38922.fb2 Libro del recuerdo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

Libro del recuerdo - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

No continúa

Yo soy un hombre racional, quizá demasiado racional. Y no propenso a la modestia. No obstante, deseo escribir en este papel, de mi puño y letra, la última frase de mi amigo. Ojalá ello me ayude a terminar esta tarea que nadie me ha encomendado y que se ha convertido en la más íntima y personal de mi vida.

Estaba oscuro, era una brumosa noche de invierno y, naturalmente, no se veía nada.

Aunque no creo que él intuyera que iba a ser su última frase. Todo hace suponer que al día siguiente, como de costumbre, hubiera continuado su narración con una nueva frase, que no puede preverse ni deducirse de las notas que ha dejado. Porque la novela de una vida siempre encierra una invitación: perdeos en mi relato y quizá yo pueda sacaros de mi selva.

Mi tarea se reduce a la de simple reportero.

Con vivo dolor, empiezo mi crónica diciendo que debía de ser alrededor de las tres de la tarde. A esta hora, él solía interrumpir el trabajo. Era una tarde cálida y luminosa de últimos de septiembre. Él se levantó del escritorio. Fuera dormitaba plácidamente el viejo jardín que los calores de agosto habían aclarado. Por entre las ramas de los árboles y los arbustos que dejaban libre paso al viento relucían las aguas oscuras del río. Las estrechas ventanas estaban rodeadas de las hojas amarillas y rojizas de la vid silvestre, salpicada ya de relucientes bayas oscuras, que cubría la pared de la casa. En las enredaderas habitan lagartos y toda clase de insectos que toman el sol en el agrietado revoque de la pared y se refrescan a la sombra de las hojas. Esto o algo parecido dice él en el primer capítulo de sus recuerdos, y algo parecido debió de ver o sentir entonces. Después comió un poco, intercambió unas frases triviales con mis tías en la cocina y, con el periódico y el correo debajo del brazo y una gruesa toalla al hombro, se eiicaminó hacia el Danubio. Con las piernas destrozadas, el tórax hundido y el cráneo abierto nos lo trajeron.

Con esta frase, a la que no he podido atribuir significado simbólico no, termina el manuscrito de casi ochocientas páginas. Ahora está en mis manos, aunque legalmente no tengo derecho a él.

Llegado a este punto, deseo manifestar claramente que no es mi intención asumir protagonismo si, antes de informar sobre la muerte de mi infortunado amigo, digo unas palabras acerca de mi persona y las circunstancias de mi vida.

Me llamo Kristian Somi Tót; si no mi apellido, mi nombre de pila será familiar a quienes, pese a la extensión de esta autobiografía, hayan llegado hasta ésta su última frase. Y es que el niño llamado Kristian, al que mi pobre amigo describe idealizado por el amor o desfigurado por el amor-odio, era yo, a pesar de que hoy me parece un extraño.

Casi podría decir que escribió su autobiografía para mí. Lo que hace que me sienta orgulloso. O quizá ni eso. Mejor diría que me produjo una sorpresa infantil, como si me hubieran puesto delante una foto hecha sin que yo me diera cuenta, incuestionablemente reveladora. Y también me da vergüenza.

Después de leer su manuscrito, tengo la impresión de que, cuanto más intenso es el deseo de vivir, mayores son las lagunas del recuerdo. Cuanto más se concentra la voluntad -nunca escrupulosa en la elección de medios-, en el quehacer orientado a la mera supervivencia, más te avergüenza el recuerdo. A nadie le gusta tener que avergonzarse y por ello el ser humano prefiere no recordar épocas moralmente deficitarias. De modo que lo que gana por un lado lo pierde por otro. Pero consideradas las cosas desde este punto de vista, me parece posible que tenga razón mi amigo: también yo poseo una doble personalidad; si es así, no soy muy distinto de los demás.

Para aclarar lo que quiero decir, debo reconocer, por ejemplo, que los hechos de aquel frío día de marzo que tanta trascendencia tuvieron para él se habían borrado de mi memoria por completo. Sin duda yo viví aquellos hechos tal como los describe él. La primitiva alegría y el pánico angustioso que despertaban en mí la muerte del déspota, la íntima desazón producida por una larga atracción mutua y el miedo infantil a la delación se mezclaban también en mí en parecidas proporciones dejándome estupefacto. Pero no había vuelto a pensar en ello. Debí de imaginar que aquel beso ponía punto final a la historia.

Efectivamente, mientras orinábamos, dije que por fin había reventado aquel cerdo. O una tontería parecida. Decir en voz alta una frase como ésta te producía un placer casi físico. Después tuve mied de que me denunciara. En aquellos años, vivíamos bajo la amenaz constante de la evacuación. De los antiguos habitantes de las casas situadas en las inmediaciones de la zona prohibida nosotros éramos los últimos. Cada sobre oficial que llegaba a casa hacía que mi madre se echara a temblar. Quizá nuestra casa era muy pequeña, o quizá muy vieja, aún no sé a qué circunstancia atribuir el favor.

Yo quería a mi madre con ese amor tierno y dominante, solícito y protector con que un niño sin padre ama a una madre que hasta el último día de su vida llora al esposo desaparecido y lucha contra Ia soledad y los problemas de la subsistencia. Por ella yo lo hubiera confesado todo y arrostrado cualquier humillación. Por eso deseaba que no me denunciara. O, si ya había hecho la denuncia, por lo menos, saber con qué tenía que contar. Como ya he dicho, no tengo predisposición para la humildad, pero cuando de negociar se trata puedo ser muy insistente.

Todo ello no tiene más finalidad que la de hacer patente que en mi vida no ha habido, ni antes ni después, hecho alguno que pudiera hacerme pensar que aquel beso tuviera otro significado que el de quitarme una preocupación, es decir, que fuera un beso de verdad. No iba a ocuparme de peligros internos, cuando de tantos peligros externos tenía que defenderme. Y una vez habituado a las ventajas de una manera de obrar orientada a esconder el propio yo, siempre he eludido cualquier situación o cerrado los ojos a cualquier interpretación cuya ambigüedad no coincidiera con mis intereses y propósitos.

Ahora que sé cómo me veía mi amigo y el constante efecto que, inconscientemente, yo ejercía en él, no es poca mi tristeza. Me parece haberme perdido algo, algo que yo no apetecía, por supuesto. Pero que, a pesar de todo, me halaga. Mientras tanto, él podía permitirse el lujo de cultivar semejante refinamiento espiritual. Y que yo, por otra parte, le envidiaba. A pesar de todo, mi pesar está exento de reproche, autoacusación, denuncia y cualesquiera escrúpulos de conciencia. Sin duda, es cierto que de niño yo era más interesante, atractivo, además de desaprensivo, imprevisible, malicioso y brutal que de mayor. Y cómo iba a ser de otro modo. Tenía que luchar tenazmente por la subsistencia, y aquella guerra fría personal, implacable y pragmática me había hecho más avispado, impenetrable y adaptable de lo que sería después, cuando al fin, cansado de pelear por las necesidades básicas de la vida, conseguí cierta estabilidad.

A los treinta años, él se había abierto peligrosamente y yo me había cerrado peligrosamente, y tan indefenso estaba el uno como el otro. El había encontrado un amor con el que esperaba llenar un vacío, y esta esperanza le había inducido a pisar terreno desconocido. Yo había salido de mi letargo y, en mi desesperanza, tratando de librarme de mis males por el medio más corriente y eficaz, estaba a punto de convertirme en alcohólico. Él dijo después que los hombres que se aferran al rol sexual que les ha sido asignado suelen despedir mal olor, tanto corporal como espiritual.

Al repasar la trayectoria de mi vida, no me siento fuera de lugar en este país, ni mucho menos. Si mi amigo es la excepción, yo soy el término medio y los dos juntos formamos la regla. Pero no pretendo en modo alguno refugiarme en esta diferencia e, invocando mi mediocridad, mi limitada perspicacia, debida al imperativo de la adaptación y la premiosidad de mi memoria, situarme por encima de aquel al que considero la excepción, no, no deseo etiquetar a ninguno de los dos con esta descripción sino todo lo contrario; ni deseo rehuir la responsabilidad por mi ceguera y mi sordera, mi propósito es, sencillamente, examinar nuestras experiencias comunes, y hacerlo a mi manera, quizá un poco deficiente pero ecuánime.

Soy economista y desde hace años presto mis servicios en un instituto oficial, en calidad de ayudante técnico de investigación. Principalmente, mi cometido consiste en recopilar y analizar datos, tanto los recurrentes como los atípicos, que se registran en los procesos de la economía nacional. Ello significa que debo clasificar las características de un determinado grupo de fenómenos. Y esto deseo hacer también aquí. Aparte de que la literatura no es mi fuerte. Nunca he escrito poesías ni cuentos. He sido futbolista, remero y levantador de pesos. Y desde que por las noches no bebo, corro largas distancias por las mañanas. Lo único que escribo son informes técnicos. Pero sospecho que, a causa de mi extracción y mi educación, mi vida se ha caracterizado desde mi primera infancia por la observación atenta e implacable de mi entorno. Ya de niño tenía que poner especial cuidado en pensar lo que decía o, por lo menos, en no decir lo que pensaba. Ahora bien, no creo que esta meticulosa adaptación y este autocontrol sean característicos de mi persona, sino que debo mis facultades de observación y catalogación a la autodisciplina nacida de la renuncia, la imposición y la necesidad.

Todas las criaturas jóvenes rebosan pasión, y su apasionado afán de poseer el mundo las hace bellas. Según la medida en que consiguen realizar su afán, determinan lo que es hermoso y lo que es feo, y llaman bueno a lo hermoso y malo a lo feo. Pero hoy mi discernimiento ya no se basa en la estética. Lo que veo y lo que siento, por íntimo que sea, no lo juzgo ya hermoso ni feo, porque no lo veo de este modo.

Siento, a lo sumo, un callado agradecimiento que recuerda un cierto calor, por las cosas que me son favorables; pero hasta esto se enfría pronto.

Es posible que haya tenido pasiones que ya se han desvanecido. También es posible que a mi vida le falte algo. Incluso es posible que a causa de una propiedad que me faltaba, o que tal vez poseía en exceso, de niño diera impresión de frialdad. No puedo decir que haya sido muy querido, pero, en general, se me considera una persona ecuánime. Ahora bien, la halagadora descripción de mi amigo me hace preguntarme si no se me considerará un hombre objetivo porque siempre consigo situarme a cierta distancia tanto del objeto de mi trabajo como de las personas que, a pesar de todo, me son adictas, de manera que, sin tener que identificarme con ellas, pueda controlarlas.

No soy tan afortunado como para encarnar el ideal ni de un solo principio de la vida. Yo hubiera podido ser un perfecto cínico, de no ser por el constante flujo y reflujo de las emociones que me atormentan.

Unos días antes del examen final del bachillerato derribé la mitad de la estufa de cerámica de mi habitación. Había vuelto a casa, de una cita, poco antes del amanecer. Siempre tenía que marcharme con el mayor sigilo, para que los padres de la muchacha no se enterasen de mis visitas nocturnas. Aquella mañana estaba solo en casa. Mi madre había ido a Debrecen, a visitar a unos parientes. Hacía tiempo que me estorbaba aquella estufa. Tenía la impresión de que no estaba donde tenía que estar y de que yo no la necesitaba. Por la noche, el calor me daba directamente en la cabeza, además, impedía abrir del todo la puerta. Saqué una maza, no encontré escoplo, pero descubrí un robusto perno que servía para mi propósito.

Empecé la demolición, echaba las baldosas por la ventana al jardín. Pero la destrucción de los conductos interiores de la estufa resultó más difícil de lo que imaginaba. Y mi habitación, en la que no había hecho preparativo alguno para este trabajo, se llenó de polvo, hollín y escombros: alfombras, libros, la tapicería de las sillas, cuadernos, y hasta los ejercicios del examen que estaban encima del escritorio. Cuando empezaron a serenarse mis ímpetus y miré en derredor, la escena no me pareció la consecuencia natural del proceso de trabajo sino una suciedad espantosa e insoportable. Las insufribles secuelas de un desconsuelo infinito. Tan repentina fue esta sensación como la decisión del derribo. Ahora contemplaba las negras y malolientes entrañas de una mutilada e inservible obra de la mano del hombre. Debía de andar por la mitad del trabajo cuando lo abandoné. Sentí sueño o cansancio, cerré la ventana, me desnudé y me acosté. No podía dormir. Daba vueltas en la cama, encogía las piernas, pero no conseguía hacerme tan pequeño como deseaba. No recuerdo haber pensado en otra cosa, ni sé si puedo llamar pensamiento a este deseo que me atormentaba. Quería abandonarlo todo, porque no se podía soportar tanta frustración. Y sin tomarme tiempo para reflexionar, empecé a tragar indiscriminadamente todas las tabletas que encontré en el armario de las medicinas de mi madre. Hasta que no pude seguir tragando sin agua.

Hoy me parece estar recordando algo que no me ocurrió a mí. Primero, me bebí el agua de un florero y, después, la de los platillos de las plantas interiores. Aún no comprendo por qué no fui a la cocina. Naturalmente, sentí fuertes náuseas. Me subían a la garganta unos espasmos secos, como si no hubiera líquido en mi estómago. Temía vomitar en los muebles de mi madre. De rodillas en el suelo, con la cabeza apoyada en el borde del sofá, trataba de reprimir las convulsiones. Esto es todo lo que recuerdo. Si mi madre, movida por un mal presentimiento, no hubiera adelantado un día su regreso, yo no estaba ahora contándolo. Me hicieron un lavado de estómago y reconstruyeron la estufa.

Nunca más he hecho algo tan insensato ni tengo intención de hacerlo en el futuro. Pero esa extraña mezcla de sentimientos que solemos llamar depresión no me ha abandonado y acompaña todas mis actividades y estados de ánimo, de alegría o tristeza, esperanza o frustración. A pesar de que antes nunca había experimentado algo comparable. Pero no deseo describir estos sentimientos con más detenimiento no sólo porque no tengo una idea clara de su origen, sino porque, en general, doy la impresión de ser una persona equilibrada y alegre, y para mí es más importante preservar esta imagen.

Cuando uno tiene que describir su ascendencia suele proceder a una selección de sus antepasados. Cuando me preguntan, yo acostumbro a decir que desciendo de una familia de soldados. Como si con ello quisiera dar a entender que todos mis antepasados, soldados rasos o generales, han sido militares de profesión. Una idea impresionante pero que no se ajusta a la realidad. Es lo mismo que cuando de tal o cual familia afirmamos que es muy antigua. Porque todas las familias son igual de antiguas. Concedido, los hijos y las hijas de las distintas naciones bajaron de los árboles en épocas distintas. Los incas y los judíos, bastante antes que los alemanes, y los húngaros, un poco después que los ingleses y los franceses. De lo que no puede inferirse que la familia de un siervo no sea tan vieja como la de su príncipe, si ambas pertenecen a la misma nación. Y del mismo modo en que una nación, según el rasero social, hace distingos entre sus familias, que, desde el punto de vista del origen, tienen idéntica importancia, también el individuo se deja influir por sus inclinaciones, deseos, intenciones e intereses a la hora de marcar preferencias entre su parentela. También en el manuscrito de mi amigo he detectado este curioso y subjetivo proceso de selección.

Él sólo hubiera podido equilibrar su contradictoria personalidad estudiándose a sí mismo y tratando de descubrir el origen y la causa de las fuerzas que se enfrentaban en su interior. Pero este análisis, de importancia vital, exigía una serena sensibilidad, incompatible con su turbulencia emocional. Había entrado en un círculo vicioso. Y sólo podía salir de él si, por lo menos mientras se autoanalizaba, se situaba en la perspectiva de una persona o personas de su entorno que poseyeran este equilibrio tan necesario para él. Por ello había elegido de modelo a su abuelo materno, un liberal que, incluso en tiempos difíciles y situaciones peligrosas, irradiaba autodisciplina y seguridad. Por la misma razón admiraba también, con una ironía implacable no exenta de ternura, la figura de la abuela, burguesa a ultranza que se mantenía fiel a sus principios con una tenacidad que rayaba en el estoicismo. A través de sus abuelos, él pretende identificarse con algo que queda fuera de su situación real. Y por ello invoca esta procedencia. Por esta vía entronca con su pasado, aunque también hubiera podido elegir otras. Durante la lectura se me ocurrió que tal vez se olvidara de sus otros abuelos deliberadamente. Aunque no creo que su silencio se debiera a que se avergonzara de ellos. Ni a que no tuvieran importancia en su vida.

Durante el fin de semana o las mañanas de verano íbamos en tranvía a su casa de Káposztásmegyar.

Al terminar mis estudios me dediqué al comercio exterior y durante diez años viajé por todo el mundo. No obstante, cuando pienso en medios de transporte, lo primero que me viene a la imaginación es aquel tranvía amarillo que traqueteaba alegremente. Con la plataforma abierta. Incluso durante mis largos viajes en avión, enfrascado en lecturas técnicas, lo siento muy próximo, como si, en lugar de volar, estuviera viajando en el tranvía amarillo. Con su matraqueo interminable, por la calle Váci.

El viejo, un mutilado de la primera guerra mundial, con robusta musculatura pese a su limitada capacidad de movimientos, sin apenas canas a sus casi setenta años, con la nariz picada y teñida de rojo por la bebida y una voz potente, era guarda nocturno de la central hidráulica y habitaba en un semisótano del complejo con su esposa, una mujercita rechoncha. Esta abuela tenía la costumbre de mandar telegramas a su nieto. Hoy hago buñuelos; mañana, pastel de hojaldre. No creo exagerar si digo que este entorno era el más sólido baluarte de nuestra amistad. Si pasaban muchos días sin que hubiera novedades, yo preguntaba cuándo habría tartaletas de mermelada. A lo que él respondía únicamente: tarta de manzana. O era él quien empezaba diciendo: buñuelos de albaricoque, y yo entonces me limitaba a preguntar: ¿cuándo? Entre los dos habíamos creado un lenguaje en clave. Pero no se refería sólo a la deliciosa repostería de la abuela.

A mí me chiflaban las máquinas, su funcionamiento y construcción, qué hacían y cómo se movían, y ningún sitio mejor que la central eléctrica para cultivar mi afición. A él, por el contrario, le impresionaba más mi insaciable curiosidad que la mecánica. También debía de comprender que con la posibilidad de estas visitas me tenía en sus manos, y hasta podía chantajearme. No tenía que decir más que: almendrados, para que yo me olvidara de todos mis planes y obligaciones y corriera tras él. Recuerdo que los mecánicos llevaban corbata y los aprendices, camiseta, y que la paciencia de unos y otros era casi tan vasta como mi curiosidad. Nos lo enseñaban y explicaban todo. Y debía de producirles no poca satisfacción poder dar respuesta a la mayoría de nuestras preguntas.

El momento de las grandes operaciones de mantenimiento era el más interesante. Se traía a mujeres de los pueblos vecinos que, con delantal y botas de goma, fregaban las baldosas de los tanques de agua, mientras los mecánicos, con grasa hasta las cejas, desmontaban, limpiaban y volvían a montar la maquinaria, ayudados por aprendices con la cara llena de granos. Había gritos, pullas, obscenidades, parcheos y chillidos, como si ello constituyera un rito ancestral. Se embromaban y desafiaban unos a otros, las mujeres a las mujeres, los hombres a los hombres, las mujeres a los nombres y los hombres a las mujeres, y ello parecía formar parte del trabajo pero también de algo más, en lo que nosotros, unos niños, no estábamos iniciados. Nos parecía una extraña canción de trabajo, un canto nocturno que tenían que entonar para realizar debidamente la labor diaria. Mientras tanto, nosotros dos podíamos pasear sin vigilancia por las bellas naves construidas a finales de siglo, el solitario parque que se extendía en torno a los saltos de agua y los corredores llenos de ecos que daban la vuelta a los tanques de almacenamiento, donde los objetos tenían una limpieza fría y cristalina y no te cansabas de contemplar la tersa superficie del agua que subía o bajaba de nivel.

Pero en su manuscrito él no menciona esta época primera y absolutamente idílica de nuestra amistad. Reconozco que esta omisión claramente deliberada me ha irritado y hasta indignado. Más de una vez, nos habíamos quedado a pasar la noche en casa de sus abuelos y dormíamos juntos en el catre de la cocina perfumada de cebolla. Leí en un estudio etnográfico que los gitanos, durante los rigores del invierno, cuando los pequeños duermen apelotonados sobre la paja, procuran que los niños estén con los niños y las niñas, con las niñas. No puedo creer no fuera intencionado su olvido de aquel calor infantil, de una fraternidad natural que tan desesperadamente buscaría después durante toda su vida.

También recuerdo que, cuando hacía calor, su abuelo se quitaba la pierna de madera y, mientras se rascaba el horrible muñón que asomaba de su pantalón de algodón, nos enumeraba las ventajas de una pierna ortopédica. Primera, que ese pie no huele ni tiene callos y, si se entumece, se engrasa, lo que no puede hacerse con una pierna de verdad. Segunda, no tiene reuma, garantizado. Todo lo más, carcoma. Sólo un inconveniente tenía la pierna, y era que que no participaba de aquel grato hormigueo que el vino le hacía sentir en todo el cuerpo, hasta en el ojete.

Por lo que a mí respecta, de mi multitud de antepasados -artesanos, pequeños agricultores de la gran llanura, puritanos maestros de escuela protestantes, jornaleros y prósperos fabricantes-, elegí a dos soldados muertos. Mi padre y mi abuelo materno. De este modo, nos convertimos en una familia de militares. A pesar de que ellos constituían la excepción. En nuestra familia no hubo más soldados profesionales que ellos. Y por si fuera poco, yo no podía recordar a ninguno de los dos.

De mi padre había en casa muy pocas fotografías, pero de mi abuelo, por el contrario, teníamos muchas. De niño, uno de mis pasatiempos preferidos era mirar aquellas fotografías.

Hoy sería muy difícil distinguir, en las historias familiares tejida en torno a la figura de mi abuelo, lo que era realidad y lo que eran exageraciones de esa realidad. Creo que la radiación que despedía su persona y que, amplificada, volvía a incidir en él se debía no sólo a sus extraordinarias dotes y a su prometedora y truncada carrera, sino tambien -y principalmente- a su atractivo personal. Cuando los más viejos de mis parientes me pellizcaban los muslos o me estampaban sonoros besos en las mejillas, solían comentar jocosamente que nunca sería tan guapo como mi abuelo. Mi madre, sin embargo, en tono aparentemente burlón pero con no disimulado orgullo, decía que, si bien físicamente podía parecerme al abuelo, nunca lo igualaría en inteligencia. Ambas aseveraciones, aunque dictadas por la parcialidad, eran lo bastante seductoras como para que arraigara en mí el deseo de emulación, la convicción de que el parecido era importante. Tenía que imitar a alguien que, en cierto modo, era yo mismo, aunque no tenía medios para saber si esto sería bueno o malo para mí.

Había en casa una lupa de las utilizadas en cartografía, que había pertenecido al abuelo. Con ella estudiaba yo fotos hechas en distintas épocas. Es posible que yo no posea un sentido de la belleza innato, pero nunca he podido considerar bello lo que a los demás se lo parece. Por lo tanto, tampoco es de extrañar que, a diferencia de mi amigo muerto, un paisaje, un objeto o una persona calificados de bellos puedan moverme a la reflexión, pero nunca al entusiasmo. Si miraba con tanta atención las fotografías del abuelo era porque lo que tan impresionante consideraban otros provocaba en mí pensamientos francamente desagradables. Dos líneas que discurren en sentido paralelo deben encontrarse en el infinito. Si no discurren en sentido paralelo, se encontrarán aquí mismo, a un palmo de mis narices. Con la persona a la que más me parezco sólo puedo coincidir en un punto determinado teóricamente, mientras que con el que es distinto a mí puedo encontrarme en cualquier momento. Como si la contemplación de mi cara me obligara a buscar, en lugar de dos principios complementarios, un tercer principio. Y aunque su cara y su figura me resultaban francamente antipáticas, yo reconocía el parecido. Sobre todo, los ojos. Y tenían una mirada que me daba escalofríos.

Hacía por lo menos veinticinco años que no tenía en las manos las fotografías de mi abuelo.

¿Desataría en mí esta introspección, tan elemental angustia, tanto horror y repugnancia que mi voluntad no pudiera actuar según conviniera a mis propios intereses? ¿O era realmente tan parecido a él que precisamente por ello lo encontraba repulsivo? ¿Había reflexionado yo sobre la distancia que separa a los vivos de los muertos y un hipotético encuentro entre unos y otros? ¿Será, pues, este desánimo provocado por la introspección lo que me atormenta y me impide ser sensible a la belleza? No me siento capaz de responder a estas preguntas. O dicho de otro modo, tendría que reflexionar y hablar acerca de detalles de mi vida, lo que no me apetece.

Una experiencia de casi cuarenta años me dice que las inhibiciones psíquicas tienen sus ventajas existenciales. Pero a la muerte de mi amigo nació en mí la curiosidad y el deseo de adquirir, al igual que él, certeza sobre mí mismo, sin que ello me destruyera como a él y, desde luego, sin engañarme.

Llegando hasta el umbral de la abstracción y forzando hasta el límite la modestia diré, por ejemplo, que muchas mujeres que por lo demás me consideran un buen amante, en los momentos más apasionados de nuestro abrazo han tratado de violar mi boca con su boca. Y cuando me resisto me preguntan con insistencia por qué. ¿Por qué no lo permites? Porque no quiero, suelo contestar. Cuando contesto. Reconozco que mi conducta puede parecer caprichosa, pero esta reticencia está tan arraigada en mí como en otros el deseo de besar en silencio. No siento la necesidad de ceder a los instintos de supervivencia personal y racial a expensas de la independencia de mi personalidad. Y con el beso yo perdería el control sobre mí y sobre la otra persona. Empezaría a dominarme una fuerza a la que no deseo someterme.

Según su reacción a esta conducta mía que sin duda cabe calificar de peculiar, por la que me niego a satisfacer una necesidad básica que yo considero totalmente superflua, las mujeres pueden dividirse, según mi experiencia, en tres grandes grupos.

Pertenece al primer grupo la mujer nerviosa, lábil, melancólico-sentimental, vulnerable que cada vez se enamora eternamente y que enseguida se sulfura, llora, me golpea con los puños, me grita: «ya sabía yo que tú no buscabas en mí nada más que eso», me llama hipócrita y me amenaza con tirarse por la ventana ahora mismo. ¡Tengo que quererla! Pero nadie puede querer a la fuerza. No es difícil apaciguar o satisfacer tempestuosamente a este tipo de mujeres. Si puedo violarla en el punto culminante de su frenesí, es decir, si actúo en el momento oportuno, todo se arregla rápidamente. Son las masoquistas, las que siempre han esperado a la bestia sádica, que no soy yo, desde luego. Su placer es breve, creen sentirlo intensamente, pero se corta de repente, sin alcanzar la ansiada cumbre, quedándose a un nivel mucho más bajo y pedregoso. Son las que menos me gustan.

El segundo tipo se inclina por la callada sumisión. Si ceden a la arbitrariedad de mi cuerpo, el arco de su sensualidad, generalmente remisa, asciende lenta y gradualmente hasta una culminación que estremece todo su ser y que casi siempre se repite. Es como si cada inhibición superada las propulsara hacia nuevas cotas de placer, y, aunque el placer persiste, las inhibiciones lo retardan, de modo que al fin no es sólo el placer lo que triunfa. Esta relación amorosa es como una carrera de obstáculos de la sensualidad. Son muchachas reservadas, modosas, que temen llamar la atención, sufren por su escaso atractivo y son propensas a la hipocresía. Y, aunque no acepten mi tiranía, hacen como si nada echaran de menos. Llevan su abnegación hasta el extremo y cuando se convencen de que tampoco esto les sirve de nada porque a mí, a diferencia de ellas, la entrega no me inspira agradecimiento, sino que, a lo sumo agudiza mi atención y aumenta mi exigencia, protestan con tiernos gestos de sumisión en los que se oculta la intención de incitar a mi boca con las caricias de su boca de la que hacen la esclava de mi cuerpo. Y así termina nuestra modesta historia. Estas mujeres me inspiran profunda compasión, pero en la práctica soy despiadado con ellas.

