38944.fb2 Lo Imborrable - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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– Por aquí por favor -dice el muchachito, y después de cruzar el hall y de costear el bar, me guía a través de un pasillo oscuro recubierto de una moquette color mostaza. Tardo en darme cuenta lo que tiene de agradable el adolescente que me guía y es que, obligado desde la pubertad por la pobreza a entrar en el mercado laboral, como lo llaman no se ha adaptado todavía a un estereotipo y camina delante mío por el pasillo con la indiferencia y la vivacidad de un gorrión o de una comadreja. Al final del pasillo, una escalera nos lleva al entrepiso donde, detrás de una puerta, se abre un pasillo ancho con una pared de un lado y un ventanal a todo lo largo del otro, pasillo al final del cual cerca de una puerta doble tapizada de cuero claro, vestido con una campera de cuero casi del mismo color que la puerta, Alfonso fuma un cigarrillo conversando con un señor bien trajeado. Adosada a la pared, bajo un espejo, hay una mesita de patas torneadas cubierta de papeles, entre los que sobresalen varias carpetas amarillas de Bizancio Libros.

– El salón Capri, señor -me dice el muchachito, sin dirigirme siquiera una mirada sino contemplando más bien, con cierta distracción, a través del ventanal, la mañana oscura. Saco un billete del bolsillo y se lo pongo en la mano, ya preparada para recibirlo a pesar de la distracción aparente, mientras Alfonso, que nos ha visto desembocar de la escalera, se da vuelta con una sonrisa y avanza hacia mí con paso decidido.

– Maestro -dice y, aferrando el cigarrillo con los labios, agarra mi mano derecha entre las suyas y la sacude con energía blanda. Pero los ojos, igual que anoche, sonríen menos que la boca y la aflicción que, por curioso que parezca, incita más a la crueldad que a la compasión, asoma en ellos formando dos llamitas fijas y húmedas, idénticas.

– Si yo fuera su maestro -le digo-, usted no pasaría de grado.

Se ríe. El señor trajeado se ríe también, un poco sorprendido por la devoción ligeramente exagerada de Alfonso y la insolencia familiar de mi respuesta -es evidente que, después de haber franqueado la entrada embanderada que da acceso al reino de estereotipo el señor trajeado, de quien estoy enterándome por la presentación de Alfonso, que es el gerente del hotel, y por lo tanto el monarca de ese reino, no logra representarse bien las relaciones que existen entre Alfonso y yo, aunque la venta de libros a crédito convierta a Alfonso en un comerciante próspero y mi ascesis posdepresiva -abstinencia de alcohol, ducha tibia todas las mañanas y paseos cotidianos por la ciudad llueve o truene- me gratifiquen de cierta presencia física no exenta sin embargo, todavía, de rigidez. Ayudado por el tumulto de mi llegada, el gerente aprovecha para desaparecer. Alfonso me señala la mesita cubierta de folletos.

– ¿Tuvo tiempo de hojear nuestra carpeta? -dice.

– Anoche antes de acostarme- y para evitar un juicio directo, recojo un folleto y simulo mirarlo con interés. -¡Ah, Somerset Maugham! Sabía decir de sí mismo que era el primero entre los de segundo orden, pero me parece que se juzgaba generosamente.

– El filo de la navaja -dice Alfonso, sin comprender mi critica, no por estupidez, sino por no haberla escuchado.- Una obra maestra.

– ¿Y que pasa ahí adentro? -dijo cuando, sin entender lo que dice, oigo una voz que se eleva un poco a través de un micrófono.

– Hay un curso de formación para vendedores – dice Alfonso-. Pase, pase. Le va a interesar.

