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La aparición de Helene despejó la situación, y durante unos momentos maravillosos, nuestro futuro, que parecía lleno de malos presagios, tomó un cariz espléndido.
A la mañana siguiente, temprano, todavía sin lavarme, afeitarme ni vestirme, me quedé de pie junto al escritorio, sumido en mis pensamientos, palpándome el áspero mentón, un poco amodorrado todavía, incapaz de empezar el que sería un día trascendental; me sentía inquieto -a pesar de que, tras las fatigosas visitas de despedida de la tarde anterior, había dormido mucho y sin soñar, como el que ha puesto en orden sus asuntos-, porque aquel sueño profundo era consecuencia inmediata de nuevas mentiras, de mi forzosa claudicación ante un destino implacable, y al despertar habían vuelto las cavilaciones, estaba fresco y descansado pero indeciso; ya se había apoderado de mí el ansia viajera, esa animosa expectación que nos hace creer que el cambio de ambiente va a permitirnos dejar atrás todo lo que nos amarga, lo desagradable, deprimente o insoluble; el equipaje estaba en el recibidor, esperando al mozo, sólo tenía que recoger las notas y libros que necesitaba para mi trabajo y meterlos en la cartera de charol negro que estaba abierta encima de la alfombra; pero como para esta tarea, delicada por más de una razón, me sobraba tiempo, ya que el tren no salía hasta la tarde y no quería dejarme dominar otra vez por sentimientos desagradables, no me daba prisa por concentrarme en el trabajo, sino que remoloneaba y fantaseaba, cuando oí que llamaba a la puerta la buena de frau Hübner, mi anciana casera, que, sin esperar mi permiso, se coló en mi habitación; esto no tenía nada de extraordinario, y yo consideraba ya un fabuloso éxito pedagógico el haber conseguido que, cuando tenía algo urgente que comunicarme, no abriera la puerta sin llamar, pero aún no había podido hacerle comprender que, antes de entrar en una habitación, aunque fuera una habitación que ella había alquilado, tenía no sólo que llamar sino que esperar el permiso; «pero, a ver, ¿qué puede estar haciendo el señor?, ¿es que no sé yo que el señor está solo?, a ver», dijo poniendo los ojos en blanco con gesto de complicidad y alisándose el delantal sobre el grueso vientre, la primera vez que, con la mayor cortesía, le formulé el ruego, pero como por lo demás era servicial y afable, su incapacidad para comprender esta nimiedad me divertía más que molestaba; esta vez, sin embargo, más que golpear, había aporreado la puerta, que se abrió violentamente, como impulsada por un vendaval, y me cuchicheó con voz ahogada: «ha venido una señorita, con un velo en la cara, y quiere ver al señor, ¡una señorita!», una voz que la visita debió de oír perfectamente, a pesar de que el recibidor era grande, ya que, naturalmente, frau Hübner, había omitido cerrar la puerta, «¡una señorita que me parece que es la novia del señor!».
– ¡Por favor, frau Hübner, hágala pasar enseguida! -dije en tono comedido y un poco más alto de lo necesario, para hacerme oír de la visita que aguardaba en el recibidor y compensar, en lo posible, la incorrección de mi casera con mi deseo de no hacerla esperar, a pesar de que mi indumentaria no era la más indicada para recibir una visita, cualesquiera que fueran su rango y condición, y menos, la de una señora; por otra parte, no adivinaba quién podía visitarme a hora tan temprana; desde luego, inmediatamente se me ocurrieron varias posibilidades a cual más alarmante y hasta llegué a pensar que podía ser una enviada de mi paternal amigo, convertido ahora en mortal enemigo, que venía a cumplir la promesa de éste de destruirme físicamente, es decir, asesinarme, con una pistola que traía escondida en el manguito; «hasta la moda se ha convertido en cómplice nuestra», había dicho él riendo cuando las señoras empezaron a usar manguito, lo cual, efectivamente, facilitaba estos crímenes, y él estaba siempre rodeado de mujeres entre las que no faltaría alguna dispuesta a hacer cualquier cosa por él, y yo lo sabía por experiencia, o quizá la visita ni siquiera fuera una mujer, quizá me había enviado a uno de sus secuaces vestido de mujer, suposiciones que no eran tan truculentas como para no ser factibles; a fin de cuentas, conociendo como conocía