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Y entonces, quizá a la misma hora, yo estaba otra vez en el recibidor de nuestra casa, y veía por el espejo un abrigo desconocido colgado en el perchero.
En la penumbra del espejo no se distinguía claramente de qué color era el abrigo; era de una de esas telas gruesas y ásperas que, aunque protegen de la lluvia, tienen el inconveniente de llevarse adheridos pelusas y pelillos.
Se oía susurrar y gorgotear el agua en los canalones, empezaba a licuarse la nieve que cubría el empinado tejado, y yo estaba delante del espejo, con la cartera en la mano.
Seguramente, en otro tiempo, aquel viejo abrigo azul marino había sido de uniforme; debajo del ancho cuello quedaba un botón dorado, el único que, por un misterioso designio, no había sido sustituido.
Quizá el botón que relucía en el abrigo oscuro me hizo pensar en él, precisamente en él, mientras venía hacia mí por el claro del bosque salpicado de manchas de nieve, y en aquella otra hora dolorosa, en la que, estando en el recibidor lo mismo que ahora, comprendí que no tenía ni la más leve esperanza de que cesara el tormento que sufría por él y a causa de él; aquel día me miré al espejo pensando que nada cambiaría, y nada había cambiado en realidad, también hoy se fundía la nieve y, para no tener que ir con él, había venido a casa cruzando el bosque, y entonces tenía los zapatos tan empapados como hoy, y me parecía oír en el comedor los mismos sonidos de siempre, los grititos de mi hermana menor acompañados del tintineo de los cubiertos y del persistente regaño de la abuela, interrumpido periódicamente por el gruñido paciente y bonachón del abuelo; sonidos que uno identifica aun sin escuchar, tan familiares que no tienes ni que prestar atención; y, por todas estas coincidencias, parecía no haber diferencia entre entonces y hoy, y el dolor volvió lentamente, pero aquel abrigo desconocido colgado del perchero, aquel abrigo que despertaba en mí el sufrimiento de mi amor por él y de la vana lucha contra aquel amor que yo esperaba que fuera pasajero, indicaba que no era entonces sino ahora cuando yo estaba aquí y, si no era entonces, quizá este dolor de ahora se disipara.
Pero mi madre seguía allí, con la cabeza hundida en los grandes y blandos almohadones, como si durmiera profundamente, y sólo abría los ojos cuando alguien entraba en la habitación.
También ahora fui ante todo a su habitación, lo mismo que siempre desde aquel día, ¿y adonde si no?
Aquella vez me había llevado a ella, inconscientemente, desde luego mi atolondrado egocentrismo infantil, porque hasta entonces yo siempre había respetado la hora del almuerzo y sólo desde aquel día tomé por costumbre, interesadamente, sentarme en el borde de su cama y, con su mano entre las mías, dejar pasar el tiempo hasta que acabaran de dar de comer a mi hermana y quitaran la mesa, dejando sólo mi cubierto, así evitaba la penosa presencia de mi hermana menor, que antes me parecía natural, o casi natural, y ahora me repelía; desde entonces, sin darme cuenta, dividía el tiempo en un «antes» y un «después», desde entonces quiere decir desde el beso, porque aquel beso, hoy lo sé, había cambiado muchas cosas en mí, trastocando el orden de mis afinidades, y a quién había yo de acudir si no a mi madre, porque el dolor por Kristian no se debía tanto a que él no pudiera ni quisiera corresponder a mis sentimientos como a que estos sentimientos tuvieran efectos claramente físicos, en los músculos, en los labios, en las yemas de los dedos y -a qué negarlo- también en la tensión de las ingles, porque no hay instinto más poderoso que el de tocar, asir y oler, y todo lo que podemos palpar y acariciar deseamos poseerlo también con la boca, devorarlo; pero yo forzosamente tenía que considerar antinatural este deseo de contacto, algo que sólo me ocurría a mí, que me distinguía, excluía y marcaba, a pesar de que para mis sentidos era lo más natural; yo debía avergonzarme del beso y de mis ansias, así me lo había hecho comprender él, aunque con infinita discreción, al apartarse de mí y hasta, en cierta medida, renegar de sus propios instintos, porque, entonces, entre nosotros, durante un momento, había brotado algo que era preciso volver a enterrar, que había que mantener oculto, y que él podía ocultarse incluso