38944.fb2 Lo Imborrable - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 11

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Nos reímos, haciendo movimientos afirmativos y entendidos con la cabeza, y después nos quedamos en silencio, pero cuando el mozo viene a depositar el pedido nos reímos otra vez, lo que parece satisfacer al mozo, que interpreta nuestra risa como un renuevo de celebración de su ocurrencia de hace un momento. Alfonso me sirve el agua mineral, extiende el vaso a Vilma, y después, recogiendo el suyo de sobre el mostrador, lo agita un poco haciéndolo tintinear, se toma un trago, lo paladea, sacude afirmativamente la cabeza, y con un segundo trago lo vacía del todo, dejando únicamente los pedazos de hielo. Después deposita el vaso sobre el mostrador y, buscando al mozo con la mirada, le hace una señal con el índice, consistente en sacudirlo verticalmente encima del vaso vacío. El mozo trae la botella y se lo vuelve a llenar. Detrás de su cabeza calva, de la cabeza rubia, un poco más alta, de Vilma Lupo que está parada a su lado, inmóvil, con su vaso de whisky en la mano, se levantan los ventanales que dan sobre la pista en la que vienen a estrellarse los torbellinos de lluvia que, adensándose hacia el horizonte invisible, a pesar de las hileras bajas de luces, o quizás a causa de ellas, forman una especie de nube opaca, grisácea, atravesada de tanto en tanto de brillos y de reflejos inestables y diminutos.

En algún punto de la masa grisácea y agitada, flotando a cinco o seis metros del suelo, una luz roja parpadea, y únicamente después de unos segundos de fijar la vista en ella me doy cuenta de que está avanzando hacia nosotros. Unos segundos más, y el avión entero, gradual, emerge de la lluvia, la trompa alargada, los reactores laterales que cuelgan de las alas invisibles y, en un plano ligeramente superior, la luz roja que parpadea en la punta de la cola. Hostigado por la lluvia cuyas salpicaduras, al chocar contra él, rebotan y se arremolinan a su alrededor, el aparato progresa a duras penas, se arrastra casi, como si estuviese desplazándose por un medio inadecuado, igual que Gulliver en Liliput, para no aplastar por imprevisión a sus huéspedes, o el albatros de Baudelaire entorpecido por el peso de sus propias alas. Su estructura metalizada, lavada por el agua, relumbra al cruzar las hileras de luces de las pistas laterales y, a medida que se acerca, una vibración casi imperceptible a causa de la agitación constante de la lluvia, va haciéndose cada vez más aparente, igual que un temblor orgánico de valetudinario. Lo fantasmal de su presencia se acentúa a medida que se aproxima, ya que los parabrisas de la cabina de comando, sobre la nariz del fuselaje, recuerdan al emerger desde la noche lluviosa el antifaz truculento de una marioneta gótica. Durante un momento, da la impresión de haberse inmovilizado, lo que después resulta ser cierto, porque, con la precaución de un ciego, ya demasiado próximo del ventanal del aeropuerto, ha comenzado una maniobra que parece incompatible con su naturaleza, consiste en girar a la izquierda para internarse en una pista lateral, paralela al edificio del aeropuerto. Por fin, después de varios tanteos timoratos, logra entrar en la pista y avanza unos metros por ella, hasta que vuelve a detenerse, para empezar a recular, paralelo a las instalaciones del aeropuerto, habiendo hecho coincidir de un modo aproximativo la puerta por la que deben subir y bajar los pasajeros con la del hall iluminado en el que, viéndolo llegar cuando menos se lo esperaban, los viajeros impacientes comienzan a agitarse ante la inminencia de la subida a bordo. El avión se ha inmovilizado tan cerca del edificio, que a través de la hilera regular de ventanillas que le perforan el flanco, detrás de lluvia, se divisan confusamente los pasajeros que ya están levantándose de sus asientos. Parola se acerca a nosotros.

– Bueno-dice. -No estamos muy a horario, pero tampoco es catastrófico. Vamos a ir aproximándonos con mi amigo.

