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La hermosura de mi anómala condición

La última habitación que tuve en Berlín estaba en casa de los Kühnert, en el primer piso de un chalet cubierto de una enredadera de vid silvestre y situado en las afueras, en Schoneweide.

Las hojas de la vid ya se estaban tornando rojas, los pájaros picoteaban el fruto negro: era otoño.

No es extraño que lo recuerde ahora; tres años han pasado, tres otoños, y ya no he de volver a Berlín, no sabría por quién, ni para qué, por eso digo que fue mi última habitación en Berlín, lo sé.

Yo quería que fuera la última, y lo hubiera sido de todos modos porque así lo dispusieron las circunstancias, o el azar, que es lo mismo, me digo ahora para consolarme, mientras cuido un pesado catarro de otoño y mi cerebro no da para más, pero, aun embotado y moqueando, no para de dar vueltas a las cosas esenciales y me trae el recuerdo de aquellos días de otoño en Berlín

Aunque no es que fuera uno a olvidar algo.

Aunque no sé a quién podría interesar esto, aparte de mí mismo.

Por ejemplo, la habitación de la Steffelbauerstrasse en aquel primer piso.

En cualquier caso, no voy a escribir una crónica de viaje; sólo puedo relatar lo que siento como mío, digamos, la historia de mis relaciones amorosas, quizá ni eso, ya que no tengo la pretensión de hablar de hechos que están fuera de mi ámbito personal, aunque no creo que pueda haber hechos más importantes que los personales, que en sí y por sí pueden ser insignificantes y carecer de interés, mejor dicho, no sé si los hay y de ahí que no lo crea, pero me conformo con que esto sea una especie de memoria, una mirada atrás, un relato cargado del dolor y el placer de la evocación, algo que en realidad escribe uno en su vejez, un anticipo de lo que sentiré dentro de cuarenta años, si llego a los setenta y tres y aún soy capaz de recordar.

El resfriado hace que todo se destaque con nitidez; sería una lástima desperdiciar la ocasión.

Podría contar, por ejemplo, que a casa de los Kühnert, de la Steffelbauerstrasse, en aquel barrio del sur de Berlín llamado Schöneweide, es decir, «Hermosa Pradera», situado a unos treinta minutos del centro, de la Alexanderplatz, que, si pierdes el enlace, que es de una puntualidad rigurosa, y tienes que esperar bajo la lluvia, pueden convertirse en cuarenta o en una hora, decía que a casa de los Kühnert me llevó Thea Sandstuhl, sí, Thea.

Ella me buscó aquel alojamiento, mejor dicho, me lo organizó.

Naturalmente, también su recuerdo ha vuelto a mí estos días de resfriado, aunque, por extraño que pueda parecer, no con aquellas notas estridentes con las que tan provocativamente subrayaba ella su personalidad: el jersey rojo y el abrigo rojo, el sempiterno rojo del que se rodeaba, ni las arruguitas de su cara, aquellos surcos pálidos y trémulos que ella no trataba de disimular, pero que soportaba con una crispación que se manifestaba en la rigidez de la nuca y en su manera de alargar el cuello hacia adelante, como diciendo: mirad mi cara, fijaos en lo vieja y fea que soy, fijaos bien, aunque también he sido joven y bonita, ¡ya podéis reíros!, pero nadie se reía, porque no era fea, ni mucho menos, y quizá precisamente esta obsesión por las arrugas fuera la causa de su amor desgraciado; aunque no era esto lo que ahora me venía a la mente, ni tampoco su figura, sentada en su habitación, con las cortinas de muselina blanca, la alfombra roja y el sillón rojo, sino su risa y su llanto, sus grandes dientes de caballo manchados de nicotina, pero no su risa y su llanto del escenario, que en nada se parecían a los de verdad, y sus momentos de perversidad, en los que burlonamente entornaba los ojos y tensaba la seca piel del mentón; y también me acuerdo del árbol del patio de la sinagoga de la Rykestrasse, porque otro de los elementos de su entorno era aquella escuálida acacia, que tenía un letrero clavado en el tronco en el que se leía que estaba prohibido trepar al árbol, ¿y quién iba a querer, treinta años después de la guerra, subirse a un árbol, un viernes por la tarde, en el patio de una sinagoga del viejo Berlín? ¿A quién podía ocurrírsele idea semejante?, y mientras la luz dorada del templo proyectaba en el patio las sombras alargadas de los judíos reunidos en su interior, yo le dije que tenía fiebre, y ella me pasó la mano por la frente con gesto maternal, pero vi en su cara y noté en la mía que ella quería no tanto comprobar si tenía fiebre como tocar mi piel, que aún era joven y tersa.

Y quizá si al principio digo que esto no puede ni pretende ser una crónica de viaje, es porque no quiero que se me compare ni relacione con Arno Sandstuhl, el marido de Thea, que es una especie de escritor de libros de viaje, aunque soy consciente de que el desdén que manifiesto por la inofensiva afición de Arno a viajar por tierras lejanas y luego escribir sus experiencias debe atribuirse a los celos y está totalmente injustificado; aunque es una afición que me hizo desconfiar, ya que allí son pocos los que pueden hacer tales viajes, allí la llamada fiebre viajera se conoce sólo de oídas, en tanto que él, la eminente excepción, ya había estado, si mal no recuerdo, en el Tíbet y hasta en África, no obstante lo cual debo reconocer que mi infundada antipatía no se debía a esta pasajera desconfianza, ni al desdén, ni siquiera a los celos, sino a la maniobra con que Thea, sin proponérselo, naturalmente, había aludido a un capítulo secreto de mi vida.

La primera vez que los visitamos vivían en otro barrio, también de las afueras, me parece que cerca de Lichtenberg, aunque no lo sé con exactitud, porque, desde que conocía a Melchior, adondequiera que fuéramos me dejaba llevar por él, no veía nada más que su cara, su cara que llevaba grabada en la mía, y mi atención no reparaba en cosas secundarias como, por ejemplo, la dirección que llevábamos -mientras viajábamos él me miraba a mí y yo a él-, pero después, cuando Melchior ya había desaparecido de Berlín y también Thea estaba sola, porque Arno se había ido de casa, la encontré por casualidad en el S-Bahn, nos tropezamos en la parada final de Friedrichstrasse minutos antes de la medianoche, «tengo otra vez el coche descacharrado», dijo, como para justificarse; yo salía del teatro y no nos separamos hasta Ostkreuz, donde yo hice transbordo para ir a Schoneweide, porque seguía viviendo con los Kühnert, y ella continuó, de lo que deduzco que debían de vivir por Lichtenberg aquel domingo por la tarde en que los visitamos por primera vez y yo estuve conversando con Arno, como conversan dos escritores, con ponderación, seriedad y aburrimiento.

Esto teníamos que agradecer a una de las manipulaciones de Thea: por su culpa fue tan rígida y ceremoniosa la escena, porque cuando Arno, que llegó con retraso, entró en la habitación y yo me levanté de la butaca para saludarle, ella nos asió a cada uno por un codo, impidiendo con ello que nos estrecháramos la mano, como si quisiera darnos a entender que ella era el nexo entre nosotros, y no contenta con eso, quiso demostrar que teníamos otras cosas en común y dijo: «dos escritores en crisis creativa», aludiendo a un comentario que yo le había hecho en confianza; le parecía tan importante establecer este paralelismo que no tenía reparo en impedir que nos diéramos la mano, porque esta frase me revelaba a mí las tribulaciones de Arno, y a él, las mías, aunque en realidad, con esta descarada doble traición, pretendía ayudar a Arno sirviéndose de mí y, de paso, sellar la unión entre los tres, metiéndonos a él y a mí en el mismo saco; Arno y yo no nos miramos a los ojos, porque a nadie le gusta que le pongan en evidencia, aunque sea con la mejor intención, ni que le muestren un reflejo de sí mismo al que no se parece ni quiere parecerse.

La situación no era nueva para mí, aunque de esto, por supuesto, no tenían ellos la culpa.

Y Melchior se reía a nuestras espaldas: debían de resultar muy cómicos aquella pareja de escritores aquejados de sequía mental, y yo, molesto como estaba, y quizá hasta furioso, en aquel momento pensé que si se permitía a Arno vajar por todo el mundo sería porque trabajaba para la policía, porque era un espía, un delator; es perfectamente posible, pensé entonces, que él imagine de mí algo parecido, pero no importa lo que yo pueda pensar de él, porque él ya sabe de mí lo que yo deseaba ocultar; y es que, delante de Thea, Melchior no había reprimido sus miradas, delatando lo que queríamos mantener en secreto, es decir, que él y yo no éramos simplemente amigos, sino amantes.

Por otra parte, yo debía a Arno cierta deferencia: no sólo era mayor que yo, andaba por los cincuenta, sino que no había leído nada de lo que él había escrito, sólo sabía que eran libros de viajes que se editaban en cientos de miles de ejemplares, lo cual no significaba necesariamente que no pudieran ser obras maestras, y por qué no; así pues, debía ocultar mi prevención tras una respetuosa cortesía, pero esta recíproca cautela nos violentaba a los dos, mientras Thea ponía la mesa para el café como una funcionaria en domingo por la tarde y Melchior le hablaba de mí cuchicheando.

A pesar de todo, Amo hacía cuanto podía para desempeñar dignamente el papel que se le había asignado, y en sus preguntas por la marcha de mis estudios teatrales y los relatos que escribía advertía yo cierta deferencia, la timidez del fuerte y hasta me pareció que me ofrecía caballerosamente una vía de escape, al darme a entender que en modo alguno pretendía que le hablara del tema en profundidad, «ni mucho menos, sólo a grandes rasgos, de otro modo no se pueden tratar estas cosas, nada de pormenores, un esbozo», dijo sonriendo, y las arruguitas que le surcaban los labios indicaban que sus pensamientos raramente se resolvían en una sonrisa, que lo natural en él era la cavilación, y por eso no miraba al interlocutor a los ojos, como si tuviera reparos, como si ocultara algo, quizá.

Pero mientras le respondía me miró de pronto a los ojos, y su interés, aunque no estaba en lo que yo trataba de decir, era sincero, esto hubiera tenido yo que reconocerlo, porque, cuando una mirada trata de descubrir lo que hay detrás de nuestras palabras, por ejemplo, en qué medida influía en mi trabajo literario la circunstancia de que estuviera enamorado de un hombre, de otro hombre, porque esto era lo que le interesaba, imagino, mientras yo le hablaba, cuando la atención se suelta del hilo de la conversación para sondear en los sentimientos del interlocutor, deberíamos dar a este momento toda la importancia que merece.

