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Pérdida y recuperación del conocimiento

Cuando por fin volví en mí entre los peñascos de la costa de Heiligendamm, a pesar de saber quién era y en qué situación me encontraba, no experimentaba otra sensación que la de la pura liberación, porque de aquel estado se habían borrado todas las señales que parten de nuestros instintos y hábitos y que, apoyadas en experiencias y expectativas, evocan imágenes y sonidos que alimentan la corriente de la imaginación y del recuerdo, con la que atribuimos a nuestra existencia su razón de ser y, en cierta medida, le imprimimos su trayectoria, marcamos nuestra situación y establecemos relación entre nosotros y nuestro entorno, o dejamos de establecerla, lo que también viene a ser una forma de relación; durante este lapso, ciertamente breve, de mi regreso, tampoco echaba de menos nada, si más no, porque precisamente la experiencia de ese estado falto de sentido y de propósito llenaba el vacío de cualquier carencia; las piedras agudas y resbaladizas me hicieron volver a sentir mi cuerpo y mi piel percibía el roce del agua en la cara como una caricia, por lo que de las piedras, del agua, de mi cuerpo y de mi piel debía de tener ya conocimiento, pero esas sensaciones, claras y definidas en sí mismas, no guardaban relación alguna con aquella situación real que, en mi estado normal, hubiera considerado francamente desagradable, peligrosa y hasta insoportable, y me aislaban de ella precisamente por depararme esta vivida experiencia y hacerme sentir lo que no puede sentirse, lo cual, por otra parte, significaba que el conocimiento ya empezaba a discurrir por las habituales vías del recuerdo y la comparación, y yo no podía en modo alguno desear recobrar todo el conocimiento, al contrario, lo poco -agua, piedra, piel, cuerpo- que, separado como me hallaba de mis percepciones, me llegaba fuera de cualquier contexto o relación más bien parecía pertenecer a ese inaprehensible todo, la plenitud más profunda y primordial que persiguen los humanos, casi siempre en vano, despiertos y en sueños; y por ello lo que ahora acababa, la total insensibilidad del desvanecimiento, había resultado un placer sensual mucho mayor que el que depara la percepción de las cosas; así pues, si algún deseo tenía yo no era el de volver en mí sino, por el contrario, el de desvanecerme -¡mejor volver a desmayarse que recuperar el conocimiento!-, y quizá fuera ése el primer, digamos, pensamiento que se esbozó en mí durante ese retorno de mi memoria en el que la mente no comparaba ese estado del «ya siento algo» con el de la pérdida del conocimiento, y en el que el deseo de inconsciencia se revelaba tan profundo que hasta la memoria trataba de volver al olvido, de recordar lo que no deja recuerdo, la nada, aquello que no puede transmitir a la pura percepción ningún detalle tangible, un estado en el que el conocimiento se libera, no necesita asirse a nada ni palpar nada, y por ello me parecía que la facultad de sentir, recordar y pensar me había hecho perder el paraíso, ese estado de gracia del que aún alcanzaba a captar algo pero cuyo todo ya me esquivaba, dejando sólo el recuerdo y un rastro fugaz, la idea de que nunca había sido ni sería tan feliz como ahora y aquí.

Yo sabía también que ni el agua ni la piel, ni la piedra ni el cuerpo eran lo primero que había sentido a mi vuelta: lo primero era el sonido.

Aquel sonido especial.

Pero, todavía tendido entre las rocas y recuperada la molesta facultad de pensar y el hábito de hacer deducciones, no buscaba la manera de salir de aquella peligrosa situación, no contemplaba posibilidades de evasión, lo cual hubiera sido lo más lógico, puesto que ya percibía claramente la acometida de las olas y un agua helada me cubría por completo a intervalos regulares; ni por un momento pensé que podía ahogarme, sólo deseaba volver a percibir aquel sonido especial, intenso pero lejano, mecerme en este umbral crepuscular del puro sentimiento, donde, al otro lado de una frontera no sabía si muy lejana, aquel sonido, insistente y penetrante como una señal perentoria, me decía que existo.

