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– Al final no viajo, y Alicia ya está en la cama – dice Haydée.
– ¿En la cama? ¿En el boudoir rosa que le ha instalado tu madre? ¿Adoctrinándola para entregársela a algún escribano o a algún militar? -dijo, simulando una cólera fría que de ningún modo parece perturbar a Haydée. -Esto es un secuestro caracterizado.
– Por empezar -dice Haydée- tenías que venir a buscarla a las siete y son las ocho y veinte. Y no es culpa mía si mi analista se fue a Francia. Pero podes venir a buscarla el viernes a la noche para pasar con ella el fin de semana. Tu hermana está totalmente de acuerdo conmigo.
– No les basta con haber sido cómplices de un secuestro -digo. -Tenían que ejecutar uno directamente.
– Tu cuota de sordidez ya había alcanzado el máximo. No hace falta seguir alimentándola -dice Haydée, sin demostrar la menor impaciencia.
– Toda pretensión moral que salga de esta casa queda invalidada de antemano en razón de las personas que la habitan.
Haydée mira a su alrededor, como buscando a alguien en la calle desierta.
– Ningún público a la vista -dice. -No vale la pena que gastes los últimos cartuchos de tu retórica. Y terminemos: hoy Alicia no sale. El viernes a la noche está a tu disposición por todo el fin de semana.
Después de una pausa, con entonación conciliadora, pregunta:
– ¿Querés subir a saludarla?
– ¿Cómo sé que el general Negri no está esperándome allá arriba?- digo, fingiendo un aire confidencial.
– Hijo de mil putas -susurra Haydée. -Hijo de mil putas.
Y, girando brusca y dando un portazo, sube a toda velocidad las escaleras. Quedo un momento inmóvil en la vereda, contemplando la escalera iluminada y vacía, hasta que, de golpe, la luz se apaga, sin que yo decida moverme todavía -segundos muertos durante los que no pienso nada ni ningún sentimiento o emoción me visitan, sin siquiera conciencia de estar aquí ni recordar las frases que he pronunciado, igual que si hubiesen sido dichas por algún otro y flotasen por lo tanto en su propia memoria y no en la mía. Hasta que por fin me doy vuelta, cruzo la calle, y me interno en la transversal oscura -tramos negros interrumpidos con regularidad por la sempiterna escansión de los puntos luminosos del alumbrado público.
La dispensa temporaria de la papesa Juana, obtenida hace una década por mi tocayo Carlos: quién iba a decir en los anocheceres del parque, cuando trataba de atraer a Haydée por los hombros para besarla en la boca, que después de acogerme a sus beneficios parciales, a cada crisis y a veces sin razón, por mero desgano, iba a terminar optando por la eximición definitiva.
Yo despreciaba un poco a su marido porque no la deseaba; me parecía imposible que la protuberancia inferior, el aire ausente y bondadoso que parecía abandonar al capricho ajeno el cuerpo abundante y autónomo no despertaran, sin opción posible, el impulso de pasar horas enteras africándose contra la carne mate y caliente, imposible que, de ese tumulto masculino constante que despertaba su proximidad, no hubiesen quedado, después de cierto tiempo, los fragmentos del deseo que apetecía, más que el cuerpo carnoso y la interioridad flotante y evasiva, el universo entero a través de él, sino meras reliquias enmohecidas de alma, fósiles de emoción, huesos dispersos y resecos de sentimiento. Que me la corten en rebanadas si se me ocurre algo acerca de qué cuernos puede ser el deseo, y sin embargo sé todavía menos por qué razón se extingue. Si es la disponibilidad del objeto como dicenlo que lo apaga, es lo imposible entonces lo que atrae -nunca está demás lo que sirve para pisotear la economía- y lo aceptaría de buena gana si no estuviese seguro, lo que por otra parte me importa un rábano, de que imposibilidad y posesión se contagian, recíprocas, la inexistencia. Por transferencia como dicen a otro objeto es que desaparece tal vez -lo que cambia el objeto, pero no el problema. Tal vez lo que llamamos deseo es análogo al brillo de una estrella muerta -el espasmo de algo inhumano que deja de existir en el momento mismo en que se encama y cuyos últimos sacudimientos en su lugar de paso, nosotros, nos inducen, maquinales, a descargarlo en lo exterior. De modo que son aquellos que creen poseer los poseídos, y los buscadores de objeto el objeto por excelencia. El caso es que de todo ese rompecabezas me desperté una mañana con la dispensa definitiva de la papesa Juana. Los peces voladores, que al principio no dejaban el aire y parecían flotar en miríada, con su aleteo plateado y múltiple, más en levitación que en vuelo, suspendidos en la luz por sobre el gran fondo oscuro y frío del mar, retomaron un buen día el camino de la negrura, y volvieron a su modalidad banal de reaparición periódica, un tiempo en la oscuridad helada y sin límites, y una salida brusca a la evidencia, para atravesar rápidos el aire y volverse a sumergir, saliendo y entrando en el océano, hasta que sus apariciones fueron haciéndose más espaciadas y más cortas, sus aleteos más opacos y exangües, de modo que, si durante un tiempo me puse a espiar por el mar vacío sus apariciones, no sin ansiedad ni nostalgia, al cabo de un momento dejé de esperarlos, sabiendo que ya no volverían a salir. Dejé de esperar: porque en el pasado, o lo que llamo así digamos, haya encontrado un abrigo en esos estremecimientos cálidos, de lo más agradables a decir verdad, no voy a andar corriéndome a cada rato hasta la esquina para ver si llueve.
Dejo de lado que una vez amasó ñoquis con azúcar impalpable en vez de harina, que, con el pretexto de que había muchas legumbres, otra vez puso una sola papa en el puchero para ocho comensales, la carne salada un día sí un día no, la obstinación en querer ser ama de casa a toda costa, sobre todo desde el nacimiento de Alicia, en razón de quién sabe qué teorías tiradas de los pelos entre ella y sus colegas sobre la importancia de la madre nutricia para el equilibrio mental de la familia- yo, que terminaba mucho más temprano en el diario, la hubiese esperado con gusto con la comida lista y la mesa puesta o, mejor todavía, la hubiese llevado todas las noches al restaurant, eso es más que seguro, pero aún así puedo no tomar en cuenta ese aspecto de las cosas y darle la importancia que tiene, es decir, para ser francos, ninguna.