Entramos en el salón Capri. Unas veinticinco personas, jóvenes en su mayor parte, hombres y mujeres, dispersas en una pequeña platea, escuchan o toman notas asumiendo las poses más diversas, con las piernas cruzadas por ejemplo, un codo apoyado en el muslo y la mandíbula en la palma de la mano, o el estirado sobre el respaldo de una silla vacía y la cabeza echada para atrás con los ojos entrecerrados, o inclinadas hacia adelante con los antebrazos apoyados en los muslos y las manos colgando entre laspiernas abiertas o, expresando la más profunda atención, como si escucharan mejor con un solo oído que con los dos, vueltas un poco de perfil hacia el estrado en el que, flanqueado por Vilma Lupo y por una señora pensativa, un hombre habla con soltura y vivacidad; los tres están sentados frente a sendos micrófonos, una jarra de agua tres vasos, y dos o tres grabadores portátiles, puestos sin duda en el borde de la mesa por algunos de los oyentes. Cuando me ve entrar, Vilma me dirige una sonrisa y un saludo discreto pero familiar con la mano que sostiene el cigarrillo, lo que motiva un instante de distracción en el conferenciante que me echa una mirada rápida sin dejar de hablar, y en algunos de sus oyentes, que giran la cabeza con curiosidad pasajera y vuelven a adoptar casi de inmediato sus posturas atentas.

– Es Julio César Parola, el especialista en marketing de Buenos Aires -dice Alfonso en voz baja y orgullosa.

La voz del "especialista en marketing de Buenos Aires", como acaba de llamarlo Alfonso, llega a través de los amplificadores, de modo que hay una cesurainfinitesimal entre el momento en que la profiere y el momentoen que nosotros, que estamos en el fondo del salón, la escuchamos, una desconexión perceptible entre sus gestos de conferenciante y lamaterialidad oral de la conferencia que, por añadidura, al pasar por los circuitos de amplificación, adquiere resonancias metálicas, eléctricas que la vuelven, contradiciendo los objetivos de la instalación, remota y artificial.

– Resumiendo -dice la voz por los amplificadores- afirmar que a pesar de la crisis el comprador de libros -al menos el de nuestro sector- sigue comprando. Existe una verdadera tipología de compradores: está por ejemplo el que cree en el libro como medio de perfeccionamiento y de ascenso social, el que padece una dependencia del libro como de una droga, el que considera que una biblioteca de libros caros es una marca de prestigio -el conocido comprador de colecciones por metro- e incluso -el conferenciante dice esta frase riéndose, con lo que induce algunas risas de la audiencia, y sobre todo de Alfonso, que lanza una carcajada ahogada para que únicamente yo la perciba- el que, incapacitado por la crisis de comprar al contado en las librerías, se resigna a comprar a crédito con la intención de no pagar más que la primera cuota o, si es posible, ninguna. La experiencia y un buen olfato permiten detectar este tipo de comprador. Y por último, está también el cliente que compra atraído no por el libro, sino por el crédito. Un sector importante de la clientela potencial pertenece a esa categoría. Es posible afirmar que en nuestra época, para amplias capas de la sociedad, el crédito estimula más la imaginación que el contenido de la oferta y ocupa, en la ensoñación colectiva, la función que en épocas anteriores solía ocupar el libro.