todos los métodos disponibles, yo no podía desestimar la bien meditada amenaza de mi amigo Klaus Diestenweg, entre otras razones porque, desde su punto de vista, yo, por ser conocedor de graves secretos, era un traidor en potencia a su causa, «tú has de morir, podemos esperar, pero apareceremos en el momento oportuno», me comunicó en una carta escrita de su puño y letra, y, en realidad, si algo debía sorprenderme era que todavía no se hubiera cumplido la sentencia, aunque no comprendía por qué tenía que ser precisamente ahora, y me preguntaba si esta demora no formaba parte del castigo, que él no pensaba ejecutar hasta que se hubieran calmado por completo mi miedo y mis sospechas y tuviera la impresión de que me había perdonado, al igual que la pieza que, buscando la salvación, abandona el campo abierto por el bosque, sin advertir los cañones de las escopetas que asoman entre la espesura, y por ello no nos sorprende que no comprenda que en una apacible mañana de otoño tenga que ocurrirle eso; es el candor de la víctima lo que hace tan horrible esta muerte; también yo desde hacía meses tenía la sensación de que me protegía un tupido bosque, que ya no estaba tan a su merced, puesto que, como cambiaba de alojamiento con frecuencia, al fin había podido sustraerme a su peligroso medio y hacerme olvidar; realmente, durante mucho tiempo no había sabido de él ni de palabra ni por carta, mi noviazgo, pues, no me había deparado un solaz puramente sentimental, ya que también me había devuelto a esa vida burguesa considerada normal de la que me había apartado durante años la apasionada amistad de Diestenweg; pero ahora sentí vértigo al recordar de pronto la amenaza, y tuve que asirme con una mano al brazo del sillón, la frase que había dicho en voz alta ya no tenía remedio, y pensar que ya nada tenía remedio casi me hizo perder el conocimiento; pero no es que yo deseara retractarme de nada, no era propio de mí renegar de mi pasado; por lo tanto, si tenía que morir, moriría, y ahora mismo, enseguida, estaba preparado, sólo que frau Hübner seguía inmóvil, plantada debajo del bello arco que separaba mi soleado estudio del oscuro recibidor, como si no sólo advirtiera sino que experimentara también mi creciente angustia.
– ¡Mi querida frau Hübner, no hagamos esperar más a esa visita, hágala pasar, por favor! -dije, repitiendo la orden en tono más bajo pero más enérgico, con una firmeza que me asombró a mí mismo, ya que, a pesar del susto, estaba frío y sereno, mi voz conservaba la calma precisa y a nadie importaba lo que yo hubiera sentido durante aquellos momentos; pero entonces vi que era inútil, ya que frau Hübner, por causas inexplicables, se había quedado tan pasmada por aquella insólita situación como si realmente estuvieran apuntándola con una pistola, y ni tan sólo era capaz de llevar a cabo el sencillo ritual de hacer entrar a la visita, a pesar de que no le habían faltado ocasiones para aprenderlo; de modo que, ciñéndome la bata al pecho con un rápido ademán, salí yo mismo sin más dilación a recibir a mil visita, quienquiera que fuese.
Al pasar de la clara habitación a la grata penumbra del pasillo desde el que, por la puerta abierta, se veía el recibidor, a pesar de toda mi firmeza y decisión, no pude menos que pararme y exclamar: «pero, ¿es usted, Helene?»; porque su presencia en aquel modesto entorno hacía la estupefacción de mi casera no ya comprensible sino contagiosa, y yo me sentía como aquella pobre viuda que en toda su vida muy raramente había tenido ocasión de contemplar una aparición semejante; porque, realmente, Helene estaba resplandeciente en aquel recibidor, y me pareció que, a causa de ese marco, tampoco yo podía tener relación alguna con aquella criatura frágil, noble y angelical que respiraba infinita armonía y también humanidad; llevaba un vestido de encaje gris plata que yo no conocía y que, según la moda de la época, cubría y revelaba a la vez sus esbeltas y elegantes formas, con sutileza, sin realzar ninguna parte del cuerpo en detrimento de otra y, rehuyendo cualquier estridencia, hacía resaltar la figura toda, al combinar equilibradamente la sobriedad del detalle con la exquisitez del conjunto; al verla allí, con la cabeza un poco ladeada, recordé las tardes en que la contemplaba sentada