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– ¿Qué toman ustedes? -le digo.
– Un batido -dice Alfonso. -Cinzano con Pineral. ¿No quiere un jerecito? ¿Un whisky? ¿Por qué no toma una Hesperidina? Es buena la Hesperidina con soda. Abre el apetito. Si no el barman le hace unos cócteles de primera.
– No. Un vaso de agua -dijo, retomando mi expectativa al comprobar que la sonrisa de Vilma Lupo se acentúa y sus ojos se entrecierran más todavía y la cabeza, que ha estado haciendo movimientos negativos, cambia brusca de ritmo -un poco más rápido- optando por la afirmación.
– Un vaso de agua para el señor -dice Alfonso, sin ocultar su decepción, al mozo que ha llegado hasta la mesa obedeciendo a sus señas insistentes. El mozo retira de la bandeja el vaso de agua que acompañaba un café, y lo deja sobre la mesa sin decir palabra. Como si hubiese estado esperando un momento de distracción general para hacerlo, Vilma empieza a hablar, pero aunque de un modo inequívoco soy yo el destinatario de sus palabras, es a Alfonso a quien las dirige.
– La operación comercial de Walter Bueno exigía una reparación -dice. -¡Lo del gato es genial! Yo también pienso que el gato es un animal cursi.
– El pobre gato no tiene nada que ver -trato de aclararle, sin resultado, porque ni sé si me escucha, ya que ha vuelto ligeramente el cuerpo hacia Alfonso, constituyendo de nuevo con él el dispositivo que me excluye. -Son los escritores que se hacen fotografiar con un gato los que me irritan.
– Cómo va a ponerle a una novela La brisa en el trigo si en el pueblo donde dice que pasa nunca hubo trigo. Una de dos, si en la novela hay trigo, no es ese pueblo. Y si el pueblo es ése, no debería haber trigo -dice Alfonso, rumiando en voz alta pensamientos que cree guardar en su fuero interno.
– Es cierto -dice Vilma, sin dejar de dirigirse a Alfonso.
– No tienen por qué desacreditar a los gatos obligándolos a inmortalizarse con ellos.
– Yo conozco bien el pueblo -sigue pensando Alfonso en voz alta.-
En esa zona se siembra maíz y girasol, no trigo. Mucho lino en otra época, pero trigo nunca. Cómo va a ponerle La brisa en el trigo.
Como si la evocación de Walter Bueno y su best-seller los hubiese excitado un poco, y como si los comentarios que acaban de hacer les hubiesen costado un esfuerzo desproporcionado, dejándolos exhaustos y sedientos, los dos recogen la copa con el batido y toman un trago, cuya absorción dura casi lo mismo para los dos, así que vuelven a dejar al mismo tiempo, sin de ningún modo habérselo propuesto, la copa sobre la servilletita de papel doblada cuidadosamente ante cada uno y un poco húmeda, que protege la mesa. Alfonso fija su mirada en la calle en la que parpadean los letreros luminosos, más allá de la ventana y pasándose la lengua por los labios y por el borde del bigote entrecano para lamer el último barniz de aperitivo:
– Cómo va a ponerle La brisa en el trigo -dice.
Resulta evidente que Walter Bueno, el cual, dicho sea de paso, está muerto y enterrado desde hace un año y medio -un camión de hacienda lo aplastó en su coche sport en la ruta a Mar del Plata- tiene el poder de irritar, incluso desde más allá de la muerte, a Vilma y Alfonso. Waltercito, que era de aquí de la ciudad empezó desde muy joven a alborotar los medios literarios locales con provocaciones vanguardistas, pero terminó en Buenos Aires animando un programa de televisión, hasta que publicó su famosa novela, La brisa en el trigo, una inepcia que, gracias a la propaganda televisiva, se transformó en el best-seller de la década -y gracias también, hay que aclararlo, al argumento de la novela, que cuenta las aventuras amorosas de un joven maestro de escuela, en un pueblo de la llanura, con una mujer casada. El libro es tan insignificante que no hubiese valido la pena ocuparse de él, si Waltercito no se hubiese convertido en el escritor oficial y, en su trabajo de periodista, en propagandista de la dictadura.
Así que una mañana en que me levanté de mal humor -ya había empezado a declinar en aquella época- me dije que una manera, por modesta que fuese, de diferenciarme de los reptiles, era escribir un brulote contra Walter Bueno. A mí no se hubiese atrevido a denunciarme; yo había conocido a su padre, Carlos Bueno, un pintor de brocha gorda, autor de cromos regionalistas y de esculturas de plaza que, refiriéndose a su hijo, sabía decir: Waltercito va a llegar lejos y yo espero no estar aquí para presenciarlo.
Iba a tener que tragárselo, a mi brulote, que después de todo para él podría no ser tan grave, ya que iba a aparecer en un diario de provincia, en tanto que La brisa en el trigo era un acontecimiento nacional e incluso internacional. Así que me senté a la máquina y desmenucé el producto hasta dejar dos o tres huesitos pelados.