Pero que me cuelguen si sumando lo secundario de todos mis casamientos el resultado no es un bulto demasiado pesado como dicen para ser arrastrado por un solo hombre. Mi primer matrimonio -el único legal a decir verdad- duró ocho meses, aunque puedo decir que cuando le estaba poniendo la alianza en el Registro Civil a mi mujer, en el mismo momento en que el aro de oro entraba en su dedito de porcelana, ya estaba percibiendo la irrealidad de la cosa, con su familia y la mía bien trajeadas, igual que los compañeros de facultad -mi madre y mi hermana más que seguro más que escépticas, mi padre no muy convencido tampoco de verme en el Registro Civil dos meses después de haber conocido a Graciela en el bar de la facultad, y la familia de Graciela menos todavía a causa de nuestra decisión de casarnos directamente por civil sin pasar por la iglesia. Hace más de veinte años de esto; yo todavía flotaba entre el vasto mundo exterior que me llamaba a su intemperie y la familia dispuesta a acordarme confort y protección a cambio de la promesa de no innovar, a caballo entre lo abierto y lo cerrado todavía, y el hecho de que Graciela, sentada sola en la mesa del bar de la Facultad, haya respondido con una sonrisa al movimiento significativo de cabeza que le hice al entrar al bar y verla, me llevó en línea recta desde la mesa del bar hasta la impresión nítida de irrealidad que me asaltó en el momento en que le metía la alianza en el dedito de porcelana -esa aceptación rápida de mi persona por parte de una chica de lo más bonita, de buena familia como dicen, por añadidura, y tal vez por encima de todo un poco más buena familia que la mía levantó, más que seguro, el espejismo. Los juegos de cubiertos, los veladores en falso rococó, las cobijas, expuestos en el salón durante la fiesta lo empezaron a disipar. Y cuando nos encerramos en el hotel más lujoso de la ciudad para pasar la noche de bodas antes de viajar a Bariloche al día siguiente, ya se había disuelto el sortilegio. No hubo modo de penetrarla -ni esa noche ni las siguientes-. Al cabo de unos diez días, harto del lago Nahuel Huapí, del bosque petrificado y la hostería bávara en la que nos alojábamos, atendida por una familia de refugiados nazis, y que me cuelguen si me equivoco, le sugerí que acortáramos el viaje de modo que, aterrorizada ante la perspectiva de tener que explicarle a la familia su primera desavenencia conyugal en pleno viaje de bodas, accedió a mantener la piernas abiertas y a abstenerse de esquivar la penetración con el movimiento instintivo de las nalgas que venía haciendo cada noche apenas sentía la punta de mi sexo en su hendidura. Que lo corten ahora mismo en rebanadas ese sexo al que me refiero si tenía la intención de hacerle el menor daño y si desde la primera noche no actué en todo momento con la mayor delicadeza y dulzura -no era miedo ni nada lo que tenía sino que le habían machacado tanto y durante tantos años con medias palabras y sobreentendidos desde luego que su virginidad era la carta máxima con que contaba en la lucha por la vida, que más que seguro se había identificado con ella y tenía miedo de perderse ella misma en lo indiferenciado si la perdía, de modo que mantenía su hendidura vertical bien obturada por dentro, por control remoto podría decirse, y aún con toda la buena voluntad que puso al final, y creo que cada vez que hizo el amor, conmigo en todo caso, era una verdadera tortura entrar en ella y yo terminaba, incluso ocho meses más tarde todavía, con la punta de la verga toda lastimada. En los ocho meses, fue incapaz de decidir si había tenido un orgasmo o no, ni si le gustaba o le disgustaba lo que hacíamos- hasta percibir que la manteca está rancia o el tiempo un poco más fresco que ayer hay que tener vida interior. Y a pesar de eso, a la semana siguiente de nuestra vuelta de Bariloche empezó a preparar un cuarto para los niños y almacenar ropa de bebé. A decir verdad no me hubiese importado mucho que no hiciésemos el amor si ella tenía miedo o no le gustaba -hubiese podido arreglármelas de otra manera si ella hubiese sido capaz de discutir conmigo la cuestión, pero el problema era que ella misma no sabía sí tenía miedo o no le gustaba; probablemente pensaba que al cabo de nueve meses de matrimonio la cigüeña deposita en una cama preparada para esta eventualidad el bebé comprado en París y que el papel de una buena madre consiste exclusivamente en comprar esa cama y tejer durante nueve meses ropita para el nene, del mismo modo que en la transformación de una de las habitaciones de la casa en un lugar de ensueño como dicen destinado a procurarle el máximo de felicidad a la personita adorable que la cigüeña dejará caer por la chimenea en forma inminente. Lo que el nacimiento podía implicar de sangre, esperma, pelos, gritos, garras, muerte, lágrimas se le escapaba y era inútil tratar de explicárselo -más de una vez, hablando con ella, a causa de la fijeza de su expresión, tuve la impresión extraña de estar hablándole a una muñeca, y ahora que pienso en ella veinte años más tarde, no puedo dejar de representármela como tal, el pelo rubio demasiado "pelo rubio", los ojos azules demasiado "ojos azules", la carne regordeta y dura a la vez, de un rosa demasiado "rosa", liso y brillante, sobre todo, aparte de la boca entreabierta en una sonrisa convencional, que a decir verdad acababa en los dientes blancos demasiado "dientes blancos", ningún orificio, ni poros, ni vagina, ni ano, ni orejas, ni fosas nasales, para permitirle algún tipo de relación orgánica con lo exterior. De tan convencional, se volvía inaccesible, inhumana, misteriosa, igual que si hubiese sido maciza, por dentro, de una sola pieza como se dice, sin la complejidad oscura de los órganos que orquestan, con su funcionamiento polirrítmico, para bien o para mal, la imprevisibilidad y la riqueza de las especies vivas.