a sí mismo, mientras que yo tenía que andar a vueltas con ello, porque, en cierto modo, era lo que me hacía vivir realmente; pero ¿cómo satisfacer una fantasía que se manifiesta en deseos corporales concretos?, ¿y a quién si no a mi madre podía yo tocar, abrazar, besar, acariciar y oler como deseaba hacer con él? Y cuando miraba a mi hermana pequeña a la cara, aquella cara horrible, no podía menos que sospechar, después de aquel beso, que aquello no podía remediarse con medicamentos bien dosificados y que las explicaciones de la familia sobre trastornos hormonales no eran más que una mentira piadosa con la que pretendían engañarse a sí mismos, porque no se trataba de un resfriado o algo parecido, ¡ni enfermedad era!, ¡y tampoco yo, por ser distinto, estaba enfermo!, y la anomalía de mi hermana -de la que ella no parecía darse cuenta, porque vivía feliz y despreocupada y podía ceder a todos los impulsos- tenía que aceptarla yo como algo natural para quererla tal como era, pero ¿no me parecía que veía reflejada en un espejo mi propia condición, que percibía como antinatural, y que tenía que convencerme a mí mismo de que era un ser deforme y aceptarme porque no había más remedio?, tanto más por cuanto que la cara de mi hermana pequeña, a pesar de su deformidad, tenía claramente nuestros rasgos, era nuestra caricatura viviente y, aunque no quería seguir engañándome, no podía reprimir la repulsión ni la angustia.
Cuando la miraba largamente -y no me faltaban ocasiones, porque con frecuencia estaba obligado a pasar muchas horas en su compañía- veía en ella una paciencia primaria unida a una calma animal, ya que no importaba cuál fuera el juego que yo inventara, por rudimentario que fuera -podía consistir en la repetición de un mismo movimiento-, ella, como solía decir la abuela, «sabía comportarse»; incluso tenía la facultad de disfrutar con la repetición, se encerraba en el ciclo de la reiteración, como excluyéndose a sí misma del juego en sí, sin dejar que nada la distrajera, lo mismo que un autómata, dándome ocasión de observarla atentamente; por ejemplo, nos poníamos cada uno debajo de una silla y yo hacía rodar por el suelo una cuenta de vidrio de colores que ella tenía que atrapar en la portería formada por las patas de su silla y devolverme; éste era uno de sus juegos preferidos y también a mí me gustaba, porque, por un lado, el movimiento de la canica exigía toda su atención, no le era difícil interceptarla y podía gritar a placer, mientras que yo no tenía más que repetir el movimiento mecánicamente, es decir, estaba allí, jugaba con ella, hacía lo que se esperaba de mí y, al mismo tiempo, podía abandonar la escena, situarme en un marco más agradable, en otra actividad, incluso refugiarme en burdas fantasías o, por el contrario, concentrar en ella toda mi atención -algo que no hacía por afecto sino por el afán de observar el fenómeno, identificarme con ella, introducirme en su piel, reconocer en sus facciones las mías y, en sus movimientos torpes y convulsos, mi propia indefensión y, al mismo tiempo, desde fuera, desapasionadamente, saborear mi frialdad-; porque yo pretendía ser un científico que observa un gusano y desea conocer minuciosamente el objeto de su curiosidad, para poder después no sólo reproducir la mecánica de sus movimientos sino explorar desde dentro la asombrosa ley que acciona el motor, la fuerza que coordina toda una secuencia de movimientos, meterme en la piel ajena para estudiar la existencia del otro al mismo tiempo que la mía, como el que observa una oruga verde agarrada a una piedra blanca, que, si la tocas, frunce el cuerpo acercando rápidamente la cola a la cabeza y avanza a fuerza de contraer y tensar su masa, una locomoción simple, pero no menos curiosa ni ridícula que la nuestra que consiste en ir poniendo sucesivamente un pie delante del otro, para mantener en equilibrio el peso de este cuerpo que nos lastra y en el que, sugestionados por la observación, podemos llegar a sentir el cuerpo de la oruga y no es que imaginemos sino que notamos unos pies en el vientre y hasta un lomo retráctil, porque, si poseemos suficiente capacidad de sugestión como para percibir estas posibilidades en nuestro propio cuerpo, no sólo seremos observadores de la oruga sino que nos habremos convertido en la oruga misma.
