas, con un ojo puesto en mis pinchitos y el otro en los clientes que no paraban de entrar y salir. Ninguna cara me gustaba, y me crispaba ante cada mirada que se posaba en mí. No me encontraba a gusto en medio de esos seres hirsutos que me producían tanta desconfianza como espanto. Poco tenían en común con la gente de mi pueblo, salvo quizá la forma humana, que apenas atemperaba su brutal aspecto. Todo en ellos me inspiraba una fría animosidad. Tenía la sensación de estar aventurándome en territorio enemigo; peor todavía, en un campo de minas, y temía saltar por los aires en cualquier momento.

– Relájate -me dijo el camarero poniéndome delante un plato de patatas fritas-. Hace un minuto que te tiendo el plato y tú me miras fijamente sin verme. ¿Qué pasa? ¿Acabas de escapar de una redada o de salir entero de un atentado?

Me guiñó un ojo y fue a atender a otro cliente.

Tras haberme zampado mis pinchitos y mis patatas, repetí una vez, y luego unas cuantas más. Un hambre inaudita absorbía lo que iba engullendo, y cuanto más comía, más se acentuaba. Me bebí una botella de gaseosa de un litro, una jarra de agua, vacié dos cestas de pan y me tragué una veintena larga de pinchitos con guarnición. Esa repentina bulimia me asustó.

Pedí la cuenta para poner término a esto.

– ¿Hay un hotel por aquí? -pregunté al cajero mientras me daba la vuelta.

Arqueó una ceja y me miró de soslayo:

– Hay una mezquita al final de la calle, detrás de la placeta. Saliendo de aquí a la izquierda. Alojan por una noche a la gente de paso. Allí, al menos, puedes dormir tranquilo.

– Quiero ir a un hotel.

– Se nota que no eres de aquí. Todos los hoteles están vigilados. Y a sus gerentes les da tanto la lata la policía que la mayoría de ellos han echado el cerrojo… Ve a la mezquita. Allí apenas hay redadas, y además es gratis.

– Yo que tú le haría caso -me susurró el camarero al pasar detrás de mí.

Recogí mi bolsa y salí a la calle.

En realidad, la mezquita era un almacén convertido en sala de oraciones en la planta baja de un edificio de dos pisos, encajonado entre un gran bazar abandonado y un inmueble. La calle estaba escasamente alumbrada por una farola; en ambas aceras, tiendas de comestibles con sus escaparates blindados. El lugar me disgustó de entrada. Era una ratonera. Eran las once de la noche y, aparte de los gatos callejeros removiendo la basura en las aceras, no se veía un alma. Habían evacuado la sala de oraciones y reagrupado a los sin techo en otra sala suficientemente amplia para acoger a unas cincuenta personas. Unas mantas descoloridas cubrían el suelo. Una lámpara de araña clavaba sus luces en las masas informes que se acurrucaban aquí y allá. Ocupaban el lugar una veintena de miserables, tumbados completamente vestidos, unos boquiabiertos, otros en posición fetal; olía a pies y a harapos.

Elegí un rincón para tumbarme, al lado de un anciano. Usando la bolsa a modo de almohada, miré fijamente el techo y esperé.

La araña se apagó. Los ronquidos prorrumpieron, se intensificaron y luego se espaciaron. Notaba cómo la sangre me latía en las sienes, mi respiración se embalaba; me venían arcadas del estómago que se traducían en eructos ahogados. Una sola vez, la imagen de mi padre cayendo de espaldas fulguró en mi cabeza; la expulsé de inmediato de mi mente. No me encontraba en condiciones de cargar además con recuerdos turbadores.

Soñé que una jauría de perros me perseguía por un bosque oscuro repleto de aullidos y de ramas picudas. Estaba desnudo, con las piernas y los brazos ensangrentados y la cabeza cubierta de excrementos. De repente, la maleza se abrió a un precipicio. Iba a caer en el vacío cuando la llamada del muecín me despertó.

La mayoría de los durmientes se había largado de la sala. También se había ido el anciano. Sólo seguían tumbados cuatro miserables pingajos. Mi bolsa ya no estaba allí. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi pantalón; mi dinero había desaparecido.

Sentado en el borde de la acera, con la barbilla apoyada en las manos, observaba a unos policías uniformados controlando los coches. Pedían la documentación a los conductores, verificaban la de sus pasajeros, a veces hacían bajar a todo el mundo y procedían a efectuar un registro sistemático. Miraban a fondo los maleteros, también bajo el capó y bajo el chasis. La víspera, en ese mismo lugar, la interceptación de una ambulancia acabó derivando en drama. El médico intentó explicar que se trataba de una urgencia. Los policías hicieron oídos sordos. El médico acabó enfadándose y un cabo le dio un puñetazo en plena cara. Se armó la gorda. Los golpes arreciaban por ambas partes, los insultos ahogaban las amenazas. Finalmente, el cabo sacó su pistola y disparó a la pierna del médico.

El barrio tenía mala fama. Dos días antes del incidente de la ambulancia habían matado a un hombre en el preciso lugar donde se encontraba el control de la policía. Se trataba de un cincuentón. Salía de la tienda de enfrente con una bolsa de comida en las manos. Se disponía a subir a su coche cuando una moto se detuvo a su altura. Tres disparos y el hombre se derrumbó, con la cabeza sobre su bolsa.

En el mismo lugar, tres días antes, habían abatido a un joven diputado. Se encontraba a bordo de su automóvil cuando una moto lo alcanzó. Una ráfaga, y el parabrisas se cubrió de telarañas. El vehículo dio un bandazo sobre la acera y atropelló a una peatona antes de estrellarse contra una farola. El matón, que llevaba un pasamontañas, abrió apresuradamente la portezuela. Sacó fuera al joven diputado, lo soltó en el suelo y lo acribilló a quemarropa. Luego, sin prisas, cabalgó su moto y desapareció zumbando.

Sin duda la policía había tomado posesión del lugar para paliar las matanzas. Pero Bagdad era un coladero. Hacía agua por todas partes. Los atentados eran el pan nuestro de cada día. Cuando se tapaba un agujero, se abrían otros, más mortíferos. Esto ya no era una ciudad; era un campo de batalla, una barraca de tiro al blanco, una gigantesca carnicería. Había dejado una ciudad coqueta y me encontraba de vuelta con una hidra encogida, apalancada en su locura. Unas semanas antes de los bombardeos aliados la gente creía que el milagro era posible. En todas partes del mundo, tanto en Roma como en Tokio, en Madrid y en París, en El Cairo y en Berlín, millones de desconocidos convergían hacia el centro de sus ciudades para decir no a la guerra. ¿Quién les hizo caso?

Una vez abierta la caja de Pandora, la bestia inmunda se superó a sí misma. Ya nada parecía poder aplacarla. Bagdad se desintegraba. Hecha desde muy atrás a la sujeción represora, ahora se zafaba de sus ataduras de ajusticiada para entregarse a la deriva, fascinada por su cólera suicida y por el vértigo de la impunidad. Una vez caído el tirano, recuperaba por entero sus silencios forzosos, su cobardía revanchista, su mal de tamaño natural, y conjuraba con fórceps sus viejos demonios. No habiendo conseguido en ningún momento suscitar la compasión de sus verdugos, no veía modo de compadecerse de sí misma ahora que todas las prohibiciones habían quedado abolidas. Abrevaba en la fuente de sus heridas, allí donde la huella de la infamia había quedado impresa: en su rencor. Ebria de su sufrimiento y del asco que producía, pretendía ser la encarnación de todo lo que no soportaba, incluida la imagen que tenían de ella y que rechazaba de pleno; y extraía de la desesperanza más crasa los ingredientes de su propio martirio.

Esta ciudad estaba para que la encerraran.

Como las camisas de fuerza no le sentaban nada bien, optó por los cinturones cargados de explosivos y los estandartes hechos con sudarios.

Dos semanas… Llevaba dos semanas vagabundeando entre escombros, sin una moneda suelta y sin asidero. Dormía en cualquier sitio, comía lo que pillaba, sobresaltándome tras cada deflagración. Esto parecía el frente, con esas interminables alambradas que delimitaban los barrios de alta seguridad, esas barricadas improvisadas, esos obstáculos anticarro contra los que se desintegraban los vehículos kamikaze, esos miradores en lo alto de las fachadas, esas hileras de pinchos en medio de las calzadas y esa gente sonámbula que ya no sabía a qué santo encomendarse y que nada más producirse un atentado acudía en masa al lugar de la tragedia como moscas a una gota de sangre.

Estaba a la vez cansado, abatido, indignado y asqueado. Cada día, mi desprecio y mi cólera iban en aumento. Bagdad me inyectaba su propia locura. Quería golpearla con todas mis ganas.

Aquella mañana, al detenerme delante de un escaparate, no me reconocí. Tenía el pelo revuelto, el rostro ajado, con dos ojos incandescentes que lo hacían aún más repelente, los labios agrietados; mi ropa no lucía mejor; me había convertido en un vagabundo.

– No te quedes ahí -me soltó un policía.

Tardé un momento en darme cuenta de que se dirigía a mí.

Me hizo una señal despectiva con la mano para que me largara.

– Vamos, vamos, piérdete…

No sé cuántas horas llevaba sentado en el borde de la acera, frente al puesto de control. Me levanté, un poco mareado por el hambre que me atenazaba. Mi mano tanteó el aire en busca de apoyo y sólo encontró el vacío. Me alejé titubeando.

Caminé y caminé… Tenía la impresión de avanzar por un mundo paralelo. Los bulevares se apartaban a mi paso, como si fueran fauces gigantes. Me tambaleaba en medio del gentío, con la mirada turbia y un fuerte dolor en las pantorrillas. De cuando en cuando, un brazo enojado me repelía. Me incorporaba y seguía caminando sin rumbo.

En un puente, un grupo de gente rodeaba un vehículo incendiado. Me abrí paso entre el gentío con la facilidad de un rompehielos en el mar helado.

El agua chapoteaba en las orillas del río, sordo a los clamores de los malditos. Un viento arenoso me azotaba la cara. No sabía qué hacer con mi sombra, ni qué hacer con mis pasos.

– ¡Eh!

No me di la vuelta. No me quedaban fuerzas para darme la vuelta; si daba un paso en falso, me caería.

Me parecía que la única manera de sostenerme de pie era caminar, con las orejeras puestas, y sobre todo no permitir que nada me distrajera.

Oí un fuerte bocinazo, y otro… Luego, un ruido de pasos me alcanzó y una mano me agarró por el hombro.

– ¿Estás sordo o qué?

Un tipo regordete se interpuso en mi camino. No lo reconocí de inmediato, porque veía borroso. Apartó los brazos, liberando su tripón, que le cayó hasta las rodillas. Su risa parecía una desolladura.

– Soy yo…

Fue como si un oasis emergiera de mi delirio. Todo mi ser se estremeció. No creo haber vivido anteriormente tal sensación de liberación, tal felicidad. El hombre que me estaba sonriendo me devolvía a tierra, me resucitaba. Se convertía de golpe en mi único recurso, mi última salvación posible. Era Omar el Cabo.

– ¿A que alucinas conmigo, eh? -exclamó, encantado-. Mira cómo voy maqueado -dijo girando sobre sí mismo-. ¿Una auténtica estrella, eh?

Se alisó la delantera de la chaqueta y el pantalón tieso…

– Ni la menor mancha de grasa, ni una sola arruga -añadió-. Impecable, tu primo. De riguroso estreno. ¿Recuerdas en Kafr Karam? Siempre con un manchón de aceite o de grasa en la ropa. Pues eso se acabó desde que llegué a Bagdad.

Su entusiasmo se vino repentinamente abajo. Acababa de darse cuenta de que no me encontraba bien, de que me costaba mantenerme de pie, que estaba a punto de desmayarme.

– ¡Dios mío! ¿De dónde sales?

Me agarré a su mirada como lo haría a una rama un damnificado arrastrado por una crecida y le dije:

– Tengo hambre.

11

Omar me llevó a una tasca. No dijo esta boca es mía mientras estuve comiendo. Comprendía que no estaba en condiciones de oír nada. Yo estaba clavado a mi plato como a mi propio destino. Sólo tenía ojos para mirar las patatas fritas reblandecidas que me iba tragando a puñados y para el pan que partía con ferocidad. Tenía la impresión de que ni siquiera perdía el tiempo masticando. Tenía la garganta irritada por los bocados desenfrenados, los dedos pringados, salsa por toda la barbilla. Unos clientes sentados cerca me miraban con horror. Omar tuvo que fruncir el ceño para que apartaran la mirada.

Cuando acabé de atiborrarme, me llevó a una tienda para comprarme ropa. Luego, me llevó a unos baños públicos. Al salir, me encontraba algo mejor.

– Supongo que no tienes dónde ir -me dijo Omar algo apurado.

– No.

Se rascó la barbilla.

– No tienes obligación -le dije, susceptible.

– No es eso, primo. Estás en buenas manos, salvo que no están del todo libres. Comparto un estudio con un socio.

– No pasa nada. Me las arreglaré.

– No te estoy dando esquinazo. Sólo intento pensar. De ningún modo voy a abandonarte a tu suerte. Bagdad no perdona a los extraviados.

– No quiero ocasionarte problemas. Ya has hecho bastante por mí.

Me rogó con la palma de la mano que lo dejara reflexionar. Estábamos en la calle, yo de pie en la acera, él apoyado en su furgoneta, cruzado de brazos y la barbilla sobre el índice, con su barriga interponiéndose como una barrera entre nosotros.

– Qué le vamos a hacer -dijo de repente-. Diré a mi compañero que se meta en otra parte mientras te encuentro algo. Es buena gente. Tiene familia por aquí.

– ¿Estás seguro de que no supone una molestia para ti?

Se enderezó de un golpe y me abrió la portezuela.

– Sube, primo. Habrá que achucharse un poco.

Como yo titubeaba, me agarró por un hombro y me sentó a empellones.

Omar vivía en el primer piso de un edificio de Salman Park, un barrio periférico al sureste de la ciudad. Un bloque cochambroso que daba a una calle infestada por la chiquillería. La escalinata se caía a pedazos y las puertas estaban medio salidas de sus goznes. En el hueco de la escalera, que apestaba a miasma, los buzones estaban reventados, algunos completamente arrancados. Una insana penumbra volcaba su negrura sobre los escalones resquebrajados.

– No hay luz -me avisó Omar-. Por culpa de los ladrones. Cambiamos la bombilla y se la cargan al minuto.

Dos crías muy pequeñas jugaban en el descansillo, la suciedad de su cara repelía.

– Su madre está chiflada -me susurró-. Las deja ahí todo el día y le importa poco lo que estén haciendo. A veces, algunos transeúntes las recogen de la misma calle. Y la madre no se pone nada contenta cuando le piden que cuide de sus hijas… Estamos en un mundo de locos.

Abrió la puerta y se apartó para dejarme entrar. La sala era pequeña, con menos mobiliario que la cueva de un troglodita. Había un colchón de dos plazas en el mismo suelo, un cajón de madera con un pequeño televisor encima y, contra la pared, un taburete. Enfrente de la ventana, un armario empotrado con cierre de candado. Eso era todo. Una mazmorra resultaría más acogedora para un detenido que el estudio de Omar para sus huéspedes.

– Éste es mi reino -exclamó el Cabo con gesto teatral-. En el armario encontrarás mantas, latas de conserva y galletas. No tengo cocina, y, para cagar, tengo que meter la barriga hacia dentro para colarme en el váter.

Señaló con el pulgar el rinconcito.

– El agua está racionada. Una vez por semana, y con cuentagotas. Si estás fuera o te distraes, tienes que esperar hasta el siguiente reparto. No te molestes en protestar. Aparte de los follones, sólo conseguirías incrementar tu sed… Tengo dos bidones en el aseo. Para lavarte la cara, pues el agua no es potable.

Toqueteó el candado y retiró la cadenilla para apartar las hojas y enseñarme el contenido del armario.

– Siéntete como si estuvieras en tu casa… Tengo que largarme si no quiero que me despidan. Estaré de regreso dentro de tres o cuatro horitas. Traeré comida y hablaremos de los viejos tiempos hasta creer en las quimeras.

Antes de irse me recomendó que cerrara la puerta con llave y que durmiera con un ojo abierto.

Cuando Omar regresó, estaba anocheciendo.

Se sentó en el taburete y me miró mientras me estiraba sobre el colchón.

– Has dormido veinticuatro horas seguidas -me anunció.

– ¿No me digas?

– Te aseguro que es verdad. Intenté despertarte esta mañana, pero no reaccionabas. Regresé a mediodía, y seguías sumido en un sueño profundo. Ni siquiera te despertó la explosión que hubo aquí al lado.

– ¿Ha habido un atentado?

– Estamos en Bagdad, primo. Cuando no es una bomba la que estalla, es una bombona de gas. Esta vez fue un accidente. Ha habido muertos, aunque no me he fijado en el número. Me desquitaré la próxima vez.

Seguía pachucho, pero contento de tener un techo, y a Omar conmigo. Mis dos semanas de cursillo acelerado de vagabundeo me habían dejado exhausto. No habría podido aguantar mucho más.

– ¿Puedo saber qué has venido a hacer en Bagdad? -me preguntó Omar mientras escrutaba sus uñas.

– A vengar una ofensa -contesté sin vacilar.

Clavó sus ojos en mí. Su mirada era triste.

– Hoy día la gente viene a Bagdad para vengar una ofensa padecida en otra parte, con lo cual se equivoca burdamente de objetivo… ¿Qué ha ocurrido en Kafr Karam?

– Los norteamericanos.

– ¿Qué te han hecho?

– No te lo puedo contar.

Asintió con la cabeza.

