38922.fb2 Libro del recuerdo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 10

Libro del recuerdo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 10

Chicas

El jardín era enorme, casi un parque, sombreado y perfumado al calor del verano: el olor ácido de los abetos, la resina que goteaba de las pinas que crujían al abrirse, los gruesos capullos de las rosas que estallaban en rojo, amarillo, blanco y rosa resplandecientes, aquí y allá, un pétalo rizado por el sol, que ya no podría seguir abriéndose e iba a caer; los lirios erguidos que atraían a las abejas con su néctar, las petunias lila, granate y azul que cabeceaban a la brisa, los dragones de alto tallo, los racimos de dedalera que festoneaban los senderos con sus colores llameantes, los destellos del rocío en la hierba al sol de la mañana, y, sobre todo, los arbustos, en macizos y en setos, saúcos, evónimos, lilos, jazmines que embriagaban con su dulce perfume, laburnos, avellanos y, a la sombra densa del espino blanco, una espesura húmeda en la que campaba por sus respetos la oscura hiedra de olor acre que con sus zarcillos se agarraba a cercas y paredes y abrazaba los troncos de los árboles, que echaba finas raíces aéreas y todo lo cubría, que se nutría de los hongos y la putrefacción que ella misma producía, una planta simbólica que, con sus tupidas hojas verde cardenillo, todo lo engulle, ramas, troncos, hierba, y en otoño se deja sepultar por la hojarasca rojiza para resurgir, lustrosa y robusta, en primavera; aquí se refrescaban los lagartos verdes, las culebras pardas y los limacos gordos, que trazaban complicados arabescos con su baba que, una vez seca, se volvía blanquecina y se te desmenuzaba en los dedos; hoy rememoro aquel jardín sabiendo que ya no existe, se arrancaron los arbustos, se talaron casi todos los árboles, se derribó la fresca glorieta pintada de verde por la que trepaban rosas carmesí, desaparecieron las piedras de la rocalla, destinadas a otros usos y, con ellas, las siemprevivas, los heléchos, el sedo, los írides y los amarantos, se secó el césped y creció la maleza, se pudrieron las silias blancas, la estatua de piedra de Pan tocando la flauta, que con los años había empezado a desmenuzarse y que una noche de tormenta cayó y desde entonces estaba tumbada en la hierba, habrá ido a parar a algún sótano, y ni el pedestal quedará, los adornos de estuco del la fachada han saltado, las diosas de boca abierta que descansaban en conchas marinas encima de las ventanas se han caído, lo mismo que las falsas columnas jónicas, el porche acristalado está tapiado y, después de esta llamada reforma, la vid silvestre, paraíso de hormigas, escarabajos e insectos varios, fue arrancada de la pared, pero, pese a que sé de todos estos cambios y a que el jardín vive sólo en mi recuerdo, aún oigo el susurro de las hojas, respiro los perfumes, veo los reflejos de la luz y siento la brisa lo mismo que entonces, y me basta desearlo para que vuelva a ser verano, haya silencio y llegue la tarde.

Y aquí está el niño que era yo, de cuerpo frágil pero bien proporcionado, aunque él se ve feo y tan fachoso que, por mucho calor que haga, no se quita la camisa o, por lo menos, la camiseta, y siempre lleva pantalón largo porque prefiere sudar a enseñar las piernas, a pesar de que le repugna oler a sudor; hoy nos hacen sonreír con indulgencia sus manías, y comprendemos con amargura que raramente somos conscientes de nuestra propia belleza, que sólo los demás parecen apreciar y que nosotros no descubrimos sino al mirar atrás con nostalgia.

Estoy en el empinado sendero del jardín, es uno de los raros momentos en los que no pienso en mí, mejor dicho, la espera me absorbe de tal modo que he pasado a formar parte de una escena que se desarrolla según unas reglas desconocidas y, excepcionalmente, en este momento, no me preocupa no llevar camisa ni pantalón, sino sólo un calzoncillo azul, descolorido por los muchos lavados, a pesar de que ella ya no puede tardar.

Sencillamente, estoy allí, en el jardín, y al otro lado de la calle está el bosque, en la mano tengo una rebanada de pan con una gruesa capa de manteca y unas tiras de pimiento verde por encima que he cortado cuidadosamente, a lo largo y, cuando me llevo el pan a la boca, las sujeto con los dedos, para que no se muevan, pero se escurren, y es que no puedo apretar, porque me untaría la cara de manteca.

El calor pone un velo gris en el cielo, el sol quema, es la hora más tórrida de la tarde, no se mueve ni un insecto, pero a mí me parece sentir en la piel húmeda un soplo de aire refescante que a esta hora no puede percibirse más que en este sendero.

Los lagartos están escondidos y hasta los pájaros callan.

El sendero sube hasta la verja de hierro forjado sostenida por pilares de piedra labrada, fuera, en la calle, tiemblan ligeramente las sombras, al otro lado está el bosque y de allí llega esta brisa fresca y seca que me acaricia la piel; estoy un poco aturdido, pero alerta, porgue tengo que reconocer que mi aturdimiento es fingido, que lo simulo para salvar mi amor propio.

Así me evito reconocer que estoy esperándola, ya la esperaba en la grata penumbra de la habitación, mientras hacía como que leía, la esperaba al dormirme y la esperaba al despertarme, la he esperado durante horas, días y semanas, la esperaba en la cocina, mientras untaba el pan y cortaba el pimiento, quién sabe las veces que mis ojos se han vuelto hacia el ruidoso despertador, como si se extraviaran y tropezaran con las manecillas por casualidad, pensando que quizá también ella estuviera pendiente del reloj para salir precisamente en ese momento, porque pasaba todos los días casi a la misma hora, las dos y media, y no podía ser casual tanta exactitud, pero, al mismo tiempo, sin poder desechar la horrible idea de que quizá yo estuviera equivocado y que ella no pasaba por mí sino por que le gustaba el camino. Unos minutos más y podría acercarme a la valla, como si tuviera algo importante que hacer allí, unos minutos, media hora a lo sumo, si se retrasaba para fingir indiferencia, como hacía yo cuando me escondía en el seto; me preguntaba si tendría que esperar mucho rato, porque una vez, una sola vez, no vino; la esperé hasta la noche, no podía hacer otra cosa, oscureció y yo seguía al lado de la valla, ella no. vino, y aquella tarde descubrí lo abismal que puede ser el tiempo cuando uno espera y no puede hacer más que esperar. Y entonces apareció de repente.

Al igual que todos los momentos que consideramos trascendentales, también ése fue insulso, como si tuviéramos que anunciarnos a nosotros mismos que lo que tanto esperábamos ya ha ocurrido, porque nada cambia, todo sigue como estaba, simplemente, ella había llegado, la espera había terminado.

Yo estaba entre los arbustos, detrás de la valla, tenía el observatorio cerca de la verja, exactamente delante del sendero que salía del bosque y, casi escondido, serpenteaba entre las matas, bajo las ramas de un enorme sauce llorón y salía a la calle por la que a aquella hora no pasaba nadie; yo podía estar seguro de que, si me mantenía alerta, no perdería ni un segundo de su presencia, eran momentos preciosos para mí y, trabajosamente, me abría camino por entre los arbustos, de los que conocía cada rama que me golpeaba la cara, y la acompañaba hasta la cerca del vecino, y desde allí la seguía con la mirada, hasta que el rojo y el azul de su graciosa falda se confundían con el verde, y todo ello duraba bastante tiempo; la única sorpresa podía ser que no viniera por el bosque, para evitar que nuestro mudo juego se hiciera rutinario y a veces daba un gran rodeo, y, en lugar de salir del bosque, aparecía por donde la calle se elevaba en una pronunciada subida para descender enseguida; la calzada había estado asfaltada, pero las heladas habían cuarteado y hecho saltar el asfalto, y sus precauciones eran inútiles; en aquella quietud, ni el oído más fino percibía el lejano y monótono zumbido de la ciudad, entre la sinfonía que formaban el susurro de las hojas, los trinos de los pájaros, el ladrido de algún que otro perro y el sonido de una voz humana, pero aquella atenta espera me había enseñado a distinguir los distintos tonos del silencio y de cada sonido, y era inútil que ella tratara de sorprenderme viniendo por la calle, porque la tierra rechinaba bajo sus pies, y no podía ser nadie más que ella, yo conocía bien sus pasos.

Aquel día, al salir del sendero del bosque, se paró, y, si la memoria me ha conservado fielmente su imagen, que es lo más probable, llevaba la falda roja con lunares blancos y una blusa blanca, las dos cosas, bien almidonadas y planchadas con brillo, de modo que el pequeño relieve de sus pechos casi desaparecía bajo la rígida tela, y sus finas rodillas golpeaban airosamente la falda de algodón haciéndola crujir; cada prenda de su modesto vestuario revelaba u ocultaba alguna parte de su cuerpo, y por eso yo conocía bien todas sus faldas, vestidos y blusas, prendas que quizá ella elegía con esmero pensando en mí; se paró, pues, y, estirando el cuello hacia adelante, muy despacio, con fingida indiferencia, volvió la cabeza primero hacia la derecha y después hacia la izquierda y, durante este movimiento, sus oíos, como por casualidad, se posaron en mí no más de una fracción de segundo -en vano yo trataba de retener su mirada, sólo un día conseguí que me mirara más larga y valientemente, pero de eso hablaré más adelante-, era evidente que me buscaba, porque, cuando yo no estaba en mi sitio, si me agachaba o me escondía detrás de un árbol, para que no me viera enseguida y así ponerla en desventaja, sus ojos vacilaban y su rostro reflejaba la desilusión que yo pretendía provocar con mi argucia que a ella, tan discreta, debía de parecerle de una coquetería imperdonable; sólo una mirada me lanzó mientras yo atisbaba, desvalido, desde la sombra caliente de los arbustos.

No era bonita, y ese reconocimiento exige una explicación inmediata, porque el que no fuera bonita me producía una mezcla de vergüenza y de pesar -¡aunque a mí sí me lo parecía!-, y tan pronto como ella doblaba la esquina de la calle y la perdía de vista, sentía como si tuviera que avergonzarme ante los demás de que la chica de la que estaba enamorado no fuera bonita sino fea o, dicho con más delicadeza, no fuera una belleza, y esto empeoraba las cosas y aumentaba mi confusión y mi vergüenza, porque, como llevaba ya tantos días soportando la tortura de la espera y rebelándome en vano, no tenía más remedio que reconocerlo, sí, tenía que pregonarlo, que gritarlo y, con la esperanza de liberarme, gritaba al aire que estaba enamorado, enamorado de esa muchacha, pero sólo era feliz mientras duraba el grito, porque cuando cesaba descubría que no me había liberado del triste convencimiento de que tendría que seguir esperando y esperando hasta las dos y media; y cuando llegara tendría que esperar a que se fuera para después seguir esperando hasta el día siguiente, lo que sin duda era absurdo y enfermizo, más incomprensible aún que rehuir a Kristian para evitarme el dolor de su presencia.

Ya que tenía, pues, que verla todos los días, por lo menos hubiera podido ser bonita, eso deseaba yo, porque su hermosura dejaría en mí su estela cuando ella se fuera y yo no tendría que avergonzarme de mis sentimientos; yo creía que su belleza hubiera podido redimirme, pero siempre tendría que sufrir la misma tortura, la misma dolorosa sed de belleza, diría hoy, con una viva mortificación que debía ocultar a todos, lo mismo que mi amor por Kristian, aunque por otras razones, y me sentía humillado; humillado, sí, porque sus ágiles movimientos, su extraña sonrisa, su tristeza arisca, su risa maliciosa, la luz de sus ojos verdes, la vibración nerviosa de sus músculos, todo ello me lo hacía familiar, yo lo asumía, lo integraba en mi cuerpo, por eso en las situaciones más inesperadas podía manifestarse en mí, era casi como si él ocupase mi lugar y yo me hubiera convertido en él; por eso, con uno solo de sus gestos imaginarios, con su sonrisa y con sus miradas podía destrozar todo lo que era importante para mí o podía ayudarme en dificultades que yo solo quizá no hubiera podido vencer, su presencia tenía una doble cara, una cara amable y una cara hosca, pero, en cualquier caso, imprevisible; no me dejaba solo, era mi muleta, o mi ideal oculto, era como si yo no existiera más que como su sombra; también ahora estaba presente en espíritu, aparecía y desaparecía, se encogía de hombros, sonreía o fingía indiferencia, pero se mantenía al acecho; así pues, esa muchacha podía hechizarme y su sola presencia, barrer mis dudas estúpidas, pero no era yo su único observador; no era capaz de juzgarla fiándome sólo de mis sentimientos, influido como estaba por un sentido crítico que, en cuestión de belleza, yo consideraba más competente, porqué, ¿qué opinión podía ser más válida que la de él?

Durante aquel tiempo, yo la observaba, ¿y quién si no iba a observarla?, la esperaba, me alegraba cuando la veía aparecer, y desde entonces nunca he encontrado en un rostro ni en un cuerpo algo que me impresionara más, o, para decirlo con más exactitud, es como si desde entonces, en cada una de las personas del sexo femenino que me gustan, buscara aquello que recibía de ella, precisamente porque ella nada me daba, con lo que me hacía dolorosamente consciente de una carencia y era esta carencia lo que, aun sin saberlo, yo siempre estaba tratando de llenar; pero si, a pesar de que ella poseía una belleza indiscutible, hoy lo sé por fin, porque su perfección se me manifestaba día tras día, aunque sólo durante un instante, a mí y sólo a mí, ¿y qué es la belleza sino revelación involuntaria de lo que nosotros mismos ignoramos poseer?, y yo, por extraño que pueda parecer, no podía llamarla hermosa, era porque contra todas las apariencias nunca estuve a solas con ella, ni un momento, siempre había alguien conmigo, detrás de los arbustos y yo notaba cómo esos otros me sujetaban los brazos para no dejar que la abrazara y cómo hacían que se me pusiera la piel de gallina para que no reconociera mis sentimientos; quizá hacían bien, me digo hoy con suficiencia, porque ese dolor nos enseña lo que nos está permitido y lo que nos está vedado; y no era él el único que hablaba contra ella -absurdamente, yo creía experimentar también los celos que hubiera podido sentir a causa de Livia aquel Kristian que yo imaginaba llevar dentro de mí-, sino que, por extraño que pueda parecer, éramos varios los que la observábamos desde mi persona, no únicamente yo, que tanto deseaba amarla, sino también todos los otros chicos, aunque entonces yo no era consciente de ello, y todos me mortificaban observando a esa muchacha, y lo peor no era que no la encontraran bonita sino que ni siquiera la encontraban fea, porque, aparte de mí, creo que nadie se había fijado en ella.

Y que yo fuera el primero y el único forzosamente tenía que impresionarla.

Yo estaba seguro de que ella se sabía fea y se avergonzaba; su aire, su piel, la pulcritud de su ropa, su discreción y su modestia así lo daban a entender; pero no se amilanaba, al contrario, quizá hacía su encanto el que, con gran seriedad y ciertamente no sin valentía, me diera a entender que, aun siendo la más fea, no se privaba de venir a pasear por delante de mí, y aquí podemos agregar que su desvalimiento estaba acentuado casi hasta el absurdo por el consabido orgullo del pobre, y yo no podía menos que sentir una estremecida y morbosa curiosidad al pensar en el sótano en el que vivía.

Era delgada, menuda, mantenía casi siempre la cabeza baja, y sus grandes ojos castaños solían mirar de abajo arriba, quietos y penetrantes; tenía el pelo castaño y lo llevaba muy corto y sujeto por dos pasadores, dos mariposas blancas, que le dejaban la frente al descubierto, dándole un aire infantil y desangelado que a mí me gustaba, porque encontraba bonita su frente abombada y me conmovía la tierna atención que le dedicaban los suyos para que estuviera siempre impecable, lo cual debía de parecerles muy importante; una vez vi cómo su padre, delgado, rubio, con bigotito, que se ondulaba el pelo y que, además de bedel de la escuela, era sacristán de la iglesia cercana, sentado en su garita de la portería, la atraía hacia sí y le limpiaba la frente con el pañuelo humedecido con saliva; la madre, según me habían dicho, era gitana, y más de una vez la había visto subir del oscuro sótano en el que vivía la familia, cargada de ollas y capazos con las sobras de la cocina de la escuela que repartía entre el vecindario, después de alimentar con ellas a los suyos; aquella mujer tenía la piel tersa, satinada, de un moreno luminoso que el verano oscurecía ligeramente y por eso era más bella con la palidez del invierno.

Ya se fundía la nieve cuando llegó aquel día extraordinario en todos los sentidos en que empezó lo nuestro; había sido un invierno muy crudo y el deshielo era muy lento, lo que el sol fundía durante el día volvía a helarlo el frío de la noche, pero, poco a poco, se acercaba la primavera; desaparecieron primero los almohadones de nieve de los tejados y las blancas cofias de las chimeneas, después, los grumos acumulados en las ramas que el viento había convertido en cristal, por la noche se formaban largos carámbanos en los aleros que de día goteaban y el agua abría surcos en la nieve del suelo alrededor de las casas; podías romper los carámbanos con la mano y chuparlos, estaba bueno el hielo, las hojas podridas y la herrumbre de los canales le daban un sabor especial que a los niños nos encantaba, aún se formaba una fina lámina de hielo por la noche, y era muy agradable sentirla crujir bajo los pies y dejar marcadas las huellas de nuestros pasos; pero, unos días de bonanza, y todo se animaba, goteaba, crujía, se resquebrajaba, susurraba, rezumaba, crepitaba y los pájaros empezaban a cantar; era un día tibio y lleno de sonidos, con un cielo perfectamente azul, durante el largo recreo de la mañana, bajamos todos al gimnasio, formados por clases y nos quedamos firmes, en silencio y con la mirada al frente, sin movernos ni volver la cabeza, pero, aunque nos intimidaba aquella ostentación de duelo, en el tenso silencio, mirábamos a hurtadillas el cielo azul a través de las altas ventanas; en el gimnasio había un escenario, y todo el profesorado se había alineado, inmóvil como nosotros, delante del telón granate.