Ahora puedo reconocer que antes, cuando el estado de mi hermana aún no me deprimía ni preocupaba tanto, yo, imitando a mis padres, no la llamaba por su nombre, sino que me refería a ella diciendo, simplemente, «mi hermana»; no sé qué afán de disimulo nos obligaba a poner de manifiesto, con grandes muestras de afecto, que hacíamos de ella el centro de las atenciones de la familia, como era nuestra obligación, cuando en realidad la manteníamos al margen de nuestra vida, en aras de una sana ecuanimidad; antes de que el instinto de autodefensa, el miedo y la repulsión, nacidos de mi propia alienación, me alejaran de ella y de mí mismo, mis experimentos no se limitaban a la simple observación sino que habían adquirido formas más prácticas y, digamos, tangibles y, si bien a veces me excedía de los límites de lo permitido y mantenía estos juegos en secreto, más aún que aquel beso, y algunos tenía que disimularlos incluso ante mí mismo, no creo que actuara con crueldad; después, la repugnancia y una forzada indiferencia me harían ser más duro, y podría decir que quizá mi insaciable y natural curiosidad de antes habían hecho más humanas nuestras relaciones.
Aquella tardes, casi siempre tardes de invierno, en que la melancolía del rápido anochecer invadía la casa tranquila, y por las puertas abiertas de las espaciosas habitaciones, llegaba de la cocina un lejano tintineo de cacharros que, poco a poco, se iba apagando y también había quietud en el exterior: llovía, nevaba, soplaba el viento, y yo no podía salir al jardín ni al campo y, sentado en la cama o delante de mi mesa, frente a un problema insoluble, miraba una y otra vez hacia la ventana, y hasta el teléfono estaba mudo, el abuelo dormía en su butaca con las manos entre las rodillas, ya se habían secado las gotas en el suelo de la cocina y el peso del sueño había acabado de hundir la cabeza de mi madre en la almohada, le había abierto la boca y hecho caer el libro de la mano, aquellas tardes, pues, no teníamos quien nos vigilara, a mi hermana la habían acostado, para que durmiera y nos dejara tranquilos un rato, y ella, complaciente, se amodorraba, pero, al cabo de unos minutos, se despabilaba, bajaba de la cama, salía de su dormitorio, que la abuela en vano había tomado la precaución de dejar a oscuras, y se presentaba en mi cuarto.
Se quedaba en la puerta y nos mirábamos en silencio.
También por la tarde le ponían el camisón, porque la abuela se empeñaba en hacerle creer que era de noche y tenía que dormir, aunque dudo que mi hermana distinguiera el día de la noche, y por eso tampoco servía de nada que la dejaran a oscuras; se quedaba en la puerta, deslumbrada, con los ojos hundidos en su cara abotargada, con las manos extendidas en dirección a mí, como si a tientas buscara la luz; el camisón blanco con ribetes azules cubría casi por completo su cuerpo desmedrado, dejando fuera sólo los brazos y unos pies tan grandes como los de un adulto, pero no disimulaba la desproporción de su rechoncha persona: tenía la piel descolorida, de un blanco grisáceo y un tacto curiosa e inexplicablemente áspero, casi como de cuero, como si bajo aquella superficie basta tuviera que haber capas más finas, o si aquella envoltura, que recordaba las flexibles armaduras de los escarabajos, ocultara la verdadera piel humana, delicada, parecida a la mía; seguramente por eso me atraía y yo no desaprovechaba la ocasión de tocarla, y con frecuencia, el objeto del juego consistía, simplemente, en ponerla a mi alcance, para lo que en realidad no me hacía falta pretexto alguno, ya que nada me impedía manosearla o pellizcarla; el pretexto lo necesitaba sólo para apaciguar mis propios escrúpulos morales, y hacía, aparentemente sin querer, lo que pensaba hacer de todos modos; lo que más llamaba la atención era, sin duda, la cabeza, redonda, enorme, de proporciones diabólicas, una de esas calabazas que los niños clavan en el mango de una escoba, con unos ojos grises y diminutos, casi escondidos tras unas profundas hendiduras y un labio inferior carnoso y colgante, reluciente de la baba que, mezclada a veces con los mocos, le resbalaba por la barbilla y le empapaba el pechero del vestido; tenías que acercarte para ver sus pupilas, pequeñas, negras e inmóviles, quizá por eso tan inexpresivas.
