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El 16 de enero de 1988 estalló una bomba delante del tribunal de Tumbull, Ohio, volando una pequeña réplica a escala de la Estatua de la Libertad. La mayoría de la gente supuso que se trataba de una travesura de adolescentes, un pequeño acto de vandalismo sin motivaciones políticas, pero, dado que se había destruido un símbolo nacional, las agencias de noticias informaron brevemente del incidente al día siguiente. Seis días después volaba otra Estatua de la Libertad en Danburg, Pennsylvania. Las circunstancias eran casi idénticas: una pequeña explosión a medianoche, ningún herido, ningún daño material excepto la pequeña estatua. Sin embargo, era imposible saber si en los dos casos estaba implicada la misma persona o si la segunda explosión era una imitación de la primera. A nadie pareció importarle mucho entonces, pero un eminente senador conservador hizo una declaración condenando “estos actos deplorables” y apremiando a los culpables a cesar en sus gamberradas inmediatamente. “No tiene gracia”, dijo. “No sólo han destruido una propiedad privada, sino que han profanado un icono nacional. Los americanos aman su estatua y no les agrada este tipo de broma pesada.”
En total hay ciento treinta réplicas a escala de la Estatua de la Libertad en lugares públicos por todos los Estados Unidos. Se pueden encontrar en los parques, delante de los ayuntamientos, en lo alto de los edificios. Al contrario de lo que ocurre con la bandera, que tiende a dividir a la gente tanto como a unirla, la estatua es un símbolo que no causa ninguna controversia. Si hay muchos americanos que están orgullosos de su bandera, hay otros tantos que se sienten avergonzados de ella, y por cada persona que la considera un objeto sagrado, hay otra que querría escupirle, o quemarla, o arrastrarla por el fango. La Estatua de la Libertad es inmune a estos conflictos. Durante los últimos cien años ha trascendido la política y la ideología, alzándose en el umbral de nuestro país como un emblema de todo lo que hay de bueno en todos nosotros. Representa la esperanza más que la realidad, la fe más que los hechos, y sería difícil encontrar una sola persona dispuesta a denunciar las cosas que representa: democracia, libertad, igualdad ante la ley. Es lo mejor que los Estados Unidos pueden ofrecer al mundo y, por mucho que a uno le apene el que los Estados Unidos no hayan logrado estar a la altura de estos ideales, los ideales mismos no se ponen en cuestión. Han dado consuelo a millones de personas, nos han infundido a todos la esperanza de que algún día podremos vivir en un mundo mejor.
Once días después del incidente de Pennsylvania, otra estatua fue destruida en un parque de la región central de Massachusetts. Esta vez hubo un mensaje, una declaración preparada que fue transmitida por teléfono a las oficinas del Springfield Republican a la mañana siguiente. “Despierta, América”, decía el comunicante. “Es hora de que empieces a poner en práctica lo que predicas. Si no quieres que vuelen más estatuas, demuéstrame que no eres una hipócrita. Haz algo por tu pueblo además de construir bombas. De lo contrario, mis bombas seguirán estallando. Firmado: El Fantasma de la Libertad.”
Durante los dieciocho meses siguientes nueve estatuas más fueron destruidas en distintos lugares del país. Todo el mundo recordará esto y no hace falta que haga un relato exhaustivo de las actividades del Fantasma. En algunas ciudades se montaron guardias de veinticuatro horas realizadas por grupos de voluntarios de la Legión Americana, el Elks Club, el equipo de fútbol del instituto y otras organizaciones locales. Pero no todas las comunidades estaban tan vigilantes y el Fantasma seguía sin ser descubierto. Cada vez que atacaba, hacia una pausa antes de la siguiente explosión, un periodo lo suficientemente largo como para que la gente pensara si aquélla había sido la última. Luego, de repente, aparecía en algún lugar a mil quinientos kilómetros de distancia y hacia estallar otra bomba. Mucha gente estaba indignada, por supuesto, pero había otros que simpatizaban con los objetivos del Fantasma. Estaban en minoría, pero los Estados Unidos es un país grande y su número no era pequeño, ciertamente. Para ellos el Fantasma llegó a convertirse en una especie de héroe popular clandestino. Creo que los mensajes tenían mucho que ver con ello, aquellos comunicados que transmitía por teléfono a los periódicos y las emisoras de radio la mañana siguiente a cada explosión. Eran necesariamente cortos, pero parecían mejorar con el paso del tiempo: eran más concisos, más poéticos, más originales en la forma en que expresaban su decepción respecto al país. “Toda persona está sola”, empezaba uno de ellos, “y por tanto no tenemos a quien recurrir salvo los unos a los otros.” O: “La democracia no se da. Hay que luchar por ella todos los días. De lo contrario corremos el riesgo de perderla. La única arma que tenemos a nuestra disposición es la ley.” O: “Descuidad a los niños y nos destruiremos a nosotros mismos. Existimos en el presente sólo en la medida en que ponemos nuestra fe en el futuro.” Contrariamente a lo que ocurre con el típico pronunciamiento terrorista, con su inflada retórica y sus demandas beligerantes, los comunicados del Fantasma no pedían lo imposible, sencillamente querían que América mirase hacia dentro y se enmendase. En ese sentido había algo casi bíblico en sus exhortaciones, y al cabo de algún tiempo empezó a hablar menos como un revolucionario político que como un profeta angustiado de voz dulce. En el fondo, únicamente estaba manifestando lo que ya pensaba mucha gente y, en algunos círculos por lo menos, había quienes llegaron a expresar su apoyo a lo que estaba haciendo. Sus bombas no habían herido a nadie, y si esas insignificantes explosiones obligaban a la gente a replantearse su postura ante la vida, entonces tal vez no fueran una mala idea después de todo.
Para ser absolutamente sincero, no seguí esta historia con mucha atención. En el mundo estaban sucediendo cosas más importantes por entonces y cada vez que el Fantasma de la Libertad atraía mi atención, lo ignoraba considerándolo un chiflado, otra figura pasajera en los anales de la locura americana. De todos modos, aunque me hubiese interesado más, no creo que hubiese adivinado nunca que él y Sachs eran la misma persona. Era algo demasiado alejado de lo que era capaz de imaginar, demasiado ajeno a nada que pareciera posible, y no veo cómo hubiese podido ocurrírseme establecer una relación. Por otra parte (y sé que esto sonará raro), si el Fantasma me hacia pensar en alguien, era en Sachs. Hacía cuatro meses que Ben había desaparecido cuando se dio la noticia de las primeras bombas, y la mención de la Estatua de la Libertad inmediatamente me lo trajo a la cabeza. Eso era natural, supongo -teniendo en cuenta la novela que había escrito, teniendo en cuenta las circunstancias de su caída dos años antes-, y a partir de entonces la asociación se mantuvo. Cada vez que leía algo acerca del Fantasma pensaba en Ben. Los recuerdos de nuestra amistad volvían a mí precipitadamente, y de pronto empezaba a sentir dolor, a temblar al pensar en cuánto le echaba de menos.
Pero eso era todo. El Fantasma era una señal de la ausencia de mi amigo, un catalizador del dolor personal, pero pasó más de un año hasta que me fijé en el propio Fantasma. Eso fue en 1989 y sucedió cuando encendí el televisor y vi a los estudiantes del movimiento democrático chino descubrir su torpe imitación de la Estatua de la Libertad en la Plaza de Tiananmen. Me di cuenta de que había subestimado el poder del símbolo. Representaba una idea que pertenecía a todos, al mundo entero, y el Fantasma había desempeñado un papel crucial en la resurrección de su significado. Me había equivocado al ignorarlo. Había conmovido las profundidades de la tierra y las ondas estaban empezando a subir a la superficie, afectando a todas las zonas al mismo tiempo. Algo había sucedido, algo nuevo flotaba en el aire, y hubo días esa primavera en que al andar por la ciudad casi imaginaba que las aceras vibraban bajo mis pies.
