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Durante nuestros paseos nocturnos, cualquiera que fuera el itinerario que eligiéramos entre nuestros circuitos habituales, el repicar acompasado de nuestros pasos resonaba en la oscuridad de las calles desiertas con un ritmo extraño y forzado, y ni la más animada conversación ni el silencio más profundo podían librarnos ni un segundo de aquel eco.
Las casas de la ciudad, aquellas fachadas hoscas y desfiguradas por la guerra, parecían absorber nuestros tranquilos pasos y devolvernos sólo aquello que también en nosotros era desabrido y frío; y si arriba, en el palomar del quinto piso, debajo del tejado, solíamos charlar libremente, aquí abajo, donde teníamos que salvar el abismo entre la tétrica frialdad del entorno y el calor de nuestros sentimientos, la conversación adquiría un tono sobrio y responsable que también podría describirse como fría sinceridad.
Arriba, casi nunca hablábamos de Thea, aquí abajo, sí, y a menudo.
Los escrúpulos que me causaba mi duplicidad me hacían llevar aquellas conversaciones de manera que no fuera yo el primero en pronunciar su nombre, y me acercaba al tema con precaución, orillándolo, pero, en cuanto sonaba el nombre, Melchior se lanzaba a hablar de ella; a veces, sorprendido por las asociaciones de ideas que suscitaba el tema, enmudecía, asustado, o no se atrevía a hacer manifestaciones que le parecían comprometedoras, y yo, con preguntas hábiles Y arteras, apostillas y comentarios, nos mantenía a ambos en la tortuosa senda que se hundía en la oscuridad de su pasado, para penetrar en aquel paisaje brumoso, del que con tanta habilidad y utilizando todas sus sutilezas intelectuales trataba él de aislarse, aun a riesgo de mutilarse espiritualmente.
En mis paseos de tarde con Thea, mientras conversábamos caminando por el paisaje llano y barrido por el viento de las afueras de la ciudad, o, sentados a la orilla de un lago verde o de un canal que se prolongaba hasta el horizonte, seguíamos con la mirada el movimiento de las aguas o, sencillamente, contemplábamos el paisaje, yo tenía que seguir la táctica opuesta, porque la vastedad del entorno invitaba a la confidencia, permitía distinguir claramente entre sentimientos y pasiones y apreciar su interdependencia, porque la naturaleza no es un escenario, sino que, para los ojos que luchan contra la ilusión óptica, puede ser, incluso, hiperreal, y no admite las pequeña comedias humanas que sólo caben en el decorado de la ciudad; y Thea, si yo quería fomentar sus sentimientos hacia Melchior, debía impedirle, con distracciones e interrupciones constantes, que me abriera su corazón, como suele decirse, en suma, que hablara de él.
Ésta me parecía una solución bella y equilibrada para alcanzar mi objetivo.
Porque, aunque no habláramos de él, Melchior no dejaba de estar presente en nuestra conversación, y yo sentía aquella excitación asfixiante que experimenta el criminal mientras prepara el golpe, seguro de que él no necesita intervenir, sólo indaga, observa y examina el terreno, no, no debe inmiscuirse en el buen orden de la naturaleza, basta con descubrir cómo funciona el sistema que ha creado la situación presente para que el botín caiga en sus manos; en realidad, en mis relaciones con uno y otro, yo no hacía más que perseverar en el empeño de prolongar la situación, con sugerencias e insinuaciones congruentes.
Poco a poco, fui infundiendo en Thea la casi imposible esperanza de que Melchior, pese a las apariencias, no era inalcanzable, mientras con cautela trataba de disipar los escrúpulos que impulsaban a Melchior a combatir con tesón sus inclinaciones naturales que se manifestaban tenazmente; por ello, por extraño que pudiera parecer, también era comprensible que Thea no tuviera celos de mí, ya que, a sus ojos, más aún, para todo su sistema emocional, yo constituía la certeza constante y tangible de una esperanza lejana pero irrenunciable, mientras que Melchior se sentía embriagado por la posibilidad de conocer a través de mí algo que le había estado vedado hasta ahora, es más, sabía que yo no podría pertenecerle por completo mientras no poseyera también esta otra cosa.
Los enamorados van por el mundo llevando en sí el cuerpo del otro e irradiando la corporeidad conjunta, pero esta unión no es idéntica a la suma matemática de los dos cuerpos, es algo más y es también otra cosa, algo casi indefinible, que se traduce tanto por cantidad como por calidad, porque los dos cuerpos, al sumarse, no forman un ente único; por otra parte, este incremento en cantidad y esta diversidad en calidad que se conjugan en una sola identidad, digamos, en la mezcla de olores de los dos cuerpos unidos, es sólo la manifestación más superficial o externa de la unión, que se extiende a todas las funciones vitales de dos cuerpos separados, ya que, por supuesto, impregna sus ropas, el pelo y la piel, de manera que el que trata con los enamorados entra de improviso en el ámbito de esta nueva corporeidad y, si es sensible, no sólo se verá arrastrado al círculo mágico de esas dos personas, sino que recibirá su influencia y también algo de su amor, y hasta es posible que, guiado por su sensibilidad, perciba los intercambios, transferencias y desplazamientos operados en los movimientos, expresiones faciales y manera de hablar que son la peculiar manifestación física de la unión psíquica de la pareja.
El espacio situado entre ellos dos que no conseguí ocupar aquella primera noche en el palco de honor del teatro de la ópera pude asegurármelo después, para ello no tuve más que entreabrir a Thea nuestro mundo particular, y entonces ellos dos empezaron a comunicarse, porque, sin darme cuenta, en aquellos paseos de la tarde, yo llevaba a Melchior conmigo, y si algo tomaba Thea de mí, y algo debía tomar, si quería mantener su equilibrio emocional, también tomaba algo de él, y a la inversa, cuando Thea me daba algo de sí, Melchior lo percibía a su vez, ya fuera en forma de pérdida o de ganancia; y él lo notaba, me olfateaba como un perro, me hacía escenas de celos que yo apenas podía eludir con evasivas y bromas, y a mi regreso de aquellos paseos, teníamos que restablecer el equilibrio perdido y la antigua relación entre nosotros, y esto nos acercaba a Thea.
Yo no sabía a ciencia cierta qué había ocurrido entre ellos, a mis preguntas daban ambos respuestas vagas, de las que deducía que lo que fuere habría sido tan enojoso y frustrante para uno como para el otro, pero yo pensaba que no puede haber retirada que no sea preludio de una ruptura y, por lo tanto, si quería ayudarles en lo que hubiera entre ellos, y no sólo quería ayudarles sino que tenía la clara sensación de que ello sería para Melchior y para mí la única posibilidad de asegurarnos unas condiciones decentes de supervivencia, yo debía conocer la situación con la máxima exactitud.
Probablemente, parecerá difícil de comprender, pero no puedo explicar mi deseo de buscar una retirada con honor más que diciendo que me hallaba perdido en aquella relación, que experimentaba una angustia voluptuosa y una alegría delirante porque yo, un individuo, un ser que sólo dispone de un potencial sentimental y sensorial único e indivisible, me hubiera unido a una persona que era de mi mismo sexo y no del otro, y ello, a pesar de todos los tabúes, ¡algo debía de querer decir esto!, esta idea de la indivisibilidad del amor me electrizaba, me sentía como si se me hubiera encomendado la confección de una fórmula universal o iniciado en un gran secreto -si esto es así, pensaba con un sentimiento de triunfo, entonces éste soy yo, un Ser humano completo, un todo indivisible-, pero ¿era mi sexo sólo una parte de este todo? ¿O acaso este todo, con independencia de mi Sexo, sólo podía manifestarse plenamente en el amor? ¿Y consistía el significado último del sentimiento amoroso en que yo, en tanto que un todo indivisible, me uniera a otro todo indivisible? ¿Y me unía yo a otra persona en función de mi Yo indivisible al elegir o dejar de elegir con arreglo a mi sexo? Pero en vano trataba de hallar una respuesta a la pregunta de si, a pesar de haber elegido en función de mi Yo, debía sufrir el dolor inmenso de que él no fuera como yo ni pudiera serlo, sino siempre distinto, idéntico sólo en el sexo; y así el placer por el contacto inmediato con el igual, la dicha y la frustración que producía el no poder asumir la diferencia del otro a pesar de nuestra similitud, se convertía en una experiencia tan dolorosa que mi pasado y mi vida toda me parecían fútiles; y la desesperanza ante la inutilidad de mis esfuerzos se hacía tan profunda que yo, que siempre he buscado la armonía y rehuido la confrontación, sentía el deseo de ceder al impulso de marcharme inmediatamente, irme a casa, y «casa» significaba el pasado, el hastío, la costumbre, la seguridad, lo que significa el hogar cuando uno está lejos.
Yo quería irme a casa, él lo sabía, yo no daba razones ni explicaciones, él no preguntaba; envolviéndose en la inmensa superioridad de su dolor, me dejaba marchar sin decir palabra, pero también él quería partir, adelantándose a mi marcha, huir del país, indiferente al peligro, en su desesperanza; yo regresaría a la seguridad de la patria y él se iría a la aventura de sus nostalgias y deseos; daba la impresión de que, con nuestros paralelos cambios de situación, deseáramos vengarnos por nuestras historias personales, manchándonos el uno al otro con la considerable cantidad de inmundicia histórica que nos lastraba y enfrentaba; sólo que esto ya no podía considerarse un juego ni una riña de enamorados, de este país nadie podía salir sin exponerse a que lo mataran o lo metieran en la cárcel, y en aquellos años eran muy pocos los que conseguían escapar, pero de esto no hablábamos; Melchior actuaba de un modo misterioso, estaba nervioso, irritable, probablemente esperaba una señal, un aviso del otro lado y, según todos los indicios, era su amigo francés, el comunista declarado, quien organizaba su huida.
Confiando en la mutua atracción entre ellos dos, y muy especialmente en la obstinación de Thea, que a veces podía ser sutilísima, yo trataba de favorecer el relevo, hacer que ella ocupara mi lugar, a fin de que él olvidara sus disparatados planes de huida, que me parecían funestos y moralmente injustificables; con este propósito, yo pensaba que, en principio, debía permanecer tan neutral como un catalizador que, aunque interviene en el proceso químico, al no tener valencia propia, no forma parte de la nueva unión y se diluye.
Huelga decir que mi propósito era una vulgar violación moral, un crimen contra los sentimientos, pero como parecía viable -desde nuestro primer encuentro yo había visto posibilidades de realización-, seguía adelante con mis intrigas y, para tranquilizar la conciencia, me decía que no era yo el que así lo quería sino ellos, yo sólo ayudaba, y el éxito demostraría mis buenas intenciones, con lo que no sólo me decía a mí mismo que me portaba decentemente sino también que quería triunfar.
Seguro del éxito no podía estar, desde luego, por lo que con frecuencia, una frecuencia muy sospechosa, tenía que rememorar aquel primer encuentro, evocar cada uno de sus movimientos y gestos, y cuanto más trataba de recordar, más se acentuaba la impresión de que el caos de sentimientos simbolizado por la música que brotaba del foso y animaba los cuerpos de los cantantes se había desbordado del sombrío y lejano espacio escénico y nos envolvía a nosotros, en nuestro palco.
Porque de este modo, sin que entonces se articulara en mi cabeza un pensamiento claro, lo que sentía mi hombro, veían mis ojos y oían mis oídos se duplicaba convirtiéndose en su propia metáfora y ejercía en mí un efecto parecido a una explosión de sentimientos, y este recuerdo no se hubiera borrado de mi memoria ni aunque con él no hubiera perseguido un propósito determinado; hoy diría que durante aquella obertura arrebatadora, el firme suelo de mis treinta años de vida empezó a temblar, los edificios construidos con las piedras de la prudencia, el conocimiento, la moral y la autodefensa que tan sólidos parecían se agrietaron, las experiencias que yo creía inmutables se dislocaron bruscamente, y en prueba de que también las emociones pueden traducirse en materia, con aquella tortura de unos sentimientos contradictorios que surgían de una región inexplorada y familiar a la vez, rompí a sudar por todos los poros, como si hubiera estado serrando madera, y no allí sentado, y, como suele hacerse en estos casos, fingí que me sentía transportado por la música, lo que, lejos de tranquilizar a mi cuerpo, habituado a la autodisciplina, lo hizo sudar todavía más, como cualquier mentira evidente.
Daba la impresión de que esa aparente seguridad que el ser humano va adquiriendo hasta los treinta años y que se nutre de sí misma se había agrietado, pero, en aquel momento que precedía al desmoronamiento, cada uno de mis edificios tenía aún su forma original, pese a no estar en el sitio acostumbrado, nada estaba en su lugar original, era como si las formas simbolizaran aún su propio vacío pero no sospecharan siquiera las fuerzas tectónicas a las que estaban expuestas; los sentimientos permanecían reprimidos tras las viejas barreras, los pensamientos, rota su forma original, ondeaban hechos trizas, cada sentimiento y cada pensamiento eran ya símbolo de las viejas formas, vacío de significado; y en este momento de vértigo que precedía al derrumbamiento y la destrucción total, me pareció poseer la gracia de la clarividencia y descubrir las leyes básicas de la vida o, por lo menos, de mi vida.
No, no había perdido la razón, ni entonces ni ahora, en que trato de utilizar una serie de símiles para aproximarme a mis sentimientos de aquella noche, porque entretanto he comprendido que lo que para mí era una cárcel, la cárcel de mis sentimientos y mis ideales, para el francés que tenía a mi izquierda no era más que un decorado que olía a engrudo; al fin y al cabo, allí no ocurría sino que, en la cárcel del escenario, el villano Jacquino perseguía a la gentil Marcellina, a la que repelían sus toscos galanteos porque estaba prendada del bello y grácil Fidelio, que no era otro que Leonore, que se había disfrazado de hombre para liberar a su amado Florestan, el inocente que estaba preso en las mazmorras, y con este propósito, amén de otros noble motivos políticos, atolondradamente, transige con el error de Marcellina y, aunque pesarosa y compasiva, perpetra el engaño más ruin o, si se quiere, más cómico del que pueda hacerse víctima a una persona: fingirse hombre siendo mujer, de lo que, en resumidas cuentas, hemos de deducir que el fin justifica los medios, ya que cada cual siempre ama o desea amar a otro pero tiene que ingeniárselas para encontrar a su verdadero amor, por lo que podemos reservarnos nuestras consideraciones morales; mientras mi hombro no podía, ni quería, despegarse del hombre sentado a mi derecha, y este sentimiento prohibido me sorprendía, humillaba, repelía y asustaba tanto como su inesperado desinterés hería mi vanidad, aunque yo sabía que ello no era más que un descarado ardid amoroso, que él estaba utilizando a Thea con tanta ruindad como el falso Fidelio del escenario a la bella y no tan inocente Marcellina, que, a la postre, tenía que haberse dado cuenta de que debajo de aquella ropa no había un cuerpo de hombre; Melchior, con su cómodo recurso bisexual, explotaba egoístamente lo que, en medio de tanta ambigüedad, era completamente real, los sentimientos de Thea; él deseaba sondear las posibilidades que tenía conmigo y para ello debía desentenderse de mí y volverse hacia Thea con unos sentimientos reales o sólo intuidos, de los que me había desposeído a mí, lo mismo que en el escenario Leonore tenía que convertirse en un Fidelio verdadero, un auténtico carcelero, para liberar de la cárcel a su verdadero amor.
Por ello, yo adivinaba que Melchior estaba mostrando a Thea algo de sí quizá desconocido para él mismo, quizá sorprendente, algo que él sentía realmente, y yo percibía su confusión y su infantil indefensión, y también imaginaba lo que debía de sentir Thea; ella reaccionó inmediatamente haciendo todo lo que una persona puede hacer en esta delicada situación, estremecerse y suspirar, y yo percibí claramente que entre ellos sucedía algo en perfecta reciprocidad.
Mis celos irracionales no eran de él, a él yo lo temía, los sentimientos que me inspiraba me parecían ilícitos, yo no sólo lo deseaba a él, sino, por él, también a Thea; es decir, que yo sólo podía ceder a la insinuación de Melchior en la medida en que ésta me permitiera acercarme a Thea.
Esto se prolongó entre nosotros durante los dos actos que se tardó en deshacer el equívoco en el escenario: cuanto más se acercaba Thea a Melchior, más próximo a Thea me sentía yo, a pesar de que mi cuerpo percibía con creciente intensidad la proximidad física de él; por ejemplo, constantemente sentía el impulso de ponerle la mano en la rodilla, lo que no dejaba de asombrarme, ya que desde que era adulto nunca se me había ocurrido poner la mano en la rodilla de un hombre sin que ello implicara más que un gesto amistoso, y ahora sentía en mi mano este deseo casi irreprimible que, además, no parecía ser un simple gesto cariñoso sino un gesto cariñoso calculado, un solo contacto con dos fines, por un lado, la respuesta a su insinuación y, por otro, lo que en aquel momento me parecía más importante, un medio de apartarlo de Thea para que yo pudiera recuperarla.
Si en algo hubiera debido pensar entonces y allí, debía ser en mis años de adolescencia, y por supuesto que pensaba en muchas cosas, pero no en esto; y, si no en mi adolescencia, por lo menos en las experiencias que se acumulan durante estos años, pero cuando llega la dura época de la madurez se olvidan pronto aquellos grandes sufrimientos y placeres duramente conquistados.