Yo sabía que ya había estado en otra habitación en estas mismas circunstancias, totalmente a merced de un hombre, pero Arno, que, por lo demás, transigía con todas las locuras de Thea, ahora parecía no aceptar el papel que ella nos había asignado y que a los dos nos repelía, eso se veía en sus bellos ojos castaños, pero yo tenía otras preocupaciones y prestaba más atención a lo que Melchior susurraba a Thea acerca de mi persona que a lo que yo contaba a Arno sobre mi propio trabajo de escritor, y por eso no advertí que por fin ahora hubiéramos podido sentirnos libres, que su mirada era infantil, curiosa, ávida, abierta y que, con palabras bien meditadas, o incluso sin palabras, nuestra conversación hubiera podido ser no ya grata sino estimulante, no me di cuenta, no reaccioné a la mirada; al llegar al final de mi exposición perdí la ocasión de hacer la pregunta correcta, yo quería ser cortés, pero por comodidad le pregunté lo mismo que él a mí, y no reparé en la ruda indiferencia que denotaba esta mera repetición hasta que él desvió la mirada y, con gesto despectivo, se llevó las manos a las sienes como poniéndose a sí mismo orejas de burro.

Era un ademán con el que no pretendía expresar ni pasión ni menosprecio por su trabajo, sino más bien asombro, turbación, incluso agravio y la renuncia a ser comprendido, «¡oh!, yo soy un simple excursionista», quería decir, y en realidad, era uno de esos gestos de excursionista con los que acostumbra uno a zafarse de las preguntas de qué tal la excursión y el tiempo, porque qué va a decir uno de la excursión y del tiempo.

Él contestó, naturalmente, porque al fin y al cabo se había beneficiado de esa buena educación burguesa que te enseña a salvar los momentos de distracción, de confusión y hasta de irritación con una charla intrascendente, él hablaba como suelen hablar los berlineses, que dan la impresión de enjuagar las palabras en la boca; pero aun en el caso de que yo hubiera sido capaz de prestar atención -Melchior estaba susurrando a Thea qué había cocinado yo para el almuerzo- y hubiera entendido lo que Arno decía, con el lenguaje corporal, con su espalda encorvada, expresaba inequívocamente que aquello nada tenía de interesante, que hablaba por puro formulismo, pero hasta su voz se me escapaba, en parte porque yo estaba furioso con Melchior por sus indiscreciones y quería hacerle comprender como fuera que tenía que callar la boca de una vez, y en parte porque había descubierto, o creía haber descubierto, de qué conocía yo aquella cara parlante, marcada por nítidos pliegues: hubiera podido ser la cara de mi abuelo, si mi abuelo hubiera nacido alemán, una cara toda formalidad, paciencia y sesuda autosuficiencia, cara de demócrata donde las haya, y por eso se me escapaba no sólo el significado de sus palabras, sino hasta el timbre de su voz, me parecía tener delante una carcasa vacía y no era capaz de advertir sino que seguía observándome atentamente mientras procuraba no decir nada interesante, para no ponerme en un aprieto obligándome a prestar atención, y, antes de que Thea acabara de poner la mesa, él se disculpó y se fue rápidamente a su habitación, dejándome de pie, medio apoyado en el sillón y balanceando el cuerpo ligeramente.

Con qué facilidad se encadenan las imágenes del otoño.

Nunca he conocido experiencias de mayor soledad.

Experiencias que tenían ecos de mi pasado, pero el pasado era sólo una señal lejana, una señal que aludía a mis propios insignificantes sufrimientos que flotaban, como todos los momentos vividos, en el aire de lo que yo llamo presente, perfumes de la memoria, efluvios de un mundo al que ya no pertenecía, al que también hubiera podido llamar patria perdida, la patria que había abandonado por nada, sí, por nada, porque nada ni nadie me ataba tampoco aquí, porque también aquí me sentía extranjero, y el único ser humano al que amo, Melchior, también estaba aquí por nada, tampoco él podía hacerme echar raíces, yo estaba perdido, no existía, todos mis huesos y mis músculos eran como gelatina y, a pesar de que tenía la sensación de estar desligado de todo y no pertenecer a ningún sitio, aún me parecía ser algo, un sapo que apretaba el cuerpo contra la tierra, un caracol viscoso que observaba inmóvil mi propia nada, lo que me ocurría no era nada, pero esta nada contenía ya mi futuro y algo también de mi pasado, que había viajado con la sucesión de los otoños.

Y esto hubiera tenido yo no sólo que intuirlo, sino también que comprenderlo aquel otoño, en la habitación de atrás de la casa de la Steffelbauerstrasse, cuando los dos arces que estaban delante de la ventana aún conservaban sus hojas verdes y susurrantes y los gorriones anidaban en el hueco del ladrillo que faltaba encima del marco, pero yo no desistía y seguía esperando descubrir un significado especial, singular, personal; esperando algo, una situación nueva, un estado de ánimo, quizá incluso una tragedia, gracias a la cual yo, sumido en esta vaguedad de la nada, pudiera llegar a descifrarme a mí mismo, porque algo debería poder salvarse, algo que revelara un significado y que me salvara también a mí, que me liberara de esta existencia animal, pero ese algo no podía estar en mi pasado, que era mortalmente aburrido, porque los recuerdos importunos dejan mal sabor de boca, y tampoco en el futuro, porque yo le tenía miedo y hacía tiempo que me había acostumbrado a no planear ni el instante siguiente; no, yo esperaba una revelación, una redención ahora, y es que entonces aún no sabía que basta con conocer la nada, pero hay que conocerla a fondo.

Thea me llevó a la casa en su coche, frau Kühnert era amiga suya, y allí pasaba yo mucho tiempo solo.

Podría decir que siempre estaba solo; hasta entonces no había conocido tan intensamente la soledad de una casa ajena, los muebles relucientes, el sol que se colaba por las rendijas de las cortinas, las franjas claras de la alfombra, el brillo del suelo, sus crujidos y el calor de la estufa, ese calor que aguardaba a la noche, a que llegaran los habitantes y conectaran el televisor.

Era una casa tranquila y apenas más elegante que las sucias viviendas de Prenzlauer Berg, «pájaros grises, viejos patios interiores de Berlín», las describía Melchior en una poesía, pero también tenía barandillas de madera torneada pintadas de gris tórtola, lo mismo que los demás escenarios de mi vida en Berlín, la Chausseestrasse y la Wörther Platz, y linóleo oscuro en la escalera de madera, y olor a desinfectante de la cera del suelo, y vidrieras emplomadas en los rellanos, de las que sólo la mitad conservaban las vistosas flores fin de siglo originales y la otra mitad tenían turbio vidrio prensado que se comía la luz, por lo que era tan lóbrega como la escalera de la casa de la Stargarder Strasse, en la que más tiempo he vivido y en la que llegué a hacerme a la idea de que una escalera no es más que una escalera; sin embargo, no me resultaba tan familiar como la de una casa cualquiera de Budapest, y es que le faltaba pasado, un pasado que se revelaba de las más diversas formas y cuyos signos yo me esforzaba por descifrar, y, aunque sabía que con este juego no conseguiría comprender mejor a Melchior, cuando volvía a casa al mediodía, imaginaba que en mi lugar entraba en la escalera un joven que había llegado a Berlín un hermoso día ya lejano, y ese hombre era el abuelo de Melchior, él era el protagonista de mi novela, cada día más intrincada; él hubiera visto nuevas e incólumes estas flores de vidrio al pálido contraluz de los patios traseros, si hubiera conocido esta casa y su geometría y vivido en presente su pasado.

Abajo, en el oscuro zaguán, hasta de día tenías que pulsar el botón rojo luminoso que encendía la luz de la escalera durante el tiempo que tardabas en llegar al primer rellano, donde tenías que volver a pulsar, pero muchas noches yo subía a oscuras, porque la luz del botoncito se me antojaba el fuego de un faro en una costa lejana, y me era tan grata la ilusión que no oprimía el botón y dejaba la escalera a oscuras y, a pesar de ignorar el número de peldaños, los identificaba por su manera de crujir y en los rellanos me guiaba por el botón rojo, y casi nunca me desorientaba.

Lo mismo hacía en la casa de la Worther Platz donde vivía Melchior, casi cada noche subía la escalera a oscuras, por lo que la respetable frau Hübner, que acechaba por la mirilla, seguramente, subida a una silla, no podía saber cuándo pasaba por delante de su casa, sólo que venía alguien, y abría puerta demasiado tarde o demasiado pronto.

En la casa de la Steffelbauerstrasse el alumbrado de la escalera era malo, sólo funcionaba mientras oprimías el botón y si alguna noche, cuando yo salía, frau Kühnert estaba en la cocina, le faltaba tiempo para salir a encender la luz, para que no tuviera que bajar a tientas, por más que yo procuraba no hacer ruido, porque me fastidiaba que informara de mis idas y venidas a Thea, que quería saberlo todo acerca de Melchior -al cabo de un tiempo, llegué a pensar que también frau Hübner trabajaba para ella-, pero casi nunca conseguía ser lo bastante sigiloso, «si estoy aquí mismo, señor mío, no me cuesta nada alumbrarle», y salía de la cocina muy decidida y oprimía el botón hasta que yo llegaba a la planta baja y le gritaba «gracias», mientras pensaba que, en el segundo piso de la otra casa, ya estaría esperándome frau Hübner, y que tendría que saludarla amablemente a la luz que salía de su casa; pero cuando volvía en plena noche y no entraba en el portal ni el menor resplandor de la calle, tenía que tantear cada escalón o mirar dónde ponía los pies a la llama de un fósforo, porque hasta el puntito luminoso estaba apagado, no había nada que me orientara y me daba miedo tropezarme con algo vivo.

Melchior no conocía esa casa.

Tampoco estuvo en la casa de la Stargarder Strasse, ya que nos escondíamos, mejor dicho, evitábamos llamar la atención, algo en lo que yo tenía práctica y no me resultaba difícil, pero también esto apuntaba de forma desagradable a mi pasado, una sola vez, un domingo por la tarde, con la Stargarder Strasse desierta -aunque podía haber alguien detrás de los visillos-, un plomizo día de noviembre, mientras todo el mundo estaba en su casa, tomando café delante del televisor, nosotros teníamos la sensación de que no podíamos separarnos, y en realidad tampoco teníamos por qué separarnos, hubiéramos podido seguir juntos, sólo que juntos llevábamos ya tres días y la atmósfera que nos envolvía y que excluía todo lo demás se había hecho ya muy densa; teníamos que salir, teníamos que separarnos, estar solos por lo menos una noche, a mí también me apetecía bañarme, porque en casa de Melchior no había cuarto de baño, tenías que lavarte en un barreño o debajo del grifo de la cocina, me sentía sucio, quería estar solo una tarde y una noche, tomar aliento y luego, quizá, antes de medianoche, bajar a la calle y llamarle, oír su voz apoyado en el vidrio frío y tal vez volver a su casa; al principio él sólo quería acompañarme hasta el extremo de la Dimitroffstrasse, para comprar cigarrillos debajo del viaducto, donde a esa hora aún estaba abierto el quiosco, pero no podíamos separarnos, a pesar de que en cada esquina queríamos despedirnos; unas veces, él decía que me acompañaba hasta la esquina siguiente y otras le pedía yo que me acompañara; no queríamos darnos las manos, hubiera sido ridículo, pusilánime y torpe, pero algo teníamos que hacer, no nos mirábamos, hasta que de pronto él me tendió la mano y, como queríamos sentir algo el uno del otro, nos tomamos las manos, no pasaba nadie, pero tampoco era aquello, yo quería darle un beso, allí, delante de la casa, a la luz clara de la tarde.