Desde luego que no esperé la separación para procurarme en otra parte lo que buscaba en vano en ella cuando me concedía, con la expresión de estar diciéndome todo el tiempo No te preocupes, no voy a molestarte para nada mientras estés adentro, algún acto sexual, un cuerpo caliente que se estremeciese de verdad contra el mío o que, por lo menos, por razones profesionales o por pura cortesía, lo simulara. La voluptuosidad bien simulada es por otra parte mucho más gratificante que la genuina cuando a la genuina no se la expresa como es debido ya que, de todos modos, del goce ajeno no percibimos más que los signos exteriores, y sólo podemos tener teorías acerca de su existencia, igual que de los pensamientos de un perro – mi primera mujer podía muy bien ser una hoguera como se dice, pero los amoríos pasajeros obtenidos en los bailes de carnaval e incluso en la calle connotaban de un modo más inequívoco su combustión posible en la penumbra roja de los hoteles alojamiento. Y, hay que reconocerlo, es mucho más agradable ir a leer algo bien escrito o a comer una parrillada después de fornicar, que quedarse a esperar nueve meses a ver qué sale del lugar en el que uno ha entrado. La multiplicidad de parejas por otra parte disminuye la pobreza de este acto único, que muy pocas combinaciones y el cambio continuo de objeto puede procurar experiencias sensoriales comparativas, análogas a las justas poéticas en las que, a partir de un tema impuesto por el jurado, los distintos participantes nos deleitan no por la originalidad del tema, sino por el tratamiento singular a que lo someten. El interés viene de lo circunstancial -cosa que también puede suceder, no lo niego, aunque es más raro, si se lo hace siempre con la misma persona. La multiplicidad pone de relieve lo individual de cada una de las parejas ocasionales, los detalles que la vuelven única, momento irrepetible en el flujo perenne de la especie, concreción material individuada más presente, según los casos, a un sentido que a otro, dándole un tono diferenciado a las sensaciones. Forma, estímulos, sensaciones, emoción bien diferenciadas: la memoria los requiere para poder crear, por lo que dura una vida, la ilusión de un pasado empírico. A veces un solo acto sexual basta para fijarlos, a veces son necesarios muchos, y a veces, incluso, el deseo no satisfecho incrusta en la memoria experiencias imaginarias, apetecidas pero no realizadas, más imborrables que las verdaderas.
Que me cuelguen si para procurarse esa multiplicidad la condición de divorciado no deja de tener sus ventajas, en primer lugar porque aleja a "las chicas de buena familia que quieren constituir un hogar" como se dice, sin pasar por un poco de perversión, como Graciela por ejemplo, y después porque la búsqueda de la variación puede ser atribuida por los demás no al libertinaje, lo que me importaría a decir verdad tres pepinos, sino a las vacilaciones comprensibles del que "ha fracasado en un primer matrimonio", lo que puede estimular la curiosidad. Si podemos decir que la relación amorosa como la llaman es un intento de escribir de manera más satisfactoria la historia de la propia familia, puedo asegurar que en mi caso, refractario durante un buen tiempo a la novela-río, frecuenté a y durante años el género breve, la anécdota, el brochazo, el cuento con final sorprendente, la fábula, elinterludio cómico, e incluso el aforismo. Como en muchas otras disciplinas, la extensión media sin embargo es la que otorga más satisfacciones.
Que me la corten en rebanadas si hay la menor jactancia en todo esto: la actividad sexual está al alcance de todo el mundo -hombre o mujer, rico o pobre, feo o hermoso, joven o viejo- a condición de que se la desee, y nadie es responsable de su deseo, así que es igual de meritorio haber tenido muchas experiencias o no haber tenido ninguna -igual de meritorio que para la cebra ser rayada y para un planeta, pongamos el ejemplo aunque sólo lo conozcamos de oídas, girar. A causa de mi opción, misteriosa para mí mismo, por la cantidad, puede decirse que mi segundo matrimonio, siete años después del primero, resultó un efecto ineluctable de la estadística.
Marta fue en mi vida una distracción prolongada – lo primero que se me ocurre siempre de ella es que era un caballero. Distante, afable y un poco irónica hacia mi persona desde la mañana en que, después de una fiesta, nos despertamos en la misma cama, tenía la característica de no mostrar nunca sus emociones, de restarles importancia, lo que yo atribuí siempre a un equilibrio superior y a una cortesía desmesurada, hasta que su suicidio, por desavenencias con un imbécil, tres o cuatro años después de nuestra separación, me dejó entrever lo que hervía detrás de su expresión delicada.
Cuando se tiró bajo un tren, uno de nuestros amigos, ya no recuerdo cuál, lanzó el mot d'auteur como se dice, más wildeano que dostoyevskiano, de que el reverso de la ironía wildeana de Marta era de orden dostoyevskiano. En los cuatro años que vivimos juntos, no dejé de considerar ni un momento que era alguien que yo estimaba demasiado como para confesarle todas las traiciones, mezquindades y ambivalencia que reservaba para su persona, hasta que el día de nuestra separación caí en la cuenta de que a ella le ocurría exactamente lo mismo respecto de mí. Lo que yo atribuí a su ceguera, a su tolerancia y a su bondad, era a su culpabilidad que se lo debía. Todo esto sería cómico -lo es sin duda y, visto de cierta altura, ridículo e incluso inexistente- si no tuviese la certeza de que el hundimiento en plena existencia, la caída escaleras abajo, el agua negra y helada empapándome las botamangas del pantalón, empezó el día mismo de mi nacimiento, con el primer vagido ciego, la certeza de que cada uno de los malentendidos que, sin siquiera ser tenidos en cuenta, darían montones de argumentos de operetas y de comedias americanas, son como martillazos en la cabeza del candidato a hombre, a tal punto que, más que seguro, el estado natural termina siendo el aturdimiento, la somnolencia atravesada de tanto en tanto por manotazos de pánico, la neuralgia. A Marta le debo no únicamente esa lección, sino también mi matrimonio con Haydée.