Yo hubiera debido recordar que sólo podemos salvarnos de los sinsabores de la adolescencia, del desvalimiento que nos produce nuestro afán de entregarnos, de los tanteos, de la ignorancia de la naturaleza de la sensualidad, eligiendo formas de actividad amorosa colectivamente aceptadas y reglamentadas y situadas dentro de un marco moral, que, aunque no encajen con nuestras preferencias, marcan unos límites, por más que coarten nuestra libertad, libertad que la moral de la sociedad considera inadmisible, anómala, superflua y viciada, y dentro de estos límites encontramos un terreno óptimo para desarrollar nuestra actividad amorosa, en el que, si nos atenemos al reparto de papeles convencional, nos declaramos a otra persona que lucha con dificultades parecidas y, a costa de renunciar a la plena satisfacción de nuestros deseos sexuales, podemos conocer una sensualidad casi impersonal pero intensa; y ni ese vacío sorprendente que sigue al momento de la satisfacción física, ese terrible vacío de lo impersonal, ese abismo es insalvable, porque hasta de una unión semejante puede surgir algo orgánico y muy personal, un niño, y nada hay más personal, orgánico y perfecto; es de los dos, se parece a los dos, se diferencia de los dos, es la compensación por todos los sufrimientos y el objeto de abnegación y desvelos, de temores, penas y alegrías, el abismo ya no es un vacío angustioso, ahora tiene contenido.
El náufrago que se debate en un mar sin fondo, buscando un punto de apoyo, se agarra a lo primero que encuentra para mantenerse a flote, ni que sea una caña; no lo piensa dos veces, en ella cifra su salvación y, con el tiempo, creerá -puesto que otra cosa no tiene y el implacable instinto de supervivencia suele sugerir ideas místicas- que el objeto que ha encontrado casualmente le pertenece, que lo ha eleegido a él y él ha elegido al objeto; pero tan pronto como la rítmica fuerza de las olas lo lanza a la playa de la madurez comprende que debe su salvación a la casualidad, pero ¿puede llamarse casualidad a aquello que lo ha salvado de ahogarse?
Todas las experiencias de diez años de intensa actividad amorosa parecían derrumbarse ahora sobre el suelo frágil de mis sentimientos; se me antojaba que en cada una de mis aventuras me había limitado a ceder al deseo, y que mi cuerpo había encontrado simple placer físico en lo que en realidad no era más que instinto de supervivencia, en lugar del auténtico acto, que no hubiera sido un simple acto; no comprendía su significado y por ello constantemente tenía que asirme a algo, iba a la deriva en un mar inmenso, sin sentir el suelo bajo mis pies, por eso no podían consolarme estos placeres, y de ahí la constante búsqueda y acoso a otros cuerpos acosados; pero lo que más me impresionaba ahora no era que, a través del cuerpo del hombre sentado a mi lado, yo deseara a Thea, ni que él me demostrara su simpatía sirviéndose de Thea, ni que yo, a mi vez, me aproximara a él a través de Thea, ni que él y yo girásemos en torno a ella, ni que pretendiéramos iniciar una relación de pareja, sino que, comoquiera que nos lo planteásemos, éramos tres y, puesto que ya éramos tres, ¿por qué no cuatro o cinco? Pero ni este embrollo podía sorprenderme más que una imagen hecha pálido recuerdo, a cuya fecha y lugar ya no tenemos acceso; fue como si, detrás de esta confusión, yo hubiera visto de pronto, desnuda ante mí, la figura clara de mis deseos elementales y, en lugar de seguir la acción que se desarrollaba en el escenario, estuviera sólo pendiente de ella: era pequeña, con la piel azulada, sudaba y palpitaba, existía en sí misma, independiente de nosotros, incluso de mí; fue como ver la envoltura corporal de la pura fuerza vital, su figura física que, pese a todas las teorías modernas, no es femenina ni masculina, no tiene sexo y sólo existe para que, a través de ella, podamos comunicarnos libremente unos con otros.
Aquella noche yo recuperé algo de mi libertad de antaño que creía perdida, la libertad del corazón y de los sentidos; pero no sin amargura tengo que reconocer hoy que fue inútil, que toda percepción u observación sensorial es inútil, porque yo, precisamente en el concepto y valoración de mis propias percepciones sensoriales, debía resultar una criatura de mi tiempo, dócil hasta la estupidez; yo tenía de las cosas una cierta idea y creía que esta idea vaga, y que resultaba ser más descabellada cada vez, era conocimiento, y quería poner en práctica inmediatamente esta idea vaga que a mí me parecía conocimiento; armado de este instrumental, quería crearme una posición espiritual, proponerme inmediatamente objetivos prácticos, tener éxito, ejercer influencia, mandar, controlar, maniobrar, como si, en una especie de ministerio del amor, yo fuera un alto funcionario que trabaja con los datos que tiene a su disposición, y mis diez años de intensa actividad amorosa habían creado en mí unos condicionamientos cuyas consecuencias tenía que pagar ahora: creer exclusivamente en lo palpable, prescindir de todo lo que no pudiera objetivarse inmediatamente y, por lo tanto, no pudiera proporcionar placer físico, ei nombre de la razón, negar todo lo que no fuera una realidad que pediera asumirse racionalmente y descartar toda sensibilidad y sentimiento, admitir sólo mi realidad personal y subjetiva negando una realidad más amplia e impersonal cuando ésta no se acomodara a ella; pero fuera como fuere, con semejante tesitura, era en vano que ciertos escrúpulos morales y un innato realismo me señalaran celosamente mi fatal equivocación, porque no les hacía caso.
He considerado necesario exponer todo esto antes de reanudar mi relato y volver a nuestros paseos de la tarde, para describir el medio espiritual en el que se mueven dos personas que, para alcanzar su objetivo, tratan de utilizar al otro como instrumento y, a pesar de todo, el paseo los une; metafóricamente hablando, andan por un camino que otros han trillado.
Porque de nada sirven los buenos propósitos de observar una conducta honorable ni el sueño de la neutralidad si progresivamente nos adentramos en la masa emocional del oponente, que, en definitiva, no puede separarse de la materia del cuerpo vivo; era inútil que nos limitáramos a utilizar palabras que sólo podían entenderse e interpretarse en sentido figurado, ningún contacto, ¡a lo sumo, el silencio!, cuando nuestras palabras adquirían un sentido que sólo nos afectaba a nosotros, con este sentido, las palabras obstaculizaban precisamente el objetivo que nos habíamos propuesto, que era recto y viable.
Ésta era, poco más o menos, la situación, éste era el ambiente sentimental en el que nos movíamos por aquel paisaje natural, mientras ella, con paso regular, caminaba delante de mí por el sendero que conducía al bosque lejano, y yo, gratamente sorprendido, rumiaba su confesión queda, amarga, breve y escueta, como si su intención no hubiera sido la de recordarnos, en aquel momento excesivamente íntimo y peligroso, las proporciones que nuestro común objetivo imponía a nuestra relación y, por lo tanto, quizá, rechazarme, sino todo lo contrario, parecía que quería atraerme hacia sí, hacia el ámbito más profundo y secreto de su vida.
Yo casi no podía dominarme; de buena gana hubiera prescindido de toda inhibición, sentía un vértigo de agradecimiento, deseo de ser correspondido, de abrazarla y sentir su cuerpo fino, delicado y frágil; algo de su afecto percibía ya en sus pasos que se alejaban, acaso no acababa de decirme claramente que consideraba toda su vida un gran disparate, pero que hiciera ella lo que hiciera en el disparate de su vida, había dos personas, su amiga y su marido, a las que siempre podía volver, lo que en nuestro lenguaje particular quería decir que hiciéramos lo que hiciéramos nosotros dos, yo nada tenía que temer, que ella se sabía segura y que, aun en el caso de que los perdiera a ambos, no cerraría tras de sí todas las puertas.
Y es que todas nuestras confesiones sentimentales, supuestamente sinceras, tienen algo de traición.
Por ejemplo, cuando uno dice por qué no ama a su patria, con esta confesión, involuntariamente, hace patente su amor y su deseo de acción, mientras que una profesión de lealtad a la patria, por seria y apasionada que sea, hace patente la repulsa y la pesadumbre, el dolor, la aflicción, la desesperación y la frustración que esa patria le causa, por lo que el deseo de acción se disipa en protestas encendidas y elocuentes.
Su reticencia, sus respuestas lacónicas pero bien articuladas me hicieron pensar que yo estaba en lo cierto y frau Kühnert se equivocaba; realmente, durante las últimas semanas, Thea había cambiado había llegado a una frontera y parecía que sólo había podido hacer aquella confesión porque la unión que daba seguridad a su vida se ha bía convertido en una carga insoportable, y ella me lo confesaba para que yo la ayudara a cruzar esa frontera, a romper ataduras.
No obstante, yo no podía hacer lo que más natural parecía, tocarla con mi mano o con mi cuerpo, hubiera sido excesivo e improcedente.
Tal como ya había sentido aquella memorable tarde de domingo con motivo de la infantil crisis de llanto de Melchior, el cuerpo por si solo ofrece poco consuelo; él quería el futuro de mi cuerpo, él quería algo de lo que yo únicamente hubiera podido disponer si hubiera sido capaz de cedérselo en silencio y sin reservas, pero no podía, quizá por cobardía, y tenía que negárselo.
Y como yo sentía que mi cuerpo, por un lado, no bastaba y, por otro lado, no tenía esta finalidad, guiándome por la experiencia sensual más profunda y oscura que había cosechado mi cuerpo, reconocía la recíproca idoneidad de sus cuerpos de la que el mío no podía ser sino catalizador: yo quería servirles.
Yo me había ofrecido a ambos como un neutral mediador para conseguir un objetivo lejano, instrumento que ellos, obedientes a las leyes de su egoísmo, aceptaban y utilizaban, sólo que no habíamos tomado en consideración que en el amor, ni la moral ni la abnegación pueden neutralizar el sexo de un cuerpo humano, y por ello yo tenía que recurrir a toda mi autodisciplina, lo que generaba en mí la voluptuosa tensión del criminal que prepara el golpe, con el resultado de que la acción ya no estaba determinada por el amor sino por el propósito de expulsar de mi cuerpo a los seres amados.
Por lo tanto, no era yo el que por allí caminaba, eran dos pies extraños que transportaban la carcasa vacía de este deseo servil que, sin la alegría del momento de la culminación, se había convertido en un peso muerto que había que arrastrar, en beneficio de un futuro honorable o aceptable.
Las ramas verde oscuro se mecían como las olas del mar en lo alto de los troncos rojizos.
En el bosque, el sendero se perdía bajo la blanda alfombra de la pinaza; más hacia el interior, estaba oscuro.
Quizá Thea se dio cuenta de que no me gustaba entrar allí, porque se paró debajo de los primeros árboles y, sin sacar las manos del bolsillo de su chaquetón rojo, dio media vuelta y apoyó la espalda en tronco de un árbol, como si quisiera calcular con la mirada el camino recorrido y, lentamente, fue resbalando hasta quedar en cuclillas pero no se sentó.
No nos miramos.
Ella contemplaba las suaves ondulaciones del paisaje que se diluía en el anochecer, tan apacible bajo el ancho firmamento, con su claroscuro de nubes inquietas y desflecadas que se amontonaban y disgregaban, yo miraba hacia la oscuridad fresca del bosque impregnaba del olor acre del fermento del mantillo; bajo la bóveda de las ramas rojizas unos fulgores oblicuos rasgaban el crepúsculo imprimiéndole una movilidad constante.
Al cabo de un rato, ella empezó a hurgar en el bolsillo, sacó un largo cigarrillo y fósforos y lo encendió, tras una larga lucha con el viento.
Entonces dijo que lo que hacía estaba prohibido en ese lugar.
Sí, respondí, también yo sentía a veces el deseo de hacer cosas prohibidas.
Ella me miró pestañeando, como si buscara un significado oculto en mi transparente frase, pero yo no correspondí a su mirada, me quedé de pie entre los árboles, sin apoyarme.
Ella dijo entonces que yo ponía una cara como si continuamente estuviera oliendo algo apestoso y, bajando la voz a un tono más comedido, me preguntó si me había molestado.
Yo miré por encima de su hombro, pero percibí que tenía una expresión irónica y provocativa; qué ocurriría, pensé, divertido por mi propia ocurrencia, si ahora yo derribara bajo los árboles a este fardo de lana roja y lo pisoteara a placer; me parecía sentir en los maxilares y los dientes la repercusión de los pisotones.
Esta idea de violencia suscitó en mí un sentimiento de repulsa y, en aquel silencio expectante, me imaginé a mí mismo regresando a la casa de la Steffelbauerstrasse después del asesinato, metiendo mis cosas en una maleta, subiendo a un avión y atisbando desde el aire este lugar, reducido a un punto minúsculo, reconocible por la motita roja del chaquetón que asomaría por entre la alfombra verde de las copas de los árboles.
Es una mujer que lucha contra los monstruosos tormentos del envejecimiento, pensé, pero ¿por qué ha de ser la juventud tan importante para las mujeres?, a la postre, lo que a mí me molestaba no era su edad, al contrario, para mí las formas efímeras tenían un atractivo singular, los rasgos de su cara, que estaban desintegrándose, y la forma en que ella combatía su desintegración, me parecían hermosos, ella se mostraba así sin pudor y me gustaba mucho más que si hubiera sido joven y tersa.
En realidad, sentía no estar enamorada de mí, dijo.
Si estaba enamorada de alguien, estuve a punto de preguntar.
Por ejemplo, ella había imaginado, prosiguió después de una pequeña pausa, animada por mi expresión de contrariedad o por una agitación provocada por su falsa y sospechosa sinceridad, en suma, ella había imaginado el aspecto que yo tenía desnudo.
A juzgar por la cara y las manos, es decir, por lo que estaba a la vista, deducía que yo era un poco rollizo y blando y, si me descuidaba, pronto estaría tan repulsivo como Langerhans.
Yo era tan afable y simpático, tan conciliador, tan humano y decente, tan discreto y atento que daba la impresión de que no tenía músculos y muy pocos huesos bajo una piel lisa y sin pelo, dijo, y de ello deducía que yo no olía a nada.
Yo me acerqué, me agaché delante de ella y le quité el cigarrillo de la mano, entonces quizá podría explicarme en qué situación me había imaginado con esa traza, me intrigaba saberlo.
Ella seguía con la mirada la trayectoria del cigarrillo, como si temiera que le robara demasiado humo, a pesar de que le hubiera deparado un placer frívolo el que, por mediación del cigarrillo, sus labios hubieran rozado los míos, rápidamente recuperó el cigarrillo y a pesar de que ambos tratábamos de evitarlo, nuestros dedos se rozaron y por este contacto nuestra crispada reserva se convirtió en la sensación de que en cualquier momento podía abatirse sobre nosotros una catástrofe.
Sí, dijo ella con una voz más ronca y profunda, a veces las apariencias engañan, es posible, dijo, que yo fuera todo piel y huesos, con lo cruel que era en realidad.
Por qué no respondía, pregunté.
Porque no quería ofenderme, dijo antes de dar otra chupada al cigarrillo.
Ella nunca podría ofenderme.
Dijo que la vida estaba llena de contradicciones, y que cuando yo hablaba tenía la impresión de estar hundiendo los dedos en una masa, aunque no era desagradable.
Que no debíamos tratar de engañarnos el uno al otro, dije, ella no me había imaginado a mí, para ella yo era algo así como un complemento necesario, una especie de entrenamiento, para que no se le entumecieran los huesos.
Ella se rió descaradamente y mientras estábamos en cuclillas uno frente a otro, a menos de dos palmos de distancia, empezó a balancearse hacia adelante y hacia atrás, dándose impulso con el tronco del árbol, acercándome y alejándome la cara, jugando con la distancia.
No, no, nada de eso, me engañaba, dijo, y me tendió el cigarrillo, ella también me había imaginado a mí.
También, dije.
Es que ella era insaciable, dijo.
Nos divertíamos con revelaciones de la más descarnada sinceridad y crudeza, intercambiando desnudez por desnudez; las arruguitas de sus ojos desaparecieron, no obstante, la situación tenía un algo en extremo desagradable, como si lo que intercambiábamos fueran nuestras propiedades más triviales y deleznables.
Dijo que incluso había imaginado o, por lo menos, tratado de imaginar qué diablos podríamos hacer el uno con el otro.
Su cara resplandecía.
Del cigarrillo que iba y venía entre los dos no quedaba ya más que la colilla, se la acerqué con cuidado y ella la tomó y aspiró con precaución, como si durante esta última calada, antes de que se le chamuscaran las uñas, tuviera que decidirlo todo; para dar aquella chupada frunció toda la cara, escondiendo el sonrojo detrás de la mueca.
Lo que nosotros podríamos hacer por qué no lo hacía con él, pensaba la mitad de mí que era cínica y ruin.
Esta pregunta surgió en mí como reacción a otra pregunta, más amplia y general, de por qué se considera el contacto físico, el mutuo goce de los cuerpos, más perfecto e imperioso que toda satisfacción espiritual, por qué ha de ser ésta la única prueba válida de una relación humana; desde una perspectiva más distante, en el linde del pensamiento, se planteaba entonces la duda de si la guerra no es también una satisfacción tan necesaria como engañosa en las relaciones entre los pueblos; ¿es consciente el ser humano de que el contacto físico, la satisfacción por la mutua complementariedad física, no es, en la mayoría de casos, sino una manipulación de factores biológicos y un consuelo físico rápido, siempre disponible pero falso, más que la auténtica satisfacción de los deseos espirituales?