También la casa de la Chausseestrasse la conocía él sólo por fuera.

Era un domingo por la noche.

Le señalé la ventana desde el tranvía, íbamos al teatro, estábamos solos en la plataforma, él me hablaba en voz baja del levantamiento de Berlín, y yo de la revolución de Budapest, sus frases se alternaban con las mías, él se volvió a mirar hacia donde yo señalaba, pero su expresión no denotó si había entendido, siguió hablando, pero a mí, en aquel momento, me parecía muy importante que, por lo menos, conociera la casa, ya que no la habitación, mi primera habitación en Berlín, que, sin que él lo sospechara, había desempeñado un importante papel en su vida, porque, aunque a Melchior no le era indiferente mi pasado, se cerraba a él, otra cosa no podía hacer.

Era ya mi segundo mes en la Steffelbauerstrasse, me había acostumbrado a la casa y, en cierta manera, hasta le había tomado cariño cuando, una mañana, frau Kühnert, mientras encendía la estufa, dijo que antes de mediodía vendrían los electricistas a reparar la luz de la escalera, que seguramente preguntarían por ella, pero que ella no iba a poder estar en casa, y como yo sí estaría, ¿o no? «Sí», contesté desde la cama, mientras ella, arrodillada delante de la estufa, canturreaba, como siempre que hacía algún trabajo doméstico; al fin y al cabo, yo no acostumbraba a salir, salvo por las noches; como ella era la responsable de la finca, dijo, preguntarían por ella, y yo debía decirles que había tenido que salir, «pues no faltaba más, a ver qué se han creído», y explicarles de qué se trataba, dónde estaba la avería, y no dejar marchar a «esos brutos» hasta que lo hubieran reparado todo.

Yo estuve toda la mañana en casa, esperando que llamara Melchior, porque ya nos quedaban pocos días, pero ni llamó él, ni vinieron los electricistas.

Si hubiera llamado… fuera, un cielo sin nubes, sol y silencio; por las mañanas sólo se calentaba la sala de estar, que estaba situada en el centro de la casa, las noches eran frías, ya helaba a veces, sí, y también mi habitación se calentaba; desde el recibidor se pasaba al comedor y, de ahí, a la sala de estar, mi habitación se encontraba en el ala opuesta de la casa, en un pasillo largo y oscuro que iba de la cocina al recibidor y al que daban los dos dormitorios; yo, aunque hubiera podido ahorrarme la precaución, había dejado abiertas todas las puertas menos las de la sala y la de mi cuarto, para oír el teléfono, por si llamaba Melchior; el tiempo convidaba a salir de excursión o a dar un buen paseo, y si yo hubiera podido hablar por teléfono desde la sala, le hubiera propuesto ir hasta el lago Müggel, «hace un día espléndido» le hubiera dicho, mirando el frío sol desde la caldeada sala, pero también le hubiera dicho que no quería ir con él a casa de su madre, porque él sólo quería llevarme para hacerse más fácil la despedida, porque tenía que despedirse -quizá fuera la última vez que la veía- sin que ella lo notara, y yo no podía ni imaginar que ya no volveríamos a compartir su cama en la habitación fría de su infancia, me parecía inconcebible que aquello tuviera que acabar para siempre.

– ¿De verdad dormías aquí? ¿Y aquí tenías la cama? ¿Y esa mancha del techo, ya estaba? Esa mancha de ahí.

El se reía de mis preguntas, como si no fuera capaz de imaginar que aquí pudiera llegar a cambiar algo y que esta inmutabilidad pudiera causar asombro a alguien, no, las cosas no eran tan inconsistentes, y su madre, a la que, en recuerdo de la abuela de Melchior, huerta de parto, habían puesto el nombre de Helene, se encargaba de que aquí no cambiara nada y guardaba este último refugio para su hijo; aunque, por otra parte, tampoco faltaban razones a Melchior para mantener esta convicción, porque, según me contó no sin cierta vanidad, antes de conocerme a mí, le era casi indiferente con quién se relacionaba, no le preocupaba la seguridad, no era exigente, al contrario, incluso afirmaba que las relaciones más intrascendentes eran las más satisfactorias, y que, para dar consistencia a alguna cosa en su azarosa vida, él depuraba su estilo hasta alcanzar una estética sublime, y en sus versos, de un hermetismo inhóspito, se imponía rigurosa ascesis, frugalidad y disciplina; pero aquí, pasara lo que pasara, él podía volver cada fin de semana, con la maleta de la ropa sucia -su madre se empeñaba también en lavarle la ropa-, seguro de que todo seguía igual: «sólo la mancha, esa mancha, no apareció hasta después», decía riendo, pero su risa nunca significaba mucho, se reía sin motivo, porque sí, y nada extinguía la risa de sus ojos, salvo cuando creía que nadie le veía. Y yo tampoco podía imaginar que un domingo por la mañana ya no me despertaría el sonido de las campanas que entraba por las pequeñas ventanas de la casa de sus padres, que ya no percibiría cómo se mezclaba en el aire frío de la habitación el olor de su piel con el fuerte perfume de las manzanas y el aroma dulzón del pastel preparado para el café del domingo; las manzanas, alineadas encima del armario, el pastel, bañado en azúcar, en el mármol de la cómoda, todo dispuesto para la tarde, y la ventana, siempre abierta, pero su expresión se nubló y él me miró los labios y la frente cuando, sin pensar, le confesé que me gustaba el olor de su sudor, mi nariz, la palma de mis manos y mi lengua adoraban este olor, y, como si con ello le hubiera causado un dolor, me abrazó y exhaló unos sonidos extraños: «te huelo, te toco y te saboreo», dijo, yo pensé que aquello era risa, pero fue un sollozo corto y seco que se quebró en un suspiro ahogado y trémulo, allí, en la cama quejumbrosa de la casa de la Worther Platz.

Entonces imaginé el camino que rodea el lago Müggel, cubierto de hojas de los colores del otoño, la tersa quietud del lago, el rumor de nuestros pasos sobre la hojarasca humedecida por la bruma matinal, y yo le hubiera pedido que fuera allí conmigo, si más no, porque tal vez allí él hubiera podido al fin conciliarse plenamente conmigo, o yo con él, pero sabiendo al mismo tiempo que esto era imposible, ¡oh, fabuloso otoño!, o también hubiéramos podido ir al zoo, si el paseo por la orilla del Müggel le parecía demasiado apartado o problemático, porque, a juzgar por las vistas que vislumbraba distraídamente en mis viajes en el S-Bahn, también el zoo era un jardín con senderos discretos y sombreados, además, aún no habíamos estado en el zoo, a pesar de que nos lo habíamos propuesto muchas veces, pero también imaginaba que me llevaba un cuchillo de la cocina de los Kühnert y lo asesinaba durante el paseo.

En la última casa en que viví en Berlín me levantaba tarde, es decir, me despertaba dos o tres veces pero no conseguía levantarme hasta casi mediodía. La primera vez me despertaba bruscamente el doctor Kühnert, que salía de su dormitorio y pasaba por delante de mi puerta, camino del cuarto de baño, haciendo chirriar las tablas del suelo, y yo me tapaba la cabeza con la almohada para no oír lo que venía a continuación; él entraba en el cuarto de baño y primero orinaba, yo oía claramente -el tabique era delgado- el breve y agudo gorgoteo que precedía a un murmullo que se apagaba paulatinamente, y yo sabía que el doctor había apuntado al fondo de la taza, allí donde queda el agua estancada después de la descarga, también yo lo hacía, de niño, y no dejaba de admirarme que un hombre de cincuenta años y profesor de universidad se divirtiera con eso; pero si sólo oía un golpecito suave y el líquido caía en la porcelana con un rumor sordo, entonces sabía que iba a evacuar.

Las ventosidades en sí nada demostraban, pero cuando orinaba de pie sonaban de un modo muy distinto de cuando estaba sentado y la taza hacía de caja de resonancia, eran sonidos muy elocuentes, y de nada servía que me tapara la cabeza con la almohada, porque a través del tabique se oía claramente el gemido, el suspiro, el papel que se arrugaba y frotaba; de nada servía la almohada, porque yo escuchaba como si disfrutara con ello, como si quisiera demostrarme a mí mismo, con un ejercicio de masoquismo, que los oídos no pueden cerrarse como se cierran los ojos o la boca; pero faltaba la segunda parte, dejaba de correr el agua, se hacía un momentáneo silencio y, si yo no hubiera sabido lo que venía ahora, tal vez hubiera podido dar media vuelta y dormirme otra vez, porque, en aquel agitado duermevela matinal, no controlaba la transición entre el sueño y la vigilia, a veces las pálidas imágenes del sueño no se disipaban ni a la luz de la lamparilla, tenían rostro, tenían manos, se alejaban sólo lo justo para que no pudiera alcanzarlas, brincando entre los libros de la estantería, o el contorno de la habitación se diluía en el sueño, aún veía la ventana, pero ya era una ventana soñada, el árbol y el hueco de la pared en el que vivían los gorriones se convertían en imágenes de sueño, y yo me sobresaltaba, porque ahora Kühnert se había situado delante del espejo, se inclinaba sobre el lavabo, mismamente al lado de mi cabeza, se sonaba con los dedos, el agua volvía a murmurar y, entre toses y broncos carraspeos, se arrancaba esforzadamente los esputos y los escupía al lavabo, directamente a mi oído.

Después, a las siete, me despertaban los golpecitos en la puerta, «sí, pase», decía yo en voz alta, una voz que, a aquella hora del día, siempre sonaba a extranjera, señal de que había querido decir en húngaro lo que al instante había comprendido que tenía que decir en alemán, y entraba frau Kühnert, canturreando, a encender la estufa.

Por la noche, pisando una alfombra de viscosas hojas de plátano, que no tardaban en empapar las suelas de mis zapatos de charol, iba al teatro.

Para entonces Melchior ya había desaparecido. Me había dejado Berlín, húmedo y gris.

Después de la función subía al piso de la Worther Platz; estaba frío y, a la luz de la lámpara, el púrpura de la cortina parecía descolorido, pero no encendía las velas.

Estaba lloviendo.

De un momento a otro podía llegar la policía y reventar la puerta.

En la cocina zumbaba el frigorífico.

Al día siguiente también yo me marché.

En Heiligendamm lucía el sol, pero lo que allí me pasó no puedo explicármelo.