Le da la mano a Vilma, a Alfonso y, por distracción, a causa del apuro de la partida, me la tiende también a mí, que ostentosamente simulo no haberla visto, dejándolo una fracción de segundo con la mano en el aire, lo que lo hace lamentarse interiormente de su error, a juzgar por la expresión de odio que relampaguea en sus ojos y que yo ignoro echando miradas falsamente distraídas a mi alrededor: porque un maniquí relleno de paja quiera implicarme en formalidades estúpidas, que por ocurrir además en público pueden resultar incluso comprometedoras, no voy a andar sacando la mano del bolsillo para ponerme en ridículo estrechándole la suya que vaya a saber dónde anda metiendo cuando nadie lo vigila. Como si hubiese aire donde está parado Parola, succionado de golpe por la más perfecta inexistencia, me dirijo a Vilma y Alfonso:

– Voy a hablar por teléfono -dijo, dándome vuelta y dirigiéndome hacia los teléfonos anaranjados adosados a la pared, del otro lado del hall, mientras hurgo en el bolsillo del pantalón buscando una ficha.

– No te espero entonces -dice mi hermana. -Qué lástima. Te había preparado una buena sopa.

– Mañana a mediodía -le digo.

– Me olvidaba. Llamó Alicia. Dice que no dejes de ir a buscarla el viernes a la noche para pasar el fin de semana con nosotros -dice mi hermana. -No me olvido -le digo. -Pero recién somos miércoles.

– Se te oye lejos. ¿Dónde estás?

– En el aeropuerto -le digo.

– ¿En el aeropuerto? ¿Con este tiempo? ¿Qué estás haciendo en el aeropuerto?

– Estoy con unos amigos, pero nos volvemos a comer a la ciudad -le digo.

– No empieces otra vez a tomar -dice mi hermana.

Nos despedimos. Cuelga, y cuelgo a mi vez: cuando me doy vuelta, compruebo que Vilma y Alfonso avanzan en mi dirección y al llegar junto a mí, Alfonso se da vuelta discretamente para verificar que Parola no puede escucharlo, y dice en voz baja:

– Los servicios de este hijo de puta me costaron dos mil quinientos dólares.

– No me imaginaba que fuese tan plomo -dice Vilma.

– Y eso no es nada -dice Alfonso-. Está también bastante metido con los militares.

– Un plomazo -dice Vilma. -Pesadísimo.

– Es la última vez que me saca un mango -dice Alfonso.

– Es bastante buen profesional -dice Vilma.

– Nada del otro mundo -dice Alfonso.

– Yo he estudiado marketing también. Estos tipos sirven para darle lustre a los seminarios. Pero después de ésta, kaput.

Cerrando los ojos, Alfonso sacude varias veces la cabeza, como se suele hacer cuando se sale del agua o para ahuyentar un pensamiento desagradable, y después mete la mano en el bolsillo del pantalón, sacando las llaves y extendiéndoselas a Vilma.

– A partir de ahora, le confío las llaves hasta el viernes a la mañana, señora -dice.

Bajo la lluvia, corremos los tres hasta el estacionamiento, dando saltitos para evitar los charcos de agua que se forman en los desniveles del asfalto. Alfonso insiste para que me instale en el asiento delantero, al lado de Vilma que se sienta frente al volante. Al entrar en el auto, mis zapatos chocan contra una pila de carpetas amarillas de la distribuidora arrumbadas en un rincón del piso, y recogiéndolas, se las alcanzo a Alfonso, instalado en el asiento de atrás con expresión satisfecha. Pero cuando las está recibiendo para dejarlas caer sin precauciones en el asiento trasero, la luz interior del coche cereza se apaga y arrancamos. Con habilidad, al mismo tiempo que enciende un cigarrillo, Vilma saca despacio el auto del estacionamiento, hasta que entramos en el camino asfaltado del aeropuerto que conduce a la autopista. Nadie dice una palabra, pero que me cuelguen si no sé de antemano cuál será nuestro próximo tema de conversación. Un fluido de pensamientos similares que emanan desde mi izquierda y desde el asiento trasero sumido en la oscuridad, flota en el interior del coche y converge hacia mi persona, mientras la brasa del cigarrillo que cuelga de los labios entreabiertos de Vilma -puedo ver su perfil gracias al resplandor rojizo que se proyecta desde el tablero de dirección- se intensifica a cada chupada. Recién cuando entramos en la autopista, me doy cuenta de que Alfonso se ha dispuesto a abrir la boca, no sin antes removerse un poco en el asiento, encender también él un cigarrillo, y carraspear dos o tres veces, tratando de encontrar el tono más indolente y casual para formular su pregunta, ¿he tenido tiempo de hojear el ejemplar anotado de La brisa del trigo?