– Comprendo… Vamos a caminar un poco -dijo levantándose-. Luego iremos a picar algo en un restaurante. Se habla mejor con algo en la panza…

Recorrimos el barrio de punta a punta, hablando de naderías, dejando para luego el tema candente. Omar estaba preocupado. Una gruesa arruga le sajaba la frente. Con la barbilla metida en el hueco de la garganta y las manos a la espalda, caminaba renqueando como si cargara con un pesado bulto. No paraba de dar patadas a las latas de conserva con que se topaba en el camino. La noche iba cayendo lentamente sobre la ciudad preñada de delirios. De cuando en cuando, coches de policía nos adelantaban, con sus sirenas aullando; luego el guirigay habitual de los barrios populares volvía por sus fueros, casi imperceptible en su banalidad.

Cenamos en un pequeño restaurante de la plaza. Omar conocía al dueño. Sólo había dos clientes, un joven con pinta de galán, con sus gafas de latón y su traje sobrio, y un camionero polvoriento que tenía un ojo puesto en su camión, aparcado enfrente, al alcance de una pandilla de pilluelos.

– ¿Cuánto tiempo llevas en Bagdad? -me preguntó Omar.

– Unos veinte días, poco más o menos.

– ¿Dónde dormías?

– En placetas, a orillas del Tigris, en mezquitas. Dependía. Me acostaba allá donde mis pantorrillas cedían.

– Por Dios, ¿cómo has podido llegar a eso? Si hubieses visto tu cara ayer… Te reconocí de lejos, pero cuando me acerqué tuve mis dudas. Parecía que una puta gorda y sifilítica te había meado encima mientras le lamías el conejo.

Eso era una típica parida del Cabo de Kafr Karam. Curiosamente, su obscenidad no me repugnó más de la cuenta.

– Vine con la idea de alojarme al principio en casa de mi hermana -le conté-. Pero no era posible. Tenía algo de dinero conmigo, como para aguantar un mes. Para entonces, pensaba, habría encontrado algún sitio donde meterme. La primera noche, dormí en una mezquita. Por la mañana, mis cosas y mi dinero habían desaparecido. Ya puedes suponer lo demás… ¿Cómo ha reaccionado tu compañero de piso? -pregunté para cambiar de tema.

– Es un buen chico. Sabe lo que es esto.

– Te prometo que no abusaré de tu hospitalidad.

– No seas tonto, primo. No me molestas. Habrías hecho lo mismo por mí de haberme encontrado en tu situación. Somos beduinos. No tenemos nada que ver con la gente de aquí…

Juntó sus manos delante de la boca y me miró con intensidad:

– ¿Y si me explicaras ahora esa historia de venganza? ¿Qué piensas hacer exactamente?

– No tengo ni idea.

Infló las mejillas y liberó un suspiro incoercible. Su mano derecha regresó a la mesa, cogió una cuchara y empezó a remover la sopa fría del fondo del plato. Omar adivinaba lo que me traía entre manos. Abundaban los campesinos venidos de todos los rincones del país para engrosar las filas de los fedayines. Todas las mañanas, los autocares soltaban contingentes de ellos en las estaciones. Los motivos eran muy variados, pero el objetivo el mismo. Saltaba a la vista.

– No tengo derecho a oponerme a tu elección, primo. Nadie posee la verdad. Personalmente, ignoro si tengo razón o no. Así que no tengo lecciones que darte. Te han ofendido, eres el único en poder decidir lo que tienes que hacer.

Su discurso chirriaba por todas partes.

– Se trata de honor, Omar -le recordé.

– Prefiero no decir chorradas sobre el tema. Pero tienes que saber con precisión dónde pones los pies. Ya ves lo que hace a diario la resistencia. Han caído miles de iraquíes por su culpa. ¿Por cuántos norteamericanos? Si esa pregunta no te afecta, es tu problema. Pero yo no estoy de acuerdo.

Pidió dos cafés para ganar tiempo y recomponer sus argumentos y prosiguió:

– Si quieres que te sea sincero, vine a Bagdad para ponerlo todo patas arriba, literalmente. Jamás he conseguido digerir la afrenta que Yacín me hizo en el café. Me faltó al respeto, y desde entonces, cada vez que pienso en ello, o sea, varias veces al día, noto que me falta el aire. Como si me hubiera vuelto asmático.

La evocación del incidente que padeció en Kafr Karam lo indispuso. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor.

– Estoy convencido de que voy a tener esta ofensa pegada al trasero hasta que la lave con sangre -confesó-. No tengo la menor duda al respecto: antes o después, Yacín pagará con la vida…

El camarero dejó dos tazas de café al lado de nuestros platos. Omar esperó que se retirara para seguir secándose. Sus hombros rollizos se estremecían.

Dijo:

– Me avergüenzo de lo que pasó en Kafr Karam, en el Safir. Por mucho que me emborrachara, no había manera. Decidí ahuecar el ala y perderme en otra parte. Tenía un cabreo máximo. Quería poner fuego al país entero hasta convertirlo en una hoguera. Todo lo que me llevaba a la boca me sabía a sangre, todo lo que respiraba apestaba a cremación. Mis manos reclamaban el acero de las culatas y te juro que sentía ceder el gatillo cada vez que movía los dedos. Mientras el autocar me traía a Bagdad sólo tenía ojos para las trincheras que veía cavar en el desierto, para los refugios y puestos de mando. Pensaba como soldado del cuerpo de ingeniería militar, ¿entiendes?… Resulta que llegué a Bagdad el día en que se formó ese enorme tumulto tras una falsa alarma que costó la vida a un millar de manifestantes. Cuando vi eso, primo, cuando vi todos esos cadáveres tirados, esas montañas de zapatos allá donde tuvo lugar el tumulto, cuando vi los rostros de esos críos azules y con los ojos medio cerrados, cuando vi todo ese estropicio causado a unos iraquíes por otros iraquíes, me dije de inmediato que ésa no era mi guerra. Todo aquello se me pasó, primo.

Se llevó la taza de café a los labios, tomó un trago y me invitó a hacer lo mismo. Su rostro se estremecía y las aletas de su nariz recordaban a un pez quedándose sin respiración.

– Vine para unirme a los fedayines -dijo-. No pensaba en otra cosa. Hasta el asunto Yacín quedó postergado. Ya le ajustaría las cuentas en su momento. Primero tenía un litigio pendiente con el desertor que era. Debía recuperar las armas que había abandonado en el campo de batalla ante la llegada del enemigo, ser digno del país que no había sabido defender cuando se suponía que debía morir por él… Pero, ¡joder!, uno no hace la guerra a su propio pueblo sólo para incordiar a la humanidad.

Esperó mi reacción, que no llegó; se revolvió el pelo con desánimo. Mi silencio lo turbaba. Comprendía que no compartía sus emociones, que estaba muy aferrado a las mías. Los beduinos somos así. Cuando nos callamos, es porque todo ha quedado dicho y no queda nada por añadir. Él recordaba el desastre del puente, yo no veía nada, ni siquiera a mi padre cayendo de espaldas. Me encontraba en la etapa posterior al choque y a la ofensa; tenía el deber de lavar la afrenta, un deber sagrado y absoluto. Yo mismo ignoraba lo que aquello suponía, cómo se iba formando en mi mente; sólo sabía que me movía una obligación insoslayable. No estaba ni preocupado ni enardecido; me hallaba en otra dimensión, donde la única referencia que tenía era la certeza de cumplir el juramento que mis antepasados habían sellado con sangre y dolor desde que pusieron el honor por encima de su propia vida.

– ¿Me estás escuchando, primo?

– Sí.

– Las fechorías de los fedayines nos rebajan ante los ojos del mundo… Nosotros somos los iraquíes, primo. Tenemos once mil años de historia a nuestras espaldas. Nosotros hemos enseñado a los hombres a soñar.

Vació de un trago su taza y se pasó el revés de la mano por los labios.

– No pretendo influir en ti.

– Sabes muy bien que es imposible.

La noche había caído. Un viento caliente rozaba las paredes. El cielo estaba cubierto de polvo. En una explanada, unos chavales jugaban al fútbol, ajenos a la oscuridad. Omar caminaba a mi lado. Arrastraba los pies con pesadez, distraído. Cuando llegamos bajo una farola, se detuvo para mirarme bien.

– ¿Crees que me estoy metiendo en lo que no me importa, primo?

– No.

– No he intentado embaucarte. No me meto en la vida de nadie.

– Ni siquiera se me ha ocurrido pensarlo.

Lo miré detenidamente a mi vez:

– Omar, en la vida hay reglas sin las cuales la humanidad regresaría a la Edad de Piedra. Sin duda, no todas nos vienen bien, ni son infalibles ni siempre razonables, pero nos permiten mantener un rumbo determinado… ¿Sabes lo que me gustaría hacer mientras estoy hablando contigo? Me gustaría estar en mi casa, en mi habitación del tejado, escuchando mi radio gangosa y soñando con un trozo de pan y agua fresca. Pero ya no tengo radio, y tampoco podría regresar a mi casa sin morirme de vergüenza antes de cruzar su umbral.

12

Omar trabajaba de repartidor para un vendedor de muebles, antiguo brigada que había conocido en su batallón. Se habían encontrado por casualidad en una carpintería. Omar acababa de recalar en Bagdad. Estaba buscando a sus antiguos compañeros de unidad, pero las direcciones que tenía ya no servían; muchos se habían mudado o habían desaparecido. Omar estaba ofreciendo sus servicios al carpintero cuando el brigada pasó por allí para encargar unas mesas y armarios. Ambos hombres se dieron un fuerte abrazo. Tras las efusiones y preguntas de rigor, Omar informó de su situación a su antiguo superior. El brigada no estaba forrado ni tenía medios para permitirse reclutar a más personal, pero el espíritu de equipo pudo más que las consideraciones sobre la rentabilidad, y el cabo desertor quedó contratado de inmediato. Su empleador le asignó la furgoneta azul que conducía y mantenía con mimo y le buscó el estudio de Salman Park. El salario de Omar era módico, a veces se retrasaba varias semanas, pero el brigada jugaba limpio. Omar supo desde el principio que iba a pringar por nada y menos, pero al menos tenía un techo y lo suficiente para no morir de hambre. Comparando con lo que veía a su alrededor, no podía sino bendecir a sus santos y la baraka de los suyos.

Omar me llevó a ver a su patrón con vistas a colocarme. Me avisó de que era como dar palos de ciego. Los negocios iban cada vez peor, y la gente más forrada conseguía como mucho cubrir los gastos familiares corrientes. La gente tenía otras prioridades, otras urgencias como para pensar en cambiar de aparador o comprar nuevos sillones. El brigada, un personaje larguirucho con aspecto de zancudo, me recibió con muchos miramientos. Omar me presentó como su primo y le alabó unos méritos que no eran forzosamente míos. El brigada asentía y arqueaba admirativamente las cejas, con una sonrisa en los labios. Cuando a Omar le tocó hablar de los motivos de mi presencia en el almacén, al brigada se le borró la sonrisa. Sin decir palabra, se eclipsó por una puerta oculta y regresó con un registro que abrió delante de nuestras narices. Las filas de palabras, en azul, se alargaban desmesuradamente, pero las de los números, en rojo, no seguían la pauta. Las entradas de dinero eran casi nulas, y en cuanto al capítulo reservado a los encargos, en verde, era tan escueto como un comunicado oficial.

– Lo siento. Estamos totalmente parados -nos confió.

Omar no insistió.

Llamó a varios amigos con su móvil, me llevó de una punta a otra de la ciudad; ningún empleador nos prometió avisarnos cuando hubiera alguna novedad. Omar se sentía afligido y yo, por mi parte, tenía la impresión de estar agobiándolo. Al quinto día, al ver que no se abría ninguna puerta, decidí dejar de importunarlo.

Omar me trató de cretino:

– Te quedarás en mi casa hasta que puedas volar con tus propias alas. ¿Qué pensarían los nuestros si llegaran a enterarse de que te dejé en la estacada? Vale con que no soporten mi lenguaje ordinario ni mi fama de borracho, pero lo que no voy a permitir es que también me tilden de falso. Tengo un montón de defectos, eso está claro; seguro que no iré al paraíso, pero tengo mi orgullo, primo, y le tengo apego.

Una tarde, mientras Omar y yo estábamos de brazos cruzados en un rincón del estudio, un joven llamó a la puerta. Era un chico asustadizo, endeble de hombros, con cara de niña y ojos límpidos como el cristal. Debía de tener mi edad, unos veinte años. Vestía una camisa tropical abierta sobre su pecho rosado, un vaquero ceñido y zapatos nuevos con rozaduras en los lados. Pareció molestarse al encontrarme allí, y la mirada insistente que echó al cabo me excluía automáticamente.

Omar se apresuró a presentarnos. A él también lo había pillado por sorpresa; su voz tembló curiosamente al decirme:

– Primo, te presento a Hany. Mi socio y compañero de piso.

Hany me tendió una mano frágil que casi se fundió en la mía y, sin interesarse demasiado por mí, hizo una señal a Omar para que lo siguiera al descansillo. Cerraron la puerta tras ellos. Al cabo de unos minutos, Omar regresó para decirme que su socio y él tenían asuntos que tratar en el estudio y para pedirme que, si no me importaba, lo esperara en el café de la esquina.

– Me viene bien, estaba empezando a entumecerme -le dije.

Omar se aseguró de que no me lo tomaba a mal y me acompañó hasta abajo.

– Pídete lo que quieras, yo invito.

Sus ojos brillaban con un extraño júbilo.

– Aquí huele a buena noticia -le dije.

– Pues… -se enredó-. Nunca se sabe. No todo van a ser calamidades.

Me llevé la mano a la sien a modo de saludo y me fui al café más cercano. Omar llegó una hora después. Parecía satisfecho de la entrevista con su socio.

Hany nos visitó en varias ocasiones. Cada vez, Omar me rogaba que lo esperara en el café. Una noche, el coinquilino, que seguía negándose a familiarizarse conmigo, declaró que había tenido mucha paciencia y que ya le tocaba volver a la normalidad cotidiana; quería regresar al estudio. Omar intentó razonar con él. Hany se obcecó. Confesó que no se encontraba a gusto con la gente que lo alojaba y que estaba harto de padecer sin necesidad su hipocresía. Hany estaba decidido. La firmeza de su rostro y la fijeza de su mirada excluían todo tipo de negociación.

– Tiene razón -dije a Omar-. Aquí está en su casa. Ha tenido mucha paciencia.

Hany tenía los ojos clavados en su socio. Ni siquiera vio la mano que le tendí para despedirme.

Omar se interpuso entre su coinquilino y yo, y soltó con despecho a aquél:

– Muy bien. ¿Quieres regresar? Está hecho. Pero este tío es mi primo y no lo pondré en la calle por nada del mundo. Si no le encuentro un techo esta noche, dormiré con él en un banco público. Y así será todas las noches hasta que tenga donde cobijarse.

Intenté protestar. Omar me empujó hacia el rellano y cerró de un portazo detrás de nosotros.

Omar acudió primero a un conocido para tantear la posibilidad de alojarme dos o tres días, pero no se puso de acuerdo con él; luego recurrió a su patrón. Éste me propuso dormir en su almacén. Omar aceptó la idea, por si las moscas, y siguió llamando a otras puertas. Cuando se dio cuenta de que sonaban a hueco, regresamos al almacén para jugar a los vigilantes nocturnos.

Al cabo de una semana, constaté que Omar iba perdiendo su locuacidad. Se había replegado sobre sí mismo y ya no atendía lo que le decía. Se sentía desdichado. La precariedad de nuestra situación le enflaquecía las mejillas y le dejaba su poso en el fondo de la mirada. Me sentía responsable de su desánimo.

– ¿Qué opinas de Sayed, el hijo del Halcón? -me preguntó una mañana.

– Nada especial. ¿Por qué?

– Nunca he conseguido calar a ese fulano. Ignoro lo que trapichea, pero lleva una tienda de electrodomésticos en el centro de la ciudad. ¿Qué te parece si vamos a verlo por si pudiera echarte una mano?

– Pues claro. ¿Qué te preocupa de este asunto?

– No quiero que pienses que intento largarte.

– Ni se me ocurriría.

Le di una palmada en la muñeca para tranquilizarlo.

– Vamos a verlo, Omar, y ahora mismo.

Nos metimos en el furgón y volamos hacia el centro. Tuvimos que dar media vuelta por culpa de un atentado que acababa de alcanzar una comisaría del barrio y rodear buena parte de la ciudad hasta desembocar en un gran bulevar muy animado. La tienda de Sayed hacía esquina con una farmacia, en la prolongación de una placeta intacta. Omar aparcó a un centenar de metros del establecimiento. Se le notaba nervioso.

– Bueno, estamos de suerte, Sayed está en la caja -me dijo-. No nos veremos obligados a esperar como tontos por aquí… Ve a verlo. Haz como si pasaras por casualidad por ahí y lo hubieses reconocido a través del cristal. Seguro que te va a preguntar qué estás haciendo en Bagdad. Te limitarás a contarle la verdad, que llevas semanas deambulando por las calles, que no sabes dónde ir y que no te queda dinero. Entonces puede que te eche un cable, o bien que pretexte un montón de problemas para dejarte contra las cuerdas. Si se hace cargo de ti, no se te ocurra venir a verme al almacén. No por ahora, al menos. Deja pasar una o dos semanas. No quiero que Sayed sepa dónde vivo ni lo que hago. Te agradecería que no me mentaras nunca delante de él. Yo regreso al almacén. Si no llegas esta noche, entenderé que te ha acogido.

Me empujó apresuradamente hacia la calzada, alzó el pulgar y se coló con rapidez entre los coches que zigzagueaban entre los peatones.