Si yo manejara las palabras a la ligera podría decir que allí fui feliz y en esta sensación de felicidad influían sin duda el mar, el viaje y todo lo que lo había precedido inmediatamente, pero también el hermoso lugar, la llamada «Ciudad Blanca del Mar», aunque lo de ciudad no deja de ser una pequeña exageración, porque a uno y otro lado del elegante balneario no habrá más de una docena de chalets de dos plantas, todos iguales, dispuestos en semicírculo, cara al mar sí, y blancos, allí todo es blanco, los postigos, ahora cerrados, los bancos diseminados por el suave césped, las columnas del porche y las sillas de la orquesta de verano, apiladas en un rincón, blancas siluetas entre el verde intenso de los setos de boj recortados en figuras geométricas y de los corpulentos abetos negros, pero creo que más que cualquier otra cosa influyeron en mi sensación de bienestar el engañoso buen tiempo y la calma.

Digo engañoso porque el viento aullaba y unas olas grandes, duras como el acero, reventaban en surtidores de espuma al chocar contra el malecón; digo calma porque, en el intervalo entre los estampidos, el oído se hundía en la sima de la ola, expectante, y era una liberación percibir el estruendo de una fuerza que se convertía en peso; pero al anochecer, cuando salí a dar un paseo, todo se había sosegado, y la luna, llena y baja, relucía sobre mar abierto.

Iba por el dique en dirección a Nienhagen, la población vecina; a un lado, el agua clamorosa que refulgía como vidrio hecho astillas, al otro lado, el páramo mudo, y yo, el único ser viviente entre los elementos; por la tarde se me habían terminado los cigarrillos, y Nienhagen, protegido por los vientos del oeste por el llamado «Gespensterwald», o Bosque de los Fantasmas, no podía quedar muy lejos, a juzgar por el mapa -había medido la distancia trasladando la escala con un fósforo doblado por la mitad, y parecía asequible: a veces mis ojos, cegados por el viento, creían percibir el parpadeo del faro-, por lo que había decidido comprar allí los cigarrillos y tomar un buen té caliente antes de regresar; imaginaba a unos pescadores plácidamente sentados a una mesa, a la luz de las velas, y me veía a mí mismo, el forastero, en el momento de entrar, veía las caras que se volvían hacia mí y veía mi propia cara.

Me veía a mí mismo caminar delante de mí, claro y transparente, y me seguía con paso rápido pero torpe. Como si mi cuerpo no pudiera soportar la tortura de la separación.

El viento se me colaba en el ancho abrigo, me sacudía, me empujaba y yo, a pesar de que me había puesto toda la ropa que traía, estaba helado; no es que sintiera realmente el frío, pero tenía miedo de él, sabía que esta insensibilidad era una piadosa ilusión de los sentidos y que en realidad estaba aterido; en otro momento, probablemente, hubiera dado media vuelta, claudicando ante el miedo, y hubiera podido justificar fácilmente el regreso aduciendo que hacía mucho frío, que un resfriado era un precio muy alto por un insensato paseo nocturno, pero esta vez no me dejé engañar por mí mismo: era como si esa imagen, que con tanto esfuerzo, con monstruosa autodisciplina, traza uno de sí mismo para que los demás lo vean de esa manera, y que considera propia y verdadera a pesar de que no es más que una caricatura, se hubiera borrado, porque este otro era realmente yo, mis sentidos seguían actuando como de costumbre, pero había un desfase, una fisura, quizá más de una, desplazamientos, grietas a través de las cuales me parecía ver a otro, a un desconocido.

A uno que hacía mucho tiempo, y también ese mismo día, había llegado a Heiligendamm y que por la noche había salido camino de Nienhagen.

Como si lo ocurrido aquel día hubiera pasado hacía cincuenta, setenta o cien años, a pesar de que no ocurrió nada en absoluto.

Era emocionante, era nuevo, era una dicha inefable contemplar esa disociación, y no obstante yo asumía el proceso con la calma de un hombre de experiencia, como si tuviera cincuenta, setenta o cien años más, un amable anciano que rememora su juventud; pero nada prodigioso ni místico había en ello, y tampoco ahora tenía valor para tomarme las tabletas de somnífero que llevaba en una cajita redonda, a pesar de que no hubiera podido imaginar para mi muerte circunstancias más poéticas; pero, como algo había que hacer, opté por separarme de mí mismo por un acto de imaginación, con lo que pretendía liberarme de mis confusos sentimientos, porque lo que yo sentía como el futuro de aquella mi otra existencia no era sino mi pasado y mi presente, todo lo acontecido o por acontecer.

La situación era extraña sólo porque yo no me identificaba ni con el uno ni con el otro y, en mi sobreexcitación, me sentía como el actor que se mueve por un escenario romántico, como si mi pasado fuera una representación de mí mismo como lo sería mi futuro, con todos mis sufrimientos, como si todo pudiera proyectarse, como en un juego, hacia el futuro o hacia el pasado, como si nada hubiera ocurrido, o como si hubiera ocurrido mucho tiempo atrás; todo podía cambiarse, sólo en mi imaginación existía confusión y conflicto entre los distintos segmentos de mi vida, confusión que debía atribuirse a una actitud determinada por el peso de lo cotidiano, a la que podía llamarse Yo, que yo exhibía como mi Yo, pero que no era yo. Soy libre, pensé entonces.

Pero mi imaginación elige al azar y con torpeza sólo algunas posibilidades de mi ilimitada libertad, para formar con ellas un rostro que pueda ser amado por los demás y en el que al fin yo mismo crea reconocerme, pensaba yo entonces.

Hoy ya no lo creo así, pero entonces me asaltó la idea con tanta fuerza e intensidad, vi con tanta claridad a aquella criatura que había permanecido incólume y libre frente a las diversas posibilidades de realización, él iba conmigo y yo con él, él temblaba y yo sentía su miedo, que tuve que pararme, pero no era bastante, tuve que arrodillarme, para dar gracias por el momento, a pesar de que mis rodillas no querían doblarse con humildad, por más que mantenía bajos los ojos, y sentía que hubiera preferido permanecer indiferente, como una piedra, no, ni eso, como unos jirones al viento.

La luna estaba baja y amarilla, como al alcance de la mano, y se reflejaba cerca del horizonte con un resplandor pálido que no revelaba la ondulación trémula de las olas, el agua parecía lisa allá lejos; ilusión óptica, pensé, una más, porque, al otro lado del dique, en el páramo, la luz no encontraba perfil, superficie ni cresta en la que reflejarse, y se perdía y apagaba, y como la mirada inquieta no descubría contorno en el que posarse, aquello no parecía oscuridad ni negrura, sino la pura nada.

Había llegado a Heiligendamm al atardecer y me había puesto en camino ya oscurecido, con la luna en el cielo.

Yo no adivinaba qué había realmente allí, donde el mapa indicaba un pantano, y la guía, un páramo; estaba muy hondo. Y callado.

Como si también el viento se contuviera, como si más allá del dique desistiera de soplar.

¿Estaba la tierra baja cubierta de juncos y cañas o se embozaba en hierba fingiéndose pradera?

En otro tiempo, yo hubiera peleado allí con fantasmas, ahora me parecía más espantoso este vacío.

Entonces, años atrás, y de eso tendré que hablar más extensamente después, aunque preferiría evitarlo, si alguna sombra, movimiento o sonido brotaba inesperadamente, pronunciaba mi nombre a mi espalda, me hablaba, o me interpelaba en silencio, siempre tomaba la forma de mis temores, en tanto que ahora lo que fuere se extendía lúgubremente sobre el pantano, quieto y callado, sin proyectar sombras.

Sólo observaba.

Vacío de indiferencia que planeaba sobre el páramo y parecía mirar burlonamente al que se extraviara por aquellos parajes, y era una burla inquietante la suya.

Concedido, aquello nada tenía de espantoso sino que más bien resultaba disciplinario, y su fuerza se manifestaba en que ponía freno a mi exaltada imaginación, que trataba de desbocarse para inventar su propia historia, deseo vano; aquello me advertía que me había hecho perder la noción del tiempo y abierto rendijas en mi alma para permitirme atisbar en mi cuerpo y que, a cambio de esta revelación, sólo me pedía que no lo olvidara, es decir, que no me creyera la historia que me había inventado como soporte de mi Yo, y que, si no tenía ni el humor ni el valor necesarios para matarme, lo sentiría siempre allí, dolorosamente presente, fuera de mí pero dispuesto en todo momento a intervenir en mis llamados órganos vitales; porque, por muchas ilusiones que me hiciera y por muy independiente que me creyera, de éstos no poseía más que uno o dos, mi existencia no podía ser controlada por la imaginación, no debía ser petulante, no debía imaginar que una ensoñación de mar y luna podía hacerme más libre y no digamos más feliz.

Entonces me levanté y, como el que ha terminado sus oraciones, maquinalmente, me limpié las rodillas.

Y este gesto de limpiarme las rodillas -hubiera sido inútil tratar de reprimirlo, con lo que llegan a inculcarnos el sentido de la pulcritud-, de pronto, me hizo verme a mí mismo un poco ridículo e hipócrita; rápidamente, me volví, ¿no sería preferible volver atrás? Al fin y al cabo, al lado del comedor, separada por una puerta vidriera, había una salita muy agradable, con sillones, en la que había comido muy cómodamente, y en la que podría comprar cigarrillos y tomar un té, ya que no cerraban hasta las diez; el viento aullaba, de buena gana me hubiera puesto a aullar con él y me hubiera tirado al suelo, pero ya estaba muy lejos de las luces de Heiligendamm, hasta ahora no me había dado cuenta de lo lejos que estaba y, al parecer, también me hallaba en terreno elevado, porque a mis pies, donde la tierra y el agua se encontraban, parpadeaban luces que delataban la presencia de casas, y mi retirada me hubiera resultado tan vergonzosa como el miedo que me ponía en la espalda la vacía mirada del páramo.

Me puse a pensar en cómo continuar.

Era totalmente imposible avanzar sin exponer a aquella mirada un lado de mi cuerpo, especialmente, la espalda. ¿Y si me desviaba hacia la orilla?

Pero tan pronto como surgió la idea, descabellada, por cierto, porque la espuma que relucía al amarillento claro de luna azotaba la base del dique -por otra parte, una mitad de mí se alegraba de que la otra creyera que, con una pequeña estratagema, amparándose en el dique, podría evadirse de algo que no tendría más remedio que afrontar-, cuando surgió esta idea, vino con ella una figura, no un fantasma sino más bien la noción de un hombre joven que entra por la puerta vidriera, mira en derredor, nuestros ojos se encuentran y el sol luce en la sala.

De modo que volví a dar media vuelta y seguí andando en dirección a Nienhagen.

Esto se pone cada vez más divertido, pensé.