Era la hora del funeral de Stalin, la hora en que su cadáver embalsamado era trasladado de la gran sala de mármol al mausoleo.

Yo imaginaba aquella sala oscura, inmensa, casi tan grande como un estadio cubierto -sala de mármol, me repetía paladeando las palabras-, pero que no era simplemente una nave grande como pudiera ser el vestíbulo de una estación, sino una sala con un bosque de columnas de mármol y un alto techo artesonado que se perdía en la oscuridad; allí no sonaban pasos, nadie se atrevía a entrar para no romper el silencio, él estaba al fondo, en su catafalco, una especie de estrado o quizá de cama, imaginaba yo, que, más que verse, se adivinaba, porque no entraba por la estrecha puerta luz suficiente para alumbrar aquella inmensidad, sino sólo un ligero resplandor que hacía relucir el suelo y las columnas de aquel mármol de tonos grises y terrosos, surcado de vetas nobles; no había cirios ni lámparas; era tan vivido y plástico el cuadro que yo imaginaba, que aún hoy puedo recordarlo sin esfuerzo y sin sentir la necesidad de matizar de ironía mi recuerdo; yo creía que, a aquella hora, el mundo entero observaba ese mismo silencio, que hasta los animales, al advertir el impresionante mutismo de los hombres, también callaban, sobrecogidos; pero yo no sentía aquella muerte como una extinción, sino como la solemne culminación de una apoteosis que desencadenaba una eclosión de respeto, fervor, nostalgia y amor, sentimientos que no habían tenido ocasión de manifestarse con tanta fuerza hasta ahora, con ocasión de esta muerte sensacional, y la honda impresión que yo sentía no la mitigaba el alegre piar de los gorriones que revoloteaban en el alero, ni el indiferente graznido de los cuervos que llegaba hasta aquí abajo, porque era un silencio de una magnitud inconcebible; yo imaginaba que el mundo entero, hombres y animales, observaban un silencio único y en vano buscaba una unidad de medida apta para tanta quietud; sabíamos que en aquel momento también en el exterior había parado todo, automóviles, tranvías y hasta los trenes, entre estaciones, que la gente había desaparecido y que, si alguien se encontraba casualmente en la calle en el instante en que habían sonado las sirenas, debía quedarse inmóvil y, al igual que los sonidos se amalgaman de manera que, desde cierta distancia, los de toda una ciudad se perciben como un zumbido sordo o un fragor, también este silencio era acumulativo y en aquella oscura sala de mármol se advertía que todo el mundo había enmudecido, a pesar de que él ya no podría oír el silencio, ¿y qué tenía que haberle ocurrido a una persona para no poder percibir ni el silencio?, haber muerto; al llegar a este punto, se nubló la clara visión y se hizo la confusión en mi mente, porque yo sabía que él no estaba muerto simplemente, muerto como cualquiera aue se pudre bajo tierra, sino que el bálsamo lo preservaría y consagraría, y esa operación del embalsamado me parecía siniestra e incomprensible, algo en lo que era mejor no pensar, aunque en vano trataba yo de desviar mis pensamientos de aquel terreno prohibido, aquello me impresionaba más que la muerte, no podía dejar de pensar en aquel embalsamado misterioso al que sólo tenían derecho los grandes entre los grandes, ¿los faraones egipcios, por ejemplo?, y hasta pregunté a mi abuelo que, porque hablaba poco yo creía que sabía mucho, intrigado por qué precisamente él y los faraones, qué relación había entre su grandeza y la grandeza de los faraones, aunque no preguntaba muy tranquilo porque intuía que su respuesta sería mordaz y sarcástica -él hablaba de todo en el mismo tono-, y la respuesta que me dio, efectivamente, lejos de disipar mis escrúpulos morales respecto a la operación, los acrecentó, «¡Es un invento fabuloso! -exclamó con una carcajada repentina y, como siempre que se disponía a hablar, se quitó las gafas-. La operación consiste en lo siguiente, presta atención: todos los órganos internos que se descomponen rápidamente, hígado, pulmones, ríñones, corazón, intestinos, estómago, vesícula biliar y demás, sin olvidar el cerebro, desde luego, en el caso de que el difunto lo tenga, son extraídos limpiamente. Antes se habrán vaciado las venas de toda la sangre que pudieran contener, suponiendo que no se haya cuajado, porque ya se sabe que la sangre es una de esas cosas que enseguida se echan a perder. Cuando ya no quedan partes blandas en el interior (tengo entendido que también se sacan los ojos), es decir, cuando ya tan sólo tenemos piel, carne y huesos, o sea, la carcasa, se trata todo, por dentro y por fuera naturalmente, con un producto químico, no me preguntes cuál porque lo ignoro, luego se rellena y se cose, como hace la abuela con el pollo el domingo, y asunto terminado». Y, como si no se le hubiera ocurrido pensar por qué le hacía yo esta pregunta ni le interesaran mis motivos, terminó su corto monólogo sin suavizar su cruda descripción con una sola palabra: la sonrisa se borró de sus labios y volvió a aparecer en su cara aquel gesto frío e impersonal que ya tenía el día de la muerte, cuando yo buscaba en los armarios una tela negra para adornar de un modo digno el boletín en el tablón de anuncios de la escuela a la mañana siguiente y no encontré más que una camisa de seda de la abuela de la que corté puntillas y tirantes, y el abuelo que me observaba comentó: «Sería más adecuado que pusieras también las bragas, chico» y, con estas palabras, se encerró de nuevo en el mundo de silencio en el que solía vivir, volvió a ponerse las gafas y apartó de mí su mirada despierta y divertida.

Ahora bien, visto fríamente, todo ello, aunque aparentemente najl tural, tenía un fondo de blasfemia oculta no sólo por la profanación que suponía abrir el vientre y sacar los órganos al cadáver, sino por la manera en que el abuelo lo describía, ¡con aquella displicente objetividad y aquella falta de respeto!, porque, si no había otra manera de mantener en vida al muerto, por lo menos, deberían silenciarse esos crudos detalles del procedimiento; disimular, ocultarlo, hacer como si no fuera verdad, como había que silenciar también -incluso ante mí mismo- lo que había dicho Kristian cuando nos dieron la noticia de la fulminante enfermedad, callarlo como si el solo hecho de haber oído casualmente aquellas palabras fuera el peor de los delitos.

En realidad, fue una casualidad, una pura casualidad, y yo me aferraba a esa palabra como a una tabla de salvación; era una casualidad, sí, que podía echarse en olvido, porque yo no tenía por qué haberlo oído, si aquel día no me hubiera tocado limpiar la pizarra ni hubiera tenido que entrar en el lavabo a aclarar la esponja, o hubiera entrado unos minutos antes o después -¿por qué había tenido que entrar precisamente entonces?, pero ¿no residía precisamente ahí la casualidad?-, entonces no hubiera tenido que oír lo que decía Kristian, él lo hubiera dicho, pero yo no me hubiera enterado, ¡y son tantas las cosas que se dicen de las que no me entero!, pero, como lo había oído, mi cerebro no hacía más que dar vueltas a la misma escena, como movido por una fuerza irresistible, con la esperanza de encontrar una salida o de olvidarla, pero no podía olvidarla ni encontraba la salida, al contrario, aquello me señalaba inexorablemente cuál era mi deber y frustraba todo intento de darle otra intepretación, porque ¿y si no hubiera sido fruto de la casualidad sino venganza del destino?, en tal caso, también yo podría vengarme a mi vez, pero ¿y si era una trampa?, porque ¿cómo vengarme sin delatarme?, se descubriría que había mentido, y en vano habría tratado de rehuirle por todos los medios durante meses, de no tener tratos con él, de ignorar su existencia, de hacer que desapareciera de mi vida de una vez para siempre, como si le hubiera matado.

Matarle no era una idea fortuita sino un propósito deliberado y meditado: tomaría la pistola de mi padre, él ya me había enseñado su manejo, por lo que tenía bien perfilados todos los detalles técnicos de la muerte; la pistola estaba en un cajón del escritorio, mi padre la limpiaba una vez al mes con un paño empapado en petróleo que ennegrecía sus dedos largos y delgados, por eso, al mirarme, mientras roe mostraba el manejo del arma, tenía que apartarse el pelo de los ojos con el dorso de la mano; la fría mirada de sus ojos azules, las explicaciones, relativamente sencillas, el penetrante olor a petróleo me dieron, aquella tarde de domingo, una idea concreta, que resistía el análisis racional, como si no quedara por decidir más que la manera de borrar las huellas, y ahora esa estúpida casualidad, de la que yo mi esforzaba en no darme por enterado y que no podía olvidar, me desenmascaraba ante mí mismo: si no me atrevo a denunciarle ahora que lo tengo en la palma de la mano, ¿cómo voy a tener valor para asesinarle?, pero, apenas planteada la posibilidad, la rechacé rotundamente, porque comprendía que, si le denunciaba, perdería mi propia estimación y me consideraría un despreciable soplón.

Ya me sentía como un espía, a pesar de que no había hecho nada, no me atrevía ni a pensar siquiera que tuviera que hacer algo y no tenía valor ni para contar a mi madre lo ocurrido, aun deseándolo vivamente, por temor a que ella me aconsejara cómo salir de esta penosa situación y yo no pudiera seguir su consejo, por lo que opté por callar; ella notó algo, desde luego, me preguntó qué me ocurría, pero le dije que no era nada, y es que temía que, si empezaba a hablar, también saldría a relucir el abuelo, ya que su actitud, salvando las diferencias, la veía yo análoga a la de Kristian y hasta complementaria, porque, si el abuelo no hubiera, por así decir, preparado el terreno, el comentario de Kristian no me hubiera chocado tanto, pero ahora yo había descubierto que ellos, los camaradas, hablaban entre sí de cosas que a mí no me decían, que existía un círculo, del que yo estaba excluido, en el que se pensaba de otra manera, y a aquel círculo pertenecía también el abuelo, y yo ahora, involuntariamente, por casualidad, había penetrado en él, estaba enterado y no podía olvidar lo que sabía, aunque no fuera más que a causa de los celos que me atormentaban, y este conocimiento no deseado, este conocimiento secreto de una actitud que yo no consideraba lícita, me convertía ya en espía.

Ellos debían de pensar que yo había estado acechando el momento en que iban al lavabo para hablar y había querido sorprenderlos; naturalmente, primero miré a Kristian, que estaba de cara a la pared alquitranada, con los pies separados ¡y qué arrogancia la suya, incluso para orinar!, tenía una mano en la cadera y con la otra sostenía el pene, pero no como lo sostienen los niños que, hasta la pubertad, imitan el delicado ademán de la madre y lo asen torpemente por el extremo con dos dedos, con lo que las últimas gotas no se escurren bien y mojan la mano y el pantalón, no, él ya lo sujetaba como los hombres, con suficiencia, cerrando la mano sobre el miembro con la palma hacia abajo, levantando un poco el meñique para no interceptar la trayectoria del chorro y cubriéndolo con la mano como el que protege el cigarrillo del viento, con lo que hubiera podido parecer un gesto de pudor, de no ser por aquella fanfarronería con que adelantaba la pelvis abriéndose de piernas más de lo necesario, como si con su postura quisiera dar a entender -¿a quién, a sí mismo o a nosotros?- que hasta este acto le producía placer; orinaba con jactancia, y había creado una moda, porque no sólo los chicos de su grupo, sino toda la clase, incluido yo mismo, lo imitábamos, aunque ninguno llegaba a experimentar aquel placer que él demostraba con tanta naturalidad; cuando entré, con la esponja seca e impregnada de tiza en la mano, lo vi en esa familiar actitud, que ahora parecía incluso más desenvuelta porque estaba hablando con Szmodits, que orinaba a su lado, y en voz lo bastante alta como para que Prém, que estaba detrás, esperando turno, y Kálmán Csuzdi, que fumaba apoyado en el marco de la puerta, pudieran oírle claramente; yo hubiera preferido salir al pasillo, pero una retirada injustificada hubiera llamado la atención, sobre todo de Kálmán Csuzdi, que ya me había visto, de modo que seguí adelante, y él, que no había oído o no había querido oír la puerta, terminó lo que estaba diciendo: «…¡y por fin va a reventar también ese cerdo!», mientras yo, después de vacilar un momento, cerraba la puerta

Prém, un chico fornido y moreno que seguía a Kristian a todas partes como un cortesano diligente, y con sus dulces ojos castaños, sagaces, comprensivos e indulgentes, parecía tratar de adivinar en cada momento cómo podía serle útil, Prém, hacia el que yo, pese a su actitud amistosa y servicial tanto para con Kristian como para conmigo y los demás, sentía una antipatía invencible, casi asco, lo cual no es de extrañar, ya que él parecía capaz de realizar sin gran esfuerzo lo que yo no podía, por falta de coraje, habilidad o desenvoltura y, además, mantenía con Kristian una perfecta compenetración, como la que ansiaba yo -parecían hermanos, hermanos gemelos, y hasta se trataban con cierta indiferencia, como si su relación estuviera determinada por la naturaleza y nada pudieran agregarle ellos, o enamorados, porque, por lejos que estuvieran, parecían hallarse en constante sintonía, siempre buscándose con la mirada, comunicándose, aunque era evidente que Prém, más bajo, era el servidor, y ya se sabe que, en estas relaciones, el bajo siempre es criado del alto-, Prém, decía, soltó una carcajada como si Kristian hubiera contado el más gracioso de los chistes, a pesar de que la frase tenía un tono más bien amargo y tétrico y no me hubiera sorprendido que Kristian, por esta risa atolondrada, le hubiera dado un bofetón, como hacía a veces, porque comprendía, sin duda, que este exceso de celo, en lugar de robustecer su autoridad, la minaba, por lo que se hacía necesario el castigo; lo que más me repugnaba de Prém era la boca, ¡la boca y los ojos!, la sumisión obsequiosa de aquellos ojos redondos y un poco saltones, con sus espesas pestañas, y la boca, feroz, de un rojo brutal, excesivamente grande, desproporcionada para aquella cara pequeña, pero no fea, cuyos gruesos labios él, consciente de su belleza, que no se les podía negar, no paraba de humedecer con complacencia mientras hablaba, y también su manera de hablar era curiosa, en voz baja, acercándose mucho, sin mirar a los ojos al interlocutor, dirigiéndose a su oído y susurrando las palabras en pequeños monólogos.

Seguramente, a Kristian le divertía aquella verborrea estúpida y también el desconcierto y la irritación que Prém suscitaba con sus sandeces; le seguía con una atención cariñosa y paternal mientras el otro, utilizando un método insondable, elegía a su víctima, se escurría por el pasillo procurando no llamar la atención o deambulaba por entre los bancos y, de repente, se plantaba delante de un chico, se inclinaba hacia su oído con gesto confidencial y empezaba a balbucear frases incoherentes que tenían la virtud de intrigar a la víctima, hablando sin reparar en el efecto de sus palabras, mientras Kristian observaba a distancia: «Oye, listo, a que no sabes la última. Lo dijeron anoche por la radio y lo han repetido esta mañana. Unos fascistas se han escapado de la jaula, ¡figúrate!» y callaba en seco. «¿De qué jaula?» preguntaba, casi maquinalmente, el incauto. «¡De la tuya, pardillo!», susurraba Prém y se alejaba con la misma discreción con que había llegado; Kálmán Csuzdi, por su parte, entornando los ojos al humo del cigarrillo ruso que le colgaba de los labios, me miraba con desdén, como si yo fuera un objeto extraño y un tanto repulsivo, y también con recelo, decidido a vigilar todos mis movimientos con sus ojos azules, vivos y astutos, rodeados de pestañas rubias en su cara blanca y redonda; tenía las manos en los bolsillos, lo que indicaba que había entrado sólo a fumar y, naturalmente, a charlar con los amigos -yo sabía que el cigarrillo pasaría de mano en mano, siempre los compartían-, a los que parecía querer proteger con su presencia, su mirada vigilante traducía una solidaridad que daba a entender que lo que Kristian acababa de decir lo suscribían todos y cada uno de ellos, y cuando, finalmente, se cerró la puerta con un chasquido, y también Szmodits y Prém se volvieron y Kristian, sin modificar su actitud, me miró a los ojos, yo comprendí que allí iba a ocurrir algo.

La frase había sido pronunciada, y no cabía duda de a quién se refería, no podía ser retirada, la carcajada la había corroborado.

Si Kristian no me hubiera mirado de aquel modo, si no hubiera mantenido aquella actitud insolente, sin duda yo no me hubiera dado por enterado, para no habérmelas con él, hubiera aclarado la esponja al chorro del grifo y hubiera salido del lavabo sin mirarlos; pero la desfachatez de aquella mirada, su provocativa naturalidad eran un desafío al que forzosamente tenía que responder, a pesar de que no era ésta mi intención, mi propia estimación me lo exigía, una propia estimación que, al parecer, había despertado en mí ajena a mi voluntad: «¿Qué has dicho?», pregunté en voz baja, mirándole yo también a los ojos, y el que mi propia voz me sonara tan serena me sorprendo e inquietó, y entonces me oí preguntar, en tono más forzado, más ronco y más plausible: «¿Quién tiene que reventar?»