Yo había empezado una novela a principios de año, y cuando Iris y yo salimos de Nueva York camino de Vermont el verano pasado, estaba sumergido en mi historia, casi incapaz de pensar en ninguna otra cosa. Me instalé en el antiguo estudio de Sachs el 25 de junio y ni siquiera esa situación potencialmente espectral pudo interrumpir mi ritmo. Hay un momento en el cual un libro empieza a apoderarse de tu vida, cuando el mundo que has imaginado se vuelve más importante para ti que el mundo real, y apenas se me pasó por la cabeza que estaba sentado en la misma silla en la que Sachs solía sentarse, que estaba escribiendo en la misma mesa en la que él escribía, que estaba respirando el mismo aire que él había respirado. Más bien era una fuente de placer para mí. Disfrutaba teniendo cerca a mi amigo nuevamente y tenía la sensación de que si él hubiera sabido que yo estaba ocupando su espacio, se habría alegrado. Sachs era un fantasma acogedor y no habría dejado detrás de sí ni amenazas ni malos espíritus en su cabaña. Yo sentía que él deseaba que yo estuviera allí, y aunque gradualmente había ido aceptando la opinión de Iris (que Sachs había muerto, que nunca volvería), era como si todavía nos entendiésemos, como si nada hubiese cambiado entre nosotros.
A principios de agosto Iris se fue a Minnesota para asistir a la boda de una amiga de infancia. Se llevó a Sonia con ella y puesto que David estaba en el campamento de verano hasta fin de mes, me instalé aquí solo y seguí adelante con mi libro. Al cabo de un par de días, me encontré cayendo en las mismas pautas que se establecen siempre que Iris y yo estamos separados: demasiado trabajo; poca comida; noches insomnes y desasosegadas. Cuando Iris está en la cama conmigo siempre duermo, pero en el mismo instante en que se va temo cerrar los ojos. Cada noche se hace un poco más dura que la anterior y en muy poco tiempo estoy levantado y con la luz encendida hasta la una, las dos o las tres de la mañana. Nada de esto es importante, pero debido a que tenía estos problemas durante la ausencia de Iris el verano pasado, me encontraba despierto cuando Sachs hizo su súbita e inesperada aparición en Vermont. Eran casi las dos y yo estaba tumbado en la cama del piso de arriba leyendo una mala novela policiaca, una historia de misterio que algún invitado se había dejado años antes, cuando oí el ruido de un coche que subía por el camino de tierra. Levanté los ojos del libro, esperando que el coche pasara de largo, pero entonces, inconfundiblemente, el motor se ralentizó, la luz de los faros barrió mi ventana y el coche giró, rozando contra los arbustos de espino al detenerse en el patio. Me metí unos pantalones, bajé las escaleras corriendo y llegué a la cocina justo unos segundos después de que el motor se hubiese apagado. No tenía tiempo de pensar. Me fui derecho a los utensilios que había sobre la encimera, agarré el cuchillo más largo que pude encontrar y me quedé allí en la oscuridad, esperando a la persona que entraba. Me figuré que seria un ladrón o un maníaco, y durante los siguientes diez o veinte segundos estuve más asustado de lo que lo había estado en mi vida.
La luz se encendió antes de que pudiese atacarle. Fue un gesto automático -entrar en la cocina y encender la luz- y un instante después de que mi emboscada hubiese fracasado, me di cuenta de que era Sachs quien lo había hecho. Hubo un mínimo intervalo entre estas dos percepciones, sin embargo, y en ese tiempo me di por muerto. Dio tres o cuatro pasos dentro de la habitación y luego se quedó paralizado. Fue cuando me vio de pie en el rincón, el cuchillo aún levantado en el aire, mi cuerpo aún listo para saltar.
– Dios santo -dijo-. Eres tú.
Traté de decir algo, pero las palabras no me salieron.
– He visto la luz -dijo Sachs, todavía mirándome con incredulidad-. Pensé que probablemente era Fanny.
– No -dije-. No es Fanny.
– No, no parece que lo sea.
– Pero tú tampoco eres tú. No puedes ser tú, ¿verdad? Tú estás muerto. Todo el mundo lo sabe ya. Estás tirado en una cuneta en alguna parte al borde de la carretera, pudriéndote bajo una capa de hojas.
Tardé algún tiempo en recuperarme del susto, pero no mucho, no tanto como habría pensado. Me pareció que tenía buen aspecto, la mirada tan penetrante y el cuerpo tan en forma como antes y, exceptuando las canas que se hablan extendido por su pelo, era esencialmente la misma persona de siempre. Eso debió de tranquilizarme. No era un espectro el que había vuelto, era el viejo Sachs, tan vibrante y locuaz corno siempre. Quince minutos después de que entrase en la casa, yo ya estaba acostumbrado a él nuevamente, ya estaba dispuesto a aceptar que estaba vivo.
No esperaba encontrarte aquí, dijo, y antes de que nos sentásemos y nos pusiésemos a hablar, se disculpó varias veces por haberse quedado tan aturdido. Dadas las circunstancias, dudé de que las disculpas fuesen necesarias.
– Ha sido el cuchillo -dije-. Si yo hubiese entrado aquí y me hubiese encontrado a alguien a punto de acuchillarme, creo que también me habría quedado aturdido.
– No es que no me alegre de verte. Es sólo que no contaba con ello.
– No tienes por qué alegrarte. Después de todo este tiempo, no hay razón para ello.
– No te culpo por estar furioso.
– No lo estoy. Por lo menos ya no. Reconozco que al principio estuve muy enfadado, pero se me fue pasando al cabo de unos meses.
– ¿Y luego?
– Luego empecé a sentir miedo por ti. Supongo que he estado asustado desde entonces.
– ¿Y Fanny? ¿También ella ha estado asustada?
– Fanny es más valiente que yo. Nunca ha dejado de creer que estabas vivo.
Sachs sonrió, visiblemente complacido por lo que le había dicho. Hasta ese momento, yo no estaba seguro de si pensaba quedarse o marcharse, pero entonces, de repente, apartó una silla de la mesa de la cocina y se sentó, actuando como si acabara de tomar una importante decisión.
– ¿Qué fumas últimamente? -preguntó, mirándome con la sonrisa aún en los labios.
– Schimmelpennincks. Lo mismo que he fumado siempre.
– Estupendo. Vamos a fumarnos un par de tus puritos y luego tal vez podríamos bebernos una botella de algo.
– Debes estar cansado.
– Por supuesto que estoy cansado. He conducido seiscientos kilómetros y son las dos de la madrugada. Pero tú querrás que te cuente,¿no?
– Puedo esperar hasta mañana.
– Es posible que mañana haya perdido el valor.
– ¿Y ahora estás dispuesto a hablar?
– Sí, estoy dispuesto a hablar. Hasta que he venido aquí y te he visto sujetando ese cuchillo, no iba a decir una palabra. Ése era el plan: no decir nada, callármelo todo. Pero creo que he cambiado de opinión. No es que no pueda vivir con ello, pero de pronto se me ha ocurrido que alguien debería saberlo. Por si me sucede algo.
– ¿Por qué iba a sucederte algo?
– Porque estoy en un lugar peligroso, por eso, y mi suerte puede acabarse.
– Pero ¿por qué contármelo a mi?
– Porque eres mi mejor amigo y sé que puedes guardar un secreto. -Se calló un momento y me miró directamente a los ojos-. Puedes guardar un secreto, ¿no?
– Creo que sí. A decir verdad; no estoy seguro de haber oído ninguno. No estoy seguro de haber tenido un secreto que guardar.
Así fue como empezó: con estos enigmáticos comentarios e insinuaciones de un desastre inminente. Encontré una botella de bourbon en la despensa, cogí dos vasos limpios del escurreplatos y llevé a Sachs al estudio. Era allí donde guardaba mis puros, y durante las siguientes cinco horas fumó y bebió, luchando contra el agotamiento mientras me relataba su historia. Ambos estábamos sentados en sillones, uno frente al otro con mi abarrotada mesa de trabajo en medio, y en todo ese tiempo ninguno de los dos se movió. A nuestro alrededor había velas encendidas que parpadeaban y chisporroteaban mientras la habitación se llenaba de su voz. Él hablaba y yo escuchaba, y poco a poco me fui enterando de todo lo que he contado hasta ahora.
Incluso antes de que empezara, yo sabía que le había ocurrido algo extraordinario. De lo contrario, no habría permanecido escondido tanto tiempo; no se habría tomado tantas molestias para hacernos creer que había muerto. Eso estaba claro y, ahora que Sachs había vuelto, yo estaba dispuesto a aceptar las revelaciones más rebuscadas y disparatadas, dispuesto a escuchar una historia que nunca habría podido imaginar. No es que esperase que me contara esta historia concreta, pero sabía que sería algo así, y cuando Sachs finalmente empezó (recostándose en su butaca dijo: “Habrás oído hablar del Fantasma de la Libertad, ¿no?”) yo apenas parpadeé.
