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La manía de encender un nuevo cigarrillo cuando el anterior humea todavía olvidado en la muesca del cenicero reaparece y sus miradas, que se hacen ostentosamente fijas y admirativas cuando enfocan mi persona, reservan para Alfonso una vigilancia protectora y una tolerancia sin límites, todo eso de la manera más ostentatoria posible no por simulación o interés sino probablemente para expresar de ese modo su aprobación por el funcionamiento armónico de lo que ella considera la nueva alianza Vilma/ Alfonso/Tomatis. Que me cuelguen con un gancho del prepucio y me hagan girar si en veinticuatro horas nomás no me hicieron entrar en su círculo mágico, no me captaron como se dice, haciéndome deslizar de un modo casi imperceptible hacia el terreno de sus designios turbios y contradictorios, sin duda confusos incluso para ellos mismos, en los que sin embargo me reconozco mejor que en un espejo.
Debo escribir ese artículo, me exhorta bruscamente Alfonso cuando estamos llegando al postre, sacudiendo el índice enérgico casi contra la punta de mi nariz, tanto se ha inclinado sobre la mesa para ponerse a murmurar con furia, no sin antes haber echado algunas miradas prudentes a las mesas vecinas, ladeándose para evitar ser interceptado por la tercera botella de vino -una de blanco, dos de tinto- que ya está casi vacía: los elementos que él ha reunido en sus comentarios podrían servirme de base y él, desde luego, los pone a mi disposición por el tiempo que sea necesario. Según Alfonso, yo ya he demostrado la insignificancia artística del libro, pero es fundamental señalar también su falta total de representatividad.
La crítica oficial -es así como la terminología alfonsiana designa la caterva insana de vividores y empleados de los servicios de inteligencia que escribe en los diarios y en las revistas o aparece por televisión- pretende que La brisa en el trigo es un documento verídico de la vida cotidiana de los pueblos de la llanura, y que escenas, ambientes y personajes aparecen reflejados en el libro con total fidelidad. Alzando la voz, lo que sobresalta un poco a Vilma y hace desaparecer de sus labios durante unos segundos su sempiterna semisonrisa, Alfonso, esta vez con algún fundamento, vuelve a acalorarse, de modo tal que su bigote entrecano se pone a temblar, a contraerse y a estirarse: no hay una sola línea cierta en todo el libro, nada de lo que aparece escrito proviene de la vida real, todo es una ristra de invenciones calumniosas, que ofenden el decoro proverbial de nuestro pueblo, compuesto de gente sencilla y laboriosa. Por primera vez Vilma cruza conmigo una mirada de inteligencia sacudiendo con discreción la cabeza para significar que deberíamos irnos, porque las mesas vecinas empiezan a volverse hacia nosotros otra vez las caras reprobatorias, pero Alfonso, que a pesar de lo enfrascado que está en su argumentación enérgica, percibe la mirada, le dirige una sonrisa conciliadora, sin interrumpir para nada su discurso vehemente, hasta que lo remata con una conclusión conminatoria: usted -es decir "yo", o sea "Carlos Tomatis"-, que es un artista verdadero y un intelectual ponderado, tiene la obligación moral de demoler ese producto comercial pretendidamente representativo.