Eran amigas de infancia -provenían de la misma cuadra y del mismo magma sociológico, en el que sus familias tenían funciones complementarias, ya que el padre de Marta ejercía la medicina dos casas más allá de la farmacia, a la que los enfermos que salían del consultorio se dirigían del modo más espontáneo, sin siquiera haber tenido tiempo de guardarse la receta en el bolsillo. Fueron juntas a la misma escuela primaria, a la misma escuela secundaria y alquilaron juntas un departamento cuando se instalaron en Rosario para entrar en la universidad. En la distribución de roles, Haydée era la "seria" y Marta la "aventurera", Haydée la "idealista reformadora" y Marta la "escéptica"; desde chicas, habían decidido que Haydée estudiaría medicina para especializarse en enfermedades tropicales y Marta etnología, y que apenas obtuviesen sus diplomas se embarcarían para el África, pero al final de sus estudios universitarios Haydée había descubierto su vocación por la especialidad médica de la zona templada, el psicoanálisis, y Marta un campo de investigación no desprovisto de interés para un etnólogo, la literatura francesa. Simone de Beauvoir e incluso María Bonaparte, y más tarde Jacques Lacan, les servían de vasos comunicantes y siguieron juntas en Buenos Aires, hasta que Marta se fue a París -mariposa nocturna atraída por la luz centrípeta de l'Ecole Practique- y Haydée instaló su consultorio en Belgrano. No únicamente el correo, sino también la farmacéutica, en sus viajes periódicos al viejo continente, les servían de enlace. Hacia el norte, los bolsos Vuitton iban cargados de dulce de leche, de yerba, de chismes sobre ex compañeros de facultad, de flores secas de paraíso, y cuando volvían al hemisferio austral como le dicen, los textos estructuralistas -únicamente las grandes marcas- se frotaban en ellos con los pañuelos de Dior y los perfumes de Nina Ricci. Pero como al cabo de un tiempo sus padres murieron en un accidente, Marta se volvió a la ciudad. Y es ahí donde hago como se dice mi aparición.
La herencia familiar le permitía pretender que vivía de sus traducciones -la noche que la conocí había terminado un libro de Nathalie Sarraute que, lo supimos más tarde, ya había salido varios meses antes en una edición española. Al menos, que no me la conviertan en una especie de Pardo Bazán, se quejaba, riéndose resignada, con esa expresión tan suya que, me di cuenta después de su suicidio, no significaba como yo creía Al mal tiempo buena cara sino más bien No soy digna de otra cosa. Pensándolo bien ahora, el respeto distante hacia su modo de ser era de mi parte una crueldad, pero que me cuelguen si no hacía más que plegarme a una especie de pacto tácito al que ella misma me había inducido y según el cual, no únicamente para los demás, sino sobre todo para nosotros mismos, debíamos ser "divertidos", "cultos" e "independientes". Nos inscribíamos en la categoría "conscientes de la complejidad de las cosas", diferentes de lo que llamábamos, y los que sobrevivimos seguimos llamando, la horda o la conspiración religioso-liberal o estalin o audiovisual o tecnocrática o disneylandiana. De no haber existido Haydée, tal vez todavía hoy hubiésemos seguido juntos.
Antes de conocerla a través de las referencias de Marta y de algunas fotografías, ya tenía la certidumbre de que iba a acostarme con Haydée, por carácter transitivo quizás de la intimidad que había entre Marta y ella.
Había incluso empezado a desearla antes de haber visto sus fotografías, y cuando por fin vi una de ellas, la protuberancia en el labio inferior me inculcó una idea errónea, aunque persistente, de su moral sexual.
La inercia de la mía me hacía concebir su persona como un punto a alcanzar, atravesar y dejar atrás, por el movimiento uniforme conque mi deseo se desplazaba en línea recta hacia el infinito. Pero la primera vez que la vi, el movimiento se atascó y, de un modo inesperado, me enamoré, como se dice, de ella. Que me cuelguen con un gancho del prepucio y me hagan girar si después de los treinta años me esperaba semejante accidente, y en tanto que las razones de mi primer matrimonio fueron de orden sociológico, ya que la familia de Graciela era desde un punto de vista social más acomodada que la mía, y los de mi segundo de orden estadístico, ya que a fuerza de cambiar de pareja debía por la ley de la diversidad quedarme enredado con una de ellas durante cierto tiempo -con cada pareja se produce una especificidad y con Marta me toco la de la duración-, las razones de mi tercer y, esperemos, último matrimonio, se confunden en un magma borroso y se pasan al campo de su contrario, lo irracional, dejándome, tengo que reconocerlo, bastante maltrecho.
Todo esto forma -hay que darlo por seguro- un buen amasijo. La indiferencia aparente de Haydée, durante los primeros encuentros, en los que estábamos siempre acompañados de Carlos y de Marta, volvía, en razón de la imposibilidad de manifestarlo, mi interés exorbitante: más ella parecía ignorarme, más yo deseaba que reparara en mi presencia.
El delirio como lo llaman es lujoso en sus manifestaciones y, en comparación con el sentido común, abundante, y algo debe tener de bueno puesto que también pisotea como decía hace un momento la economía.