Sayed garabateaba un libro de contabilidad. Estaba con la camisa remangada, cerca de un pequeño ventilador de zumbantes palas. Se subió las gafas sobre la frente y arrugó los ojos cuando observó mi silueta indecisa en el umbral de la tienda. Tardó un tiempo en ubicarme en su memoria, pues no habíamos tenido mucha relación. El corazón se me desbocó. Luego, el rostro del hijo del Halcón se iluminó y una amplia sonrisa se dibujó en su cara.

– No puede ser -exclamó abriendo los brazos para acogerme.

Me estuvo abrazando un largo rato.

– ¿Pero qué estás haciendo en Bagdad?

Le conté más o menos lo que me había aconsejado Omar. Sayed me escuchó con interés, el rostro impasible. Me costaba averiguar si mi desamparo le conmovía o no. Cuando alzó la mano para interrumpirme, creí que me iba a echar. Para gran alivio mío, la dejó caer sobre mi hombro y me declaró que a partir de ese momento hacía suyas mis preocupaciones y que, si me interesaba, podría trabajar en su tienda y alojarme en el piso de arriba, en un cuchitril.

– Aquí vendo televisores, antenas parabólicas, microondas, etc. Lo único que tendrás que hacer es llevar al día la contabilidad de las entradas y salidas. Estuviste en la facu, si no me falla la memoria.

– En primer curso de Letras.

– ¡Enhorabuena! La contabilidad es asunto de honradez, y tú eres un chico honrado. Lo demás, lo irás aprendiendo sobre la marcha. No es nada del otro mundo, ya verás… Estoy muy contento de tenerte aquí, de verdad.

Me acompañó al piso para enseñarme mi cuarto. El cuchitril lo ocupaba un vigilante nocturno al que le vino bien que le asignaran otras tareas para poder así regresar a su casa tras el cierre de la tienda. El lugar me gustó. Había un catre de tijera, un televisor, una mesa y un armario para colocar mis cosas. Sayed me adelantó dinero para que fuera a tomar un baño y me comprara una bolsa de aseo y ropa nueva. También me invitó a comer en un auténtico restaurante.

Dormí como un ángel.

Al día siguiente, a las ocho y media, alcé el cierre metálico de la tienda. Los primeros empleados -eran tres- ya estaban esperando en la acera. Sayed se unió a nosotros unos minutos después y nos presentó. Los empleados no se mostraron muy entusiasmados al darme la mano. Eran jóvenes de la ciudad poco comunicativos y desconfiados. El más alto, Rachid, atendía la trastienda, a la cual nadie más tenía acceso. Su tarea consistía en almacenar la mercancía y en garantizar su entrega. El mayor, Amr, era el repartidor. El tercero, Ismaíl, se encargaba del servicio posventa, era ingeniero electrónico.

El despacho de Sayed hacía las veces de sala de recepción. Se hallaba frente al ventanal y también servía de sala de exposición de sus productos. Sus paredes estaban repletas de estanterías metálicas. Casi todo el espacio disponible estaba ocupado por televisores de marca asiática, de pequeña o gran pantalla, aureolados con antenas parabólicas y todo tipo de accesorios sofisticados. También había cafeteras eléctricas, robots, parrillas y utensilios de cocina. Al contrario que la del vendedor de muebles, la tienda de Sayed, ubicada en una avenida importante, estaba siempre llena. La clientela se aglutinaba allí dentro a lo largo del día. Sin duda, la mayoría iba para comprar con los ojos, pero las salidas eran constantes.

Me sentí a gusto hasta el día en que Sayed me comunicó que unos «muy queridos amigos» me esperaban en mi cuarto del piso de arriba. Yo regresaba de comer en un garito. Sayed se me adelantó. Abrió la puerta, y vi a Yacín y a los gemelos Hasán y Hossein sentados en mi catre de tijera. Algo se estremeció en todo mi ser. Los gemelos estaban encantados de volver a verme. Se me echaron encima y me vapulearon entre manifestaciones de afecto y risas. En cuanto a Yacín, no se levantó. Permanecía inmóvil sobre el catre, muy tieso, como una cobra. Carraspeó para pedir a ambos hermanos que se dejaran de pitorreo y me dirigió esa mirada que nadie en Kafr Karam se atrevía a sostener.

– Has tardado lo tuyo en darte cuenta y despertar -me dijo.

No pillé lo que pretendía decirme.

Los gemelos se apoyaron en la pared y me dejaron solo en medio del cuchitril, frente a Yacín.

– ¿Todo bien? -preguntó.

– No me quejo.

– Pues yo en cambio te compadezco.

Se meneó para liberar un pico de su chaqueta que tenía pillado bajo el trasero. Yacín había cambiado. Le habría echado diez años más. Unos pocos meses habían bastado para endurecer sus rasgos. Su mirada seguía siendo intimidatoria, pero las comisuras de sus labios se habían arrugado como si el rictus que las aplastaba hubiese acabado hundiéndolas.

Decidí no dejarme impresionar.

– ¿Puedo saber por qué me compadeces?

Asintió con la cabeza.

– ¿Piensas que no hay motivo para ello?

– Te escucho.

– Me escucha… Por fin, nuestro querido hijo de pocero oye. ¿Con qué historia lo vamos a incordiar ahora?

Me miró fijamente.

– Me pregunto, buen hombre, cómo te funciona la cabeza. Hay que ser autista para no ver lo que está ocurriendo. El país está en guerra, y millones de cretinos hacen como si la cosa no fuera con ellos. Cuando suenan petardos en la calle, se meten en su casa y cierran los postigos, pensando así librarse del asunto. Salvo que las cosas no funcionan de ese modo. Antes o después, la guerra echará abajo su hipotético refugio y los pillará en la cama… ¿Cuántas veces lo he repetido en Kafr Karam? Os lo decía: si no acudes al incendio, éste te acaba pillando. ¿Quién me hizo caso? ¿Eh, Hasán, quién me hizo caso?

– Nadie -dijo Hasán.

– ¿Tú esperaste el incendio?

– No, Yacín -dijo Hasán.

– ¿Acaso esperaste a que unos hijos de perra vinieran a sacarte de tu jergón, en plena noche, para que despertaras?

– No -dijo Hasán.

– Y tú, Hossein, ¿ha sido necesario que unos hijos de perra te arrastren por el lodo para que te levantes?

– No -dijo Hossein.

Yacín me volvió a mirar fijamente.

– Yo no he esperado a que escupan sobre mi amor propio para rebelarme. ¿De qué carecía en Kafr Karam? ¿De qué tenía queja? Habría podido cerrar mis postigos y taparme los oídos. Pero yo sabía que si no iba al incendio, el incendio vendría a mí. Entonces tomé las armas para no acabar como Suleimán. ¿Cuestión de supervivencia? Sólo cuestión de lógica. Éste es mi país. Unos canallas pretenden arrebatármelo. ¿Qué hago? ¿Qué pretendes que haga? ¿Crees que voy a esperar que vengan a violar a mi madre ante mis ojos, y bajo mi techo?

Hasán y Hossein agacharon la cabeza.

Yacín respiró lentamente y, moderando la acuidad de su mirada, me dijo:

– Sé lo que ocurrió en tu casa.

Fruncí el ceño.

– Pues sí -añadió-. Lo que es tumba para los hombres es huerto para sus tiernas mitades. Las mujeres ignoran lo que significa la palabra «secreto».

Incliné la cabeza.

Se apoyó en la pared, cruzó los brazos sobre su pecho y me miró en silencio. Sus ojos me indisponían. Cruzó las piernas y posó la palma de las manos encima.

– Yo sé lo que es ver a un venerado padre arrojado al suelo, con los cojones al aire, por un bruto -dijo.

La nuez se me atascó en la garganta. ¡No pensaba soportar que aireara toda mi ropa sucia en público!

Yacín leía en mi rostro lo que gritaba en mi fuero interno. No hizo el menor caso.

Señaló a los gemelos con la barbilla, luego a Sayed, y prosiguió:

– Todos nosotros aquí, yo y los demás, y hasta los mendigos que van pordioseando por las calles, sabemos perfectamente lo que ese ultraje supone… No el soldado norteamericano. Ése no puede evaluar la magnitud del sacrilegio. Ni siquiera sabe lo que es un sacrilegio. En su mundo, despachan a los padres en asilos para ancianos y se olvidan de ellos como si fueran la menor de sus preocupaciones; tratan a la madre de vieja loca y al progenitor de gilipollas… ¿Qué puede esperarse de tipos así, eh?

La ira me tenía sin aliento.

Yacín lo notaba muy bien; insistió:

– ¿Qué puede esperarse de un mocoso que dejaría tirada en un cementerio a la mujer que lo tuvo en su vientre, que lo parió con fórceps, lo concibió fibra a fibra, lo educó paso a paso y que veló por él tantas veces como la estrella por su pastor?… ¿Que respete a nuestras madres? ¿Que bese la frente de nuestros ancianos?

El silencio de Sayed y de los gemelos acentuaba mi cólera. Tenía la sensación de que me habían metido en una ratonera y estaba resentido con ellos. Que Yacín se metiera donde no lo llamaban formaba parte en cierto modo de su reputación, pero que los demás participaran sin implicarse del todo me daba rabia.

Sayed se dio cuenta de que estaba a punto de estallar por dentro.

Dijo:

– Esa gente no tiene mayor consideración por sus mayores que por sus retoños. Es lo que Yacín intenta explicarte. No te está echando una bronca. Está contándote a ti mismo. Lo que ocurrió en Kafr Karam nos ha trastornado a todos, te lo aseguro. Ignoraba esta historia hasta esta mañana. Y cuando me la contaron, enloquecí de furia. Yacín tiene razón. Los norteamericanos han ido demasiado lejos.

– Sinceramente, ¿qué esperabas? -refunfuñó Yacín, irritado por la intervención de Sayed-. ¿Que se dieran la vuelta ante la desnudez de un sexagenario inválido y aterrado?

Giró la mano en la dirección de las agujas del reloj.

– ¿Por qué?

Yo había perdido el uso de la palabra.

Sayed aprovechó para rematarme:

– ¿Cómo pretendes que se den la vuelta si hasta pueden sorprender a sus mejores amigos tirándose a sus mujeres y hacer como si nada? El pudor es algo que perdieron de vista hace lustros. ¿El honor? Falsificaron sus códigos. No son sino unos abortos enloquecidos, que echan por tierra los valores como búfalos sueltos en una tienda de porcelanas. Proceden de un universo injusto y cruel, sin humanidad ni moral, donde el poderoso se nutre de la carne de los sometidos, donde la violencia y el odio resumen su historia, donde el maquiavelismo conforma y justifica las iniciativas y las ambiciones. ¿Qué pueden comprender de este mundo nuestro, que contiene las páginas más fabulosas de la civilización humana, donde los valores fundamentales no tienen una sola arruga, donde los juramentos no se han debilitado lo más mínimo, donde las referencias de antaño no se han movido una pizca?

– Poca cosa -dijo Yacín levantándose y acercándose a mí hasta pegar su nariz a la mía-. Poca cosa, hermano.

Y Sayed:

– Ignoran nuestras costumbres, nuestros sueños y nuestras oraciones. Ignoran sobre todo que tenemos a quien parecemos, que nuestra memoria está intacta y que nuestras opciones son justas. ¿Qué conocen de Mesopotamia, de este Irak fantástico que pisotean con sus rangers de mierda? ¿De la Torre de Babel, de los Jardines Colgantes, de Harum al-Rachid, de Las mil y una noches? ¡Nada! Nunca miran de este lado de la historia y sólo ven nuestro país como un inmenso charco de petróleo en el que lamerán hasta la última gota de nuestra sangre. No están en la historia; están en el filón, en el expolio, se bañan en el Pactolo. Sólo son mercenarios a sueldo de las finanzas blancas. Han reducido todos los valores a un horrendo asunto de pasta, todas las virtudes al interés. Unos temibles depredadores, eso es lo que son. Pisotearían el cuerpo de Cristo con tal de forrarse. Y cuando no estamos de acuerdo con ellos, sacan su artillería pesada y ametrallan a nuestros santos, lapidan nuestros monumentos y se suenan los mocos en nuestros pergaminos milenarios.

Yacín me empujó hacia la ventana y me gritó:

– Míralos; ve y echa una ojeada por el cristal y verás lo que son en realidad: máquinas.

– Y esas máquinas se van a partir los dientes en Bagdad -dijo Sayed-. Pues ahí fuera, en nuestras calles, se está librando el duelo más grande de todos los tiempos, la lucha entre titanes: Babilonia contra Disneylandia, la Torre de Babel contra el Empire State Building, los Jardines Colgantes contra el Golden Gate Bridge, Scherazade contra Ma Baker, Simbad contra Terminator…

Me engatusaron, me engatusaron por completo. Tenía la impresión de encontrarme en el centro de una mascarada, en pleno ensayo teatral, rodeado de actores mediocres que se habían aprendido de carrerilla su papel sin por ello estar en condiciones de acompañarlo del talento que requería, y sin embargo… y sin embargo… y sin embargo me parecía que era exactamente lo que quería oír, que sus palabras eran precisamente las que me faltaban y cuya carencia me arrasaba la cabeza con migrañas e insomnios. Poco me importaba saber si Sayed era sincero o si Yacín me hablaba con palabras propias, palabras que le salieran de las vísceras; la única certeza que tenía era que la mascarada me convenía, que me iba como un guante, que el secreto que llevaba semanas rumiando era compartido, que mi ira ya no estaba sola, que me devolvía lo esencial de mi determinación. Me costaba definir esa alquimia que, en otras condiciones, me habría hecho reír a carcajadas, y que a la vez me aliviaba. Menuda espina acababa de sacarme del pie ese canalla de Yacín. Había sabido tocarme donde debía hacerlo, remover dentro de mí todas esas porquerías de las que me había atiborrado desde aquella noche en que el cielo se me vino encima. Había venido a Bagdad para vengar una ofensa. No sabía cómo hacerlo. Ésa era una cuestión que ya no me planteaba.

De modo que cuando Yacín accedió por fin a abrirme sus brazos, fue como si me abriera el único camino que conducía a lo que más anhelaba en el mundo: el honor de los míos.

13

Yacín y sus dos ángeles de la guarda, Hasán y Hossein, no volvieron por la tienda. Sayed nos invitó a los cuatro a cenar a su casa, para festejar nuestro reencuentro y sellar nuestro juramento; luego, tras la cena, los tres compañeros se despidieron de nosotros y desaparecieron de la circulación.

Seguí con mi trabajo de vigilante nocturno, consistente en abrir la tienda a los empleados y en cerrarla después de que se fueran. Pasaron semanas. Mis colegas no intimaron conmigo. Me daban los buenos días por la mañana y las buenas noches por la tarde, y eso era todo. Su indiferencia conmigo me exasperaba. Y eso que había intentado ganarme su confianza; a la larga, acabé ignorándolos a mi vez. Me seguía quedando el suficiente orgullo para prohibirme sonreír tontamente a gente que no sabía corresponder.

Comía por allí, en un restaurante de discutible higiene. Sayed acordó con el gerente abrirme una cuenta y que le mandara la factura a la tienda a final de mes. El gerente era un hombrecillo moreno, listo y jovial. Simpatizamos. Más adelante me enteré de que el restaurante pertenecía a Sayed, así como un quiosco de prensa, dos tiendas de comestibles, una de zapatos en el bulevar, un laboratorio de fotografía y una tienda de telefonía.

Sayed me daba una buena paga los fines de semana. Me compraba ropa y cachivaches y guardaba lo demás en una bolsa de cuero para mi hermana gemela Bahia; pensaba enviarle todo lo que consiguiera ahorrar.

Las cosas se iban arreglando sin problema. Me organicé una rutina a medida. Después de cerrar la tienda, salía a dar una vuelta por el centro de la ciudad. Me gustaba caminar. En Bagdad había a diario un polo de atracción. Los tiroteos relevaban a los atentados, las incursiones a las emboscadas, las correrías a las marchas de protesta. La gente se iba acostumbrando. Apenas un lugar empezaba a reponerse de una deflagración o una ejecución sumaria, y ya la muchedumbre lo volvía a ocupar. Fatalista. Estoica. En varias ocasiones me topé con una carnicería todavía humeante y me quedé ahí mirando de soslayo el horror hasta la llegada de los auxilios y el ejército. Miraba cómo metían en las ambulancias los trozos de carne recogidos de las aceras, a los bomberos evacuar los edificios afectados, a los polis haciendo preguntas a los vecinos. Me abandonaba así durante horas, con las manos en los bolsillos. Iniciándome en el ejercicio de la ira. Me preguntaba, mientras los familiares de las víctimas alzaban las manos al cielo aullando de dolor, si estaba en condiciones de infligir a otros los mismos sufrimientos y me daba cuenta de que dichas preguntas no me afectaban. Regresaba a mi cuarto pausadamente. La pesadilla de las calles no alteraba mis sueños.

Una vez, hacia las dos de la mañana, unos ruidos apagados me despertaron. Di la luz en el piso, y luego en la planta baja para comprobar si se había colado en el local algún ladrón mientras dormía. No había nadie en la tienda y no eché en falta ningún producto expuesto. Los ruidos procedían de la trastienda, cuya puerta estaba cerrada desde el interior. Era el taller de reparaciones, un territorio vedado a las personas no autorizadas. Yo no tenía derecho a entrar. Me quedé pues en el local comercial hasta que se fueron los intrusos. Al día siguiente comenté lo ocurrido con Sayed. Me explicó que a veces el ingeniero acudía allí muy tarde para atender a unos clientes exigentes y me recordó que el taller de reparaciones quedaba fuera de mis competencias. Percibí en su tono un aviso perentorio.

