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La primera señal de que formaríamos parte de grupo de amigos más reducido de los Scaglia nos llegó unos meses después de su mudanza. Yo estaba entrando a la ducha, apurada, había citado a un cliente para mostrarle una casa que salía a la venta, y me había quedado dormida. El uno a uno había reactivado el mercado. Yo no entendía bien por qué, si lo terrenos valían cada vez más en dólares; nunca entendí demasiado de variables económicas y efecto cruzados, pero la gente que podía invertir estaba contenta, y yo también. Sonó el teléfono. Salí corriendo a atender pensando que era mi cliente. Casi me resbalo con los pies mojados. Era Teresa. "Los queremos invitar a casa el miércoles a la noche, Virginia, a eso de las nueve. Vamos a ser unas diez parejas amigas y nos gustaría que ustedes vinieran, es el cumpleaños del Tano."
Antes de esa primera invitación, Ronie se había cruzado al Tano un par de veces en la cancha de tenis, y en una oportunidad habían tomado algo juntos después de un partido. Yo no los había vuelto a ver desde la escritura; en la etapa de la construcción sólo se los veía rodeados de arquitectos, y aunque estuve tentada de cruzarme varias veces, la actitud, sobre todo la del Tano, desalentaba cualquier acercamiento. Por lo que supe, no era la única intimidada. Estaba claro que el Tano era quien elegía con quién quería juntarse y con quién no. Uno no podía tomar la iniciativa de acercársele a menos que él diera una clara señal. Y rechazar una invitación suya tampoco era una decisión fácil de tomar. Les había llevado flores el día de la mudanza, con una tarjeta que decía: "Cuenten conmigo para lo que necesiten, su vecina, Virginia". A todos mis clientes, apenas mudados, les mandaba flores con esa tarjeta. Era un intento de tratar de correrme del rol de agente inmobiliario después de que se concretaban las operaciones, por eso firmaba Virginia, y no Mavi, el apócope de María Virginia que había adoptado para identificarme profesionalmente. Si no, los amigos nunca dejaban de ser potenciales clientes, y los clientes no pasaban de potenciales amigos. Lo tengo escrito en mi libreta roja. Todo se mezcla muy raro en La Cascada. Será porque en este lugar la definición del término amistad es demasiado amplia, tanto, que termina siendo estrecha.
Llegamos con la puntualidad que lo caracterizaba a Ronie. Fuimos los primeros. Nos abrió el Tano con una sonrisa de bienvenida que nos hizo sentir más esperados de lo que suponíamos. "¡Qué suerte que vinieron!" Ronie le dio el regalo. Era una remera de tenis, clásica, comprada en el pro shop que funciona junto a las canchas. La había comprado yo. Siempre regalo ese tipo de cosas. Una remera es un regalo políticamente correcto y fácil de cambiar. Me resulta difícil y absurdamente arriesgado comprar algo para quien conozco poco. Jamás habría comprado un libro, mucho menos a un hombre, que si leen son de leer ensayos de actualidad, políticos o económicos, más que novelas. Quizá tenés la mala suerte de regalarle un libro que dice "A" a alguien que piensa "B". Como caerle con la camiseta de Boca a alguien de River. Un papelón. Con la música me pasa lo mismo, y además, de música no entiendo nada. Juani entiende, pero le molesta que le pida consejo, y en esa época era todavía muy chico. Todavía es muy chico. Una remera me salvaba siempre. Si el homenajeado juega golf, remera de golf, con botones y cuellito tipo chomba, nunca cuello redondo, que no está permitido a quienes juegan ese deporte. Si corre, remera de entrenamiento, dri-fit, tela absorbente. Si juega tenis, remera clásica, blanca con azul o celeste, no mucho más jugado si recién lo conozco, y en el pro shop de Altos de la Cascada, donde no te dan factura y se puede cambiar sin problema sin siquiera llevar la bolsita.
Y una de las pocas cosas que sabía del Tano a la hora de festejar su primer cumpleaños en La Casca da era que lo apasionaba el tenis. De hecho, la mayoría de los invitados a su cumpleaños tenía algo que ver con ese deporte. Roberto Cánepa, presidente de la Comisión de Tenis, y su mujer, Anita; Fabián, el profesor del Tano, con su novia; Alfredo Insúa, el número uno de La Cascada hasta que llegó el Tano y después de tres partidos consecutivos perdidos empezó a dedicarse al golf, con Carmen, su mujer, que con Teresa se ocupaba de organizar los torneos de bu-rako a beneficio del comedor de Santa María de los Tigrecitos. Los únicos que no eran gente de tenis eran una pareja de un country vecino, Malena y Luis Cianchi, que se habían hecho amigos de Teresa porque sus hijos iban juntos al colegio. Y Mariana y Ernesto Andrade, gente nueva en el barrio pero que el Tano conocía por algún asunto de negocios que Andrade le había arreglado. No había ningún pariente, ningún amigo que no viviera en Altos de la Cascada o en un country a menos de dos puentes del nuestro. "Es que es un bodrio invitar gente muy mezclada, unos andan por un lado, otros por otro, nadie se habla, y vos te terminas haciendo cargo, yendo de un rincón a otro y no disfrutas", justificó Malena mientras elegía un canapé de la bandeja que la empleada de los Scaglia tenía extendida frente a ella. "No, y además los pones en un compromiso porque venirse hasta acá, tanto viaje, de noche, por dos o tres horas, un miércoles… preferible hacer un asado para ellos el fin de semana", confirmó Teresa, atenta al desempeño de su empleada. "Trae más vino, María." "Eso lo decís ahora que recién te mudas, en un par de meses no invitas más a nadie. Te toman la casa, los invitas a un asado al medio día y se te instalan hasta la noche, si tenes la suerte de que no se queden a dormir. Te usan la casa de quinta, tremendo", remató alguna. "Che, ¿de dónde es el servicio?"