En las noches de verano que pasábamos los cuatro charlando y fumando en la oscuridad bajo los árboles, estaba todo el tiempo al acecho, tratando de percibir, en la silueta calma de Haydée, de la que adivinaba la boca por la brasa de su cigarrillo que se intensificaba a cada chupada, algún signo mudo, onda o estremecimiento, de connivencia. Y cuando nos separábamos, el beso convencional en la mejilla, que solía reforzar con una palmadita supuestamente prescindente en el brazo, buscaba, de un modo discreto, calculando casi cada milímetro de piel, la proximidad de la boca. No podía sacármela de la cabeza, imaginándomela a veces en actitudes diferentes y a veces en una misma estampa repetitiva que se interponía entre "yo" y mis pensamientos, y debo decir que, si esa imagen estimulaba el amor como se dice, no pocas veces generaba también, tan inmotivado como el primero y bien fuerte, el odio. A veces me imaginaba dominándola, moral y sexualmente, pero otras el desprecio de mí mismo me incapacitaba para todo sentimiento de supremacía. Me felicitaba por conocerla, incluso sin el provecho de la posesión, pero al minuto siguiente abominaba el haber nacido. Me la representaba por momentos casta y por momentos ramera. Y sin sospechar que ya para esa época Carlos había pedido y, para su satisfacción, obtenido la dispensa definitiva de la papesa Juana, me parecía que la lascivia más repugnante era la de acostarse con su marido. Tenía urgencia por acostarme con ella y al mismo tiempo tomaba la decisión de no hacer nada para conseguirlo. En momentos de exaltación celebraba el universo porque la contenía, pero unos segundos más tarde me la imaginaba muerta, desfigurada, en estado de putrefacción. En público acostumbraba a ironizar sobre su persona y sobre todo, sobre su profesión, pero en mis ensoñaciones me veía recostado en su diván, contándole mi vida íntima con docilidad. Me la representaba fornicando en las posiciones más viciosas, pero me costaba comunicar esas postales al plano genital, y si quería masturbarme por ella por más que me toqueteaba tenía dificultades para mantener mi erección, aunque cuando hacía el amor con otra, Marta o algún encuentro ocasional, era imaginármela a ella en su lugar lo que multiplicaba mi excitación. Algunas mañanas, al despertarme, hacía una especie de voto de castidad, que mantenía durante todo el día, lo que me daba un estado placentero y una opinión elevada de ella, del mundo y de mí mismo, pero a la noche, después de las primeras copas, terminaba, lleno de sensaciones turbulentas, en la cama de un hotel con la primera puta barata que se presentaba. Me sentía todo el tiempo observado por ella, juzgado en cada uno de mis actos en el momento mismo en que los realizaba, igual que si estuviese presente, y mantenía diálogos imaginarios con ella, componiendo mis frases y las suyas, una serie de sketchs, siempre los mismos, que iba puliendo durante semanas, así como algunas frases que pensaba decir en su presencia, construidas con cuidado, para producir en ella un efecto profundo, del que únicamente nosotros dos estaríamos al tanto, pero cuando llegaba el momento de pronunciarlas se me enredaba la lengua y me ponía a balbucear o me equivocaba en los términos, o no producía en ella ningún efecto, o ella no la oía o simulaba que no la oía. Dos o tres veces encontré algún pretexto para ir a Buenos Aires -ellos venían seguido a la ciudad para ver a esa mujer, la farmacéutica- pensando en llamarla por teléfono, pero las veces en que tuve el coraje de discar colgué apenas levantaron el tubo del otro lado y me pasaba dos o tres días esperándola en los lugares que me imaginaba que ella podía frecuentar, sin el menor resultado desde luego.
Su actitud impenetrable, por otra parte, me obligaba todo el tiempo al trabajo interpretativo: cualquier gesto, palabra o acto suyo podía significar cualquier cosa o contrario; el silencio con que recibía alguna de mis frases, en vez de ser neutro o vacío de significado desbordaba, más bien, de una multiplicidad de sentidos diferentes, complementarios o contradictorios que yo iba atribuyéndole sin decidirme en favor de ninguno.
Ciertas cosas que ella decía eran sometidas también a un análisis minucioso, palabra por palabra, aislando cada una del contexto y sopesándola con meticulosidad, tratando de penetrar su sentido último como se dice, y, después de haberlo encontrado, o de creerlo así, percatándome de un modo súbito que la frase en realidad estaba compuesta de otra manera y que era necesario recomenzar el examen. La entonación de un saludo, la dirección de una mirada, el modo de vestirse o de encender un cigarrillo, no escapaban al desmantelamiento analítico y mandaban siempre, por debajo de su apariencia contingente, algún mensaje secreto. Todo lo relativo a su persona me parecía, aún en los casos menos probables, intencional. El más inesperado de los encuentros por ejemplo, tenía a mi juicio las características evidentes de un hecho provocado. Toda circunstancia que nos ponía en relación, en contigüidad o en contacto, era la revelación de una afinidad segura entre la disponibilidad de Haydée, los pliegues espacio-temporales y mi propia voluntad. Durante un buen período tuve a la casualidad, piedra fundamental de mi filosofía por decirlo de algún modo, abandonada, en suspenso. Si Haydée llamaba por teléfono cuando Marta estaba ausente, eso se explicaba a mi juicio porque Marta no era más que un pretexto y yo el verdadero destinatario de la llamada, pero si al volver a casa una noche me enteraba de que Haydée había llamado a Marta mientras yo estaba fuera, no podía abstenerme de pensar que lo había hecho con la intención de no dar conmigo, por lealtad para con Marta o por miedo a traicionarse durante la conversación. No pocas de estas especulaciones se hacían a distancia, porque Haydée vivía todavía en Buenos Aires y pasaban muchas semanas entre cada encuentro. Un día bruscamente, Haydée se instaló en la ciudad y Carlos, mi tocayo, por razones de trabajo adujeron, siguió en Buenos Aires. Aunque viajaban todo el tiempo, los dos y en los dos sentidos, percibí con facilidad que como se dice se me hacía el campo orégano y, desde luego, la instalación de Haydée en la ciudad no presentaba desde mi punto de vista mayores problemas interpretativos -gracias a esa impresión durante un tiempo me pareció haberme liberado de ella, dándome por satisfecho con la confesión implícita que representaba su mudanza, pero al poco tiempo nomás las emociones recomenzarán, más fuertes que al principio ya que, con mudanza y todo, Haydée se volvía cada día más impenetrable. Nos veíamos todo el tiempo, pero siempre de a tres o, cuando Carlos estaba en la ciudad, de a cuatro, y de: a muchos también en reuniones más amplias.
El factor principal de mi táctica era encontrármela sola; me parecía que de esa situación, que, desde los orígenes del universo y según una concepción anticíclica y de expansión indefinida -si es infinita o no que lo afirmen los que puedan comprobarlo empíricamente- y puramente azarosa como es la mía, según la cual a los fenómenos casuales que duran un poco nos parece descubrirles leyes inmutables, todavía no se había producido, de esa situación digo a la pasión mutua y desencadenada no había, como se dice, más que un paso.