al piano o inclinada sobre el bastidor del bordado, recordé su cuello que asomaba del recatado vestido, cuya desnudez velaban los rizos que se habían soltado del moño alto, haciéndola más apetecible, y no sólo por ser rojos; porque no es la desnudez en sí, que sugiere más bien vulnerabilidad e indefensión, lo que excita nuestra fantasía, sino lo que está velado, semi-cubierto, porque nos incita a arrancar el velo y arrogarnos el derecho exclusivo de contemplar y tocar el cuerpo inerme, enseñorearnos de su desnudez y entregarnos a él, porque sólo la excitación del mutuo descubrimiento y posesión permite soportar y hasta gozar de todo lo que es primitivo y natural; a pesar de que no podía verle la cara porque la cubría la ancha ala del sombrero y aún no se había quitado el velo, advertía su turbación, también yo estaba alterado, tanto por la sorpresa como por aquella repentina angustia, que ahora había cedido el paso a una no menos brusca alegría que me desconcertaba; y a pesar de comprender que a mí me correspondía decir algo, para evitarle el tener que hablar delante de personas desconocidas -entretanto, dos niñas de cara blanca habían asomado, curiosas, sus despeinadas cabezas por la puerta de la cocina, una, la nieta de frau Hübner y la otra, una amiga, y contemplaban atónitas la muda escena que había provocado Helene con su aparición y de la que ellas, involuntariamente, formaban parte-, no conseguí articular palabra, porque todo lo que se me ocurría era muy personal y muy apasionado como para manifestarlo abiertamente, y sólo acerté a ofrecerle el brazo, y entonces ella, balanceando en su enguantada mano derecha la esbelta sombrilla que hasta entonces apoyaba en el suelo y recogiéndose la cola del vestido con la izquierda, cruzó el recibidor en dirección a mí con un suave murmullo de sedas.
– ¿Qué ocurre, querida? -exclamé más que pregunté cuando, una vez conseguí hacer salir a frau Hübner y hube cerrado la puerta del pasillo, nos quedamos solos entre la penumbra de la alcoba y la claridad de la sala-. ¿Ha ocurrido algo, qué es ello? ¡Responda, Helene, antes de que esta incertidumbre me haga enloquecer!
Ella no decía nada, estábamos muy cerca uno de otro y aquel mutismo me parecía interminable, yo deseaba arrancar de su sombrero aquel velo impertinente, quería verle la cara, para tratar de adivinar a razón de aquella sorprendente visita, a pesar de que sabía con basante exactitud por qué había venido, sí, me hubiera gustado arrancarle la ropa del cuerpo, para que no siguiera pareciéndome ridículamente extraña; aún me excitaba más el que temblara de pies a cabeza, lo que me impedía hacer movimiento alguno que fuera rudo u ordinario y no me atrevía a tocar el dichoso sombrero, para no violentarla; «ya sé, ya sé que no debí venir», susurró detrás del velo, y a punto estuvimos de chocar, a causa de nuestro azoramiento, a pesar de que tanto ella como yo procurábamos evitar cualquier roce; «¡pero ne podido contenerme, es sólo un momento, el coche me espera, y me da vergüenza confesar la verdadera razón de mi visita! Sólo quería mirarle a los ojos, Thomas, pero ahora que ya está dicho no me parece que tenga de qué avergonzarme, porque anoche, cuando marchó, no podía recordar sus facciones, se lo ruego, no se aleje de mí, no me desprecie por esta petición, míreme, sí, ahora veo sus ojos en toda la noche no he podido recordar esos ojos».
– Creía que había comprendido usted mis razones.
– ¡No interprete mal mis palabras, por favor! Yo no pretendo retenerle. ¡Haga ese viaje!
– Pero ¿cómo quiere que me vaya ahora?
– Ahora le será aún más fácil.
– ¡Es usted cruel!
– No, Thomas, dejemos eso.
– Va a volverme loco. Yo la quiero, Helene, la quiero más que nunca, lo que dice me destroza, y ahora que ha venido no puedo expresar lo que siento, me veo ridículo, quiero que sepa que es usted mi salvación, pero no es por eso por lo que la quiero ni por lo que deseo destruirlo todo, mis manuscritos y mis libros.
– Calle.
– No puedo callar, pero tampoco puedo decir más. Con uñas y dientes lo destrozaré todo, papeles y escritos.
– Sólo quería ver sus ojos, Thomas, sus ojos, y pronunciar su nombre, porque me gusta pronunciarlo, y ahora que ya le he visto me marcho y también usted debe marcharse.
– Quédese.
– No puedo.
– Amor mío.