– Así que es eso lo que has estado haciendo -dije, interrumpiéndole antes de que pudiese terminar-. Eres el tipo raro que ha volado todas esas estatuas. Una bonita profesión si puedes meterte en ella, pero ¿quién diablos te ha elegido como conciencia del mundo? La última vez que te vi estabas escribiendo una novela.
Tardó el resto de la noche en contestar esa pregunta. Aun así había lagunas, huecos en el relato que no he podido llenar. Resumiendo, parece que la idea se le ocurrió por etapas, empezando con la bofetada que presenció aquel domingo por la tarde en Berkeley y acabando con la desintegración de su relación con Lillian. En medio hubo una gradual rendición a Dimaggio, una creciente obsesión por la vida del hombre que había matado.
– Finalmente encontré el valor necesario para entrar en su habitación -dijo Sachs-. Ése fue el punto de partida, creo, ése fue el primer paso hacia una especie de acción legítima. Hasta entonces ni siquiera había abierto la puerta. Estaba demasiado asustado, supongo, demasiado temeroso de lo que podría encontrar si empezaba a mirar. Pero Lillian había salido otra vez, Maria estaba en el colegio y yo estaba solo en casa, empezando lentamente a perder la razón. Como era previsible, la mayor parte de las pertenencias de Dimaggio habían sido retiradas de la habitación. No quedaba nada personal: ni cartas, ni documentos, ni diarios, ni números de teléfono. Ninguna pista acerca de su vida con Lillian. Pero tropecé con algunos libros. Tres o cuatro volúmenes de Marx, una biografía de Bakunin, un panfleto escrito por Trotski sobre las relaciones raciales en los Estados Unidos, esa clase de cosas. Y luego, en el último cajón de su mesa, encuadernada en negro, encontré una copia de su tesis. Ésa fue la clave. Si no hubiese encontrado eso, creo que ninguna de las otras cosas habría llegado a suceder.
»Era un estudio sobre Alexander Berkman, una reconsideración de su vida y su obra en algo más de cuatrocientas cincuenta páginas. Estoy seguro de que te has tropezado alguna vez con ese nombre. Berkman era el anarquista que le pegó un tiro a Henry Clay Frick, el hombre cuya casa es un museo en la Quinta Avenida. Eso ocurrió durante la huelga del acero de 1892, cuando Frick llamó a un ejército de guardas de seguridad y les mandó abrir fuego sobre los trabajadores. Berkman tenía entonces veinte años y era un joven judío radical que había emigrado desde Rusia unos años antes. Viajó a Pennsylvania y fue a buscar a Frick con una pistola, con la esperanza de eliminar a aquel símbolo de la opresión capitalista. Frick sobrevivió al ataque y Berkman pasó catorce años en la penitenciaría del estado. Cuando salió escribió Memorias carcelarias de un anarquista y continuó dedicado al trabajo político, principalmente con Emma Goldman. Fue director de Madre Tierra, contribuyó a fundar una escuela libertaria, dio discursos, luchó por causas como la huelga textil de Lawrence, etcétera. Cuando los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial volvieron a meterle en la cárcel, esta vez por hablar contra el reclutamiento. Dos años más tarde, poco tiempo después de quedar en libertad, él y Emma Goldman fueron deportados a Rusia. Durante su cena de despedida llegó la noticia de que Frick había muerto esa misma tarde. El único comentario de Berkman fue: “Deportado por Dios.” Un comentario exquisito, ¿no? En Rusia no tardó mucho en desilusionarse, pensaba que los bolcheviques habían traicionado la revolución; una clase de despotismo había sustituido a otro, y después que la rebelión de Kronstadt fuese aplastada en 1921, decidió emigrar de Rusia por segunda vez. Finalmente se instaló en el sur de Francia, donde vivió los últimos diez años de su vida. Escribió el Abecedario del anarquismo comunista, se mantuvo vivo haciendo traducciones, corrigiendo textos y escribiendo cosas que firmaban otros, pero aun así necesitó de la ayuda de sus amigos para subsistir. En 1936 estaba demasiado enfermo para salir adelante y, antes de continuar pidiendo limosnas, cogió una pistola y se pegó un tiro en la cabeza.
»La tesis era buena. Un poco torpe y didáctica a veces, pero bien documentada y apasionada, un trabajo inteligente y concienzudo. Resultaba difícil no respetar a Dimaggio por haberla escrito, no ver que había sido un hombre con verdadera inteligencia. Teniendo en cuenta lo que yo sabía de sus actividades posteriores, la tesis era evidentemente algo más que un ejercicio académico. Era un paso en su desarrollo interior, una forma de abordar sus propias ideas acerca del cambio político. No lo decía abiertamente, pero se notaba que apoyaba a Berkman, que creía que existía una justificación moral para ciertas formas de violencia política. El terrorismo tenía un lugar en la lucha, por así decirlo. Si se usaba correctamente, podía ser un instrumento eficaz para llamar la atención sobre los temas en cuestión, para revelarle al público la naturaleza del poder institucional.
»A partir de entonces no pude contenerme. Empecé a pensar en Dimaggio en todo momento, a compararme con él, a preguntarme cómo habíamos llegado a estar juntos en aquel camino de Vermont. Intuí una especie de atracción cósmica, el tirón de una fuerza inexorable. Lillian no quiso hablarme mucho de él, pero yo sabía que había sido soldado en Vietnam y que la guerra le había transformado, que había salido del ejército con una nueva comprensión de América, de la política, de su propia vida. Me fascinaba pensar que yo había estado en la cárcel a causa de esa guerra y que participar en ella le había llevado a él más o menos a mi misma posición. Ambos nos habíamos hecho escritores, ambos sabíamos que eran necesarios cambios fundamentales, pero mientras que yo empecé a perder el norte, a titubear con artículos estúpidos y pretensiones literarias, Dimaggio continuó desarrollándose, continuó avanzando, y al final tuvo suficiente valor como para poner a prueba sus ideas. No es que yo crea que poner bombas en campamentos madereros sea una buena idea, pero le envidié por haber tenido los cojones de actuar. Yo nunca había movido un dedo por nada. Me había quedado sentado gruñendo y protestando durante los últimos quince años, pero a pesar de mi moralina y mi postura combativa nunca me había puesto en peligro. Yo era un hipócrita y Dimaggio no, y cuando pensaba en mi mismo en comparación con él me sentía avergonzado.
»Mi primera idea fue escribir algo acerca de él. Algo similar a lo que él había escrito sobre Berkman, sólo que mejor, más profundo, un auténtico examen de su alma. Lo planeé como una elegía, un monumento en forma de libro. Si podía hacer esto por él, tal vez podría empezar a redimirme, tal vez saldría algo bueno de su muerte. Tendría que hablar con muchísimas personas, por supuesto, viajar por todo el país recogiendo información, concertar entrevistas con el mayor número de personas que pudiera encontrar: sus padres y parientes, sus compañeros del ejército, la gente con la que había ido al colegio, sus colegas de profesión, sus antiguas novias, los miembros de los Hijos del Planeta, cientos de personas diferentes. Sería un proyecto enorme, un libro que tardaría años en terminar. Pero eso era lo que me proponía. Mientras me dedicase a Dimaggio le estaría manteniendo vivo, le entregaría mi vida, por así decir, y él me la devolvería. No estoy pidiendo que lo entiendas. Apenas lo entiendo yo. Pero iba a tientas, ¿comprendes?, buscando a ciegas algo a lo que agarrarme, y durante un corto espacio de tiempo esto me pareció sólido, mejor solución que ninguna otra.
»Nunca conseguí hacer nada. Me senté unas cuantas veces para tomar notas, pero no podía concentrarme, no podía organizar mis pensamientos. No sé cuál era el problema. Puede que todavía tuviese demasiada confianza en que mi relación con Lillian siguiese adelante. Puede que no creyera que me sería posible volver a escribir. Dios sabe qué era lo que me lo impedía, pero cada vez que cogía una pluma y trataba de empezar, me entraba un sudor frió, la cabeza me daba vueltas y me sentía como si estuviera a punto de caerme. Igual que aquella vez que me caí de la escalera de incendios. Era el mismo pánico, la misma sensación de vulnerabilidad, el mismo impulso hacia el olvido.