Y, con una risita, para demorar tal vez mi respuesta por temor de que sea negativa, agrega que, bueno, anotado es mucho decir, que sus comentarios no son más que las observaciones deshilvanadas de un buenconocedor de los usos y costumbres de la región, y un poquito también, por qué no, del alma humana. Cuando le contesto que, efectivamente, he estado hojeándolo esta tarde, Alfonso entra en una especie de agitación o de acaloramiento -ya me tiene acostumbrado- y, aunque no habla, también en Vilma la expectativa parece aumentar, porque la brasa de su cigarrillo, que vigilo de reojo, se intensifica a intervalos cada vez más cortos, de modo tal que el humo de los cigarrillos y el tufo a alcohol -quién hubiese podido imaginarlo- me ahogan un poco. Y como también para mi respuesta he asumido el tono más neutro e indiferente del mundo, puedo permitirme simular que estamos por cambiar de conversación y pregunto, de la manera más amable y convencional del mundo: -¿Puedo bajar un poquitito la ventanilla? Casi al unísono, Vilma y Alfonso responden afirmativamente, con la misma solicitud conque le acordarían a una pierna de cordero la autorización de entrar en el horno. La lluvia, el aire en el que nos desplazamos, la noche de invierno, la llanura invisible que estamos atravesando, ululan, silban, braman apagadamente cuando bajo un par de centímetros el vidrio de la ventanilla y unas chispas de agua helada, colándose por la abertura, vienen a estrellarse de tanto en tanto, contra mi perfil, sobresaltándome durante unos segundos hasta que me acostumbro a ellas y termino por encontrarlas agradables, lo mismo que al aire frío que renueva la atmósfera caldeada y llena de humo en el interior del auto. Yo había observado muchos anacronismos en el libro, digo con suavidad en voz alta, pero el estilo y la concepción general son tan de baja estofa que me pareció superfluo ocuparme de los detalles. Hay tantos errores por página que llevaría una vida repertoriarlos. Usted ha hecho un verdadero trabajo de hormiga. Alfonso no responde de inmediato, aunque por la agitación evidente de su silencio, me doy cuenta de que mi respuesta lo ha satisfecho, pero cuando se decide a hablar, su satisfacción se canaliza en un comentario elogioso que le dirige a Vilma, felicitándola por la destreza con que maneja el auto. Durante alrededor de un minuto entablan un diálogo convencional, un poco absurdo, sobre el tema, intercalando risitas y sobrentendidos, uno de esos dúos privados a los que ya empiezo a acostumbrarme, y con los que parecen celebrar en código el cumplimiento de algún designio planeado de antemano.

De modo que después de un minuto de oírlos pacientemente delirar, lelanzo a Alfonso como se dice a quemarropa:

– Usted parece haberlo conocido bien a Waltercito.

Alfonso da la impresión de haber hecho una interpretación correcta de lo que viene implícito en mi pregunta, y que podría resumirse de la siguiente manera: Ya me las tiene llenas con sus sobreentendidos de tres por cinco de modo que si de veras tiene la intención de valerse de mí para aplastar de un modo definitivo a esa cucaracha de Walter Bueno, o con algún designio inconfesable, es mejor que vaya poniendo las canas sobre la mesa de una buena vez, no vaya a ser que yo termine perdiendo la paciencia. Bien bien, dice, lo que se dice bien, sería exagerar un poco, pero en efecto el sujeto ese tuvo su primer -y único por otro lado- nombramiento de maestro en el pueblo en el que él, Alfonso, vivía, antes de mudarse de un modo definitivo a Rosario, cuando instaló su propia distribuidora. Como antes de crear Bizancio andaba en otros negocios, viajaba mucho de modo que sus contactos con el individuo de marras eran esporádicos.

Si él y la pobre Blanca -su mujer- seguían viviendo en el pueblo era porque tenían unos campos que administrar y porque Blanca era también maestra en la escuela del pueblo, y no había podido obtener su traslado a Rosario. Como ella era delicada de salud él, es decir Alfonso, había decidido que debían seguir viviendo en el pueblo para evitarle a Blanca el traqueteo de los viajes. Alfonso modula su relato, un poco lento, entrecortado por silencios debidos a las vacilaciones a que supuestamente lo obligan los esfuerzos de la reminiscencia, dosificando con habilidad la entonación de cada una de las frases, de modo tal que el inquisidor, sentado bien rígido en el asiento de adelante, con la mirada fija en el segmento de círculo que traza el limpiaparabrisas, retenga el esquema siguiente.