Asumí un tono de urbanidad paternalista, como dirigiéndome a un interlocutor de una especie superior, inexistente desde luego, para que Waltercito se sintiese todo el tiempo un cero a la izquierda, un impostor inconfesable, tan aplastado por los que sabíamos en qué consiste en realidad una novela, que ni siquiera le quedase el recurso de protestar para no multiplicar el oprobio. Según mi artículo, en un campo quedaba la gente inteligente, culta y honrada, y en el otro Walter Bueno con sus militares sanguinarios, sus animadores de televisión, sus obispos, y sus lectores ignorantes y sin memoria, con alusiones veladas como para que unos pocos, únicamente, lo entendiéramos. De todos modos, el artículo no llegaría a manos de su clientela -esos burgueses y pequeños burgueses que se creen más cultos que sus sirvientas porque le ponen tres meses para leer, mientras se tuestan en el borde de una pileta de natación, las inepcias que ganaron el premio Pulitzer o el Goncourt o figuraron en las listas de best-sellers del New York Times, de Clarín o del Express- y a Waltercito, entre dos programas de televisión, o entre dos firmas de ejemplares en Harrod’s, le quedaba el recurso de simular no estar al tanto del artículo e incluso de ignorar la existencia misma del diario en el que, sin embargo, había publicado sus primeras imitaciones de García Lorca o de Ornar Khayam. El brulote era un mensaje velado que le mandábamos los que, por conocerlo bien, sabíamos al dedillo las traiciones que debió cometer, las antesalas que debió hacer y las cortinas de humo que debió largar para poder figurar, durante varios meses, a la cabeza de los libros más vendidos en las listas de los semanarios publicados por especuladores financieros y militares y en las revistas femeninas de gran tirada. Que di justo en el clavo lo prueba el hecho de que una tarde, en un programa para amas de casa al que había sido invitado junto con un jugador de golf y la autora de un libro de cocina, Walter no pudo dejar de hacer una referencia a los intelectualoides provincianos que, por impotencia y envidia, pretenden criticar las obras plebiscitadas por el gran público. Fue mi único momento de placer durante un día entero de somnolencia: oír a Walter Bueno exaltar al gran público por televisión, al hombre común contra los intelectualoides de provincia, sin sospechar ni un segundo que yo podía estar escuchándolo -la televisión es la sombra en la que se amparan los mediocres para proferir sus idioteces al abrigo de oídos inteligentes- y dándome cuenta de que con mi brulote de tres semanas antes en La Región había puesto el dedo en la llaga. No tengo, a decir verdad, nada contra el hombre común, salvo que si uno escarba un poco en él siempre acaba descubriendo el estercolero, un nono de lo más simpático que cruzamos de tanto en tanto en la feria y que nos cuenta su vida de ferroviario, un buen día resulta que le descubrimos un proceso por estupro; la vecina que nos saca de apuro cuando nos quedarnos sin ajo o sin harina a la hora de la cena, es tal vez la misma que nos insulta anónimamente por teléfono a la madrugada, y el comerciante que nos hace una rebaja especial porque nuestros hijos van a la misma escuela que los suyos, soplón de la policía. Es justamente lo que el hombre común tiene de común aquello de lo que hay que desconfiar. Walter Bueno pretendía escribir para el hombre común, pero sus lugares comunes se dirigían a lo más común que tiene el hombre común, en tanto que lo que él llamaba por televisión los intelectualoides de provincia -basta tener dos dedos de frente y un poco de cultura para ser llamado de ese modo por los tipos de la calaña de Walter Bueno- escriben justamente para lo que el hombre común tiene de secreto. Lo que el hombre común guarda del modo más oscuro y cuidadoso, al abrigo de toda indiscreción, alimentándolo con insistencia periódica y del modo más compulsivo, sin escrúpulo ni compasión, ni consigo mismo ni con el prójimo, hay que sacarlo a la luz del día y ponerlo sobre el tapete para que, de manejo sombrío se vuelva, bien a la vista, evidencia cegadora. Así que me di cuenta en seguida de que Waltercito había leído mi artículo; lo había leído y releído y lo que había sentido de sí mismo gracias a mi brulote no era nada que un hombre común pueda transmitir a otros hombres comunes durante un programa de televisión. Y un mes más tarde, el camión de hacienda le pasó por encima cuando iba a ciento sesenta en su coche sport por la ruta a Mar del Plata.
Más que seguro: la incapacidad para toda práctica artística pertinente era hereditaria en Walter. Una vez lo oí a Bueno padre quejarse a Washington: No hay nada que hacer. Trato de que me gusten y no me gustan. No es por mala voluntad, se lo aseguro. Pero no me gustan. Me gustaría que me gustaran, le doy mi palabra. Pero no hay forma. Picasso, Kandinsky, Klee, no me gustan. Y sacudía con dulzura la cabeza. Washington lo escuchaba con deferencia. No es obligatorio, le decía, por salir del paso. Sería insincero de mi parte decir que me producen algún efecto. Y mire que he tratado. Pero no hay nada que hacer, no me gustan, repetía Bueno padre, creyéndose en la obligación de disculparse. Y Washington, tratando de salir del paso de alguna manera: Sería inauténtico de su parte pretender lo contrarío. Bueno padre se explicaba: no quiero pecar de snob. Y, a decir verdad, no pecaba: le gustaban Murillo y la Victoria de Samotracia, el Pensador de Rodin y la escultura funeraria romana, pero, por encima de todo, los cromos históricos monumentales. Representar la realidad tal cual es resulta tan difícil, ¿qué necesidad hay de deformarla? Mire ese árbol, Washington, mire ese árbol. Washington, que estaba posando para un retrato -en el que salió, después de cuarenta y cinco sesiones de pose, hay que reconocerlo, bastante parecido- movía un poco rígido la cabeza hacia la ventana, para no modificar su posición, y miraba el jardín en medio del cual se levantaba el galpón donde Bueno padre había instalado su taller. Una forma compleja, efectivamente, concedía, moviendo apenas los labios para conservar la expresión que Bueno padre deseaba representar. Y después de esos sobresaltos teóricos, Bueno padre volvía a concentrarse en su trabajo. Pocas plazas en la ciudad prescindían de sus bronces; y en el cementerio municipal, sus mármoles abundaban -los monumentos funerarios de los mismos industriales, ganaderos y cirujanos del corazón que, veinte años antes, se habían hecho representar al óleo, en pleno florecimiento, por el mismo artista. De algo hay que vivir, se justificaba. Porque su verdadera inclinación, eran los paisajes y los personajes típicos de la región, los pobres -pescadores, peones, sirvientas, mestizos, criaturas rotosas y desdentadas- influido a distancia por su maestro Murillo. Los pintores de la ciudad contaban de él que una vez pintó su propio jardín, en el que había canteros, bancos y un sauce y que después de haber estudiado el cuadro durante algunas semanas, porque había algo que no terminaba de convencerlo, decidió cambiar el color de uno de los bancos -de verde, como estaba pintado en el jardín y como él lo había reproducido en el cuadro, lo transformó en ocre, pero como había algo que no lo convencía del todo todavía cuando comparaba el cuadro con el jardín, un domingo a la mañana salió con un tarro de pintura al jardín y pintó el banco de ocre. Según los pintores -fuente, a decir verdad, de lo más sospechosa- si los bancos pintados de ocre no le disgustaban, el cuadro no le parecía terminado todavía, y después de estudiarlo con minucia, de sopesar día y noche cada uno de sus detalles, llegó a la conclusión de que el sauce, que aparecía en el centro del cuadro, ocupaba demasiado lugar, aplastando el resto y creando una simetría artificial entre las dos mitades de la tela; de modo que después de muchas cavilaciones decidió que había que borrar el árbol y dejar en su lugar cielo abierto y un horizonte de vegetación en el fondo; se puso manos a la obra y por fin, según los pintores, se sintió realmente satisfecho, así que al día siguiente se despertó con la convicción íntima de que el cuadro estaba terminado, y sin la menor vacilación salió al jardín y arrancó el árbol.