El no contestó, y el silencio se hizo aún más opresivo, y como si, por fin, yo hubiera demostrado mi superioridad, me acerqué a él sosteniendo su mirada, pero entonces ocurrió algo que hubiera tenido que prever, de no haberme cegado el exceso de confianza del momento: de pronto, se interpuso entre nosotros la cara de Prém con una sonrisa resplandeciente, y mientras yo seguía mirando a los ojos a Kristian, percibía los ojos redondos y los labios húmedos, y su voz, su cuchicheo. «¿Tú sabes cómo es de grande la polla de un caballo, pedazo de espía? ¡Tan grande como la de Csuzdi!», y entonces Kálmán Csuzdi, que se había apartado de la puerta, dijo con voz áspera: «¡Puede que para el almuerzo te den la polla de Prém!», y a pesar de que según la ley no escrita hubieran tenido que reírse para quitar hierro a su actuación conjunta, no se reían.

El silencio era aún más intenso y más profundo, como si cubriera un miedo general que condenaba al fracaso todo intento de hábil mediación y debilitaba su superioridad numérica, lo cual tanto podía favorecerme como perjudicarme; al fin él dejó oír su voz en el silencio, para decir, mientras se abrochaba el pantalón, de cara a la pared: «¿No podríais ser un poco más finos?», lo cual sorprendió a los otros aún más que a mí e hizo el silencio más hosco todavía.

Yo estaba indeciso, cuando noté que tenía la esponja en la mano; la única salida posible era acercarme al grifo y aclarar la esponja, al fin y al cabo, para eso había entrado.

Pero cuando me volví me pareció que no iba a ser tan fácil demostrar que había entrado para eso y nada más; los cuatro me miraban fijamente, sin moverse.

Tenía que salir de allí, poner fin a aquella escena como fuera.

Transcurrió mucho tiempo antes de que mis pies me llevaran ám nuevo a la puerta, la abrí y, antes de que se cerrara, Szmodits murmuró a mi espalda con voz neutra y sin convicción: «¡Ten cuidado, no vayan a romperte la cara!», pero yo no podía tomárselo a mal y sabía que no tenía nada que temer, porque comprendía que en aquel momento no podía decir otra cosa.

No puedo afirmar que, mientras estábamos mudos y más o menos inmóviles en el gimnasio, pensara precisamente en esto, pero la escena me preocupaba, y en vano trataba de distraerme con otros pensamientos, imaginando la sala mortuoria, pensando en el fastidio de la inmovilidad, en la primavera que ya se anunciaba en el azul del cielo invernal, al otro lado de las robustas rejas de las ventanas, o en el cadáver al que habían abierto en canal para sacarle las entrañas y rellenarlo, ¿rellenarlo de qué?, no sería de paja, el corazón reluciente, lof pulmones blandos, los ríñones violeta rodeados de los intestinos, en* cima de la mesa de la autopsia, me daba reparo y también una oscura satisfacción pensar en algo prohibido, en lo que no debía ni quería pensar, pero esta infracción me distraía de aquel miedo que había despertado en mí el incidente; la amenaza había surtido efecto, y a alguna vez me parecía haberlo olvidado todo y me felicitaba por ello, bastaba un detalle insignificante, la pared verde del lavabo o el humo de un cigarrillo, para recordarme mi miedo, y cuando hay miedo y ansiedad buscas la causa, y yo había descubierto que lo que yo temía era que me esperasen por ahí para darme una paliza, temía los golpes, temía su superioridad numérica y temía la derrota, aunque mi humillación y mi derrota ya estaban consumadas; hacía días que pensaba en cómo protegerme, Prém estaba ahora en la formación justo delante de mí, Kálmán Csuzdi, detrás, un poco hacia la derecha y los otros dos, juntos, al fondo, pero también los sentía cerca, me parecía estar rodeado, pero ahora no podían moverse, y, dentro de mi indefensión, esta forzada inmovilidad era una protección o, por lo menos, una piadosa moratoria; a pesar de ello, mis ojos iban continuamente a la nuca de Prém, como si temiera que se volviera y me pegara un puñetazo en la boca, dando con ello la señal de ataque a los demás.

Por todo ello, no he podido olvidar el momento en que sentí que alguien me miraba; el miedo me lo ha grabado en la memoria.

Aunque no podría decir cómo ocurrió, porque resulta inexplicable y misterioso que cuando alguien nos mira, habla de nosotros o, simplemente, piensa en nosotros, involuntariamente, nos volvamos hacia esa fuente de atención y hasta después no comprendamos por qué; es una sensación, sin duda, pero ¿qué sensación?, es como si nuestros sentidos reaccionaran de un modo mucho más preciso y natural que nuestra razón o, dicho con más exactitud, como si la razón sólo pudiera procesar -con retraso, desfase e inseguridad- los materiales y energías que le transmiten nuestros sentidos y, a pesar de todo, subsiste la pregunta de qué fuerza, qué energía o qué sustancia es la que, incluso a través de grandes distancias, transmite a nuestros sentidos señales de otras personas y cuál es la naturaleza de esas señales que captamos y emitimos inconscientemente; aun cuando, aparentemente, nosotros nos limitamos a mirar al otro, pensar en el otro o hacer en voz baja alguna observación, el aire se carga, pierde su neutralidad, transmite señales hostiles o amistosas y, sin que nosotros nos demos cuenta, nos hace llegar los más complejos mensajes; yo no creo que ella quisiera llamar mi atención, por muchas razones, era inconcebible tal propósito, su mirada era, pues, tan involuntaria como mi respuesta: de pronto, dos personas se miran a los ojos, franca y espontáneamente, con avidez y sin recato, a pesar de que ahora teníamos que ser prudentes, los profesores estaban en el escenario, observando, aunque, a causa del carácter excepcional del acto, tampoco ellos podían moverse ni gritarnos los consabidos: «¡Todo el mundo quieto!» o «Como no te calles ahora mismo te vas a acordar de mí!», advertencias que tenían que sustituir por miradas, lo que hacía que el silencio fuera más amenazador y opresivo, mucho más que los gritos; alzando una ceja o insinuando apenas un movimiento de cabeza, te daban a entender que cualquier indisciplina, gesto de impaciencia o risa mal contenida no quedarían impunes; pero ella era una de esas personas que pasan inadvertidas, que en ningún momento y de ninguna manera llaman la atención, era muy reservada y, sobre todo, muy dócil como para arriesgarse a desafiar las reglas, por ello ni se me ocurrió pensar que trataba de tontear conmigo ni que buscaba distraerse con un coqueteo; me resultaba imposible descifrar su mirada.

Y es que aquella mirada, cuando tuve tiempo para reflexionar, me había llamado la atención porque no nacía de un sentimiento infantil; la prueba era que, a mi gesto de interrogación y perplejidad, ella no sonrió tratando de disimular, sino que se mantuvo impasible, tampoco tenía el aire ausente, simplemente me miraba, seria. «¿Qué mira esa mema?», me pregunté y la misma interrogación puse en mi mirada, mientras repetía mentalmente la socorrida frase con que solemos cortar estas incómodas situaciones: «¿Tengo monos en la cara?», pero tampoco surtió efecto, no observé reacción alguna, a pesar de que mi sonrisa tenía que indicarle claramente lo que estaba pensando; aunque en mí sí advertí un cambio, ya no podía desviar la mirada, me parecía que, después de sonreír con suficiencia, había pasado bruscamente de un espacio poblado de los ecos de mi miedo y ansiedad, a la masa blanda de un agua gris e infinita, un elemento extraño y familiar a la vez, en el que no podía asirme a nada conocido, aparte de aquella mirada franca que no perseguía efecto alguno y, precisamente por ello, era tan efectiva que renunciaba a todo objetivo, que nadaí buscaba, que nada trataba de disimular ni comunicar, que, simplemente, utilizaba los ojos para lo que deberían servir, ver y mirar, reduciéndolos a su función meramente biológica, la captación del objeto, y eso me parecía tan extraordinario porque me recordaba lo que yo había deseado en vano para mi relación con Kristian, porque él siempre encontraba la manera de rehuirme; por eso me resultaba tan familiar la sensación, pero tenía que desconfiar, si más no, porque una mirada franca y natural en muy poco se diferencia de esa otra mirada que, por estar vuelta hacia el interior, no advierte que está fija en alguien y como parece más importante lo de dentro, la pupila no acaba de decidirse entre enfocar el objeto interior o el exterior y, sin querer, mostramos a aquel a quien parecemos observar una cara inerte; pero no era así en este caso, en su cara no se advertía esa impavidez del ensimismamiento, era una cara inescrutable pero afable, su mirada parecía la de un animal, y no cabía la menor duda, me miraba a mí y a nadie más.

La veía entre cabezas y hombros, ella, por ser de las más bajas, es taba en primera fila y yo, no mucho más alto, en la tercera, la distancia entre nosotros era grande, en el gimnasio, chicas y chicos estábamos separados, por lo que su mirada no sólo tenía que atravesar la ancha tierra de nadie que, según el reglamento, separaba a uno y otro sexo y por donde, en otras solemnidades, desfilaban con ensordecedor redoble de tambores las banderas adornadas con cintas de los grupos de pioneros, sino, además, desviarse, obligándola a volver un poco la cabeza, pero a pesar de todo yo la sentía muy cerca, delante de mí, aunque no podría decir cuánto tiempo transcurrió hasta que se disiparon mis recelos y la acogí en mi interior; el blanco de los ojos, que se destacaba en su tez oscura, empalidecida por el invierno, las pronunciadas ojeras, en las que se transparentaban venitas que hacían azulear la piel morena, la nariz afilada, la boca pequeña con el labio superior que se respingaba con descaro y aquella frente que llegaría a hechizarme, en el verano, con su color tostado uniforme y, en el invierno, con aquellas zonas más claras en las que se transparentaba la fina estructura de los huesos y que acentuaban el sombreado de las sienes, y el tono oscuro del pelo, rebelde, grueso y espeso, sujeto con los pasadores blancos, y de las cejas, pobladas y bellamente arqueadas; así era esa niña entonces, mejor dicho, así la veía yo, esto captaba yo de ella, sí, y el cuello que asomaba de su blusa blanca era recio y erguido como el de un muchacho y ahora estaba un poco doblado para volver la cabeza con discreción; no miré su cuerpo hasta mucho después, ahora lo más importante era su mirada, quizá también el entorno inmediato de aquella mirada, la cara, pero al fin todo se desvaneció, barrido por un sentimiento difuso y cálido, como un desvanecimiento, una seguridad de que ella ahora sentía lo mismo, una compenetración íntima pero vaga, sin ideas, ni cuerpo, ni miradas, todo se había diluido en sombras y lo que ahora ocupaba su lugar es algo de lo que no se puede hablar.

Sus ojos estaban en mis ojos, mi cara sentía su cara, pero mi cuello percibía el riesgo, el peligro al que ella se exponía al volverse hacia mí, y era la nuestra una atención sostenida, parecía que no habíamos cerrado los ojos ni una sola vez, que ni el parpadeo podía interrumpir aquella mirada interminable.

Estamos desafiándonos, a ver quién aguanta más, pensaba yo, pero hoy, al indagar en la memoria, me parece una idea absurda, porque, frente al diálogo de los ojos y la cara, el monólogo interior es una pobre defensa, un engaño o, por lo menos, una equivocación, y aquella mirada no era un desafío, por supuesto.

Ahora bien, no es de extrañar que busquemos una interpretación inmediata para todo sentimiento fuerte, y es que ese organismo al que llamamos personalidad tiene sus tics e instintivamente trata de explicarse la situación, para defenderse de todo lo que pudiera ser una amenaza para su sistema.

Yo no entendía nada.

No sabía qué me pasaba, qué me había pasado, qué me pasaría, ni adonde nos llevaría esta sensación, poderosa e inexplicable, de felicidad y armonía que nos infundía aquel intercambio de miradas, y empezaba a tener miedo, ahora también de ella, o de que Prém se volviera como el rayo, ahora que por fin me sentía seguro y me pegara delante de ella, y tener que devolverle el golpe, algo que había que evitar a toda costa, por las complicaciones que traería; tampoco entendía por qué tenía que ocurrir eso precisamente ahora y aquí, ya que no habían faltado ocasiones en otros momentos y lugares, al fin y al cabo, no se había producido ningún milagro que me acercara su cara aquí y ahora, y sería exagerado y engañoso afirmar que la fuerza de los sentimientos anulaba la distancia, no, yo la conocía muy bien como para no poder sentirla cerca, pese a los metros, las cabezas y los hombros que nos separaban; no era la primera vez que la veía, a pesar de que en aquel momento me parecía tan extraña como esa cara que elegimos entre la multitud cuando nos sentimos perdidos, porque, inexplicablemente, nos parece simpática, conocida y hasta familiar, la cara de alguien a quien hemos tratado; yo conocía su cara, su figura y su manera de moverse, las conocía bien, sólo que hasta este momento no había sabido que las conocía ni que, por alguna razón, este conocimiento podía ser importante para mí, ni yo mismo sabía por qué no me había fijado en ella hasta ahora, porque hubiera sido lo más natural: hacía seis años que íbamos a clases paralelas de la misma escuela y mis sentidos habían registrado, con indiferencia y sin aderezo sentimental alguno, los rasgos de su cara y, pensándolo bien, ninguna característica de su inocente y modesta persona podía habérseme escapado, ya que durante todos aquellos años teníamos que habernos tratado mucho, porque ella era íntima de Hedi Szán y de Maja Prihoda -dos chicas con las que yo mantenía una relación ambigua y apasionada, peculiar y característica en mí, que no podía llamarse amor, porque era menos que amor, ni amistad, porque eral más que amistad-, una especie de dama de honor, la sombra callada de aquellas dos bellezas, mediadora entre las dos grandes rivales en sus horas de mal humor, pero, siempre, una subordinada, un alma servicial, función que no parecía molestarla, dado su buen carácter y su sentido común, y la misma serena sensatez mostraba cuando ellas la trataban como a una criada que cuando, en sus momentos de magnanimidad, exageraban la nota de la benevolencia y le dedicaban todas las atenciones que pudiera desear una compañera de juegos.

Aquella tarde de verano, cuando ella salió del sendero del bosque a la calle, las suelas de sus sandalias rojas rechinaron varias veces, y entonces, antes de que llegara a mirarme a los ojos, se hizo un silencio trémulo y sofocante en el que yo no percibía más que la aproximación de su mirada; yo estaba, como siempre, al lado de la valla, entre los arbustos, esperando ansiosamente algo, no sabía qué, algo inminente pero imprevisible, porque, cuando ella aparecía, me sentía incapaz de tomar iniciativas para convertir en actos mis inocentes fantasías; acababa de tragar el último bocado de pan con manteca, teil nía una mano apoyada en la valla y la otra se había quedado inmovilizada en el muslo, donde había empezado a limpiarme los restos de manteca, cuando nuestras miradas se encontraron y ya no pudieron separarse, nos mirábamos a los ojos, tan quietos como aquel día en el gimnasio, donde, sin que nosotros lo advirtiéramos, estábamos protegidos por la distancia y la gente, pero ahora nos hallábamos desamparados, a merced de nuestros fuertes sentimientos; de todos modos, nuestra situación era tan inexplicable y tan casual como entonces, porque, a pesar de que no nos habían faltado oportunidades de mirarnos y aproximarnos, no habíamos vuelto a hacerlo, nos seguíamos con la mirada de lejos y de cerca, pero con prudencia, con disimulo, secretamente, dejando pasar la ocasión, dándonos la espalda o desviando la mirada, para volver a buscarnos con los ojos y averiguar si el otro sentía la misma ansiedad y el mismo deseo; un día, al escapar corriendo, miró hacia atrás, tropezó y cayó al suelo, rápidamente, se levantó y siguió corriendo, y a mí me pareció que se movía con tanta gracia y agilidad que no me reí; ahora, al recordar aquella mañana, comprendía que muchas cosas habían cambiado desde entonces, la relación que había empezado a tejerse entre nosotros no era un secreto, a pesar de que no habíamos hablado de ella con nadie, había empezado a correr el rumor de que Livi Süli se había enamorado de mí y, al cabo de unas semanas, todo el mundo lo daba por descontado.