Ni hoy puedo explicar todavía cómo fueron las cosas, después me sorprendió ver mi cara magullada y ensangrentada en el espejo de la habitación del hotel, ni sé siquiera cuánto tiempo estuve allí tendido, porque, a pesar de mis esfuerzos, no podía recordar lo ocurrido inmediatamente antes de que me desmayara, y el que fueran ya las dos y media cuando regresé, dice poco; una hora de la madrugada como otra cualquiera, nada más, el adormilado conserje del hotel abre la vidriera sin reparar en mi estado, en el vestíbulo sólo está encendida una lámpara pequeña, en el reloj de pared veo la hora, son las dos y media, sí, pero soy incapaz de relacionar esta circunstancia con cualquier otra cosa, no me acuerdo de nada, sin duda, una gran ola, probablemente, de varios metros de alto, me levantó -imaginar cómo e llevaba sobre su lomo era ya un placer, quizá yo había perdido ya conocimiento-, y me arrojó a las rocas como un objeto inanimado, aunque dónde quedaba ya la tarde, la llegada que, a pesar de la extraña tensión que la había acompañado, era lo último que yo podía situar en el tiempo con exactitud.

Pero aquel sonido no he podido recuperarlo.

De cómo volví al hotel no puedo dar más razón que de cómo caí en las rocas, ya que una y otra cosa ocurrieron prácticamente sin mi intervención, por más que en ambos casos yo fuera sujeto activo y víctima, sólo que en el primero estuve a merced de la fuerza del agua y de un afortunado azar que hizo que, en lugar de abrirme la cabeza o romperme brazos y piernas, me librara con unas cuantas desolladuras, arañazos y cardenales, mientras que, en el segundo, probablemente, esa fuerza que llamamos instinto de conservación me hizo funcionar de modo mecánico y primitivo, porque si, con ayuda de las matemáticas, fuéramos a averiguar qué queda de nosotros, de eso que con cierto orgullo llamamos el Yo, después de separar las dos grandes fuerzas, ajenas a nuestra voluntad, que son la naturaleza interna y la naturaleza externa, el resultado sería bien triste y hasta ridículo y reflejaría la arbitrariedad de tal distinción; quizá se demostrara también que, en estado de inconsciencia, somos análogos a los árboles o a las piedras, también las hojas del árbol se mueven en la dirección en que las empuja el viento, nosotros somos diferentes, sí, ¡pero no, mejores!, y mientras mis manos y pies buscaban puntos de apoyo en las escurridizas piedras -mis manos y pies, ¡no yo!- y mi cerebro registraba automáticamente el intervalo entre las olas, mi cuerpo, que intuía por sí mismo que, para su seguridad, tenía que deslizarse por el talud y no levantarse hasta llegar abajo, dirigía todos sus movimientos al objetivo de la salvación; ¿qué quedaba ahora de la superioridad, de la ridicula arrogancia con que por la tarde había empezado el paseo?, ¿qué, de los dolores y goces del conocimiento que se recrea en sus recuerdos y se entrega a sus fantasías?

Nada, me decía, sobre todo porque, al iniciar el paseo, consideraba mi vida destrozada irremisiblemente, acabada y, antes de tomar las tabletas para ponerle fin, sólo me apetecía dar un último paseo, y la historia que me contaba mientras caminaba resultaba tan convincente porque yo tenía la convicción de haber llegado al final, a un final irrevocable; pero ahora, las manos, los pies, el cerebro, todo el cuerpo actuaba con destreza y sensatez, y hasta con exceso de celo, en favor de mi salvación, mientras que el llamado conocimiento era incapaz de todo lo que no fuera un pueril: «¡quiero ir a casa, a casa, quiero ir a casa!», que parecía que alguien gimoteaba dentro de mí, alguien que no podía ser más que yo mismo, y quizá gritaba realmente, quizá lloraba, quizá era yo, sí, y ese terror desesperado era tan humillante que se me quedó grabado más profunda y dolorosamente que cualquier otro recuerdo; con tanta facilidad como poco antes había jugado conmigo aquella tormenta, que yo consideraba música de acompañamiento idónea para mis sentimientos, así también, con la misma humillante facilidad, mi propia naturaleza me arrebató mi hipotético derecho de autodeterminación; a fin de cuentas, no había sucedido nada grave: me había mojado un poco, bien, reconozcámoslo, me había mojado mucho, lo cual me costaría, todo lo más, un resfriado, tenía un corte en la frente, que se cerraría, había empezado a sangrarme la nariz y había dejado de sangrar, había perdido el conocimiento durante un buen rato y lo había recobrado; no obstante, mi cuerpo había movilizado con la mayor diligencia todos los instintos y reflejos animales necesarios para mi salvación, como si, en lugar de haber sufrido sólo lesiones leves, me hallara en peligro de muerte, lo mismo, en suma, que hace el lagarto, que en cualquier sombra que se mueve adivina a un enemigo mortal; más aún, el cuerpo había actuado como si la mente, alimentada por sus intensas emociones, no hubiera ansiado la muerte; pero el conocimiento de la nada no sólo había ridiculizado y empequeñecido todas las experiencias pasadas, que yo consideraba trascendentales y sublimes, sino que, además, me advertía de que todo lo que viniera a continuación tampoco podía tener gran importancia, yo había quedado desenmascarado, era una caja de trivialidades y, aunque hubiera sabido lo que me pasaba o pudiera pasarme, de nada me hubiera servido el conocimiento de mí mismo.