El tercer tipo es el que prefiero. Son, generalmente, mujeres fuertes y vigorosas. Robustas, alegres, orgullosas, apasionadas, tercas, imprevisibles. Los preámbulos son lentos. Como se enfrentan los grandes depredadores. Nuestros encuentros están exentos de complicaciones emocionales. Pero con frecuencia el escarpado frente de la onda de nuestro placer se trunca al chocar frontalmente con nuestra agresividad. Y entonces el fragor de la batalla cede el paso a un silencio amenazador. Me encantan estas cumbres vastas y luminosas. Se suceden de forma caprichosa e imprevisible, poniendo a prueba todos mis intentos por controlar mis impulsos, y me da la impresión de que no es un solo pico el que tenemos que escalar, sino una cordillera interminable. En realidad, me parece estar en un altiplano de escasa vegetación. Es sólo un lugar de descanso, una estación de tránsito, donde se come, se bebe y se reponen fuerzas. Al llegar a estas alturas, mi pareja experimenta una sensación de carencia. O una sed que yo no puedo saciar. Pero ellas instantáneamente se dan cuenta de la situación y tratan de dominarla solicitando apasionadamente a mi boca aquello que con el mayor autodominio me negaban. Porque ni en sueños imaginan que puedan salir derrotadas por mis rarezas. Al chocar con mi frío despotismo, parecen decir: ¿así que no quieres?, ¡pues toma esto! Quieren resarcirse y no se lo reprocho. En esta nueva situación, yo tiendo a una cierta flexibilidad no sólo porque el juego me divierte y porque de este modo no necesito tocar su boca, sino también porque sé de antemano que a los pocos minutos de iniciar su venganza perderán su autocontrol y, con un placer incrementado y compartido, yo podré volver a ser el mismo. Así se compensa el defecto con el exceso. Ellas son realistas lo mismo que yo. Y saben que el equilibrio necesario para la vida no se consigue tratando de alcanzar el ideal, sino aprovechando todos los medios de que disponemos. Por lo que respecta a nuestra inventiva, somos cómplices y aliados. Nos importan poco los ideales del mundo y compadecemos a los que aun los persiguen. Hacia estas mujeres siento gratitud. Y también ellas me están agradecidas, por no tener que disimular ante mí su egoísmo. También podría vivir sin ellas, mi experiencia me dice que en este mundo no hay nada insustituible, y, sin embargo, puedo decir que ellas son las que me hacen vivir.

Estas cosas, y quizá detalles más delicados aún, debía yo plantearme. Lamentablemente, el ser humano es incapaz de discutir consigo mismo. Sus fútiles tentativas no sirven sino para demostrar si infantilismo espiritual.

Naturalmente, también yo quería al abuelo materno de mi amigo más que al otro. En realidad, no era verdadero cariño lo que me inspiraba, sino un sentimiento que halagaba a mi propio yo. Él me trataba y hablaba conmigo como si yo no fuera, física y mentalmente un adolescente inmaduro. Daba ocasión a nuestras conversaciones su costumbre de dar por la tarde largos paseos por los alrededores. Iba pensativo, con su bastón de puño de marfil en la mano y, cuando casualmente nos encontrábamos, él se paraba, se apoyaba en el bastón ladeaba su cabeza gris y me escuchaba con la gran consideración que creía deber a todos sus semejantes. Con sus observaciones, sus gestos de asentimiento, sus leves gruñidos de reflexión, sus observaciones y advertencias, me indicaba el camino que mi propia conciencia me señalaba, pero que yo no sentía deseos de seguir. Su atención también me azoraba y, a veces, rehuía el encuentro o pasaba por su lado sin detenerme, murmurando un saludo cortés pero apresurado.

En la adolescencia, el ser humano siente tanto pudor de sus inquietudes intelectuales como de las eróticas. Pero él nunca forzaba la conversación, no era inquisitivo ni persuasivo. Y precisamente esta posibilidad de poder seguir siendo yo mismo era lo que me acercaba a él.

De forma directa o indirecta, hablábamos de política y una vez mencionó a un filósofo de ideas muy claras -al que por desgracia yo no podía leer, ya que había publicado su obra en inglés-, según el cual lo más importante en las formas de la sociedad humana no es que la mayoría tenga los mismos derechos que la minoría gobernante. Esto era indiscutible. Pero si este principio fuera el único que regulara la convivencia social, el mundo viviría en una lucha constante. Y ni entre los individuos ni entre los sistemas sociales existía posibilidad de acuerdo. Ahora bien, nosotros sabemos que ello no es así. Porque en el mundo existe una bondad infinita de la que todos sin excepción, gobernantes y gobernados, desean participar en igual medida. Y es que nuestro deseo de equidad, armonía y entendimiento es por lo menos tan poderoso como el ansia de poder, que sólo puede satisfacerse por medio de la guerra y de la derrota del enemigo. Y hemos de comprender que la falta de entendimiento y armonía que sentimos es también la prueba de la existencia del bien.

En aquel entonces, yo no podía asimilar, ni siquiera entender, estas complejas ideas, pero cuando después cayó en mis manos el libre de este importante filósofo, las redescubrí con una sorpresa que me cortó la respiración.

Y cuando ahora, al cabo de los años, saco las viejas fotografía creo saber, gracias a esta filosofía, por qué me repelía aquella sereí armonía de la cara del abuelo que tanto admiraban todos.

Su actitud erguida, casi rígida, primera impresión desagradable, no debe considerarse propia de él, ya que puede atribuirse tanto a la moda de la época como a su profesión, en la que era casi obligatoria. Quizá también a la circunstancia de que el largo tiempo de exposición que entonces exigía la fotografía hacía indispensable puntos de apoyo más o menos disimulados y la total inmovilidad. Pero hay también dos instantáneas, una, en el frente de Italia, en una improvisada trinchera. Probablemente, se había aprovechado para este fin una fosa natural causada por la erosión, porque tanto la pared del fondo como las laterales estaban formadas por capas de piedra calcárea. Sobre estas capas de piedra se habían amontonado sacos terreros no muy llenos. Debía de escasear la arena. El abuelo está sentado en primer término con dos camaradas. Cruza con indolencia sus largas piernas, elegantes hasta con las botas, inclina el tronco hacia adelante y, con un codo apoyado en una rodilla, mira a la cámara con la boca entreabierta y los ojos redondos. Las caras de sus camaradas, subalternos suyos, están demacradas, y las ropas, desastradas, pero su mirada denota una determinación inflexible, y quizá también un poco forzada. Mi abuelo parece un play-boy pagado de sí mismo que, incluso en estas circunstancias, se siente superior porque nada le afecta. La otra es una de las fotos más bonitas que yo haya visto. Probablemente, fue hecha a la puesta del sol sobre una colina en la que se ve un árbol desmedrado y solitario. El sol se filtra a través de sus hojas e incide en el objetivo del fotógrafo aficionado y, por lo tanto, en nuestros ojos. El abuelo persigue alrededor del árbol a dos niñas que llevan vestido largo y sombrero de paja. Una de ellas, la tía Ilma, corre agitando con una mano el sombrero del que cuelgan unas cintas, y está a punto de salirse de la foto, por lo que su sonrisa ha quedado borrosa. La otra niña es la tía Ella, y el abuelo, inclinándose desde detrás del fino tronco en una postura forzada, la atrapa en el momento en que el fotógrafo dispara. Él lleva un claro traje de verano, con la chaqueta desabrochada.

Abrazado al árbol e inclinado hacia delante, hace pensar, pese a su elegancia, en un sátiro furioso. Tabién en esta foto tiene los labios entreabiertos y los ojos desorbitados, aunque la expresión que hay en ellos no es del que está divirtiéndose sino cumpliendo una pesada obligación, y en el gesto de sus largos brazos y de la mano que ase la presa se aprecia la felina avidez del depredador. En las demás fotos, su cara, retratada de frente, tiene una armonía impávida e inflexible.

Es la clase de cara que en las novelas antiguas se llamaba ovalada, es decir, alargada y simétrica, pero llena, tersa y enérgica, con la frente coronada por espesa mata de pelo, nariz de finas aletas, ligeramente aguileña, cejas espesas, pestañas largas, ojos muy claros, casi luminosos, en contraste con la piel atezada, boca de labios carnosos, casi ordinaria y, en el mentón, ese hoyo difícil de afeitar, igual al mío.

La cara, lo mismo que el cerebro y que todo el cuerpo, se compone de dos mitades no totalmente simétricas. La desigualdad que se aprecia en el cuerpo y la cara se debe a que los estímulos que captan los receptores neutros proceden de dos hemisferios cerebrales, desigualmente desarrollados, que inciden de forma desigual en la mitad del cuerpo que depende de cada uno de ellos. En el lóbulo derecho, el cerebro procesa las percepciones sensoriales y, en el izquierdo, las implicaciones de estas percepciones y no asocia los aspectos intelectual y sensitivo de cada percepción hasta una fase posterior. El ser humano, por medio de la vista, el oído, el olfato y el tacto, capta un todo indefinido, lo desglosa en partes y, asociando las partes de lo percibido por los sentidos, elabora un todo nuevo. Así pues, el desigual desarrollo de los dos hemisferios cerebrales hace que el todo que percibimos no pueda ser idéntico al todo que elaboramos y, por consiguiente, que no pueda haber caras perfectamente simétricas ni pensamientos totalmente armónicos.

Este fenómeno puede observarlo cada cual en sí mismo al hablar con otra persona. Y es que dos interlocutores nunca se miran fijamente a los ojos, esto es algo que sólo hacen los locos, sino que pasean la mirada de uno a otro lado de la cara. La mirada oscila entre el discernimiento y la sensibilidad y, si en alguna de las dos partes se detiene, será seguramente en la izquierda, la correspondiente a los sentimientos. La mirada neutral, que capta la impresión general, controla si las palabras que recoge el entendimiento concuerdan con los sentimientos que suscitan las palabras del interlocutor.

El lenguaje, con ciertas frases hechas, expresa esta peculiaridad funcional del cuerpo humano. Por ejemplo, cuando digo que no doy crédito a mis ojos manifiesto que no soy capaz de procesar, ni emocional ni racionalmente, la totalidad de una impresión que percibo, es decir, que he tenido que optar por la valoración racional o por la emocional, porque no he podido establecer una asociación entre uno y otro polo. He visto algo, sí, pero no lo he asimilado como un todo, a pesar de haberlo visto como un todo, por falta de coherencia. El mismo fenómeno, a la inversa, se produce cuando decimos que sostenemos la mirada de nuestro interlocutor. Y es que entonces la mirada, que normalmente se mueve sin parar, se fija en un punto muerto. Por dos razones. O bien se ha producido la armonía, es decir, la perfecta concordancia entre los polos emoción y razón, armonía que siempre nos produce sorpresa, ya que es un todo que existe en teoría pero fundamentalmente se compone de distintas partes. O bien, puesto que la contradicción es irreconciliable entre las partes emocional e intelectual del fenómeno, tiende a fijarse en el punto muerto de esta armonía inasequible, porque la contradicción de los aspectos emocional e intelectual del fenómeno es extrema. En tal caso, el ojo fija la mirada en un objeto neutral, tratando de rehuir nuevas impresiones y bajo esta aparente indiferencia trata de obligar al otro a decidir de qué lado debe inclinarse la balanza.

El estado de «no puedo dar crédito a mis ojos» sólo puede durar segundos, naturalmente, del mismo modo que sólo podemos «sostener la mirada» durante breve tiempo.

La apariencia de armonía o de falta de armonía no se puede mantener durante mucho tiempo, porque no sólo la desmienten la razón y el sentimiento, que también fisiológicamente están entre sí en una relación inarmónica, sino porque la imagen que tratamos de asimilar no es idéntica al objeto percibido por los órganos sensoriales de forma neutra, es decir, no procesada y sin esperanza de una fijación definitiva. Ahora bien, la cara en su conjunto refleja claramente esta compleja relación triple. Para convencerse de ello no hay más que mirarse de perfil con ayuda de un espejo de mano, primero de un lado y después del otro, y a continuación, para comparar, contemplarse de frente.

Uno y otro perfil resultan completamente diferentes. Un perfil expresa el aspecto emocional y el otro el aspecto intelectual del carácter del individuo, y cuanto mayor sea la diferencia entre ellos, menor es la posibilidad de que, vista de frente, la cara ofrezca una imagen armoniosa. Pero, dado que las dos mitades tienen que encajar forzosamente, este imperativo excluye de antemano que puedan ser tanto completamente distintas como completamente idénticas.

Según las leyes de la lógica, de ello se deduce que las caras marcadas por una extrema disparidad entre el aspecto emocional y el intelectual deberían parecemos tan hermosas como las caras que reflejan una relación intelecto-sentimiento perfectamente equilibrada. Y no es así. Puestos a elegir entre dos formas casi perfectas, nunca elegiremos la casi perfectamente desproporcionada, sino la casi perfectamente proporcionada.

Si yo cortara con unas tijeras una fotografía frontal de mi abuelo siguiendo una vertical que pasara por el hoyo de la barbilla y el puente de la nariz, y superpusiera las dos mitades de la cara así obtenidas, ambas coincidirían perfectamente como si de una figura geométrica se tratara. Esta circunstancia excepcional indica que en las personas como él, los dos hemisferios cerebrales son relativamente regulares. De ello cabe deducir que en ellas no predomina el aspecto intelectual ni el emocional, por lo que quien contemple su cara no podrá menos que sentirse atraído por la probabilidad de una armonía perfecta.

Porque si los dos hemisferios cerebrales, en virtud de la perfecta proporción entre razón y sentimiento, pudieran asimilar como impresión neutra de un todo lo que han percibido los sentidos, es decir, si no hubiera diferenciación entre la parte y el todo, si, a causa de las características fisiológicas únicas del cerebro del individuo, no se creara una imagen nueva, única para este individuo, sino que cada individuo pudiera reproducir un todo perfecto, comprensible para todos, no cabría diferenciar entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, porque tampoco habría diferencia alguna entre razón y sentimiento. Ello sería esa simetría definitiva que todos perseguimos y que el moralista llama el bien absoluto y el esteta la belleza absoluta.

He considerado necesario decir esto para demostrar la insalvable distancia que separa de mi propia manera de pensar, por un lado, el pensamiento ético que, aun sin estar en posesión de la simetría absoluta, se siente seguro y, por el otro, el pensamiento estético, que por falta de simetría está condenado al fracaso. En mi juventud, a causa de mi físico considerado atractivo, se me tenía por un individuo privilegiado y así se me trataba. Las ventajas que me reportaban la admiración y el sentimentalismo compensaban los inconvenientes de mi procedencia social. Sin embargo, quizá por ello, yo me considero un término medio. No he sido ni un creyente como los hombres de ética ni un descreído como los hombres de estética, ya que nunca ambicioné lo imposible y me conformé con aprovechar mis cualidades. Mis ocultos sufrimientos, no obstante, me permiten sintonizar tanto con la seguridad fervorosa de los apóstoles de la ética como con la inseguridad escéptica de los que se rigen por la estética, con sus penas y sus alegrías, pero mi pensamiento no se orienta ni a colaborar en la realización de posibilidades ocultas, ni a abandonarse a sentimientos metafísicos, mi pensamiento se centra en hechos y en cosas que pueda tocar con mis propias manos.

Mi actividad nada tiene que ver con una sistemática filosofía de la vida. Yo me rijo por la convicción de que cada partida del Debe tiene su contrapartida en el Haber. A pesar de mi marcada inclinación a teorizar, procuro organizar mi vida racionalmente. Me embolso las ganancias y sufrago las pérdidas. Sin olvidar que el equilibrio así conseguido es sólo momentáneo.

Puesto que antes he dicho que, de niño, el estudio de estas fotografías, plasmación de una perfecta simetría que me producía no poca aversión, era uno de mis pasatiempos favoritos, creo que se impone una explicación.

Como se desprende del relato de mi amigo, yo no era un niño quieto y reservado. También de adulto he sido siempre una persona activa. Yo considero esta inclinación mía a la hiperactividad un rasgo negativo de mi carácter, a pesar de que no pocos me envidian esta energía, aparentemente inagotable. Porque no es el deseo de triunfar ni de alcanzar el éxito lo que me impulsa a la acción, sino la miopía con que mi entorno se resigna a las derrotas constantes. Y puesto que en la vida son más frecuentes la derrotas que las victorias, no se me ofrecen muchas posibilidades de retirarme a una plácida contemplación. Aunque detesto la grandilocuencia, diré que no es pequeña nuestra parte de culpa en los fracasos y derrotas de la historia de nuestra nación, porque, frente a una tarea que supera nuestras fuerzas o una situación aparentemente desesperada, ni siquiera nos planteamos qué posibilidades tendríamos de aplicar las fuerzas disponibles, sino que, con la actitud defensiva y cauta del pusilánime, rehuimos el problema, lo aplazamos, hacemos como si no existiera y enumeramos con vehemencia las razones que supuestamente impiden remediar la situación de una manera racional. A mí me subleva tanto el cerrilismo disfrazado de perspicacia como el fatalismo inmovilista. Una táctica de dilación y contemporización sólo me parecería justificada en una situación que tuviera perspectivas de solución, pero la pregunta de por qué no se puede ni debe actuar a falta de tales perspectivas puedo responderla yo lo mismo que todos mis compatriotas. Si en el primer caso me parece superfluo contemporizar, en el segundo creo que parlotear es perder el tiempo. Pero tampoco la irritación y la cólera suelen ser buenas consejeras. En mi febril deseo de actuar, también yo acumulo error sobre error y ando a trompicones Je fracaso en fracaso. Y voy diciéndome con no poca autocomplacencia que hasta un gallo ciego acaba por encontrar el grano de maíz, a fuerza de picotear.

Cuando, después de dos decisiones equivocadas, después de dos fracasos, la situación da un pequeño vuelco, la sorpresa me predispone a la retirada. En tales momentos trato de averiguar si mi éxito se debe a una decisión acertada o a una afortunada casualidad. Pienso, recapacito, ando a vueltas con mis propias dudas y las de mi entorno, me siento triste y abatido, ansío la soledad, busco algo que leer y me dejo atraer por los rincones tranquilos, cómodos y suavemente iluminados.

De niño, en las pausas de esta lucha por la libertad o guerra fría, estudiaba mapas estratégicos, miraba fotografías y hojeaba diccionarios; de adolescente, en aquellos momentos en que el éxito me producía inseguridad, mis aventuras banales adquirían proporciones de historias de amor intensas y durante semanas desaparecía en algún cálido nido con la chica más insospechada; después, ya casado, estas digamos fases de éxito me provocaron una sosegada pero persistente afición a la bebida.

Mi aversión a escurrir el bulto y gastar pólvora en salvas, mi inclinación a actuar irreflexivamente y mi incapacidad para encajar el éxito se deben, sin duda, sobre todo a un carácter en el que el pensamiento y el sentimiento se equilibran hasta neutralizarse mutuamente en la indiferencia; ahora bien, después de correr mundo y vivir largas temporadas en el extranjero, tengo la impresión de que, en otro país, hubiera podido ser distinto, por lo que me parecen muy problemáticos los intentos de descubrir el carácter de una nación fuera de los rasgos personales del individuo. Todos estamos condicionados por nuestro sexo, ascendencia, religión y educación, y el que ya de niño Pretenda determinar su lugar en la comunidad se buscará referentes de carácter bien marcado, pero no existe un carácter tan excepcional que no sea una variante del carácter nacional, por lo que en realidad siempre estará eligiendo un derivado.

Yo elegí la variante hedonista y arribista del hombre activo encardada por mi abuelo y la variante ascética y heroica representada por mi padre. A pesar de que eran tan distintos entre sí como el día y la noche. Lo único que tenían en común es que los dos encontraron la muerte en guerras perdidas y catastróficas para su nación. Mi abuelo, a los treinta y siete años, y mi padre, a los treinta y cuatro. Su muerte prematura los unió, y esta única circunstancia común me hizo pensar que, si bien la muerte es la suprema ley natural, no significa la destrucción de la vida. Mi madre creció huérfana de padre y me educó siendo viuda. Sin duda es buena la victoria, pero también se puede vivir con la desesperación de la derrota. Mi variante se ha desarrollado de acuerdo con esta tradición. Y del mismo modo también mi hija y mi hijo elegirán su propia variante.

Tengo treinta y siete años. Los mismos que tenía mi abuelo cuando perdió la vida en una de las batallas más sangrientas de la primera guerra mundial. Perder la vida para que la vida no se pierda. Tendré que reflexionar sobre esta paradoja. Hace ya más de tres años que murió mi amigo. Es de noche. Pienso en unos y otros tiempos. Fuera murmura una fina lluvia de primavera. Las gotas que se adhieren al gran cristal de la ventana y resbalan arrastradas por su propio peso relucen a la luz suave de la lámpara de mi escritorio. Y me pregunto cuándo tendré que dejar que mis hijos decidan por sí mismos. Y me admiro de que me haya sido concedido tanto tiempo. Aquí estoy, en plena noche, en esta tranquila habitación, abarrotada de libros y un poco desordenada. Hace un momento se ha levantado mi mujer, la habrá despertado un malestar o una pesadilla. La he oído salir del dormitorio con paso inseguro e ir a tientas por el pasillo oscuro hasta la cocina, donde ha bebido un vaso de agua, lo sé por el tintineo del cristal. Ahora, con paso silencioso y ya firme, ha vuelto a la cama, no sin antes asomarse al cuarto de los niños. Cuando ha abierto la puerta del cuarto de nuestros hijos, no la he seguido con el oído sino con el olfato. Me ha parecido percibir el olorcito dulce de los niños. Pero no sólo con la nariz sino con toda mi carne y mi sangre. Y esta sensación debe de ser aún más fuerte en ella que en mí. A mi estudio no se ha asomado. A pesar de que, desde que dedico las noches a este manuscrito, sin que nos hayamos dicho ni una palabra, está otra vez tan preocupada como cuando, en este mismo sitio, me dedicaba a beber a solas. Se preocupa por mí a causa de los niños.

Debíamos de tener diez años cuando mi compañero de clase Prém y yo decidimos ser soldados. Mi amigo muerto lo describe con tanta parcialidad como a mí mismo y sugiere que en nuestra amistad había un secreto componente erótico. Por supuesto, él no mira a Prém con simpatía sino con franca prevención. Yo no estoy tan versado como él en psicología, por lo que no puedo juzgar en qué medida puedan ser acertadas sus suposiciones. De todos modos, no deseo dar la impresión de que también yo soy parcial y pretendo descartar de antemano semejante interpretación de nuestra relación. La relación entre dos seres humanos de un mismo sexo siempre estará determinada por el hecho de que son del mismo sexo. Y, si son de distinto sexo, por ser de distinto sexo. Ésta es mi opinión, aunque es posible que también para esta cuestión carezca de sensibilidad.

Con Prém he mantenido y mantengo una magnífica relación. El no se hizo soldado sino mecánico de coches. Y es un honrado padre de familia, lo mismo que yo, aunque, buscándole tres pies al gato, quizá sus declaraciones de impuestos no sean irreprochables. Hace unos años, precisamente por la misma época en que mi amigo regresó de Heiligendamm y yo renuncié a mi lucrativa carrera en el comercio internacional, Prém abrió taller propio. Mientras nosotros dos íbamos a la quiebra espiritual, él prosperaba en lo material. Cuando algo no anda bien en mi coche, lo reparamos juntos el domingo por la tarde. Prém es el terror de las averías. Cuando estamos agachados en el grasiento foso de su taller o tendidos debajo del coche y, a través de las piezas de una máquina inerte, se establece entre nosotros una comunicación, cuando juramos y nos peleamos o cuando aplaudimos las manipulaciones del otro, es decir, cuando en cierto modo disfrutamos de la mutua compañía, existe en nuestra relación un componente ritual en el que se percibe aquel vínculo infantil y también la necesidad elemental de este vínculo.

Prém y yo habíamos sellado una hermandad de sangre, aunque no recuerdo con motivo de qué. Con el cuchillo de monte de mi padre nos hicimos un pequeño corte en la yema de los dedos, frotamos la sangre en la palma de la mano y lamimos cada uno la del otro. La ceremonia no tuvo nada de solemne, desde luego. Quizá porque no había corrido mucha sangre. Nuestra torpeza nos avergonzaba. A pesar de todo, aquella unión, sellada con sangre, fue estrecha y perdurable. Lo que otros hacían con palabras lo encomendamos nosotros al lenguaje de nuestro cuerpo. Y, a mi modo de ver, el cuerpo dispone de palabras que nada tienen que ver con el erotismo. Nosotros utilizamos nuestros cuerpos como instrumentos físicos para un fin determinado, no para su mutua relación. Por otra parte, nunca se nos ocurrió considerarnos amigos. Aún hoy nos llamamos camaradas, término que, en mi boca, a causa de mis ambiciones intelectuales, tiene un acento un tanto irónico, pero que para él, a causa de nuestro distinto medio social y familiar, encierra una importante matización. Él tiene otros amigos. Cuando de solventar sus pequeñas pero jugosas trapisondas tributarias se trata, sabe que siempre puede contar con mi asesoramiento técnico.

Nosotros sabíamos que, para poder ser soldados, teníamos que burlar al sistema. Ninguno de los dos hubiera podido imaginar carrera más inasequible. Yo era hijo de un capitán de Estado Mayor del ejército húngaro de antes de la guerra y su padre había sido un fascista fanático. Mi padre había caído en el frente ruso. Su padre se había apropiado de bienes confiscados a los judíos, había cumplido una condena de cinco años y, a los seis meses de salir de la cárcel, había vuelto a ella. El absurdo régimen imperante reducía a un común denominador a dos vidas diametralmente opuestas, determinadas por antecedentes totalmente diferentes e ideologías dispares. A los dos se nos consideraba descendientes de criminales de guerra. Si no queríamos que nos tomaran por idiotas o por perturbados, debíamos mantener en secreto nuestra decisión. Ni siquiera entre nosotros hablábamos de ella, puesto que, al fin y al cabo, no queríamos ser soldados del Ejército Popular sino, simplemente, soldados.

Ello exige una explicación.

Hasta mediados de los años cincuenta se manifestaba la esperanza, apoyada en argumentos aparentemente pragmáticos, de que muy en breve los ingleses y los norteamericanos liberarían de las tropas soviéticas a nuestro país. Y la circunstancia de que en mil novecientos cincuenta y cinco los rusos abandonaran Austria mantuvo viva esta esperanza hasta el cuatro de noviembre de mil novecientos cincuenta y seis. La situación de nuestra familia me parecía injusta e indignante, pero con el infalible realismo del niño me daba cuenta de que las personas de mi entorno no creían en lo que con tanto énfasis se aseguraban unas a otras. Cuando mis tíos y tías hablaban de ello, el miedo y el deseo de engañarse a sí mismos les hacía bajar la voz a un tono falso y nervioso. A mí me repelían aquellas voces forzadas. Por lo tanto, reconozco que, a falta de otra posibilidad, me había hecho a la idea de ser soldado del Ejército Popular. Por lo tanto, tenía que realizar mi propósito sin traicionar a mi familia. Y en este plan, éticamente dudoso, era de gran ayuda para mí el ejemplo del abuelo.