Un viernes por la tarde, mientras iba sorteando a los colgados a orillas del Tigris, Omar el Cabo me abordó. Hacía semanas que no lo veía. Llevaba el mismo traje, pero ajado, unas grotescas gafas nuevas y tenía salpicaduras de grasa de motor en la camisa a punto de reventar por culpa de su tripa.

– ¿Estás enfadado conmigo o qué? -me preguntó-. Pregunto a diario por ti en el almacén y el brigada me dice que no has pasado por allí. ¿Tienes algo que reprocharme?

– ¿Dime tú qué? Has sido más que un hermano para mí.

– Entonces, ¿por qué pasas de mí?

– No paso de ti. Estoy muy ocupado, eso es todo.

Intentó leer en mis ojos si le estaba ocultando algo. Estaba preocupado.

– Me preocupo por ti -me confesó-. No sabes cuánto me arrepiento de haberte entregado a Sayed. Cada vez que lo pienso me tiro de los pelos.

– Haces mal. Estoy muy bien con él.

– Como te embarque en asuntos turbios…, asuntos… de sangre, no me lo perdonaré.

Tragó varias veces saliva antes de soltarlo. Sus gafas negras me ocultaban su mirada, pero la expresión de su cara lo ponía en evidencia. Omar estaba acorralado, acosado por este caso de conciencia. Se estaba dejando crecer la barba como muestra de contrición.

– No he venido a Bagdad para ganarme la vida, Omar. Ya hemos hablado de eso. No hay más que añadir.

Mi réplica, en vez de tranquilizarlo, lo ofuscó. Se revolvió el pelo, más alarmado que nunca.

– Ven -le dije-. Vamos a picar algo. Yo invito.

– No tengo hambre. Para serte sincero, he dejado de comer desde que tuve esa maldita idea de encomendarte a Sayed.

– Por favor…

– Tengo que largarme. No quiero que me vean contigo. Tus amigos y yo no estamos en la misma onda.

– Soy libre de ver a quien quiera.

– Yo no.

Se trituró los dedos, muy nervioso, y, tras mirar con desconfianza a nuestro alrededor, me propuso:

– He hablado de ti con un amigo del ejército. Está dispuesto a acogerte en su casa durante una temporada. Es un antiguo teniente, un tipo simpático. Está montando una empresa y necesita a un hombre de confianza.

– Estoy exactamente donde quería estar.

– ¿Estás seguro?

– Absolutamente.

Meneó la cabeza, apesadumbrado.

– Bueno -dijo tendiéndome la mano-, tú sabrás lo que quieres, ya no tengo por qué meterme. Pero si te diera por cambiar de opinión, sabes dónde encontrarme. Puedes contar conmigo.

– Gracias, Omar.

Hundió la barbilla en el cuello y se alejó.

Tras haber caminado una decena de pasos, cambió de opinión y dio media vuelta. Sus pómulos temblaban espasmódicamente.

– Otra cosa, primo -me susurró-. Si quieres pelear, hazlo limpiamente. Pelea por tu país, no contra el mundo entero. Tenlo todo en cuenta y separa el grano de la paja. No mates a cualquiera, no dispares al tuntún. Caen más inocentes que canallas. ¿Me lo prometes?

– ¿Ves? Ya vas desencaminado. Nuestro enemigo no es el mundo. Recuerda a los pueblos que protestaron contra la guerra preventiva, esos millones de personas que se echaron a la calle en Madrid, Roma, París, Tokio, en Sudamérica, en Asia. Todos estaban y siguen estando de nuestro lado. Eran más numerosos que los que nos apoyaron en los países árabes. No lo olvides. Todas las naciones son víctimas de la bulimia de un puñado de multinacionales. Meterlos a todos en el mismo saco sería un error atroz. Raptar a periodistas, ejecutar a miembros de ONG que sólo están con nosotros para ayudarnos, eso no está dentro de nuestras costumbres. Si quieres vengar una ofensa, no ofendas a nadie. Si piensas que el honor de tu pueblo debe ser salvaguardado, no deshonres a tu pueblo. No cedas a la locura. Me ahorcaría de inmediato si llegara a verte en una filmación confundiendo ejecución arbitraria con hazaña bélica…

Se limpió la nariz con la muñeca, volvió a menear la cabeza, la nuca hundida entre los hombros, y concluyó:

– Seguro que me ahorcaría de inmediato, primo. A partir de ahora, que sepas que todo lo que hagas me afecta directamente.

Y se apresuró a fundirse con las cohortes desorientadas que deambulaban por la orilla del río.

Dos meses después de mi conversación con Omar, mis reflejos no se habían modificado un ápice. Despertar a las seis de la mañana, levantar el cierre metálico dos horas después, apuntar en los libros las entradas y salidas de la mercancía, cerrar la tienda a última hora de la tarde. Cuando los empleados se habían ido, nos encerrábamos, Sayed y yo, en la tienda y hacíamos el balance de las ventas y el inventario de los pedidos. Una vez cuadrada la caja y hechas las previsiones para el día siguiente, Sayed me entregaba el manojo de llaves y se llevaba la bolsa repleta de billetes. La rutina empezaba a pesarme y mi universo se estrechaba como una piel de zapa. Ya no iba al centro de la ciudad, no frecuentaba los bares. Mi itinerario se limitaba a dos puntos distantes un centenar de metros: el restaurante y la tienda. Cenaba temprano, compraba limonada y galletas en la tienda de comestibles cercana y me encerraba en mi habitación. Me pasaba el tiempo pegado a la tele, zapeando sin control, incapaz de concentrarme en un programa o una película. Dicha situación acentuaba mi malestar, me deformaba el carácter. Me volvía cada vez más susceptible, cada vez menos paciente, y mis palabras y gestos empezaron a traslucir una agresividad que desconocía en mí. No soportaba que mis colegas me ignoraran y no perdía la oportunidad de señalárselo. Cuando alguien no contestaba a mi sonrisa, mascullaba «cara de capullo» para que me oyera, y si se atrevía a fruncir el ceño, me encaraba con él y lo provocaba. De ahí no pasaba la cosa, y aquello me sabía a poco.

Una noche, harto ya, pregunté a Sayed qué estaba esperando para mandarme al frente. Me contestó con un tono que me dolió: «¡Cada cosa en su momento!». Tenía la sensación de ser morralla y de no pintar para nada. Ya se enterarán éstos, me prometía a mí mismo. Un día les demostraré de lo que soy capaz. Por entonces, al no tener la iniciativa, me limitaba a rumiar mis frustraciones y concebir, para amueblar mis insomnios, unos descabellados planes de revancha.

Luego, los acontecimientos se precipitaron…

Había despedido al último cliente y bajado la mitad del cierre metálico de la tienda cuando dos hombres me pidieron con un gesto que me echara atrás y los dejara entrar. Los empleados, Amr y Rachid, que estaban recogiendo sus cosas para irse, se quedaron paralizados. Sayed se puso las gafas; cuando reconoció a los dos intrusos, se levantó de su despacho, sacó un sobre de un cajón y lo lanzó sobre la mesa. Los dos hombres se miraron y cruzaron las manos. El más alto, de cincuenta y pico años, tenía un rostro patibulario que descansaba sobre un cuello adiposo como una gárgola de iglesia. Tenía en la mejilla derecha una horrible quemadura cuya extensión lo obligaba a cerrar un poco el párpado. Era un bruto en estado puro, de pérfida mirada y mueca sardónica. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada en los codos, y debajo un jersey verde botella constelado de caspa. El otro, de unos treinta años, enseñaba sus colmillos de lobezno tras una sonrisa afectada. Su desenvoltura revelaba al arribista que va quemando etapas, convencido de que sus galones de madero tienen poderes talismánicos. Llevaba su vaquero nuevo remangado hasta los tobillos, dejando al descubierto unos mocasines destaconados. Miraba fijamente a Rachid en lo alto de su escalerilla.

– Muy buenas, dadivoso señor -dijo el cincuentón.

– Muy buenas, capitán -dijo Sayed golpeteando el sobre-. Éste te estaba esperando.

– He estado cumpliendo una misión estos días pasados.

El capitán se acercó a la mesa, lentamente, sopesó el sobre y refunfuñó:

– Ha adelgazado.

– Está todo.

El oficial de policía esbozó una mueca de escepticismo.

– Ya conoces mis problemas familiares, Sayed. Tengo que mantener a toda una tribu, y hace seis meses que no cobramos.

Señaló con el pulgar a su colega:

– Mi amigo también está jodido. Quiere casarse y no hay manera de que encuentre un puto lugar donde meterse.

Sayed crispó los labios antes de volver a meter la mano en el cajón. Sacó unos cuantos billetes más que el capitán escamoteó con gesto de prestidigitador.

– Eres un hombre generoso, Sayed. Dios te lo tendrá en cuenta.

– Estamos pasando un mal trago, capitán. Tenemos que ayudarnos mutuamente.

El capitán se rascó la mejilla herida, fingió sentirse incómodo y tuvo que arrancar de la mirada de su compañero el valor para cortar por lo sano:

– A decir verdad, no he venido por el sobre. Mi amigo y yo estamos montando un negocio y he pensado que podrías estar interesado, que podrías echarnos una mano.

Sayed se volvió a sentar y se cogió la boca entre el pulgar y el índice.

El capitán se sentó al otro lado de su mesa y cruzó las piernas.

– Estoy montando una pequeña agencia de viajes.

– ¿En Bagdad? ¿Crees que nuestro país es un destino muy solicitado?

– Tengo familia en Ammán. Opinan que debería invertir allá. Yo ya he corrido mundo y, si quieres que te sea sincero, aquí no veo la salida del túnel. Estamos asistiendo a un segundo Vietnam y no quiero palmarla en él. Tengo tres balas en el cuerpo y un cóctel molotov ha estado a punto de desfigurarme. He decidido entregar mi placa y hacer fortuna en Jordania. Mi negocio promete. Cien por cien de beneficios. Y legal. Si quieres, te puedes asociar conmigo.

– Ya tengo bastantes preocupaciones con mi propio negocio.

– Anda ya. Te las apañas muy bien.

– No tanto.

El capitán atornilló un pitillo en sus labios y lo encendió con un mechero desechable. Echó el humo a la cara de Sayed, que se limitó a apartarla levemente.

– Lástima -dijo el policía-, estás dejando escapar un auténtico chollo, amigo mío. ¿De verdad que no te seduce la idea?

– No.

– No pasa nada. Y ahora, ¿qué te parece si hablamos del objeto de mi visita?

– Te escucho.

– ¿Confías en mí?

– ¿A qué te refieres?

– ¿He intentado engañarte desde que cuido de tus asuntos?

– No.

– ¿He demostrado ser codicioso?

– No.

– Y si te pidiera que me adelantaras un poco de dinero para montar mi negocio, ¿confías en que te lo devolvería?

Sayed estaba esperando esa salida. Sonrió y apartó los brazos:

– Eres una persona leal, capitán. Te prestaría millones con los ojos cerrados, pero tengo deudas por un tubo y el negocio anda flojo.

– ¡Eso se lo cuentas a otro! -dijo el capitán aplastando su cigarrillo sobre el cristal de la mesa-. Estás forrado. ¿Qué crees que hago a lo largo del día? Me siento en el café de enfrente y apunto el ir y venir de tus furgonetas de reparto. Vendes dos veces más de lo que recibes. Sólo en el día de hoy -añadió sacando un cuadernillo del bolsillo interior de su chaqueta- has vendido dos frigoríficos grandes, cuatro lavadoras, cuatro televisores y un montón de clientes han salido con distintos paquetes. Y eso que no estamos más que a lunes. Al ritmo con que te deshaces de tu mercancía, deberías montar tu propio banco.

– ¿Me espías, capitán?

– Soy tu estrella, Sayed. Velo por tus chanchullos. ¿Acaso te han dado la lata con los impuestos? ¿Acaso han venido otros maderos a sacarte la pasta? Puedes traficar todo lo que te dé la gana. Sé que tus facturas son tan falsas como tu palabra de honor y cuido de que lo sigan siendo con total impunidad. Tú, a cambio, me das las migajas y crees que me estás cubriendo de seda. No soy un mendigo, Sayed.

Se levantó bruscamente y fue directamente al almacén. A Sayed no le dio tiempo a retenerlo. El capitán se introdujo en la trastienda y con un gesto significativo señaló las incontables cajas que se amontonaban en las tres cuartas partes de la sala.

– Apuesto a que toda esta mercancía nunca ha pasado por un control aduanero.

– En Bagdad, todo el mundo trabaja en el mercado negro.

Sayed transpiraba. Estaba muy enfadado, pero intentaba contenerse. Ambos polis tenían esa apariencia relajada de quienes dominan la situación con puño de hierro. Sabían lo que querían y cómo conseguirlo. Forrarse era la primera vocación del conjunto de los funcionarios del Estado, especialmente de los cuerpos de seguridad; una vieja costumbre heredada del régimen caído y que seguía practicándose desde la ocupación al amparo de la confusión y del empobrecimiento galopante que reinaba en el país, donde los secuestros mafiosos, la corrupción, los desfalcos y las extorsiones eran moneda corriente.

– ¿Cuánto crees que hay aquí dentro? -preguntó el capitán a su colega.

– Como para comprarse una isla en el Pacífico.

– ¿Crees que estamos pidiendo la luna, inspector?

– Sólo la necesaria para iluminar la noche.

Sayed se secó el sudor con un pañuelo. Amr y Rachid permanecían en la entrada, detrás de los dos policías, al acecho de una señal de su patrón.

– Regresemos a la oficina -farfulló Sayed al capitán-. Veamos lo que puedo hacer para ayudaros a montar vuestra empresa.

– Ésa es una sabia decisión -dijo el capitán apartando los brazos-. Ojo, que si se trata de un sobre como el que me has dado, no merece la pena.

– No, no -dijo Sayed, deseoso de salir del almacén-, vamos a buscar un arreglo. Volvamos a la oficina.

El capitán frunció el ceño.

– Cualquiera diría que tienes algo que ocultar, Sayed. ¿Por qué nos metes tanta prisa? ¿Qué hay en este almacén, aparte de lo que vemos?

– Nada, te lo aseguro. Sólo que es hora de cerrar, y tengo cita con alguien en la otra punta de la ciudad.

– ¿Estás seguro?

– ¿Qué quieres que oculte aquí? Ésta es toda mi mercancía, bien embalada.

El capitán frunció su párpado derecho. ¿Acaso sospechaba algo y trataba de acorralar a Sayed? Se acercó a las murallas de cajas, curioseó por aquí y por allá y se dio bruscamente la vuelta para comprobar si Sayed contenía o no el aliento. La rigidez de Amr y de Rachid le puso la mosca detrás de la oreja. Se acuclilló para ojear debajo de las pilas de televisores y demás cajas, se fijó en una puerta oculta en una esquina y se dirigió hacia ella.

– ¿Qué hay ahí detrás?

– Es el taller de reparaciones. Está cerrado con llave. El ingeniero se fue hace una hora.

– ¿Puedo echar una ojeada?

– Está cerrado por dentro. El ingeniero entra por el otro lado.

De repente, justo cuando el capitán estaba a punto de abandonar, se oyó un estruendo detrás de la puerta que dejó petrificados a Sayed y a sus empleados. El capitán arqueó una ceja, encantado de pillar a su interlocutor en un renuncio.

– Te aseguro que creía que se había ido, capitán.

El capitán golpeó la puerta.

– Abre, chico; si no, la echo abajo.

– Un minuto, estoy acabando una soldadura -dijo el ingeniero.

Se oyeron unos chirridos, luego un rechinar metálico; una llave giró en la cerradura y la puerta se apartó ante el ingeniero vestido con camiseta y pantalón de chándal. El capitán vio una mesa cubierta de alambres, de tuercas minúsculas, de destornilladores, de pequeños botes de pintura y de cola y de material para soldar alrededor de una tele desmontada cuya tapa, colocada a la carrera, cayó desvelando una madeja de hilos multicolores en el interior de la caja. El capitán volvió a arrugar el párpado derecho. Justo cuando descubrió la bomba medio oculta en el interior del aparato, en el lugar del tubo catódico, se le contrajo la garganta, y su rostro se ensombreció de repente cuando el ingeniero le puso el cañón de una pistola en la nuca.

El inspector, algo rezagado, no cayó de inmediato en la cuenta de lo que estaba ocurriendo. El silencio que acababa de instalarse en la sala le impulsó a llevarse instintivamente la mano a la cintura. No alcanzó su arma. Amr lo agarró por detrás, le puso una mano en la boca y, con la otra, le hundió un puñal debajo del omoplato. Al inspector se le desencajaron los ojos de incredulidad, se estremeció de pies a cabeza y cayó lentamente al suelo.

Al capitán le temblaba el cuerpo entero. No conseguía levantar los brazos para rendirse ni echarse hacia delante.

– No diré nada, Sayed.

– Sólo los muertos saben mantenerse callados, capitán. Lo siento por ti, capitán.

– Te lo suplico. Tengo seis críos…

– Debiste pensártelo antes.

– Por favor, Sayed, no me mates. Te juro que no diré nada. Si quieres, méteme en tu equipo. Seré tus oídos y tus ojos. Jamás he aplaudido a los norteamericanos. Los odio. Soy madero, pero podrás comprobar que jamás he puesto la mano encima a un resistente. Estoy con vosotros de todo corazón… Sayed, es verdad lo que te contaba; pienso largarme de aquí. No me mates, por el amor de Dios. Tengo seis críos, y el mayor no llega a los quince años.

– ¿Me espiabas?

– No, te juro que no. Sólo me he pasado de codicioso.

– Entonces, ¿por qué no has venido solo?