En principio, ella no tenía nada en contra, dijo, pero no volvió a apoyarse en el tronco.
En su cara se había nublado el resplandor de la alegría, pensativa, apagó cuidadosamente la brasa del cigarrillo aplastándola en la tierra, debajo de la gruesa capa de agujas de pino.
En cualquier caso, prosiguió tras el tiempo de un suspiro, aquello no era sino lo que siente toda mujer a la que se arrebata algo que ella debería poder dar voluntariamente, pero como aquí era ella esa mujer, instintivamente lo aprobaba.
Por extraño que pudiera parecer, dijo, no estaba celosa de nosotros, quizá lo estuvo en el primer momento, cuando comprendió qué sucedía, más que celosa, sorprendida, la había pillado desprevenida, y preguntó si no me había pasado por la imaginación que había sido eua la que nos había unido.
Pero cuando, al día siguiente, aparecimos juntos en su casa y ella vio los esfuerzos que teníamos que hacer para ocultar lo sucedido entre nosotros y lo serios que estábamos por el esfuerzo, los celos dejaron paso a una cierta alegría, pero tampoco era eso, prefería no llamarlo alegría. ¿No había observado yo que las mujeres tienen para con los maricas más comprensión que los mismos hombres?
En fin, ya sé que es espantoso, antinatural y abominable, pero me siento un poco como su madre.
Enmudeció, no me miraba, palpaba, oprimía, alisaba la tierra y observaba, pensativa y distante, la actividad de prevención de incendios de sus dedos.
Yo estaba seguro de que aún lo diría, le costaría trabajo, pero lo diría y seguramente por eso yo callaba a mi vez, porque ahora se trataba de nosotros.
Que, en esta situación tan triste para ella, por agresiva que se mostrara, por mucho que tratara de mortificarme y por muchas cosas desagradables que dijera, en el fondo me estaba agradecida, porque con mi sola existencia la salvaba de algo que podría ser trágico, o ridículo.
Volvió a callar, seguía sin poder decirlo.
Entonces me miró.
Soy vieja, dijo.
Sus palabras, su mirada, el ligero temblor de su voz estaban exentos de autocomplacencia y autocompasión, sentimientos que hubieran sido perfectamente naturales, sus maravillosos ojos castaños eran tan límpidos y transparentes que daban a su cara un aspecto que desmentía sus palabras.
Aquella fuerza interior con la que se concentraba en lo que estaba diciendo y que se comunicaba a mis ojos hacía olvidar si era vieja, si era hermosa y hasta si era mujer: ahora era una criatura solitaria que sufría y luchaba heroicamente por definirse en un universo abrumador, de posibilidades infinitas, y esto era hermoso.
Seguramente, en una habitación cerrada no hubiera sido capaz, y todo hubiera acabado en un sentimental buceo en el alma o en un magreo; entre cuatro paredes, sus palabras me hubieran parecido cómicas, demasiado sinceras o demasiado falsas, que viene a ser lo mismo, y hubiera protestado con vehemencia o me hubiera reído, mientras que aquí no había nada en lo que pudieran rebotar aquellas significativas palabras; habían salido de su boca y me habían dado en la cara, yo había asimilado una parte y el resto se había volatilizado o había pasado a formar parte del paisaje.
En aquel momento descubrí que una de las fuentes de su belleza era el puro sufrimiento, tenía delante a un ser humano que no trataba de sustraerse al dolor, pero tampoco explotarlo, quería conservar la capacidad de sufrir, conservarla para mí, y quizá era esto lo que me atraía; ella no quería compasión, y por eso criticaba tan duramente la técnica interpretativa de vivir el papel, ella no tenía nada que ocultar y también de mí extraía tanto como ella mostraba de sí misma y que yo trataba de disimular.
Yo intercambiaba mis propios sufrimientos, que eran similares, pero estaban envueltos en la nube de la compasión y el engaño de mí mismo, por los suyos.
No era vieja en años, agregó rápidamente, como si quisiera eliminar todo asomo de compasión no sólo en mí sino en sí misma, no, en años aún podía considerarse joven, era vieja de alma, otra tontería, porque ella no tenía alma, pero algo debía de haber en su interior.
Era curioso, cuando tenía que interpretar a locas de amor, vampiresas y seductoras, ¡y eran papeles que nunca había hecho mal!, dijo, cuando tenía que abrazar a desconocidos y besar bocas extrañas, había observado que, en realidad, ella no estaba allí, que era otra la que hacía de enamorada.
Para ella, el amor o el deseo se había convertido en algo -y que la disculpara si decía una tontería- que no estaba ligado a otra persona en concreto sino a todas y cada una, esto podía parecer una idiotez, ligada a todas las personas y a todas las cosas, algo que el ser humano nunca conseguirá, ni ella deseaba conseguir, pero desde que tenía esta sensación se consideraba digna de lástima.
Si no trataba de conseguirlo no podría actuar, dije en voz baja, y me parecía que, si quería actuar, debía conseguir lo que ya no deseaba.
Parpadeó vacilando, no podía, o no quería, comprender mi observación y se desentendió de ella.
Mentiría si afirmara que éste era el primer fracaso de su vida, dijo, no, nunca había sido tan hermosa ni atractiva como para vivir sin una constante sensación de fracaso, ya se había acostumbrado.
No, de eso no quería hablar, dijo, interrumpiéndose bruscamente, era no ya ridículo, sino de mal gusto hablar de ello precisamente conmigo, pero ¿con quién si no?
Yo no quería interrumpirla con preguntas, exhortaciones ni cariñosas frases de consuelo, cualquier palabra podía hacer que se retrajera; yo sabía que hablaría, pero también la hubiera comprendido si no hubiera añadido ni una sola palabra.
El soplo fragante de su voz me acariciaba la cara, y me parecía que sus palabras estaban dirigidas a todo mi cuerpo, por medio del cual se confesaba consigo misma.
Tenía que levantarse, pero lo hizo como si su cuerpo todo estuviera invadido por un pensamiento colérico que le impedía estirar las rodillas, quería parecer desgarbada y fea.
Se le tensó la piel del mentón.
No, dijo, tampoco esto es verdad.
Hablaba como si mordiera las palabras y, con ellas, lo que las palabras encubrían.
Y esto quizá me dolía más que si lo hubiera dicho con claridad.
Pero dijo que a ella no le interesaba la verdad en general ni la verdad de nadie en particular.
A veces, hasta conseguía hacer como si no sintiera la humillación.
Cuando lo conoció, pensaba que podría abandonarlo todo por él; ahora, afortunadamente, había recobrado la sensatez.
Pero por él podría hasta matar a Arno, que se pasaba la noche roncando.
Confesaba que de noche solía llamar por teléfono.
Por eso se había inventado este estúpido complejo de la edad, tenía el cuerpo roto, después de meses de humillaciones, era inútil que se repitiera que tenía que olvidarlo, su cabeza no podía pensar en nada más, se había convertido en una quinceañera boba, preocupada sólo por su físico.
Por culpa de este estúpido sentimiento que no la dejaba ni un momento, todo le salía mal y, por si no era bastante, tenía que soportar nuestras caras de felicidad.
Entonces le hubiera confesado gustosamente que felicidad era la palabra, en efecto, pero que nunca había sufrido tormentos tan persistentes como los que me deparaba esta felicidad nuestra; mas de estas cosas no se habla.
Que no tenía celos de mí, dijo, ¿sería ella celosa?, más que celos, sentía repulsión, como la que impulsa a los hombres a escribir en las paredes de los lavabos: castrados todos los maricones de mierda, dijo con una risa de desagravio; naturalmente, ella comprendía que no había que revolver las cosas, y precisamente porque, por extraño y hasta grotesco que pudiera parecer, a pesar de sus protestas e insultos, ella comprendía nuestra relación, no podía estar de mí tan celosa como lo estaría si yo fuera una mujer, incluso le parecía que yo actuaba en su lugar, lo cual, desde luego, era denigrante, porque, aunque no quería interponerse entre nosotros, no podía menos que llamar por teléfono, no podía evitarlo. Quizá ahora que había hablado de ello ya no tuviera necesidad.
Y, en sus momentos de sensatez en medio de la vorágine, tiene la impresión de que se ha buscado este imposible porque, en el fondo, no lo desea, ella siempre ha de suspirar por un imposible, pero esto de ahora no lo entiende, a ella no debía haberle ocurrido una cosa así, porque para un imposible tan imposible ya era muy vieja. Ahora ya no quería nada. Ni siquiera morirse.
Cómo se explicaba que su vida hubiera quedado de repente tan vacía, que ya nada le sucediera y lo que le sucedía ya no le interesara. Mientras hablaba, dijo que le parecía que tampoco eso servía de nada, que las palabras ya nada significaban porque comprendía que era la mera costumbre lo que obligaba a las personas a pronunciar palabras sin significado.
Pero ya basta, teníamos que volver.
Que hiciera el favor de levantarme.
No había hablado en voz alta, ni siquiera podía decirse que hubiera hablado con vehemencia ni con la voz alterada por la tensión reprimida, y, no obstante, se enjugó del labio superior unas gotitas de sudor invisibles para mí.
Aquel movimiento tenía un aire anticuado; por lo menos, los jóvenes no lo harían, entre otras cosas, porque no les parecería estético.
Me levanté, nuestras caras volvían a estar cerca, ella sonreía.
Yo aún no la había visto en una representación al aire libre, dijo ladeando la cabeza.
Esta nueva tentativa de evadirse y distanciarse me serenó también a mí, quizá porque era torpe y forzada, como el que se muerde la lengua, para reprimir un dolor más intenso; volví a sentir el aire fresco y el áspero aroma de los pinos del otoño, y la insignificancia del propio cuerpo, tan magnificado momentos antes, en la inmensidad de la llanura.
Y entonces sentí el deseo imperioso de marcharme, volver al coche y encerrarme, como si el encierro pudiera darme seguridad; al mismo tiempo, a esta corta distancia, sus palabras y sus gestos me indicaban claramente que estaría aventurándome por terreno peligroso si daba la impresión de que trataba de retenerla, porque mi sola presencia ya la incitaba, por lo que la imagen de antes, que aún viajaba por los conductos nerviosos de mis sentidos, en la que me veía a mí mismo asesinándola, no era el inocente ejercicio de la imaginación que yo creía; pero si la pasión reprimida engendra el ansia de matar, si alcanzaba mi objetivo y conseguía unirlos, de nada serviría mi agresividad, como no fuera para suicidarme.
O a la inversa, pensé, invirtiendo causa y efecto con un gesto de displicencia, quizá deseaba unirlos para escapar de ellos y buscarme una mujer -no importaba cuál, con tal de que fuera mujer-, porque encontraba el cuerpo de un hombre insuficiente o excesivo, quizá quería matar en mí el amor por Melchior; y quizá no quería una relación estable porque en el fondo de mi alma temía el castigo que otros, con la ansiedad de su propia inseguridad sexual, garabatean en las paredes de los lavabos.
Pero yo no podía salir corriendo, no podía huir, a ella aún le quedaba algo dentro, algo que no se atrevió a decir hasta haber salvado la distancia que se había abierto entre nosotros, hasta después de nuestro regreso al mundo mezquino y calculador, y sólo después de este preámbulo sugestivo y circunspecto.
Yo esperaba, y ella podía leer en mis ojos cómo me fatigaba esta espera; ella tenía ventaja, podía preguntar cualquier cosa, decir cualquier cosa, estaría vulnerable sólo mientras hablara, pero lo que dijera me haría vulnerable a mí.
Y esta vulnerabilidad empezaba a surtir efecto: las emociones generadas por el deseo reprimido, mi indefensión y el propósito secreto de acercarme a ella a través del hombre al que amaba, me situaban al borde de la frustración, el ridículo y el llanto, o quizá mis ojos se llenaron de lágrimas porque me di cuenta de la inutilidad de mis esfuerzos; ella, aprovechando esta ventaja, me acarició la cara cariñosa pero reservadamente, consciente de su propia alteración, como si quisiera hacerse creer a sí misma que mi emoción se debía a su historia y no pudiera o no quisiera comprender qué la provocaba, por lo menos en la misma medida, el inevitable fracaso de mi propósito; pero lo cierto es que sus dedos temblaban en mi cara, yo lo sentía y ella también, y con esta común percepción entramos en el tiempo de las catástrofes que habíamos temido momentos antes y que acarrearía nuevos sobresaltos y angustias.
Porque después, no menos deliberadamente, confiando en su superioridad, me asió el brazo.
Si la moral del amor no fuera más fuerte que el deseo amoroso, si yo no le hubiera dado tiempo para este gesto sino que le hubiera hecho sentir en los labios, con un beso, el mismo temblor de sus dedos, si esto hubiera sucedido, ella no me hubiera rechazado, pero con su boca me hubiera transmitido su desvalimiento; como esto no sucedió ahora también sus labios empezaron a temblar de ansia y de vergüenza por esta ansia.
Otra vez teníamos que dar un paso atrás, quizá porque la moral del amor no puede consentir que en el deseo amoroso quede ni el más pequeño elemento extraño, todo debe orientarse única y exclusivamente hacia el otro y, si acaso, sólo a través del otro, hacia un tercero; pero, en virtud de esta regresión, yo volvía a ser un instrumento que ella utilizaba para conseguir su objetivo de acercarse al tercero, y por ello también yo, aunque extraviado en un oscuro territorio, debía mantener mi objetivo de llegar hasta ella a través del otro.
Entonces esto significaba que no me quería, murmuré; en su lengua esto puede expresarse con una palabra más corriente que tiene menor carga emocional, en húngaro diría que no me apreciaba lo bastante.
Claro que me quería.
Suspiró las palabras en mi cuello, sobre mi piel, con un beso que se abrió y enseguida se cerró pudorosamente.
Este beso, evidentemente, puso fin a todos los sentimientos experimentados hasta entonces.
Pero nos abrazábamos, embargados por los pequeños detalles de las sensaciones que se trenzaban entre nosotros estimulándose recíprocamente, y un poco turbados por la novedad del cuerpo del otro, sin saber si nuestro cerebro podría o querría analizar o definir esta situación ilógica; por ello parecía que los que se abrazaban eran dos abrigos, con actitud un poco teatral y un poco rígida, porque seguía sin relajarse todo lo que relajarse debía, y nuestros cuerpos, por mucho que apretaran el abrazo, ¡y apretaban!, no disponían de tanta pasión, o la pasión no encontraba tantos puntos de contacto como ellos esperaban, y parecía que nada podía eliminar, disipar, neutralizar la sensación de que no éramos más que dos abrigos.
En casos como éste puede servirnos de ayuda la experiencia amorosa; con unos besos cautos, suaves y lentos que yo hubiera respirado en su cuello, ella hubiera vuelto a abrir los labios que se habían cerrado púdicamente en el mío, hubieran bastado tres o cuatro besos; entonces yo apartaría su cuerpo ligeramente, distanciándome un poco, y ella me besaría a su vez, de manera que los mutuos besos en el cuello despertaran el deseo de aproximación y este deseo sólo podría satisfacerse con la aproximación de los labios, y así sucesivamente, hasta llegar a ese estado en el que «nunca te parece estar lo bastante cerca».
No hubiera hecho falta mucho para encender la arcaica pasión biológica de nuestros cuerpos, ni siquiera un pequeño engaño, ni un poco de voluptuosidad, ni el imperativo egoísta del instinto, al fin y al cabo, nos queríamos, aun con abrigo y a pesar del abrigo, con nuestra rigidez y a pesar de nuestra rigidez, sólo que eso hubiera sido contrario a la moral de nuestro amor.
Tuvo que ponerse de puntillas, lo que le daba un encanto especial, y sus labios se posaron en mi cuello un momento, esperando descubrir si yo hacía lo que dictaba la experiencia, mientras mi boca, en su cuello, esperaba que se produjera la compenetración que pudiera hacer desaparecer a la tercera persona; pero mi cuerpo ya sentía la caricia del viento.
Pero ella no podía desear que mis labios se dejaran guiar por la experiencia, al fin y al cabo, había sido la primera en rendirse a la intensa presencia de Melchior, y era natural, porque no estaba tan cerca de él como yo, y sólo el que está seguro de poseer algo puede permitirse ciertos desvíos; me apartó un poco, pero sin deshacer el abrazo, me miró a la cara con la cara toda, estaba tan cerca que casi me dolían los ojos de mirarla, aunque el dolor sordo que llega al cerebro también te ayuda a grabar en él la cara del otro, a asimilar esa cara que la debilidad e inseguridad de tus ojos te hacen ver borrosa.
Sus sentimientos nunca la habían engañado, dijo con voz ronca, y su aliento sorprendió a mi nariz, no habituada a olores femeninos, con el aroma dulce, a pesar del tabaco, de boca de mujer; sus palabras se referían tanto a nosotros como al que estaba entre nosotros.
Pero no bastó la dulzura de su aliento para neutralizar mi súbita repulsión, ¡fuera esa voz y esa cara! Porque no estaba alterada sólo como la mía, su alteración no era la simple respuesta a mi alteración, estaba como obsesionada, poseída por una idea fija, y no por primera vez pensé que quizá estuviera loca.