No era de extrañar que se supiera, porque ya aquel día, en el gimnasio, nos habíamos delatado cuando Livia, discretamente, volvió la cara hacia otro lado pero mantuvo la mirada dirigida a mí, aunque entonces me di cuenta de que sus ojos ya no me miraban, que había puesto fin a aquel momento del que ninguno sabía cuándo había empezado exactamente; apartó la mirada como si todo hubiera sido una equivocación, como si no hubiera querido mirarme a mí sino a Prém, pero era indudable que había coquetería en aquella desviación, un truco muy revelador, a pesar de que su gesto era serio y formal, como si no tuviera más deseo que el de cumplir con las exigencias del momento y todo hubiera sido un hecho fortuito, una mala interpretación; y yo, ¿qué podía hacer yo?, también desvié la mirada, avergonzado de haberme mostrado tan impresionable, pero aun así quería volver a mirar, porque me parecía que se me había arrebatado algo importante, algo cuyo valor no había descubierto hasta aquel momento, pero importante no por lo que pudiera darme, sino por lo que podía perder si me lo quitaban, como si, a partir de ahora, cada momento que tuviera que pasar sin mirarla fuera tiempo desperdiciado, vacío, insoportable, un tiempo en el que yo no existía, sus ojos me eran indispensables, los ojos sobre todo, pero también la boca y la frente, yo tenía que ver aquello que era tan importante para mí porque no podría suplirlo con el ensueño ni la imaginación; si no la veía, todo parecía perderse en una niebla sofocante y densa; a pesar de todo, no la miraba, lo que me exigía un gran esfuerzo de voluntad, poco a poco, la cara, el cuello, los hombros y el brazo se me quedaron insensibles, no quería mirar, pero la resistencia a la tentación es siempre una prueba ardua y desesperada, no se pueden tensar demasiado las cuerdas o se rompen; cuanto más tiempo pasaba desde que había quedado abandonado a mí mismo, más clara y dolorosamente reconocía que no podía existir sentimiento más absurdo, era como si mi cuerpo se hubiera hinchado y absorbido al otro, como si mi piel no cubriera sólo mi cuerpo, como si mi propio cerebro pensara con otro cerebro y cuanto más doloroso se hacía este estado y más deseaba yo que terminara o que llegara una satisfacción, más crecían mi amargura y mi rabia, ya que tenía que reconocer cuál era la situación real, la verdadera relación de fuerzas, y en estos casos mucho nos cuesta no ser el que manda, porque, al fin y al cabo, ella había atraído mi atención y luego me había abandonado, por eso yo no podía volver a mirarla, porque así quedaría demostrado que la más fuerte era ella, que ella había vencido, que había otro que era más fuerte que yo, otro que estaba por encima de mí, y este otro era una criada, una chica fea, una chica, una criada, y estas palabras que yo repetía con rabia tenían algo de verdad, ya que ella era para Hedi y Maja lo mismo que Prém era para Kristian y Kálmán Csuzdi, y en mi confusión me juré a mi mismo que, aunque ella no hiciera en toda su vida nada más que mirarme, yo no volvería a dirigirle ni una mirada, para no darle ocasión de que volviera a hacerme esto, aunque se le cayera la nariz de tanto mirar; que me devorase con los ojos si quería, yo tendría a alguien que me contemplaba sólo a mí y haría como si no me importara lo más mínimo; cuando no pude resistir más y volví los ojos la vi muy colorada, y nada hubiera podido impresionarme tanto como su mirada, ella miraba y miraba, ¿y por qué?, yo había cedido, sólo un momento, para incitarla a seguir mirando y luego hacerle sentir con más fuerza la ausencia de mi mirada cuando yo la retirara; pero no me miraba ella, había vuelto a engañarme mi intuición: era Hedi, que estaba varías filas más atrás, que había tenido ocasión de observarnos a los dos y que seguramente lo había visto todo, porque hizo una mueca amistosa, comprensiva y condescendiente no exenta de crueldad.

Se suspendió la última clase y nos enviaron a casa a mediodía.

Mientras nos alineábamos para salir, la campana pequeña de la iglesia dio cuatro sones agudos al aire claro y azul, a los que puso contrapunto la voz grave de la campana grande, repicaban cada una con su son, como si nada hubiera ocurrido, sólo había llegado el mediodía, como si aquel día fuera como todos los demás.

Yo no quería ir a casa con ninguno de ellos, no tenía ganas de hablar, por eso me salí de la fila en la escalera y, mientras los demás bajaban en tropel y se apretujaban en la estrecha puerta, ansiosos por salir al aire libre, donde tenías todos los días la misma sensación de poder respirar por fin a pleno pulmón y ya podías hacer caso omiso de los histéricos gritos de los profesores, subí al segundo piso; por eso Kristian pensó que había ido a la sala de profesores para denunciarle; pero no me quedé en el segundo piso sino que, sin ser visto, seguí subiendo; a partir de allí, la escalera se estrechaba y estaba muy sucia; desde entonces he soñado muchas veces que subo aquella escalera polvorienta que no debían de barrer nunca, estoy allí solo, en mi sueño esto siempre tiene un significado especial, estoy haciendo algo prohibido, porque estaba prohibido subir por allí; a cada paso, se levanta y se posa el polvo pesadamente, y cuando miro atrás no veo mis huellas, nada se mueve, hay silencio, y puedo seguir subiendo, nadie me ha visto, pero yo sé que todo el mundo se ha dado cuenta de mi infracción, saben que estoy desobedeciendo las reglas, en vano aguzo la mirada y me digo que nadie puede verme, porque tengo la sensación de que alguien me observa, y ese alguien soy yo mismo, porque a mí no puedo ocultarme mis pequeños secretos; temeroso, llego a la puerta del desván que, naturalmente, está cerrada con llave, una puerta de hierro negro que siempre encontraba cerrada y que siempre probaba de abrir, por si alguien un día se olvidaba de echar la llave.

Aquel lugar era el último refugio para quien como yo se sentía reducido a seguir sus instintos más primarios; en el jardín tenía un escondite parecido, tan oscuro como ése, donde la madreselva que trepaba a los frondosos castaños y los altos arbustos cerraba el paso a la luz y te hacía invisible -era interesante observar la lucha entablada entre los arbustos, que cada primavera sacaban ramas nuevas, y la madreselva que, al acecho, iba tras ellas y, cuando llegaba el otoño, ya las había cubierto-; aquí estaban amontonados de cualquier manera bancos, pupitres, armarios, sillas, pizarras, tarimas podridas y archivadores; allí quedaba el recuerdo voluptuoso de las emociones de mi soledad y de los juegos a los que nos entregábamos Kálmán y yo y que me parecían pecaminosos, aquí reinaba el silencio de los muebles extraños y familiares a la vez; agachándome, comprimiendo el cuerpo contra picos y aristas, sobresaltándome y protegiéndome la cabeza con las manos si la montaña retumbaba y amenazaba con venirse abajo, llegaba yo hasta el sanctasanctórum, que no era sino un viejo sofá colocado en sentido vertical, con el asiento hacia la pared, que dejaba el espacio justo para mi cuerpo, los almohadones me comprimían contra la pared, yo me apretaba contra ellos y ellos contra mí, estaba oscuro allí dentro, y estaba fría la piel, hasta que yo le transmitía absolutamente todo el calor de mi cuerpo.

Cerré los ojos y pensé que ahora tendría que suicidarme.

Nada más que esto.

No era malo pensar en ello, al contrario, resultaba agradable.

Cuando llegara a casa, forzaría el cajón del escritorio de mi padre, me iría a mi escondite del jardín y allí lo haría.

Yo veía la escena, me veía hacerlo.

Metía el cañón del revólver en la boca y apretaba el gatillo.

Y la idea de que después no habría nada iluminaba con una luz tuerte y piadosa a la vez todo lo que ocurriría después.

Para que yo pudiera verlo.

Como si, por vez primera, yo viera mi vida sin adornos ni sentimentalismos, tal como era.

Porque dolía, dolía mucho, me dolía el pecho, la nuca y a veces también el cráneo, como si me hubieran puesto un casquete de dolor, todo el cuerpo temblaba de dolor, un dolor que no mitigaba esa sombra de placer de la autocompasión, un dolor que se siente fuera del cuerpo y en todo el cuerpo, que se mueve y oscila, cada oleada, más fuerte que la anterior, de manera que, al mirar atrás, te parece que aquello de antes no era más que un simple pasatiempo; tan espantoso era que yo creía no poder seguir soportándolo y de buena gana me hubiera puesto a gritar, pero no me atrevía, y por eso no podía soportarlo.

La idea de que, sencillamente, yo no era normal y que, si bien de otro modo, estaba tan enfermo como mi hermana -quizá ella era la única persona con la que yo podía sentir una consoladora afinidad en la enfermedad- no era nueva, pero entonces se me ocurrió por primera vez que podía poner fin a mis dolorosos esfuerzos por adaptarme e identificarme -porque estos esfuerzos eran totalmente inútiles, porque nunca conseguiría identificarme con nadie y porque, a pesar de mi empeño, mi diferencia haría que siempre me sintiera frustrado y solo, porque nadie quiere admitir la diferencia, ni siquiera yo, a pesar de que por ello me odio a mi mismo, porque todos mis intentos de evasión o de seducción para identificarme con otro y, al mismo tiempo, atraerlo a este terreno que es exclusivamente mío, no sirven sino para llamar la atención hacia esta diferencia, esta enfermedad, esto que debe ser destruido, y con el intento de seducción no hago sino pregonar lo que sería preferible callar, mejor dicho, lo que se debe callar-, que este vacío insondable que hay en mí sólo podía cerrarse con la muerte de mi cuerpo, sí, entonces se me ocurrió por primera vez.

Ella ya no me miraba.

Y yo tenía la impresión de que, aparte de aquella mirada, nada podía salvarme.

Si fuera posible apresarla, si no pasara el tiempo cuando no me miraba; pero me daba la impresión de que en aquella mirada, con la que ella parecía revelárseme sin reservas, en el modo en que ella me miraba y yo la miraba a ella, podía hallarse la explicación de todas las confusiones, la satisfacción de todos los deseos frustrados, el perdón de todos los pecados cometidos de los que no había que arrepentirse, de las constantes mentiras, porque, para protegerme, tenía que mentir ininterrumpidamente, de una forma abyecta y ridicula mientras temblaba ante la idea de ser descubierto, yo sufría y no encontraba el modo de librarme de mi sufrimiento; no bastaba con que disimulara constantemente, no bastaba con que me rehusara todo aquello que hubiera podido darme placer, nada bastaba; todo lo que yo deseaba era imposible; por eso tenía que vivir como si acarreara el terrible lastre de una criatura extraña, tratando de esconder debajo de ella al que yo era en realidad; en mi desesperación, trataba de decir algo de ello a mi madre, pero eran tantas las cosas acumuladas que no se podían contar…, era tanto que no sabías por dónde empezar, por otra parte, no podía sincerarme con ella, porque también estaba quejosa de mí y cada uno de sus reproches estaba asociado a uno de mis secretos que yo debía ocultar al mundo aunque no fuera más que por consideración a ella, consideración que parecía tanto más justificada por cuanto que ella, con toda su impaciencia, sus críticas, su enojo y hasta su aversión, se empeñaba en ver en mí al ideal, y por ello se mostraba aún más severa y más exigente que los demás, situación soportable tan sólo porque con ella, al igual que con mi hermana, yo utilizaba un lenguaje particular, por el que podíamos prescindir de las palabras que hubieran podido dar lugar a malas interpretaciones, el lenguaje del tacto, a veces incluso el lenguaje de los labios, de la piel cálida, el lenguaje del cuerpo; si antes, al referirme a mí, hablaba de enfermedad, quizá estuviera justificada mi suposición de que, de alguna misteriosa manera, su enfermedad habitaba mi cuerpo, lo mismo que la de mi hermana; dos enfermedades distintas que en mí se conjugaban en una sola que quizá no era sino resultado de la inseguridad y el desequilibrio de mi entorno inmediato, la manifestación de que aquí estábamos enfermos todos, aunque a mí durante mucho tiempo no me importó, lo aceptaba como la única premisa posible para mi existencia; es más, la enfermedad de mi madre me parecía francamente hermosa y hasta la amaba, veía en ella grandeza cuando, sentado en el suelo, al lado de la cama, sosteniéndole la mano o acariciándole el brazo, con la cabeza apoyada en su regazo o en la sábana, respiraba el olor, mezcla de calor febril, sudor y medicina que emanaba de su cuerpo, del camisón de seda y de las sábanas almidonadas, y que impregnaba el aire por mucho que se ventilara la habitación, oyéndola respirar en su sopor hasta que mi propia respiración se acoplaba a aquel ritmo entrecortado de aspiración rápida y espiración lenta; hasta al olor me había acostumbrado yo de tal modo que ya no me repugnaba; a veces, empezaba a hablar en voz baja, entreabriendo los ojos y volviendo a cerrarlos, «eres muy guapo», decía, y a mí me impresionaba su aspecto en la cama tanto como mi presencia debía de conmoverla a ella: la cara hundida en los blancos almohadones, el espeso cabello rojizo con hebras grises en las sienes, cuidadosamente extendido, la frente lisa y ligeramente abombada, la nariz fina y, sobre todo, los gruesos párpados con sus largas pestañas, que se abrían pesadamente dejando ver durante una fracción de segundo el verde cristalino de los ojos que me miraban con lucidez y firmeza, como si la enfermedad fuera un error, una ilusión, sólo un juego, pero cuando aquellos párpados terrosos, surcados de venitas azules, volvían a cerrarse, ella parecía enfermar otra vez, no sé de qué, pero el recuerdo de su mirada seguía iluminando su cara enferma y en sus labios había una sonrisa para mí, una sonrisa muy pálida, «¡cuéntame, di, qué nos ha pasado! -dijo, pero yo no contesté porque no podía ni quería y ella prosiguió-: ¿te digo lo que pensaba ahora mismo?, ¿ha comido bien tu hermana?, ¡por lo menos no he oído la voz de mando de la abuela!, no te quedes mucho rato, estoy muy cansada, quizá por eso me he acordado de aquel prado, no dormía, sólo me parecía encontrarme en un prado enorme, muy hermoso, y estaba pensando de qué conocía yo ese prado, sólo sabía que lo conocía bien, y has entrado tú -calló lo justo para respirar y yo observé cómo la manta subía y bajaba sobre su pecho-, de no ser porque estoy aquí, seguro que nunca me hubiera acordado de él, porque mientras vives las imágenes nuevas van ocupando continuamente el lugar de las viejas, y hace tiempo que yo tengo la sensación de que a mí nunca me ha ocurrido nada, a pesar de que me han pasado muchas cosas, algunas te las he contado, pero me parece que no me ocurrieron a mí, como si fueran sólo imágenes en las que también estoy yo, y es que me parece más real, o más propio de mí estar en esta cama, como si aquí fuera más yo misma, y la imagen permanece fija, y yo sigo en la cama, y miro por la ventana, y veo siempre lo mismo, unas veces claro y otras veces oscuro, pero siempre lo mismo y, mientras tanto, puedo pasearme tranquilamente por las viejas imágenes, porque no hay imágenes nuevas que hagan retroceder las viejas -suspiró profundamente y su aliento interrumpió el ritmo de sus palabras-, aunque no sé por qué te cuento esto, me da reparo decir estas cosas a un niño, ¡qué manera de filosofar!, es ridículo, porque me parece que en mi historia no hay nada triste, trágico ni terrible, nada que tú no debas saber, todo es natural, porque nunca me he privado de nada que fuera natural, nada que me pareciera natural y yo creyera que debía hacer -rió y durante un momento abrió los ojos, buscó mi mano como si quisiera invitarme a hacer también tranquilamente y sin escrúpulos todo lo que me pareciera natural-, ahora vamos a callarnos un ratito, estoy muy cansada y no puedo librarme de esa imagen de la que iba a hablarte, pero, ya ves, no he podido contártelo, porque casi nunca puede una contar las cosas como es debido, y también tú me cuentas muy poco, a pesar de que siempre estoy pidiéndote que me hables de lo que haces y lo que piensas, aunque comprendo que te gustaría hablar, pero callas y sé por qué callas, y es que lo único de lo que podemos estar seguros es que siempre nos pasan las mismas cosas, sin ninguna diferencia, porque tienen que pasar siempre las mismas cosas y por eso los sentimientos son siempre los mismos, sólo las imágenes cambian y tú y yo nos entendemos aunque no nos digamos nada. Eso es. Ahora vamos a estar callados un ratito, ¿de acuerdo? Y luego te vas, ¿sí?».

Pero no era tan fácil marcharse, y no creo que ella deseara que yo hiciera lo que me pedía; con el silencio, creció la tensión entre nosotros y, como si quisiera acentuarla, repitió varias veces la última frase, «te vas, ¿eh?, a hacer los deberes, ¿sí?»; pero me oprimía la mano con más fuerza y, con la excusa de despedirme, me retenía, para retrasar el momento en el que yo, impulsado por el sentido del deber, me levantara y, un poco aturdido pero reconfortado, me fuera a otra habitación, aunque no había que romper el encanto tan pronto, aún podía esperar un poco, respirar al calor de su cuerpo febril, compartir aquella húmeda atmósfera en la que también yo parecía arder de fiebre, mientras rozaba con la boca la piel suave de la parte interna del codo, o palpar con los labios la tensión de los músculos y tendones del cuello, pero haciendo como si el roce fuera casual, abrir la boca y sentir dentro de los labios y en la lengua el olor y el sabor de su piel.

Ella nunca fingía no reparar en aquellos contactos amorosos, ni denunciaba mis pequeñas estratagemas, ni hacía como si las considerara señales de inocente amor filial, o como si no le gustaran, tampoco se escudaba en su enfermedad, como si únicamente su debilidad física hiciera posibles y necesarias estas peligrosas demostraciones de mutua ternura, no, ella reaccionaba con sencillez y naturalidad, me besaba tiernamente la oreja, el cuello o el pelo, lo que tuviera más cerca, y una vez, hundiendo la cara en mi pelo, dijo que olía a carnero joven, un olor que le gustaba, un olor que hasta entonces yo no había advertido pero que desde aquel momento traté de percibir, para descubrir qué podía ser lo que le causaba aquel momentáneo placer; todo ello daba la impresión de que quería hacerme una demostración práctica de lo que debe ser la naturalidad y dónde están sus límites, y cuando interrumpía o enfriaba el placer del contacto físico con una palabra, ello parecía tan justo y natural como el mismo contacto, y ni, remotamente, una medida de protección o autoprotección, sino más bien una prudente reconducción de unos sentimientos que no podían encontrar otro cauce.

– Está bien, está bien -dijo alzando un poco la voz, como si le divirtiera que hubiéramos llegado tan lejos-. A ver si ahora puedo contarte lo que antes no he podido. Escucha, quería decirte que en aquel prado no estaba sola, me parecía que habíamos estado echados entre la hierba alta, hacía sol, en el cielo había nubes blancas, nubes de verano, quietas, zumbaban los insectos, las avispas, las abejas, pero no creas que era tan hermoso, porque a veces una mosca se me paraba en la piel y, por más que yo movía el brazo o el pie, era inútil, la mosca se iba pero volvía al momento, y es que, con el calor de mediodía, las moscas se ponen muy pesadas, porque era mediodía, ¿comprendes?, es como si lo hicieran adrede, para impedir que goces en paz de lo que deseas gozar, de la belleza del mundo, y no te dejan, quizá, simplemente, porque también ellas quieren disfrutar de algo, precisamente de tu piel, pero ya estoy divagando otra vez y no te hablo de lo que quería hablarte, pero ahora me doy cuenta de que no es un cuento para niños, y menos para ti, y que sería preferible callar, en fin, éramos tres personas en el prado, y el prado existe realmente, habíamos ido en la barca y la habíamos atado en el sitio en el que habíamos quedado citados con los demás, pero habíamos llegado los primeros y ahora estábamos tumbados en la hierba, lejos uno de otro, dos hombres y yo, y cuando has entrado tú y me he despertado, bueno, he cierto los ojos porque en realidad no dormía sino que sólo estaba prendida en la escena que acababa de ver desde arriba, como se ven las cosas en los sueños y pensaba en lo hermoso, lo increíblemente hermoso que era aquello, y es que todo ello es hermoso, aunque entonces me parecía un infierno, una ciénaga apestosa y no por las moscas sino porque no podíamos decidir a cuál de ellos pertenecía yo.