– Es mi compañero.

– No te estoy hablando de este cretino que venía contigo, sino de los fulanos que te están esperando fuera, en la calle.

– Nadie me espera fuera, te juro…

Se hizo el silencio. El capitán alzó los ojos; cuando vio la sonrisa satisfecha de Sayed, se dio cuenta de la gravedad de su error. Debió obrar con astucia, hacer creer que no estaba solo. Mala suerte.

Sayed me ordenó que bajara del todo el cierre metálico. Obedecí. Cuando regresé al almacén, el capitán estaba arrodillado, con las muñecas atadas a la espalda. Se había meado en el pantalón y lloraba como un niño.

– ¿Has mirado fuera? -me preguntó Sayed.

– No he visto nada raro.

– Muy bien.

Sayed metió la cabeza del capitán dentro de una bolsa de plástico y, con ayuda de Rachid, lo tumbó en el suelo. El oficial se debatió como un loco. La bolsa se llenó de vaho. Sayed cerró con fuerza la abertura de la bolsa alrededor del cuello del capitán. Éste se quedó muy pronto sin aire y empezó a contorsionarse y a patalear. Su cuerpo fue presa de convulsiones brutales que se fueron espaciando hasta debilitarse; cesaron repentinamente tras un último estremecimiento. Sayed y Rachid siguieron aplastando al capitán con su peso y sólo se levantaron cuando el cadáver se había quedado tieso.

– Quitadme de encima esas dos carroñas -ordenó Sayed a Amr y Rachid-. Y tú -dijo volviéndose hacia mí-, limpia esa sangre antes de que se seque.

14

Sayed encargó a Amr y a Rachid que hicieran desaparecer los cuerpos. El ingeniero propuso pedir un rescate a las familias de ambos policías para que se pensara en un secuestro y así despistar. Sayed le contestó: «Es tu problema», antes de ordenarme que lo siguiera. Subimos en su Mercedes negro y atravesamos la ciudad para ir al otro lado del Tigris. Sayed conducía con calma. Había puesto un CD de música oriental y subió el sonido. Su flema natural me relajaba.

Siempre había temido el momento de dar el paso; ahora que ya estaba hecho, no sentía nada especial. Había asistido a la matanza con el mismo desapego que veía a las víctimas de los atentados. Ya no era el chico frágil de Kafr Karam. Otro individuo se había colado dentro de mí. Estaba estupefacto por la facilidad con que se podía pasar de un mundo a otro y casi lamentaba haber tardado tanto en hacerlo. Ya no tenía nada que ver con el blandengue que vomitaba al ver chorrear la sangre y que se desmayaba cada vez que se liaba un tiroteo; nada que ver con el pingo que se desmayó cuando el error policial que se llevó por delante a Suleimán. Había vuelto a nacer en la piel de otro, aguerrido, frío, implacable. Mis manos no temblaban. Mi corazón latía con normalidad. En el retrovisor derecho, mi rostro no delataba ninguna expresión; era una máscara de cera, impenetrable e inaccesible.

Sayed me llevó a un pequeño y coqueto inmueble, en un barrio residencial. Los vigilantes levantaron la barrera nada más reconocer el Mercedes. Al parecer, a Sayed lo respetaban mucho los guardias. Aparcó su coche en un garaje y me llevó a un piso de lujo. No era aquel al que nos había invitado a Yacín, a los gemelos y a mí. Un anciano, secreto y obsequioso, hacía las veces de factótum en aquel lugar. Sayed me aconsejó que tomara una ducha y fuera luego a verlo al salón de ventanas nimbadas por cortinas de tafetán.

Me desnudé y me metí en la bañera regada por un grifo cromado y redondo como una tetera. El agua ardía. No tardé en sentir su efecto balsámico.

El anciano nos sirvió la cena en un pequeño salón rutilante de platería. Sayed iba ceñido con una bata granate que le daba aspecto de nabab. Cenamos en silencio. Sólo se oía el choque de las cucharas, de cuando en cuando perturbado por una llamada al móvil.

Sayed miraba primero la pantalla de su aparato y luego decidía si debía contestar o no. El ingeniero llamó a su vez por lo de ambos cadáveres. Sayed lo escuchó limitándose a pronunciar algún que otro «hum»; cuando cerró la tapa de su teléfono, por fin me dirigió una mirada y comprendí que Rachid y Amr habían hecho un buen trabajo.

El anciano nos trajo una cesta de fruta. Sayed siguió escrutándome en silencio. Quizá esperara que le diera conversación. No veía qué tema podíamos compartir. Sayed era un tipo taciturno, cuando no altivo. Tenía una manera de dirigirse a sus empleados que me desagradaba. Se le obedecía sin rechistar y sus decisiones eran incuestionables. Paradójicamente, su autoridad me tranquilizaba. Con un tío de su nivel no necesitaba hacerme preguntas; él pensaba en todo y parecía estar preparado para afrontar cualquier situación imprevista.

El anciano me enseñó mi habitación y una campanita sobre la mesilla de noche por si necesitara sus servicios. Verificó ostensiblemente que todo estaba en orden y se retiró de puntillas.

Me metí en la cama y apagué la lámpara.

Sayed vino a verme por si necesitaba algo. Sin encender. Se detuvo en la misma puerta, con una mano sobre el pomo.

– ¿Todo bien? -me preguntó.

– Muy bien.

Asintió con la cabeza, cerró a medias la puerta y la volvió a abrir.

– He apreciado mucho tu sangre fría en el almacén -me dijo.

Al día siguiente, volví a la tienda y a mi cuarto del primer piso. La actividad comercial siguió su curso. Nadie vino a preguntarnos si habíamos visto a dos oficiales de la policía por los alrededores. Unos días después, la foto del capitán y de su inspector salió en primera plana de un diario que anunciaba su secuestro y el rescate que exigían los captores para su liberación.

Rachid y Amr dejaron de darme de lado o con la puerta en las narices. A partir de entonces fui uno de ellos. El ingeniero siguió instalando bombas en los tubos catódicos. Por supuesto, sólo manipulaba uno de cada diez televisores, y no todos los clientes eran portadores de la muerte. Pero sí me fijé en que los destinatarios de los paquetes-bomba eran los mismos, tres jóvenes vestidos con monos de mecánico; acudían en unas furgonetas con un gran logotipo en el lateral y, escritas en árabe y en inglés, las palabras «Reparto a domicilio». Aparcaban su vehículo detrás del almacén, firmaban la entrega y se marchaban.

Sayed desapareció una semana. Cuando regresó, le comuniqué mi deseo de unirme a Yacín y su banda. Me moría de aburrimiento, y el maldito relente de Bagdad me contaminaba las ideas. Sayed me rogó que tuviera paciencia. Me trajo, para que me entretuviera por las noches, DVD en los que había escrito con rotulador indeleble Bagdad, Basora, Mosul, Safwan, etc., más una fecha y un número. Eran grabaciones tomadas de reportajes para la televisión o por videoaficionados que mostraban las exacciones de los coaligados: el asedio de Faluya, el ensañamiento de soldados ingleses contra chavales iraquíes capturados durante una manifestación popular, la ejecución sumaria por parte de un soldado norteamericano de un civil herido en medio de una mezquita, los disparos nocturnos y sin previo aviso de un helicóptero norteamericano contra campesinos cuyo camión se había averiado en la carretera; en suma, la filmografía de la humillación y de los fallos que se solían banalizar. Me vi todos los DVD sin pestañear. Era como si estuviesen descargando dentro de mí todas las razones posibles e imaginables para poner el mundo patas arriba. Sin duda, también era lo que pretendía Sayed; atiborrarme la cabeza, que acumulara en mi subconsciente un máximo de ira que, en su momento, sabría conferir entusiasmo a mi sevicia, y cierta legitimidad. No me engañaba a mí mismo; estimaba que tenía mi sobredosis de odio y que no era necesario añadir más. Era un beduino, y ningún beduino puede contemporizar con una ofensa sin que medie la sangre. A Sayed probablemente se le había olvidado esa regla inamovible e inflexible que había sobrevivido al tiempo y las generaciones; su vida ciudadana y sus misteriosas peregrinaciones debían de haberlo alejado del alma gregaria de Kafr Karam.

Volví a ver a Omar. Llevaba el día entero ganduleando de tugurio en tugurio. Me invitó a comer algo, y acepté con la condición de que no volviera a poner sobre la mesa temas enojosos. Se mostró comprensivo durante la comida y, de repente, los ojos se le llenaron de lágrimas. Por pudor, no le pregunté lo que le ocurría. Él mismo se desahogó. Me contó las faenas que le gastaba Hany, su compañero de piso. Éste tenía la intención de irse a Líbano, y Omar no estaba de acuerdo. Cuando le pregunté por qué lo apenaba tanto esa decisión, contestó que quería mucho a Hany y que no podría superar que se fuera. Nos despedimos a orillas del Tigris, él completamente borracho y yo sin la menor gana de volver a mi habitación y a mis melancolías.

En la tienda, la rutina se iba convirtiendo en pesadilla. Las semanas me pesaban como si una manada de búfalos no dejara de pisotearme. Me ahogaba. El aburrimiento me hacía añicos. Ni siquiera acudía ya a los lugares de los atentados, y las sirenas de Bagdad me dejaban indiferente. Adelgazaba a ojos vista, no comía casi, me dormía tarde, me calentaba la cabeza. En varias ocasiones, mientras estaba haciendo tiempo tras el escaparate, me sorprendí hablando y gesticulando a solas. Notaba que estaba perdiendo el hilo de mi propia historia, diluyéndome en mis exasperaciones. Al final, decidí volver a hablar con Sayed para decirle que estaba listo y que no necesitaba todo ese circo para seducirme.

Estaba en la mesa de su despacho llenando formularios. Tras haber mirado detenidamente su bolígrafo, lo dejó sobre un montón de folios, se subió las gafas sobre la cabeza y giró su asiento para tenerme de frente.

– No te estoy engatusando, primo. Estoy esperando instrucciones sobre ti. Creo que tenemos algo para ti, algo extraordinario, pero sólo estamos empezando a idearlo.

– Ya estoy harto de esperar.

– Haces mal. Estamos en guerra y no en la entrada de un estadio. Si pierdes la paciencia ahora, no sabrás conservar tu sangre fría cuando la necesites. Vuelve a tu actividad y aprende a sobreponerte a tu angustia.

– No estoy angustiado.

– Sí lo estás.

Dicho esto, me despidió.

Un miércoles por la mañana, un camión explotó al final del bulevar, llevándose por delante dos edificios. Había por lo menos un centenar de cadáveres descoyuntados en el suelo. La explosión había cavado un cráter de dos metros de profundidad y había roto la mayoría de los escaparates de los alrededores. Jamás había visto a Sayed en ese estado. Se agarraba la cabeza con ambas manos y, tambaleándose por la acera, contemplaba los destrozos. Comprendí que las cosas no habían ocurrido como estaba previsto, pues desde el principio de las hostilidades, y hasta entonces, el barrio se había librado.

Amr y Rachid bajaron el cierre metálico, y Sayed me llevó de inmediato al otro lado del Tigris. De camino, telefoneó varias veces a unos «socios» y los invitó a reunirse con él urgentemente en el «número dos». Usaba un lenguaje codificado que parecía una conversación intrascendente entre comerciantes. Llegamos a un barrio periférico erizado de edificios decrépitos donde se pudría un populacho entregado a sí mismo, y luego entramos en el patio de una casa donde dos coches acababan de aparcar. Sus ocupantes, dos hombres trajeados, nos acompañaron hasta el interior de la casa. Yacín se unió a nosotros unos minutos después. Era el que estaba esperando Sayed para abrir la sesión. La reunión duró apenas un cuarto de hora. Trató básicamente del atentado que acababa de producirse en el bulevar. Los tres hombres se consultaron con la mirada, incapaces de adelantar una hipótesis. No sabían quién estaba detrás del atentado. Adiviné que Yacín y los dos desconocidos eran jefes de grupos que operaban en los barrios colindantes con el bulevar y que el atentado de la mañana los había pillado desprevenidos a los tres. Sayed dedujo que un nuevo grupo, desconocido y lógicamente disidente, intentaba inmiscuirse en su sector y que había que identificarlo imperativamente para evitar que echara a perder sus planes de acción y, consecuentemente, desbaratara la demarcación operacional vigente. Se levantó la sesión. Los dos primeros en llegar se fueron, y luego lo hizo Sayed, que, antes de meterse en su coche, me confió a Yacín «hasta nueva orden».

Yacín no estaba encantado de incorporarme a su grupo, sobre todo ahora que unos desconocidos se habían puesto a pisarle los callos. Se limitó a llevarme a un escondite, al norte de Bagdad; una ratonera apenas más ancha que una cabina con dos literas y un armario enano. La ocupaba un joven filiforme, con el rostro afilado y la ganchuda nariz suavizada por un fino bigote rubio. Estaba durmiendo cuando llegamos. Yacín le explicó que debía alojarme dos o tres días. El joven asintió con la cabeza. Cuando se fue Yacín, me ofreció la cama de abajo.

– ¿Te persigue la pasma? -me preguntó.

– No.

– ¿Acabas de llegar?

– No.

Pensó que no me apetecía entablar una conversación con él y no insistió.

Permanecimos sentados el uno al lado del otro hasta mediodía. Estaba furioso con Yacín, y con todo lo que me ocurría. Tenía la sensación de ser paseado de aquí para allá como una vulgar maleta.

– Bueno -dijo el joven-, voy a comprar unos bocadillos. ¿Pollo o pinchitos de cordero?

– Tráeme lo que quieras.

Se puso la chaqueta y salió al descansillo. Lo oí bajar corriendo las escaleras, y luego nada. Agucé el oído. Ni un ruido. El edificio parecía abandonado. Me acerqué a la ventana y vi al joven apresurarse hacia la plaza. Un sol velado clavaba sus luces sobre el barrio. Tenía ganas de abrir la ventana y vomitar al vacío.

El joven me trajo un bocadillo de pollo envuelto en periódico. Le di un par de bocados y lo dejé sobre el armario, con el vientre encogido.

– Me llamo Obid -me dijo el joven.

– ¿Qué pinto yo aquí?

– No lo sé. Yo sólo llevo una semana. Antes vivía en el centro de la ciudad. Allí era donde actuaba. Luego escapé por los pelos de una redada de la policía, así que estoy esperando que se me asigne otro sector, o puede que otra ciudad… ¿Y tú?

Fingí no haber oído la pregunta.

Por la noche, me quedé aliviado al ver llegar a uno de los gemelos, Hossein. Anunció a Obid que un coche lo recogería el día siguiente. Obid dio un bote de alegría.

– ¿Y yo?

Hossein me gratificó con una amplia sonrisa:

– Tú te vienes ahora mismo conmigo.

Hossein conducía un cochecito destartalado. Era torpe y no paraba de tropezar con las aceras. Conducía tan mal que la gente se apartaba instintivamente de él. Él se reía: le divertía provocar pánico y volcar cosas. Pensé que estaba borracho o drogado. Ni lo uno ni lo otro; no sabía conducir, y su permiso era tan falso como los papeles del coche.

– ¿No temes que te detengan? -le pregunté.

– ¿Por qué? Todavía no he atropellado a nadie.

Empecé a relajarme cuando salimos indemnes de los barrios populosos. Hossein soltaba risotadas por cualquier cosa. Nunca lo había visto así. En Kafr Karam, era ciertamente amable, aunque un tanto cerrado de mollera.

Hossein detuvo su cacharro a la entrada de un barrio que había sido duramente castigado por disparos de misiles. Las casuchas parecían abandonadas. Sólo al cruzar una especie de línea de demarcación me di cuenta de que la población se escondía. Más adelante, me enteraría de que era una señal para indicar la presencia de un fedayín. Para evitar llamar la atención de los militares y de la policía, la gente tenía orden de mantenerse a raya.

Caminamos por una callejuela pestilente hasta una casa grotesca de tres pisos. Nos abrieron el otro gemelo, Hasán, y un desconocido. Hossein me lo presentó. Se llamaba Lliz y era el inquilino, un treintañero demacrado que parecía recién escapado de un quirófano. Nos sentamos de inmediato a comer. La comida estaba buena, pero no le hice los honores. Al caer la noche, se oyó el lejano eructo de una bomba. Hasán miró su reloj y dijo: «¡Adiós, Marwan! Nos veremos en el cielo». Marwan debía de ser el kamikaze que acababa de saltarse por el aire.

Luego Hasán se dio la vuelta hacia mí:

– No sabes cuánto me alegra volver a verte, primo.

– ¿Sólo estáis vosotros tres en el grupo de Yacín?

– ¿No te parece bastante?

– ¿Dónde están los demás?

Hossein soltó una carcajada.

Su hermano le dio una palmada en la rodilla para que se calmara.

– ¿Qué entiendes por «los demás»?

– El resto de vuestra banda de Kafr Karam: Adel el Ingenuo, Salah el yerno del ferretero y Bilal el hijo del barbero.

Hasán asintió:

– Salah está ahora mismo con Yacín. Parece ser que un grupo disidente pretende tomarnos la delantera… En cuanto a Adel, murió. Debía suicidarse con bomba en un centro de reclutamiento de la policía. Yo no estaba de acuerdo con que le confiaran una misión como ésa. Adel no estaba muy bien de la cabeza. Yacín dijo que era capaz de hacerlo. Así que le colocaron un cinturón con explosivos. Cuando llegó al centro, Adel había olvidado cómo activar el detonador. Y eso que era sencillo. Bastaba con pulsar un botón. Se lió y se cabreó. Entonces se quitó la chaqueta y se puso a golpear su cinturón. Los jóvenes que hacían cola para ser reclutados vieron lo que Adel llevaba alrededor del cuerpo y se largaron. En el patio sólo quedó Adel, empeñado en recordar cómo activar el detonante. Por supuesto, los polis le dispararon y Adel se desintegró sin herir a nadie.