Todo lo que decía, lo que hacía, toda su fuerza, cada deseo, cada manifestación de curiosidad, brotaba de un pequeño punto doloroso, reliquia de una vieja herida, para el que constantemente buscaba alivio y en el que se concentraba toda la fuerza, la curiosidad y la esperanza del mundo exterior que llegaban a ella; aunque, por arte de magia, yo hubiera podido desnudarnos a ambos y, suplicándole con todas las fibras de mi ser, hubiera apretado mi cuerpo contra el suyo, la hubiera convencido con mis besos y hubiera podido penetrar entre sus húmedos labios vaginales, ni así la hubiera poseído realmente.
En aquel momento, me pareció que ella sólo quería dejarse querer, pero no corresponder.
En realidad, era ridículo percibir algo semejante en una situación como aquélla, pero estaba asustado, me parecía que ella se había vuelto loca y yo también.
Y en contra de mi íntima convicción, tenía que dar la razón a la celosa de frau Kühnert; realmente parecía que ella utilizaba a las personas y sus sentimientos como instrumentos, pero como ahora el instrumento era yo, materialmente entregado a la delicada presión de su mano y al aroma y sabor de su piel que sentía en mis labios, la situación me parecía más trágica que cómica.
¿Cómo podía haberme metido en esto?
A quien ella elegía, susurró roncamente en mi boca, tenía que haberla elegido también a ella, aunque en todo lo demás estuviera equivocada, y por loca, fea y vieja que fuera.
No y mil veces no, esta mujer delira o está loca de remate, pensé porque esta idea parecía brindarme cierta seguridad.
Ella podía ser ordinaria y boba, pero en esto nunca se equivocaba y yo debía decirle -me hablaba a la boca, por lo que sólo hubiera podido liberarme con un movimiento brutal-, debía decirle, porque por primera vez en la vida tenía la sensación de que podía engañarse, si Melchior había amado a alguna mujer.
Sólo la locura puede hacer que una persona ponga en una pregunta tan banal tanta energía física y psíquica.
La aparté con precaución, pero el movimiento tenía que resultar desairado a la fuerza; de todos modos, no entraba en mis cálculos ahorrarle el desaire.
Nuestros brazos cayeron desmayados, los cuerpos habían recuperado el equilibrio, y me miró de un modo tan penetrante como debía de estar mirándola yo a ella, como si, a través de la piel, estuviéramos viendo la carne, los huesos, la sangre palpitante, la división de las células, todo aquello que en el cuerpo humano tiene una función puramente interna, no lo que se proyecta hacia el otro; ahora yo hubiera tenido que decir basta, vamos a dejarlo, hemos jugado a un juego imposible, ella conmigo y yo con ella, y los dos a costa de un tercero, a pesar de que hacíamos como si nos lo jugáramos a él.
Hubiera debido decirlo, pero no lo dije.
Al contrario, pareció que mi desconsiderado movimiento encubría un gesto de calculada consideración, con el que soslayaba un problema insoluble, para dejarle una leve esperanza.
Su desesperanza me dolía a mí más que a ella, porque ella había podido desahogarla, en su cara, en lugar del vacío, había ahora la alegría arrogante de una satisfacción conseguida con audacia, una sonrisa casi provocativa que no se refería sólo a la pregunta recién formulada sino a otra, más insolente aún, de qué podríamos hacer Melchior y yo el uno con el otro que fuera tan distinto de lo que pudiera hacer ella, con él o conmigo, ¿no venía a ser lo mismo?, pero yo en Ia misma obscenidad de la pregunta percibía aún con más fuerza aquella desesperanza de la que deseaba salvar a Melchior.
Me he equivocado, pensé casi en voz alta, ¿por qué te empeñas en llegar a otra persona a través del sexo, si esa otra persona no existe sólo en función de su sexualidad y quizá ni te quiere? Yo debía de haberme equivocado o había perdido la razón.
Hubiera podido decírselo así, sin más, responder a sus preguntas con las simples palabras que ella esperaba, pero entonces hubiera tenido que describir esta relación mía, que implicaba todo mi ser, en términos puramente sexuales, y eso hubiera sido una mentira, una aberración y una traición.
Vámonos, dije en voz alta.
Aún era temprano, respondió, quería pasear más.
Yo no podía pensar sino en que me había equivocado, a la postre, era bien sencillo, sin duda ella tenía razón, ella podía percibir la sencillez de las cosas con el cuerpo, algo que a mí me estaba vedado; tan sencillo como preparar una sopa. Se echan en la olla las verduras, los condimentos y el agua, y se enciende el fuego, sí, así de sencillo es para los demás, por eso yo tenía que estar equivocado o loco.
Como no me era posible decir estas cosas, di media vuelta para marcharme.
Pero, como el que se despierta de un sueño y no sabe dónde está, yo quería marcharme y no encontraba el camino, estaba desconcertado y desorientado, como si hubiera olvidado dónde estábamos, cómo y por qué habíamos venido y quién era esta mujer, o como si no estuviéramos en el mismo lugar, porque el entorno había cambiado y me encontraba en un punto desconocido de un mundo desconocido, mejor dicho, no me encontraba, yo no existía, por lo tanto, no me había despertado, sino que me había sumido en un estrato aún más profundo de irrealidad.
De la tierra llana y descolorida se elevaba una tenue bruma gris, en los bordes de las montañosas nubes refulgía aún el rojo resplandor del ocaso ventoso, aquí abajo se habían borrado colores y relieves, hasta el tiempo se había agotado, aunque su contenido, infinitamente dividido, estaba en mí, pero sin forma, como el mundo que me rodeaba.
Yo estaba en un caos, no podía ir hacia adelante ni hacia atrás, no había camino, aunque al fin y al cabo camino es sólo un concepto que nos hemos inventado para que nos ayude a liberarnos de nuestra engorrosa materia; pues muy bien, no había camino, sólo un suelo apianado por pies desconocidos, no había bruma, sólo agua, y materia, en todo y sobre todo, materia inerte.
Quizá la orla roja de los nubarrones, pero tampoco eso era más que polvo, humo, arena, residuo de la materia de la tierra; ¿o quizá la luz, que yo nunca podría ver en toda su pureza?
Yo callaba, porque no había paisaje, sólo materia, una materia pesada, quería gritar que me habían robado la belleza, no hay belleza, no hay forma, pero tampoco esto era más que un recurso por el que trataba de eludir mi propia falta de forma, aunque era ridículo el empeño, porque si hay una materia cuyo peso siento y cuyo caos percibo, ¿quién me roba nada?
Cuando me abrió la puerta del coche y me senté a su lado, le noté en la cara que se había tranquilizado, su interior estaba en calma y desde aquella calma me observaba con precaución, un poco como si tuviera que habérselas con un enfermo grave o con un perturbado; pero, antes de empezar a batallar con la puesta en marcha, me miró como si, a pesar de todo, hubiera comprendido algo de lo que había sucedido entre nosotros.
Preguntó adónde.
Normalmente, no preguntaba, respondí; por qué ahora sí.
Soltó el freno de mano y el coche empezó a bajar la cuesta en punto muerto.
Bien, dijo, pues me llevaría a mi casa.
No, dije, quería ir a casa de Melchior.
Jadeando, el motor se puso en marcha y, entre explosiones y sacudidas, salimos a la carretera; la luz de los faros extraía de la penumbra del anochecer la carretera que las ruedas iban atrayendo.
Atraemos el futuro y soltamos el pasado, es lo que llamamos progreso, pero la división es arbitraria, porque sólo podemos captar la sucesión de los elementos que se repiten en el tiempo por medio de un concepto al que llamamos velocidad, esto es la historia, sencillamente, y ésta era mi historia, yo me había equivocado y repetía mis equivocaciones.
Pero era ella la que ahora, con su calma, su reserva, su serenidad y su atención, me hacía concebir una leve esperanza, también percibía esto.
Después le pregunté si sabía que Melchior quiso ser violinista.
Sí, respondió, lo sabía, pero no debíamos seguir hablando de él.
De qué podíamos hablar, pregunté.
De nada, dijo.
Y si sabía por qué había dejado el violín.
No, no lo sabía, ni quería saberlo.
Que se imaginara a un muchacho de diecisiete años, proseguí, y el tener que forzar la voz para ahogar el estrépito del vetusto dos tiempos y hablar casi a gritos de algo que exigía un tono confidencial me reafirmó en mi decisión de insistir; volvería a intentarlo por última vez; la necesidad de alzar la voz me permitía también tomarme una revancha, como quien dice: ¿no querías saber? ¡Pues escucha esto. Mientras, por otra parte, me ayudaba a abordar y desacralizar un tema prohibido y vencer los escrúpulos por mi traición.
Que se imaginara a un muchacho de diecisiete años que, en una ciudad pequeña, bonita y romántica, poco bombardeada durante la guerra, es considerado un prodigio, dije, dominando el ruido del motor con aquella voz que no parecía la mía, y le pregunté si conocía la ciudad, porque de pronto esto me pareció sumamente importante, si conocía las casas, las calles, el aire, el armario con las fragantes manzanas de invierno en lo alto, el foso que rodea el castillo, ahora invadido por la maleza, y la mancha en el techo, encima de la cama. Y mientras en mi cabeza se agolpaban todas estas cosas, comprendí que había empezado mal y había seguido peor, y que si a la historia le quitas lo esencial no queda nada que contar.
No, no la conocía, y me agradecería mucho que cambiara de tema o mejor, que me callara.
Hubiera tenido que hablarle también de aquel anochecer, de la niebla que se deshacía, dejando jirones en el aire quieto, prendidos aquí y allá, cuando salimos de la casa de la Worther Platz y nos paramos en la puerta, para decidir hacia dónde íbamos, lo que no era indiferente, ya que en la elección del itinerario del paseo nocturno influían tanto nuestro estado de ánimo como nuestros planes para después.
Que si podía imaginar, vociferé, una situación en la que un adolescente no es capaz de distinguir entre la belleza de su cuerpo y el alcance de sus facultades.
Con la cabeza en alto para sostener en equilibrio sobre la nariz las horribles gafas, ella mantenía un silencio hosco, como si concentrara toda su atención en la carretera y mi voz no significara más que el tableteo y el zumbido del motor.
Probablemente, la noche en que Melchior me contó esta historia deseábamos dar un paseo largo porque, aunque en un principio elegimos la vuelta corta, luego nos desviamos y fuimos a salir al Weissensee dando un rodeo.
En la terraza de la cervecería sacamos dos sillas de hierro de las que estaban amontonadas, que chirriaron en la oscuridad con un quejido triste, sólo queríamos sentarnos un momento a fumar un cigarrillo, hacía frío.
Debía de ser cerca de la medianoche, de vez en cuando llegaba del lago el ronco graznido de un pato silvestre; por lo demás, todo estaba mudo, oscuro y quieto.
Yo le hablé de mi hermana pequeña, de su muerte, de la institución a la que la había llevado mi padre, en la que sólo la visité una vez, porque no me atreví a volver, le describí aquella única visita, en la que, recordando nuestro juego, ella se instaló entre mis rodillas, con lo que estaba diciéndome que apretara.
Yo apretaba, y ella se reía, lo que en su lenguaje quería decir que deseaba jugar, que estaba contenta y que, si me la llevaba de allí, me compensaría con su alegría, aunque también podía ser, añadí, que el pesar que me causaba mi propia indiferencia hablara por mi boca.
Con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos, él tenía que inclinarse para mirarme, porque yo me había tendido sobre dos sillas y apoyaba la cabeza en su regazo.
Dos años después, le dije, sin haber sido capaz de volver a verla encontré un papel encima de la mesa: tu hermana ha muerto, el entierro será tal día a tal hora.
No llegaba luz hasta nosotros, sólo nos veíamos la cara al resplandor de la brasa de los cigarrillos.
Él me escuchó atentamente hasta el final, pero no sin prevención
La prevención de Melchior se extendía a todo mi pasado, en cuanto empezaba a hablarle de él, se ponía tenso, aunque demostraba interés, o la cortesía le hacía demostrarlo; era como si no pudiera permitirse asimilar también mi pasado, como si el momento actual y mi presencia fueran más que suficiente.
También podría decirse que me miraba con la reserva de un hombre maduro, realista, enérgico, en la plenitud de la edad, no sin cierta condescendencia y tolerancia hacia mis debilidades, porque, al fin y al cabo, él me quería, aunque no le parecía bien que anduviera a vueltas con los detalles de mi pasado, que un hombre adulto normal debería haber dejado atrás para siempre.
Pero su abstracción era sólo aparente, ya que constantemente, casi sin darse cuenta, corregía mis defectos de lenguaje, esto se había convertido en un proceso natural: él completaba mis frases en voz baja, las terminaba por mí, las disponía con arreglo al riguroso orden que exige su lengua materna, mientras yo tenía que apropiarme de sus expresiones para suplir mis deficiencias, utilizar sus frases para contar mi historia, y ni me daba cuenta de que algunas de nuestras frases comunes teníamos que repetirlas dos o más veces, modificando el orden y el valor de las palabras para conseguir el significado deseado.
Fue como si contándole mi pasado le hubiera animado a contarme el suyo.
Hoy creo que necesitábamos aquellos paseos nocturnos no sólo para hacer ejercicio, sino para establecer una relación con un mundo que, si bien por distintas causas, a ambos nos parecía hostil y extraño, al tiempo que ocultábamos a ese mundo nuestra propia relación.
También me gustaba verle fumar.
Había algo señorial en su manera de golpear el paquete con sus largos dedos, sacar el cigarrillo y encenderlo; después de una aspiración larga y voluptuosa expulsaba el humo lentamente, frunciendo los labios y contemplando el humo con satisfacción, a veces, ayudándose con la lengua, formaba anillos que ensartaba con el dedo; entre calada y calada, sostenía el cigarrillo con dos dedos como diciendo: ¡ved la prueba de que se nos ha concedido la gracia extraordinaria de fumar un cigarrillo en paz y sosiego! Lo que significaba que para él aquello no era el simple acto de quemar tabaco, sino la quintaesencia del placer de fumar.
No había en su actitud ni la austeridad del frugal ni la fruición del sibarita, sino el deseo, nacido de su educación puritana, de medir cada acto y elegir cuidadosamente los objetivos y los medios con precaución: el suyo era el talante del que nunca admitirá que algo pueda ocurrir porque sí, y quiere asimilar los hechos conscientemente, para sentir con más intensidad cada momento de su existencia, apoyarse en conceptos para situarse en un plano más elevado y dominar las sensaciones.
Cuando estaba con Thea, daba lo mismo lo que pasara, lo que equivale a decir que en realidad no pasaba nada, aunque pasara; cuando estaba con Melchior, por el contrario, me parecía que todo tenía que suceder tal como sucedía, y que cada acto era justo y perfecto, más aún, que lo que sucedía había sido decidido de antemano.
No sé qué frase o qué palabra de mi historia pudo impresionarle, pero su cuerpo se tensó más aún, como si de repente mi cabeza le pesara en el regazo; nada cambió, él no relajó los músculos ni alargó la mano para tocarme, mantuvo su deliberada calma con aire de superioridad, sólo que detrás de esta disciplinada tranquilidad se percibía cierta agitación.
Al fin y al cabo, lo que de nuestra vida podemos contar -y también lo que callamos- no es tan insólito como para que no pueda haber en la vida del otro algo parecido y, si lo contamos, es porque sabemos a ciencia cierta que en nuestro oponente está latente la misma historia.
Por madura y equilibrada que sea una persona, por mucho que se haya desconectado de su pasado, al oír ciertos sucesos curiosos no podrá evitar que revivan en su recuerdo incidentes parecidos de su propio pasado que querrán plasmarse en palabras, y reaccionará con infantil vehemencia: ¡Algo así me ocurrió también a mí!, y la satisfacción que produce la identificación con el prójimo hace que dos personas se quiten mutuamente las palabras de la boca.
Por otra parte, si contemplamos estos episodios ocultos en nuestras propias historias desde una perspectiva más amplia y consideramos su exposición como un proceso necesario para nuestra salud mental, también reconocemos que tanto en el intercambio como en la simple narración podemos calibrar el peso y la validez de nuestras experiencias por la mera comparación, pero la similitud de nuestras experiencias nos hace sospechar que existe una pauta, quizá incluso una ley, y la narración, la comunicación y el intercambio de experiencias, cualquier forma de comunicación, ya sea una charla banal, el comentario sobre un caso criminal, una historia de borrachos o cotilleo de vecinas no es sino el sistema más corriente de reglamentar la floral de la conducta humana; para afianzar mi identificación con los demás, tengo que exponer lo que me diferencia de ellos, y a la inversa, en la afinidad e identificación he de buscar las diferencias que me distinguen de ellos.
Hubo una muchacha, dijo al fin con vehemencia, tratando de hacerse perdonar la descortesía de la interrupción con la decisión de abundar en el tema; me preguntó si me acordaba de la casa -aquí hizo un amplio ademán- de su profesor de música, porque ella vivía en la de enfrente, ya no recordaba cómo había empezado aquello, lo cierto es que se dio cuenta de que la muchacha debía de saber con exactitud cuándo él tenía clase, porque enseguida se asomaba a la ventana y allí se quedaba durante todo el rato.
Ella le miraba manteniéndose en una postura muy curiosa o que por lo menos, a él se lo parecía, con las dos manos apoyadas en el alféizar de la ventana y también el vientre, y con los hombros encogidos, balanceándose suavemente, y él procuraba situarse de manera que el profesor no se diera cuenta de nada.
Noté cómo se relajaba su cuerpo y cuando, un momento después, dio una chupada al cigarrillo, al resplandor de la brasa, en lugar de su aire de reserva y superioridad, descubrí aquel gesto abstraído con el que se entregaba a la evocación.
