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Huida

Al fin llegó el día del estreno.

Había empezado a nevar por la tarde, copos húmedos, blandos, densos, perezosos, que el viento impulsaba y arremolinaba.

La nieve cubría los tejados, el césped del parque, las aceras y la calzada, pero pies presurosos y ruedas rápidas no tardaban en trazar en ella sendas oscuras.

La nieve llegaba pronto; nuestro álamo ya se había desprendido de sus últimas hojas, pero las copas de los plátanos de la Wörther Platz aún estaban verdes.

Durante esta copiosa nevada temprana, uno estaba echado en el sofá de la salita y el otro purgaba su rica colección de discos; con una rodilla en tierra, iba sacando los discos del estuche y rompía sobre la otra rodilla los que, sin razón aparente, condenaba a la destrucción.

Ni él contestaba a mis preguntas ni yo a las suyas.

Tampoco después hubo voces, reproches ni lágrimas, que un cariñoso y melancólico abrazo habría hecho olvidar, sino pequeños sarcasmos inútiles, cortados por bruscos gruñidos, protestas refunfuñadas, minuciosa exploración de todas las posibilidades de mortificar sin llegar a hacer sangre, como si estas pequeñas pullas pudieran evitar un dolor mayor.

Excusas y pretextos, pero ni una palabra sobre lo que nos martirizaba, nos amargaba, nos desbordaba y tenía que acabar.

Horas después, cuando por fin salimos para el teatro, la nieve se acumulaba sobre las ramas desnudas, borraba las pisadas y cubría los senderos; la ciudad entera estaba bajo la nieve, que amortiguaba los sonidos; las copas de los plátanos tenían casquetes blancos que relucían a la luz de las farolas.

La sangre que latía suavemente en el tímpano murmuraba: asi está bien.

Creía que era yo el que mentía, aún no sabía que también él me engañaba.

En realidad, aquello no era mentir sino callar ciertas cosas e, insensiblemente, el silencio fue creciendo hasta impedir toda comunicación coherente.

Él dijo que tenía trabajo, que esperaba una llamada, que iría después o que ya vería la obra otro día, que me marchara, que quería estar solo.

Lo de la llamada era verdad, realmente esperaba algo, pero yo no podía imaginar qué era ni por qué tenía que ocultármelo.

Todos conocemos esas extrañas reconciliaciones que en realidad sólo sirven para prolongar las hostilidades. Después, los dos caminaron bajo la nieve con las manos en los bolsillos y el cuello del grueso abrigo levantado, sin mirarse, mudos, aparentemente tranquilos, sintiendo apelmazarse la nieve bajo sus pies.

El amor propio les obligaba a aparentar una calma risueña, pero se mantenían a la defensiva, luchando por dominarse, y esta crispación era lo único que tenían en común, su único vínculo, que no podía romperse porque ninguno de los dos quería reconocer explícitamente la causa de su malestar.

Mientras esperaban el metro en la Senefelderplatz, ocurrió algo curioso.

Faltaban diez días para mi regreso a casa, pero no habíamos vuelto a hablar de mi marcha.

La estación estaba desierta y, como es sabido, estas estaciones del metro, destartaladas y frías, llenas de ecos y corrientes de aire, que también aparecen en mi relato de ficción, están muy mal iluminadas, para no decir completamente a oscuras.

En el extremo opuesto del andén aguardaba otro pasajero, un tipo escuálido y aterido.

Era joven, de aspecto descuidado y huraño, pero lo que más llamaba la atención era su gesto de frío; tenía el cuello encogido, los brazos pegados al cuerpo y las manos entre los muslos y se empinaba sobre las puntas de los pies, como para evitar el contacto con el suelo; de los labios le colgaba un cigarrillo, y la brasa que se avivaba a intervalos era la única nota grata de toda la figura.

El largo túnel estaba vacío y mudo, aún no se oía ni un murmullo lejano que anunciara la llegada del tren, y ya se me hacía tarde; para completar mi descripción del montaje de la obra, no podía perderme ni un minuto del estreno, que coronaba el trabajo de muchos meses.

De repente, el chico vino hacia nosotros, con el cigarrillo en la boca.

Es decir, fue directamente hacia él. Yo pensé que debían de conocerse de algo, lo cual no parecía probable, vista la facha del individuo.

Tuve un mal presentimiento.

Sus pasos no se oían, tenía movimientos elásticos, como si cada vez que ponía el pie en el suelo proyectara su cuerpo no sólo hacia adelante sino también hacia arriba, y quizá lo inquietante era que no apoyaba todo el peso del cuerpo en el talón sino en la punta del pie, lo que le daba a su avance un aire felino; calzaba unas alpargatas deshilachadas, sin calcetines, y a cada paso le asomaban los tobillos por los bajos del pantalón.

La compasión por los desfavorecidos suele estar envuelta en un grueso abrigo.

Llevaba un pantalón estrecho, corto y agujereado en las rodillas y una chaquetilla de cuero rojo de imitación, endurecido por el frío, que crujía a cada movimiento.

Hasta aquel momento, él había estado de espaldas al desconocido y no se volvió hasta oír los crujidos del plástico, que resonaban con fuerza en la estación.

Moviendo los hombros con un elegante gesto de indiferencia, se volvió hacia el chico, que se paró y se quedó mirándolo con una expresión extraña, alerta y agresiva a la vez, de loco.

Aquí podría hablarse de la noche en los parques, donde, a la sombra de los árboles, es más negra la oscuridad; donde seres anónimos, ansiosos de contactos carnales, emiten sus señales con las brasas de sus cigarrillos.

¿Cabe más abyección que el instinto animal del hombre?

No se apreciaba claramente qué miraba, quizá el cuello.

No estaba borracho.

Parecía que una perilla le sombreaba el mentón, pero al acercarse se vio que aquella mancha oscura no era pelo, sino quizá una repulsiva enfermedad de la piel, una marca o un morado debido a un puñetazo o una caída.

Melchior no palideció.

Pero la expresión que adoptó, de total falta de interés por el mundo, reflejaba un cambio interior que podría describirse como un empalidecimiento.

