38817.fb2 Las Viudas De Los Jueves - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 36

Las Viudas De Los Jueves - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 36

36

Un jueves, uno de esos jueves en que por la noche nuestros maridos se juntaban a jugar a las cartas y a comer, el Tano llamó. Pero no pidió hablar con Ronie sino conmigo. Me invitaba a cenar con ellos a su casa. A mí, a Carla Masotta y a Lala Urovich. Con Teresa, obviamente. "Las viudas de los jueves", como él nos llamaba. En tantos años, era la primera vez que íbamos a compartir una noche de jueves de nuestros maridos. Le conté a Ronie y se sorprendió, él tampoco sabía. "Está medio raro el Tano últimamente", dijo. No lo había notado, desde hacía un tiempo toda mi atención estaba puesta en Juani y el resto del mundo se me había convertido en fantasmas que pasaban a mi lado, incorpóreos. Gracias a Ronie había pasado de la agresión desenfrenada a una conmiseración de mí misma, que tampoco sabía si era lo mejor para mi hijo, pero que podía disimular mejor. Lo que todavía no lograba controlar era mi compulsión a espiarlo y a revisar sus cosas. Tampoco tenía claro si no estaba bien que lo hiciera. "¿No viste que el Tano se dejó la barba candado?" "¿Y eso qué tiene que ver?" "Y toma sol." "Querrá verse bien." "Eso es lo raro, si él siempre se vio bien", concluyó mi marido.

Mi temor era que la cena fuera de desagravio por "la vergüenza no sólo de cargar con un hijo drogadicto, sino de que para colmo lo sepamos todos", como se había compadecido Teresa cuando se me apareció en la inmobiliaria a los dos o tres días de su inolvidable llamado telefónico para ponerme al tanto de la situación de riesgo en que se encontraba mi hijo. La llamé, si iba a ser así prefería mentir una enfermedad a terminar padeciéndola. Ella tampoco sabía nada, estaba tan sorprendida como nosotros. "Dice que tiene algo que quiere compartir conmigo y con ustedes, pero no larga prenda." Me sentí aliviada, sabía que mis penas no eran prenda para compartir en una cena de amigos, si es que eso éramos.

A las nueve en punto llamamos a la puerta. Nos abrió Teresa, llevaba un vestido de seda negro, casi largo hasta el piso, y el collar de perlas españolas que el Tano le había regalado para el último aniversario. "No sabía que era de gala", dije, sorprendida, metida dentro de mi jean y mi twin setde hilo de dos temporadas anteriores. "Yo tampoco, el Tano me eligió la ropa, y no aceptó ningún cambio. Estoy empezando a preocuparme", bromeó.

Ronie avanzó hacia la cocina con las botellas de vino que habíamos llevado. Nosotras lo seguimos unos pasos atrás. "Syrah", le oí decir cuando le entregó las botellas al Tano. "Se me hace que viene de anuncio de viaje o algo así", me susurró Teresa confidente, "estuvimos hablando de ir a Maui, pero para mí que armó algo más gordo, puede ser, ¿no?". Le contesté que sí, pero sin mucha convicción. Me resulta fácil meterme en la cabeza de alguien, adivinar qué piensa o qué siente. Es algo que en mi profesión me ayudó mucho. "Entender qué casa quiere comprar un cliente, y que esa casa no tiene que ser la misma que yo compraría, ahorra tiempo y malos entendidos", anoté en mi libreta roja después de padecer una venta. Pero el Tano siempre me resultó inexpugnable, casi tanto como mi Juani, y aunque por momentos me parecía que podía entenderlo, enseguida sospechaba que hasta esa supuesta empatía era producto de su deliberado engaño.

En la cocina el Tano preparaba tandoori chicken para sus invitados. Se había puesto delantal blanco y gorro de cocinero. Tenía razón Ronie, estaba raro. Pero no era la barba candado, ni el bronceado. Era la exageración de sus gestos. Por momentos parecía que hasta contaba sus propios pasos. El Tano, aunque contundente y firme, siempre fue un tipo medido, contenido. Si quería imponerse lo hacía en voz baja, no necesitaba gritar. No necesitó gritar el día que llegó a La Cascada y dijo "quiero ese terreno". Si estaba feliz, compartía un Pomery con sus amigos, y si estaba mal los dejaba plantados. O los humillaba. Pero no se reía a las carcajadas, ni los abrazaba, ni lloraba. Y esa noche parecía que podía terminar haciendo cualquiera de las tres cosas.

Esperamos que llegaran todos para pasar al comedor. Nos habían servido champán y el alcohol con el estómago vacío me produjo un mareo. Me acerqué al ventanal. Un relámpago atravesó el cielo y unas gotas pesadas rompieron la serenidad del agua de la pileta. El deck de madera se llenó de manchas húmedas. El olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma que llegaba desde la cocina. La empleada terminaba de acomodar la entrada sobre la mesa. Unas copas de centolla y langostinos con palta que también había preparado el Tano. "No insistan, no doy recetas", dijo y le hizo una seña a la empleada que no entendí, pero ella sí, porque se fue rápidamente y con la cabeza gacha. Aunque el jueves era su día de franco, el Tano le había pedido que se quedara porque "vienen las viuditas", aunque no creo que la mujer haya entendido el chiste. Las famosas viudas del barrio son las "viudas del golf", a las que sus maridos abandonan todos los fines de semana por lo menos cuatro horas para hacer los dieciocho hoyos de la cancha. Nuestro apodo, inspirado en ellas, era algo más privado, y no habría salido nunca de nuestro propio círculo si no hubiera sido profético.