– ¿Y papá?

– Él también estaba.

– ¿Y cómo te decidiste?

– ¡No me decidí!

Fue como si quisiera decir más pero de pronto hubiera comprendido que ni ahora ni nunca podría añadir ni una palabra: tan brusco fue su silencio.

Y yo no pude seguir preguntando, nos habíamos quedado inmóviles como dos estatuas, o como dos animales de presa al acecho, en el momento en el que todavía no se sabe para quién será la pieza.

Más no podía decir, o hubiera rebasado el límite, al que mucho nos habíamos acercado, si no estábamos ya en él.

Por la más elemental prudencia, no podía continuar, ni yo hubiera podido soportarlo; me sonrió con dulzura, tranquila, una sonrisa que era sólo para mí, una sonrisa, sin embargo, que no parecía formar parte de un proceso, que no tenía principio ni final previsible, y yo la miré como el que contempla la fotografía de una cara que sonríe desde el pasado, aunque aquel momento parecía contener bastante más que una imagen y el flujo y reflujo de pensamientos que había suscitado y aunque parezca un sentimentalismo exagerado debo decir que aquel momento fue una revelación o, por lo menos, eso que, a falta de palabra mejor, solemos llamar revelación; yo miraba su cara, su cuello, la sábana arrugada, y cada pequeño detalle contaba una historia mucho más rica de lo que hubiera podido imaginar, un pasado lleno de emociones e imágenes insospechadas cuya interrelación sa me manifestaba ahora, aunque no en forma de relato coherente; por ejemplo, una imagen: estoy delante de la puerta del cuarto de baño, la puerta está cerrada, es de noche, está oscuro, quiero entrar pero no me atrevo porque sé que lo que excita mi curiosidad está prohibido, y con razón, pero no es el verlos desnudos, ellos nunca me habían ocultado su desnudez, era yo el que la consideraba un secreto, la envoltura de un secreto, porque cuando se presenta la ocasión de verlos, desnudos, a pesar de que se comportan con naturalidad, yo los miro con avidez, confuso, con una curiosidad insaciable, deteniéndome en las partes de sus cuerpos que normalmente están cubiertas; sus cuerpos eran para mí siempre nuevos, distintos, no podía acostúmbrame a ellos pero había algo que me dolía, que ofendía mi pudor y enconaba mis celos, porque aquella naturalidad aparente no era a mis ojos sino una piadosa comedia de ambos, yo lo notaba, para aquellos cuerpos, juntos o por separado, yo no contaba, no era nada, ellos lo eran todo el uno para el otro, sólo estaban completamente desinhibidos el uno para el otro y yo quedaba siempre excluido de esa relación, tanto si en aquel momento se odiaban, no se habían dirigido la palabra en varios días o fingían indiferencia como si acababan de amarse y cada mirada, cada risa, cada gesto de maliciosa complicidad tenía una ternura que me era completamente extraña, que me hacía sentirme como un intruso hasta cuando más cariñosos estaban conmigo, alimentándome, por así decir, con las sobras de su pasión, y ello casi era tan humillante como si no me hubieran hecho ni el menor caso, como si les pareciera un objeto molesto; pero aquella frase inesperada y ambigua que tantas posibilidades apuntaba y que había trocado nuestro coloquio en un tenso silencio parecía iluminar ahora los altibajos de su relación que tanto me intrigaban y revelarme el secreto que, insensiblemente, yo trataba de descubrir, porque yo deseaba fervientemente que su relación no fuera tan exclusiva como parecía, para poder hacerme un hueco entre ellos; dentro se oía rumor de agua, una charla a media voz, la risa de mi madre, y aquella risa, nueva para mí, me hizo recordar de pronto, con un ligero vértigo, que yo ya había estado antes en la oscuridad, delante de otra puerta, en pijama, y me pareció que aún seguía allí y que lo ocurrido entre aquellos dos momentos que no podía situar en el tiempo era sólo un sueño del que ahora despertaba y que no recordaba cómo había empezado; cuando, con una voz diferente, más sonora y firme, que conservaba un eco de aquella carcajada un poco excesiva, mi madre dijo desde dentro: «¿quién es el que, de noche y a oscuras, está delante de esa puerta?», yo, naturalmente, no contesté, ¿había crujido el suelo bajo mis pies?, ¿o tenía una presencia tanta fuerza como para hacerse notar a través de una puerta? «¿Eres tú, mi vida, o es un cuervo que quiere entrar?, ¡adelante quienquiera que seas!», yo seguía sin poder responder, pero ella no parecía esperar respuesta, «¡habla y entra!», sonaba casi como una cantinela, acompañada de la risa ahogada de los dos, y el chapoteo del agua en la bañera y en el suelo de mosaico, yo no podía irme pero tampoco era capaz de contestar y entrar, y entonces la puerta se abrió.

No era, pues, un error ni una ilusión de los sentidos la sensación de que yo ya había estado delante de una puerta, la imperiosa invitación de mi madre iluminó súbitamente una imagen aún más lejana, la de unos pies y un almohadón que tapaba una cabeza, fue como un fogonazo, pero bastó para que la sima a la que ahora me asomaba me Pareciera, en su misterio, más invitadora, una imagen de la que entonces, delante de la puerta del cuarto de baño, sólo podían acordarse mis sentidos, que a tientas buscaban en la memoria la impronta de una experiencia debidamente archivada, sabiendo con exactitud cuál era su momento y lugar y percibiendo todo su aroma, pero sin poder encontrarla, y ahora que no pretendía evocarla allí estaba, inserta en la otra imagen, porque la desnudez de los cuerpos las había asociado; mi cara de sorpresa apareció en el gran espejo del baño empañado por el vapor cuando mi padre, doblando el cuerpo fuera de la bañera, abrió la puerta; lo vi fuerte, enorme, de pie en la bañera, inclinado hacia el picaporte, su espalda era una mancha rojiza en el espejo velado, cuarteado por las gotas que resbalaban por su superficie: mi cara y su espalda; mi madre, sentada en la bañera, mesándose el pelo cubierto de champú, me sonrió parpadeando por el picor de la espuma y se sumergió rápidamente cerrando los ojos, para aclarárselo; también entonces sentí el mismo desvalimiento que ahora, como si el pijama fuera lo que sostenía mi cuerpo, que se sentía a merced de unas emociones que no entendía, como si el pijama fuera más real que yo, también aquella otra vez iba yo persiguiendo un sonido, un sonido lejano y sordo, apenas perceptible pero agudo, era de noche, me había levantado a orinar, cuando lo oí, no podía identificarlo pero no sentí miedo, era una noche de luna de invierno, clara y fría, en la que la claridad, que el marco de la ventana cortaba en planos rectilíneos, parecía flotar entre sombras densas y fluidas que envolvían todos los objetos conocidos, y estremecía un poco cruzar la nítida divisoria entre luz y oscuridad; el sonido venía del recibidor, en el espejo vi un momento mi cara que azuleaba de un modo inquietante al claro de luna, parecía que alguien gritaba o lloraba, pero en el recibidor no había nadie; impulsado por mi propio aturdimiento, seguí andando hacia la cocina, mis pies descalzos rozaban el suelo con suavidad, no se veíai nada, también la cocina estaba a oscuras, detrás de la puerta sonó un crujido y volvió el silencio, pero a mí me parecía un silencio de cuerpos vivos, como si aquí no hubiera sólo muebles impregnados de luz inerte, como si el silencio no lo hiciera sólo mi respiración contenida, cuando, detrás de la puerta abierta del cuarto de la criada, oí un jadeo ronco acompañado del acompasado chirriar y crujir de la cama, y me pareció que de aquel estertor que subía de tono a cada oscilación brotaba el grito agudo, en el que se mezclaban risa y sollozo, que me había traído hasta aquí; así pues, no me habían engañado los sentidos y sólo necesitaba dar un último paso para ver lo que había más allá de aquella puerta abierta -¡porque yo quería verlo!- pero me parecía que nunca podría llegar a la maldita puerta, todavía no, estaba lejos, aunque la voz ya me dominaba, sentía dentro de mí sus modulaciones y su ritmo y, por fin, como un autómata, di el ansiado último paso y pude ver lo que estaba oyendo.

Naturalmente, mi padre no me parecía fuerte y enorme porque lo fuera realmente, era más bien delgado y anguloso, y el empleo involuntario de la palabra «enorme» me traiciona, me hace comprender las inhibiciones y torturas de décadas de obcecación con las que tengo que habérmelas ahora, cuando me propongo hablar de algo de lo que no se acostumbra a hablar por pudor, pero que, como forma parte del llamado desarrollo psíquico de aquel niño que era yo, no se puede soslayar, habrá, pues, que respirar hondo y, antes de que vuelva a fallarnos la voz, hablar de aquel lejano recuerdo que, por suerte o por desgracia, se había borrado de mi memoria hasta aquel momento, en que volvió a mí de forma repentina e inesperada, cuando mi madre me habló de aquel prado: el recuerdo del cuerpo de mi padre, en la cama de la criada, atenazado por unas piernas femeninas, un secreto bien guardado que ni siquiera ahora debería traicionar; no le veía la cara, pero descubrí que los gritos de placer y dolor sonaban amortiguados porque mi padre, con la mano abierta, apretaba un almohadón contra una cara, y observé que las piernas que rodeaban sus flancos no eran las de mi madre, ¿cómo iba a estar aquí mi madre?, ¿y cómo no reconocer un muslo, el empeine de un pie o la curva de una pantorrilla con la misma claridad con que se reconoce una nariz, una boca o unos ojos? Lo sorprendente no era que no fueran sus piernas ni fuera su voz la que sonaba debajo del almohadón, yo sabía quién dormía en la habitación de la criada, lo que me angustiaba y confundía era que yo deseara que fuera mi madre, yo no tenía ni la más remota idea de lo que estaba ocurriendo, pero aun en mi misma ignorancia tenía la convicción de que mi padre sólo podía compartir un placer como éste con mi madre, es decir, que lo que aquí ocurría, por agradable que pudiera parecer y, por lo tanto, natural a los ojos de un niño, me repugnaba, pero aquello nada tenía que ver con la impresión de fuerza que me producía mi padre y que, probablemente, tuvo su origen en ese momento en que, inclinándose fuera de la bañera, me abrió la puerta y, con su habitual seriedad, se irguió frente a mí de manera que su pubis, la parte más oscura de su cuerpo mojado, que relucía a la luz cruda del cuarto de baño, quedó a la altura de mis ojos, literalmente delante de mis narices, y yo sabía que tampoco esta vez ninguna de mis involuntarias miradas ni movimientos escaparía a su atención; su pelo, pegado a la cabeza, dejaba la frente libre de aquel mechón veteado de rubio que solía suavizar sus facciones dándole un aire despreocupado y hasta juvenil y atemperando la fría mirada de sus ojos azules, la mirada que había ahora en su cara desnuda, atenta y huraña, del que tiene algo que reprochar al mundo, irguiéndose no ya por encima de mí, sino a una altura inalcanzable para cualquiera, la altura de la seguridad absoluta, desde la que toleraba que otros se acercaran a él con deseos e instintos mezquinos y emociones sórdidas, mientras él observaba y juzgaba, aunque raramente ponía en palabras sus juicios; visto desde mi estatura, su cuerpo me parecía perfecto o, por lo menos, lo que suele considerarse un cuerpo de hombre perfecto, y si recurro al canon es para evitar toda sospecha de parcialidad y no llamarle hermoso, muy hermoso o, incluso, irresistible, porque llamarle hermoso equivaldría a reconocer que estábamos indefensos ante él, entregados y, cediendo al impulso natural, entregados con gusto, que nuestro más ferviente deseo era hacerlo nuestro, apropiárnoslo, aunque no fuera más que resiguiendo su contorno con la yema del dedo, percibiendo por el tacto lo que ya los ojos han considerado hermoso; los hombros anchos, con músculos desarrollados por el remo y la natación, cubriendo casi los ángulos y protuberancias de los huesos, no exentos de atractivo, del hombro y la clavícula, lisa y suave, pero también bien definida, la musculatura de los brazos, el pecho, suavemente abombado, cuya delicadeza velaba a la par que acentuaba el vello rubio que era mucho más atractivo mojado que seco, porque los pelillos adheridos a la piel formaban en el oscuro pezón una aureola que atraía la mirada, que podía optar entre seguir a lo largo de la línea del costado que, en suave sangrado, se recogía hasta la cadera, y deslizarse por la ondulación de los músculos que cubrían las costillas, para cruzar al vientre, donde el hoyo del ombligo y la oscura cuña de vello atraerán nuestra mirada pero no la detendrán, ya que los ojos, por su natural configuración física, siempre buscan los puntos más oscuros o los más claros, por lo que, irremisiblemente, llegarán al pubis; y, si se presenta la ocasión y nuestra mirada es tan precavida que el otro no la advierte -pero él la advertirá, porque sus ojos reaccionan del mismo modo en una situación análoga, pero quizá por pura benevolencia, no se da por enterado o da media vuelta o se cubre con lo primero que encuentra y, para no delatar su turbación, hace una observación casual- o si posee un conocimiento tan profundo del alma humana que, dejando aparte toda consideración moral, simplemente, acepta nuestra mirada, entonces nos demoraremos aquí porque nos gusta contemplar esta complicada región, explorar cada detalle para calcular todas sus posibilidades, sabiendo que el camino recorrido hasta ahora por nuestra mirada no era sino una dilación, una preparación, un preludio; por fin hemos llegado al objetivo de nuestra mayor curiosidad, sólo aquí podemos encontrar el conocimiento necesario para juzgar el conjunto del cuerpo, por lo que tal vez no sea exagerado afirmar que también desde el punto de vista moral hemos llegado al punto crítico.

Al igual que otra vez, cedí al deseo de tocarlo con la mano.

Fue una mañana de domingo de verano, estaban abiertas las ventanas y por las rendijas de las cortinas blancas ya entraba el sol cuando entré en la habitación de mis padres para meterme en su cama, como de costumbre, sin adivinar que aquella mañana tendría que despedirme para siempre de esa agradable costumbre, en la cama en la que ahora estaba mi madre, sola, envuelta en el olor denso de su enfermedad al que casi no podías acostumbrarte, una cama ancha, un poco más alta de lo normal, que parecía dominar la austera habitación, con el cabezal de madera lacada en negro, lo mismo que el resto del mobiliario, la cómoda lisa, el tocador, el marco del espejo, el sillón tapizado de seda blanca y la mesita de noche, no había más, las paredes, desnudas, lo cual, curiosamente, no hacía que la habitación pareciera destartalada ni poco acogedora; en el suelo, arrugada, Ia manta; mi madre ya no estaba, seguramente habría ido a preparar el desayuno, pero mi padre seguía durmiendo, de lado, con las piernas encogidas, cubierto sólo por la sábana; aún no sé qué me hizo abandonar todo mi pudor y mis inhibiciones, no pensé que olvidaba algo importante ni que infringía una ley no escrita, quizá era el aire de la mañana de verano, la suave brisa que traía hasta nosotros el olor a tierra fresca y húmeda de rocío y que, con su cálido soplo, anunciaba el tórrido calor de mediodía, aún piaban los pájaros, en el apagado zumbido de la ciudad lejana se mezclaban sones de campanas, del aspersor hincado en la hierba de un jardín vecino brotaba el agua con siseo monótono, y te sentías alegre y optimista sin saber por qué; yo me quité el pijama y, pisando la manta que estaba en el suelo, me metí debajo de la sábana, al lado de mi padre.