Y aquel cambio de expresión indicaba que no conocía al chico pero había descubierto en él algo muy importante, algo que esperaba desde hacía tiempo pero que no por esperado dejaba de sorprenderlo, ni por deseado de causarle aprensión, como un pensamiento liberador o un impulso irresistible, pero que no quería revelarme, y por eso aparentaba indiferencia.

Pero entonces se delató al lanzarme una mirada fría y fulminante con la que me decía que aquello no era asunto mío, como si yo hubiera cometido una grave indiscreción o una ofensa irreparable y, con una voz ronca y amenazadora, casi sin mover los labios, como hurtando palabras a la insistente mirada del chico, me dijo: ¡lárgate!

Entonces pensé que quería vengarse.

¿Qué sucede?, pregunté, desconcertado.

Lárgate, lárgate, siseó apretando los dientes y, con la cara muy colorada, sacó rápidamente un cigarrillo del bolsillo, se lo puso entre los labios y fue hacia el chico.

Éste lo esperaba en actitud combativa, de puntillas y con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante.

Yo no sabía a qué venía aquello, pero no me sorprendía el cariz que estaba tomando y tenía la seguridad de que acabaría a golpes; no había nadie más en la estación, barrida por un viento que olía a sótano.

Ahora él estaba muy cerca del chico, inclinándose sobre el ciga rrillo encendido y diciendo algo que hizo que el otro no sólo se dejara caer sobre los talones sino que diera unos torpes pasos hacia atrás. Pero él lo siguió, se le puso casi encima, y entonces me pareció que si a alguien tenía que defender sería al chico, pero no podía verlo porque él me lo tapaba con su cuerpo.

Era como si un loco hubiera encontrado a otro más loco todavía; cuando él volvió a hablar con vehemencia, el chico ladeó el cuerpo, indeciso y, con ademán rápido y servicial, se quitó el cigarrillo de los labios y le dio lumbre con una mano que le temblaba.

El temblor de la mano hizo que la brasa se desprendiera y cayera al suelo.

Sin mirarla, el chico empezó a hablar atropelladamente, estuvo hablando un buen rato en voz baja, yo sólo pude oír que hablaba del frío, frío, frío, resonó varias veces en la oscura estación. El tren ya retumbaba en el túnel.

Y entonces, bruscamente, se disipó, se extinguió, el furor que parecía dominar a Melchior.

Había terminado.

Metió la mano en el bolsilo y puso unas monedas en la mano extendida del chico, giró sobre sus talones y vino hacia mí con gesto de decepción y paso cansino.

Mientras se acercaba, arrojó el cigarrillo y lo pisó con rabia.

Ahora sí había palidecido; cuando llegó a mi lado estaba furioso, humillado y desesperado.

Yo miraba al chico, como si su solo aspecto pudiera darme una explicación, pero él, apretando con una mano el dinero que había mendigado y aplastando el cigarrillo apagado con la otra, volvió a alzarse sobre las puntas de los pies y me miró con gesto de desafío, de tristeza y de reproche, como si de todos sus males tuviera yo la culpa, y ahora mismo iba a zurrarme y estrangularme.

Y en una fracción de segundo lo hubiera intentado.

Qué miras tú, es que quieres taladrarme con los ojos, me gritó con una voz chillona que ahogó el ruido del tren que llegaba.

Es que te has creído, es que os habéis creído que conmigo vais a poder hacer eso.

Y en público, gritaba, querer comprarme en público.

Y doblando el cuerpo se lanzó hacia adelante, como un corredor en el sprint final.

No había tiempo para pensar.

En una momentánea pausa entre grito y grito, Melchior abrió la puerta del vagón más próximo, me empujó al interior y saltó detrás de mí; mirábamos al energúmeno atónitos, andando hacia atrás.

¿Creéis en el perdón?

Nos retirábamos hacia el interior del coche, pero la cortante voz de la locura se abría paso por entre los tranquilos pasajeros.

El perdón no se compra con unas monedas.

Una cara enorme, desfigurada por granos purulentos, un pelo rubio y rizado como el de un niño, pegado a la frente por la humedad, unos ojos azules, que no comprendían y que estaban más allá de la desesperación y el furor.

Por su boca gritaba un dios extraño, al que debía llevar siempre consigo.

Mientras nosotros retrocedíamos amparándonos entre los curiosos pasajeros, de otro coche bajó una cobradora que, lentamente, empezó a caminar a lo largo del tren, con la mano en la cartera que llevaba colgada del cuello, sin inmutarse por los gritos. «Pasajeros al tren», dijo con voz apática, a pesar de que en el andén no había nadie más que el chico; ¿de dónde sacaba aquella mujer tanta calma y disciplina?

Imperturbable, la cobradora se limitó a apartar al que vociferaba.

El chico se tambaleó, pero, a fin de conseguir ni que fuera un triunfo mínimo, una pequeña satisfacción, para desquitarse de tanta humillación, antes de que se cerrara la puerta, nos arrojó a la cara su cigarrillo apagado y aplastado; el dinero, no, desde luego, pero no acertó, y el sucio residuo del pequeño incidente cayó a nuestros pies.

Cuando los pasajeros se desentendieron de nosotros y dejaron de mirarnos con curiosidad y reproche, ávidos de escándalo, tratando de leernos en la cara lo que habíamos hecho a aquel infeliz, le pregunté qué había ocurrido.

Él no contestó. Estaba quieto, desencajado, la mano con que se sujetaba le ocultaba los ojos, no me miró.

No hay nadie que sea tan cuerdo como para que no le afecten las palabras de un loco.

En aquel momento, a su lado, colgado de la correa, entre el indiferente estrépito mecánico del metro, yo me sentía al borde de la locura.

Ruedas. Raíles.

Apearme en la siguiente parada, arrojarme bajo las ruedas y dejar atrás todo, absolutamente todo.

A pesar de que no tenía valor ni para tomar las tabletas.

Porque aquello no era la locura, ni siquiera el umbral de la locura.

En aquellos años me faltaba perspectiva; cada una de mis palabras, cada uno de mis movimientos, de mis secretos deseos, objetivos, afanes y propósitos estaban orientados a buscar la satisfacción, la paz de espíritu y la redención en el cuerpo de los demás.