Los tres whiskys, la botella de vino blanco, las dos botellas de vino tinto no parecen haber hecho en Vilma más efecto que aumentar su placidez, o tal vez lo que contribuye a dar esa impresión es el contraste con Alfonso, a quien teniendo en cuenta el bamboleo ligero que hace oscilar a su cuerpo cuando se para junto a la mesa, optamos, Vilma y yo, por escoltar hasta la calle: se ve que desde hace rato ha parado de llover -ya es más de medianoche-, porque hay algunos tramos de las veredas o del asfalto que ya están secos, pero cuando alzo la vista hacia el cielo, no veo luna ni estrellas, ni siquiera nubes, nada como no sea una negrura espesa, baja, uniforme: más agua, más que seguro, para dentro de un rato, si se tiene en cuenta sobre todo que la temperatura ha subido un poco, a menos que traigamos todavía, circulando por nuestros cuerpos que a su vez atraviesan la ciudad desierta en la noche de invierno, el calor del restaurant. Nuestra alianza -al menos desde el punto de vista de ellos- parece haberse estrechado después de la cena, porque las palmaditas en el hombro, en las mejillas, e incluso el índice de Alfonso que se hunde en mi estómago – ¡Tiene que escribirlo!- expresan una nueva fase de nuestras relaciones, pero cuando empezamos a caminar hacia el hotel, Alfonso va en el medio, arrastrándonos del brazo a Vilma y a mí que, lanzándonos sonrisas de inteligencia por encima de su cabeza, pacientes, en realidad lo sostenemos. Bajo la entrada embanderada del hotel, sin "portero negro" a la vista a causa de la hora, Alfonso se cuelga de mi impermeable, aferrándolo con las dos manos a la altura del pecho, atrayéndome hacia su cara extraordinariamente móvil, la calva reluciente y llena de depresiones y de relieves que reproducen las anfractuosidades craneanas, los ojitos empañados y afligidos, el bigote entrecano infatigable que cubre el labio superior y que, a causa de los cigarrillos rubios que ha venido fumando uno tras otro, están teñidos por un reborde amarillento: en nuestra época, dice, todos los valores tradicionales, y no se está refiriendo a la mojigatería burguesa, se han perdido, y el arribismo y el egoísmo sensual del hombre-masa ocupan la vida pública y privada. El bestsellerismo prefabricado ha sustituido a la tradición nacional de un Sarmiento, de un Hernández, de un José Ingenieros, de un Calvez. Sus ojitos llorosos buscan los míos y al mismo tiempo los evitan, y las oscilaciones de su cuerpo se comunican al mío, de modo que oscilamos los dos en la vereda del hotel envueltos en la semisonrisa plácida y abiertamente comprensiva de Vilma que después de unos momentos, arranca, con suavidad pero con firmeza, las manos de Alfonso de mi impermeable. Sin convicción, Alfonso propone una última copa en el bar del hotel.
– No, no -dice Vilma. -Usted tiene que viajar mañana y yo tengo que estar lista a las nueve para el seminario. ¿Entonces Tomatis lo paso a buscar a las dos?
– Ha sido un gran placer, maestro -me dice Alfonso, dándome un abrazo demasiado largo, del que Vilma debe también arrancarme al cabo de unos segundos. -Le agradezco que me honre con su amistad. Y no falte al lunch del viernes: su presencia será un honor suplementario.
Entran en el hotel. El calor acumulado en el restaurant, a causa probablemente de la degradación general de la energía como la llaman, empieza a desgastarse al contacto del aire frío, de modo que apuro el paso, mientras en el interior de mi cabeza las experiencias de la velada, sometidas sin ruido a su propia combustión, arden, chisporrotean y se consumen.
Mientras voy subiendo las escaleras, las voces y la música llena de ecos que propala el televisor, empiezan a atravesar remotas y al mismo tiempo familiares, mi cerebro, susurradas por un volumen discretamente bajo a causa de la hora, pero cuando llego al living compruebo que mihermana, cubierta hasta los hombros con una manta y apelotonada en el sillón, se ha dormido frente a las imágenes coloreadas que al sucederse unas a otras producen sobresaltos luminosos en el living en penumbra. Sin apagar el televisor, estoy por darle unos golpecitos suaves en el hombro para mandarla a la cama, pero antes de llegar a tocarla mi hermana abre los ojos y me sonríe: me quedé dormida, dice, y se despereza con bienestar, pero de manera evidente se desinteresa de golpe de mi persona y su mirada se concentra un momento en las imágenes coloreadas tratando de descifrarlas. Sin consultarla cruzo el living y apago el televisor, y después pongo la mano sobre el aparato para percibir su temperatura.
– Está al borde de la implosión -digo.