Hossein se carcajeó haciendo contorsiones:

– Sólo a Adel se le podía ocurrir acabar así.

– ¿Y Bilal?

– Nadie sabe qué ha sido de él. Debía recoger a un responsable de la resistencia en Kirkuk. El responsable se quedó esperando en el punto de encuentro, y Bilal nunca se presentó. Seguimos sin saber lo que le ha ocurrido… Hemos buscado en los depósitos de cadáveres, en los hospitales, en todas partes, hasta en la policía y los cuarteles donde tenemos a gente nuestra, nada… Tampoco ningún rastro del coche.

Me quedé una semana en casa de Lliz. Soportando las risas tontas de Hossein. Hossein estaba medio tocado. Algo se había quebrado en su mente. Su hermano ya sólo le encargaba hacer las compras. El resto del tiempo, Hossein se quedaba apalancado en un sillón viendo la tele hasta que alguien lo mandara a comprar comida o a buscar a alguien.

Yacín me permitió una sola vez apoyar a Hasán y a Lliz. Nuestra misión consistía en trasladar a un rehén desde Bagdad hasta una cooperativa agrícola. Salimos a plena luz del día. Lliz conocía todos los atajos que permitían sortear los puestos de control. Se trataba de una europea, miembro de una ONG, raptada en el dispensario donde trabajaba como médico. Estaba encerrada en el sótano de un chalé, cerca de una comisaría. La transferimos sin problema, ante las narices de la policía, y la entregamos a otro grupo recluido en una granja, a unos veinte kilómetros al sur de la ciudad.

Pensé que, tras esa hazaña, se confiaría más en mí y se me asignaría una segunda misión. Nada de eso. Pasaron tres semanas sin que Yacín recurriera a mí. Venía de cuando en cuando a visitarnos, charlaba largo y tendido con Hasán y Lliz; a veces comía con nosotros; luego, Salah el yerno del ferretero pasaba a recogerlo, y yo me quedaba igual que antes.

15

Había dormido mal. Creía haber soñado con Kafr Karam, pero no estaba seguro. Perdí el hilo justo cuando abrí los ojos. Tenía la cabeza repleta de imágenes indefinidas, fijas en una pantalla que olía a chamusquina, y me levanté con el relente de mi pueblo metido en la nariz.

Sólo me había quedado de mi sueño, profundo y sin eco, el dolor punzante que me atenazaba las articulaciones. No me sentí encantado al reconocer la habitación donde me marchitaba desde hacía semanas esperando no se sabe qué. Tenía la impresión de ser la más pequeña de las muñecas rusas, de que mi habitación era la siguiente, la casa la mayor, y el fétido barrio la tapadera. Estaba atrapado en mi cuerpo como un ratón en una trampa. Mi mente corría enloquecida sin hallar escapatoria. ¿Era esto la claustrofobia?… Necesitaba salirme de mis casillas, explotar como una bomba, ser útil para algo, asemejarme a la desgracia.

Fui tambaleándome hasta el cuarto de baño. La toalla colgada de un clavo estaba negra de mugre. Al cristal no le habían pasado un trapo desde hacía lustros. Apestaba a orina estancada y a moho; me daban ganas de vomitar.

Sobre el lavabo mancillado, un trozo de jabón abollado junto a un tubo de dentífrico intacto. El espejo me devolvió el rostro ajado de un joven en las últimas. Me miré como se mira a un extraño.

No había agua corriente. Fui a la planta baja. Hundido en su sillón, Hossein veía una película animada en la tele. Se reía ahogadamente a la vez que picoteaba en un plato de almendras tostadas. En la pantalla, una pandilla de gatos callejeros, recién salidos de sus cubos de basura, se metían con un gatito aterrado. Hossein disfrutaba viendo el miedo que estaba pasando el animalillo extraviado en la jungla de asfalto.

– ¿Dónde están los demás? -le pregunté.

No me oyó.

Me dirigí a la cocina, me hice café y regresé al salón. Hossein había zapeado; ahora estaba pendiente de un combate de lucha libre.

– ¿Dónde están Hasán y Lliz?

– No tengo por qué saberlo -refunfuñó-. Debían regresar antes del anochecer, pero aún no han vuelto.

– ¿Nadie ha llamado?

– Nadie.

– ¿Piensas que puede haberles ocurrido algo?

– Si mi gemelo tuviese problemas, lo notaría.

– Quizá deberíamos llamar a Yacín para saber algo más.

– Está prohibido. Siempre llama él.

Eché una ojeada por la ventana. Fuera, las calles rebosaban de claridad matutina. Pronto la gente saldría de sus cuchitriles y los chavales invadirían la zona como langostas.

Hossein manipuló el mando a distancia e hizo desfilar distintas cadenas por la pantalla. Ningún programa retuvo su interés. Se meneó en el sillón, sin apagar la tele.

Me dijo bruscamente:

– ¿Te puedo hacer una pregunta, primo?

– Claro.

– ¿De verdad de la buena? ¿Me contestarás sin rodeos?

– ¿Por qué no?

Echó la cabeza hacia atrás con esa risa que me crispaba y que ya estaba empezando a odiar. Era una risa absurda, que soltaba sin ton ni son. No paraba de oírlo, de día y de noche. Porque Hossein no dormía nunca. Se pasaba el día y la noche en el sillón, con el mando en la mano a modo de varita mágica, cambiando de mundo y de idioma cada cinco minutos.

– ¿Me contestarías con franqueza?

– Lo intentaría.

Sus ojos brillaron de una manera extraña, y sentí lástima por él.

– ¿Piensas que estoy… chalado?

La garganta se le encogió con la última palabra. Parecía tan desgraciado que me sentía turbado.

– ¿Por qué dices eso?

– Eso no es una respuesta, primo.

Intenté mirar hacia otra parte, pero sus ojos me lo impidieron.

– No creo que estés… chalado.

– ¡Mentiroso! En el infierno te colgarán por la lengua sobre una barbacoa… Eres como los demás, primo. Dices una cosa y piensas la contraria. Pero desengáñate, no estoy chiflado. Tengo la cabeza en su sitio, y con todos sus accesorios. Sé contar con los dedos, y sé leer en las miradas lo que la gente me oculta. Es cierto que no consigo controlar mi risa, pero no por eso estoy chalado. Me río porque… porque… la verdad es que no sé por qué. Son cosas que no se explican. Pillé el virus cuando vi a Adel el Ingenuo ponerse nervioso al no conseguir dar con el detonador que debía hacer estallar la bomba que llevaba puesta. Yo no andaba lejos, y lo observaba mientras se mezclaba con los aspirantes en el patio de la policía. Al principio, me entró el pánico. Y cuando estalló con los disparos de la policía, creí desintegrarme con él…

Yo le tenía mucho aprecio. Se crió en nuestro patio. Pero luego, pasado el luto, cada vez que lo recuerdo manoseando su cinturón con explosivos y renegando, suelto la carcajada. Resultaba tan descabellado, tan alucinante… Pero no por eso estoy loco. Sé contar con los dedos, y sé apartar el grano de la paja.

– Yo nunca he dicho que estés loco, Hossein.

– Los demás tampoco. Pero lo piensan. ¿Crees que no me he dado cuenta? Antes, me metían en el fregado sobre la marcha. Emboscadas, secuestros, ejecuciones, era el primero de la fila… Ahora, me mandan a la compra o a recoger a alguien en mi trasto viejo. Cuando me presento voluntario para un asunto gordo, me dicen que no merece la pena, que se bastan y que no conviene desproteger los flancos. ¿Qué significa eso de desproteger los flancos?

– A mí tampoco me han confiado todavía ninguna tarea.

– Tienes suerte, primo. Porque te voy a decir yo lo que pienso. Nuestra causa es justa, pero la defendemos muy mal. Si de cuando en cuando me río, también puede que sea por eso.

– Ahora estás diciendo tonterías, Hossein.

– ¿Adónde nos lleva esta guerra? ¿Tú le ves un final?

– Cállate, Hossein.

– Sin embargo, es la verdad. Lo que está ocurriendo no tiene sentido. Matanzas, más y más matanzas. De día y de noche. En la plaza, en la mezquita. Ya no se sabe quién es quién, y todo el mundo está en el punto de mira.

– Estás desvariando…

– ¿Sabes cómo murió Adnán, el hijo del panadero? Cuentan con mucha solemnidad que se abalanzó contra un puesto de control. Es mentira. Estaba harto de tanta carnicería. Se dedicaba a tiempo completo a tirotear a unos y a dinamitar a otros. A disparar en los zocos contra civiles. Hasta que una mañana hizo estallar un autobús escolar, y un crío quedó colgado de la copa de un árbol. Cuando los auxilios llegaron, metieron a los muertos y heridos en ambulancias y los llevaron al hospital. Hasta dos días después no vieron unos transeúntes al crío pudriéndose en el árbol. Y aquel día, Adnán estaba allí, por pura casualidad. Entonces vio a unos voluntarios bajar al niño de su rama. Ni te cuento. Nuestro Adnán se cambió de chaqueta. Se convirtió en su opuesto. Dejó de ser el matón de siempre. Y una noche se puso un cinturón con barras de pan alrededor del cuerpo para simular dinamita y fue a provocar a los militares ante su garita. Abrió de repente su abrigo para mostrarles su atavío y los soldados lo dejaron como un coladero. Lo hicieron papilla. Como el cinturón no explotaba, los soldados seguían disparando. Vaciaron sus cargadores y los de sus compañeros. Luego no hubo manera de distinguir los trozos de carne de los de pan… Ésa es la verdad, primo. Adnán no murió luchando, buscó intencionadamente la muerte, sin armas ni gritos de guerra; simplemente se suicidó.

De ningún modo pensaba quedarme un minuto más con Hossein. Dejé mi taza de café sobre el aparador y me levanté para salir a la calle.

Hossein no se movió de su sillón.

Me dijo:

– Todavía no has matado a nadie, primo. Así que ábrete… Ahueca el ala y piérdete por ahí lejos sin mirar atrás. Yo ya lo habría hecho si un batallón de fantasmas no me tuviese agarrado por los bajos del pantalón.

Lo miré de hito en hito como si pretendiera fundirlo con la mirada.

– Pienso que Yacín tiene razón, Hossein. Sólo vales para hacer la compra.

Dicho esto, salí y cerré dando un portazo.

Fui a contemplar el Tigris. Dando la espalda a la ciudad. La mirada clavada en el río, para olvidar los edificios de la otra orilla. Pensaba en Kafr Karam. Recordaba el estadio arenoso donde los mocosos daban patadas al balón, las dos palmeras convalecientes, la mezquita, al barbero rapando cráneos con forma de colinabo, los dos cafés que se ignoraban con soberbia, los hilachos de polvo revoloteando por la pista plateada; luego, el cráter donde Kadem me hacía escuchar a Fairuz y los horizontes tan muertos como las estaciones… Intenté volver atrás, regresar al pueblo; mis recuerdos se negaban a seguirme. El deshilvanado discurrir de las evocaciones se embaló, se bloqueó y desapareció debajo de una gran mancha oscura, y me vi de nuevo en Bagdad, con sus arterias esquilmadas, con sus explanadas concurridas por espectros, sus árboles harapientos y su trajín. El sol achicharraba, tan cercano que parecía al alcance de una manguera de bombero. Creo que crucé buena parte de la ciudad sin reparar en absoluto en lo que había caminado, visto y oído. No había dejado de errar desde que dejé a Hossein.

Como el río no bastaba para ahogar mis pensamientos, seguí caminando. Sin saber por dónde tirar. Mi presencia en Bagdad venía a ser como una idea fija perdida en el rumor de la nada. Me sentía asediado por sombras turbulentas cual grano de arena en medio de una tormenta.

No me gustaba esta ciudad. No representaba nada para mí. No significaba nada. La recorría como si fuera un territorio maldito; ella me padecía como si yo fuera un cuerpo extraño. Éramos dos desgracias incompatibles, dos mundos paralelos que caminaban uno al lado del otro sin encontrarse nunca.

A mi izquierda, bajo una pasarela metálica, un furgón averiado atraía a la chiquillería. Más allá, cerca del estadio donde ahora callaban los clamores, unos camiones norteamericanos salían de una zona militar. Kafr Karam volvió a aparecérseme en medio del zumbido del convoy. De nuestra casa, sumida en la penumbra, sólo distinguía el árbol indefinible bajo el cual ya nadie se sentaba. Tampoco había nadie en el patio. La casa estaba vacía, no había un alma, ni un fantasma. Busqué a mis hermanas, a mi madre… Nadie. Aparte del rasguño en el cuello de Bahia, ni un rostro, ni la menor silueta furtiva. Era como si esos seres, antaño tan queridos, hubiesen quedado borrados de mi recuerdo. Algo se había roto en mi memoria, sepultando al derrumbarse toda huella de los míos…

El rugido de un camión me catapultó de un bote a la acera.

– Espabila, gilipollas -me gritó el chófer-. ¿Dónde crees que estás? ¿En el patio de tu madre?

Unos transeúntes se detuvieron, dispuestos a congregar a su alrededor a otros curiosos. Increíblemente, en Bagdad el menor incidente generaba un gigantesco tumulto. Esperé que el chófer siguiera su camino para cruzar la calle.

Los pies me ardían dentro de los zapatos.

Llevaba horas errando.

Me senté en la terraza de un café y pedí un refresco. No había comido nada en todo el día, pero tampoco tenía hambre. Sólo estaba agotado.

– No puede ser -dijo alguien detrás de mí.

¡Qué alegría! Menudo alivio cuando reconocí a Omar el Cabo. Iba embutido en un mono de trabajo, con el tripón medio fuera.

– ¿Qué andas haciendo tú por aquí?

– Estoy bebiendo un refresco.

– Lo hay en todos los cafés. ¿Por qué éste?

– Haces demasiadas preguntas, Omar, y no me encuentro muy bien.

Abrió los brazos para abrazarme. Sus labios apretaron largamente mis mejillas. Estaba realmente contento de verme. Agarró una silla y se dejó caer sobre ella secándose con un pañuelo.

– Me estoy derritiendo como un queso -dijo jadeando-. Me alegro mucho de verte, primo. De verdad.

– Yo también.

Dio una voz al camarero y se pidió una limonada.

– Bueno, ¿y qué cuentas?

– ¿Cómo está Hany?

– ¡Ah, ése! Es un lunático. Nunca sabes por dónde cogerlo.

– ¿Sigue con la intención de exiliarse?

– Se perdería en cualquier parte. Es muy de ciudad. Pide auxilio en cuanto pierde de vista su bloque. Me estaba picando, ¿sabes? Quería saber si realmente le tenía afecto… ¿Y tú?

– ¿Sigues con tu antiguo brigada?

– ¿Dónde quieres que vaya? Él, por lo menos, cuando la cosa está chunga, me adelanta pasta. Es un buen tipo… No me has dicho qué estás haciendo por aquí.

– Nada. No paro de dar vueltas.

– Ya veo… No hace falta que te diga que sigues pudiendo contar conmigo. Si quieres volver a trabajar con nosotros, no hay problema. Nos achucharíamos un poco más.

– ¿No tienes pensado ir a Kafr Karam? Tengo algún dinero para mi familia.

– Por ahora no… ¿Por qué no regresas allá, ya que finalmente no sabes lo que pintas en Bagdad?

Omar intentaba sondearme. Se moría de ganas de saber si podía volver a sacar a relucir los temas que me enojaban. Lo que leyó en mi mirada le hizo retroceder. Levantó ambas manos:

– Era sólo una pregunta -me dijo, conciliador.

Mi reloj marcaba las tres y cuarto.

– Tengo que regresar -dije.

– ¿Está lejos?

– Un trecho.

– Puedo llevarte, si quieres. Mi furgoneta está en la plaza.

– No, no quiero molestarte.

– No me molestas, primo. Acabo de entregar un arcón por aquí, ya no tengo más reparto.

– Cuidado, que vas a tener que dar un gran rodeo para regresar.

– Tengo bastante gasolina en el depósito.

Se bebió de un trago su limonada e hizo una señal al cajero para que no me cobrara.

– Me la apuntas en mi lista, Saad.

El cajero rechazó mi dinero y apuntó la cuenta en un trozo de papel, así como el nombre de Omar.

La tarde empezaba a caer. Los últimos espasmos del sol salpicaban los tejados de los edificios. Los ruidos de la calle iban amortiguándose. El día había sido duro; tres atentados en el centro de la ciudad y una escaramuza alrededor de una iglesia.

Estábamos en casa de Lliz. Yacín, Salah, Hasán y el dueño se encerraron en una habitación, en el piso de arriba. Seguramente para preparar una próxima correría. A Hossein y a mí no se nos invitó al briefing. Hossein fingía que le daba igual, pero yo lo notaba muy afectado. Yo estaba furioso y, como él, rumiaba mi cólera calladamente.

La puerta de arriba chirrió; un barullo de palabras nos informó del final del conciliábulo. Salah fue el primero en bajar. Había cambiado mucho. Era enorme, con su jeta de gorila de discoteca y sus puños velludos siempre cerrados, como si estuviese estrangulando a una serpiente. Todo en él parecía bullir. Era como un volcán. Hablaba poco, nunca daba su opinión y mantenía las distancias con los demás. Sólo obedecía a Yacín, del que no se despegaba.

Cuando nos vimos por primera vez, ni siquiera me saludó.