Me faltaba perspectiva, la espléndida perspectiva de la locura de divinidades extrañas, porque lo que a mí me parecía locura o pecado no era el caos de la Naturaleza, sino la prueba de los ridículos convencionalismos de mi educación y de los confusos sentimientos de mi juventud.

O a la inversa, me faltaba la perspectiva de la divinidad misericordiosa, justa, redentora y única, porque lo que yo sentía como un toque de gracia no era fruto de un magnífico orden divino, sino de mis mezquinas maquinaciones y argucias.

Yo creía poder desterrar de mi vida la sensación de irrealidad; era un cobarde, un estúpido hijo de mi tiempo, un oportunista que explotaba su propia vida y creía que la ansiedad, el miedo y la indefensión podían rehuirse o, por lo menos, apaciguarse mediante ciertas facultades del cuerpo.

Pero ¿cómo se puede entender de las cosas cercanas de los hombres ignorando las cosas lejanas de los dioses?

La mierda nunca llega hasta el cielo; sólo se acumula, se seca y se f desmorona.

Le repetí la pregunta al oído, qué había sido aquello, qué estaba esperando, repetí la pregunta con insistencia, aunque hubiera debido callar y tener paciencia.

Cansado de cuchicheos, me respondió en voz alta y seca que lo que había pasado ya lo había visto yo, que había pedido fuego y había ido a dar con un idiota.

Entonces me acordé de mi hermana pequeña, a la que no había vuelto a ver y sentí su pesado cuerpo en mi cuerpo.

Soy una casa con todas las puertas y las ventanas abiertas de par en par, una casa en la que cualquiera puede mirar y entrar, quienquiera que sea, de dondequiera que venga, adondequiera que vaya.

No puedo seguir soportando tus mentiras.

Él no contestó.

Si no me contestaba, me bajaría en la próxima parada y no volvería a verme.

Entonces él movió el brazo con el que se sujetaba y me golpeó la cara con el codo.

Por la ventana abierta se veía la tarde de primavera.

Por fin llegó el día del estreno. Había empezado a nevar por la tarde, copos húmedos, blandos, densos, perezosos, que el viento impulsaba y arremolinaba.

La nieve cubría los tejados, el césped del parque, las aceras y la calzada, pero pies presurosos y ruedas rápidas no tardaban en trazar en ella sendas oscuras.

Ibamos al estreno.

Había llegado pronto la nieve, aunque nuestro álamo ya se había desprendido de sus últimas hojas, las copas de los plátanos de la Wörther Platz aún estaban verdes; horas después, cuando por fin salimos para el teatro, la nieve se acumulaba sobre las ramas desnudas, borraba las pisadas y cubría los senderos; toda la ciudad estaba bajo la nieve, las copas de los plátanos tenían casquetes blancos que relucían a la luz de las farolas.

Fui a ver a Maria Stein, la única superviviente, porque quería preguntarle a cuál de los dos hombres tenía que considerar mi padre, algo que, en el fondo, me era indiferente.

La maleza del año anterior llegaba hasta las caderas; en la escalera del embarcadero estaban sentados unos hombres desnudos de cintura para arriba, para mitigar el calor del sol de la tarde.

El agua se deslizaba perezosamente, formando pequeños remolinos a sus pies, y en la isla amarilleaban las hojas de los sauces que se reflejaban en el agua.

No podía ser domingo porque al otro lado, en el astillero, había actividad, repique de martillos, traqueteo de máquinas y rechinar de grúas.

Por un sendero paralelo a la vía del tren fui hasta la estación del muelle Filatori; sabía que habían traído aquí el cadáver de mi padre y que lo habían dejado en el banco de la sala de espera hasta que vino el furgón a recogerlo.

La sala de espera estaba fresca y vacía, seguramente, habían barrido el suelo con serrín empapado en aceite; entró un gato que me pasó rozando como una sombra; al fondo, junto a la pared, estaba el largo banco.

Detrás de la reja de la ventanilla se movió la cortina y asomó la cara una mujer.

Gracias, no quiero billete.

Entonces, qué hacía allí.

Yo estaba seguro de que aquella mujer habría visto al muerto o, por lo menos, oído hablar de él.

Esto no era un casino sino una sala de espera reservada a los viajeros, por lo que, si no tenía intención de viajar, debía marcharme.

Al final, me faltó valor para preguntar a María Stein cuál de los dos hombres era mi padre, y después sería inútil que indagara en mi cara y en mi cuerpo delante del espejo, buscando un parecido.

También en Heiligendamm, delante del espejo de la habitación del hotel, quería averiguar la procedencia de mi físico y la identidad de mi espíritu, pero mi cuerpo desnudo se me antojaba un traje que no era de mi medida, y los policías no llamaban a la puerta porque quisieran interrogarme acerca de la huida de Melchior sino, sencillamente, porque mi cara magullada había despertado las sospechas del portero del hotel que había tenido que abrirme la puerta a hora tan intempestiva, y el hombre me había denunciado.

De madrugada había amainado el viento.

Yo no pensaba sino que tenía que negar hasta que conocía a Melchior.

Tuve que identificarme, pregunté el motivo de su presencia allí, ellos me ordenaron recoger mis cosas y me llevaron a la comisaría de Bad Doberan.

Se oía rugir el mar, a pesar de que apenas hacía viento.

Sentado en el frío calabozo, desafiar a la suerte y confesar que mi amigo había sido asesinado por el criado del hotel.

Cuando me devolvieron el pasaporte, con sus disculpas y la invitación a abandonar el país lo antes posible, perversamente, pensé en contarles, a modo de despedida, las circunstancias de la huida de Melchior y, además, convencerles de que el criado del hotel había sido ejecutado siendo inocente, porque el asesino era yo.

El mar se había calmado, las olas lamían la orilla y yo esperaba mi tren.

Y como aquel solitario banco de la sala de espera tampoco me decía mucho, salí de la fresca estación al cálido sol de primavera.