Todo se reducía entonces, según mi concepción casualista del universo, a provocar con ella un encuentro casual, una coincidencia gracias a la cual, de entre los trescientos mil cuerpos errantes que pueden entrecruzarse formando una gama indefinida de combinaciones, en distintos puntos de la ciudad, el suyo y el mío se encontrasen frente a frente y se pusiesen a caminar uno junto al otro durante un trecho o se sentasen, poniéndose a conversar, con una mesa de café de por medio por ejemplo o, mejor todavía, coincidiesen, desembarazados de todo objeto intermediario y en especial de toda vestimenta, sobre el rectángulo blanco, aislado por sus límites mágicos del mundo exterior, de una cama de matrimonio en un hotel alojamiento. La tierra gira sobre su eje y alrededor del sol en forma provisoria únicamente -todo eso va a resolverse alguna vez de modo centrífugo o centrípeto, da lo mismo- así que considerándonos a los dos como dos partículas diminutas atrapadas en una red extremadamente enredada de coincidencias, podía atribuirle a ese período de nuestras vidas una estabilidad relativa y, en el interior de esa regularidad, intentar un encuentro provocado, dándole la apariencia de la casualidad -el mundo es lo bastante engañoso como para que percibamos, en casi toda ocasión, lo contrario de lo que realmente sucede. Así que una mañana, un sábado de abril en que justo Carlos estaba en Buenos Aires y Marta en Rosario, el encuentro se produjo.
Fue en una esquina del centro, donde me había apostado durante meses con la esperanza de provocar la casualidad, pero cuando ella apareció de repente y me dirigió la palabra yo estaba tan distraído pensando en otra cosa -nada que ver con Haydée ni con el deseo o el sexo en general o en particular- que al verla frente a mí me sobresalté, me asusté incluso, de modo que pegué un salto hacia atrás por no haberla reconocido de inmediato, y mi expresión debe haber sido bastante singular porque Haydée, que en general es más bien retraída, se echo a reír. Como su aparición fue inesperada, mi concepción del universo se vio corroborada una vez más ya que, a pesar de mi preparación minuciosa, nuestro encuentro no se produjo en ninguna de las tantas situaciones premeditadas por mí, sino de un modo casual, durante uno de los pocos momentos en que después de meses de ocuparlas de un modo continuo, Haydée estaba completamente ausente de mis representaciones -sin contar con la comprobación complementaria de que, cuando se actualiza, y que me la corten en rebanadas si me equivoco, el porvenir no es nunca como lo habíamos previsto.
La idea de que el mundo es real es tal vez una consecuencia del principio de placer, no del principio de realidad: teniendo en cuenta el estado lastimoso de nuestras relaciones actuales me cuesta creer que la delicia intensa de ese sábado de otoño, con su sol tibio a la mañana y el aire que fue enfriándose sutilmente hacia el anochecer, tuvo de verdad lugar. Nos encontramos antes de mediodía y nos separamos recién a las cinco de la mañana del día siguiente. Como era sábado, ella no trabajaba, pero yo tuve que pasar por el diario para cerrar el suplemento literario del domingo, y ni aún así nos separamos, porque ella me acompañó al diario a la tarde y me esperó en mi despacho mientras yo bajaba al taller para armar la página con el tipógrafo -y cuando se hizo de noche, como pensábamos ir a un restaurant, porque a mediodía nos habíamos contentado con un sandwich en un bar del centro, y ella decidió pasar por su casa a cambiarse, yo la esperé en el bar de la esquina tomando un vermouth mientras ella se daba una ducha y se vestía.
Me acuerdo patente de ese bar modesto al anochecer -un despacho de bebidas contiguo a un almacén en realidad- en el que, parado junto al mostrador, tomaba despacio mi vermouth con soda comiendo lupines y cubitos de mortadela, y asomándome de tanto en tanto a la calle para ver si ella volvía.
Lo que después es un recuerdo no siempre, en el momento en que entra en la memoria, tenemos la aspiración de que lo sea, y que lavoluntad y la memoria solas no bastan para formarlo, lo prueba el hecho de que, de nuestro pasado innumerable, la más de las veces nos queda lo esencial, como de ese anochecer en el despacho de bebidas por ejemplo del que persiste, no el momento feliz en que ella llegó, sino los desagradables y muertos que se estiraban en el almacén sombrío mientras la esperaba. Lo más real no es lo que queremos que lo sea, sino un orden material de nuestra experiencia que es indiferente a las emociones y a los deseos. Nuestros sentidos alimentan más nuestra memoria que nuestros afectos -y ni siquiera nuestros sentidos tal vez, sino una organización de nuestras vidas ignorada por nosotros mismos, para la que tiene más significado, sin que sepamos por qué, el recinto sombrío de un almacén que las emociones intensas de un amor naciente o de una separación intolerable. A los recuerdos que vuelven por sí solos únicamente por costumbre o por resignación los llamamos nuestros, y si se nos diese por yuxtaponerlos igual que a una tira de diapositivas, la sucesión no solo sería inconexa desde un punto de vista temporal sino que no contaría, en ningún orden lógico, ninguna historia inteligible o, mejor todavía, ninguna historia -estampas en las que, igual que en los sueños, el rememorador puede estar presente o ausente, y en muchos casos representando lugares, cosas o personas, escenas o palabras, a los que el conocimiento o, como se lo llame, no les conferiría ningún sentido ni le reconocería ningún origen empírico. Es nuestra capacidad de abstracción la que se los otorga, o sea que es lo menos personal de todo lo que poseemos lo que organiza nuestras representaciones íntimas. Así que de "ese" sábado tengo, muchos años mis tarde, no un recuerdo sino un relato, compuesto hasta en sus detalles más mínimos, organizado según una sucesión lógica, y tan separado de mi experiencia como podría serlo una película en colores -imágenes discontinuas pegadas una después de la otra y a las que una intriga de esencia diferente a las imágenes mismas, y agregada con posterioridad, les suministra, artificial, un sentido. Un relato tan improbable como nítido, de existencia autónoma, que, en vez de recordar verdaderamente, hemos; aprendido de memoria, igual que una tabla de multiplicar, y que, únicamente cuando activa nuestras emociones podemos equiparar a una obra de arte o, mejor todavía, a un mito.