A pesar de esos rumores, los pintores no lo desquerían. Cubistas, abstractos, neoexpresionistas, neofigurativos, cinéticos o lo que fuese, Bueno padre les prestaba plata, los invitaba a comer, les conseguía becas o galerías, los presentaba a posibles compradores, tal vez pensando en secreto que, puesto que sus colegas se equivocaban tanto, él, que había encontrado la vía justa debía, por equidad, procurarles alguna compensación. Walter carecía de esa delicadeza; desde adolescente lo fuimos viendo venir, y sin haber hecho nada todavía que lo justificase, prodigaba el mismo desprecio instintivo a su padre y a los que a sus espaldas difundían anécdotas tal vez falsas sobre su padre. A decir verdad, los despreciaba menos por pensar, después de haberlas examinado con minucia, que sus obras carecían de valor, que porque vivían en la provincia, por haberse abstenido de realizar lo que él consideraba el acto de arrojo por excelencia, mudarse a la capital. Es decimonónico en eso, sabía comentar Washington, sacudiendo irónico la cabeza, cuando le llegaban rumores de esas convicciones. Aunque ya héroes, reyes, emperadores, como ha quedado demostrado en tantos siglos de vacuidad, hayan visto reducidas a polvo y a huesos blancos sus pretensiones, Waltercito se empecinaba en correr, quien sabe a causa de qué ilusión óptica, hacia la apariencia. Para él, todo lo que brillaba era oro; por no ser todavía jefe de redacción de algún semanario, poeta reconocido, artista de cine, vocero presidencial, ministro, estrella de la televisión o lo que fuese, siempre y cuando se hablara de él, languidecía en las calles rectas de este damero que es la ciudad, amontonada en la orilla del río. Después de sus primeras españoladas en octosílabos, cruzó el Rubicón y adoptó el verso libre; al tiempo nomás, percibiendo el escepticismo socarrón que despertaban sus poemas publicados en el suplemento literario de La Región, igual que el oráculo de Delfos en tiempos de Pirro, quedó reducido a la prosa. A Bueno padre todos esos acomodamientos técnicos no lo impresionaban. Lo que él quería era que Walter terminara sus estudios de maestro y se pusiera a trabajar, considerando que con un artista en la familia bastaba, pero cuando Walter obtuvo su diploma y un nombramiento en la escuela de un pueblo cerca de Rosario, sus relaciones no mejoraron mucho: el hijo despreciaba en el padre el conformismo y el padre en el hijo la ambición. Así que cuando Walter se instaló en el pueblo, ya casi no lo vimos por la ciudad pero un día, como al año de haberse ido, caí por casualidad sobre un cuento suyo que había aparecido en el suplemento de La Nación, de modo que no me sorprendí cuando Bueno padre me contó, con una sonrisita escéptica, una vez que me lo encontré en la calle, que Walter había renunciado bruscamente a su puesto de maestro y se había ido a vivir a Buenos Aires. Es posible perdonarle a Bueno padre esa sonrisita relativa a su hijo si se tiene en cuenta que, entre la gente de la ciudad, igual que otros el odio o la compasión, Walter Bueno generaba el escepticismo. Cada una de sus tentativas e incluso de sus triunfos -que iban haciéndolo cada vez más rico y famoso- era recibido, por los que lo conocíamos desde chico, con una sonrisita incrédula que había que reprimir antes de pedir informaciones más amplias. Ese escepticismo general en medio del cual caían las noticias referentes a su persona, Walter no dejaba de percibirlo, aun antes de haberse ido de la ciudad, y es probable que haya sido la causa del aspecto sombrío, retraído e incluso un poco solemne de su carácter. No únicamente se estimaba mucho a sí mismo, sino que se estimaba con gravedad. Las mujeres lo encontraban buen mozo porque era alto, de pelo oscuro, atlético, y desde el fin de la adolescencia exhibía un bigote tupido, bien argentino, pero a mi modo de ver, y no lo digo por envidia, su virilidad excesiva era sospechosa. Que me cuelguen si virilidad o femineidad llegan a importarme tres pepinos: es cuando quieren hacerme pasar gato por liebre que me empiezo a irritar -aunque, es justo reconocerlo, desde ese punto de vista cada cual es como es, ya que lo que está en todos cristaliza en cada uno, por razones misteriosas, en figuras, en cantidades, en proporciones diferentes. Lo cierto es que el ascenso de Walter, después de un eclipse de un par de años del que quedan, en tanto que rastro visible, algunos cuentos deslavados en el suplemento de La Nación, fue volviéndose inexorable y patente gracias al periodismo, a los viajes al extranjero y, por último, a la televisión. A su programa Entre nosotros, los avisos que lo publicitaban en los diarios lo presentaban de la siguiente manera: Charlas de nivel para todos. Cada semana, cuatro o cinco imbéciles, verdaderos canallas la mayoría, y todos oportunistas sin la menor duda, se sentaban en sillones de cuero a perorar de lo que ellos llamaban la actualidad cultural, cuidándose muy bien de no nombrar a nadie pasible de figurar en las listas negras de los servicios de inteligencia ni de tratar ningún tema decretado tabú por algún militar sanguinario -la actualidad cultural, metiendo en la misma bolsa el cine, la gastronomía, el jet set, la literatura, y eso a la misma hora en que iban a sacar a la gente de sus casas o de los campos de concentración clandestinos para cargarla en los helicópteros de la marina y tirarla viva en plena noche en el océano. Para ocuparse del boletín meteorológico en un canal de televisión ya es condición necesaria haber vendido toda clase de escrúpulos al mejor postor, así que es fácil imaginar el tipo de maquinaciones de las que tuvo que valerse Waltercito para ser el animador, en el canal oficial, de la cortina de humo cultural del régimen terrorista, y prueba de que no exagero es que una noche entré a un café y vi en el televisor que en el programa Entre nosotros, que estaban pasando en ese momento, el invitado especial era el general Negri -el carnicero del Paraná como le dicen-, jefe del distrito militar regional, que platicaba con Waltercito en téte-á-téte sobre problemas culturales. Hay un nombre clínico en psiquiatría para la impresión de sinceridad que emanaba de la charla entre Walter Bueno y el general -se llama la entonación verídica del paranoico.