Sabía que María Stein no se atrevía a salir a la calle -los vecinos le llevaban la comida-, por lo que estaba seguro de encontrarla en casa. Me abrió la puerta vestida con un chándal que le hacía bolsas en las rodillas y los codos, fumando un cigarillo.

No me reconoció.

Me había visto por última vez en el entierro de mi madre.

Yo la había visto en el entierro de mi madre por primera vez, después de cinco años de que la pusieran en libertad, durante los que se había mantenido alejada de nosotros.

O no quería reconocerme, para no tener que hablar conmigo.

Me llevó a la habitación en la que ellos dos se habían atormentado mutuamente hasta el amanecer, la cama estaba deshecha, por la ventana abierta se veía la estación.

El hombre cuyo apellido llevo le dijo: está bien, María, lo comprendo todo y lo acepto todo, ahora me marcho y no volveré, sólo te pido que mires por la ventana.

Te lo pido por ti, no por mí, quiero que estés segura de que me he ido para siempre.

¿Mirarás?, preguntó el hombre.

Ella asintió, a pesar de que no comprendía del todo.

El hombre se vistió, la mujer se puso la bata en el cuarto de baño, el hombre salió de la casa en silencio, la mujer se acercó a la ventana lentamente.

Pero antes se miró al espejo, se tocó la cara y el pelo, aquel pelo gris que no parecía suyo, pero se vio la cara tersa, y esto le recordó que tenía que buscar las gafas.

Las encontró debajo de la cama, quería ver bien al hombre.

Parecía un abrigo que anduviera solo por entre la alta maleza negruzca del camino endurecido por la helada, una figura que se alejaba a la luz de las farolas, en la fría madrugada.

Aquel año no nevó hasta enero.

La mujer se alegraba de ver aquello, lo agradecía, durante toda la noche, con cada gemido, con cada suspiro, con cada leve jadeo, había tratado de reprimir la angustiada protesta de que ella nunca podría ser la esposa de un asesino, que no podía ni quería, y se repetía que era inútil, que todo era inútil.

Seré tu amante como lo he sido hasta ahora, eso no puedo evitarlo, pero nada más.

Tengo dos hijos que atender, y estoy loco.

No, nada más. Sólo follar.

Él no quería eso, dijo el hombre en el momento en que penetraba en ella, y no por primera vez aquella noche.

Ella tuvo la frase en la punta de la lengua toda la noche, pero no la pronunció, sólo le dijo: tus hijos no me interesan en absoluto.

Sólo puedo añadir, muchacho, que no le dije que no podía ser la esposa de un asesino.

Alzó las caderas, para que él pudiera penetrar mejor.

A ti nunca te quise, le quería a él, a ti no, a él y sólo a él.

János Hámar, a quien tanto había querido María Stein, se marchó a los pocos meses; fue nombrado cónsul en Montevideo y su traje de lino quedó en nuestra casa.

Le quiero, gemía la mujer a cada movimiento del hombre, no he querido a otro en mi vida, por amor a él resistí la cárcel, en ti nunca pensaba, sólo en él, a ti sólo te utilicé.

Es posible que no ocurriera exactamente así.

Lo cierto es que la mañana de Navidad de mil novecientos cincuenta y seis el hombre salió del oscuro camino a la iluminada vía del tren de cercanías junto a la curva que hay antes de llegar a la estación del muelle Filatori.

En la ventana, la mujer iba a desviar la mirada, puesto que no había nada más que ver, cuando observó que el hombre se volvía, sacaba algo del bolsillo y buscaba con la mirada la ventana iluminada.

Su último deseo fue que ella lo viera.

Se disparó en la boca.

Me llamaba muchacho, pero no me hablaba como a un muchacho ni como al hijo de uno de los dos hombres.

De sus insinuaciones deduje lo que habría ocurrido entre ellos, aunque no pude descifrar sus palabras hasta mucho después, por más que ya entonces mis experiencias infantiles me permitían hacerme una idea de lo que es un amor no correspondido.

Sólo a ti, muchacho, puedo decirte lo que no fui capaz de decirle a él, que me era imposible ser la esposa de un asesino.

Y vuestra madrastra.

Pero si hay Dios, él sabrá perdonarme, porque algún valor tendrá a sus ojos la dignidad.

Él lo supo dos días antes, y hubiera podido darme la noticia con tiempo.

Yo no hubiera escapado, es más, me hubiera presentado voluntariamente, siempre había sido muy disciplinada, pero así, no. A este precio, no.

Mi madre, muchacho, se ganaba la vida con su cuerpo, era muy bonita, una puta, pero una puta de pobres, y tuberculosa; ella, si era preciso, se vendía por cuatro cuartos, pero me enseñó que la dignidad no se vende ni se compra.

Y si a ti todavía no te lo han explicado, yo te lo explicaré.

Reventaron la puerta a patadas, me arrancaron de la cama, rasgaron las tapicerías de las sillas, a pesar de que ya sabían que en mi casa no encontrarían nada, si acaso, algo que los acusaría a ellos, ya que les había dado toda mi pobre vida.

Aunque en realidad no les di nada, porque sólo habría vida si hubiera un Dios, y no lo hay.

Lo que yo tengo me lo he dado a mí misma.

Me esposaron, haciendo mucho ruido, para despertar a toda la casa, para que todos vieran que ni una agente de la Seguridad del Estado está a salvo, me vendaron los ojos y me empujaron escaleras abajo cuatro pisos haciéndome chocar contra la pared en cada rellano.

Me detuvieron la mañana de Pascua de mil novecientos cuarenta y nueve.

El día antes había hablado por teléfono con tu madre, y me dijo que la forsitia de vuestro jardín había florecido, ya ha llegado la primavera, reía, a pesar de que también ella lo sabía.

Ella sabía lo que me esperaba durante los tres días siguientes, y ahora también yo sabía lo que me esperaba, pero fue mucho peor de lo que imaginaba.

Te lo contaré por orden y con todo detalle, muchacho.

Nunca he hablado de ello, ni me está permitido, ya que me tienen en sus manos, pero a ti te lo voy a contar, pase lo que pase.

Nunca fui una pieza importante.