Pero aquella inexpresividad era tan tentadora como su piel, o más, por más misteriosa, porque sus ojos no se velaban como unos ojos normales que no quieren delatar sus sentimientos y precisamente con ello indican que pretenden ocultar algo y a pesar suyo llaman la atención sobre lo que tratan de esconder; no, en sus ojos no había absolutamente nada, es decir, la Nada se expresaba en ellos tan clara y constantemente como en unos ojos normales, los sentimientos, anhelos y pasiones; era imposible acostumbrarse a aquellos ojos impersonales, eran como dos lentes, dos cristales; al mirar aquellos ojos y percibir su irregular parpadeo, no podías menos que pensar que debajo tenía que haber otro par de ojos más sensibles, al igual que detrás de unos lentes que destellan tratamos de descubrir una mirada, porque, sin la expresión de los ojos, no se comprende debidamente el significado de las palabras.
Aquellas tardes, mi hermana aparecía en la puerta y permanecía muda, como si supiera que su voz chillona la delataría irremisiblemente despertando a la abuela, que la privaría de los goces y tormentos de un juego, el juego de una complicidad que había surgido entre nosotros; esto debía ella de saberlo, a pesar de que su memoria no parecía funcionar debidamente o sólo en determinadas condiciones, ya que aparentemente no había razones lógicas que explicaran por qué recordaba unas cosas y olvidaba otras: comía con los dedos y era inútil que todos los días trataran de acostumbrarla a usar el cubierto, no podía, el tenedor y la cuchara se le caían de la mano, no comprendía por qué tenía que sostenerlos, por otra parte, se acordaba de nuestros nombres, nos llamaba a cada uno por su nombre, y era muy limpia: si alguna vez se orinaba o ensuciaba en las bragas, pasaba horas gimiendo con desconsuelo en un rincón, aplicándose ella misma el castigo que una vez le había impuesto la abuela, en lo que parecía manifestarse una gran docilidad, una mansedumbre con la que deseaba mostrarnos su agradecimiento; no sabía contar, por más que yo me esforzaba en enseñarle, parecía que aprendía pero enseguida lo olvidaba, y también tenía dificultades para distinguir los colores; pero era muy sumisa, siempre estaba dispuesta a empezar de nuevo, siempre pronta a complacernos, y era conmovedor verla fruncir el entrecejo mientras buscaba esforzadamente una palabra de uso diario, porque no era éste su lenguaje, y cuando de su garganta salía, como un grito de victoria, la palabra o la expresión, y ella se oía a sí misma pronunciarla, en su cara se pintaba una sonrisa excelsa, una sonrisa cargada de una dicha que quizá nosotros nunca lleguemos a conocer.
Si su mirada no traducía sentimientos ni emociones, la sonrisa y la risa, por el contrario, parecían ser el lenguaje con el que ella trataba de hablarnos, el único lenguaje en el que sabía expresarse, su lenguaje, aunque un lenguaje, sin duda, sólo para iniciados, pero quizá más bello y más noble que el nuestro, porque su única manifestación, aunque con una escala de matices infinita, era la pura alegría del simple existir.