»Luego sucedió algo extraño. Iba andando por Telegraph Avenue una mañana para buscar mi coche cuando vi a alguien que conocía de Nueva York. Cal Stewart, el director de una revista para la cual había escrito un par de artículos a principios de los años ochenta. Era la primera vez desde que había llegado a California que veía a alguien que conocía, y la idea de que él pudiese reconocerme me hizo detenerme en seco. Si una sola persona sabia dónde me encontraba, estaría acabado, estaría absolutamente destruido. Me metí en la primera puerta que encontré, sólo para no estar en la calle. Resultó ser una librería de viejo, un local grande de techos altos con seis o siete habitaciones. Fui hasta el fondo y me escondí detrás de unas estanterías altas, mientras mi corazón latía con fuerza y yo intentaba dominarme. Había una montaña de libros delante de mí, millones de palabras apiladas unas sobre otras, todo un universo de literatura desechada, los libros que ya nadie quería, que habían sido vendidos, que habían sobrevivido a su utilidad. No me di cuenta al principio, pero casualmente estaba en la sección de narrativa norteamericana, y justo allí, a la altura de mis ojos, lo primero que vi cuando empecé a mirar los títulos fue un ejemplar de El nuevo coloso, mi pequeña contribución a aquel cementerio. Era una coincidencia asombrosa, algo que me impresionó tanto que pensé que tenía que ser un presagio.
»No me preguntes por qué lo compré. No tenía ninguna intención de leerlo, pero una vez que lo vi en el estante, supe que tenía que llevármelo. El objeto físico, la cosa misma. Era la edición original de tapa dura, con sobrecubierta y guardas púrpura, y sólo costaba cinco dólares. Y allí estaba mi foto en la solapa trasera: el retrato del artista cuando era un joven retrasado mental. Recuerdo que fue Fanny quien hizo esa foto. Tenía veintiséis o veintisiete años, llevaba barba y el pelo largo y estoy mirando al objetivo con una expresión increíblemente grave y sentimental. Ya has visto la foto, ya sabes cuál digo. Cuando abrí el libro y la vi en la tienda aquel día, casi me eché a reír.
»Una vez que pasó el peligro, salí de la tienda y volví a casa de Lillian en el coche. Sabía que no podía permanecer más tiempo en Berkeley. Ver a Cal Stewart me había acojonado, y de pronto comprendí lo precaria que era mi posición, lo vulnerable que me había vuelto. Cuando llegué a casa con el libro, lo puse sobre la mesita baja del cuarto de estar y me senté en el sofá. Ya no tenía ninguna idea. Tenía que marcharme, pero al mismo tiempo no podía hacerlo, no podía dejar plantada a Lillian. Casi la había perdido, pero no estaba dispuesto a renunciar, no podía soportar la idea de no volver a verla. Así que me senté en el sofá, mirando fijamente la tapa de mi novela, sintiéndome como si acabara de estrellarme contra un muro de ladrillos. No había hecho nada respecto al libro sobre Dimaggio; había tirado más de un tercio del dinero; había estropeado todas mis esperanzas. Por pura infelicidad, continué con los ojos fijos en la tapa del libro. Durante mucho rato creo que ni siquiera lo vi, pero luego, poco a poco, algo empezó a suceder. El proceso debió de durar cerca de una hora, pero una vez que la idea se apoderó de mí, no pude dejar de pensar en ello. La Estatua de la Libertad, ¿recuerdas? Ese extraño distorsionado dibujo de la Estatua de la Libertad. Así fue como empezó, y cuando comprendí lo que iba a hacer, el resto vino por añadidura, todo el disparatado plan encajó.
»Cerré algunas de mis cuentas corrientes esa tarde y me ocupé de las otras a la mañana siguiente. Necesitaba dinero para hacer lo que tenía que hacer, lo cual significaba volverme atrás respecto a todos los compromisos que había adquirido, quedarme con el resto del dinero en lugar de dárselo a Lillian. Me molestaba faltar a mi palabra pero no tanto como me había imaginado. Ya le había dado sesenta y cinco mil dólares, y aunque no era todo lo que quedaba, era mucho dinero, mucho más de lo que ella había esperado que le diera. Los noventa y un mil dólares que todavía tenía me durarían mucho, pero no iba a derrocharlos en mi persona. El destino concebido para aquel dinero era tan importante como mi plan original. Más importante, en realidad. No sólo iba a usarlo para llevar a cabo el trabajo de Dimaggio, sino que lo usaría para expresar mis propias convicciones, para pronunciarme a favor de aquello en lo que creía, para producir la clase de efecto que nunca había podido producir. De repente, mi vida parecía tener sentido. No sólo los últimos meses, sino toda mi vida, desde el principio. Era una milagrosa confluencia, una asombrosa conjunción de motivos y ambiciones. Había encontrado el principio unificador y esta sola idea haría que todos los pedazos rotos de mi mismo se unieran. Por primera vez en mi vida estaría entero.
»No puedo transmitirte la fuerza de mi felicidad. Me sentí libre de nuevo, absolutamente liberado por mi decisión. No era que deseara dejar a Lillian y Maria, pero ahora había cosas más importantes de las que ocuparse y, una vez que entendí eso, toda la amargura y el sufrimiento del último mes se derritió en mi corazón. Ya no estaba embrujado. Me sentí inspirado, vigorizado, limpio. Casi como un hombre que ha encontrado la religión. Como un hombre que ha oído la llamada. El tema inacabado de mi vida había dejado de importar repentinamente. Estaba listo para adentrarme en el desierto y predicar la palabra, listo para empezar de nuevo.
»Pensándolo ahora, veo lo inútil que fue cifrar mis esperanzas en Lillian. Ir allí fue una locura, un acto de desesperación. Podría haber dado resultado si yo no me hubiera enamorado de ella, pero una vez que eso sucedió, la aventura estaba condenada al fracaso. La había puesto en un apuro imposible y ella no sabia cómo salir de él. Quería el dinero y no lo quería. El dinero la volvía codiciosa y su codicia la humillaba. Deseaba que la amase y se odiaba a sí misma por amarme. Ya no la culpo por el infierno que me hizo pasar. Lillian es una persona salvaje. No sólo es hermosa, ¿comprendes?, también es incandescente. Temeraria, descontrolada, dispuesta a todo, y conmigo nunca tuvo la oportunidad de ser como era.
»Al final, lo curioso no era que me marchara, sino que consiguiera quedarme tanto tiempo. Las circunstancias eran tan peculiares, tan peligrosas y desestabilizadoras que creo que empezaron a excitaría. Eso fue lo que la atrajo, no yo, sino la excitación de mi presencia allí, la oscuridad que yo representaba. La situación estaba cargada de posibilidades románticas, y al cabo de un tiempo no pudo resistirse a ellas y se dejó llevar mucho más lejos de lo que había pensado. Es algo parecido a la extraña e improbable manera en que había conocido a Dimaggio. Aquello condujo al matrimonio. En mi caso, a una luna de miel, aquellas dos semanas deslumbrantes en las que nada podía salirnos mal. Lo que sucedió después no tiene importancia. No hubiésemos podido sostenerlo, antes o después ella hubiera empezado a corretear de nuevo, habría vuelto poco a poco a su antigua vida. Pero mientras duró, creo que no hay duda de que estuvo enamorada de mí. Siempre que empiezo a dudarlo, me basta con recordar la prueba. Podía haberme entregado a la policía y no lo hizo. Ni siquiera después de que le dijera que el dinero se había acabado. Ni siquiera después de que me fuese. Eso prueba que signifiqué algo para ella. Prueba que todo lo que me sucedió en Berkeley, sucedió de verdad.
»Pero no me arrepiento de nada. Por lo menos ya no. Todo ha quedado atrás, se acabó, es historia antigua. Lo más difícil fue tener que dejar a la niña. Creí que no me afectaría, pero la eché de menos durante mucho tiempo, mucho más que a Lillian. Siempre que iba conduciendo hacia el Oeste, empezaba a pensar en seguir hasta California, sólo para buscarla y hacerle una visita, pero nunca lo hice. Tenía miedo de lo que podría suceder si volvía a ver a Lillian, así que me mantuve alejado de California y no he vuelto a poner los pies en ese estado desde la mañana en que me fui. Hace dieciocho o diecinueve meses. Probablemente Maria ya ha olvidado quién soy. En una época, antes de que las cosas se estropearan entre Lillian y yo, solía pensar que acabaría adoptándola, que llegaría a ser realmente mi hija. Creo que habría sido bueno para ella, bueno para los dos, pero es demasiado tarde para soñar con eso. Supongo que no he nacido para ser padre, no salió bien con Fanny y tampoco con Lillian. Pequeñas semillas. Pequeños huevos y semillas. Es sólo un número determinado de probabilidades, y luego la vida se apodera de ti y te quedas solo para siempre. Me he convertido en el que soy ahora y no hay modo de volver atrás. Esto es todo, Peter. Mientras dure, esto es todo.