A esa altura de la noche, las mujeres ya estábamos por un lado y los hombres por otro. Menos yo. A mí siempre me gustó picotear de distintas manos. Cuando estoy con las mujeres quiero saber de qué hablan los hombres, y cuando estoy con los hombres, quiero saber de qué se ríen las mujeres. Me podía prender en una charla donde hablaran de zapatos y carteras tanto como en una donde hablaran de la suba de la Bolsa y la baja de las tasas de interés a partir de la convertibilidad o de las ventajas y desventajas del Mercosur. O me podía aburrir en ambas. Sentada sobre el brazo del sillón donde Ronie discutía con Luis Cianchi acerca de cierta ingeniería financiera para su nuevo proyecto de aquel entonces, vi que Teresa se separaba del grupo de las mujeres con exagerado misterio. La seguí con la mirada. Teresa salió por el pasillo que da al cuarto de servicio. Cinco minutos después hizo una reentrada triunfal. La seguía un mago. "Querido, vos que lo tenés todo, aquí está mi regalo de este año: un poco de magia." Teresa sonrió, el mago sonrió detrás de ella. El Tano no sonreía. Me sentí incómoda, como si yo tuviera la culpa de algo de lo que estaba viendo, por estar ahí, mirándolo. Aunque uno se convenza de que sólo es responsable de sus acciones, mirar también es una acción, escribí esa noche en mi libreta roja. Fue un instante, pero me pareció eterno. Entonces se me ocurrió aplaudir, como si hubiera acabado de escuchar un discurso. Miré a mi alrededor en busca de compañía en el aplauso. Los demás me siguieron, con menos efusividad, pero con firmeza. Hasta el Tano terminó aplaudiendo. Sentí cierto alivio a pesar de que me dolían las manos, el anillo que había ganado en el último torneo de burako se me había dado vuelta y se me incrustaba en la palma con cada golpe.
El mago empezó su show y Teresa fue a sentarse junto a su marido. Yo estaba cerca, frente a él, y le leí los labios. "¿Quién te pidió que trajeras eso? La próxima vez pregúntame." Lo dijo calmo, mirando hacia adelante, pero firme. El resto de la conversación la adiviné mientras me servía un vaso de vino. Una vez más comprobé la contundencia de la voz pausada y calma del Tano, que ni siquiera oía con claridad pero intuía como aquella vez que había dicho "quiero este terreno". Y me puse a pensar en mi propia voz. En mis gritos. Sabía desde hacía tiempo que mis gritos no surtían ningún efecto, ni con Ronie ni con Juani. Pero gritaba igual. Seguramente más como descarga que para ser escuchada. "Si pudiera aprender algo del Tano", pensé en aquel primer cumpleaños. Pasé por delante de ellos con la copa de vino servida, el Tano me sonrió. Yo también. Me senté en el piso, en primera fila. El show era regular, el mago, con su traje gastado y chistes aprendidos que no respetaban entonación ni puntos ni comas, no terminaba de convencer a nadie. Yo igual aplaudía, y los demás me seguían. Me saqué el anillo y lo guardé en el bolsillo de mi pantalón. Cada tanto me daba vuelta a mirar a Teresa y al Tano, uno junto al otro; el Tano le había pasado el brazo por sobre el hombro, de una forma ambigua que no permitía definir si la abrazaba o la sujetaba. "A ver si tenemos la suerte de que pase el homenajeado a hacer un truco", dijo el mago. El Tano no se movió. Como si no le estuvieran hablando a él. "Vos sos el cumpleañero, ¿no?" "No", dijo el Tano, como sabe decir él. El mago quedó descolocado, Teresa miró incómoda a su marido, pero no dijo nada. El Tano, en cambio, sostenía la situación sin ninguna incomodidad. Los demás no sabían si correspondía reírse o preocuparse, y nadie se jugaba para un lado ni para el otro. Yo creía saber, pero no me atreví. Ronie hizo lo que yo no me atrevía. Y me sorprendió esa complementariedad que manteníamos a pesar de no entender por qué seguíamos juntos. Funcionábamos como si se hubiera perdido casi todo lo que alguna vez nos sostuvo, excepto la minuciosa y tácita distribución de roles y tareas que seguía apuntalando lo que habíamos armado juntos con voluntad más que con cualquier otra pasión o sentimiento. Ronie se paró y dijo: "El cumpleañero soy yo". El mago fingió que le creía, aunque no le creyera. Su cara se aflojó y agradeció íntimamente. Los demás siguieron la broma. "El show debe continuar", dijo el mago, más para sí mismo que para su público. Para eso lo habían contratado.