Él, quinto hijo de los ocho que tuvo el maestro del pueblo de Nagylóc, no hubiera tenido posibilidad de desarrollar sus grandes dotes intelectuales, ya evidentes en su niñez, fuera del ejército o de la Iglesia. Era un niño turbulento y rebelde, lo que obligaba a descartar la carrera eclesiástica. Pero sus ambiciones militares chocaban con la oposición de mi bisabuelo, acérrimo nacionalista antiaustríaco, que incluso trató de impedir que el abuelo se alistara en el Real Ejército Húngaro Honvéd, en el que las voces de mando se daban en lengua húngara y, desde el Compromiso con Hungría del sesenta y siete, no podía actuar fuera de las fronteras húngaras sin autorización del Parlamento. A pesar de todo, era un ejército conjunto, y su hijo no tenía por qué hacer causa común con los imperiales. Durante una de sus discusiones, mi abuelo amenazó con marcharse de casa y hacerse bailarín si su padre no cedía. Esto le valió dos bofetadas, pero también, al día siguiente, el permiso paterno. Se licenció por la Academia Militar de Sopron con honores.

Nosotros dos nos preparábamos con ahínco para ser buenos soldados en un ejército húngaro, cualquiera que fuese. Para ello nos sometíamos a las más duras pruebas. Con mochilas cargadas de piedras hacíamos largas marchas en lo más tórrido del verano, o nos arrastrábamos por zanjas entre un agua helada, o trepábamos a los árboles para saltar desde las alturas. Reptábamos desnudos entre el espino. No íbamos a casa a cambiarnos de ropa, aunque estuviera empapada o congelada. No teníamos hambre ni sed, ni calor ni frío, no podíamos sentir miedo ni cansancio, repugnancia ni dolor. Éstas eran las reglas. A veces, salíamos de casa en plena noche y teníamos que encontrarnos sin haber fijado previamente el lugar. En estas ocasiones, nuestro instinto funcionaba de un modo asombroso. Dormíamos en graneros o pasábamos las noches en vela. Preferentemente, si nevaba, porque queríamos descubrir cómo burlar a la traidora muerte por congelación. Y al día siguiente, como si nada, volvíamos a la escuela. Competíamos a ver cuál de los dos podía estar más tiempo sin respirar. Hacíamos el mismo experimento debajo del agua. Cuidábamos el uno del otro, pero no con con la atención afectuosa de los enamorados sino movidos únicamente por el interés de la mutua utilidad. Aprendimos a arrastrarnos sin ruido sobre la hojarasca, a imitar las voces de los pájaros y a construir refugios en la nieve, tan sólidos que se podía hacer fuego en su interior. Nos ejercitábamos en levantamiento de peso, escalábamos, corríamos por terreno difícil y cavábamos trincheras. Teníamos días de no comer y días de no beber. Y comíamos y bebíamos las cosas más inverosímiles. Beber agua de los charcos, comer hierba y sorber huevos de pájaro recién robados del nido eran cosa habitual. Una vez le obligué a tragarse una babosa, y él, a mí, una lombriz de tierra ensartada en un pincho y asada, pero también esto eran pruebas de valor, no crueldades. Siempre teníamos heridas y magulladuras y la ropa destrozada, lo que a Prém le valía no pocas palizas. Yo tenía que inventar las más complicadas mentiras, para tranquilizar a mi preocupada madre.

Recuerdo un solo caso en el que no me fue posible encontrar una excusa. Pero ni aquella experiencia, que tan dramática resultaría, consiguió quebrantar mi espíritu. La sitiuación me delataba, pero yo no estaba dispuesto a confesar. Desde entonces, soy un embustero empedernido, un hombre que siempre busca pretextos y disimula, tanto en las cosas pequeñas como en las grandes. Y, sin proponérmelo, descubro con indulgencia los engaños que practican mis semejantes en su búsqueda de verdades inequívocas. Pero ahora prefiero relatar mi experiencia.

Por mis lecturas sobre estrategia militar, yo sabía que las unidades de un ejército encargadas del transporte y suministro de material son tan importantes para el buen resultado de una operación bélica como el armamento, el equipo y la moral de los combatientes de vanguardia. Es indispensable que cada soldado disponga del arma adecuada, como lo es que esté íntimamente convencido de la necesidad de la guerra, pero no lo es menos que los servicios encargados del aprovisionamiento sigan puntualmente el desarrollo de las operaciones. En este campo debíamos ejercitarnos nosotros.

Pasamos días de verano inolvidables en la estación de Ferencváros y en la estación de maniobras de Rákos. Si los empleados nos echaban de un sitio, nos íbamos a otro. Las vías, tendidas en todas las direcciones, las plataformas giratorias, las agujas y las señales, forman todavía en mi cabeza un esquema claro y ordenado de un sistema vivo. Debo mis conocimientos en buena medida a la circunstancia de que entre los empleados del ferrocarril y el personal encargado del mantenimiento de la vía existían tensiones de carácter social. El día en que conseguíamos colarnos en una brigada de mantenimiento, ya no teníamos que preocuparnos. Bebíamos su vino con agua, comíamos su pan y su tocino y gozábamos de la benevolencia y callada simpatía de aquellos hombres, generalmente maduros y taciturnos, que tenían que vivir lejos de sus familias. Cuando aparecían los encargados o los técnicos, lo más que hacían era rezongar: «Hombre, eso de traer a los chicos al tajo no se hace.» Tal vez sólo los delincuentes profesionales sepan tan bien como nosotros lo fácil que es moverse por una estación de mercancías. Desde la torre, los vigilantes sólo ven hormigas atareadas y presurosas. No pueden controlar el número, el color ni el tamaño de las hormigas, por lo que es fácil escabullirse. Sólo hay que mantenerse alejado de las casetas de los guardagujas, estar atento a las maniobras y procurar no tropezarse con los guardavías.

También viajábamos. De todas las actividades posibles, la más agradable, y también la más arriesgada, era colarse en uno de los vagones preparados para enganche. Entonces había que vigilar tanto a los enganchadores con sus banderitas como a la torre de control. Para no llamar la atención, tienes que acercarte al vagón por el lado opuesto a la torre. Una vez arriba, las órdenes de la torre te indican lo que va a pasar. Cuando cantan el número del vagón y el número de destino, se oye ajetreo en los topes y los cables de enganche, aderezado de palabrotas. Después, silencio. Ahora hay que agarrarse. No se sabe cuándo llegará pero la sacudida es obligada. No muy fuerte. El verdadero placer siempre se hace esperar.

La colisión de dos cuerpos duros da al vagón su primer impulso sobre la vía. Empieza a rodar pesadamente y va tomando velocidad, pero a veces se atasca en una aguja que se ha movido a destiempo. Si se para del todo, hay cabreo. Gritos en la torre y juramentos a ras de suelo, porque ahora habrá que mover todo el tren para sacar el vagón. Es un trabajo pesado, irritante y lento. Pero cuando, por fin, aquello empieza a moverse, no sabes lo que te pasa, de pura felicidad. La aceleración regular, resultante del peso e impulso del cuerpo inerte, frenada sólo por la resistencia de las superficies, te transporta a velocidad de vértigo hacia el instante siguiente.

Nos entusiasmaba el impacto, potente y ensordecedor, seguido de sacudidas que se debilitaban gradualmente. Cuando no podíamos bajarnos del tren ya formado sin ser descubiertos, nos íbamos en él. Generalmente, la partida se demora pero a veces el tren sale inmediatamente. Aquella mañana arrancó enseguida en dirección a Cegléd con nosotros dentro. No hubo ocasión de saltar. A veces, aminoraba la velocidad, pero nunca paraba en campo abierto. No estábamos nerviosos, no era la primera vez que nos encontrábamos en una situación parecida, aunque algo más impacientes de lo debido sí fuimos aquel día. El tren reducía velocidad y Prém dio la señal de alerta. Saltamos, yo primero y él después de mí. Al caer, se me quedó una pierna clavada hasta la rodilla en un montón de grava, mientras él rodaba suavemente por el talud. El salto me llevó a mí más lejos. Aún tengo presente aquel momento. Su cuerpo que rodaba al sol y el crujido de mi pierna aprisionada. Que no hubiera tenido que oír, con el ruido del tren, pero lo oí. La visión de las piedras que se acercaban. Y mi cara que se hundía en ellas. Ahora nos atraparían. Nuestro secreto sería descubierto. Atontado por el dolor, yo no pensaba sino en que mi torpeza era imperdonable. Prém me desenterró y quería cargarme a su espalda. Gimiendo, le supliqué que no me tocara. Después resultó que en el brazo izquierdo y en dos costillas sólo había fisuras, a pesar de que me dolían más que la pierna derecha, en la que tenía una fractura abierta. La cabeza y la cara estaban cubiertas de sangre. Y, en todo lo que alcanzaba la mirada, nada. Ni un ser viviente, ni un vehículo, ni una casa. Nada más que llanura reseca. Y un cielo sin nubes. Prém fue en busca de ayuda. Mi único consuelo era saber que podía confiar en él.

Cuando me entraban a la sala de operaciones, entre una docena de batas blancas que se movían alrededor, me despedí de él. Aún pude oír cómo uno de los enfermeros le decía: «Tú, chico, te quedas aquí, a esperar a la policía.»

Cuando volví en mí, sólo un ojo asomaba del grueso vendaje que me cubría la cabeza. Estaba escayolado y vendado. Al lado de la cama había una enfermera. Su cara me hizo el efecto de un corazón blanco, enorme y palpitante. Hacía un arrullo con la garganta, como si quisiera cantarme, me daba agua, me acariciaba, me refrescaba con paños húmedos, me abanicaba, me alisaba la almohada, atenta a mis necesidades. Yo debía de estar muy compungido, porque ella, con una voz melodiosa, me aseguró que no debía preocuparme, que pronto me curaría y quedaría como nuevo. Pero que tenía que estarme quieto, que la avisara si sentía ganas de vomitar o de orinar, que ella se quedaría a mi lado hasta que llegara mi madre. Que no me preocupara por nada.

Hasta aquel momento no había pensado en mi madre. Pero, al oír esta palabra, me sentí muy lejos de todo, me pareció que flotaba en el aire, como en el momento en que me pusieron la mascarilla del éter en la sala de operaciones. Estaba cansado. La oscuridad me envolvió.

De pronto, debatiéndome como si tratara desesperadamente de emerger de un sueño horrible, desperté con la angustiosa sensación de que mi cuerpo se enfriaba en la agonía. Envuelto en una sábana mojada, oí la voz de la mujer que decía que no debía preocuparme, que no pasaba nada, sólo que me había subido la fiebre, pero que ella me la haría bajar. Pero de nada servían las sábanas mojadas, porque debajo de la escayola y los vendajes la fiebre persistía. Al fin cedió y aún recuerdo que cuando la enfermera, muy satisfecha, me tapaba con una sábana seca, yo sentí no poder seguir mostrándole mi cuerpo desnudo.

A juzgar por la luz y los ruidos de la sala, debía de ser prirt hora de la tarde. Afortunadamente, mi madre todavía no había llegado. Después tuve otro acceso de fiebre y cuando conseguimos vence lo ya empezaba a anochecer. La enfermera dijo que ahora tenía que marcharse, que terminaba su turno y me dejaría en manos de una compañera. No sé por qué estaba tan conmovida, ya que no podía haber visto mucho de mi cara. Quizá era por algún gesto que yo había hecho. O quizá, a través de las vendas, percibiera que nunca me había confiado tan plenamente a nadie. Porque al poco rato regresó Cuando la vi en la puerta le dije que había hecho bien en volver. Me preguntó si había ocurrido algo. No, respondí, nada. Tenía la sensación de que había recuperado las fuerzas y veía claramente con mi único ojo. Entonces, por qué. Porque la necesito, dije. Nuestras manos se buscaron a la vez, y ella enrojeció. Yo tenía entonces doce años y ella unos diez más.

El comportamiento de las personas que nos rodean nunca nos sorprende. A determinadas situaciones responden unas mismas pautas de comportamiento. Todos repetimos los mismos gestos hasta el fin de nuestros días, y ello da seguridad a nuestro entorno. De acuerdo con esta experiencia me preparaba yo para la visita de mi madre.

En la sala había otras momias blancas como yo, inmovilizadas en la cama. Todas gemían, suspiraban, roncaban, jadeaban y olían mal. Yo, de algún modo, quería disociarme de ellas. Encima de la puerta brillaba una luz azulada. Me hice incorporar en la cama con gruesos almohadones en la espalda, pedí a la enfermera que encendiera la lámpara de lectura, que se llevara el orinal y que me trajera un periódico. Yo la veía entrar y salir. A causa del dolor, no pude permanecer leyendo con un solo ojo hasta que llegó mi madre. Me quedé dormido. Al abrir los ojos, descubrí con asombro que la figura que estaba en la puerta no era mi madre, sino una verdadera furia con la cara y la ropa de mi madre. Yo no estaba preparado para aquel ataque. Entró con el brazo en alto y me dio con el bolso en la cara, me agarró por los hombros y, de no haberse arrojado sobre ella la enfermera, me hubiera golpeado, a pesar de mi estado. Ella que, hasta entonces, nunca me había puesto la mano encima. Ahora, las dos mujeres peleaban por mí. Mientras la furia me gritaba roncamente qué has hecho, en qué lío te has metido ahora, qué atrocidad, mi ángel de la guarda, con voz chirriante y nasal le decía: «pero qué hace, no lo toque, está loca, ¡socorro!». La sala se iluminó de pronto como si fuera de día, en cuestión de segundos, todos se despertaron y se pusieron a gritar, pero el alboroto acabó enseguida. La furia se había esfumado, al lado de mi cama sollozaba mi madre. Entonces la enfermera la soltó. Me palpó la escayola y todos los miembros, los vendados y los sanos, y fue colocando en sus camas a los demás, reía, un poco azorada, tranquilizó a todos, apagó la luz y se fue, sonriéndome desde la puerta.

En una situación como ésta, lo natural es que el niño explique a los padres lo que ha hecho y por qué lo ha hecho. Confiesa sus pecados, descubre por lo menos una tercera parte de sus secretos y, a cambio de su sumisión, obtiene el perdón. Pero yo ni pensé en confesar. Estaba seguro de que tampoco Prém diría a la policía más que lo indispensable. Quizá no pensé en confesar porque tenía otras cosas en qué pensar: por primera vez en mi vida, me encontraba entre dos mujeres. Aquella borrascosa escena me había revelado que mi madre no era sólo mi madre, sino también una mujer. Hasta aquel momento ni se me había pasado por la imaginación. Una de las dos mujeres se había arrojado sobre mi cama llorando y la otra me había arreglado la cama sonriéndose. Como si le produjera una malsana alegría el saberme en manos de una furia semejante.

Mi madre repitió entonces sus preguntas llorando y con ello planteó la cuestión crucial de mi vida. Era el momento en el que yo tenía que decidir sobre mi independencia. Con la mano sana y el brazo escayolado, volví hacia mí su cara llorosa. Estaba furioso con ella, quería apartarla de aquel terreno peligroso, pero sin hacerle mucho daño.

Le dije que también hubiera podido venir antes.

Es que acababa de llegar a casa. Y había encontrado a un policía esperándola. Un policía.

Y yo llevaba todo el día aquí, sin probar bocado.

Ella me miró con ojos húmedos.

Me apetecía compota de guindas.

Compota, repitió con asombro, y de dónde quería que ella sacara la compota de guindas.

Pero sus ojos ya habían recobrado aquella mirada familiar, solícita y un poco temerosa, de viuda. Yo la había dominado, como me correspondía. Y había vuelto a convertirla en mi madre.

Hoy sé que yo fui quien mató en ella a la mujer.

Me parece que huelga decir que esta vida, nuestra vida, era completamente distinta de la de mi amigo muerto. Sí, hubo también en esta historia un breve período de tiempo que marcó profundamente mi actitud, en el que, al igual que a él y a su amiga Maja, también a nosotros nos acometió la fiebre del contraespionaje. Lo llamábamos labor de reconocimiento. Había que introducirse en territorio enemigo y retirarse sin ser descubierto. Siempre elegíamos casas habitadas por personas desconocidas. Nos parecía más decente, ya que a los conocidos no hubiéramos podido mirarles a la cara. Explorábamos jardines, registrábamos habitaciones, atisbábamos por la ventana que habían dejado abierta por descuido, el postigo que forzábamos, la puerta que sólo había que empujar, y seleccionábamos el objeto que había que llevarse. Uno vigilaba y el otro trabajaba.

Nunca nos quedamos con nada. Los objetos que nos llevábamos como prueba eran devueltos. Solíamos dejarlos delante de la puerta, en el alféizar de una ventana o, en el peor de los casos, los arrojábamos por encima de la cerca. Por nuestras manos pasaban carpetas, relojes, pisapapeles, plumas, cajas de pastillas, sellos, pitilleras y las más diversas chucherías. Recuerdo vivamente una caja de música de laca china y una figurita de miembros articulados francamente pornográfíca. Ninguno de los secretos de mi vida amorosa, que guardo celosamente, la aventaja en obscenidad. Violábamos la vida de desconocidos indefensos. Viviendas desnudas, mudas y confiadas.

En este aspecto, nuestras actividades eran ya francamente delictivas. Sólo de pensar en la acción se nos encogía el estómago, se nos nublaba la vista, nos temblaban las manos y los pies, nos roncaban desaforadamente los intestinos y más de una vez habíamos tenido que hacer nuestras necesidades en presencia del otro.

Pienso yo que el valor moral de un acto puede medirse físicamente, en el cuerpo. Esta medición física puede realizarla cualquier persona, en cualquier momento. La unidad de medida es la relación específica entre lo permitido y lo prohibido. El acto no es sólo resultado de una predisposición determinada por el instinto sino de la relación entre esta predisposición y los tabúes inculcados por la educación. El carácter, la actitud social, las cualidades heredadas y la ascendencia familiar tratan de manifestarse equilibradamente por medio del acto. Cuando se produce un desequilibrio, el cuerpo reacciona con angustia, sudor y ansiedad y, en casos más graves, con desmayos, vómitos, diarreas e, incluso, con disfunciones orgánicas.

Así pues, teóricamente, la sociedad debería considerar ideal a la persona que sólo siente el deseo de hacer lo que está permitido. Y peligrosa a la que únicamente busca lo prohibido. Sin embargo, este principio, aparentemente lógico, no se rige por las reglas de la lógica más que la teoría de la asimetría entre fealdad y belleza. Y es que no existe en el mundo ni una persona en cuyos actos no aparezca tensión entre lo permitido y lo prohibido, como tampoco la hay que sólo desee hacer lo prohibido. El ideal de la armonía social reside en las personas que consiguen mantener en sí esta tensión al nivel más bajo posible, a pesar de que a nadie se le ocurrirá considerarlas sabias, buenas o perfectas. De sus filas no salen frailes ni monjas, revolucionarios ni inventores, perturbados ni profetas, pero tampoco criminales. Desde el punto de vista de la armonía social serán, a lo sumo, útiles. Pero la mayor utilidad imaginable sólo puede medirse en relación con la mayor inutilidad.

Y si antes, en mis reflexiones sobre la belleza y la fealdad, afirmaba que, puestos a elegir entre dos formas casi perfectas, nunca elegiremos la desproporción casi perfecta sino la casi perfecta proporción, ahora, al tratar del bien y el mal, debo decir que nunca elegimos como norma de nuestras acciones el bien necesario para la vida, el término medio pacífico y aburrido, sino siempre lo extraordinario, lo que genera tensión, el mal necesario para la vida. Lo que no significa sino que para el sentimiento la norma es el más alto grado de perfección posible, mientras que para la razón lo es el más alto grado de imperfección.

Dice mi amigo muerto, en la página trescientas setenta y siete de su manuscrito, que a veces yo exigía a Prém que se desnudara. No lo recuerdo. Pero no quiero poner en duda su afirmación. Es posible, pero seguramente no por la razón que él supone.

Es indiscutible que los chicos se interesan vivamente por el tamaño de sus órganos sexuales y el de sus camaradas. Las comparaciones, de palabra o de obra, figuran entre sus juegos preferidos. La mayoría de los hombres son incapaces de sustraerse a las consecuencias de esta comparación aun de mayores. Sus características físicas inmutables les recuerdan constantemente los agravios y humillaciones sufridos en la niñez. Las consecuencias serán de dos tipos, según su miembro sea grande o pequeño. Si es grande, podrán considerarse como algo especial, aunque después, para el amor, el tamaño no garantice ventajas demostrables. Si es pequeño, tendrán que superar una sensación de inferioridad, aunque en el aspecto funcional tampoco la talla corta suponga inconvenientes. Porque tanto la experiencia cotidiana como la investigación científica desmienten categóricamente la tradición cultural. No sé cómo solventan otras culturas la diferencia entre la experiencia emocional y la racional, pero nuestra bárbara civilización, orientada hacia la veneración del acto de la creación, no tiene ni el menor respeto por la creación en sí. Estoy convencido de ello. Una herida no degenera en deformación psíquica por causas puramente fisiológicas, sino por la contradicción existente entre la percepción individual y la cultural: un individuo orientado hacia la procreación considerará sus atributos como algo natural y único, pero su cultura, que no siente respeto por la creación, se rige por otros criterios para valorar las dotes individuales, prescindiendo de los límites marcados por la naturaleza. Y el individuo quiere extraer más de lo que ya es mucho, y sufre porque lo que tiene, que no es poco, no puede ser más.

Como todo el mundo sabe, la calidad de la vida amorosa depende de la frágil sensación de felicidad. Si bien la felicidad en el amor va necesariamente ligada a los órganos sexuales, sería grotesco asociarla al tamaño de estos órganos. Si más no, porque una de las particularidades de la vagina es la de dilatarse en la medida en que lo exige el pene. Esta dilatación está determinada de un modo exclusivamente emocional, lo mismo que el endurecimiento del pene. Ello no obstante, la tradición cultural, orientada hacia el alto rendimiento y obsesionada por la acumulación, disfrute y justa distribución de los bienes materiales, menosprecia estas experiencias sensuales de carácter general, aunque sean centíficamente demostrables. Hace creer tanto a las mujeres como a los hombres que en la cantidad está la calidad. Si tienes menos que el otro, te falta algo. Pero algo falla también cuando de lo que tienes en abundancia no puedes extraer más placer. Y cuando algo falla, o te resignas o cambias de vida. Sembrarás envidia y recogerás compasión. Así es como la cultura orientada a la autodefinición y autopropagación tiene que reconocer los límites fijados por la creación. En la práctica, el agudo revolucionario que pugna por cambiar la vida demuestra ser tan necio como sabio es el obtuso conformista que acepta la vida tal como es. En esta delicada cuestión que afecta a la vida diaria de todos nosotros no nos comportamos de forma diferente a los pueblos primitivos, que no establecían relación alguna entre la función de los órganos sexuales, el orgasmo y la concepción. Nuestra progresista civilización, empero, presupone una relación directa entre los órganos sexuales y el placer amoroso que la naturaleza no puede confirmar. Porque, si bien para la procreación es indispensable el normal funcionamiento de los órganos sexuales, que puede dar lugar a la concepción, la satisfacción sexual no es más que una eventualidad. Por ello es tan frágil la felicidad.

Después de exponer estos pensamientos, sería sin duda aventurado afirmar que en este aspecto no tengo deficiencia ni deformidad alguna. Desde la niñez, las circunstancias me han obligado a satisfacer mis inclinaciones naturales y no mis deseos culturales. Por consiguiente, el imperativo cultural nunca me inducirá ni a una resignación masoquista ni a una imposición sádica. A diferencia de mi pobre amigo que, vagando por el reino del deseo, hizo de su cuerpo objeto de sus experimentos sexuales, yo he hecho del mío instrumento de mis sentimientos, por lo que mis deseos no son sino los severos vigilantes de mis inclinaciones naturales. Por ser ya mis orígenes causa de tantos problemas, me irritaba sobremanera que alguien tratara de convencerme tanto de que me faltaba algo como de que era un superdotado. Yo no podía aceptar estos juicios. No quería resignarme ni quería cambiar, sino encontrar en ésta mi única vida las posibilidades acordes con mi carácter. Y en la búsqueda de estas posibilidades he sido, si no apasionado, por lo menos, obsesivo.

En estas horas nocturnas de soledad, violento mi natural inclinación, poco propensa a reflexiones y confesiones. Pero el deseo hace aflorar facultades ocultas y me obliga a desarrollar una actividad para la que no creía tener aptitudes. De todos modos, es sabido que dos facultades que se complementan generan necesariamente una tercera.

No tengo ideales definidos, me limito a pensar y recordar. Me exijo no ceder a los prejuicios y ser imparcial. Yo no recuerdo a Prém tal como lo pinta mi amigo, pero guardo de él una imagen mucho mas vívida.

Una imagen inocente, me parece. No sé cuántas veces se me ha representado. Ocasionalmente. Y no me produce un efecto más fuerte que un alfilerazo. Luce el sol. La hierba está muy verde. Prém, agachado a aquella luz cegadora. El pene le cuelga entre los muslos cerrados. Del culo le sale la mierda en una salchicha gruesa, larga y dura. Veo otras imágenes parecidas, pero no son tan claras como ésta.

Las ganas de hacer nuestras necesidades nos sorprendían a veces en plena labor de reconocimiento. No nos violentaba la presencia del Otro. Unas veces era yo, otras era él, y otras, los dos al mismo tiempo. En las situaciones más inverosímiles. A veces no nos daba tiempo ni de limpiarnos, porque tanto si temíamos ser sorprendidos como si no, siempre debíamos escapar de una vergüenza mucho mayor. Creo que la transgresión más grave quitaba importancia a la otra.

Nuestro forzoso impudor se había creado su propia escala de importancia. Lo que para otros era una imagen atrevida que estimulaba la sensualiad y satisfacía la curiosidad, para nosotros era algo secundario. Por lo tanto, si alguna vez pedí a Prém que se desnudara y enseñara su órgano sexual no fue porque me acometiera una irresistible curiosidad por contemplar su atributo masculino, sino al contrario, porque sabía que los otros chicos sentían esta viva curiosidad, que nuestro impudor ya había extinguido en mí. Yo quería librarme de esta sensación o recuperar mi sentimiento de unidad con los demás. Que lo consiguiera o no es otra cuestión. Quizá por eso no me gusta que me besen.

A mí me educaron el intestino con todo rigor. Se me enseñó que ciertas funciones básicas de mi vida, como las necesidades fisiológicas, debía hacerlas siempre solo. Nadie podía transgredir esta estricta pohibición sin ser castigado. En comparación, las reglas que rigen la conducta sexual resultan benévolas. El que yo quebrantara esta prohibición da idea de lo profundo y firme que debía de ser mi compromiso. La quebrantábamos los dos. En estado de guerra. Durante la guerra, estaba permitido. No debíamos tener remordimientos, ya que no era nuestra intención faltar a las reglas de la decencia, como tampoco las naciones se hacen la guerra para destruir los templos de su moralidad. Vivíamos en una paz aparente y, simplemente, queríamos estar preparados para, un buen día, disponer de la experiencia, el arrojo y la decisión necesarios para la gran labor de reconocimiento. La prueba más convincente de esta decisión sería el hecho en sí. Es decir, una incursión en la zona prohibida vigilada por perros policía, barreras, alambradas y guardias armados. Callada e impunemente, sin esfuerzo, como los grandes espías. Nosotros no buscábamos espías como hacían mi amigo y Maja Prihoda, nosotros queríamos ser espías. Queríamos penetrar en aquel territorio enemigo cuya sola existencia e impenetrable carácter cuestionaba el sentido de nuestra propia existencia. Pero, para esta operación de guerra fría, no teníamos, no podíamos tener, valor suficiente. Como tampoco lo tuvieron los otros dos para denunciar a sus sospechosos padres. Nosotros hubiéramos tenido que romper los siete sellos del secreto. Hacer aquello que no había sido capaz de hacer todo un país, amodorrado en una paz estéril. Y ésta era nuestra gran vergüenza común.

Pero yo no me resignaba a abandonar.