La pobre Blanca, señora seria, maestra de escuela dedicada con abnegación a su trabajo a pesar de su salud delicada, Alfonso, su marido, propietario de campo por fatalidad pero que ejerce un trabajo cultural por afinidad electiva como se dice, y dispuesto a desgastarse en viajes continuos y engorrosos para preservar la salud de su mujer, y por último Walter Bueno, ganapán arribista, arrumbado en un segundo plano, borroso y casual. Por supuesto que no pienso dejarme embaucar por los eufemismos del propietario-gerente de Bizancio Libros que, percibo sin darme vuelta ni modificar en lo más mínimo mi actitud, se remueve un poco en la penumbra del asiento trasero, probablemente con una inquietud semejante a la del alumno que acaba de pasar un examen oral y no está seguro del efecto que su exposición le ha causado a los examinadores. Después de una pausa deliberada, que debe estar acrecentando su ansiedad, y con un tono desenvuelto, suave y desinteresado, le pregunto:

– ¿Pero llegaron a ser realmente amigos?

De un modo brusco, para tirar el cigarrillo, Vilma abre la ventanilla de su lado, así que el silbido, el bramido de la noche lluviosa, la corriente de aire frío se intensifican al entrar en la atmósfera caldeada del auto, sobresaltándome un poco, y cuando la vuelve a cerrar, casi de inmediato, Alfonso aventura una respuesta llena de circunloquios y de generalidades, en la que las precisiones que, obligado por las circunstancias, va introduciendo, le exigirían un análisis semántico de una gran sutileza a un oyente desprevenido: ¿acaso es posible ser amigo, si se toma la palabra en su sentido estricto, con un tipo de personalidad como la de Walter Bueno? Por ejemplo él, es decir Alfonso, podría, dice, ser amigo de alguien como usted, es decir "yo", o sea "Carlos Tomatis"; no pretende serlo, puesto que acaba de conocerme, aunque ha oído hablar mucho de mí desde hace tiempo, pero es evidente que se ha establecido desde ayer, desde el contacto de visu, una simpatía mutua, en fin, no quiere prejuzgar sobre mis propios sentimientos, pero lo que él quiere decir, dice, cayendo momentáneamente en un acceso fugaz de agitación, es que nuestras personalidades -la señora es testigo de la impresión favorable que he hecho sobre su persona- podrían concordar, en algún futuro próximo o lejano, en ese beneplácito mutuo que se otorgan las almas y que se llama la amistad. Consciente de que su introito pseudofilosófico y que su descarado lustre de zapatos me importan lo que se dice tres pepinos y que he estado oyéndolos como quien oye llover, Alfonso, después de un carraspeo, no tiene más remedio que conceder algunas precisiones, lo que hace que Vilma, sentada junto a mí, se enderece en su asiento y, aferrándose al volante, gire levemente la cabeza, de unos milímetros apenas, hacia atrás, para concentrar, alerta, su atención: aparte de eso, dice Alfonso, de la diferencia de temperamento y de sus viajes frecuentes que lo mantenían alejado del pueblo, sí, se habían visto bastante seguido y habían compartido los tres, al principio sobre todo, algunos buenos momentos; y la pobre Blanca, concede Alfonso, a causa quizás de la descendencia que debido a su fragilidad no pudo tener, pudo volcar en esa amistad un poco del instinto materno -elemento básico del alma femenina- que en diez años de casados no había podido expresar de un modo más natural.

Y, juzgando al parecer haber encontrado el tono justo, ni demasiado vago ni demasiado preciso, presintiendo probablemente que si no da más detalles por iniciativa propia, puedo insistir para que me aclare algunos puntos oscuros, Alfonso, con el fin de ganarme de mano, continúa: podían haberlo recibido como a un hijo, si la completa anestesia moral de Walter Bueno no hubiese sido un obstáculo insalvable para esperar de él cualquier tipo de reciprocidad afectiva.

Por otra parte, su arribismo mediocre le impedía integrarse en la vida social del pueblo, ya que estaba obsesionado por ir a triunfar a la capital, cosa que terminó logrando, aunque ya se sabe a qué precio.