Estaba encargada del mantenimiento de los edificios utilizados por la Seguridad del Estado: calefacción, limpieza, ajuar y aprovisionamiento del personal.

Mi graduación era muy superior a mis atribuciones, sólo me arrestaron para que entre los acusados hubiera alguien responsable del aspecto práctico de la operación; me necesitaban para completar el cuadro.

Nunca se había arrepentido tanto de algo como de no haber acribillado a todos aquellos perros.

Me hubiera dado tiempo de sacar la pistola, pero pensé que se trataba de un error fácil de aclarar.

Ahora ya no pueden volver a engañarme.

Vigilan todos mis pasos; estoy en sus listas.

Ni me dejar volver a entrar ni permiten que me vaya, aunque tampoco sabría adonde ir.

En la casa, todo el mundo sabe que he estado en la cárcel.

Pero siempre pueden esparcir el rumor de que soy una espía.

Se puso el índice en los labios, se levantó y con un ademán me invitó a seguirla.

Entramos en un sucio cuarto de baño, donde ella descargó el depósito del váter y abrió todos los grifos. Había ropa sucia en todos los rincones.

Ella se rió y me susurró al oído que no tenía intención de dejar que la envenenaran.

Sus labios me hacían cosquillas en el oído y sentía en la sien el roce de sus frías gafas.

Afortunadamente, tenía una vecina que entendía de estas cosas y cada día traía la leche de una tienda distinta.

Y es que la leche era el medio más apto.

Cuando la pusieron en libertad, le dieron esta vivienda porque tiene micrófonos.

Cerró los grifos y volvimos a la habitación.

Ahora podéis oír lo que hicisteis.

Voy a explicárselo al muchacho.

Yo era como una mosca, atrapada en una gran mano caliente.

Hoy, por una vez, vais a tener que oír lo que me hicisteis.

A partir de ahora dejó de hablarme a mí, por lo que yo tenía la impresión de que no estábamos solos en la habitación.

La llevaron en coche mucho rato.

Después, por el ruido, le pareció que levantaban la reja de una alcantarilla o una trampa de hierro con bisagras, y la hicieron bajar por una escala a una especie de cisterna.

En ninguna de las casas que utilizaba la Seguridad del Estado había algo así, le daban un trato especial: no debía adivinar dónde estaba.

Caminaron con agua hasta la rodilla, luego subieron unos peldaños y a su espalda se cerró una puerta metálica.

No se oía nada, con las manos esposadas se arrancó la venda de los ojos pensando que así, poco a poco, se acostumbrarían a la oscuridad.

Transcurrieron varias horas, ella palpaba el suelo mojado, era un lugar grande, cada movimiento despertaba eco.

Gritó, para averiguar, por lo menos, la altura del techo.

Se abrió la puerta de hierro, entró gente, pero seguía estando oscuro, ella retrocedió, trató de rehuirles, ellos la seguían, eran dos, empezaron a dar vueltas a su alrededor, agitaban porras de goma, ella consiguió esquivar los golpes durante un rato.

Cuando volvió en sí estaba tendida en un sofá tapizado de seda.

Parecía un palacete barroco, no tenía ni idea de dónde se encontraba.

El instinto le dijo que fingiera dormir, poco a poco recordó lo sucedido. Ya no tenía puestas las esposas; esto la desconcertó y se sentó.

Seguramente, la observaban porque en aquel momento se abrió la puerta de la sala y entró una mujer con una taza en la mano.

Parecía que era por la tarde.

El té estaba tibio.

Agradeció el té, pero mientras bebía tuvo la impresión de que la mujer la observaba de un modo extraño, y también el té tenía un sabor extraño.

La mujer le sonrió, pero sus ojos seguían fríos y la observaban atentamente.

Sabía que ellos probaban toda clase de sustancias, y al pensarlo trató de identificar aquel curioso sabor del té tibio, pero esto era todo lo que recordaba.

El siguiente recuerdo era que se encontraba muy mal; todo le parecía enorme, los objetos se difuminaban y, en cuanto ella trataba de enfocarlos con la mirada, volvían a crecer; dedujo que debía de tener mucha fiebre.

Dentro de su cabeza sonaban frases incoherentes.

Le parecía estar gritando, y cada palabra le causaba un dolor tan fuerte que al final tuvo que abrir los ojos. Delante de ella había tres hombres. Uno tenía una cámara fotográfica en la mano y, tan pronto como ella los miró, empezó a disparar, y ya no lo dejó.

Ella los increpó, exigió que le dijeran quiénes eran, qué querían, dónde se encontraba y por qué se sentía mal, y que le trajeran a un médico, trató de levantarse de la cama, una especie de sofá arrimado a una pared de una sala soleada y llena de espejos, pero los hombres no decían nada, la esquivaban y el de la máquina no paraba de hacer fotografías mientras ella les gritaba.

Al principio dejó de sentir las piernas, se tambaleó, se sujetó a una silla, quería quitar la cámara al hombre, pero él retrató también su intento. Entonces los otros dos empezaron a darle puñetazos y puntapiés, mientras el tercero seguía fotografiando.

Esto ocurrió al segundo día.

Al tercer día la subieron de la cisterna atada a una cuerda, habían vuelto a vendarle los ojos y ella se daba golpes con la escala de hierro, pero era un consuelo saber por lo menos dónde se encontraba, y saberlo con seguridad, porque oyó la puerta metálica.

Siguió un viaje largo, no le dieron de comer ni de beber ni le permitieron ir al lavabo, y ella estaba tan débil que se orinó encima.

Crujió la grava bajo los neumáticos y el coche se paró, con un leve zumbido, se abrió una puerta metálica y entraron en un espacio cerrado, seguramente un garaje, porque olía a gasolina y a gases; luego, con un golpe seco, se cerró la puerta.

Estaba contenta.

Si ahora la bajaban por una estrecha escalera de caracol, la llevaban por un largo corredor cuyo suelo de mosaico ella había hecho cubrir de linóleo para amortiguar los pasos y la metían en una celda que recordaba a una leñera, por fin sabría dónde estaba exactamente.

Habrían vuelto a la ciudad.