Mientras él hablaba, yo recordaba su extraña poesía, en la que no faltaban ni los vuelos audaces ni los buceos profundos, pero, intimidado sin duda por la fuerza de su pasión y la agudeza de su percepción, se servía de un lenguaje abstracto que no expresaba claramente su pasado ni su presente, porque ahogaba con su peso toda emotividad espontánea en la descripción de la experiencia sensual propia y singular.
Era muy bonita, dijo, saliendo de su ensimismamiento, por lo menos, entonces me lo parecía, ahora está gruesa y tiene dos niños horribles, tan alta como él, lo que para una chica era mucho y, al verla de cerca, descubrió que su pelo, que llevaba recogido en una cola de caballo, formaba en su frente una fina aureola de un rubio muy pálido, y cuando ahora la recordaba, lo que ocurría muy de tarde en tarde, siempre la veía con aquel fino velo de pelo albino, tenía una frente ancha y enérgica y se llamaba Marion.
Había terminado el cigarrillo, y, al ir a aplastar la colilla con el pie, me levantó la cabeza, pero la levantó como si fuera un objeto extraño y molesto; yo me senté.
Me dijo que le perdonara por haberme interrumpido, en realidad, no tenía nada más que decir, hacía frío, más valía marcharse, que siguiera contando, aquella historia suya no tenía mayor importancia, no se explicaba por qué la había recordado, no merecía la pena.
Durante el camino de regreso a casa no dijimos ni una palabra, sólo escuchábamos el ruido de nuestros pasos, que no parecían nuestros.
Arriba, en el piso, las luces estaban encendidas, tal como las habíamos dejado.
Era tarde y hacíamos las pequeñas tareas cotidianas, como si esperásemos que nos ayudaran a poner fin a un día inútil.
Él se desnudó en el dormitorio, mientras yo quitaba la mesa, y cuando entré en la cocina con los platos él ya estaba limpiándose los dientes en la pila, desnudo.
A la luz amarillenta, su cuerpo estaba pálido, descolorido, en las ingles, un vello espeso y rizado, las paletillas afiladas, el vientre hundido sobre los huesos de la pelvis, los muslos largos, desproporcionadamente delgados para lo que exigía el ideal de la belleza masculina; parecía frágil y enfermizo al lado de mi cuerpo vestido, aunque no menos frágil y enfermizo hubiera parecido de haber estado desnudo también yo; estaba tan abstraído que daba la impresión de que no habitaba su cuerpo, y me parecía estar observando, desde la perspectiva neutral del sentimiento fraterno que inspira la fragilidad y la debilidad humanas, un cuerpo que normalmente me hechizaba.
Como de costumbre, la ventana estaba abierta, y desde cualquier punto del rectilíneo paisaje que componían los muros de incendios y los tejados podía vérsele fácilmente, pero esto nunca le importó.
Se sacó el cepillo de la boca, se volvió y, con los labios embadurnados de dentífrico, me dijo que se haría la cama en el sofá.
En el sordo silencio del dormitorio, se me hacía insoportable la falta de una explicación, daba vueltas en la cama sin poder dormir y me levanté y fui al sofá pensando: si duerme, me acostaré a su lado.
En la oscuridad, le pregunté si dormía.
No, no dormía.
Las cortinas estaban cerradas y no dejaban pasar luz.
La oscuridad no era invitadora ni hostil; palpé el borde del sofá y me senté. Parecía que él ni respiraba.
Tanteé su cuerpo con la mano; él estaba echado boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Puse la mano sobre la cruz de sus brazos, nada más que el peso de mi mano.
Quizá yo tenía razón, dijo en la oscuridad.
Su voz era firme, grave y tranquila, pero su mano y su brazo parecían de una materia desconocida, y la voz tenía que llegar hasta mí atravesando la materia extraña de su cuerpo.
Yo no me atrevía a hablar, ni siquiera a mover la mano.
Sí, dijo, quizá realmente yo tenía razón.
Yo no le entendía, mejor dicho, no me atrevía a entenderle y, manteniendo la voz en el umbral de lo audible, pregunté en qué tenía yo razón.
Entonces él hizo un movimiento brusco, retiró el brazo de debajo de mi mano, se sentó y encendió la luz.
Sobre su cabeza había un aplique mural con pantalla de seda y, en la pared de detrás del sofá, un tapiz de seda de colores vivos y relieve irregular.
Con la espalda apoyada en el tapiz -la manta le había resbalado hasta las caderas-, los brazos cruzados sobre el pecho y el mentón apoyado en la palma de la mano, me miró como si me contemplara desde abajo, a pesar de que estábamos frente a frente.
En el círculo de luz de la lámpara, los rizos de su pelo tenían un brillo blanquecino, se dibujaban sombras en su cara y en los fuertes músculos de su pecho y manchas oscuras en sus brazos y en las blancas sábanas.
Un cuadro muy bello: el retrato de un joven, semidesnudo por alguna oculta razón, más atento a lo que ocurre en su interior que al mundo que lo rodea.
Un cuadro de contrastes armoniosos y equilibrados: las luces y las sombras, los bucles rubios del pelo y el vello oscuro del pecho, la piel clara de la figura y la penumbra del segundo término, el blanco de los ojos con el frío azul del iris y el colorido intenso del tapiz del fondo la suave curva de los hombros y la línea horizontal de los brazos, cruzados sobre el pecho: una bella imagen para contemplar y no tocar.
Nos mirábamos como el médico experto mira a su paciente, con ojos penetrantes y con calma, buscando en el rostro del otro los síntomas de una posible enfermedad, al acecho de indicios e interrelaciones, pero sin exteriorizar sentimientos, sin implicarse personalmente, a pesar de la gran atención dedicada al examen.
Yo comprendía que habíamos llegado a un punto muy profundo y oscuro de nuestra mutua exploración; desde hacía semanas yo rondaba la zona más sensible de su vida, había llegado a mi objetivo y le había desafiado, y él, obrando contra sus convicciones, había aceptado el desafío y había hundido firmemente los pies en aquel terreno pantanoso, como preparándose para una terrible venganza; a pesar de todo, no me preocupaba estar sentado en el borde del sofá, al descubierto, porque me parecía adivinar que la situación de desventaja en la que se encontraba mi cuerpo desnudo, mi desvalimiento, era mi mejor protección.
Aquel profesor de música, dijo después de unos instantes de silencio, y su voz que hasta hacía un momento se dirigía a mí con una entonación cálida, se hizo seca, fría e impersonal, como si no hablara de sí mismo, y su cara ya no tenía aquel suave ensimismamiento de apenas una hora antes, no era él quien ahora hablaba sino una imagen, alguien que podía examinarse a sí mismo como el científico examina el insecto conservado en alcohol, que ensarta en un alfiler y clasifica en su amplia colección según criterios filogenéticos y morfológicos, proceso en el que el alfiler tiene más importancia que el insecto y su sistemática ubicación.
El profesor de música era primer violín de la orquesta del teatro -lo mismo que su padre biológico, el padre francés, del que Melchior nada sabía aún-, un músico mediocre y un maestro detestable, pero aun así era lo mejor que había en la ciudad, después de la buena de la tía Gudrun, tan refinada, que le daba clase al principio, sólo para estimular sus dotes, para franquearle la entrada al ansiado mundo del arte, como si al sagrado recinto sólo pudiera accederse desde la celda de una solterona melómana; el profesor era un hombre culto, informado, con mucho mundo, que nadaba y jugaba a tenis, estaba bien relacionado y sabía cultivar sus relaciones sin hacerse importuno, como el que hace un favor; era soltero y buen anfitrión, y todo el que contaba en la ciudad, por poco que fuera, lo mismo que los artistas que estaban de paso, consideraban un placer hacerle una visita, disfrutar de su amable hospitalidad y del trato afable que dispensaba, con sus rasgos ennoblecidos por el sufrimiento, ante todo, porque era buena persona, como si, por ejemplo, en esta época de entreguerras, Ricardo III hubiera decidido ser un buenazo en lugar de un malvado, y es que, a fin de cuentas, el bien y el mal también pueden aliarse, y él, con toda su bondad, podía arrancar dulces sones a la marcha más espeluznante.
Dijo que no debía interpretar esto como un comentario despectivo, sólo trataba de reflejar lo que él sentía entonces.
Por cierto que en aquella época él había visto por primera vez Ricardo III, en una representación muy floja, pero que fue para él una impresionante plasmación del Mal, ya que, debajo del manto, Ricardo tenía no una sino dos jorobas y, más que cojear, arrojaba la pierna hacia afuera gimiendo de dolor a cada paso, gemía como un perro, lo cual sin duda era un detalle de dirección un tanto exagerado, ya que el dolor no necesariamente engendra maldad; de todos modos resultaba de mucho efecto; pues bien, su maestro le recordaba a aquel actor, le parecía que sus ojos llameaban del mismo modo, lo encontraba fascinador, desde luego, y también viejo, debía de tener unos cuarenta y cinco años, era delgado y de estatura mediana y olía muy bien; con la tez oscura y los ojos negros y brillantes, pero el pelo, que él llevaba largo al modo de los artistas y cuidadosamente peinado hacia atrás, era gris, tan canoso como a los ojos de un niño sólo puede tenerlo un viejo.
Si se acaloraba al explicar la teoría, el pelo le caía sobre la cara y entonces él lo peinaba hacia atrás con los dedos, con ademán de artista, porque no hubiera debido sofocarse de este modo, dando la impresión de que algo andaba mal, ¿y por qué había de andar mal?, aquellas explicaciones teóricas, que podían durar horas, eran sugestivas, lúcidas y apasionadas, producto de una mente analítica, lo que siempre resulta estimulante e inspirador, ahora bien, cuando de la práctica se trataba, de comunicar algo de su saber, bajo su máscara de bondadosa sabiduría, se adivinaban los celos, un egoísmo primario e inexplicable, un convulso afán de posesión y también algo parecido a la burla y a la alegría malsana, y un gesto de avaricia, como si él fuera poseedor de una especie de Santo Grial, inasequible para los simples mortales y, al observar la frustración del alumno, se limitaba a decir que no existía una técnica, ¡él no la tenía!, ¡nadie la tenía!, o el que la tuviera no era artista sino técnico, por eso era inútil esforzarse, cada cual debía desarrollar su propia técnica, lo que ya no era técnica sino sentimiento extraído de la materia y proyectado hacia la materia; era la esencia misma de las cosas, el puro instinto de conservación.
Y es que, en la lucha con la materia, el artista se sumerge profundamente en su ser, hasta estratos insospechados, tan íntimos que el pudor exige protegerlos de miradas indiscretas, pero el arte que no es rito de iniciación en estos secretos candentes no vale un pito, y cuando perdía los estribos nos gritaba que lo que hacíamos nosotros era tantear en la antesala del arte, como dando a entender que existía un lugar al que había que acceder.
No podía decir que él quisiera a su maestro, se sentía atraído, sí pero también desconfiaba, y se reprochaba esta desconfianza; a pesar de todo, le parecía que aquel hombre veía y sabía algo que nadie más veía, era como si se diera cuenta de que aquel hombre estaba corrompido, que era un farsante, un cínico y un amargado y, no obstante, tuviera la impresión de que a él quería favorecerlo, y él no se atrevía a rechazar este favor sino que, por el contrario, se empeñaba con todas sus fuerzas en hacerse merecedor de él, mientras sus oídos detectaban constantemente la falsedad de lo que aquel hombre le decía del templo del arte y de su antesala, y era falso porque tampoco a él se le había permitido entrar, él lo ansiaba, sí, y en sus ridiculas ansias había una amargura inquietante, una desesperanza y un pesar muy elocuentes, por lo que no parecía disparatado lo que decía, si bien Melchior advertía que sus ansias no se referían a la música como objeto ni siquiera como carrera, que ya había abandonado, él no sabía a qué se refería, tal vez al deseo de mostrarse demoníaco y misterioso, infernal y perturbador y, al mismo tiempo, sabio, bondadoso, correcto y comprensivo, y por ello él mismo, Melchior, acabó por ser el objeto de este deseo, de esta lucha dolorosa y lastimosa.
Después de cada clase salía de la casa tan abatido que cualquiera hubiera creído que en los cuatro años que tomó lecciones de él estaba poseído por las furias del arte, adelgazaba, pero ello a nadie sorprendía porque en aquellos años quien más o quien menos estaba famélico.
Él estudiaba con ahínco y aplicación, descubrió por sí mismo muchas cosas por las que se sentía agradecido a su maestro, todo lo bueno se lo atribuía a él, sus progresos artísticos eran satisfactorios, algo que el maestro reconocía unas veces con reserva y otras con entusiasmo, pero Melchior temía su entusiasmo más que su crítica demoledora; muy de tarde en tarde le permitía actuar en público o le proporcionaba él mismo una actuación, le presentaba a celebridades y le hacía tocar en los conciertos que daba en su casa ante un auditorio selecto, y el éxito era siempre arrollador, la gente lo felicitaba, lo besaba, lo abrazaba y lo tocaba, y hasta brillaban lágrimas en muchos ojos, a pesar de que en aquellos años de posguerra era muy difícil conmover a alguien.
Pero en el mismo momento del triunfo, casi en plena ovación, su maestro le daba a entender que todo aquello estaba muy bien pero que había que superarlo y olvidarlo, nada de dormirse en los laureles, ni embriagarse del triunfo; tan pronto como se quedaban a solas analizaba rigurosamente la actuación, y Melchior comprendía que no había de qué sentirse orgulloso, no estaba muy claro adonde tenía que llegar, sólo que él no había llegado, su maestro tenía razón casi en todo, probablemente, si él era tan desconfiado, desagradecido e incapaz de mostrarse digno de tanta bondad era porque carecía de talento.
Este sentimiento desencadenaba en él crisis de una angustia asfixiante, pasaba días enteros sentado en un rincón, sin ir a la escuela, temiendo que en el momento más inesperado se manifestara su falta de aptitud, que no pudiera seguir ocultándola, le parecía que tenía que llevarla escrita en la cara y que al fin su maestro lo despediría sin contemplaciones.
A veces, sorprendiéndose a sí mismo, deseaba que llegara ese día, pero ello hubiera sido un mortal desengaño para su madre.
Quizá aún no estaba todo perdido, quizá esperaba que su maestro pudiera estar equivocado, porque el ser humano no es capaz de la autodestrucción total, moral o física, ni siquiera después de tomarse el cianuro, porque incluso entonces es el veneno lo que lo mata, o la cuerda, o el agua, o la bala, pero con qué gusto se hubiera arrojado al río, ¡cómo lo atraían los turbulentos remolinos que formaban sus aguas junto al pilar del puente destruido! Pero para la autodestrucción física basta una decisión banal, sólo hay que elegir el instrumento que la ejecute por mí, mientras que el alma, aun en su desesperación, siempre se deja abierta una pequeña vía de escape, el cielo sigue siendo azul, ¿por qué no ha de poder continuar la vida?, y esta continuidad promete esperanza.
Si había mencionado el cianuro era porque, varios años después, estando él en la universidad, aquel infeliz se procuró una dosis que hubiera matado hasta a un caballo, era verano, el teatro estaba cebado, nadie lo echó de menos, y no lo encontraron hasta que los vecinos notaron el olor que salía de su casa.
En resumen, ésta era la situación cuando él se fijó en la muchacha que se asomaba a la ventana de la casa de enfrente; estaba preparándose para un importante concurso, era primavera, las ventanas de la casa del maestro estaban abiertas, la oportunidad era muy ventajosa, los tres finalistas serían admitidos automáticamente en el conservatorio, y su maestro estaba convencido de que la competencia sería muy reñida, hablaba de sus colegas y de lo buenos que, al parecer, eran sus discípulos, pero repetía que los que tenían verdadero talento se distinguían de los demás en que la competencia los hace superarse a sí mismos, y, como Melchior tenía que enfrentarse a una competencia fuerte, sus posibilidades eran bastante buenas.
Melchior situó el atril delante de la ventana para poder ver a la muchacha cada vez que levantara los ojos aparentemente por casualidad.
El maestro estaba sentado en una butaca, en el fondo de la habitación, y de vez en cuando le decía algo desde la oscuridad.
Pero lo más curioso era que la tensión no le impidiera trabajar, a pesar de que sin duda suponía una carga adicional, pero la extraña sensación de que él estaba con su violín entre dos pares de ojos independientes, opuestos y hasta hostiles entre sí, de que oscilaba entre la traición y el secreto, un dulce secreto y una oscura traición, aumentaba su concentración de un modo extraordinario.
Él no trataba de impresionar a la muchacha, ni a su maestro, ni a sí mismo, actuaba para los tres a la vez y para todo el mundo, en una palabra, tocaba el violín.
Cuando llovía o hacía frío y había que cerrar la ventana, la muchacha se inventaba extraños juegos, o sacaba el cuerpo por la ventana con los brazos extendidos, y te hacía temer que pudiera caerse, o cerraba su propia ventana con aire enfurruñado, apretaba la nariz, la boca, la lengua y los dientes contra el cristal, hacía muecas, o empañaba el cristal con el aliento y escribía con el dedo que lo amaba, le hacía orejas de burro, fingía desgarrarse la blusa dando a entender que si no pudiera oír su dulce música se volvería loca, le sacaba la lengua o le lanzaba besos; pero cuando se encontraban por casualidad en los pasillos de la escuela, los dos hacían como si no se conocieran o como si aquello no fuera verdad.