Desde luego, si hoy buscara una explicación, ya que no una disculpa, tendría que aducir que la gracia de aquellas visitas dominicales consistía en hacerlas estando medio dormido, para que, al despertarme después al calor del cuerpo de mis padres, pudiera llevarme la grata sorpresa del cambio de lugar y todos nos admiráramos del pequeño milagro escenificado por mí, por el que, en estado de semiinconsciencia, realizaba ese desplazamiento en el tiempo y el espacio que en el sueño se consigue sin esfuerzo; naturalmente, esto no es disculpa ni explicación; sin embargo, tampoco hay que desdeñar esta apreciación, habida cuenta de que, normalmente, consideramos terminada nuestra niñez tan pronto como la sombra de un piadoso olvido cubre sus crueles juegos y cada uno de nuestros nervios descubre que debe resignarse a supeditar los deseos que se manifiestan en nuestras fantasías a las limitadas posibilidades que las reglas de la convivencia social nos ofrecen como realidad, es decir, a aceptar la realidad, pero el niño no tiene elección, él no puede sino seguir de un modo anárquico las leyes de su naturaleza interior -que nosotros, reconozcámoslo, no consideramos menos realistas ni verdaderas- quizá porque el niño no distingue claramente las leyes de la noche de las leyes del día, tendencia unificadora a la que nosotros seguimos siendo susceptibles; el niño tiene que explorar los límites de lo aceptable y lo inadmisible, y seguimos siendo niños mientras existe el impulso de saltar barreras y, a través de la reacción del entorno que con frecuencia suele estar en trágica contradicción con la propia naturaleza, descubrir el sitio de cada cosa, su momento y su nombre, al mismo tiempo que las sacrosantas reglas de las hipócritas vías de escape, el bello camuflaje de las apariencias, el correcto accionamiento de las puertas secretas de un laberinto, cuyo conocimiento nos permitirá satisfacer no sólo los llamados deseos reales sino también los más elementales y verdaderos, en suma: lo que llamamos educación y, puesto que estamos escribiendo un Bildungsroman, es decir, una novela que describe la formación de una persona, podemos hablar claro, y es precisamente la piadosa ambivalencia del proceso educativo lo que nos permite manifestar nuestros pensamientos secretos, a saber, que a veces hay que tocar los genitales paternos para saber con exactitud lo que es esa moralidad cuyos dictados, pese a presiones y buenas intenciones, no conseguimos asumir plenamente; cuando desperté, con mi cuerpo desnudo apretado en sudoroso abrazo contra el de mi padre dormido, sintiendo en los dedos el vello de su pecho, me pareció que me había engañado a mí mismo, que había tenido que burlarme a mí mismo, no a él, para pegarme a su espalda y posaderas, enlazar sus piernas con las mías y sentir su desnudez; por un lado, indudablemente, me producía sorpresa y alegría que, durante aquel sueño corto y profundo, nuestros cuerpos se hubieran fundido de manera que hasta pasados varios instantes no conseguí distinguir uno de otro; por otra parte, no cabía la menor duda de que yo mismo había provocado aquel despertar; para la sensibilidad, más importante que el elemento consciente es el inconsciente, intuitivo, del sueño, incluso diría que éste era el objeto de mi experimento, que este estado quería yo prolongar hasta el infinito, porque me permitía experimentar la sensación de plenitud en la que el deseo y la imaginación se hermanan armoniosamente con la mentira y la argucia; así, fingiendo dormir, como si jugara al escondite conmigo mismo, despacio, muy despacio, deslicé los dedos por su cuerpo, sintiendo cómo su piel se estremecía por el contacto, cómo le crecía la saliva, cómo suspiraba, espiando si seguía durmiendo, pero mientras iba hurtándome a mí mismo estas sensaciones, recordé con un sobresalto que yo estaba ahora en la cama que había calentado el cuerpo mi madre, ocupando su lugar, robándole estas sensaciones.

Era como si tuviera que tocar a mi madre con la boca y a mi padre con la mano.

En el vientre mi mano tuvo que abrirse para abarcar su suave curva. Desde aquí sólo tenía un pequeño trecho que recorrer y tras enredarse un momento en el vello púbico, se cerró sobre el miembro. El momento se dividió en dos fases diferentes. En la primera, su cuerpo, en modo alguno indiferente y hasta bien dispuesto, se estremeció y él despertó.

En la segunda, con una convulsa sacudida, se desasió de mí y dio un alarido.

Como el que, en la cama caliente, se tropieza con un sapo frío y viscoso.

Hacia la mañana el sueño es más profundo y pesado y, si yo no le hubiera despertado de este sueño profundo, seguramente él hubiera tenido la posibilidad de recordar que también era protagonista de la misma novela de formación, a la que nada que sea humano puede ser ajeno, es decir, que lo ocurrido no era tan extraordinario como para justificar una reacción tan brutal; por otra parte, si él quería evitar que su rechazo tuviera consecuencias imprevisibles, es decir, si no quería provocar en mí una reacción negativa, sino que, como pedagogo consecuente, deseaba alcanzar un efecto positivo, hubiera tenido que proceder con más precaución y, sobre todo, con la prudencia del superior, sabiendo que una persona y, sobre todo, un hombre de su edad, más de cuarenta años, debía comprender que esto puede ocurrirle a cualquiera por lo menos una vez en la vida, ya sea con la imaginación, o en la realidad, simbólicamente o con las propias manos, que cada cual, por lo menos una vez, tiene que herir el pudor de su padre, quizá para autoinmunizarse uno mismo y que eso, de una forma o de otra, lo hacen todos, aun en el caso de que, después de esta dura prueba, no le queden fuerzas para reconocerlo ni ante sí mismo, esta negativa está dictada por el instinto de conservación y un sentido moral que aparece sólo en los casos extremos; pero mi padre despertó bruscamente, debió de sentirse traicionado por el primer movimiento instintivo de su propia naturaleza y tuvo que gritar.

– ¿Qué haces aquí? ¿Qué es esto?

Y de un empujón me lanzó al suelo, encima de la manta de ellos dos.

Después de aquello, durante varios días, me dominó la consternación del pecador, el tenso torpor de la espera, en el que, preparados para las consecuencias, para el castigo, magnificamos lo sucedido, que hasta puede parecemos emocionante, pero no pasaba nada, en vano los observaba a ambos con la mayor atención, ni siquiera pude averiguar si mi padre había contado a mi madre lo ocurrido, como hacía en otros casos, cuando en relación con alguno de mis delitos trataban de observar respecto a mí una conducta unitaria, lo cual no siempre conseguían tan plenamente como para que yo no pudiera advertir sus diferencias de criterio; esta vez, empero, ambos fingían total ignorancia, como si nada hubiera ocurrido, como si yo lo hubiera soñado todo, tanto el contacto como los gritos, y, esperando el castigo convencional, se me escapó esa reacción que era mucho peor que cualquier castigo -hoy, un adulto razonable, me pregunto qué clase de castigo podía yo temer, ¿una paliza?, porque, ¿qué castigo se puede aplicar al niño que se enamora de su padre? ¿No es bastante castigo este amor terrible e insaciable, que trastorna cuerpo y alma?-, yo no me daba cuenta -o no quería darme cuenta, quizá no podía hacer otra cosa- de que desde aquel día mi padre se mostraba conmigo más reservado y precavido, rehuyendo todas las ocasiones de contacto físico, no me besaba, no me tocaba, ni siquiera me pegaba, como si le pareciera que hasta los golpes podían ser la manifestación de que correspondía a aquel amor, se apartó de mí, pero con discreción, con una reserva bien disimulada, con una sutileza que sin duda nacía del miedo, y ni yo mismo podía observar la relación entre el hecho en sí y las consecuencias, quizá tampoco él se daba cuenta, y hasta olvidé la causa de su distanciamiento, como olvidé que lo había visto con Maria Stein en la cama del cuarto de la criada; es posible que él lo hubiera olvidado también, y lo único que me mortificaba y a lo no podía acostumbrarme era que mi padre no fuera tan adusto como para dejarme indiferente, ni tan sensible como para quererme; ahora, cuando abrió la puerta para que yo entrara en el cuarto de baño, se observaba claramente, en su cara seria y en la ostentosa desnudez de su cuerpo, esta reserva, cierto recelo, una timidez bien disimulada, y también una desgana que indicaba que hacía aquello para complacer a mi madre y a regañadientes, que no le parecía tolerable que yo anduviera espiando, y que él, en lugar de dejarme participar en aquel atrevido idilio familiar, me hubiera mandado a la cama. «¡Fuera de aquí!», hubiera dicho y asunto concluido; pero frente a mi madre se sentía por lo menos tan desamparado e indefenso como yo frente a él, lo cual no dejaba de ser un consuelo para mí, y si alguna posibilidad tenía de hacerme un hueco entre ellos era la de asegurarme el favor de mi madre, conquistando su benevolencia y halagando su sensibilidad; a mi padre no tenía acceso directo.

– ¡Cierra la puerta! -dijo, dio media vuelta y volvió a sentarse en la bañera, pero yo no acababa de decidirme a entrar y permanecía en el mismo sitio, aquél era un regalo inesperado y también alarmante, un favor que, por su tono áspero, dirigido más a mi madre que a mí, daba a entender que me otorgaba a pesar suyo, para no estropearle la diversión; yo había ganado inesperadamente, y entonces, cuando él dio media vuelta, tuve una nueva experiencia, un momento de turbación que duró sólo lo que él tardó en volver a hundirse en el agua; si antes he dicho que, visto de frente, su cuerpo parecía perfecto, bien proporcionado y atractivo, ahora debo agregar algo que me avergüenza más que todo lo expuesto hasta ahora, ¿o no es vergüenza?, ¿y si no fuera más que ese deseo de considerar a nuestros padres en cuerpo y alma criaturas perfectas, aunque no lo sean?, ¿es ésta la razón por la que la experiencia nos induce a considerar hermoso lo feo o, si no podemos renunciar al inalcanzable deseo de belleza y armonía perfectas, a aceptar por lo menos las imperfecciones con compasión?, ¿deducir de las formas del cuerpo que en todo lo aparentemente perfecto hay una tendencia a lo deforme, degenerado, enfermizo, contrahecho y es esto lo que da a nuestros sentimientos su sabor peculiar?, ¿y no sólo porque a nadie le es otorgada la armonía total de cualidades, sino más bien porque lo perfecto y lo imperfecto van siempre de la mano, son inseparables, y cuando cerramos los ojos a los defectos de una criatura humana y tratamos de quererla como si fuera perfecta nos dejamos engañar por nuestra propia imaginación?

Visto de lado, lo que de frente me parecía perfecto era francamente deforme, las paletillas sobresalían de la espalda arqueada, y aun cuando él se esforzaba por erguirse, su cuerpo se encorvaba hacia adelante; si no me asustara la palabra, diría que le faltaba muy poco para ser jorobado, sencillamente, jorobado, sí, una deformidad que nos parece repelente, y era como si se hubiera librado por muy poco, como si la naturaleza no hubiera podido decidirse entre hacer de él un ideal o una caricatura y le hubiera abandonado a su destino, y él, consciente de este destino, trataba de disimular y, en lo posible, corregir la broma siniestra de la indecisa, algo que, a pesar de los sinsabores que son de suponer y de exagerados esfuerzos, conseguía sólo en parte, porque el cuerpo, la forma, por más que nosotros, con nuestra mentalidad cristiana, debatamos hasta el agotamiento para atribuir al alma la primacía sobre la belleza externa, está ya perfectamente definido desde el momento de nuestro nacimiento y debe considerarse inmutable.

Pero a mí, que como todo enamorado era parcial, también me gustaba sorber, en una sola aspiración, belleza y fealdad, experimentar a un mismo tiempo, con la misma fuerza y una sensibilidad aguzada por la ternura, atracción y repulsión; su imperfección lo hacía perfecto para mí, porque nada podía explicar mejor su rígida seriedad, su constante alerta y el rigor con que perseguía todo lo que consideraba execrable, deficiente, malo, todo lo feo y perverso, que esta pequeña imperfección, este principio de joroba, a falta de la cual quizá hubiera sido un hombre guapo y nada más, mientras que así, provisto de la fuerza de carácter de los que viven siempre a la defensiva, era -a pesar de sus excesos- un poco distante en sus emociones, frío de sentimientos, pero sagaz, como si su carácter, ansioso de ternura pero incapaz de manifestarla, condenado a la reserva por aquella tara física, se hubiera refinado de tal modo que hubiera adquirido la facultad de descubrir cualquier intento de engaño, por hábil que fuera, de manera que la energía acumulada por aquella reserva que se imponía a sí mismo se tradujera en una perspicacia para descubrir interrelaciones y una claridad de juicio impresionantes; él armonizaba sus dotes intelectuales y su físico con instinto infalible y muy raramente podía reprochársele falta de sinceridad o afán de aparentar lo que no era y, a pesar de que entonces yo apenas sabía lo que hace un fiscal, no hubiera podido imaginar para su persona marco más apropiado que aquel en el que, con su sobrio traje gris oscuro, bajo las arañas encendidas incluso de día, él, con sus manos delgadas, hojeaba los expedientes esparcidos encima de su reluciente escritorio -quizá engañaba un poco el corte del traje, porque la hombrera, sabiamente colocada, disimulaba casi por completo el arco de la espalda-, y los largos y anchos corredores de mármol, en los que casi nunca había nadie, aparte de algún que otro ordenanza presuroso, cargado de gruesas carpetas, o un grupito de personas que aguardaban en silencio frente a una de las grandes puertas, fingiendo cómicamente que no se conocían; en aquellos corredores había un silencio cargado de tedio y de polvo, turbado de tarde en tarde por pasos rápidos, cuando llegaba, entre dos policías, un hombre esposado que desaparecía tras una de las puertas marrones; cuando mi padre se alejaba, camino de la sala, me gustaba contemplar su espalda, me parecía que en ella se concentraba toda la finura, la inteligencia y la elegancia de su persona, que estaban ausentes de la robusta belleza del resto de su cuerpo, porque, para completar la descripción, tendríamos que hablar también de sus bien torneadas y musculosas posaderas, cuyas suaves curvas tenían un aire un poco femenino, de sus muslos robustos, del entramado de venas que se destacaban bajo el vello rubio de las piernas, de los finos y largos dedos de sus arqueados pies, ¡y otra vez aquella espalda!, su paso era ligero y elástico, vigoroso como el de un animal de presa que goza percibiendo todo su poder y vitalidad al asentar la planta, pero daba la impresión de que la carga y los desvelos que, a mi modo de ver, debían de acarrear la persecución del delito, no gravitaban sobre sus pies sino sobre su espalda, como si su fuerza estuviera en la espalda, en la curva de su espalda, y era tan grande mi deseo de emularlo, de hacer míos aquella fuerza, aquella superioridad y aquel vigor que trascendía de la belleza de líneas, planos y proporciones que confluía y dimanaba a la vez del centro de su cuerpo y abarcaba su sublimada fealdad, que hubo un tiempo en el que yo encogía los hombros deliberadamente y caminaba por los modestos pasillos del colegio como le había visto andar a él por el palacio de justicia.

Por fin entré en el cuarto de baño y cerré la puerta, tal como él me había ordenado.

Él volvió a sentarse en la bañera y, en el mismo momento, emergió mi madre resoplando y saltó agua al suelo.

– ¡Anda, quítate el pijama y y métete en la bañera! -dijo él con naturalidad, como si fuera lo más lógico.

Cuando entré en la bañera y me senté entre las rodillas dobladas de ambos, el agua volvió a rebosar inundando el suelo y haciendo bailar las zapatillas, y los tres nos reímos.

Y esa risa repentina que, con su alegría espontánea, derribó todas las barreras que habían levantado la reserva, el recelo, la prevención y los temores infundados, desgarró también aquella membrana que separa la realidad externa de la verdad interior, superior a ella, liberando al cuerpo de su peso y de las limitaciones de su forma y situándonos en ese ámbito superior en el que hay libre comunicación entre la realidad del cuerpo y la verdad de nuestros deseos; tres cuerpos desnudos, en una bañera de agua tibia, y parecía que reía una sola boca, como si esa risa, no exenta de malicia, en virtud de la armonía de nuestros sentimientos, saliera de una única boca gigante; mi cuerpo estaba entre las rodillas de mi padre, mis pies, entre los muslos de mi madre bajo el agua turbia y espumeante de champú que mecía suavemente sus senos grandes, como si flotaran, y mi padre me empujaba por detrás y mi madre me empujaba por delante, y a cada vaivén el agua rebosaba, y aunque lo que nos hacía reír era un juego infantil, a mí me parecía que aquella boca común engullía los cuerpos desnudos para escupirlos después, y otra vez hacerlos desaparecer en la oscura garganta de la voluptuosidad y volver a escupirlos, al ritmo cadencioso de la risa, que se alzaba en oleadas, ascendía oscilando, se detenía al culminar para volver a caer y rebrotar de zonas del cuerpo aún más profundas, sacando a la luz ocultos e insospechados tesoros de placer, ensanchando los pulmones más y más y subiendo cada vez a mayor altura para despedir una alegría incontenible como el agua que saltaba de la bañera.

Pero en honor a la verdad debo puntualizar que mi vida de entonces no se componía únicamente de tribulaciones sin fin, injusticias humillantes, derrotas lastimosas y sufrimientos insoportables, no, como contrapunto a mi relato, indiscutiblemente sesgado, tengo que reconocer que la proporción de las alegrías era equivalente a la de los sinsabores; pero quizá el sufrimiento deja huellas más profundas, porque el pensamiento, con su cortejo de dudas y reproches, hace que parezca más largo el tiempo, mientras que la auténtica alegría, que rehuye la reflexión y se limita al puro sentimiento, no se concede ni nos concede más tiempo que el de su duración, por lo que se nos antoja accidental y aleatoria, y mientras el sufrimiento deja en la memoria largas y confusas historias, la dicha se reduce a simples momentos; pero dejémonos de análisis que se pierden en los detalles y dejémonos de la filosofía que ahonda en el significado de esos detalles, aunque unos y otra nos serán necesarios si queremos descubrir la riqueza de nuestra alma, ¿y por qué renunciar, si ello nos complace?, sin embargo, precisamente porque esta riqueza es infinita y porque lo infinito es una de las cosas más incomprensibles de este mundo, tendemos, en nuestro precipitado análisis, a ver en procesos simples y naturales la causa de nuestras heridas, mutilaciones, sufrimientos, enfermedades psíquicas y -digámoslo ya- de nuestra miseria, porque hemos perdido de vista la totalidad del hecho para fijarnos en determinados detalles elegidos arbitrariamente y, asustados por la inmensa riqueza de los detalles, desistimos y nos paramos antes de llegar al final del camino; nuestro miedo busca un chivo expiatorio, levanta pequeños altares de ofrendas y clava en el aire el cuchillo del sacrificio, con lo que provocamos una confusión mucho mayor que la que sentiríamos si no nos hubiéramos puesto a pensar en nosotros mismos, ¡ah, cuan felices, los pobres de espíritu!, dejémonos pues de reflexiones, entreguémonos libremente y sin reservas a la grata idea de que estamos sentados en el suelo al lado de la cama de mamá, con la cabeza apoyada en la fría colcha de seda que la cubría, con los labios en su brazo, con sus dedos en el pelo, sintiendo un agradable cosquilleo en el cuero cabelludo, porque ella, confusa, ha hundido la mano en mi pelo, tratando de amortiguar con este ademán de consuelo el impacto de sus palabras, y aunque este agradable estremecimiento poco a poco se extiende por toda la superficie de mi cuerpo, ella ya no puede retirar las palabras; porque también yo había pensado que quizá mi padre no fuera mi padre y, puesto que ella no había podido decidirse por ninguno de los dos hombres, ahora la sospecha podía convertirse en certeza, pero nada más podía decirse al respecto, y era lógico; así pues, callamos y descubrimos que la evocación que sus palabras habían hecho brotar se desvanecía, ya que, por importante y decisiva que pudiera ser, sólo formaba el fondo de nuestras emociones y de nuestros auténticos intereses, porque en ese ámbito en el que tratamos de comprender y asumir nuestras impresiones y en el que se desarrollan nuestras verdaderas vivencias, estamos solos, completamente solos, y nadie, ni los dos hombres ni ella, tenían acceso a él.