El general estaba vestido de sport, con muy buen gusto -apenas si tiene cincuenta años y aparenta cuarenta, y según dicen tres o cuatro estrellitas de cine que representan la producción nacional en los festivales internacionales se vuelven locas por salir con él- y la conversación se desarrollaba en forma intimista, entrecortada de silencios pensativos, abordando toda clase de temas, la tradición nacional y occidental por ejemplo, o la ecología, o el desarrollo tecnológico, o el psicoanálisis, o Salvador Dalí, o don Quijote de la Mancha -el libro preferido del general-, o el porvenir de la humanidad, intercambiando miradas francas, irónicas y civilizadas, y sorbiendo de tanto en tanto un trago de jugo de naranja mientras proferían con toda calma y urbanidad las frases ya enlatadas sin duda desde la semana anterior y escritas por los consejeros audiovisuales del general que le están preparando su carrera política. Hay dos clases de homicidas desequilibrados entre los que gobiernan actualmente: los que tienen una erección cuando mandan a cometer a terceros los crímenes que planifican, y los que sólo pueden tenerla si sacrifican a sus semejantes con sus propias manos. Va de cajón que el general Negri pertenece a la segunda categoría, la del homicida que extrae un placer suplementario de la superioridad numérica, de la supremacía técnica, de la impunidad, de la clandestinidad total en la que somete a sus víctimas al tormento, e incluso de los rastros bien individualizados que deja en ellas, de modo tal que a sus pares y a la opinión pública no les quede ninguna duda sobre la paternidad de la operación. La decapitación, por ejemplo, es una de sus señales, así como la emasculación, el collar de quemaduras de cigarrillo en las mujeres, o la ablación de los pechos, lo cual mostraría que el goce no está del todo ausente de la cosa. No me ocuparía de estos detalles poco interesantes -ya lo eran en Los 120 días de Sodoma- si no sirviesen para despabilamos acerca del tipo de gente que acostumbraba frecuentar Walter Bueno durante sus charlas de nivel para todos y ponernos al tanto acerca de lo que es necesario hacer para no vegetar hasta la muerte en la legión sombría y casi infinita de los perdedores -y esto vale tanto para Waltercito como para el general.
Ese diálogo íntimo entre dos comprovincianos civilizados que los clientes del bar parecían escuchar con profundo interés, fotografiado en primeros planos cálidos y confidenciales, era perturbado de tanto en tanto por una interferencia ínfima, que parecía pasar desapercibida para todo el mundo y contra la que los consejeros audiovisuales debían carecer de los medios eficaces para luchar, y era un tic del general que desmentía, obstinado, la puesta en escena tan cuidadosa: sin poder contenerse, el general tenía la costumbre de tocarse, con la punta de la lengua, la pared interior de la mejilla derecha, manteniendo la boca cerrada y abriendo al mismo tiempo los ojos de un modo desmesurado durante un par de segundos, resquebrajando la pátina de jovialidad modernista y bonachona con una mueca que dejaba entrever la negrura turbulenta en la que nacía. Era, supongo, al salir de esas conversaciones que Waltercito se iba a su quinta de Martínez a pulir la prosa de La brisa en el trigo, el best-seller de la década. Había llegado lejos sin duda, mucho más lejos de lo que hubiese podido imaginar Bueno padre, que por suerte para esa época ya había esculpido su propio mármol funerario y había ido a enterrarse debajo en el cementerio privado, llamado Oasis de paz, para el que había estado trabajando en los últimos años.
– Cómo le va a poner ese nombre si en el pueblo en el que se supone que pasa nunca ha habido trigo -insiste Alfonso, dejando de murmurar consigo mismo y espetándome como si yo fuese responsable. A decir verdad, hay algo que me incomoda en su insistencia, la cual parece revelar que toma a Walter y a su novela más en serio de lo que se merecen. Si escribí al brulote, no es porque Walter sea digno de que alguien se ocupe de él como escritor, sino porque a través de su persona, en tanto que figura de oportunista, era contra el régimen que me despachaba. Pero Vilma y Alfonso, denostándolo con tanta obstinación, dan la impresión de sentirse inferiores a él, de creer más en su talento de lo que se atreven a admitir. Escribir un brulote contra Walter Bueno no tuvo para mí más significación estética y moral que el pisotón mecánico con el que, pensando en otra cosa, se aplasta a una cucaracha que atraviesa el mosaico de la cocina.
– Ni vale la pena ocuparse de eso -y por esquivar la mirada insistente de Alfonso, me tomo de un solo trago el vaso de agua y me paro de golpe. -No quiero retrasarme más de lo que estoy.
– No lo demoramos -dice Vilma absteniéndose, como de costumbre, de mirarme, pero ampliando un poco su sonrisa introvertida.
– Vilma -dice Alfonso- déle al amigo Tomatis una carpeta completa de Bizancio.
Apretando el cigarrillo con los labios para mantener las manos libres, lo que la hace muequear un poco y entrecerrar más todavía los ojos para evitar los efectos del humo, Vilma abre un portafolio y después de hurgar en su interior me extiende una carpeta amarilla de cartulina satinada sobre la que aparece, junto al borde inferior derecho, bajo una viñeta que reproduce un mosaico bizantino, la inscripción
BIZANCIO LIBROS
– Gracias -dijo, absteniéndome de abrir la carpeta para exhibir el carácter convencional de mi agradecimiento. Pero Vilma ni siquiera me escucha, ocupada como está en cerrar el portafolio, y Alfonso menos todavía, ya que su preocupación principal es hacerme una descripción detallada, destacando sus méritos principales y justificando las razones de sus carencias provisorias, del contenido de la carpeta, y que me cuelguen con un gancho del prepucio y me hagan girar si el tan contenido llega a interesarme lo que se dice un rábano.