Era otoño cuando escribí esta frase. Hay frases que tengo que escribirlas sólo para después poder tacharlas. Porque, en realidad, no son frases de mi gusto. A pesar de todo, ésta no puedo borrarla de mi memoria. Ahora es primavera. Pasan los meses. Pero no puedo pensar en otra cosa. Me pregunto por qué no podía abandonar. Si lo supiera, no necesitaría escribirlo, o podría tacharlo. En realidad, pienso mucho en por qué no puedo abandonar. Por qué aceptaría los compromisos más vergonzosos, con tal de no tener que abandonar. No sé, quizá fuera más digno doblegarse ante los hechos que debatirse en la cochambre de la obstinación. Por qué temeré tanto a esta cochambre si no es sólo mía, y por qué sentiré escrúpulos de asomarme a un espejo que sólo muestra mi imagen.

Me parece recordar que entramos en unas diez o doce casas. Son muchas. Pero huelga decir que era inútil que nos impusiéramos las tareas más inverosímiles, que en vano incurríamos en los delitos más estúpidos, ya que los dos sabíamos que perseguíamos algo diferente. Tampoco de ello necesitábamos hablar. Frustrados e impotentes, dábamos vueltas a la zona prohibida. Nos hicimos amigos de los guardias, les hacíamos pequeños servicios que ellos nos pagaban con cartuchos vacíos. Pensábamos en la manera de neutralizar a los perros. Se lo preguntamos a los guardias. Nos dijeron que era imposible. Pero ni todos nuestros ardides podían situarnos a la altura de la tarea, aunque esperábamos que nuestro valor y fuerza, ingenio y arrojo fueran tan grandes como la violencia que representaba este territorio prohibido y cerrado.

Aún recuerdo con claridad nuestra última operación. Yo estaba tratando de meterme por la estrecha ventana de una despensa cuando un estante de frascos de conservas cedió bajo mi peso. Fue en una casa rodeada de una alta tapia de ladrillo de la vía Diana. Apenas tuve presencia de ánimo para evitar caer entre los frascos que se venían abajo con estrépito. Agarrado al alféizar, miré lo que había debajo de mí. Nunca olvidaré el caótico espectáculo. Pepinillos mezclados con la mermelada, las distintas frutas y los pimientos que rebotaban en el suelo de mosaico. Y los frascos que seguían cayendo y estrellándose en aquella sustancia espesa.

Mi vida no ha sido pródiga en puntos cruciales. Aquel lejano instante podría ser uno de ellos. Comprendí que para conseguir mi propósito debía buscar otros métodos. Nunca más algo semejante.

Siempre fui buen estudiante. Tenía la aplicación, la capacidad de concentración y la perseverancia del alumno modelo. Mi versatilidad y mi aspecto agradable, por otra parte, impedían que los demás chicos me tomaran antipatía. Yo soy de los pocos que han aprendido ruso en el colegio.

Mi madre y yo visitábamos, uno a uno, a todos los compañeros de mi padre, oficiales y soldados, que volvían de los campos de prisioneros. Mientras les oía contar sus historias, decidí tomarme en serio el estudio de la lengua rusa y esforzarme por dominarla. Porque compartía la obsesión de mi madre. Ella parecía creer que, si sabía cómo había muerto mi padre, lo recuperaría. Un sentimiento parecido tenía yo. Estaba decidido a que lo primero que haría cuando fuera soldado sería ir a averiguar sobre el terreno las circunstancias de su muerte. Ta lengua alemana tuve que estudiarla dos veces. La primera vez aprendí un alemán que hoy ya no habla nadie. Entre los libros del abuelo que llegaron a nuestras manos encontré una obra en dos tomos encuadernados en piel que llevaban grabado en el lomo en letras doradas un título simple y misterioso a la vez: De la guerra. Las anotaciones que el abuelo había hecho en el margen, con una letra minúscula, de trazo fino y perfectamente legible, estaban en húngaro, pero el libro estaba en alemán y en caracteres góticos. Yo tenía que descifrar esta obra, porque me permitiría saberlo todo sobre la guerra.

En diciembre de mil novecientos cincuenta y cuatro, si mal no recuerdo, el último día de clase antes de las vacaciones de invierno, se presentó en el colegio un comité de inspección compuesto por una serie de hombres de aspecto sombrío. Llegaron en grandes coches oficiales negros. Todos llevaban sombrero negro. Desde la ventana, vimos desaparecer los sombreros por la puerta. Se interrumpieron las clases. Permanecíamos sentados en silencio. A intervalos, se oían pasos en el corredor, siempre, de varias personas, luego, otra vez silencio. Alguien era acompañado a algún sitio. Pasaban las horas. No sonó la señal del recreo. Silencio, siseaba Klement, el más odiado de nuestros maestros, si en los bancos se oía algún leve rumor cuando alguien cambiaba de postura. Se abría la puerta. El bedel llamaba a uno de nosotros al corredor sólo susurrando el nombre. Pasos. Espera, a ver cómo viene. Al cabo de un rato, entra el chico, muy pálido, que vuelve a su sitio, acompañado de nuestras miradas. Se cierra la puerta. Unas orejas coloradas y unos labios temblorosos indican que algo ha sucedido. Pero como llamaban a quien menos te esperabas, lio sabías qué pensar.

Al final yo tenía la sensación de que estaban cercándonos.

Klement tenía un gran cabezón calvo, ojos minúsculos de un azul desvaído y vientre de tonel. Debía de pesar unos ciento cincuenta kilos. Llevaba siempre una maletita de cartón. Chupaba caramelos haciendo chasquear la lengua en el silencio de la clase. Jadeaba, siseaba, no podía estar quieto. Se subía los calcetines que se escurrían por sus piernas hinchadas. Abría el deteriorado maletín, contemplaba el manojo de llaves, cerraba el maletín. Tenía el gesto pensativo. Se rascó la nariz, se quedó mirando algo que se le había adherido a una uña y se lo limpió en el pantalón. Hacía crujir los dedos y se tiraba de los anillos incrustados en la capa de grasa. Con las manos juntas sobre el vientre, giró los pulgares de manera que se rozaran ligeramente entre sí. Después levantó el trasero, sacó un pañuelo del bolsillo, carraspeó y escupió en él una flema de buen tamaño. Y, como el que guarda una preciada reliquia, dobló el pañuelo cuidadosamente. Normalmente, él no se inmutaba por estas pejigueras oficiales, al contrario, las sobrellevaba con voluptuosa autocomplacencia, por lo que de su nervio sismo había que deducir que en esta ocasión la amenaza era mucho mayor.

Mis pensamientos giraban como en unas devanaderas. A todas las preguntas que pudieran hacerme respondería con un No rotundo. Es taba decidido a negarlo todo valerosamente, sin pestañear. Lo negaría todo, incluso cosas cuya negación pudiera incriminarme a sus ojos Negaría conocer a Prém. Negaría que hubiéramos envenenado a los perros, a los que no habíamos envenenado. A él aún no lo habían llamado, ni tampoco a mí. Sólo podía mantenerse durante tanto tiempo aquel silencio mortal porque no era la primera vez. Nadie se atrevía a salir. Hacía unos dos años habían descubierto, en el váter de los chicos del segundo piso, unos versos compuestos a la manera de uno de nuestros clásicos: «No preguntéis quién lo ha dicho, sea Lenin, sea Stalin da lo mismo. Y aunque estés con la mierda hasta el hocico, mantente fiel al partido. El propio Rákosi lo suscribiría. Haz de él la estrella que te guía.» La rima es pobre, pero no era la métrica lo que les ofendía, desde luego. Y siempre encontraban algo. Cómo iba uno a sentir ganas de hacer sus necesidades en tales circunstancias. No había podido olvidar aquellos dos días de dos años atrás durante los que nos investigaron, interrogaron y obligaron a desfilar por el patio, nos tomaron pruebas de escritura, las fotografiaron y nos registraron las carteras, los bolsillos y los plumieres.

Yo no podía dominar el miedo. De vez en cuando, con precaución, nos mirábamos. Tampoco Prém parecía tener ganas de reír. Sería en vano que yo lo negara todo categóricamente. Tenía la sensación de ser transparente. Como si mis pensamientos estuvieran a la vista de todos. Como si no pudiera esconderme, ni de mí mismo. Aunque no quiero aburrir con el análisis detallado de mi estado de entonces, sí me gustaría describir las provechosas experiencias que coseché.

Cuando una persona tiene miedo de sus propios pensamientos porque ha de protegerse de los pensamientos de los demás, trata de sustituir sus pensamientos, que considera peligrosos, por los pensamientos de los otros. Pero nadie puede pensar con el cerebro de otro porque los pensamientos que así se obtienen no son más que suposiciones de su propio cerebro acerca de lo que otros puedan pensar sobre determinadas cosas. Por ello, no sólo debe eliminar de sus pensamientos todo indicio que delate que no piensa él sino que se limita a suponer lo que piensan otros, sino también desterrar también la inseguridad que produce el que todo el proceso de sustitución se basa en realidad en una presunción. Ahora bien, cuando una persona tiene que imponer a su impresionable masa cerebral esta manera de operar aprenderá mucho sobre la mecánica del pensamiento, pero corre el grave peligro de perder la facultad de distinguir entre sus convicciones y sus presunciones.

Transcurrió por lo menos hora y media. Cuando oí decir mi nombre, me sentí desprevenido. A pesar de todo, me alegré de poder levantarme e ir por fin a algún sitio. Klement acababa de meterse en la boca otro terrón de azúcar. El bedel estaba en la puerta. Y entonces se le ocurrió a Klement comentar con un sonoro chupeteo: «De todos modos, a ti, Sómi Tót, hay que darte por descontado.» Esta frase me hundió. Desde luego, daba a entender que yo no podía haber tenido nada que ver con el grave delito del que él debía de estar al corriente, aunque el tono compasivo de su voz tampoco auguraba el indulto, a pesar de la alentadora benevolencia que pretendía expresar hacia el primero de la clase. Lo cierto es que demolió todo el sistema de suposiciones que yo había construido durante la última hora y media. Sentí lo mismo que cuando la enfermera, tratando de animarme, mencionó a mi madre en el hospital. Entre las ruinas de mis suposiciones y mi sistema defensivo no encontraba nuevas suposiciones a las que aferrarme. Además, tampoco quedaba tiempo para reflexiones, después de esta curiosa observación. Habida cuenta de las circunstancias, mis pies me llevaban con una seguridad asombrosa. Como una bestia fugitiva, por la única rendija, hacia la trampa.

Cruzamos la sala de profesores y, cuando el empleado de la oficina me abrió la ancha puerta del despacho del director, mi pánico había llegado a su punto culminante. La pesada hoja de la afilada guillotina ya me había seccionado el cuello. Estaba muerto. Pero aún tenía los ojos abiertos y, desde el fondo del cesto del serrín, vi que lo que me aguardaba al otro lado no era horroroso sino todo lo contrario, tranquilo, amable y risueño. Un almuerzo campestre. Un opíparo yantar con aroma de cigarro puro.

Nada más entrar, empezaron a hablarme en ruso.

La puerta de la sala de profesores se cerró a mi espalda, pero la que comunicaba el despacho con la vivienda del director y las interiores, todas ellas enormes, de madera oscura artísticamente labrada, estaban de par en par. Por el vano se veían lujosas habitaciones con pesados muebles y gruesas alfombras. Hasta mucho después no descubrí los cuadros de Hans Makart, pintor de la corte de Viena, que muestran unos interiores fastuosos, en cálidos tonos marrones y rojos, con profusión de cortinajes, esculturas y plantas, que siempre me recordarían aquel momento irreal. Por Livia, la hija del bedel, sabíamos que el antiguo director, que había sido cesado y deportado, había tenido que dejar todas sus pertenencias. En la habitación del fondo jugaban en la alfombra las dos hijas pequeñas del director. Las habitaciones eran claras y estaban inundadas del sol de la mañana que se reflejaba en la nieve. Vi pasar al trasluz la figura esbelta de la esposa del director. Se oía una radio, música clásica, suave.

El joven que estaba sentado en el gran escritorio tallado, a la sombra del robusto filodendro y de la palmera, me preguntó en ruso cómo estaba. Por su aspecto y su acento comprendí que me hablaba en su lengua materna. Los otros hombres estaban repartidos, en actitud indolente, por sillas y sillones desplazados de su sitio habitual. El director era el único que parecía encontrarse allí de prestado, apoyado en la estufa de cerámica, con una sonrisa forzada. El despacho estaba lleno de humo, los visitantes tenían copas de vino en la mano comían emparedados, removían el café en las tazas y fumaban. Nada de aquello hubiera indicado una visita oficial, de no ser porque en la mesa, en la librería y hasta en el suelo, al lado de las sillas, había papeles de aspecto extraño y alarmante.

Por toda respuesta, se me escapó una expresión rusa que había descubierto en un cuento de Tolstoi. No dije: estoy bien, gracias, sino: muchas gracias, estoy espléndidamente. Algunos se echaron a reír.

Veo que no te muerdes la lengua, dijo el que me había preguntado. Acércate, queremos hablar contigo.

Delante del escritorio me aguardaba una silla tapizada. Cuando me senté en ella, los demás hombres quedaron a mi espalda.

Yo no sabía qué ocurriría. No podía adivinar en qué iba a consistir el examen. Pero a medida que el hombre preguntaba y yo, en mi ignorancia, le respondía sin dificultad, sentí que iba por buen camino. El camino era bueno, pero yo no sabía adonde me llevaría. De pronto, se hizo el silencio, un silencio tenso. Su satisfacción había generado la tensión.

Cuando estuve sentado, el ruso amistoso me preguntó si nevaba hoy.

Yo respondí que hoy no nevaba, que hacía sol, pero que ayer había nevado mucho.

Luego se interesó por mis notas y, después de recibir mi respuesta, con una benévola inclinación de cabeza, me preguntó qué quería ser.

Soldado, respondí sin pensarlo.

Magnífico, exclamó el ruso, apartó la silla, salió de detrás del escritorio y se paró delante de mí. Es nuestro hombre, dijo a los demás, luego me tomó la cara entre las manos y me dijo que riera. Quería ver si podía reír.

Yo lo intenté. Pero seguramente no me salió muy bien la risa, porque él me soltó y entonces me preguntó si alguien de mi familia hablaba ruso y me lo había enseñado.

Yo respondí que mi padre hablaba ruso, pero entonces me atasqué, ya que esto, con ser poco, era más de lo que me convenía decir.

¿Tu padre? Me miraba interrogativamente.

Sí, respondí, pero no lo he conocido. El ruso lo he aprendido en los libros.

Él creyó haber entendido mal, no lo has conocido, preguntó con extrañeza.

Toda mi decisión, mi afán de disimulo y mis esperanzas se esfumaron. Yo seguía tratando de sonreír. Murió, dije, y por lo menos conseguí no echarme a llorar.

Entonces algo se movió a mi espalda, alguien hojeaba un cuaderno o un libro, sonaron unos pasos que se acercaban, pero yo no me atreví a volver la cabeza, aunque también el ruso estaba atento a lo que allí ocurría.

El director, con el libro de la clase abierto en la mano, se paró a nuestro lado y señaló con el dedo algo que ya debía de haber mostrado al otro. Delante del apellido, en pequeños recuadros negros, se indicaba en letras rojas nuestra ascendencia,

El ruso lanzó una rápida mirada a las anotaciones, volvió a sentarse detrás del escritorio y se tapó la cara con las manos con la desesperación de un enamorado defraudado. Y preguntó qué podía hacer ahora conmigo.

Yo no contesté.

Alzando la voz, en tono casi áspero, repitió la pregunta en húngaro.

No lo sé, respondí en voz baja.

Y crees que eres digno de hablar la lengua rusa, preguntó, ahora en su lengua materna.

Esto me dio la impresión de que no todo estaba perdido, y traté de recuperar su benevolencia.

Ahogadamente, murmuré un Sí en ruso.

Dijo que podía marcharme.

Apenas media hora después de que se fueran, circuló la noticia de que los que habían superado la prueba irían a Sotschi durante las vacaciones de invierno. Nunca había empezado yo unas vacaciones con ánimo tan decaído. Me costó mucho esfuerzo pronunciar aquel Sí y, no obstante, creo recordar que sonó muy decidido y marcial. Me hubiera gustado poder oírme con sus oídos y es que, de haber estado seguro de mi éxito, hubiera podido olvidar mi traición. En realidad, tampoco deseaba que me llevaran de vacaciones de invierno y, a medida que transcurrían los días, disminuían las probabilidades. Ahora rehuía a Prém. Ya no quería jugar con él.

El último día del año por la mañana fuimos convocados a la escuela. El padre de Livia nos acompañó a la sala de profesores. Éramos Seis, tres niñas mortalmente pálidas y tres chicos aplicados. No nos atrevíamos a decirnos ni palabra. El director nos recibió en compañía de un desconocido y nos hizo un discursito. Trataba de imprimir en su voz el tono solemne que exigía la ocasión. Se había otorgado a nuestra escuela una señalada distinción. Con motivo del Año Nuevo, en nombre de los Pioneros y de todos los escolares de Hungría, visitaríamos en su casa al gran Mátyas Rákosi, jefe y guía de nuestro pueblo. El desconocido nos dio detalles de la visita y nos explicó minuciosamente lo que teníamos que hacer, cómo teníamos que comportarnos y qué debíamos responder a las preguntas que nos hicieran. Lo más importante, nos exhortó el desconocido, era no decir nada que pudiera causar tristeza. Todos conocíamos sin duda la máxima de Zoltán Kodály: al cantar hay que sonreír. Que no se nos olvidara. Después del saludo, nos servirían cacao con nata y pasteles. Si la esposa del camarada Rákosi gentilmente nos preguntaba si queríamos más, debíamos responder: no, muchas gracias, porque la visita no debía durar más de veinte minutos. Maja Prihoda recitaría la felicitación de Año Nuevo en húngaro y yo, en ruso. Nos dio el texto que a la mañana siguiente debíamos poder decir de memoria y sin una sola equivocación. Nadie debía saber nuestra misión hasta después y nadie debía ver el texto del saludo. En la barrera de la calle Loránt nos entregarían los ramos de flores y demás instrucciones.

Cuando me despedí de los demás, esta última frase me llevó con la velocidad del rayo a casa de Prém. Ahora se levantaría ante mí la barrera. Él estaba en la cocina, jugando a cartas con su hermano. Apenas salimos de la casa, le dije que por fin íbamos a poder entrar. Y se lo expuse como si fuéramos a entrar los dos. Él tiritaba de frío y golpeaba el suelo con los pies haciendo crujir la nieve. Parpadeó con desconfianza, como si todo aquello le pareciera un chiste malo. Yo ya estaba sacando del bolsillo la cartulina con el texto. Quería enseñárselo como prueba. Pero él me interrumpió, dijo que quería acabar la partida y que me fuera a la mierda.

No se lo tomé a mal. En su lugar, yo hubiera dicho lo mismo. Prém era un mal estudiante que a duras penas conseguía pasar de clase. Y en su casa eran muy pobres. Nosotros tampoco éramos ricos, comíamos judías, garbanzos y patatas podridas, pero de vez en cuando mi madre conseguía vender una alfombra, una alhaja o un objeto de plata. Éramos buenos compañeros, sin olvidar esta insalvable desigualdad. En nuestros juegos de guerra, yo era el oficial y él, el soldado. Prém no quería ser cabo ni sargento, no le gustaban los términos medios. Aquel pequeño incidente no nos impidió, pues, restablecer el viejo orden al cabo de unos días. Y él no disimulaba su curiosidad. Me pedía que le contara la visita varias veces al día. Mi primera descripción ya fue bastante novelesca y, con el tiempo, fui añadiéndole adornos. Me era imposible reconocer que todo lo que hasta entonces habíamos considerado un misterio que debíamos descubrir era en realidad infinitamente aburrido y prosaico. Yo entonces ignoraba que no hay en el mundo secreto menos interesante que el del despotismo.

Todo había transcurrido tal como había previsto el desconocido. En este secreto no hay lugar para las sorpresas. Teníamos que estar, a las siete de la mañana, con uniforme de pioneros, sin gorra, pañuelo ni abrigo, en la barrera de la calle Loránt. Allí nos entregaron dos ramos de claveles, uno a Maja y el otro a mí. Era una esplendorosa mañana nevada, con una temperatura de diez bajo cero, por lo menos. Debíamos de tener un aspecto lastimoso, ya que nuestros padres, justificadamente preocupados, no nos habían dejado salir de casa con la fina camisa de pioneros, tal como se nos había exigido. Todos íbamos bien forrados y, naturalmente, a cada movimiento asomaba algo por debajo de nuestro traje de gala. Esto no se lo dije a Prém, por supuesto, sino que me inventé que al otro lado de la barrera había una unidad móvil bien camuflada en la que nos registraron y, para darle más emoción, puntualicé que las chicas habían tenido que desnudarse del todo. También me inventé que los ramos de flores nos los habían dado allí para que no pudiéramos esconder en ellos algún veneno o bomba. Uno de los guardias los había traído de su garita. A ver, chicos, quién tiene que pronunciar el saludo, preguntó. La rigurosa minuciosidad con que se habían hecho los planes de la visita no cuadraba con su burda ejecución, por lo que, inevitablemente, yo tenía que embellecer mi relato para que se amoldara a mis terroríficas expectativas. La pequeña comitiva avanzaba por la avenida que cruzaba la zona prohibida y que tenía tanta nieve como el resto de las calles. Mis ojos descubrieron con asombro que, contra toda expectativa, no había gran diferencia entre una y otras. En mi relato, la avenida tenía calefacción subterránea, lo que hacía que estuviera no sólo limpia de nieve sino siempre seca. A mano izquierda, un tanto alejadas entre sí, había dos casas bastante deterioradas. A mano derecha, sólo árboles. Un bosque nevado, nada más. Más allá, entre los árboles, una casa fea. Yo conté que nos habían llevado hasta el palacete blanco en una limusina negra. Que a cada lado de la puerta había un centinela armado. Y que habíamos sido conducidos a una sala de mármol granate.

A últimos de octubre de mil novecientos cincuenta y seis, miembros de la Guardia Nacional retiraron las barreras. Al día siguiente, los periódicos daban la noticia de la apertura de la zona prohibida. Pero Prém no me hizo ni el menor reproche por mis mentiras. Yo había mentido, pero tampoco él hubiera podido comprender la realidad de los hechos. Yo le conté lo que él quería oír. O lo que tenía que sugerirnos nuestra imaginación, para comprender lo inconcebible.

Por lo tanto, si a continuación hago prudentes puntualizaciones o pequeñas rectificaciones al relato de mi amigo muerto, no es por el ferviente deseo de servir a la verdad, sino por el de contemplar nuestras circunstancias vitales desde mi propio punto de vista, en mi propio interés. Porque lo que hayamos compartido no puede enfocarse únicamente desde la concordancia, sino también desde la discrepancia. Yo me situaré en el ángulo de un riguroso relativismo moral. Y no estableceré diferencias cualitativas entre mentira y verdad. Yo diría que nuestras mentiras poseen por lo menos tanta fuerza reveladora como nuestras verdades, y si a él le reconozco el derecho a describir su vida como mejor le pareciera, también yo he de poder mentir, fantasear, deformar, silenciar y hasta decir la verdad a mi manera.

En la página seiscientos cuarenta de su manuscrito leo que, tras muchos esfuerzos, conseguí ser admitido en la academia militar y que nos encontrábamos en Kalocsa, de maniobras de otoño, cuando se recibió la noticia del levantamiento y nos enviaron a casa. Y que, después de contarle mi accidentado regreso, me despedí de él, desaparecí en la oscuridad, y no habíamos vuelto a vernos.

Sin duda sería más generoso no contradecirle. Pero no puedo evitarlo. No puedo reconocer su versión como la única válida, porque también tengo la mía. La materia de nuestra historia era idéntica pero cada uno la elaboraba de modo distinto. Por ello, desde mi punto de vista, debo calificar la primera de sus tres inocentes afirmaciones de superficial, la segunda de errónea y la tercera de absolutamente falsa y contraria a los hechos.

Al padre de mi amigo, suponiendo que realmente fuera su padre, lo había visto yo muy pocas veces. En general, apenas se fijaba en mí, a lo sumo, se limitaba a contestar a mi saludo. De esto me acuerdo. Pero no me acuerdo de su cara ni de su figura. Aquel hombre me daba miedo, aunque no hubiera podido decir por qué. Y no era un miedo infundado, ya que era uno de los hombres más despiadados de aquella época; pero de eso no tuve información concreta hasta después de su suicidio. Y si aquel anochecer de últimos de otoño desaparecí en la oscuridad fue porque al ver escalar la cerca a aquel hombre respetado y temido, comprendí que no debía ser testigo de su extraña entrada en casa. Por otra parte, no quería violentar a mi amigo con mi presencia. Así pues, me despedí, pero al cabo de once años justos volvimos a vernos.

Once años después, a últimos de octubre de mil novecientos sesenta y siete, tuve que hacer un viaje a Moscú. No era el primero. Durante el año anterior había tenido que acompañar a mis superiores inmediatos en tres ocasiones.

Siempre nos hospedábamos en una espaciosa y principesca suite del Hotel Leningrad, muy cerca de la estación de Kazan. Antesala, salón y dormitorio con dosel de seda en la cama. Ésta tenía unas dimensiones que ningún mortal hubiera podido llenar. Mi jefe hablaba ruso sólo medianamente, por lo que yo podía lucirme con mis conocimientos del idioma y aprovechaba cualquier oportunidad para ampliarlos. En mi tiempo libre, paseaba por la ciudad, viajaba en el metro y hacía amistades y hasta conquistas. No era nuevo para mí el tufillo dulzón y viscoso de la gasolina que en Moscú todo lo invade, sube hasta el piso trece, impregna el aire de los parques, penetra en el metro y se te adhiere a la piel, el pelo y la ropa. Había conocido a una rubia muy habladora y ocurrente, y esperaba con agrado la ocasión de verla otra vez. Vivía en Pervomaiskaia con su madre, su hermana mayor y una sobrina de provincias. Las fuertes voces de aquellas cuatro mujeronas y su desbordante efusividad casi hacían estallar el minúsculo apartamento. Aquél era mi hogar secreto. Confieso con rubor que nunca, ni antes, ni después, he visto muslos femeninos tan prietos, poderosos y apetitosos. En el verano alquilaban una dacha en la región de Tula, y hacíamos planes para que yo las acompañara al año siguiente. Buscaríamos setas, nadaríamos y recolectaríamos arándanos para perfumar el té en el invierno. Por aquel entonces, yo aún tenía el vivo deseo de ir a Uriv y Alekseievka. También de ello hablamos extensamente. Pero todo quedó en simple proyecto.

Las negociaciones en las que yo intervenía tenían por objeto sentar las bases de una colaboración para la fabricación de productos químicos. El convenio, en el que trabajábamos representantes de varias empresas comerciales, debía ser firmado por los ministros correspondientes en diciembre. Nos encontrábamos en la última ronda. lio quedaba mucho tiempo. Todos estábamos nerviosos, aún no se habían fijado los precios. De todos modos, los precios seguían fluctuando incluso después de ser fijados.

En las transacciones comerciales del mundo socialista se fijan los precios según criterios muy peculiares, completamente distintos de los que rigen en las relaciones comerciales convencionales. Es como si se hiciera caer al gato en la trampa con la que se pretende cazar a los ratones. Solíamos llamarlo el principio de la trampa doble. En los casos más complejos, acabas por no saber quién ha caído en la trampa de quién.