Y si bien todo ello no me dejaba indiferente, ello no se debía a que fuera tan importante saber cuál de los dos hombres era en realidad mi padre, incógnita apasionante, sin duda, electrizante por lo que tenía de indecorosa y misteriosa en grado superlativo, tanto como la imagen que yo conservaba del hombre al que creía mi padre y aquella otra mujer; no obstante, pienso que en realidad era una cuestión anecdótica, secundaria, prescindible, como el arco del horizonte de un prado sumido en la niebla crepuscular, un marco que se diluye en la nada, que está en el cuadro, sí, pero nuestro cuadro particular empieza y termina donde estamos nosotros, donde ocupamos un lugar, y nuestra reflexión sobre la existencia tiene sólo un punto central, el cuerpo, la sola forma que hace posible tal reflexión proporcionándonos fuerza, autoridad y seguridad, de manera que, en resumidas cuentas, insisto, en definitiva, no tiene por qué interesarnos algo que no sea el cuerpo con todos sus atributos imaginables; las palabras de mi madre habían ahogado mi respuesta y cualquier otra pregunta porque me parecían una alusión no del todo fortuita a lo que en realidad me preocupaba; tampoco yo podía decidirme, a pesar de que, al igual que ella, sentía la necesidad de tomar decisiones, sólo que en sus palabras percibía yo un remordimiento de toda la vida por aquella incapacidad para decidir, una confusión absoluta, algo así como un símbolo del futuro que me amenazaba a mí mismo, sin duda, la confusión de la persona que desespera de poder tomar una decisión, porque tal decisión ya es imposible, y en este aspecto su confesión resultaba liberadora, como si intuyera que moriría pronto, era un testamento, una exhortación a no intentar decidir lo que no puede decidirse, cifrar mi alegría en los hechos incontrolables como si la libertad de la persona consistiera únicamente en dejar actuar, sin oponer resistencia a los fenómenos del mundo que se manifiestan en nosotros; por todo ello, en aquel momento, ella no era para mí una madre, de la que cabría esperar que nos protegiera de la fría realidad con el calor de su cuerpo, sino una criatura que sabía de excesos y aventuras y hablaba por experiencia, que no podía menos que ser fría y cruel y a la que apenas le importaba yo, puesto que toda relación humana necesita calor, pero con la que me sentía identificado a pesar de todo porque idénticos eran, con independencia de la edad y el sexo, los procesos que se desarrollaban en nosotros.

Aquel día ella parecía hablar de algo acerca de lo que nada hubiera podido saber.

También nuestro silencio parecía hablar de ello.

Por fin conseguí decirle algo de lo que nunca le había hablado.

No fueron palabras audibles, naturalmente, en aquel silencio no sonó ni una sola sílaba, y mi confesión duró sólo lo que tardó mi boca en ir desde el delicado interior del codo hasta el hombro sembrándolo de pequeños besos; a las chicas les gusto mucho, hubiera susurrado en mi declaración de amor, les gusto más que los otros chicos, hubiera agregado, como si necesitara hacer hincapié en ello, un poco avergonzado de esta afirmación sorprendente, improcedente y jactanciosa, porque nuestros pensamientos secretos, al ser expresados en palabras, aunque sólo sea en un monólogo interior, necesitan una puntualización que los corrige y disminuye: porque no les gusto como les gustan los otros chicos, lo sé y me avergüenzo de ello, mejor dicho, no les gusto como les gustan los otros chicos, sino que simpatizan conmigo como si fuera una de ellas, a pesar de ser chico, naturalmente, distinción que no deja de halagarme, pero me gustaría pedirle que me ayudara, porque estoy contándolo mal, y es que al decir chicas no me refiero a las chicas en general sino a tres, Hedi, Maja y Livia, y cuando digo chicos son Prém, Kálmán y Kristian, y si tuviera que buscar mi lugar en uno los dos tríos, interdependientes y, al mismo tiempo, autónomos, decidir cuál de ellos me atrae más, yo diría sin vacilar que ellas, las chicas, me caen mejor, pero atraerme me atraen más ellos.

Siempre y cuando fuera posible decir estas cosas en voz alta.

Con la cabeza apoyada en el hombro de mi madre, recordé de pronto el momento en que, sin hacer ruido, entro del jardín en el espacioso comedor de los Prihoda y me quedo mirando en silencio a Sidonia, la criada, en el momento en que, después de levantar el mantel, se arrodilla de espaldas a mí para recoger las migas de la alfombra.

Quizá era el denso aroma de su piel lo que me impulsaba a contárselo todo, a revelarle mis secretos, todo lo que yo vivía con independencia de ella pero que, en cierto modo, se refería a ella.

Cuando la criada advierte por fin mi presencia, yo, con el índice en los labios, le pido que calle, para que nadie se entere de mi llegada y pueda sorprender a Maja; y ella se queda quieta, sin comprender, afortunadamente, el verdadero motivo de mi precaución, cree que se trata de una jugarreta inocente -¡naturalmente, soy tan bromista!-, Y yo, con mi sonrisa y mi súplica la convierto en mi cómplice; sigilosamente, procurando no hacer crujir el suelo, me acerco a ella, «ya está otra vez este granuja haciendo de las suyas», dicen sus ojos brillantes y, mientras observa mis movimientos, suelta una carcajada.

Tengo que inventar cada vez algo nuevo, esto no es más que el preludio, tengo que idear algo extraordinario, para acrecentar a cada ocasión el efecto y la fascinación de mis actos, y, aunque ello no es tan difícil como podría parecer a primera vista, he de proceder con Prudencia en mis pequeñas trastadas y aprovechar las posibilidades de cada ocasión.

No saludo, sé que sólo los gestos más extravagantes son eficaces, de modo que me limito a mover la cabeza, otras veces le beso la mano, eso la divierte y entonces me da un coscorrón, aparte de los golpecitos y cachetes, nuestra relación es silenciosa, aunque más elocuente que si habláramos: si intercambiando señales nos entendemos ¿para qué interferir en la comunicación con las palabras?

Me basta con fijarme en las chispitas amarillas de sus ojos grises de gato, sé que cualquier movimiento suyo, consciente y deliberado, será forzado, por lo que tengo que guiar mis movimientos por esos puntitos amarillos que me dicen si voy por buen camino o me equivoco; ahora, por ejemplo, ha querido castigarme con su carcajada: no habla, porque yo le he pedido que calle, pero se ríe ruidosamente, y eso exige represalias, pero a los dos nos gustan las pequeñas represalias que nos permiten darnos tirones de pelo, empujones, puñetazos, mordiscos y arañazos, mientras reprimimos no ya nuestro belicoso jadeo, sino incluso la respiración; lentamente, me arrodillo, no necesito burlarme de ella -¡ya me entiende!-, simplemente, repitiendo, emulando, la cómica y hasta humillante postura de su cuerpo, estamos los dos de rodillas entre las patas de las sillas que ella había apartado, y yo la miro como diciendo: ¡en esta casa eres como un perro, nada más que un perro!

Sidonia es obesa, tiene el pelo castaño y espeso, recogido en gruesas trenzas alrededor de la cabeza, la cara reluciente, la mirada alegre y una manera de moverse, torpe e infantil, que desarma; al ver las oscuras manchas de sudor en las sisas de su blusa blanca se me ocurre una idea: ¡ahora el perro soy yo!, y olfateando ruidosamente le meto la nariz en la axila.

Su cuerpo se derrite de mudo placer, rueda debajo de la mesa y hasta allí sigo yo su olor tibio y húmedo, pero entonces ella me da un fuerte mordisco en la nuca.

Unas veces de este modo y otras veces de otro, cualquiera que fuera el juego, esto no era sino la antesala del placer.

Porque en la alcoba del espacioso y oscuro dormitorio, inclinada sobre la mesa llena de libros y cuadernos, con la cabeza apoyada en las manos y un lápiz entre los dientes, está Maja, balanceando las desnudas piernas cruzadas bajo la silla a un ritmo imprevisible e irritante.

Altos arbustos y viejos árboles de ramas colgantes ponían una cortina de vegetación delante de su ventana, había en la habitación una luz trémula y verdosa, un reverbero en la pared blanca de hojas movidas por el viento.

– ¿Aún no ha venido Livi? -pregunté en voz baja, empezando deliberadamente por esta pregunta crucial, que equivalía a una confesión, para que desde el primer momento supiera que no venía por ella, que me había esperado en vano.

Ella no me miró, hizo como si, en el primer momento, no hubiera oído lo que yo preguntaba y siguió sentada al escritorio con aire ausente, mirando, más que leyendo, el libro desde lejos, con repugnancia y por obligación, procurando mantenerlo a la mayor distancia posible; leía como otros contemplan un cuadro, abarcando con la mirada el detalle y el conjunto, le surcaban la frente unos pliegues ondulados, había en sus redondos ojos castaño oscuro un asombro permanente y fijo, mordía el lápiz con sus dientes blancos y bonitos, lo hacía girar y lo volvía a morder; noté que se había enterado de mi llegada porque sus piernas se balanceaban con menos ímpetu y el lápiz giraba más despacio entre sus dientes; probablemente, huelga aclarar que éstas no eran señales de hastío sino de concentración, sus sentidos, atentos a este movimiento acompasado y mecánico, dejaban libre su atención para absorber conocimientos extraños a su ser, y cuando por fin consiguió sustraerse a lo que tanto la cautivaba, con aquel mismo interés y asombro me miró a mí, como si a sus ojos yo no fuera más que uno de tantos objetos, quizá todos los objetos fueran interesantes a su manera; despacio, muy despacio, levantó la cabeza, estiró la frente y se arrancó, casi a la fuerza, el lápiz de los dientes, pero se quedó con la boca abierta y de su cara no se borró el gesto de ávida atención.

– Ya lo ves -dijo simplemente, pero sin poder ocultarme que en el fondo se alegraba de darme una mala noticia.

– ¿Y no va a venir? -pregunté innecesariamente, sólo para que no quedara ni la menor duda de que no había venido por ella.

– Livi ha empezado a aburrirme, hoy quizá no venga, pero Kálmán dice que hemos de vernos, Kristian va a montar no sé qué teatro.

Con estas palabras me había clavado un buen alfilerazo, porque, naturalmente, ellos nada me habían dicho, y ella sabía muy bien que los chicos no querían que yo fuera.

– ¿Así que hemos de reunimos?

– Claro que hemos de reunimos -dijo con aire de inocencia, como si yo estuviera incluido en el plan, y durante un momento consiguió engañarme.

– ¿Te ha dicho él que vaya yo también, que me avises?

– ¿Es que no te ha avisado él?

Ella saboreaba mi confusión con una ligera condescendencia burlona.

– Algo me ha dicho -contesté, aunque sabía que ella se daba cuenta de que era mentira y me compadecía un poco.

– ¿Y por qué no habías de venir, si quieres?

Pero yo no quería su compasión.

– Otro día perdido -dije, furioso, traicionándome sin querer, lo que la alegró.

– Mi madre no está en casa.

– ¿Y Sidonia?

Ella se encogió de hombros, algo que hacía con una gracia inimitable, levantando los hombros sólo muy levemente y tensando todo el cuerpo con gesto de absoluta indefensión y luego casi no te dabas cuenta de cuándo se relajaba; arrojó el lápiz a la mesa y se levantó.

– Ven, no perdamos más tiempo.

Como si realmente no le interesara nada más; pero yo no podía librarme de mi enfado con tanta facilidad ni entendía del todo la situación, sólo tenía la sensación de que, una vez más, algo había ocurrido a espaldas mías, y tenía que aclararlo.

– Dime sólo una cosa, por favor, ¿cuándo has hablado con Kálmán?

– ¡Si no he hablado! -casi gorjeó ella, y los ojos le brillaban de alegría.

– Es que tampoco hubieras podido, porque él ha vuelto a casa conmigo.

– Ya lo ves, ¿por qué no lo dejas entonces? -dijo sonriendo descaradamente, para mostrarme que la divertía mi irritación.

– ¿Puedo preguntar entonces cómo te has enterado?

– Eso es asunto mío, ¿no crees?

– Entonces es que hay cosas que sólo te conciernen a ti.

– Exactamente.

– ¿Irás?

– ¿Por qué no? Pero aún no lo he decidido.

– A ti te gusta estar en todas partes, ¿verdad?

– No te hagas ilusiones, no pienso decírtelo.

– Ni ganas.

– Mejor.

– Soy un estúpido por ir detrás de ti, después de todo.

Hubo un breve silencio y luego ella preguntó en voz baja e insegura:

– ¿Te lo digo?

– No me interesa, puedes guardártelo.

Ella se acercó, se acercó mucho, pero sus ojos, inquietos, se desviaron y se velaron, y aquel momentáneo desconcierto indicaba claramente que no veía lo que estaba mirando, es decir, a mí, no veía mi cuello, aunque parecía estar mirándolo, precisamente el mordisco, pero no veía lo que miraba sino que vagaba con la imaginación por aquel lugar secreto que ella deseaba ocultarme y que me inspiraba viva curiosidad, porque yo quería espiar allí a Kálmán, quería saber cada uno de sus movimientos, oír las palabras que le susurraba; con un movimiento vacilante, como si quisiera convencerse de mi presencia y como si no supiera lo que hacía, pellizcó con dos dedos el cuello de la camisa y me atrajo hacia sí distraídamente bajando la voz a un susurro zalamero.

– Te lo diré sólo porque juramos no tener secretos el uno para el otro.

Y, como el qué, por fin, consigue vencer el primer y más arduo escollo del pudor, suspiró profundamente y, ayudándose con una leve sonrisa, volvió a fijar su atención en mi cara, me miró a los ojos y prosiguió:

– Recibí una carta, me la trajo Livia ayer tarde, me dice que vaya, para encargarme del vestuario y que esta tarde nos encontraremos en el bosque.

Ahora tenía yo ventaja, porque sabía que esto no podía ser cierto.

– Mientes.

– ¡Tú estás majara!

– ¿Tan estúpido me crees como para no darme cuenta de cuándo mientes?

– ¡Es que tú nunca estás contento!

La sujeté de la muñeca, para arrancarle la mano del cuello de mi camisa y, sin soltarla, la aparté de mí, porque no tenía que ser ella quien marcara la distancia entre nosotros y, menos, con sus mentiras chapuceras, y lo hice a pesar de que su proximidad -su aliento me acariciaba la boca- y hasta sus apasionadas protestas con las que hubiera podido engañar a cualquiera, me seducían, pero como si también comprendiera que un cuerpo, por invitador y cálido que nos parezca, no puede pretender tomar posesión de otro sin ciertas condiciones morales y que para la posesión perfecta y total, más importante que la momentánea proximidad es lo que llamamos verdad -una verdad que, naturalmente, no existe pero a la que hay que aspirar, la verdad íntima del cuerpo, que puede resultar condicionada y efímera-, actué como un tipo duro que, para alcanzar un objetivo un tanto impreciso, procede con deliberación y sin escrúpulos: si ahora rechazaba el cuerpo era para recuperarlo después sin condiciones.

¿Hay movimiento más brutal que el de rechazar a alguien con un empujón despectivo? Así renunciaba yo a su boca, frustrando el deseo que me inspiraba su belleza, a fin de satisfacer un deseo más profundo, pero lo hacía con astuta premeditación, para conseguirla aún más rendida y para mí solo, eliminando primero al rival, al otro, al extraño, al usurpador Kálmán, tan parecido a mí, idéntico a mí, disputándole la posesión de su boca, porque yo deseaba que aquella boca de trazo perfecto no mintiera; es decir, yo pensaba ganar tanto como pudiera haber perdido con mi brusquedad.

– ¡Olvídalo, no me importa!

– Pero ¿qué quieres de mí? -me gritó con voz ronca de ira, desasiendo la muñeca de mis dedos.

– Nada. Estás horrible cuando mientes.

Naturalmente, la mentira en nada había modificado su cara, al contrario, el furor la embellecía, volvió a encogerse un poco de hombros, como si no le interesara en absoluto cómo la viera yo, y como este movimiento de indiferencia no concordaba con lo que estaba pensando, tuvo que bajar la mirada, avergonzada; sus ojos, abiertos de asombro constante, desaparecieron tras los pesados párpados, dejando que la boca dominara la cara.

Yo no deseaba sino que aquella boca se estuviera quieta, para poder contemplarla, una boca excepcional, con un labio superior que era réplica exacta del inferior y describía un arco que el surco de la nariz no quebraba con los picos normales ni se hendía en las comisuras, sino que formaba con su compañero un óvalo perfecto.