Poco a poco, clareaba, el viento aullaba.

Había puesto a secar la ropa en los radiadores y estaba desnudo, de pie delante del espejo de mi habitación del hotel, cuando llamaron a la puerta.

Sabía que era la policía y me sobresalté, pero no de miedo sino porque estaba desnudo, aunque tampoco esto me importaba mucho, me había abstraído en la contemplación de mi cuerpo y me pareció que mi sobresalto no había sido provocado por los golpes que habían sonado en la puerta, ni por un pudor innato, sino por la revelación de aquella íntima debilidad que en aquel momento me preocupaba más que todo lo que cupiera esperar.

Porque, ante todo, ¿cómo podía haber surgido en mí, no del todo inesperadamente pero sí con una fuerza sorprendente, aquel deseo de volver a casa, que aludía a hechos ya muy lejanos, y por qué el cuerpo, atento sólo a la propia seguridad, había sugerido a la mente este deseo y no otro, y por qué este deseo me parecía infantil y estúpido, cuando esta palabra, «casa», tenía un gran peso y un profundo significado, y me parecía la palabra suprema, aunque fríamente no hubiera podido explicar qué había querido decir con ella, porque, qué podía significar?

Poco antes de que llamaran a la puerta me había palpado la herida de la frente, para sentir lo que veía en el espejo, el ligero dolor que produce una herida superficial, unir la percepción táctil a la visual; luego, pasé el dedo a lo largo de la nariz, por la boca y la barbilla, consciente de que el espejo montado en la puerta del armario reflejaba todo el cuerpo -porque, en cualquier contacto físico, todo el cuerpo es a la vez actor y escenario-, y, por más que yo trataba de mover la mano de forma regular, pareció que ésta se demoraba en la boca, porque quizá aquí era más intensa la sensación que producía el contacto, vino después la garganta -la luz amarillenta de la lamparita con pantalla de papel que estaba a mi espalda, en la mesita de noche, hacía que el espejo reflejara, más que una imagen clara, una silueta-, y, después de recorrer el arco de la clavícula, el dedo fue hacia el hombro y la suave depresión que forman los tendones del cuello al encontrar el hueso y desde aquí hubiera pasado rápidamente sobre el vello del pecho en dirección al ombligo para, dejando atrás la suave curva del vientre, llegar al sexo -sin duda, el lugar en el que más convincente resulta la percepción del yo- y llenarse la mano con él, de no haberse sobresaltado todo el cuerpo al sonar los golpes en la puerta.