– Debemos ser sensatos.
– Quiero ver su pelo. Su cuello. Quiero enredar mis dedos en su pelo y tirar hasta hacerla gritar.
– Calle.
– La mataré.
Lo dije en el momento en que ella se quitaba el sombrero, con tanto énfasis, con una voz tan profunda y apasionada, como si esas palabras, dichas en un momento de exaltación, reflejaran un secreto deseo, un afán oculto, un sentimiento ignorado hasta aquel momento; y no me sorprendía, era como si yo hubiera tenido siempre este deseo, éste y no otro, que había dictado todos mis actos, el deseo de matarla, y la frase reflejaba la verdad, por asombroso que ello pudiera parecerme incluso a mí mismo, a pesar de que de mis labios -al fin y al cabo, yo era hijo de un asesino, de un vulgar sádico- no resultaba tan inocente e inofensiva, por lo menos para mí, como una simple hipérbole dictada por el delirio amoroso; parecía que el instinto que, tras un largo y amargo período de mi vida, yo sentía en mis propias manos podía explicarme el acto de mi padre, hasta entonces incomprensible y abominable, y en un instante, en una fracción de segundo, por una dolorosa revelación, identifiqué en aquel profundo deseo mío el mismo impulso que había movido a mi padre, como el que, en las raíces desenterradas de un árbol, reconoce, sobrecogido, la opulenta forma de la copa; en aquel momento, yo amaba inmensamente a aquella criatura que temblaba de desamparo delante de mí, pero me sentía por encima de ese deseo carnal que promete al sentimiento amoroso algo así como la posibilidad de una satisfacción, tanto más por cuanto estaba seguro de que hasta después de la boda no cabía pensar en estas cosas, que tenía, sencillamente, que contenerme, aunque me hubiera producido un vivo placer rodear aquel admirado cuello con las manos y apretar hasta ahogar en él el último aliento.
Sólo que en esta frase no podía ella adivinar su destino, como tampoco mi madre adivinó el suyo aquella tarde lejana: no tomó al pie de la letra lo que yo le decía perfectamente en serio y, lo que es más, percibió en mi voz un arrebato que exacerbó su romanticismo, «aquí me tienes, soy tuya», susurró sonriendo y yo, como si acabara de descubrir sus labios carnosos, húmedos y sensuales, le musité en la boca: «eres una marrana y una perdida», antes de rozarla con la lengua, pero ahora me incomodaba mi desaliño, ni siquiera me había enjuagado la boca; «¿no te da vergüenza, tutearme antes de la boda, golfa?», dije riendo, pero no pareció que estas palabras, dichas deliberadamente, la sorprendieran ni indignaran; sin que pareciera importarle mi mal aliento, ella apretó su boca contra la mía con nuevo ardor, y yo tuve la sensación de que, con mis groseras palabras, no sólo había estimulado su voluptuosidad, sino conseguido un gran triunfo moral, derrotando al fantasma de mi padre, al atreverme a decir lo que él había callado con tan trágicas consecuencias.
Fue puro goce, uno de los mayores goces imaginables, rodear su cuello con las manos, aunque no podría decir cuándo ni cómo llegaron mis manos hasta allí, y es que aquel temor, alimentado por similitudes y afinidades, aquel resentimiento y aquella impaciencia que hasta entonces habían caracterizado nuestras relaciones, provocando en mí escrúpulos y remordimientos, impidiéndome gozar del momento y recordándome siempre algo viejo y familiar, habían desaparecido de pronto, se habían desvanecido insensiblemente; yo no deseaba sino gozar de aquella boca tierna que con un beso podría aspirar todo mi ser, pero no me atrevía a estrechar el abrazo, porque la fina bata y el pijama de seda delatarían mi erección; mi mano, hecha ahora instrumento de ternura, acunaba su cabeza, mis dedos ya no ansiaban oprimir ni ahogar sino sólo sostener, para alargar el beso, para que su lengua descubriera mi boca y, a pesar de que la razón me exhortaba a dominarme, no podría decir en qué momento cerré los ojos y sentí que sus brazos se anudaban alrededor de mi cuello, y me pareció que dos orbes oscuros, húmedos y cálidos colisionaban; sentía, ernpero, un temor, o quizá eran celos, porque no me explicaba cómo podía ella besar con tanta experiencia, si bien comprendía que, más que experiencia, su beso denotaba inocencia, la ofrenda de sus sentimientos más puros, y me conmovía su pureza mucho más que la experiencia, de manera que yo, tan ducho en el amor, seguía conteniéndome, resistiendo arteramente y con voluptuosa superioridad sus exploraciones y ataques sin devolverle el beso hasta que, con deliberada morosidad, rocé bruscamente sus labios con la punta de la lengua y bloqueé sus dientes y su lengua, recreándome en su desconcierto mientras estimulaba su deseo de una unión natural, para que ella abandonara todo vestigio de pudor y reserva y se me entregara plenamente, lo cual sería imprescindible para ambos, ya que el resto de lucidez que yo conservaba me hacía comprender que a partir de aquel momento ninguno de los dos podría seguir adelante ni volverse atrás sin riesgo, es decir, tendríamos que superar la prueba de la premiosa y complicada operación del desnudado, que exigiría todas las reservas de delicadeza y habilidad imaginables, ya que la batalla con botones, cordones y corchetes no sería fuente de placer hasta que hubiera terminado y nuestros cuerpos desnudos se hubieran unido.