Un día, en mi mesa apareció un alfiler, un alfiler corriente, no sé de dónde habría salido, la víspera no estaba y ahora, sobre la madera oscura, entre los cuadernos y los libros, relucía lo suficiente como para llamarme la atención; no podría decir por qué, durante todo el día -mientras hojeaba en mis libros, escribía, leía, revolvía en mis cosas descuidadamente, las sacaba de la cartera y volvía a meterlas- procuré no tocarlo, esperando que se fuera tan misteriosamente como había venido, pero al día siguiente seguía allí; ya estaba encendida la lámpara de pantalla roja, a pesar de que aún no había oscurecido, mi hermana se había quedado entre dos luces y yo, cegado por la lámpara, sólo adivinaba su presencia en la habitación cálida y callada, y tampoco ella, adormilada y deslumbrada, debía de distinguirme claramente; de la cocina llegaba aún un leve ruido de platos que enseguida cesó, y el silencio fue total, un silencio que yo sabía que duraba aún media hora por lo menos; podía empezar, pues, el juego que a los dos nos gustaba; el alfiler seguía allí, sólo se necesitaba el primer impulso, luego todo vendría rodado; yo levanté el alfiler con el dedo, sólo para enseñárselo; ella sonrió confiadamente, aunque con cierta timidez, porque tenía miedo de mí, pero era un miedo que le gustaba; también yo tenía miedo de ella, pero no sobraba el tiempo, además, el juego no podía demorarse, porque ella era impaciente; si no empezaba ella, empezaba yo, y, si no yo, ella daba el primer paso, éramos interdependientes.
Después, por un impulso profundo y, por lo tanto, inexplicable, reuní una considerable colección de alfileres, y ya no esperaba que vinieran a parar a mis manos por casualidad sino que los buscaba activamente; esta afición adquirió porporciones de verdadera pasión y, curiosamente, los encontraba por todas partes, aunque no recuerdo que alguno ejerciera en mí un efecto tan fuerte y provocador como aquél; aparecían ahora en los lugares más insospechados: un almohadón, una hendidura, el forro del abrigo, en la calle, en el brazo de un sillón, y todos se hacían notar por un destello o un pinchazo; ya los clasificaba, examinaba sus distintas formas y probaba de clavármelos en el dedo, para ver si sangraba; cortos, largos, de cabeza redonda, de cabeza plana, oxidados, relucientes, de latón, de punta cónica o lanceolada, cada uno pinchaba de modo distinto; pero aquel alfiler corriente, largo, de cabeza redonda, que una tarde apareció en mi mesa de forma tan misteriosa que hasta pregunté a mi padre si sabía de dónde había salido, fue el primero; él se había parado casualmente al lado de mi mesa aquella tarde, y se inclinó, sorprendido y desconcertado, sin comprender qué quería de él; yo le enseñaba el alfiler y él, apartando con un ademán de impaciencia el pelo rubio y lacio de la frente y los ojos, me dijo ásperamente que no le fuera con tonterías de las mías; aquel alfiler fue, pues, la primera pieza de mi colección; se lo enseñé a mi hermana sin un propósito claro, como hubiera podido enseñarlo a cualquiera, lo levanté a la luz de la lámpara y entonces me sorprendió ver que mi hermana daba el primer paso para acercarse a él, lo que suscitó en mí un movimiento que tampoco tenía objeto alguno, me deslicé de la silla y me dejé caer debajo del escritorio con el alfiler en la mano.
Hoy, en que la necesidad de confesar me pone delante de los ojos la serie de movimientos que hice y que tengo profundamente grabados en la memoria, me asusto quizá más que entonces.
El miedo es un sentimiento primario por el que lo que creemos pasado se hace realidad por medio de las palabras y se manifiesta como presente vivo.
Mi leve estremecimiento de entonces no era de miedo, y ahí está la diferencia, no era este miedo oscuro e irracional que ahora siento, sino esa pura y simple excitación que nos invade cuando podemos sustraer el cuerpo al dominio de nuestra voluntad, prejuicios y cautelosos deseos y darle libertad de movimientos; durante un rato no pasó nada; debajo de la mesa estaba oscuro y hacía un calor muy agradable, me parecía estar sentado en una caja volcada, como una boca abierta que esperase a mi hermana para engullirla.
Olía a madera vieja, ese olor áspero que los muebles nunca pierden del todo, que recuerda un poco su procedencia y que da sensación de cosa segura, firme y perdurable; me parecía oler hasta al papel polvoriento de oficina de juzgado, porque era una mesa de desecho que mi padre había hecho traer a casa; mi hermana no se movía, pero yo sabía que se acercaría, porque ya desde el primer movimiento se había creado entre nosotros una tensión que había que descargar, y en esto consistía el juego; entonces la oí acercarse con pasos torpes y pesados, como arrastrando e impulsando a la vez el peso de su cuerpo.