Porque no y no, yo no quería volver a casa; bastante me había traicionado ya la víspera, en la penumbra del recibidor, cuando frau Kühnert había roto el encanto de su cara desnuda, al calarse bruscamente las gafas, cuyos cristales, al reflejar por la parte interior la luz tamizada del aplique de la pared que estaba a su espalda, hicieron desaparecer sus ojos, y aunque apenas podía verle la cara, advertí claramente su inesperado retraimiento, tal vez había influido en su brusco cambio de actitud mi fría repulsa de una hipotética atracción física, y ésta era una humillación que ella, a pesar de su mentalidad servil, no estaba dispuesta a tolerar. Estiró el cuello y me miró con altivez, retirándose al terreno más seguro de la relación convencional entre una casera atenta y un huésped gratamente reservado en todos los aspectos; irguió la espalda, abandonando su postura de protección de los pechos y adoptó aquel aire de sobria sensatez que hasta entonces había caracterizado nuestras relaciones; pero en el mismo instante en que yo sentía que esto iba a ocurrir, que estaba ocurriendo, que había ocurrido, había conseguido ya reprimir aquel impulso más y más acuciante que puede inspirarnos tanto el sentimiento del odio como el del amor y que hacía un momento me había hecho pensar que podía convertirse fácilmente en lo uno o lo otro, que todo era cuestión de voluntad, pero nada permitía prever esta desagradable frialdad; y como el que, inesperadamente, pierde el dominio de sí porque, gracias a su fuerza de voluntad, ha conseguido reprimir algo que era más importante que la voluntad en sí, yo, cerrando los ojos a todo escrúpulo, deseaba recuperar aquella actitud peligrosa que frau Kühnert había optado por abandonar y que a mí se me hacía más y más apetecible, a juzgar por los perentorios síntomas de una presión y una tensión crecientes que sentía en el vientre; y por eso le dije, a modo de amenaza y hasta de coacción, que pensaba marcharme para siempre, aunque aludiendo no a una vuelta a casa sino a la posibilidad del suicidio, y no quedé defraudado, ya que esta ambigua revelación surtió el efecto deseado; estaba atónita, no sé si porque había captado el verdadero sentido de mis palabras, pero lo cierto es que aquel propósito, que yo abrigaba desde hacía meses y que ahora había cuajado en firme decisión, había dado a mi voz un timbre sombrío que tenía toda la sinceridad y la gravedad necesarias para encender de nuevo su sentimentalismo, que parecía haber empezado a enfriarse; aunque no sabría decir qué objetivo perseguía yo, además del de satisfacer mi vanidad, quizá buscaba que me compadecieran un poco por mi muerte inminente, o quizá me daba reparo quedarme a solas con el telegrama que, dijera lo que dijera, yo sabía que no podría modificar mi decisión, por lo que, a su solícita pregunta, que abarcaba todos los peligros posibles, no había contestado lo que me hubiera gustado contestar, a saber, que me dejara en paz, que ya todo era inútil, que ya era tarde o que, si quería, si se empeñaba, podía quitarse el jersey, para que yo pudiera por fin cerrar los ojos, no quería ver, ni saber, ni oír nada más, pero por lo menos podríamos gozar de un momento, de este momento; a pesar de todo, en lugar de decirle eso, recordando un anterior intento de huida, le di una explicación tranquilizadora de mi desaparición, la de mi regreso a casa, lo cual, naturalmente, no era sino otra tentativa de escapar de ella y también de mí mismo, porque entonces la palabra «casa» no representaba más que una muy remota posibilidad, una hipótesis piadosa, pero ahora en que en el espejo de la habitación del hotel tenía delante un cuerpo, mi cuerpo, cuya imagen y cuya sensibilidad no bastaban para convencerme a mí mismo de la importancia o necesidad de su existencia, no hubiera podido encontrar palabra que con más fuerza me convenciera de lo indispensable de mi presencia.

A pesar de la sorpresa, tenía la impresión de haber estado esperando aquellos golpes en la puerta, lo cual nada tenía de particular, ya que, dadas las circunstancias, era inevitable; pero pasada la primera impresión decidí no precipitar los acontecimientos, no busqué la ropa, sino que seguí sumido en la contemplación de mi cuerpo, como si no hubiera oído nada, sin dejarme distraer y, curiosamente, entonces me acordé de una vieja historia, de Thea, Thea Sandstuhl, como si ahora tuviera tiempo para eso, era uno solo de sus movimientos -cuando nos esforzamos por explorar los vericuetos de nuestras asociaciones de ideas, descubrimos esa prodigiosa facultad de la mente para acercarnos lo que está lejos, que en realidad resulta ser un mecanismo muy simple-, porque resulta que aquella tarde yo había conocido a Melchior, y estos golpes de ahora en la puerta me parecían consecuencia de su huida, y me vino a la cabeza aquel momento en que Langerhans, durante un ensayo, dando palmadas con sus manos carnosas, gritó con voz áspera y desagradable: «¡Basta! ¿No os he dicho que esa joroba tiene que ir más arriba?», y, arrancándose de su cara fofa las gafas con montura de oro, siguió vociferando, a pesar de lo cual Thea permaneció abstraída, tan ensimismada como estaba yo ahora delante del espejo, y a pesar de que habitualmente causaba la admiración de los que asistían a los ensayos por la ductilidad y rapidez con que seguía las indicaciones del director -porque ya estuviera llorando, gritando o suspirando de amor, en todo momento permanecía atenta a las órdenes, como si no hubiera barreras entre los estados de ánimo, como si una situación generase espontáneamente la otra o como si no ofreciera la menor dificultad salvar fracturas y baches, lo cual despertaba en el observador la sospecha de que no se identificaba totalmente con ningún personaje, a pesar de resultar perfectamente convincente en todos ellos-, ahora causó extrañeza la lentitud de su respuesta, con la que involuntaria pero inequívocamente demostraba la variable flexibilidad con que ceden nuestras emociones; la voz la alcanzó como un disparo rezagado, ya había sonado la orden cuando ella, obedeciendo los encontrados sentimientos del momento anterior, dirigía la punta de la espada hacia el pecho desnudo de Hübchen, que estaba arrodillado frente a ella, y terminó el movimiento como si no hubiera oído lo que tenía que haber oído, descubriendo esa clara línea que separa el impulso interior de la presión exterior, y su cuerpo se estremeció con un segundo de retraso, inmovilizándose en la bella actitud de la inocente confusión.