Estaba empezando a divagar. El sol ya había salido y mil pájaros cantaban en los árboles: alondras, pinzones, currucas, el coro matinal en pleno. Sachs llevaba tantas horas hablando que ya casi no sabía lo que decía. Cuando la luz entró a raudales por las ventanas, vi que se le cerraban los ojos. Podemos continuar hablando más tarde, dije. Si no te acuestas y duermes, probablemente te vas a desmayar, y no estoy seguro de tener fuerzas suficientes para llevarte a la casa.
Le acomodé en uno de los dormitorios vacíos del segundo piso, bajé las persianas y luego me fui de puntillas a mi cuarto. Pensé que no podría dormir. Había demasiadas cosas que digerir, demasiadas imágenes agitándose en mi mente, pero en el mismo momento en que puse la cabeza sobre la almohada, empecé a perder la conciencia. Sentí como si me hubiesen dado un mazazo, como si mi cráneo hubiese sido aplastado con una piedra. Algunas historias son demasiado terribles, quizá, y la única manera de dejarlas penetrar dentro de ti es escapar, darles la espalda y dejarte perder en la oscuridad.
Me desperté a las tres de la tarde. Sachs siguió durmiendo durante dos horas o dos horas y media más, y mientras tanto yo perdía el tiempo en el jardín, permaneciendo fuera de la casa para no molestarle. El sueño no me había servido de nada. Estaba aún demasiado aturdido para pensar, y si conseguí mantenerme ocupado durante esas horas fue únicamente planeando el menú de la cena de esa noche. Me costó tomar cada decisión, sopesé los pros y los contras como si el destino del mundo dependiera de ellos: si hacer el pollo en el horno o en la parrilla, si servir arroz o patatas, si quedaría suficiente vino en el armario. Es curioso lo vívidamente que recuerdo todo esto ahora. Sachs acababa de contarme que había matado a un hombre, que había pasado los dos últimos años vagando por el país como un fugitivo, y la única cosa en que yo podía pensar era en qué poner de cena. Era como si necesitara fingir que la vida consistía aún en detalles así de mundanos. Pero eso era únicamente porque sabía que no era así.
Esa noche también nos acostamos tarde. Hablamos durante toda la cena y hasta altas horas de la noche. Esta vez estuvimos fuera, sentados en las mismas sillas adirondack en las que habíamos estado sentados tantas otras noches a lo largo de los años: dos voces desencarnadas en la oscuridad, invisibles el uno para el otro, sin ver nada excepto cuando uno de los dos encendía una cerilla y nuestras caras surgían brevemente de las sombras. Recuerdo el ascua de los cigarros, las luciérnagas latiendo en los arbustos, un enorme cielo estrellado sobre nuestras cabezas, las mismas cosas que recuerdo de tantas otras noches en el pasado. Eso me ayudó a conservar la calma, creo, pero aún más importante que el escenario era el propio Sachs. Las largas horas de sueño habían repuesto sus fuerzas y desde el principio dominó la conversación. No había ninguna vacilación en su voz, nada que me hiciese sentir que no podía confiar en él. Esa fue la noche en que me contó lo del Fantasma de la Libertad, y en ningún momento parecía un hombre que estaba confesando un delito. Estaba orgulloso de lo que había hecho, firmemente en paz consigo mismo, y hablaba con la seguridad de un artista que sabe que acaba de crear su obra más importante.
Era un cuento largo e increíble, una saga de viajes y disfraces, de calmas pasajeras, frenesíes y huidas por los pelos. Hasta que se lo oí a Sachs, nunca habría adivinado cuánto trabajo representaba una explosión: las semanas de planificación y preparación, los complicados y tortuosos métodos para reunir los materiales necesarios con que construir las bombas, las meticulosas coartadas y engaños, las distancias que era
preciso recorrer. Una vez que había seleccionado la ciudad, tenía que encontrar la manera de pasar algún tiempo allí sin levantar sospechas. El primer paso era urdir una identidad y una historia que sirviera de tapadera y; puesto que nunca era la misma persona dos veces, su capacidad de invención estaba constantemente puesta a prueba. Siempre tenía un nombre diferente, tan anodino como fuera posible (Ed Smith, Al Goodwin, Jack White, Bill Foster), y de una operación a otra hacia lo que podía para producir cambios menores en su aspecto físico (afeitado una vez, barbudo otra, cabello oscuro en un lugar, cabello claro en el siguiente, con gafas o sin ellas, con traje o con ropa de trabajo, un número fijo de variables que mezclaba para formar diferentes combinaciones en cada ciudad). El reto fundamental, sin embargo, era encontrar una razón para estar allí, una excusa verosímil para pasar varios días en una comunidad donde nadie le conocía. Una vez se hizo pasar por un profesor universitario, un sociólogo que estaba documentándose para un libro sobre la vida y los valores de las pequeñas ciudades norteamericanas. Otra vez fingió que se trataba de un viaje sentimental, que era un hijo adoptivo que buscaba información sobre sus padres biológicos. En otra ocasión era un hombre de negocios que quería invertir en locales comerciales. En otra, un viudo, un hombre que había perdido a su esposa y sus hijos en un accidente de automóvil y estaba pensando en instalarse en una nueva ciudad. Luego, casi perversamente, una vez que el Fantasma se había hecho un nombre, se presentó en una pequeña ciudad de Nebraska como un periodista que estaba trabajando en un articulo acerca de las actitudes y opiniones de las personas que vivían en lugares donde había una réplica de la Estatua de la Libertad. Les preguntó qué pensaban de las bombas. Qué significaba la estatua para ellos. Fue una experiencia que le destrozó los nervios, dijo, pero valió la pena en todo momento.
Muy al principio decidió que la franqueza seria la estrategia más útil, la mejor manera de evitar dar una impresión equivocada. En lugar de salir furtivamente o esconderse, charlaba con la gente, les conquistaba, les hacia pensar que era una buena persona. Esta cordialidad era natural en Sachs y le daba el espacio para respirar que necesitaba. Una vez que la gente sabía por qué estaba allí, no les alarmaría verle pasear por la ciudad, y si pasaba varias veces por el emplazamiento de la estatua en el curso de su paseo, nadie le prestaría atención. Lo mismo ocurría con los recorridos que hacía después de anochecer, dando vueltas en coche por la ciudad cerrada a las dos de la madrugada para familiarizarse con las pautas del tráfico, para calcular el índice de probabilidades de que hubiese alguien en las cercanías cuando colocase la bomba. Después de todo, estaba pensando en trasladarse allí. ¿Quién podía culparle si quería ver cómo era el lugar después de la puesta de sol? Se daba cuenta de que era una excusa endeble, pero estas salidas nocturnas eran inevitables, una precaución necesaria, porque no sólo tenía que salvar su pellejo, además tenía que asegurarse de no herir a nadie. Un vagabundo que durmiera en la base del pedestal, dos adolescentes besándose en el césped, un hombre paseando a su perro durante la noche; bastaría un sólo fragmento de piedra o de metal para matar a alguien, y entonces toda la causa se destruiría. Ése era el mayor temor de Sachs, y no escatimaba esfuerzos para evitar accidentes. Las bombas que fabricaba eran pequeñas, mucho más pequeñas de lo que le hubiese gustado, y aunque eso aumentaba los riesgos, nunca ponía el mecanismo de relojería para que estallase más de veinte minutos después de que él hubiera sujetado los explosivos con cinta adhesiva a la corona de la estatua. Nada garantizaba que no pasara alguien por allí en esos veinte minutos, pero, dada la hora y el carácter de esas ciudades, las probabilidades eran escasas.