Mientras pronuncia la última frase, el conferenciante ha venido modificando la entonación de su discurso y los gestos y ademanes que lo acompañaban, poniéndose a recoger sus papeles y levantándose a medias de su asiento, para que el público comprenda que la conferencia está a punto de terminar, de modo que ya en ensoñación colectiva empiezan a escucharse los primeros aplausos, y en el punto final de solía ocupar el libro, cuando el conferenciante, decidido, se levanta, la sala entera, menos yo, naturalmente, aplaude al unísono mientras Alfonso, que mima un aplauso golpeando con delicadeza y sin producir el menor ruido, la yema de dos dedos de la mano derecha contra la protuberancia de la palma izquierda, pasea su mirada satisfecha por la sala en la que a medida que los aplausos van haciéndose más escasos, los oyentes se levantan de sus sillas y empiezan a dispersarse, formando grupitos animados que conversan diseminados en el salón o encaminándose despacio hacia la puerta de salida. Algunos rodean al conferenciante haciéndole preguntas, mientras los propietarios de los grabadores los recogen de sobre la mesa y los observan con atención para verificar si han funcionado o no durante la conferencia. En ese ambiente de voluntades flotantes, únicamente Vilma Lupo parece tener objetivos claros, porque apenas termina la conferencia se levanta y, bajando del estrado, se encamina rápido hacia nosotros, que hemos quedado parados en el fondo de la sala, junto a la doble puerta tapizada de cuero claro, observando lo que pasa a nuestro alrededor, Alfonso con satisfacción ostentosa y yo con indiferencia exagerada. Bajo el traje sastre gris claro las formas de Vilma son más opulentas de lo que permitía vislumbrar la languidez botticelliana de su cara y, debido quizás a los tacos altos, parece más grande de lo que me imaginaba -y que me cuelguen si, cuando nuestras miradas se cruzan, en el momento en que está llegando junto a nosotros, Vilma no reconoce el contenido exacto de mis pensamientos.

– Gracias por haber venido -dice, estrechándome la mano, pero sin volver a mirarme a los ojos, dirigiéndose a Alfonso mientras pronuncia las frases de las que yo soy el verdadero destinatario. La mirada de complicidad, llena de sobreentendidos, que intercambiantodo el tiempo y que, en vez de disimular, parecen, apenas están juntos, o juntos en mi presencia por lo menos hacer evidente e incluso demostrativa, me deja afuera durante unos segundos, como si me hubiese vuelto de piedra o transparente. El matiz compulsivo, un poco exhibicionista de la cosa, es demasiado grosero como para ser ofensivo, y al mismo tiempo todo ese teatro puede estar dirigido exclusivamente a mi persona -de todos modos, aún sin la confirmación telefónica de Reina, a pesar de que es la segunda vez que nos vemos y que la mirada de Alfonso incita más a la crueldad que a la compasión, ya han pasado, por razones misteriosas, en el aura de mi experiencia, a ese estadio de familiaridad que en general está reservado a entidades más íntimamente conocidas. Tal vez se conocen desde hace poco tiempo y tal vez sus relaciones -cuya naturaleza es difícil de precisar- son superficiales y efímeras, pero me resulta imposible concebirlos por separado. Parecen poseer una esencia común, no como la que evoca una pareja, sino por ejemplo la de los dos socios de un comercio, o la de un dúo artístico o deportivo, igual que un prestidigitador y su ayudante tal vez, o dos animales no tanto de la misma especie como de especies afines que, habiendo descubierto su afinidad, la exageran ante los demás para que no se perciban sus diferencias. La jovialidad permanente que exhiben, y que probablemente ellos mismo son los primeros, y quizás los únicos, en creerla sincera, no logra ocultar del todo en él esa especie de aflicción que le humedece los ojos, por momentos demasiados erráticos, y en ella algo entre ingenuo y turbio pero de todos modos indefinible -y de nuevo la impresión de anoche en el bar, de lo más desagradable, de estar contemplando en ellos zonas oscuras de mí mismo que únicamente a través de otros adquieren alguna evidencia. A decir verdad, actúan para mí igual que si quisiesen ser considerados responsables de algún complot indolente y cínico, pero únicamente logran darme la impresión de que si de verdad ha habido un complot en sus vidas ellos han sido, inequívocos, las víctimas.

– ¿Tomamos un café?- dice Alfonso.

– El debate empieza dentro de quince minutos- dice Vilma.

– Aquí en el hotel nomás -dice Alfonso. -El café es muy bueno.

Vilma baja un poco la voz y mira a su alrededor para verificar que nadie la escucha.

– Podemos ir adelantándole a Tomatis algunos detalles del gran proyecto -dice.