Estaba hermosa con su vestido violeta oscuro, ceñido y adornado con mucho encaje que acentuaba y ocultaba a la vez las curvas tensas de su cuerpo; tenía el cuello y el tronco ligeramente ladeados, como si realmente hubiera tratado de obedecer la orden que le impedía lanzarse contra el atractivo pecho desnudo, pero no había podido reprimir del todo el apasionado impulso, para eso no bastaba un grito proferido por una razón incomprensible, y aunque bajó lentamente la espada que sostenía con las dos manos -cuya punta golpeó el suelo con una nota grave-, ello no significaba que fuera capaz de optar entre el impulso y la orden, sino sólo que obedecía por hábito y sin convicción; aunque no se tenía por una actriz incompetente, Thea hablaba siempre con profundo desdén de los que, cual diletantes, se esforzaban por vivir su papel: «infelices, hay que ver lo que tienen que esmerarse y sufrir hasta que consiguen llorar, te dan ganas de hacerles cosquillas, a ver si se les pasa, pobrecitos, o decirles al oído: oye, corazón, ¿no tienes ganas de soltar un pedito? Pero el público lo agradece, no hay que molestarles, porque son los artistas de verdad, los auténticos, no hay más que ver cómo se entregan al arte y cómo sufren, se afanan y sofocan por nosotros, ¿por nosotros?, ¡estúpidos incapaces de doblar una esquina sin darse con el canto!», solía decir, pero ahora, su gesto indeciso y su mirada ausente revelaban en qué medida era prisionera de aquella situación, porque, si bien ella no «vivía» el papel, su interpretación le exigía entrega y, mal que le pesara, tenía que abrirse, dejarse arrastrar, olvidar la experiencia y las técnicas del oficio, y precisamente esa ambivalencia la hacía tan susceptible a una situación creada inesperadamente por la refinada agresividad de Langerhans.

Y, para colmo, cuando Kurt Hübchen se arrancó la tosca camisa su cuerpo ofreció una imagen tan atractiva que Thea, desprevenida como estaba, no pudo sustraerse a su encanto; no importaba que hubieran ensayado la escena diez veces, aunque la ensayaran cien veces, lia tendría la misma reacción, astutamente prevista por Langerhans, ue conocía sus inclinaciones y deseos.

Ahora había mucho ruido y sonaban puñetazos en la puerta de la habitación.

– ¡Si te la pones tan arriba ella la verá! -vociferó Langerhans, pero no había manera de averiguar si gritaba tanto porque estaba realmente furioso o utilizaba aquel pretexto para hacer sentir de forma más amenazadora todavía la ya de por sí agobiante disciplina; el rnaquillador, que se sentaba siempre en el borde del estrado y con cuya calva colorada y pecosa yo había llegado a familiarizarme, se levantó bruscamente y corrió haciendo ondear la bata blanca hasta la zona iluminada en la que se ensayaba; mientras, el furor de Langerhans iba remitiendo, frase a frase, y su voz bajaba hasta recuperar el tono casi susurrante y amanerado que le era propio-. ¡Ahora no necesitamos sino que ella lo vea guapo, nada más! -gritó todavía-. ¡Ahora no hemos de ver más que su apostura! -agregó ya en voz más baja-. Para que ella, inmediatamente y hasta aquí mismo, en pleno escenario si se tercia, esté dispuesta a abrirse de piernas. ¿Lo has entendido? -susurró ya, mientras, con un movimiento blando y un poco afectado, volvía a colocarse las gafas en su nariz aplastada-. Así que la chepa, más abajo, y ya sabéis por qué.