Pero por más que me esforzaba por actuar con serenidad y ponderación, había momentos en los que temía perder el control; ahora, al rememorar como un frío observador los hechos de aquella mañana soleada y ya lejana, tengo la sensación de que, al llegar a ese punto, choco con la infranqueable barrera del lenguaje, de que tengo que romper con la cabeza la dura muralla de lo innominable, como si no sólo el obligado y por ello ridículo pudor pusiera trabas a mi propósito, a pesar de que se nos hace difícil nombrar las cosas que en el lenguaje cotidiano tienen su apelativo, aunque muy gastado y deteriorado, estas palabras, que describen órganos, funciones y movimientos, aun con toda su jugosa expresividad y su fuerza natural, no me sirven para describir mi experiencia, no porque tema ofender el decoro burgués, no, el llamado decoro burgués no me interesa lo más mínimo en el momento de dar cuenta de mi vida, porque, cuando de la vida se trata, el decoro sólo puede constituir un marco, y si en esta definitiva justificación he de dibujar con exactitud el mapa de mi vida sentimental, con todas sus estaciones, tengo que exponer y examinar mi cuerpo en su totalidad, sin concesiones a la vergüenza; lo contrario sería tan ridículo como impedir al médico forense que retirara la sábana que cubre el cadáver que tiene encima de la mesa de autopsias, por eso ahora tengo que quitarme la bata y el pijama, despojarla a ella de aquel bello y enojosamente complicado vestido, y describir con su nombre cada movimiento y cada sensación y, pensándolo bien, diré que tan ridículo y desacertado sería hablar de las llamadas partes pudendas y, ya que hablamos de cuerpos vivos, de sus funciones naturales, en términos cotidianos como, por discreción, cambiar rápidamente de tema; porque si, para plantear el problema en sus justas proporciones, yo me preguntara: «Vamos a ver, hombre, aquel hermosa mañana, ¿te follaste a tu novia?», un simple «sí» sería una simplificación engañosa o una evasiva, porque este Sí ocultaría los reveladores detalles del proceso tanto como el silencio; sin embargo, a la curiosidad narcisista a la que sólo interesan los detalles ocultos, a los que no se considera dignos de atención, le es difícil hacerse una idea clara de su objeto, es decir, de sí misma, ya que el cuerpo pierde el concepto de sí mismo precisamente en los momentos que más reveladores podrían ser, por eso el recuerdo no puede retener lo que el cuerpo no ha asumido, por lo que deja escapar los actos más importantes, cuando es precisamente esta circunstancia lo que produce la sensación de irrepetibilidad, al igual que, después de un desmayo, la memoria no retiene más que la extraña sensación de la pérdida y la recuperación del conocimiento, mientras que el desmayo en sí, que es lo que más nos interesa después, ese estado distinto a todo lo que nos es familiar, permanece inaccesible.