Junto con todo lo demás, Sachs me dio grandes cantidades de información técnica durante esa noche, un curso intensivo sobre la mecánica de la fabricación de bombas. Confieso que la mayor parte me entró por un oído y me salió por el otro. No tengo ninguna habilidad para las cosas mecánicas y mi ignorancia hacía que me resultase difícil seguir lo que me decía. Entendía alguna que otra palabra, términos como despertador, pólvora, mecha, pero el resto era incomprensible, un idioma extranjero que no lograba penetrar. No obstante, a juzgar por la forma en que hablaba, deduje que se necesitaba mucho ingenio. No se fiaba de fórmulas preestablecidas, y con la dificultad añadida de tratar de no dejar pistas, se esforzaba por utilizar únicamente los materiales más caseros, por montar sus explosivos con diversos objetos que podían encontrarse en cualquier ferretería. Debió de ser un proceso arduo, viajar a algún sitio sólo para comprar un reloj, conducir luego setenta kilómetros para comprar sólo un carrete de alambre, ir luego a algún otro sitio para comprar un rollo de cinta adhesiva. Ninguna compra era nunca superior a los veinte dólares, y tenía mucho cuidado de pagar siempre en efectivo, en todas las tiendas, en todos los restaurantes, en todos los destartalados moteles. Entrar y salir; hola y adiós. Luego desaparecía, como si su cuerpo se hubiese desvanecido en el aire. Era un trabajo duro, pero después de año y medio no había dejado un solo rastro tras de sí.
Tenía un apartamento barato en la zona sur de Chicago. Lo había alquilado con el nombre de Alexander Berkman, pero era más un refugio que un hogar, un lugar donde descansar entre viajes, y no pasaba más de un tercio de su tiempo allí. Sólo pensar en la vida que llevaba me hacia sentir un poco incómodo. En movimiento constante, la tensión de estar siempre fingiendo ser otra persona, la soledad… Pero Sachs despreció mi desasosiego con un encogimiento de hombros, como si no tuviera ninguna importancia. Estaba demasiado preocupado, demasiado absorto en lo que estaba haciendo para pensar en esas cosas. Si se había creado algún problema, era el de cómo enfrentarse al éxito. Con la reputación del Fantasma creciendo constantemente, se había vuelto cada vez más difícil encontrar estatuas que atacar, la mayoría de ellas estaban ahora protegidas, y si al principio había necesitado entre una y tres semanas para realizar sus misiones, la media había aumentado a casi dos meses y medio. A principios de ese verano se había visto obligado a abandonar un proyecto en el último minuto, y varios otros habían sido pospuestos, abandonados hasta el invierno, cuando las frías temperaturas sin duda disminuirían la determinación de los guardianes nocturnos. Sin embargo, por cada obstáculo que surgía habla un beneficio compensatorio, otra señal que demostraba cuánto se había extendido su influencia. En los últimos meses el Fantasma de la Libertad había sido el tema de editoriales y sermones. Había sido debatido en programas de radio que reciben llamadas de los oyentes, caricaturizado en chistes políticos, vituperado como una amenaza a la sociedad, exaltado como un hombre del pueblo. En las tiendas de novedades se vendían camisetas y chapas del Fantasma de la Libertad, habían empezado a circular chistes y hacía un mes, en Chicago, se había presentado un número de cabaret en el que el Fantasma desnudaba lentamente a la Estatua de la Libertad y luego la seducía. Estaba teniendo éxito, dijo, mucho más del que nunca hubiera creído posible. Mientras pudiera mantenerlo, estaba dispuesto a hacer frente a cualquier inconveniente, a soportar cualquier penalidad. Era la clase de cosa que diría un fanático, pensé más tarde, un reconocimiento de que ya no necesitaba una vida propia, pero hablaba con tanta felicidad, con tanto entusiasmo y tal ausencia de duda, que apenas comprendí las implicaciones de esas palabras en su momento.
Había más que decir. En mi mente se habían acumulado toda clase de preguntas, pero ya había amanecido y estaba demasiado cansado para preguntar. Quería preguntarle por el dinero (cuánto le quedaba, qué iba a hacer cuando se acabase); quería saber algo más sobre su ruptura con Lillian Stern; quería preguntarle por Maria Turner, por Fanny, por el manuscrito de Leviatán (que ni siquiera se había molestado en mirar). Habla cien cabos sueltos, y yo consideraba que tenía derecho a saber aquello, que él estaba obligado a contestar a todas mis preguntas. Pero no le insistí para que continuara. Me dije que hablaríamos de todo aquello en el desayuno, ahora era el momento de irse a la cama.
Cuando me desperté por la mañana, el coche de Sachs había desaparecido. Supuse que había ido a la tienda del pueblo y volvería en cualquier momento, pero después de esperar más de una hora, empecé a perder las esperanzas. No quería creer que se hubiese marchado sin despedirse, sin embargo sabia que cualquier cosa era posible. Había dejado plantados a otros anteriormente, ¿por qué había de pensar que conmigo no lo haría? Primero Fanny, luego Maria Turner, luego Lillian Stern. Tal vez yo no era más que el último en una larga serie de silenciosas partidas, otra persona a la que había tachado de su lista.
A las doce y media me fui al estudio para sentarme a trabajar en mi libro. No sabía qué hacer, y antes de continuar esperando fuera, sintiéndome cada vez más ridículo allí de pie, escuchando para ver si oía el coche de Sachs, pensé que tal vez me ayudaría distraerme con el trabajo. Fue entonces cuando encontré su carta. La había colocado encima de mi manuscrito y la vi en cuanto me senté a la mesa.
»Perdóname por marcharme a hurtadillas”, empezaba, “pero creo que ya hemos cubierto casi todo. Si me quedase más tiempo, sólo serviría para causar problemas. Tú tratarías de disuadirme de lo que estoy haciendo (porque eres mi amigo, porque lo considerarías tu obligación como amigo mío), y no quiero pelearme contigo, no tengo estómago para discusiones ahora. Pienses lo que pienses de mi, te agradezco que me escucharas. Era necesario contar la historia, y mejor a ti que a ningún otro. Si llega el momento, tú sabrás cómo contársela a los demás, tú les harás entender de qué se trata. Tus libros demuestran eso y, a fin de cuentas, eres la única persona con quien puedo contar. Tú has ido mucho más lejos de lo que yo fui nunca, Peter. Te admiro por tu inocencia, por la forma en que te has mantenido fiel a esto durante toda tu vida. Mi problema era que yo no podía creer en ello. Siempre quise algo más, pero nunca supe lo que era. Ahora lo sé. Después de todas las cosas horribles que han sucedido, finalmente he encontrado algo en lo que creer. Eso es lo único que me importa ya. Continuar con esto. Por favor, no me culpes por ello y, sobre todo, no me compadezcas. Estoy bien. Nunca he estado mejor. Voy a continuar haciéndoles la vida imposible mientras pueda. La próxima vez que leas algo sobre el Fantasma de la Libertad, espero que te haga reír. Adelante y hacia arriba, compañero. Te veré en los periódicos. Ben.”
Creo que leí esta nota veinte o treinta veces. No tenía otra cosa que hacer y tardé por lo menos todo ese tiempo en asimilar el golpe de su partida. Las primeras lecturas me hicieron sentirme dolido, enfadado con él por escabullirse a mis espaldas. Pero luego, muy despacio, mientras volvía a leer la carta, empecé a admitir de mala gana que Sachs tenía razón. La siguiente conversación habría sido mucho más difícil que las otras. Era verdad que pensaba encararme con él, que había decidido hacer todo lo que pudiera por disuadirle de continuar. Él lo había intuido, supongo, y antes de permitir que hubiera amargura entre nosotros, se marchó. Realmente no podía culparle por ello. Quería que nuestra amistad sobreviviera, y puesto que sabía que aquella visita podía ser la última, no había querido que terminara de mala manera. Ese era el propósito de la nota. Puso fin a las cosas sin acabar con ellas. Fue su manera de decirme que no podía decirme adiós.
Vivió diez meses más, pero nunca volví a tener noticias suyas. El Fantasma de la Libertad atacó dos veces durante ese período -una en Virginia y otra en Utah-, pero no me reí. Ahora que conocía la historia, no podía sentir más que tristeza, un inconmensurable dolor. El mundo sufrió cambios extraordinarios en esos diez meses. El Muro de Berlín fue derribado, Havel se convirtió en el presidente de Checoslovaquia, la Guerra Fría acabó de repente. Pero Sachs seguía allí, una partícula solitaria en la noche americana, lanzado hacia su destrucción en un coche robado. Dondequiera que estuviese, yo estaba con él ahora. Le había dado mi palabra de no decir nada y cuanto más tiempo guardaba su secreto, menos me pertenecía yo. No sé de dónde venia mi obstinación, pero nunca le dije nada a nadie. Ni a Iris, ni a Fanny, ni a Charles, ni a un alma. Había asumido la carga de ese silencio por él, y al final casi me aplasta.