Porque yo estaba aquí y me imaginaba que no estaba, y conmigo iba el anciano que yo sería, si vivía, y con él venía su juventud, y el anciano que recordaba su juventud, aquí, en el escenario de la orilla del mar, personificaba perfectamente mis ideas puestas en clave literaria: la sala con los sillones, sobre el mantel de brocado blanco, la taza de café que él se llevaba a los labios, y también el joven estaba con nosotros y, con la mano en el respaldo del sillón, nos daba alegremente los buenos días a los que estábamos sentados a la mesa, pero, para poder contemplarlo mejor, porque era el que más me interesaba, le hice retroceder hasta la puerta por la que acababa de entrar, porque me parecía que era él el que me pertenecía por completo, ya que no existía, y había alguien más, uno que nos observaba y que me ofrecía a ese rubio muchacho a cambio de que yo me aviniera a ser un dócil instrumento de su poder.

Éste fue sin duda el momento en el que sellé mi pacto secreto, que desde hacía años había estado gestándose insensiblemente; porque si hoy, consciente de las consecuencias, desencantado y lúcido, me imagino lo imposible, es decir, qué hubiera ocurrido si, cediendo al miedo, no hubiera seguido hacia Nienhagen sino que hubiera dado media vuelta y, como cualquier sensato mortal, me hubiera retirado a mi aburrida y vulgar habitación del hotel, entonces seguramente mi historia hubiera discurrido por el cauce de las reglas de la normalidad, y los desvíos y extravíos que hasta entonces había habido en mi vida, simplemente, hubieran señalado la dirección en la que no debía ir, y quizá con sobria y sana repugnancia hubiera podido sofocar en mí la voluptuosidad que me ha deparado la hermosura de mi anómala condición.

Paseo de una tarde lejana

La víspera por la tarde, cuando llegué a Heiligendamm, estaba muy cansado para cambiarme y cenar en la mesa redonda, por lo que, dejando las presentaciones para la mañana siguiente, me hice subir la cena a la habitación y me acosté temprano.

Pero el sueño no acudía a mis ojos. Era como si estuviera dentro de una gran burbuja oscura, cálida y blanda, zarandeada por las olas y, aunque tenía la impresión de estar protegido, el agua chapoteaba ininterrumpidamente sobre mi cabeza y la espuma se me metía por entre los párpados.

La casa estaba en silencio.

Me parecía que silbaba el viento, pero las recortadas cimas de los abetos estaban inmóviles frente a la ventana.

Cerré los ojos y apreté los párpados, para no ver nada, pero, cuando no veía nada, volvía a sentirme dentro de la burbuja cuya oscuridad mitigaban las imágenes que aparecían y desaparecían, imágenes de mí mismo que no me dejaban descansar, mostrándome escenas que yo creía olvidadas porque deseaba olvidarlas; en esa misma cama en la que ahora me hallaba había dormido, boca arriba, roncando, mi padre, aunque también sabía que él no dormía en esa cama sino en el estrecho sofá del salón, con los zapatos en el suelo, que parecían muy solos, sin los pies, y los robustos muslos abiertos impúdicamente, y por las persianas entraban franjas del sol de la tarde que se cruzaban con las rayas del suelo, y yo sentía cómo mi cuerpo, convulsionado por la visión, se estremecía en sueños; no podía soportarlo, necesitaba luz y aire, el cuerpo de mi padre, agitado por la respiración, me mostraba el pasado en forma de un presente excesivamente cercano y doloroso, pero volví a entrar en la oscuridad y me vi a mí mismo venir hacia mí, apareciendo y desapareciendo a la luz de las farolas de una calle conocida y mojada, quizá la misma Schönhauser Allee, deserta, la víspera de mi partida, poco después de la medianoche: regreso a casa después de dejar a mi vieja amiga Natalia Kasatkina, en la esquina de la Senefelderplatz, delante de los urinarios, espero mi “llegada» y, mientras oigo acercarse mis pasos y mi figura aparece y desaparece, se me antoja que de los pequeños edificios oscuros que se divisan entre las ramas desnudas, brota un gemido, el viento hace oscilar la puerta al ritmo de mi respiración y, cuando la puerta se abre, veo el interior: delante de la pared alquitranada hay un hombre alto que, cuando al fin me acerco, me tiende una rosa con una amplia sonrisa.

Era una rosa color violeta.

Pero yo no quería tocarla, también esta imagen tenía que ahuyentar: sería hermoso descansar en un vacío sosegado y luminoso; mi prometida se desliza suavemente hasta lo más hondo de mi ser, y en el instante en que, con gesto arrogante, se arranca de la cabeza el sombrero con el velo, su melena roja le resbala sobre los hombros, y ella me acerca la cara, anhelante, pero, en lugar de su aliento, siento una vaharada fétida y repugnante.

Sonó un portazo muy cerca.

Me senté en la cama completamente despierto, sobresaltado, sin duda.

La puerta del dormitorio estaba abierta y los blancos muebles del salón refulgían a un resplandor azulado.

Y no había ventana alguna por la que hubiera podido ver balancearse las cimas de los abetos, la cortina estaba echada, el viento no silbaba, se oía el rumor del mar, pero lejano, porque mis habitaciones daban al parque.

Era como si el portazo del urinario fuera el último sonido de mi sueño, que me había seguido hasta mi vigilia. Pero en el pasillo sonaban pasos presurosos que se alejaban, en la habitación de al lado sollozaba o gritaba alguien, violentamente, al parecer, o quizá era muy delgado el tabique, y entonces se oyó un golpe sordo, como si hubiera caído al suelo un objeto, o un cuerpo.

Yo aguzaba el oído, pero no oía nada más.

No me atrevía a moverme; el chirriar de la cama, el roce de la sábana, hubieran roto el silencio, el brusco movimiento de apartar el edredón hubiera podido ahogar los sonidos de un asesinato, pero no se oía nada. De todos modos, yo no estaba seguro de no haberlo soñado; por un lado, porque a veces sueñas que te despiertas, y no haces sino sumirte en el sueño más profundamente; por otro, me parecía que aquel llanto, los gritos y el golpe del cuerpo en el suelo ya habían sonado en otro tiempo, y también esto me recordó a mi padre, y, a pesar de tener los ojos abiertos, lo veía estremecerse en sueños, incorporarse en el sofá y caer al suelo rayado de sol, y es que entonces, hace veinte años, cuando él dormía por la tarde en el sofá del salón en el que yo dormía por la noche, teníamos alquilada precisamente la suite en la que ahora yo creía oír tan extraños sonidos, y por ello surgía en mí la duda de si realmente había vivido aquello o sólo había vuelto a soñarlo, porque, cuando cerraba el balcón de la terraza antes de acostarme, me había venido a la memoria la forma en que habían terminado de una vez para siempre los hermosos días de Heiligendamm.

Entonces, en las noches cálidas, dejábamos abiertas no sólo las ventanas sino también la vidriera de la terraza, lo cual me producía gran alegría porque, cuando por fin mis padres cerraban la puerta de su dormitorio, yo esperaba un tiempo prudencial, me levantaba sigilosamente y, tratando de convencerme a mí mismo de que tenía dominados todos mis temores, salía a la terraza.

A aquella hora, en una soledad imponente, la amplia terraza de piedra parecía planear sobre el parque; yo tenía la sensación de flotar en el aire; cuando había luna, su resplandor se filtraba entre los árboles y dibujaba en el suelo las picudas sombras de los abetos, y contemplaba la escena tratando de aislarme del entorno, como si no estuviera allí, como si hubiera embarcado en una nave que surcara un mar en calma; pero, antes de salir, procuraba cerciorarme de que iba a estar solo, porque alguna vez no había reparado en la figura de la vecina de al lado, que estaba en un ángulo, apoyada en la balaustrada, una mancha clara o una silueta oscura, según la fase de la luna y, si ella estaba, yo no podía salir, porque, a pesar de que entre nosotros había una relación secreta, exclusivamente nocturna, que rehuía la luz del día, yo temía que ella pudiera delatarme a mis padres; y, aunque su compañía me parecía grata y hasta apetecible, aquellas escapadas nocturnas sólo me producían verdadero placer cuando podía estar solo, cuando podía imaginarme en un barco que me llevaba lejos de allí.

La primera vez que salí sin tomar precauciones me paré en medio de la terraza, petrificado por la sorpresa; lucía la luna tras unas nubes tenues e inmóviles y, a la pálida luz azulada, estaba ella, con la cara vuelta hacia la claridad; la tomé por un fantasma, de cuya existencia y andanzas me había hablado Hilde, la criada, que decía que eran «una maravilla, una maravilla de miedo», y el vaporoso echarpe, y la figura delicada, y el brillo plateado del pelo que le llegaba hasta la cadera parecían corroborarlo: era hermosa, daba la sensación de que no descansaba sobre el suelo, pero también tenía una profunda gravedad, una gravedad que imprimían en su cara unos ojos muy abiertos y sin pupila; en la noche cálida, sentí un aire frío, y comprendí que era su aliento, la respiración con que me sorbía hacia la caverna de su cuerpo.

No era miedo lo que me paralizaba, o, si lo era, había alcanzado esa intensidad en la que el miedo se sublima en placer, estado en el que el cuerpo parece liberarse de sí mismo; yo no sentía manos ni pies, por eso no podía moverme, pero al mismo tiempo, sin necesidad de hacer el menor esfuerzo por recordar, mis diez años de vida se me hicieron presentes, una vida de la que ahora tenía yo que separarme, para integrarme en una forma distinta, sensación que después sólo experimentaría en el amor, y ese estado excepcional me parecía tanto más natural por cuanto que no eran sólo los cuentos de Hilde, sino también mi propia inclinación lo que me había predispuesto para esta experiencia.

Naturalmente, ese pasmo reverente y ese deseo vehemente duraron sólo un momento, y enseguida comprendí que era sólo una ilusión óptica, por reales que fueran mis sentimientos, «vaya, es fräulein Wohlgast, nuestra vecina». A fräulein Wohlgast, de la que solíamos hablar durante nuestros paseos de la tarde, la había visto charlar con mi madre durante las comidas en la mesa redonda; por otro lado, aquella cuestión de los fantasmas había empezado a parecerme dudosa desde el día en que creía haber visto una aparición y mi padre me siguió la corriente con seriedad, casi con aire reflexivo, y también con la maliciosa condescendencia de las personas que poseen sentido del humor, naturalmente, el fantasma tenía que estar allí, en el cañaveral, y dónde si no, si allí lo había visto yo, a pesar de que él, por más que se esforzaba, no veía nada, aunque oír, quizá, pero no, no oía nada, lo cual, desde luego, no significaba que no pudiera haber estado allí, ya que los fantasmas andaban siempre de un lado a otro, así eran ellos, a veces se te aparecían, pero casi siempre permanecían invisibles, y, por si ello me interesaba, debía saber que esto era propio de su condición y que no se aparecían a cualquiera, sino sólo a personas muy especiales, por lo que yo debía sentirme muy honrado, más aún, privilegiado, y también él se alegraba de que un fantasma hubiera hecho a su hijo el honor de aparecérsele, porque a él, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que no le era dado gozar de esos escalofriantes placeres, sus fantasmas se habían desvanecido, habían desaparecido, simplemente, lo cual él lamentaba, pues su ausencia le había dejado un vacío, ya casi había olvidado su existencia y su seducción, pero a fin de poder comparar sus experiencias de antaño con las mías de ahora, me agradecería que le describiera detalladamente el aspecto de mi fantasma.