Y ese arribismo lo condujo a, llegado el momento, esquivar susresponsabilidades, ya que su partida del pueblo, cuando se le presentó la primera oportunidad en Buenos Aires, fue tan rápida que había interrumpido su trabajo en la escuela, importándosele un rábano desequilibrar con su ausencia brusca, sin dar tiempo a que se le encontrara un reemplazante, la armonía del trabajo escolar, lo que por añadidura había sido una mortificación suplementaria para la pobre Blanca, que había debido realizar ad honorem las tareas de su colega, lo que había terminado por quebrantar su salud y ser una causa más de su terrible accidente, en el cual el surmenage había jugado un papel importante. El temperamento de Blanca, empalma el discurso de Alfonso desviándose imperceptiblemente en otra dirección al mismo tiempo que el coche cereza, llegando al final de la autopista, toma una curva para internarse en la ruta que atraviesa Santo Tomé, el temperamento de Blanca la indujo siempre al sacrificio, a no esquivar, como muchos otros, sus responsabilidades, y para ella el trabajo en la escuela había sido siempre una motivación importante -la terminología es de Alfonso-, ya que no se le escapaba lo vital que es la educación para el desarrollo en un medio rural.

Las afueras de Santo Tomé en la que alternan casitas modestas de ladrillo sin revocar y baldíos que conozco de memoria, están sumidas en la más negra oscuridad, pero nuestros faros iluminan de tanto en tanto una fachada, una alcantarilla, un grupo de árboles negruzcos y lustrosos a causa del lavado insistente, semejante al frote compulsivo e innecesario de un obsesivo, de la lluvia helada; y cuando las luces del alumbrado público, más al centro, iluminan un poco cada cruce de transversal, el pueblo no da la impresión de ser menos triste, desierto y oscuro. Alfonso hace silencio otra vez, no muy convencido, tengo la impresión, de que sus deslizamientos digresivos hayan obtenido el efecto deseado, o sea mantener sus respuestas en una vaguedad brumosa, y es más que seguro que no se equivoca puesto que, cuando deja de hablar, me dispongo a reclamarle cómo deberé orientar la conversación para sonsacarle por fin las precisiones que busco, precisiones que, por otra parte, ni siquiera para mí mismo son totalmente claras. Demás está decir que el intercambio de frases que venimos haciendo desde el aeropuerto, tiene el tono más desinteresado, mundano y casual que pueda concebirse, y que si hubiésemos estado hablando del mal tiempo o de si los escandinavos hacen o no ruido al tomar la sopa, nuestro diálogo le hubiese dado a un observador desinteresado la impresión de estar oyendo una serie de banalidades durante una reunión social como se dice. Convencido de que por el momento me será difícil obtener algo más preciso de Alfonso, me vuelvo ligeramente hacia Vilma Lupo.

– ¿Y usted lo conoció?-le digo.

Vilma se remueve un poco en su asiento, y se aferra con más fuerza al volante, vacilando unos segundos antes de responder, como si esperara que Alfonso lo haga en su lugar, y después dice:

– ¿A Walter Bueno? Ni por las tapas.

– ¿Es la expresión adecuada para referirse al autor de un best-seller?-pregunto, no dirigiéndome a ella, sino en general, como si estuviese interrogándome a mí mismo, lo que provoca la risa desproporcionada en relación con la comicidad real de la frase, no de Vilma y Alfonso separadamente, sino del dispositivo Vilma/Alfonso, la entidad que, por momentos, forman a dúo, y que es algo más complicado, inasible y turbio que la mera suma de sus individualidades. Cuando el dispositivo hace silencio, Vilma explica: hace apenas un año que ella conoce a Alfonso, porque ha estado viviendo en Europa -Londres, Roma- desde el setenta y tres; el año pasado resolvió volverse a Rosario, con tan mala suerte (risa breve del dispositivo connotando inteligencia mutua) que a los dos o tres días de haber llegado, aterrizó en Bizancio Libros. De modo que a Walter Bueno lo conoce por referencias, y por haber leído La brisa en el trigo. A ningún interlocutor atento podría escapársele lo que subyace en las palabras de Vilma, que, por la agitación que lo sacude, Alfonso parece aprobar sin restricciones, y que interpreto de la siguiente manera: Estoy perfectamente al tanto de todo lo que quiere saber, pero no estoy dispuesta a soltar una sola palabra, de modo que para cualquier información suplementaria sobre este asunto tan delicado, le ruego dirigirse a la persona que se encuentra sentada en este mismo momento a sus espaldas, en el asiento trasero. Y para acentuar todavía más su autonomía completa respecto de esa persona, Vilma cambia de una manera brusca de conversación y sin modificar en nada su estilo mundano y jovial, me dice:

– Alfonso pasa el día en Rosario mañana. Es un hombre muy ocupado, pero sus esclavos tenemos la tarde libre antes del gran final del viernes, y como deja el auto a mi disposición, ¿qué le parece Tomatis si lo paso a buscar después del almuerzo así me muestra la ciudad y en vez de hablar tanto de libros hablamos un poco de literatura?