Vi a Maria Turner a principios de septiembre, unos días después de que Iris y yo regresásemos a Nueva York. Fue un alivio poder hablar de Sachs con alguien, pero incluso con ella me reservé lo más que pude, ni siquiera mencioné que le había visto, sólo que me había llamado y que habíamos hablado por teléfono durante una hora. Fue un baile siniestro el que bailé con Maria aquel día. La acusé de lealtad equivocada, de traicionar a Sachs al cumplir su promesa, mientras yo estaba haciendo exactamente lo mismo. A ambos nos había hecho partícipes del secreto, pero yo sabía más que ella y no iba a compartir los detalles con ella. Bastaba con que supiera que yo sabía que ella sabía. Habló de buena gana después de eso, dándose cuenta de lo inútil que habría sido tratar de engañarme. Eso ya había quedado al descubierto y acabé sabiendo más acerca de sus relaciones con Sachs de lo que éste me había contado. Entre otras cosas, aquel día vi por primera vez las fotografías que ella le había hecho, las llamadas “Jueves con Ben”. Más importante, también me enteré de que Maria había visto a Lillian Stern en Berkeley el año anterior, unos seis meses después de que Sachs se fuera. De acuerdo con lo que Lillian le había contado, Ben había vuelto a visitarla dos veces. Eso contradecía lo que él me había dicho, pero cuando le señalé esta discrepancia a Maria, ella se limitó a encogerse de hombros.
– Lillian no es la única persona que miente -dijo-. Lo sabes tan bien como yo. Después de lo que esos dos se hicieron el uno al otro, no se puede apostar por nada.
– No digo que Ben no pudiese mentir -contesté-. Simplemente no entiendo por qué iba a hacerlo.
– Parece que la amenazó. Puede que le avergonzase contártelo.
– ¿Que la amenazó?
– Lillian dice que la amenazó con raptar a su hija.
– ¿Y por qué diablos iba a hacer tal cosa?
– Al parecer no le gustaba la forma en que ella estaba educando a Maria. Le dijo que era una mala influencia para ella, que la niña merecía una oportunidad de crecer en un ambiente sano. Adoptó una actitud moralista y la cosa derivó en una escena desagradable.
– Eso no me parece propio de Ben.
– Puede que no. Pero Lillian estaba lo bastante asustada como para tomar medidas al respecto. Después de la segunda visita de Ben, metió a Maria en un avión y la envió al Este a casa de su madre. La niña ha estado viviendo allí desde entonces.
– Puede que Lillian tuviera sus propias razones para querer librarse de ella.
– Cualquier cosa es posible. Sólo te estoy contando lo que ella me dijo.
– ¿Y qué hay del dinero que le dio? ¿Se lo gastó?
– No. Por lo menos no en ella. Me dijo que lo había puesto en un fideicomiso para Maria.
– Me pregunto si Ben llegó a contarle de dónde procedía el dinero. No lo tengo claro, y tal vez eso habría supuesto alguna diferencia.
– No estoy segura. Pero primero seria más interesante preguntarse de dónde había sacado Dimaggio el dinero. Era una cantidad fabulosa para llevarla encima.
– Ben pensaba que era robada. Por lo menos al principio. Luego pensó que tal vez se la había dado alguna organización política. Si no los Hijos del Planeta, alguna otra. Terroristas, por ejemplo. El PLO, el IRA, cualquiera de una docena de grupos. Suponía que Dimaggio podía estar relacionado con gente como ésa.
– Lillian tiene su propia opinión respecto a qué se dedicaba Dimaggio.
– Estoy seguro de ello.
– Sí, bueno, es interesante si te paras a pensarlo. En su opinión, Dimaggio trabajaba como agente secreto para el gobierno. La CIA, el FBI, una de esas bandas de espías. Ella cree que empezó cuando era soldado en Vietnam. Que le reclutaron allí y luego le pagaron la universidad y los estudios de posgrado. Para darle los títulos adecuados.
– ¿Quieres decir que era un infiltrado?
– Eso es lo que Lillian cree.
– Me suena muy rebuscado.
– Por supuesto. Pero eso no significa que no sea verdad.
– ¿Tiene alguna prueba, o es una suposición infundada?
– No lo sé, no se lo pregunté. En realidad no hablarnos mucho de eso.
– ¿Por qué no se lo preguntas ahora?
– No estamos en muy buenas relaciones.
– Ah, ¿no?
– Fue una visita accidentada y no nos hemos llamado desde el año pasado.
– Os peleasteis.
– Sí, más o menos.
– Por Ben, supongo. Tú todavía estás colgada de él, ¿no? Debió de ser duro escuchar a tu amiga contarte que se había enamorado de ella.
De repente Maria volvió la cabeza hacia el otro lado y yo comprendí que tenía razón. Pero era demasiado orgullosa para admitirlo y un momento después había recobrado la suficiente serenidad para volver a mirarme. Me lanzó una dura e irónica sonrisa.
– Tú eres el único hombre al que he querido, cariño -dijo-. Pero me dejaste plantada para casarte con otra, ¿no? Cuando una chica tiene el corazón roto, tiene que hacer lo que pueda.
Conseguí convencerla de que me diese la dirección y el número de teléfono de Lillian. En octubre iba a salir un nuevo libro mío y mi editor me había organizado una gira para hacer lecturas en varias ciudades del país. San Francisco era la última parada del recorrido, y no tendría sentido ir allí sin intentar conocer a Lillian. No tenía la menor idea de si ella sabía dónde estaba Sachs o no -y aunque lo supiera, no era seguro que me lo dijese-, pero suponía que tendríamos muchas cosas de que hablar de todas formas. Aunque no fuera más que eso, quería echarle la vista encima para poder formarme mi propia opinión de cómo era. Todo lo que sabia de ella venía de Sachs y de Maria, y era una figura demasiado importante para que me fiase de las versiones de ellos. La llamé al día siguiente de que Maria me diese su número de teléfono. No estaba, pero le dejé un mensaje en el contestador y, para sorpresa mía, me llamó al día siguiente por la tarde. Fue una conversación breve pero cordial. Sabia quién era yo, dijo, Ben le había hablado de mí y le había regalado una de mis novelas, pero confesaba que no había tenido tiempo de leerla. No me atrevía a hacerle ninguna pregunta por teléfono. Bastaba con haber establecido contacto con ella, así que fui directo al grano y le pregunté si estaría dispuesta a encontrarse conmigo cuando fuera a Bay Area a finales de octubre. Vaciló un momento, pero cuando le expresé las ganas que tenía de verla, cedió. Llámeme cuando llegue a su hotel, dijo, y tomaremos una copa juntos en alguna parte. Fue así de sencillo. Pensé que tenía una voz interesante, más bien profunda, y me gustaba cómo sonaba. Si hubiese llegado a ser actriz, era la clase de voz que la gente habría recordado.
La promesa de ese encuentro me mantuvo durante el siguiente mes y medio. Cuando el terremoto sacudió San Francisco a primeros de octubre, mi primer pensamiento fue preguntarme si habría de cancelar mi visita. Ahora me avergüenzo de mi falta de sensibilidad, pero en aquel momento apenas me percaté de ello. Autopistas destruidas, edificios en llamas, cuerpos mutilados y aplastados; todos estos desastres no significaban nada para mi excepto en la medida en que pudieran impedirme hablar con Lillian Stern. Afortunadamente, el teatro donde tenía que hacer la lectura no sufrió daños y el viaje se realizó como estaba planeado. Después de inscribirme subí a mi habitación y llamé a la casa de Berkeley. Una mujer con una voz desconocida contestó al teléfono. Cuando le pregunté si podía hablar con Lillian Stern, me dijo que Lillian se habla marchado a Chicago tres días después del terremoto. ¿Cuándo vuelve?, pregunté. La mujer no lo sabía. ¿Quiere usted decir que el terremoto la asustó tanto como para marcharse?, pregunté. Oh, no, dijo la mujer, Lillian había planeado marcharse antes del terremoto. Había puesto el anuncio para subarrendar su casa a principios de septiembre. ¿Dejó alguna dirección?, pregunté. A ella no, dijo la mujer, ella pagaba el alquiler directamente al casero. Bueno, dije, luchando por vencer mi decepción, si alguna vez tiene noticias suyas, le agradecería me lo comunicara. Antes de colgar le di mi número de teléfono de Nueva York. Llámeme a cobro revertido, dije, a cualquier hora del día o de la noche.