Pero los ojos de Thea no perdieron aquella extraña fijeza, no parpadearon ni se apartaron del bello y delicado torso de Kurt Hübchen hasta que los dos hombres, director y maquillador, se acercaron a examinar la joroba en cuestión; aunque ni aun entonces pudo volver la cabeza ni moverse del sitio, estaba claro que no encontraba la manera de descargar tanta emoción, no sabía qué hacer con ella, tendría que esperar a que se calmara por sí misma o se presentara una ayuda inesperada; tan pasmado como ella estaba yo ahora, mientras sonaban aquellos golpes en la puerta, de pronto, creía haber descubierto que hasta entonces siempre me había mirado a mí mismo con los ojos de Melchior; algo parecido debió de sentir Hübchen, que seguía de rodillas, quieto, mirando a los ojos a Thea, hasta que, de pronto, soltó una carcajada chillona, un poco boba, de adolescente, que en cualquier otro sitio hubiera resultado extemporánea y desagradable, Pero allí nadie reparaba en las emociones y pasiones que saltaban al aire, eran simples virutas del material con el que se trabajaba; a pesar de todo, no podía decirse que el cuerpo de Hübchen, con su ridículo aire virginal y su piel tersa, blanca y sin vello, hubiera encendido en Thea un particular deseo amoroso, aunque tampoco hubiera sido un milagro; no en vano las mujeres tienden a ufanarse, a costa de practicar cierta abnegación, de que la hermosura del cuerpo del hombre no las afecta, pretensión que parece confirmar la observación según la cual la estructura ósea y el desarrollo y dureza de la musculatura, o la flacidez, el abandono e incluso la acumulación de grasa, no influyen en las dotes amatorias, ya que, después de la penetración, las formas del cuerpo pierden importancia, se convierten en mero accesorio, aunque tampoco hay que menospreciar el valor simbólico del atractivo visual, porque la belleza enciende el deseo y acrecienta la voluptuosidad, y en esto no hay diferencias entre uno y otro sexo; ambos reaccionan a lo deforme, blando, gastado y débil con menos entusiasmo que a lo escultural, duro, elástico y fuerte, y ello se debe no tanto a la apreciación estética como al instinto vital; pero no es sólo que el cuerpo de Hübchen pudiera considerarse perfecto, sino que, además, Langerhans, con un cálculo y una perversidad típicos en él, había mandado confeccionar el pantalón de Hübchen con la cintura más baja de lo normal, que dejaba al descubierto sus esbeltas caderas y la suave curva del vientre, como si le hubiera resbalado accidentalmente y no llevara nada debajo, y, a pesar de las flexibles botas, daba la impresión de que estaba desnudo, y sólo a la altura de la ingle advertía la mirada del espectador la tela que la cubría.

Al fin Thea me miró.

Seguramente no me veía bien, porque estaba lejos y la mirada no acababa de traspasar la barrera entre la luz y la sombra, pero la vaga sensación de que allí había alguien sentado tranquilamente que la observaba con simpatía podía ayudarla a retirarse de la zona descubierta de la sensibilidad humana al reducto más seguro de su papel de actriz, lo cierto es que tuve la impresión de que mi sola presencia era un punto de apoyo, y en el mismo instante, o quizá en el siguiente, también Langerhans debió de advertir en ella esta, llamémosle, dramática confusión, porque con delicadeza, pero también con la impavidez profesional de la persona entre cuyas funciones figura la atención psicológica de los actores, le puso la mano en el hombro y se lo oprimió alentadoramente para ayudarla a recobrar el aplomo; y Thea, al sentir el calor del cuerpo ajeno, sin volverse, ladeó la cabeza y le apresó la mano entre la mejilla y el hombro.

Y así permanecieron, reflejados en la enorme cristalera inclinada que cubría casi toda la sala de ensayos.

Hübchen estaba de rodillas, el maquillador, inclinado sobre él, le quitaba la joroba, Langerhans observaba la cara de su primera actriz y Thea, que aún sostenía la espada, mantenía la cabeza apoyada en la mano del director.

El cuadro respiraba ternura, pero el vidrio verdoso que reflejaba las luces de un modo irritante le imprimía una cualidad estática y fría. Ya mediaba la tarde, éramos pocos y en el silencio se oía el batir la lluvia en el tejado y el ligero zumbido de los radiadores.

– No creas que el verle la joroba influiría en mí -dijo entonces Thea, pero era inútil que imprimiera en su voz una nota cariñosa, Langerhans no se dejaba engañar tan fácilmente; con brusquedad, retiró la mano que ella le oprimía con la mejilla y, como siempre que se le contradecía, se puso colorado: «parece que aún no has comprendido tu situación, Thea -dijo con una voz sorda que no revelaba sentimiento alguno hacia lo que no se refiriese al tema en discusión, una voz que lo hacía odioso pero también inaccesible-; no tienes nada que temer, nada puede ocurrirte. Tienes que mostrarte tranquila, un poco más ordinaria, con más coraje. Esto es una transacción comercial, ni más ni menos. Tú ofreces la mercancía de tu cuerpo o, más exactamente, de cierta abertura de tu cuerpo, porque otra cosa no tienes. Sólo esa abertura. La vida te ha maltratado. Sólo te queda el cuerpo, esa abertura de tu cuerpo, nada más. Él ha matado a tu marido. Pero eso no importa. Ha matado al padre de tu marido. No importa. Ha matado a tu padre, y ni eso te importa, porque tienes miedo, te has quedado sola, ellos han muerto y tú vives, y cuando él se quita la camisa lo encuentras atractivo, y es que no quieres ver su joroba, y por eso el negocio te parece aceptable. Conque hazme el favor de ser una puta, no quieras ser su madre».