Su maestro reconocía con benevolencia y satisfacción que progresaba, no le hacía grandes elogios, pero le miraba afectuosamente desde la oscuridad de la habitación y le rectificaba o aprobaba con exclamaciones de impaciencia o de agrado; pero a Melchior le producía una alegría elemental el que, al cabo de aquellos cuatro años de tormento aparentemente infructuoso, consiguiera ahora engañar a este buen señor que lo sabía todo.
Los dos jóvenes llevaban más de dos semanas jugando a este juego cuando el maestro los descubrió, pero, cruel como era, fingió no darse cuenta y astutamente los dejó continuar para, en el momento más propicio, saltar sobre ellos y darles su merecido; Melchior advirtió aquel gesto frío y expectante y comprendió que presagiaba catástrofe, pero la muchacha no podía sospechar el peligro que se cernía sobre ellos, y seguía con sus payasadas; Melchior no podía sino mirar y reírse de vez en cuando, a pesar de que se mantenía alerta y trataba de protegerse, pero también quería provocar al maestro, con lo que, así lo comprendía ahora, no había hecho sino seducirlo aún más.
Mientras, tenía que aguantar interminables sermones edificantes, cuajados de elocuentes ejemplos y gráficas metáforas -sobre la vida ascética, motor espiritual de la estética, los peligros del hedonismo, el mecanismo de freno, el eje y los pistones del alma humana, y de esas válvulas de seguridad, económicas y prácticas, por medio de las cuales se puede aliviar a la turbina del cuerpo de toda sobrepresión innecesaria-, amén de las fórmulas, directrices y recomendaciones correspondientes; pero, cuando se vio que aquellas insinuaciones y alusiones no surtían el efecto deseado, Melchior tuvo que trasladarse con su atril al fondo de la habitación mientras el maestro se sentaba junto a la ventana.
Aquí hubiera podido acabar la historia, ya que él no se había rebelado, al contrario, en el fondo comprendía y aprobaba la decisión de su maestro, es decir, creía comprenderla y consideraba aquella simple medida la reacción más natural, el medio de evitar que se distrajera; porque era ingenuo hasta la imbecilidad, ni el más idiota podía ser tan inocente: aún no sabía cómo venían al mundo los niños ni siquiera en qué consistía la diferencia entre un niño y una niña, mejor dicho, todo lo que a él le interesaba pertenecía a una dimensión distinta, y ni las cosas que sabía las comprendía realmente.
Pero la muchacha no se desanimó tan fácilmente, un día la encontró esperándolo en el portal y, a partir de aquel momento, se acabaron las muecas y la diversión y entre los tres se inició una lucha terrible, en la que él sólo participaba con sus sentidos, o ni eso: con sus instintos animales, sin sospechar que en aquella lucha le iba la vida.
Además, él no sospechaba los tormentos que tenía que soportar aquel hombre, ni la lucha terrible que libraba consigo mismo, aunque hubiera debido adivinarlo, puesto que lo provocaba.
Y, en el fondo, lo sabía, porque más de una vez había oído comentar vagamente en voz baja que su maestro había estado en un campo de concentración, quizá en Sachsenhausen, esto ya no lo sabía seguro, pero se decía que no tenía que llevar una señal amarilla ni roja, sino un triángulo rosa y que, por lo tanto, debía de ser maricón; pero, como suele ocurrir, circulaba también otra historia, según la cual se le había colgado esta etiqueta a causa de sus opiniones liberales, que él no ocultaba, una calumnia criminal por la que después alguien había tenido que ir a la cárcel; todo lo cual parecía desmentir la afirmación de que había sido un nazi convencido y desempeñado un activo papel en la desjudeización de la música alemana, pero cualquiera que fuera la realidad, para Melchior todo aquello eran palabras vacías que, si bien se habían fijado en su cerebro, él no había asimilado o, a lo sumo, había sacado la conclusión de que, por lo visto, a las personas mayores no les había bastado la guerra, ya que serían peleándose, o de que un artista es considerado por el entorno como portador de una enfermedad contagiosa indefinible, y que a las personas sensatas no debían preocuparles estas cosas.
Pero su madre debía de saberlo.
Melchior estuvo hablando en voz baja, sin parar, hasta que se hizo de día, y entonces la corriente fría de su narración quedó cortada por el muro de la emoción.
Su pecho se hinchó, su mirada, sin apartarse de la mía, se volvió hacia adentro, y dijo que no, que no quería, que no podía contarlo
Se le llenaron de lágrimas los ojos y le tembló la voz, como si fuera a echarse a llorar o a lanzar una acusación.
Pero entonces convirtió el sollozo en risa para pedirme que no le hiciera caso, que no lo tomara en serio.
Bajando la voz al tono distante y frío de antes, comentó que, al fin y al cabo, cada puta y cada marica tenía una madre y una historia conmovedora.
Todo, puro sentimentalismo, dijo.
Y pocos días después, cuando volvíamos a la ciudad por la oscura carretera, conté la historia a Thea.
Naturalmente, yo introduje ciertas modificaciones imprescindibles, los pasajes sobre la psicología del niño prodigio me sirvieron de introducción, de marco para mi relato, y hablaba con una voz tan impersonal como si estuviera refiriéndome a un desconocido.
Ahora bien, el tono impersonal y el planteamiento objetivo que trataba de dar a mi narración le infundían esa ligera abstracción que permite inscribir las relaciones causales personales en esa cronología más amplia y general que solemos llamar, a causa de su carácter inmutable e impersonal, desarrollo histórico, destino o, simplemente, divina providencia; y, escudándome en este punto de vista impersonal e inalterable, más de carácter intelectual que sentimental -distanciamiento con el que yo trataba de disimular mi vergonzosa traición a Melchior-, hablaba como estuviera refiriéndome a un episodio banal del proceso histórico que se extingue y renace en constante repetición.
Como si estuviera contemplando una ciudad a vista de pájaro y, en la ciudad, viera a una bonita muchacha, un violín, las grietas y los huecos abiertos por la historia y que la historia se encargaría de remendar y tapar con su propia materia, un bonito teatro y, en el teatro, el foso de la orquesta y, en el foso, los músicos, pero viera también, al mismo tiempo, otro foso, una trinchera cerca de Stalingrado, y en un foso hubiera una silla vacía, la del primer violín y, en el otro, un soldado envuelto en harapos, a punto de congelarse.
Y como si así, a vista de pájaro, con una perspectiva histórica imperturbable, me pareciera un hecho de escaso interés que los músicos desaparecieran de sus orquestas, y los maridos del lecho conyugal, que a unos los llevaran al campo de concentración y a otros los hicieran soldados: son cosas que pasan, los detalles carecen de importancia, porque el destino, la historia, da una orden terminante, hay que llenar los huecos, en el foso de la orquesta debe sonar la música, en las trincheras deben sonar disparos, en otros hoyos hay que enterrar a los muertos, por lo tanto, alguien tiene que sentarse en la silla vacía del primer violín, a tocar la misma música, vestido con el mismo frac, para que no se note el cambio, y la circunstancia de que ahora sean prisioneros de guerra franceses del campo cercano a la ciudad los que se sientan en las sillas de los desaparecidos carece de importancia, no hay ni que mencionarlo, y que, en recompensa por asegurar esta continuidad, sus guardianes los acompañen a la posada El cuerno de oro, también es algo que ha dispuesto el destino, la providencia, la historia, no sólo casualmente, y no por una consideración humanitaria, sino para que el primer violín, que puede pasar un par de horitas arriba, en la vivienda del posadero que se está congelando en la estepa de Stalingrado, pueda creer que el pulso de la historia se ha interrumpido por él.
Pero ni la historia, ni el destino, ni la divina providencia hacen excepciones; el vacío que el posadero ha dejado en el lecho conyugal se llena, y así considerado, carece de importancia el que una mujer joven y bella y un hombre joven y atractivo sientan lo que justificadamente llaman un amor fatal, porque preferirían morir a vivir el uno sin el otro y así se lo juran, y si utilizan términos tan grandilocuentes es porque creen estar describiendo nada menos que los designios del destino.
Por ello, también es indiferente si los guardianes que han entrado a tomar un trago se dan cuenta de esta grave infracción, ya que para la historia no es tarea difícil embriagar a una pareja de brutos armados para hacerles cerrar los ojos ante semejante éxtasis amoroso y, una vez pasada la borrachera, inducirlos a matar a golpes al francés culpable de delito contra la raza, con lo cual se crea otra vacante en la orquesta, que la historia se encargará de llenar haciendo que regrese a la ciudad un individuo deportado por perversión sexual.
Por consiguiente, dije a Thea, no creo que, desde este amplio punto de vista, deba condenarse la ceguera de la madre, ya que, a fin de cuentas, lo que parecía haber perdido con el marido lo recibía del amante, y lo que perdió con el amante le fue compensado, a Dios gracias, con el fruto de su vientre, aunque lo que de este modo recibía debería devolverlo un día.
Thea dijo fríamente que también me entendería si blasfemara de un modo menos complicado.
Y siguió haciendo como si me escuchara con indiferencia.
El mismo día en el que el maestro lo apartó de la ventana, prosiguió Melchior, la niña le esperaba en la puerta, se miraron durante un rato, él no sabía qué hacer, por un lado se alegraba de haber burlado al maestro, pero por otro lado sentía mucha vergüenza, ni él mismo sabía por qué, quizá por el pantalón corto y por no saber qué decir, así que echó a andar con el estuche del violín en la mano, pero ella le que era un idiota y entonces él se volvió.
Ya estaban otra vez frente a frente, y la niña le dijo que subiera a su casa, porque quería que tocara para ella sola.
A él aquello le pareció una estupidez, porque estas cosas no pueden mezclarse así, sin más, y dijo a su vez: «idiota, tú».
La niña se encogió de hombros y dijo que, si no quería subir, que no subiera, que también aquí podía besarla.
Y a partir de entonces lo esperaba todos los días, a pesar de que cada día decidían que no debía esperarlo más, él le decía con énfasis y con los mismos argumentos que utilizaba su maestro que ahora tenía que forjar su futuro y que debían dejar de verse.
En realidad, ocurrió todo lo contrario.
Melchior recordaba que aquel primer día, cuando la emoción les impedía decidir qué hacían y, para disimular su turbación, no hacían más que hablar, estaban en el foso del castillo, entre matorrales y montones de desperdicios; olía muy mal y la niña dijo que estaba tan enamorada de él que no le importaría esperarlo toda la vida y que ahora lo más importante era el concurso y que, por lo tanto, tenían que dejar de verse, que ella lo esperaría, y a los dos les pareció maravilloso; a pesar de todo, ella siguió esperándolo todos los días.
Pero él aún tenía algo más que decir.
Aunque no sabía si se podía hablar de estas cosas de modo inteligible.
Estábamos quietos, su mirada ciega e inmóvil me traspasaba, mientras yo trataba de esquivar sus palabras con un nervioso parpadeo, era como si los dos, con los ojos vendados, diéramos vueltas alrededor de un objeto escurridizo, que se nos escapaba cada vez que creíamos asirlo.
Porque ahora era cuestión de pudor y, dado que las leyes del pudor del alma son mucho más severas que las que rigen el pudor del cuerpo, lo que es perfectamente natural -ya que el cuerpo consiste en materia perecedera y, si dejamos de considerarlo materia, su naturaleza limitada y finita se hace terriblemente infinita-, yo quería escapar, porque sentía pánico de aquella cosa sin límites y no quería ver lo que yo mismo había conjurado.
Su tono seguía siendo firme, sus palabras, enérgicas, con fases de ataque y de defensa, pero todas las alusiones, explicaciones y exclamaciones, vehementes pero incompletas, no formaban frases, sólo yo podía entenderlas, y aun en la medida en que se puede entender fragmentos de palabras mutiladas por el pudor y agitadas por la energía reprimida.
Estas palabras ahogadas, escuetas, escupidas o tragadas pero coherentes aludían a la asociación de esta experiencia, casi por completo sepultada en el olvido y, aparentemente, recordada por casualidad, con otra experiencia deliberadamente silenciada, es decir, la relacior con Thea, cuyo nombre no podía pronunciar en aquel momento, a pesar de que entre una y otra experiencia había una distancia de diez años.
Yo había tenido la buena fortuna de enterarme de las circunstancias de su encuentro en dos versiones.
Nunca más, dijo él.
Ni siquiera contigo, dijo.
Naturalmente, todas las comparaciones eran odiosas, dijo.
Y a pesar de todo, dijo.
Con ella… y ahora el silencio pudoroso se refería a Thea; todo este desdichado embrollo tenía que ver precisamente con ella.
Él no quería ser grosero ni ridículo, pero tenía que serlo.
Tampoco quería ofenderla, y precisamente por eso la había ofendido.
Porque daba la impresión de que él nunca volvería a sentir eso.
Una semana, poco más o menos, duró aquel estado de cosas, dijo, pensativo, y yo le vi en la cara que, en el fondo, esta frase se refería a dos épocas, a la de hacía diez años y a la de hacía unos meses, mejor dicho, la de hacía diez años había reaparecido a la luz de la de hacía unos meses.
Sin repetición de sentimientos no hay recuerdo, o viceversa, cada experiencia es eco de una experiencia anterior, y a esto llamamos recuerdo.
Ahora confluían las dos en su cara, confundiéndose y potenciándose mutuamente, y al observarlo me sentí más tranquilo, como si por fin hubiéramos podido aprehender el verdadero tema de nuestra conversación, que hasta ahora habíamos buscado a tientas.
Naturalmente, a Thea, en el coche, no le hablé de aquellas pudorosas evasivas.
Él dijo entonces que quería contarme el final: un día su maestro le abrió la puerta con la cara muy seria y hasta desesperada, y él comprendió que había llegado el final con el que siempre había contado.
Con una seña, le indicó que dejara el violín, no iban a necesitarlo, y lo llevó a otra habitación.
El maestro se sentó y lo dejó de pie.
Le preguntó qué hacía por las tardes.
Melchior no contestó, y el maestro empezó a enumerar los días de la semana, la hora y el minuto en que había vuelto a casa.
A la niña no la mencionó; el lunes, dijo, eran las nueve y cuarenta y dos, el martes, las diez y veintiocho, etc., sin añadir palabra.
Melchior estaba de pie en la alfombra, con su pantalón corto, y all, sobre la alfombra, cayó desmayado.
Al pensar que aquel hombre importante, terrible, adulado, atractivo, mayor, canoso y desgraciado, le había seguido de puntillas, como una sombra, a él, un niño, un ser insignificante y sin talento, todos los días de la semana y lo había visto todo, absolutamente todo, se desvaneció.
Probablemente, sólo fue un vahído, si llegó a ser un desmayo, duró únicamente unos instantes.
Al volver en sí percibió muy cerca el olor familiar de su maestro que estaba arrodillado a su lado y entonces vio sobre sí aquella cara que nunca olvidaría: la de la araña que por fin ve prendida en su red a la ansiada mosca verde.
El maestro lo besaba y abrazaba, casi llorando de angustia, y le suplicaba en un susurro que tuviera confianza en él, que si no confiaba en él se hundiría, que estaba muerto, que lo habían matado y, entre aquel torrente de palabras, Melchior distinguió una frase: como nadie sabía quién era su verdadero padre, podía considerarlo a él su padre y confiar en él como en un padre.
Él se resistió, lloró y tembló y, cuando se hubo tranquilizado un poco en un rincón y su maestro se atrevió a dejarlo salir a la calle, y vio a la niña que lo esperaba en el portal, escapó corriendo sin decir palabra.
Afortunadamente, aquella noche su madre no volvió a casa hasta muy tarde.
Entonces él ya se había tranquilizado, y le pidió que se mudaran inmediatamente, no importaba adonde, y que le buscara otro maestro, cualquiera, porque éste era malo; no dijo nada más, ni pensaba nada más, sólo que era una mala persona, pero no se atrevía a decirlo, y a las preguntas de su madre sólo repetía que era un mal maestro, como si no se tratara de su moral sino sólo de su arte.
La ingenuidad de su madre lo sentenció, era la prueba definitiva de que nadie ni nada podría ayudarle, ni su madre, y que, por lo tanto, debería mantener en secreto todo lo que se refería a su maestro.
Se dejó tranquilizar, arropar y acariciar, permitiendo que los gestos elementales que una madre ingenua y cariñosa hace en estos casos disiparan los malos presentimientos.
Y después de escuchar tantos detalles insignificantes, dijo Melchior, sin duda podría imaginarme lo que ocurrió después.
De vez en cuando, la niña aparecía en la ventana, con precaución, temerosa, para indicarle que lo entendía todo y que esperaba, pero a él le dolía verla y trataba de olvidarla.
La víspera del concurso por la tarde fue a Dresde con su maestro, pero no quería contarme lo que ocurrió aquella noche en la cama de matrimonio del hotel, sólo que nunca había conocido a nadie que hubiera tenido que librar consigo mismo una lucha semejante y que no se rindió hasta que se le acabaron las fuerzas.
No era un hotel sino una vieja y tranquila pensión, situada en un valle de las afueras de la ciudad, una casa con sombríos torreones y miradores de celosía, un remoto y pintoresco castillo encantado.
Tomaron un tranvía en la estación, la habitación era enorme, fresca, blanca, un lavabo de porcelana, un espejo ovalado, en el mármol, un jarro de agua de esmalte blanco, también la colcha era blanca, cortinas blancas y frente a la ventana, frondosas copas de árboles, que susurraron durante toda la noche.