La historia empieza cuando una determinada empresa comercial socialista pide una oferta no a otra empresa comercial socialista sino a una empresa capitalista, de un producto que desea no comprar, sino vender. La empresa capitalista, que no ignora la situación y sabe que la empresa socialista no tiene intención de comprar, no le da el precio real sino un precio deliberadamente irreal que no atente a los intereses de sus verdaderos clientes. La empresa socialista considera este precio real y lo da a su vez a su cliente socialista. Éste, naturalmente, sabe que el precio es irreal y, por consiguiente, hace una contraoferta no menos arbitraria, por una tercera parte del precio. Por lo tanto, vendedor y comprador inician las negociaciones operando con dos precios irreales y, con el tiempo, cierran un trato real. Cuando dos personas que no creen en fantasmas se encierran en una habitación oscura y se ponen a hablar de fantasmas, al final aparece un fantasma, aunque ellos no puedan tocarlo.

El proceso continúa con el intento del vendedor de acortar la diferencia entre los dos precios irreales mediante negociaciones, pero es tanta la disparidad que sólo puede equilibrarse con apoyo oficial. Ahora bien, el comprador sabe que el vendedor puede contar con ayuda oficial, si la transacción interesa por razones económicas o políticas y, por consiguiente, no está dispuesto a permitir que se reduzca la diferencia de precios. Si el comprador se equivoca y el vendedor no cuenta con ayuda oficial, entonces o no se realiza la transacción o el comprador, también por razones políticas, acepta un compromiso. Pero tanto si la operación se realiza como si no, ninguna de las dos partes sabrá con certeza en qué relación se hallan los precios así negociados con los precios reales del mercado mundial.

Mi jefe, que combinaba gratamente los métodos de enseñanza de los filósofos peripatéticos griegos con los hábitos de los reyes franceses y me iniciaba en los secretos de estas negociaciones durante su aseo matinal, estaba convencido de que los rusos eran los oponentes más imprevisibles. Su flexibilidad en unos casos era tan sorprendente como su obstinación e inmovilismo en otros. Se puede negociar con suecos, italianos, armenios de Estados Unidos o con chinos: en todos los casos, marca la pauta la lógica inapelable del propio beneficio. Las diferencias vienen determinadas por los intereses en juego. Cuando se negocia con un ruso, puede uno olvidarse tranquilamente de la lógica.

Después, cuando empecé a cosechar mis propias experiencias, comprendí que mi jefe se había quedado corto en sus descripciones. Exponer detalladamente mis opiniones nos haría salir de contexto, pero, en pocas palabras, creo que los rusos tienen otro concepto de la realidad y la irrealidad. Lo que desde nuestro punto de vista es irreal, porque cuestiona el esquema de los valores reales y bloquea nuestro orden interno, para ellos es un fenómeno casual y desdeñable, ya que su orden interno puede seguir funcionando con independencia del mundo exterior.

Durante el almuerzo del primer día de las negociaciones, mi jefe sufrió un infarto. Para poder despertarlo a las seis, tal como él deseaba y escuchar sus instructivas digresiones sobre economía mientras él tomaba su baño tibio, tenía que madrugar mucho, o se descubrirían mis ausencias nocturnas, porque Pervomaiskaia queda lejos del centro. Por ello, aquella mañana, el sueño me impidió dar importancia a sus quejas de que no se sentía bien. Era un hombre fuerte y robusto.

La mañana no había sido plácida. Era difícil encontrar el tono justo para la negociación. Si renunciábamos a nuestro sentido del humor y aceptábamos lo que ellos consideraban realista, también nosotros actuaríamos de espaldas a la realidad, pero, si no lo aceptábamos y lo tomábamos humorísticamente, no sería menos irreal la relación. En situaciones semejantes te das cuenta de la flexibilidad y paciencia que necesita, para imponer su criterio, el hijo de una nación pequeña. Durante mi época de aprendizaje, yo tenía la sensación de que era preferible dejar atrás lo antes posible las habituales explosiones de mal humor de los preliminares y solía impacientarme porque, en esta fase, mi jefe, que había sido prisionero de guerra durante cuatro años, vacilaba y contemporizaba, a pesar de que ello no nos hacía avanzar.

Después de la sesión de la mañana, almorzábamos con dos importantes miembros de la delegación comercial en el inmenso comedor del hotel. Mi jefe apoyó cuidadosamente el cuchillo y el tenedor en el plato y dijo que deberían abrir una ventana. Dadas las dimensiones del comedor, la observación parecía absurda, y nadie pensó que pudiera faltarle el aire. Nunca había visto a una persona sentada en una inmovilidad semejante. Al cabo de unos instantes, volvió a hablar. Nos pidió que buscáramos el medicamento que tenía en el bolsillo, abrió la boca y sacó un poco la lengua. Tenía la cara cenicienta y reluciente de sudor. No dijo más ni se movió y se le empañaron los ojos, pero aquella lengua extendida nos indicaba que debíamos ponerle la medicina debajo. Tan pronto como la minúscula tableta se disolvió, él reaccionó, soltó el cuchillo y el tenedor, se enjugó la cara y recuperó un poco el color. Enseguida volvió a ahogarse y se puso en pie, inquieto, como buscando aire. Nosotros lo sosteníamos, pero daba pasos tan firmes que lo soltamos. En el vestíbulo se desplomó. Lo llevaron al hospital. Aún vivió dos días, pero no recuperó el conocimiento.

Hubo que interrumpir las negociaciones. Comuniqué telefónicamente al director general lo sucedido, no había grandes esperanzas de recuperación, el enfermo no podía viajar. Rogué que avisaran a la familia. Aunque las conversaciones con mi jefe se limitaban a asuntos profesionales, yo tenía la impresión de que los miembros de su familia, a los que no conocía, debían de parecerse a él: fuertes, ágiles, un poco escépticos pero vitales. El director general dijo que las negociaciones debían proseguirse sin demora. La táctica dilatoria practicada hasta la fecha le parecía mera cuestión de forma, por no decir inoperante. Había que aceptar las ofertas de los rusos. Así lo había ordenado expresamente a mi jefe, que siempre estaba poniendo trabas y objeciones. Me encomendaba la dirección de las negociaciones, que debía encauzar de acuerdo con sus instrucciones. Informaría por telex de su decisión al jefe de la delegación quien, a su vez, comunicaría a los rusos la sustitución. Si todo este asunto no fuera simple cuestión de forma, ya enviaría a alguien. ¡Podía tomar nota! Pero no fueron así las cosas. Finalmente, se encargó de la dirección de las negociaciones a un miembro de la delegación, de rango superior que, po obstante, aduciendo que no había sido debidamente informado, delegó en mí la gestión.

Durante los dos días siguientes tuve que realizar una serie de trabajos de gran responsabilidad. La actividad engendra energía y necesidad de más actividad, y quizá por ello no podía parar en mi cama con dosel, a pesar de comprender que el teléfono podía sonar de un momento a otro y, no sin cierto sentimiento de culpabilidad, dormía en la Pervomaiskaia. Allí, en el tranquilo abrazo de un cuerpo de mujer fuerte y cálido, reviví la muerte de mi padre, perdido ya para siempre.

Ni el abrazo podía ahuyentar la muerte. En un estado de duermevela, me deslizaba por un paisaje nevado. Era una escena que llevaba dentro y que se me representaba constantemente.

Más de dos semanas después de que el enemigo rompiera la cabeza de puente de Uriv, el veintisiete de enero de mil novecientos cuarenta y tres, mi padre partió en un camión para informar de la situación. Era el día en que habían empezado la retirada. Faltaba muy poco para que su unidad quedara rodeada. En mi sopor, siempre llegaba a un punto en el que me quedaba dormido o tenía que volver a empezar. Se sabía que, en su retirada, a las veinte horas treinta minutos, el batallón se había tropezado con tropas rusas y, al cabo de media hora, las bajas eran del cincuenta por ciento. Pero el resto había conseguido abrirse paso. A unos seiscientos metros del escenario de la lucha fue hallado el camión en el que mi padre había salido a primera hora de la mañana. Con impactos de bala y las puertas abiertas. Vacío.

Esperamos a mi padre durante años, puesto que el camión estaba vacío.

Tengo una foto suya, que nos envió desde el frente. Un inmenso campo de girasoles, bajo un cielo vacío. En medio del campo, una pequeña figura humana, hundida en las flores hasta la cadera.

Al segundo día por la mañana, al regresar al hotel, oí desde el pasillo el insistente timbre del teléfono. Es un sonido inconfundible. No necesitaba levantar el auricular. Pero el ser humano es estúpido. Levanta el auricular para enterarse de cuándo sucedió lo que ha sucedido. Una hora y media después, reanudábamos las negociaciones. Reinaba un ambiente extraño. Los rusos nos expresaron su condolencia, conmovidos, a pesar de lo cual nos sentamos todos a la mesa, tratando de hacer como si nada hubiera ocurrido. Reforzaban la impresión las habituales deliberaciones sobre el orden del día y el ostentoso manoseo de papeles y carpetas. Cuando me llegó el turno de hablar, no pude menos que pronunciar un breve elogio fúnebre. Y aquellos hombres, bastante mayores que yo y curtidos veteranos de guerra la mayoría, escucharon en atónito silencio mi descripción de nuestro ritual matutino en el cuarto de baño.

A nosotros, los húngaros, la muerte nos inspira horror. Para los rusos, por el contrario, es como el signo débil de su alfabeto, que es mudo pero debilita el sonido de la consonante que lo precede. Durante las dos últimas noches pasadas en la Pervomaiskaia, mi intuición me había permitido percibir esta diferencia. La rusa fue la primera mujer -y, durante mucho tiempo, la única- en cuyos labios despertó mi boca.

Terminada mi pequeña oración fúnebre, casi sin hacer una pausa, pasé al tema de las negociaciones. No pretendo disculparme si digo que no me guiaban motivos ocultos. Pero me salté las instrucciones de mi director general. Yo no sentía más que el horror de la muerte, y esto me hacía obstinado. Al cabo de diez minutos, los rusos habían aceptado todas mis propuestas. Dedicamos el resto de la jornada, que no interrumpimos para el almuerzo, a fijar los detalles. El colega de la delegación comercial no se atrevió a hacerme reproches, pero le escocía que hubiera obrado por mi cuenta. Ambas partes deseaban acabar lo antes posible. Si más no, porque era la víspera del seis de noviembre, fiesta nacional rusa, y una hora en la que ya no se trabajaba.

Volví al hotel al anochecer. Estaba tenso, sobreexcitado por falta de sueño, en un estado en el que uno se siente especialmente enérgico. Estaba deseando quitarme la corbata y el consabido traje oscuro y marcharme a la Pervomaiskaia. No podía felicitarme por mi intervención, a pesar de que había sido todo un éxito. Era demasiado alto el precio. Porque el éxito no era mío sino del muerto, no había triunfado yo sino la muerte. El director general no me haría reproches y, si me los hacía, la delegación comercial se vería obligada a defenderme, pero con mi proceder me había ganado su antipatía. Durante mucho tiempo, se me consideraría poco digno de confianza y, en estas condiciones, no se puede ascender. Éste era mi ánimo mientras iba hacia el ascensor.

Estaba casi lleno, pero la ascensorista me esperaba. Yo dudaba, porque no me apetecía mezclarme con aquella gente. Además, había podido darme cuenta de que eran húngaros, circunstancia que me repelía más que atraía. Entonces me fijé en una muchacha de pelo castaño y rizado que llevaba un abrigo largo con cuello de piel. En aquel momento, la adusta acensorista, contestando a una pregunta decía: no, imposible, ahí se celebra un banquete. Y todos se echaron a reír, como si acabaran de oír un chiste muy gracioso. Banquete, banquete, ¡gritaban. En medio de aquella infantil algarabía, entré en el ascensor. No me sentía cómodo. Mis compatriotas, cuando viajan por el extranjero solos, suelen sentirse perdidos, pero, si van en grupo, se comportan con un desenfado que roza la majadería. Supongo que también ellos adivinaron mi nacionalidad. Y reaccionaron del mismo modo que yo. Su alegría decayó. Yo me situé en un lugar que me permitiría contemplar a la muchacha desde cerca. El abrigo negro, entallado y un poco anticuado, envolvía una figura esbelta, y el cuello de zorro plateado enmarcaba suavemente una cara enrojecida por el frío. En el pelo, las cejas y hasta en las pestañas, se fundían diminutos copos de nieve. Aquel día caía la primera nieve. Nevaba desde el amanecer.

En mi estado de abúlica indiferencia, pienso: esto es lo que yo necesito. Y veo en sus ojos que ella no sólo capta mi mirada sino que comprende su significado. No le parece impertinente, pero tampoco responde. No siente lo mismo que yo pero no me rechaza. Comprende y acepta lo que le ofrezco, pero sin ansia. Casi con indiferencia Pero no sin curiosidad. Incluso con cierta displicencia, como diciendo: pronto, pequeño, vamos a ver qué más puedes ofrecerme. Subidos casi tres pisos mirándonos a los ojos. Estábamos pendientes el uno del otro, pero ella trataba de disimular, mientras que yo tenía la impresión de que a mi lado alguien me miraba sin pestañear, como si pudiera leerme en la cara lo que me proponía. Tenía que desistir. Pero vacilaba, porque desviando ahora la mirada podía dar la impresión de que era incapaz de sostener la de la muchacha, a pesar de que era aquella otra mirada la que no podía resistir.

No sabría cómo describir los sentimientos que experimenté en el momento en que volví la cara y miré de cerca al impertinente desconocido. De mayores, siempre mantenemos una cierta distancia de la cara de otra persona mayor, distancia que determinamos nosotros mismos, regulándola de acuerdo con nuestro interés e intenciones. Pero aquella cara, por mucho que hubiera cambiado, venía de la lejana infancia y la sentí insoportablemente cerca. Me invadió una gran ternura. Me parecía tener delante, no a una persona, sino una etapa de mi vida. Todo había cambiado y todo seguía igual. Lo transitorio de mí y lo inmutable de los rasgos de aquella cara. Al mismo tiempo, me asombraba y repugnaba a la vez descubrir, en la cara de un adulto extraño, las facciones de un niño muy conocido. No me gustaba esto. Nos escudriñábamos mutuamente. También él estaba indeciso. Y nuestra indecisión nos delataba. No había escapatoria. A pesar de que los dos hubiéramos rehuido este encuentro con tanto afán como lo habíamos deseado. Y es que no hay nada tan humillante como la casualidad. Excepto el querer sustraerse a ella.

Esta casualidad, empero, no podía reportarme ventaja alguna. Todo lo contrario. Sólo inconvenientes. Yo estaba deseando llegar a mi habitación. Abrir la nevera, tomar un buen trago de vodka y marcharme de allí lo antes posible. Quien busque consuelo en la bebida sabrá lo que supone cada minuto de abstinencia. Aquel encuentro me recordaba algo que yo no tenía deseos de recordar. Pero no podía evitar la casualidad. Creo que nuestras manos se movieron a la vez, y en aquel movimiento se encontraron dos ansiedades distintas. Pero no nos dimos las mano con soltura, estábamos muy cerca para eso, sino que nos las apretamos casi con rudeza. Dos manos asieron las mías con movimiento inseguro y volvieron a soltarlas inmediatamente, casi rechazándolas. Los dedos apenas se rozaron, pero algo más que eso hubiera sido demasiado. Y, acompañando al movimiento, las preguntas entrecortadas, qué haces aquí. Precisamente aquí. Como si el Aquí tuviera un significado especial. Yo di mi explicación y me puse colorado, algo que me ocurre muy raramente. Él murmuró no sé qué de una delegación artística, y señalaba a los circunstantes con una sonrisa cínica y estúpida. Es un circo que se repite todos los años. Su tono me resultaba extraño, desconocido. Pero eso era sólo el aspecto externo de la situación. Su voz y mi sonrojo no eran sino un camuflaje necesario para protegernos. Porque en realidad aquel momento ponía de manifiesto que ninguno de los dos, ni él ni yo, por distintos que fueran los caminos que hubiéramos seguido, ni entonces ni después, había querido ni podría querer a otra persona tanto como nos queríamos entonces. Esto decía la confesión. Y que seguíamos queriéndonos, a pesar de que los dos habíamos cambiado, aunque de forma distinta. Porque aquello era una parte viva de nuestra existencia. No podíamos remediarlo. Era algo que no tenía sentido ni objeto, ni era un medio para un fin. Nada podíamos hacer nosotros. Yo había enrojecido porque había querido y podido olvidarlo. Él estaba incómodo porque no lo había olvidado, ni, probablemente, hubiera podido olvidarlo.

La expresión de su cara era tan fluida e indefinible como si cada línea, cada trazo, cada rasgo, tratara de expresar tres cosas a la vez. Hubo un momento en que temí que se pusiera sentimental y empezara a hablar de los viejos tiempos delante de aquellos desconocidos. Pero, finalmente, cuando yo me inclinaba ya por un abrazo amistoso y, a fin de cuentas, inocuo, él lo rehuyó con firme autodisciplina. En su cara había una expresión fría y vulnerable, y en sus ojos, temor, pero el tono de su voz era cínico. Aunque no era yo, sino él, quien seguía siendo dueño de la situación. Y es que cuando a mí no me guía la fría razón, cuando no comprendo el sentido, intención, objeto, causa y efecto de un gesto, me quedo petrificado. Y no puedo responder a una situación ni a una persona. Pero él parecía no tener dificultad para exteriorizar sus sentimientos. Se echó a reír. A mí me hubiera gustado poder cerrar los ojos. El encuentro no podía ser más oportuno, dijo con tanta naturalidad como si nos hubiéramos visto la víspera, ahora venían de una recepción y luego irían al Bolshoi, a una función de gala. Que prometía ser todo un acontecimiento. Como si me invitara a merendar tarta de mermelada en casa de su abuela, dijo que cantaba Galina Vishnevskaia. Les habían reservado todo un palco y les sobraba una entrada, para mí. Tenía que ir con ellos.

Aquel irritante tono forzado de su voz me indujo a buscar una excusa. Ya estábamos en el corredor del piso trece, delante de la mesa de las llaves de la encargada de planta. Los demás se fueron a sus habitaciones sin decir nada. Le respondí que lo sentía mucho pero que no tenía tiempo. Involuntariamente, por encima del hombro, seguí con una rápida mirada a la muchacha del pelo castaño. Dije que tenía un compromiso. La muchacha, sin prisa, abrió la puerta de su habitación y entró sin mirar atrás. Entretanto, comentábamos jocosamente que, al parecer, a los húngaros siempre nos reservaban el piso trece. ¿Podríamos vernos mañana a la hora del desayuno? Pero no después de las ocho. Porque iban a ver el desfile. Tomaríamos una copa de champaña.

Reconozco que, en cuanto cerré la puerta de mi principesca suite, olvidé aquel encuentro como se olvida un pequeño incidente desagradable. No me apetecía un desayuno con champaña. No encendí la luz. El reverbero de la nieve alumbraba suavemente las habitaciones y abajo murmuraba la ciudad. Qué podían significar aquellos breves momentos, comparados con los acontecimientos de los días anteriores. Nada más que confusión y complicaciones. De todos modos, mientras yo me dedicaba a trabajar de firme, ellos se divertían. Sin quitarme el abrigo, me dejé caer en una butaca. Nunca me había sentido tan cansado. No eran los huesos ni los músculos. Era el corazón, que desfallecía. Las venas habían dejado de transportar sangre. En mí todo estaba vacío. Ni ganas de vodka tenía. Es decir, ganas tenía, pero no fuerzas para levantarme. Pero no es esto exactamente lo que quiero decir, porque la sensación era la de que debía hacer acopio de fuerzas, pero para ello necesitaba unas fuerzas que no tenía.

No, así no, así no quiero seguir, me repetía. No sabía a qué podía referirse esta negativa. Pero esto me decía, nada más. La cabeza y los brazos me colgaban inertes. Tenía las piernas extendidas y separadas. A pesar de todo, no acababa de rendirme a aquel estado. Una mirada fría y observadora lo hubiera tachado de sentimentalismo. Como si estuviera actuando en una insípida obra teatral con brazos y piernas flojos. Y ni siquiera hiciera bien mi papel. Deseara salirme de él. Tenía la sensación de que iba a subirme la fiebre, y sentí calor en aquella habitación grande y fría. Me había quedado dormido.

La idea de que me habían olvidado allí me sacó de mi sueño con un sobresalto. Como si algo gritara ¡Fuego! en mi interior. Quizá no fue idea ni grito, sino la clara imagen de la desconocida que abría sin prisa la puerta de su habitación sin volverse a mirarme, tal como yo esperaba. No sabía dónde me encontraba. Mientras me levantaba de la butaca, hice un rápido cálculo. No podía haber transcurrido mucho tiempo. Aquella mujer no se me podía escapar. Si no hay más remedio, la seguiré. O me sentaré delante de su puerta, a esperar a que vuelva. Aunque aquel sentimiento nada tenía que ver con mi niñez, que la cara de mi amigo me había evocado, era infantil. Lo mismo que cuando los demás se iban a jugar sin decirme nada porque no querían que fuera con ellos. Si mi habitación era la número tantos, la suya, que estaba tantas puertas más allá, debía de ser la número cuantos. Mientras marcaba, miré el reloj. Las seis y media. Había dormido veinte minutos.

¿Diga?

En aquella pregunta vibraba una ligera inseguridad. Como la del que no sabe en qué lengua tiene que hablar. Aquella palabra tuvo la virtud de trastornarme. De alegría, pero era una alegría matizada de un temor desconocido. Era la primera vez que oía su voz. En el ascensor, no había dicho nada a sus compañeros de viaje. Por eso no la conocía. Era una de esas voces femeninas que me impresionan vivamente. Que parecen salir de lo más profundo del cuerpo, con un núcleo áspero y una superficie lisa. No era una voz delicada, le sobraba firmeza para eso. Plásticamente, la imaginé como una canica oscura. Que cabe bien en la mano, pero es casi imposible penetrar en ella. Cuando lo consigues, ya no es una canica.

Me presenté y disculpé con frases corteses. Tras un largo preámbulo, dije que lo había pensado mejor y que me gustaría ir con ellos al teatro. Procuraba retenerla el mayor tiempo posible. Ella me escuchaba pacientemente. Pero era una isla de silencio que yo circunnavegaba con mis palabras. Como no sabía cuál era la habitación de mi amigo, la llamaba a ella. Aunque no sólo por eso. Que si tendría la amabilidad de darme el número. Ella dijo únicamente que tenía que apresurarme. Tendrá que darse prisa, dijo. Yo la había tuteado pero ella me trataba de usted. Volví a tutearla y ella a hacer como si no me oyera. Sus palabras eran tan reservadas como lo habían sido sus miradas en el ascensor. Me dejaba hablar sin inmutarse.

No daría tanta importancia a aquella breve conversación si la hubiera seguido una de tantas aventuras relativamente placenteras. Pero le siguió una lucha encarnizada que duró cuatro años. Que también podría llamar un tormento, una tortura constante, un abismo, la etapa más oscura de mi vida hasta entonces, si no hubiera estado impregnada de una esperanza de felicidad. Pero la dicha que nos procurábamos el uno al otro siempre era inesperada, imprevisible y tanto podía durar semanas como días, horas o minutos. No nos cansábamos de buscarla, pero nos rehuía. Lo que quedaba era el dolor, el dolor por la felicidad esquiva, o el goce del dolor.

Y ello a pesar de que los dos deseábamos que el profundo sentimiento que nuestro encuentro hizo nacer en nosotros durase toda la vida. Buscando aquella dicha huidiza, nos imponíamos condiciones, sin darnos cuenta de que con estas imposiciones estábamos destruyéndonos. Ella exigía de mí absoluta fidelidad, mientras que yo quería conseguir que ella aceptara mis infidelidades como prueba de mi lealtad. Era inútil que le jurase que nunca había querido a nadie como a ella y que, para neutralizar aquel sentimiento de una intensidad hasta entonces desconocida, necesitaba mantener una apariencia de libertad. No podía vivir sin ella, pero a su lado me convertía en un vaso comunicante defectuoso. Si yo me violentaba, si renunciaba a mi libertad y, para cumplir sus condiciones, ni siquiera miraba a otras mujeres, mi necesidad de alcohol se agudizaba. Pero si, distraído por aventuras triviales, reducía mi consumo de alcohol, la tensión entre nosotros crecía de modo insoportable. Cuando ella, teóricamente, podía creerse más segura, mayor era nuestra mutua degradación, porque ella se servía de los métodos más denigrantes para espiar y husmear, por lo que en dos ocasiones llegué a golpearla, y me costó un considerable esfuerzo no hacerlo más a menudo. Sus sospechas no carecían de fundamento, pero en realidad no eran mis aventuras la verdadera causa de sus celos, sino mi forzada fidelidad. Tampoco yo la pegué porque utilizara a sus amigas para espiarme, sino porque no podía comprender por qué no me comprendía. Ella lo percibía todo. Conocía la causa y razón de cada uno de mis actos. Sabía que la fidelidad que me exigía me producía una tensión intolerable, que hacía mi comportamiento falso y forzado, porque yo no estaba acostumbrado a renunciar a nada. Cuando con sus celos nos había atormentado a ambos de tal manera que yo no podía menos que buscar alivio en una aventura banal sin la menor trascendencia, ella me amenazaba con la ruptura definitiva. Podía estar semanas sin dirigirme la palabra más que para darme los buenos días. Sin responder a mis preguntas ni mis súplicas, ni reaccionar a mis amenazas, mis exigencias, mis ruegos y mis juramentos. Como si quisiera castigarme por el mero hecho de estar vivo. Como si, jugando a perder, me obligara a buscar la victoria y luego no quisiera dármela. O sólo pudiera ganar si me perdía para siempre, sabiendo que yo no podía renunciar a ella.

Éstas eran las funestas consecuencias del viciado sistema de valores de mi juventud. El que no fueran principios éticos ni estéticos sino la pura necesidad lo que determinara el valor y el significado de mis actos hizo que se desdibujaran los límites entre libertad y libertinaje. Hasta que, al cabo de cuatro años, durante una tregua, repentinamente, decidimos casarnos. Desde entonces han pasado seis años terriblemente difíciles.

Sólo sé que aquella tarde de noviembre entré, de un modo bien curioso, en un oscuro período de mi vida. Ella me convirtió en un adolescente inseguro y nervioso, algo que nunca fui. Pero no lo fui no sólo por mi carácter y mis dotes sino también por casualidad. Una vida completa incluye también las etapas perdidas o malogradas, pero lo que uno no vive en su momento ya no se recupera después, y eso no puede uno reprochárselo a sí mismo ni a los demás.

Hasta los dieciséis años no me interesaron especialmente las chicas. Su admiración me parecía tan natural como la insensata idolatría que me profesaba mi madre. Cuando por alguna razón perdía las simpatías de una muchacha, otra ocupaba su lugar. Y siempre había una tercera y hasta una cuarta dispuestas a cubrir la vacante. Acepté las imperiosas señales de mi madurez biológica con la convicción de que no debía resistirme a ellas ni darles excesiva importancia. De todos modos, aún hoy me parece extraño que mi flamante virilidad se hiciera notar, más que en mis sueños y mis relaciones con las chicas, cuando viajaba en tranvía o autobús, con el traqueteo, sobre todo en las curvas. No me molestaba aquello, ni trataba de evitarlo, solía taparlo con la cartera, aunque a veces era tan fuerte la excitación que, para evitar un percance, tenía que apearme deprisa y corriendo. Y esto era suficiente, porque la tensión física, la excitación del cuerpo, no estaba dirigida a una persona en concreto, hasta parecía independiente de mí, sólo estaba asociada al movimiento.

En mil novecientos cincuenta y siete, el verano llegó de repente. En la ciudad había aún muchas casas en ruinas. Parecía que el verano, con sus ímpetus, traía vida nueva a la ciudad. Cuando se reanudaron las clases, mi madre y yo tuvimos varias peleas histéricas, de las que ella salió vencedora; no permitió que volviera a la acaderrua militar sino que rae inscribió en un instituto de segunda enseñanza de Zugló. Una tarde, después de acompañar hasta su casa de la calle Gyertyán a uno de mis nuevos amigos, subí a un tranvía. Debía de ser a últimos de mayo. Cuando pienso en aquella tarde, veo castaños con sus flores blancas en forma de gruesos velones.