Helene me mordió en la boca, y el último reducto de cordura que aún resistía en mi interior capituló ante aquella audacia: única respuesta posible a mis pueriles tácticas amatorias, y ahora, al recordarlo, me parece que el dolor de aquel mordisco fue la última sensación cuyo significado pude percibir con cierta claridad; pues de esta sensación pasé a aquel estado de inconsciencia que después me parecía inconcebible, su boca no sólo había abandonado toda reserva sino que revelaba claramente el deseo de poseerme por entero; y, a partir de aquel momento, no se detendría ante obstáculo ni escrúpulo alguno, por lo que sería inútil querer desempeñar el papel del hábil seductor versado en las artes del amor, ella me quería tal como estaba, su cuerpo se apretaba contra mí, y yo no tenía ni que pensar en cómo tenía que actuar, ella oprimía su vientre contra el mío y ni la abundancia de encajes y sedas podía impedir que cada uno de nosotros sintiera el ansia del otro que, por agradable que fuera, despertaba en mí una curiosa sensación de humillación; me parecía que ella, después de haber tenido que empuñar el timón de nuestro destino, ya que los escarceos calculadamente indecisos de mi lengua, comparados con la franca confesión de sus dientes eran sólo torpes escaramuzas, pretendía desafiar mi virilidad y mi amor propio; como si se hubieran trocado los papeles, ella mostraba una agresividad masculina, algo que a mí, naturalmente, me agradaba, y mucho, a pesar de que, frente a aquel decidido ataque, yo me sentía femenino y frivolo, y tenía que mostrarme superior a ella, mis instintos, o mi sistema nervioso, se resistían a aceptar este cambio, y quizá al atacarme, inconscientemente, ella pretendía aguijonear mi sentimiento de superioridad; entonces volví a enfurecerme y, como si quisiera arrancármela el cuerpo -como el que se arranca una sanguijuela-, la agarré del pelo, estrujé la fina tela de su vestido, incluso le arañé la piel, volví bruscamente la cabeza para rechazar su boca, bajé la mano hasta sus nalgas y apreté su vientre contra el mío con brutalidad y para hacerle sentir lo que hasta entonces había tratado de disimular, lo que escondía dentro del pantalón y debajo de la bata; entonces me apoderé de su boca, hundiendo la lengua profundamente, a lo que ella correspondió con suaves caricias de sus manos y de su lengua, ya desde el suelo, adonde no sé cómo habíamos llegado; y es que entonces yo había perdido ya el hilo de la historia y sólo respondía a sus movimientos, sus rasgos, sus miradas, el sabor de su saliva, el olor de su sudor y el temblor de sus pestañas.
Estaba echada de espaldas en el suelo desnudo, y yo, encima dá ella, apoyado en un codo, miraba sus ojos cerrados y su cara pálida y casi inmóvil, y entonces sentí que sacudían mi cuerpo unos inexplicables sollozos secos que me salían de lo más hondo.
Hundí mi mano libre en su cabellera roja esparcida por el suelo y, como si la mano recordara mi vieja amenaza, tan vieja ya, le di un fuerte tirón y su cara resbaló por el suelo, exánime.
Aquellos sollozos eran como el recuerdo de una enfermedad infantil, sofocantes, convulsos, febriles, y parecía que habíamos sido arrojados de una profunda oscuridad a aquella habitación inundada de sol, entre unos muebles mudos, familiares y extraños a la vez, en la que la gruesa alfombra, que nuestros pies habían levantado, formaba una montaña y hasta las más pequeñas muescas y dibujos del papel de la pared tenían una insoportable inmovilidad; aquella visión fulgente y vacía me entristeció de tal modo que apoyé la cabeza en su pecho, con precaución porque era la primera vez que lo tocaba, y tuve que cerrar los ojos para que mis desesperados sollozos me hicieran volver a aquella oscuridad de la que me había arrancado el silencio.
Y ella, como si no advirtiera mi llanto, no trataba de consolarme, y yo pensé: quizá sí que la he matado.
Entre los encajes, mis labios encontraron su cuello, y entonces tuve que volver a abrir los ojos, para ver el color y la tersura de su piel que palpaban mis labios y mi lengua; y aun en la profunda quietud que nos había invadido, mi boca, como un cuerpo extraño, como un caracol que avanzara milímetro a milímetro, quería saborear lo que durante tanto tiempo le había estado vedado, y tuve que abrir los ojos otra vez, porque no me bastaba el tacto para hacer mía aquella piel, no me compensaba de los momentos perdidos, y quizá ayudara en algo ver lo que tanto anhelaba y no podía asimilar.