Yo la esperaba, acechando como una araña, agazapado en el fondo de la caja que formaba la mesa, sujetando el alfiler por la cabeza entre las uñas de dos dedos con la punta hacia ella; al fin apareció en mi campo visual su largo camisón blanco y ella se arrodilló con una amplia sonrisa; ahora me parece que en aquel momento yo no sentía absolutamente nada, aunque también podría decir que todos mis sentimientos se habían exaltado; ella gateó impetuosamente, como si quisiera abalanzarse sobre mí, pero al pisar el camisón con las rodillas perdió el equilibrio, cayó hacia adelante y se golpeó la frente primero con la mesa y después con el suelo; yo no me moví: las secretas reglas de la crueldad prohibían prestarle ayuda.
Su iniciativa era tan imprevisible como su memoria: esta vez se enderezó, sonrió aún más amplia e intrépidamente, como si no hubiera ocurrido nada y, con la mayor naturalidad y desenvoltura, tiró del camisón que le impedía mover las rodillas, como si entre el camisón y la caída hubiera descubierto una relación de causa y efecto, cuando, en situaciones mucho más claras, era incapaz de hacer deducciones; así, cuando le apetecía una fruta, trepaba con soltura a un árbol, pero era incapaz de bajar y se quedaba abrazada a una rama, agarrotada y lloriqueando hasta que alguien la descubría, a pesar de que no era más difícil bajar del árbol que subirse a él; a veces, subía tanto que había que rescatarla con una escalera; quizá el ansia, el puro deseo, estimulaba su inspiración y, colmado éste con una roja cereza, un maduro albaricoque o -como en este caso- mi persona, su memoria se oscurecía, su espíritu emprendedor, una vez alcanzado el objetivo, se adormecía y ella volvía a aquel mundo en el que los objetos planeaban aislados, inconexos: la silla no era silla hasta que alguien se sentaba en ella, ni la mesa mesa hasta que sostenía su plato, los objetos en sí nada significaban, sólo los percibía cuando los utilizaba, y cuando no, en el mejor de los casos, se confundían en una amalgama; su sonrisa ávida y descomedida apuntaba ahora a su deseo, lo mismo que los ojos, inexpresivos, fijos y muy abiertos; arrastrándose sobre las rodillas desnudas, se metió también ella debajo de la mesa; nadie podía descubrir lo que a su amparo hacíamos, yo, a mi manera, estaba tan ciego de deseo como ella, la oía respirar con excitación, también mi respiración se había acelerado y, con la acrecentada sensibilidad de mis sentidos, me parecía oír en el ritmo diverso de nuestra respiración como una música especial, una melodía y, si yo no hubiera levantado la mano, apuntando a su ojo con el alfiler -porque su pupila parecía atraerlo-, estoy seguro de que se me hubiera echado encima; le gustaba pelear conmigo; pero ahora no retrocedió, su sonrisa no se borró y, con la esperanza de que yo bajara mi defensa, se concedió una breve pausa, conteniendo el aliento.
No parpadeaba, a pesar de que la punta de la aguja estaba a pocos centímetros del reluciente disco de la pupila, tampoco mi mano se movía, yo sentía seca la boca que se me abría de horror, no quería hacerle daño, pero su ojo se me entregaba, indefenso, y quizá detrás se ocultaba una vida sensible, trémula, angustiada; si aquello hubiera ocurrido, si ella se hubiera acercado a mí bruscamente con un movimiento casual o si mi mano hubiera ido hacia ella, nada hubiera podido impedir la terrible desgracia, pero surgió un obstáculo invisible, una sombra, algo ajeno a mi voluntad, la señal de una fuerza que no dimanaba de mí, pero que estaba ligada a mis propios deseos, a pesar de que yo nada sabía de estos deseos y, menos, del más misterioso y secreto de todos ellos, la curiosidad, que siempre me vencía, ¡pero no esta vez!, aunque, ¿y si hubiera ocurrido la terrible desgracia? Quizá ni aun entonces hubiera tenido yo algo que reprocharme; porque el ansia insaciable de penetrar tras la apariencia indiferente de las cosas, de hacer hablar a esa indiferencia, de infundirle sangre, de conquistarla, lo mismo que había conquistado la boca de Kristian y conquistaría después muchas otras, me dominaba hasta hacer de mí un simple instrumento; pero no ocurriría lo terrible, aunque no sé sil lo que ocurrió, o lo que hubiera podido ocurrir, en lugar de la desgracia, no fue más terrible todavía.