Como de costumbre, yo viajaba en la plataforma. Las puertas correderas estaban abiertas y el viento cálido barría el coche casi vacío. En el otro ángulo de la plataforma viajaba un joven. Tenía los pies separados, para mantener el equilibrio, porque llevaba las manos en los bolsillos. Al otro lado de la puerta abierta había una joven rubia con un vestido de verano muy fino, casi transparente. Tenía las piernas desnudas y bien torneadas y calzaba sandalias blancas. Se sostenía de las correas con las dos manos y no llevaba en ellas más que el billete. Quizá por esta razón, o quizá por otra, producía una impresión de desnudez. Al principio, yo miraba a la mujer y ella miraba al hombre, pero cuando ella advirtió mi curiosidad y volvió hacia mí sus risueños y descarados ojos azules, yo, rehuyéndolos, me volví hacia el hombre que, a su vez, detectó en la mirada de la mujer el juego que se había iniciado entre ella y yo. Era un hombre gris, de estatura y complexión medianas. Si de su persona algo llamaba la atención era su piel oscura y tersa, la frente lisa y reluciente y, más mate, el antebrazo, entre la camisa subida hasta el codo y el borde del bolsillo del pantalón. Parecía que tanta suavidad tenía que ir más allá de la superficie. Cuando, siguiendo la dirección de la mirada de la mujer, él se volvió hacia mí, yo, por un pudor incomprensible, tuve que desviar la mirada. Entonces volví a mirar a la mujer, porque quería ver qué decían sus ojos a todo aquello.

Era robusta, blanca, llena, casi gruesa, estaba en ese punto en el que la alimentación y la energía vital están equilibradas: lo que se come y se bebe por placer no supera lo que el organismo es capaz de quemar. Sus bien proporcionadas formas parecían no ya llenar el vestido sino querer reventarlo. El viento la despeinaba y le hinchaba la falda, descubriendo la parte interna de las rodillas, blanquísima y fuerte. A veces, oscilaba, como meciéndose en el placer que le causaban nuestras miradas. No tendría más de veinte años, pero daba una sensación de maciza solidez, como una estatua de piedra, esculpida para la eternidad. Con lo que no pretendo decir sino que era a la vez tangible e impenetrable como la piedra.

Cuando nuestras miradas se encontraron por tercera vez, ella se rió enseñando unos dientes un poco torcidos, y yo transmití al hombre aquella risa que involuntariamente había captado, para advertir inmediatamente que ella la había recibido ya de él en una forma mucho más discreta y reservada. Él le pasó mi sonrisa. Y entonces, los tres a la vez, desviamos la mirada.

Al paso del tranvía, desfilaban rápidamente los árboles y las casas de la ancha avenida. Los tres a la vez desviamos la mirada, pero no puedo decir adonde fue. La sonrisa que no habíamos podido borrar de nuestros labios se acentuó, y parecía que en el mugriento suelo del tranvía se nos había perdido algo muy importante, porque nuestras miradas estaban dirigidas al centro geométrico del imaginario triángulo que formábamos, pero enseguida levantamos la cabeza, los tres a la vez. Nuestras risas ya no eran tan armoniosas. La de la mujer era chillona y burbujeante, como un gorjeo que escapara de su garganta y ella tratara de ahogar. Al hombre casi no se le oía reír, resoplaba como si tratara de formar palabras, era la suya una risa entrecortada casi parlante, que me hizo advertir en su cara tersa un rictus amargo y profundo que le impedía soltar la carcajada, a pesar de que su hilaridad parecía más fuerte que la nuestra, y entre una y otra oía también mi propia risa de caballo que revelaba mi ingenuidad, aunque esto no me importaba. El tranvía iba ahora más despacio, pero a mí me parecía que nos llevaba a una velocidad de vértigo. Quizá la persona no sea realmente libre sino cuando se entrega por entero al momento, dejando obrar a su Yo, sin pensar en las consecuencias.

La risa era incontenible, a pesar de que se asustaba de sí misma, que tenía miedo de su osadía, y no era sólo que nuestras risas se alimentaran entre sí sino que cada uno de nosotros disponía de reservas inagotables; adelante pues, no había de qué avergonzarse, podíamos llorar de risa. Y esto me era tanto más grato por cuanto que yo ya empezaba a temblar de miedo; me sentía y me veía temblar los brazos y las piernas. Al acercarse al cruce de Thókóly-Dósza, el tranvía reducía la velocidad. El joven se apartó de mi lado al mismo tiempo que se liberaba de su risa. Sacó la mano del bolsillo y, reclamando atención, levantó el dedo. Un único dedo, por encima de la cabeza. Nosotros mirábamos aquel dedo levantado en el aire y al momento cesó la risa. La mujer soltó la correa. Se quedó quieta, con el billete en la mano, el descaro había desaparecido de sus ojos azules. Andando lentamente, salió a la plataforma. Lo que iba a ocurrir no podía estar más claro, y mi temblor era muy fuerte como para que yo pudiera hacer algo por impedirlo. Con movimientos elásticos, el hombre saltó del tranvía a la isla de peatones, pero no miraba a la mujer que lo seguía torpemente sino a mí y a la cartera que yo, para disimular, me había puesto delante del vientre. Aún hubiera podido mantenerme al margen. Dos grandes ojos oscuros y brillantes me lo impidieron. No había nada que pensar.

Probablemente, aquella breve pausa hizo que pareciera aún más frenética la carrera que siguió. Necesitábamos toda la boca para respirar, pero a pesar de todo nos reíamos, mientras nuestras suelas batían el suelo. Cruzábamos calles y sorteábamos a la gente, midiendo los movimientos de brazos y piernas para subir y bajar bordillos. El hombre galopaba cimbreándose, y cada movimiento era para nosotros una señal. Lo que no había podido expresar con la risa lo decía ahora con su manera de correr, con los movimientos de los hombros, con el cuello doblado hacia atrás, con la espalda erguida que no sólo nos marcaba la dirección sino que parecía hacer de ello un juego. Como si, después de dejar atrás a los contrincantes, ya estuviera en la recta final y fuera a llegar a la meta de un momento a otro. Rápidamente, cambió de dirección, torció por una calle lateral y cuando nosotros, un poco irritados ya, le seguimos, desapareció por una puerta abierta sin frenar su carrera. La mujer corría de un modo francamente cómico, con zancadas pesadas, pero sin quedarse atrás. Al día siguiente busqué el nombre de la calle.

Era un lugar oscuro y fresco que olía a gato. Nos apoyamos en una pared agrietada. Nos mirábamos a los ojos midiéndonos mutuamente. Aún hubiera podido retirarme, pero la carrera me había quitado el temblor, y una voz suave y firme me instaba a quedarme. Si no ahora y así, tendría que ser otra vez y de otro modo, ¿por qué no aquí y ahora? Nuestra respiración era un jadeo ronco. Nos miramos como si ya estuviéramos al final de la historia y no al principio. Todo estaba tranquilo. Nada teníamos que temer. La mujer estornudó y siguió jadeando. Esto también hacía reír. El hombre se puso el índice en los labios con ademán imperioso y, sin modificar la actitud, empezó a subir la escalera.

Por las rendijas de las persianas entraba el sol de la tarde en la casa vacía. Las ventanas y las puertas estaban abiertas y se notaba una ligera corriente de aire. Ni en el largo corredor ni en las tres habitaciones que se comunicaban entre sí había ni un mueble. En el centro de la principal había unos colchones con sábanas color de rosa no muy limpias, la de encima y la manta, arrugadas, tal como las había dejado al levantarse. De algún que otro gancho olvidado en las paredes colgaban aquí una camisa, allí un pantalón y en un rincón había zapatos. Comprendí que aquello no tenía nada de convencional. Yo ignoraba absolutamente todos los gestos del ritual y, no obstante, di el primer paso. Me tendí boca arriba en el colchón y cerré los ojos. Con lo que manifestaba mi inexperiencia: los experimentados eran ellos. Desde que habíamos entrado en la casa, no habíamos pronunciado ni una palabra. Pero no hacían falta explicaciones. Deduje que me encontraba en una casa que había quedado abandonada a últimos de diciembre o primeros de enero. El hombre debía de ser un ocupante ilegal. No podía ser pariente ni conocido de los antiguos inquilinos, o le hubieran dejado una mesa, una cama o una silla. Debía de haberse colado en el piso vacío. Si hubiera sobornado al portero o éste le hubiera dado la llave, hubiéramos podido reírnos tranquilamente en el portal.

No podría decir cuánto rato estuve en aquel piso. Quizá una hora, quizá dos. Los tres teníamos posturas diferentes, nosotros dos, boca arriba y ella, boca abajo, cuando me di cuenta de que allí sobraba yo, a pesar de que ninguno de ellos se había movido, y esto me violentaba. Quizá la calma que ellos irradiaban tenía ahora otra calidad que hacía que la energía que hasta entonces había circulado entre los tres con regularidad cambiara ahora de dirección. Como si, con aquella extraña calma, quisieran alejarse de mí, y yo, con mi inquietud, ya no encontrara lugar entre ellos. Suavemente, con la yema del dedo, rocé la parte inferior de la rodilla que la mujer tenía un poco levantada. Yo deseaba que durmiera. Si no dormía, la doblaría y me oprimiría el dedo. Ella se movió. Primero, volvió la cabeza hacia el hombre y después retiró la rodilla de mi dedo. El hombre abrió los ojos lentamente y su mirada reflejó con claridad lo que le daba a entender la mujer. Imposible no darse por enterado. De nada servirían nuevos experimentos. Yo hubiera debido sentir unos dolores insoportables si no hubiera visto en los ojos del hombre una expresión casi paternal. Yo yacía en el colchón completamente indefenso, pero mi persistente erección no podía ofender el sentido del pudor, ya que se refería a lo que hasta entonces había sido nuestra actividad común. No obstante, levantarse en aquel estado era arriesgado. Esperé y cerré los ojos. Pero entonces vi todavía con más claridad lo que me habían dado a entender: querían estar solos. Recogí la ropa que estaba esparcida por el suelo, y una vez me hube puesto la camisa, el calzoncillo y el pantalón y me hube abrochado las sandalias, vi que se habían quedado dormidos y no me pareció que estuvieran fingiendo.

No habían hecho ningún gesto que pudiera ofenderme. No obstante, durante los días que siguieron, me sentí como el que ha sido expulsado del paraíso por haber cometido un pecado mortal. No era la expulsión lo difícil de soportar. Yo me había marchado voluntariamente y por propia conveniencia. Pero no quería renunciar al placer recién descubierto. Al día siguiente a mediodía volví a la casa de la calle Szinva. Las persianas de las ventanas del segundo piso seguían cerradas. Sin duda, yo esperaba que la mujer me abriera la puerta, imaginaba encontrarla sola. Giró el pequeño disco de latón de la mirilla, el hombre debió de reconocerme. Despacio, suavemente, la mirilla se cerró.

Bajé la escalera tambaleándome, procurando no hacer ruido. No comprendía por qué el hombre me había alentado con la mirada. Estuve dos días rondando la casa. Me sentía estafado. Si entonces me hubiera entregado por completo a mi dolor, probablemente, muchos aspectos de mi vida se hubieran configurado de otro modo. El dolor me hubiera dado la ocasión de reflexionar sobre lo ocurrido y sacar conclusiones. Porque, reflexionando, hubiera hecho el pavoroso descubrimiento de que había conocido el amor físico merced al cuerpo de un hombre, no únicamente por él pero sí también a través de él, a pesar de que nunca, ni entonces ni después, he tocado el cuerpo de otro hombre. Ni siento deseos de hacerlo, si acaso, una vergonzante curiosidad. De todos modos, nos habíamos comunicado a través del cuerpo de la mujer. Al tratar de poseer a la mujer, instintivamente, los dos hombres habíamos buscado un ritmo común. Y ahora me privaban de esta sensación, pero también se privaban a sí mismos. Algo había ocurrido, pero lo que habían obtenido de mí sólo podrían utilizarlo entre ellos. Y yo aprendería a utilizar con otros lo que había aprendido de ellos. Así pues, aquella mirada alentadora y paternal del hombre se refería a mi futuro, no era una invitación a volver.

Por supuesto, entonces no reflexioné sobre estas cosas, no podía. Busqué distracción, rehuí el dolor, desvié por cauces más convencionales el deseo de una repetición. Me tracé mis propias reglas de conducta. No volví a parchear, abrazar, besar a las chicas, no les he hecho la corte ni he corrido tras ellas, ni he suspirado, ni les he escrito cartas de amor. Sé prudente, me decía a mí mismo con aquella mirada paternal y alentadora que me había apropiado del desconocido. Aunque yo no ignoraba la procedencia de aquella mirada de sabiduría y superioridad, me servía de ella. Y, en cierto modo, todavía me sirvo de ella. Y las chicas o, por lo menos, las chicas con las que quiero iniciar una relación, siempre se muestran comprensivas.

Yo había salido a un mundo abierto, en el que no rigen las leyes de propiedad y apropiación exclusiva, en el que no entabla uno relaciones con un individuo determinado sino con todos. Es decir, con ninguno. Además, mi madre, desde que yo pueda recordar, me disuadía de corresponder a sus sentimientos; medida muy prudente y previsora. Ella amaba en mí al marido que había perdido y cuya pérdida mis sentimientos sólo hubieran podido suplir a costa de un engaño trágico. Ello me evitaba los sufrimientos del amor, y por esta razón yo no comprendí hasta muy tarde que los sufrimientos constituyen una parte tan importante de las relaciones humanas como las alegrías. Yo me defendía encarnizadamente del dolor. Y, puesto que mi atractivo físico me brindaba excepcionales ventajas, que, por otra parte, no me compensaban de los inconvenientes que me causaba mi origen familiar, tampoco imaginaba que alguien pudiera esperar de mí sentimientos de intensidad equivalente a los suyos. Pero la tensión existente entre mi situación en la vida y mi aspecto físico me imprimió el impulso necesario para que a toda costa tratara de instalarme en un mundo que, tanto si me adoraba como si me rechazaba, no pretendiera afectar a mi vida entera.

El entusiasmo y la adoración se referían a mi atractivo puramente físico, el rechazo, a mi situación social. A diferencia de mi amigo, cuya mayor ambición consistía en conocer, conquistar, comprender, atar y poseer a otra persona, mi propia necesidad de conocer y poseer no estaba determinada por el deseo avasallador e insensato hasta la autodestrucción de comprender e identificarme por completo con otra persona, sino por el afán de ordenar mi vida. A los dos nos faltaba una mitad. Yo tenía un hogar pero no tenía patria. Él tenía patria pero no tenía hogar.

Por lo que respecta al autocontrol en cuestiones prácticas, no era yo más irracional que mi amigo. Este autocontrol era la salvaguardia de mi libertad. Yo utilizaba para mis fines la simpatía que despertaba en mis semejantes y, a mi vez, reprimía mis propias inclinaciones cuando no se ajustaban a una situación dada y podían impedir el logro de mis fines. Sírvame esto de justificación moral. Nunca esperé de otra persona más de lo que yo estaba dispuesto a dar. Más bien al contrario. De este modo llegué a adquirir una ecuanimidad inmutable que descartaba de antemano la posibilidad del enamoramiento. La primera aventura que me deparó placer físico determinó sin duda las demás, pero fue sólo parte de un proceso. Cuando es utilizado como un instrumento, seguirá siéndolo en su relación con otras personas. La calidad de mi primera aventura sexual me parece idéntica a la de mis ambiciones. Pero no soy tan bruto ni tan frío como para haber permitido que en mí se extinguiera por completo la de amor. Sólo que en el amor no había tenido experiencias -me pillaría mal preparado-, mis experiencias se reducían al terreno de las aventuras. Éste es mi balance.

En realidad, la visita de Año Nuevo a Rákosi fue el acicate que me llevó a dar el peligroso paso de solicitar el ingreso en la academia militar Ferenc Rákoczy II. Aún no comprendo cómo pudieron seleccionarme para la visita, pero ello significaba que podía ocurrir lo imposible. Yo estaba asombrado porque, antes de llamarme al despacho del director, tenían que haber investigado mi ascendencia. Y si la habían pasado por alto, cómo habían podido desestimar las indicaciones de mi director. No se me ha olvidado el movimiento acusador con el que su dedo golpeaba el cuadrado negro al mostrar el libro de la clase. Se marca a los terneros no por convicción sino por la pura necesidad de distinguirlos.

Aun con mi limitado discernimiento infantil, deduje que el sistema en el que vivía no era capaz de ajustar por completo la existencia de los ciudadanos a las rígidas normas que, sin tomar en consideración la dignidad humana, había trazado. Yo sospechaba que sólo en los resquicios y lagunas de aquel intolerable sistema tenía posibilidades de salir adelante. No sabía, ni quería averiguar, si ellos habían caído en mi trampa o yo en la de ellos. Yo sólo quería entrar en la zona prohibida. Y los que la mantenían cerrada me abrieron las puertas. Era requisito para entrar el conocimiento de la lengua rusa, y yo hablaba ruso, aunque ni en sueños se me hubiera ocurrido aprenderlo de no haber muerto mi padre en un campo de prisioneros de Siberia o en aquel camión acribillado. Ahora bien, para colarme por los resquicios que ellos me dejaban tenía que disimular astutamente mis verdaderos propósitos. Ganarme su confianza con la hipocresía. Mis conocimientos de ruso y mi buena facha me franquearon la entrada y, en contrapartida, sólo se me exigía una minucia: reconocer que hablaba ruso. Y qué tenía de malo hablar una lengua extranjera. Cierto, con ello en cierto modo renegaba de mi padre y traicionaba a mi amigo. Pero el sistema me correspondía mostrándome su punto débil, el de que, a pesar de todas tus convicciones, sólo puedes hacer la sopa con las verduras de tu huerto.

Si todo ello hubiera sucedido un año antes, o si la zona prohibida hubiera sido realmente distinta de sus alrededores, si nos hubieran recibido en un auténtico salón de mármol en lugar de una salita convencional, si el cacao no hubiera estado tibio ni tenido una capa de nata como la leche que nos daban en el colegio, si la nata hubiera estado bien cuajada en lugar de floja y un punto agria o si yo hubiera tenido la impresión de que el respetado y temido matrimonio nos recibía con aquella cara tan seria por falta de reposo y no porque, probablemente, nuestra visita había interrumpido una de sus peleas habituales, seguramente no se me hubiera ocurrido la idea de que había huecos en los que cabía perfectamente toda mi persona. El rigor del sistema no podía tomar en consideración ni soportar las casualidades de la vida. Por consiguiente, no tenía nada de particular que esta considerable acumulación de circunstancias fortuitas fomentara mi audacia. Ante la oportunidad que se me ofrecía, renuncié a mis sueños infantiles de ser oficial de algún ejército. Yo estaba dentro, en la grieta, reconocía sus posibilidades y debía actuar de acuerdo con las reglas. Pero me equivocaba en mis cálculos. Y no tardaron en sacarme de mi error.

El mismo día en que entregué el formulario de solicitud de ingreso, que mi madre firmó a regañadientes, se me llamó al despacho del director. Las ventanas estaban abiertas, pero aún había calefacción. El director arrimaba la espalda a la tibia estufa de cerámica. No me habló enseguida, sólo movía la cabeza con desagrado.

Al fin se despegó de la estufa, cruzó el despacho y se sentó detrás de su escritorio. Debía de tener dolor de espalda, porque torcía el tronco de un modo extraño, como si no pudiera mantenerse erguido si no se apoyaba en la estufa, Sacó mi solicitud de un montón de papeles y me la entregó diciendo que los milagros no se repiten. Ya sabía yo a qué se refería.

Yo tomé el papel muy cortésmente. Satisfecho, me despidió con un ademán. Pero yo no me moví y esto le irritó.

Quieres algo más, preguntó.

Tartamudeando, le dije que no comprendía.

Entonces debía de haberme juzgado mal, ya que me consideraba el mejor alumno de su escuela, y no sólo inteligente sino también despierto. Pero no debía pasarme de listo. Dar curso a mi solicitud podía suponer graves inconvenientes para él. Yo debía optar a una escuela en la que mi origen no fuera obstáculo para progresar normalmente. Él too me aconsejaba que, con aquella nota de promedio, entrara en una escuela profesional, y en estudios técnicos superiores no había ni que Pensar. Tampoco me recomendaba una escuela religiosa. Lo más conveniente sería una plaza en un instituto estatal de bachillerato superior. Ahora debía irme a casa como un buen chico. Y rellenar otro formulario. Por hoy estaba dispensado.

Se me saltaban las lágrimas. Vi que él lo advertía. Yo sabía que esto no le impresionaría, pero tampoco sería del todo inútil. Aunque me daba la impresión de que él tomaba por tristeza y desilusión lo que en realidad era rabia. Entre nosotros había una larga mesa en la que, lentamente, deposité la solicitud de inscripción. Quizá no había insolencia en el gesto pero sí cierto descaro. Como si le dijera: ahí lo tienes, para que te limpies el trasero. No podía llevármelo a casa. Murmuré un buenos días apenas audible y fui a la puerta andando hacia atrás. Tampoco hubiera sido aceptable el saludo aunque lo hubiera pronunciado en voz alta, ya que lo preceptivo era decir: «¡Adelante, camarada director!» Pero cómo habías de llamar camarada a un hombre mayor que acaba de frustrar tus ilusiones y gritar adelante si te obligan a salir andando hacia atrás. Él señaló el formulario y dijo que me lo llevara. Pero yo salí del despacho como si el aturdimiento me impidiera oírle.

Salir de la escuela a primera hora de la mañana y sin la cartera era algo que podía trastornar a cualquiera. Eres libre. Sin embargo, la cartera, que has metido nerviosamente en el pupitre, te ata al lugar de tu eterna esclavitud. El destino juega contigo a su capricho. Quieres creer que es una mañana corriente, en la que la vida palpita con normalidad, y que es tuya, que puedes disponer de ella como cualquier persona. Pero la sensación de lilbertad dura poco. Yo estaba aturdido y furioso. Hasta que estuve en la parada del cremallera, sacando las monedas del bolsillo, no me di cuenta de lo que iba a hacer. No había ni que pensar en preocupar con estas novedades a mi madre, que ahora estaría trabajando: se encargaba de la correspondencia extranjera en una empresa de comercio exterior. Cuando, aterrado, comprendí el alcance de mi decisión, ya viajaba en el cremallera.

Iba a ver al coronel Elemér Jámbor, que había sido amigo y camarada de mi padre. Directamente al Ministerio de Defensa. El dinero no me alcanzaba para el tranvía, y viajaba sin billete. Habíamos estado en su casa una vez, pero él no nos había devuelto la visita. Sin embargo, mi madre estaba convencida de que la cantidad que recibíamos todos los meses sólo podía venir de él. En Navidad, en Pascua y en mi cumpleaños llegaba un regalo para mí, acompañado de unas letras, por el que debía dar las gracias con una carlita no menos breve. El abrigo de marinero con botones dorados que tan bien describe mi amigo, era regalo suyo. Mi madre no descartaba que si conservábamos la casa era gracias a sus buenos oficios. Después, cuando llegó el desastre, tuvimos ocasión de corresponder a sus atenciones ocupándonos de su familia. En noviembre de mil novecientos cincuenta y seis fue arrestado y, al año siguiente, ejecutado. Su viuda perdió el empleo, y tenía que mantener a dos hijas, de mi edad aproximadamente.

En la puerta, el suboficial de guardia me dijo que el camarada coronel no estaba visible. Me quedé rondando por los alrededores hora y media. En la calle Miksa-Falk había una pajarería con jaulas y peceras en el escaparate; miré los peces que nadaban entre paredes de cristal, abriendo la boca para atrapar algo invisible. En la misma caIlle, un poco más allá, una niña de pelo corto salió llorando por una puerta cochera. Corría como si la persiguieran; de repente vaciló, se paró y dio media vuelta. Su mirada tropezó con mi curiosidad y bastó aquella mínima conmiseración para que arreciaran sus sollozos. Parecía que iba a refugiarse en mis brazos, pero volvió sobre sus pasos y desapareció por la puerta. Esperé un rato, por si volvía a salir. Después me acerqué al Parlamento. La plaza estaba desierta. Desde una distancia prudencial, observé el movimiento de la puerta lateral de la derecha. De vez en cuando, paraba un enorme coche negro, se abría la puerta del edificio, alguien salía y subía al coche. El reluciente automóvil se alejaba majestuosamente al sol del mediodía. Nadie entraba, todos salían. Me pareció que ya había dejado pasar tiempo suficiente. El centinela hizo un gesto de mal humor, pero llamó por teléfono. Tapándose la boca y el teléfono con la mano, no se limitó a dar mi nombre sino que agregó con una carcajada que era un chico muy insistente. Se le notaba por la voz que hablaba con una persona del sexo femenino. Se me dejó pasar a la antesala, donde me senté en una silla. Mientras esperaba, sólo me preocupaba una cosa: qué pasaría con mi cartera si no podía volver a recogerla antes de que terminaran las clases.

Debían de ser casi las cuatro cuando por fin pude ver al amigo de mi padre. El suboficial me acompañó hasta el cuarto piso, y el coronel salió a mi encuentro en el reluciente corredor. Me puso una pesada mano en el hombro, me miró fijamente, como para averiguar si me ocurría algo grave y me llevó a una sala en la que seguramente se había celebrado una reunión táctica. Así lo indicaban los mapas enrollados. La atmósfera estaba cargada. Sobre la larga mesa cubierta por un cristal había tazas de café sucias, vasos de agua y ceniceros llenos de colillas. Me indicó con una seña que me sentara, dio la vuelta p la mesa, tomó asiento frente a mí y encendió un cigarrillo. Él no había dicho ni una palabra, y yo también callaba. Descubrí que no era sólo el humo del cigarrillo lo que le hacía guiñar los ojos con aire risueño, sino también la grata impresión que le producía mi aspecto. Entonces me habló en aquel tono amistoso y jovial que solían utilizar conmigo las personas mayores. Me preguntó si algo malo me traía por allí.

Cuando le hube expuesto la situación, él dio unos golpecitos en el cristal de la mesa con la piedra negra de su anillo y dijo que la escuela daría curso a mi solicitud. Esto podía prometérmelo. Lo que, naturalmente, no quería decir que me aceptaran. Aunque respetaba mi decisión, no podía darme esperanzas. De todos modos, me admitieran o no, consideraba que en lo sucesivo debería arreglármelas solo.

Aplastó el cigarrillo, se puso en pie, dio la vuelta a la mesa y, una vez me hube levantado yo también, volvió a apoyar la mano en mi hombro, pero ahora el ademán no tenía nada de alentador. Yo debía atenerme a sus palabras no sólo porque sus posibilidades eran más que limitadas, sino porque quien no aprende a valerse por sí mismo mal podrá desenvolverse en la vida. Y que así pensaría también mi padre. Hablaba en voz baja. Con la mano en el hombro, me empujaba suavemente hacia la puerta.

Al cabo de un mes, mi solicitud fue rechazada, sin explicaciones.

A las insistentes preguntas de mi amigo respondí con monosílabos no menos insistentes. Seguramente, de ello dedujo que había habido pelea. Sé que temía perderme, esperaba que mis deseos no se realizaran y que los dos pudiéramos ir al mismo instituto. A mí esto me interesaba tanto como a él que se cumplieran mis deseos. No hubo pelea. Mi madre se alegró. Prém, resignado, decidió hacerse mecánico de coches. Yo me quedé solo con mi obsesión. Sentía un vivo rencor hacia el amigo de mi padre. No comprendía por qué no me ayudaba. Como tampoco el niño que se pirra por el chocolate comprende por qué los mayores no están siempre comiendo chocolate, si tienen dinero para comprárselo. Yo hice lo contrario de lo que él me había aconsejado. Es decir, furioso, hice precisamente aquello que él me había desaconsejado.