Comprendí entonces que Lillian me había engañado por completo. Sabía que se habría ido antes de que yo llegara allí, lo cual significaba que nunca había tenido intención de venir a nuestra cita. Me maldije por mi credulidad, por el tiempo y la esperanza que había despilfarrado. Sólo para asegurarme, pregunté en el servicio de información de Chicago, pero no había ningún teléfono a nombre de Lillian Stern. Cuando llamé a Maria Turner a Nueva York y le pedí la dirección de la madre de Lillian, ella me dijo que había perdido el contacto con Mrs. Stern hacia muchos años y no tenía ni idea de dónde vivía. La pista había desaparecido de repente. Lillian estaba ahora tan perdida para mí como Sachs, y ni siquiera se me ocurría cómo podía empezar a buscarla. Si había algún consuelo en su desaparición venía de la palabra Chicago. Tenía que haber una razón para que ella no quisiera hablar conmigo, y recé para que fuese que trataba de proteger a Sachs. De ser así, tal vez su relación era mejor de lo que me habían hecho creer. O tal vez su relación había mejorado después de la visita de Sachs a Vermont. ¿Y si había ido a California y la había convencido de que se fugase con él? Él me había dicho que tenía un apartamento en Chicago y Lillian le había dicho a su inquilina que se trasladaba a Chicago. ¿Era una coincidencia? ¿Había mentido uno de ellos o los dos? Ni siquiera podía adivinarlo, pero, por Sachs, esperaba que estuvieran juntos, viviendo una loca existencia de fugitivos mientras iban y venían por el país, planeando furtivamente su siguiente operación. El Fantasma de la Libertad y su amante. Aunque no fuera más que eso, no estaría solo, y yo prefería imaginármelo con ella que solo, prefería imaginar cualquier vida antes que la que él me había descrito. Si Lillian era tan intrépida como él me había dicho, quizá estuviera con él, quizá fuera lo bastante alocada para haberlo hecho.
No supe nada más a partir de entonces. Pasaron ocho meses, y cuando Iris y yo volvimos a Vermont a finales de junio, yo prácticamente había renunciado a la idea de encontrarle. De los cientos de posibilidades que imaginaba, la que parecía más probable era que nunca volviese a dar señales de vida. Yo no tenía ni idea de cuánto tiempo continuarían las explosiones, de cuándo llegaría el final. Y aunque hubiese un final, parecía dudoso que yo me enterase de ello; lo cual significa que la historia seguiría eternamente, segregando su veneno dentro de mí para siempre. La dificultad estaba en aceptar eso, en coexistir con las fuerzas de mi propia incertidumbre. A pesar de que deseaba desesperadamente una resolución, tenía que comprender que tal vez no se produciría nunca. Después de todo, uno sólo puede contener el aliento durante un tiempo limitado. Tarde o temprano, llega un momento en que tiene que respirar de nuevo, aunque el aire esté contaminado, aunque sepa que acabará matándole.
El artículo en el Times me cogió con la guardia baja. Me había acostumbrado tanto a mi ignorancia que ya no esperaba que nada cambiase. Alguien había muerto en esa carretera de Wisconsin, pero aunque sabía que podía haber sido Sachs, no estaba dispuesto a creerlo. Fue necesaria la llegada de los hombres del FBI para convencerme, e incluso entonces me aferré a mis dudas hasta el último momento, cuando mencionaron el número de teléfono que habían encontrado en el bolsillo del muerto. Después de eso, una sola imagen ardió en mi cerebro y ha permanecido conmigo desde entonces: mi pobre amigo volando en pedazos cuando la bomba estalló, el cuerpo de mi pobre amigo esparcido al viento.
Eso ocurrió hace dos meses. A la mañana siguiente me senté y empecé el libro. Y desde entonces he trabajado en un estado de pánico constante, luchando por acabarlo antes de que se me agotara el tiempo, sin saber nunca si podría llegar hasta el final. Como había previsto, los hombres del FBI han estado muy atareados a causa mía. Han hablado con mi madre en Florida, con mi hermana en Connecticut, con mis amigos en Nueva York, y durante todo el verano la gente ha estado llamándome para contarme esas visitas, preocupados de que estuviese metido en un lío. No estoy en un lío todavía, pero estoy seguro de que lo estaré en un futuro próximo. Cuando mis amigos Worthy y Harris descubran cuántas cosas les he ocultado, será inevitable que se irriten. Ya no hay nada que pueda hacer al respecto. Me doy cuenta de que hay castigos por ocultarle información al FBI, pero, dadas las circunstancias, no veo cómo hubiese podido actuar de otra manera. Le debía a Sachs el mantener la boca cerrada y le debía escribir este libro. El tuvo el valor de confiarme su historia, y no creo que pudiese vivir conmigo mismo si le hubiese fallado.
Durante el primer mes escribí un borrador preliminar corto, ateniéndome únicamente a lo más esencial. Cuando vi que el caso seguía sin resolverse, volví al principio y empecé a llenar las lagunas, a ampliar cada capitulo hasta el doble de la extensión original. Mi plan era revisar el manuscrito tantas veces como fuese necesario, añadir nuevo material en cada borrador sucesivo y seguir trabajando en ello hasta que pensase que no quedaba nada por decir. Teóricamente, el proceso podría haber continuado durante meses, tal vez incluso años…, pero sólo si tenía suerte. En realidad, estas ocho semanas son todo lo que tendré. Cuando llevaba hechas tres cuartas partes del segundo borrador (en mitad del cuarto capítulo), me vi obligado a dejar de escribir. Eso ocurrió ayer y todavía estoy tratando de asimilar lo repentino que fue. El libro ha terminado ya porque el caso ha terminado. Si añado esta página final es sólo para dejar constancia de cómo encontraron la solución, para anotar la última sorpresa, el último giro que pone fin a la historia.
Fue Harris quien me lo contó. Era el mayor de los dos agentes, el hablador, el que me había preguntado cosas sobre mis libros. Al parecer, finalmente fue a una librería y compró alguno, como me había prometido hacer cuando me visitó con su compañero en julio. No sé si pensaba leerlos o actuó simplemente por una corazonada. Pero resultó que los ejemplares que compró estaban firmados con mi nombre. Debió de acordarse de lo que le conté sobre los curiosos autógrafos que habían estado apareciendo sobre mis libros, así que llamó aquí hace diez días para preguntarme si había estado alguna vez en esa librería, situada en un pueblo a las afueras de Albany. Le dije que no, que nunca había puesto los pies en ese pueblo, y él me dio las gracias por mi ayuda y colgó. Le dije la verdad porque no vi ninguna necesidad de mentir. Su pregunta no tenía nada que ver con Sachs, y si quería buscar a la persona que había estado falsificando mi firma, ¿qué daño había en ello? Pensé que me estaba haciendo un favor, pero en realidad acababa de entregarle la clave del caso. Llevó los libros al laboratorio del FBI a la mañana siguiente, y después de una concienzuda búsqueda de huellas dactilares encontraron varios juegos de huellas claras. Uno de ellos pertenecía a Sachs. Ya debían de conocer el nombre de Ben, y puesto que Harris era un tipo listo, no se le habría escapado la relación. Una cosa llevó a otra, y cuando él se presentó aquí ayer, ya había encajado todas las piezas. Sachs era el hombre que se había volado a sí mismo en Wisconsin. Sachs era el hombre que había matado a Reed Dimaggio. Sachs era el Fantasma de la Libertad.
Vino solo, sin el estorbo del silencioso y adusto Worthy. Iris y los niños se habían ido a bañar en la alberca, y de nuevo estaba yo solo, de pie delante de la casa viéndole bajar del coche. Harris estaba de buen humor, más jovial que la primera vez, y me saludó como si fuésemos viejos amigos, colegas en el afán por resolver los misterios de la vida. Tenía noticias, dijo, y pensó que tal vez me interesarían. Habían identificado a la persona que había estado firmando mis libros y había resultado ser amigo mío, un hombre que se llamaba Benjamin Sachs. ¿Por qué querría un amigo hacer una cosa así?
Miré fijamente al suelo conteniendo las lágrimas mientras Harris esperaba una respuesta.
– Porque me echaba de menos -dije finalmente-. Se marchó a hacer un largo viaje y se le olvidó comprar postales. Era su manera de permanecer en contacto conmigo.
– Ah -dijo Harris-. Un verdadero bromista. Tal vez pueda usted decirme algo más sobre él.
– Sí, puedo decirle muchas cosas. Ahora que ha muerto ya no importa, ¿verdad?
Entonces señalé la cabaña del estudio y sin decir una palabra más crucé el patio delante de Harris bajo el caliente sol de la tarde. Subimos juntos los escalones y una vez dentro le entregué las páginas de este libro.