– También una puta puede ser madre, ¿no se te ha ocurrido pensarlo, cielo? -preguntó Thea en voz aún más baja.

– Adelante, sin contemplaciones, no te reprimas.

– Eres muy considerado.

– No. Sólo trato de comprenderte.

– Pero ¿qué puedo hacer si de tanto maldecir me crece la saliva en la boca y casi me ahoga? Yo creo que aquí habría que escupir. Fue una tontería suprimir eso. ¿Qué hago con la saliva?

– Tragártela.

– ¿Y si no puedo?

– Lo siento, pero lo que no puedes es escupir en la copa, si es eso lo que pretendías.

Thea se encogió de hombros.

– ¿Me necesitáis?

– Haremos un pequeño descanso -dijo Langerhans, y yo me levanté de la silla en la que hasta ahora me había mecido cómodamente, porque Thea venía hacia nosotros.

Como siempre que los ensayos se prolongaban por la tarde, a esa hora se dejaba sentir el hastío, y aunque no hubieran estado cubiertas con cortinas negras las altas ventanas de la sala, si la mirada hubiera buscado distracción en el mundo exterior, no hubiera distinguido, entre las tupidas rejas, más que esbeltas chimeneas que surgían de tapias que se oscurecían a medida que huía la luz de la tarde, los tejados negruzcos de las casas de enfrente y un cielo generalmente triste e incoloro; no obstante, a veces me situaba detrás de las cortinasm después de ceder mi silla a Thea, que, cuando no tenía que actuar, solía sentarse de buen grado al lado de frau Kühnert, a la mesita situada al borde del estrado; era un gesto de cortesía que no me dolía hacer porque, al caer la tarde, empezaba a sentir opresión, incluso agobio, como si me faltara el aire, porque yo allí, en realidad, no hacía más que observar, y ello, con el tiempo, se hacía no ya fatigoso sino francamente insalubre, así que me apetecía levantarme y moverme un poco, aunque la vista que se divisaba desde la ventana no me distraía mucho, porque también allí mi papel era el de simple observador, ya no de los gestos y el tono de voz de los actores, que traducían motivos íntimos y personales bajo la luz artificial de la sala, sino de paredes, tejados y cielo, a través de una gruesa reja, en los que no podía dejar de observar también relaciones, relaciones muy subjetivas por ser yo el que observaba, pero quizá no fuera tan poca cosa, porque, por desvaído que estuviera el cielo, el efecto de la luz siempre modificaba el cuadro haciendo resaltar unos detalles en detrimento de otros, al igual que, a la luz fija de la sala, saltaban sorpresas que imprimían carácter nuevo a movimientos que uno creía archiconocidos y a la reacción que suscitaban; pero ¿de qué servía que, en los momentos mejores, me sintiera enriquecido, que aumentara mi percepción de detalles e interrelaciones, si tenía que renunciar a toda intervención o participación activa? En vano mi cerebro producía con diligencia las más ingeniosas ideas; puesto que yo no tenía una misión definida, no desempeñaba función alguna, lo cual era una carencia básica en una institución rigurosamente jerarquizada, en la que el rango del individuo es determinado por su papel y la consideración que se le dispensa es validada, refrendada y legitimada exclusivamente dentro de su esfera de acción; en cierto sentido, a mí se me toleraba sólo en la silla que ocupaba, que ni siquiera era fija, sino supletoria, yo no era más que un «húngaro interesado», como alguien dijo una vez a espaldas mías, sin preocuparse de si yo oía esta singular definición, que en realidad no era ofensiva, sino, por su objetividad, más exacta de lo que se pretendía; este estado no era para mí desconocido ni insólito, sino que, por el contrario, tenía valor de símbolo: se me negaban atribuciones para intervenir en el curso de los acontecimientos; también aquí era yo un testigo mudo, un observador condenado a la inactividad, que debía sobrellevar estoicamente su mutismo y su inoperancia, es decir, que no tenía ni la posibilidad de desahogar de forma natural, por una explosión de histerismo, las dolorosas tensiones generadas por la frustración de sus aspiraciones; yo era húngaro, indiscutiblemente, incluso un húngaro típico, por lo que no era de extrañar que la cordial atención de frau Kühnert y el evidente interés que me demostraba Thea me resultaran muy gratos.