– ¿Por qué no? -le digo.

– Es un tema de conversación como cualquier otro. Llámeme por teléfono antes de salir, y yo la espero en la puerta de mi casa.

– Aún si no hubiese otras razones, la existencia de Bizancio queda justificada por haber suscitado este encuentro histórico -dice Alfonso.

– Va a ser un Yalta del espíritu -dice Vilma.

Lo que los tres parecemos pensar al mismo tiempo, sin que ninguno se decida a desplegarlo en palabras, nos induce a un silencio dubitativo que, después de algunos minutos, Alfonso aprovecha para lanzarse en una interminable disquisición diversiva, sobre un tema que podría resumirse más o menos como la redención universal por el libro, lo que pasado en limpio, y que me cuelguen si él mismo es consciente de lo que significan realmente sus palabras, podría obtenerse gracias a la multiplicación de puntos de venta, en el norte del país e incluso en el Paraguay, de su distribuidora. La punta de lanza como se dice de esa cruzada parecería ser la revista cultural en sentido amplio, lo que obviamente me coloca a la cabeza del movimiento. Mientras Alfonso perora, yo voy dándole instrucciones a Vilma, cuando entramos en la ciudad, para guiarla al restaurant que han elegido, probablemente el más caro de la ciudad, y que como por casualidad se encuentra a cincuenta metros del hotel Iguazú, con el fin de que ninguno de los clientes ricos del hotel, aconsejados por el portero, corra el riesgo de no encontrarlo. De modo que Vilma detiene el coche directamente en el estacionamiento del hotel y, apretujándonos los tres bajo mi paraguas contra el que repiquetea la lluvia, corremos hacia el restaurant. Vilma me toma del brazo y la calva de Alfonso viene casi pegada a mi axila, accesible gracias al brazo levantado que sostiene el paraguas. Al cruzar la calle nos dispersamos un poco pero en la vereda de enfrente nos volvemos a juntar, entre risas, interjecciones y resoplidos, ganados, por la misma disposición a la excitación infantil y a la irresponsabilidad en la que nos sumerge la carrera bajo la lluvia, de modo tal que cuando entramos, ruidosos, en el restaurant de lujo, exiguo como un dormitorio, los pocos clientes que hablan en voz baja, instalados desde hace rato, nos miran con cierta reprobación. Pero el mozo, que nos reconoce -me jugaría la cabeza que Vilma y Alfonso cenan aquí todas las noches desde que llegaron- nos instala con deferencia ultraprofesional.

– No. Agua, agua -le digo a Alfonso cuando me propone un aperitivo. Y, a través del vidrio empañado de mi vaso de agua mineral, lo veo mandarse de un solo trago el tercer whisky de la noche.

Sin ignorar las risitas socarronas de Vilma ni mis sacudimientos escépticos de cabeza, Alfonso, de humor festivo, y obstinadamente fiel a sus opiniones, se embarca en una apología detallada del arte como factor principal, son sus palabras, de la educación del hombre-masa. El fin último de Bizancio Libros es según Alfonso pedagógico y tanto el propietario-gerente como, por lo menos así lo espera, el resto del personal tienen como objetivo educar al pueblo.

– ¡Bizancio Libros, dice Alfonso enfatizando su afirmación mediante dos acentos esdrújulos, es mi Yásnaia Póliana! Que su declaración haya parecido aumentar el ambiente de jarana que reina en la mesa no da la impresión de molestarlo demasiado y él mismo se ríe un poco de su afirmación vehemente, de modo que cuando el mozo deposita en la mesa el balde de hielo con la botella de vino blanco adentro, se frota la manos y le hace al mozo la señal característica, que ya ha hecho en el bar del aeropuerto, consistente en sacudir el pulgar estirado sobre las copas vacías, para incitarlo a servir.