Aplaudí una vez más y con más fuerza, y más de uno debe haber juzgado que estaba borracha. El mago hizo que Ronie cortara una soga en varias partes que luego volvían a estar unidas, y otra vez cortadas, con nudos y sin nudos, y así sucesivamente, más veces de las que la tensión reinante admitía. Luego un truco con argollas que provocó el chiste infalible. "Mira qué bien maneja la argolla, Ronito", dijo Roberto Cánepa sin ninguna sutileza. "Ay, gordo", dijo su mujer a modo de reproche, pero se rió como el resto.
Hasta que llegó el truco final. El mago pidió un billete. Ronie metió la mano en el bolsillo y sacó sólo monedas. "A buen puerto", dijo Insúa y se rió con ganas para que no quedaran dudas de que era una broma, y por lo tanto nadie pudiera ofenderse. Alguien del público amagó abrir la billetera, pero el Tano lo detuvo con un gesto. Sacó un billete de cien y lo extendió hacia el mago sin moverse, desde su lugar, medio enrollado a lo largo, como el billete extendido que terminará en el escote de una odalisca. El mago tuvo que acercarse abriéndose paso entre la gente, mientras el Tano no hacía más esfuerzo que sostenerlo en el aire. El mago tenía las manos transpiradas y el billete se le quedó pegado. "Gracias, señor…, muy amable", dijo y volvió al escenario tratando de no pisar a nadie.
El truco consistía en anotar la numeración del billete, doblarlo, guardarlo en una caja, quemarlo a través de la caja con un cigarrillo, y que luego el billete apareciera sano y salvo. "Años atrás, en lugar de este truco hacía el de la ayudante que la cortaba con el serrucho", dijo mientras preparaba el billete en la cajita, "pero de un tiempo a esta parte el truco del billete genera mucha más tensión en cierto público".
Nos reímos. Fue el primer chiste que sonó bien entonado. Hasta el Tano se rió, y pareció que la tensión aflojaba. El mago siguió con su tarea. Le pidió a Mariana Andrade el cigarrillo que estaba fumando. Lo hizo atravesar la cajita y el billete dentro de ella; el humo se oscureció y aumentó. El cigarrillo atravesó la caja y pasó del otro lado medio machucado. Una gota de sudor corría por el costado de la cara del mago, y temí que el truco hubiera fallado. Pero no. Devolvió el cigarrillo, hizo que Ronie abriera la caja, sacara el billete, lo desdoblara y se lo mostrara al público como tenía que ser: sano, intacto, utilizable. Constató la numeración. Era el mismo billete. Hubo un aplauso final sentido, más que por el truco en sí mismo, por la ¡ certeza de que el show terminaba. El mago le extendió el billete al Tano. "Quédatelo a cuenta. Seguro esto me va a salir más caro que un billete." El billete quedó un instante en el aire, entre ellos dos, y luego el mago lo dobló más prolija y lentamente que cuando hizo el truco, lo metió en su bolsillo, inclinó la cabeza y dijo otra vez: "Gracias, señor, muy amable".
Fuimos los últimos en irnos. Nos acompañaron hasta la entrada. El Tano sostenía a su mujer del hombro en el marco de la puerta, con la misma ambigüedad con que lo había hecho durante toda la noche. "Lo pasamos muy bien, gracias", dije, había que decir. "Estuvo muy ameno, ¿no?", me contestó Teresa. Miré a Ronie esperando que él contestara, pero no lo hizo y enseguida tapé su silencio. "Sí, muy ameno, gracias." Me preocupaba que Ronie no acompañara aunque sea con monosílabos mi saludo. Lo miré otra vez dándole pie. Hubo un pequeño silencio más y luego dijo: "¿Sabes cuál va a ser tu problema acá, Tano?". El Tano dudó. "Que no tenés rival." Los tres nos quedamos en silencio, seguramente ninguno terminaba de entender a qué se refería, y yo por mi parte sentí cierto temor. "No hay nadie que te pueda hacer partido, te vas a terminar aburriendo. Hace falta gente nueva, que juegue un tenis de tu nivel, Tano." El Tano entonces sonrió. Yo también. "Te encargo ese tema con los futuros clientes inmobiliarios, Virginia, punto uno del formulario de admisión: excelente nivel de tenis. Si no, no hay escritura." Otra vez más, antes de que acabara esa noche, festejamos un chiste que no nos hizo gracia. Terminamos de saludar y nos fuimos despacio, haciendo apenas ruido sobre el pasto mojado de rocío. A nuestras espaldas escuchamos la puerta de los Scaglia, cerrándose. Una puerta pesada, con un picaporte que funcionaba con la precisión de un instrumento de relojería.
Caminamos unos pasos más en silencio y cuando me sentí protegida por la distancia dije: "Te apuesto que la está cagando a pedos por lo del mago". Ronie me miró y negó con la cabeza. "Te apuesto que está pensando en un buen rival para el tenis."