Aquel día dimos un paseo más largo, lo cual, aun sin tomar en consideración la aparición del fantasma, era ya algo excepcional, puesto que, habitualmente, durante el paseo de la tarde, no nos alejábamos del balneario, no pasábamos del parque propiamente dicho, más allá del cual se extendía la tierra agreste, la costa negra y pedregosa, las inaccesibles alturas y simas del acantilado y, en la otra dirección, el páramo, con su turbio estanque en el centro, el Jardín de los Caracoles y, más hacia el interior, el bosque de hayas con su nombre fabuloso y un poco siniestro de «la Selva».

Por cierto que también el parque que se extendía entre los airosos chalets blancos y el mar hubiera podido tener un nombre altisonante: anchos paseos de coches se entrecruzaban formando rotondas, caprichosos senderos recorrían el verde césped, y aún quedaba espacio para que los abetos se alzaran en majestuosa soledad y los abedules de blanco tronco se agruparan en bosquecillos diseminados como al azar; formaba parte del parque el paseo de la costa que, al amparo del alto muro de piedra adornado con esbeltas ánforas de mármol, discurría junto al mar en línea recta y, en cierto modo, también pertenecía al parque un corto tramo de dique que prolongaba el paseo, pero se distinguía de éste en que su áspera superficie no estaba cubierta de piedra triturada sino de gravilla, para mayor comodidad del paseante, gravilla en la que yo hundía los pies hasta el tobillo, aunque en vano se había tratado de domesticar aquella pequeña porción de dique con estos finos guijarros que rechinaban gratamente, para convertirlo en paseo, porque su adusto perfil, erguido entre el mar y el páramo, recordaba las terribles circunstancias de su formación, la fuerte marea que, hacía varios siglos, lo había levantado en una sola noche, separando el agua del agua y convirtiendo la bella ensenada en pantano; la avenida, por el contrario, sí armonizaba con el parque estéticamente, aunque sólo iba de la puerta trasera del sanatorio a la estación, de allí no pasaba, y sólo cabía dar media vuelta, y es que lo uno era un paseo y lo otro, una vía de salida.

Mis padres nunca fijaban de antemano el itinerario de nuestros paseos; lo determinaba el azar o las escasas opciones del momento, y quizá por ello fuera inútil reflexionar sobre cuál de los dos caminos elegiríamos después de salir del sanatorio, si torceríamos por el paseo del mar, seguiríamos por el dique y, rodeando el hotel, nos acercaríamos a la estación, o nos quedaríamos sentados en los sillones de mimbre del porche, dejando para el paseo el tiempo justo para dar la vuelta corta y prudente en lugar de la larga e imprudente, ya que eso carecía de importancia o sólo la tenía en la medida en que cada tarde de paseo nos permitía divertirnos jugando con las posibilidades, aunque sólo hasta el momento en que el nácar del cielo empezaba a oscurecerse y desde la habitación o desde la terraza podíamos volver a contemplar el anochecer.

Aquella vez, la noche nos sorprendió fuera, a pesar de haber empezado el paseo de la forma habitual. Primero fuimos a la orilla, a tomar el baño de aire apoyados en el muro de piedra, actividad que no duraba más de un cuarto de hora y que consistía en relajar los músculos todo lo posible y, en riguroso silencio y con la boca cerrada, respirar por la nariz, tratando de aprovechar al máximo aquel momento del atardecer en el que, en opinión del doctor Köhler, el aire está saturado de humedad y de agentes naturales que la mucosa nasal percibe como aromas y que están especialmente indicados para limpiar as vías respiratorias y, por consiguiente, estimular la circulación y tranquilizar los nervios; este excelente resultado, insistía infatigablemente el prestigioso doctor, sólo podía alcanzarse si sus distinguidos pacientes seguían fielmente sus indicaciones en lugar de tratarlas a la ligera y con negligencia, es decir, si por comodidad se apoyaban en los árboles o las paredes, por no hablar de quienes se quedaban sentados charlando en el salón del balneario o en la terraza de las termas, y sólo cuando desfallecía la conversación se acordaban de aspirar y espirar con gesto grave, hasta que se les ocurría algo urgente que decir; no, de estas señoras y señores no consideraba necesario hablar el doctor, ellos estaban ya eo ipso en el depósito de cadáveres, por lo que su poltronería era comprensible, pero aquellos que desearan prolongar varios años su vida terrena debían permanecer los tres períodos de cinco minutos en los que debían hacerse los ejercicios de pie, sí, de pie, sin apoyarse en ningún sitio, no se admitían excusas ni pretextos, porque belleza y salud eran términos inseparables; por lo tanto, él se sentiría sinceramente agradecido si le hacían la merced de creer, especialmente las señoras, naturalmente, que no perjudicaba nuestra hermosura sino que, por el contrario, la acentuaba, aunque de un modo más complejo que las fajas y los maquillajes, el que, en aras de la salud, no nos resistiéramos a hacer alguna que otra mueca, lo cual por cierto sólo era necesario durante los primeros cinco minutos, hasta que el aire viciado hubiera salido de los pulmones, algo totalmente imposible en el repugnante aire de la habitación, cargado de perfume y humo de tabaco, ya que allí aspirábamos la misma inmundicia que antes habíamos espirado, había que situarse frente al mar, señores míos, aunque nos mire la gente; y es que se trata de nuestra salud, no hay que avergonzarse, respirar por la nariz, pero sin hinchar el pecho como los católicos, tan orgullosos de su humildad, sino hacer entrar el aire hasta el vientre, porque, al fin y al cabo, somos protestantes y bien podemos llenarnos no ya la cabeza sino el vientre de aire, cada cosa en su momento y lugar, y nada más fácil que mantener los sesos en la sesera y el aire en la barriga, naturalmente, siempre y cuando no nos hayamos apretado el corsé más de la cuenta, eh, señoras mías, el aire abajo, contar hasta diez y entonces abrir la boca, sacar la lengua, apuntando en línea recta al mundo y soltar el aire lentamente, contando otra vez hasta diez, mientras sale de nosotros la pestilencia que tenemos dentro, sí, todos y cada uno de nosotros, y que es no ya innecesario sino una verdadera ordinariez retener.

Se puso el sol, pero aún faltaba mucho para el anochecer, quedó en el horizonte un rojo resplandor mientras, poco a poco, el cielo se tornaba gris, sólo el mar se había oscurecido de pronto, aunque refulgía en su superficie la espuma de las olas que traía la marea; del agua se elevaba una bruma que, lentamente, envolvía el parque, las gaviotas volaban cada vez a mayor altura, y entonces me pareció que nuestra respiración -que yo percibía mezclada con el lento rechinar de los pasos de los que paseaban por detrás de nosotros, el grito de las gaviotas y el ritmo trítono del agua que siseaba, rugía y retumbaba y al que, según advertí, trataba de acompasarse mi propia respiración-, reflejaba una dulce quietud, una quietud en la que todas las emociones se sosegaban y los pensamientos apenas llegaban a aflorar y volvían al fondo antes de perfilarse; y si el rechinar de los pasos, una risa ahogada, el grito de las gaviotas, su repentino silencio, o cualquier sensación física, un soplo de aire frío, un temblor de la rodilla, un picor, una turbación del espíritu, una pasajera e indefinible ansiedad, una oleada de euforia o una crispación de nostalgia volvía a arañar la superficie, si pugnaba por asomar a nuestros labios algo que podía ser objeto de una reflexión o acaso de una acción, la serenidad del momento lo reprimía, lo dejaba en suspenso, porque entonces prevalecía el recogimiento y no cabía mayor dicha que la realización del no devenir, la pausa, el intervalo.

Naturalmente, ignoro el efecto que esos momentos de quietud tenían en otras personas, en mi padre o en mi madre, a mí me deparaban experiencias más profundas que las propias de mi edad; curiosamente, yo intuía que el intervalo, la interrupción, la transición tendrían en mi vida sus buenos y sus malos efectos, y ello me asustaba, ya que creía preferible parecerse a los que estaban a un lado u otro de esa tierra fronteriza y podrían sin duda asentar el pie en terreno más firme.

Ya entonces intuía yo el atormentado futuro que me esperaba, aunque ignoraba si esta premonición se debía a que, por seguir fielmente las indicaciones del doctor Köhler, había alcanzado el estado que se perseguía con la aeroterapia o, por el contrario, podía comprender los ejercicios del viejo Köhler porque estaba predestinado a esta vida contemplativa, que es lo más probable, aunque mi sentido del deber pudo haber acentuado esta predisposición, porque, ya antes de ir de vacaciones a Heiligendamm, mi puntualidad y aplicación no nacían de mi diligencia y laboriosidad, sino del deseo de ocultar al mundo una propensión al ensueño voluptuoso que era producto de una placentera indolencia; ni mi expresión ni mis movimientos debían delatar dónde me encontraba, y donde no deseaba que se me molestara, y, tras la cortina de humo del deber cumplido, defendía mis sueños, que eran lo que realmente me interesaba.

Yo nací para la doble vida, más exactamente, las dos mitades de mi vida no encajaban entre sí, o, más exactamente todavía, aunque mi vida aparente era pareja inseparable de mi vida secreta, yo sentía una disociación entre ellas, las separaba la sima del pecado, difícil de salvar, porque mi autodisciplina cara al exterior tenía como consecuencia la pasividad del hastío, y para salir de ella recurría a fantasías cada vez más delirantes; por supuesto, ello no sólo hacía que aumentara la distancia entre mis dos mitades, sino también que cada una se aislara más en su propio campo, y fuera menos lo que desde un lado podía recuperar del otro lado; el organismo padecía, no podía asumir esa pérdida, yo deseaba ser como los demás, que no mostraban señales de tensión reprimida; trataba de leer el pensamiento en la cara de las personas y de identificarme con ellas, pero ese mimético afán de compenetración, esa búsqueda del otro también me causaban accesos de melancolía porque quedaban frustrados, yo seguía siendo el mismo, sólo podía mostrarme diferente, porque tan imposible me era cambiar de naturaleza como armonizar mis dos mitades y o bien descubrir mi vida secreta, o renunciar a todas mis fantasías e instintos y ser como la llamada gente sana.