Ahora hablaba entrecortadamente, como si a cada palabra quisiera terminar, pero no pudiera callar, porque a cada palabra que él esperaba que fuera la última le seguía otra.
Me preguntó si tenía un cigarrillo.
Después de darle el cigarrillo y ponerle un cenicero en el regazo, buscando una postura más cómoda y algo con que cubrir la desnudez que me violentaba, me senté a los pies del sofá, con la espalda apoyada en la pared, me tapé con el extremo de la manta y puse mis pies helados debajo de sus muslos; él siguió hablando con aquella voz cohibida y tensa.
Ahora yo ya habría comprendido por qué preguntó a su madre quién era su padre; la frase de su maestro se le había grabado en el cerebro.
También era curioso, dijo después de una pausa, que su madre -él ya estaba estudiando, habían transcurrido tres años y había ido a casa de vacaciones- siguiera sin sospechar nada, porque con su terrible candor de siempre le contó cómo se había suicidado su antiguo maestro, y se lo decía como si hablara de un suceso trivial.
Él no contestó, sólo dijo que para dentro de unos día esperaba a un invitado, un compañero de estudios y, para prevenir malas interpretaciones, recalcó el nombre, Mario, para que ella no lo confundiera con Marión. Entonces su madre, como si por fin comprendiera, se quedó quieta, con el cacharro que estaba fregando en la mano, porque también esto se lo dijo mientras ella trasteaba en el fregadero.
No importa, hijo, dijo, por lo menos así te tendré siempre a mi lado.
Después lo repitió, te tendré siempre a mi lado.
Hacía pausas cada vez más largas, pero no podía acabar.
Por una extraña aberración, el ser humano cree que todo lo que ocurre en el mundo es por él, y también lo que les ocurre a los demás, todo, por él.
Quizá ello se deba, dijo, a que lo primero que todo ser vivo recibe en la boca es el pecho de la madre, y quizá también por eso quiera sentir en la boca el pene del padre, veteado de venas, todo lo que es vivo, todo lo que puede derramar en su boca una sustancia, sea dulce o salada, porque desea apropiarse, poseer, todo lo que le garantiza la vida, todo lo que es esencial para la vida.
Ahora yo comprendía ya por qué él no podía parar; cuanto más tolerante y comprensivo se mostraba para con su madre y su maestro, se perfilaba su intención oculta de descargar una parte del peso de su experiencia sobre la historia, es decir algo intangible, y la otra parte en dos personas plenamente tangibles; pero dado que su concepto de la moral no le permitía odiar sencillamente a estas dos personas -una había expiado su pecado con la muerte y la otra era su madre, y él no tenía inclinación a odiarse a sí mismo-, no le quedaba otro recurso que el de verse a sí mismo, a pesar de todo, como víctima de la historia.
Pero cuando la víctima empieza a hablar, sus palabras tienen siempre un regusto sentimental y hasta cómico, porque todos sabemos que las verdaderas víctimas de la historia no pueden hablar.
Por eso él tenía que odiar este lugar, yo lo comprendía, por eso, a pesar del peligro, tenía que marcharse, renegar de todo lo que lo asociaba a su propia historia, romper ataduras, incluso exponerse a morir, a que lo mataran en la frontera como a un perro, por el sueño de poder volver a empezar.
Cuando llegamos a la ciudad, ni Thea ni yo hablábamos, cada uno se parapetaba en su propio silencio, dentro de un silencio común, callábamos cada uno para sí y los dos juntos.
Yo sentía desazón en el estómago y los intestinos, como si allí me remordiera la conciencia, y trataba de reprimir los calambres, gorgoteos y ventosidades, lo que resultaba tanto más difícil por cuanto que Thea, misteriosa e imprevisible, encerrada en sí misma e inabordable, me mantenía en vilo al impedirme adivinar el efecto que mi respuesta había tenido en ella.
Su extraña observación de que también podría entender la historia si yo no blasfemara de un modo tan complicado, es decir, que entendería mejor la historia si yo me reservara mis juicios morales, me escocía.
Pero, finalmente, aquello me hizo comprender que ni la historia de Melchior ni la de nadie podía derivarse de circunstancias históricas ni de factores biológicos; no se puede atribuir la responsabilidad moral a nada ni a nadie, eso denotaría mentalidad estrecha, pobreza de pensamiento; hay que admitir en cada caso la fuerza de un todo que determina hasta el último detalle, lo que no es fácil para el que está habituado a pensar sólo en lo puramente anecdótico y, además, es ateo.
Yo la miraba como si quisiera comprobar el estado físico de la persona que me planteaba semejantes preguntas.
Ella no parecía advertir ni las protestas de mis intestinos ni la mirada de mis ojos.
Me sorprendió su reprensión porque nunca, ni para rezar ni para jurar, la había oído pronunciar el nombre de Dios.
Su mutismo podía denotar indiferencia o también una profunda conmiseración.
Y cuanto más nos acercábamos a la Wórther Platz, más insoportable era el sentimiento de que este día iba a terminar, que ahora debía empezar algo nuevo, diferente e imprevisible y que tendríamos que separarnos hasta el día siguiente, que parecía infinitamente lejano.
No era una sensación desconocida, porque yo estaba presente entre ellos dos y cuanto más intensamente conseguía hacerme presente en esta zona intermedia, más dolorosa era la sensación de que me perdía algo.
Por ejemplo, cuando me apeaba del coche de Thea y subía al quinto piso, y Melchior, un poco irritado por la espera, me abría la puerta -más que abrirla, casi la arrancaba de los goznes-, no sólo me resultaba extraña su sonrisa crispada y casi impersonal, sino todo su atractivo, su olor, su piel, su cara sin afeitar, sus ojos azules que me miraban desde la sonrisa y, me avergonzaba reconocerlo, hasta su sexo y su persona.
Como si yo sólo pudiera establecer una relación real con aquel a quien voy a dejar, y como si tuviera que dejarlo para poder establecer una relación real, tal vez ésa sea la causa de todas mis equivocaciones, pensaba, aunque tampoco podían llamarse equivocaciones, ya que no soy yo, sino mis experiencias las que así piensan por mí, mi propia historia piensa por mí, yo vivo y me despido de mi vida constantemente, porque al final de todas las experiencias está la muerte, de lo que se deduce que es más importante la despedida que la vida.
En esto pensaba cuando paramos delante de la casa; Thea me miró echando la cabeza hacia atrás, con cierta altivez, se había quitado las gafas y sonreía.
Esta sonrisa rápida y expansiva debía de estar latente en los músculos de su expresiva cara, sólo que no la había dejado brotar hasta ahora, como si la hubiera reprimido por consideración o por cálculo, para no distraerme ni influir en el relato, y poder contemplarlo en conjunto, con el colorido que yo quisiera darle.
Y hurgando en el misterio de los condicionamientos culturales de mi nación, me preguntaba si no estaría distanciándome de ellos a cada momento en mi vida particular, ¡pese a mi buena disposición para amoldarme a la imagen que los otros se hacían de mí!, porque al final de cada uno de mis recuerdos estaba la muerte, ¿se trataría, pues, no de una divina unidad de destino sino, simplemente, del más primitivo resorte de la historia?
Suavemente, me puso una mano en la rodilla, sus dedos envolvieron la rótula, pero sin oprimir; busqué sus ojos en la oscuridad.
Quizá no era la rodilla lo que ella envolvía con este movimiento, luizá envolvía nuestros cuerpos y el silencio que había en nosotros, y en sus ojos vi que quería decir algo, pero no podía decirlo, porque intuía lo que debía comprender.
Evidentemente, no era preciso expresar en voz alta que ciertas cosas no podían decirse ni indirectamente, ni aun a costa de la vida, y, no obstante, de no haber estado tan oscuro dentro del coche, de habernos visto la cara a la luz de las farolas que se filtraba por entre las ramas de los árboles, de no haber quedado todo en el umbral de la intuición y el sentimiento, de haberse concretado en palabras lo que sentíamos, sin duda las cosas hubieran sido muy distintas entre los tres.
Ella habló después, sí, pero entonces ya habíamos dejado atrás ese momento.
Sí, dijo, cada cual tiene su historia, y si no me había dado cuenta de que todas las historias personales eran tristes, ¿por qué?, y que tenía la impresión de que yo le había contado mi propia historia, a pesar de que ella nada sabía de mi vida, o quizá sólo la historia de mi propia amargura.
Mi amargura, pregunté, me sorprendió la palabra.
Sin responder a mi pregunta, dejó que su sonrisa se convirtiera en risa y desde la risa me preguntó bruscamente si no sabía que era judía.
Entonces soltó una carcajada, provocada, probablemente, por la estupefacción que debió de ver en mi cara.
¡Qué fabuloso!, exclamó riendo, me oprimió la rodilla y retiró la mano, ahora tenía que marcharme, otro día me lo contaría.
Yo le dije que no la comprendía.
No importa, dijo que meditara sobre ello, yo era un chico listo, además, no hay que entenderlo siempre todo, a veces basta sentir.
¿Y qué debía yo sentir?
Sentir, sencillamente.
No se libraría tan fácilmente, eso era una evasiva indigna.
De acuerdo, gritó riendo e, inclinándose por delante de mí, abrió la puerta del coche; tenía que bajarme.
Yo no tenía ni la más remota idea, ¿podía explicarme de qué me hablaba?
Ya no le interesaba lo que yo dijera o preguntara, lo que entendiera o dejara de entender, quería echarme del coche y me empujaba por el pecho y el hombro; yo, vacilando, la así por la muñeca, vacilando porque me parecía que no debía responder a la violencia con violencia porque era judía, ella acababa de decir que era judía, y trataba de apartarle la mano imprimiéndole un leve giro, y los dos nos reíamos de nuestra simpleza, y queríamos acabar.
No, no, gritaba con voz ahogada y un poco dolorida, mezcla de la agónica protesta de la mujer madura y la queja de la niña mimada, debía soltarla ahora mismo, basta ya.
Pero, al parecer, aún no era suficiente, porque ahora empujaba también con la cabeza contra mi pecho, y yo le retorcía la muñeca un poco más, ella gimió y, durante un momento, su cabeza descansó en mi pecho como si, por fin, hubiera encontrado el ansiado refugio, gesto que indicaba que yo era un hombre fuerte y ella, una débil mujer, aún no se había rendido, aún se defendía, pero no tardaría en caer.
No pensaba soltarla, dije con energía, asumiendo complacido mi papel de hombre, era agradable atenerse al reparto convencional, y con mi alegría daba a entender que no pensaba desaprovechar la ocasión.
Quizá fui demasiado lejos, porque entonces, ofendida, levantó la cabeza y chocó con mi barbilla, lo que nos hizo daño a los dos.
Su negativa indicaba que, a pesar de todo, no estaba dispuesta a reconocer la clara diferencia que había entre nosotros, ni siquiera a resignarse a ella, aunque nos doliera a ambos.
Le pregunté qué sucedía.
Qué iba a suceder, dijo secamente, nada.
Pero me miraba a los ojos con tierna súplica, muy cerca y, con falsa docilidad de niña, volvió a refugiarse en el papel de la mujer frágil; lo hizo con tan convincente maestría que sentí ganas de reír, y era tan de mi gusto aquella ridicula situación que, lentamente, vacilando todavía, fui aflojando la presión, pero sin soltarle la mano.
Qué quería decir con eso, pregunté, y observé cuan a pesar mío trocaba el forcejeo físico, mudo y prometedor, por las simples palabras.
En realidad, yo hablaba sólo para que la razón no se disociara del instinto, sino que, cuando menos, lo acompañara, para comprender qué quería el instinto y por qué, para que ni instinto ni sentimientos actuaran en contra de la razón ni en lugar de ella; si algo tenía que haber entre nosotros, si tal cosa era posible, no debía ser un sucedáneo ni un complemento de otras emociones, ni tampoco una vulgar gimnasia amorosa; y algo parecido debía de pensar ella.
Todo lo que entre nosotros había habido hasta aquel momento podía considerarse como una especie de broma entre amigos, por más que nadie podía saber dónde había que situar la frontera entre el amistoso forcejeo y la caricia amorosa, la fría razón cuidaría de vigilar esta frontera, aun cuando, a causa de la voluptuosidad de los movimientos y la promesa de las posibilidades, la situación pareciera irreversible, como si ya hubiéramos cruzado esa vaga frontera o no supiéramos a ciencia cierta dónde estábamos.
Otro día me lo contaría, dijo ásperamente, ahora tenía que soltarla.
No, insistí, no la soltaría hasta que me lo hubiera explicado, a mí no me gustaban esas tonterías.
Sólo que la razón ya no podía acompañar a los sentimientos, como tampoco las palabras podían conducir a una decisión, puesto que ninguno de los dos tenía ya ni la más leve idea de qué estábamos hablando en realidad, situación característica por cierto de toda pelea de enamorados.
Ella ladeó la cabeza bruscamente, con impaciencia, como si cambando de postura pudiera cambiar la situación.
Tenía que soltarla de una vez, dijo con voz impregnada de odio, Arno la esperaba, ya era tarde, no sabía adonde había ido y estaría preocupado.
Aquel vivo movimiento hizo que le diera en la cara la luz cruda de una farola, y quizá fue esa luz lo que me venció.
¿No le parecía cómico, le pregunté, pensar en Arno precisamente ahora?
Porque a la luz descarnada de la farola -no sé decirlo de otro modo- había visto en su cara la cara de él.
Fue como si, durante un instante, su cara recordara la fisonomía larga, aburrida y triste de Arno, pero no como si la cara del otro apa reciera en la suya, fue más bien una impresión, la sombra de una impresión, la tristeza indefinible de aquel hombre extraño al que ella se sentía pertenecer y al que deliberadamente ponía ahora entre nosotros dos pronunciando su nombre; no era simplemente el marido viejo en el que no podía dejar de pensar ni mientras lo engañaba y al que trataba como a un padre o como a un hijo, era a la tristeza de aquel hombre a lo que ella creía deber fidelidad, era la tristeza lo que marcaba y envolvía su convivencia; ¿había hablado de su condición de judía porque también ella contribuía a aquella tristeza?, ¿había entre ellos algo indestructible?, ¿era este algo la circunstancia de que ella fuera judía y Arno, alemán?
Yo hubiera tenido que vencer, barrer o, cuando menos, disipar temporalmente aquella tristeza nunca vista en su cara, sólo que yo no sabía qué hacer con la tristeza de Arno, porque era la tristeza de un hombre al que nada me unía, que me era indiferente, pero yo no podía fingir que no veía que esta tristeza era común a ambos, que los unía, de ahí que él triunfara, que ambos triunfaran sobre mí.
Y ahora yo sabía menos que nunca cuál era mi lugar en esta delicada situación, o cuál debía ser, pero en aquella tristeza, que realzaba la luz fría de la farola y que se transparentaba a través de sus múltiples caras y máscaras, descubrí de pronto el choque de fuerzas antagónicas.
Bien, la soltaría, dije, pero antes le daría un beso.
Era como si el mero anuncio hiciera imposible el acto, pero también podíamos hacer como si ya hubiera ocurrido.
Y entonces el célebre todo abarcaría también lo que, estrictamente hablando, no había ocurrido pero que no por eso dejaba de ser realidad.
Ella volvió la cara hacia mí tan despacio y tan sorprendida como si se asombrara también en nombre del otro; ahora se asombraban los dos.
Al volverse, la luz desapareció de su cara, pero yo sabía que la cara del otro ya no se apartaría, y su boca entreabierta parecía murmurar ahora no.
La solté, pasó un momento.
Aquellas sílabas que se desprendieron de su tristeza común n querían decir lo que decían, naturalmente, traducidas a nuestro lenguaje decían exactamente lo contrario, que ella sentía lo mismo que yo y que, si ahora no podía ser, quizá más adelante.
Si hubiera significado la semana próxima o mañana, entonces hubiera querido decir ahora no y después tampoco, pero no quería decir eso.
Nuestros rostros oscilaban entre el sí y el no, entre ahora, después y siempre.
Era como si, con mi irreflexiva frase, yo hubiera despertado nuestros labios, que ahora mirábamos hechizados.
La expresión de su cara oscilaba entre el consentimiento y la firmeza, y llegó el momento siguiente y persistía la incertidumbre, en sus labios vibraba ya el Sí, pero sin definir el cuándo.
Pero empezaba a ser doloroso porque, no siendo para ahora, el Sí no dejaba de ser un No.
En nuestras caras, un dolor indefinido causado por la vaga negativa se mezclaba con la difusa alegría de un Sí incierto, podría decir que nuestras caras oscilaban entre la rendición y la autoprotección, pero precisamente por ello -mientras en una temblaba el dolor, la otra parecía contenta, pero tan pronto como la alegría se reflejaba en la primera la otra expresaba sufrimiento- cabía esperar que en el ansiado momento decisivo no pudiera separarse todavía el No del Sí.
Y para no tener que seguir esperando este momento hice un movimiento que estaba causado únicamente por mi dolor, a mi espalda estaba abierta la puerta del coche, y el dolor, que ahora era más fuerte que la alegría, me impulsaba a buscar a toda costa un alivio.
Pero, según manda la ley física del péndulo, Thea empezó a abrirse precisamente cuando yo empezaba a cerrarme y, puesto que acababa de decidirse por un Sí, ya no podía trocar su alegría en dolor y tuvo que convertir el Después que significaba mi movimiento en un Ahora.