– Quiero decirte una cosa -la oí susurrar, y mi boca se acercó a sus labios, no, que no hablara, que respirara en mí lo que quisiera decir, pero no tenía prisa, apresé con los dientes la barbilla tendida hacia mí, qué maravillosa sensación morder con fuerza y, lo mismo que un perro al que, en lugar del hueso que tiene en la boca, se le ofrece otro aún mejor, quedé desconcertado ante el dilema, porque su boca esperaba, y esto me ayudó a decidirme, a pesar de que quizá mis ojos habían vuelto a cerrarse; porque sólo recuerdo el aroma de su aliento que con sus palabras: «Desnúdame, por favor», me subió por la nariz. Y entretanto habíamos dejado atrás mis sollozos; algo que también se había perdido definitivamente.
Pero pareció que su voz me serenaba un poco, volvía a discernir, recuerdo mi propio asombro, provocado no por su petición sino por su voz, que tenía un timbre tan natural que yo no podía imaginar que hubiera podido pedirme otra cosa, y no obstante no era la voz de una mujer madura, parecía como si, involuntariamente, ella hubiera retrocedido a aquel tiempo al que antes me habían trasladado también a roí mis lágrimas, y me hiciera ofrenda de aquella época desconocida que también yo le había ofrecido a ella con mi llanto infantil, por eso no era asombro lo que yo sentía, o no era sólo asombro, sino fascinación, la fascinación de su candor y de esa singular propiedad de la naturaleza humana por la que una criatura puede hacer partícipe a otra de vivencias de un tiempo que ya no existe.
Y aquel curioso estado infantil, desligado de tiempo y lugar, por el que nos habíamos convertido en instrumento de tensión entre un pasado indistinto y un futuro incierto, nos mantuvo bajo su influjo no sólo mientras nos desnudábamos con gran ceremonia el uno al otro, recreándonos en gestos de confianza e intimidad mutuas, sino que se prolongó hasta el momento en que, al fin, recostados entre ridículos montones de ropa, contemplamos nuestra desnudez.
Yo la miraba a ella, pero también atisbaba temerosamente y a hurtadillas mi propio cuerpo, para convencerme de algo asombroso que ya había percibido claramente, a saber, que mi virilidad, que hasta aquel momento se había erguido, robusta, reclamando imperiosamente su derecho, yacía ahora sobre mi muslo, yerta y disminuida, con infantil indiferencia; pero, aunque yo trataba de disimular, ella advirtió la dirección de mi mirada porque, a diferencia de mí, mantenía tronco y cabeza erguidos y sólo buscaba mis ojos, como si quisiera impedirles a toda costa que mirasen su cuerpo o el mío; nos dimos las manos, y creo que, si se mostraba retraída, no era por vergüenza, sino porque, al igual que yo, no quería perderse en detalles, porque yo, mientras desabrochaba los corchetes escondidos entre las puntillas del vestido, desataba los cordones del corsé, le quitaba los zapatos de tafilete bordados de perlas, los pololos adornados con cintas rosa y las largas medias de seda, concentraba la atención en corchetes, botones, cordones y cierres evitando cuidadosamente contemplar el hasta entonces desconocido paisaje de su cuerpo, que iba revelándose, poco a poco, porque quería verla toda entera; pero ahora que estaba sentada ante mí completamente desnuda, mis ojos parecían incapaces de captar aquella visión maravillosa, tenía que mirar a todas partes a la vez y, al mismo tiempo, deseaba fijar la mirada en un solo punto, descubrir un punto de su cuerpo que fuera único; y á ella tenía razón, si puede hablarse de razón en esta cuestión, al a los ojos, porque, por sentimental que pueda sonar, en sus velados ojos azules se reflejaba una desnudez más completa que la de su piel, y es comprensible, porque, al fin y al cabo, las formas del cuerpo, cubiertas por el manto uniforme de la piel, sólo pueden revelarse a través de los ojos.