Escribí a máquina una carta a István Dobi, el presidente de la República. Destruí la copia cuando me di cuenta de que mi mujer revolvía en mis papeles. Me da vergüenza citar textualmente las palabras de aquel pequeño canalla. Escribí que el momento en que había tenido el honor de saludar al camarada Rákosi y a la nueva mujer soviética en la persona de su esposa, había sido crucial en mi vida. Decía también que el amor a lo soviético era tradición familiar y que, siguiendo el ejemplo de mi padre, yo había aprendido la lengua rusa. Con esto me aventuraba en terreno peligroso, desde luego. Concedía que mi padre se había visto obligado a tomar parte en la guerra injusta contra la Unión Soviética, pero rogaba que se le reconociera su firme actitud antialemana. Terminaba la carta con la promesa de dedicar mi vida a reparar los errores que él hubiera cometido. Y para dar credibilidad a mis palabras hice algo que debo calificar de la mayor infamia de toda mi vida, incluí con la carta los diarios de guerra de mi padre, cuatro cuadernos de cuadrícula.

Sé muy poco de ópera y menos de ballet. Cuando veo a la gente cantar y bailar en un escenario siento a la vez extrañeza e irritación, porque hacen algo que personas adultas normales no harían en público. Y me produce un asombro infantil esa falta de recato y de formalidad. Las voces, los cuerpos, los decorados, la pompa de la arquitectura operística me repelen y cruzar el umbral de uno de estos teatros supone para mí una verdadera prueba. Tan pronto como se levanta el telón, siento calambres en el estómago, pero si cierro los ojos me duermo indefectiblemente sin darme cuenta, aun en medio del mayor estrépito musical. Aquella noche de noviembre no nos sentamos en un sitio cualquiera sino inmediatamente al lado del enorme palco del zar.

Ignoro cómo se escenifica normalmente esta ópera, pero en aquella ocasión, detrás del telón que se levantó a la primera nota de la obertura, apareció otro telón, confeccionado en seda plateada, muselina oro viejo, tul azul grafito y grandes parches de tela de saco y trapos cosidos con grandes puntadas negras. Mientras los músicos tocaban afanosamente sus instrumentos, la cortina oscilaba con lentitud, abriéndose y cerrándose sin seguir la música. Detrás apareció por fin un decorado de la plaza Roja. En la plaza bailaba una multitud que portaba antorchas humeantes, cirios que chisporroteaban y candiles. Debías comprender que la cortina era bruma matinal que se levantaba lentamente.

Nos habían traído desde el hotel en dos grandes limusinas negras y, aunque conseguí subir al mismo coche que la muchacha, ya en aquel corto trayecto me pesó haberme unido al grupo. A pesar de la oculta alegría que nos había producido el encuentro y que apenas habíamos dejado traslucir, mi amigo y yo no teníamos nada que decirnos. Yo estaba cansado y distraído a causa de la muchacha. Contribuía a la falta de sintonía el que ellos estaban muy animados por las copas que habían tomado, mientras yo sufría a causa de la abstinencia. Y el esfuerzo que nos costaba disimular la alegría aumentaba nuestra rigidez. Por otra parte, a la muchacha sólo podía mirarla, sin acercarme demasiado. Me había dado a entender que, si hacía un movimiento imprudente, estaría obligada a rechazarme de forma tan manifiesta que tendría que renunciar a ella definitivamente. Quizá tampoco ella renunciara a mí de buen grado. Aún no lo sabía. Nuestras miradas se rehuían, pero el deseo de mirarnos nos mantuvo en tensión hasta el final. Yo me limité a ayudarla a quitarse su abrigo con el cuello de piel. Ella me dio las gracias con una cortesía impersonal. La tensión que había entre nosotros se debía a que cada uno trataba de disimular el interés que el otro le inspiraba. Lo que no acabábamos de conseguir, porque entre ellos cuatro y la intérprete había una alegre camaradería, debida tanto a las copas de por la tarde como a esa intimidad que se establece entre compañeros de viaje, y yo era un elemento extraño.

Uno del grupo, un joven con barba que trataba de llamar la atención con cada detalle de su persona, me demostraba cierta agresividad. Pensé si no habría estado ella tan fría por teléfono porque no se encontraba sola en la habitación. El de la barba me observaba y yo les observaba a los dos. Después comprobaría que no eran vanas mis sospechas. Mi amigo y el tercer hombre del grupo se mantenían atentos a lo que ocurría en el escenario. La intérprete, solícita y servicial, vigilaba a todo el grupo con aire maternal. Invocando mi condición de invitado, les cedí la preferencia y me situé en la acogedora penumbra del fondo del palco, al lado de la intérprete. La muchacha estaba sentada delante de mí, apoyada en el antepecho. Yo no podía menos que mirarla de vez en cuando. Llevaba el rizado pelo recogido en un moño alto y, cada vez que mi mirada se posaba en su nuca, se estremecía. Me parecía que era ella la que decidía cuándo tenía yo que mirar al escenario, y cuándo, a la nuca.

Cuando se hubieron retirado los últimos velos de seda y los jirones de la niebla matinal se hizo evidente el simbolismo ideológico de la nebulosa cortina. Porque ahora, en el escenario, se repetía el contraste entre harapos y sedas, pobreza y riqueza entremezcladas y disonantes. Princesas cubiertas de oro, boyardos borrachos envueltos en pieles, orondos mercaderes y popes lascivos que se divertían con cortesanas ligeras de ropa, seres contrahechos y harapientos, heridos, con vendajes ensangrentados, mendigos semidesnudos, titiriteros, buhoneros de mísera mercancía y, entre la chusma que deambula y curiosea, garridas gentes del campo con sus vistosos trajes típicos. Aquella apoteosis me produjo la náusea habitual. Deseaba salir de allí. Marcharme a la Pervomaiskaia. Donde se me esperaba y donde no me sentiría tan desplazado. Donde todas las mañanas las tres mujeres andaban por la casa con enormes sujetadores de satén color de rosa y bragas todavía mayores, mientras yo me desperezaba a placer. Buscando una excusa para huir discretamente, hasta llegué a pensar que era, cuando menos, de mal gusto que el discípulo fuera al teatro al día siguiente de morir el maestro.

En el escenario, el baile estaba en su apogeo cuando el barbudo puso la zarpa encima de la mano de la muchacha que descansaba en el antepecho y se inclinó a decirle algo al oído. Su actitud denotaba familiaridad. Sus compañeros los miraban con curiosidad, estirando el cuello para escuchar. Entonces el de la barba, sin soltar la mano de la muchacha, empezó a explicarse. Pero mi amigo, apenas oyó dos palabras, se inclinó hacia la muchacha por detrás del barbudo y le susurró algo. Y los dos se rieron. La muchacha volvió la cabeza, para hacerme partícipe de su risa, al tiempo que retiraba la mano. Gesto que también me estaba dedicado. Ella había decidido por mí. Ahora no podía marcharme. Pero pocas veces me he sentido tan incómodo como durante aquel rebullir, cuchichear y sonreírse. Yo estaba con ellos, pero no teníamos nada en común. Comprendía su hilaridad pero no deseaba compartirla. Porque, a partir de aquel momento, todo lo que ocurría en el escenario les hacía reír. A pesar de que yo no podía sustraerme al ambiente solemne y reverente de la sala, forzosamente tenía que mirar el escenario con sus ojos.

No cabe duda de que artísticamente no es una idea muy feliz la de construir la coreografía de un ballet en torno al motivo de la irreconciliable diferencia de clases. También hay que reconocer que una obertura de ópera no resulta muy bailable. A pesar de todo, su comportamiento me parecía censurable. Evidentemente, temía que pudiera producirse un escándalo. Al poco rato, la intérprete, saliendo de su patriótico arrobo, advirtió lo que ocurría y, asustada, hizo chasquear los dedos con discreción para llamarles al orden. Pero fue echar más leña al fuego. Ellos no se miraban y al escenario miraban sólo de tarde en tarde. La intérprete no entendía nada y les reconvenía en voz baja con su suave acento ruso. Pero ellos reventaban de risa. Una risa que estallaba, y que ellos ahogaban, lo que no hacía sino acelerar y acrecentar nuevas explosiones.

No sé cuántos bailarines se movían por el escenario, más de los que suelen verse de una sola vez, desde luego. Pero cuando, al final de la obertura, detrás de los solistas que avanzaban triunfalmente hacia las candilejas, apareció el coro jubiloso que se unió a la marcha enarbolando banderas y estandartes y provocando una gran aglomeración, mientras, para colmo, por detrás de la silueta del Kremlin se elevaba un sol rojo colgado de un alambre, entre un estruendoso repique de campanas, en el palco se produjo un verdadero tumulto. Los húngaros se empujaban, bufaban y se retorcían. La intérprete, horrorizada, trataba de calmarlos a golpes. En los palcos adyacentes arreciaban las protestas. Palabras airadas contra la incomprensión, siseos de indignación, exclamaciones iracundas. Yo perdí la cabeza. Me levanté y escapé.

Los palcos no daban directamente al pasillo sino a un salón tapizado de seda roja y bien iluminado. Yo estaba nervioso e irritado y también contento de haber podido escapar. Pero aún no había acabado de ponerme el abrigo cuando se abrió la puerta tapizada de seda del palco y los cuatro húngaros salieron disparados riendo y empujándose, acompañados de una vibrante aria de bajo. Durante un momento, pude ver a la intérprete que gesticulaba en la oscuridad del palco. Uno le cerró la puerta en las narices. Gemían y lloraban de risa apoyándose unos en otros y dándose empujones. Yo quería poner fin a la escena cuanto antes. La muchacha y el barbudo, sosteniéndose mutuamente, se apoyaron en la pared. Él se dejó resbalar hacia el suelo. Yo aún hubiera podido salvarme, si mi amigo -no sé si involuntaria o intencionadamente- no se hubiera soltado de su compañero y caído encima de mí. Tuve que sostenerlo. Nos miramos sin pestañear. Yo no pude disimular el desprecio y el odio que, al igual que fia alegría del encuentro una hora antes, surgían de las sombras de la niñez. Yo sentía mi mano en su hombro. Lo sacudí. Imbéciles, bufones, le grité más que le dije. Sus facciones se ensombrecieron y me miró a su vez con odio implacable. ¿Y qué eres tú? Un trepa repugnante y amargado. Un miserable Julien Sorel. Un play-boy de mierda. Y aún dijo no sé qué más. El odio no había desaparecido de sus ojos, Pero su voz tenía un tono de falso cinismo que yo no le conocía. Escupía las palabras. Y, en el repentino silencio, le oyeron también los demás. No podría encontrar mejor momento para decirte, siseó con aquella voz extraña, que yo estaba perdidamente enamorado de ti, gilipollas.

La muchacha abrió mucho los ojos con indulgente desdén ante la embarazosa confesión. Vaya, dijo frunciendo los labios, y, al ir hacia la salida, me oprimió el brazo con simpatía y conmiseración. Era su tiro de gracia. Hasta nosotros llegaba la música de la sala. No nos mirábamos. La muchacha se quitó dos horquillas del moño, sacudió la cabeza para soltarse el pelo y se fue.

Lo que ocurrió después parece sacado de un cuento. Ella se alejaba caminando por la mullida alfombra roja con unas piernas soberbias. Empezó a bajar la escalera. Nosotros la seguimos en silencio, un poco compungidos. Habíamos dejado atrás la música. En el primer piso estaban abiertas la puertas vidrieras del salón imperial. A la luz de refulgentes arañas, esperaba a los invitados a la función de gala una mesa de una opulencia impresionante. Tenía forma de herradura y se extendía a lo largo de las paredes. Aparte de nosotros, no se veía a nadie. La muchacha, con toda naturalidad, entró en el salón. Nosotros la seguimos, titubeando. Empezó a dar la vuelta a la mesa, que estaba cargada de fuentes de fiambres, fruta, bebidas y dulces y adornada con guirnaldas y centros de flores. Resplandecían la plata, el cristal y la porcelana. Ella tomó un plato, una servilleta y un tenedor y empezó a servirse. Los demás nos reímos, divertidos y seguimos su ejemplo, un poco cohibidos. Al momento, ellos ya estaban otra vez comportándose como en el palco. Pero ahora en silencio. Se hinchaban a comer y beber. Encontré una botella de vodka, me serví un vaso y lo bebí de un trago. Me acerqué a la muchacha y le pregunté si querría irse conmigo. Ella era la peor de todos, porque no devoraba sino que iba sistemáticamente de fuente en fuente, picando de aquí y de allá, revolviendo y desmontando. Con gesto impasible. Cuando le hablé, levantó la mirada. No, dijo mirándome a los ojos sin pestañear. Estaba muy bien allí.

No paraba de nevar. Las calles estaban bulliciosas y animadas, y el denso tráfico, entorpecido por la nieve, indicaba que había empezado la fiesta. Ya había borrachos. Andando despacio, regresé al hotel. Saqué mi vodka del frigorífico y lo puse al lado del teléfono. Bebía y la esperaba. Marcaba su número a intervalos cada vez más cortos. Contestó poco después de la medianoche. Por fin estaba sola.

Y esto es cuanto sé -o creo necesario contar- de mí.

Después de aquel encuentro casual en Moscú, tardé en volver a ver a mi amigo. A veces, me tropezaba con su nombre. Sus relatos de jóvenes desorientados, disipados y atormentados me parecían insípidos. Cinco años después, en vísperas de Navidad, tuve que ir a Zurich. Dejé el coche en el aparcamiento del aeropuerto de Ferihegy. Dos días después, al salir por la terminal de Llegadas, no encontraba la llave, corno de costumbre. No la tenía en el abrigo ni en el pantalón. Palpé todos los bolsillos. Debía de estar en la maleta. O la habría perdido. No sería la primera vez. Ni los objetos pueden parar a mi lado. Sólo llevaba un maletín con camisas y carpetas y una bolsa de una tienda llena de regalos. Dejé las dos cosas en un carrito de equipajes. Y empecé la búsqueda de la llave.

Mientras revolvía en el maletín, ya había notado que había alguien a mi lado, a menos de un metro de distancia, apoyado en la barandilla de la escalera, pero no le miré a la cara hasta que encontré la llave, dentro de un calcetín. Él estaba tan cerca que ni tuve que alzar la voz.

Llegas o te vas, pregunté, como si fuera lo más natural del mundo. Ni el sitio ni la hora parecían indicados para pararse. Oscurecía, empezaba a bajar la neblina, ya estaban encendidas las farolas, el ambiente era frío y húmedo. Él me miraba, pero yo no estaba seguro de que me hubiera reconocido. Y, cuando movió la cabeza negativamente, empezaba a pensar que me había equivocado.

Esperas a alguien, pregunté.

No, no esperaba a nadie.

Y qué estás haciendo aquí, insistí, un poco impaciente.

Él volvió a sacudir la cabeza en silencio.

Seguramente, no habría cambiado él más que yo durante los cinco últimos años; aun así, me sorprendió ver su cara chupada y su pelo pobre y encanecido. Daba la impresión de que alguien había exprimido de él hasta la última gota de jugo. Estaba reseco, arrugado.

Me acerqué, le enseñé la llave del coche y dije que lo llevaría a la ciudad.

Él movió la cabeza negativamente.

Le pregunté qué diablos pensaba hacer allí. Nada, me contestó.

Estaba sentado entre dos maletas grandes y abultadas que tenían colgadas del asa etiquetas de Interflug, la Compañía de aviación de la Alemania Oriental, señal de que no se iba sino que acababa de llegar. Le puse en las manos mis dos pequeños bultos, agarré sus maletas y, sin malgastar más palabras, me encaminé hacia el aparcamiento. Cuando hube encontrado mi coche y cargado sus maletas, él llegó a mi lado con mis cosas. Me las dio, pero su cara conservaba aquella alarmante indiferencia.

A pesar de todo, ahora tenía un aire más decidido. Casi enérgico, dentro de la apatía. Había perdido aquella frivolidad que me había sorprendido en nuestro último encuentro. Una cara limpia, sin sombras. Casi como si ni él mismo habitara en ella. Como si hubiera dado vacaciones al Yo. Seco. No encuentro palabra mejor.

Tampoco mi coche estaba ordenado, y tuve que hacerle sitio. Poner cosas en el asiento de atrás. Procuraba actuar con rapidez y decisión, porque me parecía que de un momento a otro podía marcharse dejándome las maletas. Seguía del todo indiferente. Estaba y no estaba.

Una vez en la autopista, le ofrecí un cigarrillo; él rehusó y encendí uno para mí.

Dije que lo llevaría a su casa.

No; allí no.

Entonces adónde, pregunté.

No contestó.

No sé por qué, tuve que mirarlo. No era por su silencio. Yo sabía que no podía contestarme porque no tenía respuesta. Porque no había casa. Y cuando no hay casa no puedes hablar de ella. Pasábamos rápidamente bajo las farolas de la autopista y dentro del coche fluctuaba la luz, por eso tuve que mirar otra vez para asegurarme de que había visto bien. Estaba llorando. Nunca había visto llorar a nadie de aquel modo. Su cara permanecía quieta e inexpresiva. Lo mismo que antes. No obstante, de los ojos le salían gotas de agua que resbalaban a cada lado de la nariz.

Dije que iríamos a mi casa. Que mañana era Navidad. La celebraría con nosotros. No, nada de eso.

Quería decir algo simple y reconfortante y comenté que seguramente tendríamos una Navidad con nieve. Lo que me pareció una tontería, y opté por callar.

Exceptuando a mis hijos, nadie me había dado una impresión tan clara de depender de mí. Si hubiera tenido que salvarlo de morir ahogado o cortarle la cuerda del cuello hubiera sido distinto. Pero nada indicaba que estuviera cansado de la vida. La carcasa de su cuerpo aún vivía y no hacían falta gestos heroicos. Yo ignoraba qué podía haberle ocurrido, y no sentía curiosidad por averiguarlo. No tenía que salvarlo de nada. Uno nota cuándo puede preguntar y cuándo no. Él sólo necesitaba alguien que lo cuidara, y no me parecía tarea desagradable. En él se había extinguido todo sentimiento y este vacío me permitía ejercitar mis simples dotes prácticas.

Llegamos a la ciudad. Cada vez que paso por delante del grandioso edificio de la Academia Militar Ludovika, que fue escenario de la vida de mi padre, tengo que dedicarle por lo menos una mirada. Viene después la policlínica de la calle Ullöi, donde, en un quirófano del segundo piso, murió mi madre hace dos años. Y precisamente aquí, entre estos altos edificios, sentí la necesidad de decidir adonde íbamos. No lo miré.

Dije tan sólo que tenía otra idea. Pero necesitaba saber si le interesaba quedarse en la ciudad.

No, no le interesaba nada. Pero una cosa quería pedirme y era que no me preocupara. Que lo dejara en cualquier sitio, no importaba dónde. En el bulevar. Allí tomaría el tranvía.

Le respondí que eso ni pensarlo. Me parecía sospechoso lo del tranvía. Pero, si no tenía inconveniente en permanecer conmigo un rato más, haríamos un corto viaje. Él no respondió.

Pero después me pareció que una ligera emoción había vuelto a la cáscara vacía de su cuerpo. Empezaba a hacer calor en el coche. Es posible que me engañara esta sensación física; de todos modos, la solución me parecía fabulosa porque no podía ser más sencilla.

Mi abuelo paterno era rico, tenía molinos, comerciaba en granos especulaba en fincas. Hoy en día, el breve período de prosperidad económica que conoció Hungría a finales del siglo pasado, en el que se hacían grandes fortunas de la noche a la mañana, nos parece inconcebible. Y también incomprensible, ya que, desde la Edad Media, por causas diversas, la historia de Hungría es una sucesión de crisis económicas y largos períodos de penuria. Pero nos consta que aquel período existió, porque las escuelas en las que estudiamos, los hospitales en los que nos atienden y las alcantarillas que recogen nuestros desagües datan de entonces. Quizá no guste a todos el estilo ostentoso de aquellos edificios, pero todos gozan de las ventajas de su solidez. En aquella época, a principios de siglo, mi abuelo se construyó dos casas, una de verano, habitable también en invierno, en Svábhegy, en la que vivimos hasta que murió mi madre, y un hermoso pabellón de caza de aire romántico. Mi abuelo era muy aficionado a la caza enor y eligió para practicarla un lugar no muy alejado de la ciudad, junto al Danubio. Cazaba patos y pollas de agua en las marismas, y faisanes y liebres entre las dunas del llano.

No puedo revelar el nombre del lugar. Después se verá por qué. En realidad, debería hacer lo que los grandes clásicos de la novela rusa, que designaban los lugares con un asterisco. Así señalaban una población que poseía rasgos característicos que la hacían inconfundible que ocupaba un lugar concreto en el mapa y, no obstante, ellos podían situar en cualquier punto del vasto territorio. Para evitar los posibles inconvenientes de una eventual identificación, renuncio a dar más detalles. Sólo diré que, desde el kilómetro cero y viajando por carretera con buen promedio, se llega en una hora.

También he de agregar que en el antiguo pabellón de caza del abuelo vivían ahora mis tías Ella e Ilma, hermanas de mi madre, que en el cuarenta y cinco habían perdido su piso de la calle Damjanich durante un bombardeo. Por cierto, la casa seguía en ruinas a mediados de los años cincuenta. Nada más acabar la guerra se instalaron en el pueblo, y muy oportunamente al parecer. La cerradura había sido forzada, pero, por extraño que pueda parecer, habían desaparecido muy pocas cosas. Sólo las herramientas de jardinería del cobertizo y dos grandes tapices de la sala de trofeos del sótano, que volvieron a ver años después, hechos pedazos, cubriendo el suelo de unas perreras. El pueblo no fue ocupado ni por los alemanes ni por los rusos, que sólo lo habían atravesado. El saqueo fue obra de los mismos vecinos, que no habían tenido tiempo de dedicarse a él más a fondo, porque cuando llegaron las tías la población vivía horas turbulentas.

Varios días antes, tres soldados rusos, que habían quedado separados de su unidad, llegaron remando por el río, libre de hielo. Requisaron vino, aguardientes, pollos y patos y descubrieron una casa en la que vivían tres muchachas casaderas con su madre. Ni las hijas ni la madre tuvieron inconveniente en sumarse a la fiesta que se organizó con el producto de la requisa. En la casa se cocinaba, se comía, se bebía y se disparaba al aire alegremente. Estaba situada a un extremo del pueblo, en una húmeda hondonada, al pie de la colina del cementerio. Aún hoy los vecinos del pueblo hablan con mucha reserva de lo sucedido. Se dice que la fiesta duró dos días y dos noches, y que ni se molestaron en correr las cortinas de las ventanas. El pueblo parecía muerto. Al parecer, durante aquellos dos días nadie salió de su casa. A la segunda noche, alguien disparó por la ventana hacia el interior de la habitación. Los disparos venían de la colina del cementerio y eran de pistola y escopeta de caza. Los primeros proyectiles alcanzaron a una de las muchachas y a un soldado ruso, que se desangró, herido en el vientre. Sus dos camaradas contestaron al fuego. Aún se ven los impactos de las balas en las viejas lápidas del cementerio. La batalla era desigual, porque los rusos tenían las cartucheras casi vacías, después de haber estado disparando al aire. Les quedaban las municiones justas para cubrirse mutuamente mientras se retiraban hacia la orilla. Inmediatamente después, la madre se ahorcó de una viga de la buhardilla. Había comprendido el mensaje. Al día siguiente entró en el pueblo la policía militar rusa, que hizo un gran despliegue. La muchacha herida fue evacuada. Mis tías llegaron al pueblo por la tarde. Ni interrogatorios, ni registros ni detenciones dieron resultado. No se encontraron huellas ni armas. En un pueblo tan pequeño, casi todos sus vecinos son parientes. Para enterrar a la viuda fue necesario que los rusos destacaran a un par de hombres. Pero aún hoy el pueblo sigue sin querer saber quién disparó.

Si la casa de mis tías hubiera permanecido deshabitada, nada ni nadie hubiera podido impedir su ruina. Y, si aún se conserva en la familia, es gracias a la previsión y la astucia de mis queridas tías.

Dos caballos viejos, así las llaman los miembros de la familia más irrespetuosos. Pero es una expresión cariñosa. Porque las tías son dos personajes extraordinarios. Cada vez que leo pesimistas reflexiones sobre el deterioro de la nación tengo que pensar en ellas. Porque no sabe uno si en su carácter predomina la energía asociada a la flexibilidad o la inventiva aplicada a la supervivencia. Comen poco, hablan mucho y sus manos y sus pies nunca están quietos. En los últimos años han envejecido visiblemente, pero ellas sostienen que la actividad continuada desgasta el organismo y que a un organismo gastado le es más fácil morir. Los dos años que se llevan no se notan, son tan parecidas que podrían pasar por gemelas. Las dos son altas y huesudas. Llevan el pelo corto, que se cortan la una a la otra. En su juventud debían de ser dos caballos percherones, que también tienen su atractivo. Calzan un cuarenta, sus pasos retumban y dondequiera que estén hay ruido y movimiento. Si no se les humedecieran tan fácilmente los ojos de compasión, o no dispusieran de una infinita comprensión para los más diversos y curiosos fenómenos de este mundo, podríamos decir que carecían de feminidad. Pero por el tacto, la discreción y la solidaridad humana que poseen podrían encarnar el más sublime ideal femenino.

La tía Ilma quedó embarazada a los dieciocho años siendo soltera, lo que consternó a la familia casi tanto como la amenaza del abuelo de hacerse bailarín si no le dejaban ser soldado. La tía Ella actuó con energía para evitar el escándalo llevándose de casa a su hermana pequeña. El niño murió a los pocos días de nacer. Desde entonces las dos hermanas han vivido juntas. Algo debieron de acordar, lo cierto es que en su vida no ha vuelto a haber un hombre. Por lo menos, que se sepa. Y, en algún momento, el tiempo debió de detenerse para ellas. No leen periódicos, no escuchan la radio y hasta hace unas semanas no han tenido televisor. Son creyentes, pero no dan mucha importancia a ir a la iglesia ni a los rezos. Hablan de Dios en el mismo tono que de la buena cosecha que esperan de su magnífico huerto. Y el diablo no les inspira más aversión que el pulgón o el escarabajo de la patata. Al primero lo rocían de ceniza y al otro lo aplastan con los dedos, metiéndose a gatas por entre las matas en flor.

Empiezan el día trabajando en el huerto. Todas las mañanas, desde últimos de mayo hasta mediados de septiembre, llueva, truene o suba el agua, nadan en el Danubio. Se ponen sus cómicos bañadores de algodón de florecitas desteñidas en los que falta tela en el busto y sobra en la cadera, se encasquetan gorros y se calzan zapatillas de goma blanca y se van caminando río arriba, Ella delante e Ilma detrás, chapoteando en el lodo y haciendo crujir la grava. Siguen un ritual que tiene mucho de juego infantil: se meten en el río hasta las caderas, despacio, para acostumbrar el cuerpo, disfrutando del agua fría, se salpican una a otra dando grititos, se tienden bruscamente en el agua y se dejan arrastrar por la corriente. El bañador se les hincha en el trasero como un flotador.

El parque de una hectárea, en el que tanto las plantas nobles de antaño como los hierbajos de hogaño crecen, se reproducen y mueren libremente, está separado del pueblo por una alta tapia de ladrillo y protegido de las crecidas por un muro de piedra natural roja de más de tres metros de alto. Hasta este punto nadan con la corriente, trepan por una empinada escalenta cubierta de musgo, se envuelven en el albornoz y regresan a la casa. En este tramo de la orilla, al pie del muro de piedra, fue asesinado mi amigo. El verano había sido seco y en el otoño, el río, pardo y sombrío, se había retirado a lo más hondo del cauce.