Estaría en la casa de la calle Eötvös, que ella misma había encontrado y cuyas reformas había dirigido, todo iría bien, pronto estaría rodeada de caras conocidas.

Había una escalera de caracol, pero no había linóleo en el suelo del pasillo, y había una leñera, olía a madera y al azufre del carbón mineral, pero sus manos atadas palpaban húmedas paredes de ladrillo.

Estaba echada sobre algo blando, y dormía a intervalos.

Tenía la boca tan hinchada de la sed que no podía cerrarla y la lengua áspera y pegada a dolorosas llagas.

Para mitigar el dolor, pasaba la lengua por los frescos ladrillos, pero no era suficiente su humedad.

Al fin consiguió quitarse la venda de los ojos.

No, no era la casa que ella conocía; no había esperanza.

Muy arriba vio una especie de tragaluz tapado con un simple cartón; por el borde entraba claridad y aire, de manera que no habría cristal.

Descubrió en la pared una oxidada abrazadera de tubería y contra ella estuvo frotando sus ligaduras hasta que consiguió segarlas y desatarse. Ahora tenía un trozo de cuerda, pero no le bastaba para ahorcarse, además, tampoco tenía de dónde.

Soñaba que oía una música suave que aliviaba todos sus sufrimientos, por lo que sintió despertarse, pero seguía oyendo la música, aunque ya no parecía tan dulce como antes, ahora sonaba a simple música de baile.

Debía de ser una alucinación, sabía que la sed puede provocar la locura, así que se había vuelto loca, pero no tanto como para no darse cuenta.

Muy bien, estaba loca, pero no sabía desde cuándo.

Y se daba cuenta de que iba a tener un ataque de furor como el de la otra vez, en que se había dado golpes contra la pared, a pesar de estar sin fuerzas, pero ni aun así podía parar.

La música venía de fuera, había refrescado y apenas entraba luz por las rendijas.

Debía de haber anochecido.

A partir de este momento, ya no distinguía los sueños de las alucinaciones, no sabía si las imágenes que veía eran reales o imaginarias, porque le parecía que la música había hecho brotar un manantial de la pared, al principio era apenas un hilo de agua que fue creciendo -se ha reventado una tubería, pensó- hasta convertirse en una impetuosa catarata que casi la ahoga.

Un minuto, media hora o dos días después, ya no lo sabía, despertó convencida de que todo iba bien, y metía las uñas entre los ladrillos de la pared y arañaba el cemento reblandecido por la humedad.

Sí, y consiguió trepar hasta el tragaluz, pero en aquel momento volvió a sonar la música y ella resbaló.

Volvió a intentarlo y al fin pudo rozar el borde ondulado del cartón con la punta del dedo, casi sólo con la uña.

El cartón encajaba perfectamente, pero ella estuvo hurgando hasta que cedió y cayó al suelo.

Ahora veía una terraza iluminada por farolillos de colores y gente vestida con traje de fiesta que bailaba con aquella música, y en una escalera que conducía a un oscuro parque dos hombres charlaban en una lengua extranjera con una hermosa joven.

La mujer llevaba un vestido de gasa estampada en colores vivos y estaba muy seria.

Sí al poco rato no hubieran entrado a buscarla, si no la hubieran hecho subir por aquella misma escalera, si los dos hombres y la mujer no se hubieran apartado para dejarles paso con la mayor naturalidad, si no la hubieran conducido por la terraza por entre los que bailaban, aún hoy estaría convencida de que aquella fiesta en el jardín a la luz de los farolillos venecianos había sido otra de sus alucinaciones.

Los olores, las palabras en lengua extranjera, la calidad y la forma de los objetos indicaban que habían cruzado la frontera y que se encontraban en los alrededores de Bratislava.

Primero me enseñaron la firma de tu padre, tuve que leer su declaración y después el protocolo en el que János Hámar confirmaba la veracidad y autenticidad de la declaración.

Había dos hombres sentados en butacones.

Les dije que aquello no era verdad.

Ellos preguntaron con extrañeza por qué no había de ser verdad y entonces, hablando los dos a la vez, describieron en son de burla y en los términos más obscenos mis relaciones con los dos.

O han mentido, o los habéis torturado como a mí, o se han vuelto locos, no puede haber otra explicación ni puedo decir más.

En la mesa había un vaso con agua.

Uno de los hombres dijo que el protocolo del interrogatorio estaba redactado; si firmas, podrás beber.

Si no ha habido interrogatorio, dije, cómo voy a firmar.

Entonces el otro hizo una seña y me sacaron por una puerta lateral.

Después de cerrar la puerta, me golpearon, me metieron en una bañera, dejaron correr el agua caliente, rae golpearon en la cabeza con la ducha y me gritaron que era una espía y una traidora, toma, bebe, golfa.

Recobré el conocimiento en el sótano, y otra vez me llevaron arriba.

No debía de haber transcurrido mucho tiempo, porque aún tenía la ropa completamente mojada y seguía sonando la música.

Pero esta vez no me llevaron por la terraza sino por la escalera de caracol, el garaje y, probablemente, la puerta principal.

Me hicieron entrar en una habitación minúscula en la que no había más que un gran escritorio, un sillón y una silla.

En el sillón, detrás del escritorio, iluminado por una luz muy agradable, estaba sentado un joven rubio. También aquí se oía la música.

Cuando entré, se levantó manifestando una alegría desmesurada, como si llevara mucho rato esperándome, me saludó en francés, me ofreció asiento en francés y se indignó en francés por la forma en que se me había tratado, contraviniendo sus expresas instrucciones.

Podía estar segura de que, a partir de este momento, todo sería distinto.

Le pregunté por qué teníamos que hablar en francés.

Lo gracioso es que parecía sincero, y esto hizo que naciera en mí la esperanza de que quizá al fin había ido a caer en buenas manos.

El abrió los brazos en ademán de disculpa y dijo que el francés era la única lengua en la que podíamos entendernos, y era indispensable que nos entendiéramos.

Yo insistí, ¿cómo sabía él que yo hablaba francés?