Yacín, Hasán y Lliz estuvieron un rato charlando en lo alto de la escalera antes de unirse a nosotros. Sus rostros no expresaban tensión ni entusiasmo. Se sentaron en el banco acolchado, frente a nosotros. Hossein recogió con desgana el mando a distancia que andaba tirado a sus pies y apagó la tele.

– ¿Has fundido el motor de tu coche? -le preguntó Yacín.

– Nadie me dijo que había que echarle aceite.

– Hay luces en el cuadro de mandos.

– Vi que se encendía una luz roja, pero no sabía por qué.

– Pudiste preguntar a Hasán.

– Hasán hace como si yo no existiera.

– ¿Qué estás contando? -le preguntó su hermano gemelo.

Hossein esbozó un gesto con la mano y se levantó con esfuerzo de su sillón.

– Te estoy hablando -le recordó Yacín en tono autoritario.

– No estoy sordo, es que voy a mear.

Salah se estremeció de pies a cabeza. No le gustaba nada la actitud de Hossein. Si por él fuera, le habría ajustado de inmediato las cuentas. Salah no toleraba que se faltara al respeto al jefe. Resopló con fuerza y cruzó los brazos sobre el pecho, apretando las mandíbulas.

Yacín consultó con la mirada a Hasán. Éste abrió los brazos en señal de impotencia y fue hacia el aseo. Le oímos llamar la atención a su hermano en voz baja.

Lliz nos propuso una taza de té.

– No tengo tiempo -le dijo Yacín.

– No tardo ni un minuto -insistió el dueño de la casa.

– En ese caso, te quedan cincuenta y ocho segundos.

Lliz salió volando hacia la cocina.

Sonó el móvil de Yacín. Se lo llevó a la oreja, escuchó; se le descompuso la cara. Se levantó bruscamente, se acercó a la ventana, pegado de espalda a la pared, y, con cuidado, apartó un poco la cortina.

– Los veo -dijo en su móvil-. ¿Qué coño hacen ahí?… Nadie sabe que estamos por el barrio. ¿Estás seguro de que van a por nosotros?… -pidió con la otra mano a Salah que subiera al piso para ver lo que ocurría en la calle. Salah subió los escalones de cuatro en cuatro. Yacín siguió hablando por el móvil-. Que yo sepa, en este sector no ha habido follón.

Hasán, que regresaba del aseo, se dio cuenta de inmediato de que algo iba mal. Se deslizó al otro lado de la ventana y, a su vez, apartó despacio la cortina. Lo que vio le echó atrás. Soltó un taco y fue en busca de un fusil ametrallador oculto en un armario, avisando de paso a Lliz, que estaba preparando té.

Salah bajó, imperturbable.

– Hay por lo menos unos veinte maderos rodeando la casa -anunció sacándose una pistola de grueso calibre de la cintura.

Yacín escrutó el tejado de enfrente y torció el cuello para observar las terrazas vecinas. Dijo en su móvil:

– ¿Tú dónde estás exactamente?… Muy bien. Los pillas por detrás y nos abres una brecha en su dispositivo… ¿Por la calle del garaje, estás seguro? ¿Cuántos son? Lo hacemos así. Tú los entretienes y yo me encargo de lo demás.

Cerró la tapa de su teléfono y nos dijo:

– Creo que un cabrón nos ha vendido. Los polis están en los tejados norte, este y sur. Jawad y sus hombres nos van a echar una mano para sacarnos de aquí. Vamos a lanzarnos hacia el garaje. Tendremos enfrente a unos tres o cuatro de esos vendidos.

Lliz estaba aterrorizado.

– Yacín, te aseguro que no hay topos en el barrio.

– Ya hablaremos de eso luego. Ahora apáñatelas para que salgamos de aquí más o menos enteros.

Lliz fue en busca de un lanzagranadas de marca soviética. Justo cuando llegaba al centro del salón, un cristal estalló y Lliz cayó hacia atrás, fulminado. La bala, probablemente disparada desde la terraza de enfrente, le había destrozado la mandíbula superior. La sangre empezó a brotar de su cara y a ramificarse por el enlosado. De inmediato una lluvia de proyectiles inundó la sala, pulverizando la plata, acribillando las paredes y levantando una nube de polvo y de fragmentos de todo tipo a nuestro alrededor. Nos tiramos al suelo, reptamos hacia hipotéticos refugios. Salah disparó a ciegas hacia la ventana; vació su cargador gritando como un salvaje. Yacín, más tranquilo, permanecía agachado en el mismo lugar donde estaba. Miraba con fijeza el cuerpo desarticulado de Lliz mientras pensaba en lo que debía hacer. Hossein se ocultó en el pasillo, con la bragueta abierta. Cuando vio a Lliz tirado en el suelo, soltó una carcajada.

Salah se abalanzó sobre el lanzagranadas, lo montó y, con un gesto de la cabeza, nos ordenó salir del salón. Hasán cubrió a Yacín, que corrió a refugiarse en el pasillo. El tiroteo se detuvo de repente y sólo se oyeron, en medio de un silencio de muerte, los gritos lejanos de las mujeres y de los niños. Hasán aprovechó la tregua para empujarme delante de él.

Las crepitaciones se reanudaron con mayor intensidad. Esta vez ningún proyectil nos alcanzó. Yacín nos explicó que Jawad y sus hombres intentaban llamar la atención de los policías, y que era la señal para que saliéramos por detrás. Salah apuntó su lanzagranadas hacia una terraza y disparó. Una monstruosa explosión me taladró los tímpanos, seguida de una deflagración, y un humo espeso y corrosivo invadió la sala.

– Largaos -nos gritó Salah-. Yo os cubro.

Estupefacto, eché a correr tras los demás. Las ráfagas se sucedían estrepitosamente. Las balas rebotaban a mi alrededor, silbando junto a mis oídos. Corría encorvado, con las manos pegadas a las sienes, y me parecía que atravesaba las paredes. Pasé por un tragaluz y aterricé sobre un montón de basura. Hossein soltaba risotadas mientras corría hacia adelante. Su hermano lo alcanzó y le obligó a seguirlo por una callejuela. Nos dispararon desde enfrente. Detrás de nosotros se produjo una explosión. Alguien aulló, segado por los destellos. Sus gritos ocuparon mi mente un largo rato. Apreté los dientes y corrí, corrí como nunca había corrido en mi vida…

16

Yacín se atragantaba de rabia. En el escondite donde nos acabamos metiendo tras conseguir sortear la encerrona de la policía sólo se le oía a él. Golpeaba los muebles, daba patadas a las puertas. Hasán miraba al suelo, cruzado de brazos. Su gemelo estaba encogido en el vestíbulo, sobre el suelo, con la cabeza entre las rodillas y las manos encima de la nuca. Salah no estaba, y eso era lo que más enfurecía a Yacín. ¡Estaba acostumbrado a las emboscadas, pero no a dejar tras él a su más fiel lugarteniente!…

– Quiero la cabeza del traidor que nos ha vendido -amenazaba-. La quiero sobre una bandeja.

Miró su móvil.

– ¿Por qué no llama Salah?

Descompuesto entre la ira y la preocupación, Yacín perdía su sangre fría. Cuando no nos ametrallaba con su saliva blancuzca, lo volcaba todo a su paso.

Acabábamos de meternos en nuestro nuevo refugio y ya no quedaba nada en pie.

– No había topos en el barrio -no dejaba de repetir-, Lliz fue categórico. Hacía meses que estábamos allí, y ni una sola vez nos buscaron las cosquillas. No hay duda, o tú -me fusiló con el dedo- o Hossein habéis metido la pata.

– Yo no he metido la pata -refunfuñó Hossein-. Además, dejad de tomarme por un tarado.

Eso era exactamente lo que estaba esperando Yacín, exacerbado por nuestro mutismo. Se abalanzó sobre el gemelo, lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó por encima del suelo.

– A mí no me hables con ese tono, ¿te has enterado?

Hossein dejó caer sus brazos a lo largo del cuerpo en señal de sumisión, pero mantuvo la cara bien alta para que el jefe viera que no le temía.

Yacín lo soltó con hosquedad y vio cómo se deslizaba contra la pared y volvía a adoptar su posición inicial. Cuando se volvió hacia mí, sentí cómo sus ojos incandescentes me atravesaban de parte a parte.

– ¿Y tú qué? ¿Estás seguro de no haber dejado una piedrecita blanca en tu camino?

Yo seguía aturdido. Las detonaciones y los gritos retumbaban en mi cabeza. No podía creer que hubiésemos salido de ésta sanos y salvos tras habernos chupado un diluvio de fuego y corrido como locos y a tiro limpio por multitud de callejuelas. Ni siquiera notaba las piernas que me llevaban, extenuado, descompuesto, alucinado. Lo último que deseaba era pasar por una prueba más. Y la mirada de Yacín caía sobre mí como una cuchilla.

– ¿No habrás entablado amistad con un desconocido? ¿O habrás soltado algo que no debías a alguien?

– No conozco a nadie.

– ¿A nadie?… ¿Entonces cómo te explicas la putada que nos acaban de hacer hace un rato? Hacía meses que estábamos apalancados en aquella casa. O eres gafe o has sido imprudente. Mis hombres están curtidos. Miran dos veces dónde pisan. Eres el único que no se ha integrado del todo. ¿A quién ves fuera del grupo? ¿Dónde vas cuando sales de casa? ¿A qué dedicas tu tiempo?…

Me asaeteaba a preguntas, una tras otra, sin dejarme tiempo para colocar una palabra o recobrar el aliento. Mis manos no conseguían contenerlas ni repelerlas. Yacín intentaba ponerme contra las cuerdas. Yo era el eslabón más débil y necesitaba un chivo expiatorio. Siempre ha sido así; cuando no se encuentra sentido a la desgracia, se le busca un responsable. Yo iba desgranando negativas, intentaba resistirme, defenderme, no dejarme impresionar cuando, de repente, gritando de rabia, y sin darme cuenta, se me escapó el nombre de Omar el Cabo. Quizá fuera el cansancio, o el hastío, o bien una manera de sustraerme a la mirada absolutamente innoble de Yacín. No pude evitar meter la pata. Habría vendido mi alma con tal de tragarme mis palabras, pero el rostro de Yacín se había convertido en un brasero.

– ¿Qué? ¿Omar el Cabo?

– Nos vemos de cuando en cuando, eso es todo.

– ¿Sabía dónde te alojabas?

– No. Una sola vez me dejó en la plaza. Pero no me acompañó hasta la casa. Nos despedimos a la altura de la gasolinera.

Esperaba que Yacín rechazara la historia con un revés de la mano y se volviera a meter con Hossein, o la tomara con Hasán. Estaba equivocado.

– ¿Estoy soñando o qué? ¿Has traído a ese canalla hasta nuestro escondrijo?

– Me recogió en la calle y aceptó amablemente llevarme hasta la gasolinera. Omar no podía saber adónde iba. Además, se trata de Omar, no de cualquiera. Jamás nos denunciaría.

– ¿Sabía que estabas conmigo?

– Por favor, Yacín, esto no puede ser.

– ¿Lo sabía?

– Sí…

– ¡Imbécil!… ¡Cretino! Te has atrevido a traer a ese cagado hasta…

– Él no ha sido.

– ¿Y tú qué sabes? Bagdad, el país entero está infestado de chivatos y de colaboracionistas.

– Espera, espera, Yacín, aquí te equivocas…

– ¡Cierra el pico! Tú te callas. No tienes nada que decir. Nada, ¿entiendes? ¿Dónde vive ese gilipollas?

Comprendí que había cometido un grave error, que Yacín no dudaría en matarme si no intentaba enmendarme. Esa misma noche me obligó a conducirlo hasta Omar. De camino, al notarlo más relajado, le supliqué que no se equivocara de persona. Me sentía mal, muy mal; no daba pie con bola; el remordimiento y el temor de estar en el origen de un terrible malentendido me tenían abatido. Yacín me prometió que si Omar no tenía nada que reprocharse, lo dejaría en paz.

Hasán conducía con un machete de monte debajo de la cazadora. La rigidez de su cuello me ponía la carne de gallina. Yacín contemplaba sus uñas en el asiento del copiloto, con el rostro hermético. Yo estaba encogido en el asiento trasero, con las manos húmedas, apretando los muslos para contener unas irresistibles ganas de mear.

Evitamos los puestos de control y las grandes arterias y nos fuimos escurriendo hasta llegar al barrio pobre donde había estado viviendo unos cuantos días. El edificio se hallaba en la oscuridad, como una funesta baliza; no había una sola ventana encendida, ninguna silueta a su alrededor. Debían de ser las tres de la mañana. Aparcamos el coche en un pequeño patio desastrado y, tras echar una ojeada a los alrededores, nos deslizamos en el edificio. Yo tenía copia de la llave. Yacín me la quitó de las manos y la introdujo en la cerradura. Abrió la puerta despacio, buscó a tientas el botón, encendió… Omar estaba tumbado sobre un jergón, en pelota viva, con una pierna por encima de la cadera de Hany, cuyo diáfano cuerpo estaba totalmente desnudo. Al principio, el espectáculo nos desconcertó. Yacín fue el primero en reponerse. Se plantó firmemente con las manos en las caderas y contempló en silencio ambos cuerpos desnudos y tumbados a sus pies.

– Miradme esto… Conocía a Omar el Borracho, y aquí tenemos a Omar el Sodomita. Ahora se cepilla a chavales. Esto es el no va más.

Había tanto desprecio en su voz que me atraganté.

Los dos amantes dormían como lirones, rodeados de botellas de vino vacías y de platos sucios. Apestaban. Hasán tocó con la punta de su zapato a Omar. Éste se meneó con pesadez, soltó un gorgoteo y siguió roncando.

– Márchate y espéranos en el coche -me ordenó Yacín.

Él era entre tres y cinco años mayor que yo, y estimaba que no estaba lo bastante curtido para asistir a un espectáculo tan indecente, especialmente delante de él.

– Me has prometido que si no tiene nada que ver lo dejarás tranquilo -le recordé.

– Haz lo que te digo.

Obedecí.

Unos minutos después, Yacín y Hasán regresaron al coche. Como no había oído gritos ni disparos, pensé que se había evitado lo peor. Luego vi a Hasán limpiarse las manos manchadas de sangre debajo de las axilas, y comprendí.

– Fue él -me anunció Yacín colocándose delante-. Lo ha confesado.

– Habéis estado menos de cinco minutos. ¿Cómo habéis conseguido que hablase tan pronto?

– Cuéntaselo, Hasán.

Hasán puso la primera y arrancó. Cuando llegamos al final de la calle, se volvió hacia mí y me declaró:

– Era él, primo. No tienes motivos para reconcomerte. Esa escoria no ha vacilado un segundo al vernos de pie delante de él. Nos escupió y dijo: «Que os follen».

– ¿Sabía por qué estabais allí?

– Lo supo en cuanto se despertó. Se rió en nuestras narices… Esas cosas están claras, primo. Créeme, era un canalla asqueroso, un cerdo y un felón. Ya no hará más daño.

Quería saber más, lo que había dicho exactamente Omar, qué había sido de su compañero Hany. Yacín se dio enteramente la vuelta hacia mí y soltó un bufido:

– ¿Quieres un informe en toda regla o qué? Cuando se está en guerra, no se anda uno con remilgos. Si crees que no estás preparado, déjalo ahora mismo. Y no hay más que hablar.

¡Cómo lo odié, Dios!, como nunca pensé que podría hacerlo. Él se dio cuenta del odio que me inspiraba, pues su mirada, que se autoproclamaba autosuficiente, dudó frente a la mía. En ese preciso instante supe que acababa de ganarme un enemigo mortal y que la próxima vez no me lo perdonaría.

Hacia mediodía, cuando estábamos todos comiéndonos las uñas en nuestro nuevo escondite, el teléfono de Yacín sonó. Era Salah. Se había librado de milagro. Por el reportaje que emitió la televisión sobre la redada, sólo quedaban ruinas de la casa de Lliz. La vivienda se había derrumbado bajo los impactos de gran calibre, y el fuego había arrasado buena parte de ella. Según el testimonio de los vecinos, la batalla duró toda la noche, y los refuerzos que acudieron al lugar del enfrentamiento no habían sino aumentado la confusión generada por el corte de electricidad y el pánico de los vecinos, algunos de los cuales habían sido alcanzados por balas perdidas y fragmentos de granadas.

Yacín recobró el color. Estuvo a punto de echarse a llorar al reconocer la voz de su lugarteniente al teléfono. Pero se contuvo de inmediato. Echó una bronca al superviviente, reprochándole su incomprensible silencio; luego, accedió a escucharlo sin interrumpirlo. Asentía con la cabeza, se pasaba una y otra vez el dedo por el cuello de la camisa mientras lo mirábamos en silencio. Al final, levantó la barbilla y dijo al aparato:

– ¿No puedes traerlo aquí?… Pregunta a Jawad, él sabe de transporte de paquetes…

Colgó y, sin dirigirnos la palabra, se metió en la habitación de al lado dando un portazo.

El «paquete» nos llegó por la noche, en el maletero de un coche conducido por un oficial de policía uniformado, un grandullón de frente maciza que había visto dos o tres veces en la tienda de Sayed. Nos encargaba televisores. Cuando venía a vernos iba de paisano. Él era Jawad, un mote, y ni se me habría ocurrido pensar que ocupaba el cargo de comisario adjunto del distrito.

Nos explicó que hasta volver de una misión de rutina no se enteró de que el grupo de asalto de su unidad había salido a operar.

– Cuando la central me comunicó las coordenadas de la intervención, no me lo pude creer. El comisario andaba tras vuestro escondrijo. Quiso marcarse el tanto en solitario para fastidiar a sus rivales.

– Pudiste avisarme de inmediato -le reprochó Yacín.