Por la noche, mientras una cose, remienda, teje un jersey para mí o trabaja en una interminable labor de ganchillo, la otra lee en voz alta. Su amigo Vince Fitos, el cura protestante, les suministra libros piadosos. Las dos asumen una expresión seria y pensativa, lo que no impide que resoplen de risa en los pasajes más tontos.

No sé en qué informaciones fundan su criterio, lo cierto es que sus opiniones son tan certeras como si dispusieran de las mejores fuentes. A mí, por ejemplo, me preguntan cómo anda la Bolsa y los jóvenes del pueblo las tienen al corriente de los resultados del fútbol. Sus necesidades son mínimas. Cuando les llevo un regalo, lo primero que hacen es mirar en derredor, para ver dónde pueden guardarlo, ya que no lo utilizarán nunca. Y si piden o rechazan algo no es por egoísmo sino en interés de la familia o por convicción moral. Por ejemplo, cuando insistieron en que se declarara muerto a mi padre. Naturalmente, todos seguimos esperando su regreso, pero ellas se empeñaron en que mi madre tomara en serio el certificado de defunción y traspasara la propiedad de la casa a sus hermanas. Para que no se alegara que teníamos dos casas. En otras familias esta delicada proposición hubiera abierto viejas heridas y sido causa de suspicacia y resquemor. Pero mi madre era de la misma pasta que sus hermanas y aceptó encantada. Entonces ellas arrendaron la casa al consejo municipal. La tía Ella había estudiado jardinería e lima era maestra. El pueblo no disponía de local ni de personal para abrir una guardería. Así pues, las tías instalaron una guardería en su casa. Si por un lado perdían la planta baja, incluida la sala de trofeos, por otro percibían unos ingresos, un alquiler de unos cuantos forint, conservaban las cuatro habitaciones del primer piso y el municipio asumía los gastos de las necesarias reparaciones. A principios de los sesenta, cuando ya se había alejado el peligro de la expropiación, las tías iniciaron su labor de zapa. Aparentemente, echaban piedras sobre su propio tejado. Al fin consiguieron que el departamento de Sanidad declarara que la vieja casa no era apta para albergar un jardín de infancia y cuando, años después, se terminó la nueva guardería, ellas solicitaron la jubilación. El enemigo se había rendido sin condiciones y abandonado el campo con la satisfacción de creerse vencedor.

Después de lo dicho, huelga describir los sentimientos que mis dinámicas tías abrigan por mí. A sus ojos yo soy la estampa de la perfección. Cada vez que voy a verlas, tengo que hablarles extensamente de mis estudios, mi trabajo y mi carrera, y ellas, que no ven más que por mis ojos, siempre creen que lo que yo hago está bien hecho. No es que me dediquen grandes elogios, pero la expresión de su cara dice que, en tales circunstancias, ellas no hubieran obrado de otro modo. Por supuesto, también les cuento cosas que no son de su gusto. Pero desde que murió mi madre su adoración es casi agobiante. No tengo que anunciar mis visitas. Desde mi atolondrada juventud, en que siempre andaba por el mundo con el cepillo de dientes en el bolsillo, sin saber dónde dormiría, están acostumbradas a verme aparecer de improviso y acompañado. Después, ya casado, tuvieron que tragar que no fuera siempre mi mujer la que me acompañaba. Pero esta espinosa cuestión nunca llegó a ser causa de fricción entre nosotros, ya que ellas se limitaban a darme a entender que, en el aspecto moral, debían distanciarse de mi vida amorosa. Por ejemplo, siempre les gustaba más la acompañante anterior que la nueva. O pasaban revista a has cualidades externas e internas de las fugaces visitantes y, con cara de inocencia, me exponían el desolador resultado de su examen. Dando a entender que, si bien les impresionaba la cantidad, no vale tanto lo mucho como lo bueno.

Las tías siguen viviendo en el piso de arriba. La planta baja está vacía y, en invierno, ni se encienden las estufas, sólo se utiliza la cocina. Puedo entrar sin necesidad de molestarlas. Si me lo propongo, ni se enteran de mi llegada. En el alero del porche de la cocina, encima de una viga, hay una llave. Y en la habitación de la planta baja basta encender con una cerilla para que empiece a chisporrotear el fuego en la estufa de cerámica.

Tres años vivió él en esta casa con mis tías. En esta habitación. Y si en mis recuerdos lo llamo mi amigo no es por haber compartido la niñez, sino porque, durante aquellos tres años, llegamos a estar compenetrados. A pesar de que hablábamos veladamente. Evitábamos cuidadosamente las confidencias, tanto del pasado como del presente. De su vida no descubrí más de lo que ya sabía y lo que veía. Tampoco de mí le mostré una faceta nueva o diferente. Pero, al cabo de veinte años, recuperamos aquel mutuo afecto que era más fuerte que todas nuestras diferencias y que, de niños, nos desconcertaba. Este retorno quizá se debiera a que, lenta pero inexorablemente, todos mis éxitos iban convirtiéndose en fracasos, y a que él ya no se buscaba a sí mismo en otra persona. Ni en mí. Era atento y sensible, pero reservado. Se había vuelto frío. Si yo no supiera el sufrimiento que cubría esta frialdad, diría que se había convertido en una especie de máquina de sentir y pensar de gran precisión, programada a muchas revoluciones por minuto.

Mi experiencia de relaciones y formas de conducta me ha enseñado que todo es transitorio y provisional. Un sentimiento que hoy considero amor y amistad, mañana puede resultar que no era más que la simple necesidad de aliviar una tensión puramente física o conseguir una complicidad útil para resolver problemas. En esto nunca me he engañado ni hecho ilusiones, conozco bien las fluctuaciones que genera una acción que se emprende con una idea preconcebida. En estas páginas he hecho balance. Vivo sin amor ni amistad. En mis horas bajas tengo la impresión de que el mundo no es más que un cúmulo de decepciones. Si me hubiera equivocado conmigo mismo o pon otras personas, probablemente podría ceder al desengaño. Pero percibo tan intensamente la ausencia de esta sensación que su misma falta me parece un sentimiento. De lo que se deduce que no he caído en la abulia total. Y sin duda durante aquellos años me parecía vital poder disponer de la atención y la sensibilidad de una persona, a la que no necesitaba, debía, ni deseaba tocar; una persona que, a pesar de todo, sentía más próxima que alguien cuyo cuerpo pudiera poseer.

Mis tías ni parpadearon, pero yo noté su sorpresa y perplejidad en cierto envaramiento y en que hablaban más de lo habitual. Durante un rato, hicieron como si no vieran a mi amigo. Tampoco miraban sus maletas. Estaban excitadas. Hablaban las dos a la vez, pero no interrumpiéndose la una a la otra sino contándome la misma historia con distintas palabras. Me decían que la víspera dos chicos del pueblo se habían colgado. Yo los conocía. Para refrescarme la memoria empezaron a describírmelos minuciosamente. Por fortuna, los encontraron a tiempo y los descolgaron. Con una misma cuerda los dos. Ahora estaban en el hospital. Habían hecho un nudo corredizo en cada extremo y habían pasado la cuerda por encima de una viga del granero, se habían subido a unas cajas de manzanas y habían saltado los dos a la vez. Al parecer, estaban enamorados de la misma muchacha. Si las gallinas de la vecina no pusieran siempre los huevos donde se les antojaba. Si la mujer no hubiera entrado a buscar los huevos precisamente entonces. Si la muchacha no hubiera dicho a cada uno que estaba enamorada del otro. Si la vecina no hubiera vuelto a ponerles las cajas debajo de los pies. No fue fácil contener aquel torrente de palabras. Al fin les dije sencillamente que teníamos hambre. En un momento, nos improvisaron cena.

Ella es la más enérgica, e Ilma, la más sensible. Así pues, cuando lima se fue a la despensa en busca de unas conservas, la seguí. Mientras mi tía pescaba pepinillos en una vasija de cinco litros, la puse al corriente en pocas palabras dichas en voz baja. Deberían tenerlo aquí una temporada, no sabía cuánto tiempo. Éste es blando, dijo ella en voz baja, devolviendo un pepino a la tina. Deberían cuidarlo como me cuidan a mí cuando estoy enfermo. Me gustaría saber por qué este año son tan blandos los pepinos, prosiguió ella en voz alta. Las dos hermanas debían de tener un sistema de comunicación secreto. Porque, a pesar de que no se quedaron a solas ni un segundo, es decir, no pudieron hablar, Ella ya había ido a encender la estufa de cerámica. Y, cuando nos sentamos a la mesa, las dos habían vencido su nerviosismo y su reserva, y estaban risueñas y hospitalarias. Se esforzaban por incluir en la conversación a mi amigo y no volvieron a referirse al caso de los suicidas. Debieron de darse cuenta de lo evidente. A pesar de que mi amigo sonreía constantemente. Era tan grande el esfuerzo que había tenido que hacer para comer, hablar y sonreír que después de la cena tuve que acostarlo materialmente. Desnudarlo y ponerle el pijama. Él protestaba y trataba de resistirse. Esto le parecía vergonzoso. No quería ser una carga para unas personas extrañas. Debía llevármelo de allí. Lo arropé bien, porque la habitación aún estaba helada. Le dije que volvería para cerrar la estufa cuando se consumiera el fuego.

De los detalles de su recuperación me informaban mis tías. En la habitación hay un sofá y, delante de las estrechas ventanas, una mesa de nogal pulimentada por el tiempo y un viejo sillón. Frente a la puerta, una gran cómoda y, encima, un sencillo espejo. Las paredes son blancas y sin adornos. Las vigas del techo, oscuras. Estuvo durmiendo dos días. Después se levantó y se vistió, pero durante varios días no salía de su habitación más que a las horas de comer. Al día siguíente de Navidad y poco después del Año Nuevo fui a ver cómo seguía. Las dos veces hice como si fuera a visitar a las tías. Con él intercambié sólo unas palabras. Él pasaba el día echado en el sofá o sentado frente a la mesa vacía, mirando por la ventana. Había silencio. En una de mis visitas, me senté en su cama. Él miraba por la ventana. Su silencio había durado tanto que yo me había distraído y sus palabras me sobresaltaron. Le gustaría tapar el espejo. Si no ha habido ningún muerto en la casa, dije. Parecía que no podíamos sintonizar. En la mesa había un candelabro de latón. Con gesto de concentración, él lo movía hacia adelante y hacia atrás. Cuando en una habitación hay muchas cosas, nos fijamos en la relación que existe entre ellas. Ello nos impide percibir la habitación en su conjunto. Pero, si hay pocas cosas, tratamos de establecer una relación entre ellas y la habitación, pero, en este caso, no es fácil hallar para cada una un lugar definitivo. Se puede colocar aquí o allá. Respecto de la habitación en sí, cualquier lugar parecerá casual. Algo así vino él a decir de sí mismo. Fue como si la máquina de pensar se hubiera puesto a hablar. De este modo pretendía describir su situación. Me hizo reír el intento. Era una risa desconsiderada, me reía de él en su cara, porque disfrazaba su confesión con el manto de la metáfora. Después nos miramos, tratando de suavizar la discrepancia. Nuestros ojos sonreían. Yo me sonreía por aquel impulso de reír, y él por su pudorosa tentativa de camuflarse en abstracciones.

Por las mañanas se sentaba a la mesa. Por las tardes se echaba en la cama. Al anochecer, otra vez en la mesa, miraba por la ventana. Estos movimientos repetidos marcaron el ritmo de su vida durante los tres años siguientes. No tardó mucho en restablecerse. Al final de la segunda semana ya entraba en la sala de trofeos, en la que mis tías habían vuelto a instalar la biblioteca del abuelo, compuesta por un millar de obras, que estaba casi indemne. Quizá sea exagerado llamar biblioteca a aquella colección de obras de una mediocre literatura fin de siglo, seleccionadas con indefectible mal gusto. Empezó a trabajar. Aparecieron papeles sobre la mesa vacía que determinaron el lugar del candelabro.

Al cabo de unas semanas pude comprobar que no había sido mala mi idea. Al contrario, resultó tan buena que mis tías me quitaron las tiendas de la mano. En mi siguiente visita, Ella me llevó aparte y me dijo que esperaba que no tuviera inconveniente en que mi amigo se quedara en la casa una larga temporada. Esta paz tenía que ser buena para él. Y también para ellas dos era conveniente que él estuviera allí. Debía reconocer que a veces pasaban miedo. No podía explicar por qué, pero tenían miedo, y no sólo por las noches sino también durante el día. Hasta ahora no habían hablado de ello porque no querían preocupar a nadie. Ellas conocían bien todos los ruidos. Comprobaban las puertas y el gas. Sin embargo, tenían la sensación de que las amenazaba un peligro, un fuego, o de que alguien las espiaba que rondaba la casa, y no era un animal. Me lo decía riendo. Desdé luego, mi amigo no era un forzudo para protegerlas, todo lo contrario, era una persona frágil, no obstante, desde que él estaba en la casa se sentían más tranquilas. Y, si yo necesitaba la casa para mis diversiones, o pensaba venir de vacaciones con mi familia, podía elegir entre todas las demás habitaciones, tanto las del primer piso como aquí, en la planta baja. No hacía falta que me dijeran que todo era mío. Por eso querían mi aprobación.

Mencionó también ciertas ventajas materiales. Esto me divirtió. Yo sabía que las finanzas de mi amigo estaban más que deterioradas. La suma que pagaría por la habitación era puramente simbólica. De la comida ni se habló. Al fin y al cabo, ellas comían lo que cultivaban en su huerto. Si acaso, a partir de ahora habría menos excedentes para nosotros. En resumen, se habían encariñado con él y querían dar a su afecto un marco convencional y una base material. Habían hecho extensiva a mi amigo su idolatría por mí. Y es que él encarnaba su ideal mejor que yo. Durante aquellos tres años, él no había recibido más que cinco inocentes visitas. Mientras ellas trajinaban por la casa o por el huerto, él trabajaba en su habitación en completo silencio. Desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde no se oía nada. Comía poco y se acostaba temprano. Pero gozaba de las pequeñas cosas, ya fuera un guiso nuevo, una salida de sol en invierno o una planta que florecía tardía e inesperadamente. Las ayudaba en los trabajos más pesados. Partía leña, acarreaba abono, serraba madera y hacía pequeñas reparaciones. Y, lo más importante, las escuchaba no sólo con paciencia sino con verdadero interés.

Su estancia en la casa, que se había descrito como transitoria, había despertado en el pueblo extrañeza y curiosidad. Mis tías contaban que la gente les pedía permiso para mirar por la ventana de su habitación cuando él no estaba. Sin duda querían averiguar qué puede hacer una persona completamente sola entre cuatro paredes. Él no se enteraba, pero comprendía lo anómalo de su situación. Un día me dijo que le parecía que mis queridas tías leían su manuscrito, y que temía que ello les hiciera desconfiar. En otra ocasión, comentó que, cuando, a las tres de la tarde, se levantaba de su escritorio, cualquiera podía ver lo que había escrito. Y que tenía la sensación de andar desnudo entre la gente. Y el presentimiento, agregó riendo, de que el día menos pensado lo matarían como a un perro rabioso. La gente no sabía qué pensar de sus largos paseos solitarios. Más de una vez, un guarda lo seguía a distancia, y él lo había notado, naturalmente. El párroco fue la primera persona del pueblo con la que hizo amistad. Las viejas lo llamaban el hombre de la sonrisa.

La policía dedujo que tenían que haber sido tres los motoristas. En su opinión, tanto la buena visibilidad del lugar como las claras marcas dejadas por los neumáticos reducían al mínimo la posibilidad de que se tratara de un accidente. Su cuerpo estaba en la arena, más cerca del agua que del muro de piedra. Cuando el agua se retira tanto, el lecho del río queda al descubierto. Inmediatamente al lado del agua se extiende una ancha franja de arena, a la que sigue otra más estrecha de lodo y guijarros, más pequeños cuanto más próximos a la orilla. Él estaba echado en la toalla boca arriba. Tenía la cabeza sobre la franja de lodo. Probablemente, dormía. Antes había nadado o, por lo menos, se había bañado. Dijeron que tenía mojado el bañador. Los tres motoristas rodaban en paralelo a una velocidad de unos cuarenta kilómetros por hora, por la orilla ligeramente inclinada, pedregosa y agrietada por la sequía. Teóricamente, no se puede ir a mayor velocidad por un terreno semejante. Venían en sentido contrario a la corriente. Al mismo tiempo, bajaba por el río un remolcador con su tren de barcazas. A aquella hora, aún no podía haber llegado al embarcadero. También las márgenes debían de estar desiertas. En esta época del año ya no quedan veraneantes. Los vecinos del pueblo sólo se acercan al río para buscar algún ganso extraviado o para lavar los caballos. En el embarcadero tampoco acostumbra a haber nadie. A unos sesenta metros del cuerpo, dos de los motoristas debieron de dar gas. Los técnicos no se ponían de acuerdo sobre la intensidad de la aceleración. El tercero los imitó a unos cuarenta metros; quizá estaba indeciso o quizá fue el único que vio el cuerpo. De todos modos, le pasó por encima de las piernas. El del centro le aplastó el tórax y cayó al suelo. Él y la moto resbalaron un buen trecho sobre el lodo endurecido. El tercero saltó desde una piedra directamente a la cabeza de mi amigo. El que se había caído, una vez volvió a subir a la moto, dio una amplia vuelta alrededor de la víctima, probablemente para contemplar la escena, y siguió a sus compañeros. La muerte completó el trabajo al cabo de unos diez minutos. Como uno había quedado atrás, seguramente los otros dos volvieron la cabeza más de una vez; en un trecho de unos treinta metros, sus huellas se ondulaban y entrecruzaban. Después, volvían a discurrir en paralelo río arriba hasta el embarcadero, donde los motoristas habían virado y entrado en la carretera asfaltada en fila india. Entretanto, el remolcador había llegado al embarcadero. El maquinista había visto a los tres motoristas desde la cubierta. No podía decir sino que eran jóvenes, quizá adolescentes. Después vio también un cuerpo en la orilla, pero no le llamó la atención.

Cuando yo llegué, avisado por mis tías, la policía ya había terminado de tomar fotografías y huellas. Anochecía. Pusieron su cadáver en una camilla improvisada y se lo llevaron. Yo caminaba a su lado. Sólo una vez miré lo que quedaba de él. Le colgaba un brazo y sus dedos casi rozaban el suelo. Me hubiera gustado tomarle la mano y ponérsela en su sitio. Pero ni a eso me atreví.

Cuando el agua está baja, los jóvenes del pueblo acostumbran organizar una especie de competiciones de motocross en la orilla. Se investigó inmediatamente a todos los motoristas de los alrededores. No se encontraron indicios sospechosos. Además, a aquella hora, los hombres del pueblo que tenían o utilizaban moto aún no habían vuelto del trabajo. Sólo uno, un panadero de mediana edad, salió camino del horno dos horas después, pero había razones que lo eximían de sospecha. El camping situado a un extremo del pueblo ya está cerrado en esta época del año, pero aún quedaba algún que otro excursionista. Ninguno había visto a jóvenes en moto. Oficialmente, la investigación no está cerrada, pero al cabo de tres años ya no cabe esperar novedades. Desde el primer momento, el inspector de policía encargado de la investigación pensó que los culpables tenían que ser jóvenes gamberros beodos. Y en el pueblo nadie conocía las tabernas y los bares de los alrededores mejor que él. Buscaba a tres jóvenes que aquel día hubieran salido borrachos de uno de esos establecimientos. O tres motos aparcadas a la puerta de uno de ellos. Hasta el día del entierro, también yo me inclinaba a creerlo así.

Vince Fitos, el párroco protestante, enterró a mi amgio en el cementerio del pueblo. Las hojas secas susurraban mientras él hablaba. Era un día de otoño plácido, cálido y oreado que olía a humo. Al entierro fue mucha gente. Unas ancianas cantaron salmos junto a la tumba. Yo miraba las caras. La del párroco que, muy afectado, se sorbía las lágrimas. Contemplaba también la tristemente célebre casa situada al pie de la colina del cementerio en la que, para atender al creciente turismo, se había abierto un hostal. El recuerdo de sus antiguas habitantes fue inmortalizado por la voz popular que dio al establecimiento el nombre de «La csárda de los tres coños». Hasta nosotros llegaba el ruido de platos y el olor a cocina grasienta que traía el viento.

Y entonces tuve una idea, mejor dicho, una intuición. Me aferré a ella con ansia. Si habían sido unos borrachos, el hecho debía considerarse una vergonzosa casualidad. Y no tendría explicación.

No llegaba ni a sospecha. Era muy tenue la idea como para poder fabricar con ella un hilo que pudiera conducir a un indicio. Además, yo no tenía el deseo de atribuirme el papel de sagaz detective. Pero cuando la muerte nos visita queremos encontrar una explicación.

Al otro lado de la tumba había un muchacho pálido vestido con un traje oscuro un poco desteñido. Yo lo conocía, porque mis tías compran la leche en su casa desde hace años. De vez en cuando se estremecía como si tratara de reprimir los sollozos. Y entonces, involuntariamente, cantaba con voz más fuerte. Era uno de los dos frustrados suicidas. Al otro, que no estaba en el entierro, lo había dejado mudo la laringotomía que habían tenido que hacerle. Yo lo conocía de vista, era una celebridad local, hijo de una madre soltera que no llegaba al metro y medio de estatura.

No se sabía quién era el padre. La enana siempre había trabajado en la Taberna Vieja, fregaba cacharros en el mostrador, subida a un taburete. Decían las malas lenguas que se acostaba con los borrachos en la trastienda hasta que quedó embarazada. Y, a pesar de su mala fama, ni su estado ni el nacimiento de la criatura hicieron que se desatara contra ella el furor moralizante del pueblo. Aún hoy se comentan jocosamente sus andanzas. La mujer dio a luz un niño normal y a partir de entonces fue una madre modelo. El niño crecía, alto y guapo, y, a pesar de las circunstancias de su nacimiento, el pueblo veía en él la prueba viva de los arcanos de la naturaleza. Por ello, nadie veía con malos ojos que fuera amigo del hijo de uno de los ricos campesinos del pueblo. Los dos eran uña y carne y los líderes de la chiquillería local. No pudo separarlos ni la circunstancia de que el hijo de la enana iniciara la formación de carnicero y el otro fuera al instituto. Daba la impresión de que habían querido suicidarse juntos para que su amor por la misma muchacha no los convirtiera en rivales. Una actitud noble. Dos animales machos en los que el elemental instinto amoroso había resultado más débil que el sentimiento de amistad.

Durante aquellos años, yo detectaba los cambios sociales que se producían en la región por la conducta de mis tías. Si en el pasado ellas habían dedicado todos sus esfuerzos a salvar del patrimonio familiar todo lo que salvarse pudiera y pasaban privaciones con tal de no desprenderse de una propiedad, ahora, con una irresponsabilidad casi infantil, se habían dejado seducir por la nueva tendencia de la economía. Quizá estaban cansadas. Quizá temían a la vejez y trataban de marchar con los tiempos.

La población de aquella apartada localidad disminuía rápidamente. En consecuencia, en torno al pueblo aumentaba la extensión de tierras abandonadas. Una parte de la población activa había emigrado y los que aún no se habían marchado ya tenían un pie en la ciudad. Viñas y huertos se vendían a gentes de la ciudad que buscaban terrenos para construir segundas residencias. Para los de la ciudad, esta compra significaba la única posibilidad de colocar en inversiones seguras sumas procedente de pequeños chanchullos o de alguna herencia, retirándolas de los bancos estatales que daban ínfimos intereses. La gente de la ciudad, pues, con su dinero improductivo, compraba las tierras improductivas de la gente del campo. También mis tías vendieron. A pesar de que yo me esforzaba por hacerles comprender que cuando existe exceso de capital y la única inversión posible es la compra de inmuebles lo que se debe hacer es comprar y no vender. Empezaron vendiendo una viña por un precio irrisorio. Después, viviendo mi amigo ya con ellas, vendieron, a pesar de mis vehementes protestas, una hermosa parcela del parque. Me dieron el dinero a mí, para que me comprase un coche. Con ello pretendían justificar su insensatez; en realidad, ahora parecían querer decir: que se pierda todo lo que perderse pueda. Y lo mismo parecían pensar los nuevos dueños. Lo arracaron todo sin piedad: arbustos nobles, rosaledas, frutales, tilos y castaños centenarios. Querían hacer borrón y cuenta nueva. Tener algo que fuera totalmente suyo. Les producía un placer irracional poder hacer con su propiedad lo que quisieran. Querían desquitarse de tantos años de riguroso control y, tanto para la propiedad del Estado como para la recién adquirida propiedad privada, las consecuencias fueron desastrosas. Se hicieron chalets adocenados con materiales infames y una ética profesional más infame todavía. Se abrió un camping. La población local, espoleada por la momentánea prosperidad, se pluriempleaba en las nuevas actividades y abandonaba los trabajos tradicionales. Entre los hombres aumentó espectacularmente el número de infartos. Y el domingo el párroco se encontraba la iglesia vacía.

El frustrado suicidio había convertido a los antiguos amigos en mortales enemigos. El joven del traje oscuro que cantaba salmos junto a la tumba haciendo esfuerzos para no llorar empezó a visitar al párroco. Al principio iba sólo para charlar, pero al poco tiempo asistía a las sesiones de estudio de la Biblia, en las que conoció a mi amigo, y acabó yendo a la iglesia todos los domingos por la mañana. Una parte de los jóvenes del pueblo siguieron su ejemplo. Así se formó un pequeño círculo hostil al grupo capitaneado por el amigo mudo. Este grupo estaba compuesto por motoristas exclusivamente. A los que se podía llamar pacíficos. Bebían, buscaban pelea, perseguían a las chicas del camping, ponían las radios a todo volumen, molestaban a los veraneantes y forzaban la entrada de los chalets vacíos para montar juergas.

Mi amigo recibió su primera comunión de manos del párroco. De las circunstancias de su conversión sé muy poco. Únicamente que por aquel entonces se hizo amigo del joven suicida que, una vez terminado el bachillerato, había empezado la formación de mecánico. Por las tardes venía a buscarlo para acompañarlo en sus paseos. Si los paseos solitarios de mi amigo habían intrigado a la gente del pueblo, los que ahora daba con este muchacho, lloviera o nevara, eran un misterio. Al año siguiente, el joven empezó a estudiar teología.

Después del entierro me quedé en el pueblo casi dos semanas. Mis tías me lo pidieron. No hice investigaciones, pero hablé con mucha gente. No me fue difícil, ya que me conocían desde que era niño. Desde luego, nadie me reveló secretos, pero mis sospechas no parecen infundadas. Me consta, porque así me lo dijo este joven discreto, modesto y que medía bien sus palabras, que mi amigo nunca hizo con él algo de lo que tuviera que avergonzarse delante de Dios. Pero me enteré de otra cosa, que no me contó el joven. Durante uno de sus paseos de invierno por la orilla, los motoristas los embistieron por la espalda y, aunque ellos pudieron esquivarlos, el mudo, al pasar, agarró a mi amigo por la manga del abrigo y lo soltó bruscamente haciéndolo caer en las piedras, lo que le produjo una herida en la cara. Si mal no recuerdo, fue poco después cuando mi amigo dijo que temía que cualquier día lo mataran a palos como a un perro rabioso.

Hasta un año y medio después de su muerte no me sentí con fuerzas para sentarme a su mesa. Cada capítulo de la historia de su vida estaba en una carpeta. Lo que más tiempo me llevó fue el estudio de sus notas. Del plan general del manuscrito deduje el orden de los capítulos, pero ni el más minucioso estudio de sus notas me ha permitido descubrir qué dirección quería imprimir en la acción. Encontré, sí, un capítulo inacabado, esquemático, que no encaja en ningún sitio y que tampoco se menciona en ninguno de los índices varias veces revisados. No obstante, me da la impresión de que mi amigo quería dar en él la clave de la historia.

He cumplido mi tarea. No me queda sino agregar este último fragmento.