Thea se paró delante de nosotros, yo ya asía el respaldo de la silla, para ofrecérsela -también en mi diligencia exageraba la nota, porque no tenía razones para temer que pudiera perder su benevolencia-, pero ella, en lugar de subir al estrado a sentarse como otras veces, deslizó los codos sobre la tarima y, sin mirarnos, apoyó en ellos la barbilla, para lo que tuvo que ponerse de puntillas, como una niña y, con la cabeza sobre los brazos, cerró los ojos lentamente.

– Qué insoportable rifirrafe -dijo lentamente sin mover los párpados, probablemente consciente de que su su provocativa y teatral actitud nos impresionaría: al fin y al cabo, se trataba del desahogo de una gran actriz, y esta afectación delataba su verdadera amargura; frau Kühnert no reaccionó, y yo no fui hacia la ventana, para desaparecer detrás de la cortina negra: sentía curiosidad; después de una pausa efectista, exhaló varios pequeños suspiros, dándonos tiempo para que siguiéramos con la mirada el suave vaivén de sus hombros; sin abrir los ojos, bajando la voz hasta hacer casi inaudibles sus palabras, como quien se rinde al cansancio, pero no puede dejar de pensar, prosiguió-: ¡Este hombre me destrozará, me ha destrozado ya con sus críticas insidiosas!

El silencio era ahora tan profundo que, además de la lluvia en el tejado y el zumbido de los radiadores, pudo oírse cómo frau Kühnert cerraba su ejemplar de la obra que estaba encima de la mesa, con un golpe seco que sonó como una detonación, aunque quizá este movimiento gratuito supliera otro más congruente; porque lo mismo daba que cerrara el libro como que lo dejara abierto, puesto que desde el primer ensayo tanto ella como los intérpretes se sabían la obra de memoria, y toda su tarea consistía en anotar los cambios que se hacían sobre la marcha -a veces, se modificaba repetidamente un mismo pasaje- y pasar después los cortes y añadidos a todos los ejemplares en circulación; al fin y al cabo, ella estaba allí sólo por precaución, con el grueso libro delante, atenta y pronta a intervenir con la palabra precisa si alguien se atascaba, lo que no solía ocurrir; pero ahora, como el que siempre ha ambicionado una misión importante y al fin recibe el encargo de desempeñar una tarea acorde con sus aspiraciones, posó su mano sarmentosa y masculina en el libro para trasladarla después a la cabeza de Thea con un ademán tan tierno como posesivo.

– ¡Ven, corazón, siéntate y descansa! -susurró y, aunque la frase se oyó perfectamente en toda la sala, la gente estaba muy cansada y nadie se volvió a mirarnos con malicia.

– Me mata, estoy rota.

– Anda, ven aquí, nuestro joven amigo te cede el sitio.

Las dos conocían bien el juego, pero esta vez Thea no se movió, su cara, en reposo, era como un paisaje abierto que todos podían contemplar a placer.

– Podrías llamar al chico de mi parte, Sieglinde, anda, llámale -y agregó en tono aún más débil-: ¡Por favor! No tengo fuerzas para ir a casa. Sólo de pensar que también mi viejo se pasa el día refunfuñando me pongo mala. Tengo ganas de distraerme un poco. He pensado que podríamos ir a algún sitio los dos, adonde, no lo sé, a algún sitio y que tú podrías llamarle de mi parte. ¿Querrás? ¿Le llamarás?

Parecía estar interpretando a un personaje que hablara en sueños, aunque es posible que hoy exagerara la nota porque tenía que convencer a frau Kühnert para que aceptara el enojoso encargo.

– Yo no me atrevo, porque la última vez me dijo que no le llamara más. Me rogó que no volviera a llamarle. No es un chico muy galante que digamos. Pero si le llamas tú en mi lugar quizá se deje convencer. ¿No podrías intentarlo tú? No tienes más que darle un poco de jabón -y, como si esperase respuesta, calló, pero antes de que frau Kühnert pudiera decir algo, volvió a abrir sus labios sin pintar-. A mi viejo, si yo tuviera dinero, le compraría un jardín bien grande, porque tiene que ser terrible estar todo el día metido en ese espanto de casa, ¡qué horror! Para mí está bien, sólo que ahora mismo no me apetece volver. Pero él se deprime, todo el día aburriéndose entre cuatro paredes, imagina, sentarse, levantarse, acostarse, volverse a sentar, y así, toda la vida. Si tuviera un jardín, por lo menos podría moverse mientras se aburre. ¿No crees que tendría que comprarle un jardín? ¿Llamarás al chico?