– Con esto va tener una visión panorámica de nuestras colecciones. Las fotocopias actualizan cada tanto los precios y las condiciones de venta. Pero a usted le va a interesar más el contenido, estoy seguro -agrega Alfonso parándose despacio y aceptando dar por terminada la entrevista con ese elogio supremo para causar en mí la impresión más favorable, lo cual constituye un esfuerzo inútil, ya que su lustrada de zapatos no únicamente no causa en mí ninguna impresión favorable sino que, lo que es peor todavía, ninguna impresión. A decir verdad, en el momento en que he recibido la carpeta amarilla, por una impresión súbita y paradójica, Alfonso y Vilma, el bar entero con sus sillas, sus mesas, su mostrador, el ir y venir de los mozos, el rumor de las voces mezclado al ruido de pasos y al entrechocarse de copas, bandejas, platos y pocillos, los globos blancos que cuelgan del techo iluminando el local, lo presente a mis sentidos -lo que llamo presente a lo que llamo mis sentidos-, se ha vuelto más presente que de costumbre, a causa de quién sabe qué interrupción que se ha producido en mi interior, más presente de lo que la noción misma de presente, que sin duda nunca se ha referido a la impresión que estoy teniendo, es capaz de expresar; y tan presente que, de extraña que era al principio, la impresión se vuelve ligeramente aterradora, y lo inmediato remoto, insondable, igual que si lo que estoy percibiendo fuesen no las sensaciones que me mandan los sentidos sino sus residuos fosilizados. Un grumo en el fluir imperceptible y transparente que muestra, igual que una burbuja solidificada en el vidrio de una ventana, una imagen reducida y deformada de lo mismo que la ventana entera deja ver, en tamaño natural, de un modo directo y común. Lo que percibo puede estar sucediendo ahora o en cualquier lugar del "tiempo" y del "espacio"; no tengo ninguna prueba de que es "ahora", ninguna referencia ni ninguna noción que identifique lo que está pasando, de modo que la voz de Alfonso es ruido y las presencias que se mueven, incomprensibles, en el bar, rugosidades brutas, masas sin origen, que por alguna razón desconocida se mueven, palpitan, permanecen, cruce casual de transparencia, de magma material, de radiaciones. Más allá del borde hasta el que llegan las palabras, todo esto no parece tener ninguna explicación a menos que, por una de esas casualidades haya acabado de trasponer, desde hace un par de segundos, y por unos segundos solamente, algún umbral que me ha hecho acceder al exterior de mí mismo, a la zona impensable en la que transcurren, arcaicos y remotos en el instante mismo en que suceden, independientes de toda conciencia, los acontecimientos. Que me cuelguen entonces si las zalamerías de Alfonso pueden llegar a causarme algún efecto. Pero estos ruidos y manchas sin origen ni sentido, especie de duración disecada y sin vida, es lo bastante singular como para hacerme desear el retorno a la conversación banal de Vilma y Alfonso, que no parecen darse cuenta de nada de lo que me está pasando, o sea que desde hace unos segundos hay un abismo entre eso en lo que ellos están y mis percepciones; y la carpeta amarilla, que he aferrado con el índice y el pulgar, y el resto de los dedos desplegados debajo para servirle de apoyo, tiene ahora la existencia híbrida del objeto que, por provenir de esa exterioridad remota y fósil, sigue semihundido en ella al mismo tiempo que va incorporándose a mí, por otra cualidad distinta de su color, a través de la yema de los dedos. Me la pongo bajo el brazo, sacudo la cabeza dos o tres veces para hacer ver que saludo antes de irme, y salgo del bar.
La calle está casi desierta, a causa del frío, o de la hora, o de los tiempos que corren probablemente. Los habitantes de la ciudad, conscientes de la amenaza que representan aquellos por los que pretenden sentirse protegidos, me dejan la noche libre para atravesarla a mis anchas. El aire frío en mi cara -las manos están ahora al abrigo en los bolsillos del sobretodo, el brazo izquierdo apretado contra el costado izquierdo para sostener la carpeta amarilla- pone todo de golpe otra vez en el campo ordinario de mis percepciones, de modo que estoy de nuevo en el mundo conocido hecho de memoria, de olvido, de vaguedad, de somnolencia. En lugar de cielo hay letreros luminosos, artefactos ya viejos que pasan de moda en el momento mismo de su instalación, parpadeando signos convencionales de colores, escritura de neón irrisoria y repetitiva que trata de entrecortar la negrura siniestra de la ciudad tirada en el espacio indiferente, flotando entre las calles rectas y sin gracia y el cielo nublado en el que no son visibles, desde hace días, ni sol, ni luna, ni ninguna estrella. En la vereda de enfrente, el cortocircuito en el letrero luminoso produce un chirrido entrecortado y una titilación lila que empalidece, intermitente, el aire a su alrededor. Antes de empezar a caminar, alzo las solapas del sobretodo para que me cubran las orejas, la parte inferior de las mejillas, el cuello y, arqueando un poco la carpeta amarilla para darle la forma de un semicilindro, la deslizo en el bolsillo exterior del sobretodo. En el trapecio de luz que arroja la ventana del bar a la vereda, el vapor de mi aliento sale en un chorro blanquecino y se disipa. Vilma y Alfonso me observan a través del vidrio, sonriendo con curiosidad cohibida, de modo que me despido de ellos otra vez, insinuando un nuevo sacudimiento de cabeza, más distante que el primero, en el que el hundimiento en lo impensable me hizo poner, para salir de la impresión de abismo, un poco más de energía: porque un par de perfectos desconocidos me aborde en la calle para arrastrarme después a un bar con el fin de sobarme con sus elogios injustificados, no voy a andar deshaciéndome en reverencias. Las gotitas que empezaron a caer no han sido más que un amago inobsecuente de lluvia; el aire está seco, helado, y se adhiere al borde superior de las orejas, a la frente, a la punta de la nariz y, por entre el pelo un poco revuelto, al cuero cabelludo, las únicas partes expuestas al frío que deja mi puesto de observación móvil, protegido por las capas sucesivas de lana que lo cubren, las medias, el pantalón, la camisa, el pullóver, el sobretodo con las solapas levantadas hasta la mitad de las mejillas y cruzadas a la altura de la nariz -el punto de observación móvil en el que algo incierto que en otras épocas se me daba por llamar "yo", igual que los letreros luminosos, y no menos intermitente y repetitivo, signo indigente del mecanismo que lo instaló flotando irrisorio en la negrura, colorido, parpadea. Me desplazo, ni lento ni rápido, por la calle desierta en la que sin duda mañana a la mañana, con la primera luz gris, los otros puestos móviles de observación, apenas reales para sí mismos y fantasmas para los otros -o al contrario tal vez, personajes inequívocos desde el exterior y negrura sin fondo adentro-, empezarán a emerger, atravesando el aire gélido, tratando de no resbalar en la escarcha azulada o dando saltitos en el mismo lugar para mantenerse en calor mientras esperan, en alguna esquina, el colectivo. Cuando llego a la esquina, me paro un momento: un hombre sale con paso rápido de un bar y, soplándose los nudillos, entra de un salto en el bar de enfrente -no es "yo", "él", sino algo semejante en el que quizás también se encienden, con intermitencia propia, letreros luminosos. Una vez dentro del bar, vacila un momento detrás de las puertas de vidrio – ¿qué mesa elegir? ¿ir derecho a la caja? ¿al mostrador? ¿hacia el teléfono?- en el bar iluminado y casi vacío, a menos que, del mismo modo que los pensamientos que le atribuyo son imaginarios, también lo sean el hombre, la calle, el bar iluminado y vacío, e incluso mis propios pensamientos: porque esta alternancia de transparencia y opacidad, de inmovilidad y movimiento, de frío y de calor, de sonido y silencio, de aspereza y lisura, que el punto móvil de observación dentro del que floto atraviesa, aspire, continua, a la veracidad, no voy a pisar el palito porque sí ni a tragarme la píldora como si nada. Más vale cruzo la calle y me apuro un poco; atravieso San Martín, camino una cuadra, y doblo por la paralela más oscura.