Mi hermana ni siquiera protesta: se revuelve un poco en el sillón y después, retirando la frazada, se levanta y se dirige a su dormitorio. Yo subo en la oscuridad del patio la escalera de la terraza, en la más densa oscuridad, sorteando macetas de plantas domésticas ahogadas de lluvia, pero mi cuerpo reconoce los obstáculos gracias a una especie de memoria espacial que, si tiene alguna deuda antigua con los sentidos, da la impresión de haberla olvidado, tanto lo que por costumbre sigo llamando todavía "yo", se desinteresa del recorrido, absorto como está en manipular, examinándolos con perplejidad, los rescoldos del día consumido. Después de encender la estufa a resistencia, sin siquiera desabotonar el impermeable, parado junto al escritorio, recojo el ejemplar ajado de La brisa en el trigo y, sosteniéndolo con la mano izquierda, hago deslizar rápidamente las hojas con el pulgar derecho, produciendo un rumor nítido en el silencio de la pieza, una corriente de aire levísima que me acaricia de un modo fugaz la cara, y un torbellino de signos impresos o manuscritos, que bailotean sustituyéndose unos a otros a causa del deslizamiento rápido de las páginas, semejante a una alucinación visual, cuyo carácter abstracto y fantasmal cobra un poco de vida gracias a las líneas de colores -verde, azul, rojo, violeta- que dan la impresión de ir barriendo los signos a toda velocidad, como si fueran gotas de una lluvia negra. Ahora que, después de haber apagado la luz, me introduzco estremeciéndome un poco entre las sábanas frías, no únicamente la habitación sino incluso "yo mismo" nos volvemos abstractos y fantasmales al resplandor rojizo de la resistencia eléctrica. Las cenizas del día transcurrido; todavía tibias, empiezan a dispersarse en el recinto impensable, sin lugar propio en ningún punto del tiempo y del espacio, a no ser la lucecita frágil y que sin embargo los abarca, y que en este mismo momento se descompone en un espectro de manchas fugaces, de astillas de imágenes, recurrentes o inéditas, sin ningún vínculo ni con la razón, ni con la voluntad, ni siquiera con la experiencia.
Ahora salgo a la calle en un día gris, desierto, de bordes un poco carcomidos, semejante a una fotografía vieja descubierta por casualidad en el fondo de un cajón, extraña y familiar al mismo tiempo, una fotografía de mí mismo, en movimiento, en la que puedo contemplarme desde afuera, siguiendo con interés y una angustia leve mis propios pasos: venciendo un A; sentimiento de culpa, cruzo la calle vacía blandiendo la barra de hierro, y empiezo a golpear un auto, gris como el aire en el que está incrustado, estacionado junto al cordón: la pintura gris se descascara a causa de los golpes y los vidrios saltan en pedazos, astillándose, pulverizándose y diseminándose sobre los adoquines grises entre los que brota un musgo aterciopelado, casi dorado de tan verde. Con la carrocería abollada, sin vidrios, el motor destripado emergiendo por el capot entreabierto, las gomas en yanta, el auto gris se desploma y "yo" con el bastón de hierro todavía en el aire, me quedo contemplándolo un momento con culpa y satisfacción. Me despierto y verifico, abriendo los ojos, e incorporándome un poco, el resplandor rojizo de la resistencia eléctrica, y apoyando otra vez la cabeza en la almohada murmuro, interpretando fugazmente mi sueño, autodestrucción, antes de volverme a dormir. Exactamente en el mismo momento -en todo caso es la impresión que tengo- vuelvo a abrir los ojos, el cuerpo como diluido entre las sábanas tibias, del mismo modo que el resplandor rojizo de la estufa a resistencia se diluye en la claridad grisácea y mate de la habitación, mientras por la rendija de los postigos entrecerrados, por el agujero de la cerradura, por el espacio libre que queda entre la base de la puerta y el piso de mosaicos amarillos, la luz verdosa y exangüe de la mañana, la leche lívida que baña, periódica, las cosas, separándolas después de la reunión de la noche homogénea que las borra y las aglutina, la droga llamada día que todos querrían, indefinidamente, tomar, fluye, gotea, se derrama, inexorable y desdeñosa, igual que un traficante para con sus adictos, y cuando salgo de la cama, descalzo, y abro la puerta que da a la terraza, a pesar de su palidez verdosa y crepuscular, el aire helado por el que se disemina, me dejo envolver no sin placer por el torrente silencioso que ocupa, simultáneo, todo el recinto, haciendo empalidecer todavía más el resplandor rojizo de la resistencia.