Yo no podía sino considerar mis casi incontenibles inclinaciones como una enfermedad, una extraña maldición o una desviación pecaminosa, si bien en mis horas más serenas no me parecían peores que un resfriado de otoño, que se cura con tisanas calientes, compresas frías, tabletas amargas contra la fiebre y compotas de frutas endulzadas con miel, a pesar de que tampoco en tales momentos me sentía menos perdido, y, sin embargo, y así lo intuía yo en los breves respiros que me daba la fiebre, en cuanto pudiera levantarme y acercarme a la ventana, al fin me sentiría ligero, fresco, inocente y también un poco defraudado; en vano las ramas de los árboles tendían hacia mí los brazos de sus ramas, en vano trataban de asirme con las suaves manos de sus hojas si yo tenía que reconocer que en realidad nada había cambiado en la calle, que mi enfermedad a nadie inquietaba y nada perturbaba, y que en mi habitación no sonaban pasos de gigante; todo estaba como debía estar, si acaso, todo resultaba más grato y familiar, porque los objetos ya no despertaban desagradables recuerdos de hechos lejanos, cada cosa estaba en su sitio, bien colocada y firme, casi indiferente; una clarificación como ésta ansiaba yo, pero para mis confusos y vergonzosos delirios hubiera tenido que buscar la medicina yo mismo.

Aquel día, una vez terminada nuestra habitual sesión de aeroterapia, tomamos el camino de la estación, y en ello no vieron nada insólito mis ojos, que, por lo anodino de nuestra existencia, estaban vírgenes de sensaciones y eran sensibles a cualquier novedad; mi padre, después de terminar el ejercicio resoplando un poco más aprisa de lo prescrito, satisfecho, apoyó su macizo cuerpo en la baranda de piedra y, con jocosa complacencia y el gesto del que ha superado una dura prueba, miró a mi madre, él quería mirar al mar, pero no pudo resistir la tentación de volverse hacia ella, sin duda, no había en ello nada extraordinario, ya que lo hacía siempre; y es que el mar, que a mi madre le parecía «maravilloso», lo mismo que la naturaleza toda, a él le aburría tanto como aquel circo de la aeroterapia, el mar no tenía nada, «por favor, si sólo es mucha agua y nada más», comentaba, pero, si aparecía un barco en el horizonte, le faltaba tiempo para buscar una relación entre el increíblemente lento movimiento de la nave y un punto de la costa «aparentemente seguro» y medir las variaciones del ángulo formado por el punto de partida y la distancia; «doce grados oeste», exclamaba inopinadamente, y a veces se refería también al movimiento de las personas utilizando términos de navegación, aunque nunca pretendía que los demás siguieran el curso de sus pensamientos, «los pensamientos son, en su mayor parte, un derivado de simples funciones orgánicas -decía-, porque el cerebro, lo mismo que el estómago, siempre necesita materia que digerir, y la boca, y no vamos a recriminárselo, no hace sino escupir porciones de esa materia mal digerida»; por otra parte, cuando no se dejaba llevar por su temperamento, mi padre mostraba una gran tolerancia por la forma en que sus semejantes buscaban el placer, es más, la contemplación de los afanes y las alegrías de la gente era lo que más le divertía. Quizá la atracción que sentía hacia todo lo tosco, ordinario y vulgar se debía a su falta de interés por los fenómenos naturales, quizá en los impulsos más primitivos de la naturaleza humana veía un reflejo de la naturaleza en general, y, por lo tanto, todo lo que era refinado y artístico le parecía que forzosamente disfrazaba su verdadera esencia, le movía a risa y a comentarios cáusticos. «Theodor, eres insoportable», decía entonces mi madre, que se sentía a un tiempo complacida y dolida cuando él denunciaba los rígidos principios a los que ella se aferraba; realmente, en la conducta de mi padre había una inquietante ambigüedad: nunca manifestaba su opinión abiertamente y sin rebozo y, a pesar de que tenía opinión, una opinión muy clara y definida sobre todas las cosas, daba la razón a todo el mundo, con lo que producía una impresión de persona insegura e influenciable; él nunca discutía, no, él respetaba infinitamente todas las opiniones, él sólo reflexionaba y, como si buscara un fundamento para sus aseveraciones, formulaba preguntas en condicional, titubeando, dando vueltas y mostrándose tan torpe que sus conocidos lo encontraban francamente encantador, a lo que contribuía su corpulencia. «Amigo Thoenissen, usted me perdonará, pero con ese tórax y esos muslos no tiene usted más remedio que ser un demócrata», solía decir el consejero privado Frick o, en palabras de la siempre impaciente fräulein Wohlgast: «ya está otra vez el bueno de Thoenissen tratando de darnos gato por liebre», y mi padre, que contaba con esta reacción que le halagaba, seguía perorando hasta demoler todo el edificio de la opinión ajena poco a poco, como si cayera por su propio peso, sin ofender a nadie, aunque no siempre era tan circunspecto, a veces reaccionaba con una explosión de entusiasmo y admiración, como hizo con la historia de mi fantasma, y soltaba una avalancha de palabras vehementes y fervorosas que, por ello, no carecían de cierta infantil fascinación: dramatizaba, magnificaba y adornaba cada detalle tan exageradamente que la aseveración, hinchada por una imaginaron desenfrenada, rompía su marco original y se convertía en una enormidad disociada de toda realidad que en ningún sitio tenía cabida: él perseveraba en este juego implacable, machacaba y porfiaba con ahínco desgastando la trama original hasta que ésta se deshacía revelando su endeblez; por cierto, esos vuelos de la fantasía, amenos aunque de dudosa ética, no solían impresionar a mi madre; yo creo que ella ni vislumbraba la diversidad de posibilidades latentes en las palabras más allá de las simples fórmulas de cortesía o las expresiones utilizadas en las transacciones de la vida cotidiana, con lo que no preetendo dar a entender que mi madre fuera tonta o corta, aunque por desgracia tampoco puedo decir lo contrario, porque ya fuera a causa de su puritana educación o, quizá, de su carácter remilgado y reservado, no había podido desarrollar su capacidad intelectual ni su sensibilidad psíquica y física, todo en ella daba la triste impresión de estar incompleto, hasta su propia vida, y por eso yo hubiera preferido que mi padre no hubiera puesto en su sepultura aquel ángel femenino que se oprime el pecho en señal de contrición, sino algo asexuado y más digno, porque mi madre no poseía una feminidad angélica y, si se quería recurrir a un símbolo, hubiera sido mucho más acertado una columna de mármol negro en sobrio zócalo, estriada con exquisita precisión y partida por la mitad, mostrando el contraste entre la rugosa piedra original y su pulida y trabajada superficie, eso pensaba yo cada vez que iba al cementerio.

Porque en mi tierra, si aún puedo llamar mía a la ciudad en que nací, cuando salía a pasear, me gustaba cruzar la Ciudad Vieja y, repleto de las abigarradas imágenes de sus callejuelas, descansar la mirada en los prados que se extendían al otro lado de la puerta de la ciudad, buscando el pueblo de Ludwigsdorf que se adivinaba al otro lado de la colina, al que antaño solía llevarme Hilde los sábados por la tarde; y, aunque nunca salía de casa con la intención de pararme en el cementerio, no podía resistir su extraño poder de atracción; además, me pillaba de paso; si hubiera salido por la Finstertorgasse hubiera podido evitarlo perfectamente, pero resultaba muy tentador entrar por la semiderruida tapia cubierta de maleza y, con el placer y la seguridad del que pisa terreno conocido, pasear por entre las ruinosas criptas del viejo cementerio infestadas de matojos y los túmulos cubiertos de extrañas flores, hasta llegar a nuestro ángel, dotado de alas de denso plumaje al que lamentablemente se había encomendado la misión de adornar nuestro viejo panteón familiar; pero quizá yo iba al cementerio precisamente para verlo a él. Podría decir que me llevaba un impulso masoquista; por un lado, porque aquella obra, execrable y relamida incluso dentro de su género, ofendía mi sensibilidad y mi noción de la estética; por otro, porque aquí, delante de ese monumento, se exacerbaban mi ira contra mi padre, mi aversión y mi coraje, espoleados por el sentimentalismo de oficio e interesada afectación con que el escultor se había esforzado por combinar los deseos del cliente con su propia fantasía seudoartística; aunque la cara del ángel no era reproducción exacta de la de mi madre, el hombre, ayudado tanto por su recuerdo personal del edulcorado retrato de mi madre joven que estaba colgado en el comedor de nuestra casa como por su pericia artesana, había introducido subrepticiamente en el rostro angelical ciertos rasgos característicos de la difunta; la frente abombada y los ojos juntos recordaban la frente y los ojos de mi madre, la nariz fina y bellamente arqueada, la boca un tanto arrogante y el gracioso mentón, suave y redondo como el de una niña, hacían pensar en la nariz, la boca y el mentón de mi madre, y para que la confusión fuera completa, la túnica, ejecutada con pedantería de maestro de escuela, dejaba entrever un cuerpo frágil, etéreo, con unos pechitos pequeños, altos, tiernos y, por lo tanto, provocadores, un vientre redondo, unas nalgas recogidas y unas caderas más angulosas de lo necesario, pero, por si la túnica de piedra no revelaba ya bastante, el artista había recurrido al efecto de un viento de frente que la pegaba a las profundas ingles de la esbelta figura que tensaba el cuerpo aprestándose a levantar el vuelo, y echaba hacia atrás su larga melena, pero aquella acumulación de detalles de mal gusto no sugerían ni la idea ni la realidad de la muerte y, paradójicamente, tampoco reflejaban algo que pudiera parecer vivo o natural, a no ser que llamemos natural a la fantasía de un artesano caduco y desaprensivo; aquella estatua era vulgar y ordinaria, tan vulgar y tan ordinaria que no merecería la pena malgastar en ella palabras ni emociones, si su construcción se hubiera debido a un desgraciado azar, si mi padre hubiera hecho un encargo que el escultor no había sabido ejecutar con noble simplicidad, ¡pero no!, aquí no puede hablarse de azar, al contrario, era como si la naturaleza oculta de la fatalidad que nos aguardaba se revelara de forma insoslayable en el hecho de que esta estatua era un monumento a la infamia de mi padre más que a la memoria de mi madre.

Pero ¿quién iba a adivinar el futuro, en las mudas señales de aquellos días?

– A este paso, no llegaremos al tren -dijo mi padre aquel día en la playa, y su expresión se alteró, aunque sólo en un ligero matiz; al gesto de burlona superioridad con que un momento antes, apoyado en el parapeto, había mirado a mi madre, se mezclaba ahora una cierta impaciencia o perplejidad, pero mi madre no pareció reparar ni en la entonación ni en la curiosa frase, curiosa, si más no, por el mero hecho de haber sido pronunciada, y no contestó.