Como siempre, las mujeres nos ubicamos todas juntas en una mitad de la mesa y dejamos la otra mitad para ellos. La mesa de cerezo del Tano es la mesa más grande que vi en mi vida. Normalmente entran doce personas, pero pueden apretarse y entrar hasta dieciséis. "Esta vez los quiero mezclados", dijo el Tano. Ronie me miró con complicidad. Que el Tano estuviera dispuesto a conversar con alguna de nosotras no dejaba duda de que nada era como hasta entonces. "Un aplauso para el asador", bromeó Gustavo cuando promediaba el segundo plato, sin que el Tano hubiera hecho ningún anuncio. "¿ Tandoori es el nombre de alguna especie?", preguntó Lala. "Especia", corrigió Ronie por lo bajo, pero no le contestó. Ni él ni nadie. Algunos porque no sabíamos, otros no la habrán escuchado. El Tano seguramente porque lo fastidiaba. De todas las mujeres, a la que él menos respetaba era a Lala. "¿Puede haber tanta idiotez en el cerebro de una sola persona?", le había dicho el Tano una noche a Ronie, cuando ella intentó participar de una asamblea donde discutían las prioridades a asignar en el presupuesto del año entrante e insistía con darle una partida significativa a la erradicación del clavel del aire. "Debe ser una especie, ¿no?", se contestó ella misma. Carla casi no habló en toda la noche. Había estado faltando a la inmobiliaria. Hacía más de una semana que no venía. Insistía que había tenido una gripe mortal y que todavía se sentía débil, pero no le creí. Parecía triste, apagada. "Cansada", me contestó cuando le pregunté si se sentía bien. Pero el tapaojeras que usaba sobre los pómulos no alcanzaba a disimular del todo la carne morada.

Antes del postre el Tano se paró en la cabecera de la mesa y con el tenedor golpeó su copa. "Qué poco respeto", se quejó, "en las películas, cuando alguien hace esto se callan todos". "¿Y vos le crees a las películas, Tano?", preguntó Gustavo, "this is real Life, Tanito, real Life". Se rió, todos nos reímos sin saber muy bien de qué. "Amigos, amor", le dijo a Teresa, "quiero compartir con ustedes una decisión muy importante que tomé". "Dejas el tenis…", bromeó Ronie. "Eso nunca. Dejo Troost", contestó él. Y hubo un silencio. El Tano mantuvo su sonrisa. Teresa la suya, pero hueca y con los ojos exageradamente abiertos. Los demás no sé, estaba demasiado preocupada por mí misma, me costaba entender, fue un instante en que mis neuronas buscaron entre las burbujas de champán qué era ese Troost que había dejado a todos paralizados como si el Tano fuera cura y hubiera dicho que dejaba los hábitos. "Te ofrecieron otra cosa…", logró decir Teresa, todavía sonriente, asumiendo que su marido daría un nuevo salto en la pirámide laboral. "No, no", contestó él muy tranquilo. "Me harté de la relación de dependencia. Soy un desocupado más", se rió. A Teresa no le causó gracia el chiste. "Cuídate, Gustavito, que parece que el tema es contagioso", le advirtió el Tano. Martín Urovich pareció sonrojarse, pero no sé, tal vez me pareció a mí, tal vez sentí que debía haberlo hecho, que yo me hubiera sonrojado en su lugar. Tal vez me sonrojé yo por él. O por Ronie, que también era un desocupado, aunque se engañara pensando que vivía de rentas, cuando esas rentas eran muy inferiores a los gastos que producían. "No, por favor, que yo fuera de una corporación no existo, necesito mi big father” contestó Gustavo tardíamente. Y Martín Urovich dijo: "Nosotros estamos evaluando irnos a Miami". "¡Déjate de boludeces!", le contestó el Tano. "Nosotros nos vamos a Miami", dijo Lala. El Tano, sin mirarla, le dijo a Martín: "¿Estás hablando en serio?". Martín negó con la cabeza. A Lala se le llenaron los ojos de lágrimas y se fue al baño. "¿Alquien quiere más tandoori", preguntó Teresa. "¿Estás contento?", le pregunté a Martín, pero me contestó el Tano. "Feliz", me dijo. "Hace tiempo que lo vengo planeando, estoy harto de hacerle ganar plata a otros, la quiero toda para mí." "¿Y qué pensás hacer?", le preguntó Ronie. "Todavía no sé, tengo muchos proyectos, y por suerte me dieron una muy buena gratificación de salida, así que con plata en el bolsillo pensaré tranquilo en cuál me meto primero." "Estaba todo fríamente calculado…", dijo Gustavo. "Fríamente calculado", le contestó. "Antes de ningún proyecto, acordate de nuestro viaje a Maui", le recordó Teresa. "Ése va a ser mi primer proyecto", dijo el Tano, y la besó. Fue la primera vez que vi al Tano besar en público a su mujer. A ella también la sorprendió, estoy segura. Y luego pidió un brindis. Levantamos las copas y esperamos que el Tano dijera en nombre de qué las chocaríamos. El tiempo de silencio con las copas en alto pareció demasiado largo. "Brindemos… por la libertad", dijo, pero enseguida se corrigió. "No, no, mejor brindemos por la real life… Eso, por the real life." Y los cristales se encontraron en medio de la mesa. Los mismos cristales que aparecieron junto a la pileta, esa noche de septiembre en que la profecía de las viudas de los jueves se cumpliera para tres de nosotras. Las copas que el Tano sólo usaba para ocasiones especiales. Como ésa.