Cuando cierro la canilla de la ducha -deben ser las diez- me doy cuenta de que el agua sigue tamborilleando, pero ahora es la lluvia que golpea contra el tragaluz del baño. En la cocina, mientras tomo los primeros mates, abro, a pesar del frío, la puerta que da al patiecito desde el que arranca la escalera de la terraza, y contemplo el agua helada golpear las hojas de las plantas enmacetadas, correr por los escalones, precipitarse por el desnivel imperceptible de las baldosas hacia la rejilla del desagüe. Empiezo a pasearme sin finalidad precisa por la casa; aquí, en este dormitorio, en esa cama matrimonial, murió el primero, y en esta otra habitación, que da a la calle, la segunda, veinte años más tarde; en este mismo momento, la lluvia, minuciosa, debe estar arrastrando lo que queda de ellos cada vez más abajo, por entre los pliegues blandos del cascote que un día, y de un modo transitorio más que seguro, a causa de una explosión casual, frenó en un punto cualquiera del espacio y se puso a girar.
En este cuarto dormí hasta los dieciséis años, antes de mudarme a la terraza. Aparte de los muebles, de la penumbra invernal, la casa entera está vacía de todo rastro de vida, aparte de lo que llamo "yo" y que deambula a través del tiempo petrificado: lo que queda más bien en su lugar como decía, y que sigo llamando "yo" por costumbre, y del que me separa a decir verdad una distancia infinitesimal pero infranqueable, como sucede más o menos con las distintas partes de mi cuerpo, ya que ahora que lo pienso el dedo gordo del pie, naturaleza indescifrable en estado puro, me parece tan improbable y lejano como el cielo, rosa según dicen, de Marte. La voz de mi hermana, que viene subiendo las escaleras desde la calle, me saca del ensimismamiento en el que he quedado, de regreso en la cocina, con el mate ya frío en la mano.
Que me cuelguen si adivino de qué está compuesto el redondel humeante, color marfil, de la sopa, cuando me llevo a la boca la primera cucharada y la paladeo, bajo la mirada satisfecha de mi hermana, que controla el efecto que me produce pero que, más que seguro, a causa de la manía pueril de mantener en secreto sus recetas, respondería en forma evasiva si se lo preguntara. De un modo brusco dice en voz alta el noticiero, y va casi corriendo a prender la televisión. Yo me quedo sentado lo más tranquilo: porque un ignorante a sueldo del gobierno, que ha presentado todas las noticias a un censor militar antes de hacerlas públicas se ponga a transmitir acontecimientos supuestamente verídicos pero a decir verdad enteramente prefabricados, no voy a levantarme de la mesa y a dejar como mi hermana que se me enfríe la sopa, pero como el volumen está demasiado alto, me entero de que el general Negri, el intendente, el arzobispo, dos o tres dirigentes sindicales, el ministro de educación, el presidente de la bolsa de comercio y otros asesinos, secuestradores y tortura dores sin entrañas, han asistido esta mañana a una misa solemne como le dicen a esa farsa grotesca en la catedral. Del mismo modo que los teólogos inventan la encarnación y después decretan que es un milagro, estos pistoleros a sueldo de sí mismos blanden ese espantapájaros relleno de paja podrida que llaman Dios y lo sacuden en un intento de maniobra diversiva, ya que es evidente que Dios no existe y que me la corten en rebanadas si no tengo la prueba de lo que afirmo, y es la siguiente: no existe porque lo digo yo, y a quien intente refutarme preguntándome que quién soy yo para afirmarlo, ya mismo nomás le digo que nadie, nada, menos que nada, pero exactamente igual en todo caso que el obispo de Hipona, Santo Tomás o Descartes que, a pesar de ser tres perfectos legos en la cuestión, prefieren afirmar lo contrario. Dios no existe porque lo digo yo y punto. Es inútil que el muecín salmodie su cantilena al atardecer, o que el rabino guarde el arca en el recinto sacrosanto como le dicen, o que el sacerdote se prosterne por pura costumbre cuando pasa delante de la hostia, o que las viejas rameras europeas o americanas que ya no saben qué hacer con sus relojes Cartier vayan a buscar el punto nihuan en Oriente, donde por otra parte saben tanto de la cuestión como "yo" o los tres charlatanes que acabo de nombrar, inútil como venía diciendo hace un momento, porque nadie habita la materia ciega y caprichosa, estúpidamente repetitiva, por el momento desde luego, que se desplaza, no mediante deslizamientos, sino mediante explosiones, sin dirección ni plan.