Para ello hubiera tenido que interrumpir el ejercicio, ya que en aquel momento estaba con la boca abierta y la lengua fuera, ocupada en la operación de expulsar del vientre, en repetidas exhalaciones, el aire que había ido aspirando y reteniendo, respiración abdominal que le ocasionaba, al igual que a la mayoría de mujeres, no pocas dificultades; por otra parte, en su silencio, mortificado y altivo, se manifestaba una intención pedagógica, esa ligera crispación que, precisamente por el mutismo, da a entender que lo ocurrido no dejará de tener consecuencias, porque, para el caso de que mi padre no pudiera seguir soportando lo que él llamaba «esta existencia bestial», había entre ellos un pacto expreso, cerrado con anterioridad medio en serio y medio en broma en atención a mi presencia, pero en tono de apasionada vehemencia, después de que una vez mi padre, sorprendentemente, con la más descarada de las sonrisas, pusiera fin a su sufrimiento, entre exagerados gemidos, jadeos y gruñidos y mirase a mi madre; había asomado a sus ojos aquella curiosidad inquieta, viva e incisiva pero en modo alguno divertida, que yo conocía bien, a pesar de que no podía descifrarla; en tales momentos su cara tenía una desnudez terrible, una vulnerabilidad que desarmaba, y parecía que cualquier otra expresión apta para el trato social que pudiera adoptar no era sino una careta, una máscara que le cubría, amparaba y ocultaba; ahora se la había quitado, se manifestaba tal como era realmente, no necesitaba esconderse de sí mismo; en estos momentos estaba guapo, muy guapo: le relucía un poco la frente, enmarcada en rizos negros, en sus mejillas llenas se marcaban los hoyuelos de una risa reprimida, sus ojos tenían un azul más intenso, los labios carnosos se entreabrían; así estaba cuando, como en trance, se acercó rápidamente a mi madre, le metió tres dedos en la boca y con una delicadeza y un cuidado que contradecían la brutalidad de la acción, le agarró la lengua, a lo que mi madre, en un acto reflejo de defensa, dio un respingo para no vomitar y, seguramente sorprendiéndose a sí misma, mordió con tal fuerza el dedo de mi padre que él lanzó un grito; y entonces acordaron que, en lo sucesivo, mi padre debía mirar siempre al mar, «y no a mí, ¿comprendido?, ¡no a mí, al mar!, es usted insufrible, ¿lo ha entendido?, no soporto su mirada», pero cuando llegó otra vez aquel momento y él, aburrido por el ejercicio, se apoyó en el parapeto, yo noté, por la tensión de su cuerpo, que mi madre, con todo su temor y su reserva, también deseaba que, en lugar de volverse a mirar al mar, él le hiciera algo, algo sorprendente y escandaloso que acabara de una vez por todas con esos desesperados y penosos ejercicios a los que, a causa de fuertes pérdidas menstruales que la aquejaban desde hacía meses, ella debía entregarse para recuperar la salud, y pudiera seguir a mi padre sin impedimentos por aquella secreta región que dejaban adivinar claramente su sonrisa ambigua y su mirada maliciosa, y que él hiciera con ella lo que quisiera; aunque quizá intuía también que la realidad era muy distinta, y por eso su temor y su reserva eran mayores que sus deseos.

Y como yo estaba mucho mejor dispuesto para seguir al pie de la letra las recomendaciones del doctor Köhler, a mi madre le gustaba tenerme a su lado, muy cerca, al calor de su cuerpo, por así decir, y el gran volante que adornaba los hombros de su blusa de mangas abullonadas casi me rozaba la cara, lo cual, naturalmente, no significaba que en su sed de afecto hubiera acudido a mí, ni que sintiera por mí una ternura ilícita y equívoca; por otra parte, me resulta difícil imaginar que mi madre, en algún momento, pudiera abrigar ternura hacia alguien o algo; no, la explicación lógica era que estábamos tan juntos porque de ese modo ella podía percibir el ritmo de mi respiración y acomodarse a él, porque si, por fatiga o distracción, se rezagaba, yo la esperaba y la ayudaba a recuperar la cadencia, para lo que podía contener la respiración varios segundos y gozaba al sentir cómo el leve vértigo de este suspenso estimulaba mis emociones, y todo lo que hasta entonces había visto pero sin poder sentirlo adquiría una nueva dimensión que me permitía identificarme con ello, fuera lo que fuera: ahora podía sumirme en un sonido, o sentirme ola, gaviota u hoja que se posaba en el parapeto del muro, o aire, hasta que todo, poco a poco, se teñía del rojo de la sangre que me acudía a la cabeza, pero el instinto de respirar me hacía espiar cómo mi madre, con un par de rápidas aspiraciones, trataba de recuperar el ritmo y, manteniendo un precario equilibrio, esperaba que yo siguiera marcando la pauta; no nos mirábamos, veíamos ni tocábamos, a pesar de ello, sólo su inexperiencia y su falta de reflexión podían explicar y disculpar la ceguera con que ella permitía que nos adentráramos por un terreno emocional tan peligroso, hubiera debido saber que estábamos haciendo algo prohibido y que la inductora era ella; y es que la mutua percepción, privada del tacto y de la vista, se sirve necesariamente de métodos más instintivos y arcaicos, digamos, más animales, y el calor del otro, el olor, su misteriosa emanación y su ritmo revelan mucho más que una mirada, un beso o un abrazo, al igual que en el amor las posturas y técnicas del contacto corporal nunca son el fin sino el medio de una interiorización, fin que se esconde en estratos más profundos, tras velos más tupidos y sólo se puede comprender y descifrar, si acaso, con la experiencia de una felicidad frustrada y la total renuncia a todo objetivo.

Y veinte años después, pocos días antes de mi treinta cumpleaños, fecha que por un claro presentimiento o una inquietante premonición, no podía explicarme por qué, consideraba yo crucial, y así resultaría, renuncié a pasar otra amena tarde con mi prometida y también al placer de celebrar mi aniversario en su casa, con su familia, y busqué refugio en la soledad, que me parecía lo más congruente con la importancia del momento; en una conversación a solas, para la que se presentó ocasión gracias a que mi futuro suegro se había retrasado por cuestiones de negocios y la bella y comprensiva frau Itzenplitz nos dejó solos so pretexto de vigilar la cena, yo traté de exponer a Helene mis proyectos de viaje a los que ella no dijo ni una palabra de protesta; al contrario, me dio la impresión de que los aprobaba, porque, como ella ya sabía, antes de la boda, yo debía forzosamente poner sobre el papel el primer capítulo de la novela que tenía en proyecto desde hacía años, si no quería que el cambio de nuestras condiciones de vida me hiciera desviarme de mis propósitos o abandonarlos por completo; «estoy seguro, Helene, plenamente seguro, de que no necesita más explicaciones», dije en voz baja, y sin duda reforzaba la fuerza de persuasión de mis palabras el que sostuviera su mano tiernamente y nuestras caras estuvieran muy cerca una de otra, mientras el sol ámbar del atardecer iluminaba el dibujo de la seda que tapizaba la pared, y que yo sintiera cómo mi aliento volvía a mí mezclado con el suyo; el otoño era cálido y las ventanas estaban abiertas, “pero tengo que decirle algo que me avergüenza, porque el tema es delicado y hasta de dudosa moralidad, y ello aumenta el riesgo que entraña su decisión de casarse conmigo en la misma medida en que acrecienta mi propia responsabilidad, de eso puede estar segura, pero aún está a tiempo de volverse atrás -y yo, convencido de que ella no se volvería atrás, sonreí con autocomplacencia-, y es que, si bien la felicidad sigue pareciéndome deseable, no la considero el estado idóneo para la labor creativa; por lo tanto, al marcharme, en cierto modo, sacrifico deliberadamente la felicidad que podría disfrutar a su lado por la desdicha que me aflige cuando no estoy en su compañía y en la que vivía antes de conocerla»; ni que decir tiene que yo, haciendo gala de una aparente sinceridad, mentía y que en mis palabras no había más sinceridad que la del puro pretexto, y si bien el que se dejara engañar y cediera a mi influjo con tanta facilidad hacía que aumentara mi afecto hacia ella, al mismo tiempo y precisamente porque se me rendía con tanta confianza, con sus azules ojos llenos de lágrimas, se robustecía en mí aquel sincero deseo que me había llevado a hablar, «quiero marcharme lejos para no volver a verte», hubiera tenido que decirle, ya que no parecía capaz de resistirme al impulso que me empujaba a huir, a desaparecer para siempre y que más de una vez, al salir de su casa, me había hecho pensar con impaciencia: «Fuera, se acabó, estoy libre»; y ahora, al tratar de imaginar lo que hubiera ocurrido si la víspera de mi marcha no me hubiera escudado en pretextos y hubiera hablado sin rebozo, veo aquella cara de niña de cutis blanco y transparente y rasgos regulares, casi etérea, a pesar del vigor que le infundían las pálidas pecas de la nariz y los pómulos, y la espesa cabellera cobriza, y me doy cuenta de que no mostró sorpresa alguna ante mis extrañas manifestaciones, al contrario, su sonrisa delataba que ella ya esperaba aquello, sí, y, cuando sonrió más ampliamente con estoicismo, enseñando sus dientes húmedos y relucientes, parecía más madura, una mujer de experiencia; rápidamente, se enjugó las lágrimas que no había podido reprimir al descubrir en sí la fuerza moral de la abnegación e inició el gesto que ambos, embriagados por nuestro común aliento, ansiábamos en este momento, un gesto banal sin duda, pero que yo, considerando que la sensualidad de Helene estaba todavía en ciernes, opté por abortar prudentemente; a pesar de la cordialidad de la cena que siguió, de la naturalidad de la despedida -dadas las circunstancias- y de la aprobación casi entusiasta que ella había dispensado a mi decisión, yo no podía ver en nuestro futuro sino amenazas y calamidades, porque tendríamos que construirlo sobre la mentira y la simulación; mi sensualidad, bajo su capa de consideración y cortesía, carecía de ese ímpetu ciego y arrollador que es propio del verdadero amor, sino que se nutría de belleza sublime y frivola entrega, y ella quizá nunca tuviera la fuerza necesaria para reconocer que, para superar su fragilidad emocional, necesitaba abrazos más rudos, quizá incluso palabras más obscenas que las que podía esperar de mí y cuya falta no podrían suplir ni el impenetrable misterio de mis silencios, ni las evasivas y mentiras de mis ficticios accesos de sinceridad.

Por supuesto, no es que yo fuera inmune a la sensualidad tosca ni a frivolidades picantes, ni creo que sea sano un refinamiento que prescinde de la expresión natural y directa, pero, además de la ansiedad que siente todo hombre antes de llevar a su novia al altar, había en mí otra angustia y otra inquietud, y es que, en diversos aspectos, nuestra unión me hacía pensar en la permanente e irremediable tensión que había entre mis padres: en cada acto de brutalidad veía yo a mi padre y, en la búsqueda de esa brutalidad, a mi madre; y si yo hubiera contado con esa capacidad de autoconocimiento que nos permite distinguir claramente entre causa y efecto, y conocer esa infinita escala de los sentimientos que no se basa en las simples formas y apariencias, sino que busca la esencia, entonces sólo hubiera impedido nuestro compromiso la deprimente idea de que mi enfermedad era hereditaria y el destino me condenaba al humillante absurdo de repetir la vida y pecados de mis padres, es decir, a identificarme con ellos e involucrar en esa identificación a una persona inocente.