Aquí ya es plena noche, y no son ni las ocho todavía. Dos o tres cuadras más adelante, por encima de las luces débiles de las esquinas, hay un solo letrero luminoso, el del hotel Conquistador, con la enorme silueta de un conquistador tautológico en neón verde pálido, la visera del casco que sobresale de la línea superior del rectángulo de neón rojo que lo enmarca, y las manos aferrando la empuñadura ancha de neón cuya punta se apoya, entre las piernas abiertas en actitud dominadora, en la base del rectángulo. La silueta verde pálido flota en el aire negro, más como un fantasma entre las torres brumosas de Elsinor que como un artefacto publicitario en la ciudad vacía.
De tanto en tanto, un auto cruza alguna transversal, más improbable en la noche de invierno que las masas pétreas de Elsinor, que vi una vez desde un ferry, envueltas en la niebla, y más improbable incluso que el fantasma que las visita. Cruza demasiado lejos, demasiado rápido, demasiado silencioso la transversal, como para ser capaz de evocar alguna sensación directa, algo más consistente que un vago automatismo asociativo. Doblo otra vez por la primera transversal, en dirección al parque del Palomar, hacia las masas negras de los árboles, más negros que la negrura general contra la que se recortan – veníamos con Haydée a este parque cuando todavía estábamos casados cada uno por nuestro lado, y nos sentábamos siempre en ese banco más o menos a esta hora, hablando de "temas intelectuales" y analizando en detalle, con mucha fineza psicológica como se dice y terminología no coloquial, el carácter de nuestras parejas respectivas, percibiéndonos mutuamente como verdaderas "almas gemelas", pero cuando yo le pasaba el brazo por encima de los hombros y trataba de atraerla hacia mí para besarla, ella se ponía rígida y decía de un modo cortante Nunca mientras yo siga viviendo con Carlos y vos con Martita. Debí darme cuenta de que me traería problemas -incluso debo habérmelo dicho para mis adentros alguna vez- por el modo insistente con que se mordisqueaba, y sigue haciéndolo desde luego, el labio inferior cerca de la comisura derecha, a tal punto que en ese lugar lo tiene un poco más protuberante, detalle morfológico que en los primeros tiempos de nuestras relaciones, sabía excitarme, “Eso", sexualmente digo, de un modo especial. Moral más que curiosa en una psicoanalista, acostumbrada a los imperativos de "eso" en sus pacientes, sobre todo si tenemos en cuenta que, a causa de una supuesta depresión, y siempre según Haydée, Carlos tenia lo que él mismo llamaba la dispensa de la papesa Juana para los deberes conyugales. "Eso" tenía bastante autonomía como para obligarla a mordisquearse todo el tiempo el labio inferior, pero no para permitirle darse de tanto en tanto un gusto después de un año de abstinencia. "Eso encontró en Haydée un adversario de peso, y puedo atestiguarlo por haberlo experimentado en carne propia, ya que cuando se separó por fin de Carlos y traté de atraerla hacia mí para besarla un anochecer en que estábamos sentados en el banco de costumbre, se mantuvo tan rígida como siempre y dijo con determinación No mientras sigas viviendo con Martita. Que me la corten en rebanadas si Martita me importaba un rábano en esos días, y a no ser porque, justamente, ya no podía pasar más nada entre Martita y yo, no hubiese tenido ningún inconveniente en llevármelas a las dos juntas al dormitorio. Pero Haydée se ponía rígida, en ese mismo banco, más o menos a esta misma hora, cuando iba a buscarla a la salida de sus cursos de yoga, y esperando con paciencia algún silencio prolongado durante la conversación, le pasaba el brazo por los hombros y trataba de inclinarla hacia mí para besarla en la boca. "Eso" parecía estar dotado en ella de principios morales bien establecidos, organizados en un sistema armonioso del que la monogamia estricta era la columna vertebral; Haydée me daba un beso amistoso en la mejilla cuando nos separábamos y, a juzgar por su expresión plácida, "eso", en la sombra, parecía satisfecho de nuestros encuentros platónicos como se dice en el parque del Palomar.