Una boca siempre dispuesta para silbar, cantar y parlotear, unas bonitas mejillas bien redondeadas, una masa de rizos castaño oscuro y una expresión alegre y despreocupada; ahora dio media vuelta y, manteniendo los flacos hombros rígidamente encogidos, fue hacia la puerta, pero no salió de la habitación sino que se quedó indecisa un momento y se echó en la cama.

No era una cama propiamente dicha sino una especie de sofá que servía de cama y durante el día cubría las sábanas una gruesa colcha persa, mullida, flexible, cálida y sedosa, en la que ahora se hundía su cuerpo rígido; llevaba el vestido de seda rojo cereza con florecitas blancas que había sacado para esta tarde del vestidor de su madre, una habitación soleada con las paredes totalmente cubiertas de armarios blancos, llenos a rebosar de ropa perfumada, uno de nuestros lugares de exploración favoritos; se protegía la cabeza con los brazos desnudos y sus pies descalzos que colgaban del sofá tenían una palidez que refulgía a la media luz de la habitación y producían una sensación de desamparo que acentuaban la falda arrugada que dejaba los muslos al descubierto y las sacudidas del llanto que empezaban a estremecerle los hombros, la espalda y hasta la suave curva de las nalgas.

Aquel llanto no me conmovía especialmente, yo me sabía de memoria todas las posibles variaciones de aquellas lacrimógenas escenas, desde los simples pucheros hasta los sollozos inconsolables, pasando por la llantina sostenida que, en progresivas aceleraciones, culminaba en antiestéticas e insoportables cataratas de lágrima y moco, a las que seguía un lento y verboso desenlace, un estremecimiento y el hipo entrecortado del agotamiento, y su cuerpo quedaba fresco y ligero y, sin aparente transición, ella volvía a ser la de siempre, y parecía incluso más fuerte, autosufíciente y satisfecha que antes. El que yo conociera bien el proceso no significa que pudiera negarle mi consuelo, porque sabía que también lloraba cuando yo no la veía, ella me hablaba con frecuencia, no sin cierta sana ironía, de sus crisis de llanto solitarias, revelando candidamente que el llanto, demostración desenfrenada de un sufrimiento cargado de autocompasión, también produce placer, y también lloraba, por ejemplo, en presencia de Livia, que era un testigo tan dulce y compasivo como yo, aunque más objetivo; no obstante, las sesiones de llanto que me dedicaba a mí tenían una cualidad especial, un sello personalizado, un punto de ficción, de exageración, de teatro, eran, en cierta medida, la base de una simulación recíproca, elemento fundamental de un sistema de mentiras al que, con el mayor esmero y convicción, tratábamos de dar apariencia de sinceridad, disfrazando de naturalidad y audaz franqueza nuestros embustes; como si con aquel llanto ella ensayara conmigo el papel de la futura mujer, la criatura débil, abnegada, delicada y sensible, cuando en realidad era fría, dura, calculadora, cruel y astuta; en belleza no podía competir con Hedi, pero, mucho más tenaz y despótica, quería mandar en todos y ejercer en nosotros un dominio mayor que el de Hedi, con toda su belleza, lo cual, desde luego, no pasaba de ser otra simulación, y ella sabía que yo lo sabía; ella representaba un papel y probaba cuál de aquellos vestidos perfumados, vaporosos y sedosos, adornados de encajes y volantes que tanto nos gustaban a los dos era el envoltorio más apto para la feminidad que pretendía encarnar; además, el hurto de la prenda hacía más emocionante este juego secreto de las transformaciones, en el que ella jugaba a ser su madre; fui hacia el sofá con paso firme, representando el papel que se me había asignado, en el que debía mostrarme fuerte, comprensivo, tranquilo y, al mismo tiempo, un poco brutal, es decir, hombre, papel que prometía tanta amenidad que no tenía dificultad en asumirlo, por falso que fuera.

Era quizá esta esencial predisposición para la farsa el rasgo que me hacía diferente de los otros chicos.

Yo me identificaba plenamente con su mentalidad de chica, como si sólo fingiera ser chico y de un momento a otro pudiera descubrirse mi superchería.

Como si no hubiera una línea divisoria entre mi parte masculina y mi parte femenina.

Como si no fuera yo el que hacía esto o lo otro, como si no actuara yo mismo sino que para cada acción hubiera en mí dos opciones, la femenina y la masculina, entre las que yo podía elegir y, como era chico, naturalmente, elegía la variante masculina, aunque también hubiera podido elegir la otra; por ejemplo, ahora tenía que preguntarle en tono seco qué le pasaba, a pesar de que lo sabía perfectamente y, si ella no contestaba, decirle en tono más perentorio que se dejara de histerismos, señalar cínicamente que con su estúpida rabieta estábamos perdiendo un tiempo precioso, soltar algún juramento y, sobre todo, hacer como si su llanto me molestara, a pesar de que no me molestaba ni lo más mínimo, pero también podía asumir el papel de la amiga y hacerle comprender que, si hoy quería ver a su querido Kálmán, aquel gordo repelente -porque, naturalmente, estaba claro que iría, a pesar de que yo no entendía qué veía en él y su solo nombre me daba ganas de vomitar-, debía tener más cuidado con su bonita cara y no llorar de esa manera, porque no querría estar hecha una birria; ella, a juzgar por la forma en que arreciaba en su llanto, parecía estar esperando unas palabras rudas, el significado en sí era lo de menos, lo único que necesitaba para demostrar su debilidad era esta simbólica bofetada, al igual que yo necesitaba despotricar para demostrar mi fuerza; después de oírlas, recurrió a todos los efectos dramáticos que se había reservado, subió el tono de los sollozos, apartó el brazo, se volvió bruscamente y, cambiando a un berrido profundo, me enseñó una cara empapada en lágrimas y tan desfigurada por el berrinche que despertó en mí cierta compasión auténtica.

Como si, de tanto fingir, pudiéramos tener un punto de sinceridad.

– ¿Qué queréis de mí? ¿Por qué me atormentáis? ¿Por qué? ¡No sabéis hacer nada más que atormentarme! -exclamó con voz ahogada, y su aflicción era real, pero a mí me deparaba un placer perverso, porque en su queja nos incluía a Kálmán y a mí, era evidente que estaba indecisa entre los dos, cuando, para mí, aquello no pasaba de ser un juego que podía observar desde fuera; volvió a echarse de bruces, se cubrió otra vez la cabeza con los brazos y, libre ya de toda inhibición, escaló las más altas cumbres del llanto; yo estaba fascinado y pasmado porque si, hasta ahora, aquello había parecido puro teatro, con empeño, lenta, gradualmente, ella había conseguido convertirlo en algo real, arrastrando a los arrebatos del dolor a un cuerpo que al principio, falto de una causa verdadera, se resistía, pero ahora, ¡oh, milagro!, sufría y temblaba, se estremecía y retorcía, hundido en el blando sofá; aquello ya no era un juego, pero yo, muy en mi papel de hombre fuerte, conservaba un resto de calma y no me moví, no extendí la mano hacia ella y, naturalmente, tampoco la consolé, a pesar de que me horrorizaba verla en aquel estado; por un lado, clavaba las uñas en el cobertor, lo pellizcaba, lo mordía, movía la cabeza a derecha e izquierda como una epiléptica, pero, por otro lado, las piernas le colgaban inertes, como si el ataque fuera sólo resultado de la convulsa oposición entre los extremos de la exteriorización sin reservas y el hermetismo total, y no me faltaban razones para estar asustado y escudarme tras una afable indiferencia, yo lo había provocado, con mis palabras, había hecho aflorar esta secreta locura, para sentir mi poder sobre ella y vencer en su cuerpo al otro que estaba dentro de mí y que me era muy tierna y cruelmente familiar como para sentir celos de él, todo aquello era, pues, para mí solo, ¡y qué voz la suya!, sollozos agudos y desgarrados a la vez, como si sonaran dos voces a un tiempo, como si, bajo los roncos quejidos que oscilaban al ritmo regular de las convulsiones del cuerpo, sonara un lamento ininterrumpido que iba subiendo de tono hasta hacerse insoportable; me parecía que la situación se me iba de las manos por momentos.

Y cuando me senté a su lado en el sofá, me incliné sobre ella y le puse la mano en el hombro, no fue el mío un gesto de ternura ni de compasión, no, lo que yo sentía era más bien repulsión y odio y, sobre todo, miedo a que aquel estado durase para siempre; en vano me repetía que todas las crisis de llanto tienen que acabar antes o después, era tan poderoso el efecto de su figura y de su voz que no podía tranquilizarme la experiencia, no, aquello no acabaría nunca, lo que había estado oculto hasta entonces y se había manifestado inesperadamente tendría carácter permanente, y Sidonia entraría de un momento a otro y se descubriría todo, y por el jardín vendrían los vecinos que, naturalmente, habían oído los gritos, y llamarían a un médico, y acudirían los padres, y ella seguiría llorando y gritando con aquel vestido, y se descubriría que el culpable del desaguisado era yo.

– ¡Maja, cariño!

– ¡A la mierda, tú y tus cariños!

– ¿Qué te pasa? ¡No llores así! ¿Qué tienes? Yo estoy aquí. Ya sabes que te comprendo. Acuérdate de lo que nos juramos.

– ¡Un carajo nos juramos! -se desasió y rodó hacia la pared.

Yo me eché a su espalda, si más no, para taparle la boca.

– Si no me voy, mujer. Ha sido sólo una amenaza, me quedo. ¡Maja! ¡Me quedo, Maja! Pero tú puedes ir a donde quieras. Ya sabes que puedes hacer lo que te plazca. ¿Por qué no contestas? -le susurraba al oído tratando de abrazarla con todo el cuerpo, apretándome contra ella, con la esperanza de transmitirle mi calma.

¡Pero dónde había quedado la calma de mi superioridad masculina! Ahora me daba cuenta de que también yo temblaba, oía temblar mi voz, sin sospechar que ella lo advertía con lúcida precisión y que yo no podía proporcionarle mayor satisfacción.

Pero mi estremecida ternura, lejos de calmar su frenesí, lo exacerbó, y, por su misma exaltación, me di cuenta de que conservaba la suficiente capacidad de raciocinio, que seguía siendo la de siempre, porque fue inútil que yo tratara de disfrazar de solícita atención el movimiento con que atraje su cabeza hacia mí, para taparle la boca astutamente y así dejar de oír su voz: en aquel momento nos descubrimos el juego mutuamente, ella receló el engaño, tensó el cuerpo, me dio un empujón, un puñetazo, un puntapié y un mordisco en un dedo, todo ello, sin dejar de gritar, le cambió la cara, como si se hubiera convertido en la de un chico, sus rasgos, relucientes de lágrimas, se habían endurecido y si, en lugar de temblar de miedo, yo hubiera sido capaz de pensar con claridad y hubiera contestado con golpes y empujones a sus golpes y empujones, entonces sin duda me hubiera destrozado; en realidad, nunca habíamos peleado en serio pero ella era no sólo mucho más fuerte que yo sino también más feroz y brutal.

Yo no me defendía, tampoco me di cuenta de cuándo dejó de gritar, ya ni me esforzaba por sujetarla, pero aguanté el ataque y quizá nuestra relación nunca tuvo un momento de sinceridad como aquél, yo dejaba que me pegara, me arañara, me pateara y me mordiera, es más, contestaba a sus ataques tiernamente, con caricias y besos, que, en aquella situación, le hacían tan poco efecto como a mí sus blandos puñetazos de niña; en aquella escena, ella era el chico, y yo, la chica; los ojos desorbitados, los dientes amenazadores, los tensos músculos del cuello intimidaban, pero yo no me dejaba lanzar al suelo y, en el repentino silencio, sólo se oía su jadeo, el rechinar y crujir del sofá y el chasquido de los golpes.

Me empujaba por los hombros, para tirarme al suelo, pero cuando mis manos rozaron su muslo, pareció que el furor y el odio se evaporaban de sus miembros, sorprendiéndola a ella misma, su cuerpo se relajó al instante y, como si me viera por primera vez en su vida, pareció asombrarse de tenerme tan cerca y de que mi proximidad le agradara, y puso ojos redondos, pero ahora tenían su mirada de sorpresa habitual, no de loca.

Contenía la respiración, como si quisiera evitar que su aliento rozara mi boca, porque estábamos muy cerca, y muy acalorados.

Sentí estremecerse su piel bajo mi mano, como si hasta este momento no se hubiera dado cuenta de que la tocaba.

¿Y cómo había llegado allí mi mano?

Entonces volvió a echarse a llorar.

Era como si la proximidad y el calor hubieran provocado sus lágrimas, pero ahora había en ellas un dolor verdadero, casi diría un dolor tranquilo y lúcido.

Un dolor que no busca el desahogo del estallido violento, tampoco era un llanto propiamente dicho que pudiera compararse al de antes, sino un gemido acompañado de suspiros temblorosos.

Estos sonidos me conmovían más profundamente que los otros, despertaban eco en mí, y también mi garganta exhaló un quejido largo, pero yo no podía expansionarme con el llanto y me ahogaba, y en mi pecho y en mis muslos vibraba una fuerza imperiosa y paralizadora a la vez que, si bien impedía el desfallecimiento y la total claudicación, me empujaba hacia ella, como si hubiera resultado infundada la sospecha de que, con su arrebato, trataba de convencer a su cuerpo de la existencia de un dolor imaginario, para engañarme y distraer mi atención, buscando mi compasión y, con ella, la capitulación y el sometimiento, y algo la hiciera sufrir realmente, y la hacía sufrir el descubrimiento de que también ella me quería.

Me acerqué, y ella, lejos de rechazarme, pasó su brazo por detrás de mi hombro y me atrajo cariñosamente, y entonces, aunque no fuera más que para corresponder a su movimiento, subí la mano por su muslo y deslicé los dedos debajo de las bragas.

Así nos quedamos.

Su cara ardiente en mi hombro.

Como si estuviéramos en un charco grande, profundo, viscoso y blando, en el que no se siente el paso del tiempo, porque, en realidad, no importa.

Yo la mecía suavemente, como para hacernos dormir a los dos.

Así había estado yo con mi hermana pequeña, debajo del escritorio en un tiempo que surgía de más allá del recuerdo, cuando experimentaba con los alfileres y ella, buscando refugio y creyendo que lo encontraría a mi lado precisamente, con un grito más de espanto que de dolor, se arrojó sobre mí, como si quisiera confiarme su cuerpo grueso y contrahecho que hubiera repugnado a cualquier otro, y darme a entender que no sólo comprendía mi juego cruel sino que me lo agradecía, porque yo era el único que, gracias a estos juegos, había descubierto un lenguaje con el que era posible entenderse con ella; también ella y yo nos habíamos mecido entonces, medio echados en el frío suelo hasta que, abrazados, nos dormimos a la última luz de la tarde.

– Un día comprenderás que me atormentas sin motivo, sin ningún motivo -me susurró después y, con el balanceo, sus labios casi rozaban mi oído-. Aunque no lo creas, a nadie quiero como te quiero a ti.

Era como si la voz viniera de aquel otro tiempo, de aquella otra tarde, del cuerpo de mi hermana pequeña, cosquilleándome en el oído, un poco chillona y un poto cantarína, y me parecía abrazar el cuerpo deforme de mi hermana, aun sabiendo que era el esbelto cuerpo de Maja.

Mientras, ella no paraba de murmurarme al oído, agradecida y feliz.

– Ayer le dije que, por muy pesado que se ponga, tú eres mi número uno, no él, que eres bueno y no un hipócrita como los otros, que sé bien que si vienen detrás de mí es sólo para luego contar a Kristian lo que hacemos. ¡En serio, él es sólo el número dos!

Calló un momento, como si no se atreviera a decirlo, y entonces sentí en el oído, como un chorro de aire caliente:

– Para mí eres como mi muñeca, me encanta jugar contigo. Y no te enfades si hago como si estuviera enamorada de él. En cierto modo, me interesa, naturalmente, pero es sólo un juego, es para darte celos, nada más, pero a nadie, puedes creerlo, a nadie quiero como a ti. Y menos a él, que es muy bruto y nada cariñoso conmigo. A veces pienso que tendríamos que jugar a que eres hijo mío. Me gustaría tener un niño como tú, un corderito duce y cariñoso, y rubio.

Volvió a callar, sus verdaderos sentimientos atemperaron su sensiblería ardorosa.

– Pero también eres ruin. Y también me haces llorar, porque siempre quieres saberlo todo, me atosigas, no me dejas tener ni el más pequeño secreto, a pesar de que tú y yo tenemos un secreto muy grande y es imposible que pienses en serio que yo pueda engañarte con otra historia, eres lo más importante para mí y siempre lo serás, pero tu te callas algo que yo sé desde hace tiempo, y es que no es a Livia a quien quieres sino a Hedi y que con ella me engañas.

Nada había cambiado, seguíamos meciéndonos, pero algo me advertía que no debía entregarme a aquella voz, parecía que ya no era yo el que la acunaba sino ella la que trataba de adormecerme y aturdirme con su voz, y que debía procurar que ninguno de los dos traspusiéramos el umbral del sueño.

– Ahora ya puedes contármelo -dije en voz alta, con la esperanza de que mi voz me ayudara a zafarme de aquel delicioso torpor.

– ¿Contarte, el qué? -preguntó ella, también en voz alta.

– Lo que hicisteis ayer tarde.

– ¡No fue por la tarde sino por la noche!

– ¿Por la noche?

– ¡Sí, señor; por la noche!

– ¿Ya empiezas otra vez con tus mentiras?

– Bueno, casi por la noche, a última hora, muy última hora, de la tarde.

Como si ahora empezara otra maniobra de distracción, un cuento que me inspiraba tanta curiosidad como la verdad, pero ella no dijo más y entonces dejé de mecerla.

– ¡Cuenta ya!

No contestó y también su cuerpo había enmudecido en mis brazos.