Pasado aquel momento crucial, que ella superó impávida, se sentó sobre los talones, y entonces, al aumentar la distancia, yo debí de reaccionar y comprender que el alfiler que sostenía entre las uñas no era más que la prueba de una inconcebible idiotez, una niñería que puede uno desechar encogiéndose de hombros; podía haber ocurrido algo, pero no había ocurrido, volví a apretar los labios, volví a percibir la estúpida agitación de mi respiración, acompañada de la de ella, y sentí una ira primitiva, irracional y profunda: otra vez había claudicado, otra vez me había quedado solo, y, para no ceder del todo, con un brusco movimiento, hundí el alfiler en su muslo desnudo.
Tampoco ahora ocurrió nada, ella se echó hacia atrás, no profirió sonido alguno, era como si los dos hubiéramos estado en una cumbre y ahora cayéramos al vacío, se le cortó la respiración, quizá ni siquiera de dolor, el camisón, que se había subido hasta las caderas, dejaba al descubierto la hendidura de su cuerpo entre las piernas abiertas, la oscura abertura entre las dos ondas rojizas, firmes, delicadas, el alfiler se acercaba a la abertura, yo no podía remediarlo, pero no llegó a clavarse ni a arañar la piel, sólo penetró en la abertura.
Entonces volví a pincharla en el muslo.
Ahora, con más fuerza, hincando profundamente el alfiler, ella gritó, vi desaparecer de su cara la sonrisa, como si el dolor físico hubiera roto un velo, vi su mirada de desamparo y entonces se echó encima de mí.
No cabía la menor duda, el oscuro abrigo del perchero era señal de que había visita, y no era una visita habitual, porque el abrigo era severo, adusto, muy distinto de los que solían colgarse en aquel perchero, un abrigo modesto, raído, que no invitaba a hacer lo que yo acostumbraba cuando me encontraba solo en el recibidor con los abrigos de las visitas: palpar los bolsillos con el oído arrimado a la pared y, si había monedas y no oía ningún ruido alarmante, aprovechar la ocasión para distraer un par de fillers o forints.
Como no se oían ruidos ni voces y todo parecía estar como de costumbre, entré en la habitación de mi madre y di unos pasos hacia la cama antes de descubrir mi propio asombro.
Un desconocido estaba de rodillas, con la cara hundida en el edredón encima de la mano de mi madre, que besaba llorando, y ella, con la otra, le rodeaba la cabeza, hundiendo los dedos en su pelo casi gris y corto, como si quisiera atraerlo con cariñoso ademán de consuelo.
No se me reveló la escena hasta que ya había dado varios pasos hacia la cama y entonces el hombre levantó la cabeza despacio, mientras mi madre soltaba bruscamente su pelo e, incorporándose, me decía: «¡Sal de aquí, por favor!»
– ¡Acércate!
Hablaron los dos a la vez, mi madre, con voz ahogada, tapándose el pecho con la mañanita blanca, y el desconocido, con cordialidad, como si se alegrara de mi inesperada aparición; yo, desconcertado por las órdenes contradictorias, me paré.
La habitación estaba iluminada por el sol del atardecer invernal, sus fríos rayos trazaban en el suelo el complicado arabesco de las cortinas de encaje, el alero goteaba, el agua del deshielo susurraba y gorgoteaba en el desagüe, pero el sol no los iluminaba a ellos, sólo llegaba hasta los pies de la cama, donde había un paquete mal hecho, seguramente del hombre, envuelto en papel marrón y atado con cordel; ahora él, enjugándose las lágrimas, enderezó el cuerpo y se puso en pie con una sonrisa, demostrando con aquella rápida transición aplomo y entereza; por lo demás, el traje que llevaba, de veraniego lino color claro, bastante deteriorado, era tan poco corriente como el abrigo del perchero, y estaba arrugado, lo mismo que la camisa; el hombre era alto, bien parecido y pálido. ¿No te acuerdas de mí?