Me acuerdo que nos pusimos a caminar. Me acuerdo que, como todos los sábados a la mañana en que hace buen tiempo, San Martín estaba llena de gente. Me acuerdo que ella llevaba un vestido verde, tejido, de lana liviana, bastante ajustado, y un saco de sarga blanca. Parecía limpia, fresca, descansada. Me acuerdo que conversábamos sin parar y que, me acuerdo, coincidíamos en casi todo. Me acuerdo que yo a veces silenciaba mis propias opiniones no por hipocresía, sino porque, a causa de mis sentimientos, tendía a relativizarlas o porque, gracias a una sensación fuerte de la alteridad de Haydée, me venía un gusto nuevo de la realidad propia de lo que, independiente de mí mismo, existía en lo exterior. Después me acuerdo que volvió a buscarme al despacho de bebidas y nos fuimos a caminar por la orilla del río. Me acuerdo que fue refrescando con el anochecer y que, a partir de cierto momento, empezamos a sentir frío en la penumbra de la costanera pero, a decir verdad, desde que tengo memoria, ¿cuántos sábados soleados de otoño no terminaron refrescando al anochecer, y cuántas veces, en la penumbra de la costanera, paseando incluso con Haydée, no tuvimos frío al cabo de un momento? También me acuerdo que fuimos a cenar a un restaurant de las afueras, en un reservado al que el mozo nos condujo de un modo espontáneo, suponiendo que éramos una pareja adúltera que prefería una mesa discreta, y pensando que después de la cena nos disponíamos a ir a un hotel alojamiento de las cercanías. Que me cuelguen si se equivocaba en cuanto a mis intenciones, pero como lo supe un poco más tarde, cuando fuimos a uno por primera vez, Haydée nunca había estado en esos hoteles, a diferencia de Marta, que conocía todos los de la ciudad y todos los de Rosario incluso y, según ella, los prefería a los departamentos. Me acuerdo que desde luego no fuimos esa noche al hotel y que ni siquiera lo sugerí, pero que me sorprendió que aceptara sin vacilar, incluso con entusiasmo, cuando propuse que fuéramos a bailar a un night club.
El tiempo pasaba rápido me acuerdo. Y, desde las once de la mañana, la conversación no languidecía. Me acuerdo. Pero me acuerdo que cuando la saqué a bailar, si bien no dijo nada y permitió, en la penumbra, que apoyara mi mejilla en su sien y hundiera la nariz en su cabello, cuando sintió que yo pegaba la parte inferior de mi cuerpo al suyo, para poder frotar mi verga contra sus muslos, se puso tensa y se separó un poco, sin proferir todavía el estribillo conque se zafaría durante meses de mis intentos de abrazos en el banco del parque del Palomar: No mientras yo siga viviendo con Carlos y vos con Martita.
Carlos asumió, unos meses más tarde, las conclusiones que se imponían con la obtención de la dispensa definitiva de la papesa Juana, como él decía, de modo que las idas y venidas a Buenos Aires fueron haciéndose cada vez más espaciadas hasta que cesaron por completo. Y, con Marta, la cortesía distante, el desgano y la indiferencia fueron alternando hasta la explicación final en la que, cosa curiosa, tanto en el uno como en el otro, el perdón llegaba, como si hubiera apuro por terminar, antes que la confesión de la falta.
Durante algunas semanas de libertad recobrada no pasó nada. De golpe, lo que hasta ese momento se presentaba como imposible pareció volverse, a causa de esa libertad, obligatorio. Nos llamábamos por teléfono pero siempre nos faltaba tiempo para vernos. Después de mi separación, yo había vuelto a vivir a casa de mi madre, en mi cuarto de la terraza, entre los libros de mi primera biblioteca y mi ventana que da al oeste, a las terrazas de baldosas color ladrillo, a los parapetos ennegrecidos por la intemperie entre los que se abren, aquí y allá, los patios traseros de los que emergen las copas de los nísperos, de los gomeros, de las acacias, de las higueras o de los naranjos gigantes. También Haydée, desde su vuelta de Buenos Aires, vivía en lo de la farmacéutica -todavía no sospechaba hasta qué punto "eso" en "Haydée" estaba bajo su influjo. Estábamos otra vez en el punto de partida igual que si, girando en círculo y sin avanzar, pasáramos por una etapa antigua, ya vivida, a la que una fuerza regresiva se aferraba antes del salto hacia adelante. Hasta que un día, "otro" sábado, de primavera esta vez, decidimos vemos. Pasamos la tarde en el hotel de las afueras, salimos a comer, y después nos volvimos al hotel hasta la mañana siguiente. De tanto fornicar, quedamos llenos de moretones, de raspaduras, de contracciones musculares, de lastimaduras y, durante una semana, por lo menos, me siguió ardiendo la punta de la verga. Pero fuimos accediendo al placer de modo progresivo, al cabo de horas, igual que si muchos pliegues de dudas, de anestesia e incluso de autodesprecio, nos hubiesen separado durante años de nuestros cuerpos sensitivos. Cuando decidimos, en la siesta cálida, ir al hotel, lo hicimos como si se tratara de una determinación racional y de un desafío, y me llamó la atención que apenas estuvimos dentro de la pieza, Haydée se desnudó con aplicación, doblando y colgando la ropa con cuidado y que después se echó en la cama boca arriba y se instaló a esperarme, sin tocarme ni dejarse tocar hasta que yo también estuve desnudo y me acosté a su lado en la cama. Ella tomaba las cosas, sobre todo las caricias preliminares, en forma humorística, como es habitual en nuestra época, y aunque yo había recibido de varias de mis parejas felicitaciones agradecidas a causa del humor con que ejercía mis actividades sexuales y, por supuesto, asumí también con Haydée una actividad irónica e incluso cómica para mostrarme civilizado, el hecho de tener junto a mí ese cuerpo desnudo y estar yo mismo desnudo a su lado, me hacían temblar y estremecerme por dentro. La evidencia y la inmediatez de su cuerpo me hacían desear algo impreciso y sin nombre, que presentía de antemano como inalcanzable pero que de todos modos intentaría poseer, con la dificultad suplementaria de que aunque ese deseo me incitaba a urgencias brutales, el amor no físico requería también la dulzura. Recién a medianoche, cuando volvimos al hotel para quedarnos hasta la mañana, fuimos encontrando el ritmo común, más allá de lo convencional de nuestros sentidos civilizados, en regiones de nuestra carne y de nuestros órganos en las que, entre brutalidad y dulzura, desaparecía la contradicción. El orgasmo, si no nos daba la certidumbre de una meta alcanzada, nos apaciguaba y nos adormecía durante cierto tiempo, pero al rato nomás, en la circulación silenciosa de la sangre, en la sensibilización brusca de la piel, en el endurecimiento progresivo de las partes blandas de nuestros cuerpos y en la distensión lenta de los poros y de los esfínteres, el deseo, de esencia incontrovertiblemente distinta a la de nuestra carne, se ponía en movimiento otra vez, ubicuo y anónimo, más íntimo que los pliegues más íntimos del propio ser, y más inexplicable que el origen, la presencia y la finalidad de las estrellas. Que me cuelguen del pobre aditamento ya casi inexistente y me dejen colgado el resto de mis días si podía imaginarme, esa noche y las que siguieron, durante dos o tres años por lo menos, que todo eso iba a terminar del modo lamentable en que terminó, con la dispensa definitiva de la papesa Juana y rodando escaleras abajo hasta quedar con los tobillos metidos en el agua negra y helada, el agua viscosa y sin fondo chapoteando y tirándome hacia abajo, de tal manera que todavía, en que ya no estoy en el último escalón sino en el penúltimo, sin atreverme a mirar hacia abajo aunque de todos modos la oscuridad es tan densa que no vería nada, todavía digo, tengo la sensación pringosa y helada en los tobillos y las costras grisáceas y resecas en las botamangas del pantalón.