Después que nos casamos, me fui dando cuenta de que "eso" en Haydée tenía la desdichada tendencia a coincidir con las opiniones de su madre, y digo "eso" y no Haydée, porque Haydée está convencida todavía hoy de que es ella quien educa a su madre, un ser, a decir verdad, ingobernable a quien, en los meses que precedieron la separación, estuve a punto veces de hacerle saltar a bofetadas los collares de perlas, los aros de oro y los anteojos diseñados por Pierre Cardin -el recuerdo de sus valijas Vuitton y de sus perfumes Chanel comprados en París en uno de sus numerosos Eurotours me sigue dando náuseas, y cuando pienso que mi hija de ocho años ha quedado en sus manos tengo, no únicamente escalofríos, sino también remordimientos. Las maquinaciones de ese escorpión calculador, sus conceptos demenciales sobre el universo y la sociedad, están enquistados en "eso" de Haydée, y el hecho de haber querido hacerse especialista en la materia fue tal vez en ella el último estremecimiento de rebelión. Basta ver a su madre cinco minutos en su farmacia para comprender de inmediato el modo en que se relaciona con el mundo -su manera de medicar, por ejemplo, a los que vienen a pedirle un consejo, los ademanes y expresiones con los que asume su papel de farmacéutica poseedora de una supuesta ciencia, son suficientes para despertar odio en cualquier persona sensible. Basta no usar pulloveres Benetton o camisas Yves Saint Laurent para merecer su desprecio; con no haber hecho nunca un Eurotour, ya se forma parte para ella del magma fangoso de lo inexistente. Apenas aparece y abre la boca uno entiende que el marido se haya muerto de un ataque a los treinta y cinco años dejándole la farmacia -una mina de oro como se dice-, aunque ella pretenda todavía que tuvo que luchar sola en la vida para educar a la nena; la nena, obviamente, es su hija psicoanalista, a la que todavía sigue llamando de ese modo. Esa mujer es mi tercera suegra; la primera era un ama de casa insignificante y la segunda, que no conocí, una persona bastante inteligente según parece, de modo que no generalizo para nada ni caigo en una vulgar historia de suegras como las que se cuentan por televisión; se trata de un caso auténtico de maldad constitutiva, y los rastros de esa naturaleza se reflejan en Haydée, sin que ella se dé cuenta desde luego, ya que como especialista de "eso", pretende estar al abrigo de lo que dictamina en sus pacientes; "eso" oscuro y sin forma, sin siquiera lugar preciso en el cuerpo, ni otro nombre que el que señala una presencia cierta pero sin definición, está en ella entrelazada con las consignas mortíferas de su madre, y tan poco a sabiendas que a veces suelo tener la impresión de estar en presencia de un zombie o de un robot. De lo más racional en apariencia, y con bastante sentido común la mayoría de las veces, bondadosa por añadidura, capaz de sacrificios sublimes, un rostro de ángel en un cuerpo de diosa como se dice, con quien todo va a las mil maravillas hasta que de pronto suena el llamado que la sumerge en una especie de sueño durante el cual todos sus actos son lo opuesto de lo que deberían ser.
A causa del relumbrón apagado de su cúpula de tejas, el palomar atrae mi mirada, de modo que giro hacia la izquierda y abandonando el camino principal de lajas que se abre entre los canteros, subo despacio los tres escalones que llevan a la pequeña construcción de alambre, cemento y tejas, rodeadas de matas de ligustro, en la que dormitan las palomas. El ruido de mis suelas, al deslizarse sobre el cemento blanqueado, despierta una inquietud confusa en los cuerpitos emplumados que adivino agitándose en la negrura: aleteos indecisos, sacudimientos, el vuelo tal vez de alguna paloma un poco más ansiosa o más despierta que las otras, y a medida que voy acercándome al alambre que aísla a las palomas del exterior, el murmullo crece, desplegándose un poco en variedad y aumentando en agitación, pero es unos segundos después que me paro, a dos metros del alambre, tratando de escrutar el interior que, todas a la vez, las palomas, en un sobresalto brusco, se echan a volar en círculo, llenando el aire negro con el rumor de sus alas y de sus palpitaciones veloces, en las que me parece adivinar la descarga mecánica de los borbotones de pánico que genera, en sus cerebros diminutos, la presencia inesperada y extranjera, "mi" presencia, que no es para mí mismo, en la oscuridad del parque, menos incomprensible y extraña. Trazan, todas juntas, un vuelo circular alrededor de la columna central que contiene sus nidos, se asientan y levantan vuelo de nuevo, varias veces, hasta que, intrigadas a causa de mi inmovilidad, pero seguras todavía de mi presencia, se asientan otra vez y, sin dejar de moverse en su lugar, siguen vigilándome a distancia, desconfiadas y alertas. Hormiguean en un tumulto apagado, pero tan intenso, imprevisible y variado en su multiplicidad oscura, con movimientos autónomos respecto de cualquier plan o finalidad, inesperados y repetitivos que, borrando la distancia entre lo interno y lo exterior, se vuelven poco a poco íntimas o inmediatas y se confunden con mis propios pensamientos. Son, a decir verdad, mis propios pensamientos, ya que estamos dentro del mismo mundo y toda mirada exterior a nosotros, capaz de distinguirnos es, no me cabe la menor duda, impensable. Y, de repente, me doy cuenta de que sigo todavía vivo: no es que me acuerde o que lo sepa, o lo pretenda, como de costumbre, no: lo experimento, con un poco de asombro y cierta aprehensión incluso diciéndome que tal vez no va a durar, que ser que estoy siendo en este momento, la certidumbre extrañada, frágil y sin embargo clara que flota y ondula dentro del puesto compacto de observación, va a apagarse por fin, empastándose en la negrura que la rodea. Aunque parezca mentira, soy yo y estoy aquí, en lo que fluye continuo y discontinuo a la vez, por decirlo e algún modo, el desenvolvimiento o la expansión que no para, adentro puro o pura exterioridad, pero único y continuo y discontinuo a la vez sobre todo, de lo que no alcanzo a ver más que lo fragmentario, lo periódico, con leyes que describen al observador y no al fenómeno, medidas que se refieren a sí mismas y no a la extensión que querrían calcular, relojes que dan cuenta de otros relojes y no del tiempo. Continuo y discontinuo a la vez, y lo que quiere abrirse paso hasta mi pensamiento es tan arduo y desmedido que las dos palabras con que lo llamo continuo y discontinuo se adelgazan, se esfuman, se vuelven ruido o vestigios inconexos que entran con los demás, sin significación, en el magma expansivo y material que las arrastra y, sin saña ni razón particular, cada vez que las trazo o las pronuncio, con sólo ser, las desintegra. Me doy vuelta y empiezo a bajar los escalones, alejándome del palomar no únicamente en el espacio sino también en el tiempo, sintiendo que ya estaba alejándome en el tiempo mientras seguía inmóvil frente al tejido de alambre que me separaba de los cuerpitos inquietos y palpitantes que ahora, tal vez para saludar mi alejamiento, para exorcizar mi posible regreso quizás, por alivio o por impaciencia probablemente, dan, todos juntos, un par de vueltas veloces por su territorio, a juzgar por el tumulto tenso de alas que llega a mis oídos mientras bajo los escalones.