– ¿Piensan empezar a vender libros como la gente? -dijo, y Vilma se echa a reír, a diferencia de Alfonso, que ha visto al conferenciante bajar del estrado, y se aleja de nosotros para ir a su encuentro. Da la impresión de no oír ciertas alusiones, como si su percepción auditiva se cerrara al contacto de ellas, semejante a esos artefactos que dejan de funcionar de un modo automático cuando el aire alcanza determinada temperatura o esas lámparas que se encienden y se apagan solas de acuerdo con la luminosidad que las rodea.

– Espérenme en el bar. Bajo en seguida -dice. Vilma me da unos golpecitos en el pecho con los nudillos y acerca su cara rubia a la mía.

– Nos escapamos -dice.

Cuando empuja la doble puerta de cuero claro, la sigo con circunspección no exenta sin embargo de docilidad. La sensación de familiaridad es más fuerte que mis reticencias de las cuales ellos parecen, o simulan a la perfección por lo menos, no tener la menor sospecha. Ahora que la sigo a través del pasillo ancho, bordeado por el ventanal que deja ver la mañana oscura, soy consciente de la naturalidad ineluctable con que conciben nuestras relaciones, y que se expresa a cada momento en sus aspectos más diversos: la manera en que Alfonso salió anoche del bar para interceptarme en la vereda de enfrente, la atención reconcentrada con que Vilma pareció haber observado nuestro encuentro, los golpecitos de nudillos en el pecho que acaba de darme en el salón Capri, el aire satisfecho que ha adoptado para precederme a través de los pasillos en dirección al bar, el dispositivo teatral de que se valen para envolverme en un ir y venir atenuado pero continuo de sobreentendidos, de promesas y de alusiones. El bar está vacío, pero cuando el mozo se aleja para buscarnos los cafés y encendemos nuestros cigarrillos, dos o tres grupitos de asistentes al seminario se instalan en mesas alejadas unas de otras, como si quisieran conversar al abrigo de posibles indiscreciones, lo que es de todos modos la norma en estos tiempos, ya que también Vilma y yo bajamos un poco la voz y echamos miradas discretas a nuestro alrededor cuando nos ponemos a hablar.

– Estamos reclutando vendedores para todo el norte del litoral -dice Vilma y, durante unos segundos, se queda seria y se inmoviliza. También su mirada se inmoviliza, sin fijarse en nada en particular, con los ojos bien abiertos a los que ni siquiera el humo que sube de su cigarrillo hace pestañar, y a los que los míos buscan infructuosos, sin lograr encontrarlos a pesar de su inmovilidad, de modo que, igual que los ojos ovalados del logotipo de Bizancio en el ángulo inferior derecho de la carpeta amarilla, me hacen sentir de golpe inexistente, translúcido o fantasmal. El rectángulo de cartulina amarilla por otra parte, denominado anoche por Alfonso, sin repugnancia por la rima interna, la carpeta completa de Bizancio, ha reaparecido esta mañana en el recinto del hotel, portería, bar, mesita, salón Capri, en la mano, bajo el brazo, o en forma de semicilindro y aún de cilindro en los bolsillos de los asistentes al seminario, reconciliando lo uno y lo múltiple gracias a los dones de ubicuidad de su profusión geométrica y amarilla. Cuando Vilma se despabila y empieza a sonreír, sus ojos me ven de nuevo, pero resbalan rápido por mi cara y encuentran otra mirada detrás, por encima de mi cabeza, la de Alfonso que llega desde el salón Capri con paso rápido y, desplazando una silla, se sienta a la mesa con nosotros.

– Parola está literalmente sitiado por sus oyentes – dice. Y a Vilma, bajando un poco la voz -¿Le adelantó algo a Tomatis de nuestro proyecto?

– Lo estábamos esperando -dice Vilma.