Cuando, en mayo del treinta y cinco, su amigo salió de la cárcel, ¿no es verdad?, y le reveló que la policía secreta lo había reclutado, ¿no es verdad?, y usted olvidó informar de este hecho importante, ¿no es verdad?, los dos se fueron a París, y no regresaron a Hungría hasta después de la ocupación alemana, por órdenes del partido y con pasaporte falso, si no me equivoco.

A grandes rasgos así fue, sólo que mi amigo no fue reclutado por ninguna policía secreta y, por lo tanto, no podía revelarme tal cosa ni yo tenía nada de que informar, y nos fuimos a París porque aquí no teníamos trabajo ni podíamos comer.

No deberíamos perder el tiempo en discusiones inútiles, dijo el hombre, más valía ir directamente a lo que importaba.

Había recibido el honroso encargo de transmitir un ruego, y subrayó «ruego», que el camarada Stalin hacía a la camarada Stein. Un ruego que podía expresarse con cinco palabras:

Maria Stein, no seas obstinada.

Ella tuvo que pensar mucho, porque aquel tercer día ya nada le parecía imposible, y mientras contemplaba la cara del joven rubio le pareció que toda su vida había estado esperando aquel ruego.

Si así están las cosas, dijo, Maria Stein debe hacer saber al camarada Stalin que, dadas las circunstancias, no puede satisfacer su ruego.

Su respuesta no pareció sorprender al joven rubio.

Se inclinó sobre la mesa, movió la cabeza de arriba abajo y la miró largamente, después preguntó en voz muy baja y muy amenazadora si Maria Stein imaginaba que pudiera existir un loco que estuviera dispuesto a transmitir una respuesta semejante.

Brillaban las estrellas en el cielo de primavera, había refrescado.

Al fin tuve que levantarme, ella se levantó a su vez, crucé la habitación, pero ella me seguía sin dejar de hablar.

Salí al recibidor, ella hablaba, abrí la puerta, miré a uno y otro lado, ella hablaba sin bajar la voz.

Cuando cerré la puerta y me alejé por el corredor, me parecía seguir oyéndola, bajé la escalera corriendo y salí al camino que conducía a la vía; un tren iluminado y vacío tomaba la curva chirriando.

Se había hecho tarde.

La luz amarillenta de las farolas ponía un fulgor suave y festivo en toda aquella blancura.

El reflejo de la nieve iluminaba y ensanchaba el cielo, los sonidos se amortiguaban y, en lo alto, por los bordes transparentes de las oscuras y pesadas nubes, asomaba de vez en cuando la fría cara de la luna.

Serían poco más de las doce cuando llegué a la casa de la Wörther Platz.

En la amplia escalera me sacudí la nieve de los zapatos, pero no encendí la luz.

Como si aún a estas horas pudiera salir alguien a preguntarme qué buscaba allí.

Palpé la cerradura y metí la llave sigilosamente.

No quería despertarlo si dormía.

La puerta se cerró suavemente en la oscuridad, fue el único sonido.

Procurando no hacer crujir el suelo, casi había llegado al perchero cuando desde la habitación él me gritó que no dormía.

Me pareció que si había dejado abierta la puerta no era para esperarme.

Pero tampoco quería fingir que dormía, no rehuía nada.

Colgué el abrigo y entré.

Producía una sensación grata llevar a aquella habitación el frío de la nieve y el olor del invierno.

El somier rechinó ásperamente y, aunque no se veía nada, comprendí que se había movido para hacerme sitio.

Me senté en el borde de la cama.

Callamos, y era un silencio pesado, ahora había que hablar de lo que fuera, no importaba de qué.

Entonces él dijo con voz ronca que le perdonara por el codazo, que estaba avergonzado y quería darme una explicación.

Yo no quería explicaciones, no me sentía preparado, y le pregunté si le había gustado la función.

No podía afirmar que le hubiera gustado, pero tampoco lo contrario: no le había dicho nada, fue su respuesta.

¿Y Thea?

No estuvo mal, sin duda seguía siendo la mejor, dijo de mala gana, pero no podía ni admirarla ni desdeñarla, nada.

Le pregunté por qué había escapado.

No había escapado, sólo quería irse a casa.

Pero por qué no me había esperado, por qué me había dejado plantado, pregunté.

Se había dado cuenta de que ella y yo nos necesitábamos y no quería estorbar.

No podía dejarla sola, dije, Arno la había abandonado, se había marchado aquella mañana sin dejarle ni un miserable lápiz, ni un pañuelo, pero no por mi causa.

Los dos callábamos, él echado y yo sentado, en la oscuridad.

Bruscamente, como si no me hubiera oído o no le importara la noticia, que pertenecía a una vida ajena que le era indiferente, prosiguió donde yo le había interrumpido: quería contarme algo, algo muy simple y muy complicado a la vez, y aquí no podía, y me rogaba que saliera con él a dar un paseo.

¿Un paseo ahora, con este frío?

Ahora.

Y no hacía tanto frío.

Con paso lento y sosegado, como personas que tienen tiempo, fuimos hacia la Senefelder Platz, cruzamos la silenciosa Schónhauser Allee, y donde la Fehrbellineer Strasse desemboca en la Zionskircheplatz nos desviamos por la Anklamerstrasse y torcimos por la Ackerstrasse, donde acaba el camino.

En nuestros paseos nocturnos, nunca habíamos tomado este camino, que acaba en el Muro.

Mientras paseábamos, yo contemplaba las calles y las casas con un interés distante, como si éste fuera el escenario de mi novela, no el de mi propia vida.

Exploté a fondo la sensación, recreándome en un pasado imaginario que, cuando menos, me evitaba sentir el presente excesivamente cerca.

En este punto, el Muro parece la tapia de ladrillo de un viejo cementerio y, al otro lado, en la tierra de nadie sembrada de minas e iluminada por focos están las ruinas de una iglesia destruida durante la guerra, la Reconciliación.

Era bello ver cómo el claro de luna se filtraba por el descarnado costillar de la torre a la nave abierta y arrancaba un fulgor mortecino a los fragmentos de vidrio del rosetón. Bello, sí, muy bello.

Los dos amigos miraban a la luna.