De lo que acabo de experimentar, me queda un beneficio de percepción clara, igual que si hubiese frotado un vidrio empañado dejándolo bien limpio para mirar afuera, las ramas deshojadas de los árboles, filigrana negra un poco más negra que la noche, y las frondas perennes, grumos de noche mal diluidos en el resto de la negrura.
Al final del sendero ancho de lajas, cuando llego a la vereda propiamente dicha, donde termina el parque, doblo hacia la izquierda por la calle recta y vacía, hacia la línea de puntos luminosos del alumbrado público, en laque cada punto denota el cruce de una transversal. Las formas geométricas de las casas, cuadrados de fachadas laterales, rectángulos de ventanas, paralelepípedos semiimaginarios de balcones, rombos o círculos de tragaluces, conos, pirámides o poliedros de torrecitas o de salientes ornamentales, contrastan con las formas irregulares de los árboles de los que la semejanza repetitiva evoca menos un plan que la coincidencia ciega que habiendo obtenido el resultado que le permite, estúpidamente, persistir, terca, se reproduce. Y por encima de todo, el cielo negro, de un negro reconcentrado, bajo, al que el resplandor de las luces, elevándose un poco por encima de la ciudad, no alcanza a iluminar. No se ve, desde luego, una sola estrella, y la capa de nubes que oculta al firmamento es demasiado oscura y pareja como para que algún reborde un poco más espeso sobresalga de la negrura introduciendo en ella algún accidente. Nada.
Nos aplasta a decir verdad en nuestro reparo exiguo esta ausencia de estrellas, privándonos del espacio enjoyado que, aunque inaccesible e incluso indiferente, nos depara al menos noche a noche la vista de algo que el aliento humano, por ahora al menos, no empaña ni contamina. Lo que a no pocos espanta puede en otros ser motivo de exaltación, de apoyo en el que se descansa de las fatigas horizontales, el fárrago del mercado, los debates en la plaza pública, el pánico de las escaramuzas, los malentendidos del dormitorio, la prolijidad un poco vana de la ecuación, del silogismo y del arabesco, y que me cuelguen si no es preferible el brillo gélido, sin razón alguna, al delirio animalde tantas razones.
En la esquina, el letrero luminoso de la farmacia ya está apagado, de modo que la farmacéutica debe estar ya en la planta alta, frotando con su verborrea convencional las orejas de mi hija. Si Haydée ya ha viajado a Buenos Aires a someterse a su control como lo llaman, Alicia debe estar jugando en su pieza mientras esa mujer revolotea a su alrededor discurriendo todo el tiempo sobre lo que es decente y normal, sobre lo que se usa esta temporada en Europa, sobre lo tranquilo que está todo desde que las fuerzas armadas se hicieron cargo del gobierno quizás, sobre los mejores hoteles en Punta del Este o en Bariloche, pero cuando toco el timbre y casi de inmediato se enciende la luz de la entrada, es Haydée la que se asoma en lo alto de la escalera. Para que suba, me hace unas señas que simulo no ver, igual que los sacudimientos contrariados de cabeza que realiza mientras viene bajando las escaleras. De perfil a la puerta, trato de darle la impresión de no haber advertido ni sus gestos de impaciencia ni la exasperación irónica de su mirada.
– Es de lo más infantil negarse -dice al abrir la puerta-. ¿No viste que te hacía señas para que subieras?
– No vi -digo.
– Lo viste perfectamente- dice Haydée.
– Te digo que no vi -le digo-. Pero si hubiese visto, igual no hubiese subido.
– Perfectamente. Lo viste perfectamente -dice Haydée. Y después, sacudiendo de un modo fugaz los hombros -En fin, como te plazca.
Me inclino un poco hacia el espacio vacío que hay entre el costado de su cuerpo y el marco de la puerta y, igual que si estuviera oliendo algo, aspiro varias veces por la nariz.
– Hay demasiado tufo a decencia burguesa ahí adentro -digo.
Haydée se echa a reír, estremeciéndose toda.
– Miren quién habla -dice. Y se pone seria otra vez.
Está vestida de "entrecasa simple", sin maquillaje, con un pullover grueso de cuello alto, unos pantalones de franela ajustados y zapatos sin taco, pero como está parada en el escalón del umbral y erguida a causa del aire de desafío bien connotado que adopta en mi presencia, del tipo estoy dispuesta a defender como una fiera el equilibro emocional de mi hija, me lleva una cabeza y puede mirarme con comodidad desde arriba. Pero enmarcada por el pelo negro, suelto, que le cae encrespado sobre los hombros, su cara oval, reconcentrada, destila, a pesar de su severidad, esa expresión ausente tan habitual en ella a la que se asocian de inmediato la bondad y la dulzura. Tiene un pañuelito apretado en la mano izquierda. La protuberancia en el labio inferior irradia como siempre sensualidad; muy pocos conocemos su origen, más connatural de la vacilación que de la entrega, y puesto que son sus propios dientes los que la han trabajado fruto tal vez, puedo aventurarlo sin miedo de caer en la facilidad, de un remordimiento anticipado. A causa de una especie de disociación entre su expresión ausente y su cuerpo lleno de redondeces y poses autónomas es, óptimo, un animal sexual, abundante y grave. Desearía poder verla otra vez, como al principio, desde fuera, desembarazarme durante algunos segundos del eclipse pantanoso en el que chapoteamos desde hace años, de la circulación intersubjetiva de reproches, sospechas y previsibilidad que desalienta, desde su fuente misma, al deseo.
Verla como es sin duda para el desconocido que la cruza en la calle, que trata de encontrar sin resultado su mirada, y que se da vuelta para contemplarla mientras se aleja, inaccesible después de haber sido, durante los segundos que duró su aparición, intensa y súbita, promesa, enigma y llamado.