Ya no sabiendo más que inventar para seguir emborrachándose de sangre humana hete aquí como dicen que se les ocurre la apuesta de Pascal que traducida en términos corrientes vendría a significar más o menos lo siguiente:
Mire Tomatis le damos a elegir a ver qué le parece, por un lado le proponemos una estadía por tiempo indeterminado en un hotel de lujo, con pileta de natación de agua de mar en una estación balnearia de moda y al mismo tiempo le mandamos dos lindas tetonas de veinte años, una negra y otra blanca para que le hagan lo que usted quiera y las puede cambiar por otras cuando lo desee, el bar y todos los restaurantes están también a su disposición, y todo esto por supuesto a usted no le cuesta un centavo, corre por cuenta la producción; por el otro lado lo dejamos chapaleando con la mierda hasta el cuello lo cual no cambia nada de su situación actual y al primer gesto suyo que no nos guste lo agarramos a sopapos y en una de ésas se la cortamos en rebanadas; nos damos cuenta de que la decisión no es nada fácil pero francamente con la mano en el corazón usted qué elegiría.
Un publicitario de Dinners Club se haría echar a patadas si propusiese un argumento de venta tan grosero, y eso dejando de lado el hecho de que el que lo inventó era tan experto en la materia como lo eran los tres otros vivillos de los que hablaba hace un momento. Justamente el último de estos tres se sentó un día al lado de la estufa pretendiendo que a partir de ese momento iba a empezar a poner todo en duda, menos desde luego lo que es obviamente falso, no fuera a ser que si se atrevía a afirmar en voz alta lo que todo el mundo sabe en su fuero interno, lo agarraran a sopapos e incluso se la cortaran en rebanadas. Y todo eso con el fin de permitirle al general Negri y a sus cómplices tirar viva a la gente de los helicópteros, o fusilarlos sin juicio previo después de haberlos sometido por puro placer al tormento.
– En la puerta dentro de diez minutos entonces. ¿Anotó bien la dirección? -le digo a Vilma por teléfono, y antes de colgar miro mi reloj pulsera: son las dos en punto.
Parado en la vereda, compruebo que ya no llueve, pero las nubes color pizarra se acumulan en el cielo. Como los negocios están todavía cerrados, hay muy poca gente por la calle, pero sin duda a causa del frío, de la lluvia, y de los tiempos que corren, no habrá mucha más dentro de una hora, cuando los negocios empiecen a abrir. Detrás del vidrio de la ventana en la planta alta, en la vereda de enfrente, Berta me sonríe y me hace una seña con la mano en la que sostiene un vaso, como si estuviera brindando conmigo. Le contesto alzando la mano. Dejando el vaso en alguna parte detrás suyo, Berta se da vuelta un momento, y después abre la ventana y me dice algo. Como no la entiendo, me cruzo de vereda y le lanzo una sonrisa interrogativa.
– No -dice Berta. -Dónde vas con esta lluvia decía.
– Salí a ver si pasa alguna rubia en auto y me invita a subir. ¿Cómo está Mauricio?
– Loco como siempre -dice Berta. -Pero tranquilo.
– ¿Está ahí arriba? -le digo. -No -dice Berta. -Hoy fue al hospital. Dice que está preparando un informe secreto para las Naciones Unidas.
– Si por lo menos le hicieran caso -le digo.
– Cállate -dice Berta. -Vos sos más loco que él todavía.
El coche cereza dobla en la esquina, casi sin ningún ruido, y avanza despacio hacia nosotros, probablemente porque Vilma está buscando la dirección, pero ahora debe haberme visto parado en la vereda porque acelera un poco.
– Ese auto me gusta -le digo a Berta. -Le hago dedo.
Vilma, sin parar el motor, frena a mi lado cuando extiendo el brazo, y baja la ventanilla.
– ¿Viste? -le digo a Berta.
– Más loco que mi marido todavía -dice Berta y cierra la ventana.
– Parecían Romeo y Julieta -dice Vilma. -Me pongo celosa.
– ¿De veras? -le digo. Y, bajando a la calle, paso por delante del auto, abro la puerta, y me instalo junto a ella en el asiento delantero. En el de atrás, todavía está la pila desordenada de carpetas amarillas que anoche Alfonso, impaciente por saber si había leído sus anotaciones al best-seller de la década, dejó caer con negligencia. Arrancamos.