No puedo explicar cómo llegamos a aquella extraña situación, ya que yo no disponía de la capacidad de raciocinio necesaria para regir mis movimientos; es más, los retazos de pensamientos que acudían de pronto a mi cabeza y desaparecían con la misma celeridad me irritaban, lo mismo que la repentina idea de que frau Hübner podía estar escuchando detrás de la puerta, que el cochero esperaba abajo y acababa de colgar la bolsa de forraje al cuello de los caballos o la fugaz idea de que Helene era aún muy joven, apenas dieciocho años, y, si se me entregaba ahora y yo no podía dominarme, estaría en sus manos; de pronto, se me representaron todas las dificultades de nuestra vida en común, porque yo sería el primero que, aunque no fuera más que durante un momento, alumbraría el oscuro ámbito de sus sentimientos inconscientes y eso sólo ya nos ataría; era como si tuviera sentada ante mí una muñeca indefensa y sin voluntad a la que yo debía despertar a la vida para que después ella destrozara la mía, y puesto que esto supondría la unión definitiva, yo no podía hacerlo, no, no podía perder la libertad, porque, de lo contrario, un día tendría que matarla; y recordé lo ocurrido la víspera por la noche, mi emocionante pequeña aventura que, aunque había quedado inconclusa, era la indicación de que mis sentimientos me llevaban por caminos que ella no podría comprender y por los que no podría seguirme, no sólo la pondría en el mayor peligro a ella sino también a mí mismo; pero en aquel momento estábamos sentados en el suelo uno frente a otro, desnudos y dependientes el uno del otro, con las manos juntas, y yo deseaba explorar sin prisa todas y cada una de las partículas de su cuerpo, por lo mucho que deseaba el todo, asimilar todo lo que ella había sido en el pasado y lo que pudiera ser conmigo en el futuro; yo sabía que me pertenecía, por lo que los retazos de pensamiento que me advertían del peligro no hacían sino aumentar mi deseo, y es que siempre había entre nosotros algo que reprimir, y algo parecido debía de sentir ella y por eso tampoco sus ojos se apartaban de mi cuerpo, y parecía sentirse como el que ha recibido un regalo y no acaba de creer que sea realmente suyo; estaba muy tensa, aunque aparentemente ambos nos manteníamos tranquilos, medio sentados y medio en cuclillas, ella tenía una pierna debajo del cuerpo y el otro pie apoyado en el suelo, con la rodilla doblada casi a la altura del pezón y los muslos separados, su cabellera roja caía sobre sus hombros delgados y frágiles de niña y por entre el vello claro del pubis se veían los labios abiertos de la vulva, y cuando yo, furtivamente, miré mi miembro y lo vi flácido sobre el muslo, me pareció ser un Pan en reposo, sentado en la hierba del bosque húmeda de rocío, pero más significativo que esta imagen me pareció el que yo estuviera sentado en la misma postura que ella, con una pierna debajo del cuerpo, los muslos separados y un pie apoyado en el suelo, el uno, réplica del otro; y entonces miré sus caderas y su pecho y descubrí una sorprendente similitud entre la curva de los senos y el fino arco de la cadera como si ambas líneas se hubieran formado obedeciendo a una misma orden de la creación.
Casi a un tiempo, nos deslizamos el uno hacia el otro ayudándonos con las manos, tirando ella de mí y yo de ella; por serio y trascendental que fuera el momento, la sincronía de nuestros movimientos era francamente cómica, pero mis ojos ya habían descubierto los puntos deliciosos de su cuerpo adorable, que no era uno solo ni era el todo, sino un conjunto formado por el pecho, la cadera y los labios de la vulva que se abrían en aquella postura, conjunto que ahora podía permitirme separar del resto, porque, después de examinar el todo con cierta frialdad, tenía la certeza de que no me defraudaría y de que me daría lo que yo deseaba, el vestido no me había engañado, haría mío un cuerpo perfecto; aunque alejados de mí, aquellos puntos parecían poseer una fuerza que me atraía, y al pensarlo me eché a reír, y entonces oí, sí, y vi que también ella reía, reíamos los dos, y como los dos sabíamos que estábamos pensando en lo mismo, que nos parecía cómica aquella manera de movernos y que nos reíamos de eso, nuestra risa creció hasta convertirse en alarido, chillábamos, aún me parece oírlo, era como si, con nuestra risa, hubiera estallado sobre nosotros la ola poderosa de una fuerza irresistible; y yo, al contemplar su boca hechicera abierta por la risa acerqué la mía a sus pechos, pero no podía decidirme por ninguno, ya que deseaba los dos, y la risa que me sacudía el cuerpo me recordó mi llanto anterior, entonces mi mano se posó en su vientre y el dedo penetró delicadamente entre aquellos labios deliciosos, en la suave y húmeda profundidad; el manto de su pelo me cubría los hombros y la espalda, quizá era mi nuca el punto que ella buscaba, porque cuando yo pellizqué suavemente con los labios el duro botón de su pecho, ella puso la boca en mi nuca y también su mano se introdujo entre mis muslos, y se hizo una profunda quietud, y ahora, al recordarlo, no puedo menos que pensar que allí, en aquel momento, ella y yo debíamos de estar en la mano de Dios.