La mandíbula que, en nuestro estado de vigilia y lucidez mental, nos mantiene la boca cerrada y permite que los dientes superiores se apoyen sobre los inferiores y el labio superior repose sobre el inferior, en este momento se relaja -regresa a su estado original, pierde su autodisciplina racional con la que, fuera de las horas del sueño, mantiene en tensión los músculos faciales e imprime carácter a las facciones-, con lo que la lengua, en lugar de permanecer recogida en el interior de la dentadura inferior, queda flotando precariamente, y la saliva acumulada detrás de la barrera de los dientes, debajo de la lengua, se esparce por la cavidad bucal.
Cuando quieren unirse las bocas de dos personas, las cabezas deben ladearse, la una hacia la derecha y la otra hacia la izquierda, para evitar el choque de las narices, que sobresalen del paisaje facial.
Ahora bien, tan pronto como el ojo ha calculado la distancia, ha hedido el ángulo de inclinación que exigen los accidentes del terreno y determinado el momento del contacto por la velocidad de la mutua aproximación, el párpado desciende lentamente sobre el globo ocular: a tan corta distancia, la visión es imposible e innecesaria, de lo que no puede deducirse, sin embargo, que todo lo imposible haya de ser forzosamente innecesario, pero el párpado no acaba de cerrarse sino que deja una fina rendija, lo justo para que las largas pestañas superiores no cubran por completo las inferiores, más cortas, con lo que se establece una simetría entre el ojo y la boca: es un estado de lucidez pero no de vigilia, todo lo que el ojo aporta de tensa atención lo pierde de percepción, si por un lado se abre, aunque no del todo, por el otro se cierra, tampoco del todo.
Para pormenorizar acerca del beso, el encuentro de dos pares de labios, el momento en el que la sensación que pueden comunicar los órganos sensoriales, se transforma súbitamente en sensación corporal directa, tendríamos que situarnos debajo de la epidermis del surco vertical de los labios entreabiertos que ya se rozan.
Si tal cosa fuera posible sin recurrir a la ayuda del bisturí, el sistema que constituye el conjunto del mecanismo orgánico nos plantearía una elección imposible: seguir o bien los músculos que, con una suave ondulación, se extienden hacia las comisuras, o bien la retícula de los nervios, o bien las ramificaciones de las arterias; en el primer caso, tendríamos que atravesar la corona de glándulas salivales que enlaza los labios con las mejillas y, por el tejido conjuntivo, llegaríamos rápidamente a la mucosa, mientras que, en el segundo caso, como si nos moviéramos por las filamentosas raíces de un árbol, llegaríamos al tronco central del sistema nervioso y, en el tercero, según hubiéramos elegido la trayectoria de las arterias rojas o las azules, entraríamos en la aurícula o en el ventrículo del corazón.
Afortunadamente, sólo en los cuentos tiene uno que elegir entre tres posibilidades la única salvadora, aparte de que nosotros no andamos en busca de la salvación, sino que sólo queremos satisfacer una simple curiosidad, por lo que nos decidimos por una cuarta posibilidad y, pasando por entre los labios, que apenas se rozan todavía, nos colamos en la boca, lo que no será fácil, ya que en este momento la superficie está todavía prácticamente seca, pues, aunque las glándulas producen saliva en abundancia, la lengua, vacilante, aún no desprende humedad, y cuanto más tiempo transcurra antes del contacto, mas secos estarán los labios, a veces, tanto como la tierra agrietada por la sequía, a pesar de que debajo de la lengua, en el arco interior de Ios dientes inferiores, se ha formado ya un estanque de saliva.
Si, pasando sobre la afilada sierra de los dientes de abajo, rodeamos el estanque y nos encaramamos a la lengua, resbaladiza y temblorosa, para contemplar el camino recorrido, el panorama que se nos ofrece es extraordinario.
La empresa tiene sus peligros, desde luego, ya que, si no nos sujetamos bien a las papilas podemos escurrirnos hacia la garganta, pero vale la pena, al fin y al cabo nos encontramos en una cueva bien protegida, encima tenemos la bella bóveda del paladar y ante nosotros se abre, en forma de perfecto triángulo obtusángulo, el amplio orificio de la boca y, si no trajéramos la intención de contemplar este fenómeno fascinador, lanzaríamos un grito de sorpresa, porque, vista desde aquí, la anatomía de la cavidad bucal recuerda el ojo de Dios, tal como lo representan los artistas.
Y cuando, mientras miramos por esta abertura, se oscurece la escena de repente, porque, impulsado por los movimientos recíprocos de empuje y tracción, penetración y recepción, otro triángulo, en alineación ligeramente asimétrica, se comprime contra nuestra caverna, es decir, cuando se produce el beso, de repente se nos antoja que, en la oscuridad de las dos cavernas encajadas entre sí, un ojo de Dios contempla a otro ojo de Dios.
Pero nosotros tendemos a empañar el júbilo que nos produce nuestro descubrimiento, con mortificantes dudas sobre si el contacto entre dos pares de labios, el beso es realmente un hecho tan trascendental, durante el cual un ojo de Dios se mira en otro ojo de Dios.
Atormentados por la duda, desenterramos conocimientos y experiencias que puedan disipar nuestras dudas, pero para ello tenemos que realizar incursiones en nuestro cuerpo, ¡y en eso estamos!, y examinar con lupa los órganos que desempeñan algún papel en la vida amorosa del ser humano.
Una vez estudiados atentamente estos órganos y sus propiedades, seguramente descubriremos algo curioso y que sin duda escandalizará a más de uno, y es que el placer sexual, requisito y punto de partida del instinto de procrear, puede ser inducido en cualquier individuo, sea hombre o mujer, mediante la manipulación de los órganos sexuales, y que incluso se puede llegar al orgasmo sin la intervención de otro individuo.
Este sentimiento de aislamiento en nosotros mismos y la posibilidad de alcanzar el placer tocando nuestro propio cuerpo mientras imaginamos escenas de contacto corporal con otra persona es algo que todos conocemos por experiencia.
Las personas neuróticas, inhibidas o tímidas no necesitan tocar sus órganos sexuales, basta un roce casual con la palma de la mano en la piel de los muslos, el vientre o la pelvis para que el contacto con el propio cuerpo produzca la reacción necesaria para la excitación sexual; en las mujeres esas zonas se extienden a los pechos, quizá a los pezones y las aureolas, y la manipulación puede ser seguida o quizá acompañada de una fricción del monte de Venus que, insensiblemente, se hará rítmica, aumentará la presión sanguínea y acelerará la respiración, y que equivale a la leve palpación de la ingle con que empiezan los hombres, para pasar después a los testículos y a la punta del glande; en la mujer, lo más sensible es el diminuto clítoris, que los dedos no llegan a tocar, porque puede ser doloroso, mientras que el hombre, con ademanes más recios, toma el miembro entre los dedos e imprime en el prepucio un movimiento de sube y baja que libera y esconde el glande y, con el roce, se abren las pequeñas válvulas por las que la sangre de las arterias entra en los cuerpos cavernosos y los tensa.
Y puesto que se trata de manipulaciones hechas por personas y di rigidas a satisfacer necesidades y exigencias personales, sus formas y métodos pueden ser muy variados.
Ahora bien, la diversidad de los métodos para satisfacer el placer sexual no debe hacernos olvidar que, contemplado desde un punto de vista rigurosamente somático, en cada individuo se produce siempre el mismo proceso, sólo varían la intensidad, el efecto y las consecuencias, porque en cada individuo y en cada caso el proceso depende de las características físicas y constituye una unidad predeterminada, en la que, al parecer, no influye si se desarrolla entre personas del mismo sexo o de sexo distinto, ni si intervienen estímulos externos, fantasías o autoestímulos inducidos por fantasías.
No obstante, aunque los elementos somáticos relacionados con el estímulo y la duración del placer constituyan una unidad cerrada, aun cuando el proceso parezca totalmente autogenerado -en el caso de la masturbación o de emisión seminal nocturna-, pueden aparecer ciertos efectos que perturban este sistema aparentemente cerrado y que, desde el punto de vista fisiológico, es autosuficiente.
Es como si la naturaleza no permitiera que se cerrase el círculo: durante la masturbación es la fantasía la que interviene, y, en la emisión seminal nocturna, el sueño, pero la fantasía y el sueño siempre ponen al individuo y al proceso individual en contacto con otro individuo o, por lo menos, presuponen la presencia de otro individuo.
Esto es lo más y también lo menos que puede decirse de las relaciones de dependencia del individuo. Hay que añadir que en cada persona actúa un impulso que genera sentimientos de aislamiento e introversión a la par que de apertura y dependencia de los demás; el aislamiento impide las relaciones, mientras que la apertura las favorece, ya que uno y otro sentimiento son accionados por una misma relación de tensión mínima tensión máxima en el ámbito general de los instintos.
Cuando dos individuos de la especie humana se unen por medio de órganos que también pueden funcionar aisladamente, aunque estén concebidos para hacerlo en pareja, es decir, cuando dos individuos de la especie humana, en su aislamiento, no quieren depender de la fantasía ni del sueño involuntario, sino que desean aliviar o disipar su aislamiento en la posible apertura de otro individuo, entonces se encuentran dos unidades cerradas, cada una de las cuales est¡ alimentada por idéntica tensión que, en su oscilación, determina w apertura y el aislamiento.
En este caso, la tensión adapta la apertura propia al aislamiento del otro, pero para ello es necesario que haya apertura en el primero.
Y del encuentro de dos entidades encerradas en sí mismas nace una apertura común que supera su individualidad y que, al mismo tiempo, crea un aislamiento común, dentro del cual pueden salir de su aislamiento individual, y viceversa, su apertura individual estará envuelta por el aislamiento compartido de su unión.
Si esto es así realmente, ello quiere decir que el encuentro de dos cuerpos es mucho más que la mera suma de dos cuerpos, ya que cada uno está presente en el otro, con lo que aumenta su entidad. Siendo, pues, esclavos de nuestro cuerpo y del cuerpo del otro, somos más que por nosotros mismos; todos somos más, del mismo modo en que libertad es más que esclavitud, y una comunidad de esclavos es menos que una comunidad de seres libres que optan por la esclavitud.
Y nada lo demuestra mejor que el beso en sí.
Porque el beso es la puerta del cuerpo, como la imaginación es la puerta del alma, y ambas comunican al individuo con el universo.
Dentro del sistema cerrado del cuerpo, la boca es un órgano sexual neutro, que no posee una funcionalidad específica, su extraordinaria sensibilidad y excitabilidad sólo pueden influir en los restantes órganos sexuales y el sistema nervioso cuando entra en contacto directo con el cuerpo de otro individuo, de lo que se deduce que la boca es el único órgano que interviene en la vida sexual que, dentro del sistema cerrado del cuerpo, está abierto de antemano, y abierto también anatómicamente, abierto en sentido general, ya que tiene una natural predisposición a la apertura, y en este sentido la boca es la contrapartida física de la imaginación.
La boca se diferencia de los restantes órganos corporales necesarios para satisfacer el instinto de procreación, mientras que la imaginación es una facultad espiritual del individuo que permite el funcionamiento de los órganos sexuales incluso sin pareja.
Por estas características, la boca se diferencia tanto de los demás órganos sexuales que no debería figurar entre ellos, si más no, porque el contacto de las bocas no es condición o requisito para la unión de dos individuos y se puede prescindir de él perfectamente; sin embargo, no es casualidad que dos individuos muestren mutuamente su buena disposición para unir el sistema cerrado del propio cuerpo al sistema cerrado del otro cuerpo uniendo en primer lugar aquellos órganos que, sin ser indispensables para la unión, están siempre abiertos: las bocas.
Naturalmente -y por fortuna-, yo no pensaba en estas cosas cuando ella me rodeó el cuello con los brazos para impedir que me apeara del coche, las pienso ahora, aquí, delante del papel; a los treinta años, ya no necesitas reflexionar sobre estas cosas, para tener una idea aproximada del funcionamiento de tus órganos, ya que la experiencia te ha enseñado que puedes hacerlos funcionar a voluntad y, por otra parte, ya has pasado la edad en la que actúas de modo ciego y descontrolado, aunque sigues dejándote llevar por el instinto y la experiencia; en realidad, fluctúas entre asociaciones y comparaciones, deambulando en el recuerdo, lo que no deja de ser una forma de pensar, por lo que no puedo declarar que en aquel momento no pensara en nada.
Oscilando entre el abandono y el control, cedí a aquel peso, a aquella extraña presión que me empujaba la cabeza, desde la frente hasta la nuca, en dirección a la otra cabeza, como si renunciara voluntariamente a todo soporte natural y todo apoyo para ver, respirar y discernir, dejándome caer, entregándome, rindiéndome, sin preguntarme por qué, a pesar de que en la mayoría de casos ésta sería la única pregunta justificada.
Delante de él, una boca entreabierta, como un interrogante del cuerpo, también su boca está abierta, en ella está la respuesta al otro cuerpo, y cuando las dos bocas se unen, la boca propia encuentra en la otra su propio aliento, y en este aliento descubre sus propias posibilidades en aquel otro cuerpo, y entonces se extiende ante él el paisaje interior de aquel cuerpo, y también allí hay un vacío, un hueco que llenar, y entonces cesa el vértigo porque los labios, en el umbral de aquella cavidad, palpan una sustancia viva, fragante, lisa, cálida, áspera y blanda, lo más diverso con las formas más diversas, lo que para nuestra mente, condicionada como está para la acción, no es poco estímulo.
Impulsadas a la acción, nuestras bocas se unieron, sedientas, ansiosas, apasionadas, como si en aquel solo instante quisieran recuperar todo el tiempo que habían desperdiciado una lejos de otra; con un solo movimiento, cancelábamos todas las vacilaciones y rodeos de la atracción y aversión mutuas, excluíamos toda idea de retraimiento y separación, era como si todos nuestros pasados titubeos adquirieran ahora un significado nuevo, como si hasta ahora hubiéramos tenido que rehuirnos para que, una vez hubiéramos dejado atrás las falsedades y simulaciones obligadas, la pasión pudiera ser auténtica, y la sed, el deseo del otro, un desierto en el que sólo de su boca se pudiera beber; y de este modo, cuando unos labios rozaran los otros labios, el encuentro derivara hacia la ternura, la entrega en la que la tensión de los sentimientos se disipa en la alegría del descubrimiento y en esta alegría confluyen las salivas de la expectación.
Nuestras lenguas se encontraron y nosotros sorbíamos el uno de la boca del otro el fluido que necesitaban los labios.
Espontáneamente, los brazos rodeaban y oprimían.
Ella me había puesto las manos en la nuca, como si quisiera meterse toda mi cabeza en la boca y engullirla, como hubiera dicho ella misma, ¡y cómo le gustaba burlarse de estas cosas!, yo la abrazaba estrechamente por debajo del abrigo, y este gesto reflejaba todavía un sutil e inconsciente proceso mental: era como si, con nuestras manos, con aquella convulsa presión y aquellos exagerados apretones, tratáramos de evitar la desagradable experiencia del aislamiento de nuestro cuerpo y, como suele ocurrir, la misma energía que poníamos en ello nos hizo descubrir qué era lo que tratábamos de evitar.
Pero la boca en sí no tenía necesidad de disimular para rehuir la frustración que producía el aislamiento del cuerpo, era muy grande la sed de los labios como para que pudieran sentir algo que no fuera el deseo de mitigarla; las bocas no tenían nada que evitar, con el ansia, con el ímpetu de su unión, con la saliva de la expectación que ahora se mezclaba en jubiloso encuentro y lubrificaba libremente las superficies de ambas, anticipaban ya los goces mutuos y la culminación del placer que anhela todo cuerpo cargado de tensión.
Durante un instante se trabaron las puntas de ambas lenguas, y el anticipo de placer que produjo este engarce inundó el cuerpo de un fluido cálido, una ola de calor que anuló todos los deseos egoístas, y esa doble función del calor, de relajar los músculos y dilatar los vasos sanguíneos bajo la piel, nos hizo atravesar, temblorosos y desfallecidos, la envoltura de las superficies de contacto.
En el paisaje interior que abre el beso, las cosas tienen un contorno nítido y, al mismo tiempo, fluctúan en constante transformación, nada se parece al paisaje exterior al que está acostumbrada la vista.
Se percibe un espacio en el que el ser humano, insensiblemente, fija su lugar, en el que hay arriba y abajo, primer y segundo términos, en el que el segundo término suele ser oscuro o de un gris crepuscular y no contiene objetos tangibles, ni imágenes familiares de sueños o de vigilia, sino siluetas, destellos efímeros que, a pesar de ocupar lugar en el espacio, parecen planos, sin relieve, que adquieren acusado perfil geométrico y se sumen en el fondo, probablemente infinito, de la suave sensación del ser.
Como si cada sensación respondiera a una forma geométrica y, en estas formas, en estas claves visuales, pudiera yo reconocer las emociones del otro, sus cualidades, sus inclinaciones y sus apetencias, porque en este paisaje interior las fronteras entre el Yo y el Tú se borran y confunden; sin embargo, te queda la sensación de que el espacio es el otro y yo no soy más que una mota, una forma, una luz en ese otro.
El otro es el espacio y yo soy una figura inquieta pero no impaciente que se mueve por este espacio que adapta sus formas a mi espacio.
Promesa por promesa.
Y la promesa que se hicieron nuestros cuerpos la cumplimos, impremeditadamente, días después.