– Me causa un placer infinito este paseo -dice Vilma, aferrándose al volante y acelerando después de pasar la esquina.
– Infinito no significa nada -le digo. -Es un superlativo vago de mucho, que ya es la vaguedad misma.
Siguiendo mis indicaciones, Vilma toma en dirección al río. Y después de quedarse un momento pensativa, dice que no está de acuerdo, que no es un superlativo de mucho, sino una suposición, y vuelve a quedarse callada. Como si la ausencia de Alfonso disminuyera su aplomo, hoy está seria, un poco tensa quizás, aunque su familiaridad para conmigo da la impresión de haber aumentado por alguna razón inexplicable, la costumbre quizás, ya que desde hace más o menos cuarenta horas, cuando nos vimos por primera vez en la mesa del bar, hemos venido haciendo progresos espectaculares en lo relativo a nuestra intimidad, aunque, al fin de cuentas, no hayamos intercambiado una sola confidencia. Sin Alfonso parece otra persona, ni mejor ni peor que la primera, únicamente diferente, y no logro saber si esa diferenciación es voluntaria, pero me hace pensar en esos dúos cómicos de los espectáculos de variedades que, cuando actúan por separado, tratan de construirse un personaje completamente diferente al que interpretan en el binomio. Estoy por retomar la conversación interrumpida de anoche, cuando volvíamos del aeropuerto, pero como me demoro un poco tratando de encontrar un pretexto discreto para reiniciarla, es ella quién, adelantándoseme, vuelve a ponerla en el tapete: probablemente usted -es decir "yo", o sea "Carlos Tomatis"-está intrigado por el empecinamiento de Alfonso en demoler el libro de Walter Bueno que, dicho sea de una buena vez, no merece ni medio minuto de conversación, dice. Y después de una pausa en la que, con gran lentitud, se dedica a encender un cigarrillo, echar la primera bocanada de humo, y dejar el cigarrillo encendido en el cenicero abierto del tablero de dirección, agrega que también a ella la intriga, pero que, a decir verdad, aunque cree adivinar las razones, no puede admitir sobre la cuestión más que meras conjeturas. Cuando fue a verlo por primera vez a la distribuidora, uno de los primeros temas de conversación había sido La brisa del trigo, que Vilma había leído al llegar de vuelta de Europa, porque una amiga lo había recomendado, y, sin conocer la opinión de Alfonso, ella, Vilma,le había dicho lo que pensaba, es decir que se trataba de una inepcia incalificable, y a partir de ese momento, dice Vilma, Alfonso no volvió a dejarla escapar, y no únicamente la nombró, "asesora literaria de Bizancio Libros", sino que empezó a tratarla de convencer para que escribiera el artículo. Reina, el psiquiatra -Es amigo suyo, ¿no?-, le había hecho llegar a ella, a Vilma, mi artículo, y ella se lo había pasado a su vez a Alfonso quien, entusiasmado por la lectura, había sacado un montón de fotocopias que le distribuía a todo el mundo. Cuando empezaron a preparar el seminario en la ciudad, Alfonso le dijo que estaba pensando seriamente en proponerme la dirección "literaria" de la futura sucursal, y que si yo no aceptaba, iba a tratar de convencerme para por lo menos escribiera el famoso artículo. Vilma deja de hablar durante medio minuto, y después, girando de un modo fugaz la cabeza para tratar infructuosamente de encontrar mi mirada, me lanza la pregunta: Y usted, ¿lo va a escribir?
No le respondo. Acabamos de dejar atrás la avenida del puerto, y estamos entrando en el puente sobre la laguna, que desemboca en el camino de la costa y en la ruta a Paraná.
Ahora no hay más que pantanos desolados, ranchos dispersos, semiderruidos y desiertos, y el cielo vasto, increíblemente oscuro y bajo, aunque por ahora no llueve, que cubre la tierra chata hasta el horizonte lejano, el cielo tormentoso en el apogeo del invierno que, privándonos desde hace por lo menos una semana del espacio abierto en el que titilan los cuerpos luminosos que, insondables y periódicos, nos visitan, nos confina en nuestra bola exigua de fango en la que chapaleamos hasta que un buen día, por obra de la misma sinrazón que nos trajo a la superficie, sin haber entendido nada del tumulto al mismo tiempo interno y exterior, aniquilados, nos hundimos. Recién después del desvío a Paraná, que dejamos a nuestra derecha siguiendo por el camino de la costa, Vilma vuelve a formular su pregunta.