Un poco más allá, los pasos de un guardia chasqueaban en la nieve húmeda.

Veían la garita y veían al guardia, que daba cuatro pasos hacia adelante y cuatro hacia atrás, y el guardia los veía a ellos.

Todo aquello era tan extraño que casi había olvidado que Melchior quería contarme algo que me daba mala espina.

Suavemente, dejó descansar el brazo en mi hombro, tres fuentes de luz iluminaban su cara, la luna, las farolas amarillas y los reflectores, y ninguna proyectaba sombras porque el reflejo de la nieve las borraba, pero no había mucha claridad, sino más bien una oscuridad con matices distintos.

En resumidas cuentas, me voy a Occidente, dijo en voz baja, todo está arreglado, ya he pagado las dos terceras partes, doce mil marcos, hace diez días que espero el aviso.

Recibiría una llamada telefónica, después debería salir a dar un paseo, alguien lo seguiría, se le acercaría un hombre fumando un cigarrillo, él debería pedirle fuego y el hombre le diría que había olvidado el encendedor en casa pero que con mucho gusto le ayudaría.

Era una suerte que se hubiera ido del teatro, porque cuando llegó a casa estaba sonando el teléfono.

Por eso había pedido fuego a aquel desgraciado y luego tenía la impresión de haberlo echado todo a perder, porque la llamada no llegaba y estaba nervioso, yo debía comprender lo difícil que era para él dominarse con aquella tensión, y se le había escapado aquel codazo, me rogaba que le disculpara.

No sé en qué momento retiró su brazo de mis hombros.

Pero por qué precisamente aquí, susurré, por qué aquí, anda, vamonos.

El guardia no se acercaba, pero a cada cuatro pasos se paraba y nos miraba.

Todavía estoy en casa, dijo con su voz de siempre.

En casa, repetí.

Y me contaba todas estas cosas sin temor, porque no iba a hacer lo que había pensado en un principio. No se iría sin decir nada. Aparte de mí, no se despediría de nadie, del piso no tocaría nada, había hecho testamento, aunque todo lo que tenía sería confiscado, que se lo quedaran, no le importaba, por eso era un testamento simbólico y me rogaba que no lo leyera hasta después de su marcha.

Quizá aún fuera a ver a su madre, pero tampoco le diría nada, me agradecería que lo acompañara, si no era mucho pedir, así le sería más fácil callar. Dentro de tres días le darían más detalles y entonces ya no quedaría tiempo para nada.

Por eso hablaba ahora.

Ni siquiera sé cuándo dejamos de mirarnos, nos volvimos hacia la luna y yo le dije que estaba a su disposición.

Durante aquellos tres días haría todo lo que él creyera oportuno.

No debí decirlo, sonaba a reproche.

Guardamos silencio.

Yo dije que quizá no fuera exacta la cita pero, según Tácito, los germanos creían que las grandes empresas debían acometerse en luna llena.

Ah, esos bárbaros, dijo, y los dos nos reímos.

Y entonces, al reprimir un movimiento impulsivo, comprendí por qué él había tenido que decirme esto aquí, junto al Muro, donde el guardia podía vernos y casi oírnos; no debíamos volver a tocarnos.

Yo dije: vale más que vuelva a Schoneweide.

Sí, también a él le parecía preferible, ya me llamaría.

Al día siguiente la nieve había desaparecido, siguieron unos días apacibles, secos, con un poco de viento, por las noches la columna de mercurio del termómetro descendía bajo cero.

En mi habitación del primer piso de la casa de frau Kühnert de la Steffelbauerstrasse, con todas las puertas abiertas, yo hacía planes imposibles.

La tercera noche pasamos juntos las últimas horas, sentados en su habitación como en una sala de espera.

No encendimos velas ni luz eléctrica, de vez en cuando, de una butaca salía su voz; a veces, de la otra butaca salía mi voz.

A las tres y media de la mañana sonó el teléfono, tres veces, antes de la cuarta señal había que levantar el auricular, pero no contestar y, según lo convenido, el que llamaba tenía que colgar primero.

Exactamente cinco minutos después volvió a sonar el teléfono, una sola vez, señal de que todo iba bien.

Nos levantamos, nos pusimos los abrigos, él cerró la puerta.

En el portal, levantó con dos dedos la tapa del cubo de la basura y, con ademán indolente, dejó caer las llaves.

Jugaba con el miedo de los dos.

En la acristalada estación de Alexanderplatz subimos al suburbano en dirección a Königswusterhausen.

Al llegar a Schoneweide le oprimí ligeramente el codo y me apeé, y no me volví a mirar cuando el tren arrancó.

Él tenía que ir hasta Eichenwald.

Lo esperaban en el cementerio de la Liebermannstrasse, desde donde, por la carretera E 8, puesto de Helmstedt-Marienborn, pasaría la frontera en un féretro sellado, con documentos extendidos a nombre de un cadáver exhumado.

Llovía.

Iba al teatro todas las noches, la húmeda alfombra de las hojas de los plátanos impregnaba las suelas de mis zapatos de charol.

En el piso abandonado zumbaba el frigorífico vacío, y cuando lo abría se encendía la luz como si nada hubiera ocurrido.

El telegrama tenía una sola palabra: llegué.

Al día siguiente rae marché a Heiligendamm.

No tomé en serio la advertencia de la policía y me quedé hasta que caducó mi permiso de estancia, hasta el último día.

Dos años después, en una postal escrita en apretada letra de imprenta y enviada desde un pueblo de vacaciones, me hizo saber que se había casado, que por desgracia sus abuelos franceses habían muerto y que tenía una niña de mes y medio. En la postal se veía el océano Atlántico, nada más, sólo un oleaje furioso hasta el horizonte; según el epígrafe, la vista había sido tomada desde Arcachon.

Hacía tiempo que no escribía versos, pensaba mucho menos, era comerciante en vinos, tintos únicamente, era feliz, aunque ya no sonreía tanto.

Y el otro, de pie en una casa ajena, daba vueltas a la postal, mirando el texto y la foto.

Conque tan sencillo era.

Tan sencillo, se decía.

Tan sencillo era todo, sí, tan sencillo.