Que me cuelguen si me importa lo que se dice un rábano su dichoso proyecto y si él se decidía o no a venir para exponérmelo, pero después de pedir un tercer café, Alfonso se inclina un poco hacia mí y, siempre en voz baja, me explica: ya desde antes del golpe de estado, la cultura argentina -son sus propias palabras- estaba en descomposición. La dictadura militar no hizo más que precipitar la decadencia. Los valores intelectuales -sigo reproduciendo textualmente la terminología alfonsiana- son desalentados, reprimidos, proscriptos. Un vasto plan de liquidación de nuestra tradición cultural, la que desde Sarmiento y Hernández, desde Alberdi y Echeverría, ha dado siempre un amplio espacio al debate y a la crítica, pretende desde hace varios años, valiéndose de la censura por una parte y también del estímulo a subproductos culturales que ocupan la escena pública nacional, aplastar toda resistencia artística, científica y ética. Sin la hipótesis de un plan minuciosamente preparado -prosigue Alfonso haciéndose a un lado para permitir al mozo depositar los cafés sobre la mesa-, ¿cómo interpretar el éxito de una serie de obras seudoliterarias sin ningún valor intrínseco? Solo un apoyo oficial, una política bien orquestada desde arriba, tendiente a arrancar de cuajo los valores auténticos de la cultura nacional -léxico alfonsiano por excelencia a juzgar por su frecuencia de aparición en el discurso- explicaría el éxito sin precedentes de ciertos productos como por ejemplo y sin ir más lejos La brisa en el trigo de Walter Bueno. No es un secreto para nadie por otra parte, dice Alfonso, que Bueno era uno de los propagandistas oficiales de la dictadura y que, si no hubiese muerto en ese accidente, estaría ocupando en este momento un puesto oficial en el régimen, portavoz de la junta militar o embajador en París, en Madrid o en la Unesco. Un libro como La brisa en el trigo, en el que no hay un solo elemento verídico, que es de una falsedad premeditada de una punta a la otra, empezando por el título que habla de trigo en una región donde únicamente se cultivan maíz y girasol y que a pesar de eso ha sido el libro más vendido de la década, no podría de ninguna manera ocupar el lugar que ocupa si no formase parte de un complot destinado a aniquilar la auténtica cultura nacional.

¿Qué otra explicación? ¿Cómo un libro semejante, un subproducto de esa naturaleza podría substituir a esa escala la verdadera creación artística? Alfonso se acalora y, casi de inmediato, después de revolver pensativo y lento su café, se calma y prosigue: alguna gente de Rosario, Vilma entre otros, por supuesto, después de una serie de reuniones, piensa que el momento de reaccionar ante semejante situación ha llegado y que, después del desmantelamiento sangriento -otra rima interna- de la suspensión del estado de derecho y la anulación de las libertades públicas, un reagrupamiento de las fuerzas culturales que están por la libertad de expresión y por la soberanía del pensamiento se vuelve más y más necesario. Él, Alfonso, piensa en un movimiento amplio, sin coloración política definida, capaz de aglutinar los intelectuales del litoral al principio pero, dice, buscando un espacio de proyección nacional. Mientras Alfonso habla, Vilma que, inclinada sobre su café, lo toma de a cucharaditas lentas y distraídas, mueve todo el tiempo los ojos con curiosidad, pasando de la cara de Alfonso a la mía, para ir verificando el efecto que me causan las palabras de Alfonso, y lo que llama sobre todo la atención, ante la exposición de un proyecto de semejante envergadura, anunciada por ella unos momentos antes en el salón Capri con cierto entusiasmo cívico, es que su cara, en vez de reflejar como dicen la gravedad de la hora, expresa una especie de escepticismo burlón, tan transparente que me pongo a observar a Alfonso con la sospecha de que tal vez me está tomando el pelo. Pero la calvicie brillante, los ojitos húmedos, el bigote entrecano que se estremece a causa de los movimientos del labio superior exhiben, o aparentan por lo menos, una gravedad que mi inspección minuciosa no puede menos que catalogar de genuina. Tal vez el aire burlón de Vilma proviene de una incredulidad involuntaria, a pesar de su adhesión, en cuanto a la pertinencia del gran proyecto o tal vez, por proyección empática, un automatismo mimético respecto del escepticismo que, por anticipado, me atribuye. Pero Alfonso parece inconsciente de la expresión de Vilma, lo que no es curioso, ya que ella misma da la impresión de serlo, de modo que, terminando de un sorbo su taza de café y echando una mirada furtiva a su alrededor, continúa: en Rosario ya se han hecho algunas reuniones públicas, de lo más legales por otra parte, así que no se trata de ninguna manera de volver a caer en los errores de hace algunos años. Los temas de discusión no tienen en apariencia nada de subversivo; hubo un panel sobre Martín Fierro, otro sobre Güiraldes, un tercero sobre la pintura rosarina de Schiavoni a Juan Pablo Rengi, como desde luego viene poca gente, a pesar de que salen avisos en los diarios, las discusiones son más libres. El mejor modo de pasar inadvertido, dice Alfonso con una risita, es ponerse bien en evidencia. Ahora bueno, el núcleo de organizadores ha decidido pasar a otra etapa, en primer lugar para alcanzar una audiencia más grande -según la terminología alfonsiana- y también con el fin de fijar los debates de modo que no se pierdan después de las sesiones efímeras de discusión, además de abrir una tribuna de proyección nacional. En una palabra, en la etapa actual el objetivo es crear una revista cuatrimestral, de tipo monográfico, de dimensiones considerables, unas cien páginas para empezar, de la cual Bizancio Libros asumiría la responsabilidad legal y la financiación. Aquí Alfonso para de hablar y me escruta durante algunos segundos, para ver el efecto que me han causado sus palabras, dando por sentado que debe admirarme la manera en que Bizancio Libros y personalmente él, Alfonso, propietario y sin duda director gerente de la distribuidora, han decidido afrontar en primer lugar los riesgos económicos que supone la financiación de una revista literaria y en segundo los riesgos físicos, ya que, en estos tiempos en que casi todos son todavía reptiles, aparecer en primera línea apadrinando alguna tentativa, por tímida que sea, de pensamiento independiente, puede llegar a ser de lo más peligroso. Mantengo ante la mirada de Alfonso una impasibilidad perfecta.