– No -le digo.
Sin dejar de mirar el camino vacío, Vilma asiente, varias veces, y enciende un segundo cigarrillo, aunque el primero, al que no le ha dado más que un par de chupadas, termina de consumirse, humeando todavía, en el cenicero del auto.
– En la próxima calle, doble a la derecha -le digo.
– ¿Calle? -dice Vilma. -¿Hay calles por aquí?
– Es arena -le digo. -Más transitable cuando está mojada.
Aminorando, nos internamos en el callejón arenoso. Desde la puerta de una casa de ladrillos sin revocar una vieja inmóvil contra el rectángulo negro de la abertura, nos mira pasar, y desde detrás de la casa, dos o tres perros salen corriendo y nos persiguen un trecho, ladrando sin convicción hasta que se cansan, casi de inmediato a decir verdad, y se vuelven trotando al rancho, con un aire de satisfacción pueril, probablemente habiéndonos olvidado en el instante mismo de darse vuelta, sin que les haya quedado más que seguro de su brusca agitación sensorial otra cosa que unos estremecimientos musculares y nerviosos cada vez más leves en las terminaciones remotas de sus cuerpitos tibios y palpitantes. Avanzamos un buen trecho, dando bandazos ligeros, agitando al pasar el agua de los charcos superficiales formados por la lluvia en los desniveles de la calle tortuosa, en la que no hay lugar más que para un solo vehículo, y dividida en dos a todo lo largo por una franja de yuyos grises que crecen entre las huellas y que, cuando son demasiado altos, chasquean, doblegándose, contra el paragolpes delantero. Al fondo de la calle, primero un espacio pantanoso y después un riacho, nos interceptan. Vilma frena y apaga el motor. Bajamos.
El cielo parece incluso más bajo y el aire está cada vez más oscuro.
No hay ningún otro ruido como no sea el chasquido de nuestros pasos entre los yuyos mojados y el sonido de nuestras voces, pero al cabo de un momento dejamos de hablar y nos detenemos, de modo que el silencioes total, y que me cuelguen si de golpe el mundo no se vuelve bruscamente real, compacto, denso, gracias tal vez a la escasez de elementos que lo componen, el espacio desnudo y pantanoso, cubierto de vegetación grisácea, el riacho de no más de veinte metros de ancho más luminoso que el cielo y que el aire, el cuerpo de Vilma, que se ha alejado inmovilizándose a cierta distancia y que refulge un poco envuelto en el impermeable blanco -comprado en Londres o en París sin la menor duda-, más irrefutable y nítido que la totalidad improbable de lo exterior, de la que pareciera ser, en este momento, la síntesis o el emblema. "Yo mismo" cobro a mi vez realidad, como si un cable desconectado, en alguna región ignorada o inaccesible entre los muchos paisajes sombríos de mi interior, hubiese vuelto, por puro azar, a hacer contacto. El auto color cereza abandonado en el extremo del camino arenoso, anacronismo lustroso y un poco chillón, parece incorporarse, por su forma o sus dimensiones, o a causa de su color quizás -mancha geométrica de un rojo vivo- a la monotonía verde y gris del paisaje, adquiriendo una vivacidad misteriosa, una vida nueva sin nada que ver con su utilidad, con su costo, ni siquiera con la acción de causa a efecto, de la que soy perfectamente consciente, y que ha venido a depositarlo en este punto y en ningún otro del universo ilimitado. Con pasos lentos, Vilma y yo caminamos todavía un poco, alejándonos uno del otro, y los dos del coche abandonado, reconcentrándonos en nuestro silencio, como si estuviéramos buscando el lugar óptimo para observamos mutuamente incluidos de un modo exacto en lo exterior donde vamos cobrando, segundo tras segundo, cada vez más densidad y nitidez. Ahora trato de imaginarme a mí mismo visto desde afuera, esforzándome, no sin nostalgia, sentimiento que desde meses no me visitaba, preguntándome cómo mi aspecto externo podría reflejar esta sensación inesperada de armonía que, igual que todo lo que aparece en este mundo, por puro capricho, me visita. Durante un minuto por lo menos, algo dentro de mí se vuelve fluido, fácil, fértil, y, cuando trato de aprehender con la mirada, en el lugar más pobre del universo, mi pertenencia a este presente que me acoge, benévolo, me saltan, inesperadas, pero de ningún modo bruscas, las lágrimas.