Tenía una señal roja en la frente y todavía húmedos los ojos.
– No.
– ¿No le conoces? ¿Ya le has olvidado? Tienes que acordarte, no Puedes haberle olvidado tan pronto.
La voz de mi madre denotaba una agitación nueva para mí, sonaba seca, ahogada y, por más que ella trataba de dominarla, forzada; como si ella quisiera asumir la voz de la madre que habla a su hijo, tratando de disimular no la emoción o la alegría que le hubiera causado aquella visita inesperada, sino un profundo trastorno o angustia cuya causa yo ignoraba; sus ojos estaban secos, pero su cara se había transformado, y esto me asombró más que su familiaridad con el desconocido o el hecho de que yo no lo reconociera; en la cama había ahora una hermosa mujer de pelo rojo y mejillas encendidas que retorcía nerviosamente las cintas de la mañanita, una mujer que hasta ahora había tenido un secreto cuyos bellos ojos verdes traicionaban ahora con su nervioso parpadeo, dejándola en una situación penosa y difícil; yo la había descubierto.
– ¡Han pasado nada menos que cinco años! -rió el desconocido; no sólo su voz era agradable, sino también su risa, como si tuviera la costumbre de reírse de sí mismo y no tomar por lo trágico sus sentimientos; con paso firme y sosegado, vino hacia mí y por fin entonces lo reconocí, por su andar, su risa, la mirada franca de sus ojos azules y, sobre todo, por la tranquilizadora seguridad que respiraba.
– Cinco años no es poco -dijo y me abrazó riendo, pero esta risa no era para mí.
– ¿No recuerdas que te dijimos que estaba en el extranjero?
Mi cara rozaba su pecho, tenía un cuerpo duro, magro, anguloso, y yo, con los ojos cerrados, intuía muchas cosas, pero no me abandonaba al abrazo, por un lado, porque se me había contagiado el nerviosismo de mi madre y, por otro, porque los sentimientos que la manera de andar del hombre, su calma y toda su persona habían despertado en mí me eran bien conocidos, y el peligro de desbordamiento me inducía a la reserva.
– ¿Por qué seguir mintiéndole? Estaba en la cárcel.
– Creí que era lo mejor. ¿Cómo iba a explicárselo?
– Pues es la verdad, estaba en la cárcel.
– Pero no temas, no fue por robar ni por estafar.
– Te lo voy a contar. ¿Por qué no?
– ¿Lo crees imprescindible?
Él no contestó a esto y, lentamente, desvió su atención de mi madre para fijarla en mí, me asió fuertemente por los hombros apartándome de sí, me miró intensamente, casi devorándome con la mirada, a sus ojos asomó una expresión divertida y su sonrisa se convirtió en risa, y aquella risa era sólo para mí, significaba que estaba contento de mí, me sacudió, me dio fuertes palmadas en los hombros, me besó ruidosa, casi violentamente en una y otra mejilla y, como si no pudiera saciarse de mirarme y tocarme, me besó por tercera vez; entonces, por fin, yo me dejé arrastrar por aquel torrente de emociones, ahora sabía quién era, lo veía con claridad, porque su poderosa presencia abría puertas cerradas, y de repente, sorprendentemente, me acordaba de todo, él estaba aquí ahora, besándome y abrazándome; abría puertas cuya existencia yo no podía sospechar, él había desaparecido de repente, no se hablaba de él, fuera, adiós, sí, hasta había olvidado que en mi memoria había un pequeño rincón oscuro en el que él seguía existiendo, en el que estaban sus ojos, su manera de andar, el timbre de su voz, el tacto de sus manos; y ahora habían vuelto, su recuerdo y su persona al mismo tiempo y, aunque entorpecido por la emoción que sentía, después de su tercer beso, yo, a mi vez, rocé su cara con los labios, pero él volvió a abrazarme casi con violencia apretándome contra su pecho.
– Volveos de espaldas, que quiero levantarme.