Que me cuelguen una y mil veces si es con una revista literaria cuatrimestral que yo le arreglaría las cuentas a las víboras que reptan en

el gobierno y si es empleando sutilezas de una publicación monográfica de nivel que, si pudiese, le daría su merecido algeneral Negri. Ellos tiran viva a gente en el océano, desde sus helicópteros, en plena noche, y yo voy a perder mi tiempo valiéndome de conceptos ponderados con el fin de mostrarles la vigencia crítica de la tradición nacional. De modo que ni un músculo de mi cara se mueve cuando la mirada de Alfonso, con las chispas de aflicción que persisten bajo su orgullo discreto, busca en mis ojos inmóviles una confirmación. Un giro breve, casi imperceptible de la cabeza calva y un estremecimiento suplementario de su bigote entrecano denotan un instante su perplejidad ante mi falta de reacción, pero en seguida, y no sin inclinarse un poco más hacia mí y echar una mirada furtiva a su alrededor para estar seguro de que nadie escucha desde las otras mesas, continúa: de esa revista él mismo como decía será el responsable legal y financiero y el sector rosarino del comité -quieren ampliarlo también con gente de la ciudad y con un par de representantes de Buenos Aires- ya se ha puesto más o menos de acuerdo sobre la persona que asumiría la secretaría de redacción: la simpática y talentosa y no por eso menos atractiva a decir verdad -y Alfonso extiende sonriendo la mano abierta hacia Vilma Lupo- señorita aquí presente.

– Ya le he dicho mil veces que señora. Por lo menos en otros tiempos -corrige Vilma devolviéndole la sonrisa.

– Pongamos señora -dice Alfonso.