El puesto de observación móvil, arropado en capas superpuestas de lana, que en otras épocas sabía llamar "yo", se desplaza en la calle oscura, y los puntos luminosos que señalan cada esquina y se pierden hacia el fondo de la calle, no parecen haber disminuido en cantidad a pesar de que he dejado atrás tres de ellos, cuando doblo la esquina para volver en dirección al centro.
En la altura, unos doscientos metros más adelante, la silueta de neón verde pálido del hotel Conquistador revela, vista desde atrás, su carácter monstruoso de criatura doble, hecha de dos partes delanteras de cuerpo, sin ninguna parte trasera, ya que la misma figura enmarcada en el rectángulo de neón rojo que miraba hacia el sur vigila también el norte, en la visera que sobresale en el lado superior del rectángulo y las mismas manos aferrando la empuñadura de la espada ancha de neón verde pálido cuya punta se apoya, entre las piernas abiertas en actitud dominadora, en la base del rectángulo rojo, parece observarme, desde lo alto, mientras avanzo en dirección a él, y cuando paso debajo y comienzo a alejarme, su otra cara sigue observándome de modo que, para ponerme al abrigo de su vigilancia amenazadora, cruzo de vereda, ya que la silueta de neón verde, demasiado rígida y estática, es incapaz de girar la cabeza para ver lo que pasa en la vereda de enfrente.
– Haydée volvió a llamar para explicarme lo de Alicia -dice mi hermana cuando llego al living, jadeando un poco a causa de las escaleras, y empiezo a desabrocharme el sobretodo.
– Pretextos -dijo, sabiendo que, desde luego, no está de acuerdo conmigo y confía más en la explicación de Haydée que en la mía.
Pero hablamos sin miramos, con la vista fija en la pantalla del televisor en el que señales luminosas que forman figuras coloreadas de apariencia humana y de tamaño reducido, peroran en forma falsamente llana para simular realidad -es un "abuelo bueno" el que habla ahora explicándole a "un nietito que lo quiere" por qué lanaturaleza debe ser protegida. Están vestidos de "lejano oeste en el siglo diecinueve", sentados en el superior de una serie de postes horizontales que representan un "corral", vestidos con camisas a cuadros y vaqueros impecables, para connotar que son los personajes decentes de la serie. También "mi hermana y yo" estamos vestidos con ropa limpia y de bastante buena calidad, y hemos intercambiado nuestras frases con urbanidad, en el living amueblado con corrección, según las normas más generales de estilo y los costos habituales para la clase de muebles que se acostumbra comprar en el caso de gente como nosotros. A pesar de que la serie transcurre en los "Estados Unidos", el "abuelo bueno" habla español con acento mejicano, y aunque apenas si se entiende lo que dice, a causa de fluctuaciones de sonido, de problemas acústicos y de la usura de la banda sonora, comprendemos lo más bien su mensaje, que ya conocíamos de antemano, no por haberlo pensado nunca -a mí en todo caso me importa lo que se dice tres pepinos que la naturaleza sea o no preservada, porque de todos modos todo esto es transitorio y tarde o temprano, se lo preserve o no, se va a acabar-, sino por haberlo leído mil veces en los diarios y en las revistas y escuchado otras tantas por radio o por televisión, sin que sepamos muy bien por qué hay que proteger la naturaleza, a cuál de los instigadores del complot religioso-liberalo-estalino-audiovisualo-tecnocrático-disneylandiano se le ocurrió lanzar la consigna con el fin de sacar qué provecho, ya que nadie es capaz de decir si en efecto es necesario protegerla, si al basural cósmico y a todo lo que repta y pulula en su superficie, como consecuencia del estúpido tic repetitivo de esa misma naturaleza a la que hay que salvase guardar, no les convendría más desde todo punto de vista volver al silencio y al caos de los que provienen. Y, por otra parte, porque hayan estado repartiendo como quien dice universo gratis no soy tan tonto como para creer que la cosa va a prolongarse sine die. Lo cierto es que mi hermana y yo hemos intercambiado las frases precedentes sin mirarnos, con los ojos fijos en el cuadrado de ángulos curvos donde se agitan las imágenes coloreadas, y yo voy sacándome el sobretodo por etapas, inmovilizándome cuando termino de desabotonarlo, retomando después cuando lo traigo hacia los costados del cuerpo para contraer los hombros y hacer deslizar las mangas hacia abajo, y deteniéndome de nuevo, hasta que retomo por fin y me lo saco, inmóvil en mi lugar, siempre con la vista fija en el televisor hasta que, de golpe, una tanda publicitaria escamotea de un modo mágico al "abuelo bueno" y al "nietito que lo quiere" y los suplanta por la propaganda de un banco.
– Guarda que se te cae -dice mi hermana, reteniendo la carpeta amarilla de Bizancio Libros que, a causa de las distorsiones a que someto al sobretodo para sacármelo, ha comenzado a deslizarse fuera del bolsillo. La saca del sobretodo y me la extiende.
– No creo que haya nada importante adentro -le digo y agarrándola, la dejo, junto al sobretodo, en un sillón vacío.