– No estaba seguro. Tu escondite era uno de los más seguros de Bagdad. No veía cómo iban a poder dar con él, con todas las alarmas que había puesto yo alrededor. Me habrían avisado. Para estar del todo seguro, fui allí personalmente, y fue cuando me di cuenta.

Levantó la tapa del maletero del coche aparcado en el garaje. En su interior, tumbado en postura fetal, un hombre respiraba medio asfixiado. Estaba embutido en un rollo de cinta adhesiva ancha, con la boca tapada y el rostro deformado y con marcas de golpes.

– Él os vendió. Estaba en el lugar de la redada, con el comisario, para enseñarle dónde os escondíais.

Yacín meneó la cabeza, consternado.

Salah hundió sus brazos musculosos en el maletero y sacó brutalmente al preso. Lo soltó en el suelo y lo alejó del coche a patadas.

Yacín se acuclilló delante del desconocido y le arrancó la mordaza:

– Como grites, te arrancaré los ojos y echaré tu lengua a las ratas.

El hombre debía de tener unos cuarenta años. Era delgaducho, de rostro caquéctico y sienes canosas. Se retorcía en su especie de camisa de fuerza como un gusano blanco.

– Yo ya he visto esta cara -dijo Hossein.

– Es vuestro vecino -dijo el oficial contoneándose con los dedos agarrados al cinturón-. Vivía en la casa que hacía esquina con la tienda de comestibles, la que tenía hiedra en la fachada.

Yacín se levantó.

– ¿Por qué? -preguntó al desconocido-. ¿Por qué nos has denunciado? ¡Santo Dios! Estamos luchando por ti.

– No os he pedido nada -replicó el soplón con desprecio-. ¿Cómo me van a salvar unos delincuentes como vosotros?… ¡Antes muerto!

Salah le propinó una fuerte patada en el costado. El soplón rodó, sin aliento. Esperó hasta haber recuperado el sentido para volver a la carga:

– Os tomáis por fedayines. Sólo sois unos criminales, unos vándalos asesinos de niños. No me dais miedo. Haced conmigo lo que queráis, pero no me quitaréis de la cabeza que sois unos perros rabiosos, unos forajidos perturbados… ¡Os odio!

Y nos escupió a todos, uno tras otro.

Yacín estaba estupefacto.

– ¿Ese fulano es normal? -preguntó.

– Del todo. Es maestro en un colegio de primera enseñanza -le confirmó el oficial de policía.

Yacín se cogió la barbilla entre el pulgar y el índice para reflexionar.

– ¿Cómo hizo para localizarnos? No estamos fichados en ninguna parte, no tenemos antecedentes penales… ¿Cómo habrá sabido quiénes éramos?

– Reconocería esa jeta entre millones de jetas de monos -dijo el soplón señalando con la cabeza a Salah-. Perro sarnoso, bastardo, hijo de puta…

Salah se dispuso a destrozarlo; Yacín lo disuadió.

– Yo estaba allí cuando te cargaste a Mohamed Sobhi, el sindicalista -contó el soplón, rojo de rabia-. Estaba en el coche que lo esperaba abajo de su casa. Te vi dispararle por la espalda cuando acabó de bajar las escaleras. Por la espalda. Cobardemente. ¡Cobarde traidor, aborto, asesino! Si tuviese las manos libres, te comería crudo. Sólo sirves para pegar tiros por la espalda y salir pitando como un conejo. Pero tú te crees un héroe y vas sacando pecho por la calle. Si Irak ha de ser defendido por cobardes como tú, más vale que se lo queden los perros y los golfos. Sois una gentuza, unos zumbados, unos…

Yacín le dio una patada en la cara, cortándolo en seco.

– ¿Has entendido algo de su delirio, Jawad?

El oficial de policía torció el labio hacia un lado:

– El sindicalista Mohamed Sobhi era su hermano. Este capullo reconoció a Salah cuando lo vio entrar en su casa. Fue a comisaría a dar parte.

Yacín hizo, con los labios hacia fuera, una mueca circunspecta.

– Volved a amordazarlo -ordenó-, y lleváoslo lejos de aquí. Quiero que muera lentamente, fibra a fibra, que se pudra antes de entregar el alma.

Salah y Hasán se encargaron de ejecutar la orden.

Volvieron a meter el «paquete» en el maletero del coche y salieron del garaje con los faros apagados, precedidos por el oficial de policía en el coche de Salah.

Hossein cerró el portal.

Yacín permaneció plantado en el sitio en que había estado interrogando al prisionero. La nuca gacha, los hombros caídos. Yo estaba detrás de él, a punto de saltarle encima.

Tuve que retroceder hasta lo más profundo de mi ser para recuperar el aliento y decirle:

– ¿Ves? Omar no tenía nada que ver.

Fue como si hubiese abierto la caja de Pandora. Yacín se estremeció de pies a cabeza, giró sobre sí mismo y, apuntándome con un dedo afilado como una espada, me dijo en un tono que me dejó helado:

– Una palabra más, sólo una palabra más, y te degüello con los dientes.

Dicho esto, me apartó con el revés de la mano y regresó a su habitación a zarandear los muebles.

Salí en plena noche.

Era una noche realmente estúpida, con su cielo olvidadizo de las estrellas y su relente de matadero; una noche consciente de haber caído muy bajo y que seguía ahí, sin más, viéndolo todo negro. En las luces anémicas de los bulevares, mientras el toque de queda se endurecía, entendí la incongruencia de los seres y de las cosas. Bagdad había puesto de patas en la calle hasta sus oraciones. Y yo había dejado de reconocerme en las mías. Rozaba las paredes como una sombra chinesca, apesadumbrado… ¿Pero qué he hecho?… ¡Dios todopoderoso! ¿Qué puedo hacer para que Omar me perdone?…

17

El sueño se había convertido en mi purgatorio. Apenas me quedaba dormido, volvía a huir por hileras de pasillos laberínticos, perseguido por la sombra de un antepasado. Estaba en todas partes. Hasta en mi jadeo descontrolado… Me despertaba sobresaltado, empapado de pies a cabeza, los brazos hacia adelante. Seguía allí. En la claridad del alba. En el silencio de la noche. Sobre mi cama. Me agarraba las sienes con ambas manos y me encogía tanto que desaparecía bajo las sábanas… ¿Pero qué he hecho?… Esa horrible pregunta me asediaba, me atrapaba en plena carrera, como el halcón a la avutarda. El fantasma de Omar se había convertido en mi animal de compañía, en mi pesar itinerante, en mi embriaguez y mi locura. Bastaba con que cerrase los párpados para que ocupara toda mi mente, y con que volviera a abrirlos para que ocultara el resto del mundo. Sólo quedábamos él y yo en el mundo. Éramos el mundo.

Por mucho que rezara, que le suplicara que me dejara en paz al menos un minuto, no había nada que hacer. Ahí seguía, silencioso y desconcertado, tan real que lo habría tocado alargando el brazo.

Pasó una semana y las cosas iban a peor, se alimentaban de mis obsesiones, se aprovechaban de mi fragilidad para envalentonarse y volver a la carga, atropellándose unas a otras, sin tregua ni descanso…

Sentía que me hundía progresivamente en la depresión.

Quería morirme.

Fui en busca de Sayed para notificarle mi deseo de acabar con mi vida. Me presenté voluntario para un atentado suicida. Era el atajo más convincente, y también el más provechoso. Llevaba tiempo dando vueltas a esa idea, mucho antes del error que condujo a la ejecución del Cabo. Se convirtió en idea fija. No tenía miedo. Me sentía desvinculado de todo. No veía qué podían tener los kamikazes que yo no tuviera. Se les oía saltar por los aires todas las mañanas en la plaza, todas las noches contra los recintos militares. Iban a la muerte como quien va a una fiesta, en medio de unos asombrosos fuegos artificiales.

– Pues ponte a la cola como los demás -me replicó Yacín-. Y espera tu turno.

Ya no había forma de que Yacín y yo nos entendiéramos. No me tragaba; yo lo odiaba a muerte. No paraba de buscarme las cosquillas, de interrumpirme cuando intentaba decir una palabra, de mandarme a paseo cuando pretendía ser útil. Nuestra relación degradaba la convivencia con los demás miembros de nuestro grupo; se mascaba la tragedia. Intentaba quebrantarme, disciplinarme. Yo no era un bala rasa, no cuestionaba su autoridad ni su carisma; lo odiaba, y él tomaba el desprecio que le tenía por insubordinación.

Sayed acabó rindiéndose ante la evidencia. La convivencia con Yacín podía acabar mal y poner en peligro a todo el grupo. Me permitió regresar a la tienda, y recuperé presurosamente mi cuchitril del primer piso. El fantasma de Omar siguió mis pasos; me tenía para sí solo, pero a pesar de todo yo prefería sus acosos a tener que ver a Yacín.

Ocurrió un miércoles. Regresaba del restaurante después de haber cerrado la tienda. Tras los edificios de la ciudad, el sol andaba enredado con sus encendidas aguadas. Sayed me acechaba desde la puerta. Sus ojos relucían en el fondo de la penumbra. Estaba sobreexcitado.

Subió conmigo a mi habitación y me agarró por los hombros:

– Hoy me han dado la mejor noticia de mi vida…

Me apretó contra él, radiante, y, sin poder contenerse, dio libre curso a su felicidad.

– Es fantástico, primo. Fantástico.

Me pidió que me sentara en la cama, intentó moderar su entusiasmo; luego me dijo:

– Te hablé de una misión. Querías ir a por todas, y te contesté que quizá tuviera algo para ti y que esperaba poder estar seguro… Pues bien, el milagro se ha producido. Me lo acaban de confirmar hace menos de una hora. Esta bendita misión ya es factible. ¿Estarás en condiciones de llevarla a cabo?

– ¡Y tanto!

– Se trata de la misión más importante de las emprendidas jamás. La misión final. La que provocará la capitulación sin condiciones de Occidente y nos pondrá definitivamente en primera fila en el concierto de las naciones… ¿De verdad crees que podrás?…

– Estoy listo, Sayed. Tienes mi vida a tu disposición.

– No es cuestión solamente de tu vida. Hay muertos a diario, y mi vida tampoco me pertenece a mí. Es una misión capital. Requiere un compromiso inquebrantable.

– ¿Acaso estás dudando de mí?

– No estaría aquí contándotelo.

– ¿Entonces cuál es el problema?

– Eres libre de echarte atrás. No quiero presionarte.

– Nadie me está presionando. Me apunto sin condiciones.

– Aprecio tu determinación, primo. Por si te sirve de algo, confío plenamente en ti. Te llevo observando desde que llegaste a mi tienda. Cada vez que te echo una mirada, tengo la impresión de levitar… La elección ha sido difícil. Si algo sobra, son candidatos. Pero para mí es importante que sea un chico de nuestro pueblo, del olvidado Kafr Karam, para que deje un buen recuerdo en la historia.

Me abrazó y besó en la frente.

Acababa de elevarme al rango de los seres reverenciados.

Aquella noche, volví a soñar con Omar. Pero no huí.

Sayed regresó para volver a tantearme. Quería estar seguro de que no me había precipitado.

La víspera de los preparativos de la misión me dijo:

– Te doy tres días para que te lo pienses bien. Después, cortaremos amarras.

– Me lo he pensado; estoy en condiciones de actuar.

Sayed me alojó en un pisito de lujo con vistas al Tigris. Allí me esperaba un fotógrafo. Tras la sesión de fotos, pasé por las tijeras del peluquero y luego me duché. Como debía dejar Bagdad esa misma semana, fui a correos para enviar a Bahia el dinero que había ahorrado.

Salí de Bagdad un viernes, tras la Gran Oración. A bordo de un camión de ganado conducido por un viejo campesino con turbante. Se suponía que yo era su sobrino y pastor. Mis nuevos papeles estaban en regla, falsificados con documentos desgastados para disimular mejor. Mi nombre constaba en el registro de comercio. Sorteamos los distintos puestos de control sin problema y llegamos a Ar Ramadi antes del anochecer. Sayed nos esperaba en una granja, a unos veinte kilómetros al oeste de la ciudad. Comprobó que todo iba según lo previsto, cenó con nosotros y nos entregó el itinerario de la etapa siguiente antes de retirarse. Al alba, reemprendimos camino hacia un pueblito situado en la ladera este de la meseta de la Chamiyé, donde otro enlace con camioneta se hizo cargo de mí. Pasamos la noche en una aldea que abandonamos al amanecer para dirigirnos a Rutba, no lejos de la frontera jordana. Sayed se nos había adelantado; nos acogió en el patio de un dispensario. Un médico con una bata ajada nos sugirió que nos laváramos y nos retiráramos a una habitación para enfermos. Aplazamos tres veces nuestra salida debido a un despliegue militar en la región. Al cuarto día, amparados por una tormenta de arena, el camionero y yo pusimos rumbo a Jordania. La visibilidad era nula, pero el chófer conducía tranquilamente por las pistas, que parecía conocer como la palma de la mano. Al cabo de varias horas de baches y de sofoco, nos detuvimos en una árida vaguada donde el viento no paraba de mugir. Nos refugiamos en una cueva tras haber empujado el coche bajo un cobertizo natural, comimos algo y luego el camionero, un hombrecillo deshidratado e impenetrable, subió a lo alto de una cresta. Lo vi sacar su móvil y explicar dónde se encontraba ayudándose de un aparato de navegación.

Cuando regresó, me dijo:

– Esta noche no dormiré bajo las estrellas.

Fue la única vez que me dirigió la palabra.

Se dirigió a la cueva para tumbarse y me ignoró.

La tormenta amainó, espaciando sus arremetidas; el viento se coló hasta el último recoveco de la cueva; luego, a medida que el paisaje emergía de la niebla ocre del desierto, se fue quedando sin aliento y, sin previo aviso, se detuvo del todo.

El sol se congestionó al tocar suelo, destacando las colinas peladas que dentaban el horizonte. De repente, aparecidos como por ensalmo, dos muleros tomaron el lecho de la vaguada hacia nuestra cueva. Luego me enteré de que eran miembros de una cuadrilla de ex contrabandistas convertidos en pasadores de armas y de que echaban ocasionalmente una mano, como guías, a los voluntarios venidos de todas partes para reforzar las filas de la resistencia iraquí. El camionero los felicitó por llegar tan a punto, se informó acerca del curso de las operaciones en el sector y me entregó a ellos. Regresó a su vehículo sin saludarme y salió pitando.

Los dos desconocidos eran altos y delgados, y tenían la cara envuelta en una kefia polvorienta. Llevaban pantalones de chándal, jerséis gruesos y zapatillas de deporte.

– Todo irá bien -me dijo el más alto.

Me ofreció un jersey de lana gruesa y una gorra.

– Por aquí refresca de noche.

Me ayudaron a subirme a una mula y se pusieron en marcha. Cayó la noche. El viento se levantó, gélido e irritante. Mis guías se relevaban en la otra mula. Los caminos de cabras se iban ramificando ante nosotros, opalescentes bajo la luna. Bajamos por laderas escarpadas, escalamos otras, deteniéndonos sólo para aguzar el oído y escrutar las zonas de sombra. La travesía estaba resultando como tenían previsto los guías. Hicimos una pequeña parada en el fondo de un vallejo para alimentarnos y recuperar fuerzas. Me zampé varias lonchas de carne seca y me tragué un odre de agua de manantial. Mis compañeros me aconsejaron que no comiera demasiado deprisa y que intentara descansar. Me cuidaban mucho y me preguntaban de cuando en cuando si aguantaba el tirón, si quería apearme de la mula y caminar un poco. Les rogué que siguieran adelante.

Atravesamos la frontera jordana hacia las cuatro de la mañana. Dos patrullas de frontera se habían cruzado un rato antes, una a bordo de un todoterreno militar, otra a pie. El puesto de observación se encontraba en lo alto de un cerrillo, identificable por su torreta y su antena alumbrada por una farola. Mis guías lo estuvieron observando con prismáticos infrarrojos. Cuando la patrulla de exploradores regresó a su acuartelamiento, agarramos nuestras mulas por las riendas y nos deslizamos por el lecho de un río. Unos kilómetros más allá, una pequeña furgoneta cargada de palanganas de plástico nos recogió. La conducía un hombre vestido con túnica tradicional y un pañuelo beduino en la cabeza. Felicitó a mis dos guías, y les dibujó en el suelo un itinerario seguro para regresar a Irak. Los informó de que aviones no tripulados estaban sobrevolando la zona y les detalló la manera de eludir su rastreo; luego les explicó cómo rodear una nueva unidad de las fuerzas aliadas que acababa de desplegarse detrás de la línea de demarcación. Los guías le hicieron algunas preguntas de orden práctico y, ya satisfechos, nos desearon buena suerte y dieron media vuelta.

– Ahora puedes relajarte -me dijo el desconocido-. A partir de aquí es pan comido. Estás en las mejores manos de la profesión.

Era un hombrecillo encogido, de tez morena, con la cabeza más ancha que los hombros, por lo que parecía estar tambaleándose sin moverse. Por sus gruesos labios se entreveían dos filas de dientes de oro que refulgían al amanecer. Conducía como un tonto, sin preocuparse de los baches ni de los frenazos que daba sin ton ni son, catapultándome contra el parabrisas.

Sayed reapareció por la noche, en casa de mi nuevo guía. Me abrazó durante un largo rato.

– Dos etapas más y podrás descansar.

Al día siguiente, tras un desayuno sustancioso, me acompañó hasta un pueblo fronterizo en un coche de gran cilindrada. Allí me puso en manos de Chaker e Imad, dos jóvenes con pinta de estudiantes, y me dijo:

– Del otro lado está Siria, y justo después Líbano. Nos vemos dentro de dos días en Beirut.