El comité, en cambio, sigue diciendo Alfonso después de su digresión festiva, viene debatiendo desde hace semanas la identidad, más problemática, del posible director. Varios nombres fueron barajados y descartados; es verdad que en eso, según Alfonso, el comité se ha venido mostrando particularmente cauteloso, y exigente también ya que anhela -vocablo alfonsiano- que el candidato demuestre una serie de aptitudes intelectuales y morales difíciles de reunir en una sola persona- obviamente, su oposición total a la dictadura militar es condición, dice Alfonso, sine qua non, del mismo modo que una larga trayectoria intelectual, y un arraigo indiscutible en el terreno cultural regional, profiriendo una serie transitiva de rimas internas. Todo eso desde luego no basta; la internalización de la cultura y de los medios de comunicación, con la manipulación de la opinión que eso implica y la dependencia cultural de los países del tercer mundo que resulta de la situación, requieren la presencia de una persona de formación humanista universal, con una concepción moderna, amplia y actualizada de todos esos problemas. Una inteligencia crítica, vivaz, y una simpatía natural que hagan de su titular un comunicador eficaz. Alfonso dice que la cosa no fue fácil, pero que después de largas discusiones se fue perfilando -transcribo de modo textual- una convergencia.

– No me diga que han pensado en Súperman -digo.

Alfonso y Vilma lanzan al unísono una carcajada, mirándose a los ojos durante un momento y mandándose, en el vaivén de la mirada, ondas rápidas y poco discretas de sobreentendidos.

– Tibio, tibio -dice Vilma.

– La verdad, no caigo -le digo.

Adopto una pose pensativa frunciendo el entrecejo, abriendo un poco los ojos, sacudiendo despacio la cabeza y mirando a los costados, igual que si buscara a mi alrededor, sin resultado, la solución del enigma, bajo la sonrisa expectante, desde detrás del humo de sus cigarrillos, de Vilma y Alfonso.

– Me doy por vencido -dijo, suspirando.

– Usted, maestro. Usted. Por aclamación -dice Alfonso. -

El nombre de Carlos Tomatis despertó el entusiasmo de todas las tendencias y obtuvo inmediatamente la unanimidad.

– Yo sabía que los rosarinos tienen un gusto excesivo por las bromas

pesadas -dijo-, pero nunca pensé que podrían llegar tan lejos.

Viéndolos reírse, comprendo que, por más que me esfuerce, ninguna de mis actitudes desdeñosas y cortantes, ligeramente paródicas a decir verdad, les parecerá un rechazo verídico, ya que me cristalizan en la imagen de un hombre ingenioso, con un sentido del humor un poco cínico, que afecta todo el tiempo una insolencia calculada, pero que en realidad "tiene un corazón de oro" y que, a pesar de su ironía prescindente y superficial, es en el fondo "consciente de sus responsabilidades y capaz de asumirlas sin vacilar". Nada de lo que haga de ahora en adelante va a sacarme de ese diseño y todo desvío o contradicción respecto de él será sin duda considerado por ellos como una confirmación indirecta, un modo de perfeccionar mi arquetipo con indicios cuya excepcionalidad será para ellos una prueba suplementaria de pertinencia. Contra la parte exterior de lo sin fondo, pegan una figurita coloreada que presenta una mueca fija, lo bastante ambigua como para que, desde cualquier ángulo que se la observe, da siempre la ilusión de un significado; una lápida bien pulida en la que parece estar grabada una inscripción clara y llena de sentido, pero a la que bastaría dar vuelta con el pie para comprobar cómo, arracimados en el reverso, hierven en agitación ciega, enloquecidos, los gusanos.

– De todos modos, no está obligado a responder en seguida. Le dejamos unos meses de reflexión -dice Alfonso.

– Si rechazo su oferta -le digo- va a pensar que no quiero comprometerme. Me pone en situación difícil. Si quiere que le sea franco, me interesa tanto dirigir una revista literaria, y discúlpeme señora, como que me retuerzan los testículos. Pero no puedo decirle que no. En todo caso, llegado el momento veremos.

– Comprendemos su posición -dice Alfonso.

– Debo decirle que su artículo contra Walter Bueno fue un elemento determinante en la decisión del comité.