Un rumor creciente me saca de mi ensimismamiento, y aunque ha estado repiqueteando en mi cabeza, en mi cara, en mis hombros desde hace varios segundos, tardo en darme cuenta de que es la lluvia la que lo produce. A cincuenta metros de distancia, Vilma alza los brazos, sacudiéndolos con energía y jovialidad, y se queda inmóvil otra vez, mirando la superficie del río que, de lisa y luminosa que estaba hasta hace unos momentos, se vuelve rugosa y turbia a causa de las gotas que se estrellan contra ella. Ahora la lluvia es tan densa, que Vilma se echa a correr, no en mi dirección, sino directamente hacia el auto, y cuando nos reunimos junto a él, puedo oír resonar el agua gruesa contra la chapa color cereza de la carrocería.
Antes de poner en marcha el motor, Vilma saca un pañuelo y se seca la cara, las manos, los cabellos rubios que, colgando contra las sienes, están ahora más oscuros y retorcidos. Yo me paso la manga del impermeable por la cara.
Reculando con lentitud hasta que encuentra un espacio lo bastante amplio y firme que le permita dar la vuelta, Vilma jadea un poco a causa de la carrera, pero enciende un cigarrillo, le da dos o tres chupadas, y lo deposita en el cenicero abierto. Cuando estamos cruzando el puente sobre la laguna el cielo y el aire, transformados en una única penumbra líquida, borronean la ciudad extendida al pie del agua, y como las luces del alumbrado público no se han encendido todavía, tenemos la impresión de estar atravesándola en plena noche, con la luz de los faros que van creando, al desplazarse, brillos y sombras fugaces y espectrales, no únicamente en las fachadas y en la fronda de los árboles, sino también en las masas oblicuas de lluvia que chocan y rebotan contra el asfalto. Vilma deja el coche en el estacionamiento del hotel y atravesamos corriendo la entrada embanderada, mientras el "portero negro" mantiene, con deferencia convencional, abierta la puerta de vidrio que da al hall iluminado. Cuando le extiende a Vilma la llave, el conserje me lanza una mirada fugaz, en la que chispean astillas de complicidad, pero que rebota contra mis ojos impasibles y serios: porque un ganapán almidonado, que echaría a golpes más que seguro a un pobre tipo nada más que porque su ropa está por debajo de lo que las normas de la gerencia han decretado como admisible, no voy a darle la ilusión de que formamos parte de la misma conspiración sólo porque tengo un impermeable nuevo y me he bañado y afeitado esta mañana. En el ascensor, Vilma me pasa el dorso de las manos por las mejillas y me dice otra vez Mire que frías, con la misma jovialidad neutra con que podría mostrarme un paisaje a través de la ventanilla de un tren.
Vilma me invita a sentarme en un sillón, y a esperarla un ratomientras se toma un baño caliente. Yo obedezco, pero apenas se encierra en el cuarto de baño, me levanto y empiezo a pasearme por la pieza iluminada, amplia y bastante lujosa, en la que sus pertenencias, dispersas con cierto desorden, revelan sus entradas y salidas rápidas, entre dos conferencias del seminario o entre dos aperitivos. Una botella de gin, llena hasta mitad y dos vasos limpios reposan en una bandeja sobre el escritorio de patas torneadas adosado a la pared bajo la ventana, oculta detrás de una cortina crema, un poco más oscura que el tono marfilino de las paredes. Como la cama de matrimonio no está deshecha y los ceniceros de vidrio brillan limpios en los lugares convencionales que suelen ocupar en las habitaciones de hotel, deduzco que la mucama ha debido pasar mientras nosotros paseábamos en auto. En una de las mesas de luz hay una carpeta amarilla de Bizancio Libros y, del mismo lado, sobre la alfombra, un montoncito idéntico cerca de la cama, y en la otra mesa de luz, al lado del teléfono, un prospecto ilustrado del hotel que, sin saber al principio por qué, despierta mi interés, incitándome a agarrarlo y a sentarme otra vez en el sillón, estudiándolo.